Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial La navaja suiza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial La navaja suiza. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de diciembre de 2021

Rey de gatos, por Concha Alós


 Rey de gatos, de Concha Alós

Editorial La Navaja Suiza. 207 páginas. 1ª edición de 1972, ésta es de 2019.

 

Ya he comentado, en la reseña de la novela Los enanos (1962) de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011), que los editores de La Navaja Suiza me mandaron en el mismo envío los dos libros que han rescatado de Alós, Los enanos y Rey de gatos (1972). Quise empezar por Los enanos por seguir un orden cronológico de escritura, y leí los dos libros seguidos.

 

Rey de gatos está formado por nueve relatos y un prólogo sin firmar, que entiendo que estará escrito entre los tres editores de La Navaja Suiza. Cuando Agustín Márquez, uno de los editores, me habló, en primera instancia, de Rey de gatos me dijo que se parecía a la propuesta de los cuentos de terror de la argentina Mariana Enriquez. Y esta comparación me hizo sentir bastante curiosidad.

 

Los enanos es una novela que encaja perfectamente con la corriente del realismo social que practicaban los escritores españoles de la época, retratando las vidas precarias de un nutrido elenco de personajes que convivían en una pobre pensión de Barcelona. Alós tiene más novelas que siguen esta línea, y es curioso ver cómo en su único libro de cuentos se convierte en una escritora diferente, y posiblemente más moderna.

 

El primer cuento del libro es La otra bestia, y refleja el disperso y acelerado monólogo interior de una mujer en crisis que conversa con un fantasma. El estilo ha cambiado respecto a Los enanos: si en esta novela Alós usaba la frase precisa y corta, y a veces entrecortada, en La otra bestia la prosa es más envolvente, con frases más profusas en subordinadas y matizaciones. Lila, de familia burguesa, se casó con Nico, un chico guapo de una familia más pobre y al que el padre de Lila no aprobaba. Sin embargo, Lila decidió romper con los tabús familiares y entregarse al amor de Nico. En el tiempo narrativo del cuento Nico le es infiel y ella ha ido hasta el jardín de la casa en la que sabe que se va a encontrar con su amante, y desde la oscuridad espera, conversando con sus fantasmas interiores.

Este esquema narrativo que he descrito se repetirá, con algunas variantes, en otros cuentos del conjunto, y en gran medida responde a la crisis vital que atravesaba Concha Alós en esa época. Alós, originaria de Valencia, se trasladó a vivir a Mallorca. En la isla se casó con el director del franquista periódico Baleares, pero en el periódico conoció al tipógrafo Baltasar Porcel, que deseaba ser novelista. Alós se enamoró de Porcel, once años más joven que ella, y huyeron juntos a Barcelona. Todo un escándalo en la Mallorca de esos años. Alós ayudó a que despegara la carrera literaria de Porcel, ya que entre otras cosas traducía sus novelas del catalán al castellano. Cuando escribe los cuentos de Rey de gatos, Porcel ha abandonado a Alós, y ésta se encuentra sola. Bajo este estado de ánimo y mental están escritos estos cuentos, tenebrosos en gran medida.

 

El segundo cuento es Rey de gatos, y es el único cuyo protagonista es un hombre. Es un cuento diferente al resto, ya que la historia se extiende durante un periodo considerable de años. Un hombre solitario busca el sentido de la vida, tras trasladarse a vivir a una casa heredada, pero acaba sintiendo el peso sobre él de la infelicidad, la soledad y la incomprensión. El relato avanza eficazmente hacia un tenso final con violencia ejercida desde el mundo natural.

 

Cosmo es el tercer cuento y, en esencia, es bastante similar al primero. Aquí de nuevo una mujer, casada con un hombre ‒de nombre Cosmo‒ al que su familia no había dado el visto bueno, sufre de celos y de sensación de abandono.

Tanto el Nico del primer cuento, como el Cosmo de éste, parecen un trasunto de Baltasar Porcel. «Después, bastante tiempo después, llegó Cosmo: “No te conviene. Es demasiado joven. Es alocado. No tiene carrera.”» (pág. 71). Sin embargo, las mujeres de estos relatos no quieren dar su brazo a torcer, no acabarán pensando que su familia tenía razón, y sufrirán por la traición de sus parejas.

En el cuento Cosmo aparecen además tendencias suicidas de la protagonista. «Tía Patricia, cuando llegué a casa, me dijo que yo era peor que las perras.» (pág. 72) También se muestra aquí la crítica social de la época hacia las mujeres que sentían un interés abierto por el sexo.

 

El leproso empieza así: «Siempre estaba encontrando a los leprosos. Eran tres, a veces más, y de noche se instalaban junto a mi cama envueltos en un sudario, me miraban inmóviles. Mis hermanas, que dormían en el mismo cuarto que yo, nunca se dieron cuenta.» (pag. 91). Una joven sin novio nos habla de su casa, mientras que su hermana ‒cumpliendo mejor que ella con las normas sociales‒ va a casarse y ella seguirá estando sola. Además la narradora parece tener apariciones de leprosos. Un relato perturbador que refleja, en gran medida, el temor ‒pero también la atracción‒ hacia la violación.

