domingo, 3 de mayo de 2026

Cuentos completos, por Alfredo Bryce Echenique


Cuentos completos
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Alfaguara. 479 páginas. 1ª edición de 1995

Prólogo de Julio Ortega

 

Ya he comentado más de una vez que Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos; del que destaco obras como Un mundo para Julius (1970), No me esperen en abril (1995) o Reo de nocturnidad (1997). Hace más de diez años, hablando en Madrid con el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, este me recomendó encarecidamente Cuentos completos de Bryce Echenique. Tenía localizado el libro en la biblioteca Elena Fortún de Madrid, pero al final decidí comprarlo de segunda mano, gracias a Iberlibro. Estos Cuentos completos se publicaron en 1995 y, desde entonces, Bryce Echenique ha publicado dos colecciones más de relatos, Guía triste de París (1999) y La esposa del rey de las curvas (2009).

 

Cuentos completos contiene los siguientes libros: Huerto cerrado (1968), La felicidad ja ja (1974) y Magdalena peruana y otros cuentos (1986), además de algunos cuentos sueltos más, que no sé si al final se integrarían en Guía triste de París o La esposa del rey de las curvas.

 

Huerto cerrado fue el primer libro que publicó Bryce Echenique, en 1968, antes de los treinta años. Contiene doce cuentos. El primero se titula Dos indios y sitúa su acción en París. En este cuento, de una docena de páginas, podemos encontrarnos ya con algunas de las claves de la obra de Bryce Echenique: el cuento nos lleva a París, donde va a situar más de una de sus historias, y trata sobre la nostalgia y los amores del pasado; contado desde un punto de vista humorístico, pero no de un humorismo hiriente o sarcástico, sino de un humor tierno y exagerado. Los dos personajes que se encuentran en París, acabarán rememorando su vida en Lima, mientras comparten tragos de alcohol, detalle este que acabará siendo otro de los rasgos compositivos de las obras de Bryce Echenique.

 

El segundo cuento se titula Con Jimmy, en Paracas y es uno de los mejores cuentos del libro, un cuento sobre el paso de la infancia a la madurez, la caída del mito del padre, las clases sociales y el racismo. La primera frase, marcando el ambiente de amenaza sobre el padre me parece memorable: «Lo estoy viendo realmente: es como si lo estuviera viendo; allí está sentado, en el amplio comedor veraniego, de espaldas a ese mar donde había rayas, tal vez tiburones». (pag. 31). En estas primeras narraciones de Huerto cerrado me parece ver la influencia de los cuentos de La palabra del mundo, del también peruano Julio Ramón Ribeyro, sobre todo al tratar estos temas de los que hablaba anteriormente, de las clases sociales y el racismo en la sociedad peruana.

 

Después de unos pocos cuentos, me doy cuenta de que el protagonista de todos ellos se llama Manolo y ya veo que, en realidad, son cuentos entrelazados y que hablan de la misma persona; principalmente de un adolescente, de clase media alta, que está dejando de ser un niño y se está internando en la vida adulta. Los cuentos reflejan diversos momentos de su vida, como el humillante momento en el que, a los trece años, los niños de la clase del colegio van a hacer una excursión en bicicleta a una localidad cercana y él se queda atrás y el profesor le pide que se vuelva a su casa, tema de El camino es así. En el cuarto cuento, ya han pasado unos años, y Manolo le venderá esa bicicleta del relato anterior a un jardinero con el que, de más niño jugaba al fútbol, y del que las diferencias sociales han acabado separando.

Así que el primer cuento de este primer libro, Dos indios, nos presentaba a un Manolo ya adulto, recordando en París algún episodio de su infancia y juventud. A partir de él, los cuentos nos conducen a diversos momentos de la vida de Manolo –en los que el lector entrevé a una especie de alter ego del autor– en orden cronológico; así llegaremos hasta las primeras novias o las primeras visitas al burdel con los amigos, rito de iniciación de la época mostrada. En un cuento como Una mano en las cuerdas aparece ya el Country Club, que será uno de los escenarios esenciales de la primera novela de Bryce Echenique, Un mundo para Julius (1970). Una mano en las cuerdas me ha parecido otro de los mejores cuentos de este primer libro, porque en él usa el recurso de intercalar la primera persona –a través de un diario personal– y la tercera.

En Un amigo de cuarenta y cuatro años, Bryce hace el retrato de un profesor de inglés del colegio de Manolo, y su cierre me ha parecido también bastante conseguido. Algunos cuentos, como este, empiezan con descripciones de calles y barrios de la antigua Lima, y de este modo la ciudad –pero más la ciudad de los recuerdos, que la ciudad real– se acaba convirtiendo en un personaje más del libro. Crece y cambia Manolo, crece y cambia también Lima, parece decirnos Bryce Echenique.

 

Los tres últimos cuentos de Huerto Cerrado, La madre, el hijo y el pintor, El hombre, el cinema y el tranvía y Extraña diversión son más cortos que los anteriores y me han parecido narraciones más apresuradas y de inferior calidad a las ya leídas. Lo que no ha enturbiado la buena impresión que he sacado de este primer libro de Alfredo Bryce Echenique, que imagino que, en su momento, fue celebrado como lo que era: el talentoso debut de una nueva voz latinoamericana en el fantástico contexto del boom.

 

El siguiente libro, La felicidad ja ja (1974) reúne ocho cuentos. El primero es Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, y ya desde el título se percibe un cambio de rumbo respecto a las piezas del libro anterior. En Huerto cerrado, como ya he dicho, creo que Bryce Echenique sigue la estela de narradores clásicos como Ribeyro, que a su vez diría que había leído a los escritores de relatos estadounidenses como Ernest Hemingway, y usa un estilo preciso y realista. En La felicidad ja ja, Bryce Echenique está ya buscando una voz más personal, que va a tener que ver, en gran medida, con la oralidad del lenguaje. Así, en el primer cuento, en Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, se recrea un monólogo, en el que uno de los personajes le habla a otro. Es un cuento sobre las aspiraciones y las diferencias económicas que se crean en la vida adulta entre amigos de la juventud; sobre todo porque el narrador fue un niño rico que acabó perdiendo su fortuna, y además acabó  convirtiéndose en una persona más empática y sensible que su amigo. «Pero, claro, tú siempre has tenido razón. Lo cual no impide que seas una mierda, gordo, una mierda que acierta en las apuestas de la vida.» (pág. 149) Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín me ha parecido un gran comienzo para este segundo libro.

