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jueves, 25 de junio de 2015

Los afectos, por Rodrigo Hasbún

Editorial Random House. 140 páginas. 1ª edición de 2015.

Hace tres años leí Los días más felices, libro de relatos de Rodrigo Hasbún (Cochabamba, Bolivia, 1981), editado por Duomo, un libro que me gustó mucho. Sabía que Hasbún tenía una novela publicada en Bolivia, que al final no salió en España; y hace no mucho la editorial Demipage publicó un recopilatorio de sus cuentos titulado Nueve. No lo compré porque al hojearlo me di cuenta de que tres de los nueve cuentos de ese libro ya los había leído en Los días más felices.
Tenía intención de no pasarme por la Feria del Libro de Madrid este año. El pasado verano me conciencié de que no debo comprar tantos libros para acumularlos y que antes de permitir que entraran nuevos en casa debía leerme los que tenía comprados sin leer. Pero hace unos domingos estaba de buen humor y vi en internet que Rodrigo Hasbún estaba firmando en la feria su nueva novela Los afectos y además estaba también Nere Basabe, de la que tenía su novela El límite inferior sin firmar, y decidí pasarme (vivo a dos calles del Retiro) para conocer al primero y saludar a la segunda.

Hasbún me pareció muy amable (ya habíamos cambiado algunas palabras antes a través de las redes sociales) y me resultó agradable poder conocerle en persona y hablar unos minutos con él. Como siempre, me apenó también un poco que los escritores de verdad se pasen las horas de firmar en las casetas (cuando se encuentran fuera de su ciudad) observando a los paseantes de brazos cruzados y siendo confundidos con libreros, mientras que son los cocineros, los presentadores y casi cualquiera que salga por la televisión (en la era de internet la gente –y entre ellos, sin duda, los llamados nativos digitales- sigue enganchadísima a la televisión) los que suelen acaparar la atención del público. En fin, esto es así todos los años y no va a cambiar, no le demos más importancia y nosotros vayamos a lo nuestro, a nuestro vicio minoritario, la escritura literaria.

Al comienzo de su novela Hasbún nos advierte de que ésta es una obra de ficción y que no quiere hacer “un retrato fideligno de ningún miembro de la familia Ertl, ni de quienes aparecen junto a ellos en la novela.” Supongo que la familia Ertl es conocida en Bolivia, pero desde luego Los afectos se lee como pura ficción literaria.

La novela nos lleva a La Paz en 1955, una familia alemana (no se cita en el texto el apellido Ertl) ha emigrado desde Munich a Bolivia hace un año y medio. La narradora del primer capítulo es la hija mediana (sabremos después que se llama Heidi), que desea acompañar a su padre y a la hermana mayor, Monika, a una expedición a la selva, donde el padre quiere buscar las ruinas de una ciudad perdida y mítica. Heidi tiene diecisiete años y aún no ha acabado su formación en el colegio. A pesar de esto consigue convencer a su padre para que pueda acompañarle. Este primer capítulo es muy atractivo, con la expedición atravesando montañas y adentrándose en la selva. En estas páginas nos acercamos al descubrimiento, deslumbrante para esta familia, de un Nuevo Mundo.

El segundo capítulo nos traslada a la voz narrativa de Trixi, la tercera hermana, que se ha quedado en La Paz con la madre, mientras que el resto de la familia está de expedición. “Papá y mis hermanas estaban hacía meses en algún lugar de la selva y esa Navidad la pasamos a solas con mamá. Fue la mejor de mi vida.”, así empieza este capítulo en la página 31.

El tercer narrador será el hermano del hombre con que el que acabará casándose Monika, unos años más tarde.
Como se puede deducir del párrafo que he reproducido de la voz narrativa de Trixi, el tiempo de la novela es una evocación; una reconstrucción desde algún lugar del presente (quizás el siglo XXI ya) de los años que van de 1955 hasta 1970 para esta familia de emigrantes alemanes en Bolivia. Y en este sentido me ha parecido percibir en la construcción la influencia narrativa de Roberto Bolaño. Como en Los detectives salvajes se plantea aquí una búsqueda: la de las claves psicológicas de unos personajes que acabaron (al menos alguno de ellos) involucrándose en la convulsa historia política del país.
Acabo de buscar en la wikipedia a Monika Ertl (ver AQUÍ) y ahora me percato de que es un personaje histórico (como era fácil sospechar). Se la conoce como la “vengadora del Che Guevara”, y en esencia, Hasbún reconstruye, mediante la ficción, algunos hechos claves de su vida. Con lógica narrativa bolañesca (se busca desentrañar un misterio, el de la vida de Monika, desde distintos prismas) ella es la única de las hermanas que no toma la palabra como voz narrativa.

