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domingo, 23 de marzo de 2025

Los testamentos, por Margaret Atwood

 


Los testamentos, de Margaret Atwood

Editorial Salamandra. 506 páginas; primera edición de 2019.

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino

 

En mi reseña anterior, dedicada a El cuento de la criada (1985), ya comenté que de Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) había leído dos de sus novelas menos famosas: Resurgir (1972) y Por último, el corazón (2015). Por fin me decidí y saqué de la biblioteca de Móstoles El cuento de la criada (1985), y su segunda parte Los testamentos (2019). Treinta y cuatro separan la publicación de ambos libros. Es muy posible que el éxito de la serie de Netflix de El cuento de la criada, que se estrenó en 2017, llevara a Atwood (quizás alentada por los productores) a escribir una segunda parte de su novela más famosa. Debemos saber también que Los testamentos se publicó el año que la autora cumplía ochenta años. Estas circunstancias hicieron que me acercara a esta segunda novela con algo de recelo.

 

Según el resumen de la contraportada, Los testamentos comienza cuando han pasado quince años desde los acontecimientos narrados en El cuento de la criada, pero en realidad el lector se enfrentará a las páginas de esta segunda parte sin unos referentes temporales demasiado claros del tiempo transcurrido entre una narración y otra. De entrada debería señalar que –por si alguien lo estaba esperando– Defred, la protagonista de El cuento de la criada, no aparece en Los testamentos, o aparecerá solo al final, como una referencia vaga, como un posible pariente de alguna de las protagonistas de Los testamentos. Este libro acabará usando el mismo recurso con el que terminaba El cuento de la criada: en un encuentro de historiadores del futuro, interesados en conocer el pasado de la república de Gilead, se comentarán algunos testimonios que les han llegado de esa época que desean analizar.

 

En Los testamentos se intercalan las voces narrativas de tres mujeres. La primera será la de Tía Lydia, personaje que sí que aparece en El cuento de la criada. Tía Lydia ejercía de jefa en el centro de formación para criadas al que acudió Defred. En Los testamentos, Tía Lydia es una mujer mayor, que vive en Casa Ardua –una especie de convento donde viven todas las Tías, que actúan como un cuerpo de sacerdotisas o monjas en la jerarquía de Gilead– y que ha decidido escribir un testimonio (algo que puede traerle problemas) sobre sus experiencias en Gilead. Antes de que el cambio de régimen tuviera lugar, Lydia era una reputada jueza, que tras el golpe de estado será conducida, al igual que otras muchas mujeres que se dedicaban a la justicia, a un campo deportivo. Allí tendrá que tomar la decisión de ser aniquilada o convertirse en un activo para el nuevo gobierno. Lydia debe, en la actualidad, relacionarse y tomar decisiones con el Comandante Judd, un personaje que –sabremos al final– quizás aparecía en El cuento de la criada, pero esto será solo una conjetura. Lydia, en el tiempo narrativo de la novela, parece cansada de la república de Gilead, que para ella está perdiendo sus valores (en los que quizás nunca creyó) debido a la corrupción moral de sus mandatarios, y parece dispuesta a trabajar por su caída. La Tía Lydia, en su texto manuscrito, que ha de esconder cada vez que deja de escribir, interpela a un hipotético lector del futuro.

La segunda narradora será Agnes Jemima, que empezará a contar su historia desde que es una niña de seis o siete años. Agnes ha nacido en la república de Gilead y –a diferencia de los personajes de El cuento de la criada– solo puede hablarnos de este mundo. Pertenece a una familia adinerada y su destino, después de acudir a una escuela de señoritas, donde no la enseñarán a leer y escribir (algo solo permitido en Gilead a las mujeres que ejercen de Tías), su destino será casarse con un Comandante. Al igual que ocurría en El cuento de la criada, en Los testamentos se nos muestra que Gilead vive en un estado de guerra continuo. Esta idea del «estado de guerra continuo» aparecía en 1984, donde George Orwell sostenía que era necesaria, aunque fuese falsa, para mantener a la población siembre sometida al poder. Los problemas en torno a sus orígenes y su identidad pronto empezarán para Agnes.

 

La tercera narradora es Jade, una adolescente de Canadá, que vive con sus padres, unos activistas en contra de las costumbres de Gilead, a las que consideran bárbaras. Es posible que Jade no sea quien realmente ella piensa que es y que su pasado (y también su futuro) tengan que ver mucho con Gilead. Pronto la trama de la novela hará que su aparentemente apacible vida en Canadá empiece a correr peligro.

 

Tanto Agnes como Jade serán narradoras orales, ya que están grabando sus recuerdos en magnetófonos, sin que los historiadores del futuro tengan demasiado claro si esas grabaciones se realizaron en uno de los refugios de Mayday, la asociación que lucha por la caída de Gilead desde dentro, aunque también con conexiones en el exterior.

 

Aunque el lector al principio piensa que las tres voces narrativas están evocando el mismo momento del tiempo, al final se dará cuenta de que no tiene por qué exactamente así. De hecho, durante gran parte de la narración sentí que Agnes y Jade era dos adolescentes de la misma edad, en el mismo momento del tiempo, para descubrir, más tarde que se llevan casi diez años. Con este detalle me ha parecido que Atwood demostraba gran pericia narrativa.

 

Como comenté al hablar de El cuento de la criada, en esta novela la tensión narrativa iba creciendo lentamente hasta acumularse de forma muy eficiente en el tramo final. En este sentido, Los testamentos es una novela más de «acción». Esto no evita que también haya reflexiones sobre el mundo creado y el lector conocerá nuevos detalles del funcionamiento de la república de Gilead. En este sentido, he tenido la sensación de que el mensaje crítico y antimachista de este libro se hace bastante más explícito en esta segunda novela que en la primera; resultando, por tanto, en este sentido El cuento de la criada una novela más sutil que Los testamentos.

 

En la página 354 leemos: «Por ejemplo, el lema de todo lo que había en el Muro solía ser Veritas, que significa “verdad” en latín, aunque luego habían borrado las letras con un cincel y las habían borrado con pintura.» En esta frase he querido ver un homenaje explícito de Margaret Atwood a su admirado George Orwell, porque en Rebelión en la granja también existe un muro en el que, al principio de su revolución, los cerdos escriben sus mandamientos animalistas, para, más tarde, ir acortándolos o tachándolos.

He leído Los testimonios con agrado y me ha parecido la obra de una escritora solvente, con mucho oficio, teniendo además consciencia de que había escrito esta novela ya cerca de sus ochenta años; pero es justo señalar que El cuento de la criada me ha parecido una obra más conmovedora, sutil y magistral en su planteamiento y desarrollo. En otras palabras: Los testamentos es una buena novela, mientras que El cuento de la criada es una obra maestra.

 

domingo, 16 de marzo de 2025

El cuento de la criada, por Margaret Atwood


 El cuento de la criada, de Margaret Atwood

Editorial Salamandra. 412 páginas; primera edición de 1985; esta edición es de 2017.

