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domingo, 31 de agosto de 2025

El Eternauta, por Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López


El Eternauta
, de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López

Editorial Planeta. 373 páginas. 1ª edición de 1957-59; esta es de 2022

Prólogos de Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain

 

Entre abril y mayo de 2025, empecé a recibir información sobre el estreno en la plataforma Netflix de la serie de seis capítulos El eternauta, dirigida por Bruno Stagnaro y protagonizada por Ricardo Darín. También empecé a leer comentarios sobre que esta serie estaba basada en un cómic mítico argentino del mismo nombre, que se publicó, por entregas, entre 1957 y 1959, en la revista Hora Cero. El cómic estaba escrito por Héctor Germán Oesterheld (Buenos Aires, 1919 – Desaparecido, 1977) y dibujado por Francisco Solano López (Buenos Aires, 1928 – 2011). Ya he contado alguna vez que, cuando va a llegar el verano, me suele apetecer leer libros de ciencia ficción o terror, porque son géneros que asocio a la libertad adolescente de las vacaciones escolares, y me empezó a llamar la atención este cómic de El eternauta, con prometedoras dosis de ciencia ficción y terror. También he contado más de una vez que me suelen gustar las narraciones apocalípticas. Se lo solicité a Planeta Cómic para poder leerlo y reseñarlo, y ellos me lo enviaron.

 

No es habitual que yo lea cómics, pero tampoco ha sido algo inédito en mi vida adulta. He leído, por ejemplo, Todo Paracuellos de Carlos Giménez, o una amplia antología de American Splendor de Harvey Pekar.

 

No he visto la serie de Netflix, aunque me han hablado de ella; así que he llegado al cómic con una mirada pura sobre lo que me iba a encontrar. Recomiendo al lector del cómic que espere al final de su lectura para acercarse a los prólogos de Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain, que acompañan a esta edición de Planeta Cómic de 2022. Alguna vez he hablado en mi canal de YouTube -Bienvenido, Bob- sobre la irrelevancia de los llamados «spoilers» en la literatura, si pensamos que esta tiene más que ver con el «cómo se dice» que con el «qué se dice». En otras palabras, para cualquier lector literario que acometa, por primera vez, la lectura de El Quijote, debería ser irrelevante, para el placer que va a obtener de un libro como este, saber que, al final de la historia, nuestro loco de La Mancha, muere cuerdo en su cama o no saberlo. Sin embargo, para una narración (sin dejar de ser literaria) como El Eternauta, donde la sorpresa y la sensación de maravilla con que el lector se va a encontrar, casi en cada página, revelar los secretos de la narración sí puede ser significativo. Señalaré solo algunos asideros argumentales que ocurren muy al principio de la historia.

 

De entrada, debería comentar que El Eternauta cuenta con dos narradores principales (llegará a existir, durante unas breves viñetas, un tercero). El primero de ellos es Oesterheld, el creador de la historieta, que en una madrugada, sobre las tres de la mañana, trabaja en su casa con la ventaba abierta para poder mirar las estrellas. Enfrente de la mesa en la que escribe se empieza a materializar una figura, vestida con una ropa extraña. Durante toda esa noche, esta «figura», a la que acabará llamando «el Eternauta». Así se dará paso al segundo narrador de la historia, el Eternauta, que nos contará que se llama Juan Salvo y que vivía en Vicente López, un municipio al norte de la ciudad de Buenos Aires. Salvo no es alguien rico, pero «mi pequeña fábrica de transformadores me permitía vivir a gusto» (pág. 17). Cuando El Eternauta se materializa ante Oesterheld, se da una coordenada temporal. Dice el Eternauta: «No necesitas contestarme, ya sé que estoy en la Tierra. A mitad del siglo XX, alrededor del 1957» (pág. 14). En la viñeta siguiente leemos: «Esto último lo dijo mirando los libros sobre la mesa. Y las revistas: había un magazine de actualidad con la foto de Krushchev en la tapa». En la página 87 se nombrará a la perrita Laika. Como vemos, el contexto histórico en el que escribió el cómic es el de la guerra fría. Este dato será importante para comprender cuál es la primera interpretación que los personajes dan a los sucesos extraños de los que ellos van a ser testigos.

 

El Eternauta, le contará a Oesterheld que, la noche que comenzó toda su aventura extraordinaria, se encontraba, como tantos otras veces, jugando al truco en la buhardilla de su chalet con sus amigos. Su mujer, Elena, lee en la cama, en la planta de abajo, y su hija, Martita, está ya durmiendo. Esta imagen de los amigos jugando al truco enseguida se me hizo muy representativa de la cultura argentina, pues el mismo Jorge Luis Borges tiene un poema sobre el truco, que acaba siendo una metáfora de la repetición, del eterno retorno, poema que apareció en Fervor de Buenos Aires (1923). La apacible partida se ve interrumpida porque se va la luz. No se oyen ruidos. Algo está sucediendo. Ha empezado a caer una inesperada nevada fosforescente. Los amigos pronto se dan cuenta de que no deben salir de la casa ni abrir las ventanas. Al entrar en contacto con los copos de nieve, las personas mueren. «Todo hasta donde se podía ver, se cubría ya de aquella nevada. Nevada irreal, nevada de dibujos animados Y mortal, terriblemente mortal…» (pág. 20).

