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domingo, 13 de diciembre de 2020

El Wendigo y otros cuentos extraños y macabros, por Algernon Blackwood

 

El Wendigo y otros cuentos extraños y macabros, de Algernon Blackwood

Editorial Valdemar. 457 páginas. 1ª edición de los cuentos entre 1906 y 1929; ésta es de 2020.

Traducción de Francisco Torres Oliver, José María Nebreda y Marta Lila Murillo

 

De Algernon Blackwood (Shooter's Hill, Inglaterra, 1869 – Londres, 1951) había leído hasta ahora, también publicado por la editorial Valdemar, el libro John Silence, investigador de lo oculto. Lo leí en septiembre de 2007, hace ya tiempo. Me dejó una buena impresión. La apuesta me parecía atractiva: en 1908, Blackwood crea a John Silence, un detective en la estela de los clásicos Sherlock Holmes o el Padre Brown, pero que, a diferencia de estos investigadores más terrenales, se dedica a investigar casos paranormales. Más de una vez, desde entonces, había hojeado en la biblioteca de Móstoles, una antología de cuentos de terror de Blackwood, que contenía El Wendigo, que sabía que era una de sus narraciones más famosas. Sin embargo, no me decidí a leerlo porque era un libro muy antiguo, con la letra pequeña y no me fiaba de su traducción.

Al ver en las librerías de Madrid que Valdemar había publicado, había unos meses, un nuevo libro de Algernon Blackwood me apeteció solicitárselo para poder leerlo y reseñarlo. Me lo enviaron muy amablemente.

 

El Wendigo y otros relatos extraños y macabros está formado por 23 cuentos, tomados de nueve colecciones publicadas por Blackwood entre 1906 y 1929.

El primer cuento es La casa vacía, y en él aparece por primera vez el personaje de Jim Shorthouse, que volverá a aparecer en otros de los primeros relatos seleccionados en la antología. Imagino ­­–el volumen de Valdemar­ no lo aclara– que estos primeros cuentos en los que aparece Shorthouse, que es una suerte de investigador de lo paranormal, pertenecer al libro La casa vacía y otras historias de fantasmas, publicado en 1906. El libro John Silence, investigador de lo oculto es de 1908, y este otro investigador, Jim Shorthouse, parece un antecedente claro de Silence. En La casa vacía, Shorthouse acude al llamado de una tía para investigar con ella una casa abandonada de su pueblo, donde en el pasado ocurrió un crimen, y se dice que aparecen fantasmas. La casa vacía es un conseguido cuento clásico de fantasmas, con una gran creación atmosférica.

 

El segundo cuento, Una isla encantada, abandona Inglaterra y nos acerca hasta Canadá, que va a ser el escenario de un número no desdeñable de relatos de este volumen. De joven, Blackwood dejó su Inglaterra natal y viajó hasta Canadá y Alaska, donde desempeñó diversos oficios. Aquellos amplios paisajes de naturaleza primigenia causarían una honda impresión en él, y se convertirán en escenarios para algunos de sus relatos y miedos más profundos. En Una isla encantada un estudiante, que se encuentra solo en una isla, recibirá la inesperada visita de unos inquietantes indios. De nuevo, es un gran relato de atmósfera, que será lo que destaque en la creación de Blackwood, en gran medida por encima de sus tramas.

 

Me gusta el comienzo de Un caso de oídas: «Jim Shorthouse era la clase de hombre que siempre complicaba las cosas. Todo lo que entraba en contacto con sus manos o su mente acababa en un estado irremediable de confusión.» (pág. 45). En este cuento, el narrador nos va a hablar de los sucesos extraños que tenían lugar en una habitación contigua a la suya en una pensión. Diría que J. M. James ha podido ser una influencia sobre Blackwood, ya que un cuento también de pensiones encantadas, sería La habitación número 13, del libro Historias de fantasmas de un anticuario, publicado en 1904, el primer libro de James, el que estoy seguro que Blackwood tuvo que leer.

 

Un caso de oídas también es un cuento de fantasmas y, aunque es un relato impecable, el lector siente que, después de dos cuentos leídos de Blackwood la sensación de que la sorpresa ha disminuido. Creo que sería recomendable leer este tipo de libros con calma, intercalando otros entre la lectura de los cuentos. Yo, por ejemplo, leí dos novelas entre medias. Al leer el cuarto cuento, Cumplió su promesa, en el que un estudiante recibe en su casa la visita de un amigo al que no ve desde hace tiempo, el lector ya sabe que ese amigo ha de ser, de nuevo, un fantasma.

Cuando le leído los libros de cuentos de un escritor fantástico actual como es el argentino Elvio E. Gandolfo, me encantaba la idea de que jugaba con los géneros y las expectativas del lector. Así en Ferrocarriles Argentinos, por ejemplo, el lector se podía acercar a un cuento de terror, el siguiente era un policía, luego uno de ciencia-ficción, luego uno costumbrista, y no ocurría como con estos cuentos de Blackwood, en los que el lector ya sabía qué camino iba a tomar la narración. Y esto no quiere decir que los cuentos de Blackwood no funcionen de forma individual, porque son realmente piezas muy logradas dentro del género.

 

Algo diferente en sus presupuestos me resulta Con la intención de robar, que más que un cuento de fantasmas es un cuento de posesiones diabólicas, en el que también aparece Jim Shortouse.

 

En Smith: Un suceso en una casa de huéspedes, volvemos al tema de las pensiones y a lo que ocurre en las habitaciones cercanas. Su construcción me ha resultado similar a alguna de las narraciones de H. P Lovecraft, como por ejemplo La música de Erich Zann. De hecho, Lovecraft comenta las obras de Blackwood con profusión en su estudio sobre el género de terror titulado El horror sobrenatural en la literatura, donde mostraba su admiración por el maestro inglés. Con esta antología he podido comprobar que Blackwood es una de las influencias más claras en la obra de Lovecraft.

 

Me desconcierta un poco Skeleton Lake: un suceso en el campamento, que me parece que es el cuento más corto del conjunto, y acaba por no ser un cuento de fantasmas sino de violencia.

 

En El que escucha volvemos al cuento de pensiones, pero esta vez más que un cuento de apariciones, es un cuento de posesiones y locura, que me acaba pareciendo original y conseguido.

 

En la página 157 llegamos a uno de los centros volcánicos de este libro, a Los sauces, que más que un relato sería ya una novela corta, pues sobrepasa las 60 páginas del formato de página amplia de Valdemar. De hecho, he visto esta historia publicada de forma independiente como si se tratase de una novela. Según H. P. Lovecraft, Los sauces, publicada en 1907 es «el mejor cuento sobrenatural en la historia de la literatura inglesa». No sé si cabe mayor elogio. He leído Los sauces y podría simplemente dar la razón a Lovecraft, con tan solo el permiso del propio Lovecraft, que es el escritor de El color surgido del espacio, que es otra completa maravilla de relato de terror. En Los sauces dos amigos hacen un viaje en canoa por el Danubio y tienen que parar a acampar en una de las solitarias islas que se forman en su interior, un extraño lugar en el que tal vez se estén conjurando fuerzas cósmicas. De nuevo diría, que Los sauces ha influido bastante en la obra de Lovecraft, ya que puede ser un claro antecedente de su «terror cósmico».

 

A Los sauces le siguen algunos relatos que son más flojos e inocentes que los leídos hasta ahora, como El baile de la muerte o La víspera de la fiesta de mayo.

El cuento de fantasmas de la mujer es diferente y más interesante, porque está narrado por una mujer. No hay muchos personajes femeninos, ciertamente, en este libro de Backwood.

