domingo, 16 de enero de 2022

¿Tiene sentido leer ficción después de los 40 años?

 En mi canal de YouTube trato de contestar a esta cuestión: ¿Tiene sentido leer ficción después de los 40 años?


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domingo, 9 de enero de 2022

La muerte baja en el ascensor, por María Angélica Bosco

 


La muerte baja en el ascensor
, de María Angélica Bosco

Editorial FCE. 154 páginas. 1ª edición de 1955; ésta es de 2013.

 

Ya he comentado más de una vez que uno de mis proyectos es leer todos los libros de la Serie del Recienvenido del FCE. La editorial estatal mexicana encargó al argentino Ricardo Piglia rescatar títulos que hubieran sido olvidados dentro de la fértil narrativa argentina del siglo XX. A Piglia le dio tiempo a elegir y publicar trece títulos antes de su muerte en 2017. Con La muerte baja en el ascensor de María Angélica Bosco (Buenos Aires, 1909 – 2006) ya he leído cinco títulos de esta colección. Los anteriores han sido Nanina de Germán García, Hombre en la orilla de Miguel Briante, El mal menor de C. E. Feiling y Río de las congojas de Libertad Demitrópulos.

 

Me pasé por la nueva librería madrileña Lata Peinada, especializada en literatura latinoamericana y, entre otros libros, compré La muerte baja en el ascensor simplemente porque Piglia lo había incluido en su colección de rescates y este me parecía suficiente aval. De María Angélica Bosco no había oído hablar nunca. En el prólogo que Piglia escribió para La muerte baja en el ascensor, y en la nota de contraportada, descubro que esta novela se publicó por primera vez en la colección El Séptimo Círculo, que nació en la Argentina de 1945 y estaba dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Además este libro ganó el premio Emecé de novela.

 

Casi toda la carrera literaria de María Angélica Bosco se desarrolló dentro del género policial, y dice Piglia que La muerte baja en el ascensor es «una de las mejores novelas policiales escritas en Argentina».

 

Nos encontramos ante una novela corta y, por tanto, es necesario que el conflicto ‒en este caso «el muerto»‒ aparezca pronto. Nos encontramos en la calle Santa Fe, una de las más pudientes de Buenos Aires. Piglia señala que, por ejemplo, en las novelas de Arthur Conan Doyle los crímenes que investigaba Sherlock Holmes no ocurrían en los barrios bajos sino en los ricos, en los que Conan Doyle sabía que vivían la mayoría de sus lectores. Y este es el paradigma que sigue Bosco en su novela. A las dos de la madrugada, el disoluto Pancho Soler regresa borracho a su apartamento de la calle Santa Fe. En el ascensor del edificio se va a topar con una sorpresa muy inesperada: una bella mujer rubia baja en este ascensor, apoyada contra la pared, no termina de salir. Pancho va a descubrir que está muerta. Pancho se sentará en uno de los sofás de la entrada, embebido de una turbia sensación de irrealidad. No mucho después llegará al edificio el médico y residente Adolfo Lucher. Al encontrarse en mejores condiciones que Pancho, se mostrará más resolutivo. Lucher hace nueve años que llegó desde Europa a la Argentina. Estamos en 1954 y, por tanto, Lucher emigró justo cuando acabó la Segunda Guerra Mundial. No será el único personaje que ha emigrado a Buenos Aires desde Europa, y pronto el lector empezará a entender que es posible que el crimen de Frida Eidinger (así se llama la joven muerta del ascensor) se deba a causan que se engendraron y se quedaron pendientes del Viejo Continente.

¿Los emigrados a Buenos Aires que viven en este pudiente edificio de Buenos Aires son nazis, o aliados de los nazis, o por el contrario pertenecen a sus víctimas?, será una de las más interesantes preguntas que van a surgir en la lectura de este texto.

 

El lector conocerá a Andrés y Aurora, el portero del edificio y su mujer, y con ellos a todos los vecinos. Cada una de las familias burguesas, que esconden sus secretos y miserias, puede ser sospechosa de haber cometido el asesinato. También nos serán presentados los policías que van a llevar el caso: el comisario inspector Santiago Ericourt y el joven ayudante Ferruccio Blasi.

La investigación sobre la muerte de Frida Eidinger se irá complicando cuando aparezca más cadáveres por el camino, quizás personas que se han suicidado (una posible hipótesis sobre la muerte de Frida) o que han sido asesinadas. Como suele ocurrir en las grandes novelas policiales (estoy pensando en El sueño eterno de Raymond Chandler), la trama es acelerada y algo confusa. Como también suele ocurrir en las grandes novelas policiales, al menos en las clásicas (y de nuevo podemos pensar en El sueño eterno) aparecerá aquí una joven, que quizás sea una «mujer fatal». Se trata de Betty, la hija de un hombre enfermo, postrado en la cama, a quien cuida la joven madrastra de Betty.

 

La novela está escrita en tercera persona, con un lenguaje certero, que no deja de ser irónico. En algunos momentos el narrador permite que el lector tenga más información que la investigada por la policía y en otras ocasiones policía y lector caminarán a la par. Además el lector podrá acceder al cuaderno de notas de algún policía y así se cambiará el registro narrativo.

 

He citado ya a Raymond Chandler como una de las posibles influencias de esta novela, pero sí que deberíamos añadir que, sin embargo, La muerte baja en el ascensor no cuenta con la baza de tener un detective tan carismático como Philip Marlowe. Aun siendo unos personajes interesantes, Ericourt y Blasi no acaban de tener la suficiente química entre ellos para ser una pareja memorable de policías. «Los hechos hacen la investigación por su cuenta», le dirá Ericourt a Blasi, y esta frase sí me parece memorable. Más interés tienen para el lector, en realidad, los sospechosos que viven en el edificio y su nebuloso pasado europeo. En este sentido, además de una novela policial La muerte viaja en ascensor acaba siendo también una crítica de costumbres de la alta sociedad bonaerense de los años 50.

