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domingo, 2 de julio de 2023

La mujer de la arena, por Kobo Abe

 


La mujer de la arena, de Kobo Abe

Editorial Siruela. 206 páginas. 1ª edición de 1962. Ésta es de 2006.

Traducción de Kazuya Sakai

 

Ya he comentado que, a principios de 2022, me apeteció volver a leer al premio Nobel de literatura de 1994 el japonés Kenzaburo Oé, del que había leído cinco libros a finales de los años 90. Después me apeteció seguir con literatura japonesa, y leí libros de Natsume Soseki, Osamu Dazai y de Yuriko Miyamoto. En la mayoría de las páginas web que consultaba, en busca de los autores japoneses más relevantes, solía aparecer también el nombre de Kōbō Abe (Tokio, 1924 – 1993), al que suelen, además, denominar el «Kafka japonés».

 

Tomé de la biblioteca de Móstoles su novela El mapa calcinado (1967), que era la única que tenían. Pero, según la información que leía en internet, ésta no estaba entre sus novelas más señeras, así que saqué, antes de leer la otra, en préstamo, de la biblioteca de Ciudad Lineal, La mujer de arena (1962), que sí se suele señalar como una de sus novelas más significativas.

 

El protagonista de La mujer de la arena se llama Jumpei Niki, aunque este dato del nombre no lo sabremos hasta, exactamente, la última página del libro, cuando podamos leer una ficha de «persona desaparecida», en la que se muestran algunos de sus datos personales. Gracias a esta misma ficha, sabremos que la acción de la novela comienza en agosto de 1955. Jumpei tiene treinta y un años, y este dato sí se da en el propio cuerpo de la narración.

«Cierto día de agosto, un hombre desapareció. Aprovechando sus vacaciones, había ido a una playa, que estaba a medio día de viaje en tren, y no se volvió a saber de él. La búsqueda que emprendió la policía y los avisos en los diarios no dieron ningún resultado.», con este párrafo, en el que se adelanta el propio final de la historia, comienza el libro.

 

El hombre sin nombre —o que solo adquiere uno en la última página del libro—, que protagoniza la novela trabaja como maestro y vive solo en una residencia. Además es un entomólogo aficionado y, precisamente, ha acudido a la playa con la intención de capturar insectos para su colección. «El verdadero placer de los entomólogos es mucho más sencillo, más directo; consiste en descubrir nuevos especímenes. Cuando esto ocurre, el nombre del descubridor aparece en las enciclopedias ilustradas de entomología junto con el nombre técnico en latín del insecto descubierto: es la consagración. Sus esfuerzos serán coronados por el éxito si su nombre se perpetúa en la memoria de los hombres, aunque sea asociado con un insecto.» (pág. 19) En este párrafo creo encontrar humor en Abe, al asociar el triunfo de su personaje a algo nimio, a un propósito intrascendente. Pero además, creo encontrar un homenaje a Franz Kafka. Su famosa novela breve La metamorfosis (1915) comienza así: «Cuando Gregor Samsa despertó una mañana de un sueño inquieto, se encontró en la cama convertido en un monstruoso insecto.»

Ya he comentado que al leer durante 2022 a escritores japoneses me ha llamado la atención la influencia de la literatura occidental sobre ellos: en Kenzaburo Oé y Osamu Dazai se notaba la influencia de la literatura francesa (lengua que estudiaron en la universidad) y en Natsume Soseki la influencia de la inglesa (lengua que estudió en la universidad). Si bien Kobo Abe estudió medicina en la universidad, como su padre (una profesión que no llegó a ejercer), me parece clara la influencia de Kafka, el autor checo de habla alemana. En La metamorfosis, Samsa se va a ver convertido, de un modo simbólico, en un insecto, y en La mujer de la arena, Abe va a jugar continuamente a la idea de que su protagonista se va a ver atrapado en una trampa para insectos, pasando a ser él uno de esos insectos que venía persiguiendo.

 

El argumento de La mujer de la arena es, en apariencia, sencillo. Jumpei Niki busca insectos en unas dunas cercanas a una playa. En estas dunas hay un pueblo, con unas casas extrañamente cavadas en las dunas. Un viejo le pregunta si es un inspector del gobierno y al contestarle que no, parece relajarse. El viejo indica a Jumpei que se le ha hecho tarde para regresar a la ciudad y que lo mejor será que pernocte en el pueblo. Le conducirá a una casa, en la que vive una mujer. Solo se puede acceder a la casa, bajando por una escala, ya que la vivienda se encuentra en un pozo excavado en las dunas. Será una sorpresa para Jumpei descubrir que a la mañana siguiente, desde arriba, han retirado la escala y que se encuentra atrapado allí. La mujer le contará que desde el último tifón se ha quedado viuda y ha perdido a su hijo. Así que parece que los habitantes del pueblo han querido reemplazar al hombre muerto por otro para que pueda ayudar a la mujer en sus tareas. «Era una pesadilla demasiado fantástica.», va a pensar Jumpei en la página 52.

La mujer, ayudada ahora por el hombre, debe sacar arena para tratar de que la duna no acabe de derrumbar su casa.

En un momento se insinúa que la cooperativa de la aldea vende la arena y hace negocio con ella, pero en realidad ‒quizás porque olvidé algún párrafo‒ no he acabado de tener claro si la arena que mueven la mujer y el hombre acaba siendo sacada hasta la superficie. En realidad, Jumpei ha caída en un sueño de Sísifo, obligado a mover arena con el único fin de no morir aplastado con ella. Aquí la novela, gracias a este simbolismo expresionista, nos habla sobre la inutilidad de los esfuerzos humanos, que es también uno de los temas de Kafka.

Son continuas las metáforas y las comparaciones que se establecen en la novela entre la situación del personaje y el mundo de los insectos. Así por ejemplo leemos: «Y él había caído estúpidamente en una trampa, en un hormiguero.» (pág. 52), «El hombre parecía una de esas moscas grandes y negras que creen estar volando y solo consiguen chocar contra el vidrio.» (pág. 105) o «Hasta la sensación de vergüenza quedó borrada, como un ala de libélula consumida en un instante por el fuego.» (pág. 173).

La novela está escrita en tercera persona, pero, en más de una ocasión, se pasa a la primera persona de Jumpei, y así el lector puede acceder de un modo directo a sus pensamientos.

