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domingo, 22 de junio de 2025

Eses fatales, por Sonia Manzano Vela


 Eses fatales, de Sonia Manzano Vela

Editorial Perreo Intenso. 211 páginas. 1ª edición de 2005; esta es de 2025

Prólogo de Andrea Rojas Vásquez

 

Augusto Rodríguez es un escritor y editor ecuatoriano (Quirófano Ediciones se llama su editorial de Guayaquil) que, durante los últimos años, se pasa de vez en cuando por Madrid. En estas ocasiones, quedamos a tomar algo e intercambiamos algunos libros. Creo que fue en su visita de 2024 cuando, junto a unos amigos –ecuatorianos residentes en Madrid– le oí hablar del proyecto de crear una editorial en España para publicar libros latinoamericanos que, o bien, no llegaron nunca a España, o bien, llegaron, pero cayeron en el olvido, pese a su calidad. Ese 2024 estaba en una reunión de estos amigos latinoamericanos, en la que estaban hablando sobre posibles nombres para la editorial, y a mí me pareció el más divertido aquel que resultó el definitivo, Perreo Intenso. Los editores de este proyecto han acabado siendo Augusto Rodríguez, ecuatoriano residente en Guayaquil, y Andrea Guerrero, ecuatoriana residente en Madrid. Para su visita a Madrid de 2025 Augusto ya me pudo regalar el primer título de la editorial Perreo Intenso, que pretende interesar a los jóvenes (o no tan jóvenes) en la cultura latinoamericana, como puede interesarles ahora mismo el reguetón. Este primer libro de la editorial es la novela Eses fatales (2005) de la escritora Sonia Manzano Vela (Guayaquil, Ecuador, 1947). Es un libro pequeño y elegante. La idea de los editores es que quepa en un bolsillo. Hicieron una presentación en la librería Sin tarima, a la que acudí.

 

Eses fatales es una obra importante dentro de la literatura ecuatoriana, ya que es la primera novela que se publicó en el país con temática lesbica. Andrea Rojas Vázquez, en el prólogo que hace del libro, nos contará que en Ecuador la homosexualidad era ilegal hasta 1997. Así que cuando Eses fatales se publicó en 2005 fue una novela rompedora con tabúes del pasado.

 

La novela comienza con una frase impactante: «Encontré a mi madre comiendo de sus propias heces fecales un domingo de hace ya casi un año atrás». La madre, de más de noventa años, padece Alzheimer. La hija tiene cincuenta y cinco. En realidad, la relación de la narradora con su madre no va a ser uno de los puntos fundamentales del libro, pero va a servir para recordarle al lector la fugacidad de la vida, para que, más adelante, cuando se nos hable del fuego de las relaciones sexuales, recordemos el camino hacia la vejez y la muerte. En definitiva, la escena inicial sobre la decadencia de la madre establecerá un contraste entre el Eros y el Tánatos, opuestos con los que se juega en la novela.

 

En el título de la novela hay un juego lingüístico entre esas «eses fatales» que se nos proponen y las «heces fecales» de la primera frase. Sonia Manzano va a usar este recurso de los juegos de palabras más de una vez en la novela; o bien, va a proponernos palabras que suenan parecidas en una misma frase, la misma palabra con significados diferentes o repeticiones de palabras buscadas. Así, por ejemplo, en la página 66 leemos: «cuando ya no quedaba bicho por ensartar y cuando ya Selene se preguntaba qué bicho le había picado», en la página 131: «te ponías cada vez más loca y locuaz», o en la página 155: «para que así, cuando sobrevenga el más total de los olvidos, no se olvide de actos tan elementales como respirar». Algunos de estos juegos de palabras me han recordado a los usados por el cubano Guillermo Cabrera Infante. En gran medida, la novela está escrita con un lenguaje humorístico, aunque tampoco está exenta de seriedad, pues al final, como se enumera al principio del libro, esta novela va a estar recorrida por esas «eses fatales» que se insinúan en el título y que son «suicidio, soledad, sadismo, sinsabores, sinfinales».

 

La narradora principal –Cristina Rosas–, de la que sabremos que es una escritora con obra publicada, está planeando escribir una novela sobre amor lésbico, y nos contará la historia de una de sus amigas, Selene, de origen griego por parte de uno de sus abuelos. Nos será narrada la historia del abuelo griego que llegó a Guayaquil en 1927 y también la historia del hijo, que será el padre de Selene. Pero estas narraciones sobre hombres serán una excepción, porque en Eses fatales nos vamos a encontrar, principalmente, historias de mujeres. Algunas de ellas nos serán transmitidas por la narradora principal –que está escribiendo una novela sobre lesbianas–, y que actuará como narradora testigo, puesto que es una amiga heterosexual de Selene, a la que esta realizará sus confesiones; y en otras ocasiones la primera persona de estas mujeres nos contará su historia directamente. Selene será el personaje del que más sabremos: desde su paso por el colegio, donde va a iniciarla en el lesbianismo. Allí será seducida por una monja de origen italiano de dos metros de alto y el cuerpo lleno de vello. La escena tiene un aire de farsa, un aire casi de realismo mágico, cuya pura exageración irreal quita hierro a la posible escena de abusos sexuales sobre una menor. «Su primer contacto con la esfera de lo ambiguo fue a través de una hembra peluda y frondosa, Selene desarrolló una poderosa atracción por las mujeres de abundante cabellera» (pág. 75). Aquí quizás se evoca el espíritu de Gabriel García Márquez. Selene, con el paso del tiempo, se convertirá en profesora y también acabará seduciendo a algunas de sus alumnas. Entre medias, cuando sea estudiante universitaria, tendrá relaciones con mujeres maduras, que están casadas con hombres. Todas estas relaciones sexuales lésbicas parecen darse, en la ciudad de Guayaquil, en un contexto de clandestinidad social.

