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domingo, 31 de agosto de 2014

Caminos anfibios, por Ernesto Calabuig

Editorial Menoscuarto. 162 páginas. 1ª edición de 2014.

Hace menos de un año leí Un mortal sin pirueta (Menoscuarto, 2008), el primer libro de relatos de Ernesto Calabuig (Madrid, 1966). Ya comenté entonces que he coincidido con Ernesto en persona en algunas ocasiones; y durante la pasada Feria del Libro de Madrid me acerqué un domingo a la caseta de Menoscuarto para comprar –y que me dedicara– su nuevo conjunto de relatos, estos Caminos anfibios. Unos días después, Ernesto tuvo la amabilidad de pasarse por la caseta en la que yo estaba firmando mi novela El hombre ajeno, para que se la dedicara.

Cuando a principios de 2013 se falló la tercera convocatoria del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, que ganó la mexicana Guadalupe Nettel con Historias naturales, Caminos anfibios de Calabuig se encontraba entre los seis finalistas. Durante la deliberación del jurado, sé que el voto de Enrique Vila-Matas fue para Caminos anfibios.

Si Un mortal sin pirueta estaba formado por quince cuentos, Caminos anfibios contiene trece. Como ocurría en su primer libro de relatos, en este último la extensión de los cuentos también es bastante dispar: desde las 38 páginas de Del ahogarse en un vaso de agua hasta las dos de Mi padre al lado de un camino.

Ya he comentado más de una vez en el blog que me gusta bastante la narrativa breve norteamericana. Escritores como Raymond Carver, Tobias Wolff o Richard Ford practican un tipo de relato que se ha convertido ya en una especialidad de ese país. En sus composiciones, muchas veces sobre relaciones familiares, el relato se acerca a un punto en la vida de los personajes en los que una circunstancia externa hace que su equilibrio se rompa. Estos personajes, en la mayoría de los casos, se definen más por sus acciones que por sus pensamientos. Cuando acaba el relato, el protagonista de un cuento norteamericano arquetípico habrá descubierto algo sobre sí mismo (momento epifánico), que el lector compartirá con él, o bien tendrá que intuir cuál ha sido su descubrimiento en un final abierto, porque a veces el autor interrumpirá la narración un poco antes de que el momento epifánico se produzca, creando así un halo de misterio y de posibilidad que permita jugar con las expectativas del lector sobre lo contado.
Hago esta reflexión previa sobre el relato norteamericano para, por contraste, hablar de los cuentos de Caminos anfibios. Ernesto Calabuig construye sus cuentos mostrando más los pensamientos de sus personajes que sus acciones. El hecho importante para la vida del personaje no tiene lugar aquí durante el tiempo del relato, sino que normalmente ha ocurrido ya y el personaje, desde la tranquilidad de su hogar alemán (como pasa en el primer cuento, el titulado precisamente Caminos anfibios), o desde el asiento de su oficina (cuento Del ahogarse en un vaso de agua), lo rememora. Los cuentos de Calabuig son, por tanto, cuentos de carácter más estático que un cuento norteamericano canónico.

 Así mismo, el estilo narrativo de Calabuig es más denso que lo habitual en el citado cuento norteamericano. Aventuro una hipótesis: al ser Calabuig traductor del alemán y amante de esta lengua, su estilo, al escribir en español, se ha visto influido por aquélla. Abunda en estos relatos la frase extensa y con abundantes subordinadas. De esta forma comienza Caminos anfibios, el primer cuento del conjunto: “Tan sólo hace unas semanas, un veintisiete de marzo, una luminosa mañana de domingo en la que se alcanzaron ya los catorce grados (un récord celebrado en los informativos de todos los canales alemanes tras tantos meses de un frío empeñado en entumecer por igual el alma y el cuerpo), Marie Baumann aún había sido Marie Baumann y había hecho las cosas que le eran propias y se esperaban de ella en esta estación del año, ocupaciones en las que se empleaba a fondo y con todas sus ganas, cuando un anticipo de buen tiempo, como una breve y prometedora racha de suerte en el juego, alcanzaba por fin su ciudad del noroeste de Alemania”-

