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martes, 1 de mayo de 2012

Narraciones incompletas, por Felisberto Hernández

Editorial Siruela. 379 páginas. 1ª edición de los libros: 1929-1966. Esta edición de 1990.

Un día lluvioso de Semana Santa bajé dándome un paseo por Doctor Esquerdo hasta la biblioteca de Retiro. Hacía tiempo que no me acercaba a esta biblioteca y de entrada me llevé una grata sorpresa: busqué mi novela Acantilados de Howth en los anaqueles (está allí porque yo solicité que la trajeran) y en el periodo de un año había sido prestada 4 veces. Lo que me parece una cifra sorprendente.
Me apetece dar en el blog las gracias a estos 4 lectores anónimos, que imagino que habrán llegado a la novela a través de este espacio.

También busqué los libros de Felisberto Hernández (Montevideo, 1902-1964), de quien me había quedado con ganas de más después de leer Nadie encendía las lámparas (1947) en septiembre de 2010. En aquella visita, hace año y medio, también hojeé esta edición de Siruela con sus Narraciones incompletas que contiene Nadie encendía las lámparas, pero me apeteció empezar por la edición comentada de Cátedra.

Esta edición de Siruela comienza con una breve cronología de los acontecimientos más importantes en la vida de Felisberto, y es incompleta porque, por ejemplo, su primer libro de relatos, titulado Fulano de tal (1925), “una edición de autor de pequeño formato, celebrada por sus amigos” (pág. 11) no está recogida aquí. El primer libro de Felisberto que aparece en estas Narraciones incompletas es el segundo, Libro sin tapas (1929), “elogiado por la crítica” (pág. 12); tampoco están aquí el tercero ni el cuarto: La cara de Ana (1930) y La envenenada (1931).
La cronología incide en mostrar la importancia de la música en la vida de Felisberto (pianista profesional), su continua precariedad económica y su mundo atropellado, con frases como estas: “1942: Regresa a vivir a una pensión muy pobre con su madre. La frustración y el resentimiento lo consumen. Pasa las tardes recorriendo los cafés de la ciudad con una libreta llena de manuscritos que corrige una y otra vez” (pág. 13).
El último apunte, correspondiente a 1964, es especialmente trágico y tremendista: “La madrugada del trece de enero, Felisberto deja tras de sí un cuerpo tan hinchado que no pudieron sacarlo por la puerta sino por la ventana. Al llegar al cementerio, reposa algunas horas bajo los ‘grandes árboles’ mientras los sepultureros agrandan la fosa para dar cabida al ataúd” (pág. 17).

Libro sin tapas (1929) contiene 8 cuentos, que divido en 2 grupos: 4 son fantásticos, pero de un fantástico metafórico, cercanos al estilo de una parábola bíblica, y casi desapegados de lo real. Así el primer cuento, titulado igual que el libro, empieza de este modo: “A la última religión se le terminaba la temporada” (pág. 21) y a un hombre, a un “pobre muerto”, se le castiga a ser colgado de las manos al anillo de Saturno, y desde aquí debe tratar de entender a la humanidad y a la Tierra.
El cuento titulado La piedra filosofal comienza de esta forma: “Se estaban haciendo los cimientos para la casa de un hombre bueno” (pág. 30).
El cuento titulado Acunamiento es quizás el más interesante de este grupo, porque parece el resumen de una enloquecida novela de ciencia ficción.
En general estos primeros cuentos fantásticos y metafóricos han sido los que menos me han gustado de estas Narraciones incompletas: son de un Felisberto veinteañero que aún está tratando de encontrar su estilo, y me parece que en el segundo grupo de cuentos en que he dividido Libro sin tapas se acerca más a lo que va a ser su voz narrativa posterior.
En cuentos como El vestido blanco, ya más focalizados en lo real, y donde lo fantástico se desprende más de la mirada obsesiva de los personajes sobre personas y objetos, ya encontramos en estado embrionario al escritor que va a desarrollar sus particularidades en los cuentos más maduros de Nadie encendía las lámparas (1947). Así, en El vestido blanco la posición de las hojas de unas ventanas crea extraños estados de ánimo en el personaje.
Historia de un cigarrillo es ya Felisberto puro: la mirada sobre los objetos, en este caso sobre una cajetilla de cigarrillos o sobre un cigarrillo defectuoso, determinan el desarrollo del relato.

