Mostrando entradas con la etiqueta Martín Caparrós. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Martín Caparrós. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de mayo de 2018

Echeverría, por Martín Caparrós


Editorial Anagrama. 365 páginas. 1ª edición de 2016.

Este libro lo compré el último día de la Feria del Libro de Madrid de 2016, cuando realmente ya había pensando no adquirir nada más. Vino a Madrid, de visita, Jesús Artacho, escritor y bloguero al que conozco a través de internet, y acabé bajando a la Feria (que me quedaba entonces al lado de casa) para dar una vuelta con él. Ya que iba a acercarme a las casetas del Retiro, comprobé qué escritores estaban firmando libros esa mañana y me encontré con el nombre de Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957). De este autor había leído una novela, A quien corresponda, que compré en mi viaje a Argentina en 2009, un texto duro sobre la época de la dictadura de Videla y sus secuelas treinta años más tarde. Tomé el libro de mis estanterías para que me lo dedicara el autor y, ya que pude cambiar tres palabras con él, me apeteció comprar también Echeverría, que me llevé a casa dedicado. Da una muestra del descontrol de mi montaña de libros por leer el hecho de que he tardado un año y medio en acercarme a esta obra, cuando, en realidad, era una novela que me apetecía leer, puesto que habla de los comienzos de la literatura argentina y de la condición del escritor.

El Echeverría aludido en el título es Esteban Echeverría, nacido en Buenos Aires en 1805, quien iba a ser el primer escritor que publicaría un libro de poemas (en 1834) en la Argentina postcolonial, autor, además, del relato El matadero, que da inicio al realismo argentino. También es autor del largo poema romántico La cautiva. Ambos textos, El matadero y La cautiva, son de sobra conocidos en Argentina, puesto que todo estudiante de secundaria ha de leerlos durante sus años de formación.

La novela comienza con un joven Echeverría a punto de suicidarse. Esta elección no es casual por parte de Caparrós, puesto que Echeverría pasó cinco años (entre los veinte y los veinticinco) en París y volvió a su tierra fuertemente influenciando por la corriente literaria del romanticismo. El Echeverría de diecisiete años ha dejado embarazada a una prima, de la que le han separado, llevándola al campo (donde morirá al dar a luz). Esta tragedia, según Echeverría, también ha conducido a su madre hacia una muerte prematura. En la página cinco de la novela ya se adelanta que Echeverría se va a exiliar a Montevideo. La historia de Echeverría, en líneas generales, ha de ser de sobra conocida para un argentino. Y Caparrós, sabiéndolo, elige la opción de describir sus pensamientos, y describir hechos sobre los que seguramente no cuente con ninguna fuente real. Es decir, Caparrós elige la invención y la novela, frente al intento de alcanzar una fiel reconstrucción histórica. De hecho, en Echeverría el autor reniega de la novela histórica, con algún desdén como éste: «En el mercado vacilante de la letra, las novelas históricas son el refugio más canalla: libros que se venden porque te dicen que al leerlos no estás perdiendo el tiempo; que estás haciendo algo útil, que vas a aprender algo. Libros que aprovechan esa última cualidad que atribuimos a los libros –el supuesto saber, el prestigio de la letra impresa– para vender a muchos sus cositas.» (pág. 47); y un poco antes podemos leer: «Lo propio de la información es disiparse. Cualquiera que intente conocer asuntos de hace cien años, ciento cincuenta años descubrirá enseguida que casi todo aquello se ha perdido. Es sorprendente la cantidad, la calidad de lo que no sabemos sobre alguien que vivió hace menos de dos siglos.» (pág. 46), «No sabemos; callamos o escribimos.» (pág. 46)