Precisamente los dos cuentos que ya he citado, Caminos anfibios y Del ahogarse en un vaso de agua, que con 19 y 38 páginas son los más largos del libro, son también los que más me han gustado.
Después de haber leído tan sólo el primer cuento –Caminos anfibios– ya sabía que Calabuig había madurado como autor respecto a su anterior libro de relatos. Ya he apuntado que en este cuento la protagonista, Marie Baumann, reflexiona sobre algo que ya ha ocurrido (una infidelidad). Si bien la anécdota narrativa –el relato de los hechos acontecidos– que mueve el cuento es pequeña, las reflexiones sobre cómo ese hecho (la infidelidad) ha modificado la vida y los puntos de vista de Marie son profundas, ricas en detalles y en introspección psicológica. Y aquí es adonde quería llegar: los cuentos de Calabuig son de tradición más europea (más centroeuropea, en realidad) que norteamericana.

Este primer cuento, Caminos anfibios, es completamente alemán: su localización, así como sus personajes, lo son. En los demás encontramos también muy presente el tema alemán: turistas españoles en Alemania, hijos de inmigrantes españoles en Alemania. Esto da un carácter bastante propio a la narrativa de Calabuig, gran conocedor de la cultura de este país.

Del ahogarse en un vaso de agua es el relato que más me ha gustado de este libro. Un editor español, que recibe llamadas telefónicas que le animan a pasar sus vacaciones en un complejo hotelero de la costa, rememora de pronto los veranos de su juventud que pasó precisamente en el pueblo del que le están hablando. Las llamadas le conducen a revivir un acontecimiento importante para su existencia, que vivió allí cuando tenía catorce años en 1980. La recreación del verano de 1980 me ha parecido muy evocadora. Yo sólo tenía seis años en 1980, pero he sentido la condensación de mis recuerdos de la década que comenzaba en este relato.

Como ya he comentado, la vinculación del autor con Alemania está muy presente en este libro, cuyos temas de fondo serían el peso de los recuerdos y el de la edad; casi todos los personajes de Caminos anfibios se encuentran en la cuarta década de su vida y sienten que ha llegado el momento de reflexionar acerca de su lugar en el mundo. Sobre este último tema me parece representativo el relato Burbujas, sobre un hombre enfermo que se empeña en acudir a la clínica, donde han de realizarle unos análisis, en bicicleta, como una forma de resistencia, de no querer asumir la propia decadencia del cuerpo.

Los relatos que menos me han gustado de Caminos Anfibios han sido aquellos en los que sólo nos encontramos un recuerdo o una evocación y todo acaba ahí. Esto ocurre por ejemplo en Secuencias venecianas, donde dos recuerdos de turista no consiguen, para mí, transmitir toda la fuerza que espero que contenga un gran relato. Algo parecido me ocurre con los siguientes, Padres, hijos… distintos automóviles o La estrella giratoria, en los que la potente evocación de un recuerdo no consigue suplir la falta de desarrollo narrativo.
Si al principio decía que los relatos de Calabuig eran estáticos (alguien que evoca) y que consigue los mejores resultados al usar esta técnica en sus composiciones más largas, también se encuentran en Caminos anfibios algunos cuentos que podríamos considerar de corte más norteamericano. En Dahlmannstrasse el narrador nos cuenta los días que ha pasado en Berlín con su familia (mujer y dos hijos), pero durante sus vacaciones se pondrá enfermo y esto hará que no pueda salir del hotel durante algunos días. Como ya ocurría en Burbujas, el tema de la decadencia física está muy bien narrado en este cuento.
En este sentido también me ha gustado el último cuento, Nocturno del Ruhr, que cierra el libro como empezó: con una infidelidad, llevada a cabo por una persona en su cuarentena y que empieza a sentir que pierde la juventud. Pero en este caso la técnica narrativa es diferente: no se evoca, el relato transcurre en paralelo a los hechos narrados.

