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domingo, 1 de octubre de 2023

Los detectives perdidos, por Leticia Sánchez Ruiz

 


Los detectives perdidos, de Leticia Sánchez Ruiz

Editorial Pez de Plata. 175 páginas. Primera edición de 2022

 

Intercambié unos mensajes con Jorge Salvador, al frente de la editorial asturiana Pez de Plata, y quedamos en que me iba a enviar las novelas Los detectives pedidos de Leticia Sánchez Ruiz (Oviedo, 1980) y La suerte suprema de Mariano Antolín Rato. De Pez de Plata había leído, con anterioridad, Los reinos de Otrora de Manuel Moyano, 2222 y Nueve semanas (justas-justitas) de P. L. Salvador, y Silencio tras el telón del sueño de Mariano Antolín Rato. Pez de Plata edita con mucha exquisitez y le gustan las obras híbridas, aquellas que mezclan géneros, normalmente usando el humor.

 

Conozco a Leticia Sánchez Ruiz de las redes sociales, principalmente de Facebook, donde me gustan las fotos que cuelga imitando imágenes famosas de escritores. Compró mi novela Caminaré entre las ratas, la mostró en su muro de Facebook y tenía ganas de corresponderla y saber cómo era su obra. Los detectives perdidos es su quinta novela publicada.

 

Con el título Los detectives perdidos imaginaba que Sánchez Ruiz, estaba evocando al Roberto Bolaño de Los detectives salvajes y que, de un modo u otro, su obra interpelaría a la del chileno. Una vez acabado el libro, puedo decir que no ocurre así exactamente, pero sí hasta cierto punto; sobre todo, cuando uno de los personajes de la novela de Sánchez Ruiz afirma «un detective perdido es un poeta exiliado» (pág. 120)

 

El  famoso detective privado Alfredo Casares Biel entra en el despacho de los detectives Homero y Aldara Rosales, padre e hija, para contratar sus servicios: ha desaparecido Andrea Cosano, la que ha sido su novia durante un año y medio, y no puede encontrarla por sí mismo. «Añadió que no estaba en condiciones de buscarla porque temía que al hallar cosas que no le gustaran acabara matando a alguien y terminara en la cárcel antes de encontrarla.» (pág. 6) Los Rosales aceptan el caso y empiezan a indagar en el informe que Casares Biel les ha preparado. Pronto, las escasas pistas sobre la desaparición de Cosano los llevarán a un callejón sin salida. Y para salir de él, los Rosales deciden contratar a otra detective privada, a Marta Margaride, creando ya una cadena de detectives privados que se van pasando el testigo del caso.

 

El lector, después de unas primeras páginas de incertidumbre, acabará comprendiendo que el narrador de esta historia es también un detective privado que le cuenta los avatares del caso Andrea Cosano a otro colega de profesión. Las escasas particularidades del caso de Andrea Cosano actuarán como un leitmotiv en esta novela, en la que el lector principalmente se va a acercar a las vidas, un tanto perdidas, de un puñado de detectives, por cuyas manos va a pasando el caso, que acabarán siendo amigos y que se reunirán a comer, al menos, una vez al año.

En la portada del libro aparece una matrioska, una muñeca rusa, abierta y, por tanto, a punto de mostrarnos a otra muñeca rusa que alberga en su interior. Esta metáfora también se una en el interior del libro, ya que en la página 152 se afirma que esta historia es «una muñeca rusa de detectives».

Sánchez Ruiz nos presenta aquí a un detective detrás de otro. Por tanto, la novela funciona como un relato dentro de otro relato. Y, en este sentido, la novela sí que sería de influencia bolañesca, ya que al chileno le gustaba mucho la construcción de una historia dentro de otra. Cada detective suele destacar en un aspecto de su profesión: infidelidades, seguimientos, búsquedas en el pasado, identificación de rostros… y de cada uno de ellos, Sánchez Ruiz nos contará su historia, así como la de algunos de sus casos y, por tanto, la historia de sus clientes.

Sánchez Ruiz hace en Los detectives perdidos un muestrario de detectives y también de los tipos de clientes que suelen frecuentarlos. Hay clientes que quieren saber si su pareja les es infiel, pero también hay otros que quieren averiguar si una persona, que se puede convertir en la posible pareja del cliente, esconde algo en su vida, antes de empezar una relación con ella, y, en este sentido, los detectives se convierten en «tarotistas». Sin dejar de ser una novela realista (aunque en más de una de las páginas se juega con la idea de verosimilitud narrativa), Sánchez Ruiz hablará aquí de personajes excéntricos y de historias estrambóticas o peculiares, como la del marido que le pone los cuernos a su mujer con su hermana gemela, porque las personas buscan lo cercano, pero también lo diferente.