Echeverría se divide en siete partes, marcadas con una fecha significativa en la vida del protagonista. Cada una de estas partes finaliza con un capítulo titulado Problemas. En ellos, Caparrós reflexiona sobre el propio material de la novela, de las dificultades que tiene al acercarse a él, de sus dudas. En este sentido, como creo que quedaba claro desde las citas que denostaban a la novela histórica como género, Echeverría no es una novela histórica al uso. A Caparrós le interesa reflexionar sobre la figura del creador, sobre titubeos que le achaca a él sobre su obra, y que pueden ser los del propio Caparrós sobre la suya.
La novela contiene muchas sentencias memorables. Destacaría este párrafo: « A primera vista, el pasado es un lugar donde viven sobre todo personas ricas y famosas, o heroicas y arrojadas, o épicamente desdichadas, trágicas; nunca pensamos en el pasado como momentos aburridos, cotidianos, de millones y millones que nunca hicieron nada inolvidable –y que, de hecho, ya fueron olvidados.
 Del pasado, lo más difícil de entender es que cada uno de sus momentos es un presente, la culminación de miles de años, del punto más avanzado de la historia. Nos parece que cualquier momento del pasado tenía ya su pátina y su polvo: un lugar habitado por personas abrumadas por su propia antigüedad. No sabemos pensarlos modernísimos, llenos de la emoción de estar viviendo lo nuevo, lo más nuevo: de haber llegado a lo más lejos.»

La vida de Echeverría tiene una fuerte dimensión política, puesto que él es considerado un «unitario» (demócrata urbano y europeizante), en contraposición a los «federales», partidarios del dictador Juan Manuel de Rosas. Su oposición ideológica al dictador será la que haga que tenga que exiliarse en Montevideo.

Echeverría vivirá obsesionado (o al menos el Echeverría que dibuja Caparrós) con la idea de crear una literatura nacional, que se separe de los modelos españoles (lo español era, para Echeverría, lo primitivo, de lo que había que huir) y, desde un mundo artístico lleno de dudas, acabará, sin él saberlo, triunfando en aquello que pensaba que estaba fracasando, puesto que, como ya apunté, su nombre se encuentra ahora en alguna calle de cada ciudad de Argentina y sus textos se consideran fundacionales de la literatura nacional.
Dos hechos peculiares confieren a Echeverría un aire de artista trágico: muere en el exilio de Montevideo en 1851 a los 45 años, sin poder conocer la derrota y el exilio de Rosas en Inglaterra y sin poder regresar a su patria. En ella, los que fueron sus amigos (y que también vivieron exiliados) acabarán alcanzando cargos de gran responsabilidad. «Echeverría había muerto pobre y solo.» (pág. 364). El segundo hecho es que Echeverría no supo medir la calidad de sus logros literarios, puesto que él pensaba que sería recordado por sus largos poemas románticos y no quiso publicar en vida El matadero, que es el texto por el que realmente se le recuerda. «El matadero: que este texto, el único que todavía se le puede leer entre tanto poema romántico fervoroso esforzado, le pareció vulgar y sospechoso, y nunca lo acabó. Esa deriva cervantina, kafkiana, volteriana –esa manera en que un escritor se equivoca sobre el valor de lo que escribe– me resultaba tan cercana que abandoné cualquier prurito o resistencia.» (pág. 318)

Ya he comentado que el estilo de Caparrós es altamente sentencioso y subrayable. Me llaman la atención también dos recursos: de forma habitual juega a repetir palabras o núcleos sintácticos en la misma frase. Veamos algunos ejemplos: «su nombre nombra una calle» (pág. 365); «le dijo, dirá que» (pág. 41); «Si no fuera un solitario no podría pensar mis ideas solitarias, se dice, solitario. Si no fuera un solitario mi vida sería tanto más fácil.» (pág. 107). El segundo sería el de las frases inacabadas, lo que da al texto un aire de rapidez y (falsa) improvisación. Por ejemplo: «Se tienta, se pregunta si.» (pág. 297).

La lectura de este libro me ha hecho pensar en otro libro que me traje de Argentina en 2009: El farmer de Andrés Rivera. En esta novela, el poco conocido en España, pero gran escritor, Rivera especulaba sobre el fin del dictador Juan Manuel de Rosas en su destierro en Inglaterra, y podría leerse como una contrapartida a Echeverría.

