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domingo, 7 de febrero de 2021

Prestigio, por Rachel Cusk

 Prestigio, de Rachel Cusk

Editorial Libros del Asteroide. 200 páginas. 1ª edición de 2018.

Traducción de Catalina Martínez Muñoz

 

Ya comenté que saqué de la biblioteca Eugenio Trías los tres libros de la trilogía de Raquel Cusk (Canadá, 1967) sobre su alter ego Faye, y que los estaba leyendo seguidos. En realidad, los he leído como si se tratase de la misma novela. El título de la primera entrega, A contraluz, hablaba de la capacidad de la autora para observar el interior de las personas con las que se cruza, o más bien de la posibilidad azarosa de que estas personas le contasen sus intimidades. A contraluz transcurría en Grecia. El título del siguiente libro, Tránsito, hacía referencia a la propia vida de Faye, que estaba reformando su nueva casa en Londres, donde había ido a vivir con sus dos hijos después de su divorcio. En una frase de la  última página de esta segunda entrega, se insinuaba que la vida de Faye iba a cambiar: «Sentí el cambio debajo de mí, lejos, agitándose en lo más profundo, debajo de la superficie de las cosas, como las placas tectónicas moviéndose ciegamente sobre sus rastros negros.» Yo pensaba que quizás iba a cambiar su vida sentimental, porque parecía insinuarse que había conocido a un hombre que parecía interesarle lo suficiente. Pero, como ya he comentado en mis dos reseñas anteriores, el juego de Cusk en estos libros es el de esconder a su narradora y dejar hablar a las personas con las que se encuentra. Una lectura atenta de Prestigio me hace ver que no iba desencaminado; en la página 77 leemos que una periodista le dice a Faye: «He leído que ha vuelto usted a casarse –añadió–. Reconozco que me sorprendió. Pero no se preocupe, no voy a centrarme en lo personal.» El lector no sabrá nunca con quién se ha casado Faye, ni su interés como narradora pasa por revelárnoslo, ni por hablarnos de su nueva relación.

 

Prestigio empieza de un modo similar a A contraluz: Faye toma un avión porque la han invitado a un evento literario en otro país, y su compañero de asiento empieza a hablarle de su vida, hasta un punto de intimidad que puede llegar a romper las barreras del pacto de la ficción entre el autor y el lector. Ya he comentado en las otras reseñas que para disfrutar de estos libros de Rachel Cusk uno tiene que aceptar que los desconocidos, que la narradora va conociendo, están dispuestos a desgranar su vida íntima ante ella sin pudor, y que la capacidad de estas personas para analizarse a sí mismas es la propia (siempre) de grandes narradores orales.

 

Esta primera narración oral de la que va a disfrutar Faye y el lector con ella, me ha hecho darme cuenta de que un elemento en común en los tres libros, hasta el punto de que tiene un carácter unificador, es el de la importancia que tienen las mascotas en las vidas de las personas. Algunos de los narradores de estos libros sienten, por ejemplo, que su perro es un medidor del cariño existente entre ellos y sus hijos, o que el perro es una figura para los hijos más importante que alguno de sus progenitores. En más de un caso, los perros sufren malos tratos (en este sentido es estupenda y espeluznante la historia sobre un perro que atacaba la comida de sus dueños en A contraluz) y los golpes que reciben simbolizan las frustraciones más oscuras de las personas.