 

En la página 263 llegamos al otro volcán en erupción del libro, la novela corta El Wendigo, que supera las 50 páginas en el formato de Valdemar. Volvemos a los grandes bosques canadienses, a los cazadores que han de enfrentarse a los espacios primigenios del planeta. En este caso, un cazador y su ayudante tendrán que vérselas con «el Wendigo», un ser primordial y mitológico que habita esos parajes. Lo mejor del relato es que el Wendigo siempre se muestra en la distancia, de forma sutil. Otro gran logro narrativo.

 

Igual que me ocurrió al acabar Los sauces, el cuento que sigue a El Wendigo, que se titula El embrujo del mar, me parece flojo y prescindible. El incendio del páramo es original, pero el libro aún no consigue remontar.

En El hechizo de la nieve, Blackwood parece convertirse en un narrador más joven e ingenuo. No es un mal cuento, pero no está a la altura de las grandes piezas de este libro.

 

En Transferencia el libro remonta. De hecho, diría que a partir de este cuento, los terrores de Blackwood me parecen más modernos y sutiles, trascendiendo al simple cuento de fantasmas. Me ocurre igual con Cómplice, que es relato original sobre un turista que puede vislumbrar la violencia que va a sufrir otra persona.

Luces antiguas sobre un pequeño bosque hostil y encantado está bien, pero no a la altura de los grandes cuentos del libro.

 

La otra ala, donde el protagonista es un niño que explora la gran mansión de sus antepasados me parece un texto destacado y moderno. Igual me ocurre con El ocupante de la habitación, donde al añadir un nuevo elemento como es el suicidio el cuento cobra nuevos vuelos.

 

En El valle de las bestias volvemos a los grandes bosques canadienses y sus secretos. Esta vez el tratamiento de la historia es diferente al de otras narraciones, y se convierte en un relato original y sugerente sobre el poder de la naturaleza.

 

La bolsa de viaje tiene algún elemento original, dentro de los planteamientos de Backwood, pero acaba resultando previsible.

 

En resumen, El Wendigo y otros relatos extraños y macabros contiene dos novelas cortas muy potentes, que son Los sauces y El Wendigo, y algunos cuentos destacados dentro del codificado género del género de fantasmas. Me ha sorprendido ver que Algernon Blackwood es una de las influencias más claras en la obra de H. P. Lovecraft. Como ya he señalado, recomendaría leer este libro intercalando otros entre medias. Sin embargo, también debo decir que, dejando aparte las antologías, este libro de Valdemar, con un solo autor, se ha convertido en uno de mis favoritos de la editorial.

domingo, 19 de mayo de 2019

El ángel que nos mira, por Thomas Wolfe


El ángel que nos mira, de Thomas Wolfe

Editorial Valdemar. 733 páginas. Primera edición de 1929, esta de 2009.
Traducción de José Ferrer Aleu.

La primera vez que supe de Thomas Wolfe (Asheville, Carolina del Norte, 1900-Baltimore, 1938) fue en 1994, a los diecinueve años, cuando me acerqué a mi primer libro de Charles Bukoswki, La senda del perdedor. Chinaski, el protagonista de esta novela, era un joven airado que deseaba ser escritor, y Thomas Wolfe era uno de esos modelos literarios norteamericanos a los que debía decidir si seguir o no. Muchos años después, en Palma de Mallorca, hablando con mis amigos Javier Cánaves y Joan Payeras, este último me recomendó fervientemente que leyera una de las novelas que más le habían gustado en su vida: El ángel que nos mira de Thomas Wolfe. Creo que yo le recomendé Llámalo sueño de Henry Roth. De regreso a Móstoles, solicité a la biblioteca que comprara El ángel que nos mira, publicado en la editorial Valdemar, y lo hicieron. Pero cuando llegó a la biblioteca no me decidí a leerlo, y así fueron pasando los años. A principios de 2019 decidí que debía frenar un poco mi lectura de novedades literarias y abordar algunos de los clásicos que me faltaban por leer. Fue entonces cuando decidí leer seguidos El ángel que nos mira y Del tiempo y el río, las dos grandes novelas de Thomas Wolfe. Por fin, después de años de haber solicitado su compra, fue cuando tomé en préstamo El ángel que nos mira de la biblioteca de Móstoles.

El libro empieza con un prólogo de Maxwell E. Perkins, que fue editor y amigo de Wolfe. En él se informa al lector de que la escritura de Wolfe era casi siempre autobiográfica, y que los personajes de El ángel que nos mira eran en realidad los miembros de la familia del autor. Además, Perkins nos habla de sus intervenciones en los manuscritos de Wolfe, al que siempre tenía que pedir que redujera el número de páginas de sus libros, que acababan siendo excesivas. En el prólogo que escribió para la reedición de la novela Nanina de Germán García, Ricardo Piglia recuerda una carta que Wolfe le escribió a Scott Fitzgerald, en la que Wolfe se oponía a la poética de la contención y apostaba por una literatura que dejara de lado la elipsis y la discreción e incorporara acontecimientos en la novela sin jerarquizarlos: «No te olvides de que un gran escritor no es sólo alguien que deja cosas afuera sino alguien que incorpora cosas y que Shakespeare, Cervantes y Dostoiesvski fueron grandes incorporadores, que de hecho incorporaban más de lo que sacaban y serán recordados por lo que pusieron».

El protagonista de El ángel que nos mira es Eugene Gant, que viene al mundo en la villa de Altamont (Carolina del Norte) en 1900. Altamont es un trasunto del Asheville natal de autor. Para hablarnos de la infancia y la adolescencia de Eugene, Wolfe se remonta hasta el abuelo del protagonista: «Un inglés llamado Gilbert Gaunt, apellido que más tarde cambió por Gant (probablemente como concesión a la fonética yanqui), y que había llegado a Baltimore desde Bristol en 1837» (pág. 27). Más tarde nos hablará de Oliver Gant, el padre de Eugene, y de los azares que le llevan hasta Altamont, donde al fin nacerá nuestro protagonista, hijo mejor de una familia numerosa. Eliza, la madre, es una mujer hacendosa, cuyo máximo deseo en la vida es comprar propiedades y acumular riqueza. Oliver es un marmolista que abrirá en Altamont un taller de lápidas y adornos funerarios. De ahí el título de la novela: el ángel que nos mira es una estatua de cementerio de un ángel que el padre de la familia tiene en la puerta de su taller.
Oliver Gant no puede controlar su adicción al alcohol, lo que hace que se vuelva violento e inestable y que entre y salga de clínicas de rehabilitación, suponiendo esto un serio problema para la convivencia de la familia Gant.
En la página 63 de la novela es cuando nace Eugene: «Esta lumbrera escogida, a la que se había dado ya nombre y desde cuyo centro deben contemplarse la mayoría de los sucesos de esta crónica, nació, como hemos dicho, en el momento más crucial de la historia. Pero quizás habrá el lector pensado en esto. ¿No? Entonces, permita que le refresquemos la memoria». Como vemos, en algunos momentos el narrador –como si se tratase de un escritor del siglo XIX– interpela directamente al lector. Sin embargo, Wolfe usa este recurso narrativo sobre todo al principio de la novela, y lo irá abandonando según se avance en sus páginas.

Durante los primeros años de vida de Eugene, Wolfe se permite la licencia poética de otorgarle pensamientos más adultos de los que le corresponderían a un bebé.
En algunas páginas, Wolfe cede la voz narrativa a sus personajes y el lector puede acercarse a sus pensamientos en primera persona. Acabo de comprobar que el Ulises de James Joyce se publicó por primera vez en 1922, y es de suponer que Wolfe lo hubiera leído antes de empezar a escribir El ángel que nos mira (publicado en 1929), porque la obra de Joyce fue muy influyente en la literatura posterior, sobre todo el recurso del monólogo interior.