En su prólogo, Guillermo Saccomanno nos explicará que existe una interpretación política sobre el tema inicial de El Eternauta, sobre esa nevada mortal en Buenos Aires. En 1955, los cazas de la Marina de Guerra bombardearon la Plaza de Mayo, tratando de acabar con el peronismo. Estos bombardeos mataron a más de 400 personas.

 

Los protagonistas de la historia, encerrados en la casa de Juan Salvo, que aceptan rápido todo lo que está ocurriendo, sellarán cualquier apertura de la casa con la idea de atrincherarse dentro. Pronto sabremos que la buhardilla de la casa contiene bastante material útil para la supervivencia, porque Salvo y sus amigos tienen aficiones científicas. Así, por ejemplo, Favalli, que va a ser uno de los protagonistas de la historia, es profesor de física en la universidad. Poco antes de que los acontecimientos extraños hayan comenzado, por la radio han escuchado hablar de un ensayo radioactivo, por parte de Estados Unidos, que ha generado polvo radioactivo. Otro de los amigos tendrá en la buhardilla de Salvo un contador Geiger, lo que le permite comprobar si afuera de la casa hay presencia radioactiva. Pronto sabrán que no, aunque la suposición de que la muerte debida a la nieve fosforescente está relacionada con las explosiones atómicas estadounidenses será una hipótesis a barajar en el comienzo de la historia. Ya he dicho que nos encontramos en el contexto de la Guerra Fría. Transformarán también una radio para que funcione a pilas y así saber qué noticias llegan (si alguien está emitiendo) del mundo exterior. Y no será difícil para ellos hacer trajes con una máscara incluida y un filtro, que les permitan salir de la casa y explorar los alrededores sin sucumbir a la toxicidad de la nevada.

Este comienzo, en el que los protagonistas poseen conocimientos científicos y capacidad para usar materiales con los que fabricar productos, que les ayudarán a salir adelante, me ha recordado a las historias escritas por Julio Verne. Aunque, cuando era niño, acabé leyendo algunas de las novelas escritas por Verne, en principio recibí sus creaciones en forma de cómics. Cuando tenía unos ocho años, mi padre me regaló unos libros de tapas duras que se titulaban Grandes novelas ilustradas, y el primero que leí contenía diez historias en forma de cómic, hechas a partir de las novelas de Julio Verne; siempre contadas en 30 páginas. De hecho, incluso la forma de dibujar los rostros de Francisco Solano López me ha recordado a cómo se dibujaban algunos personajes de aquellas Grandes novelas ilustradas. Aunque, en cualquier caso, debo añadir, que el detalle de los dibujos de Solano López es superior a aquellos. He leído que, para esta edición de Planeta Cómic, algunos dibujos originales han sido restaurados. Creo que también están aquí presentes los trazos típicos de los cómics bélicos de la época.

El papel de las mujeres en el cómic es muy limitado (solo aparecen tres), con roles muy secundarios, frente a los hombres, y en cualquier caso muy alejados de la acción. Por lo que me han contado, esto ha sido actualizado en la serie, otorgando a las mujeres más protagonismo.

 

Existe una primera parte del cómic en la que los personajes se organizan para sobrevivir en la casa de Salvo, como si se trataran de Robinsones urbanos; de hecho, se cita la obra de Daniel Defoe. Quizás sea esta parte la mejor de la obra, la más misteriosa y desconcertante. Los personajes se van a cruzar con otros supervivientes, con los que quizás tengan que enfrentarse por conseguir los recursos escasos. En este sentido, El Eternauta me ha hecho recordar algunos planteamientos de series mucho más modernas como The Walking Dead, que se empezó a emitir en 2010, más de 50 años después de que apareciera el cómic argentino. The Walking Dead está basado en un cómic, escrito por Robert Kirkman y dibujado por Tony Moore y Charlie Adlard. Sin embargo, los supervivientes decidirán unirse cuando descubran que tienen un enemigo común, desconocido y misterioso.