 

También se habla de la arena con profusión, casi como si se tratase de un ser vivo. «En última instancia pienso que el mundo es como la arena… No se puede conocer su verdadera naturaleza mientras se la considera como cuerpo estático… No es que la arena fluya; el fluir mismo es la arena…» (pág. 91)

«La belleza de la arena pertenecía al reino de la muerte.» (pág. 157)

 

En la novela se habla en algún momento, muy de pasada, de la guerra, que ha finalizado una década antes. «Recordaba cómo unos diez años antes, cuando solo quedaban ruinas de la guerra, todos anhelaban la libertad de no seguir caminando. Y ahora, pensó, ¿será que nos hemos cansado de la libertad de dejar de caminar? ¿Acaso él mismo no se había dejado seducir por esta arena, cansado ya de juegos caprichosos?» (pág. 82)

 

En la novela también podemos encontrar un componente erótico. Ya dije que Jumpei tiene treinta y un años y la mujer con la que va a pasar a convivir tiene treinta. Entre ellos se establecerá una relación marcada por el deseo y la desconfianza.

 

Ya he hablado de las referencias a La metamorfosis de Kafka, pero diría que La mujer de la arena guarda también referencias a otro de los relatos más famosos de Kafka, el titulado La guarida, que empieza así: «He terminado la guarida y parece que ha quedado bien. Desde fuera solo se puede ver un gran agujero, pero éste, en realidad, no conduce a ninguna parte; después de un par de metros se levanta una pared rocosa natural.» Esta guarida de la que habla Kafka le va a suponer mucho trabajo al ser que la habita y siempre estará teniendo que reparar los continuos derrumbes que sufre, como les ocurre a los protagonistas de la novela de Abe.

En la página 172 leemos la siguiente frase: «A menos que uno fuera un artista del trapecio, tarde o temprano llegaría al límite de la resistencia.» Un artista del trapecio es uno de los más famosos cuentos de Kafka, y esa cita, donde se da el título de forma literal, no puede ser una casualidad.

 

Hacia el final, el protagonista exclama: «¡Su Señoría, exijo que se me diga cuál es el contenido de la acusación! Exijo que se me comunique el motivo de mi sentencia.» (pág. 185), que parece otra referencia clara a la obra de Kafka, en este caso a la novela El proceso, donde su protagonista, Joseph K., se encuentra una mañana con el aviso de que está en un proceso, pero nadie le dice de qué se le acusa.

 

Así que hemos podido comprobar que el apelativo que se le da a Kobo Abe de «el Kafka japonés» está justificado. En definitiva, La mujer de la arena me ha parecido una angustiosa, erótica, bella y misteriosa novela, y Kobo Abe uno de los escritores más originales (pese al peso de Kafka sobre su obra) de los japoneses que he leído hasta ahora.

domingo, 18 de octubre de 2020

Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, por Álvaro Mutis


Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero,
de Álvaro Mutis

Editorial Siruela. 760 páginas. 1ª edición de 1986-1991; ésta es de 1997.

 

Hace unos veinte años leí La mansión de Araucaíma (1973) de Álvaro Mutis (Bogotá, 1923-Ciudad de México, 2013). La saqué de la biblioteca pública de Collado Mediano, localidad de la sierra madrileña en la que suelo pasar parte de mis veranos. Casi no recuerdo nada del argumento, pero sí que no me impresionó demasiado. Conocía a Mutis porque –entonces, igual que ahora– estaba pendiente de la literatura latinoamericana, y en los años 90 su serie de Maqroll el Gaviero cada vez iba adquiriendo más prestigio. Imagino que leería alguna reseña sobre ella en algún suplemento cultural de la época. Sé que, desde hace dos décadas, he pensado más de una vez en leer Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, pero quizás me ha acabado desanimando su gran número de páginas, el hecho de que no me terminó de entusiasmar mi primer contacto con la obra de Mutis (La mansión de Araucaíma) y que me parecía extraña la propuesta. ¿Las aventuras de un marinero que busca tierra desde su puesto de gaviero? Me imaginaba que podía ser una obra en exceso simbólica, detenida y poética, que no me iba a gustar (aunque Mutis ha acabado siendo famoso como prosista, durante gran parte de su vida su obra fue poética).

 

Por fin, paseando en la primavera de 2019 por los puestos de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Recoletos, me encontré con una bonita edición de Siruela muy nueva con las siete novelas de Maqroll al aceptable precio de 20 euros (entonces era un libro que no estaba como novedad en las librerías) y decidí comprarlo. A principios del verano de 2020, quise acercarme a algunas grandes (en fama y extensión) novelas latinoamericanas que tenía en casa sin leer y me decidí por Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos y Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero de Álvaro Mutis.

 

Álvaro Mutis trabajó en Colombia en la multinacional ESSO, por la que fue demandado por malversar el dinero de la compañía en «quijotadas culturales y ayudas a todo escritor o artista necesitado» (según se puede leer en su ficha de la Wikipedia). Esto hizo que abandonara el país y se estableciera en México en 1956, donde trabajó en el mundo de la publicidad. Durante su vida laboral, en actividades ajenas a la literatura, fue principalmente poeta, pero también publicó algunas obras en prosa. En 1953 publica su libro de poemas en prosa Los elementos del desastre, donde ya aparece el personaje de Maqroll el Gaviero. Será en 1986, con la publicación de La nieve del Almirante, cuando Maqroll se convierta en el protagonista de una novela, que inaugurará una serie que llegará hasta las siete. En 1988, Mutis se jubila y puede dedicar más tiempo a la literatura; así, la saga de Maqroll el Gaviero se completará casi a un libro por año: La nieve del Almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1988), Un bel morir (1989), La última escala del «Tramp Steamer» (1988), Amirbar (1990), Abdul Bashur, soñador de navíos (1990) y Tríptico de mar y tierra (1993).

 

La nieve del Almirante (1986) empieza de un modo muy cervantino: un narrador innominado, que se confiesa seguidor de las andanzas de Maqroll el Gaviero, encuentra en una librería de viejo de Barcelona, en el bolsillo de un libro destinado a guardar mapas, un manuscrito con una nueva aventura de Maqroll, relatada por él mismo en forma de diario. Este diario será el cuerpo central de la novela.

Maqroll remonta el río Xurandó, de un indefinido país latinoamericano, como pasajero a bordo de una lancha. Por las noches lee un libro sobre el Duque de Orléans y escribe el diario antes de dormir. Desde el primer día el viaje será accidentado y no exento de peligros. Maqroll ha oído hablar de unas empresas madereras situadas al pie de la cordillera, de las que le han dicho que puede ser un buen negocio comprar madera para conducirla río abajo. Maqroll estaba conviviendo con una mujer llamada Flor Estévez, que regentaba una tienda llamada La nieve del Almirante en la cordillera. «Creo que sobre la tienda de Flor y mis días en el páramo dejé constancia en algunos papeles anteriores» (pág. 28). Desde esta primera novela, tanto Maqroll como el narrador insinúan que ya existen otros libros anteriores al presente en los que se narran las andanzas de Maqroll.

