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domingo, 25 de junio de 2017

Entrevista a Sergio Galarza, autor de Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre

ENTREVISTA A SERGIO GALARZA

Sergio Galarza (Lima, 1976) ha escrito los libros de cuentos Matacabros y La soledad de los aviones; además, en la editorial Candaya, ha publicado una trilogía de novelas sobre Madrid y la vida en las grandes ciudades contemporáneas, compuesta por los títulos Paseador de perros (2009, Premio Nuevo Talento FNAC), JFK (2012) y La librería quemada (2014).
Ha colaborado en revistas como Etiqueta Negra, Letras libres o El estado mental.

Su última obra es Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, una «novela autobiográfica, crónica, ensayo, homenaje, ajuste de cuentas, libro de autoayuda sin consejos» sobre lo que ha supuesto en su vida la presencia y muerte de su madre. El libro se ha publicado, hace unos meses, en Perú y Chile, y ahora en España lo publica Candaya.

Puedes leer la reseña que escribí sobre Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre pinchando AQUÍ.

Foto de Francesc Fernández



En Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre evocas los duros momentos en los que recibes la noticia de que tu madre está gravemente enferma. Esto ocurrió sobre 2009. Con posteridad a esa fecha has publicado libros como JFK o La librería quemada. ¿En qué momento consideraste que tenías que escribir un libro sobre tu madre?

Mi vieja muere en el 2011. Mi vida, en general, la pienso y la vivo como un libro, con la diferencia de que no la puedo editar. Cuando me entero de la gravedad del cáncer de mi vieja empiezo a sospechar que eso no acabará con su muerte. Y cuando me quedo con la agenda que usó el año de su visita a Madrid confirmo que allí había un libro que ella había dejado a medias, el relato de nuestra relación, que no es muy distinta a otras relaciones entre madres e hijos, acentuada en nuestro caso porque ella es la que cultiva mi vocación de escritor sin querer.


En novelas como Paseador de perros o La librería quemada haces un uso narrativo de tus propias vivencias, pero (considero) transformadas con el filtro de la ficción. En Una canción de Bob Dylan… no parece haber ningún filtro entre el «yo narrador» y el «yo autor». ¿Cómo ha resultado la experiencia de prescindir de esta disyuntiva?

Para mí ha sido un alivio prescindir de esa máscara de la ficción. Me gusta más la escritura en bruto, sin filtros.


¿Un libro como Una canción de Bob  Dylan… se escribe de un tirón con las entrañas, se planifica, se reescribe, se corrige mucho?

Yo escribo rápido. Cuando me intereso por un tema leo toda clase de literatura sobre el mismo, desde narrativa hasta ensayo, eso me ayuda a tener claro qué libro quiero escribir. Pero no planifico, no pego posts en un corcho ni llevo un cuaderno como guía de qué va a pasar en cada capítulo. Me pongo a escribir mi historia como si me metiera en una mina, mi única luz es la intuición. A punto de terminar el libro hago un resumen de cada capítulo y busco unos días libres de quehaceres domésticos para poner fin.
Lo siguiente es el trabajo lento y pesado de la corrección, que para mí es ahora un problema infinito. Mientras más leo y más aprendo vuelvo con mayor decepción a mis libros anteriores pensando que pudieron haber sido mejores.
En el caso de este libro he podido editar más que con cualquiera gracias a que es la tercera edición en otro país, por eso me ha dejado tranquilo de momento. En unos meses viene una nueva edición en Colombia, así que la tranquilidad desaparecerá.


En Una canción de Bob Dylan… hablas de tus familiares con nombres y apellidos. ¿Has tenido problemas con alguno, bien porque no querían aparecer en tu libro o bien porque no has hablado de ellos o no tanto o no de forma tan positiva como hubieran querido?

Con mi viejo y con mis hermanos no he tenido ningún problema. No sé qué habrá pensado mi viejo. Un día lo vi hojeando el libro pero cuando lo sorprendí lo dejó en una mesa. A mis hermanos les ha gustado.
El único que ha mostrado su molestia ha sido un nieto de mi abuelo. Yo crecí creyendo que mi abuelo había tenido otro matrimonio aparte de mi abuela, cuando en realidad había tenido dos familias más, o sea tres en total. No sé si mis hermanos lo sabían. El asunto es que nunca tuvimos trato con sus otros hijos, hablábamos de ellos para fastidiar a mi vieja, nada más.


Durante los últimos años, en España se ha editado más de una novela de duelo. Ahora mismo recuerdo La hora violeta de Sergio del Molino, Luz de noviembre por la tarde de Eduardo Laporte, El jardín de la memoria de Lea Vélez o Tiempo de vida de Marcos Giralt Torrente. ¿Has leído alguna de las novelas que cito u alguna otra que olvido con la misma temática? ¿Qué opinas de ellas? ¿Cuál te ha interesado más, en el caso de que las hayas leído?

