Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial Candaya. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial Candaya. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de marzo de 2025

Minimosca, por Gustavo Faverón


Minimosca,
de Gustavo Faverón Patriau

Editorial Candaya. 715 páginas. 1ª edición de 2024.

 

Había leído, hasta ahora, tres libros de Gustavo Faverón (Lima, 1966): las novelas El anticuario (2010) y Vivir abajo (2019) y el ensayo El orden del Aleph (2021). De este último libro, tuve el privilegio de ser –junto al escritor Javier Moreno– el presentador en Madrid. Faverón ha publicado algún ensayo más, pero su obra narrativa solo consta de estas dos novelas que cito y a las que une Minimosca (2024). Desde hace varios años conocía la existía de Minimosca, porque le había oído hablar de este proyecto al propio Faverón. Al principio, el autor pretendía que se tratase de una novela corta, que se correspondería con la segunda parte de la versión final del libro (que sobrepasa las 700 páginas), que se llama igual que el título, y que escasamente tiene 100 páginas. De hecho, El orden del Aleph –en palabras de Faverón– era otra de las partes de Minimosca, y el contenido de este ensayo, en principio, era fruto del trabajo de uno de los personajes de la novela, una profesora colombiana. Faverón decidió sacar esa parte del libro y crear con ella un nuevo texto sobre la obra de Jorge Luis Borges.

 

El amnésico es la primera parte de la novela que, ciertamente, comienza de un modo desconcertante: un hombre sale a pasear por las noches a un bosque cercano a su casa en un pueblo de Maine, hasta que se da un golpe y pierde la memoria. Esto le llevará a convertirse en un vagabundo que vive con otros vagabundos. La narración comienza a desdoblarse en diversos relatos dentro del relato, de algunos de ellos serán protagonistas artistas reconocibles, como Marcel Duchamp o Stephen King. Aunque Vivir abajo era una novela que acababa entrando en el terreno de los fantástico, su primera parte – titulada La piedra de la locura– mostraba una narración realista, donde un personaje trataba de localizar a otro; al empezar a leer Minimosca, después de la lectura de la anterior novela, el lector va a darse cuenta enseguida de que la apuesta de Faverón es, en su nueva novela, más radical que en la anterior. Un aire onírico, que va a acabar recorriendo todo el libro, impregna ya de un modo potente las páginas de El amnésico. Los personajes, como los de las obras de Franz Kafka, se mueven en la densidad de los sueños y las realidades más mundanas de la vida (como, por ejemplo, la necesidad de ganarse el sustento con un trabajo remunerado) van a tener muy poca relevancia en la narración; o, más bien, en las narraciones, porque Minimosca es una narración de narraciones, una novela formada por múltiples relatos cortos que, en gran parte, pero no en todos los casos, acaban encajando entre sí. El amnésico que podía llegar a hacernos pensar en un alter ego del autor, ve películas en un sótano en su casa, hechas por George Bennett, que era uno de los protagonistas de Vivir abajo. Desde bastante pronto, el lector habitual de Faverón va a saber que ambas novelas, Vivir abajo y Minimosca están relacionadas.

 

Como dije, Minimosca es la segunda parte de la novela, y podría haber sido una novela independiente, como apuntaba Faverón. Al finalizar el libro completo, aunque lo contado en esta parte se complementa con lo expuesto en otras, el lector tendrá la sensación de que, efectivamente, Minimosca (la parte, no la novela) podía haber sido un libro independiente; igualmente El amnésico podía haber sido una novela independiente.

En Minimosca nos trasladamos a Lima y su protagonista va a ser Arturo Valladares, un joven con una historia trágica tras de sí, ya que su padre asesinó a todos sus hermanos y a su madre. A Arturo le van a asaltar dos pasiones: el boxeo y la poesía. De nuevo, el surrealismo dominará la narración: Arturo aprenderá a tumbar a sus rivales en el ring sin golpearlos, usando la técnica de susurrarles versos de César Vallejo, su héroe poético.

Las historias, las narraciones dentro de las narraciones, se van a suceder también en Minimosca. De hecho, en esta segunda parte se usa el recurso del manuscrito encontrado: John Sinclair, en Utah, lee un manuscrito, hallado en un cubo de basura, que cuenta la historia de Arturo. El manuscrito, sabremos, está escrito por Mónica Buchenwald (aunque ella afirmará, más adelante, que nunca lo ha escrito), que acabará teniendo una relación con Arturo. También, entreverada con la historia de Arturo, conoceremos la intricada vida familiar de Mónica, que pasa por los campos de concentración nazis en Europa.

Como ya he apuntado, Faverón, que coqueteaba en Vivir abajo con el género fantástico, se adentra en él de lleno en Minimosca, y no tiene problemas en convertir a unas moscas (muertas, además), que viven en la casa de Mónica, en sus sabias interlocutores.

El título del libro, tiene que ver con la categoría pugilística en la que pelea Arturo y también con un estado de ánimo. «Desnudo sobre la balanza, Arturo siente que esa palabra describe con exactitud el estado de apocamiento y aflicción que lo embarga con frecuencia en tardes como esa. Recibe la palabra con los brazos abiertos, después los cierra para abrazarla.» (pág. 106)

 

La tercera parte se titula Angus, y su personaje va a ser Angus White. Si el lector está atento (aviso de que es posible perderse en el laberinto de nombres e historia que ha perpetrado Faverón) sabrá que Angus es la persona que conversa en la segunda parte con John Sinclair, que ha encontrado el manuscrito donde se narra la historia de Minimosca.

Nos trasladamos ahora a San Francisco y, entre otras cosas, Angus conversará con su amigo Richard Diekenborn sobre un libro que este último ha encontrado, esta vez en un árbol, en el que Esmée Maisse (que es la madre de Mónica Buchenwald) habla de él, pero dice barbaridades y recoge una serie de entrevistas que él (pintor de profesión) nunca ha dado.

En esta parte de la historia harán sus cameos poetas y escritores como como Allen Ginsberg, Martín Adán o Herman Melville.

En el cuarto de baño de Dickenborn aparecerá Arturo Valladares, a quien Mónica busca en Lima. Es normal en esta novela que las personas aparezcan y desaparezcan en los lugares más inverosímiles. En esta novela la realidad tiene grietas y otras realidades paralelas pueden invadirla, y así es posible que puedan convivir dos «yos» de un mismo escritor, por ejemplo.

 

La cuarta parte es Momias y aquí nos trasladaremos a Bolivia, al pueblo de La Higuera, donde se dio muerte a Ernesto Che Guevara. Uno de sus protagonistas principales serán George Bennett que, como ya he apuntado, era una de los protagonistas de Vivir abajo. De hecho, una de las tramas principales de Vivir abajo era localizar a Bennett. Sabremos ahora que, durante muchos años, estuvo viviendo en La Higuera con una mujer argentina llamada Raymunda Walsh, sobrina del escritor Rodolfo Walsh. Bennett, para vengar la obra de su padre –un agente de la CIA que se dedicó a torturar gente y a crear cárceles secretas en Latinoamérica– ha dedicado parte de su tiempo a buscar y a matar a nazis. Uno de ellos era el marido de Raymunda. Los dos conviven con el hijo ciega de Raymunda y el nazi, Mario Ernesto. A La Higuera también se va a vivir un pintor norteamericano, al que se denominará el Pintor Fugitivo, y que el lector acabará sabiendo que se trata de Richard Diekenborn, pero tal vez no el Richard Diekenborn real sino uno falso, sobre el que escribió Esmée Maisse.

 

La quinta parte se titula Utah. Richard Diekenborn se ha trasladado a Utah, porque compró la casa de Uriah Vargas, que es un escultor suicida cuya historia se contaba en la tercera parte. En Utah, Richard se juntará con Angus White y John Sinclair y acabaremos comprendiendo que su historia está, de un modo rocambolesco, unida a la de Mónica Bachenwald.

 

Y aún queda una sexta y una séptima parte, tituladas El museo de la Rue de Babylone y El Sur, donde César Vallejo será uno de sus protagonistas y Angus White se encontrará con Mónica Bachenwald y se cerrarán algunos de los hijos narrativos que estaban quedando pendientes; y así, comprenderemos al final que todas las historias que hemos leído, dentro de esta historia, estaban más hiladas de lo que suponíamos al principio.

