domingo, 11 de octubre de 2026

Cuentos completos, por Jorge Luis Borges


Cuentos completos
, de Jorge Luis Borges

Editorial Alfaguara. 474 páginas. 1ª ediciones entre 1935 y 1983; esta es de 2026.

 

La primera vez que leí a Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986) fue en 1989, cuando tenía quince años. Un profesor de matemáticas quiso ayudar a los alumnos a comprender el concepto de infinito y para ello nos fotocopió tres cuentos de Borges: El libro de arena, El jardín de los senderos que se bifurcan y El Aleph. Me gustaron, pero como por aquel entonces yo era un lector de ciencia ficción y terror no seguí con él hasta que, un poco antes de cumplir veinte años, conocí a Charles Bukowski y mis intereses literarios cambiaron. A los veinte años leí Artificios (1944), aunque no sé si todos sus cuentos, en una de aquellas pequeñas ediciones de Alianza 100 de los años noventa. Y luego compré, en Alianza también, libros como Ficciones (1944) y El Aleph (1949). El informe de Brodie (1970) y El libro de arena (1975) los saqué de una biblioteca. Más tarde compré el Volumen 1 de las Obras completas de Borges en Emecé, y vendí de segunda mano las ediciones de Alianza porque no tenía mucho sitio en casa (a veces me he arrepentido de hacerlo). En este volumen de Emecé estaban también los primeros libros de poesía y ensayo de Borges y, más de una vez, pensé seguir leyendo los siguientes volúmenes de Emecé que tiene mi mujer en casa. Sin embargo, cuando vi que la editorial Alfaguara publicaba las obras completas de Borges, separando su producción por géneros –cuentos, poesía y ensayo– me apeteció solicitarle estos libros para poder leerlos en este formato y reseñarlos. He empezado por el libro Cuentos completos. La mayoría de las páginas de este libro ha sido una relectura (algunos cuentos los volvía a leer por segunda vez, y algunos otros por tercera o cuarta) y solo al último –La memoria de Shakespeare (1983)– me he acercado por primera vez.

 

Empiezo con Historia universal de la infamia (1935), que había leído en la edición de Emecé. Recordaba este libro como una obra menor dentro de la gran producción de Borges. El propio Borges en el prólogo del libro apunta que las influencias más claras de estos cuentos son sus relecturas de Stevenson y Chesterton. En la primera página del primer cuento, El atroz redentor Lazarus Morell, se encuentra una enumeración: «A esta curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor doctor oriental don Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental don Vicente Rossi (…)». En esta primera página está ya contenido el germen de uno de los cuentos más famosos de Borges, El Aleph. De hecho, estas largas enumeraciones, que funcionan como poemas en prosa, son uno de sus rasgos de estilo más claros. Otro rasgo de estilo sería el humor, que he sentido en esta lectura más presente que en las anteriores. Así en la segunda página del cuento leemos: «Un buen esclavo les costaba mil dólares y no duraba mucho. Algunos cometían la ingratitud de enfermarse y morir». También, ya en este primer cuento, nos encontramos con una de las grandes obsesiones de Borges, la presencia de fuerzas contradictorias en la misma persona; como en un juego de espejos, ya tenemos aquí al traidor y al héroe, ya que el Lazarus Morell del título, en apariencia libera esclavos, pero luego los vuelve a vender. En la página 25 leo: «Unos jarros de whisky de centeno (…) y se le derramaba el secreto». El uso de los verbos en Borges es de un ingenio prodigioso; así como el de los adjetivos, en la misma página leemos: «mulatos nebulosos». Acabo este primer cuento y reflexiono: ¿por qué consideraba yo que Historia universal de la infamia era un libro menor? ¿Menor comparado con qué? ¿Con otros escritores, con la propia obra de Borges?

 

El impostor inverosímil Tom Castro ahonda en esa idea tan borgiana de las paradojas y de que la mejor forma de disimular algo es no tratar de disimularlo, que sería una variante del cuento La carta robada de Edgar Allan Poe. «Sus partidarios no cesaban de repetir que no era un impostor, ya que de haberlo sido hubiera procurado remedar los retratos juveniles de su modelo» (pág. 32). Quizás en esta frase ya se encuentre esa idea clásica de Borges donde afirma que en el Corán no hay camellos, porque quien lo escribe y lo lee no necesita que esa idea se remarque.