 

En Los pavos reales el personaje que se ha llamado Nico o Cosmo aquí ha pasado a ser Roberto. La narradora le dirá a su madre: «Yo que dije que no volvería más, que quien rechazaba a Eduardo me rechazaba a mí.» (pág. 111). Y mientras, como un símbolo expresionista, los pavos reales han desaparecido del pueblo.

 

En Mariposas se representa el miedo a la muerte del hijo de una mujer. Como ocurre en más de uno de estos relatos, los animales van cobrando un valor compositivo de símbolo, y en este caso son las llamadas «Mariposas de Satanás», que representarían a la muerte.

 

Sutter´s gold empieza así: «Ahí estaba la muerta. Con el cuello marcado por la soga, desollada en una línea gruesa y roja, rotas las vértebras.» (pág. 141). En este cuento también se habla de una mujer abandonada por su marido, Beltrán en este caso, y la narradora habla de una mujer que no es otra que ella misma. En más de uno de los cuentos de este libro se juega con la idea del desdoblamiento procedente de la locura o de un fuerte choque emocional.

 

En Paraíso la narradora cuestiona a su padre que acoge en casa a chicas sin hogar con intenciones sexuales. Este cuento es un ajuste de cuentas con la figura del padre abusador, pero también hacia la madre pasiva y consentidora.

 

En La coraza leemos: «Hay que trivializar el sexo. Apréndelo. No importa amar a una persona, admirarla, para irnos a la cama con ella. Tienes que despersonalizar el acto sexual.» (pág. 195). A través de la idea de la locura y la antropofagia la narradora se enfrenta al horror social del deseo sexual de las mujeres.

 

 

¿Se parecen realmente estos cuentos de Rey de gatos a los que escribe Mariana Enriquez en, por ejemplo, Las cosas que perdimos en el fuego? Motivo que me llevó, en gran medida, a querer leerlos. En principio podemos encontrar algunos paralelismos, ya que ambas escritoras ‒con casi cuarenta años de diferencia‒ usan el género fantástico para hablar de algunos problemas sociales de su época. En el caso de Enriquez el elenco es más variado y en el de Alós la escritora parte de obsesiones más personas que las de Enriquez. Alós juega con la idea de la locura y el doble para hablar, de forma distorsionada de sí misma, y Enriquez habla más de la sociedad en la que vive que de sí misma. Además Enriquez, a la que supongo más conocedora de la tradición clásica del terror, usa más elementos fantásticos diferentes (fantasma, zombi, etc.) que Alós.

 

Rey de gatos es un libro ciertamente sorprendente, sobre todo por su contexto. Escrito ya en la década de 1970, pero aún en dictadura, llaman la atención sus modernos planteamientos, que dejan ya atrás el realismo social de décadas anteriores. Me llama la atención también, y lo digo otra vez, que nunca hubiera oído hablar de Concha Alós hasta que La Navaja Suiza ha decidido rescatarla, porque me parece una escritora valiosa.

 

domingo, 28 de noviembre de 2021

Los enanos, por Concha Alós


 Los enanos, de Concha Alós

Editorial La Navaja Suiza. 255 páginas. 1ª edición de 1962, ésta es de 2021.

 

Coincidí con Agustín Márquez, uno de los editores de La Navaja Suiza en la presentación de la novela Sanguínea de la ecuatoriana Gabriela Ponce, y me informó de la inminente publicación de la novela Los enanos de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011). También me invitó a la presentación que iba a tener lugar en la Residencia de Estudiantes a cargo de Constantino Bértolo y Noelia Adánez. Me apeteció ir, y amablemente los editores de La Navaja Suiza me enviaron Los enanos y el libro de cuentos Rey de gatos para que pudiera leer a Concha Alós y comentarla.

 

Durante una temporada busqué en libros de texto de bachillerato nombres de autores de la época del franquismo, porque me interesaba ver qué se podía escribir entonces y cómo los autores se enfrentaban al problema de la censura. Lo cierto es que nunca me encontré en estos libros con el nombre de Concha Alós, una autora perfectamente olvidada. En 2016 la editorial Recalcitrantes rescató su novela Las hogueras, que ganó el premio Planeta en 1964; pero en la actualidad Recalcitrantes ya no tiene actividad, y está siendo La Navaja Suiza la encargada de acercarnos la obra de esta olvidada e interesante autora.

 

En 1962, Alós presentó Los enanos, su primera novela, al premio Plaza y Janés. Lo ganó, pero el editor acabó pensando que tenía ideas socialistas y frenó su publicación. Alós la presentó el mismo año al premio Planeta y volvió a ganar. Plaza y Janés impidió que se publicara, porque ella tenía los derechos. No encuentro el dato de en qué editorial se acabó publicando Los enanos por primera vez, pero me parece que me he encontrado esta novela en alguna librería de segunda mano y era Áncora y Delfín.

