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domingo, 18 de marzo de 2018

Miedo en el cuerpo. 25 años de terror con Valdemar, por Varios Autores.


Editorial Valdemar. 848 páginas. 1ª edición de los textos: siglos XIX, XX y XXI. Esta edición es de 2012.
Varios traductores.

En el verano de 2015 leí Felices pesadillas. Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar. Una antología de cuarenta cuentos que los editores de Valdemar habían seleccionado en 2003, buscando en sus libros publicados en los últimos veinticinco años (1987-2003). Como aquel libro funcionó y (según les pude escuchar a los propios editores en la Feria del Libro de Madrid) tuvieron que dejar fuera muchos relatos que merecían estar dentro de la antología (una de las premisas era que la antología sólo podía contener un cuento por autor), sacaron un segundo volumen titulado Malos sueños. Felices pesadillas 2. En mayo de 2017, por mi cumpleaños, mi novia ‒conocedora de mi afición por la lectura de cuentos de terror en verano‒ me regaló Miedo en el cuerpo. 25 años de terror con Valdemar, pensando que era el segundo volumen de las antologías de cuentos de Valdemar y no el tercero, como en realidad es. Esta situación me fuerza a leer el segundo volumen en algún momento, tal vez en el verano de 2018.

Entre julio y agosto de 2017 pasé quince días de vacaciones en México y decidí tomar de casa para el viaje Miedo en el cuerpo. Pensé que, si me llevaba una novela, más de un día no podría leer, y no me gusta acercarme a las novelas sin continuidad. Un libro de relatos era lo más adecuado. En el viaje me dio tiempo a leer la mitad de la antología. Ya en Madrid acabé el resto en unos cuantos días de vacaciones.

Si la gran mayoría de los cuentos de Felices pesadillas eran del siglo XIX, los de Miedo en el cuerpo son más bien del XX. En esta última antología, los cuentos están ordenados como en la primera: por la fecha de nacimiento del autor. Esto hace que, en más de un caso, no se lean cronológicamente. Me habría gustado que se indicara la fecha de publicación original de cada cuento, porque si un autor vive, por ejemplo, ochenta años, no es lo mismo que haya publicado su cuento con veinticinco años (en 1925, por ejemplo), que con setenta (en 1970, por tanto).

A mí, como admirador que soy del trabajo de Valdemar, me ha resultado muy interesante el prólogo de Miedo en el cuerpo, donde se habla de la historia de la editorial.
Si Felices pesadillas contenía cuarenta relatos, Miedo en el cuerpo tiene treinta y cinco.

Miedo en el cuerpo se abre con un cuento de Edgar Allan Poe, el titulado El hombre de la multitud. Ya lo había leído en la antología Pioneros. Cuentos norteamericanos del siglo XIX, editada por Menoscuarto. Éste es en realidad un cuento más de atmósfera misteriosa que de terror, que se lee con agrado.

El ojo invisible o El albergue de los tres ahorcados de Erckman y Chatrian es un cuento potente sobre los quehaceres de una bruja y el que será su vengador.

En esta antología también aparece Ambrose Bierce con Desapariciones misteriosas, un cuento formado con microrrelatos con una temática común, que es la que apunta el título. Me gustó más El clan de los parricidas que aparecía en Felices pesadillas. Y ésta podría ser una tónica general de lo que ocurre en Miedo en el cuerpo: cuando un autor aparece en las dos antologías, el cuento seleccionado para el primer libro suele ser mejor. Lo que significa que el criterio de los editores de Valdemar para elegir los cuentos de la primera antología era el más indicado, o al menos yo coincido con él.

La casa del juez de Bram Stoker, sobre un estudiante que, buscando un lugar tranquilo para preparar unos exámenes, acaba en una casa encantada por el espíritu de un juez malvado, es un cuento muy divertido (para mí lo terrorífico es, en la mayoría de los casos, simplemente divertido).

El Horla de Guy de Maupassant ya lo había leído en un librito de Alianza 100. Un cuento muy redondo sobre el terror a lo invisible y a la locura.

El sótano de la plaga de Robert Louis Stevenson me decepcionó bastante. Incluso diría (con dolor) que es el cuento que menos me ha gustado de Miedo en el cuerpo; su anécdota histórica queda muy perdida y su inclusión en esta antología parece algo forzada.

Me ha gustado El fabricante de monstruos de William Chambers Morrow. Su científico loco que desea realizar experimentos en humanos es divertido y desasosegante. Un relato que cae en lo gore de forma asombrosa para la época.

La sonrisa muerta de Francis Marion Crawford propone un misterio, pero el autor da demasiadas pistas y el lector puede descifrarlo antes de tiempo. Sus elementos góticos acaban siendo excesivos.

Historia verdadera de un vampiro, del Conde Stanislaus Eric Stenbock, es un cuento correcto, pero creo que no resulta novedoso frente a otros cuentos de vampiros que ya he leído, como por ejemplo Carmilla de Joseph Sheridan Le Fanu.

La mujer lobo de Clemence Housman es uno de los cuentos más largos de la antología. Me gusta más su comienzo que su resolución. Su ambientación inicial está muy lograda; después, el desarrollo y la conclusión resultan un tanto excesivos. Me recuerdo leyendo este cuento en un hotel de Puebla y la verdad es que es una imagen bastante agradable.

El conde Magnus de M. R. James ya lo había leído. Valdemar tiene un libro con los cuentos completos de M. R. James que es realmente muy recomendable. James es uno de los maestros del cuento de terror, y en este cuento queda demostrado su dominio del género. La historia no está contada de forma directa, sino a través de las anotaciones de un estudioso. Esta distancia entre narrador y protagonista de la historia hace que se acreciente el misterio de lo narrado y que la escritura sea más sutil que la de otros autores de terror, que acaban cayendo en el cliché y en lo pulp.

Tengo ganas de leer alguno de los libros de cuentos de Arthur Machen que ha publicado Valdemar, y empecé a leer La pirámide resplandeciente (el cuento de esta antología) con interés. Se plantea un misterio, con amigo detective del protagonista, que prometía, pero el final me ha resultado algo decepcionante.

El valle de la muerte de Ralph Adams Cram me parece un correcto cuento de terror que me sirve para reflexionar sobre varias cosas. En él, como en otros cuentos de la antología, un narrador cuenta a terceros (en torno a un café, por ejemplo) un suceso acaecido hace muchos años. El suceso es éste: en el pasado acabó encontrándose con un fantasma, un vampiro o un lugar maldito (como es el caso del presente cuento). El protagonista sobrevive al encuentro y por eso puede narrarlo en el futuro. La fuerza de este tipo de cuentos reside, en gran medida, en la atmósfera creada, porque el núcleo narrativo acaba siendo simple: en mi pueblo había una persona, un lugar extraño… y un día pude contemplarlo cara a cara. Lo vi y no me ocurrió nada. El valle de la muerte es un relato sencillo pero efectivo, la atmósfera y los detalles están bien captados y me gusta la técnica del protagonista que narra la historia a terceros muchos años después (una técnica presente en bastantes de los cuentos aquí reunidos).

De Robert W. Chambers se habló bastante cuando se puso de moda True detective, ya que se decía que la atmósfera de la serie estaba tomada de sus cuentos de él, en concreto de su serie sobre el Dios amarillo. Digo desde ya que El signo amarillo es uno de los cuentos que más me ha gustado de Miedo en el cuerpo. Su atmósfera inicial, con un pintor al que empieza a desasosegar la presencia de un extraño guardián de la iglesia que queda enfrente de su casa, está conseguida, y el cuento da un giro para entrar en un territorio inesperado cuando los protagonistas tengan que enfrentarse a la presencia de un libro extraño y maldito, que me ha recordado al Necronomicon de Lovecraft. Por este tipo de cosas apuntaba al principio que me habría gustado un orden cronológico de la publicación inicial de los relatos, para poder comprobar si realmente Chambers se vio influido por Lovecraft o fue al revés.