En al menos dos ocasiones se menciona a Jack London en esta novela. Diría que, dentro de la tradición literaria norteamericana, el Jack London de Martin Eden es una referencia para el Thomas Wolfe de El ángel que nos mira.
Eugene –un trasunto del propio Wolfe– es un niño sensible que pronto empieza a buscar refugio en los libros. La mirada de Eugene sobre el mundo será la de un idealista, que no encuentra en el mundo real el heroísmo y los altos ideales que lee en sus libros. Este contraste entre la mirada sobre el mundo real (violento, sucio y desbordado de deseos sexuales) y el ideal transmitido por las obras artísticas será uno de los temas de la obra. Es más, diría que este camino, que ya abrió Jack London, y del que Thomas Wolfe se convirtió en alumno aventajado, es uno de los temas fundamentales de la literatura norteamericana: la narración de la peripecia de un mundo lleno de estímulos y de contrastes, y la búsqueda y el deseo de describir esa realidad con una mirada poética y salvaje, que constituyen un estilo, una impronta propia.
En muchas de las páginas de El ángel que nos mira he sentido la lectura que décadas después haría de este libro Charles Bukowski; de hecho, hay alguna escena que me ha parecido una fuente de la que Bukowski ha bebido de forma directa. Por ejemplo, el niño Eugene tiene que conseguir algo de dinero vendiendo periódicos a domicilio y le toca acudir al barrio de los negros, uno de los peores destinos del oficio, porque es posible que los compradores le dejen a deber y no le paguen. En un momento dado, tiene que ir a la casa de una bella mulata a reclamarle una deuda, y se produce una escena de turbación sexual para el joven Eugene. Hay alguna escena similar en La senda del perdedor o Cartero de Bukowski. Imagino que algunas escenas de El ángel que nos mira supondrían, por lo explícito, un pequeño escándalo para el Estados Unidos de 1929.

Llámalo sueño de Henry Roth se publicó en 1934 y se considera el punto de partida de la literatura judía norteamericana. Diría que Henry Roth había leído El ángel que nos mira cuando empezó a escribir su gran libro, que trata sobre la vida de un niño judío, hijo de inmigrantes, en el Nueva York de principios del siglo XX. He tenido la impresión de que Roth toma la experiencia americana de Thomas Wolfe, un anglosajón de Carolina del Norte, para contar su propia experiencia americana de judío en Nueva York.

La tercera parte de El ángel que nos mira habla de la marcha de Eugene a la universidad cuando aún no ha cumplido dieciséis años y su lucha por la vida en un entorno que, en principio, se muestra hostil. Eugene es un raro, un marginal, que se eleva del mundo que le rodea gracias a su cultura libresca, pero que no puede dejar de sucumbir a las tentaciones humanas, como el deseo sexual, que vive de un modo atormentado.
Uno de los veranos de la universidad, Eugene discute con sus padres y decide viajar hasta la costa para buscar algún trabajo relacionado con la guerra que se está desarrollando en Europa (la Primera Guerra Mundial). En estos capítulos de joven aventurero norteamericano en busca de trabajo he visto también al Jack Kerouac de En la carretera.

Me gustaría destacar la mirada poética de Thomas Wolfe sobre el mundo retratado, pese a su sordidez, algo que también hará William Faulkner, para quien Wolfe fue el mejor escritor de su generación.
En algún momento he tenido la impresión de que Wolfe dejaba sin desarrollar alguna línea narrativa. Por ejemplo, se describe un encuentro sexual entre Eugene y una chica, y más tarde el narrador no informa al lector sobre qué piensa Eugene acerca de esa relación, y yo como lector habría deseado conocerlo. Aunque esto que comento son minucias, teniendo en cuenta la grandeza narrativa de un libro como El ángel que nos mira.
Yo he sido siempre un gran admirador de la literatura norteamericana y me siento feliz de haberme acercado, al fin, a uno de los eslabones de su cadena histórico-literaria que me faltaban para entender el panorama de las letras norteamericanas del siglo XX. No sé si hace falta que lo diga: El ángel que nos mira es una obra maestra absoluta.

domingo, 22 de julio de 2018

El escarabajo, por Richard Marsh



Editorial Valdemar. 418 páginas. Primera edición de 1897, esta de 2018.
Traducción de Marta Lila Murillo.
Prólogo de Jesús Palacios.

Ya he comentado alguna vez que cuando se aproxima el verano –y el fin del curso académico– me apetece leer literatura de terror o ciencia-ficción, los géneros con los que crecí. Creo que, aunque ahora soy profesor y no alumno, el fin de curso me hace viajar en el tiempo hasta la época de la despreocupación del verano adolescente. Es sobre todo entonces cuando entro en webs de editoriales como Valdemar. Me había fijado últimamente en la publicación de la novela El escarabajo del escritor inglés Richard Marsh (Londres, 1857-Sussex, 1915). Marsh es un escritor de novelas populares que desarrolló su carrera entre el siglo XIX y el XX. Su libro más famoso es El escarabajo, que se publicó el mismo año que Drácula de Bram Stoker. Durante bastante tiempo, El escarabajo se vendió más que Drácula e, incluso, recibió mejores críticas literarias. Sin embargo, en la década de 1960 el libro deja de publicarse en Gran Bretaña y empieza a caer en el olvido. En el mundo anglosajón se rescató a principios del siglo XXI y, ahora, la editorial Valdemar lo publica por primera vez en España.

Me había intercambiado algún mensaje por Facebook con Rafael Díaz Santander, uno de los editores de Valdemar, y le escribí para proponerle el envío de la novela con el propósito de hacerle una reseña en la revista Eñe. A Díaz Santander le pareció bien; poco después de que la novela llegara a mi nueva casa empecé a leerla, dejándome para el final el prólogo del siempre impagable Jesús Palacios.

El escarabajo está dividido en cuatro partes. Cada una de ellas tiene un narrador diferente. La novela se publicó inicialmente por entregas, y eso provoca que cada uno de sus capítulos termine con la técnica del «cliffhanger»; es decir, en un momento de fuerte tensión narrativa.

La primera parte se titula La casa con la ventana abierta y la narra Robert Holt, un oficinista inglés que está pasando por sus horas más bajas. Holt perdió el trabajo, hace días que no come y, en la primera página de la novela, le encontramos en plena noche de tormenta llamando a la puerta de un albergue de pobres para dormir. Para colmo de males, en el albergue no le dejarán entrar y será arrojado a la cruda noche. En su deambular llega a una casa solitaria con una ventana abierta. Tras dudar, acabará allanando la vivienda para protegerse de la intemperie. Hasta aquí nos encontramos con una novela al más puro estilo Charles Dickens, una crítica a la situación social de los más desfavorecidos en la gran metrópoli. Sin embargo, el cariz de la narración no tardará en cambiar, puesto que la casa solitaria no está deshabitada y Holt tendrá que enfrentarse a un extraño personaje, al que más adelante se le llamará «el Árabe», y que durante la mayoría de las páginas de la novela será de edad y sexo indefinidos. En esta parte de la narración los elementos terroríficos comienzan a acumularse: «Noté que la criatura comenzaba a ascender por mis piernas, a trepar por mi cuerpo (…). Daba la sensación de ser algún tipo de araña gigante… una araña de pesadilla; la reencarnación monstruosa de una visión aterradora» (pág. 46). También se puede constatar aquí la presencia de algunos elementos góticos: por ejemplo, cuando «el Árabe» pronuncia las palabras «el escarabajo», la luz de las habitaciones suele apagarse y dejar a los personajes a oscuras. La criatura infernal, todavía bastante indefinida, puede manejar la voluntad de Holt, hasta el punto de conducir su cuerpo a la casa de un político –llamado Paul Lessingham– con la intención de que robe unas cartas que parecen ser de su interés.