La novela, dentro de un uso del lenguaje contenido (de escasa adjetivación), se recrea en mostrar más de una sentencia sobre el carácter humano, como por ejemplo ésta de la página 169: «Nadie sabe cometer un fraude como aquel que se dedica a investigarlos.»

 

Según avanzaba en las páginas de Los detectives perdidos me estaba cuestionando por qué a nadie se le ocurría rastrear el teléfono móvil de Andrea Casano, para darme cuenta de que la historia no estaba ambientada –o no partía desde– en la época actual. Las pesquisas sobre Casano llevarán a alguno de nuestros detectives a investigar las películas que sacaba de un videoclub. Así, aunque en la novela no hay fechas explícitas, el lector acabará comprendiendo que la historia de la desaparición de Andrea Casano parte de mediados de los años 80. También aparecerá algún vídeo grabado en una cinta VHS. La historia se irá arrastrando por los años hasta que haga su irrupción internet.

Al principio, tampoco tenía claro, si a pesar de que la mayoría de los nombres de los detectives eran españoles, la acción se situaba en una ciudad española o si Sánchez Ruiz había creado un espacio inventado para situar la acción de su novela; algo que me parecía lógico, puesto que sus detectives suponen, en gran medida, un juego metafísico. Pero en la novela se acabará hablando de la guerra civil, en unos términos que solo se pueden referir a la española.

En la página 103 se habla de «un cachi de cerveza»; un «cachi» es un tipo de envase que en Madrid, por ejemplo, se denomina «mini» y «cachi» es un término del norte. Así que al final he acabado pensando que la ciudad innominada de Sánchez Ruiz era una ciudad del norte de España, que podía ser un trasunto de Oviedo, y la historia, como ya he dicho, partiendo de la década de 1980, se adentraría en el siglo XXI.

 

Quizás Los detectives perdidos pueda decepcionar a aquellos lectores que se acerquen a ella pensando que se van a encontrar con una novela negra al uso, con su detective, su mujer desaparecida, sus bajos fondos… y todo esto, en realidad, está en la novela, pero no de la forma que suele ser habitual en el género; sino que Sánchez Ruiz se sirve de los convencionalismos de este género, para crear una obra personal y juguetona, que tiene que ver más con una búsqueda existencial que con la de una persona desaparecida. En cierto modo, los detectives metafísicos de Sánchez Ruiz me han recordado a los de Paul Auster en su famosa Trilogía de Nueva York, que puede ser una de las referencias ocultas de la novela.

Diría que Leticia Sánchez Ruiz ha investigado sobre la historia de la profesión de detective en España y también que ha elaborado mucho la estructura de su novela. Además, ha hecho un gran uso de la imaginación para crear todos los pequeños relatos sobre detectives y sus clientes que componen el libro. Los detectives perdidos, la primera novela que leo de esta autora, me ha sorprendido gratamente, pareciéndome una obra trabajada y madura.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Los reinos de Otrora, por Manuel Moyano


