domingo, 6 de septiembre de 2026

Guerra total, por Manuel Chaves Nogales

 


Guerra total, de Manuel Chaves Nogales

Editorial Renacimiento. 321 páginas. Primera edición de 1937-38


Estuve leyendo Los secretos de la defensa de Madrid (1938) de Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897 – Londres, 1944), publicado por la editorial Renacimiento, y me cambié algunos correos con Abelardo Linares, el fundador de la editorial. Esto hizo que Linares me enviara, para que pudiera leerlo y reseñarlo, el libro de relatos Guerra total, que acababa de publicar. En 2018 me impresionaron los cuentos de A sangre y fuego y me apetecía leer esta suerte de continuación que parece ser Guerra total. Cuando acepté el envío, aún no sabía que había comenzado una polémica sobre la autoría de los cuentos originales, pues la mayoría no están firmados con el nombre de Manuel Chaves Nogales. El libro cuenta con un prólogo de Ignacio Martínez de Pisón, que le recuerda al lector cómo fue el rescate que Chaves Nogales escribió durante los años de la guerra civil, a partir de los años noventa del siglo XX, y celebra la aparición de estos nuevos relatos. De las 320 páginas del libros, los diez relatos ocupan unas 160 páginas. Después de ellos podremos leer un epílogo de unas 90 páginas, en las que el editor Abelardo Linares nos explica la procedencia de los textos y por qué piensa él que son de Chaves Nogales aunque en la revista, editada en París por Chaves Nogales, entre 1937 y 1938, no aparezca su nombre en la mayoría de ellos. El libro finaliza con algunas notas sobre la procedencia de los textos y unas fotos de la revista Madrid, donde originalmente aparecieron.


Al saber de la polémica, he tratado de leer cada relato con minuciosidad, entrando en el juego y tratando de ver si el estilo me recordaba al de los cuentos de A sangre y fuego o no. De hecho, me he acabado metiendo tanto en esta polémica que, tras acabar Guerra total, he vuelto a releer los cuentos de A sangre y fuego, que tenía en la edición de Libros del Asteroide.

Creo que el exceso de alerta ha jugado incluso en mi contra, ya que al leer el primer cuento de Guerra total, que se titula El refugio, me ha parecido que no se trataba de un cuento de Chaves Nogales, ya que el estilo me parecía más melodramático de como lo recordaba y con más incidencia en el patetismo, con más profusión de epítetos, que en mostrar la brutalidad y la ambigüedad de los personajes, como recordaba que eran los cuentos de A sangre y fuego. El refugio se sitúa en Bilbao y nos habla de las víctimas civiles de un bombardeo franquista. No recordaba bien mi lectura de A sangre y fuego, ocho años antes, ya que El refugio y Hospital de sangre, primer y segundo cuento de Guerra total, los había leído ya en la edición de Libros del Asteroide; dos relatos que no estaban en la edición que popularizó Espasa en 2001, y que tampoco recogían las ediciones posteriores de Renacimiento. 

La edición que se popularizó en España, a principios del siglo XXI, de A sangre y fuego era el libro que se publicó en 1937 en la editorial Ercilla de Santiago de Chile, libro que fue encontrado y rescatado por Abelardo Linares, el editor de Renacimiento. Ediciones posteriores, han incluidos dos relatos más –El refugio y Hospital de sangre– que se publicaron en la revista cubana Bohemia. Estos relatos se publicaron ahí con el nombre de Chaves Nogales y, por tanto, son los dos relatos de Guerra total sobre los que no hay dudas sobre la autoría. Debo decir, desde ya, que son los dos peores cuentos del libro. El primero, como ya dije, es un relato en exceso sentimental sobre un padre que pierde a sus hijos en un bombardeo y el segundo, algo mejor, trata sobre una monja que ha de hacer de enfermera y atender a heridos del bando republicano. Este también transcurre, como el anterior, en Bilbao. Son dos cuentos notablemente más cortos que los de A sangre y fuego y de menor hondura y ambición. 


Me gusta más el tercer cuento, titulado El traidor, que he leído dos veces. Una primera al acercarme por primera vez al libro, y una segunda tras releer A sangre y fuego. El traidor también sitúa la acción en el País Vasco, y trata sobre un joven, Antón Zubillaga, cuyo sueño siempre fue ser piloto y, cuando empezó la guerra, se vio, sin mucho convencimiento, convertido en piloto de guerra del bando nacional. En este cuento, a diferencia de los de A sangre y fuego, que eran sobre los comienzos de la guerra civil, aparecen por primera vez los nazis (y de refilón los fascistas italianos), que son los compañeros aviadores de Antón, y este empieza a sentir que le miran con superioridad. Antón cada vez se sentirá más disconforme con los bombardeos sobre civiles hasta que, como anuncia el título, acabe traicionando a «los suyos», que en este caso serían los nacionales, o los pilotos alemanes que, en realidad, él no siente como los suyos.

El quinto cuento se titula Timidez, y tiene una estructura muy similar al tercero, El traidor. En Timidez, el joven contable Luis Hernández, tímido como anuncia el título, es arrastrado en Barcelona, por un amigo, hasta la Falange. La participación en una escaramuza violenta en Barcelona, hará que Luis tenga que trasladarse a Valladolid, donde le acogerán los falangistas locales. «La sensación, intuitiva y borrosa, de que había en la sociedad algo falso y cruel, comenzaba a cobrar para Hernández unos perfiles fijos», leemos en la página 91. Estalla la guerra y a Luis, como miembro de Falange, le va a tocar dar «paseíllos» a gente de la ciudad vinculada con la izquierda. Luis, horrorizado por los desastres de la guerra y la crueldad de los suyos, igual que ocurría en el cuento El traidor, acabará boicoteándolos, y pagándolo caro.

