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domingo, 6 de junio de 2021

Reseña de mi novela Caminaré entre las ratas en el blog El cuaderno rojo

 El escritor Jesús Artacho leyó mi novela Caminaré entre las ratas y escribió esto sobre ella en su blog El cuaderno rojo:

 


 

No es el primer libro de David Pérez Vega que comento aquí. En años anteriores ya hablé de Koundara, un muy buen libro de relatos publicado por Baile del Sol; Los insignes, novela aguda y humorística que parodia el mundillo poético y que publicó la mallorquina Sloper; y Acantilados de Howth, el debut literario del autor mostoleño, al que acostumbramos a leer sobre sus lecturas en su blog Desde la ciudad sin cines y, desde no hace mucho, también en su magnífico canal de YouTube: David Pérez Vega - Bienvenido, Bob. Confieso que es mi booktuber favorito. Es un placer oír hablar de literatura a alguien que ha leído tanto y ama los libros como pocos, que sabe establecer relaciones entre ellos y que posee una muy buena memoria lectora, además de la envidiable oratoria que le ha ido dando su experiencia como profesor en un colegio de Madrid.


En 2020 vio la luz su última novela hasta la fecha, Caminaré entre las ratas, publicada por la editorial Carpe Noctem. Se trata de su novela más extensa, escrita entre 2014 y 2016, y protagonizada por un hombre de Móstoles que anda cerca de cumplir los cuarenta -edad crítica- y que ha pasado por distintos trabajos y ahora es teleoperador, empleo que no es el soñado y que le brinda un sueldo precario, al tiempo que hace el máster para formación del profesorado, a fin de obtener una mejor colocación. Estudió Empresariales, tras un intento frustrado en una Ingeniería, estudios a los que lo abocó su familia cuando realmente a él le hubiera gustado una carrera de letras como Filología Hispánica. Domingo, que así se llama, ha publicado algunos libros en editoriales pequeñas, es un gran lector y trata de hacerse un hueco en el inexpugnable panorama editorial. 

"No creo ya a estas alturas que pueda prescindir de la literatura. Estoy podrido de literatura, solo puedo entenderme como sujeto cercano a la literatura"

 

No escasean las concomitancias con el propio autor, como él mismo declara en un vídeo de YouTube sobre su novela, donde afirma que quería emplear un personaje no muy distinto a él, o a cómo sería él un poco pasado de vueltas, a partir del cual narrar todo lo que le ha sido dado observar y conocer, a sus cuarenta años, en su mundo cotidiano, en lo que respecta al mundo empresarial y laboral en general (los efectos de la crisis de 2008, por ejemplo), las relaciones personales y de pareja, política, familia, literatura y todo lo humano y lo divino. Y, a decir verdad, se muestra un fino observador de su realidad, de nuestro mundo.

 

Hay un par de elementos que escapan al realismo: por un lado, comienza a ascender un partido de ultraderecha llamado Puño Patriota Español, elemento con el que el autor se adelanta al renacimiento de la ultraderecha en España, poco después, con la irrupción de Vox y su líder Santiago Abascal; por el otro, la ciudad comienza a ser invadida por una plaga de ratas gigantes, como de medio metro. Esto último me llevó a pensar, en un principio, en el famoso cuento de Julio Cortázar Carta a una señorita en París, en el que el protagonista vomita conejitos y, si no me falla la memoria, lo vive como algo de lo que se siente culpable y que ha de ocultar al resto de la gente. Al principio parece que Domingo es el único que detecta la presencia de las ratas, como si fueran producto de su imaginación, pero conforme avanza la novela se hace evidente que este elemento fantástico, que nos lleva a pensar en  un posible simbolismo, es perceptible por todos los personajes, le den más o menos importancia.

 

El hecho de que un amigo cercano se suicide, yéndole, en apariencia, algo mejor en la vida que a él, es otro factor que lo aboca a esa ineludible crisis de los cuarenta, además de las frustraciones laborales, literarias y sentimentales (su novia lo dejó no hace mucho).

 

Se trata de una novela ambientada en Madrid en 2013, que se lee con gran fluidez, un libro complejo a la par que accesible, que me ha parecido muy sólido. Una de sus virtudes es la de llevarnos a otros libros, pues no escasean las referencias literarias y cinematográficas. Aunque el título da cuenta de una individualidad que debe sobreponerse a un entorno difícil, incluso hostil, hay bastantes momentos en los que encontramos un componente social e incluso generacional (más de una generación, diría, puede verse reflejada en los sucesos narrados: tanto la del autor, que nació en 1974, como los ahora treintañeros).

 

Hay un momento en que el protagonista declara juzgar de antemano los libros en función del prestigio de la editorial que los publica, algo tal vez clasista y jerárquico, que dista de considerar con objetividad el texto en sí, y que resulta algo chocante teniendo en cuenta las ideas políticas del personaje (son recurrentes las críticas al neoliberalismo, a las atrocidades capitalistas). Esto, por otra parte, no debería sobresaltarnos, porque ¿quién no tiene contradicciones? El protagonista se ve envuelto en un pequeño embrollo de sexo por internet, y este es el único punto de toda la novela que me ha chirriado, en tanto que no me cuadraba con el personaje. Domingo, tipo serio, se toma unas pequeñas vacaciones, una escapada con fines sexuales para estar con una chica con la que no le une demasiado, más allá de la atracción por su cuerpo. Esta parte me ha recordado (pero no me fío mucho de mi memoria) al ambiente de La uruguaya del argentino Pedro Mairal. Esta actitud del personaje se justifica cuando leemos "es mi aventura sexual, intrascendente y absurda, el rollo de verano que debería haber tenido a los diecinueve pero que no tuve, mi deseo de libertad y superficie". Pero no me acaba de encajar en el hecho de prestarse un tipo como él, por ejemplo, a tener sexo en lugares públicos.

 

Más allá de esta nimiedad, he disfrutado muchísimo la lectura. Bien narrada, contiene reflexiones inteligentes sobre el mundo empresarial y laboral, la deriva de los métodos pedagógicos o las relaciones humanas en general. Eduardo Laporte, que también ha leído con entusiasmo el libro, habla de una "ironía melancólica" que creo que define bien su espíritu: hay momentos humorísticos y sarcásticos, y también un aire general de derrota, una mirada al mundo desde una prosa serena, reflexiva, a través de la luz de la melancolía.