Traducción de Elsa Mateo Blanco

 

De Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) había leído dos libros: Resurgir (1972) y Por último, el corazón (2015). Fueron dos libros que me gustaron, aunque, desde luego, era consciente de que no me había acercado a los libros más emblemáticos de esta autora. Y que esos libros llegaran a mí tuvo más que ver con mi condición de reseñista aficionado, que recibe libros de las editoriales, que con una selección eficiente de mis lecturas. Desde hace tiempo me apatecía acercarme a la trilogía formada por los libros Oryx y Crake (2003), El año del diluvio (2009) y Maddadam (2013), o bien al díptico compuesto por El cuento de la criada (1985) y Los testamentos (2019). Los cinco libros están disponibles en la biblioteca de Móstoles y, al fin, en noviembre de 2024, decidí olvidar la montaña de libros que tengo en casa sin leer y saqué de la biblioteca El cuento de la criada y Los testimonios.

 

De entrada debería decir que no he visto la serie de Neflix, que tan popular hizo a este libro a partir de 2017. A pesar de esto, es cierto que resultaría difícil que el mundo creado por Margaret Atwood en este libro, a estas alturas, pille de nuevas al lector, porque sus propuestas son ya icónicas a nivel mundial. Sí que había visto un reportaje sobre la autora en la plataforma Filmin –lo volví a buscar y ahora mismo ya no está disponible–, y ella comentaba que las ideas que usa en El cuento de la criada las ha tomado de la realidad: por poder unos ejemplos, en la Rumania de Ceaușescu se prohibió el uso de métodos anticonceptivos; el robo de los bebés en la Argentina de Videla; o las prácticas de algunas sectas, en cuanto al trato hacia las mujeres. Era un momento muy estremecedor del documental aquel en el que Atwood le mostraba a la cámara recortes de periódico con esas noticias, que tenía guardados en una carpeta, del tiempo que escribía la novela, lo que empezó a hacer en 1984, en Berlín Occidental.

 

Atwood introduce al lector en su historia sin darle demasiados datos sobre cómo es el mundo que se nos presenta, o sobre cómo se ha llegado hasta ahí. Así que entiendo que para los primeros lectores del libro la experiencia tuvo que ser algo diferente que para los lectores actuales. Ya que para estos, como ya he comentado, muchas de las ideas de la novela ya forman parte del imaginario colectivo. Y el libro también será una experiencia diferente para aquellos lectores que se adentren en las páginas de la novela sin leer la sinopsis de la contraportada. Ya que en esta se clarifican algunos puntos clave del libro, que al lector le va a costar alcanzar. Por ejemplo, aunque la escritora es canadiense, la acción de la novela se sitúa en Estados Unidos, y el escenario principal de El cuento de la criada será la ciudad de Boston, cuyo nombre acabará apareciendo en el libro; pero no así, las instalaciones de la universidad de Harvard, lugar cercano a donde se encuentra la casa en la que vive la protagonista de esta historia, ejerciendo de «criada». «Intento imaginar en qué edificio se encuentra. Recuerdo la distribución de los edificios que se alzan al otro lado del Muro; antes, cuando era una universidad, podíamos caminar libremente por el interior.» (pág. 232). En el citado reportaje sobre Atwood, aparecía una conferencia que la autora daba en Harvard y decía que allí, cuando ella era joven, existía una biblioteca a la que no podían entrar las mujeres. Siguiendo la lógica en la que está planteada la novela, ese elemento de la realidad se tomó para la construcción de la novela, ya que en ella las mujeres tienen prohibida la lectura y la escritura, a no ser que sean «tías», que serían una especie de sacerdotisas que velan por el buen comportamiento de las otras mujeres, en el mundo muy jerarquizado de El cuento de la criada.

 

En los Estados Unidos de la década de 1980, un grupo de extremistas religiosos asalta el congreso y da un golpe de Estado. Desea restaurar una serie de «valores tradicionales» que chocan con el supuesto libertinaje de la época, y con las nuevas costumbres para las mujeres. En la nueva «teocracia puritana» que se va a imponer en el país o, al menos en una gran parte, en la que va a ser llamada la república de Gilead (que abarcaría, al menos, el noreste de los antiguos Estados Unidos), una de las primeras medidas será, por ejemplo, hacer desaparecer la independencia económica de las mujeres. Su dinero tendrá que ser administrado por sus maridos o, en el caso de no estar casadas, por un familiar varón. Huir a Canadá no va a ser una tarea fácil.

La novela empieza cuando ya han transcurrido algunos años desde que se perpetró este golpe de Estado y se ha consolidado la república de Gilead, aunque sigue existiendo una guerra permanente en las fronteras de la nueva nación. La narradora de la historia, de la que nunca sabremos su verdadero nombre –el nombre que tenía antes de que existiera Gilead– es Defred, una mujer de treinta y tres años que, en el nuevo régimen, ocupa el puesto de «criada». Fred es el nombre del Comandante en cuya casa vive. Su nombre, «Defred», indica un sentido de pertenencia a este cargo militar. En el futuro distópico del mundo planteado en la novela, las tasas de natalidad han bajado. Los motivos no acaban de quedar del todo claros: quizás la polución, quizás el tipo de armamento usando en las últimas guerras, o una mezcla de ambos. Los matrimonios son concertados en Gilead, y los Comandantes, el estamento social más alto, suelen unirse a jovencitas, recién salidas de la adolescencia, en muchos casos, que no siempre son fértiles. Al darse esta situación, como ocurre en la casa del Comandante Fred, cuya mujer tampoco es especialmente joven, estos matrimonios pueden solicitar los servicios de una criada. La única función de las criadas, que pueden permanecer en la casa de un Comandante durante un periodo máximo de dos años, será la de ser fecundadas por él y dar un hijo a la pareja. «Somos matrices con patas», llegará a decir de sí misma Defred. Por supuesto, las criadas no son bien vistas, ni apreciadas por las esposas, ya que su presencia en la casa supone admitir la existencia de un fracaso personal.

Las mujeres ya no pueden ejercer las antiguas profesiones liberales a las que se dedicaban antes de la republica de Gilead. Ahora son esposas; Marthas, que son las trabajadoras de las casas adineradas; criadas, que tienen una función reproductiva para familias pudientes que no pueden procrear por sí solas; o tías, que son un cuerpo de sacerdotisas, encargadas de disciplinar a otras mujeres. Fuera de este orden jerárquico, que nos mostrará Defred desde su propia experiencia, también existen las econoesposas, que son las mujeres de hombres de escala social inferior, y las mujeres que se han desechado como «no mujeres», por su edad u otra condición, y que han sido enviadas a islas, donde permanecen recluidas y han de realizar tareas poco recomendables, lo que las hará morir pronto.

 

El lector acabará sabiendo que la narración que lee, en realidad, es una trascripción de unas cintas de casetes, que unos historiados del futuro encontraron y que puede servir como testimonio de la extinta república de Gilead.

