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domingo, 17 de abril de 2022

Jamás el fuego nunca, por Diamela Eltit

 


Jamás el fuego nunca, de Diamela Eltit

Editorial Periférica. 212 páginas. 1ª edición de 2007; ésta es de 2021.

 

Creo que la primera vez que supe de Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1949) fue leyendo el volumen de artículos de Roberto Bolaño Entre paréntesis, donde se habla de ella varias veces como de una de las escritoras más importantes de Chile. Sin embargo, Eltit se enfadó con Bolaño porque éste publicó una crónica sobre una invitación, en 1998, a cenar a su casa y tuvieron algún enfrentamiento por ello.

En octubre de 2016, el periódico El País publicó una lista en la que, tras preguntar a críticos, escritores y libreros se proponían los 25 mejores libros escritos en español en los últimos 25 años. En esta lista, Jamás el fuego nunca aparecía en el número 22. Cuando en diciembre de 2016, mi amigo el gran lector canario Samuel Rodríguez Navarro vino a Madrid e hicimos en mi ciudad «turismo de librerías», compré esta novela en la librería Iberoamericana del Barrio de las Letras. Como me suele ocurrir últimamente, la novela ha permanecido cinco años en mis estanterías de libros por leer hasta que ha encontrado su momento.

 

Jamás el fuego nunca, se puede leer en la contraportada, es un verso de César Vallejo. La narradora innominada de esta novela convive con un hombre al que conoció siendo adolescente en la clandestinidad política. «Ese momento inesperado, cuando en la reunión, aquella en la que te designaron secretario, mediante una votación demasiado ingenua pero que nos pareció solemne, conseguiste un lugar, un espacio, un reconocimiento que te llegaba días antes o después de haber cumplido dieciséis años. Militábamos juntos en la célula, la primera, esa extraordinariamente estudiantil a la que nos habíamos filiado.» (pág. 89).

El lector ha de suponer que Eltit habla en su libro de la experiencia política clandestina en contra de la dictadura de Augusto Pinochet, porque en ningún momento aparece este nombre, aunque si se nombra, en cambio, a Francisco Franco. Tampoco aparece ninguna fecha concreta. De hecho, la experiencia y la evocación de lo vivido parecen distorsionar la dilatación del tiempo en la percepción de la narradora, ya que usa expresiones como estas: «Ya han transcurrido, de cierta manera, cinco decenios (no, no, no, mil años). Cinco decenios que se han deslizado sin dar más que una cuenta ultra precaria del tiempo, del mío, nuestro tiempo. Entrampados en los últimos cinco decenios que nos hubieron de contener. Podría, lo sé, auscultar los decenios, de diez en diez, descomponer los años y sus énfasis, establecer un prolongado sitio a cada uno de los acontecimientos, llegar a consolidar una versión posible y, más aún, verídica.» (pág., 80)

 

No he acabado de estar seguro de si el tiempo narrativo de la novela era el de la dictadura de Pinochet o era ya el del siglo XXI. La pareja, un hombre y una mujer, viven en un piso minúsculo, tal vez en la pobreza o en la clandestinidad o las dos cosas a la vez. La mujer escribe en un cuaderno sobre su presente y le lanza a su pareja reproches sobre este presente o sobre el pasado. La mujer no habla de «pareja» sino de «célula», el hombre y ella constituyen una célula. Se hace uso así de un lenguaje político que, según una reseña que sobre este libro escribió Patricio Pron perteneció en Latinoamérica a la generación de sus padres y actualmente ya no sirve ni tan siquiera para que las personas que vivieron la lucha revolucionaria puedan hablar de su experiencia. Unas personas que soñaron con extender su lenguaje al resto de la sociedad y que han sobrevivido en medio de un fracaso personal e histórico. La célula inicial estaba formada por diez personas, y en la actualidad narrativa solo está formada por ellos dos. Algunos compañeros murieron asesinados, otro se suicidó, a alguno más se le perdió la pista. El juego narrativo en la novela con los significados del término «célula» es notable. Si bien, como ya he escrito, hace referencia a un lenguaje político que quedó arrumbado por el tiempo histórico, también es usado por la narradora para hacer presente el cuerpo orgánico de la pareja, como una entidad unida y degenerativa. La narradora insiste en la decadencia física del cuerpo: la artrosis, los dolores óseos en general, la pérdida de capacidad visual. Casi toda la novela transcurre en el espacio físico del pequeño cuarto del que casi no sale la pareja o célula.

