lunes, 1 de junio de 2026

Las Bellas Extranjeras, por Mircea Cartarescu

 


Las bellas extranjeras, de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 249 páginas. Primera edición de 2010, esta es de 2025

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

En el verano de 2025 leí la trilogía Cegador (1996-2007) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956). Antes había leído su libro de cuentos Nostalgia (1993) y la gran novela Solenoide (2015). Después de leer y reseñar Cegador, escribí a los editores de Impedimenta, con los que hacía años que no colaboraba, para ver si me podían enviar algún libro más de Cartarescu. Quedamos en que me enviaban Las bellas extranjeras (2010) y El ojo castaño de nuestro amor (2015), para que pudiera comentarlos. Decidí leerlos seguidos y en orden cronológico; así que aquí estoy comentando Las bellas extranjeras y ya comentaré El ojo castaño de nuestro amor, que estoy leyendo cuando escribo esta reseña.

Me resulta curioso ver que el libro consta de dos prólogo, uno inicial de la excelente Marian Ochoa de Eribe, la traductora de toda la obra de Cartarescu al español, y otro del propio Cartarescu. Ochoa nos informará de que los tres textos que componen este libro fueron publicados inicialmente por entregas, pero que, no por ello, se trata de obras menores. Cartarescu nos hablará del sentido del humor con el que compuso estas páginas y de que, aunque en ellas habla de sí mismo, y aparecen personas con sus nombres reales, en realidad no todo lo que aquí aparece reflejado ocurrió exactamente como lo cuenta, sino que la realidad ha sido alterada y exagerada con fines cómicos.

 

La primera de las tres historias se titula Ántrax. Desde la primera frase sabremos que el narrador es el propio autor. Cartarescu recibe una llamada telefónica de una revista cultural. Les ha llegado, a la redacción de la revista, una carta desde Dinamarca para él. Cartarescu se siente desconcertado porque no conoce a nadie en Dinamarca. Estamos en Bucarest, pero desde las primeras páginas, el Bucarest de esta historia parece un tanto diferente al Bucarest extraño y onírico de Nostalgia, Solenoide y Cegador. Así, por ejemplo, en la página dos nos vamos a encontrar con un McDonald´s, que es una presencia prosaica más difícil de imaginar en los otros libros. El Cartarescu de Ántrax va a habitar en este relato en una Bucarest más reconocible, una ciudad que no tiene que ver tanto con el mundo de los sueños, sino con la vulgaridad de lo real. Veremos que no por avenirse a este detalle va a ser menos siniestra, porque nos vamos a encontrar aquí con los mismos rotos y grisuras heredados de la dictadura comunista de Ceaușescu.

Cuando Cartarescu recibe el sobre empezará a sospechar de su grosor, de su contenido… quizás sea ántrax, imagina, que –según nos cuenta– por la época en la que ocurrieron los hechos existía una paranoia sobre los envíos postales con ántrax. Leo en internet que esto ocurrió en 2001, justo después de los atentados del 11 de septiembre.

Aunque el estilo narrativo de este relato es mucho más conciso y realista que el de sus otras obras, permanece aquí el interés biológico de Cartarescu por las bacterias y los microorganismos. La historia del paquete danés se va a convertir en un periplo kafkiano, en el que el autor no encuentra un modo satisfactorio de deshacerse del paquete y acabará teniendo que acudir a una oficina de policía siniestra, que recuerda a algunas de las escenas de El castillo de Kafka. Todo esto está aderezado con un humor –poco habitual en Cartarescu– basado en la exageración y el esperpento. También Cartarescu interpela, de modo coloquial a sus lectores. Así, por ejemplo, en la página 43 leemos: «Aquí querría pedir a los lectores más pusilánimes, más sensibles o bien menos duchos en la terminología del arte moderno que se abstengan de hacer comentarios».

 

Las bellas extranjeras es el segundo relato, que es el más largo del conjunto y podríamos hablar ya más de novela que de relato. Aquí Cartarescu nos va a hablar de un programa literario francés, que se llama precisamente «las Bellas Extranjeras», que selecciona a doce escritores de un país y les organiza una gira de dos semanas por Francia para hablar de su literatura. Cartarescu fue seleccionado, junto con once compatriotas, para realizar esta gira en noviembre de 2004. Los nombres de los escritores son reales, aunque yo solo reconocía el de Ana Blandiana. Cartarescu en esta novela nos va a hablar de algunas de sus peculiaridades como escritor, como que no le gusta dar entrevistas, ni ser reconocido; de hecho, casi no le gusta demasiado tener que salir de casa y hacer recados. De nuevo, esta historia está escrita con humor y en un estilo más realista y directo que el de los otros libros suyos que he leído. Como en el relato anterior, uno de los recursos narrativos será aquí el de interpelar al lector, al que le pide disculpas, por ejemplo, por sus continuas digresiones. Cartarescu nos va a hablar de sí mismo como escritor, pero también de la figura pública y privada del escritor, en general. En algunas de las digresiones más divertidas del libro nos va a hablar de algunos recitales en los que ha estado con poetas que más que poetas, de los que se sientan a escribir versos, eran artistas que sabían cómo actuar ante un público. Cartarescu nos contará también anécdotas sobre los momentos en los que escribió sus libros. Así, por ejemplo, en la página 94 leemos: «Cuando empecé, hace quince años, a pensar en Cegador, me hice también yo un fichero con una caja de zapatos sobre la que escribí el nombre de la novela. Pensaba realizar algunas lecturas y tomar apuntes, tal y como había leído que hacía Thomas Mann. ¿Acaso tengo que deciros que mi pobre caja permaneció totalmente vacía todo el tiempo que tardé en escribir la obra? No solo me ha dado siempre pereza leer con otra finalidad que no sea la lectura en sí misma, sino que ni siquiera, mientras escribí el libro, abrí un diccionario ni consulté otra fuente de información».

Aunque, como ya he dicho, el estilo es totalmente diferente al de otras obras, siguen aquí presentes algunas de sus obsesiones, como la presencia de las mariposas: «Y es que París entero es una especie de lata. Es como un gigantesco vientre de mariposa hembra que expande sus feromonas por el mundo entero».

También se muestra autoirónico con su propia escritura: «Tengo que acabar con estas “elucubraciones”, como denominan los críticos a mis páginas que no están a la altura de sus expectativas» (pág. 97). También nos hablará del mundillo literario rumano, cuya forma de actuar puede servir para cualquier país: «En el mundo literario se perdona casi todo, la falta de talento, la vileza, la hipocresía, la cobardía. Se consideran pecados humanos y son contemplados con tolerancia. Lo que no se perdona jamás, a ningún precio, es el éxito» (pág. 100), «Si oyes solo cosas buenas acerca de un escritor, si ves que todos lo quieren como a un hermano, puedes estar seguro de que nadie lo teme, de que todos le estrechan la mano para ser generosos con él pues, en cualquier caso, no representa un peligro. Los compañeros de profesión no se permiten nunca alabar a los que son mejores que ellos ni tampoco siquiera a los iguales.» (pág. 111).