 

En el presente narrativo de la novela, Selene está preocupada porque va a recibir la visita de una colombiana, afincada en Estados Unidos, a la que conoció una década antes en Nueva York. La historia principal retrata un enredo amoroso: Silvia Molina, la amante de Selene, la ha dejado por otra mujer; Selene trata de darle celos a Silvia con la llegada de su antigua amante colombiana. En medio de estas mujeres lesbianas se encuentra Cristina Rosas, heterosexual, que actuará como narradora testigo. En más de un momento, la narradora principal interrumpe su historia de forma metanarrativa. Así en la página 147 leemos: «Sigo en mis trece en esto de lograr dar forma concreta de novela a este montón de palabras erráticas que todavía no encuentran un derrotero fijo. No sé por dónde camino y hacia dónde voy. Tengo conciencia de que estoy dando bandazos alrededor del tema del lesbianismo, pero también reparo, cada vez más, en que soy una presencia advenediza dentro de un territorio que solo admite a mujeres marcadas con el estigma de una virilidad intensa». O en la página 163: «La escritura de esta novela me ha consumido con la fuerza de una tisis galopante. (…) No obstante, pase lo que pase, cueste lo que cueste, voy a concluir esta irredimible novela (…). Me enteré de que hasta ciertos exclusivos costos intelectuales, para los cuales el morbo es un pan al que hay que hincarle los colmillos a fondo, se había filtrado la noticia de que la infértil y repudiada Cristina Rosas –repudiada por los hombres y por todo lo que este repudio implica– estaba escribiendo una novela cuyos referentes mediáticos no eran otros que algunas conocidas lesbianas guayaquileñas de reconocido coturno cultural».

 

En otra de las capas de la novela, Cristina le pide información sobre Safo de Lesbos a uno de sus amigos. A partir de ahí, en su novela se irán incorporando capítulos en los que la relación de Safo con sus discípulas y amantes tendrá algunos paralelismos en la historia de las lesbianas de Guayaquil.

 

Quizás el gran cúmulo de historias y planos que se cruzan en este pequeño y abigarrado libro haga que la tensión narrativa de una historia principal no vaya escalando en intensidad, durante el último tramo de la narración, como podría haber sido deseable. Sin embargo, la construcción compleja de la novela, su lenguaje irónico, sus planos narrativos, el atrevimiento del tema tratado, en la sociedad en la que lo hace, y la variedad de miradas y prismas que componen la historia hacen que Eses fatales sea una novela notable de la narrativa latinoamericana del siglo XX.

Creo que la pequeña, pero combativa, editorial Perreo Intenso ha comenzado su trayectoria en España bailando con gusto y buen ritmo. Les deseo nuevos proyectos y una larga vida.

 

(Nota: si alguien en España está interesado en comprar esta novela debería preguntar en la librería madrileña Sin tarima)

domingo, 22 de septiembre de 2024

Confesiones asiáticas, por Augusto Rodríguez

 


Confesiones asiáticas, de Augusto Rodríguez

Editorial Huerga & Fierro, 110 páginas. Primera edición de 2023.

 

De Augusto Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1979) había leído, hasta ahora, la novela corta El fin de la familia, publicada en 2019 por la desaparecida editorial Nana Vizcacha. Conozco a Augusto desde hace unos años, primero a través de las redes sociales y después en persona. Augusto es profesor universitario en Guayaquil y suele venir, al menos, una vez al año a España para acabar un doctorado. Cuando pasa por Madrid, quedamos y tomamos algo. En una de sus últimas visitas estuve en la presentación de su libro de cuentos Confesiones asiáticas (antología de 2011-2021), que tuvo lugar en la librería de la editorial Huelga & Fierro.

Además de ser escritor, Augusto es el editor de la editorial El Quirófano.

 

Confesiones asiáticas está formado por diez cuentos. El primero se titula Fast food y empieza con las siguientes dos frases: «Voy a matar a mi tía, la loca. La mataré porque asesinó a mi abuela.», que me ha remitido a la novela El fin de la infancia, porque una situación similar se reflejaba en esa novela. El personaje de este cuento, narrado en primera persona, es alguien que trabaja en casa, sin tener mucho contacto con los demás, y que está desarrollando unos pensamientos cada vez más violentos. Según me explicó Augusto en persona, su cuento conversa con una novela del escritor uruguayo Rafael Courtoisie (autor sobre el que Augusto está realizando su doctorado). El cuento se desarrolla en Guayaquil, la ciudad del autor, una ciudad también, como el personaje, cada vez más violenta. Es un cuento correcto, pero considero que pierde un poco su tensión narrativa cuando el personaje acaba hablando sobre muchos grupos sociales –como pueden ser los psiquiatras o los políticos–, y sobre ellos vierte opiniones que no dejan de ser lugares comunes. Por ejemplo, en la página 18 leemos: «Fui al psiquiatra. No me gusta visitar psiquiatras. Creo que están más locos que una cabra; con perdón de las cabras.»

 

Confesiones asiáticas es el segundo cuento y está contado en tercera persona. Aquí cambia bastante el tono narrativo frente al primer cuento, ya que con mucha más delicadeza nos habla de dos chinas, madre e hija, emigrantes en París. Es un cuento que no está construido con la premisa norteamericana que tanto me gusta, aquella en la que se cuentan dos historias, y la más importante es la que se encuentra más sumergida, sino que está construido con la técnica de la sorpresa final, que me resulta un recurso un tanto anticuado.

 

Manual para pervertidos habla de las relaciones sexuales de un grupo de amigos promiscuos y de sus juegos con la homosexualidad o la prostitución. Está escrito con la técnica del narrador testigo, pues uno de los amigos más tranquilos del grupo es quien habla de los excesos de los otros.

Me gustan, por ahora, estos cambios de perspectivas que nos propone Augusto en sus narraciones.

 

La piscina es, con sus veinte páginas, el cuento más largo del conjunto y también el que me ha gustado más. En él se habla de las seis casas de una pequeña comunidad de vecinos, a la que cohesiona la existencia de una piscina comunal. Es un relato coral en el que se habla de los avatares de las seis familias que habitan esas casas. El lector asistirá a sus pequeños dramas y sentirá la melancolía poética del paso del tiempo. Es un cuento logrado.

