La maldición de Hill House, de Shirley Jackson
Editorial Minúscula. 265 páginas. 1ª edición de 1959, esta es de 2022
Traducción de Carles Andreu
Ya he contado, más de una vez, que de adolescente leía solo literatura de
género, ciencia ficción y terror; géneros a los que de adulto regreso en
algunas ocasiones. A Almudena, mi mujer, le ocurre algo parecido a mí, aunque
ella solo leía terror. Hace unos años leyó La maldición de Hill House (1959) de
Shirley Jackson (San Francisco, 1916
– Bennington, 1965) en inglés. Fue un libro que le gustó y empezó a comprar los
otros libros que de ella ha publicado la editorial
Minúscula, con la traducción de Carles
Andreu, del que recientemente he disfrutado de las traducciones que ha
hecho de la obra del australiano Gerald
Murnane. Mi mujer compró la edición de La
maldición de Hill House de Minúscula para regalárselo a su madre. Almudena
llevaba años recomendándome que leyera a Shirley Jackon y se estaba acercando
la festividad de Halloween me trajo la novela de la casa de sus padres para que
pudiera leerla.
La novela empieza hablándonos de John Montague, que es doctor en filosofía,
pero quien, en realidad, está fascinado por los fenómenos sobrenaturales. Quizás
el antecesor literario más claro de Montague sea John Silence, investigador de lo
oculto (1908) de Algernon
Blackwood, un delicioso libro de terror que en España ha publicado la editorial Valdemar. Montague ha
descubierto la mansión de Hill House, en la que se supone que tienen lugar
fenómenos extraños, después de toda una vida buscando casas encantadas. La ha
alquilado para tres meses y ha empezado a buscar asistentes para su proyecto de
investigación de fenómenos paranormales. Su método para conseguirlos consistirá
en contactar con personas que, según ha leído en los periódicos, se han visto
envueltas en fenómenos paranormales. De este modo, conseguirá que dos chicas
acepten ir a Hill House para vivir con él esos meses. Una de ellas será
Eleanor, de treinta y dos años, que en su infancia vivió un extraño episodió en
el que, sobre su casa, llovían piedras. La otra será Theodora, que ha
demostrado tener capacidad para adivinar las cartas que alguien sostiene ante
ella. Un tercer invitado será Luke, que es el sobrino de la actual dueña de la
casa y futuro heredero de Hill House.
La novela está narrada en tercera persona, pero casi siempre la narradora
nos contará la historia desde el punto de vista de Eleanor, que será la
protagonista principal de la novela. En más de una ocasión, la narradora nos
mostrará los pensamientos de Eleanor, algo que no ocurre con el resto de
personajes. Así que debemos considerar que la tercera persona, desde la que se
narra, no es neutra, sino que su mirada está mediatizada por la de Eleanor, y
este uso del estilo indirecto libre será muy importante para poder apreciar los
juegos narrativos de los que se sirve Shirley Jackson en este libro. En
resumen, el lector ha de saber que la voz narrativa de la novela no es del todo
fiable.
El lector se acercará a Hill House desde la perspectiva de Eleanor, que
viaja en coche hasta allí, una mansión construida ochenta años antes del tiempo
narrativo, a las afueras de un pueblo y rodeada de montañas. El texto es
bastante sugerente para el lector, que irá siendo sugestionado por la sensación
de amenaza que desprende la casa. Desde el comienzo Eleanor siente que la casa
tiene vida propia y que algo malvado emana de ella. Me gusta la idea de que Hill
House no es una casa en la que haya, por ejemplo, presencias de fantasma, sino
que es la propia casa la que es una presencia con vida. En muchos párrafos, se
insiste en la idea de que la casa es similar a un depredador en disposición de
abalanzarse sobre las personas que atraviesan sus puertas. «La casa le estaba
esperando, malvada pero paciente.» o «Hill House se echó sobre ella en tromba»
(pág. 43), y en la página 49: «Cuando se plantó en medio de la habitación, el
silencio opresivo de Hill House se abalanzó sobre ella. “Soy como una pequeña
criatura que un monstruo se come entera –pensó–, y el monstruo siente mis
movimientos en su interior.”».