El segundo cuento, Florence y Nós três, sobre un profesor de español en París –tras el que se ve al propio autor– que nos habla de una alumna alocada y enferma de su clase es melancólico y hermoso.

Pepi Monkey y la educación de su hermana sobre unos niños que son educados por una casa rica decadente de Lima me ha parecido que bajaba ya algo el nivel.

De este segundo libro, mis cuentos favoritos acaban siendo los más largos: Baby Schiaffino y Muerte de Sevilla en Madrid. Baby Schiaffino trata sobre la idealización del amor por parte de un joven que se enamora de una chica que lo ve como un amigo. El humor tierno y algo absurdo de Bryce Echenique se manifiesta con elegancia en este cuento. Muerte de Sevilla en Madrid es el único cuento de este libro que había leído previamente. Lo leí en una edición de Alianza 100, uno de esos libritos que lanzó la editorial Alianza en los años 90 y que costaban cien pesetas (0,60 €). En este cuento, un pobre hombre peruano gana un concurso para viajar a España y este será el comienzo de sus problemas finales. Aquí, como también será habitual en la obra de Bryce, se hace uso del humor escatológico; un elemento clave en la composición de su novela La vida exagerada de Martín Romaña.

 

Hasta aquí, habiendo leído los dos primeros libros de cuentos, aunque no todos tienen el mismo nivel, tengo la sensación de que estos Cuentos completos de Bryce Echenique es un gran libro; sin embargo, de forma inesperada, sufro una decepción con el tercer libro, Magdalena peruana y otros cuentos, formado por doce piezas. El primer cuento, Anorexia y tijerita, sobre un exministro con una chica anoréxica, protagonizado por un personaje desagradable, no está mal.

Creo que voy a describir, de un modo general, qué me ocurre con estos cuentos: Bryce Echenique usa aquí también un tono oral, y normalmente leemos el discurso interior de un personaje que suele tener a otro de interlocutor, aunque esto solo ocurra en su cabeza. El narrador suele ser un hombre maduro de éxito –un pintor, por ejemplo– que habla a una jovencita con la que tiene una relación, y en este discurso oral, el narrador empieza a hablar de personajes del pasado, que el lector, al principio, no sabe quiénes son, y al final descubrirá que, normalmente, son compañeros de juergas del pasado del narrador y cuenta sobre ellos algunas anécdotas exageradas, sobre todo relacionadas con el abuso de bebidas alcohólicas, que acaban por no tener demasiada gracia. Así que al final el lector se encuentra leyendo un relato que parece bastante deslavazado sobre personajes por los que no ha conseguido interesarse.

De este tercer libro, me ha interesado sobre todo un cuento titulado El breve retorno de Florence este otoño porque Bryce Echenique plantea en él una segunda parte del cuento Florence y Nós três de La felicidad ja ja, pero creo que el estilo exagerado y el humor absurdo acaban arruinándolo.

 

El libro termina con cuatro cuentos que en 1995, año de la publicación de estos Cuentos completos, no estaban incluidos en ningún libro, y aquí Bryce Echenique deja un tanto de lado el estilo del último libro, con un exceso de oralidad y un discurso interior demasiado disperso y vuelve a un estilo más clásico.

Al finalizar Huerto cerrado, me sentí tan entusiasmado por este primer libro de cuentos de Bryce Echenique que entré en Iberlibro y compré una edición de segunda mano de Guía triste de París, que sería su siguiente libro. Ha sido una pena que mi entusiasmo haya bajando con los cuentos de Magdalena peruana y otros cuentos, pero espero que la obra cuentística de Bryce Echenique remonte con Guía triste de París.

domingo, 19 de abril de 2026

Una mujer a quien amar, por Theodor Kallifatides


Una mujer a quien amar
, de Theodor Kallifatides

Editorial Galaxia Gutenberg. 155 páginas. 1ª edición de 2003; esta es de 2025.

Traducción de Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide

 

Ya he contado que, en noviembre de 2025, fui a escuchar a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) en una charla organizada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid con Lídia Jorge. Compré tres libros de Kallifatides, Madres e hijas (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003), publicados en España por la editorial Galaxia Gutenberg. De forma errónea, consideré que Una mujer a quien amar era su último libro escrito y la dejé para la última de las tres lecturas. En realidad, Una mujer a quien amar es anterior a los otros dos libros, y es simplemente la última de sus obras que la editorial Galaxia Gutenberg ha publicado en España, esta vez con la traducción de Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide, que traducen del sueco, idioma en el que, de forma habitual, Kallifatides ha desarrollado su obra narrativa hasta que en Otra vida por vivir decidió cambiar a su griego natal, y se tradujo al español por Selma Ancira.

 

El hilo conductor principal de Una mujer a quien amar es recordar y homenajear a Olga, una amiga de Kallifatides que acaba de morir. En esta novela, nuestro narrador va a cumplir sesenta y tres años y Olga acaba de morir a los cincuenta y uno. La primera escena del libro nos muestra su funeral. «Olga era un tercio griega, un tercio rusa y un tercio sueca. Su madre era rusa; su padre, griego, y ella nació en Suecia. Amaba Grecia con pasión y soñaba con terminar sus días allí. Pero también amaba Suecia con pasión y vivió sus días aquí. Rusia no ocupaba un lugar muy importante en su vida más allá de que idolatraba a Dostoyevski y Chéjov.» (pág. 8)

Kallifatides, en estas tres novelas que he leído, habla de sí mismo y, por tanto, al leerlas seguidas he tenido la sensación de estar leyendo distintos capítulos de la misma novela, porque el narrador es siempre el mismo y también lo son su mirada y su enfoque sobre lo narrado. En esta ocasión, Kallifatides nos va a hablar de sus primeros años en Suecia, después de haber emigrado allí desde su Grecia natal. Así sabremos que al llegar al país empezó a vivir en una habitación de seis metros cuadrados y a trabajar en una pastelería. También nos hablará de la época en la que, recién acabada su carrera de Filosofía, empezará a trabajar en un internado, hablando en sueco e inglés, idiomas que por entonces no acababa de dominar.