 

Caminaré entre las ratas me parece una muy buena novela, posiblemente lo mejor que he leído en lo que llevamos de 2021, y que veo difícil que no acabe en la clásica lista de mejores lecturas del año que acostumbro a colgar en este blog.

 

Valoración: 5/5

 

"En un vídeo, uno de estos profesores saca su móvil del bolsillo y afirma sonriente ante la cámara que ahí, en su mano, está TODO; que la información está disponible para cualquier persona a un clic de ratón, que ya no hace falta saber. Esto me parece cuestionable, pues a mí como adulto me ha costado, realizando búsquedas en internet, encontrar la información que buscaba para los trabajos requeridos en el máster e imagino que a un niño de catorce años, en el aula o en su casa, le costará más. Esto sin contar que tiene abiertas todas las puertas a la distracción. Hace cincuenta años también estaba TODO en una biblioteca, y no por esto se dejaba de exigir a las personas que estudiasen contenidos."

 

"Hablan de Andrés Torrejón, hablan mal de él, como españoles en un bar".

 

"Pero desde 2008 vivo en el país del volver a empezar, de los aprendices sin edad, de los licenciados que emigran a Londres para trabajar de camareros, de la idea neoliberal del "si estás en el paro la culpa es tuya, aprende a reciclarte. Sé un emprendedor, muchacho""

domingo, 2 de mayo de 2021

Reseña de mi novela Caminaré entre las ratas en el blog La esquina de este círculo

 Borja Buzón Bernal, a quien conozco de las redes sociales, leyó mi novela Caminaré entre las ratas y escribió una reseña para su blog La esquina de este círculo:




 

«Los que frecuentan la blogosfera literaria conocerán a David Pérez Vega como ese profesor de economía de Móstoles apasionado por la literatura que sube sesudas reseñas de todo cuanto lee cada domingo a su espacio Desde la ciudad sin cines (y a también a su canal de YouTube). Yo conocía dicho blog mucho antes de compartir por aquí mis impresiones sobre cada lectura y ha sido para mí desde entonces un modelo de crítica literaria que siempre he admirado por la trabazón de su contenido, que, sin rozar la pesada erudición de la academia, daba todas y cada una de las claves interpretativas de las diferentes novelas y colecciones de relatos que iban apareciendo en el panorama editorial como novedades de este siglo XXI o como obras clásicas del XIX o del XX (principalmente narrativa hispanoamericana). Esta labor de Pérez Vega como crítico no es un fin en sí mismo, como él ha afirmado numerosas veces en sus redes sociales, sino un mecanismo para darse a conocer como escritor, para demostrar que su sensibilidad literaria le permite interpretar tanto textos complejos y representativos de la literatura contemporánea como incorporarlos a su imaginario particular y valerse de ellos, junto a su propia experiencia vital, para redactar una prosa de gran valor. A pesar de este extraordinario bagaje lector y hermeneuta que sitúa Desde la ciudad sin cines como uno de los espacios de la blogosfera literaria alejada del circuito del bestseller con más visitas, el propio Pérez Vega no destaca por ser un autor muy leído. Y esto se debe muy posiblemente a que aún no ha podido dar el salto a una editorial grande. Pérez Vega escapó, como su personaje Domingo, protagonista de esta novela que hoy reseño, de la autopublicación, pero se ha movido siempre en editoriales medianas y pequeñas, saltando de una a otra y con un pequeño séquito de lectores que le seguimos la pista. 

Previamente a Caminaré entre las ratas, Pérez Vega publicó en Sloper su novela Los insignes, que representa una radiografía brutal de los bajos mundos de la comidilla literaria (especialmente de esos círculos poéticos que viven del amiguismo y que son tan frecuentes desde que la poesía se concibió como género). Yo pude leer Los insignes a finales de 2015 y sigo pensando que es una novelas más divertidas que se han escrito jamás en español (a ver si este verano la releo y reseño). Aunque las novelas no están conectadas entre sí, se aprecia en ambas una progresión en el pensamiento de Pérez Vega, que viaja del desenfreno tragicómico de Los insignes al tono predominantemente serio, pero con pinceladas de un humor muy inesperado, en Caminaré entre las ratas. Los protagonistas de ambas obras tratan de abrirse camino en el mundo literario, pero mientras que en Los insignes parece solo importar dicho mundo literario y todo lo que escapa a él se siente sumido por un aire de parodia, en Caminaré entre las ratas Pérez Vega busca construir una novela río, una novela total en la que tocar todos los aspectos que puedan condicionar la vida de un hombre de mediana edad (a punto de cumplir los cuarenta años) y que se siente incapaz de alcanzar una estabilidad vital, económica, sentimental, sexual, etc. Domingo, muy posiblemente al igual que el propio Pérez Vega, sabe que quizás es algo tarde para él dar ese salto a una editorial más grande que le garantice vivir únicamente de la escritura, como soñaba de pequeño. Caminaré entre las ratas es, pues, el relato de un desengaño que resulta no solo doloroso para todos los que hemos fantaseado con la idea de redactar los clásicos del mañana en nuestra adolescencia como estudiantes marginales, como empollones abatidos por las collejas de los más grandes que terminaron trabajando en una obra o en el campo, es la historia de una eterna crisis que nos impide vivir como han vivido nuestros padres, que alcanzaron la estabilidad antes que nosotros y con muchos menos estudios. Es el desengaño del éxito prometido. 

Domingo es forzado durante su juventud para convertirse en ingeniero como sus primos, pero es incapaz de seguir al tercer año y opta por una decisión intermedia entre sus verdaderos deseos de estudiar Filología Hispánica o Literaturas Comparadas y ese ideal de sus padres, inculcado socialmente de manera tácita acerca del éxito de las carreras de ciencias. Se decide por estudiar Economía como el propio Pérez Vega y asume que la literatura puede ser esa luz que le guíe de forma paralela. Asume que renunciar a su vocación de manera temporal por timidez y falta de garbo le garantizará un trabajo digno y estable tras el cual disponer de horas de sobra para cultivar sus sueños y su afición. Sin embargo, Domingo acaba siendo un infeliz, un hombre explotado en un ambiente que lo rechaza por no formar parte de ese linaje aristócrata-burgués de auditores que veranean en Boston y se han educado en las universidades privadas más caras y conservadoras dentro y fuera del país y que creen que todo lo que han conseguido (incluidos muchos de sus puestos por enchufe) se debe a sus dotes innegables para los negocios, que los pobres como Domingo no tienen, por supuesto. 