Creo que he leído casi todo lo que se ha escrito sobre este tema, desde hace unos nueve años, cuando empecé con El año del pensamiento mágico, que ahora me pregunto cómo me pudo atrapar, pero gracias a éste empecé a leer sobre la experiencia de la muerte. Tiempo de vida y La hora violeta están entre los que más admiro. Sumaría Un mar de muerte de David Rieff y Yo maldigo el río del tiempo de Per Peterson por hablar de autores extranjeros también. Son libros que hojeo cada cierto tiempo porque transforman el dolor en una reflexión, huyen de las lamentaciones y logran que el lector se haga preguntas incómodas. Es lo que hacen los buenos libros, nos hacen sentir incómodos, porque la literatura no está para dar masajes a la autoestima como los likes de Facebook.


Una canción de Bob Dylan… se ha publicado, con muy poca diferencia de tiempo, en Perú, Chile y España. ¿Qué ha sido diferente en cada país?

No me lo había planteado. Más bien veo similitudes, la principal es que son editoriales que arriesgan siempre por autores nuevos, lo digo por los otros que publican en su mayoría. Es más seguro y rentable traducir a un clásico, rescatar un libro valioso o comprar los derechos de un libro premiado en el extranjero, pero ellos se empeñan en buscar voces actuales. Diego Zúñiga, que es uno de los editores de Montacerdos, Claudia Ulloa, publicada por Estruendomudo y Mónica Ojeda, publicada por Candaya, acaban de ser elegidos como parte de Bogotá 39. Creo que esto dice bastante de su trabajo.


Siempre te lo he querido preguntar: en La librería quemada hacías una sátira sobre las relaciones laborales en una gran librería del centro de Madrid, muy parecida a la que tú trabajas en la realidad. ¿No temiste tener algún problema laboral por aquello? ¿Llegaste a sufrir algún percance tras publicar el libro con compañeros o jefes de tu empresa?

No, no pasó nada de lo que temí en algún momento. En la cadena para la que yo trabajo los que podrían haberse sentirse aludidos y hacer algo en mi contra no leen, sólo saben hacer hojas de Excel. Y a través de los años he confirmado que no importan tus conocimientos. Si no sabes hacer un Excel no ascenderás nunca. Son varios factores para ascender, pero éste es crucial.


En La librería quemada me pareció apreciar que habías renunciado a los modismos lingüísticos peruanos a favor de los españoles. En Una canción de Bob Dylan… vuelves a usar modismos peruanos. En tu muro de Facebook los peruanismos son muy frecuentes. ¿Qué relación literaria tienes con el vocabulario español propio de tu Perú natal?

Cuando empecé a publicar en España renuncié a los peruanismos. En general los latinoamericanos que publicamos en España escribimos en un español neutro. No deberíamos hacerlo. Yo he recuperado mi idioma, que es mi identidad, gracias a que he vuelto a escribir sobre Perú. Los peruanos vivimos hablando en doble sentido, sobre todo por el uso de la jerga, y trasladar eso a un libro es un reto.


En Una canción de Bob Dylan… muestras tu admiración por autores peruanos como Alfredo Bryce Echenique, Julio Ramón Ribeyro o César Vallejo. ¿Podrías hablarnos de tu particular canon literario peruano? ¿Nos quedamos con estos tres nombres o añadimos alguno más?

Sumo a Oswaldo Reynoso y a Cronwell Jara. Reynoso rescata la poesía callejera, es el primero en darle voz a las pandillas juveniles, aborda el machismo y cómo se vive el sexo en una sociedad opresiva. Jara cuenta en Montacerdos, su libro clásico, una historia brutal en lo que sería una chabola, y es la única vez que creo que se ha contado desde dentro. Aparte de narradores debo sumar a muchos poetas, la lista es tan larga que dejo tres: Martín Adán, Juan Gonzalo Rose y Luis Hernández.


¿Te parece pertinente pensar en literaturas nacionales, peruana, chilena, argentina…? ¿Qué relación tienes con la literatura hispanoamericana de fuera de Perú?

Yo creo que antes había algunos rasgos importantes que las diferenciaban, ahora no sé qué podría ser. De pronto en todos los países se escribe sobre la memoria familiar como forma de ver el pasado social, se escriben historias en poblaciones que no son ya la capital ni ciudades grandes sino pequeños lugares, la ciencia ficción y el terror se convierten en una forma nueva para abordar lo social. Y si hablamos de libros con una gran carga política todos van a parecerse porque el mundo en general está polarizado, hay una derecha ultraconservadora y cucufata y una izquierda irresponsable y poco consecuente.
Responderé sobre Latinoamérica, no Hispanoamérica. No leo a todos los latinoamericanos que quisiera porque algunos no han llegado a España y dudo que lleguen. Un ejemplo: si bien Bogotá 39 sirve para conocer a autores de los que uno no se hubiera enterado en su vida, también invisibiliza a otros pero por culpa de los medios que ya no se dan el trabajo de mirar a otros escritores. En ese sentido la prensa está muerta, la mayoría de periodistas culturales funciona en piloto automático.
Y por último, leo más a los latinoamericanos porque me gusta leer cuentos y aquí es un género que parece estancado en el modelo de taller.


