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domingo, 1 de marzo de 2020

El porqué del color rojo, por Francisco Bescós


El porqué del color rojo, de Francisco Bescós

Editorial Salto de página. 315 páginas. 1ª edición de 2017.

Estuve en la presentación en Madrid de El porqué del color rojo de Francisco Bescós (Oviedo, 1979). Tuvo lugar a principios de 2018, y yo mismo le había pedido el libro a la editorial para reseñarlo, después de haber leído El costado derecho, la anterior novela de Bescós, que me gustó. Aun así, El porqué del color rojo ha permanecido bastante tiempo en mi sección de las estanterías del Ikea de «libros por leer». Como buen representante de la raza humana (y en especial de la raza humana lectora) me suele apetecer leer aquel libro que aún no tengo. Pero después de dos años, he tomado de la estantería El porqué del color rojo con el deseo ya de deshacer este entuerto de la lectura aplazada.

En 2016 leí El costado derecho, como ya he dicho; una original novela sobre la crisis económica. Ésta era la segunda novela publicada de Bescós, la primera fue El baile de los penitentes, que ganó el Certamen Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona y que publicó la editorial Almuzara. En esta primera novela, Bescós creó al personaje de Lucía Utrera, apodada «la Grande» por su gran masa corporal, una guardia civil destinada a la localidad riojana de Calahorra, después de haber pasado unos años te tensión en «el Norte». En El porqué del color rojo, Bescós retoma este personaje para crear una trama policial en los campos de la Rioja Baja.

En los terrenos vinícolas de una famosa bodega de la zona, aparece muerto un joven inmigrante, al que alguien ha propinado un violento golpe en el cuello con un objeto contundente. Lucía Utrera y sus compañeros del cuartel de la guardia civil tendrán que esclarecer este asesinato.
La trama principal de la novela transcurre en cinco días, donde cada día compone un capítulo, y estos están divididos por anotaciones temporales, que actúan como marcas de transición entre escenas, en las que Bescós da paso a distintos personajes. Aunque no necesariamente siempre se produce un cambio de personajes o escenario tras cada anotación temporal.
La investigación sobre el crimen le sirve a Bescós para hablar de diferentes temas, como, por ejemplo, la trata de personas por mafias y contrataciones ilegales en la campaña de la recogida de la uva, la amenaza del terrorismo yihadista, que ha alargado sus tentáculos para reclutar jóvenes musulmanes hasta el campo de La Rioja, de los Años de Plomo en el Norte, o del machismo y la violencia de género. ¿Los asesinos del temporero inmigrante pueden ser los mafiosos para los que trabaja en régimen de semiesclavitud, molestos al enterarse de que los quiere abandonar por los yihadistas? ¿Son los yihadistas los asesinos? ¿Es un vecino racista el asesino? ¿Y por qué ha aparecido en el entorno de Calahorra Kabuto, un antiguo líder terrorista vasco, que debería estar en la cárcel, y que Lucía Utrera sabe que la odia y que podría tratar de asesinarla a ella o a su familia?

La novela, escrita en tercera persona, no sigue solamente las andanzas de Lucía Utrera, aunque ella sea, de forma clara, la protagonista principal. El narrador también seguirá los pasos de los hermanos del inmigrante asesinado, de diversos guardias civiles que participan en la investigación, o de Bernard, el marido inglés de Lucía, que ejerce de amo de casa, mientras trata de ser un escritor. Además, Bescós añade a su trama a un personaje secundario bastante interesante: al padre Borobia, un sacerdote muy poco ortodoxo, que ayuda a las personas más necesitadas de la comunidad y que en el pasado fue boxeador. El padre Borobia es un hombre irascible, un hombre de acción: «Jesucristo merece que repartamos unos cuantos sopapos para defender a los débiles de los opresores, de los poderosos», dirá en la página 167.

Cuando comenté El costado derecho, una de las virtudes que destaqué de la propuesta de Bescós era lo bien dibujada que estaba la trama, un detalle de la construcción narrativa que muchos jóvenes escritores españoles no tienen en cuenta o que, incluso, llegan a despreciar. Bescós sigue controlando perfectamente los vaivenes de la trama en su nueva novela, que avanza a un ritmo muy marcado y que no decae en ningún momento. Por otro lado, la creación de personajes también es notable: Lucía Utrera, la teniente que solo lee «un libro al año» es un gran personaje femenino, así como lo es el padre Borobia y Bernard, el marido de Lucía.
Hace no mucho comentaba la novela Caballo sea la noche de Alejandro Morellón, y decía que muy por encima de la trama estaba el uso del lenguaje, un lenguaje oscuro y lírico, que era la principal baza del libro. En la novela de Bescós, la trama está por encima de la creación del lenguaje. He disfrutado con ambos libros y ambas opciones me parecen válidas e interesantes. Con esto tampoco quiero decir que la prosa de Bescós me parezca descuidada; pero sí que es mucho más ajustada a lo narrado que la de Morellón.
Está claro que Bescós se ha documentado sobre el mundo que refleja, conoce el vocabulario propio de los viñedos de la Rioja y de un cuartel de la Guardia Civil. El lenguaje se ajusta a lo contado, pero también hace uso de la ironía y el distanciamiento de lo narrado para mostrar la realidad contada, en algunos casos, de forma cómica.

Al comenzar a leer el libro me ha resultado desconcertante que en el primer capítulo la trama se sitúe en Madrid (y no en Calahorra, como en el resto del libro) y Bescós nos hable del coronel Adolfo García, que es el jefe que tuvo Lucía Utrera en los años que pasó destinada en el Norte. García está haciendo maniobras para conseguir que su hijo (un guardia real inestable y violento) le arrebate a Lucía el mando del cuartel de Calahorra. En el siguiente capítulo, empieza la trama principal de la obra: cuando Lucía despierta y tiene que enfrentarse laboralmente al asesinato de una persona en su jurisdicción. Cuando acabé la novela, comprendí mejor el primer capítulo: Bescós está dejando abierta la puerta a nuevos conflictos narrativos que, probablemente, desarrollará en nuevos libros de su serie policiaca de la teniente Lucía Utrera. De hecho, en El porqué del color rojo se hacen algunas pequeñas referencias a El baile de los penitentes, el primer caso de Lucía Utrera. «Hace ya cuatro años que tuvo que enfrentarse a lo de Nuria Isabel.», nos dice el narrador en la página 34. Supuse que se estaba jugando aquí a la autorreferencia y lo comprobé en internet.

La trama principal transcurre en cinco días y, quizás, se podría achacar a Bescós el exceso de acontecimientos que hace coincidir en este escaso tramo temporal de su libro: amenaza del terrorista Kabuto, que vuelve del pasado para vengarse de Lucía, justo cuando ésta se enfrenta a un caso de asesinato, en el que pueden estar involucrados yihadistas internacionales y mafias de tráfico de personas… Pero, en cualquier caso, he decir que Bescós sale bien parado de los desafíos a los que se enfrente en su construcción literaria.
Con El porqué del color rojo Bescós ha ganado el VI premio Pata Negra de novela policiaca y también el III premio de Novela Cartagena Negra. Parecen premios bien merecidos. Esperemos que sigan las aventuras de Lucía Utrera y que Paco Bescós consiga más premios y lectores en el futuro gracias a ella.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Un paseo por la desgracia ajena, por Javier Moreno

Editorial Salto de página. 169 páginas. 1ª edición de 2017. 

Javier Moreno (Murcia, 1972) le pidió a Pablo Mazo, el editor de Salto de página, que me hiciera llegar su último libro de relatos, y éste se materializó en mi buzón. Lo cierto es que –según mi propio código ético de reseñista aficionado– no me siento con obligación de leer los libros que llegan a casa sin que yo los haya solicitado (cuando esto sí ocurre, estoy obligado, por el mismo código ético, a leerlos y reseñarlos en un periodo de tiempo razonable), y, sin embargo, decidí que sí iba a leer Un paseo por la desgracia ajena. Nunca hasta ahora había leído nada de Javier Moreno, pero sí reseñas sobre sus libros, y me parecía que sus propuestas sonaban interesantes. También he coincidido con él en diversas presentaciones de libros durante los últimos años y me parece una persona cordial, que además posee grandes conocimientos de literatura. Sabía que era profesor de instituto y había supuesto que su asignatura sería Lengua y Literatura, pero descubrí hace poco que en realidad da clases de Matemáticas (yo también he sido profesor de Matemáticas durante bastantes años y esto hace que me sienta cercano a Javier). Creo que este dato, la formación matemática, acaba siendo relevante a la hora de componer sus relatos, que reflejan (como apuntó el escritor Miguel Espigado en la presentación del libro) una mente científica. 