De un trabajo, Domingo rebotará a otro cada vez peor. Y lo mismo sucederá con sus relaciones sentimentales. Su formación estoica en resolver problemas de matemáticas en la mesa del comedor de su casa lo han convertido en un ser asocial, un hombre que solo ha sido capaz de establecer lazos con mujeres (más allá de su madre y sus hermanas) en su adultez. El tabú cuasireligioso del sexo y el aislamiento en los libros le han llevado a vivir francamente mal los diversos encuentros amorosos en una juventud tardía, en la que ha tenido que fingir muchas veces ser quien no era para granjearse el interés y el amor de sus parejas y compañeras de una noche.

Domingo vive en una crisis perpetua, pero es un disparo el que le hace despertar. Nada más comenzar la novela, se nos revela que uno de sus amigos de la infancia, muy cercano a él, se ha abierto la tapa de los sesos con una escopeta en la tranquilidad de su casa. A partir de aquí, Domingo tendrá que sumar un duelo más a la lista de duelos pendientes y de los que nos iremos enterando a medida que vaya transcurriendo la trama. A pesar de este aura de pesimismo que envuelve toda la obra, el final servirá para redimir en parte al personaje y hacerlo aprender de sus experiencias y errores.

Como ya he ido comentado, hay mucho del propio escritor en la obra. Pérez Vega es un lector entusiasta de autores como Rodrigo Rey Rosa, Horacio Castellanos Moya o Eduado Halfon, que también vierten mucho de sus vidas en sus historias. Por su parte, hay una herencia indudable aquí con La senda del perdedor de Bukowski, novela que yo no he leído, pero cuya trama y planteamientos conozco. A través de Bukowski, Pérez Vega entronca con Fante y con los personajes propios de Dostoievski: seres marginales que tienen grandes aspiraciones, pero cuyo encontronazo con la realidad resulta en fracaso. De igual forma, el capítulo Tarde bajo el volcán recuerda poderosamente a La uruguaya de Pedro Mairal, que pude leer hace poco, aunque sigo considerando que el escritor mostoleño se muestra aquí muy superior al argentino. Y así puedo ir dando una larga lista de referencias que se aprecian en la novela de manera directa o indirecta y que se hacen evidentes para aquel que, como yo, ha leído algo sin ser mucho. En cualquier caso, no se cae en ningún momento en la pedantería, lo que es de agradecer.

Pérez Vega se muestra constante en la frase larga, donde suele predominar la yuxtaposición y un ritmo muy fluido que hace que, a pesar de contar con párrafos particularmente densos, estos no se hagan pesados en exceso. El narrador es en primera persona y viaja al recuerdo constantemente, a pesar de que los capítulos, largos por extensión, transcurren en períodos de tiempo muy breves, normalmente de días. Como única pega cabría señalar la presencia de erratas diseminadas a lo largo del texto, que indican una corrección incompleta, pero que no son suficientes como para que este no deje de ser disfrutable.

He visto varios comentarios señalando que la novela refleja el sentimiento colectivo de la generación del autor. Esto es como mínimo cuestionable, ya que no me resulta difícil reconocer comportamientos y actitudes mías del pasado en el protagonista. Y Pérez Vega y yo nos llevamos más de 20 años, lo que se dice poco. Sin ser el público objetivo de la novela no me es nada difícil empatizar con el desgraciado personaje de Domingo y sus tribulaciones de proto-adulto de pueblo-ciudad-aldea, así como con su desengaño. En definitiva, que recomiendo la obra plenamente.

Lean mucho, coman con moderación y namasté.»

 

domingo, 25 de abril de 2021

Reseña de mi novela Caminaré entre las ratas en Cuadernos Hispanoamericanos

El escritor y periodista Eduardo Laporte, que ya leyó en su momento mi libro de relatos Koundara, ha leído ahora mi novela Caminaré entre las ratas y ha escrito esto sobre ella para la revista Cuadernos Hispanoamericanos:

 


 

«David Pérez Vega (Madrid, 1974) atesora un puñado de títulos a sus espaldas del que cabría destacar, antes de la obra que nos ocupa, el libro de relatos Koundara (Baile del Sol, 2016). En ellos sentó las bases, como ha comentado él mismo, del que luego sería su proyecto más ambicioso hasta la fecha: la novela Caminaré entre las ratas (Carpe Noctem, 2020), cuya escritura no dista mucho en el tiempo de los citados relatos.

Por señalar algunas concomitancias, en aquellos relatos, Pérez Vega dio muestras de su capacidad para aunar dos virtudes que poseen los grandes textos: la precisión y el misterio. Porque este autor criado en Móstoles confecciona su literatura mediante una observación aguda de la realidad, a veces microscópica, que podría recordar a los universos de dos autoras sutiles pero también certeras como Elvira Navarro o Eider Rodríguez, autoras ambas del sello Literatura Random House.

En Koundara, nos encontramos con algunos de los temas que se desarrollarán en la novela, así como esa querencia por los barrios poco transitados en la literatura actual, es decir, las ciudades dormitorio, y personajes que resultan atractivos por su condición de víctimas silentes, mansas, en un mundo hostil. Entornos familiares donde se cuece una vívida intimidad, y también ámbitos públicos, claustros de profesores con demasiados puntos de divergencia, que generan un cosmos propio, atravesado siempre por esa mirada penetrante y a la vez empática de David Pérez Vega. Todo ello en las antípodas de la solemnidad.

Unos mimbres de escritor con hechuras, con una prosa sobria, realista, pero no exenta de unas capas de misterio que irán surgiendo progresivamente, envolviendo esos escenarios de una fuerza magnética nueva. Pero, a diferencia del torrente de autores y, sobre todo autoras, que trabajan lo oscuro, lo turbio, con una afición a lo mórbido un tanto gratuita, en la prosa de Pérez Vega se adivina un fondo de bondad, de justicia, de rebeldía ante los abusos del sistema (o los sistemas). Huye así del relato de lo sombrío o enfermizo porque sí, lo cual agradecerá el lector cansado de cierto nihilismo resultón.

