domingo, 18 de abril de 2021

Literatura peruana, un paseo personal

 En mi canal literario, "Bienvenido, Bob", hago un recorrido por todos los libros peruanos que he leído, desde Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique o Julio Ramón Ribeyro, hasta otros más modernos como Sergio Galarza Puente o Gustavo Faverón.

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domingo, 11 de abril de 2021

Ladrilleros, por Selva Almada

 


Ladrilletos, de Selva Almada

Editorial Lumen. 196 páginas. 1ª edición de 2013.

 

Cuando hace unos meses leí Cometierra (2019) de Dolores Reyes, ya dije que Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) había sido una de sus profesoras de taller, y que me apetecía leer alguno de sus libros. Durante los últimos años me he encontrado con su nombre, cada vez más ponderado en relación a la nueva narrativa argentina. Me pasé por la biblioteca Eugenio Trías, del Retiro en Madrid, y tomé en préstamo Ladrilleros, que es uno de sus libros más conocidos.

 

La acción de Ladrilleros se sitúa en un pueblo del norte de Argentina y nos habla de dos familias, la de los Miranda y la de los Tamai. Miranda padre proviene de una familia de ladrilleros, afincados en el pueblo desde unas cuantas generaciones atrás, y Tamai padre llegó al pueblo como temporero y se acabó asentando en él, tras casarse con Celina, una chica que trabajaba de mesera en el bar que frecuentaba. Celina organizará que Tamai empiece a trabajar de ladrillero, cuando el dueño de una de las ladrillerías de la localidad quiera dejarla y probar suerte laboral en el sur. Miranda y Tamai son vecinos y se odian. Ninguno de los dos tiene muy claro cómo empezaron sus disputas, pero probablemente tengan que ver con algún roce en alguno de los bares del pueblo, donde tuvieron algún lance jugando a las cartas. Miranda y Tamai en realidad son dos hombres bastante parecidos, incapaces de permanecer en su casa muchas horas seguidas, los dos pasan demasiado tiempo en el bar y les cuesta proveer a su hogar. Serán sus mujeres, Estela y Celina, las que saquen adelante sus hogares.

 

En realidad, los protagonistas principales del libro, más que Miranda y Tamai padres, serán dos de sus hijos varones: Pajarito ­­‒hijo de Tamai y Celina‒ y Marciano ‒hijo de Miranda y Estela, una antigua reina de la belleza‒. La novela comienza con Pajarito y Marciano tirados en el suelo de la feria que se ha instalado en el pueblo. Se acaban de pelear a navajazos y los dos se desangran lentamente. La policía o una ambulancia parecen tardar en aparecer. Selva Almada nos narrará los pensamientos de estos dos jóvenes ‒que al comienzo de la narración deben tener unos veinte años‒ a través de capítulos cortos, y también nos irá informando sobre sus respectivas familias y sobre la relación que han tenido en el pasado. Cuando a Pajarito y Marciano les permitieron salir a la calle y juntarse con los otros niños por los descampados del pueblo empezaron siendo amigos inseparables (son prácticamente de la misma edad, unos pocos días separan sus nacimientos), aunque aprenderán pronto que les está prohibido pisar la casa del otro. Sin embargo, un pequeño incidente en el colegio les hará separarse y crear cada uno su propia pandilla de amigos. Los enfrentamientos vendrán más tarde, enfrentamientos que ‒en el tiempo narrativo de la novela, cuando tienen unos veinte años‒ quizás les conduzcan a la muerte.

 

Miranda padre ha muerto de forma violenta cuando Marciano tiene doce años, y Tamai padre abandonará el hogar cuando Pajarito tiene trece. Ninguno de los dos ha sido un buen padre, han sido bebedores, pendencieros, vagos para el trabajo, manirrotos, y los dos han golpeado a sus hijos violentamente. Sin embargo, aunque ha existido un rechazo de los hijos hacia sus padres, tanto Pajarito como Marciano parecen condenados a seguir sus pasos.

 

En gran medida, Almada habla en Ladrilleros del concepto de la «masculinidad tóxica», de esos hombres que se están continuamente retando para probar su hombría, pero que no consiguen sacar adelante a sus familias. También nos habla de las mujeres resignadas a estos hombres, a los que aceptan porque se han criado en entornos machistas y acaban percatándose de que los aman y de que no pueden cambiarlos. Y, sin embargo, serán estas mujeres las que tendrán que cargar con la responsabilidad de saber sacar adelante a sus hijos. Serán ellas las que realmente aporten el dinero que el hogar necesita.

Por supuesto, en este mundo violento la homosexualidad no es una opción socialmente aceptada. Y el desenlace del libro, la pelea final entre Pajarito y Marciano, tiene que ver con este tema de la homosexualidad y la hombría.

Así que el libro de Selva Almada se convierte en un manifiesto contra el machismo y la homofobia. Sin embargo, está bien construido y no es en ningún momento un panfleto.

«Mientras se invitaban copas, se aconsejaban cómo había que tratar a las mujeres para que se estén quietitas y en su sitio.», leemos en la página 39, cuando se describe la vida de Tamai en el bar con sus amigos.

«La primera vez había sido incómoda y dolorosa, lejos de los relatos de Corín Tellado que alimentaban sus fantasías de adolescente. Lo habían hecho en el medio de un baile, en la pista del Húngaro.», así se descrine en la página 21 la primera relación sexual de Celina con Tamai.