El estilo sigue siendo autoirónico: «Pero, como se decía en las antiguas novelas, no adelantemos acontecimientos» (pág. 135).

También, dentro de esta mirada irónica, nos vamos a encontrar con algunas otras páginas más emocionales, como aquellas en las que Cartarescu recuerda sus comienzos: «Nos tocó vivir el sueño artístico entre bloques de hormigón, entre gente enloquecida por el hambre y el frío, en un mundo que no nos quería y que no sabía qué hacer con nuestros pobres poemas». (pág. 131)

También se contará alguna historia bastante divertida sobre la traducción de los primeros libros de Cartarescu al francés. Y alguna otra historia sobre algún momento del viaje por Francia en el que se va a sentir humillado y su reacción a ello.

 

El tercer relato, de una extensión similar al primero (unas 40 páginas), se titula El viaje del hambre, y guarda bastante relación con el anterior. De hecho, podría haber sido una digresión de Las Bellas Extranjeras, pero al ser demasiado larga se convirtió en un relato independiente. El viaje del hambre, igual que Las Bellas Extranjeras, habla de un viaje, en este caso a una ciudad provinciana de Rumanía, y no a París. Cartarescu nos va a hablar aquí de su primera invitación a hablar de sus libros en público, por parte de un grupo de escritores locales. Me ha gustado este cierre, porque lo que Cartarescu nos viene a decir es que no hay muchas diferencias entre lo que le ocurrió en aquella ciudad de Rumanía, cuando era joven y desconocido, y lo que le va a ocurrir en París, cuando ya es un autor consagrado. En realidad, este último relato es todo un jarro de agua fría sobre la vocación literaria y toda una lección de humildad. En este relato hay una escena onírica, que, en cierto modo, guarda relación con ese resto de su obra más fantástica, de la que ya he hablado.

 

Hace un año un amigo del colegio en el que trabajo me habló de este libro de Cartarescu, Las Bellas Extranjeras. Era el primer libro del autor que leía y le gustó bastante, se rio con él. Sé ahora –que aún no ha vuelto con el autor– que mi amigo tiene una idea sobre qué clase de escritor es Cartarescu no del todo real, porque no se ha encontrado con la mirada sombría de Cartarescu, su obsesión por los sueños, el pasado, los insectos…, sino con un Cartarescu más chistoso, rápido al narrar y divertido. A mí, que sí conocía, su otra obra, la más celebrada, me ha gustado mucho acercarme a este otro Cartarescu. Como decía Ochoa de Eribe, no me parece un Cartarescu menor.

domingo, 17 de mayo de 2026

Sí hay tal lugar, por Federico Guzmán Rubio

 


Sí hay tal lugar, de Federico Guzmán Rubio

Editorial Taurus. 171 páginas. 1ª edición de 2025.

 

Ya he contado, más de una vez, que Federico Guzmán Rubio (Ciudad de México, 1977) es mi amigo. Le conocí cuando estuvo viviendo en Madrid y hacía un doctorado sobre literatura de viajes. Por aquellos días, hace ya más de una década, leí su libro de relatos Los andantes (2010) y la novela Será mañana (2012), publicados por la editorial Lengua de Trapo. Después de su etapa madrileña, volvió a México y comenzó a trabajar en el entorno universitario como profesor de Lengua y Literatura. En México publicó un libro de crónicas titulado El miembro fantasma, que quise leer, pero al final se complicó conseguir el libro desde México, porque apareció en una editorial muy pequeña, y el segundo libro de crónicas de Federico es este que comento ahora, titulado Sí hay tal lugar (2025) y que ha publicado la editorial Taurus.

El subtítulo de este libro de crónicas es Viaje a las ruinas de las utopías latinoamericanas, y describe con bastante precisión el texto con el que se va a encontrar el lector en estas páginas. Guzmán Rubio ha viajado a siete lugares de Latinoamérica en los que, en algún momento del pasado, se trató de crear una sociedad utópica, a veces entendido este término de muy diversas maneras. El libro está precedido de un prólogo, escrito por el propio autor, en el que nos va a explicar sus intenciones narrativas. En este prólogo podemos leer: «Para que exista una utopía necesita haber un lugar, imaginario en el sentido más estricto del término, o real, en el más inquietante. Se sabe: Tomás Moro inventó la palabra al crear su utopía, y Quevedo, quien la hizo traducir al español y la prologó, tradujo el término como “no hay tal lugar”». (pág. 14)

 

Las primeras tres crónicas están entrelazadas porque se corresponden con un mismo viaje a Sudamérica. La primera se titula Fordlandia o la utopía industrial (1928) y en ella nos adentraremos en el corazón de Brasil para llegar hasta las ruinas de una ciudad creada por Henry Ford, el industrial estadounidense. Allí, en pleno Amazonas, Ford quiso asegurarse un suministro regular de caucho para llantas de coche y no depender de los mercados internacionales, controlados por Gran Bretaña. Ford, en medio de la selva, soñó con un pueblo de casitas bajas al estilo de los pueblos estadounidenses. En su «utopía industrial», como la llama Guzmán Rubio, Ford prohibió que los trabajadores de sus fábricas pudieran beber y dedicarse a otros vicios. Esto propició que en una isla cercana se fundara un pueblo paralelo con cantinas y demás. Guzmán Rubio va entrelazando los conocimientos previos que tiene del lugar que visita –gracias a los libros o las consultas a internet– con lo se encuentra ante sus ojos. «Yo estoy aquí para creerme todo lo que me digan», escribe Guzmán en la página 29, con ironía, ante las palabras de un guardia que custodia una de las grandes naves vacías de lo que antes fue una fábrica de Fordlandia.

El estilo de Guzmán, igual que ocurría en su obra narrativa, es irónico y rico en la búsqueda de las aparentes contradicciones de la realidad. Así leemos, por ejemplo, en la página 30: «Aquí la decadencia está cuidadosamente desparramada y el desorden es tan impecable que parece organizado, casi una composición.» (pág. 30) o en la página 29: «Lo que funciona no se necesita y lo que se necesita no funciona».

