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domingo, 8 de abril de 2018

2222, de P.L. Salvador


Editorial Pez de Plata. 102 páginas. 1ª edición de 2017.

Ya he comentado –cuando hablé de Silencio tras el telón del sueño de Mariano Antolín Rato– que intercambié unos mensajes, a través del chat de Facebook, con Jorge Salvador Galindo, el editor de Pez de Plata, y quedé en que me enviara dos libros de su editorial para reseñarlos. Además del de Antolín Rato me llegó a casa 2222 de P.L. Salvador (Valencia, 1959). De Salvador ya había leído, a finales de 2016, su anterior novela publicada en Pez de Plata, Nueve semanas (justas-justitas).

La anterior novela de Salvador trataba sobre el hecho mismo de escribir. En sus páginas se cruzaban una joven aprendiz de escritora con un caradura, que también escribía, y diversos personajes vinculados al mundo del libro. Esta nueva novela guarda (como trataré de explicar) relación con la anterior, pero lo más llamativo es que se trata ahora de una novela corta de ciencia-ficción, ya que Salvador ha trasladado el presente de su historia al año 2222, y la ubicación será en una región llamada Iberia, en el Levante peninsular.

2222 se divide en cinco partes, escritas por los protagonistas de la novela en forma de diario. Empezamos con el Diario de Zalt. La novela empieza el mismo día en el que Zalt está enterrando a su hija y recibe la visita de diversas personas. Zalt es un privilegiado económico en un mundo abarrotado por 20.000 millones de habitantes. En su finca de Levante pasarán a vivir otros personajes, gracias a la intervención del Coronel Nat, hasta un total de doce personas, que habrán de formar con el tiempo seis parejas. Zalt parece destinado a emparejarse con la doctora Rut, pero la presencia perturbadora de la ginoide Kest (nota: ginoide es el femenino de androide), que viene acompañada del biólogo Yurt, podrá hacer que el destino de la relación programada cambie.
Al comienzo del libro se encuentra una lista de los personajes que aparecen en la novela en orden alfabético. Esta lista me ha resultado útil porque la prosa de Salvador está trufada de acontecimientos narrativos, y entradas y salidas de personajes a un ritmo bastante rápido y, por tanto, será conveniente consultar la lista para no perderse.

Los grandes avances tecnológicos que propone Salvador en su novela tienen que ver con el desarrollo de la inteligencia artificial. Kest es una ginoide de última generación, con una apariencia casi por completo humana. Además está diseñada para evolucionar mentalmente por su cuenta según los estímulos que reciba del exterior, imitando el comportamiento de los humanos. El resto de robots del libro serán simples máquinas al servicio del hombre. Aparte de este tema, no se juega aquí con la evolución de las comunicaciones, por ejemplo; no recuerdo la presencia de móviles u ordenadores. La primera mitad de la novela transcurre en la finca de Zalt, en un ambiente en realidad campestre, alterado por la presencia de los robots, el hecho de saber que la acción transcurre en el año 2222 y que en este mundo habitan 20.000 millones de personas.

El tema de fondo de la novela será ecológico, o incluso, podríamos decir que malthusiano, puesto que el Coronel acabará desvelando al resto de los protagonistas los verdaderos fines por los que está creando una comunidad de parejas en la finca de Zalt y que tienen que ver con el agotamiento de recursos en el planeta y las premisas del llamado «programa Zeta», que pretende dejar la población mundial en una disminuida cifra de cuatro millones de personas. El dilema ético está servido.

Cuando comenté Nueve semanas (justas-justitas), un libro construido con voluntad de juego literario, donde me parecía que los personajes actuaban de forma estrambótica a favor del esperpento narrativo, me planteé si este tipo de propuestas acaban por perder fuerza, al basarse más en la forma de contar las cosas que en la historia contada en sí misma. Y, por esto, y en consecuencia, los personajes acaban teniendo menos entidad que si están al servicio de una trama más sólida. En 2222 considero que el planteamiento de la historia es más potente e interesante que el de la anterior novela de Salvador. Como en la buena ciencia-ficción clásica, 2222 asienta las raíces de sus conflictos en los del mundo actual, un mundo sobreexplotado por un consumo excesivo de recursos.