 

Como ya he comentado, en las primeras páginas de Ladrilleros nos vamos a encontrar con una pelea a navajazos; por tanto, Almada desde el comienzo conversa con la tradición literaria argentina. Debemos recordar que la figura del cuchillero se encuentra ya en El matadero, el cuento de Esteban Echevarría, publicado en 1871, y que da comienzo a la narrativa argentina.

 

Ladrilleros está construido con capítulos cortos, donde se alterna el presente narrativo (Pajarito y Marciano evocan su vida desde el suelo de la feria tras su pelea) y otros en los que se habla de ellos mismos o sus padres en el pasado. Las frases son escuetas y contundentes, y están salpicadas de ricos argentinismos: «sapucai», «rebenque», «chicotazo», «mencho», etc.

Como mi lectura de Cometierra de Dolores Reyes es reciente, puedo ver en ella la influencia de la narrativa de Almada. Reyes, como Almada, denuncia el desamparo de los más débiles de la sociedad, un desamparo que suele afectar más a mujeres que a hombres. Reyes se servía del género fantástico para realizar sus denuncias, ya que su joven protagonista femenina tenía la capacidad de entrar en contacto con los muertos o personas desaparecidas, y Almada bordea en su novela también el género fantástico, puesto que sus jóvenes protagonistas adolescentes van a conversar, agonizantes en el suelo de la feria, con sus padres, uno muerto y el otro desaparecido.

 

Me ha gustado Ladrilleros, una novela escrita con mucha tensión narrativa y gran sentido del ritmo, y que trasciende a la mera anécdota costumbrista de un pueblo argentino, para hacerse universal y criticar la constitución patriarcal de la sociedad. Me gusta comprobar que gran parte de la mejor literatura argentina actual las están escribiendo las mujeres, poniendo sobre la mesa una problemática, que el siglo pasado, con contadas excepciones ‒como ocurría en Enero de Sara Gallardo‒, era en gran parte ignorada.

domingo, 4 de abril de 2021

Cuántas cosas hemos visto desaparecer, por Miguel Serrano Larraz


 Cuántas cosas hemos visto desaparecer, de Miguel Serrano Larraz

Editorial Candaya. 284 páginas. Publicado en 2020.

 

En enero de 2017 leí Autopsia (Candaya, 2013), la tercera novela de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977), de la que se había hablado bastante unos años antes. Me encantó ese libro, me pareció una de las mejores novelas españolas del siglo XXI, escrita por alguien nacido ‒como yo‒ en la década de 1970. Después había leído de Serrano Larraz los dos libros de cuentos que tenía publicados en Candaya, Órbita y Réplica, gustándome más el segundo, que me pareció un libro más maduro; algo perfectamente lógico, ya que Réplica (2017) se publicó ocho años después que Órbita (2009).

 

El argumento de Autopsia sería algo difícil de resumir; en esta novela un personaje, con más de una característica similar al autor, nos hablaba de su vocación por la lectura y la escritura, mientras recordaba paulatinamente un episodio traumático en el que fue atacado por unos nazis a finales de la década de 1990. Además rememoraba también otro episodio vergonzoso, en el que ‒esta vez‒ él había sido el acosador de una niña en el colegio. También hablaba de las noches zaragozanas que pasó con un músico que fue relativamente popular en los 90. Las capas de la escritura, y las reflexiones vertidas en sus capítulos sobre la vida y los recuerdos, eran muchas y sustanciales.

 

Cuántas cosas hemos visto desaparecer guarda un lógico parentesco con Autopsia. En Autopsia la avalancha de recuerdos que acosaban al protagonista venía provocada por una reunión de antiguos alumnos del colegio de EGB, que se había convocado a través de Facebook, y en Cuántas cosas hemos visto desaparecer las rememoraciones de Sonia, la protagonista principal, se activan cuando, después de bastante tiempo sin tener noticias de ella, empieza a recibir mensajes de voz en WhatsApp de Berta, que en el pasado fue su mejor amiga. Berta va a instar a Sonia a volverse a ver, después de haber dejado de hacerlo por un periodo de cinco años, debido a un episodio que no se acaba de aclarar en la primera parte de la novela y que va generando un misterio en torno a él. Así, en esta nueva novela, será la proximidad de un encuentro con las amistades del pasado lo que active la trama, igual que en la anterior. Muchas de las obsesiones vitales que Serrano Larraz mostraba en Autopsia están también presentes en Cuántas cosas hemos visto desaparecer.

 

Serrano Larraz estudió Ciencias Físicas en la universidad, y al acabar esta carrera empezó a estudiar Filología Hispánica. Aunque parezca irrelevante, este dato del paso del autor por la facultad de Físicas acaba tomando importancia en la novela, porque uno de los temas del libro será el de los viajes en el tiempo. Una idea que de niñas obsesionó a Sonia y a Berta, y que de adultas parece seguir presente en Berta.

 

Autopsia, en gran medida, realizaba un recorrido sentimental por la Zaragoza de las últimas décadas del pasado siglo, desde los barrios nuevos surgidos tras el desarrollismo hasta las calles de los bares de copas noventeros. Y en gran medida, Cuántas cosas hemos visto desaparecer pone su mirada en un espacio, no tratado en Autopsia, pero conviviente con él, un espacio acallado en Autopsia, y que se desliza hasta el primer plano en la nueva novela: el pueblo de procedencia de los padres o abuelos y al que los jóvenes de la generación de Serrano Larraz volvían en verano desde sus centros urbanos de emigración; en este caso, principalmente, desde Zaragoza y Barcelona.