Una de las tónicas de estas crónicas es que Guzmán acompañará sus comentarios con referencias literarias (Guzmán Rubio es uno de los más grandes lectores de literatura latinoamericana que he conocido), y en este caso citará, por ejemplo, a José Eustasio Rivera, en cuya novela La vorágine habla de la explotación del caucho en la selva, o también a Euclides de Cunha. Guzmán nos contará, además, la historia sobre cómo las semillas del caucho fueron robadas por los británicos para plantarlo en Asia. Imagino que, al igual que yo, Guzmán lo leyó en Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. De un modo irónico, de nuevo, Guzmán va sembrado sus crónicas con dudas sobre su trabajo. Así en la página 31, por ejemplo, leemos: «Bajo a ver si averiguo algo, pues a esta crónica en la que no pasa nada –las cosas aquí sucedieron hace cien años– le vendría de maravilla el que descubriera una mina de oro o de diamantes.»

Guzmán, para finalizar su crónica realiza algún juego literario más, ya que empezó su narración con su llegada a Fordlandia y en las últimas páginas retrocederá en el tiempo para narrarnos cómo fue el viaje en barco que le permitió llegar hasta allí.

 

La segunda crónica se titula Colonia Cecilia o la utopía anarquista (1890) y, como ya anuncié, es, en gran medida, una continuación de la anterior, porque obedece al mismo viaje al interior de Sudamérica. En esta ocasión, Guzmán se acerca a los restos de la Colonia Cecilia, en el sur de Brasil, donde un idealista italiano quiso fundar un pueblo anarquista en el que pudiera desarrollarse el amor libre. La colonia aguantó cuatro años de un modo autosuficiente, y Guzmán bromea con su idea de amor libre que, para los cánones actuales, acabó siendo bastante conservadora. De Colonia Cecilia no queda nada en pie, salvo una estatua que constituye un memorial, lo que hace que Guzmán nos diga que más que viajar a un país lo hace a una idea. Nos contará la historia de la colonia, leía en libros o en internet, y la mezclará con el presente; donde un taxista de un pueblo cercano le lleva al memorial, mientras no deja de hacer loas a Jair Bolsonaro, lo que acabará incomodando a nuestro cronista.

 

De la amable crónica sobre Colonia Cecilia pasamos a Nueva Germania o la utopía racista (1886), donde se nos hablará de un pueblo en Paraguay fundado por arios racistas que no querían mezclarse con nadie más. La verdad es que Nueva Germania contiene una historia tan curiosa como escalofriante; porque su fundador, Bernhard Förster, fue uno de los precursores del nacismo y su mujer era Elizabeth Nietzsche, que no es otra que la hermana de Friedrich Nietzsche, que acabó renegando de ella. «Cómo me gustaría afirmar que viajo para concluir, o mejor todavía, para rectificar, pero es mentira: viajo para divagar», nos dirá Guzmán en la página 85. Como esta obra es eminentemente literaria, en esta misma página podemos encontrar citados a Martín Caparrós y a Hebe Uhart con, lo que más me ha gustado, una cita escondida más, ya que podemos leer: «Cómo me gustaría afirmar que viajo para dar un fusilado que vive», que parafrasea el comienzo de Operación masacre, la gran obra de no ficción de Rodolfo Walsh.

 

La cuarta crónica es Pátzcuaro o la utopía cristiana (1539) y aquí ya Guzmán ha dejado atrás el viaje anterior y se mueve por México, su país. Nos hablará del sacerdote Vasco de Quiroga, que fundó un pueblo a la orilla de un lago en el que –durante el contexto de la conquista– los indígenas americanos pudieran vivir en paz con los españoles, y se tratará de evitar la explotación de los segundos sobre los primeros. En el pueblo, Guzmán podrá contemplar una procesión religiosa que, en principio, le recuerda al mundo de Juan Rulfo, para acabar concluyendo –lo que me ha parecido honesto y bonito– que él no tenía derecho a contemplar aquello y a reducirlo a sus paralelismos literarios, «Me avergüenzo de mí mismo, con mis evidentes referencias literarias, porque esa gente no está sacada de ningún libro; no son personajes de nada, no simbolizan nada.» (pág. 105)

 

En Argirópolis o la utopía republicana (1850), Guzmán visitará un lugar que «nunca existió más que como estrategia política, berrinche o golpe de ingenio». Argirópolis es, en realidad, una obra política escrita por Domingo Faustino Sarmiento, que también escribió Facundo. Guzmán se adentrará en la isla Martín García, donde empieza el Río de la Plata y que fue el lugar en el que Sarmiento pensó que podría ubicarse su Argirópolisis, el lugar que podría representar la unión de Argentina, Uruguay y Paraguay. Sin embargo, Martín García se acabó convirtiendo en una prisión de líderes políticos derrocados, como Juan Domingo Perón.

 

Solentiname o la utopía revolucionaria (1965) se acaba convirtiendo una de mis crónicas favoritas de este libro. De hecho, me ha ganado desde las primeras líneas, cuando Guzmán nos cuentas que la primera vez que escuchó hablar de Solentiname fue gracias a la letra de una canción de Mano Negra. Lo mismo me ocurrió a mí. Esta crónica, en gran medida, habla del poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, que aunque Guzmán confiesa que no es un poeta de su máximo agrado, a mí sí me gusta bastante. En esta crónica, Guzmán mete más reflexiones personales que en otras, y se acaba convirtiendo en un pequeño tratado de lo que él piensa que debe ser una crónica. Una idea interesante es que considera que la propia idea de ir a hacer una crónica sobre un viaje ya modifica el propio viaje y, por tanto, el sentido real de la crónica.

Me ha gustado también que en esta crónica, en la que hablaba de la revolución sandinista y sobre su traición a manos de Daniel Ortega, Guzmán ha vertido algunas ideas sobre las revoluciones que ya le leí en su novela Será mañana, en la que se habla de la idea de revolución siempre en movimiento.

 

Santa Fe o la utopía neoliberal (1982) cierra el libro y me gusta que aquí Guzmán acaba también cambiando el tono de su libro. La crónica se vuelve más relato personal para hablarnos de un nuevo barrio de Ciudad de México en el que se instalaron las empresas para, de un modo irónico, tratar de construir una «utopía neoliberal». En este lugar, le tocó trabajar a Guzmán de joven en una editorial y el libro se vuelve más intimista al hablarnos de estos recuerdos laborales, unidos a recuerdos familiares, en los que destaca la muerte del padre a los veintidós años.

He estado hablando con Federico y me ha comentado que quiere escribir una novela de autoficción sobre la época que refleja esta última crónica. Ojalá fructifique ese proyecto y podamos leer esa novela.

 

En general, Sí hay tal lugar me ha parecido un libro original, que me ha hecho viajar a rincones totalmente desconocidos de Latinoamérica. Como ya conocía por su narrativa, la prosa de Guzmán Rubio es siempre ágil, elegante e ingeniosa. Esos viajes, entre referencias literarias, acaban siendo, como él mismo decía, una gran excusa para divagar sobre el mundo y la experiencia humana. Un pequeño gran libro.

domingo, 10 de mayo de 2026

Caía una lluvia intensa, por Don Carpenter


Caía una lluvia intensa
, de Don Carpenter

Editorial Trotalibros. 375 páginas. 1ª edición de 1966, esta es de 2024

Traducción de Miguel Temprano García. Posfacio de Clifford Lee Sargent y comentario final de Jan Arimany.

