domingo, 29 de enero de 2023

La fórmula preferida del profesor, por Yoko Ogawa


 La fórmula preferida del profesor, de Yoko Ogawa

Editorial Tusquets. 308 páginas. 1ª edición de 2003: ésta es de 2022

Traducción de Juan Francisco González Sánchez

  

En 2022 leí diez libros de autores japoneses. Una corriente lectora que no tenía prevista al empezar el año, pero sobre febrero o marzo me acordé de lo mucho que me gustaba Kenzaburo Oé, el premio Nobel de 1994, del que leí cinco libros en la segunda mitad de la década de los 90. Volví con Oé y me encantó el reencuentro. Esto hizo que me interesara por leer más literatura japonesa. Sobre mayo o junio de 2022 vi que Tusquets sacaba una nueva edición de La fórmula preferida del profesor (2003), la obra más famosa de la escritora Yoko Ogawa (Okayama, 1962). Este libro, hasta ahora, lo publicaba en España la editorial Funambulista, que tiene más novelas de Ogawa. No sé si Tusquets habrá comprado los derechos sobre este libro o sobre todos los de Ogawa y los irá sacando en los próximos años. Sé que también tiene el de La policía de la memoria, que se publicó en Japón en 1994, y que ha tenido mucho éxito recientemente en el mundo anglosajón tras su traducción al inglés.

Así que me llegó al correo electrónico la publicidad con las novedades de Tusquets y vi este libro en medio de mi corriente de lecturas japonesas y me apeteció leerlo por varios motivos: porque era japonés, como ya he dicho, y también porque estaba escrito por una mujer. Como suele ser habitual, cuando busco en internet información sobre los escritores más representativos de un país, con ganas de empaparte en su literatura, las referencias suelen ser masculinas. De los diez libros japoneses que leí en 2022 solo había leído uno escrito por una mujer: Una flor de Yuriko Miyamoto. También sabía que La fórmula preferida del profesor había sido un bestseller en Japón, con más de dos millones de ejemplares vendidos y adaptación cinematográfica. Por tanto, existía un riesgo de que se tratase de una novela comercial y no literaria. De todos los elogias que acompañaban a la nota de prensa de Tusquets me convenció uno, el de Kenzaburo Oé, que dice de Ogawa: «capaz de dar expresión a los elementos más complejos de la psicología humana en una prosa sutil pero penetrante».

 

En realidad, yo pensaba acabar 2022 releyendo La otra historia de los Estados Unidos (1980), el ensayo histórico de Howard Zinn. Pero el 29 de diciembre, tras llegar al capítulo en el que Zinn iba a hablarme de las implicaciones de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, decidí darme un descanso del libro de historia, y tomar algo más ligero para acabar el año. Así leí La fórmula favorita del profesor en los días finales de 2022 y los iniciales de 2023.

 

La acción de la novela se sitúa en 1992. Más de una vez se señalará que ese verano tendrán lugar los Juegos Olímpicos en Barcelona. La historia está contada en primera persona por una empleada del hogar, que nunca nos revelará su nombre, de veintiocho años, que trabaja para la agencia Aurora. La narradora tiene un hijo de diez años, al que conoceremos por el apodo de Raíz Cuadrada, nombre cariñoso que le pondrá «el profesor», el peculiar cliente del que la narradora nos va a hablar. «Para mi hijo y para mí, él era simplemente “el profesor”». Ésta es la primera frase del libro y acercarme a ella me hizo pensar, de forma inmediata, en Kokoro (1914), la obra más famosa de Natsume Soseki. El narrador de Kokoro nos hablará de la relación de amistad que estableció, cuando era un joven, con un hombre adulto, al que llamará siempre con el apelativo de «Sensei», que significa «maestro». No estoy seguro, pero tengo la impresión de que Juan Francisco González Sánchez, el traductor, ha podido traducir el término japonés «sensei» por «maestro» y, de esta forma, en el original esta vinculación de la obra de Ogawa con el clásico de Soseki era más evidente. Tras acabar la novela, considero que Kokoro de Soseki es una clara influencia para La fórmula preferida del profesor, porque en esta novela de Ogawa se habla de la relación de amistad, admiración y aprendizaje de una mujer joven y su hijo por un hombre adulto que podría ser el padre de ella y el abuelo de él.

En otros libros japoneses he observado también que se elude el nombre de los personajes, o de algunos de ellos, y se los denomina con apodos. Esto también ocurre aquí.

 

La narradora recibe el encargo de trabajar en la casa del profesor, que tiene fama de ser un cliente difícil. Han sido ya nueve las asistentas que han pasado por allí y han sido retiradas del servicio. A la narradora le explicará una anciana viuda, cuñada del profesor, cuáles serán sus funciones en la casa y cuáles son las particularidades de su cliente. El profesor, un hombre que parece un anciano, pero que apenas sobrepasa los sesenta años (tiene sesenta y cuatro), en su juventud pudo estudiar la carrera de Matemáticas en la prestigiosa universidad de Cambridge inglesa y convertirse en un prestigioso profesor universitario. Sin embargo, en 1975 sufrió un accidente de coche y, desde entonces, su memoria a corto plazo solo dura ochenta minutos. Sus recuerdos son los mismos que tenía en 1975, en la fecha del accidente, y cada día es para él un nuevo comienzo. El profesor lleva prendidos con pinzas a su chaqueta papelitos que le ayudan ‒supuestamente‒ a recordar las cosas importantes. En uno de ellos dibujará, con trazos de niño, la silueta de su asistenta para poder recordarla cada mañana. Las matemáticas es el lenguaje con el que el profesor puede relacionarse con el mundo. Así cada día, preguntará a su asistenta, que vuelve a ser una persona que ve de nuevo por primera, por su número de calzado o su fecha de cumpleaños, y de estos números conseguirá encontrar curiosas relaciones con otros, que consiguen ligar de un modo poético a las personas.

Cuando el profesor descubre que la asistenta tiene un hijo de diez años, le pedirá que lo traiga a su casa, cuando salga del colegio, no le gusta pensar que el niño ha de esperar solo en su casa o en la calle a que llegue su madre, solo por atenderlo a él. Entonces el niño ‒apodado Raíz Cuadrada‒ comenzará a entablar una relación de amistad, al igual que la madre, con el profesor.

Antes de llegar al primer tercio de la novela, sabremos que la asistenta se quedó embarazada muy joven y que dio a luz a los dieciocho años, sin que el padre de su hijo quisiera hacerse cargo de la situación. En realidad, repitió la historia de su propia madre, también madre soltera. De forma sutil, sin que se remarque casi nada, el lector verá que el profesor empieza a representar una figura paterna para la narradora, así como para su hijo.