Los reinos de Otrora, de Manuel Moyano

Editorial Pez de Plata, 120 páginas, primera edición de 2019

El protagonista de esta historia ha decidido narrar sus memorias una vez que ha superado los sesenta años de edad y se siente cerca del fin. Huyendo de lances de amor (“patrimonio de todos los hombres”), su intención narrativa será la siguiente: “en estas páginas que refieren aventuras y prodigios ajenos al común de los mortales.” Nuestro  narrador innominado se quedó huérfano de niño, después de que una plaga asolara su poblado. Le salvará del hospicio su tío Nicodemo, al que no conocía hasta entonces, ya que de joven ­­–despreciando las tareas del campo– se había echado a los caminos. Con su tío, nuestro narrador, en sus años adolescentes, recorrerá el mundo, un mundo lleno de prodigios y que no es exactamente el nuestro. Manuel Moyano ha creado para Los reinos de otrora un escenario de reminiscencias medievales, en el que tiene cabida más de un elemento fantástico. El lenguaje ayuda a la recreación de la realidad medieval mediante el uso de términos arcaicos (“tejavana”, “jabeque”, “alboronía”, “albogón”…). Nuestros dos personajes –tío y sobrino, maestro y aprendiz– irán pasando de un reino a otro, y en ellos tendrán que enfrentarse a aventuras o a personajes peculiares. Además, en este mundo arcaico existen elementos fantásticos, como flores que al olerlas traen vivos los recuerdos del pasado o seres mitológicos, como los dragones o los lobizones.
En cada capítulo de la novela, el narrador recuerda una aventura vivida en un reino diferente. Cada una de estas historias funciona como una unidad cerrada; así que el libro se puede leer como un conjunto de cuentos hilvanados. En estas historias se rinden diversos homenajes a la narrativa de aventuras o fantástica; quizás uno de los más claros sea el capítulo titulado El caballero Alamor, donde se rinde un simpático y explícito homenaje a Don Quijote, llegando a aparecer en sus páginas el moro Cide Hamete. En Un encuentro en Xaor el homenaje se hace a Los viajes de Gulliver de Swift, ya que en Xaor viven unas personas de estatura tan baja (y mal carácter) que van montados a lomos de perros. En casi todos los capítulos, los protagonistas han de enfrentarse (o bien son testigos de las decisiones que han de tomar otros) a un dilema moral. La resolución de los conflictos irá educando, e introduciendo en los misterios de la vida adulta, al narrador adolescente, que ve en su tío al sabio mentor que le ha proporcionado una vida emocionante. También podríamos ver aquí homenajes a los relatos de aventuras de Robert Louis Stevenson, como en el capítulo marinero La isla de la infamia, sobre la codicia y la locura de los hombres. Incluso hay un homenaje explícito a H. P. Lovecraft, puesto que el narrador podrá leer en una biblioteca del país de Iramiel un ejemplar del Necronomicon, escrito por el “árabe loco” Abdul Alhazred.
Una mención especial merece la cuidada edición de Pez de Plata, que cuenta en este libro con la colaboración del ilustrador Jesús Montoia, recientemente fallecido. Sirva Los reinos de Otrora, con sus dibujos evocadores e imaginativos, como una celebración última de la obra de este artista.
Los reinos de Otrora es una novela corta en la que –desde el homenaje, la contención y el buen gusto– nuestro escritor “raro” Manuel Moyano (y digo “raro” porque la española es una literatura muy dada al realismo) reivindica el encanto y la alegría adolescente de los libros de aventuras.

(Esta reseña apareció en la revista Librújula, en su versión papel)

domingo, 8 de abril de 2018

2222, de P.L. Salvador


Editorial Pez de Plata. 102 páginas. 1ª edición de 2017.

Ya he comentado –cuando hablé de Silencio tras el telón del sueño de Mariano Antolín Rato– que intercambié unos mensajes, a través del chat de Facebook, con Jorge Salvador Galindo, el editor de Pez de Plata, y quedé en que me enviara dos libros de su editorial para reseñarlos. Además del de Antolín Rato me llegó a casa 2222 de P.L. Salvador (Valencia, 1959). De Salvador ya había leído, a finales de 2016, su anterior novela publicada en Pez de Plata, Nueve semanas (justas-justitas).

La anterior novela de Salvador trataba sobre el hecho mismo de escribir. En sus páginas se cruzaban una joven aprendiz de escritora con un caradura, que también escribía, y diversos personajes vinculados al mundo del libro. Esta nueva novela guarda (como trataré de explicar) relación con la anterior, pero lo más llamativo es que se trata ahora de una novela corta de ciencia-ficción, ya que Salvador ha trasladado el presente de su historia al año 2222, y la ubicación será en una región llamada Iberia, en el Levante peninsular.

2222 se divide en cinco partes, escritas por los protagonistas de la novela en forma de diario. Empezamos con el Diario de Zalt. La novela empieza el mismo día en el que Zalt está enterrando a su hija y recibe la visita de diversas personas. Zalt es un privilegiado económico en un mundo abarrotado por 20.000 millones de habitantes. En su finca de Levante pasarán a vivir otros personajes, gracias a la intervención del Coronel Nat, hasta un total de doce personas, que habrán de formar con el tiempo seis parejas. Zalt parece destinado a emparejarse con la doctora Rut, pero la presencia perturbadora de la ginoide Kest (nota: ginoide es el femenino de androide), que viene acompañada del biólogo Yurt, podrá hacer que el destino de la relación programada cambie.
Al comienzo del libro se encuentra una lista de los personajes que aparecen en la novela en orden alfabético. Esta lista me ha resultado útil porque la prosa de Salvador está trufada de acontecimientos narrativos, y entradas y salidas de personajes a un ritmo bastante rápido y, por tanto, será conveniente consultar la lista para no perderse.