«Las empresas a las que me lanzo tienen el estigma de lo indeterminado, la maldición de una artera mudanza. (…) Me intriga sobremanera la forma como se repiten en mi vida estas caídas, estas decisiones erróneas desde su inicio, estos callejones sin salida cuya suma vendría a ser la historia de mi existencia» (pág. 29). Esta idea se irá repitiendo a lo largo de toda la saga; el Gaviero es un ser trashumante, que no consigue asentarse en ningún lugar.

 

Con un dudoso pasaporte chipriota, dominando varios idiomas, los orígenes de Maqroll serán siempre tan inciertos como su destino. Maqroll es un personaje romántico, que encarna los valores clásicos del aventurero, un personaje siempre dispuesto a emprender empresas alocadas, que suelen acabar sin ningún beneficio económico, con gran riesgo para su integridad física y que, tal vez, le hagan encontrar a un nuevo amigo o un nuevo amor.

Ya en La nieve del Almirante se nombra a Abdul Bashur, de Beirut, descendiente de una familia de armadores libaneses y también propenso a la aventura, que será el gran amigo de Maqroll y de cuyos encuentros se hablará en otros libros de la serie.

 

Durante mi lectura de La nieve del Almirante me estaba preguntando cuál era la época que se reflejaba en la novela, porque todo parece más antiguo que el tiempo en el que se ha escrito la historia; pero en realidad, siguiendo la lógica de la serie, Mutis tiene que estar reflejando un tiempo muy cercano al contemporáneo a la escritura.

En La nieve del Almirante, como en otros libros de la serie, la naturaleza constituye una amenaza seria, así como las fuerzas del Estado (ejército) y aquellos que quieren desestabilizar el Estado (guerrillas).

La novela es realmente bella y contiene mucha poesía. En la cuidada construcción de cada párrafo se puede observar el pasado de poeta de Mutis.

«Toda la vida he emprendido esa clase de aventuras, al final de las cuales encuentro el mismo desengaño. Si bien termino siempre por consolarme pensando que en la aventura misma estaba el premio y que no hay que buscar otra cosa diferente que la satisfacción de probar los caminos del mundo» (pág. 82). Estas novelas tendrán también un aire de dejadez existencialista.

Al final de esta bella novela, el primer narrador decide añadir unos cortos episodios sobre otras aventuras de las que tiene constancia acerca de Maqroll. Lo anunciaba al final del prólogo inicial: «También se me ocurre que podría interesar a los lectores del Diario del Gaviero el tener a su alcance algunas otras noticias de Maqroll, relacionadas, en una u otra forma, con hechos y personas a los que hace referencia en su Diario. Por esta razón he reunido al final del volumen algunas crónicas sobre nuestro personaje aparecidas en publicaciones anteriores y que aquí me parce que ocupan el lugar que en verdad les corresponde» (pág. 21). Tengo la sensación de que quizás Mutis se precipita al hacer este añadido final a la novela, parece casi que se ha dado cuenta de que ha encontrado un gran tema narrativo y las historias del Gaviero le quemaran en las manos. Sobre estas breves crónicas de la primera novela se volverá a hablar en las siguientes.

 

En el prólogo de Ilona llega con la lluvia (1988), el narrador nos cuenta que las historias que va a relatar se las escuchó a Maqroll en «horas de vino y remembranzas», que son historias infrecuentes en él, pero no por eso inconfesables o penosas, y que quiere retratarlas aquí con la propia voz del Gaviero, que él va a tratar de emular para los posibles lectores de sus páginas. Aquí nos vamos a encontrar con Maqroll varado en Panamá con su dinero a punto de acabarse, frecuentando demasiados bares y demasiadas copas (la saga de Maqroll también es una exaltación de los grandes bebedores), hasta que se encontrará con Ilona Grabowska, una vieja amiga y amante; que también ha sido amiga y amante de Abdul Bashur. Con ella Maqroll va a montar un rocambolesco prostíbulo.

 

Hasta cierto punto, podemos considerar que Maqroll es un personaje quijotesco, un buscador de aventuras enfrentado al mundo; y Abdul Bashur podría ser entonces su Sancho Panza, pues más de una vez se insinúa en el libro que Abdul se ha ido convirtiendo en un ser más nómada y aventurero tras conocer a Maqroll. Si estiro más este paralelismo Ilona podría ser Dulcinea, una mujer ideal para estos aventureros, que está destinada a volatilizarse de un modo fantasmal, como podía ocurrir en El Quijote.

«Usted sabe que con la ESSO no hay bromas», le dice un personaje a otro en la página 132, lo que no deja de ser un chiste personal de Mutis.

 

En Un bel morir (1989) nos encontramos con Maqroll en una población llamada La Plata (que no es la ciudad argentina, como pensé en primera instancia), a punto de comprometerse en un negocio dudoso: subir a la cordillera el material para una supuesta obra ferroviaria que lleva al puerto de La Plata a lomos de unos burros. Aquí, aunque se insinúa el comienzo de la vejez para Maqroll, éste conocerá a un nuevo y joven amor.

Otra vez, el peligro físico se unirá al de las autoridades y al de grupos terroristas, incluso. En este caso, la novela –sin prólogo– está escrita en tercera persona.

 

Sin embargo, en la cuarta, La última escala del Tramp Steamer (1988), aunque tampoco hay prólogo, la novela (en primera persona) no empieza a narrar una historia de Maqroll sino del narrador, a quien el lector cada vez identifica más con la figura del propio Álvaro Mutis. El narrador es un escritor que, debido a su trabajo ajeno a la escritura, tiene que viajar mucho por el mundo, y al que además le gustan los barcos y subir a ellos. Se encontrará en diversos puertos del mundo con un viejo Tramp Steamer y al final tendrá ocasión de hacer un viaje en él. Al hablar con su capitán Jon Iturri, se dará cuenta de que tienen amigos en común: Jon Iturri vivió una historia de amor con Warda, una hermana de Abdul Bashur. En esta cuarta novela, sobre un amor otoñal y perdido, Maqroll será un personaje bastante secundario.

