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jueves, 5 de febrero de 2015

Antología de Gerardo Diego: Juan Ramón Jiménez (8)

El octavo poeta que antóloga Gerardo Diego en 1934 para su Poesía española, antología (contemporánea) es Juan Ramón Jiménez (Moguer, Huelva, 1881 – San Juan, Puerto Rico, 1958).
Por supuesto, conozco algunos de los poemas más famosos de Jiménez, pero no le leído en profundidad. Observo extrañado, al abrir la antología de Diego, que la sección dedicada a Jiménez, de sus poemas sólo aparecen los títulos de sus poemas (a no ser que “ 5 UN RUISEÑOR” sea en sí mismo un poema. No encuentro información en internet sobre este posible error de la antología. Así que dejo aquí algún poema de Juan Ramón Jiménez, tomado de internet, pero que no está reproducido en la antología de Gerardo Diego.




ADOLESCENCIA
En el balcón, un instante
nos quedamos los dos solos.
Desde la dulce mañana
de aquel día, éramos novios.
—El paisaje soñoliento
dormía sus vagos tonos,
bajo el cielo gris y rosa
del crepúsculo de otoño.—
Le dije que iba a besarla;
bajó, serena, los ojos
y me ofreció sus mejillas,
como quien pierde un tesoro.
—Caían las hojas muertas,
en el jardín silencioso,
y en el aire erraba aún
un perfume de heliotropos.—

No se atrevía a mirarme;
le dije que éramos novios,
...y las lágrimas rodaron
de sus ojos melancólicos.


El siguiente poema está anunciado en la antología (el título), pero luego no está reproducido:

EL POEMA A CABALLO
¡Qué tranquilidad violeta
por el sendero a la tarde!
A caballo va el poeta...
¡Qué tranquilidad violeta!

La dulce brisa del río,
olorosa a junco y agua,
le refresca el señorío...
La brisa leve del río.

A caballo va el poeta...
¡Qué tranquilidad violeta!

Y el corazón se le pierde,
doliente y embalsamado,
en la madreselva verde...
Y el corazón se le pierde.

A caballo va el poeta...
¡Qué tranquilidad violeta!

Se está la orilla dorando.
El último pensamiento
del sol la deja soñando...
Se está la orilla dorando.

¡Qué tranquilidad violeta
por el sendero, a la tarde!
A caballo va el poeta...
¡Qué tranquilidad violeta!


LA ESPADA
¡Qué confiada duermes
ante mi vela, ausente
de mi alma, en tu débil
hermosura, y presente
a mi cuerpo sin redes,
que el instinto revuelve!

(Te entregas cual la muerte).

Tierna azucena eres,
a tu campo celeste
trasplantada y alegre
por el sueño solemne,
que te hace aquí, imponente,
tendida espada fuerte.

Gran misterio: tengo que averiguar por qué no están los poemas de Juan Ramón Jiménez (está su nota biográfica y su poética) en la antología de Gerardo Diego de 1934.

viernes, 23 de mayo de 2014

Juan Ramón Jiménez, poema a la muerte de un fantasma

Ayer terminé de leer El cielo de Lima, la novela de Juan Gómez Bárcena que recrea un curioso episodio de la vida del poeta Juan Ramón Jiménez: dos estudiantes limeños, aficionados a la poesía, inventan en 1904 el personaje de una melancólica joven para dirigirse por carta al poeta admirado y conseguir de él algún libro dedicado o alguna carta. La novela es bastante entretenida (ya sacaré su reseña); pero hoy quería traer aquí el poema en que concluyó aquella extraña broma: un poema elegíaco a la amada muerta, una amada mucho más vaporosa que lo que el poeta podía imaginar:




CARTA A GEORGINA HÜBNER 
EN EL CIELO DE LIMA 

El cónsul del Perú me lo dice: "Georgina 
Hübner ha muerto..." 
¡Has muerto! ¿Por qué?, ¿cómo?, qué día
¿Cual oro, al despedirte de mi vida, un ocaso, 
iba a rosar la maravilla de tus manos 
cruzadas dulcemente, sobre el parado pecho, 
como dos lirios malvas de amor y sentimiento?

...Ya tu espalda ha sentido el ataúd blanco, 
tus muslos están ya para siempre cerrados, 
en el tierno verdor de tu reciente fosa 
el sol poniente inflamará los chuparrosas... 
Ya está más fría y más solitaria La Punta 
que cuando tú la viste, huyendo de la tumba, 
aquellas tardes en que tu ilusión me dijo: 
"¡Cuánto he pensado en usted, amigo mío!...". 

¿Y yo, Georgina, en ti? Yo no sé cómo eras, 
¿morena?, ¿casta?, ¿triste? ¡Sólo sé que mi pena 
parece una mujer, cual tú, que está sentada, 
llorando, sollozando, al lado de mi alma!
¡Sé que mi pena tiene aquella letra suave 
que venía, en un vuelo, a través de los mares, 
para llamarme "amigo"..., o algo más..., no sé..., algo 
que sentía tu corazón de veinte años!

-Me escribiste: "Mi primo me trajo ayer su libro..." 
-¿Te acuerdas?-Y yo, pálido: "Pero... ¿usted tiene 
                                              [un primo?". 

Quise entrar en tu vida y ofrecerte mi mano 
noble cual una llama. Georgina...En cuantos barcos 
salían, fue mi loco corazón en tu busca...; 
yo creía encontrarte, pensativa, en La Punta, 
con un libro en la mano, como tú me decías, 
soñando, entre las flores, encantarme la vida!... 

Ahora, el barco en que iré, una tarde, a buscarte, 
no saldrá de este puerto, ni surcará los mares; 
irá por lo infinito, con la proa hacia arriba, 
buscando, como un ángel, una celeste isla... 
¡Oh Georgina, Georgina!, ¡Qué cosas!..., mis libros 
los tendrás en el cielo, y ya le habrás leído 
a Dios algunos versos...; tú hollarás el poniente 
en que mis pensamientos dramáticos se mueren...: 
desde ahí, tú sabrás que esto no vale nada, 
que, salvando el amor, lo demás son palabras... 

¡El amor!, ¡el amor! ¿Tú sentiste en tus noches 
el encanto lejano de mis ardientes voces, 
cuando yo, en las estrellas, en la sombra, en la brisa, 
sollozando hacia el Sur, te llamaba: Georgina?
¿Una onda, quizás, del aire que llevaba 
el perfume inefable de mis vagas nostalgias, 
pasó junto a tu oído? ¿Tú supiste de mí 
los sueños de la estancia, los besos del jardín?

¡Cómo se rompe lo mejor de nuestra vida!
Vivimos..., ¿para qué? ¡Para mirar los días 
de fúnebre color, sin cielo en los remansos..., 
para tener la frente caída entre las manos!, 
para llorar, para anhelar lo que esté lejos, 
¡para no pasar nunca el umbral del ensueño, 
ah Georgina, Georgina!, ¡para que tú te mueras 
una tarde, una noche..., y sin que yo lo sepa!

El cónsul del Perú me lo dice: "Georgina
Hübner ha muerto..."
Has muerto. Estás, sin alma, en Lima,
abriendo rosas blancas debajo de la tierra...
Y si en ninguna parte nuestros brazos se encuentran,
¿qué niño idiota, hijo del odio y del dolor,
hizo el mundo, jugando con pompas de jabón?