Existe, en el libro, un tercer cuento con la misma estructura de estos dos anteriores, sería el sexto, titulado Un excelente verdugo, cuya acción se sitúa ahora en Triana. El protagonista es Florencio, que trabaja en una fábrica de cerámica, y que nunca se ha metido en política. Sin embargo, un amigo de Falange le va a buscar para pedirle que le ayude con un problema que ha surgido en su grupo: no tienen buenos tiradores y las personas que fusilan cada noche tardan mucho en morir, lo más cristiano sería que un buen tirador como es Florencio les ayude a morir rápido. «Pues yo te digo que no puedes negarte si eres un hombre de corazón. ¿Es que prefieres que la gente siga agonizando días enteros? Hazte a la idea de que vas a hacer es una buena obra: ahorrar sufrimientos y dolores inútiles» (pág. 103). Florencio también tendrá que enfrentarse a los horrores de la guerra y, finalmente, decidirá cambiar de bando.

Estos cuentos se publicaron por primera vez en la revista Madrid, dirigida por Manuel Chaves Nogales, y editada para los españoles franceses, y que apenas duró tres meses. Estaban firmados por los siguientes escritores: El traídor por Eduardo Borrás, Timidez por Lumo Reva y Un excelente verdugo por Fernando de la Milla. Estos tres escritores, o alguno de sus seudónimos, existieron en el contexto real de los exiliados de la guerra en Francia. Linares, en su estudio posterior, trata de probar que Chaves Nogales, para que pareciera que había más colaboradores en la revista usó sus nombres y también para evitar represalias sobre sus familiares en España. De hecho, alguno de los cuentos que Chaves Nogales publicó en la revista cubana Bohemia con su nombre, aparecieron en Madrid con seudónimo, y este es uno de los argumentos que usa Linares para tratar de probar que Chaves Nogales publicada aquí ocultando su nombre. También muestra Linares, ejemplos de la escritora de Borrás, para indicar que es un autor muy inferior a Chaves Nogales. Hago aquí mi aportación: creo que El traidor, Timidez y Un excelente verdugo están escritos por la misma persona, y no por tres diferentes. Esta persona puede ser Chaves Nogales o puede ser otra, pero los tres relatos coindicen en forma, intencionalidad, estilo narrativo y tono. ¿Hay tres autores en París que se ponen de acuerdo para escribir relatos similares? Es otra hipótesis. 

En realidad, el tono y el estilo de los ocho cuentos presentados al público por primera vez es muy homogéneo y me parecería extraño que estuviesen escritor por seis personas diferentes. En la página 273 del libro están los nombres bajo los que los cuentos aparecieron en la revista por primera vez.

También es cierto que los cuentos de A sangre y fuego mostraban la brutalidad de la guerra civil en ambos bandos y que en Guerra total existe una intencionalidad política a favor del bando republicano. Cuando aparece en París la revista Madrid, ya había ocurrido (a mediados de 1937) que los periódicos del bando nacional habían usado el primer cuento de A sangre y fuego, ¡Massacre, massacre!, donde se muestra la violencia y el caos de Madrid, en contra de los republicanos y que a Chaves Nogales, pese a su compromiso con la verdad, no le debió hacer mucha gracia.


El cuarto cuento es La última lección y trata de un joven huérfano, que se ha criado en un asilo correccional y al que sus ideales le llevan a ser maestro rural en Galicia a los veintinueve años. Enfrentarse al cacique local, a cuenta de la falta de religión de sus clases, será letal para él cuando empiece la guerra.


Tragedia en la sierra de Pancorvo, el séptimo cuento, también trata de una maestra rural, y sus intenciones narrativas son muy parecidas a las de La última lección; además, en este caso, se une el tema del rechazo a los requerimientos sexuales del cacique local a los motivos que van a hacer que la vida de la maestra Pilar peligre.


Carabinero me ha parecido un buen cuento, que trata sobre las personas pertenecientes a este cuerpo que se mantuvieron leales a la República. Su final es menos trágico y más esperanzador que otros.


La Tanguera nos lleva otra vez a Sevilla y esas relaciones familiares cruzadas en un bando y otro de la guerra civil. Es este un rocambolesco relato sobre la fuga de unos presos republicanos.


Lo de Badajoz seguramente sea el cuento más tremendo del conjunto y el menos sutil. Es un cuento coral sobre las atrocidades cometidas por el bando nacional –al mando de Queipo de Llano– en la ciudad de Badajoz, con la escena escalofriante de la matanza en la plaza de toros, uno de los episodios más deleznables de la guerra civil. Quizás este cuento, en su deseo crudo de mostrar la barbarie, sea de una factura inferior a los otros.


Después de los cuentos, nos podremos acercar a las noventa páginas en las que Abelardo Linares nos habla de su actividad detectivesca para hallar estos relatos y sus pesquisas borgianas para tratar de demostrar que son cuentos de Manuel Chaves Nogales, aunque no los firmara con su nombre. A mí me parece poco verosímil pensar que son cuentos escritos por seis personas diferentes, porque su estilo narrativo, su tono, su intencionalidad y su calidad literaria es bastante pareja. Los cuentos de A sangre y fuego, escritos con más nervio, más ambigüedad y más tensión narrativa, me parecen mejores que los de Guerra total,  pero estos últimos no me parecen nada desdeñables. Me resulta totalmente creíble que los ha escrito una sola persona, y en este caso tampoco me parece nada disparatada la hipótesis de Abelardo Linares de que los ha escrito Manuel Chaves Nogales. En cualquier caso, seguir la polémica sobre el caso me está resultado bastante interesante; es como si aún quedaran personas a las que les interesa la literatura.


domingo, 30 de agosto de 2026

Las hogueras, por Concha Alós


Las hogueras,
de Concha Alós

Editorial Seix Barral. 277 páginas. Primera edición de 1964, esta es de 2024

 

Hace unos años leí Los enanos (1962) y Rey de gatos (1972) de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011), dos libros de la época del franquismo de una escritora que, aunque tuvo éxito comercial en vida, no había entrado en el canon del prestigio literario y había quedado olvidada. La editorial madrileña La Navaja Suiza fue la encargada de llevar a cabo el rescate de estos dos libros. Estuve en la presentación de Los enanos, que tuvo lugar en la Residencia de Estudiantes, y allí, conversando con los editores, estos me dijeron que también pensaban publicar Las hogueras (1964). Al final, parece que, tras la buena acogida que tuvieron los libros de Concha Alós, publicados en La Navaja Suiza, Seix Barral se adelantó y acabó publicando ella Las hogueras. Me llegó al correo electrónico la publicidad de esta novedad literaria y me agradó ver que el dossier de prensa había incluido una frase que yo escribí en mis reseñas de Alós: «La mirada de Concha Alós es muy moderna e incisiva, y retrata muy bien un periodo del pasado de España con una prosa punzante y poética». Cuando estuve cerca de una librería miré si la habían incluido entre las recomendaciones de solapa y me alegró comprobar que así era. Entonces decidí, pese a mi montaña de libros por leer, solicitar Las hogueras a Seix Barral para poder leer y reseñar el libro. Era un libro que me hacía especial ilusión tener en casa.