 

Amirbar (1990) también empieza siendo narrada por Mutis, quien encontrará a Maqroll en una mala pensión de Los Ángeles aquejado de fuertes fiebres. De ahí le llevará a una clínica y más tarde a vivir con su hermano Leopoldo y su mujer en Los Ángeles, para que pueda recuperarse. Leopoldo es el nombre real del hermano de Álvaro Mutis. En otra novela este narrador habla de su mujer Carmen, que es el nombre real de la mujer de Mutis, y también hablará de su amigo Gabriel García Márquez, amigo real de Mutis.

Cuando se vaya recuperando, Maqroll narrará en el jardín de Leopoldo una nueva aventura que vivió buscando oro en algún país indeterminado de Latinoamérica, de nuevo entre dos fuegos, los del Estado y los de los terroristas. De nuevo, vivirá otro amor y saldrá de la aventura sin beneficio económico. «Mi interés por las minas de oro es puramente especulativo. Es decir, me interesaban como exploración de un mundo que me era extraño» (pág. 412).

 

Es muy interesante en esta novela el juego entre los dos narradores. En la página 422 se evocan los lugares en los que Don Quijote dialogaba con Sancho.

«Cuando entramos en alta mar y el barco inició el lento cabeceo contra las olas, sentí que volvía a ser el de siempre: Maqroll el Gaviero, sin patria ni ley» (pág. 477). Aunque se supone que Maqroll es un marinero, casi todas las aventuras que Mutis nos cuenta sobre él transcurren en tierra.

 

En la sexta novela, Abdul Bashur, soñador de navíos (1990), nuestro narrador se encontrará en una estación de tren con Fátima, una de las hermanas de Abdul. Fátima le hará llevar documentos y fotos de su hermano, y el narrador decidirá hablarnos de Abdul esta vez y no de Maqroll, del que hace tiempo que no tiene noticia. En las siete novelas se habla al menos de dos posibles muertes de Maqroll, que entran en el mundo de la especulación y la leyenda y a las que el narrador no acaba de dar crédito.

 

En la séptima y última novela, Tríptico de mar y tierra, Mutis vuelve a Maqroll, y acaba su trilogía con un final muy bello, con un Maqroll ya casi decadente, convertido en el cuidador de unos destartalados astilleros en Pollença (Mallorca), ­–un detalle éste muy onettiano– enfrentado al miedo de lo que supone la paternidad. Aquí Maqroll se convierte un tanto en Abdul; es decir, Quijote pasa a ser Sancho.

 

El nivel es bastante parejo en toda la serie. Me han gustado los juegos entre los dos narradores ­­–Mutis y Maqroll– y las interconexiones entre las novelas. Lo que en una se insinúa, es posible que vaya a ser desarrollado en otra.

 

Como he leído en diversos artículos de internet, Mutis era un gran admirador de las novelas marinas de aventuras de escritores como Joseph Conrad y libros como Lord Jim. Cuando puse alguna foto del libro en las redes sociales, un gran lector colombiano, Samuel Whelpley, me decía que en Colombia a Álvaro Mutis se le consideraba un maestro, pero que tiene pocos lectores. Alguien como Gabriel García Márquez entra, en su escritura, de lleno en la tradición e historia del país, y un escritor como Mutis se sale de la tradición y encuentra un camino propio. Su literatura es puro internacionalismo; es como si Maqroll fuera el habitante de un país constituido por todos los puertos del mundo, donde no es una mera coincidencia encontrarse en Noruega con alguien que conoció en Indonesia, puesto que todos los puertos están conectados. Aunque en muchos casos sus narraciones no están del todo localizadas (la historia puede suceder en Colombia, Perú o Ecuador), sí que es importante el origen de los personajes y la idea de que viven desplazados de ese origen (un egipcio que vive en Escocia, un noruego que pesca en Canadá, etc.)

 

En gran medida, Álvaro Mutis desea que el lector se divierta como cuando era un niño y leía los libros de aventuras de Julio Verne o Emilio Salgari; pero a la vez le guiña el ojo y parece decirle: sé que tienes un bagaje literario, que has leído a Cervantes y a los grandes, y vamos a divertirnos juntos. Maqroll el Gaviero es uno de los grandes personajes de la literatura del siglo XX y Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero se ha convertido desde ya en uno de mis libros favoritos de la literatura latinoamericana.

 

Nota: ahora mismo, la edición que yo he leído de Siruela solo se puede encontrar de segunda mano, pero será interesante saber, para el posible lector de este libro, que hace poco la editorial RM ha vuelto a publicar este grandísimo libro en tapa dura.

martes, 1 de mayo de 2012

Narraciones incompletas, por Felisberto Hernández

Editorial Siruela. 379 páginas. 1ª edición de los libros: 1929-1966. Esta edición de 1990.

Un día lluvioso de Semana Santa bajé dándome un paseo por Doctor Esquerdo hasta la biblioteca de Retiro. Hacía tiempo que no me acercaba a esta biblioteca y de entrada me llevé una grata sorpresa: busqué mi novela Acantilados de Howth en los anaqueles (está allí porque yo solicité que la trajeran) y en el periodo de un año había sido prestada 4 veces. Lo que me parece una cifra sorprendente.
Me apetece dar en el blog las gracias a estos 4 lectores anónimos, que imagino que habrán llegado a la novela a través de este espacio.

También busqué los libros de Felisberto Hernández (Montevideo, 1902-1964), de quien me había quedado con ganas de más después de leer Nadie encendía las lámparas (1947) en septiembre de 2010. En aquella visita, hace año y medio, también hojeé esta edición de Siruela con sus Narraciones incompletas que contiene Nadie encendía las lámparas, pero me apeteció empezar por la edición comentada de Cátedra.

Esta edición de Siruela comienza con una breve cronología de los acontecimientos más importantes en la vida de Felisberto, y es incompleta porque, por ejemplo, su primer libro de relatos, titulado Fulano de tal (1925), “una edición de autor de pequeño formato, celebrada por sus amigos” (pág. 11) no está recogida aquí. El primer libro de Felisberto que aparece en estas Narraciones incompletas es el segundo, Libro sin tapas (1929), “elogiado por la crítica” (pág. 12); tampoco están aquí el tercero ni el cuarto: La cara de Ana (1930) y La envenenada (1931).
La cronología incide en mostrar la importancia de la música en la vida de Felisberto (pianista profesional), su continua precariedad económica y su mundo atropellado, con frases como estas: “1942: Regresa a vivir a una pensión muy pobre con su madre. La frustración y el resentimiento lo consumen. Pasa las tardes recorriendo los cafés de la ciudad con una libreta llena de manuscritos que corrige una y otra vez” (pág. 13).
El último apunte, correspondiente a 1964, es especialmente trágico y tremendista: “La madrugada del trece de enero, Felisberto deja tras de sí un cuerpo tan hinchado que no pudieron sacarlo por la puerta sino por la ventana. Al llegar al cementerio, reposa algunas horas bajo los ‘grandes árboles’ mientras los sepultureros agrandan la fosa para dar cabida al ataúd” (pág. 17).