El estilo, además de denso, como ya apunté, es rico en referencias culturales (películas, libros; así por ejemplo, me ha llamado la atención un comentario sobre el autor norteamericano David Leavitt, escrito como si el lector tuviera tan clara la referencia como el narrador del relato; lo que en mi caso, al menos, era cierto). Las mejores páginas de Caminos anfibios son aquellas en las que este estilo denso funciona de un modo poético para mostrarnos a los personajes. Es destacable, así mismo, la poderosa metáfora de los caminos anfibios, de los que se habla en el primer cuento, y que vuelve a aparecer en más de uno de los cuentos del libro.

Algunos de los temas tratados en Un mortal sin pirueta siguen presentes en Caminos anfibios: el Madrid de los 60-80: el colegio de curas, la adolescencia, el refugio de los programas televisivos o los libros de la infancia. Pero Caminos anfibios va más allá, y es un conjunto de relatos mucho más cohesionado y maduro que el anterior.


Caminos anfibios es un más que notable libro de relatos, con grandes cuentos (Caminos anfibios, Del ahogarse en un vaso de agua, Burbujas, Dahlmannstrasse, Nocturno del Ruhr), cuya fuerza descansa en el poder evocador de una prosa densa y poética, repleta de referencias culturales.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Un mortal sin pirueta, por Ernesto Calabuig

Editorial Menoscuarto. 180 páginas. Primera edición de 2008.

Conocí en persona a Ernesto Calabuig (Madrid, 1966) en la Feria del Libro de Madrid de 2012. Yo estaba en la caseta de la editorial Menoscuarto, hojeando libros y conversando con su editor, José Ángel Zapatero, cuando Calabuig se acercó para saludar a Zapatero y éste me lo presentó. En realidad, yo le había reconocido. Sabía quién era por fotos de internet. Había leído dos de sus relatos: uno en la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual y otro que leí de pie en la Casa del Libro de Gran Vía, tras abrir su libro Un mortal sin pirueta. También suelo leer sus críticas literarias sobre narrativa hispanoamericana que publica en El Cultural y es bastante habitual que coincida con sus apreciaciones. Me apeteció comprar su libro Un mortal sin pirueta y él me lo dedicó amablemente. Más tarde he coincidido con él en la presentación de dos libros, donde él ejercía de presentador: La vida interior de las plantas de interior de Patricio Pron y Trasfondo de Patricia Ratto.

Ha sido durante este último mes de octubre cuando por fin he cogido Un mortal sin pirueta de entre mi montaña de libros inleídos, colocados ahora no en los anaqueles de las estanterías de Ikea de mi habitación, sino sobre ellas, cercanos al techo, amenazando siempre con caer sobre mí y sepultarme.

Un mortal sin pirueta, el primer libro de Ernesto Calabuig, publicado en su cuarentena, está formado por quince cuentos que –como él mismo me contó– están escritos en etapas bastante diferentes de su vida.

Bertie en el Neckar abre el conjunto: un relato, ambientado en la Alemania del siglo XIX, en el que un comerciante aficionado a la poesía emprende un viaje para conocer a su admirado Friedrich Hölderlin, quien por entonces ya es un viejo decrépito y loco, al que sería mejor no conocer en persona. El relato reflexiona sobre el valor y la idealización del arte frente a la vida cotidiana. Es un relato agradable de leer, pese a la adjetivación excesiva que acaba saturando alguna de sus frases (imagino que éste es uno de los relatos que Calabuig escribió siendo más joven; otro hecho lo delata: en un momento dado el narrador se olvida de las coordenadas temporales que ha elegido para su relato y reflexiona desde el siglo XXI, o tal vez desde finales del XX, sobre la influencia posterior de Hölderlin; un anacronismo narrativo que, recuerdo ahora, Mario Vargas Llosa le perdonaba al Lampedusa de El Gatopardo, y que yo mismo puedo perdonar fácilmente).
Bertie en el Neckar estaría emparentado con el cuento Una pieza para Goethe (o Goethe ante la mujer de hielo), que es el noveno relato del libro. De nuevo, el cuento está ambientado en la Alemania del siglo XIX (Calabuig conoce el idioma alemán y ha viajado frecuentemente a este país) y nos acerca a una de las figuras más destacadas de la literatura de ese momento: Goethe. Frente a la grandeza del arte inmortal nos encontraremos de nuevo con una persona envejecida y acabada.

