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domingo, 19 de octubre de 2025

Cuentos reunidos, por Cynthia Ozick


Cuentos reunidos
, de Cynthia Ozick

Editorial Lumen. 718 páginas. 1ª edición de 204; esta es de 2024

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino

 

Uno de mis planes lectores –desde hace tiempo– consiste en leer libros de cuentos de escritoras norteamericanas. En mi lista tenía anotados nombres como Lorrie Moore, Alice Munro, Cynthia Ozick, Grace Paley, Flannery O'Connor, Katherine Anne Porter, Eudora Welty, etc. Así que en esta ocasión le tocó el turno a Cynthia Ozick (Nueva York, 1928). Había hojeado su libro de Cuentos reunidos (Lumen, 2015) en la biblioteca de Pueblo Nuevo, en Madrid, que suelo frecuentar, pero un día de 2024 lo vi nuevo en una librería de segunda mano, de la calle Fernán González, y no me pude resistir.

 

De entrada, me gustaría señalar que este volumen tiene más de 700 páginas y que está constituido por solo diecinueve relatos. Es decir, que se trata de relatos en general bastante largos. De alguno de ellos podríamos hablar de novelas cortas, en realidad.

 

Cynthia Ozick es una escritora neoyorkina, cuyos padres eran rusos judíos. El tema del judaísmo será fundamental en su obra. Sabe hablar yiddish, idioma que aprendió de su abuela, y uno de sus tíos era hebraísta. Al final del libro hay un glosario de cuatro páginas de términos en yiddish, una lengua que –antes del Holocausto– la hablaban los judíos del Este de Europa, en países de la actual Polonia, Rusia, Ucrania, etc. Un idioma, con raíces hebreas, alemanas y de leguas eslavas, que llegó a ser hablado por más de once millones de personas. La pervivencia o no del yiddish en América también será un tema importante en estos cuentos.

 

A continuación, haré un pequeño comentario de cada narración:

 

El rabino pagano es uno de los cuentos en los que el tema del judaísmo se encuentra más presente. El narrador nos va a hablar de un amigo que se acaba de ahorcar. Fueron compañeros en el seminario rabínico. Sus dos padres eran rabinos y, en el pasado, establecieron una competición para ver cuál de sus hijos llegaba más lejos. De esta competición, se bajó nuestro narrador y su padre no le perdonó nunca. Es una dura relación sobre la cultura judía en América. «Padres como los nuestros no saben amar» (pág. 12), dirá uno de los personajes. El narrador visitará a la mujer de su amigo muerto y esta le dejará leer un manuscrito de su marido. El texto nos hará pensar que el amigo muerto perdió la cabeza, entregado, en un delirio sexual, a una «dríade», o ninfa de los bosques. Es el cambio de planos que se produce en la narración, la convierten en un texto extraño, kafkiano, angustioso.

 

Envidia, o el yiddish en América, con sus 70 páginas, es más una novela corta que un relato. El personaje principal, llamado Edelshtein, tiene 67 años y lleva 40 viviendo en América. La acción de desarrolla en 1968. Ozik tiene casi cien años, y su primer libro de cuentos, titulado El rabino pagano y otras historias se publicó en 1971.

 Edelshtein es un judío europeo, cuya lengua materna es el yiddish. Es un gran lector de escritores judíos norteamericanos, pero siempre le defraudan, nunca están –estos escritores– a la altura de los verdaderos dramas judíos. Le pagan por dar conferencias sobre el asesinato del yiddish, asociado a la muerte de los judíos en los campos de concentración. Además, es poeta, que escribe sus versos en yiddish y los publica en la revista de un amigo, que también es poeta yiddish. Nuestro narrador odia a un escritor de relatos yiddish, cuyas traducciones al inglés le hacen ser un escritor leído y prestigioso. Edelshtein piensa que el yiddish de este escritor es muy pobre y es celebrado solo gracias al trabajo de su traductor. Edelshtein se convencerá a sí mismo de que si tuviera un buen traductor del yiddish al inglés su arte sería debidamente reconocido. Es esta una narración satírica sobre las aspiraciones artísticas y sobre las envidias literarias cargada de fuerza, sobre todo, porque, además, todo lo anterior está narrador sobre la dura tragedia de la desaparición de una lengua y de la desaparición de los hablantes en las generaciones más jóvenes de la diáspora.

Creo que Envidia, o el yiddish en América es mi narración favorita de todo el libro. Aunque debería señalar, desde ya, que está escrito más como una novela, con desarrollos amplios de las ideas y de los personajes, que como un relato. Es decir, en este cuento, y en la mayoría de las piezas del conjunto, no vamos a encontrarnos ese juego tan sutil de la narrativa breve norteamericana de contarnos dos historias, una más en la superficie y otra más subterránea que, al final, será la que cobrará más preponderancia y dará sentido al relato con su fuerza oculta. Tampoco nos vamos a encontrar aquí, como ocurría en los relatos de Raymond Carver, por ejemplo, con un brillante momento epifánico final, sino que los finales de las narraciones de Ozick serán más abiertos, o más contundentes, construidos más con el peso de una novela que, como ya he dicho, de un relato.

 

La bruja de los muelles es el tercer relato y lo cierto es que después de la intensidad de los dos anteriores, describiendo los dramas de los judíos en América, no estaba seguro de si Ozick iba a poder escribir todos sus cuentos con la intensidad mostrada en esos dos. Por este motivo, ha sido agradablemente desconcertante ver cómo la autora cambiaba de temas y de registos en La bruja de los muelles. El relato, en primera persona, nos habla de un joven de la América Profunda, un joven del Medio Oeste (que no parece tener nada que ver con los judíos) que se licenció como abogado, ha emigrado a Nueva York y trabaja en un bufete que gestiona las entradas y las salidas de los barcos del puerto. Allí va a conocer a una extraña mujer, de edad indefinida, que se hace llamar a sí misma «Ondina», por la que va a empezar a sentir una atracción que puede ser para él aniquiladora. El relato empieza siendo realista, pero no tardaremos en comprender que, en verdad, nos encontramos aquí con una narración fantástica; con un cuento que acaba siendo de terror. La lectura de La bruja de los muelles me hizo replantearme la lectura del primer cuento del libro. ¿Es El rabino pagano un cuento de locura o es un cuento de terror? Esta ambigüedad y amplitud de temas que voy encontrando en el libro me gusta.

En este tercer cuento, descubro un curioso rasgo de estilo: a Ozick le gusta añadir a la descripción de sus personajes detalles feístas; así en la página 134 leemos: «Volvía con andar cansino, apesadumbrado y eructando mostaza». Será normal en estas narraciones que sepamos que a los personajes les huele el aliento o que eructan.