Con Echeverría, Caparrós ha escrito una novela inteligente sobre el siglo XIX en Argentina, sobre los orígenes de su patria y su literatura; sin fanatismos, desde la broma, la especulación y el presente. Una buena novela, en definitiva que trata sobre: «Echeverría era el primer cronista argentino, el primero que intentó hacer relato de sus zonas más turbias, y era, también, el primer antiperonista, uno que no necesitó a Juan Domingo Perón para empezar a serlo.» (pág. 318)

Después de leer Echeverría, lo más lógico era tomar de la biblioteca de mi novia un libro de Cátedra del propio Esteban Echeverría, que contiene El matadero y La cautiva. La semana que viene hablaré de este libro.

lunes, 14 de septiembre de 2009

A quien corresponda, por Martín Caparrós


Este libro de Martín Caparrós ya lo había hojeado en Madrid cuando salió como novedad en marzo de 2008. Me apeteció comprarlo en Buenos Aires. La edición argentina de Anagrama es de un color gris más pálido que la española y la portada es un poco más blanda; eso sí, el precio al cambio era menos de la mitad.

Si una de las tendencias de la narrativa actual es la mezcla de géneros, Caparrós ha escrito una novela de su tiempo, ya que una gran parte de ella correspondería a otro género, en este caso al ensayo. Y es estrictamente moderna aunque gran parte de sus reflexiones correspondan a la década de los años setenta del siglo XX en Argentina, unos años, en todo caso, vistos desde el presente de la primera década del siglo XXI.

La estructura narrativa contempla capítulos de dos tipos: en el primero se dan paso las voces de un pequeño pueblo argentino, Tres Perdices, donde el cura local, un respetado hombre de edad, ha sido asesinado con muestras de salvajismo; el tono usado es seco, breve, irónico o sarcástico, a veces.
En el segundo tipo de capítulos (más extensos y numerosos que los otros) toma la palabra la voz narrativa de Carlos Hugo Fleitas, un hombre cercano a los sesenta años y militante en los setenta en el movimiento guerrillero de los montoneros; con un tono más hondo, más intrincado que el anterior.
Los capítulos en los que Carlos toma la palabra suelen comenzar con un encuentro que mantiene con diversos personajes: uno de sus amigos revolucionarios, una amante al menos veinte años más joven que él, su mujer muerta… con estos tres personajes, principalmente, y otros que le surgirán en su búsqueda del pasado (un militar de alto rango, un torturador…) Carlos va desgranando su relación con el mundo que le rodea, o su relación con la derrota. Carlos reflexiona sobre su generación, la siguiente y el devenir de su país, y siente que pertenece a la generación más derrotada de la Argentina, aquella que quiso darlo todo por un mundo mejor, y acabó claudicando y sentando las bases para una sociedad, en la que ahora vive, peor que la que tenían hace treinta años. Toda su entrega, sus sacrificios, la muerte de su mujer, fueron “al pedo” nos dice, y todo por una idea errónea, piensa.

Dos hechos mueven a Carlos a actuar: una bronca con su antiguo amigo de militancia, Juanjo, y la noticia de que un cáncer va a acabar pronto con su vida. Así iniciará, treinta años después y dejando atrás la imposibilidad de su olvido, una investigación para averiguar qué le ocurrió a su mujer (embarazada) en uno de los “chupaderos” del régimen militar.

Tras cada encuentro se reflexiona sobre los sueños de juventud, sobre los ideales perdidos, sobre la tortura (de una forma estremecedora)… aunque, quizás, las reflexiones más interesantes sean en torno a la idea de la venganza. ¿Por qué no hubo venganzas contra los militares cuando llegó la democracia, ni colectivas ni individuales?, se pregunta Carlos. A quien una de las cosas que más parece dolerle es intuir que los antiguos militantes montoneros acabaron pactando con el nuevo régimen para sacar rédito político a su condición de víctimas, usurpando el lugar a las verdaderas víctimas, los desaparecidos, los muertos…

Una novela dura, un ajuste de cuentas de Caparrós con su generación, con su país; y para un extranjero una buena oportunidad de profundizar en los conflictos internos y en las heridas sin cerrar de un país, invisibles para el paseo y el ojo de un turista.
Quizás para esto sirva la literatura, para este paseo por las calles internas de una sociedad.