 

La historia está narrada en presente y cuando Defred recuerda el antiguo mundo anterior a Gilead, cuando rememora, por ejemplo, a Luke, su pareja, a su mejor amiga o a su madre, una feminista combativa, se saltará al pasado perfecto simple. Sin embargo, cuando estos recuerdos, sobre todo en lo que concierne a los primeros tiempos tras el golpe de Estados, se hacen más extensos, se vuelve a usar el presente simple.

Al principio, el lector entrará en una narración en la que se irán describiendo distintos aspectos de la nueva civilización que la autora ha creado, pero sin una línea argumental –más allá de esa descripción– muy clara. Sin embargo, según avance la historia, de un modo lento, pero inexorable, la tensión narrativa se hará cada vez más intensa. Y se crearán, por el camino, algunas imágenes de gran impacto visual: las personas ejecutadas, que se dejan colgando del Muro, por ser disidentes o haber cometido algún delito, para escarnio público; el ritual según el cual los Comandantes tienen relaciones sexuales con las criadas, en presencia de la esposa, o cómo una criada da a luz y el bebé es tomado por la esposa, como si fuera su propio bebé, son realmente espeluznantes.

 

Como ocurría en Por último, el corazón (2015), en El cuento de la criada Atwood también juega a inventar un vocabulario propio, que explique algunos conceptos del mundo que propone. Los hallazgos de Margaret Atwood en El cuento de la criada sobre los miedos, y los sufrimientos reales de las mujeres, en una sociedad patriarcal (también se habla aquí de los abusos que sufrían las mujeres en la Norteamérica real antes de Gilead), son muy destacables.

El cuento de la criada se publicó en 1985, y ahora, casi cuarenta años después, podemos ya hablar de clásico moderno; un clásico que entra, junto con novelas como 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley, en el panteón de la novela distópica.

 

domingo, 7 de febrero de 2021

Prestigio, por Rachel Cusk

 Prestigio, de Rachel Cusk

Editorial Libros del Asteroide. 200 páginas. 1ª edición de 2018.

Traducción de Catalina Martínez Muñoz

 

Ya comenté que saqué de la biblioteca Eugenio Trías los tres libros de la trilogía de Raquel Cusk (Canadá, 1967) sobre su alter ego Faye, y que los estaba leyendo seguidos. En realidad, los he leído como si se tratase de la misma novela. El título de la primera entrega, A contraluz, hablaba de la capacidad de la autora para observar el interior de las personas con las que se cruza, o más bien de la posibilidad azarosa de que estas personas le contasen sus intimidades. A contraluz transcurría en Grecia. El título del siguiente libro, Tránsito, hacía referencia a la propia vida de Faye, que estaba reformando su nueva casa en Londres, donde había ido a vivir con sus dos hijos después de su divorcio. En una frase de la  última página de esta segunda entrega, se insinuaba que la vida de Faye iba a cambiar: «Sentí el cambio debajo de mí, lejos, agitándose en lo más profundo, debajo de la superficie de las cosas, como las placas tectónicas moviéndose ciegamente sobre sus rastros negros.» Yo pensaba que quizás iba a cambiar su vida sentimental, porque parecía insinuarse que había conocido a un hombre que parecía interesarle lo suficiente. Pero, como ya he comentado en mis dos reseñas anteriores, el juego de Cusk en estos libros es el de esconder a su narradora y dejar hablar a las personas con las que se encuentra. Una lectura atenta de Prestigio me hace ver que no iba desencaminado; en la página 77 leemos que una periodista le dice a Faye: «He leído que ha vuelto usted a casarse –añadió–. Reconozco que me sorprendió. Pero no se preocupe, no voy a centrarme en lo personal.» El lector no sabrá nunca con quién se ha casado Faye, ni su interés como narradora pasa por revelárnoslo, ni por hablarnos de su nueva relación.

 

Prestigio empieza de un modo similar a A contraluz: Faye toma un avión porque la han invitado a un evento literario en otro país, y su compañero de asiento empieza a hablarle de su vida, hasta un punto de intimidad que puede llegar a romper las barreras del pacto de la ficción entre el autor y el lector. Ya he comentado en las otras reseñas que para disfrutar de estos libros de Rachel Cusk uno tiene que aceptar que los desconocidos, que la narradora va conociendo, están dispuestos a desgranar su vida íntima ante ella sin pudor, y que la capacidad de estas personas para analizarse a sí mismas es la propia (siempre) de grandes narradores orales.

 

Esta primera narración oral de la que va a disfrutar Faye y el lector con ella, me ha hecho darme cuenta de que un elemento en común en los tres libros, hasta el punto de que tiene un carácter unificador, es el de la importancia que tienen las mascotas en las vidas de las personas. Algunos de los narradores de estos libros sienten, por ejemplo, que su perro es un medidor del cariño existente entre ellos y sus hijos, o que el perro es una figura para los hijos más importante que alguno de sus progenitores. En más de un caso, los perros sufren malos tratos (en este sentido es estupenda y espeluznante la historia sobre un perro que atacaba la comida de sus dueños en A contraluz) y los golpes que reciben simbolizan las frustraciones más oscuras de las personas.

 

En Prestigio Faye se va a adentrar, de un modo más intenso y exhaustivo que como lo hizo en A contraluz, en el mundo de los festivales literarios. Principalmente, las personas que van a quedar retratadas en este libro serán editores, escritores, jefes de prensa o periodistas culturales. El título del libro no deja de ser irónico, ya que, en gran medida, parece –según lo que nos cuenta Cusk, camuflada tras la envoltura de Faye– que las personas que forman parte del mundo literario no suelen hablar mucho de la pasión literaria en sí misma, sino que hablan de su cansancio como actores de los eventos literarios que repiten en muchos lugares las mismas frases, o que hablan de dinero o de sus relaciones. La musa está en otra parte, pero no en los festivales literarios, ni entre los propios escritores. Sin embargo, esta mirada al mundo de la literatura desde dentro, de un modo en principio aséptico, pero que no deja de ser ácido, va a dar algunas de las páginas más interesantes de esta trilogía. «Nuestro mayor éxito ha sido el Sudoku», le confiesa un joven y talentoso nuevo editor a Faye. Los dos saben que la solvencia que los libros de Sudoku han dado a la empresa es lo que ha permitido, en gran medida, que la editorial se pueda permitir arriesgarse con propuestas como puede ser la del libro de Faye, que es el motivo por el que ella se encuentra en este festival. Este libro ha de ser, en la realidad, A contraluz, pues un periodista quiere entrevistar a Faye usando una técnica que ella usaba en un taller de literatura impartido en Atenas y narrado en el libro que se presenta en el nuevo festival y que el lector atento conoce.