La segunda parte se titula El hombre hechizado y está narrada por Sydney Atherton, un inventor inglés de clase alta, arrogante y atractivo para las mujeres. En esta parte, la novela se sirve de recursos propios del folletín amoroso de la época. Atherton se declara a Marjorie Lindon, su amiga de la infancia, que a su vez está enamorada y comprometida con Paul Lessingham, el político al que la criatura de la primera parte quiere arrebatarle sus cartas a través de Holt. Como suele ocurrir en los folletines (me estoy acordando de mi lectura del verano de 2017, La hija de Jezabel de Wilkie Collins), en El escarabajo nos encontramos con más de una casualidad inverosímil y algún detalle de puro vodevil, como por ejemplo un personaje que se esconde tras un biombo para escuchar una conversación ajena. En realidad, gran parte del encanto de los folletines, o de la literatura de género, consiste en encontrarnos con estas casualidades, exageraciones, «cliffhangers» delirantes, y seguir leyendo con una sonrisa.

La verdad es que la de Atherton me ha parecido la voz narrativa menos interesante de las cuatro propuestas. Me acababa cargando su arrogancia y su machismo trasnochado. Después de escuchar a Marjorie, por ejemplo, anota: «Sabía que, de todas las mujeres jóvenes, era la menos histérica y poco proclive a ser presa de simples delirios» (pág. 202). Aunque eso sí, hay un punto muy destacado en su narración: cuando le muestra uno de sus inventos a un invitado, una máquina de destrucción masiva por medio de un gas letal. Es decir, está prefigurando, unos veinte años antes, la violencia química de la Primera Guerra Mundial, y la escena resulta sobrecogedora.

La tercera parte se titula El terror de la noche y el terror del día y está narrada por Marjorie Lindon. Creo que la novela gana a partir de aquí; la tercera y la cuarta parte me parecen más conseguidas que las dos anteriores. Marsh ya tiene más claro hacia dónde se dirige y todo fluye con mayor naturalidad. Me gusta la voz narrativa de Lindon, una mujer fuerte y aventurera, adelantada a su tiempo.

Como El escarabajo se publicó como novela por entregas, además de los «cliffhangers» comentados también se da otro recurso propio de este tipo de publicaciones: a veces se repiten acontecimientos ya narrados a modo de sumario (imagino que para un lector que se incorpora tarde a las entregas o que se ha perdido algunas), pero que quedan perfectamente justificados en la narración, porque dichos acontecimientos se cuentan desde la perspectiva de un nuevo narrador.

La cuarta parte se titula A la caza y está narrada por Augustus Champnell, un detective privado muy al estilo de Sherlock Holmes, el famoso personaje de Arthur Conan Doyle. De esta parte, me gusta cuando el político Paul Lessingham nos cuenta (su narración está recogida en los escritos de Champnell) las aventuras de su pasado en Oriente, que es uno de los misterios que mueven la trama. Como indica el nombre de esta cuarta parte, los personajes principales de la novela, con la ayuda del detective privado, tratan de dar caza a la criatura de edad indefinida, el ser diabólico que puede convertirse en escarabajo y que amenaza la paz metropolitana de Londres.

He anotado varios comentarios de El escarabajo que nos hacen pensar en una mirada racista (o colonial) sobre los países orientales ­­–en este caso Egipto–, lugares peligrosos que sólo pueden traer la desgracia y el horror para los occidentales (o los británicos), comentarios como: «Lugares como el que había descrito abundan en El Cairo de hoy en día, y son muchos los ingleses que han penetrado en ellos pagando un alto precio» (pág. 303); o bien la casera de la casa en la que se alojaba «el Árabe», que se refiere a él como un «sucio extranjero» (pág. 352); o bien «Los orientales nos dejan muy atrás. Si su civilización es lo que nos complacemos en denominar muerta, sus hechizos (cuando uno llega a conocerlos) ¡están bien vivos!» (pág. 337).
En el prólogo, Jesús Palacios cita a Minna Vuohelainen, la estudiosa moderna que ha rescatado la figura de Marsh, y habla de «mala conciencia colonial» para referirse a ese miedo a Oriente y a las muestras de xenofobia.

Palacios reivindica al monstruo que aparece en El escarabajo como «un monstruo insolentemente moderno, que pareciera más propio de las páginas de Clive Barker, del universo del primer David Cronenberg o del bestiario multiforme de Brian Yuzna que de un folletín gótico victoriano, cuyo poder de mutabilidad y penetración convierte las veleidades bisexuales y homoeróticas del Conde Drácula en un juego de niños» (pág. 25).

Hace al menos una década leí Drácula de Bram Stoker, precisamente en la edición de Valdemar, y es cierto, como se apunta en el prólogo, que Drácula y El escarabajo tienen más de un elemento en común, con su escritura, en gran parte, en forma de diario, con su monstruo ancestral que rompe la paz londinense y con sus juegos eróticos. A mí me gusta más Drácula, que me parece una gran novela, pero me uno a lo que dice Palacios sobre El escarabajo: «Supone uno de los últimos grandes clásicos del Gótico victoriano por rescatar. Un clásico todo lo menor que se quiera, con sus defectos y virtudes, pero que merece de sobra pasar por fin a formar parte de la selecta galería de monstruos y villanos que señalaron el cambio del siglo XIX al XX» (pág. 27).

El escarabajo es lo que yo entiendo como una divertida lectura de verano.

domingo, 18 de marzo de 2018

Miedo en el cuerpo. 25 años de terror con Valdemar, por Varios Autores.


Editorial Valdemar. 848 páginas. 1ª edición de los textos: siglos XIX, XX y XXI. Esta edición es de 2012.
Varios traductores.

En el verano de 2015 leí Felices pesadillas. Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar. Una antología de cuarenta cuentos que los editores de Valdemar habían seleccionado en 2003, buscando en sus libros publicados en los últimos veinticinco años (1987-2003). Como aquel libro funcionó y (según les pude escuchar a los propios editores en la Feria del Libro de Madrid) tuvieron que dejar fuera muchos relatos que merecían estar dentro de la antología (una de las premisas era que la antología sólo podía contener un cuento por autor), sacaron un segundo volumen titulado Malos sueños. Felices pesadillas 2. En mayo de 2017, por mi cumpleaños, mi novia ‒conocedora de mi afición por la lectura de cuentos de terror en verano‒ me regaló Miedo en el cuerpo. 25 años de terror con Valdemar, pensando que era el segundo volumen de las antologías de cuentos de Valdemar y no el tercero, como en realidad es. Esta situación me fuerza a leer el segundo volumen en algún momento, tal vez en el verano de 2018.

Entre julio y agosto de 2017 pasé quince días de vacaciones en México y decidí tomar de casa para el viaje Miedo en el cuerpo. Pensé que, si me llevaba una novela, más de un día no podría leer, y no me gusta acercarme a las novelas sin continuidad. Un libro de relatos era lo más adecuado. En el viaje me dio tiempo a leer la mitad de la antología. Ya en Madrid acabé el resto en unos cuantos días de vacaciones.

Si la gran mayoría de los cuentos de Felices pesadillas eran del siglo XIX, los de Miedo en el cuerpo son más bien del XX. En esta última antología, los cuentos están ordenados como en la primera: por la fecha de nacimiento del autor. Esto hace que, en más de un caso, no se lean cronológicamente. Me habría gustado que se indicara la fecha de publicación original de cada cuento, porque si un autor vive, por ejemplo, ochenta años, no es lo mismo que haya publicado su cuento con veinticinco años (en 1925, por ejemplo), que con setenta (en 1970, por tanto).

A mí, como admirador que soy del trabajo de Valdemar, me ha resultado muy interesante el prólogo de Miedo en el cuerpo, donde se habla de la historia de la editorial.
Si Felices pesadillas contenía cuarenta relatos, Miedo en el cuerpo tiene treinta y cinco.