Un paseo por la desgracia ajena está formado por diecisiete relatos, lo que hace que los cuentos tengan una media de diez páginas (los hay de cuatro y también de más de veinte). El primero se titula Boca abajo y se desarrolla en el interior de un coche en que viaja una pareja con su hija. Es un relato tenso que tiene que ver, en última instancia, con la casualidad y las leyes del azar (aquí se puede observar esa predisposición científica de la que habló Espigado el día de la presentación). Dos relatos más comienzan dentro de un coche: Gota de ámbar y Coche fúnebre. Este dato del escenario cerrado y minúsculo me parece significativo, porque Moreno compone sus cuentos creando mundos asfixiantes y autoconscientes; reales, pero un tanto distorsionados. Gota de ámbar –el segundo cuento– es un gran relato sobre el dolor que conlleva la pérdida de un hijo. Coche fúnebre, en cambio, es más bien un relato cómico, de un humor negro un tanto desangelado, que cae en el absurdo, muy presente en este libro. 

Los relatos de Moreno no son fantásticos, pero su realismo bordea lo inverosímil y gusta de la exageración. Moreno es un gran admirador de escritores como J. G. Ballard y Don DeLillo. De hecho, hace no mucho se tradujo su novela Alma al inglés y el libro acabó en manos de DeLillo, que dedicó un comentario elogioso y manuscrito (la nota circuló por Facebook) a la escritura de Moreno. Estas influencias están presentes en este libro. 

Destaco otra idea de Miguel Espigado durante la presentación: la voz narrativa que se encuentra detrás de estos cuentos es la de una persona madura, que contempla el mundo desde el escepticismo. En este sentido me parece destacable de los cuentos las reflexiones que proponen. El texto está cuajado de sentencias interesantes sobre la realidad analizada («con mirada de antropólogo», apuntó el propio Moreno en la presentación de su libro). Por ejemplo: «La madurez es un estado ficticio, un mito sociológico que busca atemperar el deseo y el instinto a cambio del disfrute de cierta seguridad económica y emocional. A un hombre maduro le delatan sus convicciones, como si el objetivo de la vida fuese extraer un conjunto de reglas a las que atenerse y juzgar a los demás» (pág. 55); «El deseo nunca es inmediato. Uno acaba deseando lo que desea el otro. No sabemos lo que queremos hasta que alguien lo valora con su mirada. Deseamos el deseo del otro» (pág. 61); «La suerte, esa excepción estadística que actualiza lo posible y lo inviste de acontecimiento» (pág. 45). 
Me gustaría destacar también que Moreno empezó en la literatura como poeta, y esto también se aprecia en el juego metafórico de sus páginas; por ejemplo, en la página 57 leemos: «Su risa sonaba como un estante de copas haciéndose añicos». El cuento El discurso del método comienza con una cita de Mark Strand, una de las referencias actuales en la poesía mundial. 

En la presentación, Moreno apuntó que considera que la suya es una escritura de «ideas». Me gustaría comentar esto: creo que mis escritores de relatos favoritos escriben relatos de «personajes» y no de «ideas». Es decir, Jon Bilbao –uno de mis referentes actuales en cuento español– compone sus relatos (deudores de la literatura de John Cheever o Raymond Carver) creando personajes y haciéndolos interactuar con sus conflictos internos. En estos relatos se juega con la parte expuesta de los personajes y la que queda sumergida y que el lector ha de imaginar. Supongo que un escritor como Bilbao piensa en conflictos personajes y no en ideas. El propio Moreno señaló cuál podría ser uno de los peligros de componer los relatos en torno a «ideas»: separar las buenas ideas de las que se quedan en ocurrencias.
En este sentido, los cuentos que menos me gustan de Un paseo por la desgracia ajena son aquellos que me parece que se quedan cerca de la mera ocurrencia. Esto me sucedió al leer, por ejemplo, El discurso del método, sobre los pensamientos de un mimo que en la madrileña plaza de Sol imita a Descartes. Entiendo el juego, la plasmación de los pensamientos del personaje es una parodia de la escritura de Descartes. Pero no encuentro aquí interacción entre personajes, conflicto… y esto hace que el cuento se quede para mí en la ocurrencia. Como siempre, la escritura está contenida, es poética y reflexiva, pero en un cuento como El discurso del método estas virtudes no me parecen suficientes para sostenerlo. Esto mismo me ocurre con Sniper Alley, otro cuento sin interacción de personajes y que me resulta pobre. 
Sin embargo, en El sueño más dulce, pese a que sólo hay un personaje y, por tanto, podría adolecer del problema planteado arriba, la situación creada me parece más sugerente. Aquí, un hombre obeso, adicto a la ingesta masiva de caramelos Solano gana el premio de poder pasar unos días en la fábrica. Allí se quedará encerrado, en un mar de caramelos que amenazan con engullirle. Como decía al principio, las narraciones de Moreno no son fantásticas, pero muchas de ellas rozan el absurdo y lo inverosímil. Esto las hace crecer. 

Dos parejas es el cuento más largo del libro y es diferente al resto porque su fuerza recae en los diálogos de cuatro personajes y no en la narración indirecta. Dos parejas han quedado para realizar un intercambio sexual, que no parece que vaya a acabar bien. Durante una noche de borrachera se irán escupiendo algunas verdades sobre cada uno. Dos parejas es un cuento áspero e intenso. Cuando el día diez de octubre acudí a la presentación del libro a un teatro de la zona de Embajadores, llevaba medio libro leído. El siguiente cuento, que empezaría al día siguiente, era justo Dos parejas. La presentación se hizo en un teatro porque este cuento había sido representado como obra de teatro y Moreno había contactado con los actores para que volvieran a representarlo. Por supuesto, cuando a la mañana siguiente leí el relato en el autobús que me acerca al colegio donde trabajo, no podía dejar de recordar a los actores recitando el texto. Fue una sensación extraña y privilegiada. 

En un cuento como Dos camisas iguales, Moreno juega con la idea del doble y quizás este relato adolece del problema comentado antes, que al no existir interacción entre personajes se queda más en un relato de «idea» que de «personajes», lo que para mí (una idea del relato totalmente subjetiva, por supuesto) lo empequeñece frente a otras propuestas. 

Me ha resultado curiosa la lectura de En busca del fuego, porque está basado en una anécdota real que (igual que Moreno) yo le había escuchado contar a Pablo Mazo: la experiencia madrileña del 15-M como juego alucinógeno. Es un cuento divertido. 

Me dejo para el final los cuentos más destacables del libro, que serían algunos como PhoenixSelfie-vampsEl arquitecto y la modeloEllo y D. J. En ellos, Javier Moreno despliega el que para mí es su más claro talento: percibir los cambios que las nuevas tecnologías están introduciendo en nuestras vidas. Son éstos, en algunos casos, cuentos ligeramente futuristas, de una ciencia-ficción muy cercana a la realidad. En Selfie-vamps, por ejemplo, dos adolescentes se fotografían en poses desenfadadas con suicidas o personas a punto de morir detrás, buscando el éxito en las redes sociales. Un cuento muy logrado, muy inquietante. En Ello, las personas le han dejado todos sus datos a una aplicación que decide por ellos, en el supermercado, en las relaciones… 
«Resulta cada vez más infrecuente tratar con alguien sin la mediación de las redes sociales.», leemos en la página 135, y en esta frase se encuentra una de las ideas compositivas más potentes de estos últimos cuentos que destaco aquí. 


Como siempre ocurre al leer un libro de relatos, algunos de los diecisiete contenidos en Un paseo por la desgracia ajena me parecen más logrados que otros. Su lenguaje cuidado, analítico, ligeramente sentencioso, pero también poético, los une. Algunos, como ya he apuntado, se quedan en pirotecnia formal, pero los más logrados, sobre todo cuando se vuelven ligeramente futuristas, me parecen muy inquietantes, muy conseguidos. Por tanto, el Javier Moreno escritor de cuentos me parece una voz a tener en cuenta en el panorama nacional, competitivo y pequeño, del libro de relatos. 

domingo, 15 de octubre de 2017

Ya no estaremos aquí, por Matías Candeira

Editorial Salto de Página. 140 páginas. 1ª edición de 2017.

De Matías Candeira (Madrid, 1984) había leído hasta ahora tres relatos: el primero en la antología de Menoscuarto Siglo XXI, Los nuevos nombres del cuento español actual, otro en el libro La soledad de los ventrílocuos y otro en Todo irá bien. Durante los últimos años he coincidido más de una vez con Candeira en persona, sobre todo en presentaciones de libros de la editorial Salto de Página o de Candaya. Cuando José de Montfort, el responsable de prensa de Malpaso (grupo editorial al que pertenece ahora Salto de Página), me mandó al correo el dossier de prensa que anunciaba la aparición del nuevo libro de Candeira, se lo solicité. Ahora mismo estoy escribiendo de nuevo relatos, y me apetece conocer las corrientes actuales del género en España.