¿A qué autores españoles admiras más?

Marcos Giralt, Ismael Grasa, Pérez Andujar, Sara Mesa, Sergio del Molino, Ángel Gracia. De alguno sólo he leído un libro, pero ese libro me parece suficiente. Ray Loriga es un autor que releí mucho cuando empecé a escribir, y tampoco me importa que publique más cosas. Por ejemplo, con Alan Sillitoe me basta y me sobra con sus dos libros más importantes. Tiene muchos más y puede que alguno sea tan bueno como esos, pero el impacto no sería el mismo. Yo buscaba guías literarios, ahora exijo libros que me hagan replantear mis ideas.


¿Cuáles son tus escritores favoritos entre los que no escriben en español?

Alan Sillitoe, Jack Kerouac, Jack London. Todos muertos. Entre los vivos Teju Cole, Wells Tower, Cartarescu, Carrère.


¿Estás escribiendo ahora mismo una nueva obra? ¿Puedes hablarnos de ella?

Estoy con el guión de un cómic sobre la privatización de las empresas estatales en Perú, un hecho que provocó una ola de despidos brutal. Me interesa porque la privatización no sólo significó un cambio en la gestión económica sino un cambio en lo social. Para empezar, se acabó con los sindicatos y se empezó a trabajar los sábados. También he terminado una nueva novela sobre la radicalización política en Perú a través de la historia de una amistad. Se supone que se publica este año.


Muchas gracias, Sergio.

domingo, 18 de junio de 2017

Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, por Sergio Galarza

Editorial Candaya. 157 páginas. 1ª edición de 2017.

De Sergio Galarza (Lima, 1976) había leído, hasta ahora, dos libros: Paseador de perros (2009) y La librería quemada (2014), que forman parte de una especie de trilogía «sobre Madrid y la soledad en las ciudades contemporáneas» (leemos en la contraportada de su último libro), de la que me falta por leer la novela central, que sería JFK (2012). Sobre estas dos primeras novelas escribí reseñas en mi blog. Me gustaron.

Hace unos meses, empecé a ver en el muro de Facebook de Galarza que Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre se publicaba en Perú y en Chile antes que en España. Aquí, la novela la han sacado sus editores habituales, Candaya. Antes de su publicación en España leí alguna de las críticas aparecidas en Hispanoamérica, que me interesaron. Cuando vi el anuncio de la presentación en Madrid (un sábado por la mañana en la librería Cervantes de la calle del Pez), me apeteció ir.

Hice un alto en la lectura de los Cuentos completos de John Cheever y leí la novela un viernes por la tarde, casi de un tirón.

En Paseador de perros y La librería quemada, Galarza jugaba con la autoficción. En clave irónica, usaba experiencias de su vida en Madrid muy cercanas a las propias y las transfería a sus personajes. Galarza trabajó como paseador de perros y ahora mismo es librero en La Casa del Libro de Gran Vía. De estas experiencias han surgido las dos ficciones que he leído. Sin embargo, en estos libros, la identificación entre personaje y escritor no era total y frecuentemente se recurría al humor para mostrar la realidad de unos personajes distanciados de sus sueños y aspiraciones. En Una canción de Bob Dylan el tono es diferente: la ironía ‒y a veces la picaresca‒ han dado paso a la hondura y la elegía, puesto que este libro es una conversación de Sergio Galarza con su madre, muerta de cáncer. En este caso, no hay distancia entre personaje y autor: el narrador es el autor. Sobre el género del libro, Galarza escribe una frase muy significativa en la página 122: «Me remordía algo que he ido recordando a lo largo de esta novela autobiográfica, crónica, ensayo, homenaje, ajuste de cuentas, libro de autoayuda sin consejos, como se quiera leer».

La novela empieza cuando Galarza, ya instalado en Madrid, ciudad a la que decidió emigrar desde su Lima natal para cumplir sus sueños de escritor, recibe la noticia ‒a través de su hermana Lupe, que vive en Seattle‒ de que su madre está enferma de cáncer. La madre (algo que Galarza aún no sabe) decidió no sufrir amputaciones por su cáncer de mama y morir entera.