 

En Los enanos, Concha Alós introduce al lector en una pensión humilde de Barcelona, y le acerca a las vidas de sus inquilinos. Diría que una de las influencias de esta novela es La colmena de Camilo José Cela, publicada en Buenos Aires en 1951, que no sé si Concha Alós pudo llegar a leer, puesto que estaba censurada en España.

 

«Somos enanos rodeados de enanos y los gigantes se escondes para reírse.» es la cita con la que inicia el libro. Al principio creía que pertenecía a otro autor y que en la edición de La Navaja Suiza se habían olvidado de señalar su nombre. Pero en realidad es una autocita del libro, tomada del diario de uno de sus personajes. Y es una autocita muy significativa, puesto que Alós va a retratar en su primera novela vidas de «enanos», de personas atrapadas por la miseria y cuyos anhelos de una vida mejor ‒poder comprarse una casa y dejar la pensión, por ejemplo‒, siempre se van a ver truncados por las circunstancias que rodean sus existencias.

 

«Desde la pequeña galería, asomada al sucio patio de luces, se veían las ratas.», es la primera frase de la novela. «Enanos», «ratas»…, las escenas que dibuja Alós en su novela tienden al tremendismo y el feísmo, algo muy típico en la corriente novelística del realismo social de la época.

En la presentación de la Residencia de Estudiantes, Constantino Bértolo y Noelia Adánez hablaron de lo sorprendente que resultaba que algunas de las escenas que dibuja Alós en este libro hubieran podido pasar la censura. Los dos apuntaron ideas interesantes: Bértolo señalaba que al franquismo no le preocupaban los libros de escritores que publicaban en Planeta, o su entorno, porque eran libros que contaban ‒como Los enanos‒ historias de pobres y que iban a leer gente pobre, gente que no tenía poder real frente a la dictadura. Bértolo siguió diciendo que al Régimen le preocupaban los libros de Seix Barral, por ejemplo, porque los leía la clase media alta, o la clase ilustrada, y ellos sí que tenían una opinión que podía influir en la continuidad o no de la dictadura. Adánez, por su parte, se ocupó de las escenas de sexo explícito del libro y la presencia de las prostitutas en los libros de Alós, y dijo que sorteaban la censura porque al censor ni se le pasaba por la cabeza que una mujer pudiera tener pulsiones eróticas, que sus referencias sexuales las asociaba al feísmo y poco más.

 

«Huele a orín y a basura podrida», es una descripción de la pensión que aparece en la página 18, aunque también en otras páginas podemos encontrarnos con más de un toque poético: «La señora Lola lleva siempre unos delantales muy almidonados, muy bordados de pájaros y mariposas. Es como si estuviera en un baile y fuera disfrazada de cometa.» (pág. 30)

 

Usando el presente verbal, Alós va dando paso a escenas protagonizadas por diferentes huéspedes de la pensión. En ningún momento se dan fechas concretas del momento exacto en el que está situada la novela, pero diría que no es el año 1962, en el que está publicada, sino algún punto de la década anterior, la de 1950, porque los recuerdos de la guerra parecen aún muy presentes. Algunos personajes se plantean volver al pueblo del que han emigrado, pero les frena la idea de que sus vecinos les tilden de fracasados. Está muy presente aquí la España de la emigración a las ciudades durante los años 50 y las dificultades con las que se encuentran estas personas en las grandes urbes.

Más de un personaje no deja de pensar tampoco en un supuesto pasado glorioso o mejor, como la señora Cleo, que fue bailarina en un espectáculo de Tánger, hasta que conoció a Alfredo y se casó con él, consiguiendo así la honorabilidad social a la que aspiraba. El problema es que a Alfredo, vendedor ambulante, ya no le va tan bien como antaño y se siente frustrada.

Alfredo es judío y es éste un dato llamativo de la novela. Noelia Adánez señaló en la presentación que Concha Alós se ocupaba de algunos temas que no tocaba nadie en la narrativa española de entonces y habló del tema racial. Alfredo es judío y vive afectado por lo que le ocurrió a los judíos unos años antes en la Alemania nazi. Otro de los inquilinos de la pensión es Mohatá, que es un joven marroquí al que un promotor de boxeo trajo del país vecino porque pensaba que tenía cualidades para el ring, pero pierde una pelea tras otra, mientras no deja de adelgazar. Sobre él, otros personajes vierten algún comentario racista. Hacia el final, también ocupan un cuarto de la pensión unos negros musulmanes, y una china. Además, sin ser nunca de un modo explícito, se insinúa la presencia de la homosexualidad en la pensión, un tema tabú para la época.

 

Sobresale sobre el conjunto el personaje de Sabina, una prostituta que también aspira a poder casarse y conseguir así un ascenso social. Es un personaje con aristas, consciente del privilegio de ser hombre en el mundo que le ha tocado vivir. También es rencorosa de su pasado en el pueblo, del que ha huido a la ciudad, ya que su padre, «el Perlao», mató al cura y al señorito, por lo que sería fusilado, y ella se sentía allí señalada. De forma puntual algún personaje recuerda la guerra y, eso sí, la violencia que se recoge en estas páginas parece ejercida solo desde el lado republicano.