Ya no estaremos aquí es el cuarto libro de cuentos de Matías Candeira y está formado por nueve relatos. El más corto tiene siete páginas y el más largo veintiocho.
El primer cuento es Las estrellas miran hacia abajo. En él, un narrador en segunda persona se acerca al maestro de un pueblo, que acompaña a sus alumnos hasta las afueras de la población. «Es tarde, ¿verdad? La hora en la que deberías buscar la parte trasera de un muro, una trampilla metálica, un sótano; y meterte ahí abajo, tan profundo que te cueste salir». Con estas palabras, que crean una sensación de amenaza, empieza este relato. Ya en la primera página se narra el encuentro de la expedición con un lobo. La imagen es extraña, pero el cuento todavía se encuentra dentro de los límites del realismo narrativo. Este «realismo» se romperá poco después. El lector descubrirá que los padres de los alumnos han desaparecido. La tierra que rodea al pueblo se ha abierto en simas. «Es bastante profunda y cruza el campo de centeno con un diseño caprichoso. Prolongadamente, se va volviendo recta, y se ensancha cada vez más. De las paredes van cayendo puñados de tierra roja» (pág. 14). La violencia va ganando cada vez más terreno en este cuento. Las estrellas miran hacia abajo es un relato desconcertante, que juega con la extrañeza y la sensación de amenaza que transmite el clima creado.

Casa de nieve se acerca también al tema de la infancia y la adolescencia, muy presente en este libro. «No iré al instituto», es la frase que da comienzo el cuento. De nuevo nos acercamos a un escenario rural. Un adolescente se enfrenta a la posible muerte de su padre y a su indefensión ante la vida. En el pueblo nieva y los caminos desaparecen.
En la creación del relato que propone Candeira es muy importante la atmósfera, y para conseguir una atmósfera extraña y amenazante, uno de los recursos de los que se vale es el tiempo atmosférico (la nieve, las tormentas, o esa aparición fuera de lo natural de las grietas en el suelo del primer relato…). Casa de nieve es un cuento sobre la soledad, que puede acercarse al cuento fantástico o mantenerse dentro de los cauces del realismo (será el lector quien decida).

Ya no estaremos aquí es un libro de relatos que juega a romper las expectativas del lector. En el tercer cuento, titulado Detrás de la tormenta, Candeira cambia el tono y nos acerca a una narración, en principio más realista, que podría acercarse al género negro. Un criminal corso espera a sus enemigos en una barca en el mar y recibe, sin embargo, una visita inesperada.
Me gusta esta idea de la ruptura de las expectativas del lector; creo que beneficia las propuestas como la de Matías Candeira. Cuando el lector comienza a leer uno de sus cuentos, no acaba de estar seguro de hacia dónde se dirige. En un principio, es lógico que suponga que si los dos relatos anteriores eran fantásticos o trataban sobre adolescentes, el tercero siga siendo así. Pero las reglas mutan, los relatos de género (fantástico, realista negro…) se transforman en otra cosa y el libro sigue avanzando.

Las profundidades nos habla de la extrañeza y el miedo que siente un padre hacia las posibles rarezas de su hija, y se convierte en una narración simbólica sobre el salto entre generaciones. Me ha recordado a algunas de las narraciones de la escritora argentina Samanta Schweblin en su libro Pájaros en la boca.

El cuento Lar, narrado desde la perspectiva de un perro asesino de humanos, no me ha acabado de convencer; me parece que está contado con excesiva ambigüedad. Creo que los cuentos de Candeira funcionan mejor cuando muestra escenas más nítidas para el lector. El siguiente, El interior de un ojo, es de los más cortos, y al igual que Lar, de los que menos me han gustado. Basa su fuerza (insuficiente para mí) en el supuesto poder amenazante de unas tijeras sobre una pareja.

Bosques tranquilos es uno de los cuentos más largos del libro y sin duda mi favorito. Si lo comparo, por ejemplo, con Lar creo que elijo Bosques tranquilos porque, como lector, siento mucha más cercanía hacia la precisión de las imágenes trazadas que hacia la ambigüedad narrativa de Lar. Bosques tranquilos puede ser un relato simbólico sobre el miedo a la inmigración por parte de la vieja Europa, ya que nos acerca a una urbanización burguesa en un futuro de campos arrasados, que se siente amenazada por las personas que viven en el oscuro bosque cercano.

La instalación trata sobre la obra de un artista que explica el porqué de su arte a un grupo de visitantes. El artista se presenta aquí como un ser narcisista y cargante que, bajo la supuesta premisa del sufrimiento que ha padecido en el pasado, se permite más de una licencia inverosímil. Me gusta que La instalación no acaba de ser un cuento abiertamente fantástico, pero su tratamiento no es realista, porque las reacción de los personajes ante las situaciones propuestas no lo es, sino que sería más de estirpe kafkiana o expresionista, una corriente del relato neofantástico muy practicada en la actualidad en Argentina, por autores como la citada Samanta Schweblin, Federico Falco o Tomás Sánchez Bellocchio.

Por fin, Hija pródiga es un curioso relato apocalíptico, con muertos que regresan de la tumba convertidos más en monstruos que en zombis, pero que también, como otros cuentos de Ya no estaremos aquí, trata de la soledad de la adolescencia y del deseo.


Decía al principio que, hasta ahora, no había leído ningún libro completo de cuentos de Matías Candeira, uno de los jóvenes cuentistas más reputados de España, y me ha gustado hacerlo por fin. Me gustan sobre todo –como ya he apuntado– los cuentos más nítidos en sus imágenes que los que juegan excesivamente a la ambigüedad. Candeira es un escritor imaginativo, un gran dibujante de atmósferas inquietantes (en este sentido creo que podría ser un admirador del escritor de cuentos de terror Thomas Ligotti). Pero en esa habilidad puede encontrarse también una de sus debilidades: en algunos casos le cuesta, tras dibujar el atractivo escenario, crear en él una historia potente, y el relato se queda en la muestra de personajes caminando por ese escenario. Pero tampoco creo que sea éste el rasgo predominante de este autor, porque el lenguaje de Candeira es muy cuidado, y su propuesta, atractiva en la mayoría de las páginas aquí expuestas, destacando piezas tan inquietantes y logradas como Bosques tranquilos, Las estrellas miran hacia abajo o Las profundidades.

domingo, 24 de septiembre de 2017

La línea del frente, por Aixa de la Cruz

Editorial Salto de página. 177 páginas. 1ª edición de 2017.

De Aixa de la Cruz (Bilbao, 1988) leí en 2015 su libro de relatos Modelos animales (Salto de página, 2015), un libro del que guardo un buen recuerdo. Cuando en mayo de este año, Pablo Mazo –el editor de Salto de Página– me comentó que después del verano iba a sacar una novela de Aixa de la Cruz me la apunté para pedírsela, a pesar de que al contarme el argumento me la destripó casi entera. No pasa nada, mi interés por la lectura es capad de vencer cualquier spoiler.

Pese a su juventud, La línea del frente es la tercera de De la Cruz, que empezó a publicar en 2007; es decir, a los dieciocho o diecinueve años.

La protagonista y narradora de la novela es Sofía Rodríguez Icaza, de veintinueve años y originaria de Bilbao. En el primer capítulo, Sofía llega a la casa de veraneo que su familia posee en una urbanización de Laredo, cuando ya ha pasado la temporada turística. Esto hace que sólo vaya a encontrarse allí con Agustín, el conserje; con un hombre, diez años mayor que ella y que vive en una casa ubicada en otra urbanización, un posible drogadicto que se pasa los días vegetando; y un gato. «Ya estamos todos. Personajes de una novela de aventuras. En esta orilla, Robinson Crusoe, y en la opuesta, el Castillo de If, la prisión de el conde de Montecristo.», así acaba el primer capítulo en la página 22.
El conde de Montecristo, insinuado en el párrafo anterior, es Jokin, novio del instituto de Sofía, y que en la actualidad cumple condena en la prisión de El Dueso, cerca de la casa de Sofía en Laredo.
Sofía se ha mudado desde Barcelona (dejando a su novio Carlos) a Laredo con un doble propósito: quiere acabar de escribir la tesis que tiene entre manos sobre el escritor y exetarra Mikel Areilza, que se suicidó en Argentina al adentrarse en el Río de la Plata con los bolsillos llenos de piedras (igual que Virginia Woolf, se dice en el texto); y también desea poder verse con Jokin, con quien ha vuelto a cartearse después de haber finalizado su noviazgo una década atrás.