 

Estos tres cuentos suman ya 150 páginas.

 

En La maleta aparecen de nuevo personajes judíos, pero de un modo indirecto. El señor Hencke, vive en Estados Unidos, pero es de origen alemán y fue piloto de avión en la Primera Guerra Mundial. Hencke vive en Virginia y ha viajado hasta Nueva York para asistir a la exposición de pintura de su hijo, de cuyo talento desconfía. En el relato van a aparecer muchos personajes, sobre todo en la fiesta de inauguración de la exposición, y esto va a dar pie a que una mujer, de origen judío, eche en cara a Hencke algunas desgracias que le ocurrieron a su familia en Alemania. «Era de las que, veinte años después de la guerra de Hitler, no se compraba un Volkswagen. Abundaba en gestos morales aborrecibles, ¿y en contra de qué? ¿A quién se podía culpar por la historia?»

Es un cuento correcto, donde se juega, como característica nueva, con la profusión de diálogos, pero carece de la fuerza epifánica que puede tener un cuento urbano de Raymond Carver o John Cheever.

 

La mujer del médico me parece un cuento emparentado con el anterior, que retrata conflictos domésticos de personajes estadounidenses “goyim” (no judíos). En él, tres hermanas organizan la fiesta de cumpleaños de su único hermano soltero, que va a cumplir cincuenta años. Todavía no han perdido la esperanza de que se case y, para ello, invitarán a la fiesta a una mujer soltera, más joven que él. Pero el médico parece haberse enamorado de una imagen perfecta, de una «amiga desconocida» que aparece en una foto de una biografía de Chéjov. Creo que con todas las pistas dadas (el protagonista es médico, como Chéjov; tiene tres hermanas, construcción que evoca el título de una de las más famosas obras de teatro de Chéjov, y se enamora de una imagen que saca de una biografía de Chéjov) queda claro que este relato es un homenaje al maestro ruso. Además, en su consulta, de un barrio pobre, recibe las visitas de clientes italianos y negros, que no se juntan en la sala de espera y se miran con desconfianza. El médico tratará de arreglar esta situación, pero fracasará como fracasan los personajes de los cuentos de Chéjov, llenos de buenos sentimientos, que acaban resultando inoperantes.

Este cuento, más intimista y con menos diálogos, me ha gustado más que el anterior.

 

En Virilidad un narrador testigo nos hablará de su relación con el poeta Edmund Gate, que murió joven, pero que en vida fue toda una celebridad literaria. Aquí sí que hay un tema judío de fondo, ya que Gate llega a América, pasando por Inglaterra, donde tiene una tía, huyendo de las malas condiciones de su Rusia natal. Gate sabrá que toda su familia rusa ha muerto en un pogrom. Así que Gate será un joven huérfano en América, lleno de entusiasmo por prosperar y pensará –nos dirá nuestro narrador, que le contrata para trabajar en su periódico– que puede llegar a ser un gran poeta, simplemente con la ayuda de un diccionario y sin leer nunca un libro de poesía. Sin embargo, a Gate le espera alcanzar un éxito inesperado con la poesía. La descripción de este éxito es tan exagerada, que el relato deja aquí de ser realista y pasa a ser expresionista debido al uso de este recurso satírico. Tiene 55 páginas y vuelve a ser una novela corta. El final es, quizás, un poco previsible, porque antes de alcanzar sus últimas páginas el lector ya va intuyendo que Ozick se ha propuesto en él hacer una crítica al machismo que, en la época en la que está escrito, predomina en el mundo del arte, donde –nos muestra ella– parece ser preferible la obra de un hombre (si es joven mejor) a la de una mujer (si es adulta o mayor peor). Además del tema del judaísmo, otro de los temas tratados en estos cuentos será el del machismo. En cualquier caso, me ha gustado más que los dos cuentos anteriores, y sobre todo me ha agradado los pequeños detalles de ciencia ficción que tiene, puesto que nuestro narrador nos está contando desde un presente que, para nosotros, es el futuro. Así se hablará de un astronauta que acaba de regresar de un viaje por los confines de la Vía Láctea. Este uso sin complejos de la ciencia ficción me ha recordado a las propuestas de la escritora canadiense Margaret Atwood.

 

El cuento Una educación nos habla de Una Meyer, una joven estadounidense goyim que se va a ver fascinada por un joven matrimonio de judíos de origen ruso con un bebé. Con sus 55 páginas, el relato está planteado como una novela breve, puesto que se producirán en él varios saltos temporales. Una empezará a vivir con esta pareja y se acabará convirtiendo más en una criada que en una amiga; pues su fascinación por el supuesto talento de la joven pareja –sobre todo del chico, enfrascado en escribir un ensayo filosófico– le hará aceptar múltiples sacrificios por ellos, que desde el punto de vista de una narración realista se hacen bastante absurdos, y el relato (como ya ha ocurrido en narraciones anteriores) habrá que mirarlo desde el prisma del expresionismo y la deformación satírica. Quizás al emplear este recurso (ya lo sentí también con el relato anterior), como crítica social a las situaciones planteadas, se simplifica la realidad y la historia pierde la sutilidad de las confusas relaciones humanas, que, otros escritores, como Philip Roth o Jonathan Franzen, a mi juicio, saben manejar mejor que Ozick.

Este cuento, como otros del conjunto, contiene una crítica al machismo de la época, según el cual las mujeres deben sacrificarse por el trabajo intelectual de los hombres. Además, como en una fábula cruel y grotesca, el sacrificio de Una por el joven matrimonio, en vez de ser agradecido se transformará en culpabilidad por sus futuras desgracias. Es una buena narración.

 

Hemos llegado a la página 342 y el libro, hasta aquí, contiene siete relatos. A partir del octavo, nos encontraremos con algunas narraciones más cortas.

 

En Del cuaderno de notas de un refugiado un emigrante judío europeo describirá, en su primera parte, en el cuaderno que nos anuncia el título, cómo era la habitación de Freud, y en la segunda parte nos encontraremos con un relato de ciencia ficción sobre un planeta donde estuvo de moda que las personas pudientes tuvieran a su disposición un taller de costura formado por mujeres. También aquí se plantea una crítica al machismo; pero las dos partes del relato no tienen que ver entre sí; así que se trata de dos relatos hilados por un hilo que no existe, y lo cierto es que no me ha gustado. Me ha parecido una narración sin objeto.

 

En Cómo ayudar a T. S. Eliot a escribir mejor (Notas sobre una bibliografía definitiva) Ozick nos va a hablar del primer poema que Eliot publicó en una revista de Nueva York. Se nos narrará el primer encuentro del joven poeta con el editor de una revista, y la narradora insistirá mucho en el lastre que para Eliot supone ser un artista aún desconocido. Esto hará que el editor quiera corregirle el poema para publicarlo.

