El ojo castaño de nuestro amor, de Mircea Cartarescu
Editorial Impedimenta. 204 páginas. Primera edición de 2015, esta es de
2022
Traducción de Marian Ochoa de Eribe
Ya comenté, en la reseña anterior, que en el verano de 2025 leí Cegador
(1996-2007) de Mircea Cartarescu
(Bucarest, 1956), y que le solicité a la editorial
Impedimenta, para poder leerlos y reseñarlos, Las Bellas Extranjeras
(2010) y El ojo castaño de nuestro amor (2015). Ya escribí que Las Bellas Extranjeras estaba formado
por tres novelas cortas, y El ojo castaño
de nuestro amor es un libro de relatos. Este último libro está formado por
veinte relatos, o textos, porque algunos de estos escritos están más cerca de
la nota personal que del relato. En esencia se trata de un libro de relatos
autobiográficos, y lo contado en ellos, en gran medida, complementa lo que el
lector de obras como Nostalgia (1993), Solenoide
(2015) o Cegador (1996-2007) ya conoce de la vida del autor.
En Ada-Kaleh, Ada-Kaleh el relato comienza con el narrador
hablándonos del propio acto físico de escribir, una escena que es habitual en
los libros del autor. También aparecerá aquí el piso de la calle Stefan cel
Mare, que el lector de Cartarescu ya conoce de otras obras, porque es la calle
en la se crio el autor. En la página 10 leemos: «Mi padre, con su media de
señora en la cabeza para mantener el pelo sujeto hacia atrás, podía aparecer en
cualquier momento para comprobar si yo dormía». Este detalle de la media de
mujer en la cabeza del padre era recurrente en Cegador. Así que en El ojo
castaño de nuestro amor el lector de Cartarescu vuelve al Bucarest
particular de Cartarescu, a su mundo obsesivo y recurrente. En este cuento, a
partir de una anécdota sobre una pintora que hace unas obras para su casa,
Cartarescu nos va a hablar de una isla del Danubio, en la que había una ciudad
habitada por turcos, que quedó sumergida por una obra de ingeniería que ordenó
el dictador Ceaușescu. El relato acabará siendo una crítica de la dictadura y
una reivindicación nostálgica de un pasado cosmopolita de Rumanía. Es un bello
comienzo para el libro.
En el segundo relato, Mi Bucarest, Cartarescu seguirá
homenajeando a su tierra. «Una mezcla de amor-odio me une a la ciudad en la que
he vivido siempre como a un objeto cualquiera cuya falta de realidad reconozco
pero que, sin embargo, existe en lo más profundo de mi cerebro», así empieza la
narración en la página 29. Como ya sabía, en la página 31 el autor me confirma
que no ha escrito un solo diálogo en toda su obra. En este texto, Cartarescu no
va a hablar de sus recuerdos y de la relación que ha llegado a establecer con
su ciudad, desde el rechazo inicial hasta la aceptación. «¿Durrell tenía
Alejandría? ¿Cortázar, Buenos Aires? ¿Joyce, Dublín? ¡Pues también yo tenía
Bucarest! Una ciudad plástica, proteiforme, que mi imaginación modelaba a su
gusto» (pág. 39)
Pontus Axeinos es un homenaje al poeta Ovidio, que fue expulsado de
Roma (sin conocerse el motivo) a Tomis, que se transformó en la ciudad rumana
de Constanza. En Constanza todo evoca a Ovidio, pero nadie parece saber quién
es. Como ya hizo en Las Bellas
Extranjeras, Cartarescu, nos habla aquí con pena e ironía sobre la
irrelevancia social de la literatura.
Estos tres primeros relatos son los más extensos del conjunto y quizás los
mejores. El lector vuelve en ellos al mundo de Cartarescu, pero sin la parte
fantástica de libros como Solenoide o
Cegador, pero, a diferencia de lo que
ocurría en Las Bellas Extranjeras,
donde el lenguaje era más irónico y conciso, aquí se vuelve al tono más
confesional y melancólico y a la frase más extensa y poética.
En Los años robados, Cartarescu vuelve a hacer una crítica del
régimen de Ceaușescu, y recuerda un detalle de la miseria de los años noventa,
sobre el que ya había leído en Las Bellas
Extranjeras: el día en el que tuvo que acudir a un mercadillo de productos
de segunda mano, en el que le tocó vender su pala de ping-pong. Nos hablará
aquí de la miseria y la inflación de los años noventa. Sin embargo, este relato
tiene un final esperanzador, ya que Cartarescu nos contará que, ya pasados los
cincuenta años, se ha podido comprar una casita, al norte de Bucarest, en la
que parece feliz.