El presente de los hechos narrados en la novela se sitúa en torno al 2009, y Galarza, desde unos años de distancia (en torno a 2016), se acercará a aquel momento crítico de su vida en el que tuvo que regresar a Lima para estar cerca de su madre en sus últimos momentos.

El libro se divide en cuatro partes. En la primera (Malas noticias para la primavera), tras recibir la noticia de la enfermedad, Galarza evoca su infancia en Perú y nos habla de la historia de su familia, destacando la figura de la madre: abogada por vocación, mujer siempre activa en organizaciones vecinales, amante de la literatura y escritora aficionada que llegó a publicar un poemario.
Galarza sabe que, al ser el menor de tres hermanos, su madre y su abuela eran más indulgentes con él; desde la distancia, se reprocha a sí mismo los disgustos que le dio a su madre durante su adolescencia y primera juventud: «Yo soy el hijo pequeño, el que fue un buen estudiante y acabó como el peor de la clase, el que se peleaba todas las semanas en el colegio, el que se drogaba hasta que el cuerpo le decía basta, el que estudió en la universidad más cara de Lima y nunca ha ejercido su carrera, el escritor que lleva una vida relajada, el que se enamora como un loco porque nunca se mide, el que no piensa sus decisiones, el que quiere meter goles para que lo celebren» (pág. 35).

La segunda parte (Escenas familiares) ahonda en el pasado de la familia Galarza Ramírez. En la tercera parte (Viaje por España en una agenda) se narra el viaje que madre e hijo hicieron por España, no mucho antes de que Galarza conociera la enfermedad de su madre. Lo más probable es que ella ya supiera que estaba enferma. Finalmente, en la cuarta parte (Adiós, mamá) se relata la vuelta del autor a Lima para despedirse de su madre y poder acudir al entierro.

El título del libro, Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre, hace referencia a la sorpresa que supuso para el autor encontrarse en la última página de la libreta personal de su madre, la misma en la que ella escribía a lo largo del viaje que compartió con él por España, la letra copiada de Blowin´ in the wind. Este hecho sorprende al autor porque su madre nunca se había mostrado como una hippie en su juventud.

En gran medida, este libro constituye un canto a la muerte de la madre, una súplica de perdón por las veces que no supo estar a su lado, o no supo comunicarle lo que verdaderamente sentía, algo que decide hacer cuando ya es tarde para la realidad, pero no para la literatura. Los autorreproches son continuos en el libro: «Yo nunca había hecho visible mi orgullo por su vitalidad, no le había dado mi opinión favorable sobre su libro de poemas, no la había hecho sentir que formaba parte de mi vida durante los últimos años» (pág. 117).

En cualquier caso, si ‒como ya he apuntado‒ en este libro Galarza trata de saldar cuentas (en su contra) con la madre muerta, la novela no es sólo un panegírico, sino que acaba siendo una ventana a una familia de clase media en los conflictivos barrios de las afueras de Lima, puesto que, en su adolescencia, el autor coincidió allí con los atentados de Sendero Luminoso. También se trata de un canto a la vocación literaria (impulsada también por la madre): en su búsqueda del éxito literario, Galarza ha intentado siempre conseguir la admiración de su madre.

Cuando reseñé La librería quemada, apunté que Sergio Galarza había decidido borrar de su escritura cualquier modismo lingüístico peruano y había escrito su novela en un correcto español de España. Es de señalar que en este último libro, enfrentado a su pasado peruano, el autor retoma el vocabulario de su país natal con términos como «pata» («amigo»), «huayco», «huacha», «garúa», «chifa»…

Hace unas semanas, el escritor Alberto Olmos firmaba un interesante artículo en Mala fama, su sección de El Confidencial, titulado Cómo la autoficción se convirtió en autopromoción: crónica de un despropósito. Olmos hablaba de un mercado literario saturado de la moda de la autoficción, un tipo de libros que acaban siendo vehículo de vanidades. Escribe Olmos: «¿Cómo distinguir el “yo” mercadotécnico del auténtico “yo” literario? En realidad, es muy fácil: con el segundo sientes que el autor habla de ti. Decenas de autores hoy en día parten de la premisa: “Lo que yo cuento interesa porque trata de mí”, cuando la literatura autobiográfica interesa porque, bien hecha, trata de todos nosotros. Es la diferencia entre lo doméstico y lo íntimo (que es lo universal)».

Me gusta esta cita, me lleva a pensar que el último libro de Sergio Galarza habla de su madre, de su pasado y de su vocación literaria, pero también me ha hablado de mi madre, de mi pasado y de mi vocación literaria.

Por tanto, y sin duda, Una canción de Bob Dylan en la agenda de mi madre hay que incluirla en la autoficción literaria, o con significado. Como ya he apuntado, un libro desgarrado, un viaje a lo íntimo, que completa el mundo creado en los libros anteriores desde una perspectiva más honda.

domingo, 20 de septiembre de 2015

La librería quemada, por Sergio Galarza

Editorial Candaya. 205 páginas. 1ª edición de 2014.

