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domingo, 19 de noviembre de 2017

La acústica de los iglús, por Almudena Sánchez.

Editorial Caballo de Troya. 155 páginas. 1ª edición de 2016.

Coincidí con Almudena Sánchez (Palma de Mallorca, 1985) en los estudios de Gestiona Radio una tarde de septiembre de 2016. Ambos habíamos sido invitados por Antonio Martínez Asensio para hablar de nuestros libros en su programa. Estuvimos conversando en la sala de espera y acordamos enviarnos nuestros libros de cuentos. En aquel momento, creo que ni la propia Almudena se imaginaba el buen recorrido que tendrían sus «iglús». Ahora que me siento a escribir esta reseña ya van por la séptima edición; La acústica de los iglús ha debido de convertirse en el libro de relatos mejor vendido del año en España.

Yo he podido leer al fin (tenía demasiados libros acumulados) la primera edición del libro dedicada por la autora. Siempre me gustan estos detalles.

Para hablar de esta recopilación de diez cuentos y unas 150 páginas, he decidido establecer una división un tanto aleatoria: voy a tratar los cinco primeros como si fuesen un bloque y luego hablaré de los otros cinco. Los cinco primeros ocupan unas 100 páginas y los cinco restantes unas 50; así que, ya de entrada, podemos apreciar que los primeros son cuentos más largos.

La señora Smaig es el primer cuento. En él encontramos ya una serie de elementos que van a ser esenciales en la poética de Sánchez: La señora Smaig está narrado en primera persona por una voz femenina que suele ser una niña o bien una chica joven. Las voces narrativas de los cinco primeros cuentos, sin ser la misma, están fuertemente emparentadas.
En el primero, la narradora nos hablará del periodo que estuvo encerrada en un hospital al comenzar su adolescencia («Me inyectaban morfina, calmantes y antibióticos entre paredes muy blancas»: pág. 14).
Uno de los recursos que se utilizan en estos relatos, con intenciones poéticas, es el de la enumeración de cosas en apariencia incoherentes. Así, en la página 14, podemos leer: «Con tantas inyecciones y medicinas, se me olvidaban cosas básicas, como por ejemplo: el método para resolver una ecuación, la diferencia entre verdura y hortaliza, el nombre de mi profesor de griego o la risa de mi hermano Nico». El tercer cuento se llama Apuntes desde la bóveda celeste: en él, una chica ha de aceptar un trabajo que consiste en viajar al espacio para recoger basura cósmica. Puedo extraer de este cuento otro ejemplo de lo que estoy comentando: «En cuatro meses he capturado: una sanguijuela, una pata de jamón, varias plumas de pájaro ‒intuyo que son de avestruz‒, una ventosa, una tuerca hexagonal, una peluca albina (¿pertenecerá a Luis XVI?), las púas de un cactus, una bombilla fundida, una máscara de gas y un chicle de mora, aplastado» (pág. 55).

Otro recurso muy utilizado en estos relatos es apelar a una afirmación sorprendente o extraña, que implica una «verdad» dentro del particular mundo de la narradora: «Lo peor sucede así, cuando estamos yendo a algún sitio y no acabamos de llegar» (pág. 17); o en la página 62: «Las peores tragedias suceden en habitaciones de hotel».

También se apela mucho al surrealismo: «En uno de mis bolsillos creció una planta abominable. Percival la alimentaba con sus moscas muertas, cargadas de nutrientes» (pág. 35).

Las jóvenes narradoras de los cinco primeros relatos son chicas (adolescentes o jóvenes, como ya he apuntado) desnortadas, que escriben desde el aislamiento, la incomprensión del mundo y la extrañeza de la vida.
El escenario en el que se sitúan las historias implica incomodidad y disconformidad: un hospital (o manicomio) para La señora Smaig; una furgoneta, que la madre conduce por Inglaterra durante meses con la narradora y su hermano Percival, en El frío a través de los engranajes; una pequeña nave espacial para una única persona en la que recoger basura espacial en Apuntes desde la bóveda celeste; un hotel impersonal en el que una familia se recupera de un divorcio en El nadador del Hotel Minerva; una exigente escuela de piano en El arte incrustado.

Estos cinco cuentos, que –como ya apunté– ocupan los dos primeros tercios del libro, me han gustado. Me han parecido originales; en ellos, Almudena Sánchez consigue imprimir a sus narradoras una particular voz propia muy poética.

Hablemos ahora del segundo bloque de cuentos, los cinco últimos, que ocupan el último tercio del libro. El primero de ellos es Eclipse y su primera página la he usado como frontera de mi particular división del libro, porque enseguida me llamó la atención una diferencia en el comienzo frente a los cinco anteriores: está escrito en tercera persona. Habla de una pareja de ancianos que viven en un pequeño pueblo y que deciden gastar sus ahorros en viajar, ahora que consideran que les queda poco tiempo de vida. El mundo propuesto en este cuento es algo apocalíptico: «La Tierra comenzaba a convertirse en un páramo de residuos industriales» (pág. 95); o «Fuera del hogar, tanto en las ciudades como en el campo, el mundo se había transformado en un cráter bastante doloroso: cada día las autoridades alertaban de un grave incendio, huracán o epidemia a la vista. No se podía salir de casa, ni siquiera para comprar arroz. Los días en calma, que eran pocos y humeantes, se podía viajar» (pág. 97); o bien: «Debido a que los vehículos de transporte tradicionales se habían quedado obsoletos y se incendiaban con el aire abrasador de la ciudad, se había inventado el teleférico, que funcionaba con un motor blindado» (pág. 99). Esta ciencia-ficción poética (a lo Ray Bradbury) tiene bastante encanto, y Eclipse es también un cuento original.

De los cuatro últimos destacaría El triunfo humano, sobre dos amigas que se embarcan en un crucero, en el que la narradora no acaba de pasarlo bien. De nuevo, como en los cinco primeros relatos, nos encontramos con un escenario incómodo. Este cuento me ha recordado en su planteamiento a El arte incrustado, ya que ambos hablan de la relación entre dos mujeres (o niñas en el segundo caso) y los dos me parecen más ajustados en el lenguaje, en el uso del surrealismo poético, a otras propuestas. Los dos me gustan.

Hay tres cuentos en el segundo tramo del libro: Compostura: la línea imaginaria, Cualquier cosa viva e Introducción al relámpago que me han parecido inferiores al resto. Me parece que, en ellos, Almudena Sánchez repite propuestas ya mostradas en cuentos anteriores a una escala menos lograda.


En general, de los diez cuentos de La acústica de los iglús hay siete que me han gustado bastante, que me han parecido escritos con un hálito de poesía surrealista muy atractiva. Son cuentos originales y con una voz propia. El peligro, como apuntaba en el párrafo anterior, de este tipo de propuestas es caer en la repetición. Por eso, habrá que estar atentos a los próximos libros de Almudena Sánchez para saber qué camino decide tomar. A día de hoy, lo que debemos hacer es celebrar la aparición de una nueva e interesante voz en el vivo contexto del cuento en castellano. Enhorabuena, Almudena, por este libro.

domingo, 10 de julio de 2016

El estado natural de las cosas, por Alejandro Morellón

Editorial Caballo de Troya. 134 páginas. 1ª edición de 2016.

El año pasado leí La noche en que caemos, debut narrativo de Alejandro Morellón (Madrid, 1985), un conjunto de nueve relatos que ganó en 2013 el 51º Premio Libro de Cuentos de la Fundación Monteleón. En el jurado se encontraba, entre otros, el reconocido escritor de cuentos José María Merino.
Alguna vez he coincidido con Alejandro en presentaciones literarias y en otras ocasiones hemos quedado para intercambiar libros. El día que me regaló La noche en que caemos me prestó la novela La mujer desnuda de la uruguaya Armonía Somers y la colección de cuentos Pájaros en la boca de la argentina Samanta Schweblin. Dos libros muy significativos para él, ya que tienen bastante relación con sus gustos literarios: dos maneras –la de Somers y Schweblin– de acercarse a la literatura desde el surrealismo o el género fantástico, pero sin dejar de mostrar las contradicciones o los miedos que surgen de la realidad cotidiana.

En esta ocasión, quedé con Alejandro Morellón y su editor en Caballo de Troya, Alberto Olmos, para tomar algo, y Alejandro me regaló su libro unos días antes de que estuviera a la venta (hace unos meses yo le regalé mi novela Los insignes).

Sabía que en los últimos años Morellón había estado escribiendo novelas (con una de ellas quedó finalista del premio Nadal de 2015), pero ahora, tras acabar El estado natural de las cosas, descubro que además de las novelas ha seguido cultivando el relato, ya que su nuevo libro está formado por seis relatos breves y una novela corta.