La marca de la bestia de Rudyard Kipling es otro de los mejores relatos del libro. Como ya ocurrió con el cuento de Kipling que contenía Felices pesadillas, este autor suele destacar en una antología de este tipo. Si en La extraña cabalgata de Morowbie Jukes (el cuento de Felices pesadillas) conseguía llevar al lector hacia el desasosiego sin usar elementos fantásticos, en La marca de la bestia elige directamente el tono fantástico, pero sin renunciar a una descripción verosímil y contenida de los personajes y el exótico ambiente de la India. Cada día tengo más ganas de leer el libro de Cuentos completos de Kipling de la editorial Acantilado.

Negotium Perambulans de Edward Frederic Benson, sobre una casa poseída por la presencia de un ser extraño en un pueblo, es un buen cuento en el mismo sentido en que lo era El valle de la muerte de Cram, pero desde luego no brilla tanto como La habitación de la torre, el cuento de Benson incluido en Felices pesadillas. También debería decir que La habitación de la torre es uno de los mejores relatos de terror que he leído nunca.

Un profesor de egiptología de Guy Boothby me ha parecido más un cuento fantástico que terrorífico. Un cuento sobre una chica a la que consiguen trasladar al antiguo Egipto transformada en un personaje histórico. No me acabó de convencer.

Cuando empecé a leer La nave abandonada de William Hope Hodgson tuve la impresión de que ya lo había leído en la antología Mares tenebrosos (también de Valdemar), pero en realidad no lo había hecho. Lo curioso es que La nave abandonada está ambientado en el mismo mundo de mares tormentosos y luego en calma, con pecios fungosos a la deriva de otros cuentos de Hodgson, como Una voz en la noche. Cada día estoy más convencido de que debería leer la antología de Hodgson de cuentos de terror en el mar que también sacó Valdemar.

Tigresa, de David H. Keller, lo leí el verano pasado. Formaba parte de la antología Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del pulp. Y sí, para qué negarlo; Tigresa es un relato muy pulp (y divertido también).

Muerte de un dios de Henry S. Whitehead, sobre un caso de magia negra en Haití, es un relato convincente y da color a una antología como ésta. Recuerdo que en Felices pesadillas también había un relato similar y me gustó bastante.

Me ha gustado La señora Lunt de Hugh Walpone. Es un cuento de fantasmas bastante bien escrito. En Felices pesadillas había otro cuento de Walpone titulado La máscara de plata que también me gustó bastante. Esto me hace pensar que tal vez debería leer La noche de todos los santos, el libro de Hugh Walpone publicado por Valdemar. «Todas las historias de este género dependen de su verosimilitud para conservar el interés», escribe Walpone en la página 507 y, por supuesto, tiene razón.

Creo que es la tercera vez (al menos) que leo El modelo de Pickman de H. P. Lovecraft. Lo cierto es que me gusta más el cuento La llamada de Cthulhu, incluido en Felices pesadillas, pero El modelo de Pickman también es un gran cuento. Uno de los mejores del libro, para mí que soy un gran seguidor de la obra de Lovecraft. Al leer su cuento no dejo de pensar que muchos de los otros cuentos de esta antología parecen un juego por parte de los autores, pero que Lovecraft parece creer de verdad en lo que escribe, y esta es una diferencia fundamental entre los demás autores y él.

En el cuento de Lovecraft se cita al siguiente autor incluido en esta antología: Clark Ashton Smith. Tengo ganas de leer a Smith desde hace muchos años, desde que sé que es uno de los integrantes del llamado Círculo de Lovecraft. El jardín de Adompha es uno de los cuentos más originales de Miedo en el cuerpo. En él, Smith crea un mundo fantástico que tiene que ver con una fantasía medieval (con reyes y magos) y en este escenario sitúa su eficiente historia macabra.

Frank Belknap Long es otro autor perteneciente al Círculo de Lovecraft. Por eso en su cuento Los perros de Tíndalo el personaje, gracias a una droga, consigue visitar un pasado de la Tierra muy anterior al hombre y descubre allí la presencia de seres Primigenios, muy al gusto de Lovecraft.

En la página 579 llegamos a uno de los maestros del pulp: Robert E. Howard. Su cuento El valle de lo perdido, incluido en Felices pesadillas, fue uno de los que más me gustaron de este libro, debido a su mezcla delirante de géneros. Los moradores bajo la tumba ‒el relato de Miedo en el cuerpo‒ tiene algún elemento en común con el anterior, pero su vuelo es a menor escala. Howard me parece un narrador pulp puro, y es otro de los autores de Valdemar de los que me apetece leer una antología.

Conocía a Fritz Leiber más como autor de ciencia ficción que de terror. Su cuento La chica de los ojos hambrientos me ha gustado porque los terrores que plantea me han resultado modernos, con la presencia de la publicidad en juego y la sutileza de no acabar de mostrar de qué clase de “monstruo” está hablando; aunque el lector intuye que se traba de un cuento de vampirismo.

En El horror de Salem, Henry Kuttner recrea algunos de los mitos de brujería de esta localidad. Es un buen cuento, en cierto modo entroncado temáticamente con El ojo invisible o El albergue de los tres ahorcados de Erckman y Chatrian, que es el segundo cuento de esta antología. Esto también hace, en cierto modo, que la propuesta de Kuttner suene a clasicismo un tanto impostado.

Me ha gustado leer El demonio negro de Robert Bloch (ya saben, el escritor de la novela en que se basa la película Psicosis de Alfred Hitchcock) porque es un cuento del que había oído hablar. En la Narrativa completa de Lovecraft (también publicada por Valdemar) existe un cuento en el que se narra la muerte de un nuevo joven amigo del autor, que se podría identificar con Bloch. Este cuento era una reacción a otro de Bloch en el que habla de su relación con un autor muy parecido a Lovecraft, que acaba muriendo de forma dramática. El demonio negro es ese cuento.

El pequeño asesino de Ray Bradbury me ha gustado porque el terror que se plantea en él está lejos de clichés. Un matrimonio joven tiene un bebé, y la madre empieza a tener miedo de él porque piensa que no es un bebé normal. Su miedo empieza a contagiarse. Me gusta cómo juega Bradbury con los miedos del hombre moderno. Además, mantiene la ambigüedad para el lector de saber si se trata de un cuento fantástico o psicológico.

Con Los hijos de Noah de Richard Matheson me ha ocurrido lo mismo que con el cuento anterior, que también me ha parecido muy moderno. Aquí el terror emana de unos policías de pueblo que detienen, por exceso de velocidad, a un hombre a las tres de la mañana.

El prodigio de los sueños de Thomas Ligotti lo había leído ya en el libro Noctuario. No es el cuento de este libro que más me gustó; me parece que había en él otros mejores. Sin duda, es un buen cuento de terror y Ligotti uno de los mejores defensores del género en la actualidad.

Me ha sorprendido para bien Compañeras de labor, del que, hasta ahora, pensaba que sólo era un dibujante y escritor de cómics, Alan Moore. El cuento habla de dos brujas condenadas por sus crímenes a ser quemadas en la hoguera. Los escenarios pueden ser tan antiguos como los de los cuentos de Poe, pero el tratamiento es mucho más moderno. Sobre todo es moderno en lo referente a la libertad sexual con la que expone sus temas.