En muchos de estos cuentos se habla del proceso artístico y de escritores, de los mecanismos de legitimación del prestigio o del éxito; y este, junto con los temas del judaísmo y el machismo, será un tema importante en el libro.

Este cuento me ha parecido correcto, pero sin brillo.

 

En Usurpación (Las historias de los demás) volvemos a una historia sobre escritores judíos. Aquí se indagará sobre la idea de a quién pertenecen las historias que un artista utiliza para crear. Empieza siendo una historia cotidiana, ambientada en un acto literario, para acabar llevándonos a narraciones míticas sobre judíos, narraciones sobre el deseo de triunfar y las condenas que esto conlleva. Se juega aquí a la idea del relato dentro del relato y el resultado me ha acabado resultando algo confuso.

 

La mariposa y el semáforo me ha parecido el peor relato de esta antología. Sin personajes, se empieza describiendo las calles de un pueblo en 1949. En este cuento los semáforos conducirán a una discusión sobre las religiones monoteístas o politeístas. Creo que Ozick ha construido esta historia con la teoría del caos del efecto mariposa, pero el juego no me ha resultado interesante.

 

Un mercenario, sin embargo, me ha parecido una narración brillante, imaginativa y con gran desarrollo de personajes. El personaje de esta narración es un judío, de origen polaco, que acaba siendo, en Estados Unidos, el representante diplomático de un pequeño país africano. En el relato asistiremos a su ascenso, gracias a su carisma, en las televisiones de Estados Unidos y la relación con su amante, o su ayudante, un negro africano, originario (esta vez sí) del país africano del que él es embajador. El cruce de las distintas miradas sobre el mundo de sus personajes, según su origen, me ha parecido que está ejecutado de un modo talentoso. Me gusta su final, en el que se reflexionaba sobre la identidad del judío como «impostor», una idea sobre la que ya había leído en las novelas y cuentos del escritor judío guatemalteco Eduardo Halfon; que, estoy seguro, ha sido lector de Cynthia Ozick.

 

En Derramamiento de sangre el personaje, un judío de Nueva York, se adentra en el Medio Oeste para visitar a una familiar que vive en un pueblo de judíos supervivientes del nazismo. Allí vivirá un tenso encuentro con un rabino (superviviente de Buchenwald) que no lo considera un judío verdadero. Es un cuento correcto, pero carece de la verdadera fuerza epifánica de los grandes relatos estadounidenses que he leído.

 

Me gusta Disparos, narrado por una fotógrafa profesional de treinta y seis años. Nos hablará de su fascinación por Sam, que da conferencias sobre la historia de países sudamericanos. Sam se siente desgraciado con su mujer, aunque considere que esta es extraordinaria.

 

Los protagonistas de Levitación son una pareja de escritores. Él es judío y escribe sobre su condición de judío, ella es una goyim, convertida al judaísmo, que escribe sobre la vida cotidiana. El relato trata sobre una fiesta que organizan en su piso y la decepción que sienten porque acaba por no ir nadie relevante del mundo de la cultura. La mujer escucha, al final, con cierto hastío el testimonio de uno de los judíos de la fiesta, superviviente del Holocausto. «Cada uno de los judíos era Jesucristo», acabará pensando. Reflexionará sobre la idea de que se ha insensibilizado sobre las historias del Holocausto porque ha visto imágenes, y que lo mismo le ocurriría si hubiera imágenes sobre la Crucifixión. «Si una cámara hubiera grabado la Crucifixión, el cristianismo se hundiría, la gente se insensibilizaría. La crueldad nacía de la imaginación, y era la imaginación la que debía ser testigo» (pág. 529). El refugiado, en el salón de su casa, acabará describiendo lo que se ve en las películas, aunque sea su propia experiencia. Al final, Lucy (la protagonista) entrará en una ensoñación que le hará extrañar a Jesucristo. El cuento acabará siendo una metáfora sobre la incapacidad de los judíos de hacer comprender su drama al resto de la sociedad.

 

En Fumicato tiene casi 50 páginas y volvemos al estilo narrativo de las novelas cortas. Un crítico de arte y literatura viaja a la Italia fascista para dar unas conferencias. En el relato se creará interés mediante la técnica de adelantar información. Frank Castle, en contra de lo que parece mostrar su personalidad apocada, a los treinta y cinco años, sucumbirá a los encantos mundanos de una joven italiana que trabaja como camarera de cuarto en el lugar en el que se aloja, a la que en el relato se identificará con «la musa tosca de Italia». Castle, aunque trate de escapar de un destino que no le parece el más indicado para sus intereses, parece víctima de un hechizo. El planteamiento de este relato me ha recordado al tercero, al titulado La bruja de los muelles, pero este acababa siendo abiertamente fantástico y En Fumicato no del todo, pero casi. Pese a que el relato puede ser un tanto previsible, me ha gustado la capacidad de fabulación que despliega Ozick en él, como por ejemplo, ese detalle de que el escenario de fondo del relato, en vez de ser el contemporáneo a la escritura del relato, sea la Italia de Mussolini, que no es algo fundamental, pero que añade matices y riqueza a la trama.

En Actores volvemos al mundo de los artistas, aunque en este caso en vez de ser escritores, Ozick elige a un actor ya mayor, que se ha ganado la vida ejerciendo su profesión en teatro, cine y televisión, pero que nunca acabó de destacar y que, en el tiempo narrativo, se encuentra en horas bajas. Matt es un actor maduro de origen sefardí y de casi sesenta años. Un joven dramaturgo le va a encargar hacer el papel protagonista de la obra de teatro de una escritora que acaba de morir, lo que va a dar lugar a algún enfrentamiento con el padre anciano de la escritora, porque la obra, en cierta medida, habla de él. Es un buen relato sobre los límites del arte, que me ha recordado, por su dolor y su sensación grotesca, a algunas propuestas de Philip Roth.

 

¿Qué le pasa al bebé? está narrado por una joven que nos va a hablar de la relación con su tío, que en realidad es un primo de su madre. Simón, el tío, es el creador de un idioma universal, en principio parecido al esperanto, pero que, según él, le supera, porque el esperanto solo unía a unas pocas lenguas europeas, y su idioma toma voces de una diversidad mayor de idiomas. De nuevo nos encontramos aquí con una narración sobre la condición del judío, del artista y del impostor. Es un buen cuento, que esconde en su trama más de una sorpresa. De hecho, más que un cuento es una buena novela breve.