Miedo en el cuerpo se abre con un cuento de Edgar Allan Poe, el titulado El hombre de la multitud. Ya lo había leído en la antología Pioneros. Cuentos norteamericanos del siglo XIX, editada por Menoscuarto. Éste es en realidad un cuento más de atmósfera misteriosa que de terror, que se lee con agrado.

El ojo invisible o El albergue de los tres ahorcados de Erckman y Chatrian es un cuento potente sobre los quehaceres de una bruja y el que será su vengador.

En esta antología también aparece Ambrose Bierce con Desapariciones misteriosas, un cuento formado con microrrelatos con una temática común, que es la que apunta el título. Me gustó más El clan de los parricidas que aparecía en Felices pesadillas. Y ésta podría ser una tónica general de lo que ocurre en Miedo en el cuerpo: cuando un autor aparece en las dos antologías, el cuento seleccionado para el primer libro suele ser mejor. Lo que significa que el criterio de los editores de Valdemar para elegir los cuentos de la primera antología era el más indicado, o al menos yo coincido con él.

La casa del juez de Bram Stoker, sobre un estudiante que, buscando un lugar tranquilo para preparar unos exámenes, acaba en una casa encantada por el espíritu de un juez malvado, es un cuento muy divertido (para mí lo terrorífico es, en la mayoría de los casos, simplemente divertido).

El Horla de Guy de Maupassant ya lo había leído en un librito de Alianza 100. Un cuento muy redondo sobre el terror a lo invisible y a la locura.

El sótano de la plaga de Robert Louis Stevenson me decepcionó bastante. Incluso diría (con dolor) que es el cuento que menos me ha gustado de Miedo en el cuerpo; su anécdota histórica queda muy perdida y su inclusión en esta antología parece algo forzada.

Me ha gustado El fabricante de monstruos de William Chambers Morrow. Su científico loco que desea realizar experimentos en humanos es divertido y desasosegante. Un relato que cae en lo gore de forma asombrosa para la época.

La sonrisa muerta de Francis Marion Crawford propone un misterio, pero el autor da demasiadas pistas y el lector puede descifrarlo antes de tiempo. Sus elementos góticos acaban siendo excesivos.

Historia verdadera de un vampiro, del Conde Stanislaus Eric Stenbock, es un cuento correcto, pero creo que no resulta novedoso frente a otros cuentos de vampiros que ya he leído, como por ejemplo Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu.

La mujer lobo de Clemence Housman es uno de los cuentos más largos de la antología. Me gusta más su comienzo que su resolución. Su ambientación inicial está muy lograda; después, el desarrollo y la conclusión resultan un tanto excesivos. Me recuerdo leyendo este cuento en un hotel de Puebla y la verdad es que es una imagen bastante agradable.

El conde Magnus de M. R. James ya lo había leído. Valdemar tiene un libro con los cuentos completos de M. R. James que es realmente muy recomendable. James es uno de los maestros del cuento de terror, y en este cuento queda demostrado su dominio del género. La historia no está contada de forma directa, sino a través de las anotaciones de un estudioso. Esta distancia entre narrador y protagonista de la historia hace que se acreciente el misterio de lo narrado y que la escritura sea más sutil que la de otros autores de terror, que acaban cayendo en el cliché y en lo pulp.

Tengo ganas de leer alguno de los libros de cuentos de Arthur Machen que ha publicado Valdemar, y empecé a leer La pirámide resplandeciente (el cuento de esta antología) con interés. Se plantea un misterio, con amigo detective del protagonista, que prometía, pero el final me ha resultado algo decepcionante.

El valle de la muerte de Ralph Adams Cram me parece un correcto cuento de terror que me sirve para reflexionar sobre varias cosas. En él, como en otros cuentos de la antología, un narrador cuenta a terceros (en torno a un café, por ejemplo) un suceso acaecido hace muchos años. El suceso es éste: en el pasado acabó encontrándose con un fantasma, un vampiro o un lugar maldito (como es el caso del presente cuento). El protagonista sobrevive al encuentro y por eso puede narrarlo en el futuro. La fuerza de este tipo de cuentos reside, en gran medida, en la atmósfera creada, porque el núcleo narrativo acaba siendo simple: en mi pueblo había una persona, un lugar extraño… y un día pude contemplarlo cara a cara. Lo vi y no me ocurrió nada. El valle de la muerte es un relato sencillo pero efectivo, la atmósfera y los detalles están bien captados y me gusta la técnica del protagonista que narra la historia a terceros muchos años después (una técnica presente en bastantes de los cuentos aquí reunidos).

De Robert W. Chambers se habló bastante cuando se puso de moda True detective, ya que se decía que la atmósfera de la serie estaba tomada de sus cuentos de él, en concreto de su serie sobre el Dios amarillo. Digo desde ya que El signo amarillo es uno de los cuentos que más me ha gustado de Miedo en el cuerpo. Su atmósfera inicial, con un pintor al que empieza a desasosegar la presencia de un extraño guardián de la iglesia que queda enfrente de su casa, está conseguida, y el cuento da un giro para entrar en un territorio inesperado cuando los protagonistas tengan que enfrentarse a la presencia de un libro extraño y maldito, que me ha recordado al Necronomicon de Lovecraft. Por este tipo de cosas apuntaba al principio que me habría gustado un orden cronológico de la publicación inicial de los relatos, para poder comprobar si realmente Chambers se vio influido por Lovecraft o fue al revés.

La marca de la bestia de Rudyard Kipling es otro de los mejores relatos del libro. Como ya ocurrió con el cuento de Kipling que contenía Felices pesadillas, este autor suele destacar en una antología de este tipo. Si en La extraña cabalgata de Morowbie Jukes (el cuento de Felices pesadillas) conseguía llevar al lector hacia el desasosiego sin usar elementos fantásticos, en La marca de la bestia elige directamente el tono fantástico, pero sin renunciar a una descripción verosímil y contenida de los personajes y el exótico ambiente de la India. Cada día tengo más ganas de leer el libro de Cuentos completos de Kipling de la editorial Acantilado.

Negotium Perambulans de Edward Frederic Benson, sobre una casa poseída por la presencia de un ser extraño en un pueblo, es un buen cuento en el mismo sentido en que lo era El valle de la muerte de Cram, pero desde luego no brilla tanto como La habitación de la torre, el cuento de Benson incluido en Felices pesadillas. También debería decir que La habitación de la torre es uno de los mejores relatos de terror que he leído nunca.

Un profesor de egiptología de Guy Boothby me ha parecido más un cuento fantástico que terrorífico. Un cuento sobre una chica a la que consiguen trasladar al antiguo Egipto transformada en un personaje histórico. No me acabó de convencer.

Cuando empecé a leer La nave abandonada de William Hope Hodgson tuve la impresión de que ya lo había leído en la antología Mares tenebrosos (también de Valdemar), pero en realidad no lo había hecho. Lo curioso es que La nave abandonada está ambientado en el mismo mundo de mares tormentosos y luego en calma, con pecios fungosos a la deriva de otros cuentos de Hodgson, como Una voz en la noche. Cada día estoy más convencido de que debería leer la antología de Hodgson de cuentos de terror en el mar que también sacó Valdemar.

Tigresa, de David H. Keller, lo leí el verano pasado. Formaba parte de la antología Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del pulp. Y sí, para qué negarlo; Tigresa es un relato muy pulp (y divertido también).

Muerte de un dios de Henry S. Whitehead, sobre un caso de magia negra en Haití, es un relato convincente y da color a una antología como ésta. Recuerdo que en Felices pesadillas también había un relato similar y me gustó bastante.