Los grandes avances tecnológicos que propone Salvador en su novela tienen que ver con el desarrollo de la inteligencia artificial. Kest es una ginoide de última generación, con una apariencia casi por completo humana. Además está diseñada para evolucionar mentalmente por su cuenta según los estímulos que reciba del exterior, imitando el comportamiento de los humanos. El resto de robots del libro serán simples máquinas al servicio del hombre. Aparte de este tema, no se juega aquí con la evolución de las comunicaciones, por ejemplo; no recuerdo la presencia de móviles u ordenadores. La primera mitad de la novela transcurre en la finca de Zalt, en un ambiente en realidad campestre, alterado por la presencia de los robots, el hecho de saber que la acción transcurre en el año 2222 y que en este mundo habitan 20.000 millones de personas.

El tema de fondo de la novela será ecológico, o incluso, podríamos decir que malthusiano, puesto que el Coronel acabará desvelando al resto de los protagonistas los verdaderos fines por los que está creando una comunidad de parejas en la finca de Zalt y que tienen que ver con el agotamiento de recursos en el planeta y las premisas del llamado «programa Zeta», que pretende dejar la población mundial en una disminuida cifra de cuatro millones de personas. El dilema ético está servido.

Cuando comenté Nueve semanas (justas-justitas), un libro construido con voluntad de juego literario, donde me parecía que los personajes actuaban de forma estrambótica a favor del esperpento narrativo, me planteé si este tipo de propuestas acaban por perder fuerza, al basarse más en la forma de contar las cosas que en la historia contada en sí misma. Y, por esto, y en consecuencia, los personajes acaban teniendo menos entidad que si están al servicio de una trama más sólida. En 2222 considero que el planteamiento de la historia es más potente e interesante que el de la anterior novela de Salvador. Como en la buena ciencia-ficción clásica, 2222 asienta las raíces de sus conflictos en los del mundo actual, un mundo sobreexplotado por un consumo excesivo de recursos.

Igual que en Nueve semanas (justas-justitas), aquí Salvador usa algunas características ortotipográficas singulares: sobre todo cuando emplea corchetes dentro de paréntesis, lo que ya empiezo a reconocer como un rasgo característico de su estilo. 
A nivel constructivo, podemos encontrar otra peculiaridad que une a ambas obras: al igual que en Nueve semanas (justas-justitas) en 2222 los personajes escriben diarios, pero de tal modo que cuando cada uno de ellos empieza su parte ha tenido acceso a lo escrito por los narradores precedentes.
La segunda parte se titula Diario de Kest, y en ella nuestra ginoide toma la palabras. Si bien, Nueve semanas (justas-justitas) apostaba por el humor absurdo, y el tono de 2222 es ahora más serio, aquí, en esta segunda parte, Salvador usa como recurso expresivo un curioso juego metaliterario que conduce al chiste privado entre los lectores de sus dos novelas: el artista favorito de Kest es un tal P. L. Salvador, escritor y guitarrista del grupo Prolýmbux, y que no es otro que el tatarabuelo de Zalt. De este modo, el estilo literario de P. L. Salvador es imitado por la ginoide Kest y el lector de las dos novelas sonreirá al reconocer aquellas series de palabras de la novela anterior, formadas por diminutivos y aumentativos de la misma palabra. «Almita, almota, ¿almeja?», leemos en la página 56.

La tercera parte se corresponderá con el Diario de Rut (que, recordemos, iba a ser la pareja de Zalt), en la cuarta será el propio Zalt quien retome la palabra, y la novela finalizará con el Diario de Fánot, el científico que creó a Kest.
No quiero revelar más puntos de la trama que los que ya he tocado, porque una novela de menos de cien páginas, como es ésta, requiere que el lector tenga alguna sensación de sorpresa sobre el universo en el que se va a adentrar.

Como ya he apuntando antes, 2222 me ha parecido una novela más sólida que Nueve semanas (justas-justitas). En esta nueva obra, P. L. Salvador hace uso de los mismos recursos estilísticos que ya empleó en su anterior libro, pero ahora estos recursos cobran menos protagonismo a favor de una trama más sólida, lo que conduce a que la propuesta narrativa gane enteros. La apuesta por la ciencia-ficción me ha parecido atrevida y bien aprovechada. La verdad es que me he quedado con ganas de que de P. L. Salvador hubiera decidido desarrollar más los temas y dar más espacio a sus personajes (como ya he apuntado, éstos salen y entran de escena a gran velocidad) y que la novela hubiera sido más larga. Cuando leo novelas cortas y la sensación es esta última que he descrito, la de desear que el libro fuese más largo, suelo concluir que la novela corta ha cumplido de forma eficaz con la función para la que fue concebida.
Como de costumbre, la edición de Pez de Plata está muy cuidada. Un libro-objeto muy bello.

lunes, 5 de marzo de 2018

Silencio tras el telón del sueño, por Mariano Antolín Rato


Editorial Pez de Plata. 399 páginas. 1ª edición de 2017.