Tengo la sensación de que una gran parte de la literatura de los últimos años escrita por mujeres tiene que ver de la relación de la persona con el cuerpo. Estoy pensando, por ejemplo, en la obra poética de la norteamericana Sharon Olds. De hecho, diría que, en gran medida, la estructura de Jamás el fuego nunca, se parece más a la de un poemario que a la de una novela. En un poemario, cada poema indaga en algún hecho significativo para la poeta, sin que exista una necesaria evolución del personaje. En Jamás el fuego nunca no existe una evolución de los personajes. La narradora lanza sus reproches sobre el fracaso de sus sueños políticos de revolución sobre su compañero, ella misma, la historia o la sociedad que la rodea, recreándose en algunos sucesos de su presente y en algunos recuerdos, pero, durante el tiempo narrativo, no se van a producir cambios significativos en los personajes. En contadas ocasiones la protagonista sale de su apartamento para ir a trabajar a una casa, donde cuida a una anciana. En un largo capítulo Eltit describe con detalle cómo tiene lugar la higiene de la anciana, haciendo hincapié en el dolor y el feísmo del cuerpo. Éste es un capítulo que Patricio Pron pondera de un modo negativo en su elegante, pero distanciada, reseña. Sin embargo, he leído también una reseña del crítico y escritor Vicente Luis Mora en la que dice que esta novela es «una expresión magistral del dolor colectivo.»

 

Creo que, a la hora de juzgar esta novela, me siento más de acuerdo con la tibieza de Patricio Pron, que con el entusiasmo de Vicente Luis Mora. Jamás el fuego nunca es una novela escrita con un lenguaje inteligente y áspero, con pocas concesiones hacia la belleza o lo meramente narrativo. La novela se recrea en la derrota de unas ideas y en la derrota de unos personajes, que no evolucionan hacia ninguna parte. En cierto modo, la obsesión reiterativa de la escritora sobre ciertos temas recurrente me ha hecho pensar en las propuestas del escritor austriaco Thomas Bernhard. Pero bajo la apariencia seria y desesperada de los narradores de Bernhard siempre subyace el humor y el absurdo kafkiano, cualidades que no están presentes en la propuesta de Diamela Eltit. Aún sabiendo ver los méritos literarios de la autora, me he sentido algo decepcionado con Jamás el fuego nunca y lo he disfrutado menos de lo que me esperaba. Sin embargo, no me importaría volver a probar con Diamela Eltit; quizás con su novela Fuerzas especiales, o con algún otro de los libros que le ha publicado en España la editorial Periférica.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, por Maximiliano Barrientos


Editorial Periférica. 127 páginas. 1ª edición de 2011.

Yo, que sigo bastante los suplementos culturales de los periódicos (consigo reunir casi cada semana los de El país, El mundo y el ABC) y unos cuantos blogs de reseñas, diría que se ha hablado más en España del libro de relatos Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer de Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1979), que de Los días más felices de Rodrigo Hasbún (Cochabamba, Bolivia, 1981). Ambos son amigos y pertenecen a una nueva y prometedora hornada de escritores bolivianos. País del que no llegaba nada de su producción literaria a España hasta que abrió las puertas Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) y nos mostró un panorama más que interesante.