 

El pueblo se llama Ardés. Lo he buscado en internet y no existe un pueblo con este nombre en España. Sonia acude a él durante los veranos desde Zaragoza y Berta desde Barcelona, allí serán amigas de otros jóvenes que viven todo el año en el pueblo, y que en el tiempo narrativo de la novela se comunican principalmente por un grupo de WhatsApp al que se alude en el libro como «el grupo de WhatsApp de los amigos del pueblo». La obsesión de Berta y Sonia por construir una máquina del tiempo cuando sean mayores en este entorno rural es uno de los puntos clave de la novela, que crea una extrañeza muy lograda entre el mundo de los sueños adolescentes y el de la vida adulta.

 

«La vida no tiene trama, solo interpretación.», leemos en la página 156 de la novela, y es una cita que se adecua muy bien al contenido de Cuántas cosas hemos visto desaparecer. El libro no se divide exactamente en capítulos, ya que entre un bloque textual y el siguiente no empezamos una nueva página. Los «capítulos» o «cortes» se suceden unos a otros y el lector sabe que empieza uno nuevo porque sus primeras palabras aparecen en mayúscula. En estos «cortes» se suceden y entremezclan los tiempos narrativos, aunque de forma predominante se avanza desde el pasado (la adolescencia de 1993 en el pueblo), hasta el presente, de tal manera que las dos líneas temporales principales (el presente narrativo y el pasado evocado) acabarán confluyendo hacia el final de la novela.

La vida de Sonia en el presente narrativo, cuando tiene ya cerca de cuarenta años y trabaja como profesora de Lengua en un instituto de Zaragoza, no parece muy alentadora; quizás su vida fue más divertida en el pasado, cuando era la amiga de Berta, y, como queda claro en muchos pasajes del libro, vivía a su sombra. Las dos formaban una pareja de amigas en la que Berta era la más lanzada y la que más personalidad tenía, aunque también puede ocurrir que Berta siempre haya estado un poco loca. Las paradojas temporales que obsesionan a Berta y la constatación que quiere hacer de ellas en la realidad dan a la novela un aire misterioso y melancólico, que hace que la narración se eleve sobre el retrato de costumbres de la juventud que vuelve al pueblo desde las urbes españolas a finales del siglo XX.

 

Como ocurría en Autopsia y en sus cuentos, el lenguaje de Serrano Larraz es envolvente, más inteligente que poético, sin querer decir con esto que no contenga poesía. Las frases se van dando paso, conteniendo reflexiones y pensamientos sobre los personajes densos y ampulosos; en este sentido, Serrano Larraz tiene un aire de escritor centroeuropeo.

Cuántas cosas hemos visto desaparecer ha sido escrita, en gran parte, en la universidad de Iowa, donde Serrano Larraz ha disfrutado de una beca de escritura creativa, con el gran escritor centroamericano Horacio Castellanos Moya como director del proyecto. Sin duda se ha merecido este privilegio, ya que Serrano Larraz es uno de los escritores más destacados dentro de la narrativa española de los nacidos en la década de 1970 y Cuántas cosas hemos desaparecer, aunque me ha sorprendido menos que Autopsia (el listón estaba muy alto) así lo atestigua.

viernes, 2 de abril de 2021

Un poeta nacional, de C. E. Feiling (vídeo reseña)

 UN POETA NACIONAL, de C. E. FEILING


El escritor argentino C. E. Feiling murió en 1997 a la edad de 36 años. En los 90 le dio tiempo a escribir tres novelas: una de aventuras, otra policiaca y otra de terror. Murió cuando estaba empezando una cuarta fantástica.
En cada novela quería usar un género literario, aparentemente menor, para contar sus historias.
Ahora se le está rescatando en Argentina y mi idea es leer sus tres novelas.

En mi canal publico un vídeo con la primera, "Un poeta nacional", la de aventuras, con un trasunto del poeta Leopoldo Lugones de protagonista. Si quieres verlo PINCHA AQUÍ.
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miércoles, 31 de marzo de 2021

HOMENAJE A CARLOS BUSQUED, RECIENTEMENTE FALLECIDO

 HOMENAJE AL ESCRITOR ARGENTINO CARLOS BUSQUED

Ayer me enteré de la muerta prematura e inesperada del escritor Carlos Busqued a los 50 años.
Busqued deja detrás de sí una obra escasa, pero muy potente, las novelas "Bajo este sol tremendo" (2009) y "Magnetizado" (2018), ambas en Anagrama.

Grabé un vídeo para homenajearle y difundir su obra.
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domingo, 28 de marzo de 2021

Literatura mexicana, un paseo personal

 En mi canal de YouTube (David Pérez Vega - Bienvenido, Bob) hablo de los libros mexicanos que he leído, y también de los que tengo sin leer aún del viaje que hice allá en 2017.


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domingo, 21 de marzo de 2021

Reseña de mi novela Caminaré entre las ratas en La república cultural

 Ernesto Castro leyó mi novela Caminaré entre las ratas y la comentó en la revista La república cultural. Dejo aquí su reseña.

Muchas gracias, Ernesto.