No me ha acabado de convencer El pecio de la muerte de Simon Clark y John B. Ford, porque me parece que son dos escritores relativamente jóvenes (nacidos en 1958 y 1963) jugando a escribir un pastiche que no les corresponde. El pecio de la muerte es un texto sobrecargado, con una adjetivación excesiva. Los términos «maligno» o «misterioso» se repiten de forma impía.

Mucho más que el anterior, me gustan los dos cuentos con los que acaban la antología: ¡Levantaos! de Jay Alamares y El fin del mundo tal como lo conocemos de Dale Bailey. El primero sobre zombis y el segundo sobre el apocalipsis. Me gustan porque los dos escritores son conocedores de los convencionalismos del género, y juegan con ellos desde la ironía y el humor. En el primero, los zombis leen a Sartre, y en el segundo el autor le cuenta al lector que no piensa explicarle por qué el protagonista del cuento es el único que no muere cuando todos los hacen. ¿Quién da más?

No estaba seguro de ir a lograrlo, pero al final he hablado un poquito de cada uno de los treinta y cinco cuentos que componen Miedo en el cuerpo. Es posible que Felices pesadillas sea una antología de cuentos de terror más redonda que ésta, pero la que hoy traemos aquí, al elegir cuentos más modernos, también tiene grandes piezas y al final resulta un libro muy entretenido.

Ya lo he dicho muchas veces: me lo paso muy bien leyendo cuentos de terror en las vacaciones de verano y, en general, Miedo en el cuerpo no me ha defraudado en absoluto. En gran medida, me ha dado la diversión adolescente que estaba buscando. Imagino que el verano que viene leeré Felices pesadillas 2.

domingo, 28 de agosto de 2016

Los hombres topo quieren tus ojos, por Varios Autores

Editorial Valdemar. 559 páginas. 1ª edición de los cuentos: décadas de 1930; esta edición es de 2009.
Traducción de Marta Lila Murillo
Prólogo y edición de Jesús Palacios

Yo crecí leyendo ciencia-ficción y terror. Si a los catorce años mis escritores favoritos eran Isaac Asimov y Stephen King, a los dieciséis fueron Philip K. Dick y H. P. Lovecraft. A los diecinueve (casi a los veinte) dejé la fantasía por el realismo, y ya pasados los treinta decidí revisitar aquella literatura de género que hizo de mí un lector. Normalmente vuelvo a estas lecturas en verano. Si el año pasado leí Noctuario de Thomas Ligotti y la antología Felices pesadillas. Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar cuando finalizaba el curso escolar y más tarde me encontraba, a la sombra de unos pinos, en una playa de la bahía de Alcudia (Mallorca), este año que repetía playa también quise volver con Valdemar. Así, no mucho después de acabar el curso escolar, tomé de los altillos de mis estanterías del Ikea Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp, que me había regalado en las últimas Navidades mi pareja (también una gran admiradora adolescente del género de terror y de la editorial Valdemar).

El prólogo de Jesús Palacios –que además ha seleccionado los cuentos de la antología‒ no tiene desperdicio. En él, Palacios nos explica qué se conoce con el nombre de Weird Menace, un subgénero del pulp que se publicó, durante aproximadamente una década, en las llamadas revistas Shudder Pulps. Henry Steeger se convertiría en el editor de revistas pulp que inició este movimiento, tras visitar París y descubrir allí el Teatro del Grand Guiñol, cuyas tramas teatrales tendían a la truculencia. En 1933 Steeger hace desaparecer de su revista las historias de detectives para cambiarlas por las de Weird Menace, un subgénero de las revistas de quiosco con las siguientes características: se plantea una narración en la que pronto aparecen asesinatos. La explicación parece ser sobrenatural, pero al final la historia quedará explicada dentro de la realidad, aunque para conseguirlo la verosimilitud narrativa quede muy dañada. En la historia suele haber una pareja joven: él es fuerte y decidido, ella es muy atractiva. Es posible que la secta oriental que secuestre a la chica (suelen ser sectas orientales, la incorrección política es otra de las características del Weird Menace) la torture y además vaya perdiendo la ropa por el camino. Habrá cadenas, vísceras, cuevas, sectas secretas, ratas, atractivas mujeres ligeras de ropa, asesinatos, aparatos de tortura, científicos locos…

Jesús Palacios reivindica el pulp de los años 30: muchos de los escritores seleccionados en esta antología escribían entre un millón y dos de palabras al año, lo hacían en habitaciones con varias máquinas de escribir (una para los relatos de ciencia-ficción, otra para los de aventuras bélicas, para los westerns, para los de terror o para los de detectives, y también para sus variantes: los relatos de ciencia-ficción picante, los westerns picantes, etc.) y adaptándose a las portadas que les mostraba previamente el editor. Firmaban sus obras con pseudónimos y a veces es difícil saber quiénes eran, porque aparecían y desaparecían de las revistas pulp sin dejar rastro, sin saber si eran los mismos escritores u otros nuevos. Y dentro de la gran oferta de revistas pulp de la época (cuyo público objetivo era la clase media o baja), que se vendían en quioscos, lo más bajo de la cadena eran las revistas de Weird Menace, cuyas portadas con mujeres ligeras de ropa, atadas con cadenas y acosadas por seres repugnantes, no solían mostrarse directamente en los ventanales de los quioscos.

A lo largo de mi infancia creo haber visto en quioscos o en el rastro de Madrid revistas con estas portadas perturbadoras, en las que se mezclaba el erotismo, el sadismo y el terror. Especulo que lo que se vendía en Estados Unidos durante la década de los 30 llegó a España a finales de la década de los 70, y se ofrecían en el rastro durante los 80. Nunca tuve oportunidad de acercarme a alguna de aquellas revistas; me he desquitado, sin embargo, este verano, pasados ya los cuarenta años.

En la página 51 del libro, Palacios acaba su prólogo diciendo:

«¿Qué menos que un elegante ejemplar en imperecedera tapa dura, cosido y cuidadosamente encuadernado, con eruditas –espero– introducciones y notas, y brillante portada en color, para cobijar a los más miserables y vilipendiados escritores de la historia de la literatura moderna, los autores de pulp y, más concretamente, los parias de los Shudder Pulps?
No olvidemos que hubo un tiempo, no muy lejano, en el que maestros hoy consagrados por crítica y fans, como Lovecraft, Howard, Hammett, Chandler, Irish, Leiber, Asimov, Leigh Brackett, Bradbury, Vance y tantos otros, fueron, simple y llanamente, escritores de pulp fiction».

Además del extenso e interesante prólogo, Jesús Palacios introduce cada uno de los trece relatos de esta antología con una nota biográfica de cada autor y la historia del relato y sus características. Si se juntaran estas notas se podría formar un librito a semejanza de la Historia de la literatura nazi en América de Roberto Bolaño, porque las biografías de estos escritores suelen ser muy curiosas: personas que empezaron a publicar con menos de veinte años y que siguieron haciéndolo con más de noventa, que enlazan la era del pulp con la de las publicaciones online en internet, o autores que acabaron siendo guionistas de algunas de las series norteamericanas más famosas de la televisión.