 

Dictado, el cuento número diecinueve y un buen cierre para el volumen. En él, Ozick nos va a hablar de la relación de amistad que existió entre dos grandes escritores, Henry James y Joseph Conrad, pero en vez de hablar directamente de ellos, la escritora fabulará sobre una supuesta relación, que se acabará convirtiendo en conspiración, entre las dos mujeres que hacían de mecanógrafas de los escritores. Como trasfondo del relato, Ozick nos habla aquí de las mujeres que se encuentran detrás de los grandes hombres y cómo estas quedan olvidadas.

 

Cuando en 2018 murió Philip Roth, en alguna red social le escuche, a alguna persona del mundo de la cultura, que el mejor escritor o escritora estadounidense vivo había pasado a ser Cynthia Ozick. Desde hacía años, tenía en mente leer este libro de cuentos publicado por Lumen, y lo cierto es que mis expectativas eran realmente muy altas. Me esperaba encontrarme unos relatos del estilo de los de Raymond Carver, John Cheever o Lorrie Moore; es decir, me esperaba unos cuentos que jugasen con la idea tan estadounidense de las dos historias en el relato, la superficial y la subterránea, donde la segunda acaba teniendo más fuerza que la primera, acabando el relato en el deslumbramiento final del momento epifánico. ¿Qué es lo que me he encontrado? Como ya he dicho, estos Cuentos reunidos, en realidad, están concebidos como novelas cortas, la mayoría de ellos sobrepasan las 45 páginas. Su versatilidad es grande; desde el relato puramente realista, hasta el fantástico, pasando por aquellos que no acaban de ser fantásticos, pero su expresionismo, su exageración sarcástica, los alejan del puro realismo. Relatos de tema profundamente judío hasta otros puramente goyim. No todos los relatos de este volumen me han convencido, pero contiene un buen puñado de ellos de un alto nivel. Quizás la lectura de estos Cuentos reunidos no ha sido tan satisfactoria como esperaba, pero –en cualquier caso– el nivel medio es bastante alto.

lunes, 5 de mayo de 2025

Annie John, por Jamaica Kincaid

 


Annie John, de Jamaica Kincaid

Editorial Lumen. 156 páginas; primera edición de 1985, ésta es de 2023

Traducción de Héctor Silva

 

En 2023 vi esta novedad de la editorial Lumen en algunas librerías de Madrid, Annie John de Jamaica Kincaid (Antigua y Barbuda, 1949). Estuve hojeando el libro y me pareció interesante: una novela de iniciación, en parte autobiográfica, de una mujer negra de las Antillas; la novela de una escritora que había sido candidata al premio Nobel en más de una ocasión. Algún tiempo después, me volví a encontrar con un ejemplar de este libro en la librería de segunda mano Ábaco. Costaba 7 € y, en realidad, no era un libro de segunda mano, porque estaba intacto. Lo compré y, meses más tarde, cuando se acercaba la concesión del premio Nobel de 2024 me puse con él, después de leer dos libros de relatos de la china Can Xue y hacer mis propias quinielas sobre el premio.

 

Annie John está escrita en primera persona y acompañaremos a su protagonista desde que tiene diez años hasta que cumple diecisiete. «Hubo un breve tiempo, cuando yo tenía diez años, en que creí que solo se morían personas desconocidas.», esta es la primera frase del libro. Gracias a ella la autora nos trasladará al mundo de la infancia, con su tipo de creencias propias, y sabremos también que la historia está siendo narrada desde algún punto indefinido del futuro y que, por tanto, lo narrado aquí será una rememoración. El primer capítulo nos traslada al descubrimiento de la muerte por parte de la niña que, más tarde, sabremos que se llama Annie John, y su atracción por velorios y entierros de personas desconocidas. Es un buen capítulo y entiendo que la autora haya decidido colocarlo en el libro antes del segundo, que, por lógica narrativa, podría haber sido el primero, puesto que en él, Annie John nos narrará su historia y la idílica relación inicial con sus padres y sobre todo con su madre. La madre se peleó con sus padres y a los dieciséis años llego a la isla de Antigua desde Dominica, su isla de nacimiento. El padre, que sacará treinta y cinco años a la madre (esto lo sabremos en el último capítulo) es carpintero. A veces algunas de sus antiguas amantes, con las que ha tenido más de un hijo, echarán mal de ojo y santerías sobre Annie John y su madre, pero nunca sobre él.

 

He leído en internet algunos datos sobre la vida de Jamaica Kidcaid y, en gran medida, coinciden con la información que da sobre sí misma el personaje de Annie John, pero creo que no debemos confundir, en cualquier caso, a personaje con autora, puesto que también se pueden encontrar hechos diferentes. Por ejemplo, en la novela, Annie John es hija única, y en la realidad Jamaica Kidcaid tuvo un buen número de hermanos.

 

Annie John nos hablará de algunos episodios fundamentales de un infancia o adolescencia, como su paso por el colegio o el cambio a la secundaria. Nos hablará de su afición por los libros o la forma en la que destacaba en los estudios, a pesar de que fuera de las aulas su comportamiento no era precisamente ejemplar. Nos hablará también de sus mejores amigas, de esas chicas de las que pensaba que era inseparable, pero con las que acabará sintiendo, con el paso del tiempo, que ha dejado de compartir asuntos importantes. Estos episodios los irá narrando en saltos temporales de dos o tres años. De los diez años, pasaremos a los doce, a los quince y definitivamente a los diecisiete.

 

Nunca había leído ningún libro de una escritora de las Antillas y la verdad es que este tema me resultaba atractivo. La isla de Antigua fue una colonia británica hasta 1981, así que, en el tiempo narrativo de la novela, los habitantes de la isla reciben una educación británica. Me han resultado curiosas las páginas en las que Annie John se cuestiona la figura de Cristóbal Colón, quien llegó a la isla en 1493, y es reprendida por ello, ya que su profesora considera que es un personaje histórica relevante e intachable. También se hablará del pasado esclavista de la isla; el esclavismo quedó abolido en Antigua en 1833. En este sentido, me ha resultado llamativa la forma de hablar en la novela de una chica de origen inglés que llega a su clase: «Mirándole el rostro, yo sabía cómo se sentía Ruth. Sus antepasados habían sido los amos, mientras que los nuestros habían sido los esclavos. Ella tenía tantísimo de qué avergonzarte, y estando diariamente con nosotras era inevitable que lo tuviera siempre presente. Nosotras podíamos mirar a cualquier de frente, pues nuestros antepasados no habían hecho nada malo, excepto permanecer indefensos. (…) Pero nosotros, los descendientes de los esclavos, sabíamos perfectamente lo que había ocurrido en realidad, y yo estaba segura de que si los papeles hubieran estado invertidos, nosotros habríamos actuado de modo diferente; estaba segura de que si nuestros antepasados hubiera ido de África a Europa y se hubieran encontrado con la gente que vivía allí, se hubieran interesado como corresponde en los europeos que viesen, habrían comentado “qué bien” y a continuación se habrían vuelto a casa a contárselo todo a sus amigos.» (pág. 83).