 

El siguiente cuento se titula La llaga y –aunque de forma vaga– está relacionado con el anterior. En La piscina uno de los personajes era una mujer que leía novelas y que termina decidiendo escribirlas. Acabará publicando una novela corta titulada La piscina, que (parece indicarnos el narrador) habla sobre los personajes que asoman en este relato. Hacia el final de la narración, esta mujer empezará a escribir otra novela corta que se va a titular La llaga, como el siguiente cuento al que el lector se va a acercar. La llaga es un cuento muy duro sobre una persona que sufre un accidente de coche incapacitante, y cómo esto afecta a su vida cotidiana. Está narrado sin concesiones, pero en su dureza encuentro mucha poesía. Junto con La piscina, La llaga y el siguiente cuento (La fiesta) son, a mi entender, las piezas más logradas del libro.

 

La fiesta es un relato original, porque habla de los problemas de una pareja cuando a él le diagnostican una enfermedad degenerativa, a través de los sentidos, que se van evocando en sus pequeños capítulos (El olfato, El gusto, El tacto, etc.). El nivel de nuevo es alto.

 

El regreso de Drácula es un cuento de solo dos páginas sobre un actor que llega a Hollywood y, gracias a su físico, se acabará especializando en el papel de Drácula. Ya he contado alguna vez que no suelo conectar con los cuentos demasiado cortos o los microrrelatos, y este caso no ha sido una excepción.

 

El hombre blanco de mis pesadillas es un relato algo más largo que el anterior y también más largo que los que le van a seguir y cerrar el libro. Un narrador que es encerrado en un manicomio narra la historia como si los locos fuesen aquellos con los que ha de tratar, doctores, enfermeros… Me ha parecido que no era muy original.

 

El libro acaba con dos relatos de dos caras cada uno: Memorias de fútbol y Adrenalina y fuego. El primero es sobre la afición al fútbol y el segundo sobre una relación de sado-maso que acaba de forma violenta. De nuevo, son cuentos demasiado cortos para mi gusto.

 

Confesiones asiáticas es un libro de relatos solvente, que contiene tres buenos relatos: La piscina, La llaga y La fiesta; siendo el resto no desdeñables. Según me dijo Augusto, los tres que más me han gustado formaban originalmente parte de un mismo libro, titulado Al otro lado de la ventana, con el que ganó en 2011 el Premio Nacional Joaquín Gallegos Lara en Ecuador.

 

 

 

domingo, 8 de marzo de 2020

El fin de la familia, por Augusto Rodríguez


El fin de la familia, de Augusto Rodríguez

Editorial Nana Vizcacha. 67 páginas. 1ª edición de 2019.

Además de escritor, Augusto Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1979) es el editor de la ecuatoriana El Quirófano Ediciones. Alguna vez habíamos conversado a través de Facebook y un día que vino a Madrid, a finales de 2019, quedamos para tomar algo. Yo le regalé varios de mis libros y él me entregó algunos de los libros editados por él en Ecuador y otro de la nueva editorial madrileña Nana Vizcacha. Acordé con Augusto que cuando apareciera en el mercado su novela El fin de la familia –para lo que quedaban unas semanas– se la pediría a su editora Lucía Brenlla, para poder leerla y reseñarla.

El fin de la familia es una novela corta, de apenas 60 páginas, que leí de un tirón un viernes, sentado en la barra de un bar mientras tomaba un café.
La novela está contada por un narrador innominado, al que el lector acabará identificando con el propio autor, sobre todo porque, hacia el final, Rodríguez introduce en el texto tres fotografías en las que se pueden observar los cambios de su casa familiar.

La primera parte del libro se titula Retratos familiares, y comienza con el narrador revisando álbumes de fotografías. «Escribir es tal vez la única justicia que puedo hacer por mi familia, por los que están, porque los que se fueron y por los que llegarán», leemos en la primera página.
«En ese ataúd iba mi abuelo y fue el fin de mi familia», leeremos en la página 19. Buscar los motivos que han llevado al fin –o a la dispersión de la familia– será el tema narrativo principal de Rodríguez. Además de mencionar algunas muertes, también nos hablará del divorcio de sus padres.
En esta primera parte, el protagonista evoca principalmente una etapa de su vida que se corresponde con la infancia. Lo hace a través de diversas figuras cercanas: abuelo, padre y diversos tíos y tías. Estos últimos están nombrados con siglas. Si el libro es de autoficción –algo que no se especifica en la contraportada–, estas siglas nos hacen sospechar algunos problemas para narrar sobre la propia vida de los que ya he hablado en otras ocasiones. Es posible que al hablar de familiares cercanos el pudor y el miedo a ofender hagan que el escritor no sea todo lo incisivo que podría ser. De hecho, he tenido la sensación de que cuando, en vez de hablar de familiares, se recuerda alguna anécdota protagonizada por amigos de la niñez, las historias son más potentes y tienen más capacidad para impactar al lector por su singularidad; anécdotas que tienen que ver con el descubrimiento del sexo y también con los abusos en la infancia.
En esta primera parte, además de las personas, se recuerda al barrio de la niñez y se analizan algunos de sus cambios.
Creo que el libro gana cuando se adentra más en el impudor, como en esas páginas que ya he señalado sobre los amigos, y pierden cuando el autor trata de generalizar. Señalo dos reflexiones en concreto que no me han gustado: «Creo que Messi no es humano, es extraterrestre» (pág. 29), comentario que no deja de ser un lugar común, y que no aporta nada a lo expuesto en el texto. Entre la página 26 y 27 se hace una reflexión sobre el cambio en la labor docente desde la infancia del narrador hasta la actualidad: «No solo el profesor no puede tocar al alumno (cosa que está muy bien) pero si el alumno saca notas bajas el malo de la película es el docente. Él no sabe enseñar, no tiene pedagogía, no tiene alma de profesor y es humillado e insultado. Ahora parece mejor pasar al alumno y no meterse en líos. El infierno de los profesores de escuela debe ser horrible». Considero que este párrafo rompe con el tono confesional del libro y no encaja en la lógica de lo narrado.