 

Desde el día del entierro de Olga, Kallifatides va a retroceder en el tiempo, sobre todo a dos líneas temporales: en primer lugar, a los meses previos a la muerte y la evolución de la enfermedad de la amiga y, en segundo lugar, a una época más remota en la que conoció a Olga, cuando ella tenía unos diecinueve años y él treinta. Acabaremos sabiendo que llegaron a acostarse juntos, pero aquella fue una relación sentimental breve que no fructificó, principalmente porque ella acababa de salir hacía poco de una mala experiencia de pareja y la relación se convirtió en una amistad que perduró hasta el momento de la muerte de ella. «Cómo acabamos en su estudio, cómo continuamos hasta la cama, cómo fue acostarnos, lo había olvidado. Solo recordaba su cuerpo esbelto, desnudo sobre la colcha negra, pero lo recordaba más como un cuadro que como una experiencia.» (pág. 31). Olga va a ser una de las personas con las que va a poder hablar en griego en Suecia y, por tanto, conseguir retener su esencia más íntima en el país extranjero.

 

También nos hablará de la época en la que conocerá a la que luego será su mujer; una sueca de tendencia política liberal, cuando él era un «comunista convencido».

 

Kallifatides nos vuelve a hablar de Farosund, el pueblo en una isla en el que su mujer y él compraron una casa. En la página 85, leemos un hermoso párrafo sobre esto: «Por primera vez escogí Farosund en lugar de Atenas. No me di cuenta inmediatamente de lo que significaba aquello. Solo después de una semana aproximadamente caí en la cuenta de que había dado un paso más en mi acercamiento a Suecia. Ya tenía incluso un refugio aquí. Un lugar en el que la soledad era apacible y el silencio, suave. Allí podía sentarme a hombros del mundo y mecer los pies sobre la playa de la vida, los valles del amor y los barrancos del odio».

 

Una mujer a quien amar habla más de Suecia, que las otras dos novelas que he leído de Kallifatides, aunque en una escena se describe un encuentro familiar en Grecia, la primera vez en la que la familia de él conoce a la madre de Kallifatides en Atenas, cuando la madre tenía ochenta y seis años. Es un dato que me ha resultado algo extraño. Como ya ocurría en Madres e hijos se vuelve a hablar de las relaciones familiares, y de nuevo aparece el personaje de la madre y el hermano que quería inventar una máquina para dar bofetada cuando uno dijera una tontería. En un libro se narra una historia, en otro se recuerda o se vuelve a narrar desde otra perspectiva. Son historias que se solapan y nos hablan de la capacidad humana para evocar distintos recuerdos o realidades dándolos nuevos significados. Es verdad que después de leer tres libros seguidos del autor, como he hecho yo, se puede tener una cierta sensación de repetición, o de estar leyendo –como ya he apuntado– la misma novela, pero, en cualquier caso, sería una larga novela con más de una repetición; algo que no acaba de tener una relevancia negativa en cualquier caso.

 

El tono de Una mujer a quien amar es, en apariencia ligero, en su capacidad para saltar de un tema a otro, o dejarse llevar por las digresiones narrativas, pero siempre –como también ocurría en los otros dos libros– hay un esqueleto narrativo, un tema central (en este caso, el de evocar a Olga, en los distintos momentos en los que el autor la ha conocido) que hace que la historia avance y se sostenga. Las novelas de Kallifatides no se cimentan sobre la tensión narrativa, sino sobre la poesía de la mirada sobre lo observado y las continuas reflexiones sobre el entorno y la capacidad que tienen nuestras decisiones y el tiempo para moldear nuestra identidad. En alguna página se habla, por ejemplo, sobre lo estudios filosóficos y me ha resultado interesante leerlo: «La filosofía había abdicado. Se dedicaba a los análisis técnicos de teoremas, concepto y afirmaciones. Se dedicaba a los problemas epistemológicos. No eran cosas sin importancia, al contrario. Pero la cuestión de cómo hemos de vivir se abandonó a toda clase de charlatanes. Curas, terapias, piedras mágicas, astrólogos, fanáticos, idiotas: todos ellos tienen hoy por mercado el mundo entero, porque la gente busca un sentido, un contexto.» (pág. 126). Me gustaría señalar que en este párrafo se puede ver, cuando dice que esos problemas epistemológicos sí tienen importancia, que Kallifatides no quiere polemizar ni dar, en sus libros, opiniones radicales. Los libros de Kallifatides, en realidad, son agradables de leer, ligeros sin ser superficiales. Son libros poéticos y ligeramente nostálgicos sobre la condición humana. Son libros que sustituyen la tensión narrativa por la amabilidad y la página confortable. Como reproche menor podría señalar que al final la figura de Olga, la mujer a la que se iba a homenajear en este libro, queda un poco desdibujada y Kallifatides vuelve a hablar sobre todo de sí mismo. En cualquier caso, Una mujer a quien amar es un buen libro.

domingo, 12 de abril de 2026

Otra vida por vivir, por Theodor Kallifatides


Otra vida por vivir
, de Theodor Kallifatides

Editorial Galaxia Gutenberg. 153 páginas. 1ª edición de 2018; esta es de 2025.

Traducción de Selma Ancira

 

Ya conté en mi reseña anterior –correspondiente a Madres e hijos (2020)– que en noviembre de 2025 fui a escuchar a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. No había leído nada de Kallifatides y compré tres de sus libros, publicados por la editorial Galaxia Gutenberg, Madres e hijos (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003). Otra vida por vivir es el segundo libro suyo que leo, lo que he hecho a continuación de Madres e hijos.

 

Madres e hijos nos acercaba a 2006, cuando un Kallifatides de sesenta y ocho años visitaba en Atenas a su madre de noventa y dos. Otra vida por vivir sitúa su acción principal en 2015, cuando el autor tiene setenta y siete años. Otra vida por vivir, al igual que Madres e hijos, es una novela de autoficción, en la que no hay distancia entre el narrador y el escritor y, por tanto, ambas obras se pueden leer como si fueran capítulos de una novela más amplia. La novela empieza hablando de un acto literario en el que a Kallifatides le han invitado como autor sueco y se da la circunstancia de que es el autor más mayor del encuentro. Uno de los temas de esta novela breve será el de la edad, porque, por primera vez en su vida, el autor se encuentra con una crisis creativa. Se sienta ante la página en blanco y no se le ocurre nada de lo que escribir. «Me sentía vacío e inútil. Una tarde en la Folkoperan de Estocolmo me encontré con un colega que me caía bien aunque no lo conocía yo demasiado. No sé cómo, pero acabamos hablando de mis dificultades. “Después de los setenta y cinco nadie escribe”, dijo». (pág. 24), en esta encrucijada vital parece hallarse el autor.