 

Como me suele ocurrir con Borges, los personajes de sus relatos no me parecen entidades con una psicología real, sino arquetipos de una idea narrativa, y en este sentido, conecto menos con alguno de los cuentos, como en el caso de La viuda Ching, pirata y El incivil maestro de ceremonias Kotsuké de Merv, los cuentos orientalistas del libro. Los que más me gustan son los de delincuentes estadounidenses, El asesino desinteresado Bill Harrigan y El proveedor de iniquidades Monk Eastman. Aunque he de añadir que mi cuento favorito de este primer libro es Hombre de la esquina rosada, donde ya aparece el gusto de Borges por los cuchilleros y los malevos argentinos. En este cuento aparece, por primera vez, Borges como personaje y receptor de la historia contada. Es un cuento curioso porque lo normal en los cuentos de Borges es que el narrador sea siempre el mismo, un narrador uniforme que sería el propio Borges (estén escritos los cuentos en primera persona o en tercera, o incluso, aunque sea la voz del Minotauro, este habla como el propio Borges). Según Ricardo Piglia, el hallazgo de esta voz narrativa es la gran invención del autor. En Hombre de la esquina rosada, Borges, de forma casi única, cede la voz a un personaje arrabalero, que habla con coloquialismos sobre una pelea de «guapos» o cuchilleros de conventillo, tema sobre el que se volverá más adelante, pero con la voz narrativa de Borges. En el último cuento de este primer libro, titulado Etcétera, hay una escena que es un claro antecedente de otra que aparece en El Aleph, uno de los cuentos más famosos de Borges. A través de una invocación mágica con un brasero, incienso y tinta, se creará un lugar desde el que es posible vislumbrar una infinidad de realidades: «Ese hombre muerto que aborrezco, tuvo en su mano cuanto los hombres muertos han visto y ven los que están vivos: las ciudades, climas y reinos en que se divide la tierra, los tesoros ocultos en el centro, las naves que atraviesan el mar, los instrumentos de la guerra, de la música y de la cirugía, las graciosas mujeres, las estrellas fijas y los planetas (…)” (pág. 74)

Cuando acabo Historia universal de la infamia tengo la sensación de que el libro ha cambiado y crecido ante mis ojos desde la anterior vez que lo leí.

 

En el prólogo de Ficciones (1944), Borges reniega de los libros extensos. «Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario» (pág. 85). El libro empieza con el cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. En su primera página se muestran elementos importantes en la obra de Borges: el narrador (el propio Borges) nos habla de su amistad con el también escritor Adolfo Bioy Casares, se muestra el conocimiento y la fascinación por lo libresco, citando volúmenes de extrañas enciclopedias. Se habla, así mismo, de los espejos. «Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Urbar», así empieza este significativo cuento, que es una puerta a un misterio que parece a punto de ser revelado, pero que siempre queda oculto tras un velo. En la página 89 aparece Adrogué, donde Borges veraneaba de joven, y será allí donde un ingeniero inglés le mostrará un libro que le ayudará a seguir con sus pesquisas. Este cuento contiene también la esencia de muchas de las páginas de Roberto Bolaño, gran admirador de Borges, la idea de contar una historia, cualquier historia, como si se tratase de una historia de detectives. Quizás más que una historia de detectives, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius sea una historia de terror, donde una entidad desconocida está tomando posesión silenciosa del mundo. «Tal fue la primera intrusión del mundo fantástico en el mundo real»; al final del cuento, volverá la presencia de Borges como actor en su propia historia. Quizás Tlön, Uqbar, Orbis Tertius sea el cuento más complejo de Borges. Lo había leído ya, más de una vez en el pasado, pero en esta ocasión lo leí dos veces seguidas y, aun así, tras la segunda lectura tenía la sensación de que su significado completo se me escapaba, que en menos de catorce páginas Borges había creado un texto extraño y misterio, cuyos significados se van multiplicando como en una cadena de espejos.

 

El siguiente cuento es Pierre Menard, autor del Quijote, uno de los cuentos más célebres y más citados de Borges. En él, un escritor, que leyó en su juventud el Quijote, quiere escribirlo, sin volver a consultarlo, palabra por palabra, aunque para él el Quijote sea una «obra innecesaria». «No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil», leemos en la página 108, un cuento que parece toda una humorada, porque para Menard, francés del siglo XX, es más meritorio que para Cervantes escribir El quijote, puesto que para Cervantes era de uno común el español del siglo XVII y para Menard no.

 

El comienzo de Las ruinas circulares me ha recordado al cuento El eclipse de Augusto Monterroso, que parece un seguidor de Borges. Este es un cuento sobre los sueños, sobre la esencia de la realidad, ya que cada persona podría ser solo el sueño de otra.

 

La lotería de Babilonia es seguramente uno de los textos más kafkianos de Borges. En él se habla de una «Compañía» que podría representar a un poder religioso o institucional y que rige el azar o el destino de las personas.

 

Examen de la obra de Herbert Quain supone el homenaje a un escritor y a una obra inexistente. En la página 122 hay una teoría de la novela, planteada como una historia de detectives, que me parece inspiradora de La pesquisa de Juan José Saer, otro gran admirador de Borges. En el final de este cuento, Borges insinúa de un modo ingenioso, que su cuento Las ruinas circulares está tomando de la obra de Quain, escritor secreto.