A medida que la narradora va conociendo al profesor, surgirá en ella ‒al igual que en su hijo‒ una fascinación por las matemáticas. En gran medida La fórmula preferida del profesor es un canto de amor hacia las ciencias exactas, tan a menudo odiadas por muchos estudiantes. En este sentido, la novela podría ser una buena forma de tratar de transmitir comprensión y algo de entusiasmo hacia las matemáticas en el entorno escolar. Yo he sido, durante bastantes años, profesor de matemáticas en 3º de la ESO y sé de lo que hablo. «De mi época del colegio me había quedado tan mal recuerdo de esa asignatura que la simple visión de un libro de texto se me atragantaba y, sin embargo, hablar con el profesor sobre ese tema suponía todo un alivio, y yo empezaba a ver las matemáticas con una perspectiva completamente nueva, nítida; en definitiva, comprensible.», nos dirá la narradora en la página 46.

También entre el profesor y el niño surgirá la amistad porque los dos comparten la pasión por el baseball. El niño desde un punto de vista más pasional, y el profesor desde su visión estadística, pero al final ambos se irán influyendo mutualmente.

 

La composición de las escenas de la novela es muy japonesa, con frecuentes fugas poéticas para describir el clima o la flora. Así, por ejemplo, en la página 11 podemos leer: «Era una tarde gris y lluviosa de principios de abril, y estábamos los tres en el estudio del profesor, en una penumbra apenas rota por la luz de una bombilla.»

 

El lector atento se percatará de que el 1992 del que habla la narradora es una evocación, y que está narrando desde algún punto del futuro (luego sabremos que es desde comienzos del siglo XXI). De forma sutil, el lector comprenderá que la narradora ya no tiene relación con el profesor y será al final de la novela que descubrirá el porqué. Este tipo de composición crea en las páginas del libro una sensación de futura pérdida y de futilidad de la vida y la experiencia humana.

 

Pese al elogio comentado de Kenzaburo Oé, en algún momento tenía la sensación de que la novela podía escorarse hacia una narración comercial y no literaria. Es decir, temía que la autora evitara los conflictos narrativos a favor de una narración «bonita» o puramente «sentimental». Aunque debo apuntar que en esta novela el lector no se va a encontrar con grandes conflictos entre los personajes, sí me parece que la narración es sutil e inteligente y no acaba cayendo en lo cursi, que era un peligro serio. Sí tengo la impresión de que existen en esta novela algunas concesiones, aunque sean leves a una narración «para todos los públicos». Por ejemplo, el profesor está especializado en una rama de estudio de las matemáticas que no sé si existe: la del estudio de los números naturales: números primos, perfectos, etc. De este modo, lo que aparece en la novela sobre teoría matemática puede ser comprendido por cualquier lector, por muy lego que sea en la materia.

En algún momento me ha parecido que la novela rompía levemente sus reglas sobre los ochenta minutos de memoria del profesor, y éste parecía recordar cosas que yo tenía la sensación de que habían ocurrido al menos dos o tres horas antes.

En cualquier caso, he de decir que la lectura de La fórmula preferida del profesor me ha gustado, ha conseguido conmoverme y me ha parecido muy agradable. Los tres personajes principales están bien perfilados y son entrañables, siendo ésta una gran historia sobre la amistad y el deseo de entenderse de las personas.

Me ha llamado la atención un comentario que me ha dejado un comentarista de mi canal de YouTube llamado Nicolás Bascuñán sobre esta novela: «Lo interesante de ese libro de Ogawa es que se trata de un contrapunto peculiar en su obra: el resto de sus libros son oscuros, extraños y juegan con las perversiones sexuales y psicológicas.» Esto me ha interesado mucho y es posible que en 2023 vuelva con esta autora.

domingo, 22 de enero de 2023

Kokoro, por Natsume Soseki


 Kokoro, de Natsume Soseki

Editorial Satori. 326 páginas. 1ª edición de 1914; ésta es de 2021

Introducción, traducción y notas de Carlos Rubio

 

Ya he comentado que al empezar 2022 me apeteció volver con el escritor japonés Kenzaburo Oé, del que había leído cinco libros a finales de los años 90. En esta ocasión releí uno de aquellos y leí dos más. Me pareció buena idea seguir con autores japoneses, y en la lista que elaboré con los nombres a los que debía acercarme aparecía con fuerza la figura de Natsume Soseki (Tokio, 1867 – 1916), autor al que se considera el creador de la modernidad literaria en Japón. Leí de él sus dos primeras novelas, Soy un gato (1905) y Botchan (1906), en la editorial Impedimenta, libros que tomé en préstamo de una biblioteca pública. Después pensé que ya estaba preparado para acercarme a la que se considera su obra maestra, Kokoro (1914). Este libro lo tenían en la misma biblioteca de la que saqué los otros dos, y en la editorial Impedimenta. Sin embargo, en la sección de literatura asiática de La Central de Callao vi la bella edición de Kokoro que tiene la editorial Satori, ubicada en Gijón y especializada únicamente en literatura japonesa. Además, la edición de Satori cuenta con un prólogo de 50 páginas sobre la literatura de la era Meiji, Soseki y Kokoro, a cargo de Carlos Rubio, traductor del libro y experto en cultura japonesa, que me apeteció leer. Entré en la página de Satori y estuve leyendo sobre sus libros, algo que recomiendo a cualquier interesado en la literatura japonesa. Les escribí para ver si les parecía bien enviarme Kokoro para que escribiera sobre ella una reseña y grabara una vídeo reseña, y muy amablemente me enviaron el libro.

He empezado leyendo la novela y al final me he acercado al prólogo.

 

Kokoro está dividida en tres partes. La primera se titula Sensei y yo. El narrador es un joven, o tal vez ya un adulto, que evoca por escrito los años en los que era un adolescente, que aún no había comenzado la universidad, y pudo conocer a un adulto, con el que entabló amistad, y al que va a llamar en su narración «sensei», que es una palabra japonesa y que significa «maestro» o bien un título que se otorga a alguien por quien se siente respeto y que es tomado por un ejemplo. El narrador dejará el nombre de Sensei siempre oculto, así como el suyo propio. «Fue en Kamakura donde sensei y yo nos conocimos. Yo entonces era un joven estudiante.» (pág. 63) El narrador ha sido invitado un verano por un amigo para ir a la playa. Allí, de un modo inesperado, el amigo tiene que dejarle, y el narrador se queda solo. Se empieza a fijar en la playa en un hombre que le llama la atención y que, al principio, acompaña a un occidental, y decide conocerle.