Sofía se ha vuelto a interesar por Jokin desde que, dos años antes, lo vio en la televisión, cuando se encontraba en Barcelona. Jokin participaba en un enfrentamiento con la Ertzaintza, que tiene lugar cuando unos manifestantes tratan de defender a un rapero al que querían detener por unos comentarios en redes sociales, en los que enaltecía el terrorismo. Después del alto el fuego de ETA, la Ertzaintza sigue actuando en el País Vasco con la contundencia de los peores tiempos del terrorismo, parece considerar Sofía.
Sofia empieza a sentir que ella nunca se involucró, de ningún modo, en el llamado «conflicto vasco», que su familia adinerada siempre hizo esfuerzos para acercarla al mundo de la cultura, mientras que la alejaba del de la política. Sin embargo, siente ahora, Jokin sí tomó el camino de la significación, algo que empieza a considerar como una decisión valiente, y que puede hacerle ahora contemplar a su exnovio bajo el prisma del «heroísmo». Esto la llevó a contactar con él en la cárcel y a iniciar una correspondencia que le ha hecho dejar a su actual novio, al hacerle revivir una relación del pasado. En Laredo empezará a visitarle en la cárcel, mediante encuentros ordinarios, a través de un cristal, y otros con vis a vis.

La fijación de Sofía por el escritor Mikel Areilza proviene de su renovado interés por Jokin. Entre los dos empieza a establecer paralelismos, hasta el punto de querer indagar en los motivos de la lucha política de Jokin igual que lo hace en el pasado de Areilza al escribir su tesis. Para tratar de alumbrar la vida de Areilza, Sofía dispone del diario del escritor argentino Arturo Corazowski, quien trató en Buenos Aires con Areilza porque consiguió embarcarlo en el proyecto teatral del «biodrama». Éste consistía en subir al escenario a una persona real para que hiciera de sí mismo y observar cómo puede uno cambiar su historia o su pasado al sentirlo como una representación. Algo que pudo destrozar a Areilza y, tal vez, conducirlo al suicidio.

Esta idea del «biodrama» es importante en la construcción de la novela, puesto que en La línea del frente De la Cruz se ha propuesto reflexionar sobre la influencia que tienen las ficciones en nuestra mirada sobre el mundo. En la página 114 podemos leer: «Mi gran pecado ha sido siempre la inacción, la parálisis. Durante veintisiete años no hice nada heroico ni ruin salvo dejarme contagiar por aquellos vivas a ETA que se coreaban al final de los conciertos, mirar hacia otro lado, pero sin saber, siquiera, que lo hacía. No tengo derecho al examen de conciencia del que tanto se habla últimamente; nadie quiere que yo pida perdón. El cómputo suma cero. Y aunque es paradójica esta culpa por no haber cometido ninguna falta, es culpa, después de todo. La culpa inútil del empresario al que atormentan las hambrunas, la culpa que me inoculó Jokin cuando irrumpió en mi burbuja a través de una pantalla de plasma.»
Sofía parece experimentar hacia Jokin una doble culpa: la de su inacción y la de la mala conciencia de clase, puesto que, aunque compartieron aulas en el instituto, ella pertenecía a una clase social más alta que la de él. «A finales de los ochenta, cuando se implantó el modelo de inmersión lingüística en vasco, los colegios públicos se llenaron de clase media-alta, de la prole de abogados y políticos nacionalistas que querían predicar con el ejemplo. Mis padres, a quienes era indiferente aquella lengua que jamás aprendieron, se dejaron llevar por la moda.» (pág. 19). Además, para ella Jokin supone un misterio, puesto que no consigue averiguar cuáles son los motivos que le llevaron a enfrentarse a la policía y que le condujeron a la cárcel.

La novela comienza con un tono intimista, puesto que Sofía ha decidido recluirse voluntariamente en la casa de una urbanización sin vecinos, y con muy pocas ocasiones de interactuar con otros seres humanos (el conserje, el vecino de la otra urbanización y Jokin). Pero no toda la novela está escrita con la voz narrativa de Sofía, puesto que el lector puede acercarse a algunas de las páginas de los diarios de Arturo Corazowski, referidas a su relación con Mikel Areilza. Además los encuentros en la cárcel entre Sofía y Jokin están narrados como si se tratasen de actos teatrales, con diálogos y anotaciones en tercera persona de este estilo: «Desde el lado opuesto del cristal, Jokin imita el gesto y sitúa su mano sobre la silueta de la mano de Sofía.» (pág. 53). En estos capítulos, de un modo sutil, se índice en la idea de la representación, en la idea acerca de cómo la concepción narrativa de nosotros mismos o de los demás cala en nuestra forma de actuar.
Muchas de las comparaciones de la novela son muy actuales, abundando las referencias a series de televisión, pero también a textos literarios más clásicos.


La línea del frente es una novela relativamente corta, pero compuesta por múltiples capas. En muchas páginas, el lector tiene la sensación de que las ideas expresadas en el texto están simplemente sugeridas y que le corresponde a él llevar a cabo una labor de indagación en sus significados. Esto le hace leer en un estado de alerta permanente. Posiblemente, Aixa de la Cruz podría haber escrito una novela mucho más larga, mostrando el pasado de los personajes, por ejemplo, pero ha escrito un libro de 177 páginas y éstas parecen suficientes para sustentar su mundo de sugerencias y escenas a media luz. He tardado poco en leer el libro, me apetecía seguir leyendo cuando lo tenía en las manos. Me ha gustado La línea del frente

domingo, 30 de julio de 2017

Resort, por Juan Carlos Márquez

Editorial Salto de Página. 122 páginas. 1ª edición de 2017.

De Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) había leído hasta ahora tres libros: dos de relatos, los titulados Llenad la tierra (2010) y Norteamérica profunda (2008), y la novela Los últimos (2014). Márquez ha estado, durante unos meses, colgando en Facebook fragmentos de su nueva novela, Resort y, por tanto, ya conocía un poco cómo iba a ser antes de que apareciera en el mercado. Tengo buena relación con Pablo Mazo, el editor de Salto de Página, y tras ver el libro ya editado en la presentación de Ya no estaremos aquí de Matías Candeira, quedamos en que me lo enviaría para que lo leyese y reseñase. Un sábado al mediodía tomé algo con Pablo Mazo en la Feria del Libro de Madrid y le acompañé a las oficinas de la editorial, donde debía coger unos libros para llevarlos a la Feria, y ya de paso me llevé mi ejemplar de Resort a casa. El libro se encontraba, dentro de un sobre, en una pila de ejemplares de prensa. No tener que esperar al cartero, me permitió acercarme al día siguiente, domingo, de nuevo a la Feria para que Juan Carlos Márquez me pudiera dedicar el libro. Si en mi ejemplar de Los últimos me dibujó una nave espacial esta vez he podido leer Resort con una sombrilla, unas palas y un cubo dibujados por el autor.

Si Los últimos era una novela de ciencia-ficción, con algunos toques de serie B y de cómic, bastante minimalista, Márquez vuelve en Resort a escribir otra novela corta. En cierto modo, parece que se ha propuesto trasladar las premisas de la escritura de relatos a las de la novela, adelgazando sus propuestos hasta llevarlas a su esencia narrativa. He visto más de un estado de Facebook, donde alguien enlazaba a Márquez, junto con una foto de Resort, para comentarle que había leído su libro, destacando la idea de haberlo hecho de un tirón. Efectivamente Resort es una novela para leerla de un tirón; aunque yo, por diversas circunstancias logísticas, tuve que terminarla en dos tirones.

El lector de la novela, al abrir el libro, se acerca a una familia media española en el momento exacto en el que los progenitores reciben dos llaves al llegar a la recepción del hotel de veraneo. La imagen no es casual («Coge las dos tarjetas llave que le ofrece la recepcionista y le entrega una a su mujer.», página 9), los personajes están atravesando un umbral, el que va de sus vidas cotidianas al supuesto placer de la vacaciones en un hotel, o en un «resort» vacacional en una playa de España, a quinientos kilómetros de su rutina.
Son dos los motivos narrativos que se entrecruzan en este libro: Por un lado tenemos una crítica de costumbres de las clases medias españolas de vacaciones en un hotel familiar; y por otro una investigación policiaca, puesto que en el hotel al que han acudido los protagonistas de la novela pronto desaparece un niño alemán y la policía ha infiltrado a agentes entre los veraneantes para tratar de encontrar alguna pista.

Márquez designa a su familia protagonista con los nombres genéricos de «el hombre», «la mujer» y «el hijo». De esta forma, el pequeño núcleo familiar pasa a ser un arquetípico dentro de su ácida crítica de costumbres (este juego con las denominaciones da pie a leer alguna expresión un tanto forzada: «El hijo del hombre y la mujer permanece ajeno (…)», leemos en la página 25.

A la principal pareja de policías jóvenes, infiltrados en el hotel, también se les hurta el nombre y, cuando no son «el policía» o «la policía», son designados por los seudónimos que les otorga su jefe para la misión, que son «Lactante» para él y «Darth Vader» para ella.
En realidad, el único que tiene en Resport un nombre propio es el personaje ausente, el niño alemán desaparecido Bingham Waas.