Además de Paseador de perros, el mismo día del verano saqué de la biblioteca de Móstoles La librería quemada de Sergio Galarza (Lima, 1976). Recuerdo que este último libro estaba allí porque yo lo solicité unos meses antes.
Sergio Galarza trabaja en La Casa del Libro de Gran Vía. Cuando mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio vivía en Madrid, solíamos quedar allí; veíamos las novedades y luego ya íbamos a tomar algo. En alguna de estas ocasiones, Federico saludaba a Sergio. Se conocían.
Sentí curiosidad por La librería quemada cuando apareció, puesto que leí en suplementos literarios o en internet que trataba sobre los trabajadores de una gran librería ubicada en la Gran Vía. Es decir, Sergio Galarza escribe sobre una librería llamada en su obra La Gran Librería de Gran Vía, que es un trasunto –apenas camuflado- de La Casa del Libro de Gran Vía en la que trabaja. Me interesa la relación de las personas con su trabajo, un tema que no se trata con demasiada frecuencia en las obras literarias, o si se trata suele ser desde un punto de vista idealizado (el escritor, el pintor…) o como un arquetipo (el bróker agresivo, el oficinista cansado…). También sé que narrar en una novela las miserias propias de una profesión puede acabar por no resultar interesante, todo el mundo soporta las suyas en sus trabajos y la experiencia de sus pequeñas miserias a veces no es del todo transmisible.
En cualquier caso, el tema narrativo de la vida laboral contada desde dentro –la vida laboral de un librero, aquí- será más interesante si se retrata con humor, como hace Sergio Galarza en su novela.

Una de las primeras curiosidades que tenía al leer La librería quemada era la de saber si el narrador sería el mismo que el de Paseador de perros, ya que Sergio Galarza comenzó con aquel libro una trilogía sobre Madrid que continuaba con la novela JKF y acababa con La librería quemada. No, no lo es. En Paseador de perros teníamos a un narrador limeño en Madrid que nunca nos da su nombre y en La librería quemada el protagonista sería Santos, que llegó a Madrid desde Lima con treinta años recién cumplidos, pero cuyo padre era un diplomático alemán y su madre es una norteamericana de Wisconsin. Santos, a diferencia del narrador de Paseador de perros, sí declara abiertamente que desea ser escritor. De hecho, lleva reescribiendo durante años una novela sobre la vida del poeta César Vallejo que ninguna editorial quiere publicarle. Este detalle sobre la novela de Vallejo y la frase “Todos los escritores hemos sido ladrones de libros alguna vez.” (pág. 40) me ha parecido un guiño irónico al escritor Roberto Bolaño, que pronunció alguna frase parecida y publicó el libro Monsieur Pain, sobre la muerte de Vallejo en París.

Aunque ambas novelas de Galarza tratan sobre el trabajo –cuidador de mascotas o librero- el tratamiento narrativo es diferente: mientras Paseador de perros estaba escrita en primera persona, La librería quemada alterna capítulos escritos en primera persona (en los que la voz narrativa es la de Santos) con otros en tercera, en los que una voz omnisciente puede hablar de la vida íntima de algunos de los libreros (y también de la de Santos, como si fuese un personaje más de la obra) y cuyo escenario serían las plantas de La Gran Librería de Gran Vía.

El peor día para los trabajadores de La Gran Librería es el viernes, porque este día puede aparecer por la tienda la encargada de recursos humanos Olga Labordeta para formalizar los despidos, que aquejan al negocio por la crisis financiera que atraviesa el país. Las primeras páginas del libro dibujan una panorámica general de la librería, a partir del miedo a los viernes. El lector aún no sabe si existe aquí un narrador en primera persona (que se resiste a hablar de sí mismo todavía) o en tercera. En el capítulo 3 el lector ya descubre que la propuesta narrativa de La librería quemada es diferente a Paseador de perros: el narrador nos acerca a la vida de Marcial, uno de los trabajadores de la librería entrando en su intimidad. Además de Santos, el aspirante a escritor y cazador de ladrones de libros, que no acepta una ofensa de un cliente sin vengarla, la novela nos narrará la vida de varios trabajadores que se van cruzando en el escenario de la librería: uno de los más importantes es Marcial, convencido de que las mujeres latinas han urdido un complot contra él para complicarle la vida; Lorena, que ya ha pasado los cuarenta años, está sola y como le ha ocurrido a muchos otros dependientes de la tienda no acaba de creerse que el trabajo de librera no haya sido un trabajo temporal mientras era joven; o Teodoro, el religioso al que no le importa quedarse a hacer horas extras sin cobrarlas.