Mi primer vaquero, el siguiente relato, nos hablará de otra anécdota
que tiene que ver con la miseria y el ambiente de picaresca del final del
comunismo, con el sueño occidental de poder llevar unos pantalones vaqueros.
Divertido y triste.
En La época del Nes Cartarescu nos hablará de la temporada que fue
adicto al café instantáneo y conseguía escribir enloquecido, pero le acabó
causando depresión y lo tuvo que dejar. Como suele ser habitual, Cartarescu
habla aquí de su propio proceso de escritura.
Oh, Levante, dichoso Levante es un cuento metanarrativo en el que
el autor nos habla del proceso de escritura de su novela en verso Levante, terminado de escribir poco
antes de la revolución del 89.
En El gato muerto de la poesía de hoy Cartarescu rinde homenaje a
la poesía que él empezó a escribir antes de pasarse a la prosa, y que parece un
género literario poco seguido hoy día.
Una ducha no-laodicea es un texto breve que funciona como un
sencillo homenaje a Vladímir Nabokov y los escritores que cuidan el lenguaje
literario.
En unos pocos cuentos de este libro, Cartarescu se distancia de su yo
narrador, y crea algún personaje o situación inventada, como ocurre en Diario
con Darwin, donde un Darwin moderno firma libros de ciencia y atiende a
los periodistas. Este tipo de relatos son los que menos me han gustado del
conjunto, y los he sentido un tanto fuera de lugar.
Este libro incluye también alguna conferencia que Cartarescu, como la
titulada «… Escu», que sirvió para
la apertura de la Feria del Libro de Leipzig, y habla de los problemas de
identidad de Cartarescu como escritor rumano. En Europa tiene la forma de mi cerebro
se recoge un ensayo leído en la Literaturhaus Hamburg sobre la condición de
escritor del Este, o simplemente europeo, como se siente Cartarescu.
El cuarto corazón es un relato bonito, en él Cartarescu recuerda el
primer libro que leyó de niño, a los ocho años, un libro que le prestaron y que
no ha conseguido encontrar de adulto. «Me sorprendió más adelante descubrir que
todos nosotros tenemos un libro perdido en lo más profundo de la infancia,
nítido e impresionante en el recuerdo, pero imposible de encontrar en la vida
adulta» (pág. 148). Cartarescu recuerda en el relato el argumento de aquel
libro y diría que se lo inventa, o es una historia que su imaginación ha
transformado, puesto que se parece mucho a su mundo onírico habitual.
La ruina de la utopía es un texto que apenas sobrepasa una
página, y que más bien parece un poema sobre el placer de leer.
En El ojo castaño de nuestro amor, Cartarescu vuelve a evocar a la
figura de su madre. Hay algo que me ha interesado mucho de este relato: en Cegador
se especulaba con un hermano mellizo de Mircea que había sido robado, y que se
llamaba Victor, y aquí se da una explicación más realista de esos recuerdo
alterador en Cegador. Victor murió en
la infancia, y se acabará convirtiendo en mito dentro del universo artístico de
Cartarescu.
En Para D., vingt ans après Cartarescu nos va a hablar de una
chica que conoció que tenía intensos sueños, algunos de los cuales el autor
robó para sus libros.
La chica del borde de la vida es una narración fantástica sobre un mundo
donde sus habitantes solo pueden sobrevivir como personajes de cuentos de
escritores de otro mundo. Me ha parecido un tanto cursi y no me ha gustado
mucho. Me ha pasado igual que con Diario
con Darwin.
Forever young… es una nueva reflexión metaliteraria sobre la
condición del escritor y el paso del tiempo, de la idea de la literatura
asociada a la juventud y a la idea eterna de promesa de las letras.
En Un escritor se especula con la idea de Jesucristo como el
escritor más enigmático de todos los tiempos.
Zaraza es un buen cierre para el libro. En este relato, Cartarescu investiga
sobre el origen de una canción popular rumana, y la historia trágica que se
oculta detrás de ella. Una historia que nos llevará a la Bucarest de 1944.
Me ha gustado El ojo castaño de
nuestro amor, a pesar de que, a veces, da la impresión de cajón de sastre
en el que el autor ha usado textos de diversa procedencia y que no estaba
pensando, en principio, como un libro de relatos unitario. Como ya he apuntado,
los tres primeros cuentos, los más extensos, y que suponen un tercio del libro,
son muy buenos. Y tiene más piezas destacadas, sobre todo aquella en las que
Cartarescu sigue hablando de su vida y nos traslada hasta la época de la
dictadura comunista y reflexiona sobre su condición de escritor. El lector que
ya haya leído libros de Cartarescu como Nostalgia,
Solenoide o Cegador disfrutará de la información complementaria que encontrará
aquí, y para el lector nuevo podría ser una puerta de entrada interesante al
mundo de Cartarescu.