 

Igual que ocurría en Madres e hijos, Kallifatides va a mezclar, en su discurso, sus inquietudes más íntimas, sobre la vejez o el paso del tiempo, con otras colectivas, como, por ejemplo, la decadencia que observa en los servicios sociales suecos y su incapacidad de acoger a más refugiados. También le preocupará la situación de Grecia, a la que siente como un país humillado, después de todos los recortes a los que le obligó la Unión Europea. Nos dirá que ha llegado a ver caricaturas grotescas de los griegos, como vagos irredentos, en periódicos europeos, y esas caricaturas le recordaban a algunas que los nazis hicieron sobre los judíos. «Europa calculaba cuánto le debíamos, mientras en el Egeo los refugiados arriesgaban su vida día tras día. Los había visto con mis propios ojos en Symi, adonde había ido aquella primavera por trabajo. Hombres, mujeres y niños echados en la calle afuera de las oficinas del puerto. Lo peor de todo es que no decían nada, ni siquiera hablaban entre ellos. Se habían abandonado a su destino, que en ese momento eran dos jóvenes guardas del puerto.» (pág. 41)

También opinará sobre algún otro tema del que se hablaba en 2015, como la libertad de expresión, a raíz de los atentados a la revista Charlie Hebdo. Para él no debería ser un derecho poder insultar las convicciones y los valores de los otros.

En otra vida por vivir sabremos que uno de los dos amigos con los que se reunió en Atenas, en el viaje de Madres e hijos, ha fallecido ya; igual que ha fallecido su propia madre. En esta nueva novela existe una línea temporal definida, en 2015, pero, al igual que ocurría en Madres e hijos, es frecuente que la escritura de Kallifatides tienda a la digresión según se activan sus recuerdos. En cualquier caso, todo esto ocurre con gracia y sin que la novela parezca una acumulación de anécdotas sobrepuestas. De este modo, la crisis por no poder escribir se va acentuando: «Iban pasando los días y yo intentaba conservar mis rutinas, porque sentía que el vacío dentro de mí crecía de manera alarmante.» (pág. 96). Kallifatides, desde hace décadas, tiene la costumbre de salir de casa por la mañana y acudir en tren a un estudio, sobre una colina que domina la ciudad, para escribir allí. Las horas en el estudio empiezan a hacérsele muy largas y le es extraño dejar de salir de casa para ir al estudio y cruzarse por su casa con su mujer cada mañana. Algo parece haberse roto dentro de él, algo que quizás le está indicando que se ha hecho demasiado mayor para seguir con su actividad profesional, que en realidad no es una actividad profesional sino una forma de vida. No sin humor, Kallifatides se abrirán una cuenta en Twitter para poder escribir allí algunas pequeñas frases o ideas.

En Otra vida por vivir se habla de una casa de verano que el matrimonio Kallifatides mantiene en una isla sueca, una isla en la que viven, durante unos meses, en una pequeña comunidad y que, en el pasado, también albergó una base militar.

 

Al escribir la reseña de Madres e hijos, cité a Philip Roth y ese temor del que hablaba el escritor estadounidense de dañar a las personas de una comunidad (judíos en Estados Unidos en un caso y griegos en Suecia en otro). En Otra vida por vivir es el propio Kallifatides el que cita a Roth: «Me acordé de algo que había dicho Philip Roth en una entrevista: “Uno no puede escribir cuando los recuerdos lo abandonan”», y este es el problema principal que acaba comprendiendo Kallifatides que le está asaltando, que sus recuerdos de Grecia se están empezando a petrificar en su interior, sobre todo después de la muerte de su madre.

Un correo electrónico será el que le acabe salvando: desde su pueblo natal, Molaoi, le escriben para pedirle el permiso de poner su nombre al colegio local. En el pasado, ya le había dado su nombre a una calle y él se lamenta de que no había ido a su pueblo a verla. «Los honores no me incomodaban. Al contrario, por eso escribía. Para que en mi pueblo hubiera una calle con mi nombre, para que hubiera una escuela con mi nombre, para seguir existiendo», escribe en la página 110. Esta pequeña vanidad ha llegado a conmoverme, porque sabiendo que escribe una persona de setenta y siete años, que está empezando a tener problemas con la escritura, no deja de mostrarle como alguien vulnerable.

 

El tramo final del libro describirá el viaje a Grecia y a su pueblo natal. Los libros de Kallifatides no basan su fuerza en la intriga o en la tensión narrativa, sino en su capacidad para divagar e hilar ideas y recuerdos; así que no creo que le arruina la experiencia lectora a nadie que cuente la tenue cadena de acontecimientos que forman la espina dorsal narrativa de este breve y hermoso libro.

 

Kallifatides empezó publicando en sueco y en este idioma, como nos dice en las primeras páginas, es en el que ha conseguido su prestigio y reconocimiento. Sin embargo, Otra vida por vivir va a ser el primero que escriba directamente en su lengua materna, en griego. Madres e hijos, que se publicó dos años más tarde, también está escrito originalmente en griego. La traductora de ambas obras es Selma Ancira.

 

Como ya he apuntado, leer Otra vida por vivir ha sido como acercarme a una continuación de Madres e hijos, ya que llegamos al mismo mundo narrativo, con el mismo autor, con las mismas obsesiones sobre la identidad, la pérdida y los idiomas. Ha sido una bonita experiencia leer los dos seguidos y conocer así a este elegante y sensible escritor europeo. Mi siguiente reseña será sobre Una mujer a quien amar.

domingo, 5 de abril de 2026

Madres e hijos, por Theodor Kallifatides


 Madres e hijos, de Theodor Kallifatides

Editorial Galaxia Gutenberg. 169 páginas. 1ª edición de 2020; esta es de 2025.

Traducción de Selma Ancira

 

En noviembre de 2025, el Festival Eñe, celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, reunió a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) con la portuguesa Lídia Jorge para charlar sobre sus obras y el pasado de sus países y de Europa. El encuentro tuvo lugar un viernes de lluvia y me apeteció pasarme. No me había acercado a ningún libro de Kallifatides, pero había leído buenas críticas sobre su obra. Compré tres de sus novelas, publicadas por la editorial Galaxia Gutenberg, Madres e hijos (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003). De forma, quizás un tanto ingenua, supuse que al final de la charla, Kallifatides y Jorge iban a firmar libros, pero esto no fue así y mi alma fetichista se quedó sin los libros de Kallifatides firmados. Este autor es conocido, entre otras cosas, por haber emigrado de su Grecia natal a Suecia y haberse convertido en un autor que ha desarrollado casi toda su carrera en idioma sueco. En una de las salas de Círculo de Bellas Artes, un Kallifatides de ochenta y siete años, con un aspecto estupendo, entendía el español y podía contestar a algunas preguntas en este idioma (que intercalaba con el inglés). Desde hacía poco tiempo había empezado a aprender español.