 

Hay una historia curiosa con Los enanos y Las hogueras: Los enanos ganó el Premio Planeta de 1962, pero Alós tuvo que renunciar al premio, ya que tenía firmado un contrato previo con la editorial Plaza & Janes, que en principio no lo había querido sacar después de aceptarlo. Sin embargo, se volvió a presentar dos años después, en 1964, con Las hogueras y esta vez ya sí lo ganó y se publicó con esta publicidad. Y todo esto, claro, en un contexto histórico en el que el Planeta, lejos del premio comercial que es ahora, sí que buscaba el valor literario en las obras que publicaba.

 

Si bien Los enanos nos llevaba al ambiente sórdido de una pensión de la Barcelona de los años cincuenta, Las hogueras nos lleva hasta el norte de la isla de Mallorca en la década del sesenta. Al empezar a leer el libro me estaba preguntando si el tiempo narrativo del que se hablaba era el inmediatamente anterior a su escritura –es decir, el de principios de los años sesenta– o la historia nos retrotraía a un periodo mucho más cercano a la guerra civil. En algunos momentos, los protagonistas recuerdan el «tiempo de la guerra» o el «tiempo de antes de la guerra», como si esos recuerdos no fueran muy lejanos, y se nos dice, por ejemplo, que al pueblo en el que viven los protagonistas aún no ha llegado la luz eléctrica, pero algunas pistas nos hacen ver que estamos más en los años sesenta que en los cuarenta o cincuenta, como la gran afluencia de turistas a la isla en verano, de la que se habla en Las hogueras, que fue un fenómeno en España asociado a la década del sesenta. Sin embargo, cualquier ambigüedad sobre el tiempo narrativo quedará resuelta en la página 95, cuando se nos habla de «el juicio de Ruby, el asesino del presunto criminal que mató a Kennedy». Este juicio –como leo en internet– tuvo lugar entre febrero y marzo de 1964.

 

La protagonista principal de la novela es Sibila, que ya en la primera página se nos dice que ha soñado con los días en los que fue modelo en París, y llegó a salir en revistas como Vogue. Ha pasado el tiempo y está casada con Archibald, al que conoció en París. Los dos viven en una casa a las afueras de Son Bauló, un pueblo del norte de Mallorca. Esta localidad no la conocía, pero sí otras que aparecen en la novela, como Alcudia, Muro o Santa Margalida, porque allí tenían una casa mis suegros y he pasado en esa zona de Mallorca más de un verano. Tengo unos bellos recuerdos del lugar; sin embargo, como ya hizo en la Barcelona de Los enanos, Alós conseguirá transformar este espacio físico en un lugar opresor y feo. Esto lo consigue, en gran medida, cargando de fuerza a algunos símbolos; así, por ejemplo, las moscas son una presencia constante en la novela.

 

Archibald y Sibila duermen en habitaciones separadas. «Vivían en la misma casa y sin embargo habitaban dos mundos ignorados el uno del otro, a una distancia inconmensurable», leemos en la página 30. Aunque, al principio, la casa de campo le había gustado a Sibila, lleva un tiempo sintiéndose atrapada en ella y le gustaría trasladarse a una ciudad, idea no compartida por Archibald.

 

La novela está escrita en tercera persona (con algunos capítulos narrados en pasado y otros en presente), pero Alós, frecuentemente, nos mostrará los pensamientos de sus personajes, usando la técnica del estilo indirecto libre. La novela se ocupa de más personajes, aparte de Sibila y Archibald. Otro de los personajes principales será Asunción, la maestra de Son Bauló, que lleva en el pueblo diez años dando clase y ya ha perdido el idealismo con el que empezó en su profesión. De hecho, cuando acabó su carrera, quería seguir estudiando y formándose, pero para ello tendría que vivir en una habitación de la parte de arriba del colegio, pasando frío y penalidades. Decidió trasladarse a una habitación del hotel del pueblo y tener así un techo caliente y la comida hecha. Aunque en invierno, y durante el resto del año, consigue un precio especial en el hotel, alcanzar este nivel de vida le supone aceptar trabajar más horas al día y, así, por las tardes, después de acabar la jornada laboral con los niños, dará clases para enseñar a leer y escribir a adultos. De entre estos alumnos, que son emigrantes del sur de la península ibérica, la narración nos destacará a Daniel el Monegro. Las hogueras no llega a ser una novela tan coral como Los enanos, pero son bastantes los personajes que entran en la historia y de los que conoceremos sus inquietudes.

Con breves pinceladas, Alós nos irá desvelando el pasado de estos personajes. La mayoría de ellos se sienten atrapados e insatisfechos. Además de las metáforas que parten de la naturaleza y que se van cargando de símbolos, como esas moscas de las que ya he hablado, también habrá más de una nube negra sobrevolando los cielos de la narración. También en las comparaciones y referencias, se notará una presencia agobiante de la imaginería religiosa, con sus santos y vírgenes. La imagen de las hogueras que parecen incendiar algunos cerros de Mallorca también se irá cargando de fuerza simbólica, hasta llegar al bello y triste párrafo final: «Las hogueras. Archibald pensó que a menudo los breves y desesperados vuelos hacia la felicidad son como una hoguera que arrasa y nos hunde en la desesperanza, en la soledad. En la imposibilidad de esperar nada aparte de la diaria y baja rutina…» (pág. 277)

 

El lenguaje de la novela es muy ágil. Alós escribe aquí con frases muy cortas y en muchos casos entrecortadas, donde las frases se quedan en simples sintagmas nominales, y tendrá que ser el lector quien las complete. Así, por ejemplo, leemos en la página 86: «Su marido. Parecía que todo había ocurrido ayer» o «Y él se marchó. Era la guerra. Quemaban las iglesias y las personas chillaban corriendo bajo los aviones que volaban» o en la página siguiente: «Su marido estaba en la cárcel. Escaseaba el pan. Y ella tuvo que ponerse a trabajar. El campo. El sol. La siega». También suele usar Alós construcciones en las que aparecen tres adjetivos seguidos: «Todo era triste, miserable y feo», «La voz es indecisa, lenta, abrupta» (pág. 34), «La cabeza de Asunción Molino es allí una sombra movible, poderosa, grande» (pág. 35).