 

Cuando, hace unos cinco años, escribí la reseña de Vivir abajo dediqué bastante espacio a comentar las similitudes que encontraba entre la obra de Faverón y la de Roberto Bolaño. La influencia de la obra de Bolaño sigue presente en Minimosca: el gusto por la digresión, por contar argumentos de películas, de relatos, de sueños…, dentro de la historia principal; el gusto por hablar de la literatura como hilo argumental, con la presencia en Minimosca de escritores convertidos en protagonistas de las historias. También se encuentra aquí el gusto de Bolaño por el mal: la presencia de nazis o de discípulos de nazis en Latinoamérica. Pero ahora veo que el estilo y los intereses de Faverón han ido más lejos que en Vivir abajo, que ha dejado ya más atrás la obra del maestro y se ha adentrado en territorios nuevos, en obsesiones ya más personales. De hecho, el interés por «el mal» en Faverón es tan exagerado, con sus asesinos, pedófilos, violadores, torturadores… que no deja de tener un aire paródico. También encontramos en Minimosca la presencia de Jorge Luis Borges, por el gusto por la paradoja y el relato fantástico. Decía Ricardo Piglia que la obra de Borges tenía un único narrador, que era Borges; algo similar podríamos decir del laberinto de historias que nos propone Faverón en Minimosca. Kafka, Bolaño, Borges… además de la presencia –tanto estilística como real– de multitud de escritores. Por ejemplo, y no quería dejar de mencionarlo, el escritor boliviano Jaime Saénz vuelve a aparecer en las páginas de Minimosca, como lo hizo también en las de Vivir abajo.

 

El lenguaje de Minimosca, plagado de referencias literarias y poesía, con frases muy largas, formadas, en realidad y en muchos casos, por más de una frase unida por la conjunción «y», es plástico, original y bello.

Minimosca es una obra muy inteligente, donde, en más de una ocasión, resulta algo complicado acabar de seguir todas las conexiones que Faverón establece entre unas historias y otras, entre unos personajes y otros. Minimosca está escrita con la ambición de las grandes novelas del boom latinoamericano, a cuya estirpe pertenece. Obviamente, no he leído ni una mínima parte del conjunto de la literatura escrita en español en lo que llevamos de siglo, pero, dentro de lo que conozco, o de las referencias que he podido tomar de los más entendidos, considero que Minimosca entra en el olimpo de las grandes obras escritas en español en el siglo XXI, junto con libros como 2666 de Roberto Bolaño o La novela luminosa de Mario Levrero. Si usted no ha leído nada de Faverón, creo que puede ser una experiencia literaria deslumbrante acercarse a Vivir abajo y Minimosca y leerlas seguidas, porque son dos obras (o una sola, tal vez) que van a perdurar.

domingo, 24 de diciembre de 2023

Los que escuchan, por Diego Sánchez Aguilar


Los que escuchan
, de Diego Sánchez Aguilar

Editorial Candaya. 539 páginas. Primera edición de 2023

 

De Diego Sánchez Aguilar (Cartagena, 1974) había leído Nuevas teorías sobre el orgasmo femenino (Balduque, 2016), un libro de cuentos que ganó el Premio Setenil en 2016, y Factbook (Candaya, 2018), que fue su primera novela.

 

Con Los que escuchan (Candaya, 2023), Sánchez Aguilar le presenta al lector una novela bastante más extensa que la anterior, con la que guarda más de algún paralelismo.

En Los que escuchan las protagonistas principales son las hermanas Asunción, de 46 años, durante el tiempo narrativo de la novela, y Esperanza de 41, y Sánchez Aguilar ha elegido para hablar de ellas la tercera persona, frente a la primera que escogió en Factbook para acercarnos a Gustavo y Rosa, una pareja que, en el tiempo narrativo de la historia contada, ya se había separado. En Factbook existía un tercer grupo de capítulos en los que unos policías indeterminados interrogaban a supuestos terroristas que descubrían en la red, y en Los que escuchan hay un grupo de capítulos, que cubrirían una función similar, en los que la tercera persona se acerca hasta la figura de Francia, que es la asesora del presidente de Francia, en una Cumbre del Futuro del G7, que se está celebrando en la ciudad innominada en la que viven las protagonistas. Además de conocer a Asunción, Esperanza y Francia, también nos acercaremos a la figura de Ulises, un amigo de Esperanza de la facultad de Bellas Artes, donde los dos estaban estudiando, y que en la actualidad habla en un programa de radio, desde el que lanza mensajes, con tendencia apocalíptica, sobre el futuro del planeta. Y, en algunos de los capítulos que se dedican a Asunción, también se nos acabará hablando de su hijo Andrés, un niño apocado que acaba de empezar primero de la ESO en un nuevo centro, en el que está teniendo problemas de integración.

 

En el presente narrativo del libro, Esperanza, que a los dieciocho años abandonó el hogar familiar, se encarga ahora de cuidar a su madre anciana, tarea que había sido llevada a cabo por Asunción durante los años anteriores, en los que la hermana pequeña estuvo desaparecida. Esperanza tiene vagos recuerdos de sus últimos años, que parece que ha pasado con un grupo similar a una secta. El padre de ambas, que llegó a ser un escritor con un reducido prestigio, ya ha muerto cuando empieza la narración.

En Factbook, Sánchez Aguilar nos presentaba un mundo ligeramente distópico en el que, por ejemplo, el Mar Menor de Murcia se ha convertido en un barrizal y la educación y la sanidad pública ahora están gestionadas por completo por empresas privadas. Y en Los que escuchan también muestra una ligera variante sobre la realidad que, más que una posible realidad proyectada hacia el futuro, se basa en un hecho fantástico: algunos de los personajes pueden oír (o han oído en algún momento de sus vidas) un ruido de origen desconocido y que es como una crepitación, como el sonido que emitían las antiguas televisiones cuando no emitían ningún canal.

El trasfondo de Factbook era una crítica al neoliberalismo de la crisis económica de 2008-2014, que hizo que tanta gente se empobreciera. En Los que escuchan también existe una crítica a este mismo neoliberalismo, pero ahora centrada en las consecuencias climáticas. Esperanza, desde muy joven, ha sufrido ecoansiedad, y en el tiempo narrativo de la novela está volviendo a tener contacto con su antiguo grupo de activistas climáticos, que parecen planear alguna acción contra la Cumbre del Planeta, que va a juntar a los líderes del G7, en la ciudad en la que vive, una ciudad indefinida, pero que tiene metro y que se encuentra al borde de un desierto. Cuando los capítulos se acercan a Francia, el tiempo narrativo –descubrirá el lector– se modifica un tanto, porque esos capítulos parecen que se sitúan en un tiempo ligeramente posterior al de Esperanza y Asunción, y lo que ha ocurrido en esa Cumbre (donde los líderes mundiales muestran síntomas de haberse quedado catatónicos), también parece tener relación con lo que se nos va a contar en las otras partes del libro.

 

Como ocurría en Factbook (sobre todo en su primera parte), en el tiempo narrativo de la novela les van a acontecer muy pocos sucesos a los protagonistas. Un capítulo prototípico nos presentará a Esperanza o Asunción realizando alguna tarea cotidiana (por ejemplo, ir al trabajo en coche y luego en metro, en el caso de Asunción, o cuidar a la madre, en el caso de Esperanza) y mientras se exponen estos hechos minúsculos el narrador nos alumbrará sobre algún episodio del pasado de los protagonistas. En el caso de Esperanza su pasado es más turbulento que el de Asunción, porque desde joven mostró una personalidad antisistema, y Asunción vivió una vida más convencional. Sin embargo, la supuesta normalidad de Asunción tampoco parece haberle traído la felicidad, ya que su trabajo en una empresa de marketing se muestra como una continua fuente de ansiedad y frustraciones. Esperanza empezó a oír «el Ruido» desde que era pequeña, y Asunción lo está empezando a oír ahora, cuando los nubarrones se ciernes sobre su futuro laboral.

«El Ruido» se nos presenta como un fenómeno que no es exclusivo de los personajes de la novela, ya que existen páginas de internet donde otras personas, que también lo perciben, hablan de este fenómeno; sin embargo, los médicos no van a saber identificar la dolencia y se la achacarán al estrés. «El Ruido», en definitiva, parece simbolizar la angustia de la vida actual, sometida al neoliberalismo y al estrés climático; en este sentido, es significativo que afecta mucho menos a las personas de África que a las occidentales.

 

Me han gustado bastante más los capítulos dedicados a Esperanza y Asunción (que suelen ocupar unas veinte páginas) que aquellos dedicados a Francia, que suelen ser más cortos. Sin embargo, es posible que uno de estos últimos capítulos sea de los más bellos del libro, aquel en el que se narra como Sonja Horensen, una niña ciega que se ha convertido en emblema de la lucha por el cambio climático (apenas un trasunto poco disimulado de Greta Thunberg) pasa a vivir unos meses con los samis, símbolo de un pueblo en armonía con la naturaleza que va a desaparecer.