 

En Prestigio Faye se va a adentrar, de un modo más intenso y exhaustivo que como lo hizo en A contraluz, en el mundo de los festivales literarios. Principalmente, las personas que van a quedar retratadas en este libro serán editores, escritores, jefes de prensa o periodistas culturales. El título del libro no deja de ser irónico, ya que, en gran medida, parece –según lo que nos cuenta Cusk, camuflada tras la envoltura de Faye– que las personas que forman parte del mundo literario no suelen hablar mucho de la pasión literaria en sí misma, sino que hablan de su cansancio como actores de los eventos literarios que repiten en muchos lugares las mismas frases, o que hablan de dinero o de sus relaciones. La musa está en otra parte, pero no en los festivales literarios, ni entre los propios escritores. Sin embargo, esta mirada al mundo de la literatura desde dentro, de un modo en principio aséptico, pero que no deja de ser ácido, va a dar algunas de las páginas más interesantes de esta trilogía. «Nuestro mayor éxito ha sido el Sudoku», le confiesa un joven y talentoso nuevo editor a Faye. Los dos saben que la solvencia que los libros de Sudoku han dado a la empresa es lo que ha permitido, en gran medida, que la editorial se pueda permitir arriesgarse con propuestas como puede ser la del libro de Faye, que es el motivo por el que ella se encuentra en este festival. Este libro ha de ser, en la realidad, A contraluz, pues un periodista quiere entrevistar a Faye usando una técnica que ella usaba en un taller de literatura impartido en Atenas y narrado en el libro que se presenta en el nuevo festival y que el lector atento conoce.

En la página 99 de Prestigio aparece Ryan, un escritor irlandés con el que el Faye ya se encontró –y conversó, por supuesto– en Atenas, en otro festival, lo que fue narrado en A contraluz. Ryan era entonces un profesor universitario que le confesaba a Faye que le gustaba más disfrutar de los festivales literarios que de escribir. Ahora, unos años después, se ha convertido en un escritor de éxito, gracias a un libro firmado con seudónimo, junto con otra autora; por supuesto, hablando de un tema de actualidad. «No sabía si yo había probado a correr alguna vez, pero era muy parecido a meditar: se había puesto de moda escribir sobre eso, y pensaba intentarlo si encontraba el momento.», le dirá en la página 105, tratando ya de emular a Haruki Murakami y queriendo escribir sobre otro tema de moda. En un momento dado se cita al escritor austriaco Thomas Bernhard, y aquí parece haber una pista sobre el verdadero tono ácido de lo contado.

 

Cuando Faye tiene que entrevistarse con un periodista se dará la paradoja de que serán los entrevistadores los que acabarán contándole su vida a la persona que han de entrevistar, y Faye le ocultará al lector las propias palabras que ella le ha dado al entrevistador.

Es interesante la reflexión que hace un crítico en la página 157 según la cual los escritores valoran sus obras según el éxito que tienen ante el público.

El tramo final del libro es un alegato antimachista, puesto que una traductora le va a narrar a Faye la historia de maltrato que ha sufrido con su exmarido. Como es costumbre, Faye no juzga las historias que recibe, solo las reproduce y tendrá que ser el lector quien las juzgue si así lo desea.

 

Ya he señalado algunos «peros» de esta trilogía de Rachel Cusk, en resumen serían que a veces se rompe el pacto de credibilidad narrativa entre el autor y el lector, porque el lector ha de aceptar que todos los personajes con los que se cruza la narradora están dispuestos a desnudar su intimidad ante ella, y que todos estos interlocutores tienen una capacidad de autoanálisis sorprendente. Además la narración puede resultar un tanto fría, porque Faye no opina sobre lo narrado, simplemente lo reproduce. Como narración tradición estos libros serían novelas fallidas, porque en ellos no hay evolución del personaje y no hay puramente tensión narrativa, sino una repetición de un juego narrativo (el del encuentro con el otro). Sin embargo, estos relatos que Cusk nos cuenta sobre esos personajes con los que se encuentra Faye contienen altas dosis de tensión narrativa y de momentos brillantes. Así que esta trilogía sería, en gran medida, un conjunto de cuentos hilvanados de un modo artificioso. La mayoría de estos cuentos son muy buenos.

 

domingo, 31 de enero de 2021

Tránsito, por Rache

 

Tránsito, de Raquel Cusk

Editorial Libros del Asteroide. 221 páginas. 1ª edición de 2016; ésta es de 2017.