Tenía anotado el nombre de Maximiliano Barrientos, y fue a raíz de colgar la entrada sobre Los días más felices que me apeteció comprar este libro para poder compararlos, para observar qué se está haciendo ahora en Bolivia. Así que salí de casa y me fui andando por la acera de la sombra para evitar el calor de Madrid (Nota: esta entrada está escrita en julio) hasta la Casa del libro de Goya. Como allí no lo tenían (aunque sé que estuvo hace unos meses), me crucé de acera y entré en El Corte Inglés. Estaba el libro de relatos y la novela de Barrientos Hoteles. Además en El Corte Inglés tienen ahora unos sillones y te puedes sentar a leer un rato. El aire acondicionado me convenció. Leí allí el cuento más corto del libro, el segundo, luego lo compré e intrépidamente volví a salir a la calle.

Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer está formado por 5 cuentos. El primero, Primeras canciones, es el más extenso y posiblemente el mejor. De hecho, me atrevería a decir que en Primeras canciones ya están sobre la mesa todos los temas sobre los que va a hablar en este libro Barrientos. El comienzo: “Si hubiera una cámara de seguridad en el baño se los vería desnudos. Chicos recién salidos de colegio, él tiene dieciocho y ella diecinueve. Ninguno de los dos sabe que se harán mucho daño” (pág. 11), me ha recordado al comienzo de la novela Bonsái del chileno Alejandro Zambra: Primeras canciones también parece una novela en miniatura (en la que se nos habla de estos dos chicos, y también de un amplio círculo de personas: padres, amigos…) y el narrador también nos va adelantando los sucesos que van a acontecer. Recordemos el comienzo de Bonsái: “Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia”.

El tema principal de este libro de Barrientos es el paso del tiempo, el momento en que uno empieza a entender que está dejando (o ha dejado ya) atrás la juventud; así que más o menos los personajes de estos relatos están pasando de sus 20 años a sus 30, y están empezando a dejar atrás muchos de sus sueños de juventud. Casi todos los personajes de Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer han formado parte de una banda de rock o lo han deseado.

Me ha llamado la atención de Primeras canciones cómo el narrador interviene en lo contado; por ejemplo, así presenta al personaje del chico, Saúl Hernández: “Véanlo a los dieciocho años, todavía no conoce a la chica. Véanlo en su cama dormido. Es sábado, no tiene clases, anoche bebió, y cuando despierte irá al baño y se colgará del grifo porque tendrá la garganta incendiada. Sentirá mareos, vomitará a los pies de la cama. Faltan cinco minutos para que eso suceda” (pág. 13).

Y me ha gustado también otro recurso: hacia el final una nota a pie de página nos adelanta varios años la escena contada (los saltos son constantes en el tiempo), y el contraste con la escena que transcurre en la página normal le da al final del relato un logrado toque melancólico.

De los 5 relatos he leído los 3 primeros dos veces, y esto me ha llevado a darme cuenta de que las historias estaban más conectadas de lo que pesaba. Además de los dos últimos, que comparten personajes y la relación es clara, existen otras confluencias: en Primeras canciones los protagonistas toman algo en un bar llamado Irish: “Véanlos tomando un café en el Irish” (pág. 24). En el tercer cuento, Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, los protagonistas comparten espacio: “El bar era el Irish” (pág. 63). Lo acabo de buscar en google: el Irish pub existe en la ciudad de Santa Cruz (ver AQUÍ). En esta página existe además un mapa de la ciudad que me ha hecho comprender un localismo del texto que no tenía nada claro: los personajes se mueven del “primer anillo” al “segundo anillo”, y ya veo en google esas carreteras que van recorriendo la ciudad y que por lógica se han de llamar allí anillos.