Algunos capítulos de esta novela son soberbios en su construcción: me ha parecido de una gran poesía uno en el que, por ejemplo, Esperanza y Ulises tratan de escuchar «el Ruido» en el desierto del Gran Cañón de Estados Unidos, o aquel en el que Ulises busca la realidad histórica de «el Ruido» en los aparatos que durante la Primera Guerra Mundial, antes de que se inventase el radar, se usaban, con personas que escuchaban mediante, para tratar de detectar el vuelo de los aviones enemigos. En la ligera irrealidad de este capítulo me ha parecido detectar la influencia benefactora del Gustavo Faverón de Vivir abajo, una novela que estoy seguro de que Sánchez Aguilar ha leído.

 

Es cierto que las débiles líneas argumentales del presente narrativo de Los que escuchan no quedarán del todo cerradas al finalizar el libro, pero el despliegue de literatura de calidad del que disfruta el lector de esta novela es apabullante. La prosa de Diego Sánchez Aguilar ha dado un salto muy importante desde Factbook, que ya era una buena novela, hasta este Los que escuchan, donde sus párrafos inteligentes, misteriosos, evocadores y poéticos, en los que escasean los adjetivos, convierten a este libro en una grandísima narración, en uno de las mejores novedades literarias escritas en español que he leído en los últimos años.

domingo, 20 de noviembre de 2022

El libro de nuestras ausencias, por Eduardo Ruiz Sosa


El libro de nuestras ausencias
, de Eduardo Ruiz Sosa

Editorial Candaya. 460 páginas. 1ª edición de 2022.

 

En 2016 me sorprendió positivamente la lectura de Anatomía de la memoria (2014) la primera novela de Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, México, 1983), una novela muy madura, en la que, desde el presente, se investigaba sobre un grupo político de los 70 en Culiacán, llamado «los Enfermos» y que deseaban cambiar el mundo, desde la clandestinidad y sus bibliotecas de libros prohibidos. En 2019 leí el libro de cuentos Cuántos de los tuyos han muerto, que también me gustó mucho. Sabía, porque he hablado con Ruiz Sosa en más de una ocasión, que llevaba años trabajando en la novela que ha sido al final El libro de nuestras ausencias, con el que ya estaba enfrascado, por ejemplo, cuando escribió y publicó el libro de cuentos. En un epílogo, el autor nos contará que algunos de los personajes de El libro de nuestras ausencias habían aparecido ya en 2003 en sus escritos.

 

En El libro de nuestras ausencias volvemos a Culiacán, la ciudad natal del escritor, en la costa oeste de México. Volvemos también a los apellidos y nombres que contienen algún significa simbólico para los personajes, como Teoría Ponce o Fernando Ciego. Ahora, en vez de acercarnos a un grupo político, en principio nos acercamos a un grupo de teatro.

Un grupo de amigos, relacionados con este teatro, buscan a Orsina o sus restos. Orsina era la actriz más destacada de la ciudad, a la que tras enfermar de cáncer ha reclamado su familia, quienes la han ido cambiado de hospital a hospital según los amigos indeseados se presentaban allí. La familia, de buena posición, a la que Orsina había dado la espalda, reclama ahora para sí su enfermedad o sus restos. Los personajes sienten en su interior, cada vez de un modo más intenso, la ausencia de Orsina, e inician su búsqueda por las carreteras y campos cercanos a Culiacán. Estos viajes les van a permitir entrar en contacto con otras personas que también persiguen a sus desaparecidos, casi siempre madres en busca de los restos de sus hijos ausentes. En este sentido, destacan las páginas en las que los protagonistas se van a enfrentar al «muro de los desaparecidos», unas vallas, cerca de la carretera, en las que las personas van pegando las fotos de sus familiares ausentes, y a cuya densidad enfermiza ellos contribuirán añadiendo las fotos de Orsina. Un muro que representa más un altar, o un monumento, que una esperanza real de que alguien indique el paradero de los desaparecidos.

 

Además de la ciudad de Culiacán, serán, de forma más concreta, dos los escenarios de la novela: el teatro de la ciudad, que en el pasado fue una cárcel, y la imprenta de los hermanos Teoría Ponce y Roldenas, que se acabará convirtiendo en un lugar de culto a los desaparecidos, gracias a un truco legal para que el negocio no sea embargado.

 

En El libro de nuestras ausencias nos encontramos con un narrador múltiple, un «nosotros», que termina siendo omnisciente, porque los personajes se acaban contando todas sus aventuras en un bar, y así sus experiencias acaban siendo colectivas. Desde el «nosotros» genérico se individualiza hasta un «yo» movible, donde un personaje concreto toma la palabra para contar algo a los demás. Ya comenté en Anatomía de la memoria que detectaba alguna influencia de Gabriel García Márquez, y este recurso de la voz múltiple me ha hecho recordar mi lectura de El otoño del patriarca (1975), donde también existía esta construcción.

También comenté cuando hablé de Anatomía de la memoria que me parecía percibir en Ruiz Sosa una influencia ‒tan común, por otra parte, en los autores latinoamericanos de su generación‒ de Roberto Bolaño. Aunque el estilo de Eduardo Ruiz Sosa es ya marcadamente suyo, y relacionado principalmente con sus libros anteriores, sin acudir a fuentes externas, sí que la propuesta de El libro de nuestras ausencias me ha hecho pensar en La parte de los crímenes de 2666, y su insistencia en dejar constancia de las mujeres desaparecidas y muertas en México. La idea de los muertos, de forma violenta, en México recorre la espina dorsal de la nueva novela de Ruiz Sosa de un modo febril, alucinatorio. De hecho, hay un momento en el que también me parece que se evoca al Juan Rulfo de Pedro Páramo y el lector tiene la sensación de que a través del «nosotros» del narrador múltiple están hablando voces de personas ya muertas sobre otras personas muertas y además desaparecidas.

En la página 408 me parece detectar un homenaje explícito a Bolaño, ya que se cita la ciudad de Gómez Palacio, que da título al segundo relato del libro de Bolaño Putas asesinas. Y poco después, en la página siguiente, se habla de la localidad de Papasquiaro, que es el segundo apellido del nombre artístico del gran amigo de Bolaño, Mario Santiago Papasquiaro, trasunto de Ulises Lima en Los detectives salvajes.

 

En Anatomía de la memoria Ruiz Sosa escribía su texto con algunas curiosidades tipográficas, como usar un sangrado no usual en muchos de sus párrafos. En los cuentos de Cuántos de los tuyos han muerto rompía la lógica de la prosa y separaba sus palabras como si se tratara de versos. De esta última forma escribe El libro de nuestras ausencias, con saltos textuales propios de la poesía. Además no hay ningún punto en el libro, aunque sí se pueden encontrar comas y puntos y comas. Cuando normalmente regiría un punto, Ruiz Sosa decide empezar en un nuevo renglón. Además no hay mayúsculas, al no haber puntos, salvo las que corresponden a los nombres propios. Todas estas licencias le transmiten al lector la sensación de encontrarse ante un libro que tiene que ver, en muchos aspectos, más con la poesía que con la prosa.

 

Si he de sacarle algún fallo a El libro de nuestras ausencias sería éste: en más de un momento parece estar escrito entre brumas, y esto hace que el lector sienta a los personajes como distantes, resultando difícil ‒tras el velo del narrador múltiple‒ identificar sus aventuras personales e interesarse por ellas, lo que va en perjuicio de la tensión narrativa propia de una novela. De hecho, en más de un caso existen repeticiones en el texto, sobre todo cuando se habla de la ausencia de Orsina, que tienen que ver con las repeticiones musicales al estilo de Thomas Bernhard, y con los ritmos propios de la poesía. Sin embargo, El libro de nuestras ausencias también contiene páginas de gran belleza formal, sobre todo aquellas que hablan de los desaparecidos y de la búsqueda que ejercen sobre ellos sus familiares, que en la mayoría de los casos suelen ser las madres. Se habla poco de las causas de estas desapariciones, y de este modo se nombra al narco casi como de pasada y al final. La sensación es que las desapariciones en México son una realidad cotidiana y cuyas causas están por encima de lo real. Todas las familias mexicanas deben aprender a lidiar con sus ausencias. Son estremecedoras las páginas que hablan de oficios como el de elaborar muñecos que sustituyan al desaparecido o el muerto para poder realizar un enterramiento que calme a las familias, las búsquedas en las morgues, la imposibilidad de encontrar restos reconocibles de los familiares años después de su desaparición, pero aun así la búsqueda incesante, como un medio de vida, como la vida misma.

