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domingo, 30 de marzo de 2014

El material humano, por Rodrigo Rey Rosa

Editorial Anagrama. 179 páginas. 1ª edición de 2009.

Ya he comentado en el blog más de una vez libros de Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958). De hecho, creo que a día de hoy tengo la primera edición (y única) de cada uno de los libros que ha publicado este autor en España, aunque todavía no los he leído todos. Me compré en la Fnac de Callao, según apareció como novedad, Los sordos, publicada en septiembre de 2012, y al final no me puse con ella de forma inmediata porque mi amigo Federico Guzmán me dijo que no se encontraba entre las más afortunadas novelas de este autor y que mejor haría leyendo El material humano, uno de los pocos libros de Rey Rosa que no tenía y que no había leído. Así que, poco después de comprar Los sordos, me hice con El material humano, en ese mismo septiembre de 2012. Y al final los dos libros se han ido quedando en la montaña de inleídos hasta este año, que estaba leyendo los Cuentos completos de Juan José Saer y me apeteció cambiar de aires a medio libro.

El material humano empieza con la siguiente nota: “Aunque no lo parezca, aunque no quiera parecerlo, ésta es una obra de ficción”; pero paradójicamente acaba con esta otra: “Nota: Algunos personajes pidieron ser rebautizados.”
De hecho, uno lee este libro como si se tratase de una obra de autoficción en la que la voz narrativa se identifica con la del propio escritor. Rey Rosa juega continuamente a esto; por ejemplo, entre las páginas 81-82 se nos dice: “Hoy a las siete de la noche, en el Centro de Cultura Hispánica de Cuatro Grados Norte, presentación de mi novelita Caballeriza”. Caballeriza es realmente el título de una de las novelas de Rey Rosa (como cualquier lector de este blog ha de saber). En otro momento de la novela, el narrador viaja a París y allí se encuentra con el pintor Miguel Barceló, amigo en la realidad de Rey Rosa. O bien el narrador nos habla de la amistad que tuvo con el escritor Paul Bowles cuando vivió en Tánger, otro dato real de la vida de Rey Rosa.

Así que en El material humano intuyo que Rey Rosa construye una novela a partir de su propia vida y, cuando le parece conveniente, vuelve los hechos siniestros o amenazantes para dar cuerpo a lo contado. El narrador, un escritor guatemalteco divorciado y con una niña pequeña, ha tomado la costumbre de acercarse hasta el Archivo con fichas policiales descubierto en la ciudad de Guatemala cuando no tiene nada sobre lo que escribir. Acude allí como una especie de entretenimiento, aunque en un momento dado su experiencia como curioso del gran Archivo kafkiano comienza a parecerle novelable.

Al principio de la novela, Rey Rosa coloca una lista de fichas policiales que ocupa catorce páginas y cuya misión en el libro parece ser la de mostrar lo arbitraria que era la justicia de su país, que acaba resultado un tanto cansina. Copio aquí algunas:

“Castillo Román Jorge. Nace en 1920. Chaffeur. Fichado en 1955 por comunista.
Gallardo Ordóñez Mario. Nace en 1929. Talabartero. Fichado en 1959 por distribuir propaganda subversiva.
Santos Aguilar Perfecta. Nace en 1922. Fichada en 1943 por padecer enfermedad venérea”.
Y así catorce páginas.

La novela está construida a partir de las anotaciones que el narrador va tomando en diversos cuadernos, y tras las anotaciones sobre las fichas policiales, la narración toma más fluidez al poder leerse las páginas en forma de diario, escrito en esos cuadernos.
El tema principal de El material humano –igual que en toda la obra de Rey Rosa– es el de la violencia cotidiana (procedente de particulares o del Estado) con la que tiene que lidiar un ciudadano centroamericano. Una violencia que en muchas ocasiones proviene de la guerra civil vivida en el país durante la década de 1980, y cuyas cicatrices parecen no estar todavía cerradas.
Aunque algunas voces del país apuntan que sería mejor dejar el pasado sin remover (“¿pero para qué escarbar en el pasado? Es mejor dejar que los muertos descansen, ¿no?”: pág. 83), precisamente esto es lo que el narrador no quiere dejar de hacer. “Repasar la historia es ocuparse de los muertos”, se nos dice en las páginas 83-84.
El narrador empezará a sufrir amenazas cuando vaya creciendo su interés por los papeles que va encontrando en ese Archivo policial kafkiano que cada vez parece ejercer una influencia mayor sobre él.