 

La mirada de Concha Alós sobre la realidad que analiza es muy moderna, porque hay en sus páginas una sensibilidad muy grande hacia la posición de la mujer en la sociedad de la época. De este modo, Sibila quedará retratada como un objeto de deseo en la mirada de los hombres con los que se relaciona, como una posesión de lujo. Así nos habla Alós de la relación en París entre Archibald y Sibila: «Estaba fatigada. La había comprado Archibald con su dinero, con su paz, como años atrás pudo comprarla otro cualquiera por un panecillo caliente» (pág. 47). Alós dibuja a Sibila como una mujer frívola, a la que le cuesta ver más allá de la imagen de deseo que proyecta en los hombres, una mujer ignorante y, en gran medida, superficial, que creció en un hogar machista, en el que la madre trabajaba en casa y el padre le decía que ella no iba a tener que trabajar, gracias a su belleza. Y esta mirada de Alós sobre su personaje es valiosa, porque no lo idealiza, a pesar de ser una mujer, en gran medida, oprimida.

 

La mirada de Asunción, la maestra, sobre el mundo que la rodea será más crítica y meditada. Así en la página 182 leemos: «Las chicas, según ella, no tenían más ambición que llegar a ser el parásito del primer hombre que les pusiera a tiro. (…) No soportaba su juego: un juego de acoso y obsesión hacia el sexo contrario. Comprendió más tarde, cuando pasaron los años, que las mujeres solían apostarlo todo a una carta: su porvenir y la solución de un problema social y sexual. Entonces, en aquellos tiempos, Asunción era una muchacha apasionada, inteligente y arisca, ambiciosa».

La novela también es moderna porque habla del deseo sexual de las mujeres. Y, como ocurría, en Los enanos, frente a la uniformidad social que parece emanar del franquismo, en esta novela aparecen personajes de otras razas. Así se nos hablará de Rosso, que era el novio de Sibila en París, un negro cubano que traficaba con joyas. Y Sibila se adentrará en Palma en la calle de los judíos para comprar un reloj. Esto le servirá a Alós para hablar del odio que ha existido en Mallorca hacia los judíos. También, y aquí la novela tiene un componente social importante, Alós nos va a hablar del rechazo racista de los isleños mallorquines hacia los inmigrantes peninsulares. También se hablará aquí, como ya ocurría en Los enanos, de la homosexualidad, pues se nos dirá que el modisto para el que trabajaba Sibila en París era homosexual. Los temas raciales y sexuales no eran muy frecuentes en la época del franquismo, y a veces sorprende que estos libros consiguieran pasar la censura de la época.

 

En la contraportada de Los enanos, en la editorial La Navaja Suiza, leemos: «Obra cumbre en la narrativa de Concha Alós» y en la contraportada de Las hogueras, en la editorial Seix Barral, leemos: «Las hogueras es la mejor novela de Concha Alós». Así que, según cada editorial, su novela es la mejor de la autora. Creo que Los enanos me gustó más, pero esto no quiere decir que desprecie Las hogueras, porque me ha parecido de nuevo una grandísima novela, y el rescate de esta autora me sigue pareciendo muy pertinente. 

domingo, 23 de agosto de 2026

La señora Dalloway, por Virginia Woolf


La señora Dalloway
, de Virginia Woolf

Editorial Cátedra. 332 páginas. Primera edición de 1925, esta es de 2024

Edición de María Lozano. Traducción de Mariano Baselga

 

Una de mis mayores lagunas literarias era la obra de Virginia Woolf (Londres, 1882 – Sussex, 1941), a pesar de que en la casa de mis padres siempre estuvo disponible una edición de La señora Dalloway (1925), en la colección Biblioteca de Plata –dirigida por Mario Vargas Llosa– del Círculo de Lectores. No sé si fue en un artículo de periódico de los años noventa, o en los mismos prólogos de los libros de la Biblioteca de Plata, escritos por Vargas Llosa, donde leí que Virginia Woolf y su marido Leonard Woolf tenían una pequeña editorial que publicaba literatura experimental (ellos fueron los primeros en publicar a T. S. Eliot), recibieron los primeros capítulos del Ulises de James Joyce en 1918 y rechazaron publicar el libro, que finalmente se publicó en París en 1922. Sin embargo, años después, Woolf pareció tomar ideas de ese libro para su propia obra, como en el caso de La señora Dalloway, que se publicó en 1925, pero que empezó a gestarse en 1922. De un modo vago sé que recibí esta historia, que ahora me he recordado, y mi decisión de leer a Joyce (del que leí tres libros cuando era veinteañero, Dublineses, Ulises y Retrato del artista adolescente), hizo que me alejara de Woolf. En la edad adulta he reflexionado y sabido que arrastraba, desde hace muchos años, este prejuicio contra la obra de Virginia Woolf y que debía ponerle remedio. De esta forma, creo que fue en 2024 cuando le solicité alguno de sus libros a la editorial Cátedra. Solicitar libros a una editorial es una forma de obligarme a leerlos. El mecanismo mental es bastante absurdo, así que no trataré de explicarlo. En ese momento tenían en el almacén Las olas (1931) y este fue el que me mandaron. Las Olas, en Cátedra, está traducido por Dámaso López, pero también tiene un prólogo de María Lozano, que leí que completaba al de La señora Dalloway, también de María Lozano. Así que me apeteció leer primero La señora Dalloway, para acercarme a ese prólogo. Compré el libro de manera online. Cuando llegó a casa me sorprendió la letra tan pequeña y abigarrada con la que está editado, por no hablar de las notas a pie de página, para las que hace falta casi una lupa para leerlas. Esto hizo que no me pusiera de forma inmediata con La señora Dalloway. En 2026 pensé leer este libro en la edición de Alianza, que tiene mi mujer, con la letra algo más grande, y la traducción de José Luis López Muñoz (un clásico de Alianza), pero busqué información en internet y descubrí que tiene algo más de prestigio la traducción de Cátedra que la de Alianza. De este modo, al final tomé el libro de Cátedra y empecé a leer la novela, para acercarme a posteriori al prólogo.