Pese a la carencia señalada, sobre la distancia que siente el lector hacia los personajes y sus historias personales, El libro de nuestras ausencias me ha parecido una novela valiosa sobre la realidad latinoamericana actual, repleta de páginas estremecedoras, y escrita con una gran belleza formal.

domingo, 17 de julio de 2022

El orden del Aleph, por Gustavo Faverón Patrieu


El orden del Aleph
, de Gustavo Faverón Patriau

Editorial Candaya. 349 páginas. 1ª edición de 2021.

 

De Gustavo Faverón Patriau (Lima, 1966) leí en 2015 su primera novela El anticuario (2010), que me pareció notable. Pero fue en 2020, tras la lectura de su segunda novela, Vivir abajo (2019), cuando realmente pensé que Faverón era uno de los grandes escritores de la narrativa latinoamericana actual. Vivir abajo, con su análisis del terror generado en el continente americano por los abusos del poder, es una de las grandes creaciones de los últimos años, con una ambición literaria similar a la de las grandes obras del Boom.

 

Sé que Faverón lleva tiempo ultimando una nueva y larga novela que aparecerá, definitivamente, en otoño de 2022, pero antes ha publicado el ensayo El orden del Aleph, un libro de más de 300 páginas que indaga en la construcción del cuento El Aleph, que Jorge Luis Borges publicó en la revista Sur en 1945. Antes de empezar El orden del Aleph de Faverón, releí El Aleph de Borges, que en la edición de las Obras Completas de Emecé ocupa apenas 11 páginas. Es muy recomendable (por no decir «necesario») releer El Aleph de Borges antes de adentrarse en las páginas que Faverón ha escrito sobre él, y que al final, como era lógico suponer desde el principio, más que analizar un solo cuento de Borges, acaban analizando su universo literario, que es algo muy cercano a decir que acaban analizando la esencia de «la literatura». Por supuesto, El orden del Aleph es un libro para amantes de Borges; es decir, para amantes de la literatura.

 

Faverón va a analizar en este libro el contexto histórico en el que se escribió y publicó El Aleph y va a analizar el cuento para tratar de descubrir todas sus claves compositivas. Recuerdo algunas de mis lecturas de El Aleph, cuento que habré leído tres o cuatro veces, y desde luego la mayoría de los asuntos de los que va a tratar Faverón en su ensayo se me habían pasado desapercibidos.

De entrada Faverón nos dice que El Aleph se escribió durante los meses de febrero y agosto de 1945. «En enero, el ejército soviético había liberado Auschwitz, en febrero los aliados bombardearon Dresde, en abril Mussolini fue ejecutado y Hitler se suicidó, en mayo capituló Alemania, entre junio y julio los aliados se dividieron Europa Central y Europa del Este, en agostos dos bombas atómicas aniquilaron Hiroshima y Nagasaki, en septiembre Borges entregó El Aleph a la imprenta, para el número de ese mes de la revista Sur, en la misma semana en que terminó la guerra.» (pág. 18-19) Todos estos acontecimientos históricos están presentes, de una forma más evidente o subterránea, en el cuento.

También el cuento contiene más de una referencia a la época barroca, con su afán acumulador, como por ejemplo los dos epígrafes con los que se abre.

 

Faverón nos habla también del manuscrito original del texto, que estaba escrito a mano, y en el que Borges iba señalando alternativas a las ideas que iba vertiendo en él, con anotaciones por arriba o por abajo, convirtiendo las líneas del cuaderno en un laberinto de senderos que se bifurcan.

 

Por otro lado, también nos habla de la relación que, por entonces, Borges mantenía con su novia Estela Canto, y de su aversión al sexo. El Aleph funciona articulado en torno a la idea de «la depravación». De hecho, en la versión definitiva del cuento, Beatriz Viterbo, la mujer muerta de la que estaba enamorado el Borges narrador (al que Faverón llama «Borges», para diferenciarlo del Borges autor) es prima de Carlos Argentino Daneri, pero en una de las versiones previas era hermanos y, por tanto, su amor, que «Borges» descubrirá en el sótano de la casa, cuando pueda contemplar El Aleph, era no solo secreto sino además incestuoso. Borges no se atrevió a mostrar el incesto en primer plano, pero sigue dejando huellas de él ‒aunque convirtió a los hermanos en primos‒ como el hecho de que se criaran en la misma casa.

 

Para Faverón, El Aleph es un cuento político, y el impulso que mueve a Borges a escribirlo es manifestarse contra la locura del mundo en 1945.

Para Borges, nos dice Faverón, el fin del mundo venía representado por el incendio de una biblioteca, que en este cuento se manifiesta en la posible desaparición de El Aleph cuando Daneri se vea obligado a vender la casa y ésta sea derribada. Algo que simboliza también el fin del mundo que supuso el comienzo de la era nuclear con las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki.

 

Uno de los propósitos que va a llegar a Faverón a ocupar más páginas del libro es el de analizar minuciosamente la enumeración de imágenes que «Borges» describe al contemplar el Aleph. Yo recordaba haber leído esta larga lista ‒varias veces, como he dicho‒ con la sensación de acercarme a la lectura de un poema, en el que las palabras, como si se tratase de versos, nos llevaran a bellas evocaciones de animales, objetos o sucesos. Pero Faverón está empeñado en hacernos ver el orden interno de El Aleph, bajo la premisa de que Borges no da nunca puntada sin hilo. Todos los elementos del Aleph enumerado tienen una función compositiva que nos lleva a más de un significado, y todo se entronca a la vez de manera intertextual con otros cuentos de Borges. El Aleph es el punto en el que caben todos los puntos (pág. 170) y en la descripción del Aleph el espacio es solo un indicio del tiempo (pág. 171). Las imágenes de la enumeración del Aleph siguen un minucioso orden, ideado por Borges, y ‒sostiene Faverón‒ que se basa en las ideas de las asociaciones y los contrastes.

En 1945 Borges iba ya camino de la ceguera, pero la enumeración del Aleph es puramente visual. Faverón también observará el manuscrito original del cuento para ver las anotaciones de Borges y saber qué fue lo que se descartó de la enumeración inicial.

 

Unas de las páginas más curiosas del libro son aquellas en las que Faverón va investigando la «geografía» de las imágenes que muestra el Aleph, y va trazando sobre el dibujo de diversos mapas, que aparecen en el libro, líneas imaginarias que pasan por puntos de importante significación simbólica en la obra de Borges o en la historia del mundo. Hasta que con una abstracción final consigue alzar una pirámide sobre el plano, sabiendo que «la pirámide» simboliza «el tiempo» para Borges. Hay momento aquí en los que el lector puede empezar a sospechar que las elucubraciones de símbolos y relaciones que encuentra Faverón en el cuento, están más en su imaginación que en el propio texto, y esto, en realidad, más que representar un demérito, hacen sus indagaciones más estimulantes. Es decir, aunque El orden del Aleph es un ensayo, se trata de un tipo de ensayo muy imaginativo, sobre la obra de uno de los más grandes escritores del siglo XX, o de la historia.

Hacia el final de El orden del Aleph (pág. 319), Faverón lanza la idea de que El Aleph es un cuento utópico, que en realidad habla de la redención y esperanza del pueblo judío. Y continúa haciendo asociaciones de ideas y búsquedas entre los entresijos de las palabras escritas por Borges para demostrarlo.

 

En realidad, Faverón juega en este libro a ser un detective que trata de encontrar todas las claves ocultas que un gran prestidigitador como era Borges dejó en uno de sus cuentos más emblemáticos, y esto (pese a algunos momentos en los que el lector se sonreirá con sorpresa e incredulidad) es estimulante y divertido para cualquier amante de la obra de Borges. Después de leer El orden del Aleph me han entrado unas grandes ganas de volver a releer, o a leer lo que me falta, la obra de Borges.

domingo, 3 de julio de 2022

La muerte feliz de William Carlos Williams, de Marta Aponte Alsina

 


La muerte feliz de William Carlos Williams, de Marta Aponte Alsina

Editorial Candaya. 204 páginas. 1ª edición de 2022.