Si bien las investigaciones llevadas a cabo por el narrador en el Archivo tenían al principio por intención “investigar los casos de artistas e intelectuales perseguidos, o reclutados, por la policía” (pág. 83), al final parece que cobra también interés para él intentar averiguar si las personas que secuestraron a su madre, unos años atrás, pertenecían a grupos cercanos al gobierno o a la insurgencia de extrema izquierda, secuestradores que pueden encontrarse más cercanos a él de lo que puede sospechar.

De París, el narrador viaja a Lucca en Italia para visitar a una hermana. Aquí, durante una cena en un restaurante, el narrador le dice a un interlocutor italiano una frase que podría ser el resumen del libro, o de toda la literatura de Rey Rosa: “En un país como Guatemala todo el mundo vive en constante peligro físico” (pág. 124).

Como es habitual, la prosa de Rey Rosa se hace envolvente, poética en su capacidad para retratar la sensación de amenaza que se cierne continuamente sobre los personajes de sus obras. Quizás en esta novela, por encima de otras del autor, al ser más autobiográfica resulte un poco más metaliteraria que otras, ya que en los diarios que componen sus páginas se apuntan ideas sobre cómo ordenar de forma literaria el material conseguido en el Archivo, o el narrador nos informa de los libros que lee. Tampoco deja de ser interesante el tirón de orejas que le da al que posiblemente sea el padre de la literatura de su país, Miguel Ángel Asturias, por haber hecho en su momento declaraciones racistas sobre la necesidad de atraer desde Europa más sangre blanca para que el país pueda prosperar.

El material humano, una vez leídas sus primeras páginas, en las que el narrador parece titubear sobre el camino que va a tomar su historia, se lee como una novela policial con Rey Rosa de protagonista y acaba siendo un libro agradable. Pero para mí está un peldaño por debajo de las que considero sus grandes obras: Lo que soñó Sebastián, Piedras encantadas o Que me maten si...


No quisiera acabar esta entrada sin recomendar el libro que Rodrigo Rey Rosa ha publicado hace no mucho en la editorial Alfaguara, titulado Imitación de Guatemala, que contiene cuatro de las más emblemáticas novelas de este más que notable escritor en un solo volumen: Que me maten si..., El cojo bueno, Piedras encantadas y Caballeriza.


viernes, 26 de agosto de 2011

Severina, por Rodrigo Rey Rosa

Editorial Alfaguara. 104 páginas. 1ª edición de 2011.

En algún momento, para agilizar el trámite, tendremos que ponernos de acuerdo todas, o al menos algunas, de las partes implicadas en esta transacción: el equipo de promoción de Alfaguara, el crítico al que le mandan los libros y no se los lee, el librero de la cuesta de Moyano al que el crítico le vende esos libros -por dos o tres euros, supongo- y yo, que los acabo comprando a mitad de precio.
 De nuevo volví a hacerme la semana pasada en la cuesta de Moyano con una novedad, Severina, la última novela de Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958) por 8 euros en vez de por 16, que es su precio de librería. Y con Severina son ya 10 los libros de este autor guatemalteco que guardo en mi biblioteca, casi siempre comprados de saldo. Incomprensiblemente Rey Rosa ha publicado durante las dos últimas décadas en editoriales de gran prestigio –Alfaguara, Seix Barral, Anagrama-, y es uno de los escritores latinoamericanos más importante de los nacidos en los 50 ó 60, pero las ediciones de sus libros no se acaban de vender.
Ya he comentado tres libros de Rey Rosa en el blog, las novelas Que me maten si… y Piedras encantadas y el libro de relatos Ningún lugar sagrado (Ver AQUÍ), y sólo me queda por leer de su obra la novela El material humano y el libro de relatos Otro zoo.
Como se deduce del párrafo anterior, Rey Rosa es uno de los autores actuales por los que siento mayor interés.