Intercambié unos mensajes, a través del chat de Facebook, con Jorge Salvador Galindo, el editor de Pez de Plata, y quedé en que me iba a enviar dos libros de su editorial para poder reseñarlos: 2222 de P.L. Salvador y Silencio tras el telón del sueño de Mariano Antolín Rato (Gijón, 1943). Tenía curiosidad por conocer algo más a fondo (hasta ahora sólo había leído un libro de Pez de Plata) la labor editorial de Jorge Salvador.

A Mariano Antolín Rato le conocía, principalmente, por su labor de traductor. De él, por ejemplo, he leído algunos libros publicados en la editorial Visor con la poesía traducida de Raymond Carver, y ha sido un habitual de la traducción de libros para Anagrama. También en la cuesta de Moyano, en Madrid, me he encontrado más de una vez con alguna de las novelas que Antolín Rato publicó en Anagrama, con unas atractivas portadas pop, pero al final no me decidí a llevármelas conmigo. Me apeteció ahora, sin embargo, acercarme a este nuevo libro publicado por Pez de Plata.

Silencio tras el telón del sueño es una historia de amor. También tiene, por supuesto, otras lecturas, pero principalmente es una historia de amor, entre Pedro Velasco, pintor originario de Gijón, y Kay Quirós, niña bien madrileña, que acabará siendo directiva de una empresa de marketing. Se conocerán en el Madrid de 1966, en la fiesta de un exclusivo chalet del Viso; «aunque ellos eran ya mayores –o eso consideraba Kay Quirós a sus diecinueve años y a los veintitrés de Pedro Velasco–» (pág. 61). Pedro Velasco, por tanto, ha nacido en 1943, el mismo año que el autor, y sus inquietudes políticas y culturales, en gran parte, pueden coincidir con las de Antolín Rato, aunque éste juegue con la máscara del pintor, lo que le evita tener que declararse como escritor,  y así no se establece un paralelismo con su vida demasiado obvio.

La historia de amor (y también de desamor) entre Pedro y Kay se extiende durante unas cuantas décadas. A finales de los sesenta viajarán a Londres, donde vivirán unos años. Kay será una mujer demasiado libre como para convivir siempre con Pedro y le dejará y volverá a él de forma intermitente. Pedro tratará siempre de hacerse un nombre en el complicado mundo del arte, pasará por etapas de improductividad artística y pobreza, para acabar conociendo, también, el éxito. Pero el éxito artístico y económico no parecerá darle tampoco la calma que busca. En este sentido, destacan las páginas en las que se habla del gran mural que Velasco tiene que realizar para el aeropuerto de Archorage en Alaska, donde la gelidez del entorno parece trasladarse hasta su interior, hasta su retiro (acompañado por un gato) en su estudio de Villalba en Madrid.

Silencio tras el telón del sueño, además de ser una historia de amor, es una novela sobre las ambiciones artísticas. Las reflexiones sobre el arte pictórico están muy bien retratadas. Se nota que Antolín Rato conoce el tema sobre el que habla.
Como escenario de fondo, esta novela también pretende ser el reflejo de una época. Uno de los temas más atractivos del libro, para mí, ha sido el retrato de la España franquista, un periodo histórico que Antolín Rato no ha tenido que investigar puesto que su personaje, Pedro, es, igual que él, contemporáneo a los hechos narrados. En la novela aparece más de una referencia real. En la página 20 podemos leer sobre el momento en el que Pedro Velasco y Juan Gálvez, quien será su amigo y compañero de piso, se conocen en una manifestación, y aquí se dice también: «Ignoraban todavía que a García Calvo, Aranguren y otros los habían expulsado de sus cátedras por participar en aquella manifestación». Sobre el telón de fondo del franquismo más rancio (se habla, por ejemplo, de la reprimenda que Pedro y Kay reciben de un taxista por besarse en su vehículo), se describen aquí los deseos de una parte de la juventud por ser moderna, con muchas referencias culturales, sobre todo del mundo de la música, por el interés hacia las drogas (hachís, marihuana, cocaína y psicotrópicos) y por evitar cumplir con obligaciones como la del servicio militar.

