Distritos de frontera, de Gerald Murnane
Editorial Minúscula. 135 páginas. 1ª edición de 2017; esta es de 2024
Traducción de Carles Andreu
En el verano de 2025 leí Las Llanuras (1982), la obra más
conocida de Gerald Murnane (Coburg, Melbourne, 1939). Ya comenté que
llegué hasta él cuando estaba indagando, hace unos años, en los nombres que
sonaban como posibles candidatos al Premio
Nobel de Literatura. La lectura de Las llanuras me resultó
desconcertante. Era una novela corta con algunas páginas de una gran brillantez
formal y otras, como ya conté, en las que me pareció que el autor repetía un
efecto, que era el de crear una extrañeza sobre un objeto observado (las
llanuras), con la sensación de enfrentarnos a la inminencia de una revelación
que nunca acababa de llegar.
Estuve buscando información sobre Murnane y comprobé que, además de Las
llanuras, solo tiene otros dos libros traducidos y publicados en España: Distritos
de frontera (2017, Minúscula, 2024) y Una vida en las carreras
(2015, Minúscula, 2018). A principios de septiembre de 2025, estaba hojeando
libros en La Central de Callao, y me
apeteció comprar Distritos de frontera, porque a diferencia de Las
llanuras, que era una obra de ficción, la contraportada informaba que se
trataba de una novela autobiográfica y sentí curiosidad.
Este es el comienzo de la novela: «Hace dos meses, cuando llegué a este
pueblo próximo a la frontera, decidí adoptar una mirada cautelosa, y pronto me
di cuenta de que no podía seguir con este texto sin antes explicar cómo había
llegado a aquella extraña expresión».
Un Murnane próximo a los ochenta años nos informará de que ha decidido
cambiar su residencia habitual en la capital del estado australiano donde vivía
(no se dirá, en ningún momento, que esta ciudad es Melbourne) por una casa más
pequeña en un pueblo, con el fin de pasar allí los últimos años de su vida.
Pronto empezará a echar la vista atrás para hablarnos de su educación por parte
de unos hermanos religiosos. Lo que le ha llevado a acordarse de ellos ha sido
la forma en la que incide la luz en los cristales esmerilados de las ventanas
de una iglesia próxima a su nueva casa. Este detalle minúsculo –la forma de
incidir la luz sobre determinadas ventanas– es, en realidad, el hilo conductor
más claro de esta novela autobiográfica, que su autor denomina «informe».
Como el lector avezado ya se habrá dado cuenta, una referencia de Distritos
de frontera es Marcel Proust y su En busca del tiempo perdido.
En la página 15 leemos un párrafo significativo: «Me trasladé a este
distrito próximo a la frontera para poder pasar la mayor parte del tiempo solo
y vivir según una serie de reglas a las que hacía ya tiempo que quería ceñirme.
Ya he mencionado que he adoptado una mirada cautelosa. Lo hago para poder
prestar más atención a lo que aparece en los límites de mi campo de visión,
para percatarme de inmediato de cualquier elemento tan necesitado que uno o
varios de sus detalles parezcan vibrar o agitarse, hasta que tengo la ilusión
de que me hacen señas o un guiño. Hay otra regla que me obliga a tomar nota de
cualquier secuencia de imágenes que me venga a la mente después de haber
dirigido mi atención al detalle en cuestión».
Las referencias metaliterarias son constantes en la escritura de estas
páginas, donde se nos cuenta, por ejemplo, que se han tomado notas para la
elaboración de las páginas que se van a leer, después de alguna observación de
algo que le llamó la atención en la calle, o también leeremos cómo los
recuerdos se modifican al consultar alguna foto, por ejemplo, sobre la que el
autor nos estaba hablando de memoria. Son constantes, por tanto, los saltos en
el tiempo, desde un presente en el que el escritor está sentado en su
escritorio, escribiendo sobre el propio acto de escribir, y las evocaciones del
pasado; en cuyo caso puede tratarse de un pasado cercano, como un viaje a la
capital del distrito una semana antes, o un recuerdo de hace más de sesenta
años, cuando al autor le regalaron, por ejemplo, sus primeras canicas y fue
formando una colección que le ha acompañado a través de todas las casas en las
que ha vivido. Durante el tiempo narrativo de la novela, Murnane buscará su
bolsa de canicas, y tratará de forzar sus recuerdos a través de ellas, creando
diversas combinaciones de colores. Esta idea, no ya de hablarnos de elementos
que evocan recuerdos del pasado, como idea proustiana, sino la de forzar que
salte el recuerdo, a través de la combinación de colores, luces y formas, me ha
recordado a algunos de los planteamientos que hacía el uruguayo Mario
Levrero en novelas como El discurso vacío o La novela
luminosa.