Igual que en Nueve semanas (justas-justitas), aquí Salvador usa algunas características ortotipográficas singulares: sobre todo cuando emplea corchetes dentro de paréntesis, lo que ya empiezo a reconocer como un rasgo característico de su estilo. 
A nivel constructivo, podemos encontrar otra peculiaridad que une a ambas obras: al igual que en Nueve semanas (justas-justitas) en 2222 los personajes escriben diarios, pero de tal modo que cuando cada uno de ellos empieza su parte ha tenido acceso a lo escrito por los narradores precedentes.
La segunda parte se titula Diario de Kest, y en ella nuestra ginoide toma la palabras. Si bien, Nueve semanas (justas-justitas) apostaba por el humor absurdo, y el tono de 2222 es ahora más serio, aquí, en esta segunda parte, Salvador usa como recurso expresivo un curioso juego metaliterario que conduce al chiste privado entre los lectores de sus dos novelas: el artista favorito de Kest es un tal P. L. Salvador, escritor y guitarrista del grupo Prolýmbux, y que no es otro que el tatarabuelo de Zalt. De este modo, el estilo literario de P. L. Salvador es imitado por la ginoide Kest y el lector de las dos novelas sonreirá al reconocer aquellas series de palabras de la novela anterior, formadas por diminutivos y aumentativos de la misma palabra. «Almita, almota, ¿almeja?», leemos en la página 56.

La tercera parte se corresponderá con el Diario de Rut (que, recordemos, iba a ser la pareja de Zalt), en la cuarta será el propio Zalt quien retome la palabra, y la novela finalizará con el Diario de Fánot, el científico que creó a Kest.
No quiero revelar más puntos de la trama que los que ya he tocado, porque una novela de menos de cien páginas, como es ésta, requiere que el lector tenga alguna sensación de sorpresa sobre el universo en el que se va a adentrar.

Como ya he apuntando antes, 2222 me ha parecido una novela más sólida que Nueve semanas (justas-justitas). En esta nueva obra, P. L. Salvador hace uso de los mismos recursos estilísticos que ya empleó en su anterior libro, pero ahora estos recursos cobran menos protagonismo a favor de una trama más sólida, lo que conduce a que la propuesta narrativa gane enteros. La apuesta por la ciencia-ficción me ha parecido atrevida y bien aprovechada. La verdad es que me he quedado con ganas de que de P. L. Salvador hubiera decidido desarrollar más los temas y dar más espacio a sus personajes (como ya he apuntado, éstos salen y entran de escena a gran velocidad) y que la novela hubiera sido más larga. Cuando leo novelas cortas y la sensación es esta última que he descrito, la de desear que el libro fuese más largo, suelo concluir que la novela corta ha cumplido de forma eficaz con la función para la que fue concebida.
Como de costumbre, la edición de Pez de Plata está muy cuidada. Un libro-objeto muy bello.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Nueve semanas (justas-justitas), por P.L. Salvador

Nueve semanas (justas-justitas), de P. L. Salvador.
Editorial Pez de Plata. 127 páginas. 1ª edición de 2015.
Prólogo de Constantino Bértolo.

Hace unas semanas me escribió un correo electrónico P. L. Salvador (Valencia, 1959). Me preguntaba si me apetecía recibir una novela que estaba a punto de aparecer en las librerías, publicada por la nueva editorial Pez de Plata, con prólogo de Constantino Bértolo. Salvador había leído en mi blog que me interesaban los libros que publicaba Bértolo y me informaba de que él le había presentado su novela Nueve semanas (justas-justitas) cuando Bértolo aún dirigía Caballo de Troya. A Bértolo le gustó el libro, pero todo esto ocurría cuando estaba a punto de jubilarse y no se pudo materializar una posible publicación en Caballo de Troya.