Otro tema sobre la influencia de Raymond Chandler y el policial clásico sobre el libro de Bosco: la mirada sobre la mujer. Es habitual que personajes como Philip Marlowe tengan una visión anticuada de la realidad, ya que son personajes que atraviesan un mundo corrupto y quieren restaurarlo en función de unos valores tradicionales. En este sentido, alguien como Marlowe no va a ver, en principio, con buenos ojos que una mujer deje a su marido, por ejemplo. Nada extraño con la moral de la época en la que Chandler escribió sus novelas, en las décadas de 1940 y 1950. Diría que Bosco ha leído a Chandler y a escritores similares y ella asimila para sí su modelo novelístico. En este sentido, en La muerte baja en el ascensor tiene personajes que hacen apreciaciones generales sobre las mujeres, y no sobre los hombres, lo que no deja de ser machista. Por ejemplo, Pacho Soler pensará esto: «Las mujeres inevitablemente concluyen por decir que se las deja solas»; el inspector Ericourt: «Admitamos que hay mujeres que no necesitan ser inducidas para crear un clima de tragedia»; el portero Andrés: «cosas de mujeres», «La mía no me deja en paz». En este último caso, podríamos pensar que se trata de una ironía de Bosco, porque la información se muestra así: «Andrés se presentó. Hubo un prólogo en el cual el inevitable estribillo, “cosas de mujeres”, “la mía no me deja en paz”, se repetía con unas confusas apreciaciones sobre “la vida privada”». Sí que podría ser interesante analizar el personaje de Rita, la hermana del siniestro vecino Czerbó, un húngaro con un más que dudoso pasado europeo. Rita es una mujer que vive sojuzgada a la sombra de su hermano y su situación sí se denuncia en la novela. Pero, en cualquier caso, diría que La muerte baja en el ascensor, pese a estar escrita por una mujer, sigue las reglas de construcción de los modelos de novela negra norteamericanos creados por hombres como Raymond Chandler o Dashiell Hammett, sin desmerecerlos, pero sin dar sobre el género una «mirada más femenina» que la de sus predecesores varones. En cualquier caso, La muerte baja en el ascensor debería ser una novela perfectamente disfrutable para cualquier aficionado actual al género policial.

 

 

domingo, 2 de enero de 2022

LAS 10 MEJORES LECTURAS DE 2021

 Igual que hice el año pasado, esta vez también os remito a mi canal de YouTube, Bienvenido, Bob, para hablar de la lista de las diez mejores lecturas del año 2021, recién acabado.


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domingo, 19 de diciembre de 2021

Encrucijadas, por Jonathan Franzen

 


Encrucijadas, de Jonathan Franzen

Editorial Salamandra. 6377 páginas. 1ª edición de 2021.

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino

 

En 2011 leí Libertad (2021) de Jonathan Franzen (Illinois, 1959), que fue un libro muy elogiado y popular por aquellos días y, como me gustó mucho, poco después leí Las correcciones (2001). Cuando en 2015, Franzen publicó Pureza, tras el gran éxito que fue cinco años antes Libertad, ya no tuvo tan buena acogida. Pensé en leerlo, pero al final, tras algunos comentarios un tanto negativos o tibios de personas con las que me relaciono en las redes sociales, la dejé pasar. En 2021, Franzen ha vuelto con Encrucijadas y, al revés de lo que ocurrió con Pureza, en mis redes sociales empecé a leer más de un comentario entusiasta sobre el libro. Esto hizo que me apeteciera volver con Franzen y se lo solicité a la editorial Salamandra para poder leerlo y reseñarlo.

 

En Encrucijadas Franzen nos acercará a la familia Hildebrant, que viven en New Prospect, un suburbio de Chicago, y por lo tanto son habitantes de ese territorio mítico en la literatura norteamericana que es el Medio Oeste, un espacio que representa el corazón más conservador del país. También eran del Medio Oeste la familia Berglund, que protagonizaba Libertad, y la familia Lambert, protagonista de Las correcciones.

En las tres novelas que he leído de él, Franzen analiza a la sociedad norteamericana a través del desmenuzamiento de las motivaciones psicológicas de los miembros de una familia. Libertad estaba ambientada en la primera década del siglo XX, y desde ahí retrocedía hasta la generación de los padres de los protagonistas, y Las correcciones situaba su acción en los últimos años del siglo XX. Es decir, tanto Libertad, como Las correcciones partían del presente en el que fueron escritas y, desde ahí, analizaban el pasado de los personajes y por añadidura de las circunstancias históricas que tuvieron que vivir ellos o sus padres. Sin embargo, Encrucijadas, publicada en 2021, sitúa su acción en las Navidades de 1971. Es decir, Franzen nos hablará, en esta ocasión, de la sociedad norteamericana de su infancia, ya que él nació en 1959.

 

La familia Hildebrant está formada por Russ, el padre, reverendo de cuarenta y siete años, que ostenta un puesto secundario en la iglesia Primera Reformada de New Prospect. Russ proviene de una comunidad menonita muy conservadora de Indiana.

Marion, de cincuenta años, es la madre, y proviene de California, de una familia que en algún momento fue próspera para acabar arruinándose durante la década de 1930. El contraste entre el pasado de estos personajes en Indiana y California puede explicar parte de las desavenencias actuales que sufren como pareja.

Clem es el hijo mayor. A sus diecinueve años está en el primer curso de la universidad, y la decisión que ha tomado de ir voluntario a la guerra de Vietnam y dejar la universidad es muy posible que vaya a alterar la convivencia familiar de las Navidades de 1971. Sobre todo, teniendo en cuenta que Russ, el padre, es un pacifista militante, que se negó a participar en la Segunda Guerra Mundial y fue desplazado a sus veinte años a un campamento para objetores en Nuevo México, donde podría entrar en contacto con la comunidad navaja, que le fascina desde entonces.

Becky tiene dieciocho años y se encuentra en el último año de instituto en New Prospect. Es la más guapa y popular de todos los Hildebrant. Hasta ahora ha mantenido una relación muy estrecha con Clem.

Perry tiene dieciséis años y es el más inteligente de la familia, también está empezando a tener problemas con las drogas, con las que él mismo trafica entre sus amigos.

Judson tiene nueve años y es el hermano pequeño, que comparte habitación con Perry.