 

Cuando empezó 2026 decidí acercarme a los libros de Kallifatides. Mi idea era leer en orden cronológico de escritura los tres libros que había comprado, pero –no sé cómo lo miré– lo cierto es que los he acabado leyendo justo en el orden inverso de escritura. De este modo, esta primera reseña va a ser de mi lectura de Madres e hijos (2020). Aunque sí que me percato, consultando mis notas, de un tema interesante: Madres e hijos está ambientado en 2006 y Otra vida por vivir, publicado antes (2018), nos habla de 2015. Por tanto, en Madres e hijos se narra un encuentro de Kallifatides con su madre, y en Otra vida por vivir la madre ya ha muerto.

Madres e hijos está escrito originalmente en griego (traducido al español por Selma Ancira) y más tarde sabré que la decisión de cambiar del sueco al griego como vehículo literario la tomó Kallifatides en Otra vida por vivir, publicado dos años antes.

 

Cuando empieza la narración, hace cuarenta y tres años que Kallifatides (sesenta y ocho años) vive en Estocolmo y su madre (noventa y dos años) en Atenas. Kallifatides le comunica al lector que quiere hablar sobre su madre, que estaba esperando a que muriera, pero que al final va a hacerlo ahora. Y aquí empieza a mostrar algunas dudas sobre su propio material de escritura, algo común a los escritores que, como él, practican la autoficción. «He preparado algunas preguntas que tendré que hacerle. Esto me inquieta y no me gusta. No quiero utilizar a mi madre como material. El hijo que hay en mí quiere estar con ella como antes, sin ningún propósito.» (pág. 9) y un poco más abajo: «¿Seré capaz de controlar al demonio del escritor que quiere arrebatarme el trabajo de las manos? ¿Qué quiere pasarse de listo, bromear, embellecer, o por el contrario, afear?» El uso de frases interrogativas es un recurso común en la novela, unas frases interrogativas que añaden un misterio al material narrado, a su sentido, a sus límites o a su capacidad para realmente describir la realidad.

 

Madres e hijos narra la visita, de unos pocos días, que Kallifatides hace a su madre. Además de querer conversar con su madre viva, el autor establecerá otro diálogo con su padre muerto, ya que este, antes de morir, le entregó a su hijo un cuaderno en el que había narrado los acontecimientos de su existencia que consideraba más importantes. Kallifatides sabe así que su padre quería que hablara sobre él. Desde que toma el avión en Estocolmo, Kallifatides irá leyendo página de este cuaderno, que le serán mostradas al lector en letra cursiva. La técnica narrativa será la de mostrar algunas páginas que serán comentadas por el autor. La novela nos da la sensación de que Kallifatides lee este cuaderno por primera vez en este viaje y muestra una sorpresa genuina por las revelaciones sobre el pasado que encuentra en esas páginas. Entiendo que todo esto debe ser una reconstrucción posterior. El padre, veinticuatro años mayor que la madre, murió con noventa y cinco. Así que murió veintiún años antes que el tiempo narrativo del libro. El cuaderno es de 1972. Kallifatides ha tenido que leer ese cuaderno muchas veces antes que cuando lo hace en este viaje. Imagino también que las páginas que se muestran al lector están editadas, porque el estilo del padre es sencillo, pero siempre correcto y agradable.

La novela está publicada en 2020, pero narra hechos de 2006. En ningún momento, se muestran dudas en el texto sobre el orden o la veracidad de los recuerdos evocados. Realmente se narra como si el autor estuviera tomando notas inmediatas sobre lo contado y en su elaboración no entraran las dudas de los recuerdos. Quizás es así; Kallifatides anotó todo lo que ocurrió en los días de su visita a Atenas y luego, años después, elaboró el libro que el lector tiene en las manos.

 

Uno de los temas principales de la obra de Kallifatides es el de la emigración, y el de cómo el hecho de dejar una sociedad e integrarse en otra distinta cambia a las personas. Nos dirá que él tiene familiares repartidos por todo el mundo y al analizar la vida del padre, a través de su cuaderno, le dará este enfoque del cambio de residencia, de la lucha por la pertenencia. Así en la página 22 leemos: «El segundo detalle era el lugar de su nacimiento. El barrio Exótija, es decir, fuera del recinto amurallado. ¿Qué significaba eso? Que la familia era pobre, por supuesto. Pero al mismo tiempo era una especie de estigma. Habiendo nacido fuera del recinto amurallado, toda su vida luchó por entrar. Lo mismo me ha ocurrido a mí. Me he dejado la vida luchando por entrar al recinto amurallado de una sociedad distinta.»

 

En el aeropuerto, esperando el avión para Atenas, se produce una escena curiosa. Kallifatides está a punto de embarcar, juntos a otros emigrados griegos en Suecia, a los que conoce ya de vista de otros vuelos, y una señora le echa en cara que en sus libros difama a su patria. «Eres tú, señor, quien hace que nos peleemos. Divides a los griegos y engañas a los suecos que tienen el cerebro de chorlito. No paran de preguntarme si es cierto que los griegos hacen el acto con sus cabras y golpean a sus mujeres y a sus hijos de la mañana a la noche.» Esta escena me ha recordado a algunas de las que narraba Philip Roth en Zuckerman encadenado sobre cómo sus libros podían enfadar a su comunidad, los judíos estadounidenses en este caso. No sé si dentro de la autoficción que practica Kallifatides se supone que todo lo que narra sea estrictamente real o añade escenas como esta, que me ha dado la impresión de que era una invención para crear algo de tensión narrativa.