 

«Enfrento la novela que ha publicado hace unos meses David Pérez Vega con la idea preconcebida de la distopía que puede sugerir su título (seguramente, a cada cual un mundo muy diferente), para adentrarme en el mundo de un trabajador local, con ubicación determinada, urbanita, con un lugar preconstruido y precocinado por su entorno, frente al que se rebela o, al menos, lo pretende.

Por diversos motivos me retrotrae Caminaré entre las ratas a otra novela de 1956, Tots som iguals, de Josep Maria Espinàs, y que debí de leer en catalán allá por el año 1986. El contraste de dos mundos que parecen hacerse permeables en un momento dado para protagonistas de dos estratos diferentes, que involucran a su forma de desear la vida, acaba retornando a una realidad en la que ya nunca se podrá ser lo mismo. En el caso de la novela de Pérez Vega todo se resume en Domingo, su protagonista, que vive revisando continuamente una trayectoria que lo sitúa en el filo de una cordillera con sendos precipicios. Un ser criado en el municipio periférico de Móstoles, ciudad dormitorio de Madrid, pero también entorno de población urbana, desde donde le marcará una tradición histórica como la guerra de independencia, que recorre desde su propio punto de vista.

El protagonista es escritor, pero también economista y teleoperador. El realismo de la narrativa coloca subrepticiamente el punto de mira en una generación específica, resultado de la errónea transición española, donde muchos adultos quieren posicionarse a través de la proyección de aquello que serán los hijos, o bien, los propios hijos anhelan ubicarse en ese lugar de orgullo paternal en el que rara vez estarán, porque siempre hay otros que cumplen los deseos.

La narración nos envuelve en una confrontación de tópicos actuales (entorno a los años 2013-14) con el mundo deseado por Domingo, que siente que ha llegado con retraso a todo: a los estudios, al éxito laboral, a ser escritor, al amor, en definitiva, a cuadrar en la sociedad establecida por sus mayores y por aquellos que les hacen de altavoz, y que destruyen la creatividad de quienes desean salirse de ese cercado. Habla la novela de clases sociales asumidas, de desfase entre las relaciones y la posición económica, de entornos anclados más de medio siglo atrás, del sexo como herramienta o como carencia, pero también del sexo como fracaso cuando no existe o no funciona. Pero quiere hablar mucho de literatura, así que, aprovecha el escritor para embebernos en innumerables títulos y autores, sobre todo aquellos latinoamericanos (que son preferencia del autor), y de otros vinculados a la economía (lugar común también entre autor y protagonista). Y es a través de éstos como aproxima al lector a la crítica de los modelos políticos, del capitalismo. Y también denuncia la ignorancia generalizada cuando se habla tan alegremente de los modelos económicos de diversos autores, sin saber contextualizar a quienes los desarrollaron, o sin siquiera tener referencias.

Bajo esta novela, el autor señala a una sociedad fragmentada entre los superfluo y la satisfacción de lo inmediato, el hedonismo y la ausencia de empatía real, los falsos valores de lazos familiares y el rechazo oculto, la necedad de mostrarse intelectual y un profundo abismo hasta el conocimiento, el afecto y la trampa. Habla de sentirnos iguales que jóvenes jugando al baloncesto en un suburbio marginal neoyorkino, para acabar siendo los payos de pueblo que miran a los gitanos con superioridad. Una sociedad en la que las ratas son cada vez de mayor tamaño, crecen a nuestro alrededor y, lejos de saber ubicar el problema, las adoptamos y domesticamos.

Se trata la política más desde la realidad que desde un ideario, confronta el hecho de haber nacido y estudiado en Móstoles en una determinada época y evoca los contrastes de una infancia y una juventud allí, con la existencia de prestado en el madrileño barrio de Salamanca, pero no cae en los tópicos, sino en lo cotidiano, como se traslada también a la comparación entre dos municipios tan contrarios como próximos en diferentes aspectos, que son su localidad natal y Villaviciosa de Odón.

Se tocan muy diversos temas, algunos se agotan en el desarrollo, otros quedan enunciados o se abordan desde diversos puntos de vista y, en el camino, David Pérez Vega siente la satisfacción de llevarnos hacia la literatura que quiere recomendar.»

domingo, 14 de marzo de 2021

Jude el oscuro, por Thomas Hardy

 


Jude el oscuro, de Thomas Hardy

Editorial Alba. 550 páginas. 1ª edición de 1895; ésta es de 2018.

Traducción de Francisco Torres Oliver

 

El nombre de Thomas Hardy (Higher BockhamptonStinsford, Inglaterra, 1840 - Max Gate, 1928) tal vez ha sonado menos en España que el de otros grandes autores del siglo XIX inglés, como Charles Dickens, Jane Austen o George Eliot. Diría que yo me empecé a fijar en él al ver sus libros en mi admirada editorial Alba. Recuerdo que hace años casi compré en la Cuesta de Moyano de Madrid la edición de tapa dura de El alcalde de Casterbridge por 5 euros y al final me contuve. Ahora mismo pienso que no debía haberlo hecho. Se acercaba diciembre de 2020 y me apetecía leer un clásico, así que le pedí prestada a mi suegra la novela Jude el oscuro, que si no recuerdo mal yo mismo le recomendé a mi mujer que le regalara porque, conociendo sus gustos, imaginé que le podría interesar. Además esta novela aparece en una lista que suelo consultar: Las 25 mejores novelas británicas, encargada por la BBC a 82 críticos no británicos.