 

Recuerdo que, cuando en 2012, la editorial Duomo publicó Caía una lluvia intensa (entonces con el título Dura la lluvia que cae y traducción de Ramón de España) de Don Carpenter (Berkeley, 1931 – Mill Valley, California. 1995) aparecieron bastantes reseñas positivas y me apeteció leer ese libro; sin embargo, al final lo dejé pasar. Sin embargo, en el verano de 2024 conversando con Jan Arimany –el editor de Trotalibros– me comentó que iba a publicar un libro que me iba a gustar a mí (pensaba Jan), que me gustan las historias duras de gente como Cormac McCarthy o Charles Bukowski. Se refería a Caía una lluvia intensa (en la traducción de Miguel Temprano García) que publicó él en el otoño de 2024. Cuando en la Feria del Libro de Madrid fui a visitar la caseta de Jan, este fue uno de los libros que compré de su editorial. Lo he leído a finales de 2025.

 

Caía una lluvia intensa se publicó en 1966 y fue la primera novela de Don Carpenter. Se publicó cuando este tenía treinta y cinco años. Tuvo una buena acogida crítica, pero no tuvo mucho éxito comercial en su momento, y más tarde quedó olvidada, igual que la obra posterior de Carpenter, que se dedicó a escribir guiones de cine para Hollywood y se suicidó en 1995, aquejado de varias enfermedades graves. En 2009, la editorial New York Review Books rescató la novela con un prólogo entusiasta del escritor de novela negra George Pelecanos (que estaba en la edición de Duomo, pero no en la de Trotalibros). Esta editorial fue la que también relanzó la novela Stoner de John Williams, que se publicó en 1965 y fue rescatada por ellos en 2006. A partir de su rescate, Caía una lluvia intensa ha recibido elogios de escritores tan significativos como Jonathan Lethem, Chris Offutt o Richard Price.

 

Caía una lluvia intensa comienza con un prólogo, que sitúa la acción narrativa entre 1929 y 1936, y en unas cuantas páginas se nos habla de los padres del protagonista, Jack Levitt. Dos jóvenes conducen a toda velocidad por un pueblo de Oregón, con una moto robada en California. Su imprudencia provocará la muerte de un hombre, ya en la primera página. El chico ocupará su puesto de vaquero en un rancho y la chica, huida de su casa, pasará a vivir con los indios. El hijo de ambos será entregado a un orfanato. El padre morirá en un accidente a los veintiséis años y la madre se suicidará a las veinticuatro. Todo esto está contado en apenas seis páginas; una pequeña historia de violencia y destino muy propia del gótico sureño estadounidense. En estas seis páginas creo ver también el espíritu de Cormac McCarthy. En la página 20, leemos: «La cara de Harmon quedó desfigurada; perdidos todos los dientes del lado izquierdo y una cicatriz le corría debajo del ojo izquierdo a través del labio hasta la barbilla; tenía el rostro hundido y los ojos azules habían perdido su brillo, desde entonces hasta que murió tuvo un aspecto muy normal.» Fue sobre todo en este párrafo, donde sentí a McCarthy, porque además de la violencia y el fatalismo, el narrador adelantaba información relevante sobre los personajes, como ese dato acerca de que iba a morir. Este recurso también lo usa McCarthy en En la frontera (1994). McCarthy empezó a publicar en 1965, y no he encontrado nada en internet que señale que hubiera leído a Carpenter. En cualquier caso, estas son las coordenadas lectoras con las que me adentro en la primera parte de la novela –titulada Delincuentes juveniles– que nos lleva hasta el Portland de 1947. Carpenter es de la zona de la bahía de San Francisco, pero conoce Portland (en Oregón) porque estudió en su universidad, como he leído en la nota biográfica que abre el libro. Así que cuando describe las calles y los locales de billar del centro de Portland, lo he leído pensando que me estaba hablando de un lugar muy real. Jack, nacido en 1930, tiene diecisiete años en 1947 y se ha escapado del orfanato en el que ha pasado su infancia. Se relaciona con una gran banda de jóvenes rebeldes y medio delincuentes que se mueven por el centro de Portland, y que suelen frecuentar, como zona de encuentro, los billares. En una de estas salas de billar, conocerá a Billy Lancing, de dieciséis años, escapado de su casa en Seattle y que ha llegado a Portland para probar suerte apostando al billar con los jugadores locales. Billy tiene talento para este juego. La película El buscavidas (The hustler en inglés) de Robert Rossen se estrenó en 1961 y diría que fue una influencia para Carpenter a la hora de escribir su novela. De hecho, en la página 245 Billy Lancing, hablándole a Jack de lo que siente al jugar al billar dice «Vas hasta la mesa, consideras el tiro, miras la disposición de las bolas y ya tienes la sensación de que están todas conectadas, y de que tú estás conectado a ellas, y de que tu taco forma parte del brazo.» Esa idea de que el taco forma parte del brazo, con unas palabras muy similares, también se la dice Eddie Relámpago a Sarah Packard, en una escena memorable de la película, mientras Eddie tiene las dos manos escayoladas porque unos tipos que se sintieron estafados por su talento le rompieron los pulgares. Imagino que Carpenter quiso hacer un homenaje en su novela a la película (o al libro de Walter Travis en que se basa la película). En cualquier caso, el conocimiento que muestra el narrador de Caía una lluvia intensa sobre los diversos juegos de billar es profundo y consigue hacer muy creíble el ambiente de las salas de billar y de los jugadores que apuestan hasta desplumar al otro o hasta quedarse sin nada.

 

Caía una lluvia intensa es una novela fatalista desde la primera línea, desde que al lector le es mostraba en primera instancia la muerte vana de los padres del protagonista, que llega al mundo sin referentes. En algún momento, Jack envidiará el talento que tiene Billy para el billar y desearía tener uno similar. El más parecido que tiene es su capacidad para pelear y ser el tipo más duro. Esto, en algún momento de la novela, hará que pueda, de forma esporádica, ganarse la vida como boxeador, pero al final cuando iba perdiendo, Jack dejaba el boxeo de lado y volvía a la pelea callejera; además de que su piel se rompía demasiado pronto y sangraba demasiado para el boxeo profesional. En más de una ocasión he llegado a pensar que Caía una lluvia intensa llegaba a ser una novela naturalista, al estilo de las de Émile Zola, pero, aunque Carpenter, sí muestra a personajes jóvenes que va a acabar cayendo en la delincuencia debido a condicionantes sociales, les acaba dando más espacio para el libre albedrio, la reflexión y la evolución personal. Así que al final, en realidad, Caía una lluvia intensa es una novela de iniciación, una dura novela de iniciación, en cualquier caso.