Libro sin tapas (1929) contiene 8 cuentos, que divido en 2 grupos: 4 son fantásticos, pero de un fantástico metafórico, cercanos al estilo de una parábola bíblica, y casi desapegados de lo real. Así el primer cuento, titulado igual que el libro, empieza de este modo: “A la última religión se le terminaba la temporada” (pág. 21) y a un hombre, a un “pobre muerto”, se le castiga a ser colgado de las manos al anillo de Saturno, y desde aquí debe tratar de entender a la humanidad y a la Tierra.
El cuento titulado La piedra filosofal comienza de esta forma: “Se estaban haciendo los cimientos para la casa de un hombre bueno” (pág. 30).
El cuento titulado Acunamiento es quizás el más interesante de este grupo, porque parece el resumen de una enloquecida novela de ciencia ficción.
En general estos primeros cuentos fantásticos y metafóricos han sido los que menos me han gustado de estas Narraciones incompletas: son de un Felisberto veinteañero que aún está tratando de encontrar su estilo, y me parece que en el segundo grupo de cuentos en que he dividido Libro sin tapas se acerca más a lo que va a ser su voz narrativa posterior.
En cuentos como El vestido blanco, ya más focalizados en lo real, y donde lo fantástico se desprende más de la mirada obsesiva de los personajes sobre personas y objetos, ya encontramos en estado embrionario al escritor que va a desarrollar sus particularidades en los cuentos más maduros de Nadie encendía las lámparas (1947). Así, en El vestido blanco la posición de las hojas de unas ventanas crea extraños estados de ánimo en el personaje.
Historia de un cigarrillo es ya Felisberto puro: la mirada sobre los objetos, en este caso sobre una cajetilla de cigarrillos o sobre un cigarrillo defectuoso, determinan el desarrollo del relato.

De hecho, podría afirmar que si la personificación de los objetos o, por el contrario, la objetivización o animalización de las personas son características comunes a las vanguardias literarias de principios del siglo XX, en Felisberto esta característica parece trascender ampliamente a la de moda literaria y constituir una obsesión profunda y diferenciadora. En la página 90 afirma el narrador: “Así como el sentido de lo nuevo –cuando yo llegaba a un país que no conocía– de pronto se me presentaba en ciertos objetos –las formas de las cajas de cigarrillos y fósforos, el color de los tranvías (y no siempre el espíritu no diferenciado de las gentes)–”.
A veces, incluso, en Felisberto no es ya que cobren vida propia los objetos, sino que diversas partes del cuerpo humano parecen actuar por su cuenta, como las manos del pianista en muchas de las páginas de Narraciones incompletas, o la barba del personaje en el cuento de Libro sin tapas titulado La barba metafísica.

A Libro sin tapas le siguen las novelas cortas Por los tiempos de Clemente Colling (1942) y El caballo perdido (1943). Para hablar de ellas, voy a unir al grupo (aunque entre medias haya otras obras) a la también novela corta Tierras de la memoria (1960).
Estas novelas cortas parecen más bien los capítulos largos de una novela en la que Felisberto juega a la autoficción, y la voz narrativa, como si de un Proust montevideano se tratase, se recrea evocando su infancia o adolescencia.
En Por los tiempos de Clemente Colling el niño que fue Felisberto nos habla de la calle de su infancia y de la fascinación que sintió por uno de sus primeros profesores de piano, Clemente Colling, personaje real, como hemos leído en la cronología. “Pero no creo que solamente deba escribir lo que sé, sino también lo otro”; “Los recuerdos vienen, pero no se quedan quietos” (pág. 49 y primera de esta novela).
En El caballo perdido se evoca a otra profesora de piano, Celina, y los misterios de su casa: “Tardaba en llegar, yo tuve bastante tiempo para entrar en relación íntima con todo lo que había en la sala. Claro que cuando venía Celina los muebles y yo nos portábamos como si nada hubiera pasado” (pág. 95 y primera de esta novela).
En Tierras de la memoria, a partir de un viaje en tren a los 23 años para tocar en el grupo de música de un pueblo, Felisberto evoca su época de boy scout cuando a los 14 años viajaba por el norte de Argentina.

De estas tres novelas cortas se desprende la importancia de la música en la formación intelectual de Felisberto, su aspiración a la perfección, a constituir un universo propio; y también se deja entrever ya la posibilidad de la derrota y la marginación por parte de los otros: Clemente Colling, el fascinante profesor, es un ciego que se asea poco y que la familia de Felisberto ha de acoger en su casa cuando se convierte en un sin techo y ha de vivir en un hospicio.

Estas novelas evocadoras me han recordado, y es un pensamiento extraño, a Madurar hacia la infancia de Bruno Schulz, por su estilo denso y esa carga metafórica con capacidad para transformar la realidad gracias a la recreación del punto de vista alucinado y mágico del niño. Además de esto hay elementos que unen al judío polaco Schulz con el uruguayo Felisberto: ambos viven su literatura evocadora y fantástica, con capacidad para alternar la realidad bajo su particular prisma, desde la distancia que supone ser artistas de otro campo diferente al literario: Schulz era dibujante y Felisberto músico.
La melancolía y la derrota de ambos viene de describir un mundo perdido (la infancia, donde ambos parecen perderse y no poder regresar), y también de describir otra derrota: la que muestra Schulz en sus dibujos, donde seres deformes se arrastran a los pies de bellas mujeres, y que en Felisberto es la derrota del músico ambulante que tiene dificultades para encontrar pueblos que le contraten un concierto.
Me gusta pensar que Felisberto no había leído a Schulz, que no existe influencia, sino coincidencia feliz, casi mágica, y que sus originalidades compartidas los convierten en dos de los más peculiares escritores, geniales y secretos, del siglo XX.