Serevina es una novela breve, como todas las suyas, que llega apenas a las 100 páginas. La acción se sitúa en Ciudad de Guatemala, si el cuerpo de referencias presentado no me falla, porque el nombre de la ciudad no se da en ningún momento.

Un librero, que durante unos días a la semana intenta convertirse en escritor, recibe en su local, ubicado en el sótano de un centro comercial y al que atiendo durante los días que no escribe, la visita de una mujer (Severina), por la que desde la primera línea del libro se siente fascinado: “Me fijé en ella la primera vez que entró, y desde entonces sospeché que era una ladrona, aunque esta vez no se llevó nada”.

Las primera mitad, más o menos, de esta novela interna al lector en un mundo de referencias, o de obsesiones, que se repiten en el imaginario de Rey Rosa: la figura del hombre joven y solitario, que se desvincula emocionalmente de un entorno que siente como violento y primitivo, a través de la literatura y la posibilidad de vivir (o el recuerdo de haber vivido) durante un tiempo lejos de Centroamérica, el lugar al que pertenece pero que siente como amenazante.
El tono de amenaza o de extravío, o de denuncia de la violencia o de una sociedad enferma, lo encontramos en Severina como en otras de sus novelas: “oí que pasaron muchas cosas por aquellos días (proliferaron los linchamientos en los pueblos del interior, hubo un golpe de Estado en un país vecino, la coca ganó ventaja en la carrera global de las sustancias controladas” (pág. 19), o “Todavía era una niña, pero su cara tenía una dureza que me hizo recordar la fealdad adquirida de los adolescentes campesinos convertidos de un día para otro en soldados” (pág 30), o “Cerca de la estatua de Tecún Umán (que no existió y sin embargo es nuestro héroe histórico” (pág. 50).

Pero en Severina la acción narrada no nos lleva hasta el vórtice de la violencia centroamericana: al linchamiento público en Piedras encantadas, al rapto y la violación de niños en Que me maten sí…, al robo de reliquias con asesinatos de por medio en Lo que soñó Sebastián, al secuestro con mutilaciones en El cojo bueno, al secuestro de niños en Caballeriza

En Severina la violencia es una pincelada de fondo, y el talento de Rey Rosa sigue manteniendo la tensión narrativa que nos acerca a una sensación de amenaza en cada página, pero sin acercarnos a ninguna violencia real.
Sobre la mitad del libro –en la página 57, concretamente-, a través del extraño monólogo de uno de los protagonistas (hasta ahora un tanto lejano) se abre una falla narrativa, y la novela parece transitar desde el realismo hacia el relato fantástico, o quizás hacia la locura; en todo caso a un relato fantástico de baja intensidad o neofantásisco, cuando lo absurdo se asume en lo real sin ninguna extrañeza (lo que tampoco ha sido ajeno a la obra de Rey Rosa, ya lo practica en el libro editado en España por Seix Barral Cárcel de árboles / El salvador de buques).

Quizás a partir de este punto mi interés como lector ha decaído un poco. En otras obras de Rey Rosa también se hablaba de libros, se citaban obras y autores, pero el efecto conseguido en el texto era el de contrastar lo inoperante de la actividad del lector o el escritor dentro de un entorno ágrafo de violencia. En Severina el papel de los libros se torna primordial y la violencia del entorno se muestra más desdibujada que en otras de sus obras.
Severina, la misteriosa ladrona de libros, encarna a un ideal romántico puramente libresco, que encierra un misterio relacionado con el mundo del libro –como recipiente de historias y como objeto en sí- y cuyo final me ha hecho pensar incluso en la película de vampiros Déjame entrar (que por otro lado me gustó bastante, pero que aquí me ha dejado con una sensación de extrañeza).