La librería quemada es una novela sobre la crisis y el trabajo, sobre el miedo a perder el empleo, pero en ningún caso es una novela maniquea sobre torpes e inhumanos directivos y abnegados y sufridos trabajadores. Más bien se trata de una comedia bufa sobre la condición humana, y lo que a Sergio Galarza le gusta resaltar –usando un humor más relajado, más distante y menos visceral e hiriente que el de Paseador de perros- sobre el ser humano (da igual que sean directivos, empleados o clientes) es su incapacidad para entender al otro, sus aspiraciones desproporcionadas o su mala educación.

Los disparos de Sergio Galarza los puede recibir cualquiera que ose aparecer por el escenario de La Gran Librería. Hay balas para todos:

Para los directivos: “Errores. ¡Quién no los ha cometido en su trabajo! Pero no todos pueden cometerlos. Si eres solo un empleado te tratarán como a tal y acabarás en la calle. Equivocarse: privilegio de los jefes.” (pág. 63)
“Los amigos del Gran Jefe siempre tenían un puesto disponible esperándolos como asesores o, en el peor de los casos, una consultoría de algunos meses.” (pág. 61)

Para los empleados: “Cada uno colocaba los libros de su sección, sin importar que fueran tres y los de las otras llenaran los carros formando torres de Pisa. Faltando una hora para su salida la mayoría de sus compañeros se refugiaba en el mostrador de espaldas a los clientes y se dedicaban a echarse unas risas (…) Algunos compañeros no sabían para qué servían muchas de las teclas de la caja y tampoco cómo se manejaban funciones importantes de los ordenadores, pese a que llevaban la mitad de su vida laboral en la librería.” (pág. 156)

Para los clientes: “¿Era eso lo que quería la empresa, que los dependientes besaran los pies de sus clientes? No faltaban los que se tiraban pedos sin ningún recato y seguían hojeando libros como si no hubiera pasado nada, los que estornudaban sobre las mesas, los que se cortaban las uñas y las dejaban en las estanterías, los que se quitaban los zapatos y paseaban en calcetines por la planta, los que  pegaban su chicle masticado bajo las mesas o en los libros.” (pág. 98)
Sobre los clientes es divertida la descripción de los personajes que aparecen por allí de forma frecuente, así como la denuncia de los numerosos robos que sufre la librería. Me ha hecho gracia el comentario sobre que los libros para las oposiciones de policía suelen ser de los más robados.

La mirada de Sergio Galarza sobre la realidad parece haberse hecho más madura, más distante. Lo que La librería quemada ha perdido en desesperación vital y visceralidad desde Paseador de perros, lo ha ganado en sutileza irónica. Incluso la visión de Malasaña ha cambiado en cinco años: “Malasaña, ese barrio que Santos había idolatrado durante su juventud y que ahora desprecia por su nueva imagen de feria moderna, con un ejército de camareros peinados en la misma peluquería, bares que pretenden vender alcohol con poesía y una música inofensiva que acaricia los oídos como algodón.” (pág. 76).

Los que hemos pasado muchas horas de nuestra vida en La Casa del Libro de Gran Vía podemos reconocer algunos de los cambios que no nos han gustado nada. Una librera reflexiona al final: “Cree que pronto llegará un día en el que le pregunten dónde están los libros de cocina y ella responda: “A la derecha de los huevos”. (pág. 205)
Poco antes otro librero se pregunta: “¿Por qué los autores de renombre obvian a La Gran Librería de la Gran Vía para sus presentaciones? ¿Será solo porque no hay barra para beber o también influirá el aspecto de centro comercial venido a menos que presentan sus escaparates?” (pág. 203)
En la página 171 otro librero dice: “Yo pasé a propósito por delante de la librería la noche que destrozaron las estanterías y las mesas viejas para poner toda esa mierda nueva, y juro que sentí más pena que el día que murió mi abuelo.”
Yo también recuerdo con nostalgia aquellas estanterías antiguas de madera y el gran fondo de narrativa que tenía la librería, ahora muy disminuido.

Me ha gustado el detalle narrativo que une las páginas fínales de La librería quemada con las de Paseador de perros.

Sergio Galarza ha borrado en La librería quemada definitivamente cualquier modismo lingüístico peruano y decide escribir su novela usando un correcto español de España. Es una decisión respetable. La librería quemada, pese a no tener una trama demasiado unitaria, y organizarse en anécdotas (divertidas, la mayoría de las veces) sobre la propia organización de la librería y sus visitantes y expandirse narrativamente contando las vidas -en algunos casos estos desarrollos laterales podrían haber sido novelas cortas independientes- de unos pocos personajes (Marcial, Santos, Lorena, Teodoro…), se lee con simpatía y agrado, como si de un pequeño fresco sobre la condición humana se tratase.


domingo, 13 de septiembre de 2015

Paseador de perros, por Sergio Galarza

Editorial Candaya. 134 páginas. 1ª edición de 2009.