 

La Biblioteca de Babel también parece un cuento de inspiración kafkiana, con su biblioteca de hexágonos, donde no hay dos libros idénticos, profundizando de nuevo en su poética idea del infinito. Este cuento acabará conversando con El libro de arena, donde se habla de paradojas similares y abrumadoras sobre el infinito.

 

El jardín de los senderos que se bifurcan nos muestra un trasfondo más apegado a los acontecimientos reales, llevándonos a 1916 y a la Primera Guerra Mundial. Aquí nos encontraremos con un laberinto infinito, que nos vuelve a hacer pensar en La Biblioteca de Babel, y aparecerá ya esa dicotomía tan borgiana entre el posible héroe y el cobarde.

 

Desde luego, en los nueve años que transcurren entre la publicación en 1935 de Historia universal de la infamia hasta la de Ficciones en 1944 se ha producido un salto en la obra de Borges. Será en Ficciones donde llega a sus grandes temas, a sus grandes obsesiones (los laberintos, los espejos, el infinito…). Ficciones es un libro inteligente y rompedor; en algunos momentos incluso demasiado inteligente y rompedor. Admiro de nuevo la gran prosa de Borges, y me recreo en su uso del verbo «fatigar», uno de sus favoritos. Y aunque es cierto que aquí Borges ya se ha acabado de crear a sí mismo como personaje, como peculiar narrador de sus cuentos, frente a los cuentos de Artificios (1944), tengo la sensación de que a los de Ficciones –incluso con su genialidad– les falta algo de humanidad, de enfrentarnos a personajes más reales. Ficciones es un libro que está casi más cerca de la filosofía que de la narrativa. Y esto hace que, aunque posiblemente los cuentos de Ficciones sean más geniales y rompedores que los de Artificios, yo acabe prefiriendo los de Artificios, que de hecho se abre con uno de mis cuentos favoritos de la literatura: Funes el memorioso. En el prólogo del libro, Borges nos dirá que este cuento trata sobre el insomnio (Funes tiene el poder, o la condena, de poder recordarlo todo), aunque lógicamente es mucho más que eso, es un cuento sobre el dolor de la excepcionalidad, sobre lo finito de la vida, y me parece que de él se desprende más humanidad (más sufrimiento y dolor) que de los cuentos anteriores de Ficciones, sin quitar con esto mérito a esos cuentos, que ya he señalado como geniales. Funes el memorioso tiene la fuerza de esos cuentos esenciales de los hermanos Grimm o de Hans Christian Andersen. De nuevo, el narrador aquí es Borges, que es un narrador autoconsciente del hecho de narrar: «El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche», leemos en la página 152.

 

En La forma de la espada Borges sigue haciendo pruebas con uno de sus grandes temas, el del traído y el héroe, encarnados en la misma persona; la propia idea de la repetición y el arquetipo: «Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres» (pág. 158), y también Borges recurre aquí a su humor y a su ingenio: «acudí a la menos perspicaz de las pasiones: al patriotismo». El final del cuento es muy ingenioso, con esa idea de que uno también es el otro.

 

Definitivamente en Tema del traidor y del héroe estalla el asunto del cuento anterior. El mismo Borges nos dice en las primeras líneas que el cuento está escrito bajo el influjo de G. K. Chesterton, más concretamente del cuento El cartel de la espada rota, que leí hace unos años. Este cuento habla del asesinato de un líder político en un teatro, que acabará prefigurando el asesinato de Lincoln.

 

La muerte y la brújula me gustó mucho cuando lo leí a los veinte años y me ha vuelto a gustar mucho. En este cuento, de forma extraña, aparecen diálogos y se desarrolla como un policial inglés, como una limpia partida de ajedrez. «Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis», leemos en la página 166, y en esas hipótesis inmiscuyéndose en la realidad recae la fuerza de este relato, cerebral y poético.

 

El milagro secreto, sobre un escritor en Praga que es condenado a muerte y no va a poder acabar una obra que tiene en marcha, es un cuento bonito (aquí aparecen los nazis, una obsesión muy de la época), pero de ejecución y efectos inferior a otros de este libro.

 

Tres versiones de Judas es, seguramente, uno de los cuentos más conocidos de Borges, y en él se vuelve al tema de la paradoja del traidor y del héroe, encarnado en este caso en la figura histórica de Judas. «Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma» (pág. 182).

 

Me ha gustado volver a El fin, porque me acordaba exactamente del momento en el que lo leí por primera vez: en un banco de la estación de Embajadores, esperando el tren. En aquel momento, ya me fascinó su composición y vocabulario (me encantó el término «pulpería», que recibía por primera vez). En El fin, Borges recrea el mito del Martín Fierro, figura clave de la literatura argentina. «La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño», leemos en la página 187, acercándonos a una de las grandes mitificaciones del imaginario de Borges, el gaucho y la llanura.