Me gusta –porque volvemos al tono confesional y a la cercanía de lo particular– cuando se habla con admiración del abuelo, que era un gran lector del Ulises de Joyce. Estas páginas me han recordado a la parte de la pentalogía autobiográfica de Thomas Bernhard en la que evoca la influencia que tuvo sobre él su abuelo materno.

El lenguaje es directo, con algún vuelo poético, como este de la página 20: «Regresó dormido a su ciudad, la que lo vio formarse como hombre, para poder mirar desde lo más profundo cómo crece una raíz en el cielo».

La segunda parte es mucho más corta que la primera y se titula El invierno de mi padre. El padre del narrador es chileno, y cuando se divorcia de su madre se vuelve a su país. Allí irá en el invierno de 1998 el protagonista para vivir con él, planes que se verán frustrados de forma dramática. La intimidad de estas páginas resulta bella. De un modo extraño, se habla aquí de un sueño en el que el narrador conoce al escritor cubano José Lezama Lima. Por inesperadas, me gustan estas páginas.

La tercera parte se titula igual que el libro, El fin de la familia. Aquí se habla de los «locos de las familias», personaje encarnado en el texto por «mi tía, la Loca» y su relación enfermiza con la abuela del narrador. «Pobre de mi abuela, tener que haber engendrado una hija víbora, una hija buitre y una hija cuervo» (pág. 62). Estas páginas se relacionan con la cita inicial del libro tomada del autor colombiano Fernando Vallejo: «La loca era más dañina que un sida».
Si el autor consideraba que el fin de su familia empezaba con la muerte de su abuelo, considera que termina con la muerte de su abuela.

Como dije al principio, leí esta novela corta, El fin de la familia, de un tirón. Pese a algún altibajo, en general contiene páginas bellas y emotivas, de trasfondo poético. Aun así, me he quedado con la sensación de que Augusto Rodríguez podría haber sacado más partido a su material narrativo si hubiera decidido desarrollar más los personajes y las historias que toca. Rodríguez ha trabajado, hasta ahora, más con la poesía que con la prosa y, en sus futuras obras novelísticas, debería dejar atrás la condensación propia de la poesía y adentrarse en la frondosidad del desarrollo narrativo.

domingo, 17 de marzo de 2019

La primera vez que vi un fantasma, por Solange Rodríguez Pappe.


Editorial Candaya. 138 páginas. 1ª edición de 2018.

Ya he comentado más de una vez que confío en el criterio de Olga y Paco, los editores de Candaya, para seleccionar sus libros. Leo bastantes de los que publican, pero tampoco puedo leerlos todos. Por La primera vez que vi un fantasma, de Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, Ecuador, 1976), sentía curiosidad. En 2018 leí dos libros de autoras ecuatorianas, también de Guayaquil, que me gustaron mucho: Mandíbula de Mónica Ojeda y Pelea de gallos de María Fernanda Ampuero. ¿Qué ocurre en Guayaquil? ¿Se está gestando un boom de la literatura hispanoamericana precisamente en esta ciudad de Ecuador?, me preguntaba. Y fue entonces cuando Solange Rodríguez me escribió, a través del chat de Facebook, para proponerme la lectura de su libro. Era lógico pensar que ella había leído mis elogios sobre Ojeda y Ampuero. A estas alturas de la partida, lo normal es que diga que «no» cuando alguien me propone, a través de internet, que lea sus libros, porque no doy abasto, porque no quiero quitarme todo el tiempo para leer a los clásicos que me faltan, porque he de seguir mi propio camino, etc. Pero en este caso sentía una curiosidad real por este libro y dije que «sí». Así que se lo pedí a sus editores, que me lo enviaron a casa tan amablemente como en otras ocasiones.

La primera vez que vi un fantasma está formado por quince cuentos, de muy variada extensión. El primero se titula A tiempo para desayunar, y lo podría describir como una narración de atmósfera. Rodríguez Pappe nos muestra un hotel extraño, donde los comensales pasan casi desapercibidos los unos para los otros. Teniendo en cuenta el título del libro, el lector no tardará en sospechar que el narrador de esta historia es un fantasma. Son interesantes los cambios de punto de vista, pero diría que en este cuento la autora pone su fuerza en dibujar una atmósfera por encima de la resolución bien trabada que requiere (en la mayoría de los casos) un relato corto. Sin embargo, una vez acabado el libro, considero que esta atmósfera de neblina narrativa acaba resultando un buen portal para adentrarnos en estos relatos.

Paladar es el relato más extenso del libro (unas veinticinco páginas) y uno de mis favoritos del conjunto. La narradora, de origen centroamericano, está casada con un norteamericano. La pareja ha decidido pasar las vacaciones haciendo un viaje turístico-gastronómico por Perú. Ella se está recuperando de una mastectomía tras haber sufrido un cáncer de pecho, y su relación no pasa por su mejor momento. Esta narración es de corte más realista que la primera (aunque su final puede derivarse hacia la extrañeza de la nueva corriente neofantástica hispanoamericana) y me parece que la tensión narrativa se dosifica de forma muy precisa, consiguiendo un gran final; ya que, si bien, en principio el cierre del relato parece previsible, al dejarlo abierto se potencia su fuerza.
Dejar el final abierto será uno de los recursos habituales de este libro.
En este segundo cuento se insinúa que en el hotel en el que se aloja nuestra pareja hay fantasmas. La presencia o insinuación de la existencia de fantasmas será otro de los recursos del libro, un detalle que conseguirá darle unidad.

