miércoles, 15 de julio de 2026

El ojo castaño de nuestro amor, por Mircea Cartarescu


El ojo castaño de nuestro amor,
de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 204 páginas. Primera edición de 2015, esta es de 2022

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

Ya comenté, en la reseña anterior, que en el verano de 2025 leí Cegador (1996-2007) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), y que le solicité a la editorial Impedimenta, para poder leerlos y reseñarlos, Las Bellas Extranjeras (2010) y El ojo castaño de nuestro amor (2015). Ya escribí que Las Bellas Extranjeras estaba formado por tres novelas cortas, y El ojo castaño de nuestro amor es un libro de relatos. Este último libro está formado por veinte relatos, o textos, porque algunos de estos escritos están más cerca de la nota personal que del relato. En esencia se trata de un libro de relatos autobiográficos, y lo contado en ellos, en gran medida, complementa lo que el lector de obras como Nostalgia (1993), Solenoide (2015) o Cegador (1996-2007) ya conoce de la vida del autor.

 

En Ada-Kaleh, Ada-Kaleh el relato comienza con el narrador hablándonos del propio acto físico de escribir, una escena que es habitual en los libros del autor. También aparecerá aquí el piso de la calle Stefan cel Mare, que el lector de Cartarescu ya conoce de otras obras, porque es la calle en la se crio el autor. En la página 10 leemos: «Mi padre, con su media de señora en la cabeza para mantener el pelo sujeto hacia atrás, podía aparecer en cualquier momento para comprobar si yo dormía». Este detalle de la media de mujer en la cabeza del padre era recurrente en Cegador. Así que en El ojo castaño de nuestro amor el lector de Cartarescu vuelve al Bucarest particular de Cartarescu, a su mundo obsesivo y recurrente. En este cuento, a partir de una anécdota sobre una pintora que hace unas obras para su casa, Cartarescu nos va a hablar de una isla del Danubio, en la que había una ciudad habitada por turcos, que quedó sumergida por una obra de ingeniería que ordenó el dictador Ceaușescu. El relato acabará siendo una crítica de la dictadura y una reivindicación nostálgica de un pasado cosmopolita de Rumanía. Es un bello comienzo para el libro.

 

En el segundo relato, Mi Bucarest, Cartarescu seguirá homenajeando a su tierra. «Una mezcla de amor-odio me une a la ciudad en la que he vivido siempre como a un objeto cualquiera cuya falta de realidad reconozco pero que, sin embargo, existe en lo más profundo de mi cerebro», así empieza la narración en la página 29. Como ya sabía, en la página 31 el autor me confirma que no ha escrito un solo diálogo en toda su obra. En este texto, Cartarescu no va a hablar de sus recuerdos y de la relación que ha llegado a establecer con su ciudad, desde el rechazo inicial hasta la aceptación. «¿Durrell tenía Alejandría? ¿Cortázar, Buenos Aires? ¿Joyce, Dublín? ¡Pues también yo tenía Bucarest! Una ciudad plástica, proteiforme, que mi imaginación modelaba a su gusto» (pág. 39)

 

Pontus Axeinos es un homenaje al poeta Ovidio, que fue expulsado de Roma (sin conocerse el motivo) a Tomis, que se transformó en la ciudad rumana de Constanza. En Constanza todo evoca a Ovidio, pero nadie parece saber quién es. Como ya hizo en Las Bellas Extranjeras, Cartarescu, nos habla aquí con pena e ironía sobre la irrelevancia social de la literatura.

 

Estos tres primeros relatos son los más extensos del conjunto y quizás los mejores. El lector vuelve en ellos al mundo de Cartarescu, pero sin la parte fantástica de libros como Solenoide o Cegador, pero, a diferencia de lo que ocurría en Las Bellas Extranjeras, donde el lenguaje era más irónico y conciso, aquí se vuelve al tono más confesional y melancólico y a la frase más extensa y poética.

 

En Los años robados, Cartarescu vuelve a hacer una crítica del régimen de Ceaușescu, y recuerda un detalle de la miseria de los años noventa, sobre el que ya había leído en Las Bellas Extranjeras: el día en el que tuvo que acudir a un mercadillo de productos de segunda mano, en el que le tocó vender su pala de ping-pong. Nos hablará aquí de la miseria y la inflación de los años noventa. Sin embargo, este relato tiene un final esperanzador, ya que Cartarescu nos contará que, ya pasados los cincuenta años, se ha podido comprar una casita, al norte de Bucarest, en la que parece feliz.

 

Mi primer vaquero, el siguiente relato, nos hablará de otra anécdota que tiene que ver con la miseria y el ambiente de picaresca del final del comunismo, con el sueño occidental de poder llevar unos pantalones vaqueros. Divertido y triste.

 

En La época del Nes Cartarescu nos hablará de la temporada que fue adicto al café instantáneo y conseguía escribir enloquecido, pero le acabó causando depresión y lo tuvo que dejar. Como suele ser habitual, Cartarescu habla aquí de su propio proceso de escritura.

 

Oh, Levante, dichoso Levante es un cuento metanarrativo en el que el autor nos habla del proceso de escritura de su novela en verso Levante, terminado de escribir poco antes de la revolución del 89.

 

En El gato muerto de la poesía de hoy Cartarescu rinde homenaje a la poesía que él empezó a escribir antes de pasarse a la prosa, y que parece un género literario poco seguido hoy día.

 

Una ducha no-laodicea es un texto breve que funciona como un sencillo homenaje a Vladímir Nabokov y los escritores que cuidan el lenguaje literario.

 

En unos pocos cuentos de este libro, Cartarescu se distancia de su yo narrador, y crea algún personaje o situación inventada, como ocurre en Diario con Darwin, donde un Darwin moderno firma libros de ciencia y atiende a los periodistas. Este tipo de relatos son los que menos me han gustado del conjunto, y los he sentido un tanto fuera de lugar.

 

Este libro incluye también alguna conferencia que Cartarescu, como la titulada «… Escu», que sirvió para la apertura de la Feria del Libro de Leipzig, y habla de los problemas de identidad de Cartarescu como escritor rumano. En Europa tiene la forma de mi cerebro se recoge un ensayo leído en la Literaturhaus Hamburg sobre la condición de escritor del Este, o simplemente europeo, como se siente Cartarescu.

 

El cuarto corazón es un relato bonito, en él Cartarescu recuerda el primer libro que leyó de niño, a los ocho años, un libro que le prestaron y que no ha conseguido encontrar de adulto. «Me sorprendió más adelante descubrir que todos nosotros tenemos un libro perdido en lo más profundo de la infancia, nítido e impresionante en el recuerdo, pero imposible de encontrar en la vida adulta» (pág. 148). Cartarescu recuerda en el relato el argumento de aquel libro y diría que se lo inventa, o es una historia que su imaginación ha transformado, puesto que se parece mucho a su mundo onírico habitual.

