Juventud, de Mori Ogai
Editorial Satori. 267 páginas. 1ª edición de 1910-11. Ésta es de 2021
Traducción de Akira Sugiyama y Sally Battan. Prólogo de Carlos Rubio.
Los sábados suelo ir a comer con mi padre en Móstoles; más tarde, vuelvo a
Madrid y salgo a cenar con Almudena, mi mujer. Para el transporte público
llevaba los Diarios de Iñaki Uriarte,
un libro que invita a la degustación, a la lectura fragmentada. Mi padre no se
encontraba ese día demasiado bien, y decidí quedarme en Móstoles esa noche para
poder ayudarle. Mientras se echaba la sienta, decidí acercarme a la biblioteca
pública para sacar el préstamo una novela que me acortara la tarde. Afuera
llovía sin piedad y yo tardé más de una hora en elegir libro, un gran
pasatiempo. Al final me decidí por Juventud, , del escritor Ogai Mori (Tsuwano, 1862 – Tokio,
1922), novela que se publicó por entregas en una revista japonesa entre 1910 y
1911. Elegí este libro por los siguientes motivos: porque tenía un número de
páginas (267) adecuado para acabarlo en unos pocos días, porque me interesa la
literatura japonesa y lo que publica la editorial
Satori, ubicada en Gijón y especializada en traducciones directas del
japonés, y porque en el verano de 2026, al fin (sin la guerra en Irán no lo
impide) viajé a Japón. Esa tarde de sábado, empecé a leer la novela en mi
cafetería de Móstoles de referencia. La lluvia implacable, como en un cuento de
Onetti, hizo que fuese el único cliente sentado en una de sus mesas.
Como suelo hacer, dejé el prólogo de Carlos
Rubio –experto en cultura japonesa– para el final. La novela comienza
cuando Junichi, su joven protagonista, acaba de llegar desde su pueblo en
provincias hasta Tokio, con la intención de convertirse en escritor. «Junichi
respondió a la manera de alguien oriundo de Tokio, aunque en realidad acababa
de llegar de provincias. La manera de expresarse la había aprendido leyendo
novelas.», leemos en la página 32. Un tema importante en la narración es que
las novelas que Junichi lee son, en gran medida, europeas. El tiempo narrativo
de la novela parece contemporáneo al de su escritura y, por tanto, se sitúa
sobre 1910, al final de la llamara «era Meiji». Este periodo, desde 1868 hasta
1912, abarca los años del reinado del emperador Meiji, que fue una época de
cambio y modernización en Japón. El emperador Meiji, con el deseo de
occidentalizar el Japón, promovió viajes de japoneses a Europa con la intención
de traer a su país los avances científicos, el arte o los sistemas jurídicos. A
esta corriente se sumó la evolución de la literatura japonesa (como leí en el
prólogo de Kokoro de Natsume Soseki,
también editado por Satori) y la gran mayoría de los referentes de los
escritores de esa época eran europeos, sobre todo franceses, ingleses y
alemanes.
Junichi pertenece a una familia acomodada y no se ha mudado a Tokio para
estudiar en la universidad, sino que su idea es simplemente vivir y escribir,
sin necesidad de trabajar. Junichi lee en francés, y le mandan libros desde una
librería de París. Muchas de las reflexiones que en la novela se van a hacer
sobre literatura tendrán como referente a escritores franceses como Jean Racime
o Joris-Karl Huysmans, o también al noruego Henrik Ibsen.
Junichi ha llegado a Tokio con una carta de recomendación para que le
reciba en su casa el escritor Mori Oson. Gracias a una nota a pie de página y a
la introducción, sabremos que en este personaje Mori Ogai está representado una
parodia de sí mismo. Las visitas de Junichi a este escritor serán, en
principio, decepcionantes para él. Más tarde, Junichi acudirá a la charla del
afamado escritor Fuseki, que está basado en Natsume Soseki. Las notas y el
prólogo nuevamente, nos van a hablar de esto, pero, después de haber leído tres
novelas de Soseki, creo que me habría dado cuenta, porque la descripción física
de Fuseki, con un bigote, es similar a la idea que tenía de Soseki gracias a
sus fotografías. En el prólogo de Rubio, leeré que la novela de Soseki titulada
Sanshiro,
publicada en 1909 fue una inspiración para Juventud
de Mori, y hacer aparecer a Soseki en su novela fue todo un guiño y un
homenaje. Sanshiro está publicada en España por la editorial Impedimenta, y alguna vez la he hojeado en una de las
bibliotecas públicas que frecuento. En algún momento la leeré.