 

De Puerto Rico solo había leído hasta ahora el libro Mundo cruel de Luis Negrón, así que cuando vi que La muerte feliz de William Carlos Williams, una de las novedades de la editorial Candaya, estaba escrito por Marta Aponte Alsina (Cayey, 1945), que era de Puerto Rico sentí curiosidad por leerla. En Puerto Rico se habla y se escribe en español, pero al ser un país pequeño y asociado a Estados Unidos es difícil que algo de lo que allí se produce llegue a España. Además Olga Martínez, una de las editoras de Candaya, me habló muy bien de este libro.

 

William Carlos Williams (Ruthenford, Nueva Jersey, 1883 – 1963) es uno de los poetas más reconocidos de la literatura norteamericana y su curioso nombre se debe, en parte, a que su madre era originaria de Puerto Rico, y su hermano (uno de los tíos del poeta) se llamaba Carlos.

Aponte Alsina se plantea en esta novela indagar en la vida de Raquel, madre del poeta. Por lo indicado en el propio texto, la autora ha investigado sobre la vida de la familia Williams, pero en gran medida lo que lleva a cabo en La muerte feliz de William Carlos Williams es un acercamiento poético y libre a la vida de Raquel, portorriqueña como ella y mujer con aspiraciones artísticas (quiso ser pintora), y también a la vida de su hijo, William Carlos.

 

La novela empieza con William Carlos golpeando impotente el teclado de su máquina de escribir. «Tiembla. De un puñetazo feroz, hunde las teclas de la máquina de escribir. La luz lunar rebota de un lado a otro. El ático se inunda de resplandores.» (pág. 9)

«El abismo de la locura de la madre no da señales de cerrarse. Lo persigue al lugar más alejado de la casa.» (pág. 10), William Carlos ha de enfrenarse al hecho de que va a ingresar a su madre anciana en un asilo. Esta es una escena recurrente en la novela, a la que se retorna en varios momentos. Aponte Alsina va a reconstruir la vida de Raquel, la madre, desde su infancia, pero de forma reiterada volverá al día en el que su hijo, el poeta William Carlos, va a dejarla en una residencia de ancianos.

 

La novela nos acerca en primera instancia a la figura de Williams Carlos y se nos darán algunos datos que, imagino, se podrán encontrar en su biografía, como por ejemplo que detestaba al también poeta norteamericano T. S. Eliot. Pero, además, a través de la búsqueda de la autora en las obras de William Carlos se indaga en la relación del poeta con su madre Raquel. «No confía en el hijo, pero respeta al médico que hay en él.» (pág. 11); en otro momento se nos dirá que William Carlos escribió en una carta que su madre era una persona «severa y frívola».

El padre del poeta es un viajante de una marca de perfumes, y ha de estar largas temporadas fuera de casa, vendiendo su producto por Latinoamérica. También se nos dice que la familia del poeta, que escribía en el dorso en blanco de papeles de lo más variados, pertenece a una familia llena de secretos.

 

«Es poco lo que sabemos de Salomón Hoheb.», leemos en la página 23, cuando Aponte Alsina empieza a hablarnos de la vida del padre de Raquel. En la página que describe su vida usa verbos como «Supongamos» o, poco después, «Imaginemos». Salomón era un comerciante en el puerto de Mayagüez, ciudad de Puerto Rico donde nació Raquel. Salomón muere cuando Raquel es una niña, y ésta se aficiona al piano.

 

Mientras Aponte Alsina habla de Raquel y su familia, también hace apuntes sobre la suya propia. Por ejemplo, leemos en la página 33: «Resido en una isla pequeña de nombre optimista. La isla donde nacieron Raquel y mi madre; la isla donde nació y murió mi abuela Fermina.»

 

Raquel pasa una temporada viviendo con una prima en París, Alice Monsanto. Y allí deseará convertirse en pintora, mientras en las calles aún se sienten los estertores de la violencia ejercida contra el movimiento revolucionario de la Comuna de París en 1871.

Y de París, la autora vuelve al día en el que William Carlos ha de ingresar a Raquel en una residencia. Alsina escribe sobre el poeta: «Escribe porque sí. Además piensa, con candor, que en su oído se aposenta el lenguaje americano, el lenguaje de los Estados Unidos de América, y que ese lenguaje podría ser lo más parecido a una máquina, a un automóvil, si no fuera porque las máquinas son coherentes, y el lenguaje americano es más afín al corcho que en las tabernas recibe los dardos de los borrachos, o a una puta que recibe leches universales. Escribe porque es importante darle alma a los automóviles. Y a los trenes.» (pág. 50) En este párrafo se puede observar el aliento poético con el que está escrita esta novela. Yo de William Carlos Williams solo he leído un libro, el titulado Cuadros de Brueghel, y fue hace ya mucho, y ya no lo recuerdo con precisión, pero sospecho que Aponte Alsina quiere emular en muchos párrafos de su prosa la cadencia de los poemas de Williams.

 

Me ha llamado la atención que en la página 137, la autora hace comparecer en su novela a mi querido Roberto Bolaño, y evoca unas palabras que este le dedica a William Carlos en Estrella distante.

 

Hacia el final de la novela, Aponte Alsina habla de forma más abierta que hasta ahora de su familia en Puerto Rico. «Se me ocurre que en esta novela ajena es el lugar donde descansarán lo que me toca de los restos de Fermina.», escribe en la página 169, y un poco antes nos cuenta que estuvo indagando sobre sus orígenes familiares en censos de la isla. Tengo la impresión de que Aponte Alsina en algún momento planeó la idea de escribir sobre su familia y acabó pensando que escribir sobre la del famoso poeta norteamericano y sus orígenes caribeños podía ser más interesante.

«Mi abuela pilaba café en la isla cuando William Carlos visitaba, del brazo de Ezra Pound y Marianne Moore, el observatorio astronómico que tenía a su cargo el padre de Hilda Doolittle  en Pennsylvania. Mi abuela desgranaba gandules el día que Marcel Duchamp y Man Ray visitaron a los Williams en Rutherford. James Joyce y Nora Barnacle cenaron con los Williams en el parisino Trianon la noche que mi abuela sintió en sueños el bamboleo del barco donde su hijo mayor emigraba a Nueva York.

¿Servirán para algo estas conexiones? ¿Son reales? ¿Importan?» (Pág. 180). Posiblemente en este párrafo, correspondiente con el tramo final de la novela, se encuentren algunas de sus claves compositivas.

 

A mí, en principio, me interesan las indagaciones literarias que un autor hace en su propia familia o en la vida de personajes famosos. Diría que he sentido más interés en esta novela en las páginas en las que la autora hablaba sobre el poeta William Carlos Williams, que cuando hablaba de Raquel, su madre. De hecho, me ha aparecido leer alguno de los libros de poesía de Williams, y he buscado algunas de sus composiciones en internet. Quizás las páginas sobre Raquel no me han acabado de llenar porque el personaje no me parecía lo suficientemente interesante o no encontraba el suficiente misterio en su vida. Es decir, cuando, por ejemplo, el autor guatemalteco Eduardo Halfon habla sobre su gran familia judía latinoamericana, habla de personas que, en primera instancia, son anónimas, pero consigue crear un misterio en torno a ellas, y esto hace que la trama de la novela avance y se capte el interés del lector. He sentido que Aponte Alsina no conseguía crear un misterio, o una trascendencia, en torno a la figura de la protagonista de su libro, Raquel, y que esto lastraba la construcción novelística del libro. En decir, me ha parecido que La muerte feliz de William Carlos Williams no posee una estructura novelística que haga que el lector se interese por su personaje principal. Sin embargo, sí que me han cautiva algunas páginas concretas, que tienen la fuerza y el impulso de un poema. El lenguaje de la novela es muy bello y está muy trabajado.

Como anécdota, puedo contar que, cuando comenté en mis redes sociales que estaba leyendo este libro, lo celebró con mucho entusiasmo la escritora argentina, y residente en España, Viviana Paletta, que me escribió «¡Una maravilla!». Paletta es principalmente poeta, y entiendo desde aquí su entusiasmo. Así que, principalmente, recomendaría La muerte feliz de William Carlos Williams a aquellos lectores que aprecien en una narración, aunque sus diversos capítulos no avancen al ritmo convencional, su carga poética y la belleza del lenguaje.

domingo, 20 de febrero de 2022

Nancy, por Bruno Lloret

 


Nancy, de Bruno Lloret

Editorial Candaya. 156 páginas. 1ª edición de 2021.