Cuando comencé a leer la novela, tenía la impresión de que el texto estaba bellamente escrito, pero que le faltaba tensión narrativa. Esta tensión se irá fraguando en el libro al contar sobre todo los acontecimientos históricos por los que tiene que pasar la familia Kallifatides: primera guerra mundial, segunda guerra mundial, expulsión de los griegos de Turquía, etc. Incluso, el padre –acabaremos sabiendo– sufrió encarcelamiento y torturas, por parte de los fascistas, durante la segunda guerra mundial; y el propio Kallifatides no podía volver a Grecia después del golpe de estado de los coroneles en 1967, porque le acusaban de difamar al país en los periódicos de Suecia.

 

En la página 31, cuando llega al edificio de su madre, se encuentra con una vecina, llamada María y escribe: «¿Tengo derecho a escribir sobre María? ¿No tendría que pedirle autorización?» En realidad, estas reflexiones me han resultado un tanto exageradas, puesto que no cuenta nada personal sobre María. Diría que Kallifatides tiene bastante cuidado, en su autoficción, de no molestar a nadie. Podría calificar su escritura de «autoficción amable». Quizás en algún momento, al describir la dulzura y atenciones de la madre («Mi madre es mi patria», escribirá) he pensado que la novela podía rozar la cursilería, pero el texto ganaba cuando, desde la narración de la intimidad del encuentro de un hijo mayor con su madre anciana, se habría a un espectro más amplio de personajes y, desde este punto periférico y personal, se hablaba de algunos de los grandes conflictos del siglo XX y principios del XXI. En algún punto también, me ha parecido que Kallifatides caía en algún lugar común; por ejemplo, en la página 51 leemos: «El ser humano siempre se ha preguntado por el mañana.», pero, en la mayoría de los casos, sus comentarios sobre la realidad me han parecido personales, interesantes y acertados, como cuando en la página 72 dice: «Comencé a escribir versos antes incluso de haberme masturbado.»

 

Aunque, como he apuntado al principio, temía la sensación de que Madres e hijos era una narración en esencia amable y sin tensión narrativa, el libro me ha ido ganando según avanzaba por sus páginas, y la vida –los recuerdos, los pesares, las pérdidas…– se ha ido abriendo paso. La capacidad de Kallifatides para enlazar anécdotas en el tiempo narrativo principal de la obra es alta y el texto se acaba llenando de poesía y encanto. Al escribir esta reseña ya he acabado de leer Otra vida por vivir y tengo a medias Una mujer a quien amar. Ya hablaré de ellas.

 

 

 

domingo, 29 de marzo de 2026

La maldición de Hill House, por Shirley Jackson


La maldición de Hill House
, de Shirley Jackson

Editorial Minúscula. 265 páginas. 1ª edición de 1959, esta es de 2022

Traducción de Carles Andreu

 

Ya he contado, más de una vez, que de adolescente leía solo literatura de género, ciencia ficción y terror; géneros a los que de adulto regreso en algunas ocasiones. A Almudena, mi mujer, le ocurre algo parecido a mí, aunque ella solo leía terror. Hace unos años leyó La maldición de Hill House (1959) de Shirley Jackson (San Francisco, 1916 – Bennington, 1965) en inglés. Fue un libro que le gustó y empezó a comprar los otros libros que de ella ha publicado la editorial Minúscula, con la traducción de Carles Andreu, del que recientemente he disfrutado de las traducciones que ha hecho de la obra del australiano Gerald Murnane. Mi mujer compró la edición de La maldición de Hill House de Minúscula para regalárselo a su madre. Almudena llevaba años recomendándome que leyera a Shirley Jackon y se estaba acercando la festividad de Halloween me trajo la novela de la casa de sus padres para que pudiera leerla.

 

La novela empieza hablándonos de John Montague, que es doctor en filosofía, pero quien, en realidad, está fascinado por los fenómenos sobrenaturales. Quizás el antecesor literario más claro de Montague sea John Silence, investigador de lo oculto (1908) de Algernon Blackwood, un delicioso libro de terror que en España ha publicado la editorial Valdemar. Montague ha descubierto la mansión de Hill House, en la que se supone que tienen lugar fenómenos extraños, después de toda una vida buscando casas encantadas. La ha alquilado para tres meses y ha empezado a buscar asistentes para su proyecto de investigación de fenómenos paranormales. Su método para conseguirlos consistirá en contactar con personas que, según ha leído en los periódicos, se han visto envueltas en fenómenos paranormales. De este modo, conseguirá que dos chicas acepten ir a Hill House para vivir con él esos meses. Una de ellas será Eleanor, de treinta y dos años, que en su infancia vivió un extraño episodió en el que, sobre su casa, llovían piedras. La otra será Theodora, que ha demostrado tener capacidad para adivinar las cartas que alguien sostiene ante ella. Un tercer invitado será Luke, que es el sobrino de la actual dueña de la casa y futuro heredero de Hill House.

 

La novela está narrada en tercera persona, pero casi siempre la narradora nos contará la historia desde el punto de vista de Eleanor, que será la protagonista principal de la novela. En más de una ocasión, la narradora nos mostrará los pensamientos de Eleanor, algo que no ocurre con el resto de personajes. Así que debemos considerar que la tercera persona, desde la que se narra, no es neutra, sino que su mirada está mediatizada por la de Eleanor, y este uso del estilo indirecto libre será muy importante para poder apreciar los juegos narrativos de los que se sirve Shirley Jackson en este libro. En resumen, el lector ha de saber que la voz narrativa de la novela no es del todo fiable.

 

El lector se acercará a Hill House desde la perspectiva de Eleanor, que viaja en coche hasta allí, una mansión construida ochenta años antes del tiempo narrativo, a las afueras de un pueblo y rodeada de montañas. El texto es bastante sugerente para el lector, que irá siendo sugestionado por la sensación de amenaza que desprende la casa. Desde el comienzo Eleanor siente que la casa tiene vida propia y que algo malvado emana de ella. Me gusta la idea de que Hill House no es una casa en la que haya, por ejemplo, presencias de fantasma, sino que es la propia casa la que es una presencia con vida. En muchos párrafos, se insiste en la idea de que la casa es similar a un depredador en disposición de abalanzarse sobre las personas que atraviesan sus puertas. «La casa le estaba esperando, malvada pero paciente.» o «Hill House se echó sobre ella en tromba» (pág. 43), y en la página 49: «Cuando se plantó en medio de la habitación, el silencio opresivo de Hill House se abalanzó sobre ella. “Soy como una pequeña criatura que un monstruo se come entera –pensó–, y el monstruo siente mis movimientos en su interior.”».

