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domingo, 14 de abril de 2024

Un lugar soleado para gente sombría, por Mariana Enriquez


 Un lugar soleado para gente sombría, de Mariana Enriquez

Editorial Anagrama, 229 páginas. Primera edición de 2024.

 

De Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) había leído, hasta ahora, su libro de cuentos Las cosas que perdimos en el fuego (2016) y la novela Nuestra parte de noche (2019). Con estas dos obras me lo he pasado muy bien. Estaba barruntando la idea de acercarme a Los peligros de fumar en la cama (2009), el anterior libro de cuentos de Enriquez, cuando vi el anuncio de que Anagrama publicaba una nueva colección de relatos de esta autora titulada Un lugar soleado para gente sombría (2024). Decidí pedírselo a la editorial, para poder leerlo y reseñarlo y, ya de paso, les pedí también Los peligros de fumar en la cama. El personal de prensa de Anagrama me envió los dos y me siento afortunado por ello.

 

Un lugar soleado para gente sombría está formado por doce relatos, la misma cantidad de las dos colecciones de cuentos anteriores de Enriquez.

 

Mis muertos tristes es el primer relato. Empieza con la descripción de un barrio depauperado de Buenos Aires. Es un comienzo que me recordaba al del primer cuento de Las cosas que perdimos en el fuego, que se titulaba El chico sucio. Una mujer que vive sola empieza a escuchar los gritos de su madre muerta; y también podrá ver a otras personas fallecidas. Y este fenómeno no solo ocurre con ella, sus vecinos del barrio también empezaran a tener que tratar con estos muertos. El cuento termina criticando esa manía de la ultraderecha de culpar de los problemas sociales a los inmigrantes o a los más desfavorecidos. Es un buen cuento. La sensación que tengo es que he vuelto a abrir el libro de Las cosas que perdimos en el fuego, que ha aumenta ahora su número de relatos. Es decir, Mariana Enriquez ha encontrado una fórmula de éxito y va a seguir explotándola en este libro. Enriquez, a través de los mecanismos del género fantástico y de terror, va a mostrar, siendo crítica, las contradicciones y los problemas de la sociedad en la que vive.

 

Los pájaros de la noche es el segundo cuento, y aquí la narradora es una adolescente que nos va a hablar de su hermana mayor y de sus padres. Como en otros cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego, ahora nos hemos trasladado de Buenos Aires al Paraná. «Tengo una enfermedad cuyo síntoma principal es que la piel se pudre, como si estuviera muerta. Por suerte no huele, es solo el aspecto verdegrís lo impresionante, y que, de vez en cuando, se cae y voy dejando jirones de mí misma por la casa.» (pág. 35). Diría que en este nuevo libro, Enrique ahonda más en los temores a la descomposición del propio cuerpo, porque esta idea aparece en más relatos. En la región en la que vive la familia hay muchas leyendas sobre pájaros: «Todos los pájaros son mujeres que han recibido un castigo», y pasará a hablar de estos mitos de Misiones, Corrientes o Entre Ríos: las mujeres que desobedecen, que tienen mala conducta, etc. se transforman en pájaros. De este modo, Enriquez señala aquí la composición machista de la cultura popular. En este relato la creación de una atmósfera funesta y opresiva está por encima de la creación de la trama.

 

La desgracia en la cara tiene un trabajo de composición interesante: las primeras páginas están narradas en primera persona por un varón (algo inusual en los cuentos de Enriquez) y, antes de la mitad del relato, se pasará a un narrador omnisciente en tercera persona lo que, además, marcará un salto en el tiempo. El relato gira en torno al trauma de la madre de una familia que sufrió una violación en su adolescencia. La hija acabará descubriendo que esa violación no fue necesariamente a manos de un hombre. Tanto la madre como la hija irán perdiendo el rostro, de un modo drástico, perturbador. Cruda metáfora del borrado de las mujeres.

 

Julie se ha convertido en mi relato favorito del conjunto. La narradora, una joven bonaerense de veinte años, nos va a hablar de su prima Julie, de veintiuno, hija de sus tíos que emigraron a Nueva York y que, en el tiempo del relato, vuelven a Argentina. Julie ha sido una niña con obesidad que jugaba con amigos invisibles, mientras que la madre era aficionada a la ouija. Los amigos invisibles de Julie parecen ser fantasmas con los que no solo habla, sino que también mantiene relaciones sexuales con ellos, como en la película ochentera El ente. Según lo estaba pensando, Enriquez cita a película en el relato. Me ha encantado esta confluencia de recuerdos ochenteros. Como decía, este relato se ha convertido en mi favorito, porque tiene un giro final, en la última página, que no me esperaba, y que cambia el sentido de lo narrado y que lo abre hacia otros terrores, que me ha parecido muy sutil. Como trasfondo social del relato aquí se ven las tensiones entre los argentinos que emigraron a países más prósperos y los que se quedaron en el país.