 

Como me acercaba a una novela del siglo XIX, estaba preparado para un comienzo en el que el autor empezara a describir una ciudad o una época ‒como ocurre, por ejemplo, en Rojo y negro de Stendhal‒, pero esto no pasa en Jude el oscuro. En la primera página de su novela, Hardy nos introduce de forma directa al niño Jude, que va a ser su personaje principal, en el momento en el que está a punto de sufrir una pérdida importante: el maestro de Marygreen, la aldea en la que vive, y por quien siente un gran afecto, se traslada a la ciudad de Christminster, porque allí quiere acudir a la universidad y convertirse en una hombre respetado. Así que ya desde el principio, he tenido la sensación de que Jude el oscuro es una novela más moderna en su construcción que otros clásicos del siglo XIX. En realidad está publicada en 1895, ya casi, por tanto, en el siglo XX, y prácticamente ha desaparecido en ella el narrador clásico del siglo XIX, que sigue siendo omnisciente, pero que ya no interviene de un modo directo en la narración.

Jude es un niño de once años, huérfano de padre y madre, que vive con una tía abuela panadera. Tras la partida del maestro, Jude empezará a obsesionarse con Christminster y la idea de convertirse él mismo en un erudito. Así que comenzará a aprender por sí mismo latín y griego, con la idea de en unos años poder trasladarse a Christminster y acudir a la universidad.

           

Para esta novela y otras, Hardy creó el condado de Wessex, que sería un trasunto de una Inglaterra rural cercana a Londres, donde sitúa a la noble ciudad universitaria de Christminster, que sería una trasposición, poco disimilada, del Oxford real. En la página 30, Hardy nos habla de la sensibilidad de Jude, un niño que «jamás había llevado a casa un nido de pajarillos recién nacidos» y que «apenas podía soportar el espectáculo de los árboles derribados o cortados», un niño «que pertenecía a esa clase de hombres que nacen para el sufrimiento hasta el día en que caiga el telón sobre sus vidas inútiles, devolviéndoles definitivamente la paz.» Diría que en estas frases, de uno de los primeros capítulos, está ya contenida toda la esencia de la novela. El comienzo de la historia, con este Jude huérfano que tiene que ayudar a su tía abuela, y que vive muy lejos de sus sueños de poder ser un universitario, nos puede recordar al comienzo de David Copperfield (1850) de Charles Dickens. Es muy posible que Dickens sea una de las grandes influencias de Hardy, pero añadiría también que Dickens es un autor más piadoso con sus personajes, y cuya mirada es más humorística. Hardy hace muchas menos concesiones que él hacia sus criaturas.

En un prefacio que antecede a la novela, escrito por el propio Hardy, en 1895 y 1912, nos contará que Jude el oscuro llegó a causar un pequeño revuelo en la Gran Bretaña de la época, recibiendo malas críticas a un lado y otro del Atlántico, y que incluso un obispo llegó a quemarla en público «seguramente en un arrebato de desesperación, al no poder quemarme a mí». Esto es debido principalmente a que Hardy se muestra muy crítico con uno de los pilares sociales más importantes de su época: el matrimonio, una institución que para Hardy solo debería ser «el enunciado de una ley natural».

 

Jude el oscuro es una novela naturalista, y por tanto sus personajes se verán dominados por fuerzas de la naturaleza que no pueden controlar. De este modo, Jude sucumbirá a su deseo sexual (y también a su sentido del decoro), casándose con Arabella, y tendrá que dejar momentáneamente de lado sus sueños de convertirse en universitario. Por su parte, Sue ‒prima de Jude‒ se casará con un maestro de escuela mayor que ella, con quien, poco después, no querrá convivir como mujer.

En realidad, son Jude y Sue quienes tenían que haberse casado el uno con el otro y no ser infelices en sus respectivos matrimonios.

En la época en la que se desarrolla la novela, el divorcio es legal en Inglaterra, pero, aun así, no será fácil para los personajes hacerlo y comenzar de nuevo. Por ejemplo, el maestro con el que Sue se ha casado le permite a ella abandonar su casa cuando le confiesa que no está enamorada de él y que es infeliz en su matrimonio. El maestro hace lo que considera más justo y decente y la deja marchar. Este comportamiento será reprobado en el pueblo en el que trabaja, porque sus convecinos considerarán que debería haberla retenido en casa, y hará que pierda su trabajo, teniendo a partir de entonces serios problemas para volver a trabajar o a hacerlo por el salario que le correspondería.

La crítica que hace Thomas Hardy a la hipocresía social de su época es demoledora, y no todos sus palos caen sobre la institución del matrimonio, ya que en gran medida el mundo académico tampoco sale muy bien parado en esta novela. Christminster (u Oxford), «ciudad de privilegios», será tan solo un elitista mundo del dinero, conservador, y que no aprecia el verdadero esfuerzo o interés por el conocimiento.

 

Uno de los personajes más interesantes de la novela es Sue, que en gran medida tiene ideas adelantadas a su época, y se comporta como una feminista. «Su filosofía solo reconoce un tipo de relación basada en el instinto animal», le dirá Sue a Jude, hablando de la imposibilidad de que la gente que les rodea llegue a pensar que un hombre y una mujer pueden mantener tan solo una relación de amistad.