No significa esto que Caminaré entre las ratas sea una obra complaciente, un masaje para el lector. La novela de Pérez Vega pone el dedo en la llaga, en la parte sucia del mundo, en la corrupción progresiva de una sociedad –la de los años diez– con un humor desencantado que recuerda a la decepción de aquel estudiante de Medicina llamado Andrés Hurtado que Pío Baroja ideó hace más de un siglo en su novela más redonda, El árbol de la ciencia (1911).

Porque al igual que Hurtado, Domingo Ramírez, que así se llama el protagonista – alter ego del autor –la novela entera es un neto ejercicio de autoficción, con todos los elementos que definen el género–, es un desertor. No un vencido, sino alguien que prefiere no alimentar al monstruo en cuyas fauces ha ido a parar. Aunque, mientras el personaje de Baroja abandona la medicina por una desafección personal, por ser demasiado sensible (un aristócrata, un epicúreo, diría de él su tío Iturrioz) para desempeñar un oficio tan duro, el personaje de Pérez Vega reniega por una cuestión moral de las consultoras, esas KPMG y Price Water House Coopers que exprimen a trabajadores incautos como él, y buscará nuevas soluciones en las que sobrevivir económica pero también anímicamente. Un trabajo que le permita vivir y, con suerte, arañar unas horas al día para leer y escribir. Pero antes, pasará por la consultora William Golding (guiño metaliterario), donde el protagonista conoce personas «que salían de trabajar a las tres o cuatro de la mañana todos los días, fines de semana incluidos, durante meses». Todo ello por un sueldo base de 1.014 euros al mes. Surge entonces una nueva clase social, la de los «pobres y auténticos liberales», que el autor señala con acierto.

Domingo Ramírez escapa de esa espiral de explotación para refugiarse en un trabajo menos considerado socialmente pero que le aleja de la angustia. Como ese Hurtado/Baroja que abandona la medicina y se hace traductor/panadero, el alter ego de Pérez Vega se coloca como teleoperador de una empresa financiera y atiende, sobre todo, a señoras a las que han robado el bolso y la tarjeta de crédito. Un sueldo precario, pero que al menos cuenta con horarios fijos; un trabajo que, como deja caer el protagonista, podría incluso plantearse como opción de futuro si las condiciones fueran un poco mejores. Es uno de los males de la España del primer tramo de siglo: la dificultad de encontrar una ocupación que no genere algún tipo de violencia. Añora Ramírez un empleo que le ocupó durante años, una «Arcadia laboral» que ofrecía nada menos que un buen sueldo, horarios que se cumplían y un trabajo digno que se podía realizar sin especiales padecimientos. Demasiado pedir en la España poscrisis.

Domingo Ramírez, si bien comparte cierta hipersensibilidad con el Hurtado barojiano, representa al español medio, procedente de una ciudad dormitorio (Móstoles), sobre el que cae el peso de un país agrietado. Sus aflicciones son las propias de una sociedad frustrada que irá alimentando monstruos populistas que saben que su electorado les dará sus votos de la catarsis, del descontento. Así, otro de los puntos fuertes del texto tiene que ver con la descripción del caldo de cultivo que desembocará en la fundación de un VOX que, en el momento de la redacción, aún no existía ni en siglas. Pérez Vega se refiere, en cambio, al Puño Patriota de un ficticio Teodoro Rivas, cuyo futuro político pronostica con aguda y misteriosa precisión. «Nos va a pegar una sorpresa en las próximas elecciones europeas. Además, tiene claro el tema de la inmigración y lo de la gente que aquí está chupando del bote», comenta un amigo del protagonista.

Desde su origen mostoleño, lugar elegido por muchos no por sus encantos naturales sino por las posibilidades de promoción personal que significaba vivir al calor de la gran ciudad, Pérez Vega retrata con audacia a una sociedad defraudada que no esperaba tener que ponerse a la cola de las oportunidades. Forman parte de esa derecha cuñada que tiene solución para todo y que en esta novela recibe su dosis de caricatura. Como ese tío Claudio, epítome de la contradicción política al que se define como un «liberal-proteccionista» y «católico-genocida», dando a entender que cierto prototipo del franquistoide avieso y tosco aún goza de predicamento. Tanto él como el primo Jaime se declaran antiabortistas, pero se alegran de que los africanos se ahoguen en el Mediterráneo. Recuerdan a aquel Pepinito, de Alcolea del Campo, al que descalifica Baroja en El árbol de la ciencia: «Era un hombre petulante; sin saber nada, tenía la pedantería de un catedrático. Cuando explicaba algo, bajaba los párpados, con un aire de suficiencia tal que a Andrés [Hurtado] le daban ganas de estrangularle».

Dijo Pablo d’Ors en la presentación de su El estupor y la maravilla que el boom latinoamericano no caló tanto en él como en otros autores de su generación porque esa literatura trataba de grandes colectividades, buscaba una novela social, y él prefería la novela del yo contra los elementos, en la tradición centroeuropea que coloca al hombre frente a sí mismo. La obra de Pérez Vega mezcla con equilibrio ambas dimensiones: la autoficcional y la novela de su tiempo, de su entorno, de tipo social; no en balde son cuantiosas las referencias a los escritores admirados por el protagonista, un letraherido cuyas cuitas con el mundo literario podría haber padecido el propio Pérez-Vega, y que forman parte también de ese canto amargo que tiñe muchas de sus páginas.

Haroldo Conti, José Donoso, Juan Carlos Onetti, Juan José Saer, Roberto Bolaño, Antonio Di Benedetto o César Aira son algunos de los autores latinoamericanos, vivos y muertos, que aparecen como estrellas fugaces a lo largo del texto para compensar la menos agradable aparición de las ratas convertidas en leitmotiv: escritores que David Pérez Vega ha leído con profusión y comentado en diversos medios, como la Revista Eñe o Librújula, pero también a través de sus redes sociales o de su canal personal en Youtube.