 

También destaca María, una joven emigrada a Barcelona desde Mallorca, donde vivió Alós. María ha comprado un cuaderno y en él vuelca sus impresiones sobre los otros miembros de la pensión y nos narrará su historia de adulterio en la isla. Estas páginas están escritas en primera persona y suponen un cambio de estructura frente a la forma en la que se narra la vida de los otros personajes.

 

Me ha parecido que la mirada de Concha Alós es muy moderna e incisiva, y que retrata muy bien un periodo del pasado de España, con una prosa punzante, repleta de frases cortas, que no dejan de ser poéticas. Los enanos es un libro destacado del realismo social de la década de 1960, del que nunca había oído hablar, y que rescata ahora con mucho acierto La Navaja Suiza.

domingo, 5 de agosto de 2018

En el corazón del corazón del país, por William H. Gass


Editorial La Navaja Suiza. 275 páginas. 1ª edición de 1968, ésta es de 2016.
Traducción y comentario final de Rebeca García Nieto

En el corazón del corazón del país de William H. Gass (Fargo, Estados Unidos, 1924 – University City, 2017) está formado por cinco narraciones de diversa extensión: El chico de los Pederson tiene 94 páginas, La señora Ruin 48, Carámbanos 52, El orden de los insectos 12 y En el corazón del corazón del país 44. Es decir, por extensión El orden de los insectos es estrictamente un relato, El chico de los Pederson una novela corta, y las otras tres narraciones son relatos largos (o novelas muy cortas).

Pese a que, como ya he dicho, El chico de los Pederson es una novela corta y no un relato, estaba incluido en el libro Antología del cuento norteamericano de Richard Ford, y por tanto esta primera narración ya la había leído en 2011. Recuerdo que, entonces, al leer esta magnífica antología, plagada de relatos maravillosos, el de Gass fue uno de los textos que más me desconcertó. Frente a un gran número de cuentos nítidos y redondos, éste acababa borrando su trama ante los ojos del lector, que acababa la narración extrañado, pensando que se había perdido algo.
Sin embargo, después me encontré con la primera edición en español de En el corazón del corazón del país en la cuesta de Moyano y tuve tentaciones de comprarlo. Este libro lo publicó Alfaguara en 1985, en aquella mítica colección de libros con portadas grises y moradas. Lo hojeé, lo sopesé y al final lo dejé pasar. Ya he hablado muchas veces de mis luchas internas en las librerías de segunda mano entre comprar y no comprar, acumular o dejar volar…
Algunos años después volví a sentir la tentación de hacerme con este libro cuando vi que una nueva y atractiva editorial lo volvía a poner en circulación, abriendo su catálogo con él en 2016. Se trataba de La Navaja Suiza y lo traducía la escritora Rebeca García Nieto, a la que conocía por habérmela cruzado más de un vez en el virtual mundo literario de internet. Podía haber escrito entonces, hace dos años, a la editorial o a Rebeca y pedirles el libro para reseñarlo, intuyo que me lo hubieran mandado. Pero lo volví a dejar pasar. En ocasiones, consigo ser fuerte.

Sin embargo, en septiembre de 2017 Elsa Vega, representante de prensa de editoriales, contactó conmigo para preguntarme si me apetecía presentar un libro de La Navaja Suiza en Madrid. Se tratada de Asesinato de la francesa Danielle Collobert. Le dije que sí sin conocer nada del libro, me apetecía apoyar al nuevo proyecto editorial de La Navaja Suiza. El día de la presentación en la librería Cervantes, pude conocer a los editores, Bárbara Pérez de Espinosa, Pedro Garrido y Agustín Márquez. Me acabaron prometiendo el envío de En el corazón del corazón del país por si algún día me apetecía acercarme a él (yo les comenté mi agobio con la recepción de libros para reseñar).

Unos meses después de aquella presentación de Asesinato, consideré que me apetecía leer a un autor norteamericano entre las novelas de Manuel Puig, con la que andaba por entonces, y me decidí por William H. Gass.