En gran medida, gran parte de los conflictos que van a tener lugar en Jude el oscuro se deben (aunque esto nunca se llega a exponer de forma explícita en la novela) a que Sue es una mujer asexual, que siente miedo ante los compromisos que puede adquirir en un verdadero matrimonio. Si en algún momento he tenido la sensación de que Jude el oscuro nos podía remitir al amor romántico y maldito de Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, más bien he terminado por pensar que, además de Dickens, otra de las influencias más claras para Hardy en este libro es la de Fiódor Dostoyevski. El tormento interior de Sue (y también de Jude) es puramente el de un personaje desesperado de Dostoyevski.

Cuando faltan justo cien páginas para que la novela acabe, Hardy dibuja en su libro una de las escenas más espeluznantes y crueles que he leído nunca, y que hacen que el tramo final de la novela sea duro de escalar tanto para los personajes como para el lector.

 

Jude el oscuro ha terminado por ser para mí una de las mejores lecturas de este año ‒o simplemente de los últimos tiempos‒: Tengo que volver a Thomas Hardy, el más ruso de los escritores británicos, el Dostoyevski del Támesis.

domingo, 7 de marzo de 2021

Cuentos, por Thomas Wolfe

 


Cuentos, de Thomas Wolfe

Editorial Páginas de espuma. 921 páginas. Publicado en 2020, cuentos de 1920-1938.

Traducción de Amelia Pérez de Villar.

 

Durante las vacaciones de Navidad de 2018 y los comienzos de 2019 leí seguidas las dos grandes novelas de Thomas Wolfe (Asheville, Carolina del Norte, 1900 – Baltimore, 1938) traducidas al español: El ángel que nos mira (editorial Valdemar) y Del tiempo y el río (editorial Piel de Zapa). Desconozco por qué nadie ha traducido sus otras dos novelas: The web and the rock y You can't go home again.

En realidad El ángel que nos mira y Del tiempo y el río son la misma novela, ya que la segunda comienza justo cuando acaba la otra, con el mismo protagonista y la misma voz narrativa. Esta gran novela, de trasfondo autobiográfico, está protagonizada por Eugene Gant, del pueblo de Altamont en Carolina del Norte. Altamont es un trasunto de su Asheville natal. El padre de Eugene ‒igual que el de Thomas Wolfe en la realidad‒ es escultor de adornos fúnebres. El ángel al que alude el título de la primera novela es una figura que el padre había tallado y dejado a las puertas de su casa. En estas dos novelas podemos seguir la vida de Eugene Gant desde que es un niño sensible, en un pueblo sureño, hasta su vida adulta en Nueva York como profesor universitario y escritor, y sus viajes por Europa. Una narrativa que considero que influyó en escritores norteamericanos posteriores tan dispares como Jack Kerouac, Henry Roth, Philip Roth o Charles Bukowski. Según William Faulkner, Thomas Wolfe era el mejor escritor de su generación. Es decir, y digamos ya, Thomas Wolfe es uno de los grandes pilares de la narrativa norteamericana.

 

Además de las dos novelas que comento, en España habían sido publicadas, en la editorial Periférica, cinco novelas cortas de Wolfe, o tal vez cuentos largos. Estas cinco narraciones aparecen contenidas en los Cuentos publicados ahora por Páginas de Espuma.

El libro se abre con un interesante prólogo de su traductora, Amelia Pérez de Villar, que nos habla de la esencia autobiográfica de la narrativa de Thomas Wolfe. Pérez de Villar ha hecho un gran trabajo para este libro, sin duda.

El primer cuento se titula Un ángel en el porche y su lectura me lleva de nuevo al pueblo de Altamont, a la familia Gant y a ese simbólico ángel de piedra que el padre de Eugene ha tallado y ha situado en la puerta de la casa familiar. Es decir, en unas pocas páginas, después de dos años, estoy otra vez de regreso al mundo autorreferencial de Thomas Wolfe.

El tren y la ciudad, el segundo relato, parece ‒igual que el primero‒ un capítulo arrancado de El ángel que nos mira. Y en gran medida, entiendo que, sobre todo en el primer tercio del libro, Thomas Wolfe está escribiendo, usando el material de sus recuerdos como materia prima, y no está considerando si escribe el capítulo de una novela, un relato o una novela corta, simplemente escribe.

 

Enseguida empiezo a considerar que la lectura de estos Cuentos ha de ser diferente para alguien que haya leído las dos novelas traducidas de Wolfe y para alguien que no lo haya hecho. Para mí es una gozada volver a aquel mundo ficcional con el que tanto disfruté hace dos años, con su misma voz narrativa, ambiciones artísticas, obsesiones y recuerdos. Para un lector que se acerca con este libro de cuentos por primera vez a la obra de Wolfe las sensaciones han de ser diferentes, y no por ello peores. Estos no son cuentos que se inscriban de una forma clara en la llamada «tradición norteamericana», que en gran medida procede de la asimilación del modelo cuentístico de Antón Chejov. Es decir, si un cuento canónico de estilo norteamericano puede ser uno escrito por un autor como Raymond Carver (el mejor discípulo de Chejov, a mi entender), donde nos encontramos dos historias, una más evidente y otra más subterránea (que es la que tiene más fuerza para los personajes) y un final epifánico, los cuentos de Wolfe no funcionan así. Los suyos son narraciones poéticas que evocan instantes importantes para el narrador. Su fuerza es la de la poesía y la del misterio de la vida y el recuerdo, pero sin un desarrollo narrativo de introducción-nudo-desenlace, eludiendo la idea de una sorpresa final. Uno de los grandes autores norteamericanos que ha influido sobre estos relatos es el poeta Walt Whitman y sus descripciones del hombre norteamericano corriente y los grandes espacios del país. Diría que, en algunos momentos, Whitman influye para mal en Wolfe, porque los cuentos que menos me han gustado de este volumen (con un nivel medio muy alto) son aquellos en los que ya casi no hay anécdota o recuerdo y el narrador empieza a hablar de la magnificencia de los grandes espacios norteamericanos con un exceso de grandilocuencia. Esto me ocurre en un cuento como El prólogo de América, que comienza así «Una noche de luz refulgente sobre toda América. Al comenzar la acción se nos revela el esqueleto y el cuerpo del continente americano de este a oeste.» (pág. 604), y hay algo que, tal vez funcione en un poema, pero que no funciona en este tipo de cuentos de Wolfe. Dicho esto, debo añadir que en un libro de 921 páginas y 58 narraciones, en el que el autor prueba diferentes texturas y tonos, lo comentado es apenas una mácula en un corpus magnífico.