Así que, como ocurre con Juan José Saer y su Santa Fe, en las historias de Barrientos existe también una unidad de lugar, que sería su ciudad natal, Santa Cruz de la Sierra.
Además diría que la clase social reflejada es la media-alta o alta de la ciudad. Así queda descrita una casa en el primer cuento: “La casa tiene una piscina enorme donde la mayor parte de los invitados terminará la fiesta cuando amanezca. Véanlos ahora mientras bailan. A nadie se le ha muerto la hermana o ninguna novia les ha susurrado que ya no los quiere. Nadie ha tenido que cambiar de ciudad o dejar la universidad. Muchos ni siquiera trabajan, viven en las casas de sus padres, duermen hasta el mediodía, almuerzan con resaca” (pág. 34).
Otra conexión temática (además de retratar a la clase media-alta o alta de Bolivia) con el libro de Hasbún es la de la idea de los personajes de abandonar el país: “¿Vos crees que algún día me vaya de este país de mierda?, preguntó” (pág. 67).

Existe otra extraña conexión entre la primera historia y la cuarta: en Primeras canciones al describir el pub Insomnio, se habla de pasada de un tal Esteban Olivares: “Afuera del bar, apoyado en su Toyota Corolla, está Esteban Olivares. Todavía estudia medicina, es novio de Margot” (pág. 20). En el cuento Los adioses Barrientos propone un interesante recurso narrativo, empieza a abrir notas a pie de página que desdoblan el cuento en dos, haciendo un juego metaficcional: el escritor tiene dudas sobre lo escrito (lo que podría recordarnos de nuevo a Zambra) y el nombre de este escritor que está escribiendo el cuento no es otro que el de Esteban Olivares: “Debería comenzar escribiendo mi nombre. Escribiendo Esteban Olivares está en un cuarto oscuro con la laptop encendida” (pág. 85).

El segundo cuento, Suerte, me parece que repite lo contado en el primero, pero en menos páginas y a una escala compositiva menor. Es un cuento que queda bastante anulado tras haber leído el primero. Sería un buen cuento, en todo caso, si uno lo descubre en una antología sin haber leído antes el otro.

El tercero, Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, me gustó más al leerlo por segunda vez, lo que creo que habla a su favor. Quizás me pareció la anécdota un poco exagerada o no acabada de desarrollar: la depresión que sufre la joven Ingrid tras la muerte de su padre.

Me gustaron más los cuentos enlazados Los adioses y Las horas: un hombre tiene una relación con una mujer casada. En Los adioses la perspectiva es la del hombre y en Las horas la de la mujer (unos años después) que decidió quedarse con el marido.

Voy a describir a continuación algunos elementos narrativos que considero que hacen que éste no sea un libro de relatos redondo, que hacen que entre Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer y Los días más felices de Hasbún me quede con el segundo:

1) En Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer se repiten con demasiada insistencia las ideas compositivas de un relato a otro –o más bien una idea principal que sería el cambio personal que supone dejar atrás la juventud– que, expresadas de modo genérico, e intercambiables para describir a los personajes de un cuento o de otro, hacen que se conviertan en clichés que tienden a la grandilocuencia:

 Cuento 1, pág. 40: “¿Serías capaz de identificar el momento en el que cambiamos, en el que nos convertimos en esto?”.
Cuento 1, pág. 18: “Editan la vida, la adaptan a sus propias conveniencias, la asemejan a esa que siempre quisieron tener y no pudieron”.
Cuento 2, pág. 48: “Pensé (…) en todo lo que quisimos hacer juntos y no pudimos porque no tuvimos suerte o porque fuimos diferentes o porque simplemente nos faltó paciencia”.
Cuento 3, pág. 62: “Entró en el baño y miró su cara maquillada. ¿Cuánto de eso que vio era lo mismo que veía antes, cuando tenía trece o catorce años? No lo sabía, no podía precisarlo”.
Cuento 4, pág. 88: “Con el tiempo todo será menos importante”.
Cuento 5, pág. 109: “Envejecer, para todos ellos, es ser lo que son, lo que siempre han sido, pero de forma menos intensa”.