Así volví a acercarme, siete años después, a las páginas de El chico de Pedersen. No he abierto la traducción de esta novela breve que estaba en la antología de Ford para comparar las traducciones, pero desde luego el trabajo de García Nieto me parece impecable. Así como el trabajo de edición. Resulta raro encontrarse con un libro sin ninguna errata.
El chico de Pedersen comienza con Big Hans –trabajador en la granja de la familia Segren– entrando en la cocina de la casa con el chico de Pedersen casi congelado. Acaba de encontrar al hijo de los vecinos en el «pesebre» de la granja. García Nieto, en su comentario final nos habla de esta palabra, «pesebre», y sus dudas sobre ella. Es una palabra que connota de forma religiosa al texto, lo que posiblemente fuera una de las intenciones de Gass.
El narrador de esta novela corta es el hijo adolescente de los Segren. Enseguida nos introduce en un mundo cerrado y violento. Un mundo en el que el padre es un borracho maltratador, que esconde botellas de whisky por la casa, la madre es una mujer abnegada y Big Hans es un joven trabajador con el que tiene continuos conflictos. Nadie está seguro de que el chico de Pedersen vaya a sobrevivir, ni saben cómo o por qué ha llegado a su casa en medio de una peligrosa tormenta de nieve. Big Hans le escucha delirar sobre un hombre de guantes amarillos que irrumpió en su casa, y los Segren imaginan que, tal vez, un secuestrador invadió la casa de los vecinos y el chico consiguió huir. El padre, Big Hans y nuestro narrador deciden ir en trineo a la casa de los Pedersen para averiguar qué ha pasado. Si hasta ahora la historia resultada bastante particular, debido a la extraña voz del narrador adolecente, que el lector entiende como la de una persona perturbada (muy del gusto de las novelas sureñas de William Faulkner), llega un momento en el que Gass opta directamente por la ambigüedad narrativa y decide desdibujar las escenas que crea. De este modo, el lector tiene la sensación de que la trama de la historia se ha perdido en medio de la ventisca de nieve. Hay algo desconcertante y misterio en esto, algo que al menos a mí me seguía dando vueltas en la cabeza durante los siguientes días, a pesar de haber pasado hacia atrás las páginas del libro y buceado en el texto para tratar de descubrir si me había perdido algo. La sensación es rara, por un lado las imágenes de la nieve que dibuja Gass son impresionantes, pero por el otro siento algo de frustración por no haber conseguido apresar del todo el misterio de la historia.
El chico de los Pedersen me ha recordado a los cuentos de George Saunders, al que creo que se podría considerar un discípulo de Gass.

La señora Ruin es la segunda narración y el entorno es más urbano que el de El chico de Pedersen. El narrador es un hombre que se ha mudado a un pueblo del Medio Oeste Americano (el corazón del país) y desde el porche de su casa observa a los vecinos. «A veces fantaseo con la idea de ser dueño del destino de los otros», leemos en la página 144. He leído La señora Ruin en clave de relato de terror. En algún momento tenía la sensación de que la señora Ruin, que persigue a sus hijos y los golpea, es una bruja o un ser sobrenatural y que el narrador se siente cada vez más fascinado por lo que ocurre en el interior de su casa, que no puede ver. Sentía en La señora Ruin la presencia de los narradores arcanos de H. P. Lovecraft, o tal vez de los más sutiles y ambiguos de Henry James. «Desde que era muy joven no había vuelto a sentir la extrañeza de los sitios ocupados por otros.», leemos en la página 153, cuando nuestro voyeur se siente ya tentado de traspasar los límites del mirón y adentrarse en las casas ajenas. Según críticas que he leído en internet, este relato se puede relacionar con los de los suburbios de John Cheever, pero, como decía, yo lo he leído más en clave de terror. Tal vez se acerca esa época del año (estoy escribiendo esta reseña en mayo), cuando el curso académico está finalizando, como ya he contado muchas veces, en la que me apetece leer relatos de terror.

El protagonista de Carámbanos (narrado en tercera persona) es un hombre solitario que trabaja vendiendo casas durante un invierno en el que nadie parece querer comprar una, entre otras cosas porque, posiblemente, él no sea un buen vendedor. De nuevo, regresamos a los escenarios helados de la primera narración. Fender, el protagonista, es un ser solitario y un tanto patético, y el lector sentirá como su mente se va perturbando según avanza la narración. El mundo de las posesiones materiales (las viviendas) irá haciendo mella en él, que acabará considerando que lo más bello que posee son los carámbanos que penden de sus ventanas. «La belleza de los carámbanos era una muestra de la belleza de su propietario, pensó Fender.» (pág. 198).

Si Carámbanos es una narración bella y triste, lo mismo podríamos decir de El orden de los insectos. En este cuento un ama de casa encuentra belleza y fascinación en los caparazones de insectos muertos que cada mañana se encuentra sobre la alfombra del salón de su casa. «Lo cierto es que no podíamos quejarnos de la casa después de todo lo que habíamos pasado en la anterior.», así comienza El orden los insectos y es posible que en este comienzo esté contenido el significante último de las cuatro primeras narraciones de este libro. Parece que Gass quiere mostrarnos la locura, la soledad y la tristeza del interior de las casas del Medio Oeste (o de cualquier parte, en realidad). En el primer relato, los protagonistas del cuento habitan en una la granja cuyo interior es un caos violento de relaciones humanas. Sin embargo, deciden arriesgar su vida para conseguir averiguar si se ha roto la paz en la casa del vecino, algo que ni ellos ni el lector conseguirán averiguar. En el segundo cuento, un voyeur observa a sus vecinos en el jardín de sus casas, deseando penetrar en ellas y averiguar sus secretos. En la tercera y cuarta narración, de intenciones muy similares, el voyeur que es el lector al fin consigue meterse en dos de estas casas del Medio Oeste y vislumbrar la belleza dolorosa de su locura y su tristeza.