En la página 99 de Prestigio aparece Ryan, un escritor irlandés con el que el Faye ya se encontró –y conversó, por supuesto– en Atenas, en otro festival, lo que fue narrado en A contraluz. Ryan era entonces un profesor universitario que le confesaba a Faye que le gustaba más disfrutar de los festivales literarios que de escribir. Ahora, unos años después, se ha convertido en un escritor de éxito, gracias a un libro firmado con seudónimo, junto con otra autora; por supuesto, hablando de un tema de actualidad. «No sabía si yo había probado a correr alguna vez, pero era muy parecido a meditar: se había puesto de moda escribir sobre eso, y pensaba intentarlo si encontraba el momento.», le dirá en la página 105, tratando ya de emular a Haruki Murakami y queriendo escribir sobre otro tema de moda. En un momento dado se cita al escritor austriaco Thomas Bernhard, y aquí parece haber una pista sobre el verdadero tono ácido de lo contado.

 

Cuando Faye tiene que entrevistarse con un periodista se dará la paradoja de que serán los entrevistadores los que acabarán contándole su vida a la persona que han de entrevistar, y Faye le ocultará al lector las propias palabras que ella le ha dado al entrevistador.

Es interesante la reflexión que hace un crítico en la página 157 según la cual los escritores valoran sus obras según el éxito que tienen ante el público.

El tramo final del libro es un alegato antimachista, puesto que una traductora le va a narrar a Faye la historia de maltrato que ha sufrido con su exmarido. Como es costumbre, Faye no juzga las historias que recibe, solo las reproduce y tendrá que ser el lector quien las juzgue si así lo desea.

 

Ya he señalado algunos «peros» de esta trilogía de Rachel Cusk, en resumen serían que a veces se rompe el pacto de credibilidad narrativa entre el autor y el lector, porque el lector ha de aceptar que todos los personajes con los que se cruza la narradora están dispuestos a desnudar su intimidad ante ella, y que todos estos interlocutores tienen una capacidad de autoanálisis sorprendente. Además la narración puede resultar un tanto fría, porque Faye no opina sobre lo narrado, simplemente lo reproduce. Como narración tradición estos libros serían novelas fallidas, porque en ellos no hay evolución del personaje y no hay puramente tensión narrativa, sino una repetición de un juego narrativo (el del encuentro con el otro). Sin embargo, estos relatos que Cusk nos cuenta sobre esos personajes con los que se encuentra Faye contienen altas dosis de tensión narrativa y de momentos brillantes. Así que esta trilogía sería, en gran medida, un conjunto de cuentos hilvanados de un modo artificioso. La mayoría de estos cuentos son muy buenos.

 

domingo, 31 de enero de 2021

Tránsito, por Rache

 

Tránsito, de Raquel Cusk

Editorial Libros del Asteroide. 221 páginas. 1ª edición de 2016; ésta es de 2017.

Traducción de Marta Alcaraz

 

Ya comenté la semana pasada que tomé prestado de la biblioteca Eugenio Trías, situada en el parque del Retiro en Madrid, la trilogía de Raquel Cusk (Canadá, 1967), formada por A contralúz, Tránsito y Prestigio, que le ha publicado en España Libros del Asteroide.

Después de acabar A contralúz empecé con Tránsito. La narradora de esta segunda entrega es la misma que la de la anterior; una escritora llamada Faye (igual que la otra vez, su nombre solo aparecerá hacia el final de la novela), que tras su divorcio ha dejado la campiña inglesa con sus dos hijos y se ha instalado en Londres, ciudad en la vivió años atrás. En A contralúz, Faye viajaba a Grecia, para dar un curso de literatura creativa y la novela retrataba a las personas con la que ella se relacionaba en este viaje, y que tendían a hablar de sí mismas sin pudor y con una gran capacidad de análisis.

Ya comenté que, aunque el libro me acabó gustando, tuve la sensación de que A contralúz se le podían achacar algunas imposturas: que todas las personas con las que Faye se cruzaba se abrieran ante ella a un nivel de profundidad similar, y que todas pudieran conocerse a sí mismas con gran capacidad de detalle y de autoanálisis; además, casi todas tenían problemas similares (parejas, divorcios, hijos…); por añadidura, aunque muchas eran griegas no parecían tener mayores dificultades en hablar, con la profundidad comentada, en inglés (también es posible que en Grecia el «nivel medio/alto» de inglés de los currículums sea diferente al de España).

 

En A contralúz, Faye está tratando de comprar una casa en Londres, y en plena clase en Atenas recibe una llamada de su banco para comunicarle que le han denegado la ampliación de su hipoteca. En Tránsito, ya ha comprado esta casa y está reformándola.

Durante la primera parte de esta segunda novela, Faye nos hablará de algunos de sus encuentros con el agente inmobiliario y el contratista de la reforma. En estas páginas, la propuesta de Cusk me ha recordado un poco a algunas reflexiones que el escritor Richard Ford hace en su serie de novelas protagonizadas por Frank Bascombe, que se dedica –precisamente– a vender casas. Bascombe reflexionaba sobre las esperanzas a veces desmesuradas que las personas tienen en cambiar de vida al mudarse de casa, y reflexiones similares recoge Faye de su agente inmobiliario y también de su contratista. Lemos en la página 145: «Lo que Gavin entendía era lo vulnerable que eras cuando tenías la casa hecha jirones. Es como estar en una mesa de operaciones, dijo Amanda», y sobre esta mesa de operaciones trata en gran medida Tránsito (el propio título nos indica que la protagonista se siente en un momento de cambio en su vida).

 

Debería decir, desde ya, que en esta ocasión la propuesta de Rachel Cusk me ha parecido más conseguida, o al menos yo he entrado mucho mejor en ella. Faye sigue hablando poco de sí misma y recogiendo las historias que los demás le transmiten. Ahora el escenario es Londres y no Atenas, así que la barrera del idioma no existe, y cuando da voz a algunos de los obreros que trabajan en su casa, como Pavel, que es polaco, sí quedan registradas sus dificultades con el inglés.