 

Sin embargo, aunque sí se hablará, como ya he dicho, de la relación de Annie John con sus amigas, sus profesoras o el entorno del colegio, lo más importante del libro, su tema central, será hablar de la relación de Annie John con su madre. En los primeros capítulos, cuando se narran los diez años de la protagonista, Annie John nos mostrará la relación idílica que tiene con su madre. De hecho, la última frase, antes de dar el salto temporal a los doce años, será esta: «Tal era el paraíso en el que yo vivía.» (pág. 30)

A partir de los doce años, la relación entre madre e hija comienza a torcerse. En la página 51 leeremos: «Yo había caído en desgracia con mi madre.» Aunque no se acaba de explicar de un modo claro por qué ha ocurrido ese cambio, el lector acaba pensando que la madre desea que su hija crezca como una «señorita», cumpliendo una serie de códigos sociales bastantes rígidos que, en gran medida, chocan con los intereses o aficiones de Annie John. Quizás también podríamos pensar en que, con el crecimiento adolescente de Annie John, se empieza a establecer una rivalidad entre las dos mujeres de la casa.

 

La prosa es sencilla, contenida, no exenta de momentos poéticos.

He tenido la sensación de que la novela, agradable en su primera mitad, aunque algo tópica en su descripción de la infancia y la adolescencia –pese al paisaje insólito donde se sitúa–, decaía en la segunda parte, debido principalmente a la insistencia de la autora en esta idea de la mala relación entre madre e hija. Kincaid ha ido acumulando escenas en las que se mostraba el choque entre las dos mujeres, de un modo bastante similar unas y otras, pero considero que le ha faltado introspección psicológica para analizar este conflicto de un modo más profundo.

Leída esta novela de Jamaica Kincaid, escrita originalmente en inglés, siento ahora curiosidad por la obra de Maryse Condé (Guadalupe, 1934 – 2024), otra escritora antillana que escribió su obra en francés.

domingo, 11 de abril de 2021

Ladrilleros, por Selva Almada

 


Ladrilletos, de Selva Almada

Editorial Lumen. 196 páginas. 1ª edición de 2013.

 

Cuando hace unos meses leí Cometierra (2019) de Dolores Reyes, ya dije que Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) había sido una de sus profesoras de taller, y que me apetecía leer alguno de sus libros. Durante los últimos años me he encontrado con su nombre, cada vez más ponderado en relación a la nueva narrativa argentina. Me pasé por la biblioteca Eugenio Trías, del Retiro en Madrid, y tomé en préstamo Ladrilleros, que es uno de sus libros más conocidos.

 

La acción de Ladrilleros se sitúa en un pueblo del norte de Argentina y nos habla de dos familias, la de los Miranda y la de los Tamai. Miranda padre proviene de una familia de ladrilleros, afincados en el pueblo desde unas cuantas generaciones atrás, y Tamai padre llegó al pueblo como temporero y se acabó asentando en él, tras casarse con Celina, una chica que trabajaba de mesera en el bar que frecuentaba. Celina organizará que Tamai empiece a trabajar de ladrillero, cuando el dueño de una de las ladrillerías de la localidad quiera dejarla y probar suerte laboral en el sur. Miranda y Tamai son vecinos y se odian. Ninguno de los dos tiene muy claro cómo empezaron sus disputas, pero probablemente tengan que ver con algún roce en alguno de los bares del pueblo, donde tuvieron algún lance jugando a las cartas. Miranda y Tamai en realidad son dos hombres bastante parecidos, incapaces de permanecer en su casa muchas horas seguidas, los dos pasan demasiado tiempo en el bar y les cuesta proveer a su hogar. Serán sus mujeres, Estela y Celina, las que saquen adelante sus hogares.

 

En realidad, los protagonistas principales del libro, más que Miranda y Tamai padres, serán dos de sus hijos varones: Pajarito ­­‒hijo de Tamai y Celina‒ y Marciano ‒hijo de Miranda y Estela, una antigua reina de la belleza‒. La novela comienza con Pajarito y Marciano tirados en el suelo de la feria que se ha instalado en el pueblo. Se acaban de pelear a navajazos y los dos se desangran lentamente. La policía o una ambulancia parecen tardar en aparecer. Selva Almada nos narrará los pensamientos de estos dos jóvenes ‒que al comienzo de la narración deben tener unos veinte años‒ a través de capítulos cortos, y también nos irá informando sobre sus respectivas familias y sobre la relación que han tenido en el pasado. Cuando a Pajarito y Marciano les permitieron salir a la calle y juntarse con los otros niños por los descampados del pueblo empezaron siendo amigos inseparables (son prácticamente de la misma edad, unos pocos días separan sus nacimientos), aunque aprenderán pronto que les está prohibido pisar la casa del otro. Sin embargo, un pequeño incidente en el colegio les hará separarse y crear cada uno su propia pandilla de amigos. Los enfrentamientos vendrán más tarde, enfrentamientos que ‒en el tiempo narrativo de la novela, cuando tienen unos veinte años‒ quizás les conduzcan a la muerte.

 

Miranda padre ha muerto de forma violenta cuando Marciano tiene doce años, y Tamai padre abandonará el hogar cuando Pajarito tiene trece. Ninguno de los dos ha sido un buen padre, han sido bebedores, pendencieros, vagos para el trabajo, manirrotos, y los dos han golpeado a sus hijos violentamente. Sin embargo, aunque ha existido un rechazo de los hijos hacia sus padres, tanto Pajarito como Marciano parecen condenados a seguir sus pasos.

 

En gran medida, Almada habla en Ladrilleros del concepto de la «masculinidad tóxica», de esos hombres que se están continuamente retando para probar su hombría, pero que no consiguen sacar adelante a sus familias. También nos habla de las mujeres resignadas a estos hombres, a los que aceptan porque se han criado en entornos machistas y acaban percatándose de que los aman y de que no pueden cambiarlos. Y, sin embargo, serán estas mujeres las que tendrán que cargar con la responsabilidad de saber sacar adelante a sus hijos. Serán ellas las que realmente aporten el dinero que el hogar necesita.

Por supuesto, en este mundo violento la homosexualidad no es una opción socialmente aceptada. Y el desenlace del libro, la pelea final entre Pajarito y Marciano, tiene que ver con este tema de la homosexualidad y la hombría.