 

La secta del Fénix parece un cuento chistoso sobre el sexo que se practica, pero a la vez se oculta, generación tras generación.

 

En el prólogo, Borges nos dice que considera que El sur es su mejor cuento. Desde luego es un cuento perfecto, donde se mezclan dos lecturas: una directa y otra soñada. En este cuento queda marcado el gusto de Borges por sus contrarios: los hombres de acción, los cuchilleros, los malevos… Su lenguaje y ejecución son impecables.

 

Llegamos ya a El Aleph (1949), que posiblemente sea el libro de cuentos más famoso de Borges. En El inmortal volvemos al tema de los manuscritos encontrados; en este caso en unos volúmenes de La Ilíada. En este cuento he percibido una clara influencia de H. P. Lovecraft. En la página 203, el narrador, que busca la Ciudad de los Inmortales, acaba maniatado en una sepultura. Esta escena me ha recordado a la ambientación y el desarrollo del cuento de Lovecraft Encerrado con los faraones, y la descripción posterior de una ciudad fantástica con medidas desproporcionadas, me recuerda a la novela de Lovecraft En las montañas de la locura. Borges criticó el estilo de Lovecraft, pero también lo leyó con atención e incluso le homenajeó directamente en el cuento There are more things. Es un buen cuento, aunque quizás esté un poco forzado el efecto final de hacer aparecer a un personaje histórico. «Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal», leemos en la página 209.

 

En El muerto Borges vuelve a Hombre de la esquina rosada y su obsesión por los malevos y los compadritos. Su personaje será aquí «un hombre del suburbio de Buenos Aires, un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje». Este cuento apenas sobrepasa las cuatro páginas y contiene el resumen de lo que podía haber sido una novela, contada su argumento con total economía de medios. «Lo mismo que los hombres de otras naciones veneran y presienten el mar, así nosotros (también el hombre que entreteje estos símbolos) ansiamos la llanura inagotable que resuena bajo los cascos» (pág. 215) .

 

Los teólogos es un cuento erudito y algo áspero de leer; de nuevo nos acercamos a la paradoja de la percepción del traidor y del héroe, en este caso en la figura del teórico religioso y el hereje.

 

En Historia del guerrero y la cautiva Borges nos hablará de su abuela inglesa y se adentrará en el mito nacional de «la cautiva», que ya inició Esteban Echevarría en su obra La cautiva.

 

Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829 – 1874) nos regresa al mito de Martín Fierro y a los ideales de los hombres de acción que acaban siendo otros. «Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva dentro» (pág. 232).

 

Emma Zunz nos habla de una venganza. Como en La muerte y la brújula, el relato policial acaba siendo un relato matemático, una partida de ajedrez narrativa.

 

La casa de Asterión está narrada por un minotauro que podría ser Borges. Un minotauro que vive en un laberinto que podría ser del tamaño del mundo.

 

En La otra muerte Borges vuelve a las historias militares y a la exaltación del pasado bélico de sus abuelos. Volvemos al tema del cobarde y el héroe con una variante fantástica sobre la posibilidad de cambiar el pasado.

 

Deutsches Requiem es un cuento de temática nazi, un cuento contado desde el punto de vista de un verdugo y su justificación del mal. Es un cuento escalofriante, «Giraban sobre nosotros los grandes días y las grandes noches de una guerra feliz. Había en el aire que respirábamos un sentimiento parecido al amor» (pág. 251).

 

En La busca de Averroes se habla de los intentos de este personaje histórico de traducir los textos de Aristóteles sin conocer la diferencia entre «comedia» y «tragedia», un relato en el que Borges reflexiona sobre los límites del conocimiento de la mente de otra persona.

 

El Zahir es un cuento fantástico en el que una persona en Buenos Aires recibe una moneda de veinte centavos, que acaba siendo un Zahir, un objeto mítico en el que no se puede dejar de pensar. Borges interviene en la narración: «Hasta finales de junio me distrajo la tarea de componer un relato fantástico» (pág. 264).

 

La escritura de Dios sobre una persona encarcelada que busca una revelación divina que le explique la realidad me ha recordado a Las ruinas circulares en intencionalidad y símbolos.

 

Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto me ha parecido un cuento enrevesado y que juega burlonamente con lo inverosímil, una nueva reescritura de La carta robada de Poe. Este cuento contiene una de las frases que más he citado de Borges: «La solución del misterio siempre es inferior al misterio. El misterio participa de lo sobrenatural y aun de lo divino; la solución del juego de manos». (pág. 279)

 

Los dos reyes y los dos laberintos es un cuento muy corto que vuelve a la idea del laberinto.

 

La espera es un cuento detectivesco sobre un tipo que se esconde, pero que al final no podrá huir de su destino. Me llama la atención, a veces, el cambio de estilo y ritmo de Borges, desde el cuento más erudito hasta otros que, en apariencia, son de corte más popular.