 

            En algún momento, el deseo de ocultarse de la narradora resulta misterioso y también desconcertante. Por ejemplo, se relata un encuentro literario en el que dos escritores y Faye tienen que dar una charla sobre sus últimos libros a un público. Faye registra las historias que cuentan sus dos compañeros de oficio (ya conté al comentar A contralúz que Faye es escritora, y que actúa como una especie de alter ego de Rachel Cusk), que son buenas narraciones, que actúan dentro de la novela como narraciones cortas de gran potencia, pero a la hora en la que le toca hablar a ella dice que va a leer un texto que trae preparado de casa y no lo muestra en la novela. «Leí en voz alta lo que había escrito. Cuando hube terminado, doblé los papeles y volví a meterlos en el bolso mientras el público aplaudía.» (pág. 100). Este juego en el texto puede azuzar la curiosidad del lector, ¿habrá hablado de su divorcio, que fue el tema de sus anteriores novelas, como Despojos. Sobre el matrimonio y la separación (publicado recientemente en España por Libros del Asteroide)? Poco después sucede algo que más que curiosidad puede mover al desconcierto del lector: el moderador del evento literario se empeña en acompañar a la autora hasta su hotel, y Faye parece darle indicaciones de que no quiere un encuentro sexual, «Me detuve antes de subir. Le di las gracias por acompañarme, me giré y enfilé los escalones» (pág. 111), poco después: «Su cuerpo alcanzó el mío; me empujó contra la puerta y me besó». Se describe esta escena, los olores, la presión de los cuerpos; y, por fin, Faye le da las buenas noches al moderador, entra en el hotel y cierra la puerta. Esto es todo, Faye no hará ningún comentario sobre el comportamiento de su acompañante. Lo ocurrido no será juzgado de ningún modo. Será el lector el que tenga que interpretar la escena o las emociones de su narradora. En estos momentos es cuando la propuesta de Cusk me resulta más artificiosa, más producto de una fórmula preconcebida que fruto de emociones profundas, y estas ausencias de juicios de valor sobre lo que protagonista ve, en más de una ocasión, he tenido la sensación de que restaban verdad narrativa a la propuesta. En cierto modo, me ocurrió algo parecido al leer los libros autobiográficos de J. M. Coetzee, Infancia y Juventud, sobre todo con una escena de Juventud en la que Coetzee en Londres se acostaba un día con un hombre y decía algo como «así que esto es lo que siente uno al acostarse con un hombre», y no había ninguna reflexión más sobre este episodio homosexual en una vida heterosexual. Así que al final, tanto Coetzee con Cusk se enfrentan a la experiencia vital desde una mirada un tanto lejana y fría que puede no convencer a algunos lectores.

 

Sin embargo, en Tránsito se filtran más elementos de la vida de Faye que los que se mostraban en A contralúz. Es interesante el retrato de sus vecinos de abajo, que han establecido con ella una mala relación. Faye irá a la peluquería y también nos narrará la conversación que tendrá con el peluquero, que vuelve a ser un interesante relato corto sobre relaciones personales y la idea de la maduración personal.

 

Me ha gustado el capítulo en el que Faye recibe a una estudiante en su casa y ésta le habla de su fascinación por el pintor norteamericano Marsden Hartley. La estudiante cuenta la vida del pintor y son páginas muy buenas. Lo he buscado en internet y he descubierto que Marsden Hartley, al que no conocía, es un personaje real.

 

Aunque en muchas escenas, Faye no emite ningún juicio sobre sus interlocutores, hay algunas apreciaciones que hace sobre ellos que me han parecido certeras y bellas. Por ejemplo ésta: «Amanda tenía un aspecto juvenil sobre el que la pátina de la edad parecía torpemente aplicada; era como si, más que envejecer, la hubieran tratado sin el debido cuidado, como la fotografía arrugada de una niña.» (pág. 141), o ésta: «Lo malo de ser sincero, dijo Julian, es que tardas mucho en darte cuenta de que los demás saben mentir.» (pág. 87)

 

Faye también da clases en un taller literario fuera de casa, y nos relatará las ideas, relatos y proyectos de sus alumnos. Sin embargo, nunca le contará al lector sobre qué está escribiendo o leyendo ella. En algún momento me ha exasperado un poco que esta escritora de éxito no se acerque a ningún libro; en un escena sale de casa y tiene que esperar a una amiga más de una hora en un café y no se ha llevado un libro para leer mientras (¿qué clase de escritor verdadero hace eso?). Sin embargo, sí sabremos que hay muchos libros en su casa y en un momento dado cita a Samuel Beckett (lo que ha contribuido a que me pueda tranquilizar).

 

En el último capítulo hay más diálogos que en el resto del libro y fluye muy bien. Una frase de la última página me intriga: «Sentí el cambio dentro de mí, lejos, agitándose en lo más profundo, debajo de la superficie de las cosas, como las placas tectónicas moviéndose ciegamente sobre sus rastros negros.» (pág. 221).

Esta trilogía va a más y esta misma noche, cuando termine de escribir esta reseña y cene, empezaré con Prestigio.

A contraluz, por Raquel Cusk

 

A contraluz, de Raquel Cusk

Editorial Libros del Asteroide. 218 páginas. 1ª edición de 2014; ésta es de 2016.

Traducción de Marta Alcaraz

 

La primera vez que oí hablar de Raquel Cusk (Canadá, 1967) fue en un artículo de Alberto Olmos. En una de sus columnas de Mala fama, escribía sobre literatura femenina y destacaba la trilogía de Raquel Cusk, formada por A contraluz, Tránsito y Prestigio, publicadas en España por Libros del Asteroide.

 

En septiembre del 2020 visité la biblioteca Eugenio Trías, ubicada dentro del parque del Retiro en Madrid, y al ver que estaban disponibles los tres libros los saqué en préstamo.

 

Una escritora inglesa recibe una invitación para impartir un curso de literatura creativa en Atenas. Sobre este viaje a Grecia y los encuentros que va a tener con diversas personas trata esta novela. Rachel Cusk nació en Canadá en 1967, pasó su infancia en Los Ángeles, y en 1974 su familia se trasladó a Reino Unido, donde ha seguido viviendo hasta la actualidad. Así que la experiencia vital de Cusk es más la de una escritora inglesa que canadiense. Al leer A contraluz el lector puede pensar que la escritora protagonista de la novela es la propia autora. Diría que Cusk juega a este equívoco. Durante la mayoría de las páginas del libro, sin embargo, la narradora no desvela su nombre, pero en la página 186 –ya cerca del final– se revelará que se llama Faye, y que, por tanto, se marca así una distancia entre escritora y narradora.

Alberto Olmos llamó a esta trilogía de Cusk «autoficción del otro». En gran medida, la apuesta de Cusk es la de ocultar la vida y los pensamientos de su narradora para dar voz a las personas con la que se encuentra.

 

Faye toma en Londres un avión camino de Atenas, y su «compañero de vuelo» (así será designado en toda la novela) le empieza a contar su vida. Proviene de una familia griega, que cuando él era niño emigró a Inglaterra y se educó allí. Ahora, de nuevo, vive en Grecia. El compañero de vuelo le empezará a narrar su vida a una desconocida hasta unos grados de intimidad desconcertantes. Principalmente, le hablará de sus exmujeres y procesos de divorcio. En algún momento la narradora se cuestionará, ante sí misma, por la verosimilitud de lo que está escuchando, presuponiendo que su compañero de vuelo está adornado alguna historia, para quedar mejor él que sus exmujeres. En los días que va a pasar en Grecia, y que van a constituir el tiempo narrativo de la novela, el compañero de vuelo llamará a Faye más de una vez para sacarla a navegar en su barco, y seguir contándole la historia de su vida.