He leído la primera mitad de Severina con agrado e interés y la segunda mitad algo decepcionado. Las dos novelas anteriores que había leído de Rey Rosa, Piedras encantadas y Que me maten sí… me parecen de las mejores de él, y Severina, teniendo un nivel más que aceptable, se une en mi recuerdo a Caballeriza, que me parece la obra menos lograda de este autor al que tanto admiro.

Tengo que buscar El material humano y Otro zoo, los dos libros de Rey Rosa que me faltan para completar la colección.


martes, 7 de diciembre de 2010

Ningún lugar sagrado, por Rodrigo Rey Rosa

Editorial Seix Barral. 123 páginas. 1ª edición de 1998.

Como ya escribí en otra entrada acerca de Rodrigo Rey Rosa, Ningún lugar sagrado era uno de los pocos libros del escritor guatemalteco que me quedaba por leer.

En Entre paréntesis, Roberto Bolaño dice de Juan Villoro: “sus cuentos están entre los mejores que se escriben hoy en lengua española, sólo comparables a los del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa”. (pág. 138)
En la página 140 de Entre Paréntesis, Bolaño dice, directamente, de Ningún lugar sagrado: “Este libro está compuesto por cuentos breves, distancia en la que Rey Rosa es un maestro consumado, el mejor de mi generación (…) Leerlo es aprender a escribir y también es una invitación al puro placer de dejarse arrastrar por historias siniestras o fantásticas”.

Ya sé que Bolaño no escatimaba elogios hacia la obra de sus amigos, y Villoro y Rey Rosa lo eran. Pero Villoro, Rey Rosa y el propio Bolaño me parecen unos escritores de cuentos inmensos, dignos seguidores de Borges, Rulfo o Cortázar.

En Ningún lugar sagrado, Rodrigo Rey Rosa reúne 9 cuentos ambientados en Nueva York. En una nota previa también se nos informa que todos los cuentos, salvo uno, han sido escritos en esa ciudad.
En Nueva York, parece decirnos Rey Rosa, también reside el absurdo de la violencia, igual que en sus escenarios anteriores, Guatemala y Marruecos, principalmente.

En el primer cuento, El chef, en apenas dos páginas, asistimos a una historia de locura, marginalidad y muerte, con el estilo aséptico al que Rey Rosa ya nos ha acostumbrado.

En el siguiente cuento, Poco-Loco, como el propio autor nos cuenta en su pequeño prólogo, se recrea otro absurdo asesinato, que tuvo lugar cerca de su residencia neoyorkina.

Me llama la atención un recurso que Rey Rosa emplea en las tres composiciones más largas del conjunto, en Negocio para el milenio, Hasta cierto punto y Ningún lugar sagrado. En ellas se reproduce una conversación con otra persona –en los dos primeros casos de forma epistolar, y en el tercero con una psicóloga- y Rey Rosa sólo nos da la versión de una de las partes implicadas en esa comunicación, quizás queriéndonos mostrar la soledad de los personajes, sus cartas en muchos casos sin respuestas, los monólogos a la psicóloga, que podrían ser un personaje inventado por una mente enferma.
Negocio para el milenio, donde un preso norteamericano intenta contacta con el exitoso dueño de la cadena de cárceles privadas en la que habita, puede leerse como una reescritura de En la colonia penitenciaria de Franz Kafka.
En estos cuentos, como en algún otro, los personajes proceden de Guatemala, o de Hispanoamérica, y, en ningún caso, Rey Rosa deja de criticar la política y las condiciones abusivas que se dan en su país.

Vídeo es un curioso experimento en el que alguien hace capitulación de las películas que vio en Nueva York. Y como si de microrrelatos se tratase se va haciendo un resumen de esas películas inventadas, angustiosas, metafísicas…

La niña que no tuve quizás sea el cuento menos politizado y emotivo del conjunto. En él se refleja la visión de un padre sobre su hija de 6 años, enferma terminal.