 

En El hombre en el umbral vuelve a aparecer Bioy Casares como personaje y parece un cuento de Kipling sobre los misterios de la India. La resolución, hablando de civilizaciones desconocidas, me ha vuelto a traer a la mente a Lovecraft.

 

Y para cerrar este libro llegamos a su cuento más emblemático, El Aleph, que también es uno de sus cuentos más largo. En él, Borges visita la casa donde murió su amada Beatriz Viterbo, para descubrir una maravilla en el sótano: un punto que contiene todos los puntos del mundo. Su famosa enumeración de las maravillas de la tierra es un bello poema que analizó el escritor peruano Gustavo Faverón en su ensayo El orden del Aleph. En este cuento se habla de amor, que es un tema poco habitual en Borges.

 

Según escuché a Ricardo Piglia, en sus magníficos programas de la televisión pública argentina, hablando de Borges, El Aleph (1949) fue el último libro que Borges pudo escribir por sí mismo, y a partir del siguiente –que sería El informe de Brodie (1970)– ya tuvo que dictar sus cuentos. Esto hizo, según Piglia, que el nivel lingüístico de los nuevos cuentos bajara. Creo que Piglia tiene razón, pero esto no hace que la etapa final de Borges como cuentista sea desdeñable. Lo que sí que llama la atención de El informe de Brodie es que, después de los cuentos librescos y eruditos anteriores, Borges desborda aquí su gusto por los malevos y cuchilleros. Es como si según el propio Borges va decayendo físicamente le vayan interesando cada vez más los hombres de acción. Como en un juego de espejos, Borges empieza a sentir una fascinación profunda por sus opuestos, algo contra lo que su amigo Bioy Casares trataría de luchar. De este modo, el libro comienza con La intrusa, la historia de dos hermanos enamorados de la misma mujer. El brutal desenlace del cuento le fue dado a Borges por su madre.

 

El indigno es la historia de una fascinación, primero, hacia un delincuente y después de una traición. El relato supondrá una confesión de una acción que acabará atormentándole.

 

Historia de Rosendo Juárez es la historia de un matón de comité político, desde que mata a un hombre y la policía le ofrece unirse al partido y ser guardaespaldas, hasta que, al verse reflejado en el espejo de otro cuchillero, se convertirá en otro hombre.

 

Me gustó recordar El encuentro, que leí por primera vez hará ya más de veinte años. Es un cuento ligeramente fantástico, sobre dos cuchillos que hacen que dos hombres se enfrenten, pero también es un cuento sobre la nostalgia de la juventud: en la reunión de una finca en el campo nadie ha cumplido aún los treinta años.

 

Juan Muraña repite el tema de la vida en los cuchillos y la reputación barrial de hombre temido.

 

La señora mayor retoma el tema de los militares. Me parece un cuento con menos fuerza que otros.

 

El duelo habla de la rivalidad de dos pintoras, una rivalidad artística que acaba creando en ambas una personalidad, una razón de ser. Desaparecida una, la vida de la otra dejará de tener sentido.

 

El otro duelo habla de la rivalidad entre dos hombres, que han de combatir en una guerra en el mismo bando y, antes de poder enfrentarse, son hechos prisioneros por el enemigo, que les acabará proponiendo un duelo grotesco y sanguinario. El indigno y este otro son seguramente los cuentos más salvajes de Borges.

 

En Guayaquil el narrador tendrá la oportunidad de consultar unos documentos que pueden esclarecer qué se dijeron, en Guayaquil, los líderes de la independencia de América, Bolívar y San Martín. Borges no acabará de desvelar qué contienen esos documentos, sino que nos hablará de las relaciones de poder.

 

El Evangelio según Marcos trata de un joven estudiante de medicina que, debido a una inundación, se queda aislado en una casa de la pampa. El desenlace de este cuento también será brutal.

 

El informe de Brodie habla de un misionero del siglo XIX que entra en contacto con la tribu americana de los yahoos, y en su informe describe su forma de vida, y las costumbres que le chocan, como el canibalismo. Aquí se vuelve al tema del manuscrito encontrado; en este caso entre las páginas de un libro de Las mil y una noches.

 

En El libro de arena, Borges (1975) deja el tema de los militares y los cuchilleros de El informe de Brodie y vuelve al infinito y los laberintos. El libro empieza con uno de sus cuentos más recordados, El otro, donde un Borges mayor se encuentra con un Borges joven en un banco de la calle, que puede estar en Boston o en Ginebra. «No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica.» (pág. 375), le dirá el mayor al joven. Dos personajes que no acaban de entenderse.

 

Ulrica es un relato de amor; algo extraño en Borges, pero también es un relato en el que la ficción de las sagas nórdicas irrumpe en la realidad para mostrar el amor como algo único y excepcional. El protagonista, aunque se presenta como un profesor colombiano, también es una persona mayor célibe, que parece un trasunto de Borges.