La quinta narración, la que da título al libro, es algo diferente a las anteriores, ya que en ella parece que dejamos lo particular del interior siniestro de los hogares para tener una visión más panorámica de un pueblo del Medio Oeste, en concreto del estado de Indiana, al que se ha mudado un poeta, que trabajaba como profesor, y que parece dolido por la pérdida de un gran amor. En realidad, esta última narración más que un cuento o novela corta se lee como si se tratase de un poemario formado por poemas en prosa. Incluso los textos, en los que el narrador se fija en diferentes aspectos de la pequeña comunidad que habita, están titulados, dando a la narración una mayor sensación de poemario. Al menos yo, lo he leído así: como si se tratase de un poemario que quisiera mostrar cómo es la vida en una pequeña comunidad del Medio Oeste Americano, en la que viven personas austeras y azotadas por un clima extremo. Si bien los cinco relatos están escritos de forma muy bella, la prosa de Gass brilla especialmente en esta última narración.

Como conclusión, podría apuntar que casi siempre considero que la narrativa norteamericana, sobre todo la breve, es de factura clara y de imágenes y escenas nítidas, pero que, tras su aparente sencillez, sus mejores escritores saben extraer verdades hondas de la vida. Un escritor como William H. Gass rompe con esta idea, porque frente a la nitidez de otros, él tiende a desdibujar las escenas creadas y a cargarlas de ambigüedad, una ambigüedad que ha llegado a desconcertarme en algún momento, aunque en otros también me ha emocionado y me ha hecho disfrutar mucho. La prosa de Gass, en cualquier caso, es muy bella, y diría que más que alma de narrador tiene alma de poeta.
Por ahora le leído dos de los cinco libros que ha editado La Navaja Suiza y creo que su apuesta se caracteriza por elegir una literatura de calidad y exigente con el lector. Espero que le vaya muy bien a La Navaja Suiza, necesitamos muchas apuestas como ésta.

miércoles, 11 de octubre de 2017

ASESINATO, de DANIELLE COLLOBERT

El pasado 29 de septiembre presenté, en la librería Cervantes, el tercer título de la nueva editorial madrileña La navaja suiza. Me gustó poder colaborar con este proyecto. Dejo aquí el texto que escribí para la ocasión, y que usé, a modo de notas, en la presentación (las fotos son de Isabel Hernández):



Me escribió Elsa Veiga, representante de prensa de editoriales, para preguntarme si quería presentar el libro Asesinato de la francesa Danielle Collobert. Lo cierto es que era la primera vez que oía hablar de esta autora. Sí que conocía, sin embargo, a la editorial que publicaba el libro: La navaja suiza. Una nueva editorial madrileña, creada por Agustín Márquez, Pedro Garrido y Bárbara Pérez de Espinosa, y  que comenzó su andadura, hace unos meses, reeditando el libro de relatos En el corazón del corazón del país del norteamericano William H. Gass. De este libro había leído un relato en la Antología del cuento norteamericano de Richard Ford y había hojeado, en la cuesta de Moyano, la edición que sacó Alfaguara a principios de los años 80.
El segundo título de La navaja suiza es La casa grande del colombiano Álvaro Cepeda Samudio, sobre la masacre de las bananeras que ocurrió en Colombia en 1928. Creo que había leído sobre él en la relectura que hice, hace unos años, de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, en el prólogo de la edición conmemorativa de la RAE y Alfaguara, si no recuerdo mal hablaban de La casa grande. Pero, como decía, no había oído nunca hablar de Danielle Collobert, cuyo libro Asesinato es el tercer título de La navaja suiza.

En algún momento había pensado solicitar a esta nueva editorial En el corazón del corazón del país o La casa grande para poder escribir sobre ellos una reseña y apoyar así el que me parecía un interesante proyecto editorial. Pero, por ahora, me estaba conteniendo. El ritmo de libros que entran en mi casa es muy superior al de libros que puedo leer y reseñar. Sin embargo, me alegró que Elsa me propusiera poder realizar el comentario público de este nuevo libro de La navaja suiza. Quedamos en que me enviaría el libro a mi casa y empecé a buscar información sobre Danielle Collobert.

Lo cierto es que no se puede encontrar en internet mucho sobre ella. En la wikipedia leemos que nació en 1940 en Rostrenen, y se crió en la casa de sus abuelos (un dato que me hizo pensar en la infancia de Michel Houellebecq) porque tanto su madre como su tía formaban parte de la Resistencia Francesa.

En 1961 dejó sus estudios universitarios y empezó a trabajar en la Galerie Hautefeuille de París. También empezó a escribir textos que, tres años después, se integrarían en el libro Asesinato.

Collobert publicó algunos libros de poesía. En España se puede encontrar una antología de su obra poética en la editorial Kokoro, titulada Decir vivo a quién. Este libro contiene poemas en prosa parecidos a las páginas de Asesinato. De hecho, algunas de sus  páginas y las de este Asesinato coinciden. (AQUÍ está el enlace).



Collobert fue militante del Frente de Liberación Nacional de Argelia. Lo que hizo que tuviera que exiliarse a Italia.
Asesinato se publicó en 1964 en la prestigiosa editorial Gallimard, gracias a la recomendación del escritor Raymond Queneau.
Collobert se suicidó en 1978 el mismo día que cumplía 38 años en un hotel de París, de la misma forma que su admirado Cesare Pavese en 1950 (a los 42 años), 28 años antes.