La primera parte de El estado natural de las cosas se titula Como el perro que olfatea el pájaro y está compuesta por tres cuentos. El primero de ellos –Elogio del huracán– tiene cinco páginas y señalo esto, que podría parecer irrelevante, porque ya he comentado en mi blog personal, más de una vez, que a mí me gustan bastante los libros de cuentos, pero me atraen sobre todo los cuentos en torno a las veinte páginas. Sé que ésta no es una característica muy precisa, ni marca un gusto excesivamente definido –ni excluyente– sobre el cuento y que, por supuesto, me he podido encontrar con cuentos de veinte páginas horribles, y otros de diez o menos (estoy pensando en Juan Rulfo o Jorge Luis Borges) estupendos; pero lo cierto es que la mayoría de mis cuentos favoritos de Raymond Carver, J. D. Salinger, Tobias Wolff, Richard Ford, John Cheever o Anton P. Chéjov suelen sobrepasar las veinte páginas. Sé que me gustan estos cuentos porque en unas veinte páginas al autor le da tiempo a mostrar varios personajes y las interacciones que surgen entre ellos; en veinte páginas se puede desarrollar una historia y en cinco es más difícil conseguirlo. En cinco páginas más que desarrollar una historia lo que normalmente consigue un autor es sugerir un mundo, y esto es precisamente lo que hace Morellón en Elogio del huracán, donde una voz colectica, que nos hace pensar en una secta instalada en el campo, reflexiona sobre la visita anual de un huracán llamado Amalia. El cuento crea un escenario propio de una narración de terror, pero para mí, a Alejandro le ha faltado plantear sobre el escenario propuesto una historia. Elogio del huracán es una narración, en cualquier caso, sugerente, escrita con una prosa medida, sencilla por lo controlada pero poética por las evocaciones.

El segundo cuento –Reprimir el gesto exterminador– nos lleva a un escenario más reconocible, como es el de un edificio y los vecinos que habitan en él. Sin embargo, un hecho extraordinario irrumpe en la realidad creada (al más puro estilo de la nueva cuentística argentina, representada por escritores como Samanta Schweblin, Federico Falco o Tomás Sánchez Bellocchio, herederos de Julio Cortázar, que juegan con los límites entre lo real y lo fantástico, creando historias en las que, más que la lógica de las leyes físicas, en el relato se rompe la lógica de los actos humanos y las reacciones de las personas a esos actos): una mujer abruma a los vecinos con una risa estrepitosa y sin control. Este cuento tiene más desarrollo que el anterior y me ha gustado más.

El tercero ­–Intervención nº. 3– sobre un anuncio de prensa que pide personas interesadas en participar en un peculiar y macabro proyecto artístico (a los interesados se les cortará su mano derecha a cambio de 15.000 euros), transmite desde la exageración el malestar de los tiempos vividos de crisis económica. Un cuento bastante desasosegante.

La segunda parte del libro está formada por la novela corta –de unas 80 páginas– que da título al volumen. La propuesta es sugerente: un hombre de mediana edad, casado y con un hijo pequeño, cae desde su cama hasta el techo de su habitación. Las leyes gravitatorias se han invertido para él, su suelo pasará a ser el techo de su casa y el suelo el techo. A su nueva vida tendrá que ir trasladando objetos (un colchón, una silla…) que tendrá que apuntar al techo, ya que sólo para él se han invertido las leyes de la gravedad. La distancia entre él y su mujer se irá agrandando cada día, las semanas en las que no abraza a su hijo irán creciendo, dejará de ver a sus compañeros de trabajo, porque aceptará trabajar desde casa por menos dinero… Su hermano le visitará y le recomendará un psicólogo con el que poder desentrañar sus problemas, mientras que nuestro protagonista se hunde cada vez más en su techo y en la búsqueda de sexo a través de internet. Esta novela corta, El estado natural de las cosas, tiene un corte muy kafkiano. Leemos en las páginas 58-59: «Si pasa el tiempo y no bajo de aquí, si no consigo volver, si se prolonga hasta el infinito mi condición de insecto atrapado en el techo, si Oliver crece y yo sigo en las alturas de la casa lo único que verá de su padre es a esta especie de ser en el que me he convertido, alguien que revolotea y habla y duerme y vive en un sitio inalcanzable e indeseable.» La novela está cargada de angustia existencial.

La tercera parte, imagen especular de la primera, se titula Los pájaros que saben y está formada, de nuevo, por tres relatos cortos. El primero es La sombra es una imagen que se ahoga y podría ser igual que Elogio del huracán, un cuento de terror, pero con el poso de un terror tan real como es el del miedo a la enfermedad. Fucksimil es un cuento clásico sobre el tema del doble y Cuidado con el huevo, en el que el testículo izquierdo de un hombre empieza a crecer hasta casi tener personalidad propia, podría ser leído como un homenaje al cuento La nariz de Nicolai Gogol, o a su versión más moderna y gamberra que sería El pene de Hanif Kureishi, o también como una inversión de roles: una parte del cuerpo del hombre crece y empieza a disociarse de sí mismo, lo que podría leerse como el conflicto que crea en una pareja el embarazo, cuando sólo es deseado por una de las partes.

Hay un detalle que une a las siete composiciones del libro y es que en cada una de ellas aparece el nombre Ehio, que bien puede ser una persona, una empresa, una iguana…, y buscar su aparición en cada historia se convertía en uno de los motivos recurrentes de la lectura. ¿Será este «Ehio» una reminiscencia del «ello» freudiano al que parecen aludir continuamente estas narraciones?


En general, los cuentos cortos de El estado natural de las cosas me han parecido más maduros que los de La noche en que caemos (tres años separan la publicación de un libro y otro), pero ha sido con la novela corta con lo que más he disfrutado al acercarme a este libro, una novela corta muy angustiosa, existencial y sugerente.

domingo, 28 de febrero de 2016

Filtraciones, por Marta Caparrós

Editorial Caballo de Troya. 267 páginas. 1ª edición de 2015.

Marta Caparrós (Madrid, 1984) me escribió a través de Facebook en octubre de 2015. Me hacía saber que era seguidora de mi blog, que iba a publicar su primer libro en la editorial Caballo de Troya y me preguntaba si me apetecía que me incluyese entre los envíos de prensa del libro. Lo cierto es que últimamente recibo un buen número de propuestas similares y no puedo atender a todas, porque si lo hiciera me quedaría sin tiempo para seleccionar yo mismo mis lecturas y acabaría convirtiendo mi pasatiempo en una obligación, o lo que es peor en un trabajo no remunerado. Pero en este caso me apeteció decir que sí. Fui bastante seguidor del trabajo de Caballo de Troya cuando el editor era Constántino Bértolo, y él mismo me habló de su jubilación a principios de 2014, meses antes de que ocurriera. En aquel momento, Bértolo aún no sabía si Caballo de Troya iba a continuar o qué pasaría con ella. Al final el grupo Random House eligió una solución curiosa: la editorial con editor invitado. Cada año un escritor (creo que vinculado al grupo) iba a hacer de editor. En 2015 esta tarea le fue encargada a Elvira Navarro y lo cierto es me había fijado en los libros que estuvo publicando, pero no había leído ninguno y cuando Marta me propuso leer el suyo sentí curiosidad. El libro llegó a mi casa antes que a las librerías, pero –como le dije a Marta- no lo iba a leer de forma inmediata porque por entonces me había propuesto leer todas las novelas de Frank Bascombe, escritas por Richard Ford.

Después de las casi 2.000 páginas de Bascombe, le ha tocado el turno a Filtraciones de Marta Caparrós. Lo cierto es que había estado leyendo comentarios sobre este libro y lo que me llegaba hacía que me apeteciera acercarme a él.

Filtraciones está formado por cuatro novelas cortas, unidas por su temática y por la franja de edad (los primeros años de la treintena) de los personajes que retrata.

Vacaciones es la primera novela corta, o relato largo (el lector puede elegir, tiene 30 páginas) y en ella asistimos a los conflictos entre dos hermanas: Julia, redactora freelance en un periódico, y su ordenada hermana pequeña Alicia. En contra de lo habitual, Julia decide -en el verano del tiempo en el que transcurre el relato- pasar unos días de vacaciones en Conil de la Frontera, donde acudían las hermanas de niñas y adolescentes con sus padres, y donde Alicia ha vuelto cada verano ya casada y madre de una niña. Para Julia, embarazada y con intención de convertirse en madre soltera, volver al pueblo de su niñez va a ser todo un choque.

Ya en Vacaciones encontramos algunos de los rasgos que van a caracterizar estas historias: el telón de fondo va a ser siempre el de la precariedad laboral en la España de la crisis, cómo la economía está afectando a los jóvenes que estrenan su treintena es el escenario en el que se van a mover unos personajes casi siempre desorientados, muy vivos, muy reales. “Lo cierto es que Julia estaba mucho peor de dinero que Andrés. Después de largos años como redactora autónoma en varios países del norte de África, había vuelto a Madrid, pero ya no había conseguido el contrato indefinido del que sí gozaba antes.” (pág. 11) Julia está mal de dinero, pero su precariedad, no impide que cuando se queda embarazada de su compañero de oficio, Andrés, que no va a ser su pareja y que además es muy probable que no le ayude con su hijo, decida tenerlo. No hay más opciones para que se cumplan tus deseos, parece pensar Julia.
En realidad estas ficciones intentas, y de diálogos muy realistas, me han recordado bastante a la narrativa breve norteamericana, sobre todo a la de autores como Raymond Carver.
Otro rasgo que me ha recordado a la narrativa breve norteamericana, y que en este caso es muy usado por Tobias Wolff, que fue amigo de Carver, es el de connotar la climatología con los estados de ánimo de los personajes. Así, por ejemplo, en Vacaciones la crisis que va a sufrir Julia quedará vinculada al fenómeno meteorológico del viento de Levante, que se cernirá sobre Conil justo en un momento crítico para la protagonista.
La última novela corta del libro es Los mejores deseos (77 páginas) y en ella también se juega con el clima como elemento simbólico: en Los mejores deseos se nos habla del frío invierno en Berlín que sufren Marcos y Álex, que llegaron a la capital de Alemania, desde Brighton, hace cinco años: “«Tengo treinta y dos años, ¿dónde va alguien sin experiencia a los treinta y dos años?». Compartían la misma desesperanza. Las posibilidades de que alguien les diese una oportunidad frente a las nuevas hornadas de titulados universitarios eran poquísimas. Sin embargo, en España, cuando se marcharon la situación era aún peor.” (pág. 223). Los mejores deseos nos habla de otra de las caras de la crisis para los jóvenes españoles: el exilio económico.