El tercer cuento es Instantánea borrosa de mujer con luna, y ocupa sólo una cara. Es, por tanto, un microrrelato. Ya he contado en mis reseñas bastantes veces que no siento un especial aprecio por los microrrelatos, un género con el que no suelo disfrutar demasiado como lector. Sin embargo, sí que me gusta mucho el formato de los libros de relatos; y éstos me gustan cuando suelen tener entre 12 y 25 páginas. Sé que esto no deja de ser un gusto arbitrario, pero lo siento así: me gustan las narraciones cortas en las que al autor le da tiempo a presentar a sus personajes y se desarrolla una mínima trama, con insinuaciones de subtramas y resortes ocultos. Desconfío de los microrrelatos que apuestan todo a mostrar una escena mínima y en el último párrafo cambian el sentido de lo leído por el lector, mediante una pirueta lingüística, que suele conseguirse con un juego de palabras o modificando el punto de vista.
En el libro de Rodríguez Pappe hay unas cuantas narraciones de una o dos páginas. Son las que menos me han hecho disfrutar. Pero estos microrrelatos me han gustado, sin embargo, más que otros que he leído, porque juegan a crear una atmósfera y, en este sentido, se acercan más a un poema que a un microrrelato tradicional. Esto me ha ocurrido con Instantánea borrosa de mujer con luna y Funeral doméstico, dos narraciones breves de corte fantástico y terrorífico.

Un hombre en mi cama, de dieciocho páginas, se ha convertido en otro de mis relatos favoritos de este libro. Rodríguez Pappe juega aquí a la ligera distopía, ya que nos presenta un mundo asolado por las altas temperaturas, que sufre la amenaza de quedarse sin agua. Lo que más le gusta a la narradora es dormir, y su hermana ha sufrido, en otras épocas de su vida, trastornos alimenticios. Los trastornos del sueño de la narradora le han llevado a contactar a través de redes sociales con grupos de sueños, que se conectan para compartir su experiencia. Trasfondo ecológico, apocalipsis, nuevas tecnologías… un cóctel muy bien llevado y resuelto. En este caso, más que jugar la baza del final abierto, lo que hace Rodríguez Pappe es acabar el cuento antes de mostrar su desenlace, algo que también acaba realzando su potencia.

Pequeñas mujercitas es un cuento abiertamente fantástico, de corte surrealista. Me ha recordado a algunas de las narraciones oníricas de Mario Levrero. A diferencia de lo que podemos encontrar en los cuentos de Levrero, muchos relatos de Rodríguez Pappe tienen un trasfondo feminista, pues nos presentan a mujeres combativas frente al mundo machista al que tienen que enfrentarse.

Conversación de los amantes es un microrrelato de media cara. No me convence su juego de confundir a personas con insectos.

Pistola cargada tiene dos páginas y parece un homenaje al Julio Cortázar de Continuidad de los parques, con su juego de mezclar personajes, lectores y autor.

Un paseo de domingo es un cuento de dos páginas sobre una madre y su hija. Un cuento de fantasmas cuyas ideas quedan mejor desarrolladas en otras narraciones más extensas de este libro.

La historia incómoda que nos contó Olivia el día de su cumpleaños me parece otro de los cuentos más destacados del libro. De nuevo tenemos aquí a una narradora a la que los hombres de su vida no parecen hacerla demasiado feliz; entre otras cosas porque parecen querer obligarse a ser siempre joven. El mito de «la mujer del saco» le sirve aquí a Rodríguez Pappe para realizar una denuncia social sobre las desigualdades económicas de las grandes ciudades. «Todas las ciudades están construidas sobre huesos y cementerios, así que, de cada cinco habitantes, uno es un fantasma», leemos en la página 79.

Matadora, sobre los problemas de una madre con su hija adolescente con sobrepeso, me parece también un buen cuento. Está bien traída la desviación de la violencia de su relación a la que la madre establece con la gata que la hija acoge. Me gusta. Su violencia simbólica me ha recordado a la mostrada en los textos de Mónica Ojeda.

El atanudos es, para mí, otro de los cuentos destacados del libro. Una chica cuenta a un grupo de adolescentes durante una fiesta una historia de terror que sufrió su familia. El recurso de la doble narración (descripción de las personas en la casa y la narración oral de una de ellas) me ha parecido bastante conseguido.

Cuento antes de ir a la cama es un microrrelato ingenioso, pero mantengo lo dicho: lo disfruto menos que los cuentos largos. Aún le quedan dos a este libro de los que merece la pena hablar:

Confeti en el cielo es un cuento apocalíptico. El mundo ha colapsado (no sabemos por qué) y una de sus supervivientes sale de casa con su gata para reunirse con un hombre al que ha empezado a rendir culto. La descripción de la ciudad en ruinas está muy conseguida.

La primera vez que vi un fantasma es el último cuento y traslada su escenario a Estados Unidos, a un hotel de Las Vegas en el que parece haber fantasmas. El tema fantástico aquí es un adorno frente al drama que vive su narradora, huída con un joven. Este cuento es un buen broche final para el libro.

En resumen, no me han convencido las narraciones más cortas del libro (aquellas que ocupan una o dos caras), básicamente porque, como ya he explicado, no acabo de conectar con el género de los microrrelatos. Pero sí que me han parecido valiosas la mayoría de las narraciones más largas. Por supuesto, tengo suerte, porque al gustarme las narraciones de veinticinco o dieciocho páginas frente a las de una o dos páginas, casi todo el tiempo que he leído La primera vez que vi un fantasma lo he disfrutado. En este libro hay algunas narraciones que destacan bastante, como la que ya he comentado: Paladar, Un hombre en mi cama, La historia incómoda que nos contó Olivia el día de su cumpleaños, Matadora, El Atanudos, Confeti en el cielo y La primera vez que vi un fantasma.

Por su apuesta neofantástica, que hace hincapié en el extrañamiento de lo real, algunas de las páginas de Rodríguez Pappe me han recordado a las propuestas por Samanta Schweblin. Y otras en las que, sirviéndose del género del terror, nos muestra un mundo de desigualdades o machismo, me han hecho pensar en los cuentos de Mariana Enríquez.
Me gustan los caminos que están abriendo las nuevas escritoras hispanoamericanas, sobre todo en el mundo del relato (aunque también en la novela), utilizando los géneros –terror, fantástico, policial, onírico– para hablar de muchos conflictos que padecen las sociedades en las que viven: Samanta Schweblin, María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, Mariana Enríquez, Fernanda Trías, Ariana Harwicz, Liliana Colanzi… lista a la que ahora uno el nombre de Solange Rodríguez Pappe.

lunes, 4 de junio de 2018

Mandíbula, por Mónica Ojeda.