 

La ruina de la utopía es un texto que apenas sobrepasa una página, y que más bien parece un poema sobre el placer de leer.

 

En El ojo castaño de nuestro amor, Cartarescu vuelve a evocar a la figura de su madre. Hay algo que me ha interesado mucho de este relato: en Cegador se especulaba con un hermano mellizo de Mircea que había sido robado, y que se llamaba Victor, y aquí se da una explicación más realista de esos recuerdo alterador en Cegador. Victor murió en la infancia, y se acabará convirtiendo en mito dentro del universo artístico de Cartarescu.

 

En Para D., vingt ans après Cartarescu nos va a hablar de una chica que conoció que tenía intensos sueños, algunos de los cuales el autor robó para sus libros.

 

La chica del borde de la vida es una narración fantástica sobre un mundo donde sus habitantes solo pueden sobrevivir como personajes de cuentos de escritores de otro mundo. Me ha parecido un tanto cursi y no me ha gustado mucho. Me ha pasado igual que con Diario con Darwin.

 

Forever young… es una nueva reflexión metaliteraria sobre la condición del escritor y el paso del tiempo, de la idea de la literatura asociada a la juventud y a la idea eterna de promesa de las letras.

 

En Un escritor se especula con la idea de Jesucristo como el escritor más enigmático de todos los tiempos.

 

Zaraza es un buen cierre para el libro. En este relato, Cartarescu investiga sobre el origen de una canción popular rumana, y la historia trágica que se oculta detrás de ella. Una historia que nos llevará a la Bucarest de 1944.

 

Me ha gustado El ojo castaño de nuestro amor, a pesar de que, a veces, da la impresión de cajón de sastre en el que el autor ha usado textos de diversa procedencia y que no estaba pensando, en principio, como un libro de relatos unitario. Como ya he apuntado, los tres primeros cuentos, los más extensos, y que suponen un tercio del libro, son muy buenos. Y tiene más piezas destacadas, sobre todo aquella en las que Cartarescu sigue hablando de su vida y nos traslada hasta la época de la dictadura comunista y reflexiona sobre su condición de escritor. El lector que ya haya leído libros de Cartarescu como Nostalgia, Solenoide o Cegador disfrutará de la información complementaria que encontrará aquí, y para el lector nuevo podría ser una puerta de entrada interesante al mundo de Cartarescu.

 

 

domingo, 12 de julio de 2026

Las Bellas Extranjeras, por Mircea Cartarescu


Las bellas extranjeras
, de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 249 páginas. Primera edición de 2010, esta es de 2025

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

En el verano de 2025 leí la trilogía Cegador (1996-2007) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956). Antes había leído su libro de cuentos Nostalgia (1993) y la gran novela Solenoide (2015). Después de leer y reseñar Cegador, escribí a los editores de Impedimenta, con los que hacía años que no colaboraba, para ver si me podían enviar algún libro más de Cartarescu. Quedamos en que me enviaban Las bellas extranjeras (2010) y El ojo castaño de nuestro amor (2015), para que pudiera comentarlos. Decidí leerlos seguidos y en orden cronológico; así que aquí estoy comentando Las bellas extranjeras y ya comentaré El ojo castaño de nuestro amor, que estoy leyendo cuando escribo esta reseña.

Me resulta curioso ver que el libro consta de dos prólogo, uno inicial de la excelente Marian Ochoa de Eribe, la traductora de toda la obra de Cartarescu al español, y otro del propio Cartarescu. Ochoa nos informará de que los tres textos que componen este libro fueron publicados inicialmente por entregas, pero que, no por ello, se trata de obras menores. Cartarescu nos hablará del sentido del humor con el que compuso estas páginas y de que, aunque en ellas habla de sí mismo, y aparecen personas con sus nombres reales, en realidad no todo lo que aquí aparece reflejado ocurrió exactamente como lo cuenta, sino que la realidad ha sido alterada y exagerada con fines cómicos.

 

La primera de las tres historias se titula Ántrax. Desde la primera frase sabremos que el narrador es el propio autor. Cartarescu recibe una llamada telefónica de una revista cultural. Les ha llegado, a la redacción de la revista, una carta desde Dinamarca para él. Cartarescu se siente desconcertado porque no conoce a nadie en Dinamarca. Estamos en Bucarest, pero desde las primeras páginas, el Bucarest de esta historia parece un tanto diferente al Bucarest extraño y onírico de Nostalgia, Solenoide y Cegador. Así, por ejemplo, en la página dos nos vamos a encontrar con un McDonald´s, que es una presencia prosaica más difícil de imaginar en los otros libros. El Cartarescu de Ántrax va a habitar en este relato en una Bucarest más reconocible, una ciudad que no tiene que ver tanto con el mundo de los sueños, sino con la vulgaridad de lo real. Veremos que no por avenirse a este detalle va a ser menos siniestra, porque nos vamos a encontrar aquí con los mismos rotos y grisuras heredados de la dictadura comunista de Ceaușescu.

Cuando Cartarescu recibe el sobre empezará a sospechar de su grosor, de su contenido… quizás sea ántrax, imagina, que –según nos cuenta– por la época en la que ocurrieron los hechos existía una paranoia sobre los envíos postales con ántrax. Leo en internet que esto ocurrió en 2001, justo después de los atentados del 11 de septiembre.

Aunque el estilo narrativo de este relato es mucho más conciso y realista que el de sus otras obras, permanece aquí el interés biológico de Cartarescu por las bacterias y los microorganismos. La historia del paquete danés se va a convertir en un periplo kafkiano, en el que el autor no encuentra un modo satisfactorio de deshacerse del paquete y acabará teniendo que acudir a una oficina de policía siniestra, que recuerda a algunas de las escenas de El castillo de Kafka. Todo esto está aderezado con un humor –poco habitual en Cartarescu– basado en la exageración y el esperpento. También Cartarescu interpela, de modo coloquial a sus lectores. Así, por ejemplo, en la página 43 leemos: «Aquí querría pedir a los lectores más pusilánimes, más sensibles o bien menos duchos en la terminología del arte moderno que se abstengan de hacer comentarios».