Si bien, como estoy resaltando, Marta Caparrós ha querido reflejar de forma clara algunos de los problemas a los que se enfrentan las personas de su generación, no estamos aquí ante un libro de tesis. En ningún caso, el escenario de fondo se acaba comiendo a la historia o a los personajes. Tenemos en Filtraciones, por el contrario, finos retratos de personajes, de parejas rotas, que se recomponen sin saber si estaban mejor antes; de hermanas que, después de décadas, tienen cuentas pendientes; o de amigos que están, tal vez, a punto de dejar de serlo.

La segunda novela corta es Atrevimiento (94 páginas) y creo que se ha convertido en mi favorita del libro: en ella observamos los cambios en la relación entre dos amigas que viven juntas, y leeremos sobre la posible reconciliación de una de ellas con su antiguo novio, que le dejó cuando ella estaba en paro y se encontraba cada día más alicaída. Ahora la situación se ha dado la vuelta: es él quien está sin trabajo y ella empleada, aunque su situación dista de ser estable: en su empresa corren rumores de que va a haber despidos. Cómo la situación laboral de cada uno influye en sus decisiones y en su forma de afrontar la vida me ha parecido que estaba narrado aquí de una forma muy sutil.
En esta novela se habla explícitamente del 15M, y se reflexiona sobre el sentido de las manifestaciones (la mirada de la autora parece menos inocente que la de algunos de sus personajes) y la politización de la vida pública española tras la crisis, así como del sentido de los centros culturales ocupados o de los huertos urbanos, que parecen funcionar como válvulas de escape para los personajes de la novela. “Es lo de siempre, el miedo. Tengo cincuenta y tres años y llevo toda la vida igual. Acojonada por salirme de la rueda y no conseguir volver a engancharme. He perdido trabajos, claro que sí, pero luego he encontrado otros. Así ha sido. Pero este puto miedo siempre a la espalda. Y yo no quiero esto para mis hijos, que vivan agarrotados. Si me quedo en el paro, ya va a ser imposible encontrar otro trabajo.” Dice una compañera de trabajo de una de las protagonistas de esta historia, ampliando la edad de afectados por la crisis.
En Atrevimientos también me ha parecido encontrar otro elemento simbólico que me recordaba al universo de Carver: se connota en el texto la presencia de unas cajas, que recogen ropa y otros objetos que los protagonistas no acaban de desembalar, y esto, por supuesto, me ha llevado a pensar en el cuento Cajas, que aparece en Tres rosas amarillas de Carver.


La tercera historia es la que da título al conjunto. Filtraciones tiene 53 páginas. Aquí se habla de otra realidad patria: la de los hijos de los inmigrantes españoles del franquismo. En ella Julen, nacido en Marsella, de padre español, vive ahora en Madrid. Julen ha sido profesor de academia de idiomas, pero ahora está en el paro. Su pareja, Ana, que trabaja en un colegio privado, en el que no le pagan durante los meses de verano, está embarazada: “Había leído en el Yahoo Respuestas que un recién nacido gastaba unos cincuenta y seis a la semana.” (pág. 152)
En la casa –que pertenece a la familia de ella- se han producido filtraciones en el baño, algo más profundo que unas simples goteras, algo que volverá a surgir por mucho que raspen y pinten las paredes. Un nuevo elemento simbólico. Los problemas económicos de la pareja pueden salir a la luz durante el fin de semana que, desde Marsella, va a pasar en Madrid el esforzado padre de Julen, quien parece sentirse avergonzado ante él de su actual situación económica.


Me ha gustado mucho cómo Marta Caparrós juega con los detalles del libro; si habla de un huerto urbano parece conocer perfectamente los detalles de su funcionamiento, así como parece conocer las calles de Berlín por la que transitan los personajes de Los mejores deseos. Los diálogos son muy naturales, y la prosa es rítmica y eficiente, sin dejar de lado algunos momentos líricos, como la descripción que se hace de Madrid desde el parque del Manzanares en Atrevimiento. El trasfondo de las historias es social, y la autora quiere aquí levantar acta de una época, pero sin dejar de lado la gran creación de personajes. En resumen, Filtraciones me ha parecido un debut editorial de muy alta calidad. Mi enhorabuena para las dos, para la autora, Marta Caparrós, y también para su editora, Elvira Navarro.

PINCHANDO AQUÍ se puede leer una entrevista que le he hecho a la escritora.

domingo, 13 de abril de 2014

La visita, por Jose González

Editorial Caballo de Troya. 111 páginas. 1ª edición de 2013.

La visita es la primera novela de Jose González (Monforte de Lemos, Lugo, 1981). Me la regaló en diciembre de 2013 su editor, Constantino Bértolo, junto con otros libros de Caballo de Troya, como El bosque es grande y profundo, de Manuel Darriba, y Las vacaciones de Iñigo y Laura, de Pelayo Cardelús.
Había visto La visita en la mesa de novedades de alguna librería, donde destacaba su sobria y elegante portada; pero no sabía realmente nada de ella hasta que no leí las reseñas que fueron colgadas en los blog El lector Malherido (ver AQUÍ) y Devaneos (ver AQUÍ), dos de los blogs de reseñas que sigo. En ambos espacios La visita es elogiada: “El libro está realmente muy bien” (blog El Lector Malherido), y “La visita de José González me ha gustado un montón, que su lirismo me ha calado, que su historia me ha interesado (…)” (blog Devaneos).

El narrador innominado de La visita es una persona joven (de una edad menor a la treintena, en todo caso) y su estado de ánimo no pasa precisamente por su mejor momento. La visita indaga en las conflictivas relaciones que este personaje mantiene con su familia; y los conflictos lejos de ser violentos, visibles o espectaculares, tienen que ver más bien con el paso del tiempo y la forma de entender la vida de las distintas generaciones de una misma familia. Así que en realidad los conflictos planteados aquí son universales. “La abuela se ha acabado”, es la primera frase de la novela, después de una nota previa, que nos introduce de sopetón en el tono melancólico del libro: “La vida tiene un riesgo elemental y principal que define muy bien lo que en general entendemos por muerte.”
La abuela del narrador sufre de demencia senil, y su nieto en cada visita a la casa de sus padres -lo que ocurre durante los fines de semana- se acerca al pueblo para estar con sus abuelos. Durante estas visitas trata de recordar cómo era en tiempos pasados su abuela antes de dejar de reconocer a sus familiares, y cómo era (o es) en general la relación con sus abuelos y con sus padres, quienes cada vez parecen más distantes entre sí y más cargados de reproches silenciosos. Muchos son los silencios de esta novela, silencios generados por la incomunicación.

El narrador no es amable con su propia generación, a la que considera una generación de niños mimados; pero tampoco ensalza los valores de la generación de sus padres o de sus abuelos, tan apegados a la televisión, ese ente anulador de conciencias: “Lamento todo lo que esa maldita televisión les ha hecho creer y el modo en que les ha coloreado este mundo.” (pág. 27)
“No sé cómo encontrarle sentido a la vida cuando todo apunta hacia el suelo” (página 110), parece ser la depresiva conclusión final de esta historia.

El tiempo de la novela está muy apegado al presente; como telón de fondo de esta narración familiar se encuentra la crisis económica del país: “Empezamos a hablar sobre la vida y mis proyectos y cómo están de mal las cosas y las familias y los hogares que se reúnen de nuevo en un clima de miseria, de desahucio, de castigo por haberse creído algo que no eran pero que convenía en ese momento tal grado de ingenuidad para recibir esta lección, este engaño, este absurdo impostado de obligaciones, deberes y derechos para unos cuantos y las libertades para los de siempre.” (pág. 60).

El tono de la narración es melancólico, como ya he apuntado, y eminentemente lírico. Podríamos decir incluso que La visita funciona como una suerte de diario lírico.
La visita es una primera novela y la firmeza en el uso poético del lenguaje es destacable; además, sin muchas concesiones, se atreve a hablar de un tema universal y que en muchos momentos constituye un tabú para la mayoría de nosotros: las incomodidades que surgen dentro de la familia al estar en contacto diversas generaciones. Y estos que destaco, como logros de una primera novela, no dejan de ser notables, pero creo que las expectativas provocadas en mí por las reseñas leídas en El lector Malherido y en Devaneos no han sido colmadas.