En capítulos cortos, de escritura concisa ‒aunque con más de un destello metafórico‒, Márquez clava las garras de su ironía sobre la comida del hotel (intercambiable entre unos y otros), o sobre el afán de propietarios que tienen los veraneantes al delimitar su territorio en la playa, o con toallas sobre las tumbonas de la piscina.
Para los jóvenes policías, Márquez deja la tentación del deseo furtivo en los hoteles; sobre todo por parte de «Lactante» que acaba de ser padre y, en los escasos días que constituyen el tiempo narrativo de la novela, encuentra más atractiva a su compañera de trabajo que a su mujer.
No faltan tampoco las bromas sobre las insustanciales noticias de los telediarios en verano (en este caso sobre una granizada en un pueblo).
Los capítulos de Resort son cortos; en muchos casos, sus frases también. De hecho, en más de un caso, se omite de ellas el verbo y se separan frases que, en principio, parecía que necesitaban comas: «Un mar en calma. Estancado. Una gran bañera de olas moribundas, muy separadas.», leemos en la página 14. Todo esto trasmite una sensación de rapidez a la lectura. Las metáforas insisten en crear un ambiente sarcástico ante la supuesta felicidad de las vacaciones: «Hay que dirigir el chorro de la ducha hacia la arena, esa sedimentación del día de playa. La alcachofa a pocos centímetros. Guiar la arena como se guía a los soldados prisioneros, a culatazos, con apremio, hasta el agujero.» (pág. 15) o bien «El niño va corriendo hasta el límite entre la arena y el mar y se queda quieto un momento, mirando el agua. Con un poco de quietud acaso y muchas ganas de entrar. Como un inmigrante ante una frontera.» (pág. 14)


La novela está narrada en tercera persona, y los capítulos sobre la familia y la pareja de policías se van alternando. Mediante el recurso del estilo indirecto libre, el lector se acerca más a la visión masculina de las situaciones (puntos de vista de «el hombre» y «Lactante») que a la femenina.
La familia intenta disfrutar de las vacaciones, aunque «el hombre» tiene que hacer esfuerzos por no enfadarse con los otros veraneantes o con las situaciones que se dan en el resort y que considera injustas. Esto hará que una violencia subterránea, cuyas raíces posiblemente se encuentren en la vida cotidiana que «el hombre» ha dejado a quinientos kilómetros, vaya macerándose hasta acabar apareciendo en la superficie del relato.
Además de esta violencia, que retrata nuestra vulgaridad de ciudadanos medios, en la novela se insinúa otra violencia más preocupante: ¿qué ha pasado con el niño alemán Bingham Waas? La policía ha infiltrado a agentes en el hotel y nadie puede abandonarlo durante las setenta y dos horas que siguen a la desaparición del niño. Los veraneantes pueden entrar y salir del complejo hotelero, pero no pueden volver a sus casas hasta que no transcurra ese tiempo. Los policías parecen desorientados, no hay pistas del niño y el suceso está a punto de saltar a los telediarios alemanes y españoles, lo que puede estropear la temporada turística del país.
Pese a que una de sus líneas argumentales es la policial, en realidad en Resort prima la crítica de costumbres sobre el thriller.

Le pregunté a Pablo Mazo, el editor de Salto de Página, si era una buena idea sacar esta última novela de Juan Carlos Márquez tan cerca del verano, cuando sé que muchas editoriales esperan a septiembre-octubre para comenzar el nuevo curso y hacer aparecer sus novedades. Él me contestó que Resort es una novela que, precisamente, había que lanzar justo antes del verano. Ahora que ya la he leído, cobran para mí relevancia sus palabras. Juan Carlos Márquez ha escrito una ácida novela corta sobre la familia media española, con niño pequeño, en un complejo hotelero de la costa, un escenario reconocible por todos. La crítica de costumbres, principal motivo de la novela,  queda rebajada con la escusa narrativa de un policial difuso. Una novela breve para leer de un tirón y pasar un buen rato «a la sombra con un granizado», como me escribió Márquez en la dedicatoria que me firmó en la Feria del Libro de Madrid. Una novela irónica sobre «El verano y las apariencias. El querer ser felices. El querer dejarse engañar porque es la única manera de ser felices.» (pág. 18)



domingo, 16 de julio de 2017

Ni temeré las fieras, por Miguel Salas Díaz

Ni temeré las fieras, de Miguel Salas Díaz.
Editorial Salto de Página. 214 páginas. 1ª edición de 2017.

Conocí a Miguel Salas Díaz (Madrid, 1977) en la Feria del Libro de Madrid hace dos años. Acabamos tomando algo, junto con otras personas vinculadas al mundo del libro, en el Barandana, un bar de Retiro que queda cerca de mi casa. Miguel también vivía cerca (somos vecinos) y me ha hecho gracia leer ahora, en la nota final del libro, que éste había sido escrito en cafeterías de Taichung, Ferrol y en el propio Barandana.

En mayo, Miguel leía microrrelatos en el bar-librería Vergüenza ajena, y me pasé por allí para escucharle y tomar algo con él, con su editor ‒Pablo Mazo‒, y otros autores de Salto de Página como Francisco Bescós. Al final de la noche me compré el libro de Miguel y pude llevármelo firmado. Sé que Pablo Mazo me lo habría enviado a casa para que lo comentara, pero yo estaba en el Vergüenza ajena, me lo había pasado bien y me gusta contribuir a la buena marcha de las librerías y el negocio editorial. Soy un neokeynesiano del mundo literario.

Miguel Salas es doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, y trabajó como lector de español en la Universidad L´Orientale de Nápoles. Esta experiencia le ha servido como sustento corporal de su primera novela, puesto que su protagonista, el gallego Roberto Reigosa, ha estudiado también literatura en la universidad de Santiago de Compostela, y se traslada a Nápoles para trabajar como lector de español en L´Orientale. Aunque Salas ha nacido en Madrid, ha vivido mucho tiempo en Ferrol, su familia es de allí, y él se considera gallego.

La novela está contada por la voz narrativa de Roberto, que ‒aunque la descripción de escenas es muy viva, con profusión de diálogos en español o italiano‒ más de una vez nos recordará que está evocando una historia del pasado y que lo narrado sucedió hace ya un tiempo (en la primavera de 2003). Así, leemos en la página 7 (primera del libro): «Podría decirse, a la luz de lo sucedido después, que desde el primer momento comprendí que aquella llamada de teléfono cambiaría mi historia para siempre.»

Roberto, de unos veinticinco años, llega a Nápoles en un momento en el que siente que su «vida estaba al borde del abismo, tan dispuesta al cambio, tan madura y repleta de jugo» (pág. 7). En cierto modo, quiere retomar la relación que tuvo con Maddalena en Santiago de Compostela y alejarse de Iria, su novia de toda la vida, de su misma aldea gallega, a la que ha engañado con Maddalena, pero que no se siente con fuerzas para dejar.

La novela empieza con un gran sentido del ritmo, dibujando escenas rápidas y repletas de diálogos, en español e italiano (las frases en italiano se suelen entender, aunque no del todo, y esto consigue trasmitir al lector la confusión del recién llegado al país extranjero del que desconoce el idioma), donde prima el reflejo narrativo de los encuentros de Roberto con distintos personajes (procedentes de la universidad, de las posibles casas que visita para compartir una habitación, o los locales en los que toma té y no café…).

Al principio pensaba que la novela iba a ser una comedia amorosa, porque además del triángulo Iria-Roberto-Maddalena, también se le insinúa al protagonista la bella Valentina, de treinta y cinco años (y por tanto una mujer madura para el joven Roberto), que va a ser su jefa en el departamento de Lengua Española de la universidad.
Los encuentros descritos con los diferentes personajes que conoce Roberto, durante sus primeros días en Nápoles, siempre resaltan sus peculiaridades, que parecen algo exageradas para resaltar el lado excéntrico y cómico de sus personalidades. Entre el elenco de nuevos conocidos que aparecen en su vida, podemos destacar a Michele Bellini, un anciano que luchó en la Guerra Civil española del lado franquista y luego a favor del fascismo italiano. Roberto se hará amigo de su hijo Jacopo (que habla perfectamente español, puesto que su madre lo era), gracias a un libro de R. L. Stevenson.