El tema religioso es importante en las páginas de Distritos de frontera. Las palabras de Murnane parecen las de un
ateo que observa con curiosidad cómo los demás viven sus experiencias
religiosas. Sin embargo, y esto es algo de lo que apenas se habla en el texto,
el propio Murnane fue seminarista. Leo en internet que a los dieciocho años
ingresó en el seminario y que duró allí tres meses. Más que desear ser
religioso por una devoción auténtica a Dios, parecía verse atraído por la vida
monacal, por la soledad y la posibilidad de escribir sin ser molestado. En Distritos
de frontera sí nos va a hablar, sin embargo, de cómo perdió la fe leyendo a
Thomas Hardy y empatizando con sus desesperados personajes. Las
referencias literarias son constantes en el texto, aunque Murnane nos acabará
diciendo que en la actualidad ya apenas lee ficción.
En la página 12 leemos: «Nunca me he alejado más de un día por carretera o
en tren del lugar donde nací», que es una de las características –o rarezas–
del autor que más se comentan en sus semblanzas. Me ha resultado curiosa la
forma en la que Murnane habla de las ideas mentales que se forma de los
paisajes sobre los que lee; por ejemplo, sobre la remota Inglaterra, o sobre
cómo perduran en su mente ciertas imágenes religiosas de los libros del pasado.
Me gusta el concepto que usa de «paisaje-imagen» o «virgen-imagen», queriendo
singularizar con ese guion y la palabra «imagen» que está hablando de una
representación personal de una realidad que aparece en su mente y que no tiene
por qué coincidir con la real. Para él estas «–imágenes» de su mente son tan
reales como los propios recuerdos que habitan en su interior.
Uno de los
primeros temas, que ya he comentado, es que el recuerdo de Murnane se activa al
observar cómo la luz incide en las ventanas de una iglesia cercana. El tema de
cómo la luz incide en las ventas, sobre todo en las verandas («Galería, porche
o mirador de un edificio o jardín.», según la RAE) de las casas se irá
volviendo el hilo narrativo más claro del libro, haciendo reflexionar al autor
sobre la idea de que en su psiqué primera, la que se correspondería a su
infancia más remota, hubo un momento de fascinación sobre los colores de la luz
sobre alguna veranda que no recuerda y esto hace que al enfrentarse a una
situación similar (en la casa de un amigo, o en cualquier lugar) se active algo
profundo y desconocido en su mente. Es una idea muy poética y que nos habla del
misterio de la existencia. «A veces he supuesto que de niño debieron de
influirme los destellos irisados que veía cuando la luz del sol caía en cierto
ángulo sobre el borde biselado de un espejo que colgaba en el salón de una casa
de color crema ya mencionada en otra parte de este informe, donde todo me
parecía de buen gusto y elegante.» (pág. 78)
Otro tema
que me llama la atención es la capacidad de Murnane de fijarse en asuntos
esquinados, casi fuera de plano. Sobre la biografía de un escritor inglés, más
que interesarse el texto en sí mismo, le ha acabado fascinando la foto de la
contraportada donde la autora del libro muestra su perfil, y dedicará algunas
páginas del libro a describir esa foto y a tratar de desentrañar su misterio.
En la página 98 leemos: «una mirada o un vistazo de reojo suelen revelar más
que una mirada directa.»; en esta misma página Murnane nos contará que «estas
páginas están destinadas únicamente a mis archivos». El lector, lógicamente,
sabe que esto no acabó siendo así.
Vi un
documental en YouTube, de más o menos una hora de duración, sobre Murnane. Este
le mostraba su casa al entrevistador, y ahí pude contemplar el gran número de archivadores
metálicos de oficina que tiene en una habitación. De ellos, va extrayendo
carpetas. En muchos casos se trata de textos en los que reflexiona sobre muy
diversas cuestiones, normalmente de carácter autobiográfico. De todos estos
textos, solo una mínima parte es la que se ha acabado convirtiendo en su obra
artística publicada. Imagino que si Gerald Murnane acaba recibiendo el Premio
Nobel de Literatura antes de morir, mucha gente va a querer saber qué tesoros
albergan esos archivadores.
Distritos de frontera es una obra bastante peculiar que
no gustará a aquellos lectores que deseen acercarse a historias trepidantes o
su percepción de lo que debe ser un texto literario dependa mucho de la idea de
«trama». En realidad, leer Distritos de
frontera es una experiencia que tiene que ver más con la lectura de un
poemario que de una novela. Decía Juan
José Saer que una obra literaria se ocupa más del cómo que del qué. Murnane
sigue este principio. He leído Distritos
de frontera con gran curiosidad. Es posible que Las llanuras sea una obra de mayor calidad literaria que Distritos de frontera, pero yo me he
sentido más cómodo leyendo Distritos de
frontera. Vuelvo a tener curiosidad por Una
vida en las carreras. Espero leerla pronto.