En los últimos años he leído en internet o en algún suplemento literario, que la razón de ser actual de la literatura debería ser el estilo, que tras el éxito del cine o las series  de televisión (soy también aficionado a ambas formas de entretenimiento), las historias con trama dejaban de tener importancia y los textos literarios deberían sustentarse en el estilo. Si el lector de esta reseña está de acuerdo con esta premisa, La visita podrá colmar sus deseos lectores. Pero yo no estoy de acuerdo con la premisa enunciada; por supuesto, considero que el estilo narrativo es importante, pero un novelista no debería olvidarse del poder de seducción de una trama.
En La visita el narrador no acaba de aparecer como personaje, describe a su familia con un tono melancólico, pero el lector acaba por saber muy poco de él. Los fines de semana visita a sus padres, y duerme en su casa; la tarde del sábado o el domingo, visita el pueblo donde se encuentra la casa de sus abuelos. Pero no acabamos de saber de dónde viene o qué hace. Uno de sus cortos capítulos acaba con las siguientes palabras: “Quizás soy yo el error, o todos, o ese todo con el que tanto me lleno la boca. Estoy fuera. Lejos. Despedido. Parado.” (pág. 85). Al leer este final de capítulo no estaba seguro de si el narrador había perdido el trabajo que en ningún momento nos cuenta que tiene o ese estar “despedido” o “fuera” es metafórico y con esas expresiones se refiere al lugar que piensa que ocupa en el mundo.
Hacia el final hay algún juego entre la primera persona y la tercera;  en algún momento, la primera persona del narrador es cedida a la primera persona de la abuela, y el lector acaba por no estar seguro de quién está hablando durante algunas frases.


Resumiendo, La visita me parece que está escrita con un cuidado –y destacable- tono lírico, que se atreve a acercarse a algunas de las realidades más duras de la existencia; pero considero que, para captar con mayor fuerza el interés del lector, Jose González tendrá que trabajar en el futuro con más intensidad sobre la trama de sus futuros libros.

domingo, 23 de febrero de 2014

El bosque es grande y profundo, por Manuel Darriba

Editorial Caballo de Troya. 154 páginas. 1ª edición de 2013.

La novela El bosque es grande y profundo, cuya primera versión está escrita en gallego y ha sido traducida al castellano por el propio autor, Manuel Darriba (Sarria, Lugo, 1973), me la regaló –al igual que el libro comentado la semana pasada, Las vacaciones de Íñigo y Laura, de Pelayo Cardelús– su editor, Constantino Bértolo.

El bosque es grande y profundo se inscribe dentro de la corriente de la novela fantástica apocalíptica. Así que fácilmente se podría relacionar con una serie de novelas que he leído en los últimos años: La carretera de Cormac McCarthy, Plop de Rafael Pinedo, El año del desierto de Pedro Mairal o Últimos días en el Puesto del Este de Cristina Fallarás, y con casi toda seguridad con Cenital de Emilio Bueso, novela que tengo en casa, pero que aún no he leído.

La primera parte del libro se titula Hansel. En ella un personaje, al que el narrador se refiere como “el viajero”, deambula por un lugar denominado “el bosque”. El viajero se va a encontrar con otros habitantes del bosque, que siempre –al igual que él– serán llamados por el narrador en función de los asuntos a los que se dediquen o de alguna característica física: los cazadores, el destilador, los aldeanos, la muchacha...
El viajero no ha nacido en el bosque; cuando es preguntado apunta: “Huyo de la noche y la guerra” (pág. 30). Proviene de otro lugar denominado “la ciudad”, donde ha estallado una guerra. Los lugares (casi al igual que las personas) de esta novela son arquetipos: “el bosque” simboliza un estadio primitivo del hombre, al que puede verse abocado a volver tras la destrucción de la civilización, que estaría simbolizada por “la ciudad”. Esta dicotomía clásica podríamos entroncarla con facilidad con la tradición literaria argentina y su contraste civilización-barbarie; pero al igual que ocurría en El año del desierto de Pedro Mairal, tras el apocalipsis pueden haber cambiado las tornas, y la barbarie proviene ahora del lugar civilizado (la ciudad). El bosque por el que deambula el viajero se verá invadido por un cada vez mayor número de personas que provienen de una ciudad en guerra en la que ya no pueden vivir. El paso físico de una garganta separa los dos espacios: bosque y ciudad.

La parte de Hansel se ocupa de retratar el bosque y sus habitantes. El bosque, más que como el escenario de la historia, funciona como un personaje más, ya que está fuertemente personificado: “El bosque tiene el cuerpo cruzado de senderos”; “El bosque entero ruge” (pág. 24); “El bosque está nervioso” (pág. 46).
Las frases son cortas y muy descriptivas. Pongo como ejemplo este párrafo de la página 13: “El labrador conduce una pareja de bueyes. Varias mujeres lo siguen en silencio, cargadas con cestos y azadas. Alrededor de la finca hay robledales espesos. La tierra es dura y está húmeda”.
El vocabulario para describir la parte de Hansel está muy trabajado: todas las comparaciones o las metáforas desconocen la tecnología (que sólo llega hasta la existencia de la escopeta) o la civilización. En medio de tanto vocabulario meteorológico, orográfico o vegetal, casi llama la atención por su contraste encontrar palabras como: “oleo”, “electricidad”, “plásticos” o “chicle”, usadas en muy contadas ocasiones.

Considero que la principal influencia de Darriba es Cormac McCarthy: el narrador no nos acerca nunca a los pensamientos o sentimientos de sus personajes (salvo cuando se refieren a sensaciones físicas: hambre, frío...): estos se definen siempre por sus palabras (los diálogos son abundantes) o por sus actos. También, al igual que McCarthy, Darriba hace uso de bruscas elipsis narrativas, por lo que el lector tendrá que jugar a componer las escenas no narradas.
Este estilo tan distanciado de los personajes adolece de un problema: a pesar de la lograda ambientación, el lector sigue los avatares del viajero por el bosque, sus encuentros con sus distintos habitantes, sin implicarse demasiado en la historia. McCarthy, en las dos novelas que he leído de él –No es país para viejos y La carretera– tenía claro cuál es el destino hacia el que se encaminan sus personajes, y el lector lee interesado por averiguar hacia dónde lleva ese viaje. En más de una ocasión leía la parte de Hansel sin saber hacia dónde quería llevar Darriba a su viajero, al que le ocurren distintos sucesos: la muerte de un conocido (o amigo) del bosque, el acercamiento o la desaparición de una mujer, convertirse en esclavo... sin que el lector llegue a averiguar hasta qué punto esos hechos le afectan.

La segunda parte se titula Gretel: está narrada en primera persona por una niña que se quedó atrapada en la casa de su profesora de piano tras el estallido de una guerra indefinida en la ciudad. Descubrimos que Gretel es hermana de Hansel, que es el nombre del viajero de la primera parte. Gretel vive en un refugio con otras personas, entre el hambre y el miedo. Esta parte de la novela es bastante más corta que la primera, y aunque aquí la ambientación no está tan lograda como la que Darriba ha empleado para describir “el bosque”, la historia de Gretel en “la ciudad”, gracias al acercamiento que supone el uso de la primera persona, resulta más interesante.

La novela termina con un Epílogo-Entrevista en el que un tal Hans Meyer mantiene un diálogo, organizado en el texto como si se tratase de una obra de teatro, con un segundo personaje llamado Hombrecillo. A través de esta conversación el lector comprende que el viajero de la primera parte es en realidad un desertor que había huido de la ciudad al bosque para no ser alistado en el ejército y tener que participar en la guerra.
El libro se cierra con un Posfacio-Antes: en esta parte Hans Meyer es invitado en la ciudad a una fiesta en la casa del rico abogado Matías Hirsch. Gracias a este capítulo, el lector comprende que ya desde antes de la guerra Hans era un joven con problemas de integración social.
La verdad es que estas dos partes finales me han parecido poco cohesionadas con el cuerpo principal de la novela, el que estaría formado por el contraste entre Hansel (bosque) y Gretel (ciudad).


Encuentro que Manuel Darriba sabe narrar, ya que El bosque es grande y profundo está escrito con pulso firme, y el lenguaje empleado, sobre todo en la primera parte, es evocador y poderoso. Pero la novela falla donde no lo hacen las novelas apocalípticas de Rafael Pinedo y Cormac McCarthy: tanto en Plop como en La carretera, por más que estén narradas con un estilo desapegado, se siente la presencia de una trama precisa. El autor sabe qué va a ocurrir con sus personajes, a qué conflictos morales o a qué ambiciones se van a tener que enfrentar, y el lector los acompaña interesado en su viaje. En cambio, tengo la impresión de que la ausencia de una trama sólida lastra el alcance de los posibles logros de esta novela de Manuel Darriba.

domingo, 16 de febrero de 2014

Las vacaciones de Íñigo y Laura, por Pelayo Cardelús

Editorial Caballo de Troya. 220 páginas. 1ª edición de 2013.

Hace ya casi dos años, en la primavera de 2012, leí El esqueleto de los guisantes, la primera novela de Pelayo Cardelús (Madrid, 1974), publicada también por la editorial Caballo de Troya. Como entonces, la nueva novela de Cardelús, Las vacaciones de Íñigo y Laura, me la ha regalado su editor, Constantino Bértolo.

El esqueleto de los guisantes era una novela esencialmente autobiográfica y describía la vida cotidiana en una pequeña empresa de marketing madrileña. Partiendo de la descripción de las condiciones laborales, se esbozaba el retrato generacional de unos jóvenes cuya máxima aspiración era independizarse. El esqueleto de los guisantes situaba su acción en 2004 y su narrador tenía entonces unos veinticinco años. Las vacaciones de Íñigo y Laura está publicada en 2013 y aquellos jóvenes de veinticinco años tienen ahora treinta y cinco, que es la edad que comparten los dos protagonistas de esta historia, Íñigo y Laura.
Esta segunda novela ya no está escrita en primera persona, sino en tercera, aunque la voz narrativa acompaña principalmente al protagonista masculino, que, además de la edad, comparte algunas características con el autor: Íñigo trabaja en una empresa de publicidad y también desea ser escritor. En todo caso, Las vacaciones de Íñigo y Laura es una novela de ficción, no como El esqueleto de los guisantes, que era una novela testimonial.