Ya he contado públicamente más de una vez que, en la mayoría de los casos, rechazo (con toda la amabilidad que puedo) estas peticiones. Prefiero elegir yo mis lecturas. Los libros pendientes abarrotan los altillos de mis estanterías, y además, y sobre todo desde que colaboro con la revista Eñe, muchas editoriales se muestran receptivas a mis ruegos y me suelen enviar los libros que les pido para que los comente. Si soy yo el que hace la petición, existen bastantes más posibilidades de que me acerque a un libro que me guste que si la lectura es propuesta por un desconocido. Aceptar un libro de esta última forma, cuando lo publica una editorial de la que oigo hablar por primera vez, me resulta demasiado arriesgado.
Pero en este caso acepté el envío, y lo hice por tres motivos: porque Nueve semanas estaba publicado en la nueva editorial Pez de Plata, que sí conocía y por la que sentía curiosidad; porque la novela contaba con un prólogo de Constantino Bértolo, por el que siento respeto y admiración; y por una casualidad azarosa que me hizo sonreír: al buscar en internet información sobre P. L. Salvador, me di cuenta de que su verdadero nombre es Salvador Pérez López. Estos dos apellidos son también los míos. Para mi faceta de escritor uso los de mi padre, Pérez Vega, porque el mercado del libro español (y no sólo del libro) está saturado de la combinación de apellidos «Pérez López». Así que ya lo sabe, lector: si pertenece a la cofradía de los escritores apellidados «Pérez López» y quiere que lea su libro y lo comente en público tiene más posibilidades de que esto ocurra que si se apellida «García Fernández». A veces soy así de irracional.

Dejé para el final el prólogo de Bértolo y empecé a leer Nueve semanas, que sobrepasa por poco las cien páginas. Las primeras palabras del libro son éstas: «Experimentemos. Es un decir. Yo voy a experimentar. Vosotros podéis acompañarme en este viaje, y tal vez terminéis entrando en la historia, aunque no hay nada seguro, ni siquiera ¡yo! sé qué va a pasar de aquí en adelante» (pág. 15).

Uno de los protagonistas es Bloss, que se nos presenta como un golfo de cuarenta y tres años que se dedica a realizar pequeños trapicheos y que un día tiene la suerte de toparse con Dedé, una veinteañera de buena familia que quiere escribir una novela. Dedé desea, en principio, acercarse a Bloss para observarle y convertirlo en objeto de su narrativa. A su vez Bloss también escribe. Bloss y Dedé empiezan a pasarse las páginas que recrean su encuentro y relación, material que lee el lector y que constituye el cuerpo inicial de la novela.
El lenguaje de Bloss está lleno de expresiones orales y de repeticiones de palabras, en las que juega con los diminutivos o los aumentativos («gafas, gafitas, gafotas», pág. 16; o «Triste-muy triste-tristísimo», pág. 30); también es prolijo en el uso de paréntesis, llaves y corchetes (dando a las frases, a veces, una presencia fantasmagórica de ecuación matemática).

Don José (o Pepe), el padre de Dedé, es un poderoso editor que no quiere que su hija se relacione con el díscolo Bloss, aunque tiene ocasión de leer el manuscrito que están pergeñando a dos manos su hija y su nueva pareja y tiene que reconocer que puede llegar a ser un buen libro y que él podría publicarlo. Otros personajes de la trama serán: Nené, la exmujer de don José y auténtica dueña de la editorial; Églex, que se presenta a sí mismo como aspirante a escritor y negro de la editorial (aunque según otros personajes es sólo un corrector de pruebas); Kladd, escritor joven y prometedor; y Glenn, secretaria de la editorial y amante de don José.