 

Los dos, Sensei y el narrador, viven en Tokio, y el narrador le pedirá a Sensei permiso al despedirse en el pueblo de veraneo para ir a visitarle en su casa de la capital. Sensei accede. Sensei vive con su mujer y son un matrimonio sin hijos. Además, Sensei, aunque tiene un título universitario, vive sin trabajar.

El narrador pronto nos hará saber que está narrando una historia del pasado y que cuando escribe Sensei ya ha muerto. La figura del maestro se va revistiendo de un halo trágico y de algunos misterios. Sensei no tiene relación con su familia biológico, por algún conflicto del pasado, y, al menos, una vez al mes visita en solitario una tumba y no le quiere contar al narrador de quién es esa tumba y por qué siente tanto interés por visitarla a solas. Todos estos secretos han oscurecido la personalidad de Sensei, y al joven narrador le gustaría ser digno de la confianza de su Sensei y que le contase estas intimidades.

 

En la página 85 leemos: «Sensei no era un hombre conocido. Sus ideas, su filosofía, excepto por mí, que lo conocía bien, no eran tenidas en cuenta por nadie. Yo le decía a menudo que esto era una lástima.» Me hubiera gustado que el narrador le expusiera al lector cuál era la filosofía de Sensei, esas ideas que a sus ojos le convertían en una persona valiosa y digna de admiración, pero, en todo momento, estas ideas filosóficas le son escamoteadas al lector. Tampoco Soseki le mostrará al lector cuáles son los campos de estudios universitarios tanto de Sensei como del joven narrador, un hecho que me preocupa menos que el primero; pero estos dos detalles me hacen pensar que la composición de la novela sufre una pequeña falta en la que podía ser la suma de sus virtudes, que son bastantes.

 

Sensei, descubrirá el narrador, cuando piense en los pilares sobre los que se estableció su amistar con el maestro, se dará cuenta que él era una persona que experimentaba un constante miedo a ser analizada, y agradece no haberse mostrado como una persona indiscreta, porque de este modo su relación no hubiera sido posible.

 

La segunda parte se titula Mis padres y yo y el narrador ha de volver al pueblo del interior del que procede para hacerse cargo de su padre campesino, aquejado de una enfermedad mortal. En esta parte Soseki nos muestra la relación de un personaje moderno, que ha dejado el campo y ha emigrado a la capital con el pasado del país. La era Meiji (1868 – 1912), cuyas fechas de comienzo y fin casi coinciden con las de la vida de Soseki (1867 – 1916) se caracterizó por ser un tiempo de cambios y modernización para Japón, un tiempo en el que el país pasó casi del feudalismo a un país moderno. En este proceso Japón hizo un esfuerzo por empaparse de las corrientes técnicas y también culturares provenientes de Europa. Y este contraste entre el viejo Japón y el nuevo lo muestra Soseki al enseñarlos las relaciones del narrador con su familia y los choques generacionales que tiene con sus padres. De hecho, en el tiempo de la novela aparece en los periódicos la muerte del emperador Meiji en 1912, lo que hace que el padre del narrador, postrado por su enfermedad, sienta que es un símbolo y que va a acompañarle pronto. También después de la muerte del emperador se va a suicidar el general Nogi, con un harakiri tradicional, todo otro símbolo del Japón del pasado. Me ha gustado esta segunda parte más que la primera, porque Soseki sí nos ha permitido penetrar en los conflictos familiares del narrador, y estos, con problemas sobre herencias y el cuidado de las personas mayores, son realmente muy universales. Esta parte de la novela me ha recordado a las películas de Yasugiro Ozu, para quien Soseki posiblemente sea una inspiración.

 

La tercera parte se titula La carta de sensei y aquí cambia el narrador de la novela, que pasa a ser Sensei, quien ha escrito una larga carta a su joven amigo, donde le explica todos sus secretos y por qué se ha llegado a convertir en una persona melancólica y taciturna.

 

Además de pensar que algunas de las escenas de esta novela han podido influir sobre el cine de Yasugiro Ozu, he pensado que esta obra ha influido también sobre la del premio Nobel de 1994 Kenzaburo Oé. En las novelas de Oé también se establece un juego entre un personaje y otro un poco más mayor que él que actúa como su «maestro» o «sensei», esto ocurría, por ejemplo, en Cartas a los años de nostalgia, donde el narrador se acababa llamando simplemente «k». «K» va a ser la forma en la que se va a nombrar a otro de los personajes del libro, al que no quiero nombrar para no revelar nada importante de la trama.

También hay en Kokoro una obsesión por los suicidios que me ha recordado a la leída en Tokio Blues, la única novela de Haruki Murakami que he leído.

 

Al acabar el libro he leído el prólogo de Carlos Rubio. Me ha llamado la atención saber que del siglo XIX (salvo, tan vez en sus dos últimas décadas) no existe un literatura perdurable de aquel país porque no existía un arte de la novela como tal, sino narraciones locales, sobre «chistes familiares» que no podían tener éxito fuera de Japón y del contexto, chistes y cotilleos sobre los prostíbulos, y que al llegar la era Meiji y mirar hacia Occidente, los escritores empiezan a adquirir técnicas modernas de novela, desconocidas en Japón.

 

Ya dije que Botchan me gustó mucho más que Soy un gato. Y Kokoro me ha gustado más que Botchan. El estilo de Soseki en su última etapa de escritor se ha vuelto más poético y melancólico, más reflexivo y triste. El humor de las primeras obras ha desaparecido en Kokoro. Salvo ese fallo de composición del que he hablado, en el que el lector no acaba de saber por qué el narrador admira a Sensei, Kokoro me ha parecido una gran obra.

 

domingo, 15 de enero de 2023

Cerbantes Park, Carlos Robles Lucena

 


Cerbantes Park, de Carlos Robles Lucena

Editorial NAVONA. 278 páginas. 1ª edición de 2022

 

 

Conozco a Carlos Robles Lucena (Terrassa, 1977) de las redes sociales, y también porque colaboro, publicando reseñas, en su web literaria Revista Kopek. Cuando apareció su primera novela en la editorial barcelonesa Navona, me preguntó si me apetecía que me incluyeran en los envíos de ejemplares de prensa. Al final quedamos en intercambiar libros. Yo le envié a Carlos mi última novela, Esto no es Bambi, y su editorial me envió Cerbantes Park.