Si bien la voz narrativa se identifica casi siempre con la de Íñigo, en más de una ocasión el narrador toma distancia respecto a sus personajes e interviene en la historia. Así, en la página 47 podemos leer, por ejemplo: “Pero antes de que Íñigo continúe hablando, debemos suspender la historia de sus vacaciones para explicar algunas cosas. De lo contrario, su próximo relato se nos haría incomprensible”. En la página 88: “Por su imprevisible influencia en los sucesos de ese día, transcribimos a continuación el reportaje íntegro”. En la página 135: “Íñigo los detestaba. Bajo su punto de vista –que no tenemos por qué compartir–, ni eran pacíficos, ni tolerantes, ni comprensivos”.

Íñigo y Laura van a disfrutar de nueve días de vacaciones en las playas gaditanas de Zahara de los Atunes. Tras una larga temporada intentándolo, ella está embarazada de tres meses. El embarazo ha impedido que Íñigo cumpla uno de sus sueños: haber viajado ese verano a Grecia. A partir de esa experiencia pensaba escribir una novela cuyo motor narrativo iba a ser el sexo.

Las vacaciones de Íñigo y Laura reflexiona sobre las relaciones de pareja, sobre hasta qué punto las acciones de nuestra pareja son controlables por nosotros, o, más bien, si ese control es lícito. Es decir, ¿puedo pedirle a mi pareja que no se acueste con otros pero no que exhiba su cuerpo ante otros? ¿Dónde acaba el machismo y empieza el contrato marital?

Desde las primeras páginas descubrimos que Íñigo tiene una obsesión: no puede soportar la idea de que alguien le grabe a él o a su mujer en vídeo, o que les haga una foto. Por un lado le excita la idea de ver a su mujer desnuda en la playa, pero no le gusta que puedan verla otros hombres, y mucho menos que le puedan hacer una fotografía o grabarla en vídeo. Siempre eligen una parte poco transitada de la playa. Allí Íñigo le quita la parte superior del biquini a su mujer, y si viene algún hombre paseando por la orilla le obliga a ponérsela. Lo mismo ocurrirá con la parte inferior del biquini: a Íñigo le excita la idea de bajarle su goma, pero sólo cuando están a solas. Y ésta es la perversión y la obsesión de Íñigo: desnudar a su mujer en un espacio público pero sólo poder disfrutar él de su visión.
Según leía la novela me iba pareciendo que esta idea, la obsesión de Íñigo, estaba excesivamente subrayada. Son muchas las frases que describen movimientos como “le quitó la parte de arriba del biquini, le obligó a ponerse la parte de arriba del biquini; acarició a su mujer, temió que alguien le hubiera grabado, etc.”. Como, a estas alturas, leo intentando descubrir cuáles son los trucos compositivos, me resultaba evidente que el tema de los otros contemplando el cuerpo de su mujer y el de los vídeos eran dos elementos importantes en la novela. Esto se comprueba al final, final que impone la lógica constructiva de lo narrado, no la de los personajes.

En la novela no sólo se describen los días de playa y chiringuitos de Íñigo y Laura, sino también el argumento de la novela que Íñigo tenía planeado escribir tras su vuelta del viaje de Grecia, novela que el personaje considera que ya nunca va a poder escribir. Esta novela dentro de la novela se titularía Beltrán y el sexo o bien Beltrán, Rosa y el sexo, y ocupa más de treinta páginas. Este recurso narrativo me ha gustado y considero que enriquece el libro: a través de Beltrán –personaje creado por Íñigo–, el lector puede conocer algunas claves del pasado de Íñigo. En la casa de Beltrán el sexo es un tabú y éste crece rechazándolo: “¿Cómo es posible que un ser humano, algo tan sagrado y divino como un hombre, capaz de escribir el Fausto o de componer La Novena, pueda provenir de un origen tan sucio, tan absurdo, tan ridículo?” (pág. 62). Estaba leyendo estas páginas y me estaba pareciendo que la novela planteaba aquí un homenaje al escritor francés Michel Houellebecq y a su libro Las partículas elementales. Unas pocas páginas después, se le cita explícitamente.

Algo que me ha extrañado al leer el libro es que, en una novela en la que se quiere hablar de las relaciones íntimas de una pareja, de las obsesiones en torno al sexo, no se hable de ningún acercamiento sexual entre Íñigo y Laura, salvo cuando se describe la tensión sexual creada en la playa con el juego de desnudar a la mujer o no hacerlo, ser observados o no; en la privacidad del apartamento alquilado nunca se describe ningún acercamiento sexual.
Íñigo piensa que Laura y él deben dejarse más espacio como pareja, y mientas Laura baja a la playa él se queda muchas mañanas en el apartamento leyendo El mundo como voluntad y representación de Arthur Schopenhauer; y se plantea que en el futuro su relación con Laura va a cambiar: tiene que haber más espacio para la intimidad de cada uno.

Antes he dicho que al final del libro (ese final sobre vídeos y el cuerpo de la mujer ante otros) se llegaba más por la lógica constructiva de la novela que por la de los personajes, y me parece que en gran parte esto es debido a que el personaje de Laura no está dibujado con nitidez. Apenas sabemos nada de ella hasta el último capítulo. Y quizás también a ese deseo de subrayar los puntales de la novela, como ya he comentado. Además de no retratar los encuentros sexuales de la pareja, me daba la impresión de que esas obsesiones insistentes –el cuerpo de la mujer, las fotos y los vídeos– deberían haber aflorado antes entre ellos, ya que los personajes, como se nos informa en la segunda frase de la novela, llevan seis años viviendo juntos.

En todo caso, no querría dar la impresión de que sólo le veo fallos a esta novela. Me ha gustado la descripción de algunas escenas de playa; y, como he dicho, aprecio el recurso de la novela dentro de la novela, además de la aparición de algún personaje secundario, como la misteriosa Gata.
Creo que El esqueleto de los guisantes, dentro de su modesto planteamiento –un diario de la cotidianidad de una oficina– acababa siendo una novela más redonda que Las vacaciones de Íñigo y Laura. No es fácil (lo sé por propia experiencia) dar el salto de la narración autobiográfica a la ficción. He de apuntar también que muchas de las páginas de Las vacaciones de Íñigo y Laura están escritas con un buen ritmo narrativo y se leen con agrado, y es tal vez al reflexionar sobre el conjunto cuando me asalta la presencia de los defectos comentados.

domingo, 29 de diciembre de 2013

El hijo del futbolista, por Coradino Vega

Editorial Caballo de Troya. 133 páginas. Primera edición de 2010.

El día que conocí en persona a Alberto Olmos, en septiembre u octubre de 2010, fue también el día que oí hablar por primera vez de Coradino Vega (Minas de Río Tinto, 1976). Alberto me preguntó si había leído El hijo del futbolista, y recuerdo que yo lo entendí casi literalmente; es decir, pensé que me estaba preguntando si había leído al hijo del futbolista. Y empecé a imaginar que el hijo de algún jugador de fútbol retirado, Andoni Zubizarreta o Miguel Pardeza, por ejemplo –que en alguna ocasión mostraron en público interés por la literatura– había publicado un libro, del que se había hablado en los círculos literarios y yo no me había enterado de nada. Lo único cierto es lo último: que yo no me entero de nada. Alberto me comentó entonces que del que se había hablado en los círculos literarios ese año había sido de Coradino Vega y de su ópera prima El hijo del futbolista, publicada en Caballo de Troya por Constantino Bértolo.
Anoté el nombre y el libro y, junto con Curso de librería y Mi gran novela sobre La Vaguada de Fernando San Basilio, pasó a ser uno de los libros de nueva narrativa española publicados por Caballo de Troya que más me apetecía leer.
Me gustan, asimismo, las reseñas literarias de Coradino en el blog Estado crítico; siempre me parecen muy meditadas y documentadas.

Encontré, por casualidad, El hijo del futbolista en la Cuesta de Moyano, nuevo y al precio de siete euros, y lo compré. Esto ocurrió en septiembre de 2012. Lo he leído este último noviembre en un solo día.

La historia narrada en El hijo del futbolista nos acerca al pueblo de Minas de Río Tinto (aunque esto no se dice en la novela hasta bien avanzada la trama) y al año 1992, lo que queda reflejado por la visita de la clase del protagonista a la Expo de Sevilla. Martín es una adolescente que vive su último año de instituto; al curso siguiente tendrá que abandonar el pueblo para ir a la universidad. “En el fondo no sabe qué estudiar porque no le gusta ninguna de las carreras de las que le han hablando en el instituto”, nos informa el narrador al hablar de Martín en la página 19.
El padre de Martín fue un futbolista de prestigio local que acabó dejando el fútbol en la posible cúspide de su carrera; durante el tiempo narrativo de la novela es el entrenador de un equipo de provincia. Martín juega al fútbol, más que nada por complacer al padre, aunque sabe que no tiene aptitudes para destacar en este deporte. “Él quiere ser intelectual”, se apunta en la página 41; lo que en el contexto de la novela sería una rebelión familiar, un matar al padre freudiano.
Para conseguir la aprobación de Fernando, el profesor de filosofía, Martín escribe un artículo para el periódico del instituto en el que investiga sobre la historia de Minas de Río Tinto. El artículo levantará ampollas porque sacará a la luz las ambiguas relaciones de los habitantes originarios del pueblo con la colonia inglesa que explota las minas.
Aunque en la visita a la Expo de Sevilla parece que España se adentra en un futuro altamente tecnológico, las lecturas que hace Martín en los archivos del pueblo le hablan de heridas no cerradas del pasado.