 

En más de una reseña, se habla de esta novela como perteneciente al género «novela carcelaria» y, sí, claro, Caía una lluvia intensa es una novela carcelaria, pero no solo es, como ya apuntado, eso, puesto que tiene muchas más capas para mostrarnos diversas realidades norteamericanas. También podemos hablar de Caía una lluvia intensa como de «novela gay», pues se va a hablar de una relación homosexual en la cárcel. En alguna web he leído que, quizás, la idea de que se trataba solo de una novela gay carcelaria hizo que el libro no llegara a todo el público que podía haber llegado. Caía una lluvia intensa también habla de los derechos civiles y el racismo, puesto que Billy, a pesar de que menos de un octavo de su sangre es negra, se identifica como tal, sobre todo porque la sociedad en la que vive le encasilla en esa categoría, que, en la época, acababa siendo una categoría social. El racismo estadounidense de los 60 se nos va a mostrar aquí sin tapujos. Caía una lluvia intensa también es una novela social, porque el tema de las clases sociales, la riqueza y la pobreza, está muy presente. De hecho, en algunos momentos he llegado a pensar en autores como Francis Scott Fitzgerald, Jack London o Charles Bukowski y sus historias en las que los personajes luchan por la vida y pasan de ser pobres a ricos y luego vuelven a ser pobres.

Lo que, desde luego, sí que posee Caía una lluvia intensa a raudales es tensión narrativa. El lector, de forma continua, siente que está acompañando a los personajes a un abismo cada vez más profundo, y siente que cada uno de sus pasos los va adentrando más en un lugar más oscuro y sufre con ellos. «Cuando pierdes, pierdes para siempre, y cuando ganas, solo dura un segundo o dos», aprenderá Billy y nosotros con él.

 

Caía una lluvia intensa me ha parecido una gran novela, dura y conmovedora, perfectamente inserta en la gran tradición novelística norteamericana. Me ha gustado mucho. Diría que es el tipo de narrativa anglosajona que publica la editorial Sajalín, de la que solo he leído dos libros del japonés Osamu Dazai (Indigno de ser humano y El declive), y de la que debería leer a otros autores, narradores de los bajos fondos, como Edward Bunker, David Goodis o Chris Offutt.

domingo, 3 de mayo de 2026

Cuentos completos, por Alfredo Bryce Echenique


Cuentos completos
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Alfaguara. 479 páginas. 1ª edición de 1995

Prólogo de Julio Ortega

 

Ya he comentado más de una vez que Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos; del que destaco obras como Un mundo para Julius (1970), No me esperen en abril (1995) o Reo de nocturnidad (1997). Hace más de diez años, hablando en Madrid con el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, este me recomendó encarecidamente Cuentos completos de Bryce Echenique. Tenía localizado el libro en la biblioteca Elena Fortún de Madrid, pero al final decidí comprarlo de segunda mano, gracias a Iberlibro. Estos Cuentos completos se publicaron en 1995 y, desde entonces, Bryce Echenique ha publicado dos colecciones más de relatos, Guía triste de París (1999) y La esposa del rey de las curvas (2009).

 

Cuentos completos contiene los siguientes libros: Huerto cerrado (1968), La felicidad ja ja (1974) y Magdalena peruana y otros cuentos (1986), además de algunos cuentos sueltos más, que no sé si al final se integrarían en Guía triste de París o La esposa del rey de las curvas.

 

Huerto cerrado fue el primer libro que publicó Bryce Echenique, en 1968, antes de los treinta años. Contiene doce cuentos. El primero se titula Dos indios y sitúa su acción en París. En este cuento, de una docena de páginas, podemos encontrarnos ya con algunas de las claves de la obra de Bryce Echenique: el cuento nos lleva a París, donde va a situar más de una de sus historias, y trata sobre la nostalgia y los amores del pasado; contado desde un punto de vista humorístico, pero no de un humorismo hiriente o sarcástico, sino de un humor tierno y exagerado. Los dos personajes que se encuentran en París, acabarán rememorando su vida en Lima, mientras comparten tragos de alcohol, detalle este que acabará siendo otro de los rasgos compositivos de las obras de Bryce Echenique.

 

El segundo cuento se titula Con Jimmy, en Paracas y es uno de los mejores cuentos del libro, un cuento sobre el paso de la infancia a la madurez, la caída del mito del padre, las clases sociales y el racismo. La primera frase, marcando el ambiente de amenaza sobre el padre me parece memorable: «Lo estoy viendo realmente: es como si lo estuviera viendo; allí está sentado, en el amplio comedor veraniego, de espaldas a ese mar donde había rayas, tal vez tiburones». (pag. 31). En estas primeras narraciones de Huerto cerrado me parece ver la influencia de los cuentos de La palabra del mundo, del también peruano Julio Ramón Ribeyro, sobre todo al tratar estos temas de los que hablaba anteriormente, de las clases sociales y el racismo en la sociedad peruana.

 

Después de unos pocos cuentos, me doy cuenta de que el protagonista de todos ellos se llama Manolo y ya veo que, en realidad, son cuentos entrelazados y que hablan de la misma persona; principalmente de un adolescente, de clase media alta, que está dejando de ser un niño y se está internando en la vida adulta. Los cuentos reflejan diversos momentos de su vida, como el humillante momento en el que, a los trece años, los niños de la clase del colegio van a hacer una excursión en bicicleta a una localidad cercana y él se queda atrás y el profesor le pide que se vuelva a su casa, tema de El camino es así. En el cuarto cuento, ya han pasado unos años, y Manolo le venderá esa bicicleta del relato anterior a un jardinero con el que, de más niño jugaba al fútbol, y del que las diferencias sociales han acabado separando.

Así que el primer cuento de este primer libro, Dos indios, nos presentaba a un Manolo ya adulto, recordando en París algún episodio de su infancia y juventud. A partir de él, los cuentos nos conducen a diversos momentos de la vida de Manolo –en los que el lector entrevé a una especie de alter ego del autor– en orden cronológico; así llegaremos hasta las primeras novias o las primeras visitas al burdel con los amigos, rito de iniciación de la época mostrada. En un cuento como Una mano en las cuerdas aparece ya el Country Club, que será uno de los escenarios esenciales de la primera novela de Bryce Echenique, Un mundo para Julius (1970). Una mano en las cuerdas me ha parecido otro de los mejores cuentos de este primer libro, porque en él usa el recurso de intercalar la primera persona –a través de un diario personal– y la tercera.