 

La última Feria del Libro de Madrid no tuvo lugar en el parque del Retito en junio, como viene siendo habitual, sino en septiembre. Un sábado tuve que ir yo a firmar ejemplares de mi última novela, Esto no es Bambi, y cuando acabé paseé un rato por la Feria. En la caseta de Candaya saludé a sus editores, Olga y Paco, y les compré dos libros: Sanguínea de la ecuatoriana Gabriela Ponce y Nancy del chileno Bruno Lloret (Santiago de Chile, 1990). Lo cierto es que era la primera vez que veía esta segunda novela, que creo que acababa de aparecer en el mercado por esos días. Sin embargo, sé que los libros latinoamericanos que selecciona Candaya para su colección de narrativa son siempre confiables y me guie por ello.

 

De entrada, uno siente extrañeza al abrir la novela, ya que Lloret ha plagado las páginas de su libro de cruces en negrita, que a veces sustituyen a los puntos o a las comas, y que en otras ocasiones invaden el texto y se expandan por una página entera. Hacia el final de la reseña trataré de dar un significado a esta elección gráfica.

 

La novela está contada en primera persona por Nancy, que en las primeras páginas es una joven, casi una adolescente, y que huye de su casa, en el norte de Chile, en una caravana de camionetas de gitanos que viajan hasta Bolivia. Nancy empieza su narración «in media res», ya que las escenas se suceden de un modo rápido, y el lector tiene la sensación de que se le están escapando algunas de las claves que explican las relaciones que hay establecidas entre los personajes. Así, por ejemplo, Jesulé es el gitano, en cuya camioneta monta Nancy, y el lector sabrá más tarde que ha tenido lugar una relación sentimental entre ellos. Será en Santa Cruz ­­‒Bolivia‒ donde Nancy va a conocer a un norteamericano de treinta y cinco años, llamado Tim. Nancy se va a casar con Tim y juntos regresaran a vivir a un pueblo de la costa de Chile. De repente, se producirá en la narración un salto de veinte años, y sabremos que Tim es un borracho, al que le cuesta regresar a casa por las noches, después de trabajo en los barcos pesqueros japoneses (los únicos que quieren contratarle) y que ella está enferma de cáncer, le han extirpado los pechos y el útero y se encuentra cercana a morir, a pesar de no haber cumplido aún los cuarenta años.

 

Es posible que algún lector de esta reseña piense, con lo leído hasta ahora, que ya he destripado una gran parte del argumento de la novela, pero en realidad todo lo que yo he resumido se narra en un número bastante reducido de páginas.

Una vez que sabemos de este salto hacia el futuro de veinte años que comentaba, la narradora volverá su mirada sobre su pasado y nos hablará de su infancia hasta llegar al punto que ya conocemos en el que abandona la casa familiar para huir a Bolivia. Entre medias, en algunos momentos se nos recordará que Nancy es una mujer de treinta y siete años, próxima a la muerte. «En la calle la gente sencillamente ya no me saludaba, y eso me sumía en la más total desesperación.», leemos en la página 29, cuando Nancy ha entrado ya en plena decadencia física y siente el rechazo a su alrededor.

 

Nancy se ha criado en un hogar difícil, en el que la madre era una fanática religiosa, que trataba al Pato (el hermano mayor) y a Nancy con desprecio, mientras que su padre era una presencia ausente. El Pato se va a ir de casa para trabajar en el «puerto grande», una ciudad más al norte de donde viven, y Nancy, que hasta ahora había encontrado en su hermano un aliando, va a tener que lidiar sola con sus padres. Al pueblo en el que viven se le llama simplemente «Ch».

 

En Ch, durante la adolescencia de Nancy, van a aparecer mujeres muertas en la playa, un detalle que me ha recordado a La parte de los crímenes de 2666 del escritor chileno Roberto Bolaño. Las páginas de la novela están abiertas siempre a la amenaza de este norte de Chile, entre las playas y el desierto, un territorio que también han explorado algunos otros narradores jóvenes chilenos como Diego Zúñiga en la novela Racimo. En algunos momentos la sordidez de la vida en estos pueblos pobres de Chile, me recordaba a los pueblos del interior de Argentina que describía el argentino Carlos Busqued en Bajo este solo tremendo.

 

«Este mundo es un desierto de cruces», dirá el padre de Nancy en la página 86. Y quizás en esta apreciación queda justificada la decisión de Lloret de dejar su texto plagado de esas simbólicas cruces en negrita de la que ya he hablado. Además, también va dejando fotografías de radiografías que muestran el avance de la enfermedad de Nancy.

 

En la contraportada de la edición de Candaya, unas palabras del reputado escritor chileno Alejandro Zambra avalan a Bruno Lloret: «Inventario de abandonos y abusos, inevitable diario de muerte y de rodaje, diatriba contra la domesticada pasión religiosa, esta extraordinaria novela trasciende ampliamente la denuncia y el ejercicio de estilo, y avanza hacia un realismo nuevo, inesperado, disidente.»

A veces sorprende la cantidad de temas que toca Bruno Lloret en las apenas 150 páginas de su intensa novela corta. Nancy es una novela plagada de muertes, amenazas, enfermedad, sordidez, incomprensión, locura religiosa, etc, pero también de una gran poesía y sutileza. Nancy es una buena novela dura y breve.

 

 

domingo, 16 de mayo de 2021

Granta, los mejores narradores jóvenes en español, por VV. AA.

 


Granta, los mejores narradores jóvenes en español, de VV. AA.

Editorial Candaya, 352 páginas. 1ª edición de 2021.

 

El 7 de abril de 2021 la revista Granta, de origen británico, dio a conocer su lista de «los 25 mejores narradores en español, menores de 35 años» en una rueda de prensa por la mañana. Por la tarde había organizado una presentación en el instituto Cervantes de Madrid y me apeteció acudir. En 2010 fue la primera ocasión en la que Granta elaboró esta lista de autores en español, cuando habitualmente lo hacía en inglés y, si bien estaba programada la segunda entrega para 2020, la pandemia la retrasó hasta 2021. No leí el libro de 2010, de cuya publicación se encargó la actualmente inactiva editorial Duomo, pero sí he leído esta de 2021, que viene de la mano de la editorial Candaya.

En 2010 la lista estuvo compuesta por 22 nombres, donde había autores como Andrés Barba, Alberto Olmos, Elvira Navarro, Federico Falco, Patricio Pron, Samanta Swcheblin o Alejandro Zambra, que han desarrollado en la mayoría de los casos una exitosa carrera (dentro de lo exitoso que puede ser un escritor en el siglo XXI, que tampoco es mucho, deberíamos apuntar).

 

El libro empieza con una esclarecedora introducción de Valerie Miles, editora de Granta en español, que nos revela algunos datos interesantes sobre esta selección de autores. Para ser considerados, los autores debían haber nacido a partir del 1-1-85. Esto hizo que algunos autores importantes como Juan Gómez Bárcena o Eduardo Ruiz Sosa se quedaran fuera por poco. Los candidatos que se postularon al premio rondaron los 200, sin llegar, mientras que en la convocatoria de 2010 fueron unos 300. De entrada, he de decir que 200 candidatos me han parecido pocos. El español es una lengua que la hablan unos 500 millones de personas, y de estos, al menos, 200 millones deben tener menos de 35 años, así que la muestra analizada me parece pequeña como para poder seleccionar a los mejores narradores jóvenes.

De entre los 25 seleccionados, 11 son mujeres y 14 hombres. Aunque no se alcanza la paridad, Miles apunta que hay mayoría de mujeres entre los escritores más jóvenes de la muestra. A Miles le llama la atención que esta nueva hornada de escritores apuesta más por el color local de sus lenguas, frente al uso de un español neutro, que fue muy habitual entre los escritores latinoamericanos del 2000, y también considera que ahora hay más empleo del humor. Miles dice que aquí buscaban relatos que se distanciaran del yo, del mero testimonio. «Las narraciones de muchachos en el burdel, o de violencia gratuita, nos parecen ahora insufribles, inequívocamente passé

Al leer estas ideas me empezaron a saltar las alarmas: ¿está Granta buscando marcar unas líneas sobre lo que debe ser la literatura del futuro y lo que no debe ser? Si un joven Mario Levrero se hubiera postulado a esta publicación con La novela luminosa a sus espaldas, ¿hubiera sido rechazado por el «muy cansino uso y abuso de la primera persona, de las figuraciones del yo»? Si un joven Cormac McCarthy se postula con Meridiano de sangre, ¿alguien hubiera considerado que su propuesta estaba passé por tener demasiada «violencia gratuita»? ¿A quién se dirige el dardo de los «muchachos en el burdel»? ¿A Mario Vargas Llosa, que también hubiera sido rechazado por Granta?