Porque la literatura es el asidero de Domingo Ramírez en una novela que apuesta, en su primera parte, por el vitalismo, por la pulsión más o menos erótica (como el dilema del título barojiano), para llegar a esa cúspide en el capítulo cuarto, el central, que nivelará la balanza por el lado de Tánatos. Una subtrama amorosa describe de manera nítida la leyenda de la rana hervida, es decir, aquella trampa que consistiría en entregar sexo, convenientemente dosificado, como estrategia para afianzar un compromiso sentimental posterior, así como una estabilidad económica por parte de ese batracio al que se coció a fuego lento para que se abotargue y no pueda escapar de la olla. David Pérez Vega, distanciándose ahora de ese Baroja con el que hemos establecido un paralelismo, se adentra con soltura y un grato desparpajo, no exento de self-deprecation, en una subtrama erótico-romántica que, si bien ofrece algún brochazo gordo a lo Houellebecq, se mueve en la habitual delicadeza y sutileza en la disección sentimental. En unas páginas inspiradas, con esa comicidad fría marca de la casa, Pérez Vega ensarta otro desencanto para su colección particular con el relato del viaje a Canarias, donde vive ella, para caer en ese cepo que pueden esconder las redes de ligue, con la consiguiente condena en forma de humillación digital y pública que trastornará al personaje en lo que queda de trama.

Domingo Ramírez relata sus reiterados trompicones vitales sin caer en la autocompasión, logrando enseguida el favor del lector. Si bien la novela, abundante, generosa, es un gran ejercicio de autoficción, el lector no se siente desplazado sino cómplice. La prosa no es pretenciosa, pero sorprende con felices descripciones –«Es un tipo calvo y obeso, con una papada inmensa y bailarina»– que resultan adictivas. Como invita a leer más esa ironía templada, apenas perceptible, que va marcando el fluir narrativo de esta novela mayor.

Un trabajo apenas perceptible el de cuadrar los capítulos, el de pulir aquello que sobra, el de, a pesar de la magnitud del texto, mantener el equilibrio entre lo que se cuenta y lo que no, entre la precisión y el misterio, entre la denuncia social, gremial, económica, política, local y global, pero sin caer en el tono jeremías, de vuelta de todo, en la monserga pesimista de quien da todo por perdido. El protagonista no es un cenizo a pesar de que, como Andrés Hurtado, no encuentre sitio para él. Sin embargo, no hace una enmienda a la totalidad. Intuye que pueden existir intersticios en los que colarse, como ese horizonte en la educación, como profesor de Secundaria, al que aspira como un sendero del medio en el que encontrar cierta paz, sin perder de vista su pasión literaria, su pulsión creativa como antídoto contra un mundo emponzoñado. Quizá no salvará el mundo, pero puede salvarse él sin necesidad de vender su alma, su vida, al diablo. Domingo Ramírez, a diferencia del entorno que lo rodea y lo atosiga, no metamorfoseará en rata. Ese sería otro paralelismo posible con esta obra, el kafkiano, el de un Gregor Samsa que lucha contra esa conversión en bicho repelente. Y en esa resistencia de heroísmo sostenido –decía precisamente Kafka que la paciencia es la mayor virtud– encontramos la luz al final del túnel.»

 

domingo, 21 de marzo de 2021

Reseña de mi novela Caminaré entre las ratas en La república cultural

 Ernesto Castro leyó mi novela Caminaré entre las ratas y la comentó en la revista La república cultural. Dejo aquí su reseña.

Muchas gracias, Ernesto.




 

«Enfrento la novela que ha publicado hace unos meses David Pérez Vega con la idea preconcebida de la distopía que puede sugerir su título (seguramente, a cada cual un mundo muy diferente), para adentrarme en el mundo de un trabajador local, con ubicación determinada, urbanita, con un lugar preconstruido y precocinado por su entorno, frente al que se rebela o, al menos, lo pretende.

Por diversos motivos me retrotrae Caminaré entre las ratas a otra novela de 1956, Tots som iguals, de Josep Maria Espinàs, y que debí de leer en catalán allá por el año 1986. El contraste de dos mundos que parecen hacerse permeables en un momento dado para protagonistas de dos estratos diferentes, que involucran a su forma de desear la vida, acaba retornando a una realidad en la que ya nunca se podrá ser lo mismo. En el caso de la novela de Pérez Vega todo se resume en Domingo, su protagonista, que vive revisando continuamente una trayectoria que lo sitúa en el filo de una cordillera con sendos precipicios. Un ser criado en el municipio periférico de Móstoles, ciudad dormitorio de Madrid, pero también entorno de población urbana, desde donde le marcará una tradición histórica como la guerra de independencia, que recorre desde su propio punto de vista.

El protagonista es escritor, pero también economista y teleoperador. El realismo de la narrativa coloca subrepticiamente el punto de mira en una generación específica, resultado de la errónea transición española, donde muchos adultos quieren posicionarse a través de la proyección de aquello que serán los hijos, o bien, los propios hijos anhelan ubicarse en ese lugar de orgullo paternal en el que rara vez estarán, porque siempre hay otros que cumplen los deseos.

La narración nos envuelve en una confrontación de tópicos actuales (entorno a los años 2013-14) con el mundo deseado por Domingo, que siente que ha llegado con retraso a todo: a los estudios, al éxito laboral, a ser escritor, al amor, en definitiva, a cuadrar en la sociedad establecida por sus mayores y por aquellos que les hacen de altavoz, y que destruyen la creatividad de quienes desean salirse de ese cercado. Habla la novela de clases sociales asumidas, de desfase entre las relaciones y la posición económica, de entornos anclados más de medio siglo atrás, del sexo como herramienta o como carencia, pero también del sexo como fracaso cuando no existe o no funciona. Pero quiere hablar mucho de literatura, así que, aprovecha el escritor para embebernos en innumerables títulos y autores, sobre todo aquellos latinoamericanos (que son preferencia del autor), y de otros vinculados a la economía (lugar común también entre autor y protagonista). Y es a través de éstos como aproxima al lector a la crítica de los modelos políticos, del capitalismo. Y también denuncia la ignorancia generalizada cuando se habla tan alegremente de los modelos económicos de diversos autores, sin saber contextualizar a quienes los desarrollaron, o sin siquiera tener referencias.

Bajo esta novela, el autor señala a una sociedad fragmentada entre los superfluo y la satisfacción de lo inmediato, el hedonismo y la ausencia de empatía real, los falsos valores de lazos familiares y el rechazo oculto, la necedad de mostrarse intelectual y un profundo abismo hasta el conocimiento, el afecto y la trampa. Habla de sentirnos iguales que jóvenes jugando al baloncesto en un suburbio marginal neoyorkino, para acabar siendo los payos de pueblo que miran a los gitanos con superioridad. Una sociedad en la que las ratas son cada vez de mayor tamaño, crecen a nuestro alrededor y, lejos de saber ubicar el problema, las adoptamos y domesticamos.