 

El Eternauta se publicó en la revista Hora Cero, entre 1957 y 1959, al ritmo de tres páginas por semana. Esto hace que sea frecuente encontrar una última viñeta de página (que hacía la tercera de esa semana) y que la siguiente recoja una información muy parecida, que sirve para recordarle al lector el punto en el que se quedó la historia la semana anterior. Sin embargo, esto no supone ningún problema para el lector actual. He leído en algún comentario sobre el cómic en internet que, para los cánones actuales, resulta excesivo su texto, porque hay pequeñas viñetas verticales que no contienen dibujo sino simplemente texto explicativo. A mí tampoco esto me ha parecido que fuera ningún problema. Sin embargo, sí que he tenido la sensación de que hay ideas que, de forma continua, se repite su exposición en el texto, o bien en la parte que corresponde al narrador, o en los bocadillos de los personajes. Por ejemplo, en la primera salida de la casa de Salvo, al observar la magnitud de la tragedia acontecida, al ver a los muertos, repite varias veces la idea de que ellos tuvieron suerte por tener todas las ventanas cerradas, pero que la gente a la que la nevada le pilló con alguna puerta o ventana abierta pereció. Esto insistencia en ideas ya señaladas es un rasgo de estilo, que se va a repetir a lo largo de la narración. Quizás estos subrayados quitan algo de sutileza a lo contado; pero imagino también que se tratan de convencionalismos del género, sobre todo en publicaciones que había leer de semana en semana.

 

En cualquier caso, lo que verdaderamente consiguen Oesterheld y Solano López es una historia vibrante y llena de tensión narrativa, en la que el lector se encuentra siempre en vilo; siempre queriendo saber qué va a ocurrir en la siguiente página (de hecho, más de una vez me he descubierto adelantando viñetas con la vista, porque no podía contener la curiosidad). Es posible también que una lectura más atenta o analítica nos haga cuestionarlos los límites de la verosimilitud narrativa, puesto que la intensidad de lo contado es tanta, que uno diría que los personajes no hacen nunca una pausa para dormir o comer, por ejemplo. Por supuesto, Oesterheld y Solano López, en su afán de rizar el rizo narrativo, va a situar a los personajes al borde continuo de precipicios narrativos, y se van a librar de una muerte inminente por una pirueta narrativa, a la que acceden por la casualidad o por una solución improvisada a última hora; una casualidad o una solución improvisada común al género de aventuras (muy usada en películas y novelas: se abre una trampilla al final, los personajes se lanzan a un río desde un precipicio, etc.) que podríamos llamar «el método Scooby-Doo» de resolución de escenas narrativas. Con esto no quiero ser despectivo con los recursos narrativos de Oesterheld, porque entiendo que la forma de narrar esta historieta ha de conducir, por fuerza, a este tipo de resoluciones, donde juega un papel importante el pacto narrativo entre autor y lector. También nos vamos a encontrar con otro convencionalismo presente en este tipo de historias: van a morir muchas personas según avanza la trama, pero si algún personaje ha sido individualizado de forma significativa existen altas posibilidades de que su muerte sea aparente y que aparezca de nuevo (cuando el lector le da por muerto) de forma sorpresiva.

En realidad, pese a estos pequeños detalles, en apariencia negativos que muestro aquí, y como ya he apuntado, me ha parecido que esta historieta era muy adictiva y que el lector, de forma continua, desea seguir leyendo para saber hacia dónde se encamina. Desde el principio, en cualquier caso, el lector sabe que Juan Salvo tendrá que entrar en contacto con una máquina del tiempo, o un aparato similar, para poder convertirse en «el Eternauta», un viajero del tiempo.

 

El Eternauta tuvo una continuación, a cargo de Oesterheld y Solano López, en 1976. Años antes Oesterheld se había unido a los montoneros. Esto hizo que, con la dictadura de Videla, Osterheld tuviera que vivir en la clandestinidad, y a veces dictaba sus textos desde un teléfono para que los pudiera recoger Solano López. Finalmente, Oesterheld se convirtió –junto con sus cuatro hijas y sus yernos– en uno de los desaparecidos por la dictadura argentina. Elsa Sánchez, esposa de Osterheld, también fue secuestrada, pero sobrevivió y se convirtió en una de las fundadoras de las Abuelas de la Plaza de Mayo.

Planeta Cómic no ha sacado, al menos en España, esta segunda parte de El Eternauta, pero espero que, gracias al éxito de la serie de Netflix, y la consiguiente revitalización de esta historia, se plantee hacerlo; porque me interesaría leerla. En definitiva, El Eternauta me ha parecido una gran historia, que he leído con gran sentido de la sorpresa y la maravilla, que es como se deben leer las historias de aventuras.

domingo, 28 de abril de 2013

American Splendor, por Harvey Pekar


Editorial La Cúpula. 192 páginas el primer volumen, 208 páginas el segundo y 191 el tercero. Primer volumen: ediciones originales de 1976-1982; segundo volumen: ediciones originales de 1983-1991; tercer volumen: ediciones originales de 1993-2004. Los libros de La Cúpula están editados en 2011, 2011 y 2012, respectivamente.
Traductor: Francisco Pérez Navarro.