 

Metamorfosis es un relato sobre los miedos a las enfermedades. Una mujer de cuarenta y tantos años ha de ser operada del útero, del que le extraerán un mioma, que ella se empeñará en introducir de nuevo en su cuerpo. Es un relato con menos trama que otros, que apuesta por la extrañeza y la repugnancia. Me ha parecido menos conseguido que otros del conjunto.

 

Un lugar soleado para gente sombría, que trata de una mujer argentina en Estados Unidos, me ha parecido otro de los relatos más destacados del libro. La narradora escribe artículos para revistas paranormales, y le propone al editor escribir sobre Elisa Lam, que apareció flotando muerta en el depósito de agua de un hotel de Los Ángeles, depósito que reúne a unas personas en un culto que invoca a Elisa Lam. Esta historia está basada en algo real, y fue extraño leer sobre esto y poder buscar las últimas imágenes de Elisa Lam en el ascensor del hotel, que están en YouTube. Este relato habla también del miedo real a la pérdida de los seres queridos.

 

El narrador de Los himnos de las hienas es un joven gay que acompaña a su pareja, diez años más joven que él, a visitar a su familia en su pueblo del interior. En este pueblo la municipalidad creó un zoo para atraer a turistas, pero los animales murieron en un incendio, al que sobrevivieron las hienas. La pareja visitará un palacio abandonado donde, en el periodo de la dictadura, se piensa que se torturó a presos políticos. La visita a este lugar –lógicamente– va a tener consecuencias inesperadas. He tenido la sensación de que una idea muy parecida a esta ya la usó Enriquez en uno de los cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego. No es un mal cuento en realidad (como no lo es ninguno de los incluidos en esta colección), pero me ha parecido de ejecución más previsible y mecánica.

 

Diferentes colores hechos de lágrimas también es un buen cuento, pero he tenido un poco ya al leerlo sensación de agotamiento. Es decir, ya sé que Enriquez va a dar un giro fantástico a lo que narra y por eso, cuando ese giro ocurre, no acaba de sorprenderme. En este caso, unas mujeres jóvenes, que trabajan en una tienda de ropa de segunda mano, van a visitar a un anciano que les quiere vender unos vestidos de su mujer fallecida y unas joyas. Los vestidos van a mostrar sobre los cuerpos de las mujeres que se los prueben los daños que han sufrido sus antiguas dueñas. Aquí, como ocurría en Nuestra parte de noche, parece criticarse la impunidad de la clase alta argentina durante la última dictadura, y la impunidad en general, hace unas décadas, sobre los maltratos domésticos a las mujeres.

 

En Cementerio de heladeras una mujer adulta habla de un incidente de su primera adolescencia, que ocurrió treinta años antes, y en el que tuvo lugar  la muerte de otro niño a causa de una broma más que desafortunada. Es un cuento correcto, aunque con menos fuerza que otros.

 

En Un artista local una joven pareja de Buenos Aires va a pasar unos días a una casa en el campo, a un pueblo que está tratando de salir a flote gracias a enfocarse hacia el turismo. Este cuento está narrador en tercera persona. Pronto empezarán a sentir la extrañeza de que no todo parece estar en su lugar en este pueblo. El final me ha recordado al de algunos cuentos de Lovecraft, con la creación de nuevos mitos. Aquí se habla también del problema de la despoblación de los pueblos argentinos.

 

En Ojos negros una trabajadora social, que acerca, con una furgoneta, comida a mendigos por las noches, nos va a contar su encuentro con dos niños cuyos ojos no tienen pupilas, sino que son completamente negros. De nuevo he sentido aquí la influencia de los cuentos del círculo de Lovecraft, como el titulado Los perros de Tíndalos de Frank Belknap Long.