Me ha gustado La señora Lunt de Hugh Walpone. Es un cuento de fantasmas bastante bien escrito. En Felices pesadillas había otro cuento de Walpone titulado La máscara de plata que también me gustó bastante. Esto me hace pensar que tal vez debería leer La noche de todos los santos, el libro de Hugh Walpone publicado por Valdemar. «Todas las historias de este género dependen de su verosimilitud para conservar el interés», escribe Walpone en la página 507 y, por supuesto, tiene razón.

Creo que es la tercera vez (al menos) que leo El modelo de Pickman de H. P. Lovecraft. Lo cierto es que me gusta más el cuento La llamada de Cthulhu, incluido en Felices pesadillas, pero El modelo de Pickman también es un gran cuento. Uno de los mejores del libro, para mí que soy un gran seguidor de la obra de Lovecraft. Al leer su cuento no dejo de pensar que muchos de los otros cuentos de esta antología parecen un juego por parte de los autores, pero que Lovecraft parece creer de verdad en lo que escribe, y esta es una diferencia fundamental entre los demás autores y él.

En el cuento de Lovecraft se cita al siguiente autor incluido en esta antología: Clark Ashton Smith. Tengo ganas de leer a Smith desde hace muchos años, desde que sé que es uno de los integrantes del llamado Círculo de Lovecraft. El jardín de Adompha es uno de los cuentos más originales de Miedo en el cuerpo. En él, Smith crea un mundo fantástico que tiene que ver con una fantasía medieval (con reyes y magos) y en este escenario sitúa su eficiente historia macabra.

Frank Belknap Long es otro autor perteneciente al Círculo de Lovecraft. Por eso en su cuento Los perros de Tíndalo el personaje, gracias a una droga, consigue visitar un pasado de la Tierra muy anterior al hombre y descubre allí la presencia de seres Primigenios, muy al gusto de Lovecraft.

En la página 579 llegamos a uno de los maestros del pulp: Robert E. Howard. Su cuento El valle de lo perdido, incluido en Felices pesadillas, fue uno de los que más me gustaron de este libro, debido a su mezcla delirante de géneros. Los moradores bajo la tumba ‒el relato de Miedo en el cuerpo‒ tiene algún elemento en común con el anterior, pero su vuelo es a menor escala. Howard me parece un narrador pulp puro, y es otro de los autores de Valdemar de los que me apetece leer una antología.

Conocía a Fritz Leiber más como autor de ciencia ficción que de terror. Su cuento La chica de los ojos hambrientos me ha gustado porque los terrores que plantea me han resultado modernos, con la presencia de la publicidad en juego y la sutileza de no acabar de mostrar de qué clase de “monstruo” está hablando; aunque el lector intuye que se traba de un cuento de vampirismo.

En El horror de Salem, Henry Kuttner recrea algunos de los mitos de brujería de esta localidad. Es un buen cuento, en cierto modo entroncado temáticamente con El ojo invisible o El albergue de los tres ahorcados de Erckman y Chatrian, que es el segundo cuento de esta antología. Esto también hace, en cierto modo, que la propuesta de Kuttner suene a clasicismo un tanto impostado.

Me ha gustado leer El demonio negro de Robert Bloch (ya saben, el escritor de la novela en que se basa la película Psicosis de Alfred Hitchcock) porque es un cuento del que había oído hablar. En la Narrativa completa de Lovecraft (también publicada por Valdemar) existe un cuento en el que se narra la muerte de un nuevo joven amigo del autor, que se podría identificar con Bloch. Este cuento era una reacción a otro de Bloch en el que habla de su relación con un autor muy parecido a Lovecraft, que acaba muriendo de forma dramática. El demonio negro es ese cuento.

El pequeño asesino de Ray Bradbury me ha gustado porque el terror que se plantea en él está lejos de clichés. Un matrimonio joven tiene un bebé, y la madre empieza a tener miedo de él porque piensa que no es un bebé normal. Su miedo empieza a contagiarse. Me gusta cómo juega Bradbury con los miedos del hombre moderno. Además, mantiene la ambigüedad para el lector de saber si se trata de un cuento fantástico o psicológico.

Con Los hijos de Noah de Richard Matheson me ha ocurrido lo mismo que con el cuento anterior, que también me ha parecido muy moderno. Aquí el terror emana de unos policías de pueblo que detienen, por exceso de velocidad, a un hombre a las tres de la mañana.

El prodigio de los sueños de Thomas Ligotti lo había leído ya en el libro Noctuario. No es el cuento de este libro que más me gustó; me parece que había en él otros mejores. Sin duda, es un buen cuento de terror y Ligotti uno de los mejores defensores del género en la actualidad.

Me ha sorprendido para bien Compañeras de labor, del que, hasta ahora, pensaba que sólo era un dibujante y escritor de cómics, Alan Moore. El cuento habla de dos brujas condenadas por sus crímenes a ser quemadas en la hoguera. Los escenarios pueden ser tan antiguos como los de los cuentos de Poe, pero el tratamiento es mucho más moderno. Sobre todo es moderno en lo referente a la libertad sexual con la que expone sus temas.

No me ha acabado de convencer El pecio de la muerte de Simon Clark y John B. Ford, porque me parece que son dos escritores relativamente jóvenes (nacidos en 1958 y 1963) jugando a escribir un pastiche que no les corresponde. El pecio de la muerte es un texto sobrecargado, con una adjetivación excesiva. Los términos «maligno» o «misterioso» se repiten de forma impía.

Mucho más que el anterior, me gustan los dos cuentos con los que acaban la antología: ¡Levantaos! de Jay Alamares y El fin del mundo tal como lo conocemos de Dale Bailey. El primero sobre zombis y el segundo sobre el apocalipsis. Me gustan porque los dos escritores son conocedores de los convencionalismos del género, y juegan con ellos desde la ironía y el humor. En el primero, los zombis leen a Sartre, y en el segundo el autor le cuenta al lector que no piensa explicarle por qué el protagonista del cuento es el único que no muere cuando todos los hacen. ¿Quién da más?

No estaba seguro de ir a lograrlo, pero al final he hablado un poquito de cada uno de los treinta y cinco cuentos que componen Miedo en el cuerpo. Es posible que Felices pesadillas sea una antología de cuentos de terror más redonda que ésta, pero la que hoy traemos aquí, al elegir cuentos más modernos, también tiene grandes piezas y al final resulta un libro muy entretenido.

Ya lo he dicho muchas veces: me lo paso muy bien leyendo cuentos de terror en las vacaciones de verano y, en general, Miedo en el cuerpo no me ha defraudado en absoluto. En gran medida, me ha dado la diversión adolescente que estaba buscando. Imagino que el verano que viene leeré Felices pesadillas 2.

domingo, 28 de agosto de 2016

Los hombres topo quieren tus ojos, por Varios Autores

Editorial Valdemar. 559 páginas. 1ª edición de los cuentos: décadas de 1930; esta edición es de 2009.
Traducción de Marta Lila Murillo
Prólogo y edición de Jesús Palacios

Yo crecí leyendo ciencia-ficción y terror. Si a los catorce años mis escritores favoritos eran Isaac Asimov y Stephen King, a los dieciséis fueron Philip K. Dick y H. P. Lovecraft. A los diecinueve (casi a los veinte) dejé la fantasía por el realismo, y ya pasados los treinta decidí revisitar aquella literatura de género que hizo de mí un lector. Normalmente vuelvo a estas lecturas en verano. Si el año pasado leí Noctuario de Thomas Ligotti y la antología Felices pesadillas. Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar cuando finalizaba el curso escolar y más tarde me encontraba, a la sombra de unos pinos, en una playa de la bahía de Alcudia (Mallorca), este año que repetía playa también quise volver con Valdemar. Así, no mucho después de acabar el curso escolar, tomé de los altillos de mis estanterías del Ikea Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp, que me había regalado en las últimas Navidades mi pareja (también una gran admiradora adolescente del género de terror y de la editorial Valdemar).