 

Al igual que ocurría en Libertad, Franzen hace en Encrucijadas uso del estilo indirecto libre para acercarse a sus personajes principales y, aunque el capítulo se extienda por más de cien páginas, siempre lo leeremos bajo la mirada del personaje seleccionado en este momento.

En las primeras doscientas páginas del libro, Franzen se acerca a los que van a ser los cinco personajes principales de la novela, aquellos a los que nos va a mostrar la realidad a través de sus ojos. Así en los cinco primeros capítulos conoceremos a Russ, Perry, Becky, Clem y Marion. Estos capítulos son casi novelas cortas en sí mismas. Diría que el personaje más intenso, más «ruso», posiblemente es Marion, la madre, que en su juventud sufrió brotes de locura, de los que en la actualidad considera que está curada. Franzen es un gran admirador de la obra de Lev Tolstói, y tanto en Las correcciones como en Libertad alguno de sus personajes leía Guerra y Paz, un detalle en el que no reincide en Encrucijadas.

Como esta terna de cinco capítulos ocupaban, más o menos, un tercio de la novela, y el sexto empezaba de nuevo con Russ, en un principio pensé que la terna se iba a repetir por dos veces más y que esta era la estructura de la novela. Pero este sexto capítulo es más corto que los anteriores, y no le sigue otro sobre Perry, sino que Franzen le cede el turno a Becky. Así tras este primer tercio de novela, con unos capítulos de una extensión, más o menos, similar entre los cinco personajes, se suceden capítulos mucho más cortos, donde los puntos de vista cambian de un modo más rápido. Y, de un modo de nuevo inesperado, ya en la recta final del libro Franzen nos presenta un capítulo de más de cien páginas en el que nos habla del pasado de Russ, el padre, en la reserva india de Nuevo México, en el momento en el que va a conocer a Marion, la madre.

 

Algo fascinante en el modo de construir una novela de Franzen, y que me gustaría destacar, es la sensación de control absoluto sobre su material que le transmite al lector. Desde la primera página, el lector percibe que el autor es plenamente consciente de qué ocurre en cada momento de la vida de su primer personaje. Y lo que, por ejemplo, se insinúa en la página 20 será desarrollado en la página 150, desde el punto de vista de un personaje, y en la página 470 desde el punto de vista de otro.

 

Ya me llamó la atención que en Libertad, a través del estilo indirecto libre, Franzen se acercaba a los padres de la familia y al hijo varón, pero no a la hija, creando así una asimetría en el análisis de los Berglund. En Encrucijadas los miembros de la familia son seis y los protagonistas de la novela cinco. Franzen no se fija en la mirada sobre el mundo de Judson, el hijo más pequeño.

Durante el primer tercio comentado la acción narrativa abarca unos dos días, los previos a la Nochebuena de 1971 y, a través del recurso de la analepsis, se acerca al pasado de los personajes. En los primeros capítulos posteriores a esta primera parte el arco temporal tenderá a ir expandiéndose. Así de enero se saltará a marzo de un párrafo a otro, y posteriormente, ya acercándonos hacia el tramo final de la novela, los saltos temporales llegarán a ser incluso de años.

 

Encrucijada es el nombre de un grupo religioso juvenil organizado en la parroquia de Russ. Tres años antes de que empiece el tiempo narrativo de la novela, Russ sufrió una humillación como líder de este grupo, que le hizo dejarlo y enfrentarse a Rick Ambrose, un párroco más joven y que sabe conectar más con la juventud, con su pelo largo, su lenguaje irreverente y sus aires de rockero. Entender los términos en los que se produjo este conflicto es uno de los puntos clave de la novela. Aunque, como en las novelas anteriores, lo contado por Franzen acaba siendo triste, ya que muestra las imposibilidades de conexión dentro de una familia, el tono empleado para contarlo es ligeramente irónico.

Además, los personajes se encuentran en «encrucijadas» vitales, a las que tendrán que enfrentarse: Russ se está empezando a interesar por una feligresa, y su mujer le parece cada vez menos atractiva; Perry quiere ser mejor persona y dejar de traficar; Clem quiere dejar la universidad e ir a la guerra, siguiendo sus ideas políticas; Becky se está enamorando de un músico que tiene novia, y no sabe si es correcto arrebatarle a otra chica el novio, etc. En Libertad la idea era parecida, los personajes tenían «libertad» para tomar decisiones y equivocarse o no. En Las correcciones, los personajes trataban de corregir errores del pasado o de sus padres… Los personajes de Franzen están a la deriva y nunca saben si eligen de un modo correcto.

 

El estilo de Encrucijadas se parece más al de Libertad que al de Las correcciones, donde Franzen coqueteaba con el expresionismo, al estilo de las novelas de Don Delillo. Sin embargo, hay un tema que no aparecía en Libertad y que relaciona Encrucijadas con Las correcciones: el interés de Franzen por la locura. En Las correcciones de hablaba de la demencia senil del padre y esto se unirá a la pérdida de la cordura en Encrucijadas de Marion o de Perry.

El tema religioso también es relevante en Encrucijadas. Casi todos sus personajes buscan la presencia de Dios en sus vidas, como un clavo al que agarrarse cuando todo lo demás parece tambalearse. Y los personajes, aun cuando se sienten cercanos a Dios, han de luchar contra la vanidad que les provoca ese sentimiento. Ya he dicho que la novela sitúa su acción en 1971 y 1972, en un periodo de cambios sociales en Estados Unidos, junto con el fin de la guerra de Vietnam, el país vive el auge del consumo de drogas, además de la marihuana de los hippies, también está apareciendo en escena otra nueva, como es la cocaína. De un modo irónico, Franzen insinúa en el libro que el supuesto contacto con Dios que alcanza alguno de los personas tiene más que ver con el consumo de drogas que con una revelación divina.

 

Como los grandes narradores de la novela del siglo XIX, Franzen es un gran narrador omnisciente que sabe más de las motivaciones de sus personajes que ellos mismo. Es muy interesante el contraste que existe en la mirada de unos sobre otros.