Se trata la política más desde la realidad que desde un ideario, confronta el hecho de haber nacido y estudiado en Móstoles en una determinada época y evoca los contrastes de una infancia y una juventud allí, con la existencia de prestado en el madrileño barrio de Salamanca, pero no cae en los tópicos, sino en lo cotidiano, como se traslada también a la comparación entre dos municipios tan contrarios como próximos en diferentes aspectos, que son su localidad natal y Villaviciosa de Odón.

Se tocan muy diversos temas, algunos se agotan en el desarrollo, otros quedan enunciados o se abordan desde diversos puntos de vista y, en el camino, David Pérez Vega siente la satisfacción de llevarnos hacia la literatura que quiere recomendar.»

miércoles, 3 de marzo de 2021

Reseña de Caminaré entre las ratas en el blog El Rompehielos

 La poeta y escritora Ariadna G. García leyó mi novela Caminaré entre las ratas y la comentó en su blog El Rompehielos. Dejo aquí su reseña.

Muchas gracias, Ariadna.




 

«Sostenían los críticos coetáneos de los autores del 98 que UnamunoAzorín o Ganivet no escribían novelas. Desde luego, no las redactaban según los parámetros de la narrativa realista. En sus obras tenían mucho más peso las ideas que la trama. Cristina Morales ganó el premio Herralde en 2018 con un libro, Lectura fácil, cargado de ideología política y carente de argumento, polifónico, donde los personajes se expresan por medio de diálogos, monólogos y debates asamblearios. Se trata de un libro alejado de la poética tradicional del género, y de las propuestas narrativas que se ofrecen en la actualidad. Digo esto para trazar la genealogía la última novela de David Pérez VegaCaminaré entre las ratas. Escrita en primea persona (y en un presente atemporal) por un narrrador protagonista, la obra avanza hilando escenas costumbristas, sin un aparente propósito hasta casi la mitad del libro. No estamos ante una novela de trama, ni de resolución de conflictos entre personajes. El magro de la acción, de hecho, es realmente escaso (al menos, hasta la página 144). Benveniste clasificaba en dos los tipos de enunciaciones: de la historia y del discurso, que sirvieron de inspiración a Werlich para su dicotomía entre el mundo narrado y el mundo comentado. Por lo que respecta al primero, noto que David se demora a menudo en la descripción de escenas intrascendentes y que recurre sin descanso al flashback. En cuanto al segundo, la voz narradora expone a los lectores sus diferentes puntos de vista sobre diversos temas de interés y expresa su opinión sobre los mismos. Esta elección domina buena parte de la novela. En este sentido, la actitud de David es análoga a la de Ganivet, Azorín o Morales. O incluso a la de nuestros escritores de diálogos renacentistas, sobre todo Juan Alfonso de ValdésCaminaré entre las ratas es (al menos, en su segunda parte), una estupenda novela reflexiva de cuño crítico que recoge el ideario de su autor. Así, posee inteligentes disertaciones sobre motivos que están en la agenda informativa: la implantación de nuevas tecnologías en el aula, los recortes en educación y sanidad, el uso de las redes sociales, la corrupción, la inmigración o la lucha de clases. David pisa sobre seguro, profesor de Economía y narrador de amplia trayectoria (en la última década ha publicado tres novelas y un maravilloso libro de relatos, que reseñé AQUÍ), transfiere sus conocimientos al protagonista del libro (aspirante a docente y licenciado en Administración y Dirección de Empresas). Con Caminaré entre las ratas, Pérez Vega recorre una zona distinta del mapa donde también se situan algunos de los relatos de Koundara. Es decir, tiene un mundo propio en el que ahonda. Dicho esto, esos constantes (y a veces reiterativos) flashbacks que comentaba más arriba tienen un efecto colateral: pausan el ritmo del relato y llegan a resultar tediosos. Será a partir de la segunda mitad de la novela cuando el tempo se acelere, debido a un conflicto que dará coherencia a la historia. Vayamos al argumento: Domingo, un teleoperador de 39 años con estudios de ingeniería, ambiciones literarias y licenciado en ADE, lleva una vida monótona y alejada de sus expectativas. Sus días transcurren entre el Facebook, su blog y su prácticas del máster de formación del profesorado. A esa vida relajada (no exenta de infortunios, como la muerte de un amigo) le sucede un contratiempo: un viaje erótico a Canarias, cuyas consecuencias le sumirán en una depresión y aumentarán sus niveles de violencia. A partir de ese instante, se produce un descenso a los infiernos que se traducirá en el incremento del vuelo retórico, la confrontación dialéctica y el uso del sarcasmo, esto es: en una deslumbrante tensión lingüística que hace mucho más atractiva la lectura de los comentarios y recuerdos del protagonista, cargados (ahora) de mordacidad y de lucidez. Caminaré entre las ratas, por tanto, gana –y mucho– en su segunda parte. El libro no deja de ser un aviso para navegantes (para internautas, más bien), así como esboza un retrato generacional de los nacidos en las localidades de la periferia (como Móstoles) en los 70-80, a quienes la crisis del 2008 zarandeó durante un lustro. Sólo por eso, ya merece la pena su lectura.»

miércoles, 24 de febrero de 2021

Reseña de mi novela Caminaré entre las ratas

 Conozco a Jesús Sánchez Seijo de Twitter. Es un lector de este blog. Compró en 2020 mi novela Caminaré entre las ratas porque algunas de mis sugerencias de lectura se había convertido en sus mejores lecturas del 2019. Lo cual me parece un estupendo motivo para comprar y leer mi libro. Además quiso escribir sobre él una reseña que publico aquí.

Muchas gracias, Jesús.