 

Al abrir la novela, el lector se encontrará en el primer capítulo con la voz narrativa de Jacob Expósito. Su primera frase es ésta: «Algunas noches me despierto temblequeando y pienso que, en realidad, el parque me lo he inventado yo.» Expósito vive en un parque de atracciones abandonado, junto a su perro Argos. La peculiaridad del parque es que fue el primero del mundo dedicado a la literatura; y en él se ofrecían experiencias literarias, principalmente propias de la narración oral, y que en las atracciones del parque se recrean desde los cuentos populares hasta las referencias de la alta literatura. Expósito y Argos viven en las tripas de una réplica del Nautilus del Capitán Nemo, el personaje creado por Jules Verne. Pasean por las extensas tierras del parque, mientras tratan de evitar quedar expuestos ante el dron del guardia de seguridad. Expósito va narrando su vida y sus recuerdos en notas de voz que deja en un grupo de WhatsApp, en el que solo queda él como miembro. Expósito ha soñado a veces con su «nombre al lado de los grandes creadores de la historia de la literatura», aunque la novela que trató de escribir, sobre la propia historia de la literatura, terminó siendo un fiasco. En otros momentos, abandonados ya sus sueños, Expósito se considera a sí mismo con un escritor ágrafo, un escritor que ya solo tiene fuerzas para grabar audios en ese grupo de WhatsApp muerto del que ya he hablado. También Expósito quiso ser un editor de culto y también fracasó en su empeño.

 

Los capítulos en los que habla Jacob Expósito se suelen intercalar con unos segundos, en tercera persona, en los que se narra principalmente la historia del Comisario, un joven del suburbio barcelonés de Terradell (que parece un trasunto de la Terrassa natal del autor), de donde también es Expósito, y la que va a ser la primera novela del Comisario, Arán. El Comisario es un joven orgulloso de sus orígenes obreros y charnegos, obsesionado con los parques de atracciones, a los que quiere dedicar su tesis doctoral. Para poder escribirla recibe una beca con la que puede viajar a Viena, ciudad en la que a conocer a Almudena, perteneciente a la clase alta madrileña. Para el Comisario los parques de atracciones simbolizan un sueño de equidad social, y en Viena va a comprender que lo que en realidad él siempre quiso no fue hablar de parques de atracciones sino construir uno. Los contactos del mundo de Almudena le pueden aportar financiadores para cumplir este ideal, que, al igual que su amigo Expósito, puede además hacerle alcanzar sus sueños de letraherido.

 

Durante buena parte de los treinta y ocho capítulos del libro se mantiene la alternancia de capítulos, entre los que habla Expósito en primera persona y aquellos en los que se habla del Comisario en tercera, pero no siempre ocurre así, y al final hay más capítulos de los segundos que de los primeros. En cualquier caso, en ambas partes de la novela se suceden las comparaciones o las metáforas cargadas de referencias literarias. Así, por ejemplo, cuando Expósito se despierta en el Nautilus y comprueba que el perro Argos duerme a su lado, comenta: «como el puto dinosaurio de Monterroso» (pág. 75). «El Comisario, en cambio, como buen lector casi adolescente de Kundera, necesitaba algo de peso, algo que le atara al suelo.» (pág. 33)

 

En gran medida, Cerbantes Park es una novela concebida como alabanza a la literatura, como canto de sirena por un arte en decadencia, en peligro de extinción. Así en la página 129 podemos leer: «Tenía ‒y el pasado no es caprichoso‒ la certidumbre de que la gente seguía con ganas de Literatura con mayúsculas, pero carecía de los arrestos necesarios para afrontar su lectura. Querían el brillo carismático, la pátina intelectual que da la familiaridad con las obras maestras de la historia de la Literatura, pero no está dispuesta a hacer el esfuerzo de leerlas, no quieren prescindir de sus dos buenas horas de juegos de mierda con el móvil, la rutina de cardio y la golosina hiperglucémica de las serias.» También hay en la novela un homenaje a Roberto Bolaño como emblema de la resistencia última literaria, sobre todo para Expósito, que soñaba en «la manera de convertirme en el nuevo Roberto Bolaño» (pág. 126)

 

En el epílogo, Robles Lucena evoca una conversación que tuvo en la universidad Pompeu Fabra con un profesor que le conminó a unir los dos caminos que unían su primer libro de relatos. «Había cuentos a lo barrial y otros a lo marciano, ¿qué resultaría de esa mezcla? Esta es mi demorada respuesta.» (pág. 276) Me gusta esta reflexión de Robles Lucena sobre su propia obra, esa mezcla de «lo barrial» y «lo marciano». He de decir que los capítulos en los que el autor tiraba a lo marciano, esos en los que principalmente habla de cómo funciona Cerbantes Park o de las características de su decadencia, me han parecido más conseguidos, más poéticos y evocadores, que aquellos en los que habla de la ciudad dormitorio de Barcelona, Terradell (un trasunto de Terrassa, como ya he dicho), o incluso de Viena. No quiero decir con esto, que el análisis sociológico que se hace de este suburbio esté planteado de un modo pobre, pero sí me ha sonado a algo ya leído. En cambio, los otros capítulos, en los que la novela se adentra en los presupuestos de casi una novela fantástica o futurista, me han parecido mucho más originales e imaginativo. En algún momento, he pensado en la novela corta Pastoralia del escritor norteamericano George Saunders, donde los dos personajes principales han de hacer de trogloditas en una cueva prehistórica para los visitantes de un parque temático. Esta referencia también la evoca el autor en su epílogo. Pero existe para mí otra referencia que el autor no cita, pero que yo sí la he sentido presente, y quizás esto tenga más que ver con mis obsesiones personajes, que con las intenciones literarias de Robles Lucena. Algunas de las escenas del libro, en las que aparecían androides haciendo de humanos, y el aire de simulación, me han hecho pensar en las novelas de Philip K. Dick. Esto lo observo, por ejemplo, el siguiente párrafo de la página 253: «El espectáculo que los esperaba al final del frío tobogán los sobrecogió profundamente. A izquierda y derecha del estrecho camino, descubrieron aguas estancadas llenas de restos de droides, árboles semihundidos en la ciénaga y unos cuantos pozos de lava que despedían un fuerte olor de azufre. Se percataron de que, a medida que avanzaban, los droides iban contando sus trágicas historias con voz quejumbrosa y divinos tercetos.»