 

Las páginas de Encrucijadas se pasan muy rápido, algo que ya me pasó hace diez años con Libertad y Las correcciones. Uno se olvida de que está leyendo con Franzen y visualiza a los personajes y sus miedos internos. Estoy sintiendo curiosidad por Pureza. ¿Realmente bajó en esta novela el nivel de Franzen? No sé si fue así, pero desde luego en Encrucijadas Franzen está en todo su esplendor. Creo que va a ser difícil que esta novela no esté en la lista de mis diez mejores lecturas del año.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Rey de gatos, por Concha Alós


 Rey de gatos, de Concha Alós

Editorial La Navaja Suiza. 207 páginas. 1ª edición de 1972, ésta es de 2019.

 

Ya he comentado, en la reseña de la novela Los enanos (1962) de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011), que los editores de La Navaja Suiza me mandaron en el mismo envío los dos libros que han rescatado de Alós, Los enanos y Rey de gatos (1972). Quise empezar por Los enanos por seguir un orden cronológico de escritura, y leí los dos libros seguidos.

 

Rey de gatos está formado por nueve relatos y un prólogo sin firmar, que entiendo que estará escrito entre los tres editores de La Navaja Suiza. Cuando Agustín Márquez, uno de los editores, me habló, en primera instancia, de Rey de gatos me dijo que se parecía a la propuesta de los cuentos de terror de la argentina Mariana Enriquez. Y esta comparación me hizo sentir bastante curiosidad.

 

Los enanos es una novela que encaja perfectamente con la corriente del realismo social que practicaban los escritores españoles de la época, retratando las vidas precarias de un nutrido elenco de personajes que convivían en una pobre pensión de Barcelona. Alós tiene más novelas que siguen esta línea, y es curioso ver cómo en su único libro de cuentos se convierte en una escritora diferente, y posiblemente más moderna.

 

El primer cuento del libro es La otra bestia, y refleja el disperso y acelerado monólogo interior de una mujer en crisis que conversa con un fantasma. El estilo ha cambiado respecto a Los enanos: si en esta novela Alós usaba la frase precisa y corta, y a veces entrecortada, en La otra bestia la prosa es más envolvente, con frases más profusas en subordinadas y matizaciones. Lila, de familia burguesa, se casó con Nico, un chico guapo de una familia más pobre y al que el padre de Lila no aprobaba. Sin embargo, Lila decidió romper con los tabús familiares y entregarse al amor de Nico. En el tiempo narrativo del cuento Nico le es infiel y ella ha ido hasta el jardín de la casa en la que sabe que se va a encontrar con su amante, y desde la oscuridad espera, conversando con sus fantasmas interiores.

Este esquema narrativo que he descrito se repetirá, con algunas variantes, en otros cuentos del conjunto, y en gran medida responde a la crisis vital que atravesaba Concha Alós en esa época. Alós, originaria de Valencia, se trasladó a vivir a Mallorca. En la isla se casó con el director del franquista periódico Baleares, pero en el periódico conoció al tipógrafo Baltasar Porcel, que deseaba ser novelista. Alós se enamoró de Porcel, once años más joven que ella, y huyeron juntos a Barcelona. Todo un escándalo en la Mallorca de esos años. Alós ayudó a que despegara la carrera literaria de Porcel, ya que entre otras cosas traducía sus novelas del catalán al castellano. Cuando escribe los cuentos de Rey de gatos, Porcel ha abandonado a Alós, y ésta se encuentra sola. Bajo este estado de ánimo y mental están escritos estos cuentos, tenebrosos en gran medida.

 

El segundo cuento es Rey de gatos, y es el único cuyo protagonista es un hombre. Es un cuento diferente al resto, ya que la historia se extiende durante un periodo considerable de años. Un hombre solitario busca el sentido de la vida, tras trasladarse a vivir a una casa heredada, pero acaba sintiendo el peso sobre él de la infelicidad, la soledad y la incomprensión. El relato avanza eficazmente hacia un tenso final con violencia ejercida desde el mundo natural.

 

Cosmo es el tercer cuento y, en esencia, es bastante similar al primero. Aquí de nuevo una mujer, casada con un hombre ‒de nombre Cosmo‒ al que su familia no había dado el visto bueno, sufre de celos y de sensación de abandono.

Tanto el Nico del primer cuento, como el Cosmo de éste, parecen un trasunto de Baltasar Porcel. «Después, bastante tiempo después, llegó Cosmo: “No te conviene. Es demasiado joven. Es alocado. No tiene carrera.”» (pág. 71). Sin embargo, las mujeres de estos relatos no quieren dar su brazo a torcer, no acabarán pensando que su familia tenía razón, y sufrirán por la traición de sus parejas.

En el cuento Cosmo aparecen además tendencias suicidas de la protagonista. «Tía Patricia, cuando llegué a casa, me dijo que yo era peor que las perras.» (pág. 72) También se muestra aquí la crítica social de la época hacia las mujeres que sentían un interés abierto por el sexo.

 

El leproso empieza así: «Siempre estaba encontrando a los leprosos. Eran tres, a veces más, y de noche se instalaban junto a mi cama envueltos en un sudario, me miraban inmóviles. Mis hermanas, que dormían en el mismo cuarto que yo, nunca se dieron cuenta.» (pag. 91). Una joven sin novio nos habla de su casa, mientras que su hermana ‒cumpliendo mejor que ella con las normas sociales‒ va a casarse y ella seguirá estando sola. Además la narradora parece tener apariciones de leprosos. Un relato perturbador que refleja, en gran medida, el temor ‒pero también la atracción‒ hacia la violación.

 

En Los pavos reales el personaje que se ha llamado Nico o Cosmo aquí ha pasado a ser Roberto. La narradora le dirá a su madre: «Yo que dije que no volvería más, que quien rechazaba a Eduardo me rechazaba a mí.» (pág. 111). Y mientras, como un símbolo expresionista, los pavos reales han desaparecido del pueblo.

 

En Mariposas se representa el miedo a la muerte del hijo de una mujer. Como ocurre en más de uno de estos relatos, los animales van cobrando un valor compositivo de símbolo, y en este caso son las llamadas «Mariposas de Satanás», que representarían a la muerte.