 

«El narrador de Caminaré entre las ratas estudió Administración de Empresas, como David Pérez Vega (Madrid, 1974), trabajó en la defenestrada firma de auditoría de cuentas  Arthur Andersen, como David Pérez Vega, quiere ser Profesor de Economía en un colegio privado, como lo es David Pérez Vega, y ha publicado varias novelas, sin mucho éxito, más allá del éxito incuestionable que supone el mero hecho de que te publiquen, impriman y distribuyan varias novelas, también como David Pérez Vega. El autor reconoce (no le queda más remedio) que se trata de una obra parcialmente autobiográfica; yo que solo conozco a David Pérez Vega por su time line de Twitter me atrevería a decir que no ha trabajado nunca en una sociedad inmobiliaria ni en una cadena de tiendas de ropa para niños, como el narrador protagonista, pero que sí ha conocido laboralmente hablando a más de un personaje como Hans El Destructor –un perfecto inútil, retoño de la aristocracia empresarial, que dirige la compañía Rentbox, enchufado por su padre. También me parece que, como el narrador, David Pérez Vega ha follado menos y peor de lo que le hubiese gustado.

Además de parcialmente autobiográfica, Caminaré entre las ratas es una novela de desahogo y aluvión, aunque aluvión estructurado, minucioso, de técnica recurrente: el narrador exhibe los triviales sucesos de su vida cotidiana, que le evocan el pasado y sus fracasos obsesivos,  es decir, nos cuenta su vida, cómo hemos podido llegar a esto, David, cuándo se jodió Domingo, ¿fue entonces, cuando suspendí todas, por tonto, o más tarde, cuando me dejaron por el músico, por sinsustancia, o cuando me echaron del trabajo en Arthur Andersen, por incompetente? ¿Cuándo se jodió Domingo? ¿Cuándo de jodió España? Esta introspección freudiana facilita las digresiones, especialmente las literarias, ya que el narrador, como David Pérez Vega, publica un blog de reseñas letraheridas que tiene más éxito que sus novelas. Algunas reiteraciones nos recuerdan que estamos ante una obra en la que sus partes están contenidas en el todo: las ratas explícitamente descritas en forma de plaga que asola Madrid en 2013, y las ratas metafóricamente aludidas en forma de colegas literarios, amistades de juventud, parejas sexuales,  entornos laborales y círculo familiar cercano, esas ratas que han roído el espíritu de nuestro protagonista hasta dejarlo seco como un hueso.

La novela se lee bien. Prescinde de grandes artificios retóricos y usa una prosa de línea clara parecida a la de Houellebeq, pero más cuidada, con quien el autor comparte también la pretensión de infligirle al lector una herida sentimental mediante el estilo directo y una intimidad primaria. No es éste el único ascendiente de Michel Houellebeq sobre la novela, pero la sensación que provoca David Pérez Vega es diferente a la del pirado novelista francés. Después de todo, ni el narrador de Caminaré entre las ratas ni David Pérez Vega son unos pirados, y eso se nota tanto en las peripecias vitales narradas como en la naturaleza de los traumas expresados. El personaje protagonista de la novela produce algún estremecimiento, pero resulta demasiado contenido, progre y buena persona.  Ni sus vivencias son demasiado excéntricas ni la herida que han producido es excesivamente profunda, entre otras razones porque David Pérez Vega, digo, Domingo, es una persona sensata que tiene los pies en el suelo.

O quizá no. Quizá solo sea timidez. En algunos momentos, sobre todo cuando el narrador nos habla de sus experiencias sexuales, y en particular cuando nos describe los deplorables acontecimientos que le suceden con una chica muy joven y exuberante, se intuyen una herida más profunda y una cicatrización patológica.  Es posible que la imagen de hombre de izquierdas que posee un elevado sentido ético, y por lo tanto una razonablemente buena opinión de sí mismo, sea un mecanismo que conjura los demonios causados por el escaso atractivo sexual, los fracasos profesionales y la falta de talento literario. Traumas que en realidad ni siquiera son para tanto, ya que el protagonista, como David Pérez Vega, es un Licenciado universitario, aunque no fuese capaz de ser Ingeniero, que ha publicado varias novelas y que folla con veinteañeras tetudas que ha conocido por Internet.  Mierda, si incluso es propietario de un piso en Móstoles, cuya hipoteca redime cobrando las rentas de su arrendamiento. No es tan desgraciado, lo que le sucede no es tan subjetivamente penoso, se las apaña bastante bien. Hay ego ahí, un ego  encauzado por el sentido común y por el miedo, pero que podría usarse para construir personajes más inquietantes. La otra opción es dedicarse a escribir ficciones históricas sobre la Guerra de la Independencia, pero algo así hizo Javier Cercas y no hay punto de comparación con Michel Houellebeq.

La novela está muy bien editada  por Carpe Noctem, pequeña firma que no es una de esas editoriales provincianas que tanto irritan a Alberto Olmos. Tampoco ha ganado ningún Premio convocado por la Administración, lo cual es de agradecer y otro síntoma de que estamos ante un autor que resulta de interés por varios motivos. De acuerdo con su fecha de nacimiento pertenece a la Generación X, y en esta novela nos cuenta el desencanto de esa generación, la de los nacidos en los 70, que vivimos el fin de la historia en los 90, que cabalgamos a lomos de la Burbuja y a los que la cruda realidad visitó en 2008 para dejarnos así, desencantados y entre las ratas.»

miércoles, 6 de enero de 2021

Lectura de mi novela "Caminaré entre las ratas" de José Luis Ibáñez Salas

El historiados José Luis Ibáñez Salas leyó mi novela “Caminaré entre las ratas” y escribió una reseña para la web Aquí Madrid. La dejo aquí:




La cuarta novela del escritor español David Pérez Vega, titulada Caminaré entre las ratas, apareció en el pobladísimo mercado literario español en unos días que fueron, que son, que seguirán siendo, muy malos para la lírica. Para la prosa. Y para la paciencia. Apareció cuando el mundo se disparaba en el pie asustado por su miedo y por su incompetencia para socializar el bien. En los primeros meses del infausto ya año 2020.

«Desde 2008 vivo en el país del volver a empezar, de los aprendices sin edad».

Esa sería una buena presentación para Domingo, el protagonista-narrador de esta novela. Esta novela social con las lágrimas suficientes de pura ficción fabulada, esta novela protagonizada por alguno de quienes estuvieron durante la crisis de finales de la primera década del siglo veintiuno entre los más afortunados, aquellos que les tocó trabajar más por el mismo sueldo (o menos, en realidad).

«Mi vida como máquina defectuosa que nunca llegó a funcionar».

Su prosa, la prosa de David Pérez Vega, es en Caminaré entre las ratas ascética, sucinta, directa, muy narrativa, pero también, como el poeta que él es, aparece teñida en ocasiones por la inevitable poesía sin la que las buenas novelas se quedan en meros divertimentos sin alma:

«La densidad de las palabras evitadas empieza a incendiar el aire que respiro».