El prólogo de Jesús Palacios –que además ha seleccionado los cuentos de la antología‒ no tiene desperdicio. En él, Palacios nos explica qué se conoce con el nombre de Weird Menace, un subgénero del pulp que se publicó, durante aproximadamente una década, en las llamadas revistas Shudder Pulps. Henry Steeger se convertiría en el editor de revistas pulp que inició este movimiento, tras visitar París y descubrir allí el Teatro del Grand Guiñol, cuyas tramas teatrales tendían a la truculencia. En 1933 Steeger hace desaparecer de su revista las historias de detectives para cambiarlas por las de Weird Menace, un subgénero de las revistas de quiosco con las siguientes características: se plantea una narración en la que pronto aparecen asesinatos. La explicación parece ser sobrenatural, pero al final la historia quedará explicada dentro de la realidad, aunque para conseguirlo la verosimilitud narrativa quede muy dañada. En la historia suele haber una pareja joven: él es fuerte y decidido, ella es muy atractiva. Es posible que la secta oriental que secuestre a la chica (suelen ser sectas orientales, la incorrección política es otra de las características del Weird Menace) la torture y además vaya perdiendo la ropa por el camino. Habrá cadenas, vísceras, cuevas, sectas secretas, ratas, atractivas mujeres ligeras de ropa, asesinatos, aparatos de tortura, científicos locos…

Jesús Palacios reivindica el pulp de los años 30: muchos de los escritores seleccionados en esta antología escribían entre un millón y dos de palabras al año, lo hacían en habitaciones con varias máquinas de escribir (una para los relatos de ciencia-ficción, otra para los de aventuras bélicas, para los westerns, para los de terror o para los de detectives, y también para sus variantes: los relatos de ciencia-ficción picante, los westerns picantes, etc.) y adaptándose a las portadas que les mostraba previamente el editor. Firmaban sus obras con pseudónimos y a veces es difícil saber quiénes eran, porque aparecían y desaparecían de las revistas pulp sin dejar rastro, sin saber si eran los mismos escritores u otros nuevos. Y dentro de la gran oferta de revistas pulp de la época (cuyo público objetivo era la clase media o baja), que se vendían en quioscos, lo más bajo de la cadena eran las revistas de Weird Menace, cuyas portadas con mujeres ligeras de ropa, atadas con cadenas y acosadas por seres repugnantes, no solían mostrarse directamente en los ventanales de los quioscos.

A lo largo de mi infancia creo haber visto en quioscos o en el rastro de Madrid revistas con estas portadas perturbadoras, en las que se mezclaba el erotismo, el sadismo y el terror. Especulo que lo que se vendía en Estados Unidos durante la década de los 30 llegó a España a finales de la década de los 70, y se ofrecían en el rastro durante los 80. Nunca tuve oportunidad de acercarme a alguna de aquellas revistas; me he desquitado, sin embargo, este verano, pasados ya los cuarenta años.

En la página 51 del libro, Palacios acaba su prólogo diciendo:

«¿Qué menos que un elegante ejemplar en imperecedera tapa dura, cosido y cuidadosamente encuadernado, con eruditas –espero– introducciones y notas, y brillante portada en color, para cobijar a los más miserables y vilipendiados escritores de la historia de la literatura moderna, los autores de pulp y, más concretamente, los parias de los Shudder Pulps?
No olvidemos que hubo un tiempo, no muy lejano, en el que maestros hoy consagrados por crítica y fans, como Lovecraft, Howard, Hammett, Chandler, Irish, Leiber, Asimov, Leigh Brackett, Bradbury, Vance y tantos otros, fueron, simple y llanamente, escritores de pulp fiction».

Además del extenso e interesante prólogo, Jesús Palacios introduce cada uno de los trece relatos de esta antología con una nota biográfica de cada autor y la historia del relato y sus características. Si se juntaran estas notas se podría formar un librito a semejanza de la Historia de la literatura nazi en América de Roberto Bolaño, porque las biografías de estos escritores suelen ser muy curiosas: personas que empezaron a publicar con menos de veinte años y que siguieron haciéndolo con más de noventa, que enlazan la era del pulp con la de las publicaciones online en internet, o autores que acabaron siendo guionistas de algunas de las series norteamericanas más famosas de la televisión.

El primer relato de la antología es Los hombres topo quieren tus ojos (1938) de Frederick C. Davis: en un pueblo del interior de Estados Unidos, una noche aparece una joven desnuda y con las cuencas de los ojos vacías. La población está siendo atacada por una serie de semihombres esqueléticos y posiblemente ciegos. Se especula con que son los locos escapados de un manicomio que se refugiaron en una mina, que fue volada y sellada. Pero tal vez dichos locos (perturbados sexuales en la mayoría de los casos) sobrevivieron y han encontrado un modo de volver al exterior y vengarse. Tal vez hayan secuestrado a uno de los más famosos oftalmólogos del mundo (que casualmente vive en este pueblo) y le estén obligando a trasplantar los ojos sanos de las jóvenes del pueblo en sus propios ojos, cegados por años de oscuridad. También uno de los más famosos criminólogos del mundo (casualmente, de nuevo) vive en este pueblo y ayudará a la pareja protagonista a encontrar al oftalmólogo y resolver todos los misterios.
En realidad, como ocurre con la mayoría de las historias seleccionadas para este libro, más que hablar de relatos deberíamos hablar de novelas cortas, porque Los hombres topo quieren tus ojos tiene más de cincuenta páginas.
El relato tiene más de una sorpresa final y acabará con la joven pareja abrazada y contemplando un positivo y prometedor horizonte (otro de los convencionalismos de este género).
La verdad es que, a pesar de los escenarios siniestros y de esas bellas jóvenes a las que se les arrancan los ojos, no podía dejar de reírme al leer esta historia. Como diría César Aira: era tan mala, que era genial. Los hombres topo quieren tus ojos no se puede leer en serio, pero como despropósito narrativo está plagada de hallazgos desternillantes.
Sospecho que Frederick C. Davis no escribió esto en serio y que su público tampoco se lo tomó así. Me imagino a Davis muerto de la risa tecleando en su máquina para historias Weird Menace, pensando ya en pasar a su siguiente máquina de escribir para hacer un relato de ciencia-ficción picante. Y me imagino también meses después a un adolescente de Detroit, sin ningún criterio literario, leyendo esta historia, enganchado a su ritmo, a su locura, a su morbo y a su impostura de cartón-piedra y oscuridad.
Los hombre topo quieren tus ojos parece estar escrito por un Edgar Allan Poe ciego de ácido, o por un César Aira posmoderno entregado a la destrucción de los géneros literarios. Una lectura muy refrescante.

Con El señor de los muertos (1933) llegamos hasta Robert E. Howard, el creador de Conan el Bárbaro y del género de espada y hechicería. Sé que en Estados Unidos hicieron una película sobre su vida. Aquí no llegó y me quedé con ganas de verla. Howard es todo un personaje: casi no salía de su rancho de Texas, y fue uno de los mejores amigos de H. P. Lovecraft (otro de los grandes personajes de la literatura del siglo XX), aunque nunca llegaron a conocerse en persona (su amistad era epistolar). Howard, además de crear el género de espada y hechicería ‒es decir, de ser un precursor de Juego de tronos‒, también se suicidó a los treinta años, después de la muerte de su madre. Yo leí, hace mucho, un libro suyo: Rey Kull, con un personaje parecido a Conan, que a mis dieciocho años me gustó bastante, y también he leído otros relatos suyos en antologías de Valdemar. Me gusta Howard, no al nivel de Lovecraft, pero me gusta. De hecho, puede que El señor de los muertos sea el relato mejor escrito de toda esta antología (que no se caracteriza precisamente por la prosa elevada. El propio Palacios lo dice en el prólogo y en la introducción de cada autor: los cuentos se han seleccionado para mostrar las características del Weird Menace y no por su calidad literaria).
En El señor de los muertos nos encontramos con un detective enfrentado a una peligrosa secta oriental en el barrio chino de una gran ciudad americana. La historia se resolverá con el detective tomando un hacha y enfrentándose a sus atacantes, armados con espadas. Claramente, éste es un caso de «demasiada pasión por lo suyo», o bien de «la cabra tira al monte».