Traducción de Marta Alcaraz

 

Ya comenté la semana pasada que tomé prestado de la biblioteca Eugenio Trías, situada en el parque del Retiro en Madrid, la trilogía de Raquel Cusk (Canadá, 1967), formada por A contralúz, Tránsito y Prestigio, que le ha publicado en España Libros del Asteroide.

Después de acabar A contralúz empecé con Tránsito. La narradora de esta segunda entrega es la misma que la de la anterior; una escritora llamada Faye (igual que la otra vez, su nombre solo aparecerá hacia el final de la novela), que tras su divorcio ha dejado la campiña inglesa con sus dos hijos y se ha instalado en Londres, ciudad en la vivió años atrás. En A contralúz, Faye viajaba a Grecia, para dar un curso de literatura creativa y la novela retrataba a las personas con la que ella se relacionaba en este viaje, y que tendían a hablar de sí mismas sin pudor y con una gran capacidad de análisis.

Ya comenté que, aunque el libro me acabó gustando, tuve la sensación de que A contralúz se le podían achacar algunas imposturas: que todas las personas con las que Faye se cruzaba se abrieran ante ella a un nivel de profundidad similar, y que todas pudieran conocerse a sí mismas con gran capacidad de detalle y de autoanálisis; además, casi todas tenían problemas similares (parejas, divorcios, hijos…); por añadidura, aunque muchas eran griegas no parecían tener mayores dificultades en hablar, con la profundidad comentada, en inglés (también es posible que en Grecia el «nivel medio/alto» de inglés de los currículums sea diferente al de España).

 

En A contralúz, Faye está tratando de comprar una casa en Londres, y en plena clase en Atenas recibe una llamada de su banco para comunicarle que le han denegado la ampliación de su hipoteca. En Tránsito, ya ha comprado esta casa y está reformándola.

Durante la primera parte de esta segunda novela, Faye nos hablará de algunos de sus encuentros con el agente inmobiliario y el contratista de la reforma. En estas páginas, la propuesta de Cusk me ha recordado un poco a algunas reflexiones que el escritor Richard Ford hace en su serie de novelas protagonizadas por Frank Bascombe, que se dedica –precisamente– a vender casas. Bascombe reflexionaba sobre las esperanzas a veces desmesuradas que las personas tienen en cambiar de vida al mudarse de casa, y reflexiones similares recoge Faye de su agente inmobiliario y también de su contratista. Lemos en la página 145: «Lo que Gavin entendía era lo vulnerable que eras cuando tenías la casa hecha jirones. Es como estar en una mesa de operaciones, dijo Amanda», y sobre esta mesa de operaciones trata en gran medida Tránsito (el propio título nos indica que la protagonista se siente en un momento de cambio en su vida).

 

Debería decir, desde ya, que en esta ocasión la propuesta de Rachel Cusk me ha parecido más conseguida, o al menos yo he entrado mucho mejor en ella. Faye sigue hablando poco de sí misma y recogiendo las historias que los demás le transmiten. Ahora el escenario es Londres y no Atenas, así que la barrera del idioma no existe, y cuando da voz a algunos de los obreros que trabajan en su casa, como Pavel, que es polaco, sí quedan registradas sus dificultades con el inglés.

 