Así que el libro de Selva Almada se convierte en un manifiesto contra el machismo y la homofobia. Sin embargo, está bien construido y no es en ningún momento un panfleto.

«Mientras se invitaban copas, se aconsejaban cómo había que tratar a las mujeres para que se estén quietitas y en su sitio.», leemos en la página 39, cuando se describe la vida de Tamai en el bar con sus amigos.

«La primera vez había sido incómoda y dolorosa, lejos de los relatos de Corín Tellado que alimentaban sus fantasías de adolescente. Lo habían hecho en el medio de un baile, en la pista del Húngaro.», así se descrine en la página 21 la primera relación sexual de Celina con Tamai.

 

Como ya he comentado, en las primeras páginas de Ladrilleros nos vamos a encontrar con una pelea a navajazos; por tanto, Almada desde el comienzo conversa con la tradición literaria argentina. Debemos recordar que la figura del cuchillero se encuentra ya en El matadero, el cuento de Esteban Echevarría, publicado en 1871, y que da comienzo a la narrativa argentina.

 

Ladrilleros está construido con capítulos cortos, donde se alterna el presente narrativo (Pajarito y Marciano evocan su vida desde el suelo de la feria tras su pelea) y otros en los que se habla de ellos mismos o sus padres en el pasado. Las frases son escuetas y contundentes, y están salpicadas de ricos argentinismos: «sapucai», «rebenque», «chicotazo», «mencho», etc.

Como mi lectura de Cometierra de Dolores Reyes es reciente, puedo ver en ella la influencia de la narrativa de Almada. Reyes, como Almada, denuncia el desamparo de los más débiles de la sociedad, un desamparo que suele afectar más a mujeres que a hombres. Reyes se servía del género fantástico para realizar sus denuncias, ya que su joven protagonista femenina tenía la capacidad de entrar en contacto con los muertos o personas desaparecidas, y Almada bordea en su novela también el género fantástico, puesto que sus jóvenes protagonistas adolescentes van a conversar, agonizantes en el suelo de la feria, con sus padres, uno muerto y el otro desaparecido.

 

Me ha gustado Ladrilleros, una novela escrita con mucha tensión narrativa y gran sentido del ritmo, y que trasciende a la mera anécdota costumbrista de un pueblo argentino, para hacerse universal y criticar la constitución patriarcal de la sociedad. Me gusta comprobar que gran parte de la mejor literatura argentina actual las están escribiendo las mujeres, poniendo sobre la mesa una problemática, que el siglo pasado, con contadas excepciones ‒como ocurría en Enero de Sara Gallardo‒, era en gran parte ignorada.

domingo, 10 de noviembre de 2019

La vida de las mujeres, por Alice Munro


La vida de las mujeres, de Alice Munro

Editorial Lumen. 373 páginas. 1ª edición de 1971; ésta es de 2011.

En 2013 Alice Munro (Wingham, Ontario, Canadá, 1931) ganó el Premio Nobel de Literatura. Un par de años antes yo había leído su colección de cuentos El amor de una mujer generosa (1998). Fue un libro que me gustó mucho y me hizo pensar que debía leer más libros suyos. Munro es una escritora a la que, a pesar de haber escrito dos novelas, se la considera principalmente una escritora de cuentos. De hecho, en las navidades de 2012 compré, en el rastrillo benéfico del colegio en el que trabajo, la novela La vida de las mujeres convencido de que era una colección de cuentos, porque en aquel momento pensaba que Munro solo se había dedicado a este género. Me decepcionó darme cuenta de que era una novela, y creo que por este motivo la había dejado olvidada en mis estanterías de libros por leer y no me había acercado a ella hasta ahora. A mí mismo me sorprenden los motivos por los que abrimos un libro u otro, porque lo cierto, y lo digo desde ya, rompiendo el orden lógico de la reseña, me ha gustado mucho esta novela.

La vida de las mujeres es el segundo libro publicado de Alice Munro, y apareció en 1971. Su primer libro es la colección de cuentos Dance of happy shades (1968). Así que, compruebo ahora, Munro empezó a publicar tarde, cuando ya tenía treinta y siete años. La vida de las mujeres es, por tanto, una primera novela; pero, en ningún caso, muestra ningún titubeo de escritora primeriza, sino que, muy por el contrario, está escrita con mano precisa.

La narradora de esta novela es Del Jordan, una niña (y más tarde una joven) que evoca su vida en el pueblo de Jubilee (Ontario, Canadá) desde que tiene unos ocho años hasta los dieciocho. La novela se divide en siete capítulos y un epílogo. En cada uno de los capítulos, Del nos narra algún suceso significativo de su pasado, algún suceso que le va a marcar y que seguirá recordando cuando sea una adulta. La narración de la novela sigue un orden cronológico. En el primer capítulo –titulado Flats Road– Del debe tener entre ocho y diez años (no se acaba de dar este dato) y en el último –Bautizo– tiene (de forma más clara) dieciocho y tendrá que enfrentarse a sus exámenes de ingreso en la universidad.
Leí de una sentada Flats Road y tuve la impresión de que era un relato perfecto, un relato largo, con la estructura de novela concentrada que caracteriza la narrativa breve (o no tan breve, porque sus relatos suelen tener 30-60 páginas) de Munro. De hecho, cada capítulo de este libro está escrito como si se tratase de un relato largo y que podría funcionar como una narración independiente. Sin embargo, La vida de las mujeres sí que es una novela, puesto que cada capítulo (o relato) está unido a los siguientes por la misma voz narrativa, por el mismo entorno narrativo y por la evolución temporal.

Si bien en los primeros capítulos prevalece la mirada sobre el mundo de una niña en contacto con la naturaleza (en la primera página del libro estará, junto con su hermano, cazando ranas para su tío Benny, que las usará para pescar), según avanza la novela los intereses y las reflexiones sobre el mundo serán las de una adolescente.
En el libro aparecen personajes masculinos: el tío Benny, que en realidad no es un familiar de Del, sino un empleado de su padre; y también aparece su padre, un granjero que se dedica durante los años de la Segunda Guerra Mundial (escenario de fondo de la novela) a criar zorros para vender sus pieles. Pero, principalmente, Del hablará de las mujeres que la rodean. Así la figura de la madre es mucho más importante en este libro que la del padre. La madre es una mujer moderna para la época (década de 1940 en Canadá), que cree en la cultura y que se declara no creyente (o agnóstica) en una pequeña ciudad donde (a pesar de los diferentes cultos) cada vecino procesa una religión.
En el primer capítulo, Del se fijara en el comportamiento agresivo de una adolescente que se casará con el tío Benny (que ya tiene treinta y siete años) y a la que conoce gracias a un anuncio de un periódico.
En el segundo capítulo, Del hablará de la vida de sus tías solteronas, que le parecen personas libres, y en la importancia que dan a su hermano, el tío Graig. Es éste un personaje petulante: «A menudo me tomaba por frívola y estúpida, pero no me importaba demasiado; había en su juicio algo grande e impersonal que me hacía libre. Él mismo no se sentía dolido ni menoscabado en ningún sentido por mi deficiencia, aunque la señalara. Esa era la gran diferencia entre decepcionarlo a él y decepcionar a alguien como a mi madre, o incluso a mis tías. El egocentrismo masculino hacía que me sintiera relajada en su compañía.» (pág. 50)