2) Había algo que hace 15 años no me gustaba cuando leía la nueva narrativa española representada, por ejemplo, por el Ray Loriga de La pistola de mi hermano o el Benjamín Prado de Raro: los diálogos o las descripciones se asemejaban demasiado a letras de canciones o a guiones de cine pretenciosos y acababan sonando poco naturales. Así se desarrolla un diálogo de Barrientos en la página 96:
“¿En qué película te gustaría vivir?, pregunta Susy.
En Días en el cielo, contesta Sebastián.
Yo quisiera vivir en la cámara de seguridad de una gasolinera, dice Susy.
¿Quisieras volver a vivir algunos fragmentos de tu vida? ¿Quisieras vivirlos nuevamente sin cambiarles siquiera un ápice?”.

3) He tenido la impresión de que algunos cuentos no tenían tanta fuerza como podrían porque Barrientos dibuja una situación (una pareja va a cambiar), la describe de un modo poético, y le falta capacidad anecdótica para hacer avanzar y poder resolver la historia con más intensidad.

Y a pesar de los puntos señalados antes considero que Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer es una muestra notable (con temas por madurar) de la nueva literatura que se está haciendo en un país, hasta no hace mucho desconocido literariamente en España, como es Bolivia. Y su logro principal, saber describir la melancolía del paso de la juventud a la edad adulta, con imágenes sugerentes, no voy a considerarlo menor.
De todos modos, si alguien está interesado, la editorial permite el acceso al último de los cuentos del volumen. Si algún lector de esta reseña no ha leído el libro y quiere juzgar por sí mismo los cuentos de Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer, puede hacerlo pinchando AQUÍ.

(Nota final: creo que he tardado más tiempo en escribir esta reseña que en leer el libro. Y considero que me ha merecido la pena: yo también escribo relatos y descubrir lo que funciona mejor o peor, reflexionar sobre ello, es una parte fundamental del proceso de aprendizaje y de creación.)

domingo, 1 de abril de 2012

Trabajos del reino, por Yuri Herrera

Editorial Periférica. 127 páginas. 1ª edición de 2004, ésta de 2010.

Mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio me había recomendado varias veces esta primera novela del también mexicano Yuri Herrera (Actopan, México, 1970), al que considera uno de los máximos representantes literarios de su país nacidos en la década de los 70.
La compré hace unas semanas en la librería La independiente de Madrid, situada en el barrio de Malasaña, en la calle Espíritu Santo, 27. En esta librería tuvo lugar la firma de libros asociada al Encuentro de Blogs literarios celebrado en Media-Lab Prado el 3 de marzo, y el librero, Javier López, se había molestado en pedir mi libro de poesía a la distribuidora. Una semana después, cuando fui a visitar de nuevo la librería en compañía de Federico, Javier tenía un ejemplar de Siempre nos quedará Casablanca en su mesa de novedades y unos cuantos más en los estantes. Y quise corresponder a este gesto comprando allí algún libro.
Tengo la tarjeta de socio de la Fnac, me hacen un 5% de descuento directo por cada compra y, si elijo bien el día, la tarjeta me puede acumular otro 5% en descuentos indirectos, pero cada vez me parecen más interesantes las pequeñas librerías que consiguen crear un espacio íntimo y cercano con el cliente (Javier López, gran lector, recomienda los libros que le gustan a sus visitantes) y que organizan actos literarios. Además Javier López mantiene un blog donde recomienda los libros que lee y que vende en la librería. (El enlace al blog está AQUÍ).

Trabajos del reino es una novela corta organizada en capítulos de extensión breve. El protagonista, al principio llamado Lobo, y después el Cantante o el Artista –cuando ha entrado en un nuevo mundo que le hace perder en parte su identidad–, es un chico de la calle, de una calle de una ciudad cualquiera del norte de México. Un norte dominado por la violencia y el poder de los narcos.
La primera frase de la novela marca el tono violento del libro: “Él sabía de sangre, y vio que la suya era distinta” (pág. 9); con la suya se refiere a la sangre del Rey; en esta primera frase (que podría ser un resumen del primer capítulo) asistimos al encuentro de Lobo con el Rey, el narco bajo cuya protección va a empezar a vivir.
Lobo canta por los bares canciones populares, que él mismo inventa, a cambio de unas monedas y, a su corta edad, entre sus pocos conocimientos se encuentra el siguiente: “El Artista ya estaba consciente de que no había nadie sobre el cielo o bajo el suelo para protegerlo, que cada quien para su santo; pero ahora en la Corte, se le aclaraba que uno podía gozarse antes de que el diamante se hiciera polvo” (pág. 27).
Lobo, ahora el Artista, acude (en el capítulo 3) desde las calles al Palacio del Rey para ofrecer sus servicios de trovador a cambio de protección, y así conseguirá entrar en un mundo que le despierta admiración.