Quizás en estas imágenes poéticas y en la idea de la desaparición de la literatura también esté el espíritu de Ray Bradbury.

 

Como ya he señalado, Cerbantes Park contiene algunas páginas muy bellas, poéticas e imaginativas sobre la literatura, los letraheridos y la decadencia del arte, y representa un buen debut de Carlos Robles Lucena en la novela.

 

 

domingo, 8 de enero de 2023

Una flor, por Yuriko Miyamoto

 


Una flor, de Yuriko Miyamoto

Editorial Satori. 372 páginas. 1ª edición de 1927 y 1946. Ésta es de 2017.

Traducción de Hiroko Hamada y Virginia Meza

 

Este 2022 me empezó a interesar la literatura japonesa, tras volver al premio Nobel Kenzaburo Oé, del que había leído cinco libros a finales de la década de 1990. En este contexto me fijé en una bonita edición de Kokoro, la novela más famosa de Natsume Sōseki, a cargo de la editorial Satori, especializada en literatura japonesa y ubicada en Gijón. Tras leer los dos primeros libros de Sōseki ‒Soy un gato y Botchan‒ en la editorial Impedimenta, le solicité a Satori su Kokoro para poder reseñarlo, y leer el prólogo que lo acompaña, a cargo del experto en cultura japonesa y traductor Carlos Rubio. Fue mi cumpleaños y mis suegros quisieron hacerme un regalo y les señalé Una flor de Yuriko Miyamoto (Tokio 1899 – 1951), porque me había convencido la publicidad de la página web de la editorial: «La planicie de Banshū está considerada la mejor narración jamás escrita de la rendición de Japón».

 

Una flor está compuesto por tres narraciones: Una flor de 1927, La planicie de Banshū de 1946 y Hierba de viento de 1946. Las tres tienen un fuerte trasfondo autobiográfico.

Una flor, con sus cerca de 60 páginas, puede considerarse un relato largo o una novela corta. La protagonista es Asako, una mujer de veintisiete años, que trabajo como editora de una revista que está perdiendo suscriptores. Además, se quedó viuda con veinticuatro y vive con Sachiko, una profesora algo mayor que ella. Asako va a tener, durante las páginas del libro, varios encuentros con su vecino Oohira, de treinta y seis años, al que abandonó su mujer. En la página 48 podemos leer: «Asako solía decir que ella y Sachiko eran un par de botellitas de sake sagrados», y en una nota aclaratoria se nos indica que esta expresión hace referencia a dos personas que son muy amigas y que siempre están juntas. En la página 63 leemos: «Asako amaba a Sachiko, conocía la más mínima de sus manías y también sus defectos y también su hermosa bondad.»

En el relato no acaba de quedar del todo claro si Asako y Sachiko son lesbianas y mantienen una relación sentimental o son simplemente amigas. Una flor, en este sentido primero que comento, se ha reivindicado más de una vez desde la comunidad LGTBI.

Ya he dicho que estos relatos tienen un componente autobiográfico. Miyamoto se casó con Araki Shigeo, un investigador de lenguas asiáticas. En 1924 conoce a Yuasa Yoshiko, una estudiosa de la literatura rusa y traductora, y decide divorciarse de Shigeo e irse a vivir con Yuasa. Esta mujer era abiertamente lesbiana, pero en el prólogo del libro se afirma que Miyamoto rechazaba esta preferencia sexual. Al final, Miyamoto volverá a casarse con un hombre, Kenji Miyamoto, crítico literario y militante del Partido Comunista, diez años más joven que ella.

En Una flor se muestran los titubeos de la joven Asako, quien quizás está empezando a sentirse atraída por su vecino Oohira y piensa que dar rienda suelta a este sentimiento puede dañar la actual relación que tiene con Sachiko.

Según me iba acercando al final del relato estaba pensando que Miyamoto dibujaba escenas precisas, que, en muchos casos, describen escenas de la naturaleza, y que estas páginas era bellas, pero que el texto no tenía tensión narrativa. De hecho, acabé Una flor y que quedé tan desconcertado que decidí volver a empezarlo. En la segunda lectura, una lectura ya con avisado previo de lo que me iba a encontrar, más atenta, he podido apreciar mejor la sutileza del relato, que, en cierto modo, nos puede recordar a cuentos como La dama del perrito de Anton Chejov. Pero es cierto que creo haber experimentado un choque cultural al leer esta narración. Después de leer siete libros japoneses este año, por fin he tenido la sensación de que los parámetros con los que está escrito Una flor eran diferentes a los occidentales. No hay en Una flor una tensión narrativa clara, y al final no hay una explosión de sus nudos argumentales, ni un momento epifánico. El relato acaba como empezó, sin estridencias. Me gusta, sobre todo en su segunda lectura, pero sin llegar a emocionarme.

 

La planicie de Banshū, con sus más de 200 páginas, es claramente una novela. La protagonista es ahora es Hiroko, y la historia, igual que en Una flor, está narrada en tercera persona. Hiroko también es un trasunto de la propia autora.

La planicie de Banshū empieza marcando una fecha clave en la historia de Japón: «Atardecer del 15 de agosto de 1945.» (pág. 81). Éste es el día en el que Japón se rindió ante los Aliados, después de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki del 6 y 9 de agosto de 1945. Por primera vez, la población escuchará por la radio la voz de su emperador Hirohito, quien se suponía que solo hablaba con los dioses y del que los mortales no podían oír su voz. Esto último lo había leído en La presa, la primera novela de Kenzaburo Oé, donde éste recrea su visión de niño de 10 años en 1945.

 

Hiroko vive, cuando comienza la novela, en casa del hermano menor de su marido, porque éste se encuentra en la cárcel desde hace doce años por ser un disidente político. Esto está basado en la vida real de Miyamoto, cuyo marido, Kenji Miyamoto, fue arrestado en 1933 por ser del Partido Comunista, en el contexto de un país muy militarizado y que aceptaba muy mal la disidencia. Como curiosidad decir que he aprendido en este libro que, para lo que el resto del mundo fue la Segunda Guerra Mundial, un periodo que abarca desde 1939 hasta 1945, para Japón la guerra empezó en 1931 con la invasión que hicieron de Manchuria y acabó en 1945. Es decir, ellos consideran que la guerra duró 14 años.