 

Al principio, durante los primeros capítulos de A contraluz, la propuesta de Rachel Cusk me estaba pareciendo un tanto artificiosa. Ella no cuenta casi nada de sí misma, pero en cambio nos describe de forma detalladas las conversaciones que tiene con las personas que se va encontrando, y estas conversaciones –muy lejos de estar constituidas por banales conversaciones de ascensor– siempre son a corazón abierto, y tratan principalmente de las relaciones de pareja y su final, y de los hijos.

En Atenas, Faye quedará con Ryan, un amigo escritor irlandés, con el que hace tiempo que no se ve, y éste también le contará sus intimidades y los altibajos de sus relaciones. En este caso, al tratarse de un escritor, que además comparte idioma materno con la protagonista de la novela, la propuesta parece tener más sentido lógico: Ryan sí posee la profundidad de reflexión y la capacidad lingüística para expresarse como lo está haciendo; algo más dudoso en el caso del compañero de vuelo.

 

En realidad, se dinamitan en A contraluz algunos de los principios lógicos de la construcción de una novela: si nos fijamos en la historia de Faye, en el avance anecdótico de lo contado, esta novela carecería de tensión narrativa. Además, los personajes con los que se encuentra la narradora se sinceran con ella de un modo muy rápido, y con una gran capacidad de análisis sobre su vida, algo que no parece muy realista.

En el curso de escritura creativa, los alumnos de nuestra escritora también contarán historias sobre ellos mismos. Me estaba extrañando que, siendo estos alumnos griegos de diversas edades y condiciones, ninguno tuviera problemas con el inglés, idioma en el que se imparte el curso. El compañero de vuelo, que se ha educado en colegios ingleses, sí comete algún error con el idioma, algo que queda registrado para el lector, pero no lo hacen los alumnos griegos del curso literario. Hacia el final de la novela, Faye se encuentra con otra escritora que también ha acudido a la ciudad para impartir un taller literario y saca este tema; dice la nueva escritora: «No estaba muy segura de cómo iría lo de la barrera lingüística: escribir en un idioma que no era el tuyo se le hacía extraño. Ver a la gente obligada a utilizar el inglés casi te hacía sentir culpable, pensar en esa parte de ellos que perdían con la traducción, como quien, expulsado de su hogar, debe llevarse solo lo imprescindible.» (pág. 203) Me ha gustado leer esta reflexión, porque hasta entonces (en la página 203 solo quedaban 15 para el final) esta barrera del idioma no parecía existir. Faye queda con personas griegas y con ellas se establece una conversación en inglés con total naturalidad; de hecho, parecía hasta extraño cuando, estando en un restaurante, nos cuenta Faye que su interlocutora se pone a hablar en griego con un camarero, cuando lo lógico –según alguna implacable lógica anglosajona– sería que cualquier persona, de cualquier rincón del mundo, pudiera expresarse, con un gran nivel de hondura, en inglés.

 

La narradora, sin embargo, bajará la guardia en algún momento y nos dejará ver algunos de los problemas de su vida personal: ha sufrido un proceso de divorcio no hace mucho, y se ha tenido que trasladar con sus dos hijos del campo a Londres. En la gran ciudad, tiene problemas para poder comprar una vivienda.

 

He señalado algunos de los artificios de la construcción novelística, que han hecho que me costara aceptar la propuesta. Sin embargo, en algún momento he aceptado el pacto narrativo que debía establer con Cusk, me he relajado y he acabado disfrutando de A contraluz. Rachel Cusk podía haber elegido escribir un libro de relatos, cuyos cuentos fuesen las historias que ha puesto en la boca de los interlocutores de Faye en la novela. Estas historias son buenas en su mayoría, tienen profundidad y fuerza, y están contadas por una gran narradora. Pero, quizás resulte más difícil, como ya he apuntado, hacerle creer al lector que alguien puede cruzarse en un viaje de varios días con un número azaroso de personas y que todas hablen (más de la mitad en un idioma además que no es el suyo) con tanta coherencia y hondura de sus relaciones personajes o sus hijos. En algunas narraciones se entra de refilón la mala situación económica de Grecia, pero éste no parece un tema que le interese mucho a Cusk, cuyas obsesiones se vuelvan sobre las relaciones de pareja y la evolución de los hijos.

A contraluz, tras alguna reserva sobre su construcción, y lejos de parecerme una novela perfecta o revolucionaria, me ha acabado gustado cuando he decidido rebajar mi capacidad de análisis sobre su verosimilitud, y me he dejado seducir por la fuerza de las pequeñas historias que contiene. Ya estoy con Tránsito, la segunda novela de la trilogía. En unos pocos días os cuento qué tal.

 


domingo, 10 de noviembre de 2019

La vida de las mujeres, por Alice Munro


La vida de las mujeres, de Alice Munro

Editorial Lumen. 373 páginas. 1ª edición de 1971; ésta es de 2011.

En 2013 Alice Munro (Wingham, Ontario, Canadá, 1931) ganó el Premio Nobel de Literatura. Un par de años antes yo había leído su colección de cuentos El amor de una mujer generosa (1998). Fue un libro que me gustó mucho y me hizo pensar que debía leer más libros suyos. Munro es una escritora a la que, a pesar de haber escrito dos novelas, se la considera principalmente una escritora de cuentos. De hecho, en las navidades de 2012 compré, en el rastrillo benéfico del colegio en el que trabajo, la novela La vida de las mujeres convencido de que era una colección de cuentos, porque en aquel momento pensaba que Munro solo se había dedicado a este género. Me decepcionó darme cuenta de que era una novela, y creo que por este motivo la había dejado olvidada en mis estanterías de libros por leer y no me había acercado a ella hasta ahora. A mí mismo me sorprenden los motivos por los que abrimos un libro u otro, porque lo cierto, y lo digo desde ya, rompiendo el orden lógico de la reseña, me ha gustado mucho esta novela.

La vida de las mujeres es el segundo libro publicado de Alice Munro, y apareció en 1971. Su primer libro es la colección de cuentos Dance of happy shades (1968). Así que, compruebo ahora, Munro empezó a publicar tarde, cuando ya tenía treinta y siete años. La vida de las mujeres es, por tanto, una primera novela; pero, en ningún caso, muestra ningún titubeo de escritora primeriza, sino que, muy por el contrario, está escrita con mano precisa.

La narradora de esta novela es Del Jordan, una niña (y más tarde una joven) que evoca su vida en el pueblo de Jubilee (Ontario, Canadá) desde que tiene unos ocho años hasta los dieciocho. La novela se divide en siete capítulos y un epílogo. En cada uno de los capítulos, Del nos narra algún suceso significativo de su pasado, algún suceso que le va a marcar y que seguirá recordando cuando sea una adulta. La narración de la novela sigue un orden cronológico. En el primer capítulo –titulado Flats Road– Del debe tener entre ocho y diez años (no se acaba de dar este dato) y en el último –Bautizo– tiene (de forma más clara) dieciocho y tendrá que enfrentarse a sus exámenes de ingreso en la universidad.
Leí de una sentada Flats Road y tuve la impresión de que era un relato perfecto, un relato largo, con la estructura de novela concentrada que caracteriza la narrativa breve (o no tan breve, porque sus relatos suelen tener 30-60 páginas) de Munro. De hecho, cada capítulo de este libro está escrito como si se tratase de un relato largo y que podría funcionar como una narración independiente. Sin embargo, La vida de las mujeres sí que es una novela, puesto que cada capítulo (o relato) está unido a los siguientes por la misma voz narrativa, por el mismo entorno narrativo y por la evolución temporal.