El Palacio es en realidad la mansión del narco (el Rey). El uso de este tipo de términos medievales (nos encontraremos también con una Bruja, por ejemplo) no es casual en la novela: en el México que nos propone Yuri Herrera, un Estado en descomposición ha dejado de cumplir sus funciones y el poder se ejerce desde estas fortalezas que actúan como los antiguos castillos-Estado de la Edad Media.
En cierto modo el mundo de reglas brutales que rige este mundo me ha recordado al propuesto por Rafael Pinedo en su novela Plop, pero, mientras Pinedo, para hablar de la vuelta a la barbarie de la humanidad, nos proponía una antiutopía de ciencia-ficción, Yuri Herrera escribe una novela puramente realista, centrada en el aquí (el norte de México) y el ahora (principios del siglo XXI).
(Nota personal: mi novia apunta que últimamente comparo a todos los libros con Plop. Vigilar esto.)

Trabajos del reino, además de ser una novela sobre la realidad del México actual, también es una reflexión sobre la figura del artista en cualquier sociedad. Al principio el Cantante se dedica a componer loas sobre su admirado Rey, lo que provoca la simpatía de éste; pero ya avanzada la novela, en la página 88 su amigo el Periodista le advertirá: “Artista, lo que digo es que lo suyo tiene vida propia, que no depende de esto. A mí me parece bien que nuestros desmadres le sirvan de motivo, sólo espero que no tenga que escoger. Yo a usted lo veo hecho pura pasión, y si un día tiene que escoger entre la pasión y la obligación, Artista, entonces sí que estará jodido”.

Poco después de esta advertencia, el Rey pondrá al Artista en la disyuntiva de elegir entre la pasión y la obligación, ya que le propondrá infiltrarse en el palacio de un rival para obtener información. “Llegó la hora de hacerse útil, Artista”, le espeta el Rey en la página 92, una frase que hace que el protagonista dude sobre su misión en el mundo, sobre su labor de creador de canciones.

Trabajos del reino es también una novela de iniciación de tipo picaresco: el artista también va a descubrir en Palacio las vicisitudes de la pasión o el amor, así como las reglas que rigen el mundo de los adultos.

Y el Artista se hará adulto definitivamente cuando en las páginas finales reciba esa lección con la que la mayoría de los jóvenes se han de topar : cómo la pasión es arrasada por el cinismo: “He aquí una historia para ser cantada, no la que el Rey había representado con gracia hasta el final, sino la otra, la de las máscaras, la del egoísmo, la de la miseria. Y luego se dijo: Una historia para ser contada por alguien más. ¿Para qué iba a ponerse a refutar las invenciones del periódico? A estas alturas prefería la verdad que la historia verdadera” (pág. 122).

El lenguaje de la novela está muy trabajado, y Yuri Herrera se muestra prolijo en el uso de mexicanismos, que no incomodan, en todo caso, la lectura para un español.