Además de los cuatro personajes ya nombrados, a estos los acompañarán una pareja de sirvientes, de aire algo siniestro y hosco, que viven en el cercano pueblo y que nunca permanecen en Hill House una vez que ha caído la noche.

 

El doctor John Montague quiere escribir un libro sobre Hill House y por eso instará a sus compañeros a tomar notas sobre cualquier experiencia sobrenatural que vivan. Me ha llamado la atención que, a pesar de que el doctor apunta que le interesa hablar de Hill House desde un punto de vista científico, no ha acudido a la casa con magnetófonos, cámaras de fotos o de películas para tratar de registrar los supuestos fenómenos a los que van a estar expuestos. Es posible que, en el momento que se escribió la novela, en la década de 1950, aún no fuera corriente este tipo de planteamientos, o también es posible que la no existencia de posibilidades reales de registrar los hechos a los que supuestamente se van a enfrentar permita a la autora trabajar con la idea de la ambigüedad narrativa. Me gusta esta idea: al enfrentarse por primera vez a un hecho sobrenatural, nuestros investigadores de lo oculto van a sentir euforia, una euforia que puede irse transformando en miedo. Esta idea se repetirá más tarde en la película Postelgeild (1982) de Tobe Hooper.

Diría que la inspiración más clara para Shirley Jackson, a la hora de escribir La maldición de Hill House es Otra vuelta de tuerca (1898) de Henry James, donde la historia de terror no se acaba de saber si es real o solo ocurre en la mente de los personajes.

Es cierto que Jackson construye una historia trágica sobre el pasado de los habitantes de Hill House, pero nunca acabará de haber una explicación clara sobre si una de las tragedias que sucedieron en el pasado en la casa con los acontecimientos sobrenaturales que los protagonistas del libro pueden vivir en el tiempo narrativo de la obra. Más de una vez he tenido la sensación de que Jackson sí que estaba narrando hechos físicos que suponían cambios palpables y visibles para todos los testigos, pero, al final, por ejemplo, a la mañana siguiente de escuchar golpe afuera de las habitaciones y sentir que ese pasillo había sufrido desperfectos, esto no había influido sobre la realidad o la realidad palpable de todos los personajes.

Eleanor, que ya sabemos que es la protagonista de la historia, no ha tenido una vida fácil, ya que, desde muy joven, quedó encargada de cuidar a su madre impedida, tarea de la que ha librado su hermana, lo que le permitió casarse y a ella no. La madre ha muerte tres meses antes de que ella haya contestado la carta del doctor y haya decidido aceptar su invitación a Hill House. Es posible que el pasado trágico de Eleanor esté influyendo en su percepción de lo que cree estar viviendo en la casa, y también en su percepción de cómo se están relacionando las otras personas con ella.

 

Sin ser ningún experto en novelas sobre casas encantadas diría que La maldición de Hill House ha influido mucho sobre el género, tanto en novelas como en películas. El propio Stephen King se declara un gran admirador de Shirley Jackson. Gracias a su libro, Danza macabra, en el que King hace un estudio sobre le género de terror fue como mi mujer sintió interés por leer a Jackson, tras conocer los elogios que King le declaraba.

Quizás La maldición de Hill House puede decepcionar a aquellos lectores que desean acercarse a novelas cerradas y con explicaciones finales claras, pero les gustará a todos aquellos –como yo– que disfruten de la creación de atmósferas inquietantes y escenas malsanas y ambiguas. Me lo he pasado muy bien con La maldición de Hill House.

domingo, 8 de marzo de 2026

Distritos de frontera, por Gerald Murnane


Distritos de frontera
, de Gerald Murnane

Editorial Minúscula. 135 páginas. 1ª edición de 2017; esta es de 2024

Traducción de Carles Andreu

 

En el verano de 2025 leí Las Llanuras (1982), la obra más conocida de Gerald Murnane (Coburg, Melbourne, 1939). Ya comenté que llegué hasta él cuando estaba indagando, hace unos años, en los nombres que sonaban como posibles candidatos al Premio Nobel de Literatura. La lectura de Las llanuras me resultó desconcertante. Era una novela corta con algunas páginas de una gran brillantez formal y otras, como ya conté, en las que me pareció que el autor repetía un efecto, que era el de crear una extrañeza sobre un objeto observado (las llanuras), con la sensación de enfrentarnos a la inminencia de una revelación que nunca acababa de llegar.

Estuve buscando información sobre Murnane y comprobé que, además de Las llanuras, solo tiene otros dos libros traducidos y publicados en España: Distritos de frontera (2017, Minúscula, 2024) y Una vida en las carreras (2015, Minúscula, 2018). A principios de septiembre de 2025, estaba hojeando libros en La Central de Callao, y me apeteció comprar Distritos de frontera, porque a diferencia de Las llanuras, que era una obra de ficción, la contraportada informaba que se trataba de una novela autobiográfica y sentí curiosidad.

 

Este es el comienzo de la novela: «Hace dos meses, cuando llegué a este pueblo próximo a la frontera, decidí adoptar una mirada cautelosa, y pronto me di cuenta de que no podía seguir con este texto sin antes explicar cómo había llegado a aquella extraña expresión».

 

Un Murnane próximo a los ochenta años nos informará de que ha decidido cambiar su residencia habitual en la capital del estado australiano donde vivía (no se dirá, en ningún momento, que esta ciudad es Melbourne) por una casa más pequeña en un pueblo, con el fin de pasar allí los últimos años de su vida. Pronto empezará a echar la vista atrás para hablarnos de su educación por parte de unos hermanos religiosos. Lo que le ha llevado a acordarse de ellos ha sido la forma en la que incide la luz en los cristales esmerilados de las ventanas de una iglesia próxima a su nueva casa. Este detalle minúsculo –la forma de incidir la luz sobre determinadas ventanas– es, en realidad, el hilo conductor más claro de esta novela autobiográfica, que su autor denomina «informe».

Como el lector avezado ya se habrá dado cuenta, una referencia de Distritos de frontera es Marcel Proust y su En busca del tiempo perdido.

 

En la página 15 leemos un párrafo significativo: «Me trasladé a este distrito próximo a la frontera para poder pasar la mayor parte del tiempo solo y vivir según una serie de reglas a las que hacía ya tiempo que quería ceñirme. Ya he mencionado que he adoptado una mirada cautelosa. Lo hago para poder prestar más atención a lo que aparece en los límites de mi campo de visión, para percatarme de inmediato de cualquier elemento tan necesitado que uno o varios de sus detalles parezcan vibrar o agitarse, hasta que tengo la ilusión de que me hacen señas o un guiño. Hay otra regla que me obliga a tomar nota de cualquier secuencia de imágenes que me venga a la mente después de haber dirigido mi atención al detalle en cuestión».