La novela resulta ante todo muy didáctica. Uno aprende mucho al leerla. Sobre economía, sobre enseñanza, sobre la sociedad española en la que vivimos más o menos perplejos. Porque, aunque no es un tratado, ni un ensayo (el libro es una novela, que ya es ser), esta novela de Pérez Vega, nacido un año antes de la muerte del dictador Francisco Franco, social, como ya escribí, expone con absoluta claridad los principios básicos para poder explicar la realidad española, la realidad social española, mostrando personajes absolutamente incrustados en el verdadero ámbito vital de la España actual («este divertido país de sangría, fiesta y playas»), la de los aprendices sin edad, la de los filósofos del fútbol, también la de los triunfadores que mastican su estulticia desdeñando a quienes se preocupan porque el triunfo sea finalmente el de todos los ciudadanos posibles, no el de los más afortunados o el de los más carentes de escrúpulos.

La cita siguiente es larga pero ilustra a la perfección lo que vengo expresando:

«No deja de enternecerme la imagen de aquellos profesores de Universidad pública de suburbio defendiendo las ideas liberales de Milton Friedman […]. Los profesores estadounidenses defendían los presupuestos teóricos que beneficiaban los intereses de sus pagadores, pero los profesores españoles de la Universidad pública, funcionarios ilustrados, defendían la destrucción de lo público o de sí mismos por nada, por puro vasallaje ideológico, por haber ido a una Universidad del Medio Oeste americano y haber sido deslumbrados por las palabras de alguien que se apellidaría Johnson, Williams, Davis o Harris, y nunca García, Pérez, Sánchez o Fernández. […] En la Carlos III de Getafe, los hijos de los tenderos de barrio, de los conductores de autobuses de la EMT o de los taxistas del aeropuerto, comentaban en los pasillos de la facultad las huelgas de trabajadores de la época en términos drásticos al más puro estilo disciplinario Chicago Boys‘si yo fuese el director de la empresa echaría a todos los trabajadores y contrataría otros nuevos’. […] Así se las gastaban en la segunda mitad de la década de los 90 los chicos de los suburbios en la Universidad pública de Getafe cuando después de ponerse al día sobre el botellón y la marcha del fin de semana querían posar, apoyados en una barandilla fumando rubios, de adultos responsables y castigadores. Así hablaban los hijos de los administradores de pequeñas empresas, de operarios de fábrica o de los porteros de fincas que vivían en pisos de 70 metros cuadrados en Móstoles, Fuenlabrada o Getafe. […] Ellos podrían llegar a ser los directivos de las grandes multinacionales: eso les explicaban en las clases, cómo se dirige una gran empresa multinacional y, por tanto, serían los jefes de aquellos ingenieros que se creían tan listos».

El escritor protagonista-narrador de Caminaré entre las ratas (a quien la realidad de vez en cuando le da alcance y quien dice que es Richard Ford el novelista que más le ha influido)escribe libros que no son de género, libros «que sólo pretenden reflejar la vida de mi entorno social y por tanto ser literatura». ¿No hay demasiados sueños literarios en esta novela? Pregunto. ¿Por qué planificarse uno sus lecturas «con la intención de entender un mundo que se empeñaba en dejarme siempre fuera de sus placeres, un mundo del que en esencia desconocía las reglas más básicas de funcionamiento»? ¿Existen personas, como un personaje femenino de la novela, insertas «de forma contundente en el mundo de lo real» por el simple hecho de «estar alejadas por completo del mundo literario»?

Más didactismo en la novela. En esta ocasión nunca mejor dicho, pues, en un momento determinado, leemos un razonado ataque «a los gurús de la nueva educación» que incluye una defensa de la necesidad de los libros de texto, entre otros asuntos. No obstante, aunque estoy muy de acuerdo en lo que expresa aquí Pérez Vega (su protagonista, mejor dicho), considero que el problema no es tanto el que se atiende en estas páginas, creo que ese no es el debate, sino que el debate reside en qué enseñar más que en cómo enseñar: en cualquier caso, se agradece la reflexión.

Como también se agradece la divulgación de la teoría económica que hace David Pérez Vega (bueno, el protagonista): Smith, Malthus, Ricardo…

Hay mucha burla, siempre detallada, eso sí, contra el Gran Dios Capitalista, como por ejemplo esta:

«Sé que, en la actualidad, tienen que existir los directivos como Hans (los hijos-de que irrumpen en la vida con su sueldo de 500.000 euros bajo el brazo), pero, por favor, Gran Dios Capitalista, mantenlos en sus despachos aclimatados, lejos del trabajo y convencidos de su valía, permite que lean el periódico, llamen por teléfono a sus esposas o madres, saquen brillo a sus escudos de armas, que cobren sus desmesurados salarios y que no tengan tentaciones de aportar ideas reales».

El protagonista-narrador (que lee a Primo Levi, quien siempre nos recuerda, le recuerda a él, especialmente, «cómo hay que sobrevivir en lo oscuro» y del cual dice: «es mi guía en la oscuridad») ha aprendido desde su comienzo laboral «que no existen empresas corruptas, sino que la corrupción es la esencia misma del sistema capitalista empresarial».

Resulta a todas luces magnífica la explicación de qué es el neoliberalismo. En el imaginario personal de determinadas personas, como algunos de los personajes de la novela de Pérez Vega, «todos los hijos-de, los sobrinos-demujeres-del-sobrino-de eran héroes convencidos y aguerridos luchadores contra la opresión y la esclavitud a las que nos somete el Estado».

Y Móstoles, el Móstoles de los últimos cuarenta años como subescenario de una auténtica novela española de hoy en día, más actual que un periódico.

«Éramos los hijos de los pueblos pobres de España, emigrados, desde Andalucía o Extremadura, hasta el extrarradio de Madrid. Nos habíamos creído, adueñándonos de una mitología ajena, que podríamos llegar a ser tan aéreos como Michael Jordan y estábamos, como no había dejado nunca de mostrarme mi padre, apegados al suelo raso de los santos inocentes de Francisco Franco».

Porque esta es la historia de los monos que nunca bailaron break. Una historia en la que las ratas gigantes tienen, por fin, los días contados.

 

 

Gracias, José Luis.