“No conoce el significado de la palabra ‘rebeldía’ porque no sabe la dirección de ningún camino alternativo a la obediencia” (pág. 64). Pero de esto precisamente nos habla la novela: de ese camino alternativo a la obediencia que va a tener que recorrer Martín en busca de su destino.
La novela describe los encuentros, o desencuentros, de Martín con sus amigos del instituto, su novia Elisa, sus abuelos, sus padres o algún profesor. La información está bien dosificada en la novela y esto libra al lector de los titubeos esperables de una primera obra. Coradino Vega conoce bien la historia que nos quiere contar antes de sentarse a escribirla y los secretos de la familia de Martín aflorarán en los momentos precisos, una vez que han sido sugeridos en capítulos previos.

La novela está organizada en capítulos cortos y el estilo es preciso, con tendencia a la prosa lírica; en este sentido me resulta destacable el capítulo que abarca las páginas 91-93, donde se describe un encuentro sexual entre Martín y Elisa de una forma muy sutil y poética, propia de los sentimientos de Martín, mucho más románticos que las bravatas de las que se habla sobre estos asuntos en su grupo de amigos.

El hijo del futbolista es una novela que habla de muchos temas: el fin de la adolescencia, que se describe como una época extraña en la que uno duda entre seguir su camino o defraudar a sus padres; esa época en la que uno desea desprenderse del poder del grupo de amigos y a la vez no quiere perder a esos mismos amigos, y en la que uno sueña con huir aunque sabe que acabará añorando aquello de lo que huye. Además, la novela aborda algunos temas sociales, como la situación del colectivo minero en un pueblo en decadencia, explotado por una potencia extranjera que aunque se declaraba neutral a los conflictos bélicos del país acabará siendo connivente con la fuerza vencedora. El posible camino a la modernización del país y la mirada sobre todas las heridas abiertas estarán presentes en este libro, resaltando las paradojas nacionales.

Coradino Vega sabe ser sutil porque no remarca los mensajes que sustentan su narración y casi siempre los deja sólo entrever. Pero ya dije al principio que leí la novela en un solo día y las 133 páginas (que en un texto más comprimido serían bastantes menos) acaban sabiendo a poco. Normalmente las mejores novelas cortas que he leído plantean una historia sencilla pero esencial y simbólica, un camino que el protagonista (estoy pensando en El coronel no tiene quien le escriba de García Márquez, por ejemplo) camina con una sensación de inmediatez e inevitabilidad hacia su final epifánico; en cambio El hijo del futbolista abre muchos caminos, que acaban quedando mostrados en sutiles pinceladas narrativas a las que quizás les falta intensidad (es decir, un querer saber por parte del lector hacia dónde va exactamente la historia).


En todo caso, no quiero con este último comentario desmerecer la buena impresión que me ha causado esta primera novela de Coradino Vega, sino simplemente apuntar que me habría encantado que desarrollase más los temas de los que habla y haber podido leer una novela de 300 páginas, por ejemplo, con una ambición narrativa mayor. En todo caso, el talento demostrado en este primer libro es más que suficiente para poder confiar en las obras que este autor, espero, tiene aún que escribir y mostrarnos en el futuro. El hijo del futbolista se publicó en enero de 2010, hace ya cuatro años, y parece extraño que este autor no haya vuelto a publicar nada. Desde aquí le deseo toda la suerte en su carrera de escritor.

domingo, 8 de julio de 2012

Era el cielo, por Sergio Bizzio


Editorial Caballo de Troya. 253 páginas. 1ª edición de 2007, ésta de 2009.

Este libro me lo regaló el escritor Alberto Olmos hace unos dos meses. Ejerciendo de Lector Malherido (AQUÍ) las editoriales le envían tantos libros que no le queda más remedio que ir desocupando su casa de ellos.

Recuerdo haber hojeado Era el cielo cuando fue novedad editorial en 2009, en la Fnac de Callao: leí la contraportada, escrita por el editor –Constantino Bértolo– y las primeras páginas. Unas primeras páginas que ciertamente descolocan e impactan. Empiezan así: “Cuando llegué, dos hombres violaban a mi mujer”. En aquella ocasión no compré el libro, pero anoté el nombre del escritor, Sergio Bizzio (Villa Ramallo, provincia de Buenos Aires, 1956).

Cuando le pedí a Olmos que me recomendara un libro entre los que ofrecía me alargó éste. Imagino que pensaba en mi interés por la narrativa argentina.
Las primeras páginas de Era el cielo me han vuelto a impactar igual que cuando las leí hace tres años, de pie, tomando el libro de una de las mesas de novedades de la Fnac.
El narrador, un hombre de 43 años, regresa a su casa, y desde la ventana observa una escena que le paraliza: con ayuda de un cuchillo y la fuerza física, dos hombres están violando a su mujer. Conserva la cabeza fría, y no se lanza a intervenir por temor a que la maten. Todo termina. Él no ha hecho nada. Ella le llama por teléfono y finge normalidad. Él piensa que ella le va a hacer la confidencia de lo ocurrido. Ella no lo hace. Él no quiere delatarse y contar que lo sabe.

Y yo pensaba que la novela iba a tratar sobre esto: él sabe que los cambios que ella sufre se deben a su experiencia traumática y no puede decir nada; qué va a hacer ella a partir de ahora, qué va a hacer él en consecuencia… Pero este planteamiento novelístico se interrumpe en la página 39 (la historia había comenzado en la 11), y se da pie a la segunda parte.

Esta segunda parte constituye el grueso de la novela, ya que abarca desde la página 43 hasta la 195. Aquí el protagonista retrocede en el tiempo –unos 2 años– y nos empieza a narrar desde el momento en que su mujer y él decidieron separarse. Él, en algún momento, quiso ser escritor, y ahora trabaja como guionista de televisión; ella escribe cuentos para niños; la nueva amante de él también es guionista y escribe una novela.

Él es un hombre insatisfecho, crítico con el mundo en el que vive: “Detesto mi trabajo, detesto el mundo de la televisión; quizás sea por eso que no he podido librarme todavía de él” (pág. 44). Lo único que realmente parece constituir una realidad positiva para él es su hijo, y ahora –al separarse de su mujer– se ha establecido una distancia entre los dos que le resultada dura.
Durante esta segunda parte son constantes las reflexiones sobre el universo vacío que constituye el medio televisivo (egos desmedidos de actores, directores…); el paso del tiempo y la banalidad de la vida (el narrador se encuentra inmerso en una profunda crisis de la mediana edad); y el hecho artístico, principalmente el literario, como un mundo inalcanzable para él, bien por imposibilidad creadora, bien por percatarse del absurdo que le supondría el esfuerzo. “Mi hijo es la mitad de mi destino, la otra mitad es no escribir (…). Reconozco sin embargo un deseo sostenido a lo largo del tiempo: escribir, lo llamo deseo porque no escribo, o porque no escribí (o porque supone la posibilidad de escribir)” (págs. 87-88).

El estilo es seco, frío. Así se describe el fin de uno de sus compañeros de profesión: “Boas se suicidó ese mismo día por la tarde, pero Joan Bardem y yo seguimos adelante. A Bardem le había gustado mi desarrollo de la historia…” (pág. 182).

En la página 190 existe una única referencia al pasado dictatorial del país: “Mis verdaderos amigos estaban en la infancia, donde ya no estamos ni ellos ni yo (…). Algunas amistades se habían deslizado hacia la adolescencia; dos de ellos habían sido asesinados por la dictadura militar y un tercero se había ido a Berlín, de donde no había vuelto más. A partir de entonces tuve amistades fugaces que terminaron en traiciones, decepciones o alejamientos repentinos” (pág. 190).
En realidad, esta segunda parte es en gran medida una crítica a la clase social media-alta de Buenos Aires, a sus egos, a sus falsedades, a sus distancias.

La novela que yo creía al principio que iba a leer se retoma en la tercera parte (pág. 199): él –que ha regresado con su mujer sólo una semana antes de que tenga lugar la violación– tiene que acudir por razones de trabajo a España. Tiene miedo a volar, y debe realizar un cursillo con un psicólogo para superarlo. Mientras, y debido a una serie de casualidades que recuerdan a las propuestas por Paul Auster en sus novelas, entrará en contacto con los agresores de su mujer, y deberá decidir si ejerce sobre ellos algún tipo de venganza o no.