 Creo que tardé un poco en acostumbrarme al tamaño de la letra. Ahora, pasados los cincuenta años, que además de miopía también tengo presbicia, este tipo de detalles, que hace veinte años me habrían dado igual, empiezan a ser importantes. Tuve que leer dos veces las dos primeras páginas porque tenía la sensación de que se me estaba escapando lo que leía. En la primera escena aparece la señora Dalloway, de la que aún no sabemos, el día de junio de 1923 en que transcurre la trama, que tiene cincuenta y dos años, y se nos dice que tiene dieciocho y literalmente leo: «hasta que Peter dijo: “¿Mirando a las musarañas” –eso dijo–. “Prefiero a los hombres antes que a las musarañas –¿eso dijo? Debió decirlo en el desayuno cuando ella había salido a la terraza. Peter Walsh. Volvería de la India un día de estos.» (pág. 150 y segunda de la novela) ¿Estaba hablando con Peter? ¿Con el mismo Peter que no estaba allí, sino en la India? Si tomo la traducción de Alianza, de López Muñoz, queda mucho más claro que la señora Dalloway está recordando una mañana del pasado, en la que tenía dieciocho años. No estoy seguro, pero tengo la sensación de que en el original en inglés se debe de jugar a la confusión de presente y pasado, más como aparece en la traducción de Cátedra, que como aparece en Alianza. El lector, sin embargo, comprenderá pronto el juego estructural y de estilo: los personajes de La señora Dalloway mezclan en su percepción de la realidad lo que están viendo en ese momento con lo que están recordando. A pesar de lo insinuado anteriormente, sobre una posible confusión al empezar a leer el libro, lo cierto es que el juego de Woolf acabará siendo mucho más controlable y comprensible que el de Joyce. Digamos que el flujo de conciencia de Joyce es más salvaje y más puro, en el sentido de que el lector accede a pensamientos del personaje que, en más de un caso, no sabe cómo interpretar, y en los flujos de conciencia de Woolf este recurso narrativo acabará siendo más accesible y más fácil de seguir.

 

La señora Dalloway, casada con un político, pertenece a la burguesía ociosa de Londres y la mañana de junio de 1923 en que comienza la novela ha salido de casa para comprar las flores con las que decorará su casa esa noche, cuando va a organizar una fiesta, algo a lo que es muy aficionada. En más de una ocasión se interroga sobre cómo hubiera sido su vida si se hubiese casado con Peter, que fue su pretendiente en la juventud, pero acabó decidiéndose por Richard Dalloway, que aunque en apariencia parecía un tipo más aburrido era alguien que iba a darle una posición social más sólida. Peter emigró a la India y llevó una vida más disoluta y aventurera que la que hubiera tenido en Inglaterra. Sin embargo, acabaremos sabiendo que la verdadera pasión de juventud de Clarissa Dalloway fue su amiga Sally Seton, rebelde en sus primeros años y ahora también una respetable mujer casada burguesa. «Pero este asunto del amor (pensó, guardando la chaqueta), esto de enamorarse de las mujeres. Por ejemplo, Sally Seton; su relación en los viejos tiempos con Sally Seton. ¿Acaso no había sido amor, a fin de cuentas?» (pág. 179)

En el único día en el que transcurre la novela (igual que en el Ulises de Joyce, aunque ahora en Londres y no en Dublín), aparecerá en escena Peter, recién llegado de la India, que será invitado a la fiesta de Dalloway por la noche. Peter me ha acabado pareciendo un personaje más interesante que Clarissa, con más aristas y claroscuros.

 

Cuando la señora Dalloway sale de la tienda de flores un coche oficial, que tal vez transporte a los reyes de Inglaterra, está atravesando la calle, y el eje de la novela deja de pivotar alrededor de Dalloway, para pasar a hablarnos de Septimus Warren Smith, que también pasea ese día por las calles de Londres. Septimus es un excombatiente de la primera guerra mundial de unos treinta años, casado con una joven italiana al final de la guerra. Septimus sufre estrés postraumático (una enfermedad no considerada aún) y siente disociación y desapego del mundo. Además sufre alucinaciones que alteran su percepción de la realidad. El oficial de Septimus en la guerra, Evans, muere y al principio Septimus se siente contento por no sentir nada, por haber aprendido de la guerra, pero su impresión será falsa y pronto va a empezar a necesitar ayuda psiquiátrica. No es un tema evidente, pero en la relación de amistad que Septimus y Evans tuvieron en la guerra el lector puede sentir una posible pulsión homoerótica. Así que los dos principales protagonistas del libro, Clarissa y Septimus, se nos acabarán mostrando como personas reprimidas por la sociedad en la que viven. Mientras que Septimus ha quedado fuera de la norma y se ha transformado en un paria, Clarissa ha conseguido adaptarse, aunque no por ello parece muy feliz. Al principio, tenía la sensación de que la presencia de Septimus en la novela rompía la historia, era un personaje que no tenía relación con los personajes principales (Clarissa, Peter o Richard…), y que simplemente coincidía en la calle con Clarissa, pero al final Woolf acaba marcando un contrapunto entre los dos principales personajes de la novela (Señora Dalloway y Septimus) y Septimus acaba convirtiéndose en un símbolo de la época (el periodo de entreguerras) en la que se sitúa la acción.

Otro personaje que me ha resultado muy interesante es Doris Kilman, de origen alemán, y que trabaja en la casa de los Dalloway como institutriz de su hija. Una mujer culta, que se ha convertido en otra paria, después de la primera guerra mundial, por sus orígenes alemanes y que arrastra un gran rencor de clase contra la burguesa y, en apariencia, superficial Clarissa. Y también puede estar enamorada de su alumna, Elizabeth Dalloway. Así que esta novela acaba siendo, en realidad, una novela con un trasfondo muy homosexual, lo que es sorprendente para la fecha de publicación.