En Un amigo de cuarenta y cuatro años, Bryce hace el retrato de un profesor de inglés del colegio de Manolo, y su cierre me ha parecido también bastante conseguido. Algunos cuentos, como este, empiezan con descripciones de calles y barrios de la antigua Lima, y de este modo la ciudad –pero más la ciudad de los recuerdos, que la ciudad real– se acaba convirtiendo en un personaje más del libro. Crece y cambia Manolo, crece y cambia también Lima, parece decirnos Bryce Echenique.

 

Los tres últimos cuentos de Huerto Cerrado, La madre, el hijo y el pintor, El hombre, el cinema y el tranvía y Extraña diversión son más cortos que los anteriores y me han parecido narraciones más apresuradas y de inferior calidad a las ya leídas. Lo que no ha enturbiado la buena impresión que he sacado de este primer libro de Alfredo Bryce Echenique, que imagino que, en su momento, fue celebrado como lo que era: el talentoso debut de una nueva voz latinoamericana en el fantástico contexto del boom.

 

El siguiente libro, La felicidad ja ja (1974) reúne ocho cuentos. El primero es Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, y ya desde el título se percibe un cambio de rumbo respecto a las piezas del libro anterior. En Huerto cerrado, como ya he dicho, creo que Bryce Echenique sigue la estela de narradores clásicos como Ribeyro, que a su vez diría que había leído a los escritores de relatos estadounidenses como Ernest Hemingway, y usa un estilo preciso y realista. En La felicidad ja ja, Bryce Echenique está ya buscando una voz más personal, que va a tener que ver, en gran medida, con la oralidad del lenguaje. Así, en el primer cuento, en Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, se recrea un monólogo, en el que uno de los personajes le habla a otro. Es un cuento sobre las aspiraciones y las diferencias económicas que se crean en la vida adulta entre amigos de la juventud; sobre todo porque el narrador fue un niño rico que acabó perdiendo su fortuna, y además acabó  convirtiéndose en una persona más empática y sensible que su amigo. «Pero, claro, tú siempre has tenido razón. Lo cual no impide que seas una mierda, gordo, una mierda que acierta en las apuestas de la vida.» (pág. 149) Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín me ha parecido un gran comienzo para este segundo libro.

El segundo cuento, Florence y Nós três, sobre un profesor de español en París –tras el que se ve al propio autor– que nos habla de una alumna alocada y enferma de su clase es melancólico y hermoso.

Pepi Monkey y la educación de su hermana sobre unos niños que son educados por una casa rica decadente de Lima me ha parecido que bajaba ya algo el nivel.

De este segundo libro, mis cuentos favoritos acaban siendo los más largos: Baby Schiaffino y Muerte de Sevilla en Madrid. Baby Schiaffino trata sobre la idealización del amor por parte de un joven que se enamora de una chica que lo ve como un amigo. El humor tierno y algo absurdo de Bryce Echenique se manifiesta con elegancia en este cuento. Muerte de Sevilla en Madrid es el único cuento de este libro que había leído previamente. Lo leí en una edición de Alianza 100, uno de esos libritos que lanzó la editorial Alianza en los años 90 y que costaban cien pesetas (0,60 €). En este cuento, un pobre hombre peruano gana un concurso para viajar a España y este será el comienzo de sus problemas finales. Aquí, como también será habitual en la obra de Bryce, se hace uso del humor escatológico; un elemento clave en la composición de su novela La vida exagerada de Martín Romaña.

 

Hasta aquí, habiendo leído los dos primeros libros de cuentos, aunque no todos tienen el mismo nivel, tengo la sensación de que estos Cuentos completos de Bryce Echenique es un gran libro; sin embargo, de forma inesperada, sufro una decepción con el tercer libro, Magdalena peruana y otros cuentos, formado por doce piezas. El primer cuento, Anorexia y tijerita, sobre un exministro con una chica anoréxica, protagonizado por un personaje desagradable, no está mal.

Creo que voy a describir, de un modo general, qué me ocurre con estos cuentos: Bryce Echenique usa aquí también un tono oral, y normalmente leemos el discurso interior de un personaje que suele tener a otro de interlocutor, aunque esto solo ocurra en su cabeza. El narrador suele ser un hombre maduro de éxito –un pintor, por ejemplo– que habla a una jovencita con la que tiene una relación, y en este discurso oral, el narrador empieza a hablar de personajes del pasado, que el lector, al principio, no sabe quiénes son, y al final descubrirá que, normalmente, son compañeros de juergas del pasado del narrador y cuenta sobre ellos algunas anécdotas exageradas, sobre todo relacionadas con el abuso de bebidas alcohólicas, que acaban por no tener demasiada gracia. Así que al final el lector se encuentra leyendo un relato que parece bastante deslavazado sobre personajes por los que no ha conseguido interesarse.

De este tercer libro, me ha interesado sobre todo un cuento titulado El breve retorno de Florence este otoño porque Bryce Echenique plantea en él una segunda parte del cuento Florence y Nós três de La felicidad ja ja, pero creo que el estilo exagerado y el humor absurdo acaban arruinándolo.

 

El libro termina con cuatro cuentos que en 1995, año de la publicación de estos Cuentos completos, no estaban incluidos en ningún libro, y aquí Bryce Echenique deja un tanto de lado el estilo del último libro, con un exceso de oralidad y un discurso interior demasiado disperso y vuelve a un estilo más clásico.

Al finalizar Huerto cerrado, me sentí tan entusiasmado por este primer libro de cuentos de Bryce Echenique que entré en Iberlibro y compré una edición de segunda mano de Guía triste de París, que sería su siguiente libro. Ha sido una pena que mi entusiasmo haya bajando con los cuentos de Magdalena peruana y otros cuentos, pero espero que la obra cuentística de Bryce Echenique remonte con Guía triste de París.

domingo, 19 de abril de 2026

Una mujer a quien amar, por Theodor Kallifatides


Una mujer a quien amar
, de Theodor Kallifatides

Editorial Galaxia Gutenberg. 155 páginas. 1ª edición de 2003; esta es de 2025.

Traducción de Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide

 

Ya he contado que, en noviembre de 2025, fui a escuchar a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) en una charla organizada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid con Lídia Jorge. Compré tres libros de Kallifatides, Madres e hijas (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003), publicados en España por la editorial Galaxia Gutenberg. De forma errónea, consideré que Una mujer a quien amar era su último libro escrito y la dejé para la última de las tres lecturas. En realidad, Una mujer a quien amar es anterior a los otros dos libros, y es simplemente la última de sus obras que la editorial Galaxia Gutenberg ha publicado en España, esta vez con la traducción de Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide, que traducen del sueco, idioma en el que, de forma habitual, Kallifatides ha desarrollado su obra narrativa hasta que en Otra vida por vivir decidió cambiar a su griego natal, y se tradujo al español por Selma Ancira.