De hecho, podría afirmar que si la personificación de los objetos o, por el contrario, la objetivización o animalización de las personas son características comunes a las vanguardias literarias de principios del siglo XX, en Felisberto esta característica parece trascender ampliamente a la de moda literaria y constituir una obsesión profunda y diferenciadora. En la página 90 afirma el narrador: “Así como el sentido de lo nuevo –cuando yo llegaba a un país que no conocía– de pronto se me presentaba en ciertos objetos –las formas de las cajas de cigarrillos y fósforos, el color de los tranvías (y no siempre el espíritu no diferenciado de las gentes)–”.
A veces, incluso, en Felisberto no es ya que cobren vida propia los objetos, sino que diversas partes del cuerpo humano parecen actuar por su cuenta, como las manos del pianista en muchas de las páginas de Narraciones incompletas, o la barba del personaje en el cuento de Libro sin tapas titulado La barba metafísica.

A Libro sin tapas le siguen las novelas cortas Por los tiempos de Clemente Colling (1942) y El caballo perdido (1943). Para hablar de ellas, voy a unir al grupo (aunque entre medias haya otras obras) a la también novela corta Tierras de la memoria (1960).
Estas novelas cortas parecen más bien los capítulos largos de una novela en la que Felisberto juega a la autoficción, y la voz narrativa, como si de un Proust montevideano se tratase, se recrea evocando su infancia o adolescencia.
En Por los tiempos de Clemente Colling el niño que fue Felisberto nos habla de la calle de su infancia y de la fascinación que sintió por uno de sus primeros profesores de piano, Clemente Colling, personaje real, como hemos leído en la cronología. “Pero no creo que solamente deba escribir lo que sé, sino también lo otro”; “Los recuerdos vienen, pero no se quedan quietos” (pág. 49 y primera de esta novela).
En El caballo perdido se evoca a otra profesora de piano, Celina, y los misterios de su casa: “Tardaba en llegar, yo tuve bastante tiempo para entrar en relación íntima con todo lo que había en la sala. Claro que cuando venía Celina los muebles y yo nos portábamos como si nada hubiera pasado” (pág. 95 y primera de esta novela).
En Tierras de la memoria, a partir de un viaje en tren a los 23 años para tocar en el grupo de música de un pueblo, Felisberto evoca su época de boy scout cuando a los 14 años viajaba por el norte de Argentina.

De estas tres novelas cortas se desprende la importancia de la música en la formación intelectual de Felisberto, su aspiración a la perfección, a constituir un universo propio; y también se deja entrever ya la posibilidad de la derrota y la marginación por parte de los otros: Clemente Colling, el fascinante profesor, es un ciego que se asea poco y que la familia de Felisberto ha de acoger en su casa cuando se convierte en un sin techo y ha de vivir en un hospicio.

Estas novelas evocadoras me han recordado, y es un pensamiento extraño, a Madurar hacia la infancia de Bruno Schulz, por su estilo denso y esa carga metafórica con capacidad para transformar la realidad gracias a la recreación del punto de vista alucinado y mágico del niño. Además de esto hay elementos que unen al judío polaco Schulz con el uruguayo Felisberto: ambos viven su literatura evocadora y fantástica, con capacidad para alternar la realidad bajo su particular prisma, desde la distancia que supone ser artistas de otro campo diferente al literario: Schulz era dibujante y Felisberto músico.
La melancolía y la derrota de ambos viene de describir un mundo perdido (la infancia, donde ambos parecen perderse y no poder regresar), y también de describir otra derrota: la que muestra Schulz en sus dibujos, donde seres deformes se arrastran a los pies de bellas mujeres, y que en Felisberto es la derrota del músico ambulante que tiene dificultades para encontrar pueblos que le contraten un concierto.
Me gusta pensar que Felisberto no había leído a Schulz, que no existe influencia, sino coincidencia feliz, casi mágica, y que sus originalidades compartidas los convierten en dos de los más peculiares escritores, geniales y secretos, del siglo XX.