 

Debo señalar que el libro, entre otras virtudes, tiene la de mostrarnos una época, el primer tercio del siglo XX norteamericano. El ángel que nos mira se publicó en 1929; si no recuerdo mal, una semana antes del crack. En estos cuentos están los recuerdos de principios de siglo de un joven, y también está reflejada la locura del boom inmobiliario de los años 20, al que sucumbió la madre del narrador, y que queda retratada en el irónico cuento Boom Town, la ciudad del boom inmobiliario, que, recordando la crisis de 2008-14, no puede tener más vigencia.

En algunos cuentos, narradores muy mayores evocan sus andanzas durante los días de la guerra civil norteamericana como soldados sureños, uniendo a unas generaciones con otras. Esto ocurre, por ejemplo, en Chickamauga y en El caballero emplumado.

 

La muerte, ese hermano orgulloso y No hay puerta son dos novelas cortas emparentadas. En la primera el narrador nos describe varios momentos en los que se ha topado con personas muertas en la gran ciudad de Nueva York, y en el segundo varios momentos en los que sintió un claro extrañamiento ante la vida. Van seguidos en el libro y uno los puede leer como si se tratasen de la misma novela, porque la voz narrativa es la misma. En gran medida, estos cuentos se pueden leer como si fuesen una novela, una novela sobre un escritor que además de contar su vida, de vez en cuando, escribe una narración de ficción.

 

Hacia la mitad del libro nos encontramos con cuentos que podrían entrar en la tradición norteamericana de forma más clara. Ya no siempre nos enfrentamos a la misma voz narrativa, y se puede tratar de una narración con sorpresa final. En este sentido es muy destacable el cuento En el parque, con una protagonista femenina que recuerda a su padre antes de que muriera. Un relato muy bello, que me ha hecho pensar en Francis Scott Fitzgerald.

Uno de los grandes temas de la narrativa de Thomas Wolfe es el tiempo, la idea del paso del tiempo y la necesidad del narrador de retenerlo, gracias a sus escritos y recuerdos. Imagino que Wolfe fue un lector aventajado de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. En cualquier caso, las narraciones de Wolfe (menos cuando vuelcan por el lado de la grandilocuencia) son mucho más dinámicas que las de Proust. «Y volví a sentir la conmovedora evocación del tiempo perdido», leemos en la página 532. En este sentido me ha parecido maravilloso el cuento Katamoto, donde el narrador recuerda a un escultor japonés que conoció en la gran ciudad, «sabiendo que esas cosas se pierden en el tiempo y ya nunca regresan.» (pág. 532)

 

La novela corta El muchacho perdido me lleva de nuevo a El ángel que nos mira, puesto que esta narración evoca, con más detalles, la muerte de un hermano de Eugene Gant, algo que ya conocía por la novela. El muchacho perdido y El ángel que nos mira son narraciones coherentes dentro de un mismo mundo ficcional.

 

En otras narraciones, sobre todo en las que están ambientadas en Europa, donde Wolfe pasó ocho años, me han recordado más a lo contado en Del tiempo y el río. Respecto a esto son muy interesantes los cuentos en los se habla del ascenso del nazismo en Alemania, como en El oscuro Mesías. Varias de estas narraciones europeos están protagonizados por un escritor llamado George Webber que, según descubro consultando internet, es el protagonista de las novelas no traducidas al español The web and the rock y You can't go home again. En estos cuentos aparece un tercer alter ego escritor que sería el Joseph Doaks de Semblanza de un crítico literario.

 

Una de las cosas que me más me atraen del tramo final del libro es que Wolfe narra sucesos de su vida posteriores a los de El ángel que nos mira y Del tiempo y el río, y así habla por ejemplo de su relación con los críticos y editores (Semblanza de un crítico literario y El Viejo Rivers), con los escritores irlandeses que en Estados Unidos se consideran siempre geniales (Sobre los leprechaun), relatos llenos de ironía y sarcasmo. También habla de la recepción de su obra en su pueblo natal, donde la publicación de El ángel que nos mira supuso un pequeño escándalo, ya que muchos de sus vecinos se vieron retratados en la novela. Esto se cuenta, por ejemplo, en El hijo pródigo, un cuento que tuvo que leer el Philip Roth que luego escribió Zuckerman encadenado, donde décadas después habla del mismo problema.