Al entrar en la adolescencia, Del y su amiga Naomi empezarán a sentir interés por el sexo y por la vida privada de los adultos. Así observarán a Fern Dogherty, una mujer soltera que la madre de Del (que ha empezado a vivir en una casa diferente a la de su padre) tiene como inquilina, y a la que relacionan con un hombre del pueblo; o en la señorita Farris, una profesora del instituto, una solterona, que cada año monta una opereta con los alumnos. Del se irá fijando en distintos modelos de mujer y empezará también a luchar contra los roles de género a los que el ambiente de su pueblo parecen querer relegarla. «El odio de los chicos era peligroso, era penetrante y vivo.», con estas palabras empieza el capítulo Cambios y ceremonias en la página 173.
La novela se abre a la ambigüedad cuando la adolescente Del relata su relación con el señor Chamberlain (el hombre que corteja a la inquilina de su madre, Fern Fogherty), que para el lector adulto es un acosador de menores, pero cuyos abusos de carácter sexual son vividos por Del como una aventura excitante. En este sentido La vida de las mujeres no cae nunca en la mojigatería.  Del, por ejemplo, también habla con naturalidad de la masturbación femenina; algo que, imagino, sería un tabú para la Canadá de 1971.
Resurgir, la segunda novela de la también canadiense Margaret Atwood se publicó en 1972, un año después de La vida de las mujeres, y en su sentir feminista la he sentido unida en temática a la novela de Munro (aunque sus enfoques son bastante diferentes).
En la página 260, la madre de Del le dirá: «Creo que va a haber un cambio en la vida de las niñas y de las mujeres. Sí. Pero depende de nosotras que se produzca. Todo lo que las mujeres han tenido hasta ahora ha sido su relación con los hombres. Eso es todo. No hemos tenido más vida propia, en realidad, que un animal doméstico.»
Del empezará a tener relaciones con jóvenes. Al principio convertirá en su amigo, al chico con las notas (y el cociente intelectual) más alto del instituto, un chico que sobresaldrá sobre todo en asignaturas de ciencias y que no podrá evitar mirar con superioridad a Del, porque ella destaca sobre todo en asignaturas de letras. Al final, Del  vivirá un primer amor puramente físico, un amor que ella pensará que vive con libertad, pero le asustará comprobar hasta qué punto su pareja la ha encasillado dentro de los convencionalismos de la época. «Me quedé asombrada, no porque estuviera peleando con Garret, sino porque alguien hubiera cometido el error de creer que tenía verdadero poder sobre mí.» (pág. 349)

Al final, Del comprenderá que su deseo es el de escribir una novela. Alice Munro ha dicho de esta novela que es «autobiográfica en la forma, que no en los contenidos.» Cuando Munro describía a personajes peculiares yo sentía la mano de la escritora sureña norteamericana Flannery O´Connor. En la propia solapa del libro se dice que Alice Munro se declara en deuda con escritoras como Flannery O´Connor, Katherine Anne Porter y Eudora Welty.

La vida de las mujeres me ha parecido una bellísima novela de iniciación. Muro describe el pueblo de Jubilee y a sus gentes con mucha fuerza, con mucho sentido del ritmo y con apreciaciones muy inteligentes sobre la vida y el paso de la niñez a la juventud. La vida de las mujeres es una novela valiosa y que me hace pensar que no ha de pasar mucho tiempo hasta que vuelva a leer alguna colección de relatos de Alice Munro.

domingo, 24 de mayo de 2015

Pájaros en la boca, por Samanta Schweblin

Editorial Lumen. 219 páginas. 1ª edición de 2010.

De Samanta Schweblin (Buenos aires, 1978) y su libro de relatos Pájaros en la boca, me habían hablado, hace tiempo, Federico Guzmán y Alberto Olmos, ponderándolo como un libro interesante dentro de la nueva narrativa en español. Uno de esos nombres –Samanta Schweblin- y un título –Pájaros en la boca- que uno escucha y acaba por olvidar. Volvió a aparecer su nombre en alguna conversación cuando quedó entre los cinco finalista del IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, junto –precisamente- a Alberto Olmos. El premio (dotado nada menos que con 50.000 €) lo acabó ganando Schweblin con un conjunto de relatos titulado Siete casas vacías que ya ha aparecido (la semana pasada) a la venta editado por Páginas de Espuma.

Hace unas semanas quedé con el escritor Alejandro Morellón para tomar un café e intercambiar algunos libros: yo le dejé alguno de Elvio E. Gandolfo y Haroldo Conti, y él me pasó este de Pájaros en la boca y La mujer desnuda de Armonía Somers (un intercambio muy rioplantese).

Pájaros en la boca está formado por dieciocho narraciones. En comentarios leídos en internet sobre el libro se destaca que muchos de sus cuentos están ambientados en pueblos del interior argentino. Este escenario suele quedar patente en la primera página de cada cuento (y en bastantes casos en la primera frase), con referencias a la ruta o el campo: “Al asomarte a la ruta, Felicidad comprende su destino”, así empieza el cuento Mujeres desesperadas; o En la estepa comienza: “No es fácil vivir en la estepa; cualquier sitio se encuentra a horas de distancia.” La segunda frase del cuento Hacia la alegre civilización es: “Desde un banquito de la estación, mira el inmenso campo seco que se abre hacia los lados e intuye que pronto sucederá algo terrible.” Podría seguir, pero basten estos ejemplos. Este es un rasgo interesante y que da un carácter especial al libro, aunque también hay cuentos aquí que transcurren en Buenos Aires, y debemos considerar que existen también otros cuentistas argentinos que ya han narrado el interior del país; estoy pensando, por ejemplo, en Haroldo Conti y Elvio E. Gandolfo, entre los más clásicos, y Federico Falco, entre los escritores de la generación de Shweblin.