Las Hortensias (1949) es también una novela corta, pero la he separado de las otras tres porque su composición es diferente. Las hortensias es un relato fantástico donde lo fantástico parte más bien de la locura y de su asimilación sin excesivos problemas por todos los personajes de la obra. Horacio disfruta mucho (de forma parecida al personaje del cuento Menos Julia de Nadie encendía las lámparas) cuando las personas que tiene contratadas para ello crean composiciones con maniquíes de mujeres y trata de adivinar las escenas que representan. Su mujer, María Hortensia, asume con naturalidad esta excentricidad de su marido, y el problema surgirá cuando Horacio empiece a obsesionarse con una de las muñecas, llamada Hortensia, y María empiece a sentir celos.
Yo diría que Felisberto había leído y tenido presente La invención de Morel (1940) de Adolfo Bioy Casares a la hora de crear la realidad simulada que presenta en Las Hortensias. Aun así esta obra es Felisberto puro: los objetos cobrando vida; la mirada distorsionada de los personajes sobre ellos crea la extrañeza fantástica.
(Apunta mi novia, que posiblemente Felisberto, más que a Bioy Casares, tuviera presenta al escribir esta novela corta a la autómata Olimpia del relato El hombre de arena de E.T.A. Hoffmann)

No voy a hablar de nuevo de los cuentos de Nadie encendía las lámparas. Me remito a la entrada que ya escribí en su día (pinchar AQUÍ). Sólo apuntaré que me ha encantando reencontrarme con ellos.

Los últimos cuentos, los contenidos en el libro Tierras de la memoria y otros relatos (1960-1966) y en Diario del sinvergüenza y últimas invenciones, se vuelven más rítmicos si los comparamos con el ensimismamiento que predomina en los de Nadie encendía las lámparas.
De ellos destacaría El cocodrilo (1960), un relato realista donde la voz narrativa del Felisberto músico trata de buscarse la vida en pueblos a los que acude además de como concertista como representante de una marca de medias, y consigue incrementar sus ventas gracias a su capacidad para llorar a voluntad. Un relato que me ha hecho pensar incluso en Charles Bukowski (aunque el cuento de Felisberto está mejor escrito).
El relato Lucrecia sobre un viaje en el tiempo es bastante original y extraño.
Úrsula, un relato de amor ambientado en Francia, parece un cuento de Julio Cortázar.

Al igual que cuando leí hace año y medio Nadie encendía las lámparas, he vuelto a preguntar a los lectores serios con los que me relaciono si conocen a Felisberto. Y parece ser un escritor conocido entre gente que escribe, pero no entre lectores que provienen de la carrera de Filología hispánica: preguntando, por ejemplo, a los profesores de Lengua Española del colegio donde trabajo (apunta de nuevo mi novia, que la fue la primera persona que me citó a este autor, que ella sí estudió a Felisberto en Filología Hispánica, porque elegía las asignaturas de literatura hispanoamericana antes que las de española) a alguno le suena el nombre y a otros ni les suena… y esta pequeña encuesta ha sido realizada entre personas que por supuesto sí conocen y han leído a Borges, a Cortázar, a Rulfo, a Onetti… Y esto es extraño porque creo, cada vez más convencido de ello, que Felisberto Hernández es uno de los más grandes escritores en lengua española del siglo XX, y debería estar sin duda en esa élite en la que incluimos a Borges, Cortázar, Rulfo, Onetti…

martes, 7 de septiembre de 2010

Nadie encendía las lámparas, por Felisberto Hernández

Editorial Cátedra. 193 páginas. Primera edición de 1947, esta edición de1993.


César Aira decía en una entrevista que le había dejado de interesar Julio Cortázar, que lo sentía como el escritor que hace iniciarse en la literatura a muchos jóvenes, pero que le costaba tomárselo en serio de adulto. En la misma entrevista afirmaba que una de las peores cosas que hizo Cortázar en su vida fue el prólogo a los Cuentos Completos de Felisberto Hernández; en él, según Aira, Córtazar se muestra condescendiente y paternalista con Felisberto y viene a decir que lo mejor que hizo fue anunciarlo a él; concluye Aira: “cuando en verdad Felisberto es un escritor genial al que Cortázar no podría aspirar siquiera a lustrarle los zapatos”.

Ya sé que César Aira pretende ser un provocador, pero la frase anterior me hizo interesarme por la obra del uruguayo Felisberto Hernández. Además, en los últimos dos años he visto en las novedades de las librerías alguna antología que rescataba sus cuentos.
El escritor argentino Patricio Pron también le reivindica como influencia en la composición de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan.

En la biblioteca de Retiro tenían al menos tres colecciones de relatos de Felisberto, algunas englobaban a otras. Me decidí por Nadie encendía las lámparas por confiar en las completas ediciones de Cátedra, y porque en su contraportada afirman que éste es su conjunto de cuentos más logrado.