            En algún momento, el deseo de ocultarse de la narradora resulta misterioso y también desconcertante. Por ejemplo, se relata un encuentro literario en el que dos escritores y Faye tienen que dar una charla sobre sus últimos libros a un público. Faye registra las historias que cuentan sus dos compañeros de oficio (ya conté al comentar A contralúz que Faye es escritora, y que actúa como una especie de alter ego de Rachel Cusk), que son buenas narraciones, que actúan dentro de la novela como narraciones cortas de gran potencia, pero a la hora en la que le toca hablar a ella dice que va a leer un texto que trae preparado de casa y no lo muestra en la novela. «Leí en voz alta lo que había escrito. Cuando hube terminado, doblé los papeles y volví a meterlos en el bolso mientras el público aplaudía.» (pág. 100). Este juego en el texto puede azuzar la curiosidad del lector, ¿habrá hablado de su divorcio, que fue el tema de sus anteriores novelas, como Despojos. Sobre el matrimonio y la separación (publicado recientemente en España por Libros del Asteroide)? Poco después sucede algo que más que curiosidad puede mover al desconcierto del lector: el moderador del evento literario se empeña en acompañar a la autora hasta su hotel, y Faye parece darle indicaciones de que no quiere un encuentro sexual, «Me detuve antes de subir. Le di las gracias por acompañarme, me giré y enfilé los escalones» (pág. 111), poco después: «Su cuerpo alcanzó el mío; me empujó contra la puerta y me besó». Se describe esta escena, los olores, la presión de los cuerpos; y, por fin, Faye le da las buenas noches al moderador, entra en el hotel y cierra la puerta. Esto es todo, Faye no hará ningún comentario sobre el comportamiento de su acompañante. Lo ocurrido no será juzgado de ningún modo. Será el lector el que tenga que interpretar la escena o las emociones de su narradora. En estos momentos es cuando la propuesta de Cusk me resulta más artificiosa, más producto de una fórmula preconcebida que fruto de emociones profundas, y estas ausencias de juicios de valor sobre lo que protagonista ve, en más de una ocasión, he tenido la sensación de que restaban verdad narrativa a la propuesta. En cierto modo, me ocurrió algo parecido al leer los libros autobiográficos de J. M. Coetzee, Infancia y Juventud, sobre todo con una escena de Juventud en la que Coetzee en Londres se acostaba un día con un hombre y decía algo como «así que esto es lo que siente uno al acostarse con un hombre», y no había ninguna reflexión más sobre este episodio homosexual en una vida heterosexual. Así que al final, tanto Coetzee con Cusk se enfrentan a la experiencia vital desde una mirada un tanto lejana y fría que puede no convencer a algunos lectores.

 

Sin embargo, en Tránsito se filtran más elementos de la vida de Faye que los que se mostraban en A contralúz. Es interesante el retrato de sus vecinos de abajo, que han establecido con ella una mala relación. Faye irá a la peluquería y también nos narrará la conversación que tendrá con el peluquero, que vuelve a ser un interesante relato corto sobre relaciones personales y la idea de la maduración personal.

 

Me ha gustado el capítulo en el que Faye recibe a una estudiante en su casa y ésta le habla de su fascinación por el pintor norteamericano Marsden Hartley. La estudiante cuenta la vida del pintor y son páginas muy buenas. Lo he buscado en internet y he descubierto que Marsden Hartley, al que no conocía, es un personaje real.

 

Aunque en muchas escenas, Faye no emite ningún juicio sobre sus interlocutores, hay algunas apreciaciones que hace sobre ellos que me han parecido certeras y bellas. Por ejemplo ésta: «Amanda tenía un aspecto juvenil sobre el que la pátina de la edad parecía torpemente aplicada; era como si, más que envejecer, la hubieran tratado sin el debido cuidado, como la fotografía arrugada de una niña.» (pág. 141), o ésta: «Lo malo de ser sincero, dijo Julian, es que tardas mucho en darte cuenta de que los demás saben mentir.» (pág. 87)

 

Faye también da clases en un taller literario fuera de casa, y nos relatará las ideas, relatos y proyectos de sus alumnos. Sin embargo, nunca le contará al lector sobre qué está escribiendo o leyendo ella. En algún momento me ha exasperado un poco que esta escritora de éxito no se acerque a ningún libro; en un escena sale de casa y tiene que esperar a una amiga más de una hora en un café y no se ha llevado un libro para leer mientras (¿qué clase de escritor verdadero hace eso?). Sin embargo, sí sabremos que hay muchos libros en su casa y en un momento dado cita a Samuel Beckett (lo que ha contribuido a que me pueda tranquilizar).