Conocí a Harvey Pekar (Cleveland, EE.UU., 1939-2010) gracias a la película American Splendor, rodada en 2003, y que imagino que llegaría a España ese año o el siguiente. La película me gustó mucho. El trabajo de Paul Giamatti, dando vida a Pekar, era muy bueno; y además me llamó la atención sobremanera su atrevido formato: una mezcla de imágenes reales, entrevistas a cámara de las personas que Pekar mostraba en sus cómics, al lado de los actores que estaban actuando como si fuesen ellos e imágenes de archivo (cuando Pekar empezó a ser mínimamente conocido estuvo participando en el programa televisivo Late night, donde le entrevistaba David Letterman) y dibujos extraídos directamente de sus cómics.
En la feria del libro de Madrid de ese año, pregunté por los cómics de Harvey Pekar en una librería especializada, y aunque al principio uno de los vendedores pensaba que no tenían nada, otro recordó que la editorial El Víbora estaba publicando los cómics del dibujante Robert Crumb, y que uno de ellos estaba dedicado a las colaboraciones que hizo con Pekar para American Splendor. Y allí me sacaron el cómic: escondido entre montañas de páginas dedicadas a superhéroes estaba Pekar, el antihéroe mítico del cómic de la otra América, como Charles Bukowski podría ser el antihéroe mítico de la literatura de la otra América.
Me gustó aquel cómic, aunque no sé dónde está. Se lo debí dejar a alguien que nunca me lo devolvió.

Años después la editorial La Cúpula empezó a publicar una antología de American Splendor, que en dos años alcanzó tres volúmenes. Mi novia, gran aficionada al cómic realista (o novela gráfica), los fue comprando –creo que alguno se lo regalé yo–. Desde hace tiempo, yo tenía ganas de leerlos, y creo que el deseo se avivó definitivamente después de ver la película Searching for Sugar Man, que ya comenté en el blog hace unas semanas. En esta película Rodríguez era un artista que había tenido que vivir de una profesión muy diferente a su quehacer artístico, y su deambular por las calles nevadas de su Detroit natal me recordó a algunas de las imágenes de los cómics de Pekar, otro artista que no podía vivir de su obra y que también caminaba por las inclementes calles de una ciudad norteamericana, Cleveland. Además, tenía por delante las vacaciones de Semana Santa y parecía un buen momento para leer estos libros de gran volumen, que resultarían algo incómodos de llevar en mi maletín de profesor para leerlos en el transporte público o en la ruta del colegio.

Harvey Pekar es el hijo de unos inmigrantes judíos de Polonia. Su padre tenía una tienda de comestibles en Bernard Malamud. Harvey no quiere ser como su padre, una persona culta atrapada por un trabajo que no le satisface, pero inevitablemente, en gran medida, va a repetir su ciclo vital. Pekar va a ejercer de funcionario de grado bajo en la ciudad de Cleveland, la mayor parte del tiempo en un hospital, y además va a escribir artículos sobre música o política para revistas especializadas de difusión nacional (antes de iniciarse en el mundo del cómic). Esta doble vida va a generar todo un sinfín de frustraciones para Pekar, convencido de que podría haber sido, por ejemplo, un profesor universitario, pero al que su origen humilde le ha impedido serlo, y que tiene que convivir con personas con unos intereses culturales muy diferentes a los suyos. Sus escritos en revistas nacionales le reportarán unos ingresos siempre inferiores al mínimo necesario para conseguir vivir de ellos. Lo mismo ocurrirá con sus cómics, de los que podrá sacar unos miles de dólares al año, pero, en todo caso, una cantidad insuficiente para dedicarse a ello en exclusiva. Además, también es consciente de que si dejase de trabajar perdería la mayor parte de los temas personales de los que habla en su obra.
Cleveland en la que realizaba jornadas de noventa horas semanales, y además era un estudioso de la Torah. En este sentido los antecedentes familiares de Pekar me han recordado a los del gran escritor judío americano