Editorial Candaya. 285 páginas. 1ª edición de 2018.

En 2017 leí Nefando, la segunda novela de Mónica Ojeda (Guayaquil, Ecuador, 1988) y la primera que publicó en la editorial Candaya. En 2018, Candaya ha publicado su nueva novela, Mandíbula. Después de la buena impresión que me dejó Nefando, tenía ganas de leer Mandíbula, así que se la solicité a sus editores cuando vi que anunciaban su salida en las redes sociales. Ellos me la enviaron muy amablemente.

Mandíbula empieza con una primera escena impactante: Fernanda, de quince años, despierta atada a una mesa, en una cabaña perdida en un bosque. Ha sido secuestra por Miss Clara, su joven profesora de Lengua y Literatura en el colegio privado Opus Dei al que acude, el más caro de la ciudad de Guayaquil.

En los sucesivos capítulos, el lector irá recibiendo información que le permitirá comprender cómo los dos personajes iniciales han llegado a la situación descrita.
Fernanda forma parte de un grupo de seis chicas de quince años que un día, al salir del colegio, entran en un edificio abandonado a medio construir, un edificio que se irá convirtiendo en su centro de reuniones secreto. «Ya en zona prohibida, las seis se sintieron temerarias y rebeldes, con vidas dignas de ser filmadas y comentadas en un reality show o retratadas en una serie de televisión» (pág. 17). El grupo está dominado por la fuerza y el empuje de Fernanda y Annelise («Las inseparables, las hermanas sucias de conciencia; siempre desnudas de temores y dispuestas a inventarse aventuras con tal de no aburrirse» (pág. 17).

Las seis chicas deciden contarse historias de terror en el edificio abandonado. Si sus historias (muchas sacadas de las creepypastas de internet) no asustan a las demás, tendrán que pasar por distintos «retos» propuestos por las demás. Los retos se irán volviendo cada vez más peligrosos y perversos.
En el edificio abandonado también pintarán de blanco una habitación sin ventanas al exterior. Aquí será donde contarán las historias de terror y donde acabarán rindiendo culto (sobre todo a través de sus historias) a una deidad que Annelise inventa como un juego, el Dios Blanco.

Las pulsiones ocultas que dominan los comportamientos tanto de Fernanda como de Annelise tienen que ver, principalmente, con la relación conflictiva que ambas mantienen con sus madres. La madre de Annelise es una mujer muy religiosa y controladora, que, en cierto modo, ha asfixiado el crecimiento personal de Annelise. Por su parte, la madre de Fernanda parece temer a ésta. «Nunca quiere estar a solas conmigo y, cuando no puede evitarlo, me mira de una forma muuuy fea, como si mirara a una rata o algo que da miedo», le cuenta Fernanda en la página 84 a su psicólogo para explicar el trato que mantiene con su madre. Cuando Fernanda tenía cinco años, su hermano de un año murió ahogado, precisamente cuando se encontraba con ella. Fernanda no recuerda exactamente qué ocurrió, pero sospecha que su madre la culpa de la muerte del hermano, aunque la envíe al psicólogo para que ella se libere a sí misma de cualquier posible sentimiento de culpa.
En varias partes de la novela se insiste en la relación maternidad-canibalismo: las madres devoran a sus hijas, por ejemplo empeñándose en que sean como ellas; aunque en otros casos serán las hijas las que traten de devorar a sus madres. Así, cuando se habla del pasado de la profesora, Miss Clara, se explicará al lector que Clara, una adolescente con problemas de ansiedad, ha crecido tratando de imitar a su madre en todo. Por eso se viste como ella y ha elegido su misma profesión. Cuando Miss Clara entra a trabajar en el colegio Opus Dei al que pertenecen Fernanda o Annelise, se encuentra traumatizada por un suceso que le ocurrió en el anterior colegio en el que trabajaba: dos de sus estudiantes entraron en su casa, la ataron y la torturaron durante horas. La primera vez que leí esta expresión sin género específico: «Dos estudiantes», supuse que habían sido dos chicos. Pero no, las secuestradoras de Clara habían sido dos chicas procedentes de familias desestructuradas. Mandíbula es una novela femenina en un sentido casi estricto. El colegio Opus Dei al que acuden las protagonistas de la novela es sólo de chicas, y los conflictos generacionales se establecen entre madres e hijas; los hermanos o los padres están totalmente desdibujados aquí. Cuando Fernanda acude al psicólogo, los capítulos se le muestran al lector como si estuviera leyendo una obra de teatro, indicando el nombre de la persona que está hablando antes de cada intervención. Pero, en realidad, el psicólogo, el Dr. Aguilar, está borrado de Mandíbula, puesto que después de los dos puntos que anteceden a las que deberían ser sus palabras en la conversación con Fernanda se ha eliminado el discurso, y el lector sólo intuye sus palabras a partir de las respuestas de ella (un recurso muy del gusto de Manuel Puig). En el colegio Opus Dei sí que hay algunos profesores, y aparece, al fin, un personaje masculino (muy secundario, en cualquier caso): Alan Cabrera, profesor de Teología. Al describir su aspecto se resalta que «tenía el culo de una mujer de caderas anchas» (pág. 71). Es decir, uno de los pocos hombres que aparecen en esta novela está caracterizado por su aspecto femenino. En la página siguiente se describirá a otra profesora, y de ella se dirá que «tenía una voz grave, casi masculina». Esta técnica consistente en caracterizar a personajes masculinos con rasgos femeninos y al revés, para proyectar sobre ellos una mirada de extrañeza, la solía usar mucho Juan Carlos Onetti.

En uno de los mejores capítulos del libro se describe una fiesta de universitarios a la que son invitadas las chicas del grupo de Fernanda y Annelise, y aquí sí que aparecen personajes masculinos, cuya presencia acaba sirviendo para unir más los lazos en el grupo femenino.