 

Quien haya leído Las cosas que perdimos en el fuego con gusto y se acerque ahora a Un lugar soleado para gente sombría creo que va a disfrutar de nuevo de la experiencia. Lo único malo que le va a poder ocurrir es que su capacidad de sorpresa ya no va a poder ser la de antes. Como dije al comienzo, Mariana Enriquez ha encontrado una fórmula exitosa de narrar –unir terrores cotidianos a otros sobrenaturales, y hacer crítica social a la situación de los pobres en su país, y sobre todo a la de las mujeres– y sigue explotando el mismo camino. Como diferencia, creo que ahora he podido percibir que algunos relatos se adentraban más en los miedos a las enfermedades y el envejecimiento del cuerpo. En Un lugar soleado para gente sombría hay relatos realmente muy buenos. He pasado verdaderos grandes ratos leyendo este libro.

domingo, 19 de abril de 2020

Nuestra parte de noche, por Mariana Enriquez


Nuestra parte de noche, de Mariana Enriquez

Editorial Anagrama. 667 páginas. 1ª edición de 2019.

Una de mis mejores lecturas de 2018 fue el libro de relatos Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973). Me sorprendió muy gratamente cómo usaba el género de terror para hablar de otros miedos más cotidianos (el machismo, el abandono que sufren los pobres, los desaparecidos de la dictadura militar…). Por eso, cuando a finales de 2019 leí la noticia de que el premio Herralde había recaído sobre la extensa novela Nuestra parte de noche de Mariana Enriquez sentí una sincera alegría y me apeteció de forma inmediata leer ese libro. Se lo solicité a la editorial y, muy amablemente, me lo enviaron para que pudiera leerlo y reseñarlo. Me he puesto con él a principios de 2020.

La primera parte del libro ­­–titulada Las garras del dios vivo– nos llevan a la Argentina de enero 1981, cuando rige en el país la dictadura de Jorge Videla. Juan, de veintiocho años, despierta a su hijo Gaspar, de seis, para salir esa mañana de Buenos Aires en coche hacia el interior del país, hacia la selva, frontera con Paraguay. Descubriremos pronto que Rosario, la esposa de Juan y madre de Gaspar, ha muerto recientemente. Al principio me estaba acercando a la lectura de la novela en clave realista y con la información recibida suponía que Juan y Rosario pertenecían a un grupo político que actuaba en contra de la dictadura, que habían sido los militares quienes habían asesinado a Rosario y que Gaspar huía de ellos. En realidad no es así y bastante pronto el lector comprenderá que Nuestra parte de noche es una novela abiertamente fantástica. Gaspar es un poderoso médium, usado por una sociedad secreta internacional llamada «la Orden», alguien capaz de poner en contacto a sus miembros con «la Oscuridad». Gaspar no puede eludir acudir a la mansión de sus familiares políticos en la selva (los padres de Rosario) para llevar a cabo su rito anual de invocación a la Oscuridad. Juan es un hombre de dos metros y pelo rubio, descendiente de emigrantes suecos en Argentina, que pese a su imponente físico se encuentra gravemente aquejado de una enfermedad cardiaca. Contactar con la Oscuridad no hace más que debilitarle, pero la Orden no puede prescindir de su poder y ahora le reclama a su hijo Gaspar para ser usado también a favor de sus intereses. La orden está embarcada en los últimos tiempos en el proyecto de conseguir la inmortalidad gracias a la transmigración de las conciencias en «cuerpos recipientes». Cuando el médium Juan consigue invocar a la Oscuridad ésta transmite información a los escribas sobre los pasos del proceso y los ancianos más poderosos de la organización no pueden renunciar a este sueño.

En gran medida Nuestra parte de noche acaba siendo un canto de amor a la paternidad. Aunque en más de una ocasión Gaspar no va a entender los actos de su padre y llegará a temerle, la motivación principal de la vida de Juan consistirá en alejar a su hijo de sus poderosos familiares políticos. En este sentido, el tema último de la novela nos puede recordar al de La Carretera de Cormac McCarthy.

La primera parte del libro, en gran medida, es una narración de carretera, con elementos fantásticos, puesto que Juan no está aún seguro de que Gaspar haya heredado sus poderes, pero pronto podrá comprobar que sí. Gaspar puede ver en un hotel de carretera la presencia de una mujer fantasmal que se queja de haber perdido a su hijo. Juan sabe entonces que ha de enseñarle a expulsar esas presencias y que debe hacer estos encuentros menos traumáticos para Gaspar que lo que fueron en el pasado para él.