“Imagínate, tío... Si no hubiera conocido a Crumb, nunca habría escrito guiones de cómics, para que veas...”, nos dice Pekar en una viñeta de la página 79 del primer volumen. Pekar coincide en Cleveland con el que años después iba a ser uno de los más famosos artistas underground norteamericanos, el dibujante de cómics Robert Crumb. Ambos son jóvenes coleccionistas de música jazz, y Pekar le muestra unos guiones que está escribiendo para un cómic basado en su propia vida. Crumb se convierte en uno de los primeros dibujantes de Pekar.
Si tuviera que buscar un equivalente literario a estos libros sería el de una novela autobiográfica formada por relatos. Es curioso leer las historias que los componen, pasar de una a otra y encontrarse con la obra de múltiples artistas gráficos que representan a Harvey Pekar con rostros a veces diferentes, según la sensibilidad de cada dibujante.
El método de trabajo de Pekar, por lo que he deducido en los libros, cuando hace lo que podríamos llamar metacómic, es el siguiente: él escribe los guiones, y va distribuyendo sus textos en viñetas, que dibuja con monigotes. Luego este material se lo envía a uno de los dibujantes que en ese momento trabajan con él, junto con fotografías que muestran las localizaciones de los lugares que aparecen en esa historia.
Quizás este procedimiento provoque que en muchos de los relatos de esta antología prevalezca el pensamiento sobre la acción. Recuerdo en especial una historia del segundo libro, titulada Mañana cumplo cuarenta y tres años (cómo vivo ahora). En ella, Pekar pasea por un parque reflexionando sobre su vida y el paso del tiempo. No hay más personajes, no hay diálogos; en la parte superior de las viñetas un cuadro recoge los pensamientos de Pekar y, abajo, los dibujos de Gerry Shamray muestran a un hombre que camina por un parque, un hombre que se pasa la mano por la frente, angustiado; que se detiene junto a un árbol; que mira al cielo... Un pensamiento sobre la acción que nos puede acercar al existencialismo francés de Sartre o Camus.

Para Harvey Pekar la vida cotidiana, el puro hecho de levantarse de la cama e ir hasta el trabajo, es todo un desafío. Muchos peligros parecen acecharle en cada paso: un pequeño golpe con el coche, que hará que tenga que gastarse un dinero con el que no contaba en un taller de reparaciones, la pérdida de unas gafas, una discusión con un compañero de trabajo, un editor de revistas que se retrasa en el pago de un artículo... La angustia domina la vida de Pekar, que cuando no tiene preocupaciones parece buscarlas.
Además de la angustia, su comportamiento obsesivo-compulsivo parece desbordarle: como coleccionista de discos de jazz estará casi dispuesto a pasar hambre por conseguir un disco raro, que muy probablemente almacenará sin escuchar.

El sentimiento de soledad también parece ser uno de los temas más recurrentes del primer volumen, hasta que conocerá a Joyce, su tercera esposa, uno de los personajes clave en American Splendor. El miedo ante la enfermedad cobrará cada vez más presencia, según el narrador va cumpliendo años, la afonía crónica primero, y luego el cáncer que le detectan, el deterioro de una cadera...
Una reflexión sobre la lectura de cómics y la percepción de la realidad: yo normalmente leo novelas, y me doy cuenta de que interpreto el mundo en líneas de texto. Continuamente me narro a mí mismo lo que me ocurre como si estuviese escribiendo mentalmente. Durante los días que he estado con estos cómics he llegado a percibir viñetas de cómics al conversar con alguien. Estaba sentado en un bar enfrente de unos amigos y veía los encuadres de las viñetas y los bocadillos de texto insertados sobre la persona que estaba hablando.
Quizás Harvey Pekar habría llegado a ser un artista más reconocido y más completo si él mismo hubiese sido capaz de dibujar sus historias; pero en todo caso marcó una de las líneas del cómic moderno para adultos, abriendo el camino a la novela gráfica, por la que muchos otros han transitado después con mayor éxito que él: Daniel Clowes, Chester Brown, Joe Matt, Peter Bagge, Jeffrey Brown, Jaime Hernandez...

Quizás para mí el problema de las novelas gráficas es que se leen enseguida. Por eso prefiero leer obras completas, como cuando leí Paracuellos de Carlos Giménez (lo comenté en el blog, ver AQUÍ); así que leer seguidos los tres volúmenes recopilatorios de American Splendor, con los que he estado casi una semana, lo puedo considerar una experiencia similar a leer una novela. La verdad es que me ha interesado leer sobre Harvey Pekar, un personaje con muchas aristas; y me he quedado con ganas de más. Me habría gustado que este recopilatorio hubiesen sido las obras completas de Harvey Pekar, que deben ser cientos y cientos de páginas.

domingo, 15 de enero de 2012

Todo Paracuellos, por Carlos Giménez

Editorial De bolsillo. 607 páginas. 1ª edición de 1977-2002, ésta de 2007.
Prólogo de Juan Marsé.

Ya de adulto, de vez en cuando, y sobre todo alentado por mi novia, que es fan del género, leo cómics. Me gustan dibujantes (o escritores de guiones) como Robert Crumb, Harvey Pekar, Daniel Clowes o Chester Brown.
Y alguna vez también, hace algunos años (pero siendo ya adulto) he vuelto a leer, al venderse con el suplemento de un periódico, más cómics de, por ejemplo, Superlópez el personaje de Jan, que me encantó en la infancia, pero tuve la mala suerte de que me pilló ya al final de mi etapa de lector de tebeos (entonces a los cómics los llamábamos tebeos) y sólo pude disfrutar de los 8 primeros números o así. Luego me pasé a las novelas.