En un principio, el lector es informado de que don José está urdiendo planes para que su hija deje a Bloss, pero la información que recibe uno al acercarse a esta novela debe ser puesta siempre en entredicho.
La novela está organizada en fragmentos narrativos precedidos por una fecha (desde que se empieza hasta que se acaba tendremos las Nueve semanas justas-justitas, que promete el título, parodiando el de la famosa película protagonizada por Kim Basinger y Mickey Rourke), y la figura del narrador va cambiando de unos personajes a otros. Los narradores que aquí tenemos –todos los personajes que he citado antes acaban siendo narradores en algún momento− conocen lo que han escrito sobre esta historia sus predecesores y, por tanto, opinan sobre la mirada de los otros sobre ellos mismos y rectifican ante el lector esas impresiones o motivaciones de sus actos que se les achacan. Esta idea de novela en continua construcción y deconstrucción es para mí lo más interesante de Nueve semanas (justas-justitas), la literatura entendida como juego continuo. De hecho, me ha parecido una propuesta experimentalista muy del estilo de las planteadas por César Aira. Quizás al citar a este autor argentino −puesto que es posible que el lector sí que haya leído a César Aira pero no a P. L. Salvador−, me resulte más fácil plantear el conflicto que me generan esta clase de propuestas literarias: yo estoy a favor del experimentalismo en la literatura y la obra de Aira me interesa, y me parece, por tanto, que la obra de Salvador es valiosa, tomando en consideración su original propuesta y su legítimo y oxigenante deseo de romper moldes («Una novela fuera de la ley. Una novela absolutamente inesperada», la llama Bértolo), pero las preguntas que me suscitan estas propuestas son las siguientes: ¿me llegan estos personajes? ¿Me emocionan ellos o la historia narrada?

La novela está planteada en gran parte como un vodevil o una farsa (que de modo extraño, y de nuevo inesperado, hacia su final se convierte en un esperpéntico drama shakesperiano) sobre el mundo de la escritura y la edición: todos los personajes escriben y aspiran a la gloria literaria. De forma más irónica que ingenua, nos encontramos aquí con editoriales pequeñas en las que las ventas de los tres libros de un autor modesto suman 7.000 ejemplares (lo que en nuestro mundo editorial sería un gran éxito) y de anticipos (que también pueden ser sobornos) sobre primeras novelas de 30.000 euros. De fondo, se denuncian las corruptelas del mundo editorial y las aspiraciones desmedidas del inflacionario mundo literario español. Sé que la mirada de Salvador (que ha publicado antes que éste unos cuantos libros más) no es ingenua, pero sí lo parece la de sus personajes, que se convierten de este modo en caricaturas al servicio del planteamiento esperpéntico, perdiendo su capacidad de emocionar. El distanciamiento que experimenté hacia los personajes hizo que al principio no acabase de entrar en la novela, pero ésta me fue ganando en su tramo final por su capacidad de juego, por la sorpresa que acabó suponiendo el tráfico de narradores de los que no me debía fiar, porque me dejé llevar por su disparatada propuesta, en la que el cómo se narra prima sobre el qué se narra.

Así que, en definitiva, ha sido una curiosa experiencia haber leído Nueve semanas (justas-justitas) y será el posible lector de esta reseña, contando con que nada es seguro, el que tenga que seguir o no la premisa inicial del libro: «Experimentemos. Es un decir. Yo voy a experimentar. Vosotros podéis acompañarme en este viaje, y tal vez terminéis entrando en la historia, aunque no hay nada seguro, ni siquiera ¡yo! sé qué va a pasar de aquí en adelante».


Mención aparte merece la cuidada edición de Pez de Plata. En el saturado mercado del libro en España es de agradecer que las nuevas propuestas se presenten al lector con tanto mimo y cuidado por la creación de un objeto bello. La edición, con dibujos interiores y gran diseño, es de sobresaliente.