 

En el último capítulo hay más diálogos que en el resto del libro y fluye muy bien. Una frase de la última página me intriga: «Sentí el cambio dentro de mí, lejos, agitándose en lo más profundo, debajo de la superficie de las cosas, como las placas tectónicas moviéndose ciegamente sobre sus rastros negros.» (pág. 221).

Esta trilogía va a más y esta misma noche, cuando termine de escribir esta reseña y cene, empezaré con Prestigio.

A contraluz, por Raquel Cusk

 

A contraluz, de Raquel Cusk

Editorial Libros del Asteroide. 218 páginas. 1ª edición de 2014; ésta es de 2016.

Traducción de Marta Alcaraz

 

La primera vez que oí hablar de Raquel Cusk (Canadá, 1967) fue en un artículo de Alberto Olmos. En una de sus columnas de Mala fama, escribía sobre literatura femenina y destacaba la trilogía de Raquel Cusk, formada por A contraluz, Tránsito y Prestigio, publicadas en España por Libros del Asteroide.

 

En septiembre del 2020 visité la biblioteca Eugenio Trías, ubicada dentro del parque del Retiro en Madrid, y al ver que estaban disponibles los tres libros los saqué en préstamo.

 

Una escritora inglesa recibe una invitación para impartir un curso de literatura creativa en Atenas. Sobre este viaje a Grecia y los encuentros que va a tener con diversas personas trata esta novela. Rachel Cusk nació en Canadá en 1967, pasó su infancia en Los Ángeles, y en 1974 su familia se trasladó a Reino Unido, donde ha seguido viviendo hasta la actualidad. Así que la experiencia vital de Cusk es más la de una escritora inglesa que canadiense. Al leer A contraluz el lector puede pensar que la escritora protagonista de la novela es la propia autora. Diría que Cusk juega a este equívoco. Durante la mayoría de las páginas del libro, sin embargo, la narradora no desvela su nombre, pero en la página 186 –ya cerca del final– se revelará que se llama Faye, y que, por tanto, se marca así una distancia entre escritora y narradora.

Alberto Olmos llamó a esta trilogía de Cusk «autoficción del otro». En gran medida, la apuesta de Cusk es la de ocultar la vida y los pensamientos de su narradora para dar voz a las personas con la que se encuentra.

 

Faye toma en Londres un avión camino de Atenas, y su «compañero de vuelo» (así será designado en toda la novela) le empieza a contar su vida. Proviene de una familia griega, que cuando él era niño emigró a Inglaterra y se educó allí. Ahora, de nuevo, vive en Grecia. El compañero de vuelo le empezará a narrar su vida a una desconocida hasta unos grados de intimidad desconcertantes. Principalmente, le hablará de sus exmujeres y procesos de divorcio. En algún momento la narradora se cuestionará, ante sí misma, por la verosimilitud de lo que está escuchando, presuponiendo que su compañero de vuelo está adornado alguna historia, para quedar mejor él que sus exmujeres. En los días que va a pasar en Grecia, y que van a constituir el tiempo narrativo de la novela, el compañero de vuelo llamará a Faye más de una vez para sacarla a navegar en su barco, y seguir contándole la historia de su vida.

 

Al principio, durante los primeros capítulos de A contraluz, la propuesta de Rachel Cusk me estaba pareciendo un tanto artificiosa. Ella no cuenta casi nada de sí misma, pero en cambio nos describe de forma detalladas las conversaciones que tiene con las personas que se va encontrando, y estas conversaciones –muy lejos de estar constituidas por banales conversaciones de ascensor– siempre son a corazón abierto, y tratan principalmente de las relaciones de pareja y su final, y de los hijos.

En Atenas, Faye quedará con Ryan, un amigo escritor irlandés, con el que hace tiempo que no se ve, y éste también le contará sus intimidades y los altibajos de sus relaciones. En este caso, al tratarse de un escritor, que además comparte idioma materno con la protagonista de la novela, la propuesta parece tener más sentido lógico: Ryan sí posee la profundidad de reflexión y la capacidad lingüística para expresarse como lo está haciendo; algo más dudoso en el caso del compañero de vuelo.