El final de la primera parte, cuando se narra la invocación de Juan de la Oscuridad es impresionante. Cuando en mi adolescencia leía novelas de terror y de ciencia-ficción muchas veces me daba cuenta de que las ideas de los escritores que leía no estaban a la altura de su pericia narrativa. Con Mariana Enriquez ocurre justo lo contrario: el adolescente que leía libros de terror y ciencia-ficción que aún habita en mí no ha parado durante esta lectura de alegrarse al poder leer escenas fantásticas tan bien construidas como las que nos encontramos en Nuestra parte de noche.

La novela se divide en seis partes, aunque realmente dos de ellas (la segunda y la quinta) son mucho más cortas que las otras cuatro y actúan como elementos de transición. En el primer caso se cede la palabra al médico que atendía a Juan en su niñez y en el segundo a una periodista que investiga casos de desaparecidos de la dictadura y cuyas pesquisas le acercan a la mansión de los Brandford (la familia de Rosario).

La tercera parte –La cosa mala de las casas solas– nos lleva a la Argentina de 1985-1986 y Juan y Gaspar se han instalado en una casa modesta de un barrio de las afueras. Como si se tratase de una novela de Stephen King (escritor del que Enriquez es seguidora manifiesta), se nos presentará ahora la pequeña pandilla de amigos preadolescentes de Gaspar, un niño que vive ajeno a su familia política y a los supuestos poderes de los que es dueño. Sin embargo, estos poderes, que el lector conoce y los protagonistas de la narración no, se harán pronto presenten. Adela es una de las amigas de Gaspar y vive sola con su madre (se insinúa que el padre es un «desaparecido» de la dictadura), además le falta un brazo. Aunque Enrique no lo cuenta, el lector presiente que esa mutilación tiene que ver con los ritos de invocación a la Oscuridad que ya conoce y que, por tanto, de algún modo u otro, Adela y su madre están conectadas con Gaspar y su padre. Una casa cerrada del barrio, y cuyas puerta y ventanas parecen dibujar una insinuante cara, pronto empezará a llamar poderosamente la atención de los cuatro amigos (Gaspar, Adela, Vicky y Pablo) y el deseo de entrar en ella y descubrir sus secretos será una tentación que no van a poder eludir. Este tema de la niña a la que le falta un brazo y la casa encantada, que acabará siendo más grande por dentro que por fuera, ya fue tratado por Enriquez en La casa de Adela, uno de los cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego. De hecho, parece describir en cuento y novela a la misma niña (aunque en un caso la amputación es a la altura del hombro y en el otro del codo).

Los homenajes a algunos de los maestros del terror son más o menos explícitos en estas páginas. De los que yo conozco, diría que en las páginas de Enriquez descansan con comodidad Stephen King, H. P. Lovecraft o Arthur Machen. Si bien, Enriquez usa muchos de los recursos clásicos del terror, como son las cartas del tarot, la invocación a los demonios, las casas encantadas, etc. diría que también consigue crear una cosmogonía propia muy bien armada. A diferencia de otras obras de terror, en Nuestra parte de noche todos los elementos fantásticos encajan perfectamente y nada parece creado al azar o ad hoc para resolver una escena.

Cuando comenté los cuentos de Nuestra parte de noche destaqué el hecho de que Enriquez se servía del género para denunciar algunos temas candentes de la sociedad argentina. En Nuestra parte de noche vuelve a hacerlo. No es casualidad que la primera parte del libro se ambiente en enero de 1981 cuando aún dirigen el destino de Argentina los militares de Videla, y que la familia Brandford, una de las más poderosas de la Orden, sea una familia de ricos con buena relación con los militares. No es casualidad que los muertos debidos a la Orden se puedan camuflar y mezclar con los muertos de los militares. Tampoco lo es que Juan, el poderoso médium con problemas médicos, provenga de una familia humilde y que la familia rica de los Brandford se lo compre a sus padres para poder usarlo según sus intereses. Esto parece una clara metáfora de la lucha de clases. También aparecen en esta novela los mismos mitos paganos que en los cuentos de Enriquez, y se habla, por ejemplo, de La Santa Muerte, una figura consoladora para personas que se sientes fuera de la sociedad o la religión convencional.
Además de los miedos que generan la dictadura y el poder, también nos encontramos aquí con más tipos de miedos. Así, por ejemplo, se hablará también en la novela de las muertes por SIDA de finales de los 80 y principios de los 90, contado a través de Pablo, el amigo de Gaspar, que es homosexual.