 

Las bellas extranjeras es el segundo relato, que es el más largo del conjunto y podríamos hablar ya más de novela que de relato. Aquí Cartarescu nos va a hablar de un programa literario francés, que se llama precisamente «las Bellas Extranjeras», que selecciona a doce escritores de un país y les organiza una gira de dos semanas por Francia para hablar de su literatura. Cartarescu fue seleccionado, junto con once compatriotas, para realizar esta gira en noviembre de 2004. Los nombres de los escritores son reales, aunque yo solo reconocía el de Ana Blandiana. Cartarescu en esta novela nos va a hablar de algunas de sus peculiaridades como escritor, como que no le gusta dar entrevistas, ni ser reconocido; de hecho, casi no le gusta demasiado tener que salir de casa y hacer recados. De nuevo, esta historia está escrita con humor y en un estilo más realista y directo que el de los otros libros suyos que he leído. Como en el relato anterior, uno de los recursos narrativos será aquí el de interpelar al lector, al que le pide disculpas, por ejemplo, por sus continuas digresiones. Cartarescu nos va a hablar de sí mismo como escritor, pero también de la figura pública y privada del escritor, en general. En algunas de las digresiones más divertidas del libro nos va a hablar de algunos recitales en los que ha estado con poetas que más que poetas, de los que se sientan a escribir versos, eran artistas que sabían cómo actuar ante un público. Cartarescu nos contará también anécdotas sobre los momentos en los que escribió sus libros. Así, por ejemplo, en la página 94 leemos: «Cuando empecé, hace quince años, a pensar en Cegador, me hice también yo un fichero con una caja de zapatos sobre la que escribí el nombre de la novela. Pensaba realizar algunas lecturas y tomar apuntes, tal y como había leído que hacía Thomas Mann. ¿Acaso tengo que deciros que mi pobre caja permaneció totalmente vacía todo el tiempo que tardé en escribir la obra? No solo me ha dado siempre pereza leer con otra finalidad que no sea la lectura en sí misma, sino que ni siquiera, mientras escribí el libro, abrí un diccionario ni consulté otra fuente de información».

Aunque, como ya he dicho, el estilo es totalmente diferente al de otras obras, siguen aquí presentes algunas de sus obsesiones, como la presencia de las mariposas: «Y es que París entero es una especie de lata. Es como un gigantesco vientre de mariposa hembra que expande sus feromonas por el mundo entero».

También se muestra autoirónico con su propia escritura: «Tengo que acabar con estas “elucubraciones”, como denominan los críticos a mis páginas que no están a la altura de sus expectativas» (pág. 97). También nos hablará del mundillo literario rumano, cuya forma de actuar puede servir para cualquier país: «En el mundo literario se perdona casi todo, la falta de talento, la vileza, la hipocresía, la cobardía. Se consideran pecados humanos y son contemplados con tolerancia. Lo que no se perdona jamás, a ningún precio, es el éxito» (pág. 100), «Si oyes solo cosas buenas acerca de un escritor, si ves que todos lo quieren como a un hermano, puedes estar seguro de que nadie lo teme, de que todos le estrechan la mano para ser generosos con él pues, en cualquier caso, no representa un peligro. Los compañeros de profesión no se permiten nunca alabar a los que son mejores que ellos ni tampoco siquiera a los iguales.» (pág. 111).

El estilo sigue siendo autoirónico: «Pero, como se decía en las antiguas novelas, no adelantemos acontecimientos» (pág. 135).

También, dentro de esta mirada irónica, nos vamos a encontrar con algunas otras páginas más emocionales, como aquellas en las que Cartarescu recuerda sus comienzos: «Nos tocó vivir el sueño artístico entre bloques de hormigón, entre gente enloquecida por el hambre y el frío, en un mundo que no nos quería y que no sabía qué hacer con nuestros pobres poemas». (pág. 131)

También se contará alguna historia bastante divertida sobre la traducción de los primeros libros de Cartarescu al francés. Y alguna otra historia sobre algún momento del viaje por Francia en el que se va a sentir humillado y su reacción a ello.

 

El tercer relato, de una extensión similar al primero (unas 40 páginas), se titula El viaje del hambre, y guarda bastante relación con el anterior. De hecho, podría haber sido una digresión de Las Bellas Extranjeras, pero al ser demasiado larga se convirtió en un relato independiente. El viaje del hambre, igual que Las Bellas Extranjeras, habla de un viaje, en este caso a una ciudad provinciana de Rumanía, y no a París. Cartarescu nos va a hablar aquí de su primera invitación a hablar de sus libros en público, por parte de un grupo de escritores locales. Me ha gustado este cierre, porque lo que Cartarescu nos viene a decir es que no hay muchas diferencias entre lo que le ocurrió en aquella ciudad de Rumanía, cuando era joven y desconocido, y lo que le va a ocurrir en París, cuando ya es un autor consagrado. En realidad, este último relato es todo un jarro de agua fría sobre la vocación literaria y toda una lección de humildad. En este relato hay una escena onírica, que, en cierto modo, guarda relación con ese resto de su obra más fantástica, de la que ya he hablado.

 

Hace un año un amigo del colegio en el que trabajo me habló de este libro de Cartarescu, Las Bellas Extranjeras. Era el primer libro del autor que leía y le gustó bastante, se rio con él. Sé ahora –que aún no ha vuelto con el autor– que mi amigo tiene una idea sobre qué clase de escritor es Cartarescu no del todo real, porque no se ha encontrado con la mirada sombría de Cartarescu, su obsesión por los sueños, el pasado, los insectos…, sino con un Cartarescu más chistoso, rápido al narrar y divertido. A mí, que sí conocía, su otra obra, la más celebrada, me ha gustado mucho acercarme a este otro Cartarescu. Como decía Ochoa de Eribe, no me parece un Cartarescu menor.

domingo, 5 de julio de 2026

La casa en la colina, por Cesare Pavese


La casa en la colina
, de Cesare Pavese

Editorial Altamarea. 267 páginas. 1ª edición de 1948. Ésta es de 2023

Traducción de Carlos Clavería Laguarda

 

Me escribió, a través de Instagram, David Gargallo, uno de los editores de Altamarea, especializada en literatura italiana. Me ofrecía enviarme su nueva traducción de Trabajar cansa (1936), el libro de poesía más famoso de Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 – Turín, 1950). La traducción la ha hecho Carlos Clavería Laguarda, que también traduce esta novela que comento aquí. Acabo de consultar en mis apuntes que, a finales de 1999, leí El oficio de vivir, el diario de Pavese, y Poesía completa, y algunos años después la novela La luna y las hogueras. Fue un autor que me impresionó mucho en su momento y ninguno de estos tres libros los tengo en casa porque los tomé en préstamo de bibliotecas públicas. Hacía tiempo que tenía pensado volver a Pavese, del que me apetecía leer alguna de sus novelas, y del que no me disgustaba la idea de regresar a su poesía, porque fue uno de los poetas que más me influyó cuando yo mismo escribía poesía. Me gustaba su poesía narrativa y melancólica. Su poema Los mares del sur es uno de mis favoritos.