En el blog Lost in Marienbad podemos encontrar la traducción de tres poemas de Collobert:

añade sin cesar
construye
tenacidad del aliento
acumula
persigue
ávido
sin cesar
del aliento a la palabra
el mismo camino
el regreso aún
la repetición evidente
frágil
incierta
alargar la traza – prolongar
en alguna parte
en otro lugar
no borrar – borrarse
palabras además
la sangre – aún acuñar
palabras aún
trazar
para retrasar el acercamiento
fuera del alcance del silencio
blanco infinito
lucha – con la palabra – necesaria
única necesidad
lucha vana
agotamiento
sin salida

***

Siempre movimiento
De lo violento a lo imperceptible –lo inmóvil – lo inmóvil
Nunca – fingiendo fijeza, a lo sumo – fricción
Invisible en todo su cuerpo
Invisible – para no ver
Nunca visto desde donde él ve
No visto – el temblor
Sin presa – liso – sin derrame
Sin lágrima – ni sudor – estallido – ni estremecimiento – el
Frío
Inanimado – no – en algún lugar el nervio del dolor –
En algún lugar la respiración.

***

entre los muros blancos – la misma angustia cien veces encontrada – bloqueada en el instante – el tiempo denso –fugitivo – tras el que hay que caer de nuevo – cada vez –en la confusión – el magma – el trayecto perdido de un pensamiento al otro – en todos los sentidos – lo cotidiano real – el ensamblaje incierto del mundo – en la mente o al fondo-
en algún lugar

en alguna parte – ese lugar buscado desde hace tanto – tantos intentos – viajes al interior – la mayoría de las veces con ideas de agresión – tomar por asalto ese lugar - aplastarlo destruirlo de una vez por todas – que sólo quede una superficie lisa – aflorando a la mirada – a los labios – dócil a la voz aplacada – dormida – nada que pueda interrumpir el sueño – atascada – o el entumecimiento – esta vez las manos podrán transcribir con dulzura las palabras – sin crispación repentina – sin desgarramiento imprevisto

Asesinato me llegó a casa y comencé su lectura. Lo cierto es que al principio había pensado que se trataba de una novela. Elsa Veiga me había hablado de “nuevo título” de La navaja suiza y yo había considerado, por los dos anteriores libros de la editorial, que se trataría de una novela o un conjunto de relatos. Después de leerlo señalaría, más bien, que se trata de un libro de poemas en prosa. O un libro de microrrelatos fuertemente poéticos, o tal vez de una novela alucinada. En su web los editores de La navaja suiza se presentan así: «LA NAVAJA SUIZA nace con el ánimo de ofrecer a los lectores propuestas literarias inéditas y recuperadas del olvido, tanto en español como en lenguas extranjeras, no adscritas a géneros o nacionalidades, y asentadas en la búsqueda de nuevas formas literarias y que contribuyan a generar una conciencia social.»



En una entrevista concedida a El país, el editor Agustín Márquez apunta: «A veces, la buena literatura necesita un poso que no encaja con la lectura de metro, sino de sofá.» Creo que a la lectura de Asesinato, como apunta Agustín, le conviene más el tiempo detenido del sofá que la velocidad del metro. Asesinato se lee desde el desconcierto y el desasosiego.

En una primera instancia nos encontramos con una doble mirada: exterior e interior. «Es extraño este encuentro entre el ojo interior, detrás de la cerradura, que ve, y que descubre al ojo exterior, atrapado en flagrante delito de visión, de curiosidad, de incertidumbre.», así empieza el libro en la página 11.
En la página 13 aparece la idea premonitoria del suicidio: «El irrealizable y continuo suicidio de a pedazos.»

La idea de la muerte recorre el libro. Se insinúa la idea del asesinato en más de una ocasión: el asesinato de uno mismo, del otro, el asesinato por parte del otro: «Soy suyo, soy visto, descubierto, la boca entreabierta mientras duermo, y no estamos tranquilos, pues aparece poco a poco, en la pared, el hombre al que, desde hace unos días he decidido matar. Y me gustaría hacerlo por sorpresa, así que espero que no esté prevenido, por ello me pregunto por su presencia aquí en la casa. Lo mataremos de mil maneras. Sé mucho sobre el asesinato. Invento algunos cada día. Hago morir a distintas personas, en su mayor parte ancianos, no sé por qué exactamente.» (pág. 17-18)

El libro comienza con una voz narrativa ensimismada en sí misma, con esa doble visión interior y exterior, que parece contemplar el mundo desde el dolor del ser. Poco a poco el narrador irá saliendo de casa y verá una fábrica, obreros, el mar, los barcos… Aunque también apunta que le cuesta salir de «su laberinto», una expresión que me lleva a pensar en su mundo interior, su inmovilismo. El narrador también perseguirá a una «sombra», que quizás sea un trasunto de él mismo.