Los tiempos narrativos de Mandíbula están alterados, aunque suelen avanzar, como ya comenté antes, para que el lector comprenda cómo se ha llegado a la situación del capítulo primero. Me parece que está muy lograda la dosificación de la información, algo que consigue crear un efectivo clima de tensión. Ojeda varía los enfoques para relatar su historia: las conversaciones con el psicólogo, las narraciones en tercera persona apegadas a la voz narrativa de los personajes y otros capítulos que me han gustado mucho, aquellos en los que en los mismos párrafos se alternan dos tiempos narrativos (como ocurría en el capítulo de la fiesta con los universitarios), un recurso muy propio de un escritor como Mario Vargas Llosa. También podemos acercarnos a la primera persona de Annelise gracias a una carta-ensayo que le entrega a su profesora, Miss Clara. En estas páginas, Annelise vierte algunas opiniones sobre el género del terror, que pueden resultar claves para entender la forma de escribir de Ojeda: no existen películas sobre las narraciones de H. P. Lovecraft, porque el terror cósmico propuesto por escritores como él no tiene imagen. Algo que, hasta cierto punto, podría aplicarse a la novela de Ojeda, en la que la atmósfera creada, mediante un lenguaje muy cuidado, posiblemente tiene más importancia que las escenas descritas.

Cuando comenté Nefando señalé que, aun siendo una novela talentosa, Ojeda había cargado las tintas presentando a personajes siempre enfermizos. Lo mismo ocurre en Mandíbula, pero creo que el resultado está más conseguido en esta nueva novela, que crea un mundo autónomo de asfixia y terror para todos los personajes y no resulta forzado, sino que tiene pleno sentido dentro del contexto de la historia propuesta. También señalé que en Nefando se notaba la dependencia de un modelo, el de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Esto ha desaparecido en Mandíbula, donde hay influencias, por supuesto, pero no dependencia de ningún modelo.

No mucho antes de Mandíbula, he leído Las cosas que perdimos en el fuego de la argentina Mariana Enríquez, un libro de cuentos de terror trabajado y profundo, en la línea narrativa de Mandíbula. Me está pareciendo muy interesante esta corriente literaria femenina que usa el género de terror para hablar de miedos universales. Y tanto Las cosas que perdimos en el fuego como Mandíbula me han gustado mucho.

Mandíbula es una novela más madura y acabada que Nefando (que ya era un buen libro) y su calidad me hace pensar que Mónica Ojeda va a convertirse (si no lo es ya) en uno de los nombres imprescindibles de la nueva narrativa hispanoamericana.

domingo, 27 de mayo de 2018

Pelea de gallos, por María Fernanda Ampuero


Editorial Páginas de Espuma. 115 páginas. 1ª edición de 2018.

Conocí a María Fernanda Ampuero (Guayaquil, Ecuador, 1976) en la presentación de un libro que tuvo lugar en La Central de Callao. No recuerdo de qué libro se trataba. Otra vez participé con ella en una pequeña tertulia literaria en la librería Cervantes sobre Gestarescala, una de las novelas de Philip K. Dick. También estuve en la presentación de la revista Eñe que contenía el relato con el que ganó el premio Cosecha Eñe en 2016. Así que conozco a María Fernanda, que reside en Madrid desde hace unos años. Me causó una gran impresión su cuento Nam, cuarto de Pelea de gallos y ganador del premio Cosecha Eñe de 2016. Cuando pude comentárselo le dije que me había recordado al tono de los cuentos de Los días más felices del boliviano Rodrigo Hasbún. También sabía, desde hacía más de un año, que María Fernanda estaba tratando de publicar un libro de relatos, y yo le prometí que en cuanto saliese a la venta (después de leer Nam no dudaba de que iba a salir en una buena editorial) lo iba a leer y reseñar. Aquí estoy. Me alegré mucho por ella cuando supe (en la presentación de Un paseo por la desgracia ajena de Javier Moreno) que su libro de relatos iba a formar parte de la editorial Páginas de Espuma, posiblemente la mejor editorial para empezar en el mundo de la ficción con un libro de relatos (hasta ahora Ampuero, periodista de profesión, había publicado dos libros de crónicas).

Cuando supe que la llegada a las librerías de Pelea de gallos era inminente, le solicité un ejemplar a su editor, Juan Casamayor, quien me le envió muy amablemente.
Según recibí el libro, me senté y dediqué unos minutos a leer su primer cuento, titulado Subasta. Sus escasas ocho páginas me bastaron para dejarme seco, impactado con este cuento tan potente sobre la violencia (hacia las mujeres, los pobres o hacia el prójimo en general). Un cuento que me trasladó a las páginas violentas del guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, pero con una voz propia, una voz que pone el énfasis en la violencia hacia las mujeres, y sobre todo hacia las niñas. Decía antes que Nam me había recordado a la mirada sobre el fin de la infancia o la adolescencia de los cuentos de Rodrigo Hasbún, pero la voz narrativa de Ampuero, frente a la de Hasbún, es mucho más violenta que melancólica. Al leer la primera página del primer relato de Pelea de gallos, donde se cuenta que la narradora escucha unos gallos, pensé en el cuento No oyes ladrar los perros de Juan Rulfo. Como ocurre con Rulfo, la prosa de Ampuero es precisa y depurada, y su realismo escatológico (que a veces roza el expresionismo) no está exento de cierto lirismo tremendista. Creo que Subasta es un gran cuento que debería estar (a partir de ya) en cualquier antología sobre el nuevo cuento en español. Hagan una prueba: si sienten curiosidad por este libro, cuando lo vean en una librería, ábranlo y lean Subasta. Sólo tardarán unos pocos minutos. Si son lectores serios de cuentos van a querer seguir leyendo, se lo aseguro.

La llegada de Pelea de gallos me sorprendió con la lectura de la novela Para esta noche de Juan Carlos Onetti a medias. Esperé a acabarla y me acerqué a los cuentos de Ampuero unos días más tarde. Releí el primer cuento, quería paladearlo.