 

Es destacable el estilo de la novela entre la exaltación ante lo cotidiano y el cambio brusco a la tristeza y la desolación. En las notas a pie de página se habla de la influencia de La tierra baldía de Eliot sobre el estilo de La señora Dalloway. Las metáforas que usa Virginia Woolf en este libro son potentes y bellas.

 

El prólogo de María Lozano es casi tan extenso como la novela. Me ha interesado. Lozano ha hecho un recorrido por la vida de Woolf, así como de la evolución de su estilo desde sus primeras novelas hasta llegar a La señora Dalloway. Por supuesto, como suele pasar con los libros de Cátedra, es recomendable dejar este prólogo para el final, puesto que destripa la novela por completo.

 

En definitiva, he tenido una grata impresión de mi acercamiento, por fin, a una primera novela de Virginia Woolf. Leeré más, sin duda. 

domingo, 16 de agosto de 2026

El universo, por Isaac Asimov

 


El universo, de Isaac Asimov

Editorial Alianza. 484 páginas. 1ª edición de 1966; esta es de 2025.

Traducción de Miguel Paredes Larrucea

Revisión científico técnica de David Galadí-Enríquez

 

Como lector adolescente de libros de ciencia ficción, sentía interés por los misterios del cosmos. De hecho, de Isaac Asimov (Petrovichi, Rusia, 1920 – Nueva York, 1992) leí quince novelas entre los catorce años y los dieciocho, entre las que se encontraba la saga de la Fundación y las novelas de detectives galácticos protagonizadas por Elijah Baley y R. Daneel Olivaw. Sin embargo, nunca había leído ningún libro de divulgación de Asimov. En 1992, no mucho después de su muerte, que sentí casi como la de un familiar, me matriculé en la facultad de Físicas de la universidad Complutense. Estudios que abandoné a los tres años. Las dotes antipedagógicas de los profesores que allí conocí consiguieron que olvidara mi interés por el universo.

Hace unos diez años, me tocó acompañar a unos alumnos del colegio al Planetario de Madrid. Lo cierto es que –a diferencia de a mis alumnos– me gustó mucho lo que allí escuché. Se lo comenté a mis amigos y por mi cumpleaños me regalaron dos libros relacionados con el tema: El universo de Isaac Asimov e Historia del tiempo de Stephen Hawking. Fue un regalo desconcertante; eran libros que me interesaban pero no quería acercarme a ellos. Mi relación de amor-odio con el cosmos seguía vigente. Sin embargo, durante los últimos meses de 2025 me ocurrieron dos asuntos que me hicieron volver a interesarme por estos libros. En primer lugar, estaba acabando una novela de autoficción sobre los años de hierro que pasé en Físicas y en segundo lugar me interesó bastante el tema del cometa 3I Atlas, que atravesó el sistema solar. De vídeos sobre el 3I Atlas, pasé a vídeos sobre agujeros negros, galaxias, relatividad, etc. Y volví a hojear el libro de Asimov. La edición que me regalaron mis amigos era de 2009, y leí en internet que existe otra de 2012, con una revisión científico-técnica a cargo de David Galadí-Enríquez. También leí en internet que para alguien que se quiere iniciar en los misterios del cosmos, este libro de Asimov –publicado en 1966– seguía siendo una lectura válida. Así que decidí comprarme esta edición de 2012, que además tiene el nuevo formato de Alianza que permite abrir el libro mejor que el de 2009.

Los comentarios, o actualizaciones de los datos, están hechos por Galadí-Enríquez a pie de página. Sin embargo, creo que el propio Asimov fue corrigiendo su obra, porque hay comentarios en su texto que son posteriores a la fecha de 1966. También, por ejemplo, están actualizadas las fechas de muerte (posteriores a 1966) de los científicos que se nombra, en el propio texto, sin notas a pie.

 

El hilo argumental del libro es el siguiente: el hombre, 600 años a. C., no sabía cuáles eran los límites del mundo en el que vivía. El viaje que Asimov nos propone es el de descubrir cómo se fueron conociendo, y agrandando, los límites del mundo en el que habitamos. La idea de la Tierra plana se fue abandonando con la experiencia de los navegantes, que observaban que según se desplazaban por el mar no siempre veían las mismas estrellas. «Hacia 350 a. C. ningún científico dudaba ya de que la Tierra fuese una esfera». (pág. 22). Me sigue emocionando la historia de Eratóstenes de Cirene (276 – 196 a. C.) que con la ayuda de un palo, las matemáticas y su ingenio pudo calcular que la circunferencia de la Tierra era de unos 40.000 kilómetros, cifra muy cercana a la real.

Asimov nos hablará sobre cómo se pudo descubrir la distancia entre la Tierra, la Luna y los planetas, gracias al sistema del paralaje. Los griegos llamaban al Sol, la Luna, Venus, Júpiter, Saturno y Mercurio planetes, que significa «errantes», porque, en apariencia, eran los cuerpos celestes que se movían entre las estrellas quietas.

Es curioso saber que, durante unos 1.800 años, después de los griegos la astronomía no progresó nada hasta que llegaron a escena científicos como Nicolás Copérnico, para decir que era el Sol y no la Tierra el centro del universo. En 1609, Johannes Kepler se dio cuenta de que las órbitas de los planetas alrededor del Sol no eran circulares sino elípticas. En 1608, Galileo Galilei reinventó el telescopio.

En 1781 Wilhelm Herschel descubrió el planeta Urano y el diámetro del sistema solar se incrementó hasta el doble de lo que se pensaba.

Más difícil que calcular la distancia de la Tierra a los planetas con la técnica del paralaje fue calcular la distancia a las estrellas. La solución me parece ingeniosa: en vez de mover la posición del observador sobre la Tierra los científicos se beneficiaron del propio movimiento de la Tierra alrededor del Sol, para hacer sus mediciones cada seis meses, cuando la Tierra se encontraba a la máxima distancia de su posición anteriormente medida. Me ha parecido bonita la historia en la que Halley (el del cometa que lleva su nombre en 1718) logra demostrar que las estrellas sí cambian su posición respecto a nosotros, comparando su posición actual con el primer mapa estelar conocido, que fue elaborado por Hiparco en 134 a. C., momento en el que registró la posición de 800 estrellas.