 

Sutter´s gold empieza así: «Ahí estaba la muerta. Con el cuello marcado por la soga, desollada en una línea gruesa y roja, rotas las vértebras.» (pág. 141). En este cuento también se habla de una mujer abandonada por su marido, Beltrán en este caso, y la narradora habla de una mujer que no es otra que ella misma. En más de uno de los cuentos de este libro se juega con la idea del desdoblamiento procedente de la locura o de un fuerte choque emocional.

 

En Paraíso la narradora cuestiona a su padre que acoge en casa a chicas sin hogar con intenciones sexuales. Este cuento es un ajuste de cuentas con la figura del padre abusador, pero también hacia la madre pasiva y consentidora.

 

En La coraza leemos: «Hay que trivializar el sexo. Apréndelo. No importa amar a una persona, admirarla, para irnos a la cama con ella. Tienes que despersonalizar el acto sexual.» (pág. 195). A través de la idea de la locura y la antropofagia la narradora se enfrenta al horror social del deseo sexual de las mujeres.

 

 

¿Se parecen realmente estos cuentos de Rey de gatos a los que escribe Mariana Enriquez en, por ejemplo, Las cosas que perdimos en el fuego? Motivo que me llevó, en gran medida, a querer leerlos. En principio podemos encontrar algunos paralelismos, ya que ambas escritoras ‒con casi cuarenta años de diferencia‒ usan el género fantástico para hablar de algunos problemas sociales de su época. En el caso de Enriquez el elenco es más variado y en el de Alós la escritora parte de obsesiones más personas que las de Enriquez. Alós juega con la idea de la locura y el doble para hablar, de forma distorsionada de sí misma, y Enriquez habla más de la sociedad en la que vive que de sí misma. Además Enriquez, a la que supongo más conocedora de la tradición clásica del terror, usa más elementos fantásticos diferentes (fantasma, zombi, etc.) que Alós.

 

Rey de gatos es un libro ciertamente sorprendente, sobre todo por su contexto. Escrito ya en la década de 1970, pero aún en dictadura, llaman la atención sus modernos planteamientos, que dejan ya atrás el realismo social de décadas anteriores. Me llama la atención también, y lo digo otra vez, que nunca hubiera oído hablar de Concha Alós hasta que La Navaja Suiza ha decidido rescatarla, porque me parece una escritora valiosa.

 

domingo, 5 de diciembre de 2021

LITERATURA RUSA EN MI CANAL DE YOUTUBE

 He publicado en mi canal de YouTube un vídeo hablando de toda la literatura rusa que he leído. Empiezo por tres de mis autores favoritos: Fiódor M Dostoievski, Liev Tolstói y Antón P. Chéjov.


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domingo, 28 de noviembre de 2021

Los enanos, por Concha Alós


 Los enanos, de Concha Alós

Editorial La Navaja Suiza. 255 páginas. 1ª edición de 1962, ésta es de 2021.

 

Coincidí con Agustín Márquez, uno de los editores de La Navaja Suiza en la presentación de la novela Sanguínea de la ecuatoriana Gabriela Ponce, y me informó de la inminente publicación de la novela Los enanos de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011). También me invitó a la presentación que iba a tener lugar en la Residencia de Estudiantes a cargo de Constantino Bértolo y Noelia Adánez. Me apeteció ir, y amablemente los editores de La Navaja Suiza me enviaron Los enanos y el libro de cuentos Rey de gatos para que pudiera leer a Concha Alós y comentarla.

 

Durante una temporada busqué en libros de texto de bachillerato nombres de autores de la época del franquismo, porque me interesaba ver qué se podía escribir entonces y cómo los autores se enfrentaban al problema de la censura. Lo cierto es que nunca me encontré en estos libros con el nombre de Concha Alós, una autora perfectamente olvidada. En 2016 la editorial Recalcitrantes rescató su novela Las hogueras, que ganó el premio Planeta en 1964; pero en la actualidad Recalcitrantes ya no tiene actividad, y está siendo La Navaja Suiza la encargada de acercarnos la obra de esta olvidada e interesante autora.

 

En 1962, Alós presentó Los enanos, su primera novela, al premio Plaza y Janés. Lo ganó, pero el editor acabó pensando que tenía ideas socialistas y frenó su publicación. Alós la presentó el mismo año al premio Planeta y volvió a ganar. Plaza y Janés impidió que se publicara, porque ella tenía los derechos. No encuentro el dato de en qué editorial se acabó publicando Los enanos por primera vez, pero me parece que me he encontrado esta novela en alguna librería de segunda mano y era Áncora y Delfín.

 

En Los enanos, Concha Alós introduce al lector en una pensión humilde de Barcelona, y le acerca a las vidas de sus inquilinos. Diría que una de las influencias de esta novela es La colmena de Camilo José Cela, publicada en Buenos Aires en 1951, que no sé si Concha Alós pudo llegar a leer, puesto que estaba censurada en España.

 

«Somos enanos rodeados de enanos y los gigantes se escondes para reírse.» es la cita con la que inicia el libro. Al principio creía que pertenecía a otro autor y que en la edición de La Navaja Suiza se habían olvidado de señalar su nombre. Pero en realidad es una autocita del libro, tomada del diario de uno de sus personajes. Y es una autocita muy significativa, puesto que Alós va a retratar en su primera novela vidas de «enanos», de personas atrapadas por la miseria y cuyos anhelos de una vida mejor ‒poder comprarse una casa y dejar la pensión, por ejemplo‒, siempre se van a ver truncados por las circunstancias que rodean sus existencias.

 

«Desde la pequeña galería, asomada al sucio patio de luces, se veían las ratas.», es la primera frase de la novela. «Enanos», «ratas»…, las escenas que dibuja Alós en su novela tienden al tremendismo y el feísmo, algo muy típico en la corriente novelística del realismo social de la época.

En la presentación de la Residencia de Estudiantes, Constantino Bértolo y Noelia Adánez hablaron de lo sorprendente que resultaba que algunas de las escenas que dibuja Alós en este libro hubieran podido pasar la censura. Los dos apuntaron ideas interesantes: Bértolo señalaba que al franquismo no le preocupaban los libros de escritores que publicaban en Planeta, o su entorno, porque eran libros que contaban ‒como Los enanos‒ historias de pobres y que iban a leer gente pobre, gente que no tenía poder real frente a la dictadura. Bértolo siguió diciendo que al Régimen le preocupaban los libros de Seix Barral, por ejemplo, porque los leía la clase media alta, o la clase ilustrada, y ellos sí que tenían una opinión que podía influir en la continuidad o no de la dictadura. Adánez, por su parte, se ocupó de las escenas de sexo explícito del libro y la presencia de las prostitutas en los libros de Alós, y dijo que sorteaban la censura porque al censor ni se le pasaba por la cabeza que una mujer pudiera tener pulsiones eróticas, que sus referencias sexuales las asociaba al feísmo y poco más.