El barco del demonio dorado (1939) de Lazar Levi es un relato especialmente delirante. En él, un grupo de contrabandistas fingen que las costas están amenazadas por un barco fantasma para dedicarse a sus actividades delictivas sin que nadie les vigile. Lo más gracioso de este relato era su erotismo barato. Aquí nos encontramos con un tipo de personaje que va a repetirse en más cuentos: la mujer fatal, muy atractiva y sádica, deseosa de torturar a los hombres.

Con Terror en el rancho de vacaciones (1936) de Richard Tooker sobrepasamos ya la página 200 del libro y algo empieza a ocurrirme: en este relato volvemos a encontrarnos con una amenaza en apariencia sobrenatural, pero ya sé –porque me lo ha contado Jesús Palacios en su prólogo– que, al ser un relato de Weird Menace, la amenaza sobrenatural tendrá una explicación absurdamente realista. De nuevo tenemos aquí a una secta oriental haciendo de las suyas y de nuevo, tras serias amenazas de tortura, la pareja protagonista acabará abrazada y mirando hacia un prometedor horizonte.

Debo reconocer que, cuando el año pasado leí la antología de Valdemar Felices pesadillas, que seleccionaba una serie de relatos publicados previamente por la editorial, los cuentos me parecieron más variados: había cuentos de fantasmas, de vampiros, algunos abiertamente sobrenaturales, otros sólo de forma sugerida, había relatos violentos y no sobrenaturales… Al no saber a qué género se iba a adscribir cada cuento, los leía más intrigado y su efecto era mucho más intenso. En esta antología, después de haber leído ya dos o tres historias, empiezan a pesar sobre el lector las expectativas truncadas por los convencionalismos del género. De hecho, entre los motivos que señala Palacios para explicar la desaparición de este tipo de revistas, no solo se encuentra la censura, sino el exceso de repeticiones temáticas.

Sin embargo, es una suerte que la quinta novela corta seleccionada sea Tumbas para los vivos (1937) de William Irish, porque Irish es un escritor todavía recordado por sus novelas negras, y esta historia está mejor escrita que otras del libro. Además tiene algún alarde técnico, como el cambio de la tercera persona a la primera. El tema aquí es el de los enterramientos vivos, y también hay una secta malvada, pero lo he leído con genuino interés. Lo dicho: uno de los mejores relatos del libro.

Locura rubia (1934) de Arthur Humbolt recrea el gran tema del artista loco que necesita diferentes partes de bellas mujeres para crear a la modelo perfecta. Es corto, divertido y previsible.

La cosa que cenaba muerte (1936) de John H. Knox está algo mejor escrito que la media, y contiene alguna escena de gore realmente «grimosa», por usar el mismo adjetivo que Palacios.

La profecía (1934) de Hugh B. Cave es uno de los relatos que más me han gustado del libro. Me gusta su tono realista: en vez de encontrarnos aquí con la ya consabida secta oriental, los protagonistas del relato (blancos) acuden a un acto religioso un tanto perturbador, llevado a cabo por negros que creen en el contacto con el más allá. Su final, en el que se juega a la existencia de una explicación natural, o tal vez sobrenatural, me ha parecido sutil. Este relato me ha gustado más porque el conflicto me parece más realista y verosímil que otros y porque su final, paradójicamente, puede ser fantástico.

Sangre para el vampiro muerto (1940) de Robert Leslie Bellen vuelve a resultarme repetitivo, pero introduce la variante del vampirismo como posible explicación sobrenatural a los hechos narrados y esto le hace ser un poco diferente. Como dicen ahora los adolescentes: «Next».

Tigresa (1937) de David H. Keller es uno de los relatos más famosos del conjunto. Está ambientado en Italia y esto hace que presente ya una peculiaridad, al salirse de los escenarios norteamericanos. Una nueva variante mórbida del mito de la mujer fatal. Está bien.

Cuando la bestia negra se sació (1937) de Hal K. Wells parece imitar en sus comienzos a un relato de H. P. Lovecraft, pero enseguida pasa del posible terror sobrenatural y sugerido a la real amenaza de los asesinos portadores de objetos cortantes. Divertido.

De Momias a la carta (1940) de E. Hoffmann Price me quedo con su atractiva ambientación egipcia. Por lo demás, un poco de lo de siempre: calabozos, enterramientos, bellas mujeres, muertes, sectas, cuchillos, luchas…

Creo que Jesús Palacios ha dejado astutamente para el final el que puede ser el mejor relato del libro: Novias frescas para la hija del diablo (1940) de Bruno Fisher. Otro relato de loca mujer fatal, pero con mayores dosis de erotismo sádico y perversión que en otras piezas. Al leer este cuento no me reía, lo leía en serio, con creciente angustia.

En resumen: ya he apuntado antes que conocer las premisas teóricas con las que está construido un cuento de Weird Menace (presentación sobrenatural del relato, pero resolución realista, aunque inverosímil; presencia de sectas secretas, a las que les gustan las mazmorras y las torturas; leve erotismo, un poco enfermizo; un poco de gore; escena cursi final de la pareja protagonista que ha conseguido sobrevivir a los peligros…) hace que el lector ya sepa, más o menos, cómo va a avanzar la narración y esto le hace perder frescor a su lectura. Además, debería apuntar que entre las antologías Felices pesadillas (cuentos seleccionados por su calidad literaria dentro del género de terror) de la propia Valdemar, y Los hombres topo quieren tus ojos, me quedo con la primera. Pero también he de decir que este libro que comento hoy no deja de ser una rareza muy divertida y quizás bastante posmoderna, ahora que desde las alturas literarias se reivindica tanto la literatura de género.

Por otro lado, resulta curioso observar la profunda influencia de este tipo de narraciones marginales de los años 30 en gran parte del cine adolescente de los 80. Por citar algunos ejemplos que no menciona Jesús Palacios en su prólogo (su análisis de la influencia del Weird Menace en la literatura y el cine es verdaderamente brillante) se pueden citar El templo maldito, la segunda parte de la saga de Indiana Jones, que contiene casi todos los elementos del Weird Menace, o la película El secreto de la pirámide, sobre las aventuras del joven Sherlock Holmes.

Me ha gustado el apunte que hace Palacios sobre H. P. Lovecraft: aunque su amigo Robert E. Howard sí que accedía a escribir cuentos según las sugerencias –o mandados– de sus editores, y lo hacía en muchos casos usando seudónimos, Lovecraft, poseedor de un potentísimo mundo propio, no conseguía plegarse a esas imposiciones externas. Y si esto me parece honroso, no deja de ser paradójico que también me lo parezca lo contrario: me gusta que Jesús Palacios y la editorial Valdemar homenajeen a escritores profesionales tan vilipendiados y menospreciados como éstos (si Los hombres topo quieren tus ojos, el primer relato del libro, lo escribiera ahora mismo César Aira, lo celebraríamos como una más de sus genialidades y no dudaríamos en calificarlo de alta cultura).


Resumen del resumen: este libro es una curiosidad muy atractiva, un libro tan loco como divertido, que interpela directamente al lector adolescente que llevamos dentro (ese lector un poco pervertido, un poco sádico, al que le gusta pasar miedo y asco y reírse de sí mismo pasando miedo y asco). A ese lector adolescente, un poco playero y piscinero, que nos convirtió en los lectores adultos que somos ahora.