 

En el instituto Cervantes pude saludar a Olga y Paco, los incombustibles editores de Candaya, y a algunos de los autores seleccionados, como Mónica Ojeda y Alejandro Morellón, a los que ya conocía, y pude saludar en persona a David Aliaga, a quien seguía en Facebook. Conversé también con Munir Hachemi y no pude cambiar ni una palabra con Irene Reyes-Noguerol, la autora más joven de todo este número de Granta.

Para participar en el proceso de esta selección, además de tener menos de 35 años, había que tener libros de relatos o novelas publicados. Los candidatos las enviaban al jurado y este seleccionaba a los autores que consideraba con más méritos.

En la presentación me enteré de que se envió un mensaje a un grupo de autores para decirles que habían sido preseleccionados, pero que su inclusión en la selección final dependía del texto que mandaran para la revista. El texto tenía que ser inédito, y podía ser un relato o un fragmento de una novela. Esto que comento ahora no lo dice Valerie Miles en su introducción, y tal vez sea una indiscreción contarlo, pero lo hago porque creo que esta premisa competitiva ha influido, en algunos casos, en los textos que los candidatos acabaron mandando a la revista.

 

El orden de los cuentos no se guía por la fecha de nacimiento de los autores, ni por ningún criterio reconocible. Voy a hacer un recorrido breve por todos los cuentos, dando una opinión sincera sobre la impresión que me han causado:

 

1) Inti Raymi, de Mónica Ojeda (Ecuador, 1988). Ojeda era mi apuesta más segura para estar incluida en esta selección de Granta. De ella he leído sus novelas Nefando (2016) y Mandíbula (2018) y me parece una escritora muy talentosa y con un gran mundo propio. Su narración es el comienzo de una novela, y trata sobre la violencia que un grupo de niños quiere ejercer sobre otro, en el contexto de una fiesta rural americana en la que se invocan a fuerzas ancestrales y místicas. La violencia y la cercanía a la extrañeza y el terror están presentes aquí, como en el resto de su obra. Un comienzo de novela muy prometedor. Empezamos bien.

 

2) Juancho, baile, de José Ardila (Colombia, 1985). No conocía de nada a este autor y su cuento me ha impactado. Una gran narración sobre la violencia ejercida por un grupo de adolescentes sobre un hombre con una deficiencia mental, una violencia que tiene que ver con sus frustraciones y su sensación de pertenencia. Una narración violenta, bella y poética.

 

3) Buda Flaite, de Paulina Flores (Chile, 1988). De Flores había leído su libro de cuentos Qué vergüenza (2016), que me gustó bastante. En esta ocasión, su texto es el comienzo de una novela. Buda Flaite es su protagonista, un adolescente no binario, que se ha escapado de un centro de acogida. Por primera vez en un texto narrativo me encuentro con el uso de la partícula neutra «e» para designar un género indefinido. Hasta ahora, había visto en las redes sociales de algunas autoras, sobre todo latinoamericanas, expresiones como «niñes», pero luego veía que no las usaban en sus libros. Flores es la primera autora a la que le veo hacerlo. También usa un vocabulario chileno de la calle que me cuesta entender. La propia Flores detiene su narración y le explica al lector que el lenguaje callejero chileno evolucionó igual que el argentino o el mexicano, pero que las películas o las canciones lo popularizaron y no así el chileno. Esta reflexión me interesa. Aunque no dejo de darme cuenta de que para empezar su novela ultramoderna con un personaje no binario y un vocabulario rompedor, Flores ha de usar un recurso narrativo del siglo XIX: el narrador interviene en lo contado para explicar qué está contando. Me surge otra pregunta ¿que el personaje sea no binario suma algo a la narración o refleja el miedo a no ser lo suficientemente moderna y no ser seleccionada para Granta? Anotemos: primer relato con tema de identidad de género.

Sin embargo, acabo el capítulo de su novela con ganas de leer más. Me ha interesado.

 

4) El niño dengüe, de Michel Nieva (Argentina, 1988). Nieva nos presenta aquí un relato de ciencia ficción, ambientado en una Argentina futurista en la que gran parte de su territorio se encuentra bajo el mar y cuyo protagonista es un niño mutante, mitad humano, mitad mosquito. El niño dengüe no deja de ser una reinvención de La metamorfosis de Franz Kafka. Nieva me parece el heredero de los cuentos más imaginativos del también argentino Elvio E. Gandolfo. El niño dengüe será en realidad una niña. Segundo relato sobre el tema del género. Vamos sumando. Me ha gustado El niño dengüe.

 

5) Cápsula, de Mateo García Elizondo (México, 1987). Nos encontramos aquí con otro relato futurista. Un preso es condenado a vivir en una cápsula en el espacio. Me ha parecido un relato demasiado juvenil. García Elizondo presenta aquí a un único personaje en el espacio, que reflexiona, pero que no ha de interactuar con nadie. Recuerdo haber escrito yo mismo relatos así cuando tenía unos dieciocho años, el solipsismo era algo atractivo y sencillo. García Elizondo es nieto de Gabriel García Márquez y de Salvador Elizondo, dos pesos pesados de la literatura latinoamericana. Tengo la impresión de que García Elizondo es alguien que ha tenido todas las puertas abiertas en la literatura desde el primer momento (primera novela publicada en, nada menos, que Anagrama). Cápsula sería un buen relato para una selección sub21, pero no para una sub35. Primer bajón del libro.

 

6) Deshabitantes, de Gonzalo Baz (Uruguay, 1985). Baz evoca aquí una adolescencia difícil en un barrio marginal. Deshabitantes es un relato social, bello, poético y evocador sobre el amor, la familia y la soledad.

 

7) Reinos, de Miluska Benavides (Perú, 1986). Benavides presenta aquí el comienzo de una novela. Empieza bien, un relato social sobre una mina en Perú y trabajadores que sufren abusos, pero el texto se acaba diluyendo en diversas ramificaciones. Seguramente si el lector pudiera acercarse a la novela entera todo tendría más sentido, pero, al leer solo una parte, ve cómo se despliegan ante él caminos narrativos que quedan algo deslavazados.

 

8) Viajeras bajo la marquesina, de Eudris Planche Savón (Cuba, 1985). Dos chicas coindicen en un tres. Se atraen. Una saca un libro de Katherine Mansfield, la otra lo lee. Ambas imaginan escenas con la otra, escenas con Mansfield. Viajeras bajo la marquesina me ha parecido un texto demasiado literario, demasiado cifrado y confuso. Me esperaba (sin fundamento) que un escritor cubano me hablara de la situación actual en Cuba, de su mundo en transición, pero no ha sido éste el camino elegido por Planche Savón y no ha captado mi interés.

 

9) Insomnio de las estatuas, de David Aliaga (España, 1989). El cuento nos habla de un editor español en Canadá llamado David Aliaga que ha de volver a su hotel una noche. Aliaga es un estudioso de la cultura judía y en su cuento el personaje procede de una familia judío europea y habla de la identidad. Su modelo es la narrativa del guatemalteco Eduardo Halfon. El peso de la influencia de Halfon sobre el cuento de Aliaga quizás sea excesivo; siendo un buen cuento, en cualquier caso.

 

10) Mar de piedra, de Aura García-Junco (México, 1988). Otro cuento futurista. Una profesora está liada con una alumna, y en las avenidas de Ciudad de México aparecen estatuas de personas congeladas. El texto es, en principio, sugerente y misterioso, pero se acaba dispersando y no me convence.

 

11) Nuestra casa sin ventanas, de Martín Felipe Castagnet. (Argentina, 1986). Una escultora transexual recibe el anillo de una organización secreta, que la reconoce como la gran artista de su época. Un anillo que habrá de pasar cuando se siente morir a otro artista. Ella elegirá a su rival.

Al toparme con el tercer personaje con problemas de identidad de género, tras once relatos, en los que además hay dos sobre lesbianas, empiezo a plantearme si los candidatos a aparecer en Granta habían sido avisados de que no querían historias sobre violencia gratuita, chicos en el burdel y autoficción del yo. Entonces ¿qué quieren?, me imagino que se preguntarían. ¿Cuáles son los temas sobre los que sí debo escribir? ¿Qué está de moda, que es incuestionable? ¿La transexualidad, el lesbianismo? ¿Esto es incuestionablemente moderno, no? Que el personaje de Nuestra casa sin ventanas sea transexual no aporta nada al relato. Se habla aquí de dos artistas que han competido por las mismas becas. ¿Cómo se compite por las becas?, me pregunto yo. ¿Sabiendo en cada momento cuáles son los temas sobre los que hay que hablar, por ejemplo? Siempre he pensado que los artistas verdaderos tienen unas obsesiones que los acompañan siempre, con pocas variaciones. No me imagino a Kafka eligiendo un tema para un cuento o una novela, considerando lo que estuviera de moda en ese momento, lo que era incuestionable para las autoridades que habrían de juzgarse. Si el joven Cormac McCarthy que he evocado antes, envía Meridiano de sangre al jurado del Granta, ¿hubiera sido rechazado porque su narrativa contiene mucha violencia gratuita? ¿Y si McCarthy entonces hubiera decidido transformar al chico protagonista de Meridiano de sangre en un chico transexual, entonces ya sí, sería elegido como un gran y prometedor escritor?

