Los secretos de la defensa de Madrid, de Manuel Chaves Nogales
Editorial Renacimiento. 233 páginas. Primera edición de 1938, esta es de
2017
Dibujos de Jesús Helguera y prólogo de Antonio Muñoz Molina
De Manuel Chaves Nogales (Sevilla,
1897 – Londres, 1944) había leído, hasta ahora, el volumen de cuentos A
sangre y fuego (1937, Santiago de Chile), donde hablaba de la violencia
de la guerra civil, perpetrada por ambos bandos. Fue un libro que me gustó
mucho y, desde entonces, he tenido ganas de volver a él. Hace unos años,
encontré en una librería de segunda mano del barrio de Pueblo Nuevo una edición
prácticamente nueva de Los secretos de la defensa de Madrid,
publicada por la editorial Renacimiento
de Sevilla, en 2017. Con mi desbarajuste de lecturas habitual, en el que
priorizo los libros que pido a editoriales sobre los que compro yo, se me había
ido quedando sin leer, hasta este mayo de 2026, en el que me apeteció hacer un
alto en el libro Novelas cortas de Iván
Turguénev, y me puse con este libro de Chaves Nogales.
El libro cuenta con un prólogo de Antonio
Muñoz Molina. En él, se nos dice que Los
secretos de la defensa de Madrid se escribió en 1938, con cierta distancia
de los hechos narrados (el primer intento de los militares rebeldes de tomar
Madrid en noviembre de 1936), pero que parece una crónica escrita a toda
velocidad, de forma inmediatamente posterior a los sucesos que narra. Esta
primera apreciación de Muñoz Molina me ha parecido totalmente cierta. La
sensación que he tenido como lector era la de estar leyendo una crónica
periodística de la época, escrita de forma fulgurante y muy apegada a los
acontecimientos. Originalmente este libro se publicó por entregas en la revista mexicana Sucesos para todos en 1938, con los dibujos del mexicano Jesús Helguera, que aparecen en esta
edición.
Después del prólogo de Antonio Muñoz Molina hay una «nota del editor» en la
que se le informa al lector de que esta edición de 2017 es algo diferente de la
que ya existía de 2011, principalmente porque en 2011 no pudieron conseguir de
la revista mexicana Sucesos para todos
el capítulo X y se tuvo que retraducir al español de una traducción al inglés.
Además, en 2017 pudieron utilizar una edición en rústica completa y disponer
así de todo el material gráfico. Además aquí se han añadido dos trabajos
finales de Chaves Nogales, publicados en la revista mexicana Hoy
el 18 en 1939.
Los acontecimientos que narra Chaves Nogales en este libro son los mismos
de los que se ocupa el libro de cuentos Largo noviembre de Madrid (1980) de Juan Eduardo Zúñiga, cuando se organizó
la defensa de Madrid, por parte de la república, contra las fuerzas franquistas
que deseaban conquistarla. Zúñiga centraba su atención sobre todo en la gente
de las calles de Madrid, atemorizada por los bombardeos franquistas sobre la
capital. También leí sobre estos hechos en el libro de historia La
guerra civil española de Paul
Preston. Aunque en el libro de Preston, esta defensa de Madrid no ocupaba
tantas páginas, ni era contada con tanto detalle como lo hace Chaves Nogales en
Los secretos de la defensa de Madrid.
En gran medida, la crónica de Chaves Nogales es una reivindicación de la
figura de José Miaja, que fue el general que, fiel a la República, se quedó en
Madrid organizando su defensa, mientras el gobierno huía hacia Valencia. En
noviembre de 1936, Miaja es un militar, con una carrera poco destacada, que ya
tiene cincuenta y ocho años, pero con unas convenciones firmes sobre sus
funciones en la guerra, en un contexto que, como vamos a ver, le era bastante
desfavorable. En cambio, dentro del bando republicano, Chaves Nogales va a
tener una mirada negativa sobre Francisco Largo Caballero, el presidente del
gobierno en ese momento. «Largo Caballero ha recorrido los frentes de la Sierra
disfrazado de caudillo tropical, cubierto con un inverosímil sombrero de alas
anchas y armado con un rifle». (pág. 18) De hecho, Chaves Nogales va a
documentar la tensión entre Miaja y Largo Caballero, ya que este último
pensaba, desde Valencia, que quizás Miaja tuviera el deseo de convertirse en la
cabeza de la República, quitándole el puesto, y esto hará que Largo Caballero,
por ejemplo, no le envíe armas en momentos complicados de la contienda, y Miaja
vaya a la retaguardia a apropiarse de ellas por la fuerza, lo que dificultará
aún más las relaciones entre ambos líderes.