Era el cielo me ha parecido una novela correcta sobre la clase media-alta argentina, o más en general sobre la insatisfacción de la mediana edad, escrita con un lenguaje distante, gélido, no reñido con una cierta poética del detalle bien hallado. Pero, quizás, no he sentido hacia ella un gran entusiasmo porque, tras las expectativas creadas tras leer las escasas 30 páginas de la primera parte, al llegar a la segunda no dejaba de preguntarme cosas como las siguientes: ¿si a este hombre le han violando a su mujer, por qué ahora reflexiona sobre el arte de escribir?, ¿el hecho de que esté en shock no debería impedirle mostrarse mordaz sobre los medios de comunicación?
He leído más de una página del libro –de la segunda parte– pensando que la voz narrativa del autor (guionista de televisión y escritor) ahogaba a la del personaje. Y tal vez la novela inicial se resuelve en la tercera parte, mediante recursos de thriller, de una forma un tanto precipitada.
En cualquier caso, Era el cielo contiene más de una escena brillante –como la tensión que se crea entre los personajes en torno a una piscina con un tiburón, magistralmente narrada–; esto y la contención en la prosa me hacen pensar en Sergio Bizzio como en un escritor dotado. No descarto leer alguno más de sus libros.

domingo, 13 de mayo de 2012

Sangre en el ojo, por Lina Meruane

Este libro también es un regalo de la editorial, y al igual que el de Pelayo Cardelús tiene 190 páginas; aunque en realidad el de Meruane es un poco más largo: en El esqueleto de los guisantes cada página contenía 26 renglones y al finalizarse un capítulo se acababa la página; cada página de Sangre en el ojo tiene 27 renglones y los capítulos se suceden sin cortes. Además los diálogos de esta última novela están insertos en la narración y la imagen del libro al hojearlo es de texto compacto.

Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970) ya había publicado 3 novelas, Póstuma (2000), Cercada (2000) y Fruta podrida (2007), y un libro de relatos, Las infantas (1998), antes de Sangre en el ojo (2012). No estoy seguro, pero yo diría que este último es el primer libro suyo que llega a España. En la actualidad Meruane trabaja en la universidad de Nueva York impartiendo clases sobre literatura y talleres de escritura creativa.

El título de esa novela, Sangre en el ojo, no podría ser más literal. El primer capítulo es angustioso: en la fiesta celebrada en un piso de hispanoamericanos en Nueva York la narradora (en primera persona) siente que se revientan las venas de uno de sus ojos y queda parcialmente ciega: “Eso sería lo único que vería, esa noche, a través de ese ojo: una sangre intensamente negra” (pág. 13). Las frases, en muchas ocasiones, y sobre todo cuando se quiere marcar la tensión, son entrecortadas, y en más de un caso se quedan a medias. Así comienza la novela en la página 11: “Estaba sucediendo. En ese momento. Hacía mucho me lo habían advertido y sin embargo. Quedé paralizada, las manos empapadas empuñando el aire”.

Poco después le ocurrirá algo parecido con su segundo ojo, y la narradora –de la que descubriremos, poco después del arranque narrativo, que se llama igual que la autora de la novela, Lina Meruane, que también es una chilena profesora de literatura en Nueva York y que ha publicado algunas novelas– sucumbirá a la angustia y a la rabia. Sus esperanzas de recuperación se centrarán en la consulta del doctor Lekz, eminente oftalmólogo de origen europeo.

Al principio, dada la intensidad de la prosa, que tiene un poso expresionista, pensaba que la enfermedad de la narradora no era una enfermedad que exista en la realidad; que era un juego simbólico para explicar la angustia de la enfermedad, del desamparo de quedarse de repente ciega, y que a su vez esto –la enfermedad, la ceguera– eran metáforas de otra cosa: la enfermedad de la vida, que acaba en la muerte; la ceguera del amor, que lleva a la dependencia más que a la convivencia. Y todo esto está en la novela, pero ha sido grande mi sorpresa cuando he leído en una entrevista en Internet que ese problema de la ceguera temporal le ocurrió a la autora en la realidad.

El marco temporal de la novela es éste: “El once de septiembre. El primer aniversario” (pág. 62), por tanto, en 2002; y el marco físico es la ciudad de Nueva York, y también Santiago de Chile y algunas ciudades cercanas.

Lina vive con Ignacio, un español de Santiago de Compostela, y la narración de Sangre en el ojo está dirigida a él: “Lo veo todo sin verlo, viéndolo desde el recuerdo de haberlo visto o a través de tus ojos, Ignacio” (pág. 20), un “Ignacio” que se irá transformando en un pronombre, “tú”.
Como la operación que plantea el doctor Lekz no puede realizarse hasta que no transcurra más de un mes, Lina decide ir a visitar a su familia a Santiago de Chile; más tarde, Ignacio se reunirá allí con ella. Lina le muestra a su pareja la ciudad desde los ojos del recuerdo; las alusiones al pasado político dictatorial son ligeras pero presentes, además se incide en la idea de degeneración de la actualidad: “El cielo de Santiago ya no es lo que era, dijo melancólico mi padre. (…) Y saqué la cabeza para inhalar esa brisa llena de partículas tóxicas que certificaba mi regreso” (pág. 69).

Y si bien Sangre en el ojo es una novela sobre la angustia de la enfermedad, sobre un mundo que se va volviendo negro, que nos expulsa de nosotros mismos (la narradora sigue leyendo, gracias a novelas que escucha grabadas, pero ha de abandonar el ejercicio de la escritura), según avanzamos por sus páginas nos vamos percatando de que principalmente es una novela sobre el amor, sobre la dependencia que supone el amor.
Lina siente rabia por lo que le está ocurriendo, porque los demás sean condescendientes con ella, porque los amigos de su novio parecen sugerirle que no se comprometa con una inválida… y todo esto se transformará en una lucha por acaparar a Ignacio, por hacerle comprender, por hacerle formar parte de su vida, es decir, de su enfermedad.

Y, como había supuesto al principio, la novela sí que acaba tomando derroteros expresionistas: la ruptura definitiva con lo real se produce en el viaje de vuelta de Santiago a Nueva York, cuando Lina aprovecha el sueño de Ignacio para lamerle (literalmente) sus ojos sanos: una metáfora vampírica del sacrificio que va a suponerle su amor por ella.

Sangre en el ojo es una novela angustiosa y eléctrica, potente y rítmica, escrita con un lenguaje muy trabajado –prolijo en metáforas y chilenismos–, que nos hacen pesar en una narradora ya madura, después de cuatro libros publicados, para su salto internacional (Sangre en el ojo se ha publicado simultáneamente en España, Chile y Argentina). Imagino que oiremos hablar bastante en el futuro de esta autora.
Para mí ha sido todo un descubrimiento.

domingo, 6 de mayo de 2012

El esqueleto de los guisantes, por Pelayo Cardelús


Editorial Caballo de Troya. 190 páginas. 1ª edición de 2006.

Este libro es un regalo de la editorial. El tema me interesa: el mercado laboral en España. Y es extraño, sabiendo cómo es el mercado laboral en España, que no haya más libros que traten sobre él, sobre su extrañeza, sobre las forzadas relaciones humanas que se establecen en su entorno, sobre sus horarios desbocados.

Pelayo Cardelús (Madrid, 1974) trabajó en una empresa de marketing on-line –llamada en la novela Nivel 5– unos 6 meses, en 2004; y el libro se abre con una página titulada Aclaración innecesaria, que comienza así: “Escribo esta obra para ejercitar mi escritura. Con ella busco la frase única emanada del pensamiento claro. Conozco de antemano el fracaso de mi propósito. Contra mi voluntad, soy escritor” (pág. 9), una declaración de intenciones que parece sacada de El discurso vacío de Mario Levrero.

Las primeras páginas de El esqueleto de los guisantes parecen jugar a la metaliteratura, y Cardelús nos explica algunas de las claves de la composición de su obra que, por lógica, han tenido que ser añadidas a posteriori: cómo, por ejemplo, el manuscrito es elogiado por el editor, quien sin embargo apunta que “la obra mejoraría enfrentada de alguna manera a otro texto.” A la obra le falta esqueleto, entiende el autor, y replica: “Por esta razón he escogido el título El esqueleto de los guisantes –intenté defenderme–. Los guisantes no tienen esqueleto como la vida en una oficina no tiene argumento” (pág. 15).

El texto principal de El esqueleto de los guisantes está formado por 31 capítulos en forma de diario, titulados con las sencillas anotaciones de Día 1, Día 2..., donde el narrador, llamado igual que el escritor (en la página 14 se nos ha aclarado lo siguiente: “Todo lo escrito es verdad, o sea no ficción”), describe cómo transcurre el quehacer cotidiano en una pequeña empresa madrileña de marketing on-line.
Y entre los días de este texto se entrelazan las entradas de un blog, escrito por el personaje de Arístides Gamboa, recientemente despedido de la empresa; que ha sido el texto encontrado por el autor (en el moderno zoco de internet) para cumplir con el mencionado requerimiento de enfrentamiento hecho por el editor.
El nombre de Arístides Gamboa aparece en la página 3 como colaborador de Pelayo Cardelús para la composición de la novela.
He buscado el blog en internet, y la página web existe, pero no encuentro el texto del blog que está reproducido en la novela; lo que me hace pensar que todo es un juego metaficcional y que no hay dos escritores en esta obra. Los capítulos del diario son más mesurados, de una prosa limpia, con algún pequeño destello poético; las páginas correspondientes al blog son de un estilo más desenfadado y coloquial, y en ellas parece hacerse una apología a Internet como espacio de libertad.