 

«Huele a orín y a basura podrida», es una descripción de la pensión que aparece en la página 18, aunque también en otras páginas podemos encontrarnos con más de un toque poético: «La señora Lola lleva siempre unos delantales muy almidonados, muy bordados de pájaros y mariposas. Es como si estuviera en un baile y fuera disfrazada de cometa.» (pág. 30)

 

Usando el presente verbal, Alós va dando paso a escenas protagonizadas por diferentes huéspedes de la pensión. En ningún momento se dan fechas concretas del momento exacto en el que está situada la novela, pero diría que no es el año 1962, en el que está publicada, sino algún punto de la década anterior, la de 1950, porque los recuerdos de la guerra parecen aún muy presentes. Algunos personajes se plantean volver al pueblo del que han emigrado, pero les frena la idea de que sus vecinos les tilden de fracasados. Está muy presente aquí la España de la emigración a las ciudades durante los años 50 y las dificultades con las que se encuentran estas personas en las grandes urbes.

Más de un personaje no deja de pensar tampoco en un supuesto pasado glorioso o mejor, como la señora Cleo, que fue bailarina en un espectáculo de Tánger, hasta que conoció a Alfredo y se casó con él, consiguiendo así la honorabilidad social a la que aspiraba. El problema es que a Alfredo, vendedor ambulante, ya no le va tan bien como antaño y se siente frustrada.

Alfredo es judío y es éste un dato llamativo de la novela. Noelia Adánez señaló en la presentación que Concha Alós se ocupaba de algunos temas que no tocaba nadie en la narrativa española de entonces y habló del tema racial. Alfredo es judío y vive afectado por lo que le ocurrió a los judíos unos años antes en la Alemania nazi. Otro de los inquilinos de la pensión es Mohatá, que es un joven marroquí al que un promotor de boxeo trajo del país vecino porque pensaba que tenía cualidades para el ring, pero pierde una pelea tras otra, mientras no deja de adelgazar. Sobre él, otros personajes vierten algún comentario racista. Hacia el final, también ocupan un cuarto de la pensión unos negros musulmanes, y una china. Además, sin ser nunca de un modo explícito, se insinúa la presencia de la homosexualidad en la pensión, un tema tabú para la época.

 

Sobresale sobre el conjunto el personaje de Sabina, una prostituta que también aspira a poder casarse y conseguir así un ascenso social. Es un personaje con aristas, consciente del privilegio de ser hombre en el mundo que le ha tocado vivir. También es rencorosa de su pasado en el pueblo, del que ha huido a la ciudad, ya que su padre, «el Perlao», mató al cura y al señorito, por lo que sería fusilado, y ella se sentía allí señalada. De forma puntual algún personaje recuerda la guerra y, eso sí, la violencia que se recoge en estas páginas parece ejercida solo desde el lado republicano.

 

También destaca María, una joven emigrada a Barcelona desde Mallorca, donde vivió Alós. María ha comprado un cuaderno y en él vuelca sus impresiones sobre los otros miembros de la pensión y nos narrará su historia de adulterio en la isla. Estas páginas están escritas en primera persona y suponen un cambio de estructura frente a la forma en la que se narra la vida de los otros personajes.

 

Me ha parecido que la mirada de Concha Alós es muy moderna e incisiva, y que retrata muy bien un periodo del pasado de España, con una prosa punzante, repleta de frases cortas, que no dejan de ser poéticas. Los enanos es un libro destacado del realismo social de la década de 1960, del que nunca había oído hablar, y que rescata ahora con mucho acierto La Navaja Suiza.

domingo, 21 de noviembre de 2021

Simpatía, por Rodrigo Blanco Calderón

 


Simpatía, de Rodrigo Blanco Calderón

Editorial Alfaguara. 231 páginas. 1ª edición de 2021.

 

Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) me contactó, a través de Twitter, para ofrecerme su segunda y última novela, Simpatía, después de haber leído mi reseña sobre Granta. Los mejores narradores en español menores de 35 años. Al final quedamos en que me iba a enviar su anterior novela The Night, por la que yo había sentido interés hacía unos años, y esta también, Simpatía. Las he leído las dos seguidas y en orden cronológico.

 

El protagonista de Simpatía es Ulises Kan, que se dedica en Caracas a dar talleres de apreciación cinematográfica. La primera frase de la novela es muy significativa y, en gran medida, marca el tono y el contenido de lo que va a ser narrado: «El día en que se su mujer se marchó del país, Ulises Kan decidió buscarse un perro.» (pág. 15)

Casi todas las personas que Ulises conoce parecen están abandonando Venezuela. Llega un momento en el que decide salirse del grupo de WhatsApp de sus amigos porque todos están ya fuera del país, «Así se marchan los que se quedan, pensó.» (pág. 15)

 

Martín, el atractivo suegro de Ulises, es un alto militar retirado que vive en una mansión a las afueras de Caracas y que acaba teniendo mejor relación con su nuero, que con su propia hija Paulina, y con su hijo Paul, dos hermanos mellizos con los que el padre no se habla desde la muerte de su mujer.

 

La trama y la creciente intriga de Simpatía surge a partir de una herencia: la de Martín, que ha dejado el piso de Caracas en el que Ulises vivía con Paulina, para Ulises, si éste se compromete a poner en marcha una asociación, con sede en su mansión, para rescatar de la calle a perros abandonados. Ulises, contactado a través del abogado de Martín, emprende manos a la obra, mientras comienza una nueva relación con Nadine, una antigua empleada del centro en que hacía de profesor de talleres cinematográficos. Paulina, mientras tanto, emprenderá acciones legales para demostrar que su padre había perdido la cabeza cuando redactó su testamento, y que éste no puede hacerse efectivo.