 

Altamarea ha rescatado casi toda la obra de Pavese, con nuevas traducciones. Estuve buscando información sobre el autor y visitando la web de la editorial, y al final quedamos en que Gargallo me iba a enviar tres libros: Trabajar cansa (1936), El diablo en las colinas (1948) y La casa en la colina (1948). Me encontraba leyendo los Diarios (1999-2010) de Iñaki Uriarte y me apeteció hacer un parón en este libro y leer La casa en la colina. Decidí empezar por esta última porque en la contraportada del libro se afirma que «está considerada por la crítica la cumbre de la madurez narrativa de Cesare Pavese» y porque también se considera que tiene tintes autobiográficos.

 

La primera frase de la novela me parece muy significativa: «Hubo un tiempo en que se decía “colina” como si dijéramos “mar” o “bosque”». Pavese, en esta novela, da mucha importancia al espacio físico en la que se desarrolla gran parte de ella, la colina, a la que va connotando de símbolos: la colina, o las colinas, es el lugar en el que está su pueblo, al que hace tiempo que no acude el narrador, y la colina también simboliza el refugio, ya que Conrado, su protagonista, asciende a ella después de trabajar en un colegio de Turín, una ciudad que cada noche puede sufrir un bombardeo, del que la población huye a la colina para poder resguardarse. El narrador se recreará en la idea de que esa colina le recuerda a aquellas otras en las que jugó de niño. Más adelante sabremos que esas colinas, son las cercanas a Santo Stefano Belbo; así que escritor y protagonista compartes los mismos orígenes. En el poema Los mares del Sur, el narrador y su primo conversaban mientras ascienden por una colina, hablando del pasado. La otra novela que me llegó a casa de Pavese también evoca esa idea de «la colina» en su título.

 

En ningún momento del libro se da una fecha para centrar los acontecimientos narrados, pero en la contraportada y las webs que hablan de esta novela, se nombra 1943. En la página 52 leemos «Mussolini había sido derrocado». Al buscar este dato en internet, sabré que ocurrió el 25 de julio de 1943. La guerra no acaba aquí para sus personajes, porque aún seguirán recibiendo bombardeos de los ingleses, y los alemanes se internarán en territorio italiano para combatir a los partisanos y a los aliados que suben desde Sicilia. Los fascistas de Mussolini también se resisten a dejar las armas, y el ambiente será el de casi una guerra civil. La situación puede llegar a ser confusa, tanto para los protagonistas de la novela como para el lector. La sensación de amenaza siempre estará presente.

 

En el primer capítulo se habla de los habitantes de Turín que suben por la noche a la colina, para dormir sobre un colchón, a salvo de los bombardeos; aunque el narrador está alojado en una casa con dos mujeres, madre e hija. Esta casa simboliza la paz, pero también el aburrimiento para Conrado. La firmeza de la madre será descrita con la metáfora de ser semejante a una «colina» de nuevo. Esta mujer le gusta más que la hija, una solterona próxima a los cuarenta años.

Una noche Conrado se sentirá atraído por las canciones que oye interpretar en una hostería cercana, a la que empezará a visitar. Allí reconocerá a Cate, una mujer con la que tuvo una relación ocho años antes. Una relación que acabó de mala manera por su parte. Conrado se sentía avergonzado de su ignorancia de mujer sencilla, y pensaba que la relación que tenía con ella era solo sexual. Ocho años después, cuando Conrado ya ha cumplido los cuarenta años, y parecen haberse esfumado para él muchos de sus sueños de juventud, esta mirada sobre Cate quizás pueda cambiar. Así que, con esta idea de un posible amor que vuelve del pasado y que tal vez se retome, comienza la novela; entre el caos de la guerra, las bombas, los fascistas y los milicianos.

 

Conrado tiene una mirada social sobre el mundo que le rodea. Así en la página 28 leemos: «Un tipo de gente, los afortunados, los somos-siempre-los-primeros, se iban o se habían ido ya al campo, a las casas en la montaña o en la playa. Allí llevaban la vida de siempre. Le tocaba al servicio, a los porteros, a los miserables, custodiarles las casas y, si se incendiaban, salvarles las pertenencias.» En la página 62 leemos otra frase que, quizás ahora se ha quedado anticuada, pero que ahonda en la misma idea: «No te fíes de quien se baña a diario».

 

La novela está narrada desde algún punto de un futuro relativamente cercano. En este sentido, leemos en la página 91: «Ahora que incluso aquellos días parecen un sueño y salvarse casi no tiene sentido, hay en el fondo de todos los encuentros y de los despertares una paz desesperada, el estupor de estar vivos un día más, una hora, que da alegría».

 

Hay un tema en la novela que me llama la atención: Conrado parece ser una persona que ansía que desaparezcan los alemanes y los fascistas de Italia, pero no parece acabar de tomar la decisión de convertirse en partisano. Y este proceso de inmovilidad lo vive como una fuente de frustración. Creo que aquí hay un paralelismo con la vida privada de Pavese. A través de su triste diario, El oficio de vivir, sé que era sexualmente impotente y esto hizo que, en su vida adulta, no quisiera tener tratos con mujeres y se refugiara en la escritura. En el tramo final de su vida se enamoró de una actriz, que le correspondía, y al ir a acostarse se volvió a manifestar su impotencia. La depresión a la que le condujeron estos hechos le llevaron a su famoso suicido en un hotel de Turín, cuando aún no había cumplido los cuarenta y dos años. Esto ocurrió en 1950, y la novela está escrita entre 1947 y 1948.

 

La novela abunda en diálogos, donde se suelen recoger frases esenciales, muy apegadas a la tierra. La prosa de Pavese, como su poesía, refleja lo cotidiano y siempre da importancia a la naturaleza, y es habitual que se evoque el pasado. En las páginas 146 y 147 describe así a una persona: «Era gordo, taciturno, tenía los ojos ofendidos» y «No era triste, ni arrogante, estaba solo». Me ha parecido una forma magistral de pasar de lo terrenal a lo profundo.

Como ya me ocurrió hace unos poco años, al volver a leer al japonés Kenzaburo Oe, al que no regresaba desde hacía más de veinticinco años; ahora, al volver a Cesare Pavese, desde la primera página he reconocido su estilo, y he vuelto a tener la sensación de volver a encontrarme con un viejo amigo. Más allá del valor sentimental de este reencuentro, La casa en la colina me ha parecido una gran novela sobre la guerra, la violencia, la soledad y sus consecuencias. Una novela desgarrada, triste y bella, como toda la obra de Cesare Pavese.

 

domingo, 28 de junio de 2026

Juventud, por Mori Ogai


Juventud
, de Mori Ogai

Editorial Satori. 267 páginas. 1ª edición de 1910-11. Ésta es de 2021

Traducción de Akira Sugiyama y Sally Battan. Prólogo de Carlos Rubio.