El primer relato de la antología es Los hombres topo quieren tus ojos (1938) de Frederick C. Davis: en un pueblo del interior de Estados Unidos, una noche aparece una joven desnuda y con las cuencas de los ojos vacías. La población está siendo atacada por una serie de semihombres esqueléticos y posiblemente ciegos. Se especula con que son los locos escapados de un manicomio que se refugiaron en una mina, que fue volada y sellada. Pero tal vez dichos locos (perturbados sexuales en la mayoría de los casos) sobrevivieron y han encontrado un modo de volver al exterior y vengarse. Tal vez hayan secuestrado a uno de los más famosos oftalmólogos del mundo (que casualmente vive en este pueblo) y le estén obligando a trasplantar los ojos sanos de las jóvenes del pueblo en sus propios ojos, cegados por años de oscuridad. También uno de los más famosos criminólogos del mundo (casualmente, de nuevo) vive en este pueblo y ayudará a la pareja protagonista a encontrar al oftalmólogo y resolver todos los misterios.
En realidad, como ocurre con la mayoría de las historias seleccionadas para este libro, más que hablar de relatos deberíamos hablar de novelas cortas, porque Los hombres topo quieren tus ojos tiene más de cincuenta páginas.
El relato tiene más de una sorpresa final y acabará con la joven pareja abrazada y contemplando un positivo y prometedor horizonte (otro de los convencionalismos de este género).
La verdad es que, a pesar de los escenarios siniestros y de esas bellas jóvenes a las que se les arrancan los ojos, no podía dejar de reírme al leer esta historia. Como diría César Aira: era tan mala, que era genial. Los hombres topo quieren tus ojos no se puede leer en serio, pero como despropósito narrativo está plagada de hallazgos desternillantes.
Sospecho que Frederick C. Davis no escribió esto en serio y que su público tampoco se lo tomó así. Me imagino a Davis muerto de la risa tecleando en su máquina para historias Weird Menace, pensando ya en pasar a su siguiente máquina de escribir para hacer un relato de ciencia-ficción picante. Y me imagino también meses después a un adolescente de Detroit, sin ningún criterio literario, leyendo esta historia, enganchado a su ritmo, a su locura, a su morbo y a su impostura de cartón-piedra y oscuridad.
Los hombre topo quieren tus ojos parece estar escrito por un Edgar Allan Poe ciego de ácido, o por un César Aira posmoderno entregado a la destrucción de los géneros literarios. Una lectura muy refrescante.

Con El señor de los muertos (1933) llegamos hasta Robert E. Howard, el creador de Conan el Bárbaro y del género de espada y hechicería. Sé que en Estados Unidos hicieron una película sobre su vida. Aquí no llegó y me quedé con ganas de verla. Howard es todo un personaje: casi no salía de su rancho de Texas, y fue uno de los mejores amigos de H. P. Lovecraft (otro de los grandes personajes de la literatura del siglo XX), aunque nunca llegaron a conocerse en persona (su amistad era epistolar). Howard, además de crear el género de espada y hechicería ‒es decir, de ser un precursor de Juego de tronos‒, también se suicidó a los treinta años, después de la muerte de su madre. Yo leí, hace mucho, un libro suyo: Rey Kull, con un personaje parecido a Conan, que a mis dieciocho años me gustó bastante, y también he leído otros relatos suyos en antologías de Valdemar. Me gusta Howard, no al nivel de Lovecraft, pero me gusta. De hecho, puede que El señor de los muertos sea el relato mejor escrito de toda esta antología (que no se caracteriza precisamente por la prosa elevada. El propio Palacios lo dice en el prólogo y en la introducción de cada autor: los cuentos se han seleccionado para mostrar las características del Weird Menace y no por su calidad literaria).
En El señor de los muertos nos encontramos con un detective enfrentado a una peligrosa secta oriental en el barrio chino de una gran ciudad americana. La historia se resolverá con el detective tomando un hacha y enfrentándose a sus atacantes, armados con espadas. Claramente, éste es un caso de «demasiada pasión por lo suyo», o bien de «la cabra tira al monte».

El barco del demonio dorado (1939) de Lazar Levi es un relato especialmente delirante. En él, un grupo de contrabandistas fingen que las costas están amenazadas por un barco fantasma para dedicarse a sus actividades delictivas sin que nadie les vigile. Lo más gracioso de este relato era su erotismo barato. Aquí nos encontramos con un tipo de personaje que va a repetirse en más cuentos: la mujer fatal, muy atractiva y sádica, deseosa de torturar a los hombres.

Con Terror en el rancho de vacaciones (1936) de Richard Tooker sobrepasamos ya la página 200 del libro y algo empieza a ocurrirme: en este relato volvemos a encontrarnos con una amenaza en apariencia sobrenatural, pero ya sé –porque me lo ha contado Jesús Palacios en su prólogo– que, al ser un relato de Weird Menace, la amenaza sobrenatural tendrá una explicación absurdamente realista. De nuevo tenemos aquí a una secta oriental haciendo de las suyas y de nuevo, tras serias amenazas de tortura, la pareja protagonista acabará abrazada y mirando hacia un prometedor horizonte.

Debo reconocer que, cuando el año pasado leí la antología de Valdemar Felices pesadillas, que seleccionaba una serie de relatos publicados previamente por la editorial, los cuentos me parecieron más variados: había cuentos de fantasmas, de vampiros, algunos abiertamente sobrenaturales, otros sólo de forma sugerida, había relatos violentos y no sobrenaturales… Al no saber a qué género se iba a adscribir cada cuento, los leía más intrigado y su efecto era mucho más intenso. En esta antología, después de haber leído ya dos o tres historias, empiezan a pesar sobre el lector las expectativas truncadas por los convencionalismos del género. De hecho, entre los motivos que señala Palacios para explicar la desaparición de este tipo de revistas, no solo se encuentra la censura, sino el exceso de repeticiones temáticas.

Sin embargo, es una suerte que la quinta novela corta seleccionada sea Tumbas para los vivos (1937) de William Irish, porque Irish es un escritor todavía recordado por sus novelas negras, y esta historia está mejor escrita que otras del libro. Además tiene algún alarde técnico, como el cambio de la tercera persona a la primera. El tema aquí es el de los enterramientos vivos, y también hay una secta malvada, pero lo he leído con genuino interés. Lo dicho: uno de los mejores relatos del libro.

Locura rubia (1934) de Arthur Humbolt recrea el gran tema del artista loco que necesita diferentes partes de bellas mujeres para crear a la modelo perfecta. Es corto, divertido y previsible.

La cosa que cenaba muerte (1936) de John H. Knox está algo mejor escrito que la media, y contiene alguna escena de gore realmente «grimosa», por usar el mismo adjetivo que Palacios.

La profecía (1934) de Hugh B. Cave es uno de los relatos que más me han gustado del libro. Me gusta su tono realista: en vez de encontrarnos aquí con la ya consabida secta oriental, los protagonistas del relato (blancos) acuden a un acto religioso un tanto perturbador, llevado a cabo por negros que creen en el contacto con el más allá. Su final, en el que se juega a la existencia de una explicación natural, o tal vez sobrenatural, me ha parecido sutil. Este relato me ha gustado más porque el conflicto me parece más realista y verosímil que otros y porque su final, paradójicamente, puede ser fantástico.

Sangre para el vampiro muerto (1940) de Robert Leslie Bellen vuelve a resultarme repetitivo, pero introduce la variante del vampirismo como posible explicación sobrenatural a los hechos narrados y esto le hace ser un poco diferente. Como dicen ahora los adolescentes: «Next».

Tigresa (1937) de David H. Keller es uno de los relatos más famosos del conjunto. Está ambientado en Italia y esto hace que presente ya una peculiaridad, al salirse de los escenarios norteamericanos. Una nueva variante mórbida del mito de la mujer fatal. Está bien.

Cuando la bestia negra se sació (1937) de Hal K. Wells parece imitar en sus comienzos a un relato de H. P. Lovecraft, pero enseguida pasa del posible terror sobrenatural y sugerido a la real amenaza de los asesinos portadores de objetos cortantes. Divertido.

De Momias a la carta (1940) de E. Hoffmann Price me quedo con su atractiva ambientación egipcia. Por lo demás, un poco de lo de siempre: calabozos, enterramientos, bellas mujeres, muertes, sectas, cuchillos, luchas…

Creo que Jesús Palacios ha dejado astutamente para el final el que puede ser el mejor relato del libro: Novias frescas para la hija del diablo (1940) de Bruno Fisher. Otro relato de loca mujer fatal, pero con mayores dosis de erotismo sádico y perversión que en otras piezas. Al leer este cuento no me reía, lo leía en serio, con creciente angustia.