Si bien en los primeros capítulos prevalece la mirada sobre el mundo de una niña en contacto con la naturaleza (en la primera página del libro estará, junto con su hermano, cazando ranas para su tío Benny, que las usará para pescar), según avanza la novela los intereses y las reflexiones sobre el mundo serán las de una adolescente.
En el libro aparecen personajes masculinos: el tío Benny, que en realidad no es un familiar de Del, sino un empleado de su padre; y también aparece su padre, un granjero que se dedica durante los años de la Segunda Guerra Mundial (escenario de fondo de la novela) a criar zorros para vender sus pieles. Pero, principalmente, Del hablará de las mujeres que la rodean. Así la figura de la madre es mucho más importante en este libro que la del padre. La madre es una mujer moderna para la época (década de 1940 en Canadá), que cree en la cultura y que se declara no creyente (o agnóstica) en una pequeña ciudad donde (a pesar de los diferentes cultos) cada vecino procesa una religión.
En el primer capítulo, Del se fijara en el comportamiento agresivo de una adolescente que se casará con el tío Benny (que ya tiene treinta y siete años) y a la que conoce gracias a un anuncio de un periódico.
En el segundo capítulo, Del hablará de la vida de sus tías solteronas, que le parecen personas libres, y en la importancia que dan a su hermano, el tío Graig. Es éste un personaje petulante: «A menudo me tomaba por frívola y estúpida, pero no me importaba demasiado; había en su juicio algo grande e impersonal que me hacía libre. Él mismo no se sentía dolido ni menoscabado en ningún sentido por mi deficiencia, aunque la señalara. Esa era la gran diferencia entre decepcionarlo a él y decepcionar a alguien como a mi madre, o incluso a mis tías. El egocentrismo masculino hacía que me sintiera relajada en su compañía.» (pág. 50)

Al entrar en la adolescencia, Del y su amiga Naomi empezarán a sentir interés por el sexo y por la vida privada de los adultos. Así observarán a Fern Dogherty, una mujer soltera que la madre de Del (que ha empezado a vivir en una casa diferente a la de su padre) tiene como inquilina, y a la que relacionan con un hombre del pueblo; o en la señorita Farris, una profesora del instituto, una solterona, que cada año monta una opereta con los alumnos. Del se irá fijando en distintos modelos de mujer y empezará también a luchar contra los roles de género a los que el ambiente de su pueblo parecen querer relegarla. «El odio de los chicos era peligroso, era penetrante y vivo.», con estas palabras empieza el capítulo Cambios y ceremonias en la página 173.
La novela se abre a la ambigüedad cuando la adolescente Del relata su relación con el señor Chamberlain (el hombre que corteja a la inquilina de su madre, Fern Fogherty), que para el lector adulto es un acosador de menores, pero cuyos abusos de carácter sexual son vividos por Del como una aventura excitante. En este sentido La vida de las mujeres no cae nunca en la mojigatería.  Del, por ejemplo, también habla con naturalidad de la masturbación femenina; algo que, imagino, sería un tabú para la Canadá de 1971.
Resurgir, la segunda novela de la también canadiense Margaret Atwood se publicó en 1972, un año después de La vida de las mujeres, y en su sentir feminista la he sentido unida en temática a la novela de Munro (aunque sus enfoques son bastante diferentes).
En la página 260, la madre de Del le dirá: «Creo que va a haber un cambio en la vida de las niñas y de las mujeres. Sí. Pero depende de nosotras que se produzca. Todo lo que las mujeres han tenido hasta ahora ha sido su relación con los hombres. Eso es todo. No hemos tenido más vida propia, en realidad, que un animal doméstico.»
Del empezará a tener relaciones con jóvenes. Al principio convertirá en su amigo, al chico con las notas (y el cociente intelectual) más alto del instituto, un chico que sobresaldrá sobre todo en asignaturas de ciencias y que no podrá evitar mirar con superioridad a Del, porque ella destaca sobre todo en asignaturas de letras. Al final, Del  vivirá un primer amor puramente físico, un amor que ella pensará que vive con libertad, pero le asustará comprobar hasta qué punto su pareja la ha encasillado dentro de los convencionalismos de la época. «Me quedé asombrada, no porque estuviera peleando con Garret, sino porque alguien hubiera cometido el error de creer que tenía verdadero poder sobre mí.» (pág. 349)

Al final, Del comprenderá que su deseo es el de escribir una novela. Alice Munro ha dicho de esta novela que es «autobiográfica en la forma, que no en los contenidos.» Cuando Munro describía a personajes peculiares yo sentía la mano de la escritora sureña norteamericana Flannery O´Connor. En la propia solapa del libro se dice que Alice Munro se declara en deuda con escritoras como Flannery O´Connor, Katherine Anne Porter y Eudora Welty.

La vida de las mujeres me ha parecido una bellísima novela de iniciación. Muro describe el pueblo de Jubilee y a sus gentes con mucha fuerza, con mucho sentido del ritmo y con apreciaciones muy inteligentes sobre la vida y el paso de la niñez a la juventud. La vida de las mujeres es una novela valiosa y que me hace pensar que no ha de pasar mucho tiempo hasta que vuelva a leer alguna colección de relatos de Alice Munro.

domingo, 16 de abril de 2017

Por último, el corazón, por Margaret Atwood

Editorial Salamandra. 412 páginas. 1ª edición de 2015, ésta es de 2016.
Traducción de Laura Fernández Nogales

Si la semana pasada hablaba de Resurgir (1972), la segunda novela de Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939), hoy comentaré su última novela, Por último, el corazón, que apareció en 2015, y por tanto más de cuarenta años después de Resurgir. Solo he leído, por ahora, estas dos novelas de Atwood, pero he estado buscando información sobre ella, y creo que Por último, el corazón se asemeja en mayor medida a sus libros más famosos que Resurgir. Como ya conté la semana pasada, me estaba interesando conocer la obra de esta autora canadiense, y le solicite Resurgir a la editorial Alianza y Por último, el corazón a la editorial Salamandra. Con amabilidad y diligencia, ambas me hicieron llegar sus libros; muchas gracias por ello.