 

Los sábados suelo ir a comer con mi padre en Móstoles; más tarde, vuelvo a Madrid y salgo a cenar con Almudena, mi mujer. Para el transporte público llevaba los Diarios de Iñaki Uriarte, un libro que invita a la degustación, a la lectura fragmentada. Mi padre no se encontraba ese día demasiado bien, y decidí quedarme en Móstoles esa noche para poder ayudarle. Mientras se echaba la sienta, decidí acercarme a la biblioteca pública para sacar el préstamo una novela que me acortara la tarde. Afuera llovía sin piedad y yo tardé más de una hora en elegir libro, un gran pasatiempo. Al final me decidí por Juventud, , del escritor Ogai Mori (Tsuwano, 1862 – Tokio, 1922), novela que se publicó por entregas en una revista japonesa entre 1910 y 1911. Elegí este libro por los siguientes motivos: porque tenía un número de páginas (267) adecuado para acabarlo en unos pocos días, porque me interesa la literatura japonesa y lo que publica la editorial Satori, ubicada en Gijón y especializada en traducciones directas del japonés, y porque en el verano de 2026, al fin (sin la guerra en Irán no lo impide) viajé a Japón. Esa tarde de sábado, empecé a leer la novela en mi cafetería de Móstoles de referencia. La lluvia implacable, como en un cuento de Onetti, hizo que fuese el único cliente sentado en una de sus mesas.

 

Como suelo hacer, dejé el prólogo de Carlos Rubio –experto en cultura japonesa– para el final. La novela comienza cuando Junichi, su joven protagonista, acaba de llegar desde su pueblo en provincias hasta Tokio, con la intención de convertirse en escritor. «Junichi respondió a la manera de alguien oriundo de Tokio, aunque en realidad acababa de llegar de provincias. La manera de expresarse la había aprendido leyendo novelas.», leemos en la página 32. Un tema importante en la narración es que las novelas que Junichi lee son, en gran medida, europeas. El tiempo narrativo de la novela parece contemporáneo al de su escritura y, por tanto, se sitúa sobre 1910, al final de la llamara «era Meiji». Este periodo, desde 1868 hasta 1912, abarca los años del reinado del emperador Meiji, que fue una época de cambio y modernización en Japón. El emperador Meiji, con el deseo de occidentalizar el Japón, promovió viajes de japoneses a Europa con la intención de traer a su país los avances científicos, el arte o los sistemas jurídicos. A esta corriente se sumó la evolución de la literatura japonesa (como leí en el prólogo de Kokoro de Natsume Soseki, también editado por Satori) y la gran mayoría de los referentes de los escritores de esa época eran europeos, sobre todo franceses, ingleses y alemanes.

Junichi pertenece a una familia acomodada y no se ha mudado a Tokio para estudiar en la universidad, sino que su idea es simplemente vivir y escribir, sin necesidad de trabajar. Junichi lee en francés, y le mandan libros desde una librería de París. Muchas de las reflexiones que en la novela se van a hacer sobre literatura tendrán como referente a escritores franceses como Jean Racime o Joris-Karl Huysmans, o también al noruego Henrik Ibsen.

 

Junichi ha llegado a Tokio con una carta de recomendación para que le reciba en su casa el escritor Mori Oson. Gracias a una nota a pie de página y a la introducción, sabremos que en este personaje Mori Ogai está representado una parodia de sí mismo. Las visitas de Junichi a este escritor serán, en principio, decepcionantes para él. Más tarde, Junichi acudirá a la charla del afamado escritor Fuseki, que está basado en Natsume Soseki. Las notas y el prólogo nuevamente, nos van a hablar de esto, pero, después de haber leído tres novelas de Soseki, creo que me habría dado cuenta, porque la descripción física de Fuseki, con un bigote, es similar a la idea que tenía de Soseki gracias a sus fotografías. En el prólogo de Rubio, leeré que la novela de Soseki titulada Sanshiro, publicada en 1909 fue una inspiración para Juventud de Mori, y hacer aparecer a Soseki en su novela fue todo un guiño y un homenaje. Sanshiro está publicada en España por la editorial Impedimenta, y alguna vez la he hojeado en una de las bibliotecas públicas que frecuento. En algún momento la leeré.

 

La novela está escrita en tercera persona y el narrador, en algún momento, cuando enfrenta a dos personajes, nos va a permitir saber qué piensa cada uno del otro; aunque principalmente seguirá los pasos y los pensamientos de Junichi. En algún capítulo, Mori nos permitirá leer algunas de las páginas de un diario que Junichi ha empezado a escribir.

A pesar de poder tener contacto directo con estos escritores de los que he hablado, Junichi parece que va a sacar más partido vital de la relación con dos jóvenes, que se van a convertir en sus amigos en Tokio. Por un lado está Seto, al que conocía de su pueblo y que no parece alguien muy de fiar, alguien que le acabará pidiendo dinero prestado. Y por otro lado está Omura, un estudiante de medicina, al que conoce en la charla de Fuseki, y que parece un tipo más noble, y con el que puede compartir su pasión por la literatura.      

 

En realidad, los sucesos que van hacer avanzar la trama tienen que ver con el encuentro de Junichi con tres mujeres, que van a encarnar tres arquetipos femeninos: una joven vecina que le visita en la casa que ha alquilado, una chica de su edad, sensible y pura; una geisha, que encarnará el deseo sexual más directo; y la viuda de un hombre de letras de su provincia, que encarnará el misterio, el deseo y quizás el amor. Junichi parece fluctuar entre su deseo de vivir una pasión amorosa y su deseo de una relación sexual. «Me parece que entumecer el espíritu a través de la satisfacción carnal sería una especie de suicidio espiritual –reflexionó Junichi–. Pero te confieso que a veces siento que mis nervios están excesivamente reprimidos, y no sé qué hacer con mi cuerpo.», le confesará Junichi a su amigo en la página 212.

Junichi habrá de confesarse a sí mismo que no está escribiendo una novela, como se había propuesto hacer al mudarse a Tokio y no sabe aún si las páginas del diario en las que reflexiona sobre sus encuentros y su deseo podrán, con el tiempo, transformarse en la ansiada novela que espera escribir.