 

En El Congreso, Borges vuelve a su idea de la biblioteca infinita, del estudio tan extenso sobre algo que acaba siendo todo lo contenido en el mundo. «Descreo de los métodos del realismo, género artificial si lo hay; prefiero revelar de una buena vez lo que comprendí gradualmente» (pág. 387)

 

There Are More Things me ha llamado la atención porque es un homenaje directo a H. P. Lovecraft, con su casa de medidas no humanas y su nuevo habitante.

 

La Secta de los Treinta trata de una secta que considera que en las treinta monedas de Judas se encuentra el significado del mundo. Un cuento sobre la búsqueda de la verdad, y el poder de lo extraño.

 

La noche de los dones me ha gustado bastante, porque Borges tiene una buena sensibilidad, como ya demostró en El encuentro, para retratar el paso de la infancia a la vida adulta. En este cuento el descubrimiento, el mismo día, del sexo y la muerte marcarán al protagonista. «Los años pasan y son tantas veces que he contado la historia que ya no sé si la recuerdo de veras o si solo recuerdo las palabras con que la cuento» (pág. 412).

 

El espejo y la máscara nos regresa a los mitos y la belleza de la concreción.

 

Undr también trata de la búsqueda de la poesía y la excepcionalidad. A veces da la impresión de que Borges trabajaba sus cuentos a pares, porque este se parece bastante al anterior.

 

En Utopía de un hombre que está cansado volvemos a la llanura, pero llegamos a un futuro donde los hombres ya no buscan la inmortalidad.

 

El soborno trata de las convicciones sobre uno mismo, y sobre cómo alguien puede manipular a otro analizando su fe en sí mismo. Es un cuento curioso.

 

Avelino Redondo vuelve a ser un relato policial sobre un tipo que prepara un magnicidio, y acaba hablando del destino personal.

 

Con El disco volvemos al tema de los mitos y los objetos mágicos y sagrados.

 

El libro de arena, que es el último cuento del libro, me parece el mejor. Volvemos aquí a temas que ya aparecieron en La Biblioteca de Babel, sobre el infinito, el destino y los libros monstruosos.

 

Todos los cuentos anteriores, como ya apunté, no era la primera vez que los leía, aunque es cierto que bastantes los había olvidado. Me adentro ahora en la única parte nueva del libro para mí, que sería el volumen La memoria de Shakespeare (1983). Agosto 25, 1983 trata de nuevo del tema del doble. En esta ocasión, Borges llega a la habitación del hotel de Adrogué donde veraneaba. Allí se encontrará con otro Borges. Hacia el final del cuento acabará enumerando sus temas: «En las obras estaban los laberintos, los cuchillos, el hombre que se cree una imagen, el reflejo que se cree verdadero, el tigre de las noches, las batallas que vuelven en la sombra» (pág. 451).

 

Tigres azules nos traslada al exotismo de la India, con un profesor que acaba encontrando unas piedras azules, que pueden multiplicarse. Es un cuento fantástico divertido, que me ha recordado a Philip K. Dick.

 

La rosa de Paracelso trata sobre el tema del discípulo y sobre la fe, el conocimiento y el valor del misterio.

 

La memoria de Shakespeare es el último cuento de la carrera de Borges y me ha parecido más que un digno cierre. En él, alguien es poseedor en su mente de los recuerdos del escritor inglés. Estos recuerdos le pueden ser transferidos al protagonista, especialista en Shakespeare. El profesor lo aceptará para acabar comprendiendo que se trata de un regalo envenenado.

 

He disfrutado mucho de este reencuentro con el maestro argentino. He disfrutado releyendo los cuentos que recordaba, los que no recordaba y los que he leído por primera vez. Como ya insinué al principio, he tenido la sensación de que desde mi última lectura a esta, Borges había crecido como escritor y ahora me parecía incluso mejor que antes. En algún momento, me pareció que sus temas y obsesiones, la elegancia de sus tramas de ajedrez, evitaban la confrontación con el mundo real y la crítica de este, pero cada vez más me parece que Borges es un universo literario en sí mismo y que todos sus temas y obsesiones le hacen diferente a los demás escritores. Por no hablar de la exquisitez de su prosa, de su uso maravilloso de los adjetivos y los verbos, de la ironía y de la inteligencia narrativa. Todo un placer este reencuentro con uno de mis viejos amigos del siglo XX.

 

domingo, 4 de octubre de 2026

Una vida en las carreras, por Gerald Murnane


Una vida en las carreras
, de Gerald Murnane

Editorial Minúscula. 276 páginas. 1ª edición de 2015; esta es de 2018.