En el tono de comedia inicial (presentación de amoríos y personajes peculiares) se van filtrando apuntes más siniestros, como la contemplación ‒en las primeras páginas‒ del apuñalamiento en la calle de un hombre. La camorra domina la ciudad y ésta (además del sentimiento religioso, en muchos casos supersticioso) es una cara que se le muestra a Roberto desde el principio.
Cuando pensaba, al principio, que Ni temeré las fieras (el título está tomado de un verso de San Juan de la Cruz) iba a ser una comedia romántica, su tono de opereta italiana me estaba recordando al que usa el escritor siciliano Gesualdo Bufalino en Argos el ciego. Quizás sentía esa afinidad por la cercanía geográfica entre Nápoles y Sicilia, pero el tono empleado por Miguel Salas, juguetón y burlesco, me estaba recordando al del treintañero Bufalino en aquella novela de amoríos y roces de ciudad pequeña, donde también se encontraba la mafia de fondo. Sin embargo, más tarde, la novela de Salas empieza a tomar otro sendero: Roberto será testigo de un doble asesinato y su vida y la de sus amigos empezará a correr peligro, llevando a Ni temeré las fieras por los caminos del thriller: «No tenía la cabeza puesta en la lectura, sino en todo aquel embrollo incomprensible de mafiosos, atracos, teléfonos bumerán y mutilaciones salvajes en que se había convertido mi vida», leemos en la página 141.

Hacia la mitad de la novela, el lector debe aceptar un pacto con el escritor: el lector sabe que Miguel Salas ha estado en Nápoles, trabajando de lector en la universidad, y que más de una de las escenas descritas en su libro deben estar basadas en situaciones que vivió allí; lo que el lector no imagina es que se viera envuelto en una serie de asesinatos. ¿Qué habría hecho una persona real en el caso de saber que es perseguido por peligrosos criminales que le quieren eliminar por ser testigo de un doble asesinato y que no puede fiarse de la policía, posiblemente corrupta? Lo más normal es que hubiera abandonado Nápoles a bastante velocidad. Pero Roberto se queda allí y se involucra hasta el fondo en los acontecimientos azarosos y turbios en los que se ve envuelto. El escritor le pide, entonces, al lector, hacia la mitad de la novela, que se siente con él y que firmen los dos un pacto sobre el concepto de verosimilitud en la ficción. El lector está contento, leyendo la novela, y los personajes propuestos le parecen atractivos, así que decide firmar. Es una buena elección, porque la novela sigue avanzando a buen ritmo y sigue siendo (pese a haber mutado, en parte solamente, de comedia a thriller) muy entretenida.
Para firmar el pacto comentado, el lector debería recordar que el nexo de unión entre Roberto y la familia Bellini (padre e hijo), es el libro de Stevenson que el hijo estaba leyendo en el momento de conocerse. Stevenson es la clave, puesto que al final Ni temeré las fieras es una novela de aventuras, en la que un joven tendrá que atravesar varios trances (amorosos o violentos) para convertirse en adulto.
«Todo relato ha de resolver una incógnita, y don Michele es el misterio central de este que toca a su fin y en el que yo solamente fui ‒ahora lo comprendo‒ un personaje secundario; ayudé, sin pretenderlo, a precipitar una tragedia que tuvo su origen en una lejana guerra y llevaba décadas gestándose», leemos en el epílogo del libro.

Miguel Salas ganó en 2011 el premio Hiperión con el poemario Las almas nómadas y en 2007 el Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid con el poemario La luz. Ni temeré las fieras es su debut en la novela. El pasado de poeta de Salas se aprecia sobre todo en las descripciones atmosféricas de Nápoles, destacando las apreciaciones sobre los cambios de la luz.

Con Ni temeré las fieras, desde la comedia de enredos amorosos y el thriller sobre la camorra italiana, Miguel Salas ha escrito ‒apelando a la felicidad del narrador stevensiano que todo escritor debería llevar dentro‒ una entretenida y meritoria novela de aventuras.

domingo, 2 de abril de 2017

Física familiar, por Jon Bilbao.

Editorial Salto de Página. 171 páginas. 1ª edición de 2014.

Ya comenté la semana pasada que, de los libros publicados en 2016, aún me faltaba por leer Estrómboli de Jon Bilbao (Ribadesella, 1972), a pesar de que presentía que era un libro que me iba a gustar, como al final así fue. Una vez que acabé Estrómboli, me apeteció seguir con Bilbao, puesto que tenía en casa Física familiar, la cuarta de sus colecciones de relatos. Física familiar lo compré en la Feria del Libro de Madrid de 2014, un día que estaban en la caseta de Salto de Página Jon Bilbao, que me lo dedicó, y su editor Pablo Mazo. Creo que no lo leí de forma inmediata, algo que habría sido natural, porque en aquel momento ya era un gran admirador de sus dos colecciones de relatos publicadas hasta la fecha (Como una historia de terror y Bajo el influjo del cometa). Compré Física familiar pensando que era el «nuevo libro de relatos de Jon Bilbao» y luego descubrí que en realidad estaba formado, en gran parte, por piezas ya publicadas, en más de un caso con anterioridad a los dos libros que cito.

Física familiar se abre con tres relatos largos, que, como el autor apunta en una nota final, constituyeron su primer libro de relatos publicado, con el escueto título de 3 relatos (editorial Nobel, 2006). El titulado Física familiar es el primero. En él, Bilbao nos narra los entresijos que configuran la convivencia de una pareja. Si éste es el primer cuento que publicó el autor, podemos afirmar que en él ya estaba definido su estilo: un fraseo parco, que en su deseo de captar el detalle fino no elude la imagen poética. En primer plano se narra una historia que tiene que ver en parte con la violencia (en este caso un accidente de tráfico) y en segundo plano el lector descubre aspectos ocultos de la vida en pareja de los personajes, abundando en el uso de la analepsis narrativa. Quizás aquí, con la presencia simbólica de una tarta, he sentido, más claramente que en otros cuentos, la influencia de Raymond Carver (lógicamente pensé en la narración Parece una tontería).
El segundo cuento, Preludio y consecuencias de un encuentro nocturno ‒en el que aparece un perro violento‒ me ha parecido una primera versión del relato Soy dueño de este perro, aparecido en el volumen Bajo el influjo del cometa.
En Pequeñas imperfecciones nos encontramos con otro relato sobre las pulsiones subterráneas de una pareja.

De estos tres primeros cuentos, me llama la atención que no aparezcan citados los lugares donde transcurren las historias. El lector los lee como si estuvieran situados en España, pero no hay ningún apunte al respecto. Esto supone un contraste con los relatos de Estrómboli, ya que en la mayoría de estos últimos el paisaje físico en el que estaba situada la acción (Reno, San Francisco, Nueva Zelanda…) acababa convirtiéndose en un personaje más. Me han gustado estos tres cuentos iniciales. No al nivel de los contenidos en Estrómboli, pero es cierto que en ellos se reconoce perfectamente el buen hacer de Bilbao.

En la segunda parte podemos leer cuentos aparecidos en antologías de relatos.
En Paso a paso hasta el final del día, un hombre regresa al pueblo de su infancia para enterrar a su padre. Como había leído antes de empezar el libro la nota final, ya sabía que este relato había aparecido en una antología de relato fantástico, de modo que ya suponía que el realismo de lo leído en los tres anteriores habría de quebrarse en algún momento. Lo hace, pero de una manera muy sutil (podemos encontrarnos aquí, al estilo Henry James, con un cuento de extraterrestres o de locura). Me ha gustado bastante.
No me gusta, sin embargo, el relato siguiente, titulado Un anexo al génesis. Un relato ajeno al universo creativo de Bilbao, una narración descriptiva de un mundo fantástico sin presentar personajes concretos.
Con un número de páginas similar al anterior (bastante inferior a la media de un relato de Bilbao), sí que me gusta bastante Prueba de amor. De nuevo, volvemos al tema de las parejas y los hilos ocultos que las mueven.

Me ha gustado Horror a bordo del Boris Butoma, un cuento que apareció en la antología Rusia imaginada (Nevsky Prospects, 2011), ambientado en la Rusia más polar. Recuerdo que, en esta misma antología, había un cuento de Óscar Esquivias, que leí en su libro Andarás perdido por el mundo, y que también me pareció bastante bueno.

En la tercera parte del libro podemos leer tres relatos inéditos. Podríamos suponer que son posteriores a los aparecidos en Como una historia de terror (2008) y Bajo el influjo del cometa (2010); pero, como en general me parecen de un nivel algo inferior a la media de estas colecciones, puedo aventurar que quizás se trate también de descartes de los libros anteriores.

Un viejo con suerte podría ser un relato arquetípico de Bilbao: en él asistimos a la relación que existe entre dos parejas jóvenes, en un momento en que un elemento exterior provoca que se muestren las pulsiones violentas que llevan dentro. Es un buen cuento, pero creo que en los relatos de Estrómboli se conseguía una mayor emoción; el lector acababa conociendo mejor a los personajes que aquí.

En El becerro de Lego Bilbao se acerca al cuento de terror. Esto me gusta, sobre todo teniendo en cuenta que uno de los primeros cuentos suyos que leí fue precisamente Como una historia de terror, y que yo asociaba a Bilbao con cierta querencia por la temática pulp. Además, aquí el autor ensaya un nuevo enfoque narrativo: el del género epistolar. La historia sobre unos niños siniestros que desean el mal para sus padres consigue resultar bastante inquietante.