En Elementos, Rey Rosa se acerca al mundo de los poetas neoyorkinos, y nos muestra sus luchas y sus miserias. Una metáfora terrible sobre la ceguera del creador.

Ningún lugar sagrado es un gran libro de cuentos, de un realismo que a veces parece llegar hasta el expresionismo kafkiano. De los tres libros de cuentos que he leído de Rey Rosa, El cuchillo del mendigo, El agua quieta y Ningún lugar sagrado, éste último es el más maduro, aunque El agua quieta también contenía cuentos muy destacasos.

A pesar de no se hable mucho de él, aunque no se prodigue en actos públicos o declaraciones, ni le concedan premios, Rodrigo Rey Rosa es uno de los grandes autores hispanoamericanos actuales.

martes, 27 de abril de 2010

Que me maten si..., por Rodrigo Rey Rosa


Editorial Seix Barral, 127 páginas. Primera edición de 1997.

Fue poco después de acabar Piedras encantadas, otra de las novelas de Rey Rosa, que leí en enero, cuando acudí a la librería de segunda mano Dedalus, en la calle de los Madrazos de Madrid, detrás del museo Thyssen. La librería está regentada por dos argentinos (si no me equivocan los acentos) y su especialidad es la literatura hispanoamericana. Buscaba alguno de los títulos que aún no había leído de Rey Rosa. Encontré esta novela, Que me maten si…, que según la contraportada “puede considerarse la obra maestra de Rey Rosa”.

Tras unos tres meses en la sección de inleídos de mi librería, me apeteció ponerme con ella. (Siempre me propongo que los inleídos no aumenten y siempre me cuesta mantener esta premisa.)

Si en los libros de Rey Rosa la acción se había situado, hasta ahora, en Guatemala o Marruecos, ahora también podemos encontrar escenarios europeos: Inglaterra o París.
La novela está ambientada en los años posteriores al alto el fuego de la guerra civil de Guatemala, es decir finales de los 90 del siglo XX.

En Que me maten si… no existe la figura de un protagonista principal, sino que un pequeño puñado de ellos se va dando réplica en los cortos capítulos:
Ernesto, antiguo soldado, ha decidido dejar el ejército e ingresar en la universidad. Su padre, militar, opina que hace lo correcto, ahora que los escándalos sobre la vulneración de los derechos humanos por parte de la institución empiezan a salpicarla.
Pedro Morán, amigo de Ernesto, e implicado en casos de corrupción militar y contrabando de droga.
Lucien Leigh, escritor de viajes y ficción, inglés de más de 80 años, que viaja a Guatemala para documentar alguna de sus historias, y que acostumbra a perder ocasionalmente sus audífonos para luego captar los sonidos a través de una frecuencia de radio.
Emilia, militante desencantada de izquierdas, de la que Ernesto se enamora en la universidad.

De nuevo, como en casi toda la narrativa de Rey Rosa, nos encontramos aquí con la brutalidad que el autor guatemalteco achaca a su país: “Allí había sido asesinado a sangre fría –Guatemala style- un amigo querido. Le intrigaban los seres brutales, pero la brutalidad en ese país era una fuerza impersonal que se manifestaba aquí o allá, una fuerza fuera del control de los hombres, implacable y desinteresada” (página 9).
Tampoco falta el tema de la corrupción: “En este país, para gente como vos o yo, el único lugar para enriquecerse es la institución. O la droga” (página 14).

El estilo vuelve a ser elíptico, concentrado, sugerente y poético, sobre todo cuando describe las amenazas de la selva o de los narcos a través de las grabaciones del audífono de Leigh.
Quizás respecto a otros de sus libros, la historia narrada en esta novela sea más oscura aún, más carente de esperanza. El destino de los personajes parece ser sólo la muerte, ni siquiera les acaba por salvar el exilio o la literatura; pero más escalofriante que la falta de futuro para sus personajes, resulta el escaso porvenir que Rey Rosa concede a los inocentes de su país, los niños, centrada su imagen, esta vez (en Piedras encantadas eran los niños de la calle y las bandas) en una institución benéfica bajo sospecha de cometer abusos con ellos.
El mal triunfa, parece decirnos Rey Rosa, y además va a seguir haciéndolo. Y se despide de nosotros frente al muelle donde los niños del orfanato juegan a tirarse al río. “Y el agua oscura y oleaginosa de jade y obsidiana se alzaba en pequeñas olas y recibía generosamente una y otra vez los pequeños cuerpos oscuros” (página 127).