 

En resumen, si alguien ‒como yo‒ ha leído y disfrutado las novelas de Thomas Wolfe El ángel que nos mira y Del tiempo y el río este volumen de Cuentos le va a encantar, porque va a poder completar el maravilloso mundo autorreferencial de Thomas Wolfe. Si alguien no ha leído esas novelas, estos Cuentos le van a descubrir a uno de los más grandes autores norteamericanos, le van a abrir las puertas de un nuevo mundo, y lo lógico sería que le hicieran correr hacia las novelas mencionadas.

Si el final del siglo XIX literario de Norteamérica está constituido por nombres como Walt Whitman, Herman Melville y Mark Twain, y el siglo XX por Ernest Hemingway, William Faulkner, Henry Roth, Jack Kerouac o Philip Roth, Thomas Wolfe bien podría ser una suerte de puente entre un siglo y otro, el eslabón perdido de la narrativa norteamericana en su cambio de siglo.

miércoles, 3 de marzo de 2021

Reseña de Caminaré entre las ratas en el blog El Rompehielos

 La poeta y escritora Ariadna G. García leyó mi novela Caminaré entre las ratas y la comentó en su blog El Rompehielos. Dejo aquí su reseña.

Muchas gracias, Ariadna.




 

«Sostenían los críticos coetáneos de los autores del 98 que UnamunoAzorín o Ganivet no escribían novelas. Desde luego, no las redactaban según los parámetros de la narrativa realista. En sus obras tenían mucho más peso las ideas que la trama. Cristina Morales ganó el premio Herralde en 2018 con un libro, Lectura fácil, cargado de ideología política y carente de argumento, polifónico, donde los personajes se expresan por medio de diálogos, monólogos y debates asamblearios. Se trata de un libro alejado de la poética tradicional del género, y de las propuestas narrativas que se ofrecen en la actualidad. Digo esto para trazar la genealogía la última novela de David Pérez VegaCaminaré entre las ratas. Escrita en primea persona (y en un presente atemporal) por un narrrador protagonista, la obra avanza hilando escenas costumbristas, sin un aparente propósito hasta casi la mitad del libro. No estamos ante una novela de trama, ni de resolución de conflictos entre personajes. El magro de la acción, de hecho, es realmente escaso (al menos, hasta la página 144). Benveniste clasificaba en dos los tipos de enunciaciones: de la historia y del discurso, que sirvieron de inspiración a Werlich para su dicotomía entre el mundo narrado y el mundo comentado. Por lo que respecta al primero, noto que David se demora a menudo en la descripción de escenas intrascendentes y que recurre sin descanso al flashback. En cuanto al segundo, la voz narradora expone a los lectores sus diferentes puntos de vista sobre diversos temas de interés y expresa su opinión sobre los mismos. Esta elección domina buena parte de la novela. En este sentido, la actitud de David es análoga a la de Ganivet, Azorín o Morales. O incluso a la de nuestros escritores de diálogos renacentistas, sobre todo Juan Alfonso de ValdésCaminaré entre las ratas es (al menos, en su segunda parte), una estupenda novela reflexiva de cuño crítico que recoge el ideario de su autor. Así, posee inteligentes disertaciones sobre motivos que están en la agenda informativa: la implantación de nuevas tecnologías en el aula, los recortes en educación y sanidad, el uso de las redes sociales, la corrupción, la inmigración o la lucha de clases. David pisa sobre seguro, profesor de Economía y narrador de amplia trayectoria (en la última década ha publicado tres novelas y un maravilloso libro de relatos, que reseñé AQUÍ), transfiere sus conocimientos al protagonista del libro (aspirante a docente y licenciado en Administración y Dirección de Empresas). Con Caminaré entre las ratas, Pérez Vega recorre una zona distinta del mapa donde también se situan algunos de los relatos de Koundara. Es decir, tiene un mundo propio en el que ahonda. Dicho esto, esos constantes (y a veces reiterativos) flashbacks que comentaba más arriba tienen un efecto colateral: pausan el ritmo del relato y llegan a resultar tediosos. Será a partir de la segunda mitad de la novela cuando el tempo se acelere, debido a un conflicto que dará coherencia a la historia. Vayamos al argumento: Domingo, un teleoperador de 39 años con estudios de ingeniería, ambiciones literarias y licenciado en ADE, lleva una vida monótona y alejada de sus expectativas. Sus días transcurren entre el Facebook, su blog y su prácticas del máster de formación del profesorado. A esa vida relajada (no exenta de infortunios, como la muerte de un amigo) le sucede un contratiempo: un viaje erótico a Canarias, cuyas consecuencias le sumirán en una depresión y aumentarán sus niveles de violencia. A partir de ese instante, se produce un descenso a los infiernos que se traducirá en el incremento del vuelo retórico, la confrontación dialéctica y el uso del sarcasmo, esto es: en una deslumbrante tensión lingüística que hace mucho más atractiva la lectura de los comentarios y recuerdos del protagonista, cargados (ahora) de mordacidad y de lucidez. Caminaré entre las ratas, por tanto, gana –y mucho– en su segunda parte. El libro no deja de ser un aviso para navegantes (para internautas, más bien), así como esboza un retrato generacional de los nacidos en las localidades de la periferia (como Móstoles) en los 70-80, a quienes la crisis del 2008 zarandeó durante un lustro. Sólo por eso, ya merece la pena su lectura.»