Cuando he leído alguna de las estupendas antologías de cuentos de terror de la editorial Valdemar ya he apuntado esta idea: el terror describe una realidad íntima, en muchos casos, mejor de lo que pensamos. Nos rasga el velo de lo real y nos enfrenta a nuestros miedos más irracionales, a esos que no queremos mirar pero que están en nosotros y nos constituyen como personas.
La tensión narrativa de Nuestra parte de noche no ha decaído para mí durante sus 667 páginas. Es ésta una novela con unas escenas de terror sobrecogedoras y cuyas páginas consiguen crear una atmósfera enfermiza perfectamente creíble y sugestionable. En este sentido, recuerdo la impresión que me causó leer este libro una noche yo solo en casa, cómo cada ruido del edificio conseguía asustarme. Si bien, en más de una ocasión, he comentado que quiero frenar con la lectura de tantas novedades literarias y refugiarme en los valores seguros de los clásicos, también he de decir que entre las novedades literarias a las que me he acercado durante los últimos años, libros que aún no han recorrido la senda del prestigio y la consolidación, Nuestra parte de noche ha sido uno de los que más me han impresionado y que más me ha hecho disfrutar. Un libro que me ha retrotraído a la lectura desprejuiciada y feliz de los primeros grandes libros de la adolescencia. En fin, que me lo he pasado en grande leyendo Nuestra parte de noche de Mariana Enriquez.                                                    

domingo, 14 de abril de 2019

Las cosas que perdimos en el fuego, por Mariana Enriquez


Editorial Anagrama. 197 páginas. 1ª edición de 2016.

Durante 2016 y principios de 2017 leí, en internet y en suplementos culturales, bastantes elogios sobre este libro de Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973), que, partiendo del terror, traslada los presupuestos del género a espacios diferentes. Era uno de esos libros que imaginaba que me iban a gustar, pero que estaba dejando pasar porque he de dejar pasar algunas de las novedades que me apetecen. Si no lo hago nunca conseguiré acercarme a los clásicos que me faltan por leer. Sin embargo, en la Feria del Libro de Madrid de 2017, vi que estaba anunciada la presencia de Enriquez, y como aprecio que la Feria del Libro invite a autores extranjeros, decidí pasarme por allí para comprar el libro y que me lo dedicara. Hablamos unos minutos. Me di cuenta de que Las cosas que perdimos en el fuego había sido celebrado en Argentina por el crítico literario y escritor Elvio E. Gandolfo, uno de mis amigos de internet. No pude dejar de comentarlo (ya sabéis, me encanta hacerme el cosmopolita cibernético) y en la dedicatoria de Enriquez en mi libro se coló una referencia a Gandolfo.

Las cosas que perdimos en el fuego está formado por doce cuentos. El primero se titula El chico sucio, y en él ya nos encontramos casi todos los elementos que Enriquez va a usar para escribir sus relatos. «Mi familia cree que estoy loca»: con estas palabras comienza la narración, unas palabras significativas. En muchos de estos relatos, sus mujeres protagonistas serán consideradas locas por terceros. De hecho, Enriquez, siguiendo las premisas de muchas de las historias de Henry James, juega en sus relatos a la doble interpretación: lo que la protagonista (sólo en el cuento Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo el protagonista principal es un hombre) está narrando o viviendo (algunos relatos están contados en tercera persona) puede tener una explicación fantástica, ya que la narradora está en contacto con un fantasma, por ejemplo, o bien existe una explicación racional y la protagonista está imaginando que un fantasma ha contactado con ella y, por tanto, se está volviendo loca.

En El chico sucio, una joven de clase media decide trasladarse a vivir a uno de los barrios más peligrosos de Buenos Aires, a una antigua casa familiar por la que siempre ha sentido fascinación. La descripción del deterioro del barrio y de las condiciones de vida de sus vecinos genera una atmósfera muy propicia para los excesos criminales que pueden darse en este entorno. Pero, además, también funcionan como una crítica sobre la desigualdad social en las grandes urbes. En El chico sucio, el terror no necesita de lo fantástico para funcionar. La descripción inicial del barrio de Constitución, que en el pasado fue lujoso, me ha recordado al paseo con el que comienza la novela El caso de Charles Dexter Ward de H. P. Lovecraft por Providence. «Constitución no es fácil y es hermoso, con todos esos rincones que alguna vez fueron lujosos, como templos abandonados y vueltos a ocupar por infieles que ni siquiera saben que, entre estas paredes, alguna vez escucharon alabanzas a viejos dioses», leemos en la página 11.
En El chico sucio no hay elementos fuera de lo real (seguramente) pero sí que se nos habla de personas reales que creen en lo fantástico: personas que levantan altares en la calle a dioses delincuentes como el Gauchito Gil o San La Muerte.
«Que no era la princesa en el castillo, sino la loca encerrada en la torre», dice la narradora en la página 32, cuando ya está acabando su relato y se plantea que tal vez deba cambiar de barrio.