Traducción de Carles Andreu

 

En el verano de 2025 leí Las llanuras (1982), la novela más famosa de Gerald Murnane (Melbourne, 1939), y la leí porque el nombre de este australiano, que no conocía, había empezado a sonar para el premio Nobel y era admirado por algún autor consagrado como J. M. Coetzee. Parecía un personaje peculiar: alguien que no había volado nunca en avión, y que no se había alejado más de una jornada en coche del lugar del que nació. Las llanuras me pareció una novela desconcertante, sobre un tipo que quiere estudiar precisamente eso, las eternas llanuras australianas, y en el proceso de descifrar sus secretos queda perdido en el territorio. La novela, escrita con una prosa exquisita, era extraña y me quedé con la sensación de que no había resuelto el misterio que me proponía Murnane. Más tarde, a finales de verano de 2025, me encontré en La Central de Callao con Distritos de frontera (2017), que era el último libro del autor que sacaba la editorial Minúscula y, al ver que era un libro de autoficción, me apeteció comprarlo y leerlo, porque quería saber más de este autor. Distritos de frontera fue como leer un libro de poesía más que una novela, por su delicadeza y su forma proustiana de recrearse en los detalles de la percepción y de los recuerdos. Poco después, le solicité a la editorial Minúscula Una vida en las carreras (2015), que era la novela de Murnane, de las traducidas al español, que me faltaba por él. Los editores me lo enviaron y he tardado casi un año en acercarme a él. Lo que es raro, porque, dentro de mi desbarajuste de lecturas habitual, suelo priorizar, para acercarme a ellos, los libros que solicito a las editoriales frente a los que compro.

 

La lectura de Una vida en las carreras ha sido un tanto atropellada para mí. Lo empecé a leer en el hospital de Móstoles, acompañando un ingreso de mi padre, y me lo llevé a mi viaje a Japón. Así que leí algo de él –además de en la habitación del hospital y en un banco del pasillo– en los vuelos a Doha y Tokio, seguí por las noches en el hotel de Tokio, mientras los ojos se me cerraban de cansancio, y lo terminé en un tren bala de Tokio a Kioto.

 

Una vida en las carreras, como Distritos de frontera, también es una obra de autoficción, y aunque los dos hablan en principio de la misma vida, la de un escritor australiano llamado Gerald Murnane, que fue seminarista, maestro y, más tarde, profesor universitario, acaban siendo libros bastante diferentes, ya que se centran en intereses, u obsesiones, diferentes de esta misma persona. Mientras que en Distritos de frontera reflexionaba sobre su obsesión por cómo incidía la luz en las verandas de las casas y en las vidrieras de edificios religiosos, que asociaba a recuerdos de la infancia más remota, Una vida en las carreras trata de su pasión, u obsesión, por las carreras de caballos. En la página 130 llegará a escribir: «Me he entregado a las carreras de caballos como otra gente se entrega a asuntos religiosos, políticos o culturales, aunque espero ser capaz todavía de reírme de mí mismo». Y sobre esta fe religiosa en las carreras de caballos y toda la mitología que las rodea trata este libro. Puede que algunos capítulos empiecen hablando de otras facetas de la vida de Murnane (sus relaciones sentimentales, su vida profesional…), pero estos preliminares siempre revertirán en alguna anécdota o realidad sobre lo que las carreras de caballos han supuesto en su vida.

«A menudo los sonidos de una retrasmisión ecuestre me traen a la mente imágenes de lo que veían durante los primeros años en que oí esos mismos sonidos» (pág. 10); una idea parecida es la que se usa en Distritos de frontera para evocar el pasado, como ya dije, desde la forma de dar el sol en la verandas de las casas y las vidrieras de las iglesias. El propio Murnane afirma que una de sus mayores referencias literarias es Marcel Proust, y se puede apreciar perfectamente en este tipo de detalles. Él mismo nos contará que, cuando pasó a ser profesor de una escuela de educación avanzada, en su despacho colocó tres fotos: un retrato de Emily Brontë y otro de Marcel Proust, la tercera era una escena de una carrera de caballos de 1946. Para él serán tres imágenes igual de importantes en su mitología personal.

Murnane nos hablará, por ejemplo, de cómo recreaba de niño las carreras de caballos con sus canicas; sintiendo especial predilección por la épica del caballo que parte desde atrás para imponerse definitivamente en la recta final. Sus canicas también aparecían en Distritos de frontera. En esta novela contaba que, ya de adulto, volvía a su bolsa de canicas, las expandía ante sí y jugaba a realizar combinaciones que pudieran llevarle a recuerdos de la infancia. Con la información que se nos da ahora en Una vida en las carreras, aquel pensamiento toma más fuerza. Respecto a esto, en la página 235 leemos: «Durante los primeros años no habría podido encontrar palabras para explicar la influencia que la luz del interior de la catedral tenía sobre mí; tan solo era capaz de sentir una especie de agradable suspense, como si estuviera a punto de experimentar algo que era más que una fantasía, pero menos inalterable que la realidad» (pág. 235).