 

Las referencias metaliterarias son constantes en la escritura de estas páginas, donde se nos cuenta, por ejemplo, que se han tomado notas para la elaboración de las páginas que se van a leer, después de alguna observación de algo que le llamó la atención en la calle, o también leeremos cómo los recuerdos se modifican al consultar alguna foto, por ejemplo, sobre la que el autor nos estaba hablando de memoria. Son constantes, por tanto, los saltos en el tiempo, desde un presente en el que el escritor está sentado en su escritorio, escribiendo sobre el propio acto de escribir, y las evocaciones del pasado; en cuyo caso puede tratarse de un pasado cercano, como un viaje a la capital del distrito una semana antes, o un recuerdo de hace más de sesenta años, cuando al autor le regalaron, por ejemplo, sus primeras canicas y fue formando una colección que le ha acompañado a través de todas las casas en las que ha vivido. Durante el tiempo narrativo de la novela, Murnane buscará su bolsa de canicas, y tratará de forzar sus recuerdos a través de ellas, creando diversas combinaciones de colores. Esta idea, no ya de hablarnos de elementos que evocan recuerdos del pasado, como idea proustiana, sino la de forzar que salte el recuerdo, a través de la combinación de colores, luces y formas, me ha recordado a algunos de los planteamientos que hacía el uruguayo Mario Levrero en novelas como El discurso vacío o La novela luminosa.

 

El tema religioso es importante en las páginas de Distritos de frontera. Las palabras de Murnane parecen las de un ateo que observa con curiosidad cómo los demás viven sus experiencias religiosas. Sin embargo, y esto es algo de lo que apenas se habla en el texto, el propio Murnane fue seminarista. Leo en internet que a los dieciocho años ingresó en el seminario y que duró allí tres meses. Más que desear ser religioso por una devoción auténtica a Dios, parecía verse atraído por la vida monacal, por la soledad y la posibilidad de escribir sin ser molestado. En Distritos de frontera sí nos va a hablar, sin embargo, de cómo perdió la fe leyendo a Thomas Hardy y empatizando con sus desesperados personajes. Las referencias literarias son constantes en el texto, aunque Murnane nos acabará diciendo que en la actualidad ya apenas lee ficción.

 

En la página 12 leemos: «Nunca me he alejado más de un día por carretera o en tren del lugar donde nací», que es una de las características –o rarezas– del autor que más se comentan en sus semblanzas. Me ha resultado curiosa la forma en la que Murnane habla de las ideas mentales que se forma de los paisajes sobre los que lee; por ejemplo, sobre la remota Inglaterra, o sobre cómo perduran en su mente ciertas imágenes religiosas de los libros del pasado. Me gusta el concepto que usa de «paisaje-imagen» o «virgen-imagen», queriendo singularizar con ese guion y la palabra «imagen» que está hablando de una representación personal de una realidad que aparece en su mente y que no tiene por qué coincidir con la real. Para él estas «–imágenes» de su mente son tan reales como los propios recuerdos que habitan en su interior.

 

Uno de los primeros temas, que ya he comentado, es que el recuerdo de Murnane se activa al observar cómo la luz incide en las ventanas de una iglesia cercana. El tema de cómo la luz incide en las ventas, sobre todo en las verandas («Galería, porche o mirador de un edificio o jardín.», según la RAE) de las casas se irá volviendo el hilo narrativo más claro del libro, haciendo reflexionar al autor sobre la idea de que en su psiqué primera, la que se correspondería a su infancia más remota, hubo un momento de fascinación sobre los colores de la luz sobre alguna veranda que no recuerda y esto hace que al enfrentarse a una situación similar (en la casa de un amigo, o en cualquier lugar) se active algo profundo y desconocido en su mente. Es una idea muy poética y que nos habla del misterio de la existencia. «A veces he supuesto que de niño debieron de influirme los destellos irisados que veía cuando la luz del sol caía en cierto ángulo sobre el borde biselado de un espejo que colgaba en el salón de una casa de color crema ya mencionada en otra parte de este informe, donde todo me parecía de buen gusto y elegante.» (pág. 78)

 

Otro tema que me llama la atención es la capacidad de Murnane de fijarse en asuntos esquinados, casi fuera de plano. Sobre la biografía de un escritor inglés, más que interesarse el texto en sí mismo, le ha acabado fascinando la foto de la contraportada donde la autora del libro muestra su perfil, y dedicará algunas páginas del libro a describir esa foto y a tratar de desentrañar su misterio. En la página 98 leemos: «una mirada o un vistazo de reojo suelen revelar más que una mirada directa.»; en esta misma página Murnane nos contará que «estas páginas están destinadas únicamente a mis archivos». El lector, lógicamente, sabe que esto no acabó siendo así.

Vi un documental en YouTube, de más o menos una hora de duración, sobre Murnane. Este le mostraba su casa al entrevistador, y ahí pude contemplar el gran número de archivadores metálicos de oficina que tiene en una habitación. De ellos, va extrayendo carpetas. En muchos casos se trata de textos en los que reflexiona sobre muy diversas cuestiones, normalmente de carácter autobiográfico. De todos estos textos, solo una mínima parte es la que se ha acabado convirtiendo en su obra artística publicada. Imagino que si Gerald Murnane acaba recibiendo el Premio Nobel de Literatura antes de morir, mucha gente va a querer saber qué tesoros albergan esos archivadores.

 

Distritos de frontera es una obra bastante peculiar que no gustará a aquellos lectores que deseen acercarse a historias trepidantes o su percepción de lo que debe ser un texto literario dependa mucho de la idea de «trama». En realidad, leer Distritos de frontera es una experiencia que tiene que ver más con la lectura de un poemario que de una novela. Decía Juan José Saer que una obra literaria se ocupa más del cómo que del qué. Murnane sigue este principio. He leído Distritos de frontera con gran curiosidad. Es posible que Las llanuras sea una obra de mayor calidad literaria que Distritos de frontera, pero yo me he sentido más cómodo leyendo Distritos de frontera. Vuelvo a tener curiosidad por Una vida en las carreras. Espero leerla pronto.