 

Como ya he dicho, los modelos de la narrativa japonesa, a partir de la era Meiji son europeos, y en este sentido es normal que al leer literatura japonesa del siglo XX y XXI, el lector occidental se pueda percatar de la existencia de un mundo de referencias común a sus gustos. Sin embargo, sí me pasó al leer Una flor de Yuriko Miyamoto que sentí que el ritmo de esa narración no era occidental y que a Una flor le faltaba tensión narrativa. Algo similar he sentido con Juventud de Ogai Mori. Las escenas del libro están bien dibujadas y la traducción –a cargo de Akira Sugiyama y Sally Battan– traslada al español un estilo en apariencia sencillo, pero con tintes poéticos y que fluye bien. Sin embargo, he sentido que a Juventud le faltaba, como digo, tensión narrativa; le faltaba algo de violencia a las escenas, desgarro, enfrentamiento, etc. Juventud me ha parecido un libro correcto, pero no sobresaliente, como pueden ser Kokoro de Soseki, Indigno de ser humano de Dazai o la tetralogía de El mar de la fertilidad de Mishima. Aunque también es cierto que, en los tres casos, estoy hablando de obras posteriores a Juventud, que se debe entender en su contexto histórico, como una novela en la que la propia literatura japonesa se encuentra en proceso de cambio y modernización hacia las cotas que va a alcanzar durante el siglo XX.

domingo, 14 de junio de 2026

Historias del extrarradio, por Xu Zechen


Historias del extrarradio
, de Xu Zechen

Editorial Automática. 227 páginas. Primera edición de 2010-17, esta es de 2026

Traducción de Belén Cuadra Mora

 

Me llegó al correo electrónico la publicidad de Historias de extrarradio de Xu Zechen (Donghai, China, 1978), publicado por la editorial Automática, que normalmente propone obras traducidas de idiomas que, hasta ahora, han tenido menos difusión en España que otros; sobre todo, apuesta por los países del Este europeo o de Asia. Hace unos pocos años, me percaté de que de Asia había leído solo literatura de Japón y nada de China. Empecé a sentir curiosidad por este último país y leí a dos autores de allá: Duro como el agua de Yan Lianke, traducido también por Belén Cuadra Mora, como este libro de Xu Zechen, y tres libros de Can Xue: Hojas rojas (con traducción de Belén Cuadra Mora), Al otro lado y Bajos fondos. Duro como el agua está ambientado en la China rural de los años sesenta y las obras de Can Xue son bastante oníricas. Así que, al leer información sobre Historias del extrarradio me atrajo la idea de poder acercarme a la China urbana actual desde un punto de vista realista, que era lo que prometían estos nueve cuentos de Xu Zechen. Le pedí el libro a Emilio Ruiz, que lleva la prensa de Automática, y me lo envió para que pudiera leerlo y reseñarlo. No conocía a Xu Zechen y, según el dossier de prensa, es uno de los más imporantes escritores chinos actuales. Ha sido el escritor más joven hasta la fecha en ganar el premio Mao Dun, el más prestigio de las letras chinas.

 

Los nueve relatos de Historias del extrarradio están interconectados y cuentan con el mismo narrador. En el último relato sabremos que este narrador se llama Muyu. Lo que sí sabremos desde el primero es que tiene diecisiete años y ha emigrado desde un pueblo de la China rural a las afueras de Pekín para tratar de ganarse la vida en la capital. Muyu ha dejado el instituto porque estudiar le provocaba jaqueca, que el médico llamaba «neurastenia». Parece que Muyu siente ansiedad ante la presión de los estudios y se ve obligado a dejarlo. Sin embargo, su traslado al extrarradio de Pekín no acabará con estos dolores de cabeza y la única forma que siente de aliviarlos es salir a correr. Esta idea de enfrentarse al mundo corriendo simboliza su incapacidad de adaptarse a las exigencias de una realidad que se muestra hostil con él y sus deseos de prosperar. Muyu pasa a vivir en el extrarradio de Pekín con tres jóvenes, unos pocos años más mayores que él. Estos jóvenes, así como casi todos los inmigrantes que va a aparecer estas páginas, provienen del mismo pueblo, y más que del mismo pueblo –cuyo nombre no se cita en el libro– de una calle de este pueblo, llamada la calle Hua, que como leemos en una nota a pie de página –elaborada por la traductora Belén Cuadra– es una especie de patria literaria de muchas de las historias de Zechen.

 

Los relatos están escritos entre 2010 y 2017 y no parecen pensados, de entrada, para ser publicados como un libro unitario. Imagino que se publicaron, en primera instancia, en revistas literarias o que pertenecen a diversos libros y se han seleccionado aquí, para esta traducción, precisamente por la unidad que presentan. Pero comento que no parecen pensados para que el lector los lea en el mismo libro porque más de uno da una información que el lector ya ha recibido, casi con las mismas palabras, de un relato anterior. Sin embargo, pese a este pequeño inconveniente, Historias del extrarradio, aunque estrictamente es un libro de relatos, se puede leer como una novela en la que su narrador, en cada capítulo, se ocupa de contarnos una pequeña historia, normalmente de trasfondo trágico, que acontece a alguna persona sobre la que el narrador fija su interés.

 

El primer cuento se titula La azotea y aquí ya, desde el título, se nos presenta este espacio, común en todos los cuentos, de la azotea, que va a suponer un reducto de calma para los personajes. En la azotea, los cuatro jóvenes que aparecen en casi todas las narraciones se reúnen, cuando no están trabajando, para relajarse, jugar a las cartas y beber. Quien pierde, paga la bebida; algo que siempre suele recaer –de un modo que la estadística no puede defender– sobre la misma persona, Baolai, que parece alguien, para el narrador, más bondadoso que los otros jóvenes, que son más altaneros. Desde la azotea, en la lejanía podrán observar los edificios más altos de Pekín, a los que nunca se acercan en el libro, en un sentido real, pero también simbólico. Esos edificios modernos y lujosos representan el mundo al que estos jóvenes personajes aspirar a llegar, pero al que no pueden llegar por más que se esfuercen o trabajen. «Concluida la partida, Milou solía desplegar el brazo hacia el sudeste como si fuera un gran líder. Daba la impresión de que aquel brazo derecho pudiera extenderse, bucólico, cada vez más lejos hasta convertirse en un pájaro y sobrevolar Pekín. Los cuatro, incluido yo mismo, un estudiante de secundaria sin graduar, albergábamos infinitas esperanzas hacia aquella ciudad, enorme y próspera. La gente de todo el país sabía que allí había dinero, que no había más que agacharse y recogerlo del suelo. Todo el mundo sabía que allí las oportunidades proliferaban como las mierdas de los pájaros y que, si uno no se andaba con cuidado, le podían caer del cielo en toda la coronilla y hacerse rico. Sin embargo, según mi propia observación, los pájaros de Pekín eran cada vez más escasos», leemos en la página 59. Existe un fuerte componente social en estas historias, al mostrar el desvelo de los inmigrantes del interior por prosperar y las dificultades materiales a las que se enfrentan.