El estilo de la novela –escrita en tercera persona, principalmente, pero no todas sus páginas– es rápido y apegado a la voz narrativa de los personajes. Es decir, los calificativos que usa Antolín Rato para sus descripciones están elegidos según el personaje del que esté hablando en ese momento. Sobre detalles como éste, el propio narrador informa al lector. Así en la página 191, por ejemplo, podemos leer: «Luego, ya en casa, echaron un buen polvo –expresión perteneciente, sin duda, a Velasco–». Además el narrador también adelantará para el lector hechos que tendrán lugar en el futuro de los personajes, añadiendo en el texto comentarios irónicos sobre su propia intervención narrativa: «Y como carecía de capacidad para adivinar lo que le deparaba el futuro –algo que no pasa en esta dimensión literaria– estuvo a punto de echarse a llorar.» (pág. 93)

La novela es prolija en saltos temporales, que suelen abarcar, normalmente, un periodo de tiempo comprendido entre 1966 y 1993. Antolín Rato muestra mucho oficio en el control temporal del material narrativa y en la dosificación de los detalles expuestos en las páginas de la novela, detalles sobre los que se volverá, con mayor o menor desarrollo, en más de un momento del libro. Así, por ejemplo, al capítulo en el que se describe la pobreza de Pedro y el abandono por parte de Kay en el Londres de 1970, le sigue otro en el que se habla de la presentación de Pedro a los padres de Kay en el Madrid de 1967.

Además de Pedro Velasco y Kay Quirós, en la novela aparecen otros personajes secundarios, entre los que destacaría Juan Gálvez. Además, en las primeras páginas de Silencio tras el telón del sueño se dedican unas páginas a describir las impresiones que sobre los personajes del libro tiene otro personaje llamado «Chino», de carácter más marginal y periférico en la narración, un personaje secundario que aparecerá de nuevo cuando el lector casi se haya olvidado de él.

Me han sorprendido las 60 últimas páginas que aparecen en la novela separadas del resto, y con el nombre de Coda. Unas páginas narradas en primera persona por uno de los personajes del libro (no quiero revelar cuál) y situadas en 2011. Aquí, de forma muy cervantina, los personajes de la novela que el lector ha tenido en sus manos podrán enfrentarse al mismo texto que se ha estado leyendo y que cuenta sus vidas, una novela titulada Silencio tras el telón del sueño y escrita por un tal ***. «El estilo seco y contenido con que se inicia lleva a un amplio movimiento de barrido sobre unos personajes y ambientes que, aunque literaturizados, me resultan próximos.» (pág. 363). De forma más irónica, el personaje que narra la Coda se permite criticar el estilo narrativo del autor: «La prosa plana y prolija –quizás voluntariamente– suele dispersarse en acontecimientos banales que distraen la atención. Y los diálogos suenan a los de personas que están hablando y, además, tienen tiempo para pensar lo que quieren decir.» (pág. 381)

En algún momento he tenido la sensación de que a Silencio tras el telón del sueño le faltaba algún núcleo dramático contundente. Es decir, la novela salta de escenas, lugares y tiempos narrativos de forma muy ágil, pero al acercarme a su primer final (el que acabaría en la página 334, antes de la Coda), tenía la impresión de que los últimos capítulos no terminaban de descubrir algún elemento nuevo en la novela y que ésta, por tanto, no finalizaba en un alto narrativo, sino en un aleteo sobre temas ya planteados en otras páginas. En algún momento la búsqueda de un posible núcleo dramático (elaboración de un secreto que el lector quiera conocer, por ejemplo) queda insinuada: se habla del pasado antifranquista del padre de Velasco, pero este tema no llega a cuajar en el texto con una fuerza definitoria.
Al acercarme a este primer final (repito: el de la página 334) he pensando en la forma de construir ficción de una novela norteamericana (o más bien, de una gran novela norteamericana, al estilo de las de Philip Roth): además de tener unos personajes atractivos y una historia de fondo interesante, has de plantear un núcleo dramático con la suficiente fuerza como para que el lector sienta verdadera emoción al acabar la lectura. En Silencio tras el telón del sueño nos encontramos con los «personajes atractivos y una historia de fondo interesante», pero, como apuntaba, quizás he echado en falta en su composición este núcleo dramático fuerte del que hablo. También considero que ahora mismo estoy tratando yo de aprender (reflexionando sobre la novela de Antolín Rato) en qué consiste la creación de una gran novela frente a la de una buena novela. Porque Silencio tras el telón del sueño me ha parecido una buena novela, y me he quedado con ganas de que su culminación la hubiera llevado a ser una gran novela.
Recapitulando, he leído este libro con interés. Salvo ese altibajo final que comentaba, y que, en parte, remonta en la Coda, que me ha parecido atractiva y no poco emocionante. El estilo de Silencio tras el telón del sueño me ha resultado ágil y he disfrutado con el hecho de que un testigo directo me hable de los últimos años del franquismo (me ha apetecido leer más libros sobre esta época). El mundo referencial de un joven de su tiempo, las reflexiones sobre el arte y el paso de los años están también logrados, y pese a la ligera dispersión temática, que el propio narrador insinuaba en su Coda, el fresco de la época y los personajes hacen de Silencio tras el telón del sueño una novedad narrativa perfectamente disfrutable.