Las Hortensias (1949) es también una novela corta, pero la he separado de las otras tres porque su composición es diferente. Las hortensias es un relato fantástico donde lo fantástico parte más bien de la locura y de su asimilación sin excesivos problemas por todos los personajes de la obra. Horacio disfruta mucho (de forma parecida al personaje del cuento Menos Julia de Nadie encendía las lámparas) cuando las personas que tiene contratadas para ello crean composiciones con maniquíes de mujeres y trata de adivinar las escenas que representan. Su mujer, María Hortensia, asume con naturalidad esta excentricidad de su marido, y el problema surgirá cuando Horacio empiece a obsesionarse con una de las muñecas, llamada Hortensia, y María empiece a sentir celos.
Yo diría que Felisberto había leído y tenido presente La invención de Morel (1940) de Adolfo Bioy Casares a la hora de crear la realidad simulada que presenta en Las Hortensias. Aun así esta obra es Felisberto puro: los objetos cobrando vida; la mirada distorsionada de los personajes sobre ellos crea la extrañeza fantástica.
(Apunta mi novia, que posiblemente Felisberto, más que a Bioy Casares, tuviera presenta al escribir esta novela corta a la autómata Olimpia del relato El hombre de arena de E.T.A. Hoffmann)

No voy a hablar de nuevo de los cuentos de Nadie encendía las lámparas. Me remito a la entrada que ya escribí en su día (pinchar AQUÍ). Sólo apuntaré que me ha encantando reencontrarme con ellos.

Los últimos cuentos, los contenidos en el libro Tierras de la memoria y otros relatos (1960-1966) y en Diario del sinvergüenza y últimas invenciones, se vuelven más rítmicos si los comparamos con el ensimismamiento que predomina en los de Nadie encendía las lámparas.
De ellos destacaría El cocodrilo (1960), un relato realista donde la voz narrativa del Felisberto músico trata de buscarse la vida en pueblos a los que acude además de como concertista como representante de una marca de medias, y consigue incrementar sus ventas gracias a su capacidad para llorar a voluntad. Un relato que me ha hecho pensar incluso en Charles Bukowski (aunque el cuento de Felisberto está mejor escrito).
El relato Lucrecia sobre un viaje en el tiempo es bastante original y extraño.
Úrsula, un relato de amor ambientado en Francia, parece un cuento de Julio Cortázar.

Al igual que cuando leí hace año y medio Nadie encendía las lámparas, he vuelto a preguntar a los lectores serios con los que me relaciono si conocen a Felisberto. Y parece ser un escritor conocido entre gente que escribe, pero no entre lectores que provienen de la carrera de Filología hispánica: preguntando, por ejemplo, a los profesores de Lengua Española del colegio donde trabajo (apunta de nuevo mi novia, que la fue la primera persona que me citó a este autor, que ella sí estudió a Felisberto en Filología Hispánica, porque elegía las asignaturas de literatura hispanoamericana antes que las de española) a alguno le suena el nombre y a otros ni les suena… y esta pequeña encuesta ha sido realizada entre personas que por supuesto sí conocen y han leído a Borges, a Cortázar, a Rulfo, a Onetti… Y esto es extraño porque creo, cada vez más convencido de ello, que Felisberto Hernández es uno de los más grandes escritores en lengua española del siglo XX, y debería estar sin duda en esa élite en la que incluimos a Borges, Cortázar, Rulfo, Onetti…

domingo, 30 de enero de 2011

Las palmeras salvajes, por William Faulkner

Editorial Siruela. 279 páginas. 1ª edición de 1939, ésta de 2010. Traducción de Jorge Luis Borges, prólogo de Menchu Gutiérrez.

Poco antes de cumplir los 20 años (tal vez tarde) sufrí una transformación como lector: dejé de forma radical los libros de género –ciencia-ficción y terror, principalmente-, gracias a los cuales me había evadido de la realidad hasta entonces, y me inicié, sin vuelta atrás e invadido por una gran emoción, en otra literatura. Una que, a diferencia de la ciencia-ficción o el terror, no usaba un artificio para explicar la realidad, sino que parecía enfrentarse directamente a ella, cara a cara. El libro que sirvió como catalizar entre dos concepciones del mundo literario fue La senda del perdedor de Charles Bukowski. En aquel momento yo estaba perdido en la facultad de Físicas y la evasión de la realidad no era suficiente, necesitaba una guía para intentar explicarme el caos. Fue sorprendente toparme con Bukowski entonces, con su Chinaski, aquel alter ego aspirante a escritor que parecía estar tan poco satisfecho con la realidad que le había tocado vivir como yo.

12 libros después de la catarsis personal que supuso La senda del perdedor, tras algún libro más de Bukoswki, Hemingway o Valle-Inclán, llegué a William Faulkner (1897-1962). Imagino que algún Babelia de los años 90 contribuyó al interés por la figura del escritor de Misisipi, premio Nobel de 1949. La novela corta El oso fue el primer texto que leí de Faulkner. Creo que hubo un punto en la narración en el que perdí el hilo. Nunca me había enfrentado a una prosa tan compleja; algo, que en aquel momento, sólo era un aliciente. Después leí de él: El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930) y Santuario (1931).

La sensación que tenía a los 20 años al acercarme al Faulkner era la de encontrarme ante un gran estilista, un genio de las estructuras, de las frases sinuosas y densas, todo un taller de literatura portátil, que me fascinaba como aprendiz de escritor, pero que no me acaba de llenar como lector. Aunque contradiciendo la última aseveración, la primera parte de El ruido y la furia, el monólogo interior del idiota Benjy, puede que contenga las páginas que más me han conmovido como lector. Quizás, reflexiono, yo soy un lector fascinado con la creación de personalidades y el reflejo narrativo de los pensamientos; es decir, aprecio en gran medida la novela psicológica, al estilo de las de Dostoyesvski o Philip Roth.

Los personajes de Faulkner, y en este sentido incluyo a los de Las palmeras salvajes, más que reflejar una evolución psicológica, personalizan la fuerza de las obsesiones, en muchos casos atávicas, y acaban convirtiéndose en arquetipos: el juez, el penado, el campesino… En el prólogo de Menchu Gutiérrez se apunta una idea interesante: la Biblia era el libro fundamental en la casa de los Faulkner, regida por el bisabuelo del escritor. Al sentarse a la mesa se obligaba a niños y a adultos a recitar de memoria versículos de las Sagradas Escrituras. Los niños podían repetir siempre el mismo versículo, pero los adultos tenían que recitar uno nuevo cada día. Si los niños no decían bien sus versículos, se les negaba el pan.