Hace no mucho la escritora transexual Camila Sosa Villada ha publicado Las malas, una novela que se basa en sus vivencias, y en los problemas que le ha dado su transexualidad. En este caso, el tema de la transexualidad me parece totalmente pertinente, el individuo se enfrenta a un mundo hostil y nos lo narra. En Nuestra casa sin ventanas me parece una impostura que no consigue hacer levantar el vuelo a un relato inane.

 

12) Ruinas al revés, de Carlos Fonseca, (Costa Rica, Puerto Rico, 1987). El protagonista, Carlos Fonseca, sobrevive en Puerto Rico a un huracán que ha dejado su casa sin luz. Encuentra una caja con documentos de un psiquiátrico que hablan de uno de los primeros arquitectos reconocidos de Puerto Rico y se pone a investigar sobre esta persona. Hay algo de Cervantes y Borges en esta narración poética y evocadora. Este cuento me parece uno de los mejores del conjunto.

 

13) Anillos de Borromeo, de Andrea Chapela (México, 1990). Nos encontramos aquí con un relato de ciencia ficción apocalíptica, que nos habla de la supervivencia en México y del pasado de la protagonista en Madrid. Una narración conseguida.

 

14) Mi nuevo yo, de Andrea Abreu, (España, 1995). El nombre de la canaria Abreu ha sonado, durante el último año, gracias al éxito de su novela Panza de burro. En Mi nuevo yo, como hacía en su novela, usa palabras muy canarias, que yo no había oído nunca, y esto da bastante sabor local al relato. En Mi nuevo yo nos habla de una mujer recién divorciada que busca en talleres de comida macrobiótica, yoga, etc. reinventarse a sí misma. Al final veremos cómo ha de enfrentarse a sus dependencias y deseos. Un gran relato.

 

15) Nadie sabe lo que hace, de Camila Fabbri (Argentina, 1989). En este relato una chica evoca su infancia y convivencia con sus dos hermanastras. Nadie sabe lo que hace es un relato poético y potentes sobre las familias disfuncionales y las cicatrices que esto deja en las personas.

 

16) El color del globo, de Dainerys Machado Vento (Cuba, 1986). Una pareja de cubanos que vive en Florida ha sido invitada a una pura fiesta gringa: la prima de uno de ellos celebra un gender reveal, donde una pareja que espera un hijo revela a su familia y amigos el género del bebé que van a tener. La chica despotrica sobre esta fiesta heteropatriarcal, porque no se sabe si el bebé será niño, niña o niñe. Cuarto cuento con el tema del género, anoten. En este caso la narración es irónica, y en realidad nos habla sobre el peso de las costumbres y en la adaptación, por parte de los emigrantes, de las costumbres burguesas del país de acogida. Es el cuento más divertido del conjunto y me ha gustado.

 

17) El gesto animal, de Alejandro Morellón (España, 1985). Morellón es mi amigo y he leído todos los libros que ha publicado hasta ahora, los conjuntos de relatos La noche en que caemos (2013) y El estado natural de las cosas (2016) y la novela Caballo sea la noche (2019). Para Granta ha presentado el comienzo de una novela, una novela sobre la primera papesa católica. Quinto relato sobre el tema del género. Lo cierto es que no ha logrado interesarme. Quizás la novela en su conjunto sea otra cosa, pero el fragmento que nos muestra Granta me ha dejado indiferente.

 

18) Rasgos de Levert, de José Adiak Montoya (Nicaragua, 1987). Montoya juega en su relato con la historia bíblica de Jesús, y le sitúa en la Nicaragua actual con el nombre de Levert. Parece que Montaya desea hacer una narración social sobre su país, pero los paralelismos bíblicos han acabado por chirriarme.

 

19) Días de ruina, de Aniela Rodríguez (México, 1992). Un cuento sobre un borracho, cuya adicción provoca la muerte de su hijo. Un cuento brutal con claras reminiscencias de Juan Rulfo. Un cuento que funciona perfectamente.

 

20) Wandaja, de Estanislao Medina Huesca (Guinea Ecuatorial, 1990). A veces se nos olvida que existe un país en África en el que el español es una de las lenguas oficiales. Nunca había leído a un escritor guineano y por esto mismo el relato de Medina Huesca me ha interesado mucho. Nos encontramos con un protagonista que culpa de todos los problemas de su país al hecho de haber sido una colonia de España. Sin embargo, pasó su juventud en España, en Fuenlabrada, y esto creará diferencias sociales con los guineanos que no se han formado fuera. Sin tener el relato ningún alarde técnico, me gusta el rincón de la realidad del idioma desde el que habla. Me gusta Wandaja.

 

21) Soporte vital, de Munir Hachemi, (España, 1989). Hachemi es de padre argelino y madre española, y sitúa su relato en China. Un joven porta el cadáver de su abuela hasta un hospital. Soporte vital es un buen relato.

 

22) Niños perdidos, de Irene Reyes-Noguerol (España. 1997). Reyes-Noguerol escribe un relato poético y potente sobre la infancia y la muerte de la madre. Reyes-Noguerol es la autora más joven de este conjunto y promete mucho.

 

23) Cerezos sin flor, de Carlos Manuel Álvarez (Cuba, 1989). Hace un par de años yo había escuchado hablar a Álvarez en la Casa de América de Madrid y me sorprendió la claridad y la madurez de su discurso. Cerezos sin flor es un grandísimo cuento sobre la nostalgia de la infancia y las personas que nos cuidan en ella. Cerezos sin flor me parece, tal vez, el cuento más talentoso de todo este libro.

 

24) Una historia del mar, de Diego Zúñiga (Chile, 1987). De Zúñiga había leído su novela policiaca Racimo, una obra prometedora. En Una historia del mar lo que parece un cuento sobre la épica de los perdedores, en este caso deportivos, se transforma pronto en un relato sobre los terrores de la dictadura chilena. Un cuento muy bien armado, muy potente.

 

25) Oda a Cristina Morales, de Cristina Morales (España, 1985). Morales habla aquí de mujeres que practican deportes de contacto. Al principio ‒este es uno de los relatos más largos del conjunto‒ parecen unas notas deslavazadas sobre una reivindicación feminista, pero, gracias al humor, va ganando enteros. Una narración muy libre que, pese a su estructura suelta, que hace que parezca estar escrito a buena pluma, acaba funcionando.

 

 

Tengo la impresión de que la labor de Granta más que la de la búsqueda de talento, es la de la confirmación del éxito. La mayoría de los autores aquí presentados han tenido ya un largo recorrido de premios, becas, reconocimientos y traducciones. En general, salvo cuando se ha buscado alguna diversidad curiosa, como la del guineano Estanislao Medina, Granta juega sobre seguro. También trata de marcar un discurso, prohibiendo temas, y premiando otros, por impostados que sean. Ahora mismo, escribir una novela sobre transexuales, sin ser transexual, me parece un tema convencional y trillado, y escribir una novela sobre violencia gratuita y chicos en un burdel me parece profundamente transgresor. Con el primer tema ‒anota esto, joven escritor‒ vas a conseguir reconocimientos y palmadas en la espalda que te digan que haces una literatura «valiente», y con el segundo solo rechazo y marginalidad. Joven escritor, si te obsesiona la violencia gratuita que sufres en tu país y quieres contarla, recuerda que tu personaje ha de ser transexual, o al menos no binario. Es posible que así puedas dar rienda suelta a tus obsesiones de escritor y conseguir, de paso, la beca a la creación y el ansiado reconocimiento.

¿Merece la pena leer este Granta, los mejores narradores jóvenes en español? Sí, merece la pena. En general, me parece que esta selección de Granta contiene grandes relatos y otros que no lo son tanto, o que no funcionan del todo, porque son fragmentos de novelas y no relatos. El nivel es bueno, con los altibajos señalados.