Voy a hablar ahora de dos de los cuentos que menos me han gustado del conjunto: Gran angular de Enrico Martinetti, que narra una visita a Roma, contada por una persona que parece ser el propio autor, y su estancia en la casa del fotógrafo Martinetti. En este cuento se recrea una Roma del pasado, evocada por el fotógrafo, pero quizás la fuerza de un recuerdo personal agradable para Calabuig no consigue transmitir suficiente carga dramática (nota personal: cuidado con los relatos autobiográficos). Y el otro relato que menos me ha gustado sería Dos hermanos, una narración que rompe con el realismo del libro, con un toque onírico que lo emparenta con ciertas escenas de los cuentos de Kafka, pero cuya intención no me quedó clara.

Desconozco si Ernesto Calabuig ha trabajado (o trabaja) como profesor de Filosofía en un instituto, pero intuyo que sí al leer algunos relatos que me parecen de trasfondo autobiográfico, como el titulado Una nueva manera de mirar, sobre el desconcierto vital de un profesor de mediana edad (cuento que ya había leído en la antología Siglo XXI) y el último del libro, Con el viento de Galicia, que con sus 45 páginas es el más largo de todos y que más que un relato parece ya una novela corta. Intuyo que esta nouvelle pudo abrir caminos narrativos para la que ha sido, hasta ahora, la única novela publicada del autor, titulada Expuestos.
Sea Calabuig profesor de Filosofía o no, sí sé que realizó estos estudios, conoce el idioma alemán, del que ha hecho más de una traducción, y, por supuesto, ha sido escritor de relatos; con estas características autobiográficas están retratados más de uno de sus personajes.
Los dos últimos relatos que he comentado parecen ser los más cercanos en el tiempo a la publicación del libro, ya que parecen escritos con una mayor madurez y precisión narrativas que algunos de los otros comentados. Estos relatos me gustan, pero los que he leído con mayor agrado son aquellos en los que Calabuig vuelve la vista atrás y retrata a personajes de su pasado, que en la mayoría de los casos suelen ser profesores, con los que se encontró cuando tenía trece o catorce años. En ellos el misterio de algún profesor (extranjero muchas veces) parece romper la rutina del colegio de curas posfranquista en el que estudia el personaje.
La nostalgia y la mirada retrospectiva sobre el misterio de la vida adulta desde la primera adolescencia son los dos motores compositivos de los mejores relatos de este libro. Entre ellos destacaría Fotocomposición del señor Gattinara o De nombre artístico Álvaro Labra, ambos sobre profesores (un colectivo muy presente en este libro) y también los titulados La Pinada, sobre una vecina y sus sueños, y Risas bobas, acerca del recuerdo de la muerte de un abuelo. Creo que estos cuatro relatos han sido los que más me han gustado del conjunto.
En conclusión, y pese a alguno de los altibajos señalados, he leído este libro con agrado y considero que en él se incluye más de una pieza destacada.


Ernesto Calabuig quedó entre los finalistas de la última convocatoria del premio Ribera del Duero para libros de relatos, y sé que para mi admirado Enrique Vila-Matas, miembro del jurado, el libro de Calabuig era el favorito. Siento curiosidad por leer este libro, y espero que no tarde mucho en publicarse.