Aunque la figura de Francisco Franco, aparece de un modo difuminado y lejano
en este libro, Chaves Nogales también le lanza alguno de sus dardos: «Si Franco
hubiese sido efectivamente un gran capitán sus tropas hubieran entrado aquella
mañana en Madrid. Le faltó la intuición genial, la resolución fulminante, la
videncia típica del caudillo». (pág. 32)
Otro problema con el que se va a enfrentar Miaja es que el pueblo de Madrid
desconfía de los militares fieles a la República, porque piensa que pueden ser
traidores, y se fían mucho más de los líderes populares, salidos de los
sindicatos, muchos de los cuales tienen buena voluntad, pero no formación
militar. De este modo, es difícil para Miaja organizar una defensa sólida de la
ciudad, ya que los sindicatos y asociaciones obreras funcionan, en gran medida,
de un modo independiente, y pronto, además empezarían las tensiones entre los
comunistas y los anarquistas. «Otros, son hombres de acción de los partidos
revolucionarios, bárbaros caudillos del pueblo, guerrilleros típicamente
españoles, dignos descendientes del Empecinado, hombres jóvenes, fuertes,
temerarios; pero incapaces de sostener la lucha contra un ejército moderno y
bien equipado con tanques y aviación”. (pág. 33).
La mano derecha de Miaja va a ser el teniente coronel Vicente Rojo, al que
Miaja nombra jefe del Estado Mayor del ejército que defiende Madrid. En menos
de seis horas desde que se marchó el gobierno, Miaja ha rehecho un aparato
defensivo para Madrid.
En las páginas del libro se homenajea a algunas personas anónimas del
pueblo de Madrid que actuaron de una forma heroica, como a la costurera Teresa,
que sale a la puerta de su casa a arengar a los milicianos y morirá de un
balazo, o Antonio Coll, un marinero que se atreve a ponerse delante de un
tanque franquista, con un cinturón de bombas, que le arroja, y logrará reventar
uno, aunque perecerá al tratar de repetir su hazaña.
También hay ciudadanos que no participan en la defensa de Madrid, y algunos
de ellos, al salir del metro, son obligados a ir a cavar zanjas para hacer
trincheras. «Treinta y seis mil hombres ha costado a Madrid su resistencia este
primer mes», leeremos en la página 133. Entre otras cosas, los primeros días
Madrid pudo salvarse de su caída, porque llegaron a la ciudad unos 3.500
soldados de las Brigadas Internacionales, sobre todo comunistas alemanes e
italianos, que habían combatido en la Primera Guerra Mundial y tenían
experiencia en la guerra de trincheras.
Cuando escribí mi novela de no ficción sobre la guerra civil, en la que
investigaba sobre un caso de asesinato en el que se vio envuelto un familiar
mío, contacté con historiadores aficionados de la guerra civil y uno de ellos
me contó una historia que recoge también aquí Chaves Nogales: las fuerzas
españolas capturan un tanque, en el que un militar muerto tiene un documento
con la estrategia para tomar Madrid, y al poder diseñar una contraestrategia,
en función de esta información, se pudo contener el ataque.
Uno de los escenarios de la guerra en Madrid va a ser la Ciudad
Universitaria, muchos de cuyos edificios se habían levantado hacía poco, y allí
tenían que aguantar los soldados republicanos casi sin medios, envueltos en
periódicos para soportar el frío de las noches.