Durante una primera parte que identifico como la que está contada con una voz narrativa masculina (pág. 11-52) la narración me parece más intimista. De hecho, creo que el estilo de estas páginas es muy lírico, con una poética de la desesperación que me ha hecho pensar en Una temporada en el invierno, una de las obras en prosa del gran poeta Arthur Rimbaud. «Ya no amo el hastío. Las rabias, los desenfrenos, la locura cuyos arranques y desastres tan bien conozco, –me he despojado de toda esa carga. Valoremos, pues, sin vértigo, la amplitud de mi inocencia.», leemos en la página 35 de Una temporada en el infierno (edición de Hiperión). «En cuanto a la felicidad establecida, doméstica o no…, realmente no puedo. Soy demasiado evanescente, demasiado débil. La vida florece gracias al trabajo, –vieja verdad. Pero la mía, en concreto, no tiene suficiente peso, alza el vuelo y se aleja flotando por encima de la acción, ese amado apoyo del mundo.»
«¡Bah, hagamos todas las muecas imaginables. Decididamente, estamos fuera del mundo. Ningún sonido ya. Mi sentido del tacto ha desaparecido.» (pág. 45)
«¡Por el momento, estoy sumida en el fondo del mundo.» (pág. 51)
«Me acostumbré a la alucinación pura y simple: veía, con toda claridad, una mezquita donde había una fábrica, una escuela de tambores compuesta por ángeles, calesas por los caminos del cielo, un salón en el fondo de un lago; los monstruos, los misterios; un título de vodevil erguía espantos ante mis ojos.»

Se puede considerar Una temporada en el infierno, publicado en 1873 el testamento literario de un joven-viejo Rimbaud de 19 años. Leí este libro hace ya más de veinte años. Acabé pensando que Rimbaud decidía dejar la literatura porque su pureza, su deslumbramiento, iba a conducirle a la autodestrucción del suicidio.

Danielle Collobert decidió seguir esta senda hasta el final. Me parecen, en cuanto a esta idea de Rimbaud, significativas las páginas 41-43 de Asesinato. Así empiezan: «Tengo un mar interior, no muy grande, pero me llena por dentro. No es un agua tranquila, remansada, como suele decirse. Según los días, las horas, se expande, me sacude.» En estas páginas Collobert habla de su condición de artista. De ese mar interior, que a veces parece un pozo, donde se ahoga y que a la vez, paradójicamente, le sustenta.


A partir de la página 53 la voz narrativa pasa de ser la de un hombre a la de una mujer. Desde esta página, los cortes de la narración se vuelven más dinámicos. Collobert juega a la disolución del sujeto: masculino, femenino, un nosotros, un «él», una sombra.
En esta página 53 una mujer comienza a seguir a una anciana que ha visto en un café.

Página 53 de Asesinato: «Entré en el café y la vi inmediatamente al fondo delante de mí. Me quedé quieta enseguida».
Relación con poema Pensamientos de Deola, de Pavese, página 33: «Deola pasa la mañana sentada en el café / y nadie la mira»

En estas páginas en las que la poeta sale de sí misma y contempla a los otros  (las gaviotas en la playa, los viajeros de los trenes, los obreros, los bebedores del café…) he sentido de forma más acusada la influencia de la poesía de Cesare Pavese.

En la página 89-90 podemos leer dos páginas sobre un anciano que me han recordado a algunos de los poemas de Pavese. El poema de Collebert comienza así: «En la otra orilla vive un hombre viejo. Creo que es necesario que hable de él un día. Su casa es grande y puedo divisarla desde mi puerta. Lo veo a veces, sentado delante de la suya en un banco de piedra, inmóvil.»
En poema Pasa el tiempo de Pavese, pág. 104: «En cierta ocasión, aquel vejete, sentado en la hierba, /aguardaba»

Estas páginas se pueden relacionar con poemas como Pensamientos de Deola de Pavese (pág. 33 de la edición de Poesías completas de Visor), Manía de soledad (pág. 55), Pasa el tiempo (pag. 104) o La paz reinante (pag. 120)

En Asesinato, en la página 71 leemos: «Somos cuatro en torno a él. Está muerto. En pleno campo, extrañamente, en pleno campo, a pleno sol, con delicadeza.
No ha sido nada trágico. Los ruidos de la campiña no se detuvieron, de repente. Cayó de rodillas y después se desplomó a un lado.»



En las Poesías completas de Pavese, página 96, tenemos el poema Revuelta, que también habla de un muerto y comienza así: «El muerto está retorcido y no mira las estrellas: tiene los cabellos pegados al adoquinado. La noche es más fría. Los vivos regresan al hogar, todavía temblando.»


Las últimas páginas de Asesinato (119-126) parecen retomar la voz narrativa en primera persona y masculina del principio. Vuelven aquí los espacios interiores, la reflexión antes que el movimiento. Collobert retoma la idea de la muerte: «Uno no muerte solo, lo matan, por rutina, por imposibilidad, obedeciendo a su inspiración. Si todo el tiempo he hablado de asesinato, a veces de forma velada, es debido a eso, a esa manera de matar.» y acaba así: «Camino tambaleándome, y la habitación negra no se vacía aún del eco incesante de mis pasos – mis pies inseguros, que buscan, buscan en la arena, lentamente, el fin.» (pág. 126)