Si Subasta es un cuento magnífico, el segundo, titulado Monstruos, también lo es. La narradora es una niña de doce años, que ve películas de miedo junto a su hermana gemela («Mercedes era miedosísima. Blanquita, debilucha. Mamá decía que yo me comí todo lo que venía en el cordón umbilical porque nació mínima: una gusanita y que yo, en cambio, nací como un toro. Usaban esa palabra: toro. Y el toro tenía que encargarse de la gusana, ¿qué se le iba a hacer?», leemos en la página 20). A las dos gemelas de doce años, Narcisa, la chica de servicio de catorce, les va a dar una de las lecciones más importantes de su vida: «Narcisa siempre decía hay que tenerle más miedo a los vivos que a los muertos» (pág. 19). Monstruos es un cuento cruel sobre las enseñanzas entre mujeres acerca de las violencias masculinas y, al igual que ya ocurría con Subasta, se acaba con un nudo en la garganta.

El tercer cuento, Griselda, nos habla de nuevo sobre el fin de la infancia y la inocencia, y la llegada de sus narradoras femeninas a un mundo machista, salvaje y violento. Es cierto que una vez leídos los dos primeros, Griselda impacta menos porque, aun siendo un buen cuento, al acercarse a él el lector tiene la sensación de repetición de temas y enfoques: una voz narrativa femenina nos habla de la realidad social de una ciudad indeterminada de América Latina (pero que yo leía como si fuera ecuatoriana), desde la perspectiva de una niña, en el momento en el que algún hecho traumático le hará perder su inocencia.

El cuarto cuento es Nam, el ganador del premio Cosecha Eñe 2016, que ya había leído. Es uno de los mejores cuentos del libro. Ahora la narradora es ya adolescente, y nos habla del descubrimiento del sexo y de su posible homosexualidad. El mundo de los adultos volverá a ser una realidad grotesca, amenazante.

El quinto cuento (Crías) sí que empieza como un cuento de Rodrigo Hasbún: «Vanesa y Violeta, las gemelas, mis vecinas de toda la vida, ahora viven fuera. Emigraron hace unos quince años, como yo, y no han pisado el país desde entonces» (pág. 41), pero aquí cambia un tanto la perspectiva respecto a cuentos anteriores: una mujer vuelve a su ciudad natal en América Latina y desde ahí recuerda algunos sucesos de su pasado, que tienen que ver con sus vecinos. Cuando la narradora recuerda un hecho crucial para ella afirma: «No fue traumático para mí porque a las gemelas yo ya no las quería en mi vida, había descubierto los libros y con ellos la deliciosa sensación de no necesitar nada ni a nadie en el mundo» (pág. 48). Por afirmaciones como ésta, o la anterior sobre la vuelta al hogar desde la emigración, el lector tiene la sensación de que Ampuero está usando de forma fructífera sus propios recuerdos para, a partir de lo particular, retratar a todo un territorio. Nunca se dice que uno de estos cuentos transcurre en un país latinoamericano u otro, y con este detalle la autora parece decirnos que lo retratado, sobre la violencia social y machista, puede ocurrir tanto en Ecuador como en Bolivia o Perú.

Me gusta que el narrador de Persianas sea una voz masculina. Con este detalle se rompe el peligro de que Pelea de gallos estuviera constituido por cuentos muy potentes, pero escritos siempre desde enfoques (fin de la inocencia de una voz femenina) muy similares.

En Cristo vuelve a aparecer una voz narrativa femenina infantil, pero, como el cuento acaba siendo una crítica a una cierta religiosidad inútil para los pobres, los temas tratados se expanden.

Creo que Pasión es el cuento que más me ha desconcertado de este libro. Trata sobre una mujer que sigue a un «profeta religioso» latinoamericano. Ampuero habló con mucho cariño sobre él en la presentación de su libro (librería Cervantes de Madrid, 8 de marzo de 2018), pero creo que es la narración con la que menos he conectado de las incluidas en el libro.

Luto es un cuento terrible sobre la violencia entre hermanos. Sospecho que su propuesta, cercana al género de terror, tiene que ver con las propuestas narrativas de la argentina Mariana Enríquez y su libro Las cosas que perdimos en el fuego.

Me gusta el relato Ali porque la realidad narrada se enfoca desde una perspectiva diferente a la de las demás historias del libro. Si bien los primeros cuentos de Pelea de gallos estaban narrados por niñas hispanoamericanas que el lector entendía de clase media, que hablaban de hogares en los que había mujeres de servicio, en Ali se da la palabra, de forma acertada, a estas mujeres del servicio. La voz narrativa de Ali es la primera del plural y esto me parece un logro. «Se las traían de los campos, las mamas mismas las regalaban, y les daban casa y comida y gracias, patrón, papá diosito les bendiga y les dé muchos años de vida» (pág. 84). De nuevo están aquí los abusos paternos y las violaciones, uno de los sustratos del libro.

Coro está escrito en tercera persona y es una sátira que se burla de un grupo de mujeres latinoamericanas de clase alta. Su humor corrosivo me ha recordado al de las novelas del peruano Jaime Bayly. He llegado a pensar en Alfredo Bryce Echenique, pero este escritor me parece menos cruel que Bayly o Ampuero.

En Cloro se vuelve a usar la tercera persona y la protagonista es una mujer (seguramente de un país europeo) que descansa en un hotel hispanoamericano y contempla desde su habitación a los mozos morenos que limpian una piscina imposible. Es un cuento detenido y poético sobre la decadencia física. Frente a la potencia de los cuentos anteriores, quizás este cuento (lo mismo ocurre con el último, el titulado Otra) sea demasiado insinuante y le falte movimiento, pero me alegro de que haya sido incluido en la versión final de Pelea de gallos (sé que fueron descartados algunos relatos), porque abre el libro a nuevas miradas.

En resumen, Pelea de gallos es un debut narrativo impresionante; un texto maduro y contundente. En este libro, de un nivel medio muy alto, hay al menos cinco o seis cuentos que se merecerían estar en cualquier antología sobre el nuevo cuento en español. Un libro sobre la violencia (sobre todo la ejercida contra las mujeres en América Latina) que debería llegar a muchos lectores. Mi enhorabuena a su autora, María Fernanda Ampuero. Presiento que Pelea de gallos va a ser (merecidamente) un libro de largo recorrido.