«Lo que asomaba en el rostro de quienes escuchaban era una especie de duda profunda y de aturdimiento que no sabían cómo expresar. Habían cortado en seco la cuerda que hasta ese día había tirado de ellos haciéndoles creer que ganarían la guerra y, como si nada hubiera ocurrido, como si siquiera se hubieran caído hacia atrás debido a la fuerza de la inercia, ahora parecía que se les lanzase otra cuerda diferente y se les dijese: “Ahora agarren esta”. ¿Cuáles serían los sentimientos de toda esta gente?» (pág. 97), y este sería el tema centrar de La planicie de Banshū. Hiroko va a pasar de una casa de familiares a otra, tomando trenes en el Japón del momento, lo que le va a permitir ser testigo de un gran fresco social de desmoralización, derrota y tiempos de cambio social, con un territorio arrasado por la guerra, con soldados de vuelta a casa. «Durante la mitad del día, el tren siguió pasando entre la destrucción y, cuando los viajeros se fueron acostumbrando a ese espectáculo que se repetía una y otra vez, perdieron el interés.» (pág. 131-132)

Lo cierto es que La planicie de Banshū funciona perfectamente como un gran documento histórico de los meses que retrata, los posteriores a la rendición de Japón. La protagonista llega a pasar en tren por una Hiroshima destruida, sin saber aún los peligros de la radiación atómica. La población pensaba que aquellos últimos bombardeos eran como los anteriores de munición convencional. Pero estos días son también de esperanza para Hiroko, puesto que la Declaración de Postdam abre la posibilidad a que salgan de la cárcel los que, hasta entonces, han sido presos políticos.

Hiroko hablará de los «pueblos de viudas», que ahora se encuentran por todo Japón, y nos contará las consecuencias del conflicto desde, principalmente, el punto de vista de las mujeres. «En cierto modo, todas las mujeres de Japón pasaban noches de insomnio.» (pág. 235)

Hiroko es escritora y también ha sufrido cárcel, por sus ideas izquierdistas, y se le ha prohibido publicar. «Deseaba plasmar en una novela las emociones de una mujer, convertidas ahora en sentimientos comunes a todas las mujeres japonesas.» (pág. 234)

En este tipo de comentarios se observa, de nuevo, el trasfondo autobiográfico de estas historias, puesto que a Miyamoto, como a Hiroko en la ficción, también se le prohibió publicar sus libros.

La tensión narrativa de La planicie de Banshū es muy superior a la de Una flor, y me parece la obra más lograda de las tres que contiene este libro.

 

La tercera narración se titula Hierba del viento y tiene unas 80 páginas. La protagonista vuelve a ser Hiroko y si bien en La planicie de Banshū se esperaba con ilusión la salida del marido de la cárcel, y acaba justo antes de que esto ocurra, en Hierba del viento se habla de este reencuentro entre Hiroko y su marido Jukichi, tras doce años de separación y tan solo dos meses previos de convivencia. La salud de Jukichi se ha deteriorado tras su paso por la cárcel, pero al menos no ha muerto como algunos de sus compañeros de militancia y prisión. La «hierba del viento» es una planta que Hiroko tuvo en su casa y también en prisión y que simboliza, dentro del relato, la resistencia o la perseverancia ante situaciones adversas.

En algún momento se dice que el padre de Hiroko fue un afamado arquitecto, y este es un nuevo dato autobiográfico.

A pesar de la gran ilusión que Hiroko sentía en La planicie de Banshū ante la vuelta de su marido, la convivencia, después de tantos acontecimientos vividos, no va a ser fácil. Jukichi le echa en cara a Hiroko que se comporta ya como si fuera una viuda más del Japón de entonces. Sin embargo, la esperanza parece volver a Hiroko cuando puede volver a escribir y a unirse a un nuevo grupo literario. Además parece darse también luz verde a la libertad de que vuelva a funcionar el Partido Comunista.

 

Como ya he dicho, La planicie de Banshū es la obra más interesante y lograda del conjunto de tres que aquí se muestran de la obra de Yuriko Miyamoto, una obra valiosa y un documento histórico sobre la rendición de Japón en 1945. Una flor y Hierba del viento son algo inferiores pero no desmerece la buena calidad de este interesante libro.

 

 

domingo, 1 de enero de 2023

domingo, 18 de diciembre de 2022

MIS 10 NOVELAS ESPAÑOLAS FAVORITAS

Grabé un vídeo para mi canal de YouTube, "David Pérez Vega - Bienvenido, Bob" hablando de mis 10 novelas españolas favoritas. Lo puedes ver aquí:



 

domingo, 11 de diciembre de 2022

El conde de Montecristo, por Alexandre Dumas


El conde de Montecristo
, de Alexandre Dumas

Editorial Navona. 1288 páginas. 1ª edición de 1844; ésta es de 2021.

Traducción de José Ramón Monreal

 

Durante las vacaciones de verano suelo acercarme a alguna obra importante de la literatura; importante por su prestigio y también por su número de páginas. En el verano de 2020 leí Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero de Álvaro Mutis y en el de 2021 La forja de un rebelde de Arturo Barea, en el de 2022 decidí acercarme a El conde de Montecristo de Alexandre Dumas (Villers-Cotterets, 1802 – Puys, 1870, Francia), una de las novelas más famosas de la historia. Se dio la circunstancia, unos meses antes, de que los editores de Navona contactaros conmigo, a través de las redes sociales, para ofrecerme una de sus novedades literarias, a petición de su autor, y yo me sinceré con ellos: más que una novedad literaria de un escritor que no conocía, prefería que me enviaran El conde de Montecristo, cuya edición había hojeado en alguna librería, una novela que leería en verano y de la que podría hacer una reseña y una vídeo reseña. Los editores estuvieron de acuerdo.

 

La narración comienza en 1815, con un barco comercial entrando en el puerto de Marsella. Su capital es el joven Edmond Dantès, de tan solo diecinueve años, quien ha adquirido este puesto, durante su último viaje, por la inesperada muerte del que había sido el capitán oficial. Este capitán le va a pedir un favor a Dantès en su lecho de muerte: antes de regresar a Francia, debe parar en la isla de Elba y contactar con unos conocidos suyos que le van a entregar una carta, que él debe llevar a una persona de París. Dantès es un joven ingenuo y noble que no duda en prometerle a su capitán que cumplirá su deseo. En 1815 es Napoleón quien está recluido en Elba, y la sociedad francesa está políticamente muy dividida entre partidarios de la restauración de la monarquía borbónica y los bonapartistas. Dantés, sin ser él muy consciente, ha recibido una carta que puede ser importante para el intento de Napoleón de volver al poder, tras huir de la isla de Elba, hecho que ocurrió el 26 de febrero de 1815, dando lugar al llamado «gobierno de los Cien Días». Al conocer estos datos históricos ‒ayudado por internet‒ cobra más sentido la primera frase de la novela, que se abre con una fecha: «El 28 de febrero de 1815, el vigía de Notre-Dame-de-la-Garde señaló la presencia del velero de tres palos el Pharaon, procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles.»