Ya he comentado antes que confluyen en Los afectos tres voces narrativas claras: la de Heidi, la de Trixi (las hermanas) y la del hermano del primer marido boliviano-alemán de Monika. Pero también, cuando se narran hechos más comprometidos (las batallas de los guerrilleros donde vuelven a aparecer personajes históricos, como los de los combatientes Inti y Coco –aunque la wikipedia hablan de Inti y Chato-) se recurre a la tercera persona o a una segunda que sigue muy de cerca los pasos de Monika.

Desde el comienzo sabemos que algo ominoso se cierne sobre el futuro de Monika, la más rebelde de las hermanas.

El padre trabajó como cámara de cine en Alemania para Leni Riefenstahl, la creadora de las películas propagandísticas de los nazis. Y si antes he hablado de la influencia de Bolaño sobre Los afectos puedo seguir: en las insinuaciones sobre el colaboracionismo del padre con los nazis también podemos encontrar ecos del libro de Bolaño La literatura nazi en América. De hecho, una escena en la que el padre filma una escena escalofriante en la selva que él mismo ha incendiado parece sacada de este libro. Hay más: en la página 130 habla la voz de Trixi recordando los movimientos revolucionarios de finales de la década de 1960, cuando los jóvenes de La Paz se internaban en la selva, y escribe: “Decenas de muchachitos armados yendo hacia su muerte. Decenas de muchachitos que serían masacrados por el ejército.” Palabras que me han recordado a las de algunos versos del poema de Bolaño Autorretrato a los veinte años: “miles de muchachos como yo, lampiños / o barbudos, pero latinoamericanos todos, / juntando sus mejillas con la muerte.”


Tampoco quiero dar a entender con los comentarios anteriores que Los afectos me parezca una novela en exceso deudora de Roberto Bolaño, o que su influencia aquí suponga algún problema. Rodrigo Hasbún es un escritor maduro, pese a su juventud (como dejaron claro los cuentos de Los días más felices) y ha escrito una novela atractiva y potente, que también me recuerda por su concisión, su violencia y su poesía soterradas, a las narraciones del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa.


De lo que voy a apuntar a continuación ya ha hablado en alguna ocasión el escritor español Alberto Olmos: la nueva generación de escritores hispanoamericanos (estoy pensando, además de en Hasbún, también en Alejandro Zambra, por ejemplo, o en Samanta Schweblin) se están especializando en escribir novelas que apenas superan las cien páginas. Lo cierto es que a mí me hubiera gustado que Rodrigo Hasbún hubiera escrito una novela más larga, indagando más en los días de la familia Ertl (nombre que nunca se cita en la novela) porque lo que he leído me ha gustado bastante y me he quedado con ganas de más.

domingo, 22 de julio de 2012

Los días más felices, por Rodrigo Hasbún



Editorial Duomo. 131 páginas. 1ª edición de 2011.

La primera vez que supe de la existencia del escritor Rodrigo Hasbún (Cochabamba, Bolivia, 1981) fue en octubre de 2010, al leer en el periódico El País la lista de la revista Granta con los 22 mejores escritores en español menores de 35 años. Había una única persona de Bolivia: Rodrigo Hasbún.

No mucho después una pequeña polémica –en Internet– salpicó su nombre y el del peruano Carlos Yushimito (también en la lista comentada): a los dos los publicaba en España la editorial Duomo, que pertenece al mismo grupo empresarial que la revista Granta.

Considero que los libros de Duomo tienen un diseño atractivo, y cuando en España una nueva editorial –que parece ofrecer literatura de calidad- comienza su andadura me gusta leer algo de ella. Mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio me ha recomendado muchas veces este libro de relatos, Los días más felices, pensando que a mí –sabiendo él lo que me suele interesar– me iba a gustar, y más de una vez ha querido prestármelo. Yo lo rechazaba porque mi pila de libros acumulados sin leer nunca deja de aumentar, y porque me gustaría acercarme más a autores clásicos; a Federico le suele interesar mucho saber qué están escribiendo ahora los escritores jóvenes. Además le comentaba que no hacía falta que me prestara el libro, que lo tenían en la biblioteca de Móstoles. Más de una vez lo había hojeado allí, hasta que hace unas semanas me decidí a sacarlo.

De Rodrigo Hasbún se ha hablado en los periódicos de tirada nacional, la revista Granta le ha seleccionado como uno de los 22 mejores escritores en español menores de 35 años, además su nombre ha vuelto a sonar en Internet, después de eso, unido a una polémica (y todos sabemos que en publicidad se vende de lo que se habla, sea bien o mal), y a pesar de todo esto estoy casi seguro de que, desde que ingresó en la biblioteca de Móstoles como novedad hace un año, soy la primera persona que ha sacado Los días más felices.

Si uno se acerca a un libro titulado Los días más felices, ha de tener claro que va a leer relatos sobre la infelicidad.
Se trata de un conjunto de 12 cuentos, divididos en 3 bloques.