El eremita me ha sorprendido porque, sin esperarlo, Bilbao nos propone en él un cuento histórico, ambientado en la guerra entre el persa Ciro y su hermano Artajerjes II. Un cuento que muestra la violencia más descarnada. Es un cuento raro dentro de la producción del autor.


Entre Estrómboli y Física familiar me quedo con el primero, un libro más maduro y redondo que éste. Y si alguien no ha leído a Jon Bilbao y quiere acercarse a él, desde luego no le recomendaría empezar por Física familiar. Este libro es para los lectores que, como yo, pensamos que Jon Bilbao es uno de los mejores escritores de relatos actuales de España, que ya hemos leído Como una historia de terror, Bajo el influjo del cometa y Estrómboli y queremos más. Si Jon Bilbao fuese un músico de rock, Física familiar sería su disco de rarezas y caras B. A mí también me gustan los discos de rarezas y caras B de, por ejemplo, Nirvana. Física familiar es un libro para admiradores de Jon Bilbao; lo bueno es que, sin estar a la altura de sus demás colecciones de relatos, no defraudará a sus lectores.

domingo, 14 de agosto de 2016

El costado derecho, por Francisco Bescós

Editorial Salto de Página. 330 páginas. 1ª edición de 2016.


Conocí a Francisco Bescós (Oviedo, 1979) en una presentación de Salto de Página. Luego supe que tenía aceptada en esa editorial su novela El costado derecho, que se ha publicado en 2016. Desde aquel primer día hemos coincidido en algún evento literario más en Madrid (presentaciones de libros, la Noche de los Libros…) y siempre me ha parecido una persona muy divertida y cercana. Cuando supe que la publicación de El costado derecho era inminente, le escribí a su editor, Pablo Mazo, para que me mandara el libro y así poder hacerle una reseña. Como le comenté a Pablo, además, que tenía pensado acudir a la librería Tipos infames el día de la presentación, en vez de enviármelo por correo me lo entregó en mano en la propia librería. La presentación de El costado derecho, que corrió a cargo del periodista cultural Daniel Arjona, fue muy entretenida.

En la presentación, entre Arjona y Bescós desgranaron algunas de las claves de El costado derecho. Me llamó la atención, sobre todo, la referencia a la historia bíblica de Job. Carlos Nogueroll –el protagonista de El costado derecho–, catalán afincado en Madrid, podría erigirse en paradigma de los años por los que ha pasado últimamente nuestro país: empresario de la construcción durante la época de la burbuja económica, todo parecía ir bien para él. Tenía una empresa pequeña, pero próspera, una mujer y un hijo. En el verano de 2010 –el tiempo narrativo de la novela– su suerte ha cambiado: su empresa quebró y ahora trabaja como dependiente en el Leroy Merlín del Parque del Oeste de Alcorcón; su mujer –Ángela– le ha dejado por otro, y su hijo –Mateo–, que se está convirtiendo en un consentido niño obeso, empieza a llamar «papá» a la nueva pareja de su exmujer. Pero no acaban aquí las desgracias para Nogueroll: debido a un error médico, en una operación en apariencia sencilla le extraen un riñón sano. Un riñón que parece convertirse en el símbolo narrativo de la crisis de un país en el que las personas no sólo han sufrido pérdidas económicas, sino otras más profundas, que tienen que ver con la identidad personal (simbolizada, como apunto, por la mutilación física).

A Job la vida le va bien y es un gran creyente. Pero Satán reta a Dios: privará a Job de sus riquezas y de su familia para comprobar si su fe sigue intacta. Nogueroll no acaba de entender qué le está pasando y, al igual que ocurría con Job, parece acabar creyendo que es objeto de una gran conspiración. El libro nos ofrece una trama de corrupción y de tráfico ilegal de órganos en la que, además de las personas más ricas del país, pueden estar involucrados el gobierno o los extraterrestres.

Las fantasías paranoicas de Nogueroll se activan al entrar en contacto con Gonzalo Montes –Gonzom, en las redes sociales–, su compañero en Leroy Merlín. Gonzom es un magufo. Una palabra que tanto Arjona como Bescós usaron con entusiasmo en la presentación y que, a pesar de que no aparece en el DRAE, podría definirse así: «Quien ejerce o “investiga” una pseudociencia. Puede ser un reportero de revista ufológica, un astrólogo o vidente, un divulgador, o un “activista” con cierta influencia. A diferencia del crédulo, está activamente comprometido con su pseudociencia, posiblemente a nivel profesional» (la fuente es una web de Ono).

Gonzom está convencido de que el gobierno nos oculta la verdad: las visitas de los extraterrestres o la extracción de órganos para investigaciones ajenas a la Tierra. Un cada vez más desequilibrado Nogueroll acabará dejándose convencer por las delirantes ideas de Gonzom y su equipo de investigadores exopolíticos.

En la contraportada del libro se define la novela como «tragicomedia quijotesca cargada de humor surrealista», y es una definición que me parece acertada, pero más de una vez me he encontrado pensando que si bien Gonzom podría ser un Quijote moderno, alguien que en vez de haber leído novelas de caballerías ha pasado demasiado tiempo en internet leyendo páginas de investigaciones con escaso rigor científico, Nogueroll, más que un Sancho Panza, funciona en la narración como una especie de Ignatius J. Reilly, el personaje creado por John Kennedy Toole en La conjura de los necios. Nogueroll, como Ignatius, se lanza al mundo convencido de poseer una verdad que va a chocar en más de una ocasión con la realidad que le rodea.

Gran parte de El costado derecho está escrito en segunda persona (en otros momentos leemos los fragmentos de un diario que empieza a escribir Nogueroll). El narrador interpela constantemente a Nogueroll sobre el sentido o el sinsentido de sus acciones. Este recurso, que podría parecernos anticuado, propio de las novelas del siglo XIX (en la página 99, Bescós escribe, por ejemplo: «Relatemos a continuación, Nogueroll, lo que pasó aquel día»), se usa aquí con intenciones cómicas, ya que la mirada y las interpelaciones del narrador a su personaje suelen ser irónicas y en ocasiones sarcásticas. A pesar de la mirada del narrador sobre él, Nogueroll resulta un personaje tan patético que el lector acabará acercándose a él con compasión, perdonándole sus múltiples meteduras de pata y las miserias de las que es capaz.

El costado derecho es la segunda novela de Francisco Bescós. Antes había publicado El baile de los penitentes, con la que ganó el Certamen Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona y que fue editada por Almuzara. Comento esto porque uno de los puntos fuertes de El costado derecho es la consistencia de su trama, algo que acaba siendo primordial para escribir una novela negra. En El costado derecho, además de magufos, paranoia y sociedades secretas y delirantes, también nos encontramos con abogados, más o menos corruptos, y detectives privados, más o menos oscuros; con pistolas y cúteres escondidos en bolsillos. El costado derecho no es exactamente una novela negra, pero, en algunas ocasiones, de forma paródica o humorística, se acerca al género, igual que puede coquetear con la ciencia-ficción.

Me comentaba Francisco Bescós, en la última ocasión en la que nos vimos, que se había sentido más libre estilísticamente al escribir El costado derecho que cuando escribió El baile de los penitentes, puesto que el estilo de esta última era más seco, más desprovisto de metáforas y adjetivos. El estilo de El costado derecho, siendo funcional en muchas ocasiones, también gusta de la metáfora y el juego (en más de un capítulo la narración –y el estilo contribuye a ello– tiende al disparate y al estilo zumbón de las novelas de detectives de Eduardo Mendoza).

El costado derecho tiene 330 páginas. Lo comentaba el otro día con Francisco: algunos capítulos se podían haber suprimido y la trama de la novela no se habría visto afectada. Son capítulos en los que se recrea el pasado de Nogueroll o se analiza la sociedad de marcas y de consumo en la que vivimos. A Francisco le gustaban esos capítulos (que enriquecen al personaje) y a mí también; de hecho, me parece que hay una narrativa joven española en la actualidad que tiende a escribir obras muy cortas; y se echan de menos novelas de más calado, de más ambición, aunque esta ambición (una condición ni necesaria ni suficiente) se concrete en el número de páginas. Francisco es publicista y algunos capítulos de los que podríamos calificar de «prescindibles» para la trama son, precisamente (como la crítica a la filosofía chillout de Steve Jobs o el análisis sociológico de las personas que usan la thermomix), de los más divertidos del libro.