De hecho, imagino que como casi para cualquier lector de literatura en España, yo me inicié en la lectura gracias a los tebeos. Recuerdo la expectación generada por los Don Miki que me compraba mi abuelo en un kiosco los domingos, cuando iba a visitarle los fines de semana. Todavía, después de 30 años, me acuerdo de bastantes de las historietas de aquellos tebeos. Y un poco más tarde me acerqué a los tebeos de Zipi y Zape de Escobar, o a los de Mortadelo y Filemón de Ibáñez. Me recuerdo con mis amigos del barrio rebuscando en la pila de Mortadelo y Filemón que tenían en un kiosco cercano para selección los álbumes que traían historias largas, que preferíamos a las cortas (y de aquí viene el interés posterior por la novela frente a los relatos, una tendencia que he conseguido subvertir con los años); y podría hablar también de los libros de tapa dura con 10 historia de 30 páginas, que se llamaban Grandes novelas ilustradas, que fueron mi primer acercamiento a autores como Julio Verne, Emilio Salgari o Charles Dickens.

Y además de estos ocasiones cómics de adultos citados, también veo bastantes películas y me he aficionado en los últimos años a las series (entre mis preferidas se encuentra A dos metros bajo tierra y The wire). Y en algún momento he pensado en hablar en el blogs también de estas aficiones, pero me he contenido, y lo he dejado sólo para los libros. Entre el trabajo, corregir exámenes, leer, escribir y relacionarme con los demás no me queda tiempo para escribir más de una entrada en el blog a la semana.

Pero hoy quería hablar de este cómic que he leído, Todo Paracuellos, del dibujante Carlos Jiménez (Madrid, 1941), porque su lectura me ha subyugado y la mirada del autor sobre la realidad me ha parecido profundamente literaria, y quería compartir este descubrimiento con otros posibles interesados que desconozcan esta obra. Lectores, que como yo (a no ser que vaya acompañado por mi novia, aficionada al género), que al entrar a una librería suelen obviar la sección dedicada al cómic, y que, de este modo, están ignorando la existencia de una de los obras literarias más hondas y emocionante que ha dado la narrativa española de las últimas décadas: Todo Paracuellos.
Yo he conocido este libro gracias al intercambio de cómics del que he sido intermediario entre mi novia y un compañero del colegio donde trabajo, el profesor de plástica, pintor y escultor. Mi novia le dejaba dos libros, uno de Chester Brown y otro de Daniel Clowes y mi amigo del trabajo le dejaba este de Carlos Giménez, que acabé leyendo yo también.

Todo Paracuellos reúne 6 álbumes, que se podrían separar en dos etapas, una que va de finales de los años 70 del siglo XX hasta los primeros 80, y otra del 97 al 2003. Y recoge la experiencia del autor en los diferentes Hogares del Auxilio Social franquista por los que pasó. Todas las anécdotas contadas, nos explica Giménez en el prólogo que escribe para esta edición, están basadas en experiencias propias o en las de compañeros de clase de esos Hogares del Auxilio Social en los que estuvo, y de los que Paracuellos sólo era uno de ellos. Ya de adulto, Carlos Giménez se reúne con compañeros de esos Hogares y al amparo de unas cervezas o unas copas empiezan a hablar de sus recuerdos. Aparecen motes e historias que se van grabando en cintas de casete, y de los recuerdos así registrados Giménez va elaborando sus guiones y dibujos.

Dos son los ejes que mueven los recuerdos de Giménez y sus amigos: el hambre y la violencia; y estos dos temas son los motores absolutos que mueven este libro de 600 páginas, y que  de forma cruda retrata una época de nuestra historia reciente.

Las primeras historietas son cortas, de 4 páginas; imagino que Giménez se tenía que adaptar al espacio cedido por la revista en la que empezó a publicar a finales de los 70. Revista que sufrió algún atentado terrorista y colaboradores como Giménez más de una amenaza de muerte por parte de la extrema derecha.

Todas las historias del libro empiezan y acaban igual: con unos muros -vistos desde fuera- que enmarcan el espacio físico donde se va a desarrollar la historia. Y además en las primeras tiras, la primera viñeta viene acompañada del nombre del Hogar donde ocurrió aquello y la fecha; y en más de una de estas viñetas iniciales y finales, a veces  intercaladas, aparece el símbolo de la Falange: un puño que sostiene las flechas que van a atravesar al dragón del hambre. En una de las historietas los niños del Hogar se interrogan por el significado de ese dibujo, y al final parecen ser ellos los dragones famélicos en los que se van a clavar el hambre de esas flechas del puño de Falange.