A Stan y Charmaine, una pareja de treintañeros, la crisis económica les ha llevado a perder su casa y tener que vivir en un coche. Cuando duermen en él, no deben bajar la guardia ya que pueden sufrir el ataque de «los mosquitos, las bandas y los gamberros solitarios» (pág. 13). Aún tienen algo de dinero para comer y para la gasolina porque Charmaine trabaja como camarera en un bar decadente. «Han aparecido unos cuantos propietarios de coches tirados en la gravilla: apuñalados, con la cabeza aplastada, desangrados hasta morir. Ya nadie se preocupa por esos casos, por investigar quién lo ha hecho, porque eso conllevaría tiempo y sólo los ricos se pueden permitir tener policía.» (pág. 28). La realidad que plantea Atwood al comienzo de la novela se parece mucho a la de una novela distópica sin llegar a serlo, porque la verdad es que, en principio, todo lo que se cuenta aquí podría estar ocurriendo ahora mismo ahí fuera.
Si en Resurgir me llamó la atención cómo la autora destacaba la personalidad canadiense frente a la norteamericana, en esta novela no se habla para nada de ella, y todo apunta a que está ambientada en Norteamérica, con personajes norteamericanos. En la página 19 se nos informa de que Stan y Charmaine proceden de «la zona nordeste del país», y si yo al principio (tras mi lectura de Resurgir) había supuesto que se refería a Canadá, la lógica de la novela lleva a considerar que se trata de Estados Unidos.

Stan y Charmaine van a tener la oportunidad de unirse al Proyecto Positrón, que parece especialmente diseñado para rescatar de la calle a personas como ellos. Para que en la actualidad un trabajador manual estadounidense resulte competitivo es necesario que su sueldo se reduzca a la mínima expresión; es decir, solamente será productivo si de forma voluntario acepta convertirse en un esclavo, o bien en un preso que en la cárcel trabaja tan solo por el alojamiento y la comida. Como no se pueden conseguir todos los presos que serían necesarios para que la economía reflote, desde el Proyecto Positrón han tenido la siguiente idea: crear una ciudad cerrada, con dos partes, la zona residencial (llamada Consiliencia) y la cárcel. Cada mes los habitantes de la cárcel y la zona residencial cambiarán sus roles. Existen muchas reglas en Consiliencia, entre ellas que el contrato que firman los participantes en el proyecto les vincula a él para siempre, no se pueden comunicar con el mundo exterior y tampoco pueden establecer contacto con sus «alternos», que son las personas que habitan en la casa de uno mientras los primeros inquilinos están en la cárcel. Al principio todo parece ir bien para Stan y Charmaine. Vuelven a poder tener la nevera llena y dormir en una cama. Es cierto que la música, las películas y la parafernalia de Consiliencia remiten a la felicidad edulcorada de la década del cincuenta del siglo XX norteamericano y que a Stan no le gustan las canciones de Doris Day, pero ésta parece una pequeña incomodidad respecto a la vida en la calle que han dejado atrás.
Como el lector ya habla supuesto, el ideal que presenta la vida en Consiliencia se acabará rompiendo para Stan y Charmaine, pero su rechazo a los principios del Proyecto no será obvio ni rápido. Cuando el relato se acerca a los pensamientos de Charmaine podemos leer apuntes como los siguientes: «No ocurría nada malo en Consiliencia. Lo terrible estaba en el exterior; por eso se habían metido allí, para escapar de aquello.» (pág. 169); y cuando el lector se acerca a los pensamientos de Stan: «No es que la libertad y la democracia le importen una mierda, pero a él no le han servido de mucho.» (pag. 227).

Por último, el corazón es una novela política, pero ‒y aquí se establece un matiz importante‒ no solo es una novela política. El nombre de Consiliencia hace referencia a la unión de dos conceptos: «concesión» y «resiliencia». No es una elección inocente la de Margaret Atwood. Uno debe hacer concesiones para salir adelante, y además ha de pensar en positivo; es decir, ha de ser «resiliente», un término que se ha incorporado al vocabulario empresarial durante la última década. Ya sabe usted, hay que ser positivo y por tanto resiliente ante lo que no nos gusta (aunque pueda tratarse de abusos de nuestros derechos básicos), porque de lo contrario usted se convertirá en una persona tóxica para sus compañeros y el sistema. Quejarse no es propio de resilientes, sino de débiles. ¿Quién necesita un sindicato o un comité de empresa pudiendo ser positivo y resiliente? Por último, el corazón, en una primera instancia, se puede leer como una crítica a los dogmas neoliberales del emprendimiento y el deseo de culpabilizar al pobre por los abusos que sufre. Pero la novela acaba rompiendo las expectativas del lector, al menos del que yo era como lector novato de Atwood. Al haber leído solo un libro de la seriedad de Resurgir, y saber que Atwood es una admiradora de escritores como George Orwell, me esperaba que después del primer capítulo del libro, de corte dramático, la novela se iba a convertir en un duro alegato en contra del liberalismo económico y del control por parte del Estado, pero, lo curioso, es que la novela avanza hacia otros derroteros, que me han resultado un tanto inesperados. Por último, el corazón si bien empieza como una distopía política se acaba convirtiendo en una comedia negra sexual, no exenta en cualquier caso de crítica al sistema, pero la crítica se hace más amplia que a la meramente política, y acaba siendo una crítica tanto al sistema capitalista como a la explotación sexual y al control mental, derivados en gran parte del juego de roles sexuales.

Por último, el corazón está escrito con un estilo desenfadado. Su lenguaje recrea, en gran medida, los pensamientos de los personajes, mediante el recurso del estilo indirecto libre, y así la narradora va alternado capítulos contados desde el punto de vista de Stan con los del punto de vista de Charmaine. En esta prosa fluida ‒no exenta de pensamientos brillantes‒ abundan los vulgarismos y también las preguntas retóricas que los personajes, siempre en un estado de incertidumbre perpetua, se lanzan continuamente a sí mismos.

Por último, el corazón también es una novela de ciencia-ficción, y no solo por su dibujo de la nueva polis neoliberal, sino por su descripción de un mundo lleno de robots sexuales y de operaciones mentales que pueden conseguir que una persona ame para siempre a otra.


Ya he comentado que Por último, el corazón ha roto con mis expectativas de lector, porque me esperaba una lectura tensa y oscura del estilo de La carretera de Cormac McCarthy y me he encontrado, en cierto modo, con eso, pero también con muchos más caminos narrativos inesperados. Lo cierto es que me costaba creer que una escritora de setenta y seis años en el momento de publicación de este libro pudiera escribir de un modo tan desenfadado, punzante y humorístico sobre nuestro mundo y tener las intuiciones que muestra sobre el futuro cercano. He llegado tarde a Margaret Atwood pero estoy dispuesto a enmendar mi error. Me apetece bastante leer obras como El cuento de la criada y Oryx y Crake. En una de las bibliotecas que frecuento prestan las dos. Si usted no tiene tanta suerte y también siente unos grandes deseos de profundizar en la obra de la gran escritora Margaret Atwood, sepa que está de enhorabuena: la editorial Salamandra se ha propuesto rescatar sus libros descatalogados en España y publicar todas sus obras. Muchas gracias por su labor, editores de Salamandra.