Hacia 1840 los astrónomos consiguieron resolver el problema de la distancia de las estrellas. Sin embargo, la humanidad aún no sabía si solo había una galaxia o muchas de ellas. Para saber que los brillos de algunas estrellas provenían de mucho más lejos que otras, ya que unas pertenecían a nuestra galaxia y otras a galaxias exteriores, los científicos tuvieron que desarrollar la técnica de la espectroscopia; es decir, el análisis de las longitudes de onda de la luz que llega de las estrellas. Mayor corrimiento al rojo significa más distancia.

En 1920 la posición del ser humano en la galaxia sufrió otra alteración drástica. Copérnico desplazó el centro de la Tierra al Sol, y Shapley apuntó que el Sol no era el centro de la galaxia, sino que se hallaba en realidad a las afueras de ese centro. Ya en el siglo XX se descubriría que la luz que recibíamos desde la nebulosa de Andrómeda venía desde fuera de la Vía Láctea y, por tanto, se trataba de una nueva galaxia.

 

Hasta la página 160, El universo me parece un libro precioso. Asimov es un buen narrador y consigue que el lector se interese por esta historia de curiosidad y descubrimientos, que acaba siendo un canto al espíritu humano. Ninguno de los astrónomos de los que se habla en el libro iba a sacar ningún beneficio económico por sus descubrimientos, pero querían saber y ese querer saber acaba siendo definitorio y hermoso.

El capítulo siete –titulado La edad de la Tierra– me ha gustado menos que los anteriores, pero en realidad sé que esto tiene más que ver con mis intereses personales que con la historia científica que Asimov registra en su obra. Me ocurre algo parecido, con el capítulo siguiente, La energía del Sol. Aunque sí que me ha gustado saber que la composición de las estrellas es principalmente hidrógeno y que, gracias a las fusiones nucleares, se va transformando en helio, que son los dos elementos más abundantes del universo. Seguía un capítulo titulado Tipos de estrellas, donde se nos hablará de las gigantes rojas, las enanas blancas, las enanas negras…

«Cuando preguntamos entonces si el Universo es eterno, lo que estamos preguntando es, en esencia, si la fusión del hidrógeno es capaz de perdurar para siempre». (pág. 283).

Asimov también nos hablará del origen del universo y de la teoría del big bang y de ahí pasará a hablarnos de las partículas sin masa. El libro acabará hablando de los cuásares, que son partículas de luz procedentes de los lugares más lejanos del universo conocido y, con un recorrido circular, volvemos al inicio: por ahora conocemos estos límites, pero ¿dónde acaba el universo que podemos conocer?

Como ya he apuntado, algunos temas me han resultado más interesantes que otros. En algunos momentos, el trasfondo de las explicaciones científicas puede ser un tanto complicado, pero ya he apuntado que Asimov, pese a hablar en más de una página de temas técnicos, consigue que su libro sea ameno. En definitiva, Asimov rinde homenaje en El universo al espíritu humano de conocimiento y superación y, esto, en la mayoría de las páginas, es un viaje emocionante.


domingo, 9 de agosto de 2026

Diarios. Edición completa, por Iñaki Uriarte


Diarios. Edición completa
, de Iñaki Uriarte

Editorial Pepitas de Calabaza. 531 páginas. Edición de 2025

 

 

Me llegó al correo electrónico, en septiembre de 2025, la nota de prensa de la editorial Pepitas de Calabaza sobre la reedición de los Diarios. Edición completa de Iñaki Uriarte (Nueva York, 1946) y me apeteció pedírsela a la editorial para poder leerlos y reseñarlos. Víctor Sáenz-Díez, el editor, con el que he hablado alguna vez en persona, me la envió hace ya unos meses. Desde hacía años venía oyendo hablar de estos Diarios de Uriarte, un libro que se fue publicando originalmente en tres volúmenes (cada uno de ellos cubría tres o cuatro años de diario) y que, definitivamente, se ha editado en un solo libro, seguido de un epílogo, que también se publicó de un modo independiente. Hacía años que oía hablar positivamente a escritores de estos diarios de un señor que nació en Nueva York, pero vive en Bilbao y veranea en Benidorm.

 

En las 531 páginas de este libro nos vamos a encontrar con los Diarios de los años 1999 a 2010 y con un epílogo que, de forma mucho más escueta que en los diarios anteriores, muestra anotaciones de Uriarte sin fechas concretas, pero, gracias a algunas acotaciones temporales, el lector sabrá que abarcan casi una década más. En este epílogo nos dará Uriarte algunos datos significativos sobre sí mismo y sus diarios: «Los empecé a los cincuenta y dos años, tras un ingreso hospitalario por una enfermedad grave. Los médicos temieron que fuera la definitiva. Yo nunca lo creí, pero, al volver a casa y cambiar mis hábitos de vida, comencé a escribir estas páginas (¡escribe que has dicho algo!), que se han convertido ya en unas larguísimas últimas palabras». (pág. 493). También leeremos en este epílogo que desde que empezó a publicar –mayo de 2010– casi dejó de hacer anotaciones en su diario. Durante 2009 o principios de 2010, cuando ya sabe que va a salir el primer volumen de su diario en Pepitas de Calabaza empieza a agobiarse con la idea de que las personas de su círculo lean sobre sí mismas en esas páginas y se enfaden, un problema habitual en la literatura de autoficción. También he leído que Uriarte, una vez que empezó a ser reconocido por sus diarios, empezó a sentir la presión del éxito y esto le impedía sentirse tan libre a la hora de escribir, como se sentía en 1999 cuando empezó.

A diferencia de los diarios más tradicionales, aquí las entradas no están señaladas con fechas concretas, salvo la anual. De hecho, muchas de las anotaciones no recogen el día a día del autor, sino que son simplemente reflexiones o ocurrencias sobre la realidad, en muchos casos en forma de aforismos.