domingo, 18 de diciembre de 2016

Nueve semanas (justas-justitas), por P.L. Salvador

Nueve semanas (justas-justitas), de P. L. Salvador.
Editorial Pez de Plata. 127 páginas. 1ª edición de 2015.
Prólogo de Constantino Bértolo.

Hace unas semanas me escribió un correo electrónico P. L. Salvador (Valencia, 1959). Me preguntaba si me apetecía recibir una novela que estaba a punto de aparecer en las librerías, publicada por la nueva editorial Pez de Plata, con prólogo de Constantino Bértolo. Salvador había leído en mi blog que me interesaban los libros que publicaba Bértolo y me informaba de que él le había presentado su novela Nueve semanas (justas-justitas) cuando Bértolo aún dirigía Caballo de Troya. A Bértolo le gustó el libro, pero todo esto ocurría cuando estaba a punto de jubilarse y no se pudo materializar una posible publicación en Caballo de Troya.

Ya he contado públicamente más de una vez que, en la mayoría de los casos, rechazo (con toda la amabilidad que puedo) estas peticiones. Prefiero elegir yo mis lecturas. Los libros pendientes abarrotan los altillos de mis estanterías, y además, y sobre todo desde que colaboro con la revista Eñe, muchas editoriales se muestran receptivas a mis ruegos y me suelen enviar los libros que les pido para que los comente. Si soy yo el que hace la petición, existen bastantes más posibilidades de que me acerque a un libro que me guste que si la lectura es propuesta por un desconocido. Aceptar un libro de esta última forma, cuando lo publica una editorial de la que oigo hablar por primera vez, me resulta demasiado arriesgado.
Pero en este caso acepté el envío, y lo hice por tres motivos: porque Nueve semanas estaba publicado en la nueva editorial Pez de Plata, que sí conocía y por la que sentía curiosidad; porque la novela contaba con un prólogo de Constantino Bértolo, por el que siento respeto y admiración; y por una casualidad azarosa que me hizo sonreír: al buscar en internet información sobre P. L. Salvador, me di cuenta de que su verdadero nombre es Salvador Pérez López. Estos dos apellidos son también los míos. Para mi faceta de escritor uso los de mi padre, Pérez Vega, porque el mercado del libro español (y no sólo del libro) está saturado de la combinación de apellidos «Pérez López». Así que ya lo sabe, lector: si pertenece a la cofradía de los escritores apellidados «Pérez López» y quiere que lea su libro y lo comente en público tiene más posibilidades de que esto ocurra que si se apellida «García Fernández». A veces soy así de irracional.

Dejé para el final el prólogo de Bértolo y empecé a leer Nueve semanas, que sobrepasa por poco las cien páginas. Las primeras palabras del libro son éstas: «Experimentemos. Es un decir. Yo voy a experimentar. Vosotros podéis acompañarme en este viaje, y tal vez terminéis entrando en la historia, aunque no hay nada seguro, ni siquiera ¡yo! sé qué va a pasar de aquí en adelante» (pág. 15).

Uno de los protagonistas es Bloss, que se nos presenta como un golfo de cuarenta y tres años que se dedica a realizar pequeños trapicheos y que un día tiene la suerte de toparse con Dedé, una veinteañera de buena familia que quiere escribir una novela. Dedé desea, en principio, acercarse a Bloss para observarle y convertirlo en objeto de su narrativa. A su vez Bloss también escribe. Bloss y Dedé empiezan a pasarse las páginas que recrean su encuentro y relación, material que lee el lector y que constituye el cuerpo inicial de la novela.
El lenguaje de Bloss está lleno de expresiones orales y de repeticiones de palabras, en las que juega con los diminutivos o los aumentativos («gafas, gafitas, gafotas», pág. 16; o «Triste-muy triste-tristísimo», pág. 30); también es prolijo en el uso de paréntesis, llaves y corchetes (dando a las frases, a veces, una presencia fantasmagórica de ecuación matemática).