Estos cuatro jóvenes se dedican a una actividad ilegal: salen por la noche, en grupos de dos, para poner en paredes publicidad de dos personas (su tío en el caso de Muyu), cuyo oficio es crear documentos falsificados. Así que tendrán que ocultarse constantemente de la policía.

La acción de estas historias debe situarse sobre la segunda mitad de la década de los noventa, porque, aunque no se dan fechas concretas, los personajes tienen «buscas» (algo que, leo en internet, fue popular en China en esa época) y así reciben el aviso, por ejemplo, de que los llaman desde casa y esto hace que se acerque a un teléfono público para contestar la llamada. La espera ante uno de estos teléfono va a ser el origen del conflicto que conducirá al estallido de la violencia y la tragedia en una de las narraciones más brutales del libro, la titulada La ciudad invisible, donde un hombre, un trabajador que espera para llamar por teléfono, mata de un ladrillazo a otro que se demora en su llamada a casa. Así comienza esta historia en la página 111: «Tianxiu murió la noche del Medio Otoño. Lo encontraron tirado en mitad de la calle, encogido sobre sí mismo, con los dedos extendidos y los ojos abiertos, impregnados de sangre», y un poco más adelante: «Pero sabíamos que estaba muerto. Le dieron un ladrillazo en toda la frente y, una vez en el suelo, uno de los de Guizhou le pateó el estómago con sus zapatones de piel».

 

Como ya he apuntado, casi todas las historias muestran un trasfondo trágico. Aunque no todas acaben en la muerte de alguno de sus protagonistas, se suele incidir en la idea de destino torcido, de sueños que parecen a punto de cumplirse, pero que al final no lo hacen.

El primer cuento, La azotea, quizás nos habla de un doble fracaso. Cuando la tragedia se cierne sobre uno de los compañeros de piso, Muyu llama por teléfono a sus padres y le comenta que va a volver a estudiar. En los siguientes relatos estará de nuevo en la misma casa del extrarradio de Pekín. En alguno de los relatos, podemos pensar que el autor nos habla de un tiempo anterior al de La azotea, pero en otros los acontecimientos narrados en La azotea claramente pertenecen al pasado. ¿El narrador volvió al pueblo y de nuevo fracasó en los estudios y volvió a Pekín o simplemente al final no volvió? No será aclarado. En cualquier caso, las narraciones se evocan desde algún punto de un futuro indeterminado. «En todos los años que vinieron después…», leemos en la página 40 o «En aquellos años era habitual…» en la 45 (segundo relato); se pueden encontrar más expresiones similares en el libro.

La azotea es el cuento en el que –aunque también se narra, como en los demás, la tragedia de uno de sus personajes– el narrador más nos habla de sí mismo; en casi todos los demás su función principal es la de actuar como narrador testigo de las historias otros personajes. Cada relato nos contará la historia de uno de ellos, que principalmente son emigrantes de su mismo pueblo.

Considero que, al igual que en las otras traducciones suyas que he leído, Belén Cuadra Mora hace un gran trabajo en este libro. Me ha llamado la atención que aquí, frente a sus trabajos con Yan Lianke o Can Xue, a veces tiene que hacer uso de un registro más vulgar del idioma para adecuarse a la forma de expresarse de un adolescente chino de los años noventa. En cualquier caso, el estilo de Xu Zechen contiene mucho aliento poético, mientras da voz a sus personajes desesperados y llenos de vida. Es cierto, que algunas narraciones, como El perro que se pasó el día ladrando, acaban adoleciendo de un exceso de tremendismo fatídico, pero en general Historias del extrarradio me ha parecido un gran libro, que me ha sorprendido para bien, con algunos cuentos verdaderamente logrados y redondos. La literatura de Xu Zechen, como leo en internet, mezcla sus raíces en la tradición china, pero también toma modelos occidentales. Historias del extrarradio es un libro que puede gustar a todos los lectores aficionados al realismo sucio norteamericano, pero también a aquellos que quieren saber qué está ocurriendo actualmente en las letras de la pujante China.

 

lunes, 1 de junio de 2026

Tantas veces Pedro, por Alfredo Bryce Echenique


Tantas veces Pedro
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Anagrama. 267 páginas. Primera edición de 1977, esta es de 1997

 El 10 de marzo de 2026 murió Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939 – 2026), a los ochenta y siete años. Unos meses antes, en noviembre de 2025 había leído un libro suyo, Cuentos completos en la edición de 1995, que contenía sus tres primeros libros de cuentos. El mismo día de su muerte grabé un vídeo, haciéndole un homenaje, para mi canal de YouTube Bienvenido Bob, en el que hablaba un poco de cada una de sus obras que había leído (seis novelas y tres colecciones de relatos) y del momento en el que me encontré con ellas. Bryce Echenique es un autor al que guardo un gran cariño. A pesar de que tengo en casa tres libros suyos más sin leer (El huerto de mi amada, La última mudanza de Felipe Carrillo y Guía triste de París) tomé en préstamo Tantas veces Pedro (1977), su segunda novela, de la biblioteca de Móstoles. Allí habían puesto, en un expositor, los libros que tenían de Bryce Echenique y los de Antonio Lobo Antunes, muerto unos días antes, a los ochenta y tres años. Y lo hice porque los libros de los años noventa de la editorial Anagrama siempre me han parecido una preciosidad y porque en el Facebook del escritor peruano Gustavo Faverón había leído que él considera Tantas veces Pedro una de las obras clave de Bryce Echenique, una de las «piezas fundamentales en el tránsito de la novela hispana al terreno de la postmodernidad». Me llamó la atención esta apreciación de Faverón sobre Tantas veces Pedro, una de las novelas de Bryce que no había leído y que no recordaba haber tenido en el punto de mira. Hace unos años, me acerqué a La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, tras leer sobre la admiración que Faverón tiene de esta novela y fue todo un acierto. Me fie del criterio de Faverón y me apeteció leer, por tanto, Tantas veces Pedro.

 El protagonista de esta novela es Pedro Balbuena, un escritor inédito peruano de cuarenta años, un hombre de clase alta que vive fuera de Perú gracias al dinero que le envía su madre desde Lima. «Te prometo no olvidarte, mamá. Y te juro que, aunque necesito tu dinero, no es por tu maldito dinero que no te olvidaré nunca, mamá. Mi proyecto necesita dinero. Buena inversión, madre. No se preocupe. Tendrá usted un hijo feliz y a lo mejor inclusive un Stendhal en la familia», leemos en la página 23.