Tenía curiosidad por este libro desde hacía tiempo. En alguna ocasión lo he visto en la cuesta de Moyano por precios muy bajos, pero he resistido la tentación de comprarlo porque seguramente estaba –en ese momento- en alguna de mis fases de no comprar libros o de no leer novedades. Sin embargo, el libro estaba en la biblioteca de Móstoles, y decidí tomármelo como una lectura relajada de verano. Lo saqué junto al última libro publicado de Sergio Galarza (Lima, 1976), el titulado La librería quemada.

De entrada la propuesta de Paseador de perros me gustaba: un joven inmigrante de Lima llega a España lleno de sueños (sobre todo con el deseo de que Madrid sea su centro para viajar por el mundo) y tiene que enfrentarse a una ciudad que parece mostrársele, en más de una ocasión, hostil. Al principio, leía la novela como si fuese puramente autobiográfica, como si la voz narrativa fuera la del propio autor y su novela un documento sobre sus primeros pasos en Madrid. En este sentido, el libro podría leerse como el de un joven Arturo Bandini, el personaje de John Fante, un joven aprendiz de escritor que vuelca su rabia vital contra todas aquellas personas o situaciones a las que ha de enfrentarse en el día a día. Pero existe aquí un juego narrativo que separa a autor y personaje: el narrador de Paseador de perros nunca nos dice que escriba o que pretenda hacerlo. Hablará más de música que de libros, y dentro de su inconformismo juvenil juzgará a las personas por sus gustos musicales, aunque también por los literarios, a pesar de que él mismo se cuide de hablarnos de ellos. En algún momento el juego literario casi llega a romperse y las opiniones del narrador acaban siendo las de un joven Bandini que el lector siente que en realidad lo que desea es ser escritor y que ese motivo se queja, por ejemplo, de que los escritores jóvenes no sean paseadores de perros, como él, y conocer así de verdad la ciudad en la que viven (los escritores jóvenes sólo le importan a otros escritores jóvenes).

El narrador llegó a Madrid lleno de sueños (“Yo tenía ganas de borrar el Lado A de un disco sin éxitos. El Lado B es éste que empieza, como todo aquí, en Madrid”, pág. 8), acompañado de su novia limeña, Laura Song. Tras vivir en La Latina, se mudará (cuando Laura Song haya decidido dejarle) a Malasaña, el barrio que el narrador entiende como el centro musical y juvenil de Madrid. De forma significativa, el personaje está a punto de cumplir treinta años y siente que está dejando ya muchas cosas atrás, sobre todo después de la ruptura con su novia y la llegada de los días de quedarse en casa viendo televisión él solo, porque sus amigos tienen novia o cosas que hacer.

El narrador sin nombre, sin papeles legales de trabajo, pasa a trabajar para Jota, un español que ha decidido ser su propio jefe y montar una empresa para cuidar y pasear mascotas. El narrador tendrá que recorrer gran parte de la Comunidad de Madrid (desde Alcorcón, pasando por Parla o Pozuelo, hasta La Moraleja) para pasear principalmente perros, pero también, por ejemplo, para limpiar la jaula de un mapache en Pozuelo. El mapache Odo se acaba convirtiendo en un animal connotado de significación en la novela: una representación de los miedos del narrador, focalizado en su temor a las posibles agresiones de Odo.

Las frustraciones del narrador (que en algún momento se plantea si hizo bien al irse de Lima) se transforman en el texto en deseos de explosiones violentas. He anotado algunas: “Deseé que una tuneladora apareciera bajo la furgoneta para que Jota se callara, pero él no paraba de darle vueltas al asunto.” (pág. 31), “En anciano me empujó a un lado y miró por la única reja durante unos minutos al mapache. Me habría gustado meter su cabeza en la jaula.” (pág. 53), “Deseé que la perra se transformara en un mapache gigante y los aplastara a todos con la cola.” (pág. 55)

El trabajo de paseador de perros, pese a tener algunas ventajas (poder husmear en las casas de los clientes, pasear por el parque del Retiro, leer un libro junto a un perro exhausto, hacerse pasar por el dueño cuando alguna chica se acerca para acariciar al perro…) es vivido como una condena, una humillación: “¿Y qué saben ellos de mi trabajo? ¿Saben las veces que me he ensuciado las manos con mierda de perro porque las putas bolsas se rompen? ¿Saben las veces que la gente me ordena recoger la mierda del perro antes que el animal termine de cagar y se quedan a mi lado como un notario que da fe de mi humillación?” (pág. 56-57)