Si bien el espacio físico es el de unos 9 Hogares de Madrid y alrededores, la época es la de finales de los años 40 y principios de los 50 del siglo XX. En los Hogares del Auxilio Social no sólo ingresaban niños huérfanos, en muchos casos estos niños son sólo huérfanos de padre o de madre, o en otros casos alguno de sus padres está en la cárcel o simplemente sus padres son tan pobres que no se pueden ocupar de ellos y los confían a la obra del Auxilio Social.

Y dentro de los muros que encuadran las viñetas iniciales y finales de cada historieta, nos acercamos a la experiencia terrible de unos niños hambrientos, sedientos y asustados, que sólo sueñan con la comida y con escapar de su confinamiento; y en este sentido la experiencia narrada me ha recordado a la leída en los libros de los supervivientes de campos de concentración.
Unos niños que no entienden los códigos por los que se rige el mundo de los adultos, que los someten a rezos continuos y adoctrinamiento falangista: “porque hay que ser mitad monje y mitad soldado” les repite el instructor Antonio.

Giménez para organizar el tempo narrativo de sus historias suele colocar encima de las viñetas una pequeña información, que parece partir de un recuerdo actual, y el dibujo de la viñeta recrea ese recuerdo. Así en la página 408, escribe sobre el instructor Antonio: “Antonio, el instructor del “hogar”, funcionaba por lo que podríamos llamar ventoleras o modas. / De pronto le daba la ventolera y, durante un tiempo, ponía de moda algo que a él le parecía estupendo o divertido. / Últimamente disfrutaba mucho con lo de los tres últimos”, y por debajo de este texto repartido en tres viñetas, Giménez nos acerca a la recreación pictórica de Antonio el falangista, mandando formar a los niños y gritando: “¡Los tres últimos cobran!”, y de entre la marabunta de niños, Giménez posa su mirada sobre Inocencio, primero, y en la siguiente viñeta sobre la pierna derecha de Inocencio: un niño que tiene parálisis infantil y cuya pierna derecha, más corta que la otra, está encorsetada entre unos hierros. Al principio había estado exento de formar, hasta que le vio el padre Rodríguez, el director del centro y opinó: “si está enfermo que le lleven al hospital y si está sano que forme como todo el mundo”. Así que como a Inocencio no le mandaron al hospital tenía que formar como todo el mundo y los 3 últimos cobraban, y él cobraba siempre: Antonio el instructor abofeteaba a los 3 últimos. Pero esto de los 3 últimos es sólo hasta que Antonio consigue tirar a los 3 niños de un tortazo, ya que se pica al enterarse de que el instructor de otro Hogar tiró a 8 a la vez. A partir de ahora serán los 9 últimos los que cobren. Puestos en fila, Antonio se quita la chaqueta y se remanga para conseguir la marca, pero sólo consigue tirar a 2, y la siguiente vez a 4. Entonces se enfurece y reparte tortas individuales hasta que todos caen y se marcha frustrado, gritando: “¡Qué rompan filas y formen todos otra vez!”, y en la siguiente viñeta se acaba esta historieta con el muro del Hogar visto desde fuera: su dibujo del puño con las flechas y el dragón y la inscripción: “Auxilio Social, FET y de las JONS”.

En los últimos álbumes las historietas son más largas, de unas 12 páginas, y en ellas se entrecruzan dos historias, tienen más humor que al principio, y según nos acercamos al final del libro, las historietas tienen más relación unas con otras. Como en el caso de la contada en el párrafo anterior, que acabará cuando los niños, conscientes de la proeza que quiere conseguir Antonio, superando la marca del otro instructor de Falange, se ponen de acuerdo para fingir que caen todos de un solo tortazo, y Antonio ya satisfecho no les hace formar más.

Estas historias sobre hambre y violencia son tan básicas, apelan de un modo tan directo a la condición humana, que en muchos casos hay que buscar en la picaresca del Lazarillo de Tormes para encontrar antecedentes a lo narrado aquí.
Inolvidable la anécdota del día en que reparten una raja de melón para merendar y cuando la cuidadora pide que los niños echen la cáscara al cubo de la basura, se indigna porque no hay cáscaras, a los niños nadie les dijo que no se podía comer la cáscara. Como castigo tendrán que hacer flexiones en el patio. Al día siguiente vuelve a haber melón de merienda y los niños ya están advertidos sobre el hecho de que tienen que tirar las cáscaras a la basura. Esta vez la cuidadora se vuelve a enfadar porque las cáscaras son tan finas que se transparentan, y los niños volverán a hacer flexiones.