Vamos a conocer a Pedro cuando arriba al aeropuerto de París acompañado de Virginia, una joven estadounidense de veintitrés, a la que, sabremos pronto, conoce desde hace unas pocas semanas. Pedro y Virginia coincidieron en Berkeley, en una fiesta universitaria, estando Pedro bastante borracho. El viaje a París no parece estar funcionando. Pedro se muestra enervado porque Virginia no tiene sentido del humor y además parece pensar en otra mujer, llamada Sophie, un amor obsesivo del pasado. Se suceden los diálogos, a veces grandilocuentes. «Durante los últimos años he sido un personaje. El personaje de una historia maravillosa que nunca recuperaré y que tal vez nunca lograré escribir porque de pronto fui expulsado de ella, de mi propia historia, y me quedé sin todo lo que faltaba… Que era mucho…» (pág. 19).

 

La novela oscila entre el uso de la tercera persona y la primera. Es habitual que el narrador omnisciente ceda la palabra a Ramón Balbuena que, con un discurso a veces incoherente, conversa con diferentes interlocutores que habitan su cabeza: su madre en Lima; Sophie, su amor de juventud, que se casó con otro hombre; o con Malatesta, un perro de bronce, con el que Ramón viaja en una maleta. Malatesta, en gran medida, simboliza el fin de su relación con Sophie, pues representa a un perro real que tuvo Sophie y actúa, en realidad, como un confidente o un alter ego del propio Ramón, a quien este le cuenta sus penas y el con el que se desahoga.

 

Tantas veces Pedro se publicó en 1977 y quizás algunas de las maneras con las que Pedro se dirige a Virginia podían ser modernas y atrevidas en esa época, pero en la actualidad suenan machistas. Así, por ejemplo, en la página 31, en una conversación casual, Pero le dice a Virginia: «Tal vez seas una puta, Virginia, pero una puta tan excelente que cualquier hombre quedaría malacostumbrado para siempre después de haberte conocido», o en la página 17: «Virginia, no llores. Por favor, ya no llores más. Mira, te voy a decir una cosa. Las mujeres bonitas nunca lloran por un hombre. Las mujeres bonitas como tú hacen llorar a los hombres». En otro momento, además de machista, también se muestra racista y clasista: «Fue de una tía mía que se acostaba con un indio. Te lo regalo para olvidar que tuve una tía puta, aunque hoy en día, ser mestizo en América Latina…» (pág. 68)

 

La novela está dividida en cuatro partes. En las tres primeras se nos habla de la relación de Pedro con tres mujeres, Virginia (estadounidense), Claudine (francesa) y Beatrice (italiana) y en la última, al fin, se nos desvelarán los secretos de su relación del pasado con Sophie, relación –como se nos ha recordado múltiples veces durante la novela– que duró «solo tres meses, cinco días, y las últimas veinticuatro horas que fueron atroces…» (pág. 29).

Además de los monólogos interiores de Pedro, con las personas ya comentadas, el lector también podrá acercarse a algunas cartas, y relatos o conatos de novelas que Pedro escribirá, tratando de empezar esa obra que, en algún momento, le transformará en el escritor soñado. Además, en la página 205, en un nuevo plano narrativo, se manifestará el propio Alfredo Bryce Echenique como narrador: «Pedro Balbuena, como cantan los pescadores menorquines aquí en Fornells canciones mexicanas en el bar La Palma, donde algún día vendría yo a contar tu historia.» Realmente, Bryce Echenique escribió esta novela en el pueblo de Port Fornelles en Menorca.

 

El lector acabará descubriendo pronto que Pedro no es un narrador fiable, que lo contado puede en la novela puede ser real para los personajes o puede ser imaginario, una realidad que solo funciona en la mente de Pedro. Una sensación de desconcierto y confusión me asaltará el final de la primera parte, cuando Virginia ha abandonado París por México, y Pedro se desplaza allí y el lector no acabará de tener claro si realmente se ha reunido con ella o está solo imaginando que está con ella. Supongo que a este tipo de narración es a lo que se refiere Faverón cuando dice que Tantas veces Pedro introduce de forma fundamental a la narrativa latinoamericana en la postmodernidad, en este escepticismo ante el sentido de lo narrado y la presencia de un personaje-narrador en nada confiable. Reconozco que a mí todo esto ha conseguido sacarme bastante de la novela, sobre todo en la cuarta y última parte. En las anteriores, a pesar del uso de estos recursos postmodernos, la narración conseguía tener, más o menos, un orden, aunque caótico, pero en la cuarta parte es como si el sentido de la novela explotara por los aires. Aquí el narrador ya no consigue distinguir entre lo vivido, lo soñado o lo escrito, y el lector –o el lector que soy yo, al menos– acaba naufragando en una sucesión de escenas que he sentido como inconexas y he han ido expulsado del libro.

 

Tantas veces Pedro es la segunda novela de Bryce Echenique. Se publicó en 1977. Un mundo para Julius, la primera novela, se publicó en 1970. Entre medias, Bryce escribió los cuentos de La felicidad ja ja (1974). La historia contada en Un mundo para Julius era más diáfana; el lector se acercaba al niño Julius, que se acabaría convirtiendo, con el tiempo, en un icono de una mirada tierna hacia el Perú, una mirada que no toleraba el clasismo o el racismo. Diría que Tantas veces Pedro es una novela de transición hacia obras como La vida exagerada de Martín Romaña (1981), donde también hay un escritor que bebe, que vive en París, que estuvo enamorado de una mujer que se fue y que mira al pasado con nostalgia e ironía. Pero en libros como La vida exagerada de Martín Romaña o Reo de nocturnidad (1997), donde se vuelve a usar esta fórmula, los parámetros narrativos son menos experimentales y estas novelas se me hicieron más disfrutables.

 

Creo que con Tantas veces Pedro he sufrido una decepción similar a la que me ocurrió hace unos meses, al leer los Cuentos completos de Bryce, y llegar a Magdalena peruana y otros cuentos (1986), donde personajes masculinos borrachos hablaban a chicas jóvenes de aventuras del pasado, que no acababan de interesarme. En Tantas veces Pedro, como ocurrirá en las novelas del Bryce Echenique más adulto, hay ya un uso profuso de los diálogos y la oralidad, con sentido del humor, pero diría que el personaje de Pedro Balbuena acaba siendo más cargante e irritante, que como acabarán siendo personajes del estilo de Martín Romaña, que serán más entrañables.

Me apenó la muerte de Alfredo Bryce Echenique hace un mes. Era un autor al que asociaba con mi juventud y al que tengo, como dije, un gran cariño. A pesar de haber leído de él, hacía no mucho, sus Cuentos completos, me apeteció homenajearle después de muerto leyendo otra de sus obras, y me ha dado pena no haber acabado disfrutando de Tantas veces Pedro como creía que lo iba a hacer. Quizás debería haberme acercado a los cuentos de Guía triste de París, que presiento que me van a gustar más.