Me ha gustado El costado derecho. Me ha parecido una novela bastante original; quizás, sin conocerlas todas, gracias a su trasfondo de novela negra, de novela magufa, de ciencia-ficción o de metáfora bíblica, nos encontremos ante una de las narraciones más originales de las que se han publicado en España en los últimos años con la coletilla de «novela de la crisis».


domingo, 13 de diciembre de 2015

Los valientes, por Roberto de Paz

Editorial Salto de Página. 257 páginas. 1ª ediciones de 2015.

Conozco a Roberto de Paz (Madrid, 1982) de internet. Hemos coincidido más de una vez en Facebook o en blogs de literatura. Es cierto que nos vimos una vez en persona, en una presentación; pero yo no estaba seguro de que fuera él y no llegué a saludarte. Luego, a través de la red (nuestro medio natural para relacionarlos) ya me contó que a él le había pasado algo parecido. Hace unas semanas quedé en la librería-bar Tipos Infames de Malasaña con su editor actual, Pablo Mazo, para tomar algo y pasarle mi novela Los insignes. Pablo me regaló el libro de Roberto, recientemente publicado. A éste último también le envié Los insignes, y creo –por lo que me contó a través del chat de Facebook- que las impresiones fueron positivas.

El protagonista de Los valientes es Tirso, un treintañero que ejerce de trabajador social en uno de los últimos veranos de un Madrid ardiente. Roberto de Paz también es trabajador social e imagino que habrá usado su experiencia laboral para ilustrar más de una de las anécdotas que sobre esta profesión recorren el libro. Tirso empieza después de años a cuestionarse su trabajo: “Cómo se sienten las personas cuyos empleos están libres de consideraciones éticas y existenciales.” (pág. 21)

A Tirso le acaba de dejar su novia, y este hecho parece actuar como un motor de impulso para acercarle a su pasado. A través de capítulos que alternan el presente con la historia familiar de Tirso vamos conociendo al resto de personajes: Julia, la madre, fue una destacada licenciada en Físicas, que se casó con William Gibbons, el primer astronauta británico, que murió en 1986, en el accidente del trasbordador espacial Challenger (si bien el Challenger de esta novela se desintegrará al reingresar en la Tierra tras realizar su décima misión y no en el despegue, como ocurrió en la realidad). En la actualidad Julia ha dejado atrás su pensamiento científico y trata de encontrar la presencia de su marido en universos alternativos, a través de las continuas fotografías de los espacios de su casa. David, el hermano de Tirso, también estaba presente en la estación de Robledo de Chabela para ver en directo como su padre volvía a la Tierra cuando ocurrió el accidente. David tiene un carácter introvertido, y junto a su hermano se aficionó de niño a los grupos scouts. Esta afición le llevará a la escalada, hasta que acaba teniendo dos accidentes serios que le llenarán de culpabilidad. En el presente de la novela vive encerrado en un bajo, tratando de encontrar una máquina que consiga el movimiento perpetuo. Otro de los personajes será Helena, vecina de Rosa, la tía de Tirso y David en Alcorcón, ciudad del sur de Madrid a la que se trasladará a vivir Julia con sus hijos después del accidente en el que ha perdido a su marido. Helena es hija de un padre maltratador, y al comienzo del libro, cuando aún el lector no conoce a los personajes,  tienen lugar dos escenas claves, que cobrarán significado, una vez lo acabe: Tirso intentó en el pasado vengarse del padre de Helena, por el daño que le había causado a ésta, y en el presente vuelve a estar dispuesto a terminar el trabajo que dejó inacabado de adolescente.

Los valientes está narrada en tercera persona y en la mayoría de las páginas se acerca al punto de vista de Tirso, pero también nos narrará el pasado de Julia en la sierra de Cádiz o la importancia que tuvo para David la escalada en su formación personal. Helena, David y Tirso han formado desde adolescentes un triángulo amoroso: Tirso creció enamorado de Helena y ésta de David, quien dejó embarazada a una chica y muy joven tuvo que empezar a trabajar en la construcción.

Uno de los recursos estilísticos que más llaman la atención de la prosa de Roberto de Paz es el de la comparación. Continuamente en el texto la realidad descrita se compara con algo más, lo que le dará a la realidad propuesta su tono sensorial. En más de un caso estas comparaciones tienen que ver con el ámbito de la ciencia ficción, género literario al que Tirso parece aficionado. Así el calor de Madrid es como el de los desiertos de Dune, opina Tirso. Y un poco después se dice: “A dejar la ciudad como una maqueta de plástico achicharrada con un soplete.” (pág. 21). En la página siguiente leemos: “Las pintadas que trepan por los muros como enredaderas.”, y “Sigue caminando, y como si las aceras fueran cintas trasportadoras para acercarle de manera imperceptible a su destino, cuando quiere reaccionar está a pocos metros de casa.” En la misma página, Tirso ha pensado que se ha llegado a convertir en el Alex de La naranja mecánica. Vemos que en solo dos páginas podemos encontrarnos dos referentes muy claros de la ciencia ficción: Dune y La naranja mecánica y además tenemos en la novela ese detalle tan extraño para la biografía de un personaje que se ha criado en Alcorcón: un padre astronauta y muerto en el espacio. El tono de la novela es realista, pero no debemos olvidar estas pequeñas señales que se están sembrando en el texto: como ocurre en las novelas realistas de Michel Houellebecq, el final de Los valientes (esas personas que han descubierto que lo realmente valiente es huir) se adentra, aunque sea mínimamente, en la ciencia ficción apocalíptica, y se une así –cuando uno ya no lo esperaba- a la propuesta de otras obras del catálogo de Salto de Página sobre el agotamiento de los recursos y la necesidad de la autosuficiencia.

Como lector, me resultaba reconfortante reconocer casi todos los espacios físicos en los que Roberto sitúa a sus personajes: cuando Tirso pasea por Callao, por ejemplo, y se acerca a un quiosco, puedo ver exactamente de qué quiosco está hablando. O, lo que para mí es aún más curioso, cuando habla de Alcorcón y de la estación de metro Joaquín Vilumbrales, también conozco el lugar bastante bien. Quizás este comentario no sea pertinente, o incluso absurdo, para un lector de fuera de Madrid, pero lo que reconocerá seguro cualquier lector español es el trasfondo histórico-social sobre el que la novela está escrito: los años del pelotazo y los posteriores de la crisis: “Los compañeros de obra de David se empleaban a fondo los fines de semana para dilapidar parte del maná que fluía del ladrillo. Llenaban los centros comerciales, compraban alegremente coches que sus padres sólo se habían permitido tras veinticinco años de vida laboral. España iba bien, eran buenos tiempos y todo estaba a un simple movimiento de tarjeta de crédito.” (pág. 97). “David se fija en el anuncio de la inmobiliaria y recuerda que no hace tanto formó parte de esa locura colectiva.” (pág. 106). “Suelta el aire despacio y durante varios segundos, sólo durante dos o tres, no más, se descubre de acuerdo con la facción neoliberal que tanto detesta, con los mismos que han dejado de ingresarle el sueldo, con los que perciben los servicios públicos como un despilfarro intolerable, como algo cuya gratuidad amenaza la viabilidad del sistema, incluso los valores del esfuerzo, del trabajo duro.” (pág. 111)

Entre las personas a las que Tirso ha de atender como trabajador social aparecerá Rudo, un anciano de más de noventa años que le propone contratarle (sabe que Tirso escribe o al menos lo hacía) para redactar su biografía. Rudo pone en contacto a Tirso (y más tarde a David y Helena) con un grupo de personajes curiosos, el Club de los Oficios Inútiles. Rudo irá contando su vida a Tirso, episodios que tienen lugar al fin de la guerra civil española, en el Caribe o en Israel. Esto hace que la novela se abra a más relatos, al estilo de las propuestas de Roberto Bolaño, y dé más colorido a las páginas de Los valientes.
Como posible punto flojo de la narración podría apuntar que al principio, cuando las escenas saltaban de la vida de Tirso como trabajador social, a las escenas claves de su pasado, y de nuevo a las escenas del presente en que las que se hablaba de su relación con su hermano, su madre o Helena, no tenía muy claro hacía dónde quería ir la novela. Digamos que no estaba seguro de que Roberto de Paz hubiese planteado una historia con una trama precisa que hiciera avanzar la historia -para el lector- hacia una conclusión. Es cierto que leía el libro con agrado –está escrito con un estilo ameno- pero ¿hacia dónde va  esta historia después de habernos presentado a los personajes?, me preguntaba. Según me acercaba hacia el final, y habían aparecido sobre la escena narrativa las historias de Rudo, todo comenzaba a cobrar más forma, y a tensarse los hilos que podían haber estado hasta entonces un poco sueltos, y al final los conflictos del pasado quedarán más o menos resueltos y la novela terminará –como ya he insinuado antes- con un final sorprendente, siendo Los valientes una narración agradable, levantada sobre los mimbres de nuestro pasado más reciente, pero que indaga también en pasados más remotos y nos adentra incluso en futuros aún más inciertos.