 

También leyendo Una vida en las carreras he encontrado alguna de las claves interpretativas de Las llanuras: en esta novela se hablaba de un antiguo conflicto entre dos grupos de llaneros, que tenían modos distintos de experimentar las llanuras, conflicto que se simbolizaba con dos colores que se seguían usando en la vestimenta y adornos de los llaneros. Un color es el verdeazulado que nos remitía a la línea del horizonte, donde las llanuras se confundían con el cielo, y el otro, amarillo, tenía que ver con un estudio de la liebre de las llanuras, un animal que trataba de ocultarse en el terreno, sin moverse, camuflándose entre los pastos de las llanuras. Murnane, durante toda su vida, ha estado obsesionado con los colores de los equipamientos de los jockeys en las carreras. De hecho, Murnane nos hablará de las relaciones de sinestesia que ha establecido en su vida con los colores de los trajes de los jockeys: «Asocio el naranja, el púrpura y el negro con una confianza discreta y con una firme dignidad y determinación» (pág. 129) y en la página 126 leemos: «Sospecho que mi interés por el color tiene relación con el hecho de que no tengo sentido del olfato».

 

Murnane nos va a hablar de quiénes eran sus locutores de carreras favoritos y los que menos le gustaban, nos va a explicar cómo se hacían trampas en las carreras, mediante el «plunge», que consistía en hacer que un caballo bueno corriera mal para hacer subir su cotización en las apuestas, hasta el momento en el que se le hacía correr bien y sacar mucho rendimiento a las apuestas. Nos va a hablar de los aficionados a las carreras, de los promotores, de los dueños de caballos… y, entre medias, se irán filtrando, casi de un modo escorado, datos de su vida. Cómo fue un joven solitario, que deseaba tener novia, pero a la vez renegaba de la compañía femenina porque esta podía impedirle ir al hipódromo los sábados por la noche, lugar en el que quería estar después de una semana de trabajo como maestro. Murnane empezará a escribir este libro en 2013, después de la muerte de su esposa, a quien, por suerte para él, también le gustaba ir al hipódromo los sábados por la noche. Aunque, nos contará, ella se olvidaba durante la semana de los caballos y él no podrá hacerlo. Nos va a hablar en esta novela Murnane de su mujer, pero también de la figura de su padre. Y en el tema del padre se puede encontrar una de las claves sobre el significado del libro: el padre de Murnane también era un gran aficionado a las carreras de caballos y sobre todo a las apuestas. En algún momento, Murnane nos contará que su padre llegó a comprar un coche nuevo gracias a las ganancias de alguna apuesta, pero también el padre acabará endeudando a la familia por las apuestas, y esto les obligará incluso a tener que cambiar de vivienda. «Lo cierto es que mi padre nunca fue capaz de apostar con responsabilidad, para decirlo con esta expresión tan mogigata» (pág. 56). Al propio Murnane le gusta apostar a las carreras, pero parece que él –escarmentado por el problema del padre– solo le dedica a esto pequeñas cantidades, que le reportan pequeñas alegrías y solo pequeñas pérdidas.

 

La narración es metaficción y Murnane, de forma recurrente, habla sobre su propia escritura («en la página anterior no he mencionado las carreras», escribirá, por ejemplo), sobre la forma de organizar el texto o los recuerdos, o sobre la posible repercusión que pueda tener hablar de alguien cincuenta años después de los hechos contados. También Murnane reflexionará sobre el propio arte de escribir: «Siempre he sostenido que un escritor no consigue nada intentando describir sentimientos, que los sentimientos solo se pueden sugerir» (pág. 109), y aquí puede estar una de las claves del libro: uno lee Una vida en las carreras con la sensación de que el autor va a desvelar un misterio al lector, un misterio cuya resolución va quedando, de forma indefinida, postergado y esta sensación de estar en contacto con el misterio será lo que le impelerá a seguir hacia delante. En la página 243 leemos: «Hace tiempo que creo que la mejor manera de explicarse uno mismo es escribiendo para un lector ya sea real o imaginario» y aquí sí que anida la clave de todo: incluso para el propio Murnane parece un misterio por qué ha sentido durante toda esa vida la fascinación que ha sentido por las carreras de caballos; en el deseo de explicárselo a sí mismo consigue arrastrar al lector al misterio de otra existencia, que, en su extrañeza o su medianía, puede ser epítome del misterio de la vida humana. Me ha gustado Una vida en las carreras, es, desde luego, un libro original, que consigue hacerle interesante un tema al lector por el que en principio –al menos para mí– no tenía ningún conocimiento ni ningún interés, el de las carreras de caballos, que acaba siendo una excusa, o un simple prisma inesperado, desde el que hablar de lo de siempre, la vida humana, con elegancia, misterio e inteligencia.