En resumen: ya he apuntado antes que conocer las premisas teóricas con las que está construido un cuento de Weird Menace (presentación sobrenatural del relato, pero resolución realista, aunque inverosímil; presencia de sectas secretas, a las que les gustan las mazmorras y las torturas; leve erotismo, un poco enfermizo; un poco de gore; escena cursi final de la pareja protagonista que ha conseguido sobrevivir a los peligros…) hace que el lector ya sepa, más o menos, cómo va a avanzar la narración y esto le hace perder frescor a su lectura. Además, debería apuntar que entre las antologías Felices pesadillas (cuentos seleccionados por su calidad literaria dentro del género de terror) de la propia Valdemar, y Los hombres topo quieren tus ojos, me quedo con la primera. Pero también he de decir que este libro que comento hoy no deja de ser una rareza muy divertida y quizás bastante posmoderna, ahora que desde las alturas literarias se reivindica tanto la literatura de género.

Por otro lado, resulta curioso observar la profunda influencia de este tipo de narraciones marginales de los años 30 en gran parte del cine adolescente de los 80. Por citar algunos ejemplos que no menciona Jesús Palacios en su prólogo (su análisis de la influencia del Weird Menace en la literatura y el cine es verdaderamente brillante) se pueden citar El templo maldito, la segunda parte de la saga de Indiana Jones, que contiene casi todos los elementos del Weird Menace, o la película El secreto de la pirámide, sobre las aventuras del joven Sherlock Holmes.

Me ha gustado el apunte que hace Palacios sobre H. P. Lovecraft: aunque su amigo Robert E. Howard sí que accedía a escribir cuentos según las sugerencias –o mandados– de sus editores, y lo hacía en muchos casos usando seudónimos, Lovecraft, poseedor de un potentísimo mundo propio, no conseguía plegarse a esas imposiciones externas. Y si esto me parece honroso, no deja de ser paradójico que también me lo parezca lo contrario: me gusta que Jesús Palacios y la editorial Valdemar homenajeen a escritores profesionales tan vilipendiados y menospreciados como éstos (si Los hombres topo quieren tus ojos, el primer relato del libro, lo escribiera ahora mismo César Aira, lo celebraríamos como una más de sus genialidades y no dudaríamos en calificarlo de alta cultura).


Resumen del resumen: este libro es una curiosidad muy atractiva, un libro tan loco como divertido, que interpela directamente al lector adolescente que llevamos dentro (ese lector un poco pervertido, un poco sádico, al que le gusta pasar miedo y asco y reírse de sí mismo pasando miedo y asco). A ese lector adolescente, un poco playero y piscinero, que nos convirtió en los lectores adultos que somos ahora.

domingo, 23 de agosto de 2015

Felices pesadillas. Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar, por VV. AA.

Editorial Valdemar. 982 páginas. 1ª edición de los cuentos: siglo XIX y principios del XX; este volumen es de 2014.
Traducción VV. AA.

Ya he comentado que en la pasada Feria del Libro de Madrid, el último domingo, compré en la caseta de la editorial Valdemar dos libros, Noctuario de Thomas Ligotti (comentado la semana pasada) y éste de Felices pesadillas. Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar. Se trata de una antología de relatos seleccionados por los propios editores de Valdemar entre todos los libros que habían publicado entre 1987 (año en que Valdemar empezó a funcionar, supongo) y el 2003 (año en que tuvieron esta idea, que ahora mismo ya va por su tercer volumen). En el corto prólogo del libro, los editores Rafael Díaz Santander y Juan Luis González Caballero, nos cuentan que han realizado esta selección de 40 cuentos con la premisa de que no se repitieran autores, y se han centrado en gran medida en el siglo XIX porque es la gran época del relato de terror clásico.

En 2011, para acompañar a mis alumnos en su viaje de fin de curso a Mallorca, me llevé a la isla el libro de Valdemar Una antología de cuentos de terror en el mar. Recuerdo que me lo pasé muy bien con estos cuentos, y para este 2015 en el que iba a pasar quince días en el norte de la isla me pareció una buena idea llevarme esta otra antología de cuentos de terror. Si la de cuentos de terror en el mar tenía 624 páginas y 19 cuentos, esta tiene 982 páginas y 40 cuentos. Desde ahora mismo que estoy tecleando en mi ordenador, refugiado del calor de julio en la biblioteca Eugenio Trias del Retiro, me doy cuenta de que no voy a poder comentar todos los cuentos, que esa labor sería ardua y desproporcionada, pese a que de cada uno tengo algunas pequeñas anotaciones (hechas en la playa, más de una). Así que voy a comentar algunos, intentando encontrar criterios para agruparlos o por el contrario tratando de mostrar su singularidad.

De entrada he echado de menos algo que sí que tenía Una antología de cuentos de terror en el mar: una ficha introductoria a cada cuento que hablara del autor, sus principales obras y en qué año fue publicado por primera vez el relato. Algunos escritores son de sobra conocidos, y de otros se puede deducir su nacionalidad por el nombre, pero entre los menos conocidos y pertenecientes al mundo anglosajón he dudado más de una vez si serían norteamericanos , británicos o de tal vez (que no creo) australianos, etc.
Los cuentos están ordenados por la fecha de nacimiento de los autores, y esto hace –supongo- que en algún momento relatos escritos años después que otros aparezcan antes en la antología.

El libro empieza con Vampirismo de E.T.A Hoffmann. Después de acabar con el libro de cuentos de Thomas Ligotti, y sobre todo con su tercera parte que, como ya conté, me cansó un poco, me gustó leer este relato, en el que la fuerza de lo narrado no estaba en la atmósfera creada sino en el mero avance de la trama. Vampirismo contiene alguna escena espeluznante y cumple perfectamente con las expectativas.
El segundo cuento, Las aventuras de Thibaud de la Jacquière del escritor Charles Nodier, me ha parecido peor, pero quiero hablar de él porque ya detecto una de las fuentes de las que emana el terror en el siglo XIX. Cuando comenté Una antología de cuentos de terror en el mar me percaté de que los miedos del hombre cambian con el tiempo: en el siglo XIX los viajes largos se hacían en barco y estaba muy presente para el hombre de la época la posibilidad de que se dieran naufragios y que se muriera en el mar. De ahí toda esa literatura sobre la posibilidad de la muerte en el mar. En los primeros relatos de esta otra antología, observo que uno de los miedos más claros para las personas del siglo XIX era no ya el miedo a la muerte (que también) sino el miedo a la condenación por morir en pecado. Una persona del siglo XIX normalmente tenía conciencia religiosa, lo que implicaba (en la época) que además de la existencia del cielo como premio estaba la del infierno como castigo. Así en Las aventuras de Thibaud de la Jacquière un joven disoluto invoca tanto al demonio que éste se le acabará apareciendo para hacerle pagar por sus pecados. Otro hecho llama mi interés: estos cuentos de terror platean situaciones bastante atrevidas para la época, que en muchos casos tienen que ver con pulsiones sexuales sublimadas. Así en estos ambientes de pecadores (con alto riesgo de que se les aparezcan los demonios y de caer en la condenación eterna) nos encontramos con orgías (Las aventuras de Thibaud de la Jacquière, El elixir de larga vida de Honoré de Balzac o La muerta enamorada de Théophile Gautier), deseos sexuales fuera del matrimonio o simplemente inconvenientes, entre los que destacaría la necrofilia (La muerta enamorada de Théophile Gautier), y subversión de las normas sociales establecidas (El joven Goodman Brown de Nathaniel Hawthorne). Así que los cuentos fantásticos y de terror del siglo XIX en gran medida son, a pesar de ese trasfondo del binomio pecado-condenación (del que se sirven como de un juego) una literatura subversiva y por tanto con mucha capacidad para adelantarse a su tiempo.

Se incluye aquí Rip van Winkle de Washington Irving, que he leído en otras dos antologías en los últimos años. Es un buen cuento, pero deberíamos puntualizar que es más un cuento fantástico que de terror.
No me ha gustado mucho La bofetada de Carlota Corday de Alexandre Dumas, porque este relato se basa en una pequeña anécdota y no existe en él una verdadera trama de personajes.

Una de mis grandes lagunas como lector es la de no haber leído nunca los cuentos completos de Edgar Allan Poe, aunque sí que he leído La narración de Arthur Gordon Pym y algunos de sus cuentos más significativos. No había leído antes el que se incluye aquí: Los hechos en el caso del señor Valdemar. Me ha parecido original, con el deseo de dar una visión científica del experimento de hipnotizar a una persona a punto de morir. El cuento acaba con el siguiente párrafo: “Mientras ejecutaba rápidos pases hipnóticos entre exclamaciones de «¡muerto!», que literalmente explotaban en la lengua y no en los labios del paciente, su cuerpo entero, de pronto, en un solo minuto o incluso en menos tiempo, se contrajo, se deshizo, se pudrió entre mis manos. En el lecho, a la vista de todos los presentes, sólo quedaba una masa casi líquida de repugnante, de execrable putrefacción.” (pág. 154) Imagino que a esto es a la que se refiere Jorge Luis Borges cuando afirma que Lovecraft copia lo peor de Poe.

La muerta enamorada de Théophile Gautier me ha parecido uno de los mejores cuentos del libro, todo un relato clásico sobre el vampirismo y el mundo de los sueños.
El guardavías de Charles Dickens es otro texto clásico, destacable. Quizás junto a relatos tan bien escritos como estos, otros, como Schalken el pintor de Joseph Sheridan Le Fanú, siendo correctos resulten de calidad inferior.

La araña cangrejo de Erckmann y Chatrian abandona el tema religioso (o tal vez no, porque en esta narración puede estar implicado el vudú caribeño) y se centra en el desarrollo anormal de la naturaliza, hablándonos de otro horror, el que podríamos llamar “horror biológico”. Lo cierto es que el cuento no acaba de estar bien cerrado y más de una explicación queda en el aire.

Una cama terriblemente extraña de Wilkie Collins deja el terror sobrenatural y nos acerca a miedos mucho más mundanos y realistas: el de los asesinos. Collins no defrauda creando un texto de intriga. No es el único en esta línea: Los dualistas de Bram Stoker, un relato sobre la crueldad de los adolescentes resulta estremecedor. Y tal vez podríamos incluir aquí El clan de los parricidas de Ambrose Bierce. Aunque, como he leído en más de una ocasión, Bierce es un género literario en sí mismo y su relato de asesinos no acaba de ser del todo realista, porque tiene toques expresionistas, y lo que se dedica principalmente es a romper las normas sociales de la decencia de la época. En el terror realista también podemos incluir el intersante La máscara de plata de Hugh Walpone.
Como cuento de terror realista destaca La extraña cabalgada de Morowbie Jukes de Rudyard Kipling, ambientado en la India, sobre un poblado de personas abandonadas por haber estado próximas a la muerte. Un cuento muy bien escrito.

Junto a un muerto de Guy de Maupassant resulta extraño encontrarlo en esta antología porque no me ha parecido un relato de terror, sino un relato melancólico sobre la muerte de Schopenhauer. Esta idea metaliteraria ha hecho que me pareciese estar leyendo un cuento de Roberto Bolaño.

Nos encontramos aquí con  muestras claras de lo que se suele llamar la “historia de fantasmas”, un género literario muy británico. Podemos destacar en este subgrupo una composición como La habitación de la torre de Edward Frederic Benson y por supuesto El grabado de M. R. James, que yo, que he leído todos los cuentos de James (un volumen muy recomendable de Valdemar), no estoy seguro de que sea su mejor cuento, pero en cualquier caso es muy original, y contiene algo que el cuento de Benson no tiene: humor, con una ironía perfectamente inglesa.
Me ha gustado el cuento de fantasmas ¿Qué es eso? De Fitz-James O´Brien, donde el lector acaba sintiendo compasión por el fantasma atrapado.

Dentro de los cuentos de fantasmas podemos encontrar una subdivisión muy curiosa: la formada por aquellas narraciones escritas de una forma tan ambigua que admiten una explicación fantástica o bien una explicación realista. En este sentido destacaría La pata de mono de William Wymark Jacobs (que empieza de una forma un tanto artificiosa y termina con una tensión muy bien llevada), El fantasma inexperto de H. G. Wells (que como el cuento de James también tiene humor) y Sredni Vashtar de Saki.

Sé que Valdemar ha sacado otra antología (que acabé leyendo) sobre la gran época del relato pulp. Pero en este libro ya nos encontramos con más de un detalle pulp; en este sentido me ha parecido bastante horripilante y gracioso el final de La novela del polvo blanco de Arthur Machen, y puro pulp es Grillos de Richard Matheson.

No me ha gustado mucho el cuento Intercambio mutuo, sociedad limitada cuyo artificioso planteamiento sobre personalidades que cambian de cuerpo ha hecho que no entrara en él. Tampoco me ha gustado La maldición de los fuegos y las sombras de William Butler Yeats, un cuento con un trasfondo de leyenda patriótica, que lo cierto es que no casaba bien con esta antología.

Creo que esta es la tercera vez que leo La llamada de Cthulhu de Lovecraft y vuelvo a ella, a los cuarenta y un años, y creo que me acaba pareciendo el mejor cuento de todo este libro. Los primeros amores son así, para toda la vida. Lo único es que en las antiguas traducciones de Alianza a los largos periodos de tiempo los llamaban “eones” y aquí Francisco Torres Oliver, el traductor, se empeña en llamar a mis queridos “eones” “evos”, palabra que me gusta menos.

El hombre árbol de Henry S. Whitehead me gusta por su ubicación exótica (este podría haber sido otro criterio para unificar los cuentos), ya que transcurre en la isla de Santa Cruz, en las Pequeñas Antillas Danesas, un cuento que tiene que ver con los ritos africanos en América.

He vuelto a leer Una voz en la noche de William Hope Hodgson, cuento que también estaba en Una antología de relatos de terror en el mar, y me ha vuelto a gustar, claro. Aún tengo pendiente de leer el libro de cuentos de Hodgson que publicó Valdemar.

Me parece bastante destacable El valle de lo perdido de Robert E. Howard (el creador de Conan, el Bárbaro), un cuento que empieza como un western, planteando un enfrentamiento entre dos familias de vaqueros en Texas, que se adentra en el territorio de las leyendas indias, para acabar siendo una historia de extraterrestres y civilizaciones perdidas, sin dejar de pasar por el género de zombis. Un cuento (o novela corta, algunos de estos cuentos están entre las 30-50 páginas) que parece una broma posmoderna escrita por César Aira o Elvio E. Gandolfo, pero que Howard posiblemente escribió sin ninguna ironía, y ser así de moderno, y encima haciéndolo en serio, le convierte en un autor encantador.

Se incluyen aquí dos cuentos escritor originalmente en español: El síncope blanco de argentino Horacio Quiroga y Mater Tenebraum de Pilar Pedraza. El de Quiroga es original, pero yo he leído su Cuentos de amor, de locura y de muerte y aquí había cuentos más terroríficos y mejor escritos. El de Pedraza, que cierra el volumen, es un cuento original, porque mientras que en los otros (principalmente pertenecientes al mundo anglosajón) el fantástico se muestra más puro: en la realidad narrada ocurre algo anómalo que los personajes entienden como anómalo (por ejemplo, alguien ve un fantasma y reacciona con miedo e incredulidad), en el cuento de Pedraza lo maravilloso (encontrarse, por ejemplo, con una mujer vampiro) es asumido como real por los personajes. Mater Tenebraum es un cuento oscuro, a veces incluso sórdido frente a la elegancia anglosajona de, por ejemplo, M. R. James o Benson.

Creo que me han faltado por citar muy pocos cuentos. Algunos como Los muertos se vengan de Claude Vignon, El comerciante de ataúdes de Richard Middeleton o Calor de agosto de William Harvey no es que sean malos cuentos, pero palidecen ante otros de mayor calidad. Se me queda colgado también Pues la sangre es vida de Francis Marion Crawford, que no está nada mal, aunque quizás el tema vampírico resulta ya al leerlo un poco repetitivo, y antes ya se ha leído La muerta enamorada de Gautier, que es mejor. A pesar de todo, me gusta su ubicación italiana.
No he dicho nada de Ante la ley de Franz Kafka, que no estoy seguro de si este texto expresionista encajaba muy bien en esta antología. En el prólogo, los editores nos cuentas que estuvieron pensando incluir aquí La metamorfosis, pero lo descartaron porque era demasiado largo.

Y me estaba dejando atrás también –me percato al revisar el índice- dos de los mejores cuentos del libro: El ladrón de cadáveres de Robert Louis Stevenson, un cuento realista que se convierte, por sorpresa, en fantástico en el último párrafo. Y John Barrington Cowles de Arthur Conan Doyle, un cuento sobre extraños poderes mentales que proceden de la India. El nivel de escritura de estos cuentos destaca.

Y creo que al final, pese a mi comentario inicial, sí que he conseguido hablar de todos los cuentos.


En resumen: Felices pesadillas es una estupenda antología de cuentos fantásticos y de terror, que me hace preguntarme por qué a los diecinueve años yo, que había crecido casi exclusivamente con la literatura de género (ciencia ficción, terror y fantasía épica) dejé de golpe todo esto por el realismo tras leer La senda del perdedor de Charles Bukowski. Estos libros de género me apetece leerlos, me doy cuenta, sobre todo en verano, cuando es más fácil rescatar de nuestro interior al adolescente que fuimos. He estado viendo las novedades de Valdemar (antología de relatos pulp, antología de relatos de momias, el nuevo libro de Ligotti, el tercer volumen de cuentos antologados por la editorial…) y no sé si voy a resistirme hasta el próximo verano. Estos libros son muy divertidos.

viernes, 1 de julio de 2011

Mares tenebrosos. Una antología de cuentos de terror en el mar, por VV. AA.

Editorial Valdemar. 624 páginas. Esta edición en bolsillo de 2011.

En las dos ocasiones pasadas que acompañé a mis alumnos del colegio donde trabajo a su viaje de fin de estudios en Mallorca, ante el posible escaso tiempo, me llevé para esa semana libros de poemas. Esta vez me apeteció más la prosa, y me pareció que estos Mares tenebrosos. Una antología de cuentos de terror en el mar era el libro perfecto que debía acompañarme a una isla.
Casi todos los años suelo visitar, durante la Feria del Libro de Madrid, la caseta de Valdemar, una de mis editoriales favoritas por su dignificación del género de terror y sus cuidadas nuevas traducciones anotadas de los clásicos. En esta ocasión un aguacero nos sorprendió (iba con mi novia) al acercarnos hasta allí, y tuvimos que permanecer casi media hora guarecidos debajo del toldo de la caseta de Valdemar, hojeando sus libros. Todo un placer.
Además sé que cuando se acerca el verano, y las vacaciones de profesor, me apetece volver a los géneros literarios con los que crecí: la fantasía, la ciencia-ficción o el terror, como una vuelta a la primera juventud.

Mares tenebrosos está compuesto por 19 cuentos (aunque dos o tres de las composiciones podrían casi considerarse novelas cortas). Hay dos autores representados con dos piezas: William Hope Hodgson y Robert E. Howard, y por el contrario hay dos piezas en cuya composición han intervenido dos autores: La noche del océano por H. P. Lovecraft y por Robert Barlow, y El pecio de la muerte por Simon Clark y John B. Ford.
El antologador José María Nebreda nos cuenta en la introducción que ha tratado de que su selección sea significativa, pero ha huido de las referencias en principio más evidentes (no hay ningún cuento de Edgar Allan Poe, por ejemplo), primando a escritores y cuentos menos conocidos.

Ya he hablado en este blog de al menos dos formas de construir un relato breve: contando una historia en primer plano y dejando sentir en segundo plano una historia secundaria que es realmente la que da fuerza al cuento (Raymond Carver) y otra que consistiría en mostrar una realidad en un número limitado de páginas, y esa estampa nos hace comprender un entorno mucho más amplio, como si gracias a la fotografía de un edificio o una calle pudiésemos tener una intuición de cómo es una ciudad (Juan Rulfo). Los relatos de un libro como Mares tenebrosos siguen otro esquema compositivo: lo importante es la propia evolución de la trama, desarrollada de una forma imaginativa; y en la tensión que genera la aparición del buque fantasma o el monstruo de las profundidades recae la fuerza poética de lo narrado.

Antes de cada relato aparece una pequeña ficha que presenta al autor. La primera sonrisa me la produjo la semblanza que acompaña al primer cuento, La noche del océano, donde se habla de la admiración que Robert Barlow sentía por Lovecraft y cómo el primero irrumpió en la casa del segundo, tras la muerte de éste, para apropiarse de sus escritos; lo que fue impedido por Derleth y Wandrei, otros dos escritores del círculo de Lovecraft. La noche del océano es posiblemente el relato de toda la antología que está escrito con un cuidado mayor del lenguaje. Aquí nos encontramos con los párrafos sugerentes, exagerados y envolventes que suele usar Lovecraft para crear una atmósfera. La noche del océano se puede leer como un relato mediocre de Lovecraft o un imitación, pues está escrito en principio por Barlow (siguiendo la estela de su maestro) y corregido por Lovecraft durante una vista a aquél en su casa de Miami.

De otras fichas biográficas me ha llamado la atención el misterio que la identidad del escritor plantea en sí mismo. En el tercer relato, Un barco maldito, el antologador Nebreda sabe que está escrito por Joshua Snow, pero desconoce las fechas de su nacimiento y muerte, ni ha conseguido tampoco ninguna referencia biográfica. El relato lo ha tomado de una vieja antología inglesa de cuentos de misterio y eso es todo: la literatura como un viaje a la desaparición y a la calamidad. Y Un barco maldito es un muy interesante cuento de terror, compuesto con la clásica técnica del hombre que narra una historia a otros en un bar, en un salón o, aquí, en un barco; en este caso un habitualmente callado marinero narra a sus compañeros de travesía, durante un momento de calma chicha en el mar, cómo en otro viaje avistó a un barco fantasma. “Los barcos fantasmas están gobernados por esqueletos” apunta un marinero en este relato, y otro le contesta: “No es cierto. Los barcos fantasmas no llevan tripulación. Vagan por siempre flotando en el mar, sin rumbo fijo.”, y el narrador concluye: “En realidad, yo creo que se trataba de un barco maldito, uno de esos cascarones que nacen con mala estrella” (página 99).
Y también habría que destacar algunas biografías que sí han sido encontradas, como la del último autor, Richard Middleton (1882-1911); “personificación poética del estereotipo romántico”, le llama Nebreda. Middleton escribía, fue pobre, no tuvo suerte en el amor, y se suicido a los 29 años, a las puertas del éxito y el reconocimiento por sus cuentos de fantasmas. Su relato El buque fantasma se sale un poco del conjunto, ya que es más irónico que terrorífico, con un toque melancólico, y esto le hace ser interesante.

Una de las reflexiones más interesantes a las que nos conduce la lectura de un libro como Mares tenebrosos es a la de darnos cuenta de cómo los miedos sociales cambian a lo largo de las épocas. El temor al mar era un miedo con una presencia total para un europeo del siglo XIX: cualquier viaje largo conllevaba tener que utilizar un barco y enfrentarse, en consecuencia, a un naufragio y a la muerte. Un miedo que el hombre del siglo XX fue perdiendo cuando sus desplazamientos pasaron a depender del avión.
Y el miedo da lugar a la superstición, supersticiones que tuvieron que circular por el mundo durante siglos y que ahora casi se han perdido. He constatado la existencia de más de una durante la lectura de Mares tenebrosos: por ejemplo, cualquier marinero del siglo XIX sabía que uno no debe navegar con un cadáver a bordo, que el cuerpo debe ser arrojado al mar y deshacerse de él (una superstición que partiría de un hecho real: el miedo a los contagios de enfermedades en un espacio cerrado).

Uno de los valores añadidos que tiene una antología es la de encontrar nuevos nombres que apuntar para lecturas futuras: me quedo con el nombre de William Hope Hodgson (1877-1918), un escritor de terror reconocido en el mundo anglosajón y que aquí ha empezado a ser conocido gracias al trabajo de Valdemar. Sus dos cuentos seleccionados son de los mejores de la antología.
También me ha apetecido retomar a Robert E. Howard, sus dos cuentos también me han parecido destacables.


Un hecho curioso, algo que se puede desprender con naturalidad del mundo de revistas pulp anglosajonas, es que el cuento que sigue a Una voz en la noche (el segundo de Hodgson) es tomado por el siguiente autor, Philip M. Fisher, como los mimbres con los que va a construir su historia, y podría leerse incluso como una segunda parte; es el titulado La isla de los hongos: unos marineros naufragan en una isla de extraña y amenazante vegetación. Una novela corta que es otra de las composiciones que más me han gustado.

En Mares tenebrosos hay una triple representación española: en primer lugar aparece un tal Julio F. Guillen, del que Nebreda tampoco ha conseguido datos biográficos, y cuyo relato Superstición está escrito con un lenguaje arcaico (al menos para un español del siglo XXI) que contrasta con el empleado en las traducciones del ingles de la mayoría de los relatos, unas traducciones átonas en el español actual. De hecho este relato está escrito (o así parece) desconociendo la tradición del cuento de fantasmas anglosajón, puesto que no contiene sucesos sobrenaturales, sino que más bien es una estampa sobre las supersticiones marineras.
Algo parecido ocurre con el cuento de Vicente Blasco Ibáñez, Hombre al agua, que lejos de la tradición del relato de fantasmas es un cuento naturalista sobre la pobreza y la falta de oportunidades.
En cambio, el cuento de Óscar Sacristán (1971), El misterio del Vislateck, está escrito desde un presente muy contemporáneo conociendo la tradición del cuento anglosajón en la que se inscribe. En realidad El misterio del Vislateck es una novela de unas 100 páginas que casi consigo leer en una playa de Mallorca, mientras acompañaba-vigilaba a mis alumnos, de una sentada, protegido del sol por unas rocas. Pero cerca de la una de la tarde la sombra desapareció y tuve que enfrentarme al fuego del día y dejarme sin leer 20 páginas, a las que no me pude acercar hasta dos días después en el aeropuerto, aquejado de falta de sueño, y desafortunadamente ya había perdido un poco el hilo de una trama envolvente y compleja. Aún así disfrute mucho de su lectura, protegido del sol en la sombra de las rocas playeras.

Destacaría también la novela corta Al otro lado de la montaña, de Michel Benabros, por la crudeza de su primera parte, donde el terror es más humano (marineros sádicos) que sobrenatural, y con una segunda parte fantástica, imaginativa y sugerente.

Me gustó bastante también La llave de los tres esqueletos, de George G. Teudouze, por su uso de la trama visceral y pulp sin complejos, con sus tres vigilantes de un faro atacados por un ejercito de ratas.

Quizás ha habido algún cuento que me ha resultado algo repetitivo y carente de fuerza, al compararlo con otros de la antología, como Fuego en el brasero de la cocina de William Outerson.

Otra reflexión que me surge al leer estos cuentos de terror es la fuerza que tiene el género para crear una realidad autónoma y cómo ésta se puede desmoronar al no atender bien a los pequeños detalles. He leído 600 páginas de cuentos donde que aparezcan barcos llenos de esqueletos que reman, monstruos de las profundidades, islas con plantas malignas, ratas de medio metro que arriban en barco a faros solitarios y los atacan… eran la realidad más normal y divertida del mundo dentro de su contexto literario, y me han saltado como increíbles o problemáticos dos sucesos de dos relatos:

En El misterio del Vislatek de Óscar Sacristán en la primera página de la novela (pág. 252) el capitán (la narración es el diario de a bordo de este hombre) nos cuenta que les han telegrafiado desde Boston para advertirles que otro barco va a sufrir un retraso. Y yo volvía a releer el párrafo: están en un barco de vela en alta mar, en un relato ambientado en 1897, y les telegrafían ¿cómo es eso?, ¿el telégrafo no iba con cables?,  ¿cómo se puede telegrafiar a un barco en alta mar? O yo no tengo algún conocimiento de los avances científicos de 1897 o aquí hay un error que me hacía leer la historia -una buena historia, por otra parte- como si caminara por un agradable paisaje con una piedrecita en el zapato.

En Fuego en el brasero de la cocina, de William Outerson, un barco se ve atacado por unos monstruos de las profundidades marinas, con forma de pulpos gigantes. Se establece una lucha en la cubierta con hombres que son machacados y devorados, hay tentáculos que son amputados… Hasta aquí bien, estas son las reglas del juego. Pero al final, cuando los pulpos gigantes se comen a todos los marineros, el barco navega a la deriva hasta que le encuentra otro barco, cuyos tripulantes suben a bordo del primero y resulta que “las cubiertas estaban limpias y ordenadas, excepto por unas manchas de café que había quedado en la cubierta de proa y aún estaban húmedas” (pág. 523). Así que no mucho antes se ha producido en cubierta una lucha feroz, a hachazos contra la invasión de unos tentáculos de pulpos gigantes de las profundidades, se han cortado miembros, ha salpicado la sangre… y tras el festín ¿los pulpos gigantes han limpiado la cubierta?, ¿son así de considerados los monstruos marinos? ¿En qué pensabas Outerson? Este final me sacó totalmente del relato.

Esta edición cuenta además con unos versos iniciales, de diferentes autores, sobre el miedo al mar, y al final tiene un apéndice con el esquema de un barco y un diccionario con términos marineros. Me ha encantado conocer la palabra derrelicto (buque u objeto abandonado en el mar).
Además el autor Óscar Sacristán también ha enriquecido el libro con unas interesantes ilustraciones.

Me había interesado hace unos años por Mares tenebrosos porque al buscar en google información sobre la editorial Valdemar, en muchos foros más de una voz apuntaba que este libro era uno de sus favoritos de la casa. Valdemar tiene en Internet fans muy entusiastas, en la mayoría muy jóvenes, y a su recomendación juvenil me voy a unir yo desde mi madurez inmadura.