La primera composición, titulada Irman, ya nos da el tono del libro y nos introduce en el universo planteado por Schweblin: dos jóvenes viajan en coche por una ruta del interior de Argentina. Tienen hambre y paran en un restaurante de carretera. Les atiendo un camarero de muy baja estatura. Le piden bebidas y el camarero acaba reclamando su ayuda porque no llega hasta la heladera y su mujer, quien habitualmente se dedica a esto, yace sobre el suelo, tal vez muerta. Acabamos de entrar en un mundo de extrañeza narrado desde la normalidad de la voz narrativa. Nada de lo que ocurre parece, en la mayoría de los casos, perturbar a los personajes o al narrador de estos cuentos.
Estas narraciones se sitúan casi siempre en un territorio ambiguo entre los límites de lo real y el campo de lo fantástico. En este sentido pueden recordarnos a los relatos de un Julio Cortázar que ha regresado de París y se ha perdido en el interior de la Argentina. Por supuesto, la figura de Franz Kafka también está presente aquí: situaciones aparentemente normales en las que sus protagonistas actúan de un modo inusual, atrapados por algunos de sus miedos interiores, observando la realidad desde ángulos distorsionados.

Es curioso observar hasta qué punto cada uno de estos cuentos juega con la extrañeza y lo fantástico. El primero, Irman, podía ser un cuento de extrañeza ante lo real; de comportamientos de los personajes y situaciones inusuales en un contexto realista. Pero el segundo cuento, Mujeres desesperadas, también de ambiente rural, se adentra ya más en el territorio de lo fantástico. Una mujer recién casada es abandonada por su marido, cuando éste para el coche para que pueda ir a un baño. La mujer, con su vestido de novia se sienta a mirar la carretera, esperando que su marido regrese. Una mujer más mayor le dice que se ha ido para siempre, que todos hacen lo mismo. Desde la oscuridad cada vez más honda del campo empiezan a surgir voces airadas de mujeres que también fueron abandonadas, presencias más fantasmales que reales. Se establece un diálogo a voces entre las dos primeras mujeres y el resto, que parecen acercarse a ellas de forma agresiva, sin mostrar su presencia tangible. Éste es un cuento de ambiente amenazante, sugerente, más potente que el anterior. Con Mujeres desesperadas ya estoy de lleno dentro del universo Schweblin.
Cuando termino el cuento En la estapa: sobre una pareja que vive ahora en el campo, preocupada por la fertilidad (se nos dice) y que sale de noche a cazar “eso”, conoce a otra pareja que ya tiene “eso” y son invitados a su casa, donde la primera pareja desea todo el rato poder ver “eso”, algo que se demora para chocar luego con sus expectativas, el lector ya comprende que los cuentos de Schweblin tienen un aire onírico. Sin decirlo nunca “eso” es posiblemente la búsqueda del hijo, aunque, de forma expresionista, se salga con linterna y red a cazarlo al campo. Y la conclusión puede ser la angustia ante las enfermedades o malformaciones con que pueda llegar este hijo. En la estepa se crea una atmósfera propia de las pesadillas, igual que Mujeres desesperadas también podía describir el ambiente de otra pesadilla, que nos desvela el miedo de una mujer a ser abandonada. En el cuento que da título al libro, Pájaros en la boca, un hombre recibe la llamada de su exmujer para que pase por su casa a recoger a la hija adolescente de ambos. El hombre descubre, no sin horror en esta ocasión, que su hija se alimenta ahora de pájaros que engulle vivos. La escenificación de otra pesadilla: el miedo al crecimiento de los hijos, alejados cada vez más de sus padres.

Esta forma de narrar historias, jugando con el subconsciente, con lo onírico, me ha recordado a los planteamientos de la cuentista española Marina Perezagua, también de la generación de Schweblin. Una diferencia importante es que en muchos casos, Perezagua se adentra en el territorio de lo puramente fantástico y Schweblin se sitúa más cerca del realismo; además de que el estilo de Perezagua es más lírico y el de Schweblin es más seco, más directo y contundente.

Sin embargo, existen cuentos en Pájaros en la boca que cumplirían con los parámetros del realismo, y que, ciertamente, se han convertido en algunos de mis favoritos del conjunto: hablo de Cabezas contra el asfalto, que nos acerca a un pintor bastante ensimismado con su exitosa obra pero con problemas sociales para relacionarse con los demás, cuyo comportamiento podría rozar la locura, pero que, en cualquier caso, se mantiene dentro del realismo. Matar un perro es un cuento contundente, una breve narración, que podríamos encuadrar dentro del género negro; además, para mayor variedad, es una historia puramente de ciudad. Un cuento intenso, brillante. En La medida de las cosas los problemas mentales también podrían explicar de forma realista lo que ocurre en una juguetería de un pueblo de Argentina. Papá Noel duerme en casa me ha parecido el cuento más clásico del conjunto, de forma elusiva un adulto evoca un hecho de su niñez que tiene que ver con la distancia creada entre sus padres.

En otros cuentos el uso de lo fantástico es más que evidente: en Hacia la alegre civilización, un oficinista de la ciudad queda atrapado en la estación de ferrocarril de un pueblo porque el ferroviario nunca da la señal para parar el tren. “Hace años que viajo en este tren, pero hoy al fin he logrado llegar.”, dice alguien en la página 97.
Conservas, donde gracias a unas pastillas se puede invertir un embarazo (nuevo miedo onírico), roza casi la ciencia ficción.

Quizás a Pájaros en la boca se le podría achacar un uso excesivo del recurso de la extrañeza ante las situaciones planteadas, que en algún caso, cuando el cuento está menos conseguido que otros ya leídos, crea en el lector una sensación de repetición. Pero ahora que estoy escrito esta reseña e intento reflexionar sobre las tonalidades de las narraciones leídas, desde su realismo puro (Matar un perro) hasta el cuento fantástico (Hacia la alegre civilización), pasando por la extrañeza onírica (En la estepa), me parece que sí que es un libro de bastantes registros y tonos, con muchos relatos destacables.

La hora de los monos de Federico Falco, otro joven escritor de cuentos también situados en el interior de Argentina, tal vez me deslumbró más, por sus argumentos sorprendentes (que jugaban también con el realismo y lo fantástico) y la belleza de las imágenes creadas y el lenguaje empleado para ello, pero desde luego Pájaros en la boca es un libro de cuentos que ha de satisfacer a cualquier aficionado al género, interesado en sus formas de renovación. Así que, aficionados al cuento, tengan presentes a estos cuentistas argentinos nacidos en la década del 70, como renovadores del género: Federico Falco y Samanta Schweblin. Y si hablamos de España, anoten también a Marina Perezagua, que practica un tipo de escritura emparentada con la de los anteriores.