 

«La cosa se fue poniendo cuesta arriba a medida que la crisis y el hambre arreciaban. Todo el que podía se iba del país. Los más afortunados lo hacían en avión, muchos de ellos sin mirar atrás. Cuando ya tenían comprados los pasajes y el gestor les había devuelto los documentos apostillados; cuando ya habían rematado la casa familiar a una cuarta parte de su valor; cuando ya habían renunciado al trabajo y hecho la última ronda de médicos; cuando ya a los niños los habían sacado del colegio, incluso a mitad del año escolar, porque no había tiempo que perder; cuando todo estaba listo, entonces tomaban el carro por última vez y conducían hasta un parque lejano. Allí frenaban, desde dentro abrían la puerta trasera y dejaban salir a los perros; y cuando los perros se bajaban locos de alegría, trancaban de golpe la puerta trasera, aceleraban y huían.» (pág. 29)

El abandono de los perros por sus dueños, con su proliferación de perros callejeros, se convierte en una metáfora del abandono, la crisis, y la huida de un país. Ulises, como quedaba dicho en la primera frase, buscará el consuelo de un perro cuando se sienta abandonado por su mujer. Según alguna historia apócrifa, al libertador Simón Bolívar se le escapó más de una lágrima cuando murió su gran perro Nevado, cuya sombra también planea sobre Simpatía. «Si ni siquiera los perros podían salvarse, aquella tierra estaba de verdad maldita.» (pág. 116)

La metáfora del «perro abandonado» no solo se ocupa de la huida del país por parte de gran parte de su población, sino que se mueve también a otros niveles: Ulises fue un niño abandonado y adoptado de un orfanato por un matrimonio mayor sin hijos. Martín, su cuñado, también fue un niño huérfano y adoptado. En gran medida la relación que acaba uniendo a ambos, y que parece estar para Martín por encima de la consanguineidad con sus hijos, es la de ser huérfanos. Y esta será una de las claves compositivas del libro.

 

Una de las ventajas de haber leído The Night y Simpatía seguidas es que me he podido percatar de algunos detalles técnicos que unen a las dos obras; por ejemplo, a Miguel Ardiles, uno de los personajes principales de la primera novela, Blanco Calderón lo ha hecho aparecer también en la segunda. Ardiles va a ser el psiquiatra forense que Paulina va a contratar para tratar de demostrar que su padre había perdido el juicio cuando redactó el testamento que la perjudica a ella y beneficia a su exmarido.

 

Cuando comenté The Night dije que estaba suponiendo que cuando Rodrigo Blanco Calderón la escribió (la novela se publicó en 2016) aún vivía en Caracas y que, por tanto, medía bien hasta dónde podían llegar en sus críticas políticas. Simpatía ya la ha escrito y publicado viviendo en España. Esto hace que sus críticas al gobierno venezolano sean mucho más claras y explícitas. «Tiene que llegar el día en que esto no dé para más. O que todo se detenga y todo colapse, pero no se puede seguir así.», dice Ulises en la página 86. «Han robado como pocas veces en la historia, no solo de este país sino de cualquier otro. Por eso prefieren que no quede piedra sobre piedra en Venezuela antes de soltar la presa.», dice un personaje en la página 144.

 

En la reseña de The Night dije que la tensión narrativa, que parecía que la novela iba a tener en sus primeras páginas, se iba diluyendo en la trama, en la que Blanco Calderón daba paso a contar la historia de muchos personajes que se escapaban de una idea de trama principal. Esto está mucho más medido y controlado en Simpatía, que al tener una estructura de novela más convencional hace que no se desinfle la tensión narrativa. En algún momento he llegado a pensar que la rocambolesca anécdota de Simpatía en torno a una herencia no convencional y los intereses y frustraciones que provocaba podían crear una «novela de abogados» que bordease los clichés de un bestseller. Pero Blanco Calderón es un escritor con talento, y sabe bordear estas amenazas y, sin dejar de lado la creación de misterios realmente propios de una «novela de abogados», va mucho más allá y consigue hacer literatura sobre el fondo de un país en descomposición y a la deriva, igual que sus personajes. Es destacable el gran elenco de personajes secundarios del libro, que le dan hondura y vuelo.

 

Diría que en The Night Rodrigo Blanco Calderón trató de hacer una novela más ambiciosa que en Simpatía, pero en Simpatía, siendo una novela más tradicional, logra hacer también una novela más sólida y redonda. Me ha gustado leer seguidas estas dos obras de un autor al que no conocía, un autor latinoamericano nacido ya en la década de 1980 y que considero que tiene un gran futuro por delante.

domingo, 14 de noviembre de 2021

The Night, por Rodrigo Blanco Calderón

 


The Night, de Rodrigo Blanco Calderón

Editorial Alfaguara. 355 páginas. 1ª edición de 2016, ésta es de 2019.

 

Había leído reseñas de The Night, la primera novela de Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981), cuando apareció en 2016, hace unos cinco años. Digamos que es un libro que «sonó» entonces y, en algún momento, sopesé la idea de leerlo. Incluso lo tuve en mis manos en uno de los puestos de segunda mano de la Cuesta de Moyano por 5 euros, pero al final no me decidí y cuando, en 2019, supe que había ganado el Premio Bienal Mario Vargas Llosa me arrepentí un poco de no haberla comprado aquel día de la Cuesta de Moyano. Como ya he dicho muchas veces, uno no puede leer todas las novedades literarias que le llaman la atención, porque el tiempo no es infinito y, durante algunas temporadas, prefiero frenar y atender más a los clásicos que a las novedades.

 

Sin embargo, cuando publiqué mi reseña sobre la segunda selección de Granta de Los mejores narradores en español menores de 35 años, Blanco Calderón se interesó por ella y cambiamos algún parecer en las redes. Unas semanas después, me preguntó a través de Twitter si me apetecía leer su nueva novela, titulada Simpatía, y publicada ‒como The Night en Alfaguara‒. Suelo rechazar este tipo de ofrecimientos, porque para disfrutar de la lectura necesito elegir yo los libros que leo, pero en este caso sí sentí curiosidad por la obra de Blanco Calderón, porque ya la había sentido previamente. Le dije que en realidad me apetecía leer The Night, y quedamos en que me enviaría los dos. Además me los dedicó, lo que le encanta a mi mitomanía libresca. Los he leído seguidos y en orden cronológico.