Dantès baja  a puerto y conversa con el señor Morrel, dueño del barco, y quien le comunica que, si sus socios están de acuerdo, le gustaría que fuese el capitán oficial del Pharaon en adelante. Ésta es una gran noticia para Dantés que, contento, va a visitar a su padre y después a su novia Mercedes, una joven de diecisiete años, de origen catalán con la que se quiere casar pronto. El destino parece pintar bien para Dantès, pero no hemos contado todavía con la envidia humana ante la prosperidad ajena.

Danglars el contable del barco, de veintiséis años, no ve con buenos ojos el posible ascenso de Dantès; ya que aunque el joven es mucho más querido entre los marineros que él, quizás piensa que se merecería ese puesto.

Fernand, de veintiún años, es primo de Mercedes y está enamorado de ella. Para Fernand es una tragedia que ella se quiera casa con Dantès y no con él.

Danglars, junto con su amigo Caderousse, un sastre vecino y amigo del padre de Dantès, van a tener la oportunidad de encontrarse con un desesperado Fernand ante la inminente boda de Mercedes. Danglars, como de broma, entre copas de vino, escribe un anónimo en el que denuncia ante las autoridades a Dantés como agente bonapartista. Anónimo que arrojará a un rincón de la terraza en la que beben, pensando que Fernand lo va a recoger para denunciar a Dantès, como así sucederá.

«—Sí, pero de la cárcel se sale —repuso Caderousse, que con lo que le quedaba de su inteligencia se entrometía en la conversación—, y cuando se ha salido de la cárcel y uno se llama Edmond Dantès, se venga», en esta frase de la página 35 está contenido y anticipado el tema central de la novela, el de la venganza.

 

En realidad, aunque a primera vista parece inverosímil, Dumas se basó para escribir esta novela ‒según unas fuentes‒ en un caso real aparecido en la prensa de la época, sobre un hombre al que acusaron de agente inglés, que fue encarcelado y, al salir de prisión, dueño de un tesoro, se dedicó a satisfacer su venganza. Y según otras fuentes, esta novela está inspirado en la historia del padre de Dumas, que fue un militar francés, hijo de otro militar destinado en Haití y de su relación con una esclava negra. El padre de Alejandro Dumas, del mismo nombre, fue el primer militar negro francés que llegó a ser general, y estuvo dos años preso en Italia. Esta experiencia puede que alumbrara alguna de las escenas más famosas del libro.

 

Dantès será traicionado, detenido en medio de su banquete de esponsales, y encarcelado en la prisión de la isla If, en medio del Mediterráneo. El joven Villefort, sustituto del procurador del rey, podría llegar a entender la inocencia de Dantès, pero la Providencia o la Fatalidad se van a interponer en su camino: Villefort descubrirá que la carta que inocentemente porta Dantès está destinada a Noirtier, su padre. Villefort pretende ascender en la sociedad como monárquico, lo que hace que tenga que renegar lo más posible de su padre, eminente bonapartista. Villefort, que podía haber ayudado a Dantès, en cambio, lo encerrará en la última mazmorra para deshacerse de él.

Dantès, en la prisión de If, conocerá al abate Faria, uno de los personajes más memorables de la novela. Un preso que lleva años excavando en la roca para tratar de fugarse y que acabará apareciendo, por un error en sus cálculos, en la celda de Dantés. Faria se convertirá en mentor y referente para Dantès.

Tras catorce años, Dantés conseguirá fugarse de la cárcel, hacerse con una gran fortuna y empezar a organizar su venganza.

 

Hasta aquí he resumido la parte más conocida de la novela. Sin haber leído el libro hasta ahora, todo esto formaba parte de mi imaginario personal, y ya no recuerdo si fue por una serie o una película de dibujos animados o con actores reales, vista cuando era niño. Posiblemente también esta primera parte sea la mejor del libro.

 

Alguien me comentó en las redes sociales, cuando dije que estaba leyendo El conde de Montecristo, que en su edición original estaba dividida en tres partes. En esta edición de Navona no existe esa división, sino solo la de los capítulos, que son 117.

Después de la fuga de la cárcel, durante un buen número de páginas el protagonismo de la novela cambia desde Dantès hacia otros personajes secundarios. Esto va a permitir marcar la distancia de Dantès con su transformación en «el conde de Montecristo», un personaje mucho más sofisticado y sabio que Dantès, y en más de una ocasión también más siniestro.

 

El conde de Montecristo se acabó de escribir en 1844 y se publicó en 18 entregas durante los dos años siguientes. Tengo la sensación de que, tras el éxito de la primera parte, el editor o el propio Dumas, decidieron alargar la historia, porque entre la fuga de la cárcel de Dantès y la perpetración (o no) de su venganza, hay un excesivo número de capítulos, en los que la novela pierde fuerza narrativa. En esta parte, en la que Dantès llega a París, se muestran muchas casas de ricos y ambientes de la alta sociedad de la época; capítulos de poder y lujo que, imagino, serían del agrado del lector medio de este tipo de novelas en el siglo XIX.

Digamos ya que El conde de Montecristo cumple muchas de las características de un folletín, cuya definición, según la segunda acepción de la RAE; es la siguiente: «Obra literaria, teatral o cinematográfica que presenta sucesos y coincidencias dramáticas y emocionantes, aunque a menudo poco verosímiles, con una escasa elaboración psicológica y artística, y cuyo argumento suele ser el enfrentamiento entre el bien y el mal.»

 

Sobre todo, me ha parecido que El conde de Montecristo abusa de las «coincidencias dramáticas poco verosímiles», con personajes franceses que se encuentran, por ejemplo, en Roma con el conde, de casualidad, y que justo van a ser personas jóvenes relacionadas de forma muy directa con las personas con la que Dantès ha de vengarse en París. Estos jóvenes le van a permitir entrar en contacto con Danglars o Villefort de forma «natural». Además, las personas que conocieron a Dantès en su juventud no le identifican veinte años después. En la novela se resalta que su aspecto ha cambiado, pero sus gestos o su voz debían ser muy similares. Esto me ha saltado sobre todo en una escena en el conde habla ‒del propio Dantès‒ con un personaje que conoció en el pasado y esta persona no llega ni siquiera a sospechar que le tiene delante.