La primera anotación de 1999 recoge una visita a un hospital. Uriarte no va a contarnos por qué está en ese hospital, pero el lector –antes de llegar a ese comentario final del epílogo del que he hablado– va a comprender que está leyendo las palabras de un hombre que está cambiando sus hábitos vitales. Uriarte nos va a decir que se ha pasado la vida sin trabajar en una oficina, viviendo del alquiler de una casa familiar y publicando reseñas de libros en periódicos. Sin dineros excesivos, pero sin ataduras tampoco. Esta faceta de su vida le va a permitir conocer a algunos de los autores que admira, como a Jaime Gil de Biedma o Enrique Vila-Matas. También sabremos que ha dejado de beber alcohol, pero que tiene un pasado en el que salía mucho, también a diario, y se levantaba muy tarde.

 

Las reflexiones metaliterarias sobre el propio arte de la escritura y su sentido van a ser abundantes: «Pla dice que hay que escribir como se escribe una carta a la familia, pero con un poco más de cuidado. Aquí voy a hacerlo como si hasta las cartas fueran un alarde de retórica. Como si hablara solo», leemos en la página 11 y primera del diario.

Algunos de sus amigos o familiares va a aparecer aquí con su nombre, como su mujer María o su amigo el escritor Pedro Ugarte, al que sigo en las redes sociales. Pero se referirá a otras personas con la denominación genérica de «X» y esta X puede representar a personas diferentes. En estos casos, suele ocurrir que se critica al tal X o se cuestionan algunas de sus decisiones.

 

En la página 46, por ejemplo, nos encontramos con varias anotaciones que cumplen la función de aforismos. Recojo algunos como muestra: «Los cambios bruscos de tiempo animan la ciudad. Una granizada, por ejemplo, es excelente para aumentar la cordialidad en el ascensor», «Ser guapo ayuda a obtener buenas notas en el colegio. Más tarde, no favorece el reconocimiento intelectual», «Escribir tiene un efecto anestésico. Tranquiliza, como una pastilla ansiolítica. Pero, además, produce una cierta embriaguez. Esto hace que, según decía Cyril Connolly, tantos malos escritores no consigan dejarlo».

 

También se van filtrando algunos comentarios sobre actualidad política en el diario, sobre todo en relación a la política vasca, pues Uriarte es un habitual de las manifestaciones en contra de ETA. Uriarte no es un nacionalista vasco, pero tampoco se siente cómodo con los nacionalistas españoles que desprecian lo vasco. No sabe hablar el idioma vasco, pero no le gusta que nadie lo desprecie.

También iremos conociendo su historia familiar, y cómo sabremos que él nace en Nueva York, donde uno de sus abuelos había emigrado desde España y abierto allí una pensión. No mucho después de nacer, Uriarte vendrá a España, primero a San Sebastián y definitivamente a Bilbao.

 

Uriarte deja constancia en su diario de algunas de sus pequeñas vanidades, como el hecho de querer reflejar en sus páginas sus encuentros con personas famosas, que aparecen en el libro a modo de cameos. En muchos casos, el tono de sus escritos es autoirónico, y consigue ser bastante divertido, como cuando habla del tiempo que pasó en prisión por manifestarse en contra de la dictadura y dice de sí mismo que debió de ser el único preso del franquismo que salió de la cárcel con chófer. El tema de los atentados del 11 de marzo de 2004 también dará lugar a comentarios interesantes.

 

Además de las entradas del diario, a veces también podemos leer algún mail o algún texto que Uriarte escribió para un periódico, lo que hace que se incremente el abanico de recursos narrativos del libro.

 

También son muy abundantes las citas literarias que recogen los Diarios. Seguramente el autor favorito de Uriarte sea Montaigne y sus ensayos («Supongo que los Ensayos es el libro más importante de mi vida», pág. 364), y este autor debe ser el más citado en todo el libro. También destacará su predilección por Jorge Luis Borges. De hecho, Borges acabará siendo el nombre de un gato que adoptará Uriarte, y cuyas andanzas en la casa familiar serán también uno de los temas recurrentes de estas páginas. Para mí, que también convivo con gatos desde 2021 son páginas agradables. Me hizo gracia el comentario de Pedro Ugarte, uno de los amigos a los Uriarte deja sus diarios antes de que estén publicados, sobre que ya está harto de leer sobre el gato.

 

Creo, y el mismo Uriarte, lo dice que los Diarios que el lector acabará leyendo están muy editados y expurgados respecto a los diarios originales. Uriarte nos dirá que relee mucho lo que escribe y que elimina muchas entradas (primero escribe en un cuaderno y luego lo pasa al ordenador) sobre todo aquellas que recogen estados de ánimo tristes o enfrentamientos con otras personas. Por esto, en muchos casos, como ya he comentado, no hay una idea muy clara de continuidad narrativa. «Leo páginas de años anteriores y las borro. El diario va en contra de mi memoria, que tiende a olvidar los momentos malos. No me interesa que me los recuerde. Esto no es un acta notarial de mi vida», leemos en la página 445.

Durante unos meses al año, María, la mujer, y el autor se desplazarán a un piso que poseen en Benidorm. De hecho, Uriarte también es famoso por su reivindicación posmoderna de esta ciudad de veraneo.

 

Me han entrado ganas de leer los ensayos de Montaigne. Imagino que algo de la forma de escribir de Uriarte vendrá de ellos. Sí que he descubierto ahora de forma clara a uno de los seguidores de Uriarte: los diarios de Eduardo Laporte.

No he leído el diario de seguido, sino que he hecho tres pausas para leer tres novelas breves. En principio, los lectores originales de este libro tuvieron que hacer paradas de al menos un año entre las tres entregas originales, más luego el epílogo. Y el género del diario permite, y casi es recomendable, estas pausas.

«Yo también pienso que el mundo, la vida, o lo que sea, me ha tratado injustamente. Pero a mí favor» leemos en la página 290 de este libro que, entre cosas, acaba siendo las memorias de un dandy, un caradura simpático, melancólico, inteligente, lector y reflexivo. Una lectura muy gratificante, que ha dejado con ganas de saber más de Uriarte, con el deseo de leer la versión expandida de los años comentados brevemente en el epílogo.