Al leer los 4 cuentos del primer bloque, diría que su temática principal es la incomunicación, o la soledad intrínseca a la que están condenadas las personas en el ámbito de la familia, la amistad o la pareja. Son cuentos tristes, pero de esa tristeza que emociona, que sabe ser poética.

La idea de soledad y de incomunicación se subraya en la mayoría de los cuentos de este libro gracias al uso del siguiente recurso: aunque los cuentos se desarrollan en apenas 8 o 10 páginas, en muchos de ellos se cambia el punto de vista; el narrador se acerca a la visión del mundo de un personaje u otro en cada página, por ejemplo; o bien la narración en primera persona se traslada de un personaje a otro.
Familia, el primer cuento, nos habla de la casi nula relación de un padre con su joven hija –que abandonó el hogar–, relación que sólo se hace efectiva (por parte de ella) para reclamar dinero y no cariño. Y a pesar de esta mala situación familiar esta chica tampoco puede comunicar qué le ocurre a su pareja o a su grupo de amigos.
En el segundo, Calle, concierto, ciudad, unos insistentes “él” y “ella” alternan el punto de vista narrativo de la historia: dos jóvenes podrían encontrarse, pero el azar no lo permite.

En Larga distancia, además del tema de la familia, la soledad, las elecciones que hemos de tomar cuando somos jóvenes, aparece otro de los grandes temas del libro: las personas jóvenes que pueblan Los días más felices –casi todas pertenecientes a la clase media-alta o alta de un país hispanoamericano no citado por su nombre, pero que entendemos que es Bolivia, y de una ciudad tampoco nombrada, pero que suponemos que puede ser Cochabamba– tienen presente la idea de abandonar su país como única posibilidad de futuro. En este cuento un hijo, radicado en Canadá, conversa por teléfono con su padre, radicado en el país hispanoamericano no nombrado, y las medias verdades y los desencuentros dominan su conversación.

La casa grande es quizás el cuento más clásico de este primer bloque: el narrador evoca los días en que su familia regresa al pueblo con la intención de despedirse de la abuela, aquejada de una grave enfermedad. Su dureza y su precisión me han recordado a alguna de las narraciones breves de Rodrigo Rey Rosa.

Quizás la mejor parte del libro sea la segunda, donde los cuatro cuentos están entrelazados y se nos habla de varios momentos en la vida de los compañeros de una clase en un colegio que parece de clase media-alta o alta: cómo es el día a día en el colegio, cómo son los sueños adolescentes (Ladislao, en el cuento que lleva su nombre, quiere ser cineasta); y en el cuento El futuro, el más extenso del conjunto, asistimos al viaje de fin de estudios del grupo. La narración en tercera persona, siguiendo la técnica del estilo indirecto libre, va cediendo su discurso a los distintos jóvenes: su flujo de conciencia nos acerca a sus ambiciones, miedos, frustraciones. Así, el personaje llamado Alicia reflexiona en la página 70 sobre lo siguiente: “Lo que la espera y lo que les espera a ellos, se queda pensando luego, atemorizada. Lo que serán y dejarán de ser, lo que querrán y nunca serán. El futuro que quizá sea un poco cruel y despiadado con algunos”.

En Reunión los antiguos compañeros se vuelven a encontrar unos años más tarde y, como Alicia temía, el futuro ha sido ya un poco cruel y despiadado con algunos.

El fin de la guerra sigue estando relacionado con los 3 relatos anteriores, aunque de un modo débil, y quizás en él Hasbún pierde un poco su voz propia y se deja poseer por la de Roberto Bolaño –como ya ha señalado Alberto Olmos en su crítica sobre este libro para la revista Qué leer. (Ver AQUÍ)–. Como yo en el blog tengo más espacio voy a señalar el cuento de Bolaño que guarda una gran filiación con este de Hasbún: Vagabundo en Francia y Bélgica, del libro Putas asesinas.

Especulo que es en la tercera parte donde Hasbún ha recluido a sus cuentos menos logrados o escritos cuando era más joven; así, el segundo En la selva me parece más titubeante, más inmaduro que los que llevaba leídos; y en el primero, Huida, tal vez se repiten elementos ya desarrollados con más brillantez en cuentos anteriores.

En general la lectura de Los días más felices me ha resultado grata, y pese a algunos altibajos, la mayoría de los cuentos y las páginas de este libro tienen una gran precisión estilística y de propósitos, lo que me hace alegrarme por el futuro de la literatura hispanoamericana. Si Rodrigo Hasbún nació en 1981, y Los días más felices se publicó en 2011, estos cuentos están escritos cuando su autor no tenía aún 30 años. Su solidez y su madurez narrativa me hacen pensar en un autor con un gran porvenir.