Quizás me ha extrañado que en una novela corta de capítulos breves, donde el autor, gracias al labrado uso del lenguaje, consigue una prosa a la vez brusca y poética, que hay que leer atentamente porque la reflexión abunda pero también la acción –marcada por hondas elipsis, donde de modo casi expresionista se destaca una escena de lo contado–, cambie el ritmo narrativo para introducir tres o cuatro capítulos, más breves que el resto, que prácticamente son un poema en prosa. Esto ocurre, por ejemplo, en las páginas 39-40, que comienzan así: “Son. Tantas letras juntas. Suyas. Puestas ahí sin otra cosa que hacer más que fecundar la testa. Son. Muelen la hoja entre rodillos de insomnio, avisan, hurgan la blancura baldía en el papel y en el mirar. ¿Y qué había sido la hoja sino un trasto del jale, como el serrucho si armara mesas, como la fusca si arreglara vidas? Qué, pero nunca este despeñadero de arena con brío y propósitos a saber. Tantas letras ahí. Son. Son un destello. Cómo se empujan y abrevan una de otra y envuelven al ojo en un borlote de razones”.

De Trabajos del reino destaco su cuidado lenguaje, como ya he dicho, a la vez brusco y poético, y su incursión en un territorio narrativo candente en México, el de los cambios en las relaciones de poder que el narcotráfico está provocando en el país; aunque, por otro lado, las reflexiones sobre el arte o la iniciación del protagonista me han resultado más conocidas. Y quizás no he acabado de entrar del todo en esta breve aunque intensa historia por una cuestión puramente personal: creo que estoy en un momento de mi vida en el que prefiero las novelas más largas, con un amplio desarrollo y un acercamiento emocional a la voz narrativa, a las historias breves.

En todo caso Trabajos del reino, como primera novela, escrita por alguien que acaba de sobrepasar la treintena, me ha parecido una obra de una madurez y un saber hacer notables. Yuri Herrera es una nueva voz en la narrativa hispanoamericana a tener en cuenta.

domingo, 19 de febrero de 2012

Dos mujeres, por Elvio E. Gandolfo

Editorial Periférica. 124 páginas. 1ª edición de 1992, ésta de 2011.

Llevaba tiempo barruntando la idea de acercarme a la nueva, o estas alturas ya relativamente nueva -fue fundada en 2006- editorial Periférica, de la que no había leído nada. Hace años tuve en las manos algunos de sus libros de pequeño formato y color amarillo, y más tarde pensé que el cambio a un formato más grande con portadas rojas y fotos le favorecía. Además está publicando a muchos autores hispanoamericanos, una literatura que me suele interesar.
En la librería de la cuesta de Moyano donde compro novedades a mitad de precio porque, como ya he contado alguna vez aquí, a ellos se las venden los periodistas a los que los editores envían los libros con la esperanza de que los lean y los reseñen en los periódicos o revistas culturales, aparecieron de una tacada 4 libros nuevos de la editorial, de 3 escritores hispanoamericanos. Si no recuerdo mal los libros eran de un panameño, un costarricense y un argentino. Siento ser tan previsible: ganó el argentino.

En realidad el nombre de Elvio E. Gandolfo (Mendoza, 1947) era el único que me sonaba de los tres. Había leído su prólogo de los Cuentos completos de Fogwill y llegué a citar sus palabras aquí, cuando hablé de ese libro; y recuerdo que en aquel momento me llamó la atención que no supiera quién era, que no lo recordara de ninguna librería, ni de ninguna reseña en un periódico. La explicación era sencilla: la obra de Gandolfo no había llegado aún a España, a pesar de que al buscar en Internet (antes de comprar el libro) me encontré con una reseña de Dos mujeres firmada por el escritor Patricio Pron donde se afirma lo siguiente: “Elvio E. Gandolfo (Argentina, 1947), un escritor admirado por autores como Mario Levrero, Juan José Saer y Fogwill cuya obra es tan numerosa y extraordinaria que resulta difícil de creer que durante años se impidiese a los lectores españoles acceder a ella”. (ver AQUÍ); y por si esto fuese poco, también descubrí que Gandolfo había traducido al español a los dos grandes mitos de mi adolescencia: H. P. Lovecraft y Philip K. Dick (además de escribir un ensayo sobre este último). Después de esto no me quedó más remedio que dejar el ordenador, salir de casa, atravesar el Retiro y acercarme hasta la cuesta de Moyano, deseando que nadie hubiese hecho antes que yo el descubrimiento que movía mis pasos. Tuve suerte: la literatura nos interesa a 4, y los otros 3 no habían pasado aún por ese puesto de la cuesta de Moyano.