El asombro ha dominado mi lectura de este libro. A mí de joven, como afirma Aira, también me entusiasmaron hace años los cuentos de Cortázar, a los que consideraba superiores a Rayuela. Me gustaba el juego propuesto en esos cuentos, los veía muy originales. Ahora sé que casi todo lo que percibía como original en Cortázar lo había escrito ya, unas décadas antes, Felisberto.

Hace unos días afirmaba que los cuentos de Marcelo Lillo me habían parecido bastante buenos, pero que su literatura era muy deudora de un modelo externo. Los cuentos de Felisberto son también muy buenos y además son muy originales. Sorprende incluso que este libro se publicara por primera vez en 1947. Si se publicase ahora como una novedad, los críticos destacarían el trabajo del idioma y le encontrarían una filiación con Cortázar. Pero es al revés: Cortázar tomó a Felisberto como modelo.

Nadie encendía las lámparas podría englobarse en el género fantástico, aunque sólo dos de de los cuentos, El acomodador y Muebles El Canario, contiene en realidad elementos sobrenaturales constatables. En el primero, tercero de un conjunto de diez, un pobre acomodador de cine percibe como sus ojos empiezan a poder iluminar la oscuridad, y él se fascinará por la contemplación de objetos en una casa ajena. El otro sería el penúltimo, donde al protagonista se le inocula un líquido en un autobús que le hace escuchar en su interior anuncios publicitarios. Este cuento puede ser fantástico como puede ser surrealista.



Felisberto Hernández se ganó la vida, durante bastante tiempo, como músico. Tocaba el piano en cafés y fue músico de repertorio en locales de Uruguay y la provincia de Buenos Aires. En muchos de sus cuentos utiliza a la figura del músico pobre o itinerante como protagonista. Pero más que esta utilización de su oficio, es importante en la composición de sus piezas lo corpórea que se hace la experiencia de la música, así como los ruidos y los silencios; el sonido o su ausencia formar gran parte del cuerpo metafórico usado. Tomemos unos ejemplos:
“El silencio parecía un animal pesado que hubiera levantado una pata. Después del primer acorde salieron sonidos que empezaron a oscilar como la luz de las velas” (pág 91)
“Al silencio le gustaba escuchar la música” (pág 81)
“Si yo me hubiese escondido detrás de ella y soltado un grito, éste enseguida se hubiese apagado en el musgo” (pág 81).

Quizás los cuentos más logrados de Felisberto, lo que le hace ser absolutamente moderno y rompedor para el momento en el que está escribiendo, es una particular forma de acercarse al relato fantástico: sin usar ninguno de los elementos convencionales al género hasta entonces. Lo fantástico proviene de la mirada de los protagonistas, de sus extrañas fijaciones por objetos, recuerdos, sonidos…

Menos Julia, puede que sea mi cuento favorito de este libro. En él, un hombre solitario (casi siempre el protagonista de estos cuentos es un hombre solitario), se encuentra a un amigo de la infancia como dueño de una tienda, quien le invita a visitar su quinta. Allí el amigo le desvela un secreto: está fascinado con un túnel que se haya en los confines de su jardín; dentro, se dedica en las noches a palpar en la oscuridad objetos que le deja para ello su mayordomo, y cuatro chicas, que son sus ayudantes en la tienda, se cubren la cara con un velo y él se la palpa. El amigo no puede prescindir de ese acercamiento extraño a los objetos, que en este relato, como en el resto, parecen tener una vida propia, equivalente a la de las personas. Así, en el relato El balcón, una joven podrá llegar a enamorarse de un objeto.

Felisberto ensaya más variables del cuento neofantástico: las conversaciones surrealistas entre los personajes, por ejemplo, en el cuento que da título al volumen. El mundo de los sueños, en el cuento La mujer parecida a mí, donde un hombre sueña que es un caballo y se recrea su vida como caballo. El mundo de los recuerdos distorsionados, como en El corazón verde.

Me gustaría hacer una relectura de los Cuentos Completos de Cortázar. Hace dos años releí alguno después de más de una década, y me volvieron a gustar bastante. No creo que el descubrimiento de Felisberto acabe con el recuerdo agradable de los cuentos de Cortázar; pero sí me pregunto, incrédulo, por qué casi nadie conoce a Felisberto Hernández, por qué, como he indagado, casi no aparece en los programas de literatura Hispanoamérica de la carrera de Filología Hispánica, si, como afirma Carlos Fuentes, Felisberto Hernández es uno de los grandes renovadores de la literatura en español del siglo XX.