En el fondo del mar o del río ha sido donde los asesinos impunes han hecho desaparecer en las páginas de esta historia los cuerpos de sus víctimas. Leí estas últimas líneas en el autobús camino del colegio donde trabajo, cerré el libro y observé por los cristales el sol naciente, estremecido, impactado.

Lo único malo de las novelas de Rey Rosa es que se leen como mucho en dos días, y uno siempre acaba con ganas de más. Ya sólo me queda por leer de él el libro de cuentos Ningún lugar sagrado (que ha engrosado ya las filas de mis libros inleídos, porque lo encontré en la librería Antonio Machado, anexa al Círculo de Bellas Artes), el libro de relatos Otro zoo (al que la crítica no puso muy bien, aunque dentro del nivel de Rey Rosa esto no me impide desear leerlo) y la última novela en Anagrama, El material humano.

Cuando acabe con ellos ¿cómo será entrar en una librería de segunda mano sin la esperanza de encontrar un libro sin leer de Rey Rosa?

domingo, 24 de enero de 2010

Piedras encantadas, por Rodrigo Rey Rosa



Editorial Seix Barral, 124 páginas. 1ª edición 2001.

Hace alrededor de una década, compré en una caseta de libros de segunda mano, en la avenida de Portugal de Móstoles, montada para conmemorar el día del libro, El cojo bueno de Rodrigo Rey Rosa, por el módico precio de 100 pesetas. Ni siquiera era un libro de segunda mano, tenía toda la pinta de ser un saldo, es decir uno de esos libros que las editoriales no venden y, tras una temporada en un almacén, finiquitan al peso con los libreros de segunda mano. Me sonaba el nombre de Rey Rosa, había encontrado críticas positivas de él en prensa, y aún así no fue hasta 2006 cuando leí ese libro, tras recoger los elogios que le dedicaba Roberto Bolaño en Entre paréntesis. El cojo bueno me sorprendió gratamente, en apenas 124 páginas le daba tiempo a Rey Rosa a diseccionar a la sociedad guatemalteca y a hablarnos de las inquietudes de un escritor (trasunto de él mismo) en Marruecos, conociendo a un admirado Paul Bowles.
Desde entonces, cada vez que en una librería de segunda mano me topo con un libro de Rey Rosa lo compro. Se ha ido convirtiendo durante el último lustro en uno de mis referentes de la nueva narrativa hispanoamericana. Es difícil que decepcione. Sólo me ha parecido un poco más flojo de lo habitual en él Caballeriza, y aún así tiene un primer capítulo soberbio. Quizás también sorprenden por extraños los cuentos del libro El cuchillo del mendigo, basados en tradiciones de su país y demasiado oníricos para mi gusto. En los relatos de El agua quieta ya empieza a mostrar una voz narrativa más reconocible y acorde con su obra posterior. Me gustaron mucho las novelas Cárcel de árboles / El salvador de buques, Lo que soñó Sebastián y La orilla africana (ésta ambientada en Marruecos).

A este último grupo de novelas sumo Piedras encantadas. Otra novela corta, apenas 124 páginas -encontrada, esta vez, por 7 euros, en uno de los tenderetes frente a las casetas de la cuesta de Moyano-, en la que Rey Rosa tiene capacidad para diseccionar a casi todos los estamentos de la sociedad guatemalteca.
En ella, como en casi toda su producción, nos encontramos con un personaje desencantado, en cierto modo solitario o aislando, capaz de vislumbrar el trasfondo de violencia y corrupción de la sociedad donde vive, y de la que parece evadirse a través de la reivindicación de una literatura europea que suele quedar fuera de contexto en su entorno. En Piedras encantadas la presencia de este personaje central queda un poco más desdibujada que en otros libros, dado que aquí cobra más importancia que otras veces la composición coral en personajes del texto.