También me parece mucha casualidad que los tres personajes principales de los que Dantès desea vengarse (Danglars, Fernand y Villefort) se hayan convertido en personas muy ricas y destacadas de la vida parisina.

 

Cuando la definición de la RAE dice que el folletín propone un enfrentamiento entre el bien y el mal, ésta es también una característica que se cumple bastante en la novela. Dantès es en principio un personaje positivo, traicionado por otros negativos, y la venganza parece correcta en todo momento. Pero también debo añadir que uno de los temas que acaban siendo más interesantes del libro es el planteamiento de hasta qué punto es lícita o no la venganza de Dantès. En este sentido la novela tiene también un componente religioso, ya que Dantès se siente favorecido por la Providencia (que es otro nombre del mismo Dios) para llevar a cabo su venganza, después de haberse librado de la muerte en la cárcel y haber sido agraciado por una inagotable fortuna. Dios está diciendo a Dantès, o así lo cree él, que tiene derecho a vénganse de las personas que, debido a intereses egoístas, le perjudicaron en el pasado. Como si de un Dios del Antiguo Testamento se tratara, Dantès, citando la Biblia, considera que se puede vengar de sus enemigos hasta la tercera generación. Aquí el lector empezará a plantearse ‒igual que acabará haciendo el propio Dantès‒ si realmente tiene derecho de vengarse de los hijos de sus enemigos, desconocedores de las faltas de sus padres. Este planteamiento hace que el personaje principal trascienda al mero binomio el bien y el mal de un folletín, y a la poca «elaboración psicológica» de la que hablaba la definición. Pero no así en otros casos; por ejemplo, el narrador omnisciente de la novela siempre nos va a presentar a Danglars como un personaje negativo sin matices.

 

Sobre «las coincidencias dramáticas y emocionales» me ha llamado la atención una escena en la que Dantès, convertido en el conde de Montecristo, quiere salvar a un persona que sí le ayudó en el pasado (evitaré comentar quién es), pero espera para hacerlo hasta el último segundo en el que se va a hacer efectiva su ruina económica, cuando ya esta persona ha tomado la decisión de suicidarse y se encuentra al borde del colapso. Realmente le podía haber ayudado un tiempo antes y evitar este excesivo punto dramático y emoción que, en realidad, era innecesario, y solo tiene sentido dentro de la lógica de emotividad exaltada de una narración folletinesca.

 

Me llamaba la atención al principio una sensación de teatralidad de las escenas dibujadas, sobre todo porque Dumas reflejaba comentarios que los personajes murmuraban y que exponían en voz alta, aunque les perjudicasen, cuando lo normal hubiera sido que fuesen pensamientos que el narrador omnisciente le relatara al lector. Como buena novela del siglo XIX, El conde de Montecristo cuenta con un narrador omnisciente, que en algunas ocasiones interrumpe el texto y se deja ver, con comentarios como «Dejamos a Danglars que, presa del genio del odio, trata de bisbisear al oído del naviero alguna maligna suposición contra su colega (…)» En cualquier caso, no son intervenciones que resulten molestan.

 

En una nota al texto se comenta que Dumas cometió varios errores de lógica narrativa en la novela. Algunos se han corregido en las sucesivas ediciones, pero otros se han dejado. He detectado éste: en la página 81 se nos dice que Dantès «hablaba italiano como un toscano, español como un hijo de Castilla la Vieja», en la página 170, cuando Dantès se convierte en el alumno del abate Faria se nos dice: «Ya sabía, además, italiano y un poco de griego moderno, que había aprendido durante sus viajes por Oriente. Con aquellas dos lenguas no tardó en comprender el modo de regirse de las demás y al cabo de seis meses empezaba ya a hablar español, inglés y alemán». Como podemos comprobar, tenemos un problema con el español.

 

La prosa de novela me ha parecido correcta, sin grandes alardes estilísticos. Una prosa efectiva, propia de una novela de aventuras de calidad. Como ya he comentado, la capacidad de indagación psicológica de los personajes me ha resultado inferior a las de las grandes novelas europeas del siglo XIX. Sin salir de Francia, me parece que Émile Zola, Honoré de Balzar o Gustave Flaubet son escritores superiores a Alexandre Dumas.

 

Dicho todo lo anterior, podría parecer que no me lo he pasado bien leyendo El conde de Montecristo, y esto, en realidad, no es cierto. Sí me resultó una lectura entretenida, a pesar de esos capítulos del tercer cuarto, que ya he señalado, en los que creo que la novela se alarga artificialmente. Me hubiera gustado haberme topado con este libro en mi adolescencia. Si lo hubiera leído con catorce o dieciséis años creo que ahora mismo, de adulto, tendría un gran recuerdo de El conde de Montecristo. En la faja del libro se citan las palabras de muchos escritores de renombre alabando las grandezas del libro, como Gabriel García Márquez que dice: «El conde de Montecristo es la novela que me hubiera gustado escribir.» A mí edad, he disfrutado el libro sabiendo que es una novela de aventuras y con rasgos de folletín, con las limitaciones que esto puede suponer, pero también me ha gustado acercarme, al fin, a una de las novelas más famosas de la literatura y comprobar por mí mismo cómo estaba escrita y cuál era el alcance de su propuesta.

 

Acabaré con unas palabras sobre la edición de Navona: el libro con sus tapas de tela me ha parecido muy elegante. Su letra es algo pequeña, pero esto es entendible, teniendo en cuenta que el libro tiene casi 1.300. No existe espacio en la página entre un capítulo y otro, y hubiera preferido que no fuera así. He echado de menos un prólogo, en el que se hablara, aunque fuera brevemente, del autor y de la época. Las notas ocupan 25 páginas y están situadas al final del libro, lo que ha hecho que, hacia la mitad de la lectura, dejara de consultarlas.

El canal literario de YouTube La pecera de Raquel organizó una lectura conjunta con este libro y esta edición y sé que más de un participante acabó disgustado, porque la primera edición, al parecer, tenía algunos errores y un número de erratas significativo. Yo he leído la segunda edición y he de decir que solo he encontrado dos erratas en las casi 1.300 páginas, lo que me considero que constituye una edición casi perfecta. La editorial Navona aseguraba que la nueva traducción, a cargo de José Ramón Monteal, era la definitiva de este libro. Yo no sé francés y no he comparado esta traducción con ninguna otra; sin embargo, sí puedo afirmar que, en todo momento, he tenido la sensación de estar ante un gran trabajo.