Dos mujeres está formado por dos novelas cortas o nouvelles o relatos largos, puesto que yo diría que en los Cuentos completos de Fogwill había relatos más largos que estas nouvelles y se llamaban relatos. Lo mismo da. La primera historia, Rete Carótida (firmada en 1980-1987) tiene unas 40 páginas, y la segunda, Escamas, piel (firmada en 1990-1991), unas 80.
Ambas son fantásticas y ambas parecen algo misóginas, sin consideramos misógino pensar que los protagonistas masculinos están solos y sobre ambos pesa la amenaza alarmante de dos mujeres nada convencionales. En Rete Carótida, el narrador anda “en una etapa de insensibilidad, pero no tanta como para que no me causase una leve irritación la perspectiva de que alguien me viera con semejante esperpento carnavalesco” (pág. 9). El esperpento carnavalesco no es otra que Rete Carótida, una mujer de 135 kilos, maquillaje excesivo, ropas estrafalarias y edad indefinida que empieza a acosar a nuestro narrador. La mujer se aparece en el bar, en el ómnibus…y comienza a entregar al protagonista sobres con fotos pornográficas, que éste trata de devolverle. “Con el tiempo llegué a pensar que lo de Rete Carótida había sido una empresa filosófica” (pág. 7), es la frase con la que empieza la nouvelle, la frase que trastoca una realidad vulgar (“Yo hacía varios meses que andaba solo, un poco taciturno, con costumbres sencillas como cumplir metódicamente con el trabajo, tener la sensibilidad reducida a cero, comer siempre en la misma mesa de la misma pizzería, ir a ver, metódicamente, las películas más comentadas”, pág 7), una realidad de clase media, de oficinista con pocas expectativas a quien sorprende de golpe la ruptura de lo real, para dejarlo, ya en la página 20, “al borde del abismo”: una aventura metafísica o filosófica.

En Escamas, piel una historia con un planteamiento parecido al de la nouvelle anterior se desarrolla en un espacio superior, separado por cortos capítulos, que permiten marcar las elipsis narrativas. Aquí la mujer también es una amenaza para un hombre joven de vida rutinaria, Berti (ahora la narración transcurre en tercera persona), pero la mujer no representa un miedo repulsivo sino una pulsión erótica difícil de eludir. Berti es el encargado, en la ferretería donde trabaja, de ir a media mañana a comprar los bollos del desayuno a la panadería de la calle. Allí se encontrará a diario con la mujer misteriosa, sobre la que recaen habladurías extrañas.

En esta novela corta la influencia de H. P. Lovecraft, en especial de su novela La sombra sobre Innsmouth, es notoria.
Aunque, en todo caso, habría que apuntar que si bien Escamas, piel en la temática se acerca a la de Lovecraft, no así en el estilo, mucho más contenido y sobrio en Gandolfo que en Lovecraft; porque Gandolfo juega a la literatura pulp con controladas herramientas puramente literarias (como por ejemplo sucede con Carlos Fuentes y su Aura) y Lovecraft crea un mundo propio de obsesiones, ajeno para él a cualquier idea de baja o alta cultura, con un lenguaje plagado de errores, cuya acumulación acaba creando el reconocible y magnífico estilo Lovecraft.

Dos mujeres es un libro feliz, literario y agradablemente pulp; pero de ese sabio estilo pulp del que se valen los grandes y secretos escritores del Cono Sur, como el mismo Levrero; un estilo pulp que trasciende a la baja cultura, al usarla –con respeto- para hablar de inquietudes, o de empresas filosóficas.
Me uno a Patricio Pron y como él espero que Dos mujeres sea el inicio de la publicación de todos los libros de Elvio E. Gandolfo en España.