Cabezahueca, de Óscar Gual
Editorial Sloper. 311 páginas. Primera edición de 2025
Hace unos meses, me escribió Román
Piña, el editor de Sloper –donde
yo tengo publicada mi libro Los insignes (2015)– para ofrecerme
el envío de la novela Cabezahueca (2025). Tanto él como el
escritor Óscar Gual (Almazora, 1976)
pensaban que a mí, admirador de Philip
K. Dick, me podía gustar. Acepté el envío y he leído la novela unos meses
más tarde.
El comienzo de Cabezahueca es
bastante llamativo. Se nos va a presentar a Rose, una de sus protagonistas, que
es una exmilitar que ahora se gana la vida como combatiente de lucha libre. El
primer capítulo describe un combate entre Rose y un hombre con implantes de
dinosaurio; mientras se nos narran las lides del enfrentamiento, Gual nos irá
aportando datos sobre el pasado de Rose y sobre el mundo futuro que su
imaginación ha creado. «Rose se acostaba en el porche de la casa de su tía y
disfrutaba del espectáculo», leemos en la página 15 y frases como esta nos
harán pensar en una imaginería estadounidense para el pasado de los personajes,
aunque, más adelante, gracias a nuevos datos, acabaremos suponiendo que la
historia transcurre en España. Sobre el mundo creado, sabremos que la ciudad en
la que nos encontramos es Sierpe, que yo he situado en la costa española
(Comunidad Valenciana, Murcia…), pero cuya ubicación real no queda del todo
definida. Cada ciudadano del nuevo mundo va acompañado de un «duende», y esta
es la gran creación del libro. Un duende es una especie de muñeco de unos
quince centímetros, que suele acompañar al humano sobre uno de sus hombros, y
que puede tener diferentes apariencias (desde un gremlin a un ornitorrinco).
Los duendes son pequeños robots, o IAs, cuya misión es aconsejar a su humano
para que este siempre tome las decisiones que más le convienen; desde elegir un
trabajo, hasta una pareja.
La novela está dividida en cuatro partes, o «actos», y cada acto en cuatro
capítulos. Me ha gustado bastante este primer capítulo de Cabezahueca, titulado La última pelea. Me ha parecido que
Gual era un escritor dotado y que sabía dosificar bien la información en una
escena de acción (la pelea en el ring) y a la vez transmitir al lector
información sobre el pasado de sus personajes y el mundo propuesto, con su
propio vocabulario técnico. Quizás me ha gustado menos el uso estilístico de
algunas frases hechas, como «de
perdidos, al río» o «por si las moscas». En realidad, el lenguaje es creativo
y, en más de un caso, se nota que Gual ha investigado sobre la realidad que nos
está contando (como cuando, por ejemplo, describe una escena de submarinismo
profundo), pero me ha rechinado un poco la decisión de usar este tipo de
expresiones coloquiales; aunque, en realidad, habría de añadir, que son fruto
del uso del estilo indirecto libre, donde se refleja –desde la tercera persona–
los pensamientos de los personajes.
En definitiva, acabé el primer capítulo con una muy buena sensación. Aunque
Cabezahueca es la primera novela que
leo de él, este capítulo me deja claro que Gual no es un escritor primerizo o
titubeante (de hecho tiene cuatro novelas previas, publicadas en editoriales de
prestigio). La filiación con Philip K. Dick, escritor por el que siento una
gran admiración, me parece fuerte. Y por esto, quizás me decepcionó un tanto el
segundo capítulo, porque me esperaba el desarrollo de una trama a lo Dick, una
trama en la que el personaje principal (Rose), por ejemplo, empieza a ser
perseguido y no sabe por qué. Sin embargo, el segundo capítulo –titulado La
última sonrisa– nos presenta a nuevos personajes, y aquí sabremos, por
ejemplo, que el cantante Raphael llegó a ser presidente de España a los 107
años. Como Raphael nació en 1943, alcanzaría esa edad en el año 2050; así que
ahí estaría (en realidad, las fechas en las que sitúa la trama están colocadas
al principio de cada acto) situada temporalmente la novela. Sabremos también
que el presidente de España es llamado Campeón y padece síndrome de Down y que
la presidenta de Estados Unidos es una Gwyneth Paltrow de 77 años. En un
edificio gigante de Sierpe –la ciudad en la que se sitúa la acción– se
encuentra la sede de Llaga Corp., una multinacional dirigida por el magnate
Lluc Llaga, que pretende colonizar Marte (este detalle es muy Philip K. Dick).
El logotipo y emblema de la empresa es un cerdito, que corona la azotea del
edificio. Diría que después del primer gran capítulo, este segundo, con su
deseo de hacerle chistes al lector español, me ha sacado un tanto de la
historia, y he comprendido que no estaba ante una apretada trama de Dick, sino
ante una novela posmoderna, con narración fragmentaria, múltiples hilos narrativos
que puede que no acaben de cerrarse, ironía continua y descreimiento sobre lo
contado, intervención del narrador en la historia con comentarios
metanarrativos (por ejemplo en la página 71: «En realidad, “Hola, mundo”
debiera ser el principio de esta historia, antes de la pelea de Rose»), etc.
El capítulo tres –El último wiski– conoceremos a
Chordi Masvidal, que trabaja como guionista de las peleas de lucha libre, en
las que participa Rose. Además, Chordi es hijo de un famoso exluchador,
admirado por Rose. Chordi lleva una vida solitaria, revisitando culebrones
antiguos, en busca de tramas para las historias de sus luchadores, acompañado
de una perra. Sus vecinos de abajo son tres jóvenes metaleros que luchan contra
el sistema, quizás desde una célula con intenciones terroristas, que se
interroga por la verdadera naturaleza de los duendes, cuya posesión el Estado
quiere hacer obligatoria para cada ciudadano: «Optimizasteis las condiciones
laborales, la producción cultural y las relaciones sociales: en menos de una
década la salud física y mental de la humanidad mejoró de forma drástica», nos
señalará una voz, en la página 77, hablando de los duendes, la voz de
Cabezahueca, en unos discursos (hablará más veces en el libro) que me ha
recordado a la creación de una deidad en libros como Ubik, de Philip K. Dick,
referencia real de esta novela de Gual.
En las cuatro partes de la novela se producen saltos temporales (2050,
2053, 2055 y 2056), y los personajes principales sufrirán cambios vitales
significativos de una parte a otra. Aunque al principio he tenido la sensación
de que la novela era un tanto deslavazada, al final he acabado pensando que su
composición estaba mucho más meditada de lo que había estado suponiendo. Sí que
existe una trama, aunque no tan cerrada como las de Philip K. Dick, y sí que
existen unos personajes principales que, aunque al principio se nos presentan
por separado, se acaban conociendo e interactuando. En alguno de los capítulos
se incluían pequeñas historias, que más que relatos eran resúmenes de novelas
(que serían los guiones que estaba escribiendo Chordi), y este ha sido un
recurso narrativo que me ha gustado bastante (me ha parecido muy a lo «Roberto Bolaño»), sobre todo por la
riqueza de sus detalles que, como ya apunté, en gran parte mantienen un
imaginario estadounidense.
Pese a algún pequeño defecto, que ya he comentado, considero que Óscar Gual
ha creado una novela de ciencia ficción sólida y atractiva, reflexionando (como
suele hacer la buena ciencia ficción) sobre los miedos del presente; en este
caso, el miedo tecnológico al avance de la inteligencia artificial y la pérdida
del libre albedrío de los humanos.