La literatura de Faulkner aspira al versículo, a la representación de un mundo regido por el azar del Viejo Testamento. Faulkner pretende acercarse a la esencia de la experiencia humana intercambiable, al mito, a un mundo ante cuyas fuerzas incontrolables los personajes actúan como peleles, como marionetas de su sangre.

Las palmeras salvajes se compone de dos novelas cortas, la propiamente titulada Palmeras salvajes, y otra llamada El viejo (The Old Man, en inglés, apelativo que se da al río Mississippi). Estas historias aparecen en el libro intercaladas, con 5 capítulos para Palmeras salvajes y 5 para El viejo. Las páginas dedicadas a Palmeras salvajes, que da comienzo al libro, son más numerosas. Faulkner empezó con Palmeras salvajes y al sentir que le faltaba algo imaginó El viejo como contrapunto narrativo.

En Palmeras salvajes asistimos a la historia de amor de Harry, un estudiante de medicina de 27 años (virgen hasta entonces) , con Carlota, una mujer de unos 24 años, casada y con dos hijos. La novela presenta a Harry y Carlota vistos a través de la mirada de un médico, un tipo conservador, su vecino, a quien Harry pide ayuda en mitad de la noche, porque Carlota se está desangrando. Después de este capítulo, pasamos al primero de El viejo, donde dos penados hablan de la inundación del Mississippi en 1927 (Palmeras salvajes transcurre entre 1937 y 1938). Cuando retomamos Palmeras salvajes la historia de Harry y Carlota ha retrocedido un año, hasta el momento en que se conocen en Nueva Orleáns.
Harry y Carlota pasean su relación de una punta a otra de EE.UU., intentado huir de la idea de un matrimonio convencional, principal tesis de la novela: el matrimonio, la vida en pareja, el trabajo, los hijos… arruinan el amor (desde un punto de vista masculino).

En la historia de El Viejo, Faulkner nos describe la Gran Inundación de 1927 del Mississippi: el penado sin nombre, al que el Estado obliga a participar en las tareas de rescate de la población civil, se pierde con su esquife en el río y rescata a la mujer sin nombre. Las descripciones del río desbravado son soberbias, me han recordado a la literatura hispanoamericana, a La Vorágine, a Horacio Quiroga

Las dos historias no se cruzan nunca, aunque tal vez sí su intencionalidad: en ambas hay un embarazo, que para los personajes masculinos representa la pérdida de la libertad. Y estos protagonistas, Harry y el Penado, acabarán en la cárcel, pero por motivos casi contrapuestos de un modo tragicómico: trágico en el caso de Harry, cómico en el caso del Penado.

Una de las cosas más impresionantes de leer a Faulkner es darse cuenta de su influencia sobre una multitud de escritores posteriores: Juan Carlos OnettiJuan RulfoLobo Antunes...
Elegí la traducción de Borges pensando que el maestro argentino representaba una garantía, y sus “valijas” por “maletas” no me han molestado en absoluto, pero tras acabar el libro y buscar información en Internet, me he encontrado con más de un detractor de su trabajo. En más de un caso, la abuelita Borges no se atreve a respetar el original, y así, por ejemplo, la frase final de su versión es ésta: “-¡Mujeres! –dijo el penado alto”; y el “mujeres” del texto original era en realidad “fucking women”. Borges no se atrevió a traducir la mala palabra.

Leer a Faulkner sigue siendo un taller de literatura portátil, sigue siendo el rey de las estructuras, de las frases sinuosas y densas y complejas, que parecen poesía y no narrativa. Faulkner es el rey de la página esculpida.
La semana pasada también compré en la Cuesta de Moyano su primera novela, reeditada en una bonita edición por RBA: La paga de los soldados. Espero que no hayan de pasar años para que me reencuentre de nuevo con the old man, el viejo Faulkner.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Madurar hacia la infancia, por Bruno Schulz

Editorial Siruela. 530 páginas. Textos originales de la década de 1930. Edición de 2008.

Hace más de una década hojeé la versión embrionaria que hizo Siruela de este libro en la biblioteca de Móstoles. Entonces las tapas eran blandas y al volumen no le acompañaban los dibujos del autor. No recuerdo qué me hizo interesarme por ese libro, imagino que la reseña leída en el suplemento cultural de algún periódico. Recuerdo, en cambio, que hizo que me decidiera a no leerlo: los títulos de los dos libros de cuentos que recogía eran Las tiendas de color canela y Sanatorio bajo la clepsidra. No leí el libro por esta última palabra, clepsidra; pensé que si un autor metía una palabra así en el título de un libro no le quedaba más remedio que expresarse con vacuidades modernistas. No podía estar más equivocado aquel chico de los suburbios que era yo entonces, o al menos lleno él mismo de un desprecio vacuo hacia cosas que desconocía.

Me volví a encontrar con Schulz al leer mi primer libro de Bolaño, Estrella distante, en 1999. Hacia el final de esta novela, cuando Arturo Belano tiene que señalar en un bar a Romero (el detective asesino a sueldo) quién es Carlos Wieder (el nazi que le han encargado matar), Belano le dice que le esperará leyendo a Schulz. “El bar estaba casi vacío. Una mujer leía una revista sentada en una mesa y dos hombres hablaban o discutían con el que atendía la barra. Abrí el libro, la Obra completa de Bruno Schulz traducida por Juan Carlos Vidal, e intenté leer. Al cabo de varias páginas me di cuenta que no entendía nada. Leía pero las palabras pasaban como escarabajos incomprensibles, atareados en un mundo enigmático.”, escribe Bolaño en el último capítulo de Estrella distante.
Algún año después, hojeando una revista literario, leí que Bruno Schulz fue un judío polaco al que un nazi pegó un tiro en plena calle, en el gueto de su pueblo polaco Drohobycz (actualmente Ucrania), porque quería vengarse de su enemigo, el nazi que protegía a Schulz, quien le usaba para decorar las paredes de la casa de su hijo (Schulz era el profesor de dibujo del instituto de Drohobycz). Es decir, Bolaño hace que Belano esté leyendo a Schulz cuando ha de indicar a Romero quién es el nazi chileno al que debe matar, una cuidada venganza literaria.