En las páginas 132-33 leemos: «Con más sosiego ya, Miaja, asistido por la
Junta de Defensa, se dedica a organizar la vida de esta ciudad de un millón de
habitantes que están bajo el fuego continuo de las baterías enemigas. Crea un
consejo ordenador de los servicios de vigilancia, centraliza los
abastecimientos en los que había antes una rapiña indecorosa, persigue
implacablemente a los asesinos que actuaban a favor de la impunidad
revolucionaria y poco a poco va creando una normalidad y un orden en medio del
caos de la guerra y la revolución». Chaves Nogales está en contra de los
asesinatos de civiles que se cometieron en el lado republicano y honra a Miaja
al hablar de su preocupación por este tema. «¡Hay que acabar con los asesinos!
Esa fue la obsesión de Miaja desde el primer día», leemos en la página 141.
Muchos de estos asesinatos provenían de agentes descontrolados que se movían
por la venganza personal y el deseo de robar joyas y dinero de las víctimas.
Miaja tendrá también que mediar con líderes anarquistas como Cipriano Mera que,
ante un revés en el frente, cree que sus hombres han sido traicionados por los
militares republicanos, y también tendrá que lidiar en las tensiones entre
comunistas y anarquistas, cada vez más tensas por el control de los escasos
víveres que llegan a Madrid por la carretera de Valencia.
Algo llamativo es que, dentro del dramatismo y la tensión de todo lo
contado, Chaves Nogales encuentra ocasión para narrar algunos sucesos con
humor, un humor que se desprende del pueblo de Madrid, capaz de enfrentarse a
la tragedia desde la broma. Me he reído con una historia sobre unos soldados
franquistas apresados, que al encarcelarlos piensan (debido a la propaganda
fascista) que se encuentran entre bestias, que no van a dudar en matarlos de
inmediato. Además de que piensan que los soldados de Madrid son todos rusos,
entre otras cosas porque los madrileños han jugado a confundirlos con esto,
cantando en las trincheras coplillas con un lenguaje inventado, que imitaba al
idioma ruso, y prisioneros y carceleros acaban todos riendo al descubrirse el
engaño. La escena y el capítulo, sin embargo, acaban con un soldado franquista
que empieza a suplicar que le dejen libre para visitar su casa familiar, donde
vive su madre, porque ha estado durante semanas bombardeando Madrid y teme
haber sido el causante de su muerte. Absurdo, humor y drama se hilan en un
revoltijo muy ibérico.
Antes de llegar al apéndice, el libro termina con un alegato final en
contra de la guerra, usando la metáfora de los combates precisamente en la
Ciudad Universitaria, un centro que debería haber sido de saber: «Esa mala
levadura que hay en el comunismo y en el fascismo, así como en la barbarie
anarquista o autárquica y en el internacionalismo revolucionario o el
nacionalismo reaccionario, fue la que hizo morir y matar a aquellos millares de
bárbaros que se acometieron como fieras rabiosas precisamente en el terreno que
España había destinado a los más soberbios templos de la cultura que se habían
erigido en Europa. No por demasiado fácil es desdeñable el simbolismo de que
fuese allí precisamente, en la Ciudad Universitaria, donde el destino quiso que
se afrontasen las dos modernas concreciones de la humana bestialidad». En
cualquier caso, no se puede hablar de equidistancia en Chaves Nogales, porque
se muestra de forma clara en contra del golpe de estado franquista.
Me ha gustado mucho Los secretos de
la defensa de Madrid. Chaves Nogales escribe con un grandísimo sentido del
ritmo, y lo narrado siempre tiene interés. Los detalles de los que nutre su
crónica son muy vivos. He pensado en algún momento que estaba novelando y que
se inventaba algunas partes, o las suponía, como los sentimientos de Miaja,
pero, por lo que leo en internet, se entrevistó con testigos y se documentó
bastante para escribir este libro.
Me han gustado menos los textos del apéndice, titulados Los
días de agonía del gobierno del Dr. Negrín y Cómo cayó Madrid: horas de
angustia, que no formaban parte de la crónica de Madrid y me han
parecido algo innecesarios. En cualquier caso, ha regresado a mí el mismo
sentimiento con el que acabé de leer A
sangre y fuego: debo leer más libros de Manuel Chaves Nogales, porque es un
grandísimo escritor.