Joaquín, perteneciente a la clase alta guatemalteca, ha regresado de España a su país. La novela comienza la mañana en que recibe en su casa la visita de Armando, un amigo que le trae marihuana de la ciudad de Cobán, donde vive. Armando acaba de atropellar a un niño en el centro de la ciudad y ha huido sin socorrerlo por miedo a lo que pueda ocurrirle. “Guatemala. La pequeña república donde la pena de muerte no fue abolida nunca, donde el linchamiento ha sido la única manifestación perdurable de organización social” (página 9).
Desde la primera página de Piedras encantadas se filtra una de las ideas principales de la obra de Rey Rosa: la violencia y la corrupción como los cánceres que corroen a todos los estamentos de la sociedad de su país, así como la casi imposibilidad de redención. La visión de Rey Rosa es lúcida, desapasionada, negativa: “Los guatemaltecos eran el resultado de una mezcla de dos (o tres) pueblos, en la cual los elementos negativos de cada uno se combinaban para excluir sus virtudes” (paginas 41-42).
Armando va a visitar a un prestigioso abogado para pedir consejo y acaba abandonando su coche acusador en el garaje de la casa de Joaquín. Quién a su vez, decide tomar este hecho como una señal para regresar a España, aunque antes quiere declararse y pedirle que se vaya con él a su prima Elena.
Joaquín aún tendrá que vérselas con un detective privado, que nos acercará hasta la madre del niño atropellado (un huérfano de 6 años, traído a Guatemala desde Bélgica), y a sus conflictos con su ex marido, ambos pertenecientes a la alta clase social del país, por lo que el asunto del atropello se complica.

Elena trabaja en un periódico, Joaquín piensa que ella puede saber algo o también puede que él acabe hablando de más sobre Armando. “Aunque fuera cierto que prácticamente nadie leía prensa en Guatemala (el 0,7% de la población), que los periódicos no habían hecho nunca ninguna diferencia, pues todo el mundo sabía que estaban vendidos (aun El independiente)” (página 85).

Nuestro Gran Palacio Nacional (…). Dicen que en uno de sus sótanos hay una máquina IBM gigantesca, que trabaja día y noche sin descanso. Baraja toda suerte de datos, elabora fichas periódicamente, clasifica fotos y videocintas, describe relaciones y lugares, hace diagnósticos y recomendaciones. Unos treinta mil informantes trabajan para alimentar al monstruo” (página 94-95), y así se extiende dos páginas hablando del estado policial que Rey Rosa considera que es Guatemala.

Por la novela desfilan las clases altas, y también los niños mendigos de la calle. En la novela aparecen avezados confidentes policiales de 5 años. El título Piedras encantadas hace referencia al nombre de una peligrosa banda de niños delincuentes. “-Mira. Las piedras –dijo Elena. / -¿Qué piedras? / -Las piedras encantadas. / -Entonces mejor vámonos, no vengan y decidan que te tienen que violar. / -Pero si son niños. / -Hnm.”. He transcrito una conversación que Joaquín y Elena mantienen en la página 122. En la misma página se acaba concluyendo que lo mejor sería irse de allí (esa calle, ese país) a cualquier parte.

Una novela dura, desencantada, intensa, que basa su fuerza en el poder elíptico de la insinuación, y que como siempre me ha dejado con ganas de haber podido entrar más a fondo en la vida de los personajes (lo que debe conseguir toda buena novela), y como remedio la decisión de seguir buscando los títulos del guatemalteco en las librerías de segunda mano. Su última novela, El material humano, la ha sacado Anagrama y no Seix Barral. Ahora es una novedad, no sé si lograré esperar a que, incompresiblemente, los lectores españoles la desprecien y pueda comprarla de saldo.