 

El hilo conductor principal de Una mujer a quien amar es recordar y homenajear a Olga, una amiga de Kallifatides que acaba de morir. En esta novela, nuestro narrador va a cumplir sesenta y tres años y Olga acaba de morir a los cincuenta y uno. La primera escena del libro nos muestra su funeral. «Olga era un tercio griega, un tercio rusa y un tercio sueca. Su madre era rusa; su padre, griego, y ella nació en Suecia. Amaba Grecia con pasión y soñaba con terminar sus días allí. Pero también amaba Suecia con pasión y vivió sus días aquí. Rusia no ocupaba un lugar muy importante en su vida más allá de que idolatraba a Dostoyevski y Chéjov.» (pág. 8)

Kallifatides, en estas tres novelas que he leído, habla de sí mismo y, por tanto, al leerlas seguidas he tenido la sensación de estar leyendo distintos capítulos de la misma novela, porque el narrador es siempre el mismo y también lo son su mirada y su enfoque sobre lo narrado. En esta ocasión, Kallifatides nos va a hablar de sus primeros años en Suecia, después de haber emigrado allí desde su Grecia natal. Así sabremos que al llegar al país empezó a vivir en una habitación de seis metros cuadrados y a trabajar en una pastelería. También nos hablará de la época en la que, recién acabada su carrera de Filosofía, empezará a trabajar en un internado, hablando en sueco e inglés, idiomas que por entonces no acababa de dominar.

 

Desde el día del entierro de Olga, Kallifatides va a retroceder en el tiempo, sobre todo a dos líneas temporales: en primer lugar, a los meses previos a la muerte y la evolución de la enfermedad de la amiga y, en segundo lugar, a una época más remota en la que conoció a Olga, cuando ella tenía unos diecinueve años y él treinta. Acabaremos sabiendo que llegaron a acostarse juntos, pero aquella fue una relación sentimental breve que no fructificó, principalmente porque ella acababa de salir hacía poco de una mala experiencia de pareja y la relación se convirtió en una amistad que perduró hasta el momento de la muerte de ella. «Cómo acabamos en su estudio, cómo continuamos hasta la cama, cómo fue acostarnos, lo había olvidado. Solo recordaba su cuerpo esbelto, desnudo sobre la colcha negra, pero lo recordaba más como un cuadro que como una experiencia.» (pág. 31). Olga va a ser una de las personas con las que va a poder hablar en griego en Suecia y, por tanto, conseguir retener su esencia más íntima en el país extranjero.

 

También nos hablará de la época en la que conocerá a la que luego será su mujer; una sueca de tendencia política liberal, cuando él era un «comunista convencido».

 

Kallifatides nos vuelve a hablar de Farosund, el pueblo en una isla en el que su mujer y él compraron una casa. En la página 85, leemos un hermoso párrafo sobre esto: «Por primera vez escogí Farosund en lugar de Atenas. No me di cuenta inmediatamente de lo que significaba aquello. Solo después de una semana aproximadamente caí en la cuenta de que había dado un paso más en mi acercamiento a Suecia. Ya tenía incluso un refugio aquí. Un lugar en el que la soledad era apacible y el silencio, suave. Allí podía sentarme a hombros del mundo y mecer los pies sobre la playa de la vida, los valles del amor y los barrancos del odio».

 

Una mujer a quien amar habla más de Suecia, que las otras dos novelas que he leído de Kallifatides, aunque en una escena se describe un encuentro familiar en Grecia, la primera vez en la que la familia de él conoce a la madre de Kallifatides en Atenas, cuando la madre tenía ochenta y seis años. Es un dato que me ha resultado algo extraño. Como ya ocurría en Madres e hijos se vuelve a hablar de las relaciones familiares, y de nuevo aparece el personaje de la madre y el hermano que quería inventar una máquina para dar bofetada cuando uno dijera una tontería. En un libro se narra una historia, en otro se recuerda o se vuelve a narrar desde otra perspectiva. Son historias que se solapan y nos hablan de la capacidad humana para evocar distintos recuerdos o realidades dándolos nuevos significados. Es verdad que después de leer tres libros seguidos del autor, como he hecho yo, se puede tener una cierta sensación de repetición, o de estar leyendo –como ya he apuntado– la misma novela, pero, en cualquier caso, sería una larga novela con más de una repetición; algo que no acaba de tener una relevancia negativa en cualquier caso.

 

El tono de Una mujer a quien amar es, en apariencia ligero, en su capacidad para saltar de un tema a otro, o dejarse llevar por las digresiones narrativas, pero siempre –como también ocurría en los otros dos libros– hay un esqueleto narrativo, un tema central (en este caso, el de evocar a Olga, en los distintos momentos en los que el autor la ha conocido) que hace que la historia avance y se sostenga. Las novelas de Kallifatides no se cimentan sobre la tensión narrativa, sino sobre la poesía de la mirada sobre lo observado y las continuas reflexiones sobre el entorno y la capacidad que tienen nuestras decisiones y el tiempo para moldear nuestra identidad. En alguna página se habla, por ejemplo, sobre lo estudios filosóficos y me ha resultado interesante leerlo: «La filosofía había abdicado. Se dedicaba a los análisis técnicos de teoremas, concepto y afirmaciones. Se dedicaba a los problemas epistemológicos. No eran cosas sin importancia, al contrario. Pero la cuestión de cómo hemos de vivir se abandonó a toda clase de charlatanes. Curas, terapias, piedras mágicas, astrólogos, fanáticos, idiotas: todos ellos tienen hoy por mercado el mundo entero, porque la gente busca un sentido, un contexto.» (pág. 126). Me gustaría señalar que en este párrafo se puede ver, cuando dice que esos problemas epistemológicos sí tienen importancia, que Kallifatides no quiere polemizar ni dar, en sus libros, opiniones radicales. Los libros de Kallifatides, en realidad, son agradables de leer, ligeros sin ser superficiales. Son libros poéticos y ligeramente nostálgicos sobre la condición humana. Son libros que sustituyen la tensión narrativa por la amabilidad y la página confortable. Como reproche menor podría señalar que al final la figura de Olga, la mujer a la que se iba a homenajear en este libro, queda un poco desdibujada y Kallifatides vuelve a hablar sobre todo de sí mismo. En cualquier caso, Una mujer a quien amar es un buen libro.

domingo, 12 de abril de 2026

Otra vida por vivir, por Theodor Kallifatides


Otra vida por vivir
, de Theodor Kallifatides

Editorial Galaxia Gutenberg. 153 páginas. 1ª edición de 2018; esta es de 2025.

Traducción de Selma Ancira

 

Ya conté en mi reseña anterior –correspondiente a Madres e hijos (2020)– que en noviembre de 2025 fui a escuchar a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. No había leído nada de Kallifatides y compré tres de sus libros, publicados por la editorial Galaxia Gutenberg, Madres e hijos (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003). Otra vida por vivir es el segundo libro suyo que leo, lo que he hecho a continuación de Madres e hijos.