 

La acción de The Night nos lleva a la Caracas de 2010, cuando el país estaba empezando a sufrir una crisis energética, que le conducirá a continuos y molestos apagones. En el primer capítulo le serán presentados al lector dos de los protagonistas principales de la historia: el psiquiatra Miguel Ardiles, y el tallerista literario Matías Rye. Los viernes suelen quedar a cenar. Matías ha sido paciente de Miguel en su clínica psiquiátrica y Miguel ha pasado a ser alumno del taller de escritura de Matías. Hablarán, en primera instancia, de Pedro Álamo, un alumno del taller de Matías que, unas décadas antes, protagonizó uno de los más grandes escándalos literarios venezolanos, al quedar ganador en el concurso literario de un periódico con un relato a todas luces incomprensible. Además Matías Rye está escribiendo una novela, llamada The Night, sobre los crímenes reales de un famoso psiquiatra nacional.

 

La novela empieza creando unas altas expectativas en el lector, mostrándole unos interesantes personajes torturados, que ‒intuimos‒ se van envueltos en un misterio sangriento, generado a partir de los crímenes que Matías Rye está investigando para su narración. Un misterio sangriento que tiene que ver con crímenes de mujeres, y por tanto me hicieron pensar en la novela 2666. Además, las páginas son muy metaliterarias y se habla sobre el propio arte de escribir, su locura y su misterio. Aparecen en estas páginas muchos escritores, preferentemente de vida descalabrada, como el escritor norteamericana de ciencia-ficción Philip K. Dick. De fondo, una Caracas oscura y decadente, donde se observa una indirecta crítica al gobierno chavista. Por supuesto, todos estos elementos me estaban recordando a la obra de Roberto Bolaño, muerto en 2003, y convertido en las dos últimas décadas en una de las más claras influencias de la nueva narrativa en español.

Cuando uno acaba la novela, la influencia de Bolaño parece innegable, porque la propia estructura del libro es muy similar a la de Los detectives salvajes. Es decir, hay en The Night tres partes, y la primera y la tercera están conectadas. La segunda supone un salto en el tiempo. Si bien en Los detectives salvajes el salto temporal era hacia el futuro, en The Night es hacia el pasado. La segunda parte de The Night se titula Teoría de los palíndromos y su personaje principal es Darío Lancini. Fue en la página final de agradecimientos donde descubrí que Lancini es un poeta real venezolano, especializado en palíndromos y en frases bifrontes. Lancini es un escritor que obsesiona a Pedro Álamo, el alumno del taller de Matías. En esta segunda parte se habla de su exilio europeo de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, durante la década de 1950.

 

Algo que ocurre en esta segunda parte, y en gran medida también en el resto del libro, es que Blanco Calderón nos narra la vida de cualquier personaje secundario que aparece. Me llegó a ocurrir que se abren tantas cajas chinas, una dentro de la otra, que al final me acabé perdiendo más de una vez. Llegó un momento en el que no sabía de quién me estaba hablando el autor, ni por qué ese personaje podía ser importante para la historia. Ya he comentado que los capítulos iniciales de la primera parte ‒titulada Teoría de los anagramas‒ son muy prometedores, pero pronto me empezó a parecer que estaba ocurriendo algo extraño: el foco narrativo abandonaba a Miguel Ardiles, Matías Rye y Pedro Álamo y se empezaba a abrir a otros personajes, y la tensión narrativa de los primeros capítulos se iba diluyendo. Imaginé que la estructura de la novela contendría estos desvíos y que todo se uniría al final. En cierta medida, esto ocurre, pero no del todo.

 

The Night es la primera novela de Blanco Calderón, que hasta entonces había publicado tres colecciones de libros de relatos. Diría que el peso de este trabajo previo se nota en su novela, que en gran medida está construida uniendo narraciones breves de diferentes personajes. Muchas de estas narraciones son talentosas e interesantes, pero apuntaría que falla el conjunto de la estructura. Las partes que componen el libro forman las piezas de un mosaico que no acaba de encajar. En gran medida es como si Blanco Calderón hubiera querido escribir con su primera novela también la segunda. Porque la primera parte del libro junto con la tercera podrían ser una novela y la segunda otra.

 

Diría ‒aunque no estoy seguro‒ que The Night está escrito cuando el autor vivía aún en Venezuela y no se atreve a hacer una crítica directa del gobierno chavista, aunque se deslizan algunas perlas envenenadas. Por ejemplo, en la página leemos «Nuestro presidente es un payaso, un payaso salido de una novela de Stephen King, pero un payaso.» Ya estoy leyendo Simpatía, la nueva novela de Blanco Calderón y la crítica al gobierno chavista es más explícita. Esta segunda novela está escrita con el autor viviendo en España.

 

Cuando comenté Vivir Abajo del peruano Gustavo Faverón, ya dije que me parecía uno de los alumnos más aventajados de Bolaño, y The Night me ha recordado a Vivir abajo, como heredera también del legado del Bolaño, en el mismo sentido; en el de crear un misterio en cada párrafo, alumbrar la oscuridad de los crímenes, y hacer continuas referencias literarias (o artísticas) que ahondan en la idea de la literatura como locura o enfermedad. Sé que Vivir abajo compitió con The Night por el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa que ganó la novela de Blanco Calderón. Si yo hubiese sido el jurado, le habría dado el premio a Faverón.

 

Aunque The Night no ha acabado de ser para mí la gran novela que prometían sus primeros capítulos, porque en su avance se dispersa su tensión en los innumerables desvíos narrativos, que acaban siendo pequeños cuentos, me ha parecido que en Blanco Calderón hay un autor muy dotado. De hecho, he pensado que me gustaría leer sus libros de cuentos, porque en estas etapas iniciales de su obra, seguramente me hubieran convencido más que The Night. Cuando escribo esta reseña voy por la mitad de Simpatía, que es una novela con una estructura más tradicional y contenida, y me está gustando más. Ya hablaré de ella.