El esqueleto de los guisantes es una novela que, desde lo concreto, apenas la descripción de un puñado de días en una oficina, pretende trascender hasta el discurso generacional. Las referencias son claras: “El consabido círculo infernal en que arden las iras de mi generación: precariedad laboral, sueldos bajos y desorbitado precio de la vivienda” (pág. 10).
“Pero vestir raro, hoy que todo forma parte del mercado, es vestir a la moda. La excentricidad vende. Muchas empresas de ropa obtienen cuantiosos beneficios a costa del afán de distinción de los jóvenes (y en nuestros días la juventud parece incluir a los menores de sesenta años)” (pág. 128).

Si en los años 90 del siglo XX nos acostumbramos a leer sobre una juventud hastiada de todo, que se refugiaba del mundo en la noche y sus excesos (la generación Kronen), en la primera década del siglo XXI (o al menos en más de una de las novelas españolas de Caballo de Troya, estoy pensando en Fernando San Basilio, por ejemplo, al que aún no he leído) la acción parece haberse trasladado a la oficina como nueva ampliación del campo de batalla: una oficina donde la mayoría del personal es joven (es decir, precario; es decir, prescindible) y además, y para hacer más sangrante la situación, puede llegar a tener aspiraciones artísticas, como en el caso del autor, en busca de un empleo que le permita una disyuntiva casi inalcanzable: la de poder irse definitivamente de casa de sus padres y que le deje tiempo libre para escribir. La cita de Friedrich Nietzsche que abre el libro resulta muy ilustrativa de esta angustia vital: “Hoy, como siempre, los hombres se dividen en esclavos y libres; quien no dispone para sí mismo de las dos terceras partes de la jornada es un esclavo, ya sea estadista, comerciante, empleado, erudito, etc.”.

En Nivel 5 los jefes tienen unos 40 años y los empleados en torno a 25. Se suceden las conversaciones triviales, los intentos de agradar al prójimo sentado a nuestro lado (del que no estamos seguros que debamos fiarnos), el malestar que causa no poder ser naturales con el jefe, las risas forzadas con su poso de tristeza…
Todo este mundo de un dramatismo de baja intensidad, con momentos ligeramente cómicos y ligeramente amargos, está plasmado en la novela, y , al haber nacido yo el mismo año que el autor (1974), en muchos momentos me parecía estar asistiendo a una charla entre amigos. Aunque habría de apuntar que en mi caso la distancia ha sido muchas veces mayor: mis compañeros de carrera o de trabajo no tenían ninguna aspiración artística. Y, como el narrador de esta historia, yo también he escrito sobre mis trabajos, quizás buscando lo mismo que él: “Busco en este diario, deshilvanado y sin estilo, algo parecido a la risa o la venganza” (pág. 131).
Y cuando leo, en muchas ocasiones, busco lo distinto, lo que ocurre en otro continente, pero también, a veces, me agrada la cercanía: y este es el mayor logro de este libro para un lector español de mi generación: la gran empatía que he sentido con el narrador, que me ha arrastrado con fuerza por las páginas de la novela y me ha hecho desear haber podido seguir leyendo sobre esta vida de pequeños detalles, pertinaz y cercana.
(Y una pequeña reflexión final: Cardelús está hablando de 2004, de la época de las vacas gordas; da miedo pensar que el mundo laboral español sólo ha empeorado desde entonces).

domingo, 12 de febrero de 2012

Los incógnitos, por Carlos Ardohain

Editorial Caballo de Troya. 203 páginas. 1ª edición de 2011.

Hablé de esta novela una tarde, en una cervecería de Santa Ana, con mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio. Ninguno de los dos la había leído pero opinábamos, gracias a algún comentario extraído de Internet, que tenía, así en general, buena pinta. A los dos nos suele interesar el trabajo que el editor Constantino Bértolo lleva a cabo en Caballo de Troya, y en mi caso ese interés se une -como queda recogido en este blog- a la especial querencia que siento por la literatura argentina. Justo al día siguiente de la conversación comentada, recibí un e-mail del autor, Carlos Ardohain (Mar del Plata, Argentina), en el que me decía que había leído reseñas de mi blog, que le gustaban… y me ponía sobre aviso de la publicación de su novela (pensando que podía interesarme), dentro de la campaña de autopromoción que había iniciado.
Yo le contesté comentándole la casualidad que suponía para mí su correo yuxtapuesto a mi conversación del día anterior; y que no podía asegurarle nada pero que era posible que leyera su novela, puesto que ya había caído en mi radio de interés, un radio de interés fluctuante, hedonista, poco serio…

Algunas semanas después, un viernes, al entrar a curiosear en la librería de segunda mano Ábaco, en la calle Raimundo Fernández Villaverde, me encontré con un ejemplar nuevo de Los incógnitos a menos de la mitad de su precio de venta y decidí hacerme con él.

Los incognitos es la primera novela de Carlos Ardohain, que tal vez por descuido, por coquetería o por una propensión personal al misterio, ha omitido su año de nacimiento en la solapa del libro; pero al que yo, observando la foto del perfil de su blog tancarloscomoyo (pinchar AQUÍ) acercaría a los 40 años (si no es así que me corrija), y proviene del mundo de la poesía y el relato.
Al plantearse su primera novela, Carlos Ardohain parece desarrollar una idea que leí (si no recuerdo mal) en Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sabato: El Quijote moderno no se escribiría hoy para criticar a las ya inexistentes novelas de caballería, sino que tendría que consistir en lanzar al mundo a un pobre tipo que se creyese el detective de una novela negra. Equis e Igriega (los incógnitos) son dos porteños, aspirantes a escritores, que en algún momento de su pasado ganaron algún modesto premio literario, pero que viven alejados del mundillo, y que sobreviven gracias a sus trabajos esporádicos en el sector de la publicidad mientras siguen soñando con escribir la gran obra.
Como si se tratase de un juego de la edad tardía (y aquí también el inicio de Los incógnitos me ha recordado al de la primera novela de Luis Landero), Equis e Igriega deciden alquilar un local en un pasaje de las afueras de la ciudad con la intención de abrir una agencia de detectives y poder así recabar hechos que usarán en sus obras, igual que hasta entonces paseaban por las afueras de Buenos Aires con la intención de registrar “todo lo que veían y oían; eran como cazadores buscando modismos, personajes, escenas; todo lo atesoraban para utilizarlo como material de posibles historias” (pág. 9). La agencia de detectives va a ser para ellos “una aventura textual” (pág. 14), “tenían como sustrato pericial la incesante lectura de novelas policiales que ambos habían practicado durante décadas” (pág. 11) y además “De paso, mientras esperaban clientes, podrían usar ese espacio y ese tiempo para escribir, tenerlo como un lugar de trabajo con las palabras, hasta que llegara el trabajo con las cosas o las personas” (pág. 11)

Y lo que en principio parece una sátira de las novelas de detectives, con un comienzo simpático, pero de una simpatía más triste que regocijante, similar a la que desarrolla el mencionado Landero en su Juegos de la edad tardía, pronto adquiere otro matiz menos caricaturesco y la novela se acerca a unos presupuestos más metafísicos. Principalmente ocurre esto al entrar en escena el personaje de Fausto, un famoso cantante de los años 60, ahora solo y en horas bajas, quien pretende iniciar -para lo que pedirá ayuda a Equis e Igriega- una particular búsqueda del sentido de la existencia.

La aventura textual en la que estos particulares quijotes del siglo XXI se han embarcado parece pronto reportarles (como en cualquier novela negra que se precie de serlo) nuevas posibilidades sexuales. Al buscar información sobre esta novela, he leído en el blog Estado crítico una interesante reseña firmada por Daniel Ruiz García (pinchar AQUÍ) en la que se decía que Los incognitos contenía algunas escenas de sexo un tanto gratuitas. Y al pasar páginas había estado en principio de acuerdo con esta apreciación, pero al seguir adentrándome en el texto he vuelto a recapacitar sobre la necesitad o no de estos pasajes, quizás demasiado explícitos en una novela de capítulos cortos y de escenas escuetamente perfiladas, donde se jugaba hábilmente con las elipsis, y me ha parecido encontrar una explicación para ellos:

La aventura textual propuesta pasa a ser literal desde el momento en el que descubrimos que las páginas leídas son la novela que está escribiendo Igriega, quien al comienzo del libro  no mantiene ninguna relación sexual o de pareja, y quien nos contará que Equis, además de estar casado, inicia una relación sexual con una tarotista, vecina en la galería donde está la agencia. Igriega parece (especulo) describir los encuentros sexuales de Equis como una compensación de su deseo sexual frustrado. De hecho, cuando él mismo inicia una relación con el personaje de Margarita (la asistenta de Fausto), sus encuentros serán narrados con más sensibilidad y poesía que los correspondientes a su amigo.
Y la novela juega inteligentemente con la metaficción, porque en algún momento será equis quien siga con su escritura, permitiéndose modificar parte de la trama; y de este modo resucitarán personajes muertos y otros morirán hasta dos veces.

En las que quizás sean las mejores páginas de la novela (unas páginas que nos remiten a la extrañeza ante el mundo de Franz Kafka o de Felisberto Hernández) se cruza un puente, de forma completa pero especular. Los incógnitos conseguirán llegar hasta la mitad para luego retroceder, tal vez como metáfora de la imposibilidad de llevar a buen puerto su aventura, su juego de la edad tardía, o tal vez como metáfora de la vida de todos nosotros o de la imposibilidad de la ficción para redimirnos.
Una grata lectura, un debut novelístico maduro y más que interesante.