 

En realidad, se dinamitan en A contraluz algunos de los principios lógicos de la construcción de una novela: si nos fijamos en la historia de Faye, en el avance anecdótico de lo contado, esta novela carecería de tensión narrativa. Además, los personajes con los que se encuentra la narradora se sinceran con ella de un modo muy rápido, y con una gran capacidad de análisis sobre su vida, algo que no parece muy realista.

En el curso de escritura creativa, los alumnos de nuestra escritora también contarán historias sobre ellos mismos. Me estaba extrañando que, siendo estos alumnos griegos de diversas edades y condiciones, ninguno tuviera problemas con el inglés, idioma en el que se imparte el curso. El compañero de vuelo, que se ha educado en colegios ingleses, sí comete algún error con el idioma, algo que queda registrado para el lector, pero no lo hacen los alumnos griegos del curso literario. Hacia el final de la novela, Faye se encuentra con otra escritora que también ha acudido a la ciudad para impartir un taller literario y saca este tema; dice la nueva escritora: «No estaba muy segura de cómo iría lo de la barrera lingüística: escribir en un idioma que no era el tuyo se le hacía extraño. Ver a la gente obligada a utilizar el inglés casi te hacía sentir culpable, pensar en esa parte de ellos que perdían con la traducción, como quien, expulsado de su hogar, debe llevarse solo lo imprescindible.» (pág. 203) Me ha gustado leer esta reflexión, porque hasta entonces (en la página 203 solo quedaban 15 para el final) esta barrera del idioma no parecía existir. Faye queda con personas griegas y con ellas se establece una conversación en inglés con total naturalidad; de hecho, parecía hasta extraño cuando, estando en un restaurante, nos cuenta Faye que su interlocutora se pone a hablar en griego con un camarero, cuando lo lógico –según alguna implacable lógica anglosajona– sería que cualquier persona, de cualquier rincón del mundo, pudiera expresarse, con un gran nivel de hondura, en inglés.

 

La narradora, sin embargo, bajará la guardia en algún momento y nos dejará ver algunos de los problemas de su vida personal: ha sufrido un proceso de divorcio no hace mucho, y se ha tenido que trasladar con sus dos hijos del campo a Londres. En la gran ciudad, tiene problemas para poder comprar una vivienda.

 

He señalado algunos de los artificios de la construcción novelística, que han hecho que me costara aceptar la propuesta. Sin embargo, en algún momento he aceptado el pacto narrativo que debía establer con Cusk, me he relajado y he acabado disfrutando de A contraluz. Rachel Cusk podía haber elegido escribir un libro de relatos, cuyos cuentos fuesen las historias que ha puesto en la boca de los interlocutores de Faye en la novela. Estas historias son buenas en su mayoría, tienen profundidad y fuerza, y están contadas por una gran narradora. Pero, quizás resulte más difícil, como ya he apuntado, hacerle creer al lector que alguien puede cruzarse en un viaje de varios días con un número azaroso de personas y que todas hablen (más de la mitad en un idioma además que no es el suyo) con tanta coherencia y hondura de sus relaciones personajes o sus hijos. En algunas narraciones se entra de refilón la mala situación económica de Grecia, pero éste no parece un tema que le interese mucho a Cusk, cuyas obsesiones se vuelvan sobre las relaciones de pareja y la evolución de los hijos.

A contraluz, tras alguna reserva sobre su construcción, y lejos de parecerme una novela perfecta o revolucionaria, me ha acabado gustado cuando he decidido rebajar mi capacidad de análisis sobre su verosimilitud, y me he dejado seducir por la fuerza de las pequeñas historias que contiene. Ya estoy con Tránsito, la segunda novela de la trilogía. En unos pocos días os cuento qué tal.