En 2008 Siruela volvió a reeditar el libro con las Obras Completas de Bruno Schulz. Esta vez en tapa dura, y con los dibujos que Schulz hizo para acompañar la edición de Sanatorio bajo la clepsidra, con el sugerente título de Madurar hacia la infancia. Y una nueva traducción a cargo de Elzbieta Bortkiewicz. He leído en Internet alguna crítica a la antigua, está me ha parecido muy buena, a pesar de algunas rimas internas, que imagino difíciles de evitar.
Por entonces leí una pequeña reseña en un Babelia donde el crítico Francisco Solano (lo acabo de buscar en Internet) afirmaba que Schulz estaba a la altura de Kakfa y Borges, pero que a diferencia de ellos “parecía condenado a perpetuarse en una devoción restringida”.
Lo compré en la feria del libro de Madrid de 2009. De algún modo nuevamente absurdo no lo he leído hasta ahora. Y sí, al fin, tras este periplo, lo puedo afirmar: Bruno Schulz es uno de los genios de la literatura del siglo XX a la altura de Kafka y Borges.

Al hablar de la obra de Schulz los críticos suelen referirse a sus dos libros principales, Las tiendas de color canela (1933) y Sanatorio bajo la clepsidra (1939), como libros de relatos. En realidad los cuentos de estos libros se vertebran como los capítulos de una misma novela, donde el autor parece recrear el mundo de su infancia alrededor de la casa familiar, unida a la tienda de telas de su padre en la plaza del pueblo de Drohobycz.
Schulz vuelve la mirada atrás y no hace emerger recuerdos a la manera proustiana, parapetándose en la evocación del detalle, sino que su labor será la de buscador de mitos, y así bucea en el inconsciente colectivo para sacar a la superficie la esencia mítica de la infancia, de un mundo anterior a los límites impuestos al adulto.
De forma reveladora leemos en la página 167: “Hay cosas que no pueden ocurrir hasta el final de forma absoluta. Son demasiado grandes y magníficas para caber en su suceso. Sólo intentan ocurrir, palpan el sujeto de la realidad: ¿aguantará su peso? Enseguida retroceden temiendo perder su integridad en la deficiencia de lo real”.

Cuando Schulz escribe, las palabras no buscan recrear la realidad, consiguen crear la realidad. La metáfora se abre camino en el discurso para ser el discurso. El niño no recuerda al padre trepando como una araña por las estanterías de la tienda, el padre es una araña que trepa por las estanterías de la tienda.

El volumen editado por Siruela se complementa con texto inéditos de Schulz, en ellos podemos leer unos breves ensayos sobre la obra de Kafka, de Gombrowicz (del que era amigo), o de sí mismo. En una autorreflexión sobre Las tiendas de color canela, leemos en la página 424: “Nuestras más sobrias definiciones y conceptos son lejanos descendientes de los mitos o historias antiguas. Entre nuestras ideas no hay una miga que no provenga de la mitología, aunque sea de una mitología transpirada, mutilada, transformada. La primera función del espíritu es fabular, crear historias. La fuerza propulsora del saber humano es el convencimiento de encontrar, al final de la propia búsqueda, el sentido último del mundo”.

En Las tiendas de color canela, Schulz nos habla de su casa, de la tienda de telas de sus padres, de la plaza del pueblo, y las personas sobre las que focaliza su atención son principalmente el padre, demiurgo capaz de animar la realidad muerta, y Adela, la sirvienta, enemiga del padre al intentar imponer orden a su caos. En este libro destacaría Los pájaros y el cuento/capítulo titulado Las tiendas de color canela, sólo estos dos textos ya hacen para mí a Schulz uno de los grandes.

En Sanatorio bajo la clepsidra, volvemos al mismo mundo, pero el protagonista Josef (el mismo nombre que Josef K., el protagonista de El proceso) empieza a entrar en la adolescencia, y así en el texto llamado La primavera se enamorará de Bianca (Intenté leer páginas de este cuento el sábado pasado después de un acto social, con comilona y vino, igual que a Belano las palabras me pasaban como escarabajos incomprensibles: cómo me costaba concentrarme, que lenguaje más alambicado y hondo usa Schulz, cuya lectura en el metro no es muy recomendable.)
En el cuento titulado Sanatorio bajo la Clepsidra, el padre ha muerte pero permanece vivo o semivivo en este sanatorio que consigue viajar en el tiempo…, y esto lo cuenta Schulz sin despeinarse apenas: “ -Todo el truco consiste –añadió dispuesto a presentar el funcionamiento del mecanismo con las manos- en que hicimos retroceder el tiempo. Nos retrasamos hasta un intervalo cuya duración es imposible de determinar. La cuestión conduce a un simple relativismo. La muerte que alcanzó a su padre en su país, aquí no ha llegado todavía.” (página 298).

En dos textos finales Schulz analiza la obra de Kafka y Gombrowicz de forma muy incisiva. En el cuento El jubilado se filtra claramente la influencia de Gombrowicz y su impactante novela (la leí en 2004) Ferdydurke, ya que el protagonista de El jubilado también acaba regresando de adulto al colegio (quizás uno de los textos menos brillantes del conjunto al quedar despegado del resto y no ser Josef su narrador).
La influencia de Kafka es constante en Schulz, aunque si bien la alteración de la realidad en Kafka suele conducir a la angustia en Schulz lo hace hacia el divertimento poético.

En La última escapada de mi padre, Schulz trae a la vida a su padre muerto en la figura de una cucaracha, que según el texto debe de ser al menos del tamaño de una langosta. La madre y Josef alimentan a la cucaracha, la miman, y por error la sirvienta la hierve y la sirve de comida (la langosta es un alimento prohibido para las judíos; las referencias religiosas son constantes en el texto, algunas me las pierdo). El plato se queda sin comer cogiendo moho, hasta que la langosta cocida una mañana desaparece.
Kafka se transforma a sí mismo en una cucaracha gigante humillada por el padre, y Schulz transforma a su padre en una cucaracha/langosta que la familia se acaba sirviendo como comida no sagrada: parece un chiste metafísico de judíos contado por Woody Allen. Un chiste de judíos que en todo caso acaba estrepitosamente mal, con tuberculosis en un sanatorio, con un tiro en la cabeza…

Qué largo recorrido para encontrarme con Bruno Schulz, para admirar el poder del genio de surgir en los lugares más insospechados, en un oscuro profesor de dibujo de un instituto que no pudo nunca abandonar su pueblo, y del que dependía económicamente toda su familia tras la muerte del padre, “un gnomo minúsculo, macrocefálico, demasiado timorato pasa osar existir, había sido expulsado de la vida, se desarrollaba al margen”, escribe de él su amigo Gombrowicz.
La leyenda dice que Schulz tenía una novela acabada y escondida, llamada El mesías, cuando fue asesinado. Una novela desaparecida en la vorágine del siglo XX.

En muchos de sus dibujos una bella mujer desnuda es admirada por un ser retorcido, a sus pies: