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martes, 13 de marzo de 2018

Últimas palabras en la Tierra, por Javier Serena


Editorial Gadir. 196 páginas. 1ª edición de 2017.

De Javier Serena (Pamplona, 1982) había leído hasta ahora dos libros, La estación baldía y Atila. Un escritor indescifrable. Cuando hacia finales de 2017 publicó su nueva novela con la editorial Gadir (donde ya publicó La estación baldía) me escribió, a través de Facebook, para preguntarme si me apetecía leer su libro. Al final quedamos en Huertas y él me pasó Últimas palabras en la Tierra y yo a él mi libro de relatos Koundara. Javier y yo quedamos de vez en cuando para hablar de literatura.

Dejé Últimas palabras en la Tierra en mi montaña de libros por leer hasta que vi que Javier anunciaba la presentación de su novela en La Central de Callao el viernes 12 de enero. Me apeteció pasarme con el libro ya leído, así que lo empecé el domingo anterior, previo a mi vuelta al trabajo tras las vacaciones de Navidad.

El protagonista de Últimas palabras en la Tierra es Ricardo Funes, un escritor de origen peruano, que tras pasar su juventud en México DF emigró a España para instalarse definitivamente en el pueblo gerundense de Lloret de Mar. En México, junto a un amigo ­–el poeta Domingo Pasquiano– y otro grupo de jóvenes, fundó el movimiento literario de los negacionistas. Además, Funes se dedicó, durante sus turbios años de juventud, al tráfico ilegal de tabaco. En Cataluña, Funes (emigrado junto a su madre) trabajará primero como vendedor ambulante de productos de cuero y luego como vigilante de un camping. Cuando la joven Guadalupe Mora se convierte en su mujer, se instalará definitivamente con ella en Lloret de Mar. Aquí, ella tendrá un trabajo fijo en el ayuntamiento y él se dedicará a perseguir su sueño de ser escritor. Primero mandará sus relatos y novelas a concursos de provincia, a la vez que recibe el rechazo de todas las editoriales. En un periodo final de su vida (unos siete años), antes de su muerte prematura a los cincuenta, su talento (destapado a la vez que la enfermedad pulmonar que lo conducirá a la muerte) será al fin recompensado con la publicación de sus libros y el reconocimiento.

Imagino que el lector avezado habrá encontrado ya, tras leer mi resumen de la vida de Ricardo Funes, paralelismos muy marcados entre el protagonista de Últimas tardes en la Tierra y Roberto Bolaño.

El protagonista de Atila, la anterior novela de Serena, era Aliocha Coll, el único escritor de la agenda de Carmen Bacells que no consiguió alcanzar ningún tipo de éxito. Un escritor que iba para médico y que se perdió en el laberinto incomprensible de sus propias abstracciones literarias, lo que le acabó conduciendo a la depresión y al suicidio. En Atila, Serena especulaba sobre la vida y los pensamientos de este escritor –que fue amigo de Javier Marías, un autor muy admirado por Serena–, usando su nombre verdadero.

Últimas palabras en la Tierra guarda una relación muy clara con Atila. Las dos parten de la fijación de Serena por la vida de escritores que acaban siendo mártires obsesivos de su quemante deseo de perfección. Es cierto que el viaje de Coll acabó en el fracaso y que el de Bolaño (o Funes) en el éxito, y que este éxito podría haber sido perfectamente también fracaso, y perfectamente la historia de Funes (se insinúa en la novela) podía haber conducido al suicidio. Durante muchos años, para los dos el arte fue una calle empedrada de sufrimientos y frustraciones, un camino para ascetas y locos.

En esta nueva novela, especulo que para sentirse más libre creativamente, Serena ha decidido no utilizar el verdadero nombre del escritor que le inspira a escribir. Imagino también que en el primer caso quería reivindicar la figura perdida de Aliocha Coll, y en el segundo, a Bolaño, como todos sabemos, no hace falta que nadie le rescate de ningún olvido.

La técnica narrativa que usa Serena para hablarnos de Ricardo Funes empieza siendo muy similar a la que usaba para hablar de Coll. Un narrador testigo, llamado Fernando Vallés, nos habla de su relación con Funes, desde que lo conoció siendo casi un indigente que hablaba con fuerte vehemencia sobre literatura, hasta su gran éxito y su muerte. Vallés es un escritor que goza de cierto reconocimiento, con una columna semanal en un periódico importante, y por tanto, alguien asentado en la tierra firme del mundo cultural. Además proviene de una familia burguesa de Barcelona. Fernando Vallés se parece mucho al narrador innominado (que trabajaba como periodista cultural) de Atila, y que también actuaba como testigo de las desventuras de Aliocha Coll. Me estaba dejando seducir por el estilo elegante, construido con frases largas, ricas en adjetivos, al que ya me tiene acostumbrado Serena, cuando a la vez pensaba que existía cierta repetición de tonos y de estrategias entre Atila y Últimas palabras en la Tierra. Sin embargo, en la página 59 ocurre algo que me gusta mucho: cambia el narrador. Ahora será Guadalupe Mora, la mujer de Funes, la que narre sus desventuras.
Durante las primeras intervenciones de Fernando y Guadalupe (se intercalan sus voces otra vez más) se habla de los primeros tiempos de Funes en Cataluña (cuando era «más pobre que una rata», podría decir, imitando el estilo de Bolaño). Esto está contado desde un punto indeterminado del futuro, y por tanto, en la narración se va adelantando ya para el lector el conocimiento del futuro éxito del escritor y su prematura muerte.

En la página 135 empieza la segunda parte del libro (que ocupa más o menos un tercio del total), y se da paso a una nueva voz narrativa: la del propio Ricardo Funes, que habla sobre sí mismo una vez muerto. «En la muerte no hay nombres ni apellidos ni ninguna otra forma de identidad, pues no existe ni la expectativa del futuro ni la furia apasionada del momento, y uno habla apenas con un hilo de voz que viene desde lejos y se filtra por entre las grietas del vacío como un accidente inexplicable», leemos en la página 135, pensado –posiblemente– en el Pedro Páramo de Juan Rulfo.

Creo que esta última voz narrativa es el gran logro del libro. Funes nos habla de su pasado en México y de la tensa relación con su padre. Me gusta el episodio que se desarrolla en Acapulco, una versión tenebrosa del cuento Últimos atardeceres en la Tierra de Roberto Bolaño. En esta última parte cobra cada vez más importancia en los recuerdos de Funes la presencia de su amigo Domingo Pasquiano. Durante la novela los narradores van recordando los momentos en los que Pasquiano le envía, desde México, poemas a Funes, obras que han de ser destruidas una vez leídas. Por supuesto, Pasquiano está basado en la figura del poeta Mario Santiago Papasquiaro, el mejor amigo de Bolaño, y en quien se fijó para crear el personaje de Ulises Lima en Los detectives salvajes. Antes de que ocurriera en la novela de Serena, yo (que soy un gran admirador de Bolaño y de los alrededores de su obra) ya sabía que su personaje Pasquiano iba a morir en un accidente de tráfico en México DF, como murió Papasquiaro. Al final, Papasquiaro se convierte en el verdadero mito del artista perdido, en el Aliocha Coll de esta nueva novela de Javier Serena.

Últimas palabras en la Tierra empieza de forma muy similar a Atila, pero, gracias a su juego de voces narrativas, y a saltarse sus propios modelos (Serena, en sus libros anteriores, siempre usaba la técnica del narrador testigo), dando voz a la palabra del protagonista de la novela, consigue que ésta crezca en su último tramo, hasta dar alcance a un logrado y emotivo final para esta obra, su mejor novela hasta el momento.


domingo, 15 de septiembre de 2013

Perros de presa, por David Barreiro

Editorial Gadir. 183 páginas. 1ª edición de 2012.

Conocí a David Barreiro (Gijón, 1977) en la Casa de Asturias de Madrid, un Día del Libro de hace al menos tres años. Acudí allí para saludar al poeta Alejandro Céspedes, que recitaba poemas de su último libro, y poder agradecerle en persona que me hubiese escrito el prólogo de mi poemario Móstoles era una fiesta (el primer de los dos libros de El bar de Lee). Barreiro también conocía a Céspedes, fuimos presentados y estuvimos conversando esa noche sobre libros.
Este verano Barreiro me escribió para ofrecerme su última novela, Perros de presa, con la intención de que la leyese y si quería la comentara en el blog. Con Perros de presa, David Barreiro fue el ganador del Premio Joven 2011 de Novela de la Universidad Complutense de Madrid. Hace unos meses, también comenté en el blog la novela de  Javier Serena, Estación baldía, que fue la finalista de este mismo premio. Había conocido a Serena en una ocasión y me escribió también para ofrecerme la lectura de su libro, que ya comenté en el blog.

Perros de presa sitúa su acción a finales de la primera década del siglo XXI, en una de las ciudades dormitorio que rodean Madrid. La novela, en primera persona, está narrada por Federico Narváez, de 37 años, licenciado en Antropología y que trabaja como guardia jurado en un centro comercial decadente de su ciudad dormitorio. Nunca se da el nombre de esta ciudad (a la que doce minutos de tren separan de la estación de Atocha), pero la relación del narrador con ella es cuanto menos ambigua, por no decir directamente pésima. Durante toda la novela se juega a designar a la ciudad mediante diversos nombres que actúan como adjetivos; así nos encontraremos que estamos en una ciudad herrumbre, ciudad socavón, ciudad despensa, ciudad cirrosis, ciudad trastero, ciudad callejón, ciudad ladrillo…
Si Narváez considera que la ciudad en la que vive es una ciudad derrota, lo mismo puede aplicarse a su propia vida: “No he llegado donde esperaba” (pág. 26).
Sin embargo, algo salva a Narváez del hundimiento total: su capacidad de observación y su sentido del humor.

Los primeros capítulos de Perros de presa son de corte costumbrista: mediante un lenguaje desenfadado (“lo disimulan que te cagas”, pág. 35; “palomitas saliéndonos por las orejas”, pág. 47; “la espichó”, pág. 81; “tengo los huevos de corbata”, pág. 152), que a veces cae en la frase hecha (“dicen las malas lenguas”, pág. 49; “nada nuevo bajo el sol”, pág. 73), pero que tampoco está exento de juegos metafóricos (“Un par de gotas gruesas como bombillas caen a nuestro lado y ambos miramos al cielo que ya ha adquirido un tono gris marengo que no le va nada ni a él ni a nosotros.”, pág. 20), Federico Narváez nos pone al día de cómo transcurre la vida en el centro comercial, donde no se toma demasiado en serio su trabajo, ya que además de ayudar a algún pequeño delincuente a robar comida, se dedica a dormir con los ojos abiertos o a admirar a Jessica, la más atractiva de todas las cajeras.
Sin embargo, ya desde el final del primer capítulo (unos capítulos cortos) se pone al corriente al lector de uno de los pilares subterráneos sobre los que se va a edificar la novela: “Hace cuatro meses que mataron a Dani.”, pág. 15). Dani es uno de los dos mejores amigos de Federico, y el otro, Marcos, se fue a vivir a Barcelona, así que Dani es en realidad el mejor amigo del narrador. Dani dibuja un cómic durante las noches que acompaña a Federico en el centro comercial, cuando a éste le toca jornada nocturna. Una de las noches en las que Dani se acercaba al centro comercial -en la que Federico no se encontraba allí porque estaba enfermo- es asesinado de un disparo. Rápidamente se detiene a dos rateros como culpables del crimen; pero meses más tarde Federico encuentra detalles que no cuadran en la resolución del caso. De una forma casi casual, se convertirá en detective de la muerte de su amigo.

A pesar de que la novela parte de un costumbrismo con toques de humor muy español -donde el blanco principal de los chistes del narrador suele ser él mismo-, la estructura de Perros de presa nos remite a la novela negra o al cine negro norteamericano. En este tipo de narraciones, una persona vencida y cínica busca una redención personal mediante la resolución de un asesinato, y en el camino hacia esa resolución se va adentrando cada vez más en la corrupción de un mundo turbio. En la ciudad dormitorio de la novela, el centro comercial, escenario principal de la trama, simbolizó en el pasado la esperanza de una ciudad mejor, para acabar contemplado como languidece y se van cerrando sus locales, pero además: “La obra se había vendido como el proyecto de uno de los jóvenes arquitectos con más talento de la ciudad, pero luego se descubrió que no había llegado a terminar la carrera y su mayor mérito era ser sobrino del entonces alcalde, hoy en tercer grado penitenciario después de un turbio asunto de malversación de fondos públicos.” (pág. 47-48). El centro comercial va a esconder más de un secreto que Federico se encargará de descubrir con el periodista David Barreiro.

Esto último me pareció un juego ingenioso; dentro del trasfondo humorístico de la novela, el autor, David Barreiro, se introduce a sí mismo en la trama como personaje, un periodista precario más macarra y pasado de rosca (imagino) que el Barreiro real que escribe la novela.

David Barreiro, además de licenciado en Ciencias de la Información, es diplomado en Guión y Dirección Cinematográfica, y esto último se nota al analizar el montaje de la novela. En raras ocasiones aparece un elemento que sirve para dar continuidad a la trama que no hubiera sido anunciado previamente. En este sentido, la estructura novelística de Perros de presa está construida de forma notable. Más discutible sería su verosimilitud si nos planteáramos la posible existencia y conjunción de todas las causalidades de la trama (o golpes de guión) que se dan en la historia: resulta que Dani es hijo de una persona muy poderosa, resulta que uno de los guardias de seguridad del mayor banco de España trabajó con Federico en el centro comercial… y quizás el elemento más distorsionante (el elemento que más zarandea la verosimilitud narrativa de la historia) sea la introducción del periodista David Barreiro en la trama, como compañero fiel de Federico en la peligrosa aventura en que éste ha decidido embarcarse.


Perros de presa está escrito con un sentido del ritmo notable, y su humor chocarrero y cercano hará que el lector se sonría en más de una ocasión. La parte costumbrista de la historia (la descripción de las vidas que confluyen en el centro comercial) está bien dibujada, sin abrumar con un exceso de detalles. Quizás al acabar el libro el lector se haga algunas preguntas sobre la verosimilitud narrativa de lo contado, y aunque no encontrará ningún agujero en el engranaje, se planteará si todos los golpes de guión que hacen moverse al mecanismo de la novela no quedarán mejor (no serán más creíbles) en una obra norteamericana, o esta última idea sólo es un complejo de inferioridad propio de él como lector español de una obra española (o al menos esta ha sido mi experiencia).

domingo, 16 de diciembre de 2012

La estación baldía, por Javier Serena


Editorial Gadir. 182 páginas. 1ª edición de 2012.

Conocí a Javier Serena (Pamplona, 1982) hace poco más de un año, la noche de un viernes en la que yo había quedado con mi amigo el poeta y narrador mallorquín Javier Cánaves en la Casa de América. Cánaves se encontraba en Madrid con la intención de participar en un evento poético llamado 2011 poetas por Km2. Allí estuvimos charlando con los poetas Ben Clark o Andrés Catalán, el narrador Víctor Balcells Matas y el editor de la mayoría de los anteriormente citados, Fabio de la Flor, de la editorial Delirio. Entre este grupo de personas también se encontraba Javier Serena, quien, cuando la conversación se trasladó a alguno de los bares de la calle del Pez, me sorprendió al contarnos que escribía novelas y que en algún momento su nombre había estado entre los de la long list (o short list, no estoy seguro) de una de las convocatorias del premio Herralde.

El mes pasado Javier me escribió un mensaje en Facebook para decirme que había publicado una novela en la editorial Gadir, y me proponía enviarme un ejemplar para que, sin ningún compromiso, si me apetecía, la comentara en Desde la ciudad sin cines. Como sabía que Javier vive en Madrid, me parecía un poco frío que me mandase el libro por correo, así que le propuse quedar en el café Comercial (cada día me parece más bonito este sitio). Quedamos allí un jueves y fue una tarde agradable de hablar de libros.

Con La estación baldía Javier Serena ha quedado finalista del Premio Joven 2011 de Narrativa de la Universidad Complutense de Madrid, y el libro ha sido editado gracias al entusiasmo que hacia él ha mostrado su editor.

Javier Serena nos acerca en su novela a Ángela, joven de 23 años atrapada entre las ruinas de la posguerra española, y no precisamente por pertenecer al bando de los que perdieron, puesto que su familia es una de las más influyentes de Ávila; sino, más bien, por su condición de mujer sensible. No parece casual que la ciudad en la que Serena sitúa la acción principal de la novela sea Ávila. Los largos paseos solitarios de Ángela por la ciudad, encorsetada entre sus muros medievales, parecen actuar como metáfora tangible de la cárcel en la que se ha convertido todo el país.
Será sin embargo en Riofrío, donde la familia tiene una residencia veraniega, que usan el padre y el tío para cazar (otra metáfora sobre la situación de violencia soterrada de la época), donde Ángela tomará contacto con Gabriel, un soldado del bando republicano que sobrevive, junto a otro compañero, escondido en el monte. La escena en la que se produce el encuentro, en el sótano de la casa, parece propia de una novela de Gabriel García Márquez: “Entonces se apagó otra vez la fuerza de la luz, adensándose en la noche, y aún en la súbita negrura Ángela se sintió reconfortada, como si la hubiera tranquilizado la presencia intrusa de Gabriel. A él le sucedió lo mismo, no exigió palabras, sabedor de pronto y con total clarividencia de que habían quedado entreverados para siempre, confabulados por su mutua sensación de huérfanos bajo el cataclismo de los truenos” (pág. 23).

El aislamiento frustrante de Ángela, en medio de una familia por la que no parece sentir demasiado apego, con unas expectativas pobres sobre su futuro, me han hecho pensar en algunos de los destinos tristes de las mujeres de la narrativa española del siglo XX: en Colometa de La plaza del Diamante (Mercé Rodoreda), en Andrea de Nada (Carmen Laforet) o en Elvira y Natalia de Entre visillos (Carmen Martín Gaite). Y dentro de la tradición que marcan las obras citadas se podrían englobar las intenciones narrativas de La estación baldía: mostrar el clima de pobreza moral de una sociedad, la de la posguerra española, en la que la mujer es doblemente vencida, por su condición de superviviente de una guerra y más sangrantemente por su condición de mujer, ya que tendrá menos acceso a la formación intelectual o profesional, y cuyas expectativas de vida parecen quedar reducidas a resignarse a la boda que convenga; convencionalismo que Ángela desea saltarse tras conocer a Gabriel o a otros jóvenes sensibles (y republicanos) que aparecen en la novela, cuya personalidad más adelantada a la época será cruelmente contrastada con el carácter brutal o estúpido de los jóvenes familiares de Ángela.

El lenguaje que usa Serena en su novela es denso en metáforas y en vuelos poéticos; aunque su loable ambición estilística le ha llevado en algunos momentos a caer en el exceso; sobre todo al cuajar el texto de epítetos, que en muchos casos se daban en ternas de dos; sólo en la página 21 encontramos: “una de esas tempestades (...) tan rápida y tan imprevisible”; “un viento súbito y caliente”; “las primeras gotas, gordas y espaciadas”; “masa burbujeante, blanca y espumosa”; “cortinas (...) magníficas y fantasmagóricas”; “relámpagos, quebrados y refulgentes”.

Quizás algo que lastraba la intensidad de lo contado en algunos tramos de la novela es que Serena no aislaba escenas claves de la historia narrada, escenas que el lector uniría con las demás en su mente para, a partir de una parte de lo mostrado, deducir un todo; en algunos momentos las escenas marcaban una repetición de días; es decir, no se narra un paseo en concreto sino muchos paseos en los que ocurrían invariablemente cosas similares (como los correspondientes al acoso del primo Bernardo), lo que puede ser un recurso estilístico, enfocado a mostrar el tedio repetitivo de los días, pero también crea una distancia entre el lector y los personajes de la obra.
En este sentido no me convenció la resolución de una escena que tiene lugar en la página 117: Gabriel y Ángeles al fin van a consumar su pasión carnal: “Ella, derrotada en esa larga batalla de la espera, libre ya de la necesidad de defenderse, se dejaba abrazar y acariciar sin resistencia, sin que él se viera obligado a derribar de nuevo las barreras ya abolidas del recato y la vergüenza, por lo que su mutua urgencia del deseo no exigía ahora más protocolo que el de arribar lo antes posible a los muros arruinados de molino abandonado”. Y en la frase siguiente la escena particular, aislada, desaparece y otra vez se narra, desde la distancia, la sucesión de días repetidos: “En ocasiones, en su apremio por llegar allí, Gabriel trataba de colaborar descendiendo de la silla y avanzando por su propio pie, sin muestras de dolor y de cojera, pues hacía varios días que el vendaje no cumplía ya otra función que la de estricto carácter decorativo. Así pues, en cuanto se adentraban en las estancias interiores del edificio, se estrechaban con alivio y ansiedad, con calma y compulsión, zarandeados al mismo tiempo por dos sensaciones muy distintas, alegres por el hecho de encontrarse otra vez a solas, al calor de la penumbra, e intranquilos por saber que esa situación no podía prolongarse así durante muchas jornadas más”.
Quizás en esta escena me ha parecido que Serena pecaba de recato: que una novela retrate una época no quiere decir que el narrador del siglo XXI deba tomar el punto de vista de esa época.

Sin embargo, en el tramo final de la novela, en las 50 últimas páginas, lo narrado sí que se centra en escenas aisladas y la historia gana en ritmo e intensidad, hasta llegar a un final en coherencia con el tono de lo contado.

Cuando Javier Serena escribió esta novela aún no había cumplido 30 años, y aunque estoy seguro de que con el tiempo acabará puliendo los excesos de su estilo algo barroco, los logros presentados en ella –la ambición estilística y sobre todo la creación de una atmósfera opresiva, que constituye el puntal de La estación baldía– no los considero menores.