Inolvidable el padre Rodríguez, director del Hogar, y orgullo inventor de la bofetada de dos en dos (página 214): con ambas manos golpea al niño en los dos lados de la cara, y de esta forma no se cae al suelo, le explica de modo didáctico a Antonio.

Y Carlos Giménez no dice en su prólogo: no quiero dejar sólo testimonio de lo que ocurría en unos hogares siniestros (donde también se ejercía la represión, puesto que muchos de estos niños son hijos de rojos muertos o encarcelados) sino explicar que lo que ocurría en el Hogar era un reflejo de lo que ocurría en todo el país: se pegaba en los colegios, en los trabajos, en las casas, en los cuarteles… y en casi todos los sitios había hambre.

Inolvidable el día de visita en el Hogar: dos domingos de cada mes, los familiares de los niños los veían de 4 a 6 de la tarde. Los más afortunados recibían visitas y paquetes con comida. Los que no recibían visitas vagaban entre los otros, intentando dar lástima para ver si caía algo. Recibir paquetes con comida está prohibido, pero Antonio hace la vista gorda a cambio de algún dinero que le entregan los familiares. Y recibir paquete ha conferido a ese niño un raro poder: los desafortunados empezarán a rondarle, y el mundo de los adultos y sus códigos extraños se trasladan al mundo de los niños: “Mira, si me das un higo te dejo que me des un puñetazo con todas tus fuerzas” (pág. 123) “¿En la cara?”, contesta ilusionado el otro niño. O en la página siguiente: “Si te comes ese gargajo que hay en el suelo te doy una onza de chocolate”. Y en la viñeta siguiente no hay dibujo, sólo este texto: “(Ahorrémosle al lector escrupuloso el dibujo del niño comiéndose el gargajo)”. Hay niños que deciden comerse todo su paquete de golpe para que no le roben la comida. “Algunos de estos, por la noche, devolvían. Arrojaban toda la comida casi entera. Y llegamos a la viñeta final de este historieta: “…lo que permitía que otros, como Pirradas, pudieran, a la mañana siguiente, escarbar en los devueltos y reciclar todo lo aprovechable.” Y el niño en cuclillas come del suelo y dice “Sabe un poco agrio…”. 

Y los niños son reflejo del mundo de los adultos, con sus peleas, sus robos, pero también se recogen en Todo Paracuellos momentos de ternura, de sonrisas y juegos, especialmente emocionantes sus las ensoñaciones, imaginando su vida fuera del Hogar.

Inolvidable la recreación del vocabulario infantil de la época: jamao, moci, fenómena
Por supuesto, el cómic además de las virtudes del guión posee otras cualidades propias de su género: emocionan esas caras de los niños desamparados, tristes, felices, cabreados... siempre con sus rodillas picudas... escenas que a veces tienen que ver con el cine mudo.

Y no me gustaría acabar esta entrada sin hablar del poder de la ficción: cómo en el Hogar los tebeos que llegan se leen y cambian de manos, valorándose su posesión a veces más que a un pedazo de pan; y como Pablito Giménez (el alter ego del autor) dice en algún momento “Yo de mayor voy a ser dibujante”, y atesora los tebeos de la época y dibuja sus propias historietas en cuadernos, como una posibilidad de evadirse mentalmente de los muros que le aprisionan; y Pablito es casi siempre de los últimos al formar para la instrucción y, junto a Inocencio, es de los que siempre cobran; y como casi nunca recibe visitas no tiene paquete con el que completar la escasa dieta del hogar, pero aún así, pasando hambre, consigue ahorrar, vendiendo sus escasas pertenencias, y comprar por correo los 25 primeros números del tebeo El cachorro. Cuando le llegan los abraza, disfrutando de “ese mágico olor de los tebeos nuevos”. Al final de esta historieta, la cuidadora, enfadada por otro asunto, centra su odio sobre los tebeos de Pablito y se los acaba rompiendo y quemando. “¡Aquí, en estas porquerías, es donde aprendéis las cosas malas! ¡En esto perdéis el tiempo! ¡De aquí sacáis la violencia!” (pág. 179).

Y Pablito crecerá, conseguirá dejar el Hogar y sus aparentes sueños imposibles de llegar a ser un dibujante reputado se van a hacer realidad.
Creo que no hay nada en este mundo que me emocione más que saber que el algunas ocasiones los más débiles consiguen hacer realidad sus sueños más imposibles.

Lean Todo Paracuellos por su valor histórico, por el retrato que hace de lo que ha sido este país no hace mucho y no debemos olvidar, y léanlo por su denuncia, pero sobre todo por la belleza y las emoción de su inolvidables personajes y sus historias feroces, divertidas y tristes.
Y, amigos lectores, no desprecien, de ahora en adelante, las secciones de cómics de las librerías porque contienen algunas joyas incuestionables.