La novela está escrita en tercera persona y el narrador, en algún momento,
cuando enfrenta a dos personajes, nos va a permitir saber qué piensa cada uno
del otro; aunque principalmente seguirá los pasos y los pensamientos de
Junichi. En algún capítulo, Mori nos permitirá leer algunas de las páginas de
un diario que Junichi ha empezado a escribir.
A pesar de poder tener contacto directo con estos escritores de los que he
hablado, Junichi parece que va a sacar más partido vital de la relación con dos
jóvenes, que se van a convertir en sus amigos en Tokio. Por un lado está Seto,
al que conocía de su pueblo y que no parece alguien muy de fiar, alguien que le
acabará pidiendo dinero prestado. Y por otro lado está Omura, un estudiante de
medicina, al que conoce en la charla de Fuseki, y que parece un tipo más noble,
y con el que puede compartir su pasión por la literatura.
En realidad, los sucesos que van hacer avanzar la trama tienen que ver con
el encuentro de Junichi con tres mujeres, que van a encarnar tres arquetipos
femeninos: una joven vecina que le visita en la casa que ha alquilado, una
chica de su edad, sensible y pura; una geisha, que encarnará el deseo sexual
más directo; y la viuda de un hombre de letras de su provincia, que encarnará
el misterio, el deseo y quizás el amor. Junichi parece fluctuar entre su deseo
de vivir una pasión amorosa y su deseo de una relación sexual. «Me parece que entumecer
el espíritu a través de la satisfacción carnal sería una especie de suicidio
espiritual –reflexionó Junichi–. Pero te confieso que a veces siento que mis
nervios están excesivamente reprimidos, y no sé qué hacer con mi cuerpo.», le
confesará Junichi a su amigo en la página 212.
Junichi habrá de confesarse a sí mismo que no está escribiendo una novela,
como se había propuesto hacer al mudarse a Tokio y no sabe aún si las páginas
del diario en las que reflexiona sobre sus encuentros y su deseo podrán, con el
tiempo, transformarse en la ansiada novela que espera escribir.
Como ya he dicho, los modelos de la narrativa japonesa, a partir de la era
Meiji son europeos, y en este sentido es normal que al leer literatura japonesa
del siglo XX y XXI, el lector occidental se pueda percatar de la existencia de
un mundo de referencias común a sus gustos. Sin embargo, sí me pasó al leer Una
flor de Yuriko Miyamoto que
sentí que el ritmo de esa narración no era occidental y que a Una flor le faltaba tensión narrativa.
Algo similar he sentido con Juventud
de Ogai Mori. Las escenas del libro están bien dibujadas y la traducción –a
cargo de Akira Sugiyama y Sally Battan– traslada al español un
estilo en apariencia sencillo, pero con tintes poéticos y que fluye bien. Sin
embargo, he sentido que a Juventud le
faltaba, como digo, tensión narrativa; le faltaba algo de violencia a las
escenas, desgarro, enfrentamiento, etc. Juventud
me ha parecido un libro correcto, pero no sobresaliente, como pueden ser Kokoro
de Soseki, Indigno de ser humano de Dazai o la tetralogía de El
mar de la fertilidad de Mishima. Aunque también es cierto que, en los
tres casos, estoy hablando de obras posteriores a Juventud, que se debe entender en su contexto histórico, como una
novela en la que la propia literatura japonesa se encuentra en proceso de
cambio y modernización hacia las cotas que va a alcanzar durante el siglo XX.