La hostería nos traslada a la provincia de Buenos Aires, a un cuento de aparecidos, que además son torturados en la época de la dictadura de Videla. Como es propio de este libro, los terrores cotidianos –como la separación de los padres, los cambios bruscos durante la infancia, el miedo a aceptar la propia sexualidad…– están aquí presentes.

Los años intoxicados, en los que la narradora evoca la época en la que consumía drogas con sus amigas, allá por los años 1989-1994, de nuevo podría ser un relato realista, con imágenes muy sugerentes (el bosque en el que se pierde en la noche una supuesta bruja adolescente) que parten del imaginario actual para un lector que medianamente conozca el mundo del cine de terror.

La casa de Adela posiblemente sea el relato que parte de un presupuesto creativo más abiertamente fantástico de todos, encontrándonos aquí con una clásica, y sugerente, historia de casa encantada. A una de sus niñas protagonistas le falta un brazo y el miedo y el malestar ante los defectos físicos están aquí presentes.

Pablito clavó un clavito: Una evocación del Petiso Orejudo, como ya dije, es el único cuento de los doce aquí presentes protagonizado por un hombre, y en él se habla del Petiso Orejudo, un famoso asesino en serie de la primera mitad del siglo XX en Buenos Aires. Este cuento puede ser fantástico o puede hablarnos sobre la locura. Su final me parece muy sutil porque elude la contundente y escabrosa escena hacia la que parecía llevarnos la narración.
Algo parecido a lo contado sobre Pablito clavó un clavito ocurre con Tela de Araña, un cuento que transcurre en Corrientes (aunque protagonizado por una mujer de Buenos Aires) y en Asunción (Paraguay). Las leyendas de fantasmas y aparecidos se cuentan entre los protagonistas y unos desconocidos con los que coinciden, pero el verdadero terror no proviene del más allá, sino de la concreción de los militares de las dictaduras del Cono Sur.

Fin de curso, sobre locas o posesiones fantasmales, nos habla del terror adolescente a ser invisible, igual que Nada de carne sobre nosotras habla de la anorexia y los desequilibrios alimenticios y emocionales.

Creo que El patio del vecino es el cuento que verdaderamente más me ha espeluznado de los aquí leídos. Me ha hecho pensar en el escritor de terror Robert Bloch, que de adolescente era un admirador de Lovecraft, con quien llegó a cartearse, y que empezó su precoz carrera con cuentos de vampiros, momias, fantasmas… para llegar a la conclusión de que los terrores reales, provenientes de asesinos en serie y locos psicópatas, pueden llegar a dar más miedo que los provenientes del más allá. Bloch es el escritor de la novela Psicosis. Terminé El patio del vecino sin aliento.

Bajo el agua negra, sobre un habitante de una villa miseria que regresa (o tal vez no) de la muerte, me ha recordado a alguna de las novelas cortas de Lovecraft, como La sombra sobre Innsmouth. De nuevo, jugando con los presupuestos de una eficiente narración de terror, nos encontramos ante una dura crítica de las desigualdades sociales.

Verde rojo anaranjado trata sobre una chica que se relaciona a través de internet con un amigo que, en el presente del relato, se encuentra encerrado en su habitación como un hikikomori. Este cuento habla de los terrores modernos a la red.

El último cuento, Las cosas que perdimos en el fuego, es el que da título al volumen y trata sobre un movimiento de mujeres en Argentina que deciden prenderse fuego después de que se sucedan los ataques machistas con quemaduras sobre ellas. «Es que yo hablo con las chicas. Les cuento que a nosotras las mujeres siempre nos quemaron, ¡que nos quemaron durante cuatro siglos! No lo pueden creer, no sabía nada de los juicios a las brujas, ¿se dan cuenta?», leemos en la página 196, penúltima del libro.

El lenguaje del libro es conciso y contundente, muy adecuado a los materiales tratados.
Me ha gustado mucho Las cosas que perdimos en el fuego, un conjunto de relatos que, pese a que bebe de muchas fuentes, resulta tremendamente original y sugestivo. Los doce cuentos mantienen un nivel muy parejo. He disfrutado mucho con este libro, leído hace un año (en marzo) y que se convirtió en una de mis lecturas favoritas de 2018.