Don José (o Pepe), el padre de Dedé, es un poderoso editor que no quiere que su hija se relacione con el díscolo Bloss, aunque tiene ocasión de leer el manuscrito que están pergeñando a dos manos su hija y su nueva pareja y tiene que reconocer que puede llegar a ser un buen libro y que él podría publicarlo. Otros personajes de la trama serán: Nené, la exmujer de don José y auténtica dueña de la editorial; Églex, que se presenta a sí mismo como aspirante a escritor y negro de la editorial (aunque según otros personajes es sólo un corrector de pruebas); Kladd, escritor joven y prometedor; y Glenn, secretaria de la editorial y amante de don José.

En un principio, el lector es informado de que don José está urdiendo planes para que su hija deje a Bloss, pero la información que recibe uno al acercarse a esta novela debe ser puesta siempre en entredicho.
La novela está organizada en fragmentos narrativos precedidos por una fecha (desde que se empieza hasta que se acaba tendremos las Nueve semanas justas-justitas, que promete el título, parodiando el de la famosa película protagonizada por Kim Basinger y Mickey Rourke), y la figura del narrador va cambiando de unos personajes a otros. Los narradores que aquí tenemos –todos los personajes que he citado antes acaban siendo narradores en algún momento− conocen lo que han escrito sobre esta historia sus predecesores y, por tanto, opinan sobre la mirada de los otros sobre ellos mismos y rectifican ante el lector esas impresiones o motivaciones de sus actos que se les achacan. Esta idea de novela en continua construcción y deconstrucción es para mí lo más interesante de Nueve semanas (justas-justitas), la literatura entendida como juego continuo. De hecho, me ha parecido una propuesta experimentalista muy del estilo de las planteadas por César Aira. Quizás al citar a este autor argentino −puesto que es posible que el lector sí que haya leído a César Aira pero no a P. L. Salvador−, me resulte más fácil plantear el conflicto que me generan esta clase de propuestas literarias: yo estoy a favor del experimentalismo en la literatura y la obra de Aira me interesa, y me parece, por tanto, que la obra de Salvador es valiosa, tomando en consideración su original propuesta y su legítimo y oxigenante deseo de romper moldes («Una novela fuera de la ley. Una novela absolutamente inesperada», la llama Bértolo), pero las preguntas que me suscitan estas propuestas son las siguientes: ¿me llegan estos personajes? ¿Me emocionan ellos o la historia narrada?

La novela está planteada en gran parte como un vodevil o una farsa (que de modo extraño, y de nuevo inesperado, hacia su final se convierte en un esperpéntico drama shakesperiano) sobre el mundo de la escritura y la edición: todos los personajes escriben y aspiran a la gloria literaria. De forma más irónica que ingenua, nos encontramos aquí con editoriales pequeñas en las que las ventas de los tres libros de un autor modesto suman 7.000 ejemplares (lo que en nuestro mundo editorial sería un gran éxito) y de anticipos (que también pueden ser sobornos) sobre primeras novelas de 30.000 euros. De fondo, se denuncian las corruptelas del mundo editorial y las aspiraciones desmedidas del inflacionario mundo literario español. Sé que la mirada de Salvador (que ha publicado antes que éste unos cuantos libros más) no es ingenua, pero sí lo parece la de sus personajes, que se convierten de este modo en caricaturas al servicio del planteamiento esperpéntico, perdiendo su capacidad de emocionar. El distanciamiento que experimenté hacia los personajes hizo que al principio no acabase de entrar en la novela, pero ésta me fue ganando en su tramo final por su capacidad de juego, por la sorpresa que acabó suponiendo el tráfico de narradores de los que no me debía fiar, porque me dejé llevar por su disparatada propuesta, en la que el cómo se narra prima sobre el qué se narra.

Así que, en definitiva, ha sido una curiosa experiencia haber leído Nueve semanas (justas-justitas) y será el posible lector de esta reseña, contando con que nada es seguro, el que tenga que seguir o no la premisa inicial del libro: «Experimentemos. Es un decir. Yo voy a experimentar. Vosotros podéis acompañarme en este viaje, y tal vez terminéis entrando en la historia, aunque no hay nada seguro, ni siquiera ¡yo! sé qué va a pasar de aquí en adelante».


Mención aparte merece la cuidada edición de Pez de Plata. En el saturado mercado del libro en España es de agradecer que las nuevas propuestas se presenten al lector con tanto mimo y cuidado por la creación de un objeto bello. La edición, con dibujos interiores y gran diseño, es de sobresaliente.