La visión del narrador sobre Madrid no es complaciente. Su descripción de Alcorcón: “Ir hasta allí, sumergido una hora en el metro, me deprimía. Sus calles con basura desparramada al lado de los contenedores, los parques con más latas y botellas rotas que flores, la gente vestida con ropa que parece donada por la Cruz Roja de Europa del Este, los jóvenes y sus coches explotando música sin cuerdas, viejos vegetando en las bancas y esquinas como espantapájaros, los rumanos y sus zapatos de escamas, las rumanas y sus joyas de fantasía, los españoles que uno confunde con los rumanos, los latinos peleando por dinero desde los locutorios con alguien al otro lado del Atlántico, los bloques de edificios con balcones blancos de barandillas de metal, esas prisiones del extrarradio que me recordaban el Cono Norte de Lima y a su imperio pacharaco. Cada vez que visitaba Alcorcón me sentía deportado del paraíso del Centro y me preguntaba de qué se reía esa gente viviendo en un lugar así.” (pág. 18-19). Tenemos aquí a un inmigrante sin papeles, que recoge mierda de perro, con el gusto muy fino. En páginas como esta se aprecia un deseo del autor por focalizar su mirada sobre lo   que le resulta feo. Así los espacios de Pozuelo y La Moraleja no están descritos.

La mirada del narrador no es complaciente tampoco con los otros inmigrantes: “Se ofreció a presentarme a mi compatriota y la corté diciéndole que ya conocía a varios. Lo más acertado hubiera sido decirle que no soportaba a los inmigrantes, esa categoría donde la imagen predomina sobre los pasaportes.” (pág. 85). Nuestro limeño tampoco tiene reparos en tirar de tópicos para describir a colectivos de inmigrantes: “Coslada alberga la mayor colonia rumana de Madrid y quizás de toda España. Rumanos: si no trabajan en la construcción, forman bandas que roban casas. Rumanas: si no son asistentas, se prostituyen en calles y puticlubs. Con esos rostros de duendes malignos parece como si no sirvieran para hacer otra cosa. Pareciera como si yo sólo supiera pasear perros.” (pág. 66).
El párrafo anterior me parece significativo: el narrador está enfadado, por estar solo, por tener un mal trabajo, porque sus sueños no se estén cumpliendo y dispara su rabia contra diversos colectivos. Sus opiniones, en muchos casos, como vemos, políticamente incorrectas, quedan suavizadas cuando su visión negativa del mundo se vuelve al final contra sí mismo, resuelta en un: «y ¿quién soy yo para opinar, alguien que se conforma con pasear perros y que no busca otro trabajo?» En la página 121 dispara sus dardos contra los falsos hippies que hacen malabares en el Retiro: “Horda de vagos, eso es lo que son, adoptan la pose de incomprendidos por un mundo del que reclaman el ocio más que la libertad. ¡Póngase a trabajar! ¡A pasear perros!, les habría gritado.” Y un poco más abajo repite el esquema comentado, al decir: “¿Por qué me considero superior a cualquier espectador?”

Esta mirada del narrador, irritante y políticamente incorrecta en más de una ocasión, quizás haga que el texto se vuelva más literario, que trascienda a la visión edulcora de una realidad complaciente que se mira desde afuera. El narrador está enfadado y toma partido cuando opina.

Son interesantes las historias que se nos narran de los personajes secundarios: la de Jota, su jefe, o las de sus clientes. Estas páginas, así como las evocaciones de Lima, actúan como escapes a la tensión narrativa.

En cierto modo, Paseador de perros me ha recordado a una novela italiana de los noventa, Todos al suelo del joven, por entonces, Giuseppe Gulicchia. En los dos libros se connota de significa a una mascota (un mapache en una y un hurón en la otra); quizás la mirada de Gulicchia era más tierna y más humorística, aunque la desesperación del narrador de Paseador de perros no deja de estar exenta de humor.

La nota final contiene un agradecimiento a Irene Cuerda Barcaiztegui que tradujo la novela al “español de España”. Este es un detalle que me estaba llamando la atención al leer el libro, salvo en  muy contadas ocasiones (como, por ejemplo, el “pacharaco” que aparece en una de las citas de arriba) no se usan aquí términos propios del español de Perú como era de esperar, una variante del español que siempre  me pareció muy rica (y algo que, por ejemplo, hace a los libros de Jaime Bayly o Alfredo Bryce Echequique tan divertidos). Aunque esto más que nada es una curiosidad.

Paseador de perros es una novela corta, escrita con gran sentido del ritmo, que describe la ciudad en la que vivo vista por un extranjero, que se convierte en una narración muy cercana a la realidad, con toques de humor (aunque sea negro y desesperado) y que a pesar de la mirada huraña del narrador el lector acaba sintiendo simpatía por él.