 

Madres e hijos nos acercaba a 2006, cuando un Kallifatides de sesenta y ocho años visitaba en Atenas a su madre de noventa y dos. Otra vida por vivir sitúa su acción principal en 2015, cuando el autor tiene setenta y siete años. Otra vida por vivir, al igual que Madres e hijos, es una novela de autoficción, en la que no hay distancia entre el narrador y el escritor y, por tanto, ambas obras se pueden leer como si fueran capítulos de una novela más amplia. La novela empieza hablando de un acto literario en el que a Kallifatides le han invitado como autor sueco y se da la circunstancia de que es el autor más mayor del encuentro. Uno de los temas de esta novela breve será el de la edad, porque, por primera vez en su vida, el autor se encuentra con una crisis creativa. Se sienta ante la página en blanco y no se le ocurre nada de lo que escribir. «Me sentía vacío e inútil. Una tarde en la Folkoperan de Estocolmo me encontré con un colega que me caía bien aunque no lo conocía yo demasiado. No sé cómo, pero acabamos hablando de mis dificultades. “Después de los setenta y cinco nadie escribe”, dijo». (pág. 24), en esta encrucijada vital parece hallarse el autor.

 

Igual que ocurría en Madres e hijos, Kallifatides va a mezclar, en su discurso, sus inquietudes más íntimas, sobre la vejez o el paso del tiempo, con otras colectivas, como, por ejemplo, la decadencia que observa en los servicios sociales suecos y su incapacidad de acoger a más refugiados. También le preocupará la situación de Grecia, a la que siente como un país humillado, después de todos los recortes a los que le obligó la Unión Europea. Nos dirá que ha llegado a ver caricaturas grotescas de los griegos, como vagos irredentos, en periódicos europeos, y esas caricaturas le recordaban a algunas que los nazis hicieron sobre los judíos. «Europa calculaba cuánto le debíamos, mientras en el Egeo los refugiados arriesgaban su vida día tras día. Los había visto con mis propios ojos en Symi, adonde había ido aquella primavera por trabajo. Hombres, mujeres y niños echados en la calle afuera de las oficinas del puerto. Lo peor de todo es que no decían nada, ni siquiera hablaban entre ellos. Se habían abandonado a su destino, que en ese momento eran dos jóvenes guardas del puerto.» (pág. 41)

También opinará sobre algún otro tema del que se hablaba en 2015, como la libertad de expresión, a raíz de los atentados a la revista Charlie Hebdo. Para él no debería ser un derecho poder insultar las convicciones y los valores de los otros.

En otra vida por vivir sabremos que uno de los dos amigos con los que se reunió en Atenas, en el viaje de Madres e hijos, ha fallecido ya; igual que ha fallecido su propia madre. En esta nueva novela existe una línea temporal definida, en 2015, pero, al igual que ocurría en Madres e hijos, es frecuente que la escritura de Kallifatides tienda a la digresión según se activan sus recuerdos. En cualquier caso, todo esto ocurre con gracia y sin que la novela parezca una acumulación de anécdotas sobrepuestas. De este modo, la crisis por no poder escribir se va acentuando: «Iban pasando los días y yo intentaba conservar mis rutinas, porque sentía que el vacío dentro de mí crecía de manera alarmante.» (pág. 96). Kallifatides, desde hace décadas, tiene la costumbre de salir de casa por la mañana y acudir en tren a un estudio, sobre una colina que domina la ciudad, para escribir allí. Las horas en el estudio empiezan a hacérsele muy largas y le es extraño dejar de salir de casa para ir al estudio y cruzarse por su casa con su mujer cada mañana. Algo parece haberse roto dentro de él, algo que quizás le está indicando que se ha hecho demasiado mayor para seguir con su actividad profesional, que en realidad no es una actividad profesional sino una forma de vida. No sin humor, Kallifatides se abrirán una cuenta en Twitter para poder escribir allí algunas pequeñas frases o ideas.

En Otra vida por vivir se habla de una casa de verano que el matrimonio Kallifatides mantiene en una isla sueca, una isla en la que viven, durante unos meses, en una pequeña comunidad y que, en el pasado, también albergó una base militar.

 

Al escribir la reseña de Madres e hijos, cité a Philip Roth y ese temor del que hablaba el escritor estadounidense de dañar a las personas de una comunidad (judíos en Estados Unidos en un caso y griegos en Suecia en otro). En Otra vida por vivir es el propio Kallifatides el que cita a Roth: «Me acordé de algo que había dicho Philip Roth en una entrevista: “Uno no puede escribir cuando los recuerdos lo abandonan”», y este es el problema principal que acaba comprendiendo Kallifatides que le está asaltando, que sus recuerdos de Grecia se están empezando a petrificar en su interior, sobre todo después de la muerte de su madre.

Un correo electrónico será el que le acabe salvando: desde su pueblo natal, Molaoi, le escriben para pedirle el permiso de poner su nombre al colegio local. En el pasado, ya le había dado su nombre a una calle y él se lamenta de que no había ido a su pueblo a verla. «Los honores no me incomodaban. Al contrario, por eso escribía. Para que en mi pueblo hubiera una calle con mi nombre, para que hubiera una escuela con mi nombre, para seguir existiendo», escribe en la página 110. Esta pequeña vanidad ha llegado a conmoverme, porque sabiendo que escribe una persona de setenta y siete años, que está empezando a tener problemas con la escritura, no deja de mostrarle como alguien vulnerable.

 

El tramo final del libro describirá el viaje a Grecia y a su pueblo natal. Los libros de Kallifatides no basan su fuerza en la intriga o en la tensión narrativa, sino en su capacidad para divagar e hilar ideas y recuerdos; así que no creo que le arruina la experiencia lectora a nadie que cuente la tenue cadena de acontecimientos que forman la espina dorsal narrativa de este breve y hermoso libro.

 

Kallifatides empezó publicando en sueco y en este idioma, como nos dice en las primeras páginas, es en el que ha conseguido su prestigio y reconocimiento. Sin embargo, Otra vida por vivir va a ser el primero que escriba directamente en su lengua materna, en griego. Madres e hijos, que se publicó dos años más tarde, también está escrito originalmente en griego. La traductora de ambas obras es Selma Ancira.

 

Como ya he apuntado, leer Otra vida por vivir ha sido como acercarme a una continuación de Madres e hijos, ya que llegamos al mismo mundo narrativo, con el mismo autor, con las mismas obsesiones sobre la identidad, la pérdida y los idiomas. Ha sido una bonita experiencia leer los dos seguidos y conocer así a este elegante y sensible escritor europeo. Mi siguiente reseña será sobre Una mujer a quien amar.