Además de los cuatro personajes ya nombrados, a estos los acompañarán una
pareja de sirvientes, de aire algo siniestro y hosco, que viven en el cercano
pueblo y que nunca permanecen en Hill House una vez que ha caído la noche.
El doctor John Montague quiere escribir un libro sobre Hill House y por eso
instará a sus compañeros a tomar notas sobre cualquier experiencia sobrenatural
que vivan. Me ha llamado la atención que, a pesar de que el doctor apunta que
le interesa hablar de Hill House desde un punto de vista científico, no ha
acudido a la casa con magnetófonos, cámaras de fotos o de películas para tratar
de registrar los supuestos fenómenos a los que van a estar expuestos. Es
posible que, en el momento que se escribió la novela, en la década de 1950, aún
no fuera corriente este tipo de planteamientos, o también es posible que la no
existencia de posibilidades reales de registrar los hechos a los que
supuestamente se van a enfrentar permita a la autora trabajar con la idea de la
ambigüedad narrativa. Me gusta esta idea: al enfrentarse por primera vez a un
hecho sobrenatural, nuestros investigadores de lo oculto van a sentir euforia,
una euforia que puede irse transformando en miedo. Esta idea se repetirá más
tarde en la película Postelgeild (1982) de Tobe Hooper.
Diría que la inspiración más clara para Shirley Jackson, a la hora de
escribir La maldición de Hill House es
Otra
vuelta de tuerca (1898) de Henry
James, donde la historia de terror no se acaba de saber si es real o solo
ocurre en la mente de los personajes.
Es cierto que Jackson construye una historia trágica sobre el pasado de los
habitantes de Hill House, pero nunca acabará de haber una explicación clara
sobre si una de las tragedias que sucedieron en el pasado en la casa con los
acontecimientos sobrenaturales que los protagonistas del libro pueden vivir en
el tiempo narrativo de la obra. Más de una vez he tenido la sensación de que
Jackson sí que estaba narrando hechos físicos que suponían cambios palpables y
visibles para todos los testigos, pero, al final, por ejemplo, a la mañana
siguiente de escuchar golpe afuera de las habitaciones y sentir que ese pasillo
había sufrido desperfectos, esto no había influido sobre la realidad o la
realidad palpable de todos los personajes.
Eleanor, que ya sabemos que es la protagonista de la historia, no ha tenido
una vida fácil, ya que, desde muy joven, quedó encargada de cuidar a su madre
impedida, tarea de la que ha librado su hermana, lo que le permitió casarse y a
ella no. La madre ha muerte tres meses antes de que ella haya contestado la
carta del doctor y haya decidido aceptar su invitación a Hill House. Es posible
que el pasado trágico de Eleanor esté influyendo en su percepción de lo que
cree estar viviendo en la casa, y también en su percepción de cómo se están
relacionando las otras personas con ella.
Sin ser ningún experto en novelas sobre casas encantadas diría que La maldición de Hill House ha influido
mucho sobre el género, tanto en novelas como en películas. El propio Stephen King se declara un gran
admirador de Shirley Jackson. Gracias a su libro, Danza macabra, en el que
King hace un estudio sobre le género de terror fue como mi mujer sintió interés
por leer a Jackson, tras conocer los elogios que King le declaraba.
Quizás La maldición de Hill House
puede decepcionar a aquellos lectores que desean acercarse a novelas cerradas y
con explicaciones finales claras, pero les gustará a todos aquellos –como yo–
que disfruten de la creación de atmósferas inquietantes y escenas malsanas y
ambiguas. Me lo he pasado muy bien con La
maldición de Hill House.





