Las bellas extranjeras, de Mircea Cartarescu
Editorial Impedimenta. 249 páginas. Primera edición de 2010, esta es de
2025
Traducción de Marian Ochoa de Eribe
En el verano de 2025 leí la trilogía Cegador (1996-2007) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956).
Antes había leído su libro de cuentos Nostalgia (1993) y la gran novela Solenoide
(2015). Después de leer y reseñar Cegador,
escribí a los editores de Impedimenta,
con los que hacía años que no colaboraba, para ver si me podían enviar algún
libro más de Cartarescu. Quedamos en que me enviaban Las bellas extranjeras
(2010) y El ojo castaño de nuestro amor (2015), para que pudiera
comentarlos. Decidí leerlos seguidos y en orden cronológico; así que aquí estoy
comentando Las bellas extranjeras y
ya comentaré El ojo castaño de nuestro
amor, que estoy leyendo cuando escribo esta reseña.
Me resulta curioso ver que el libro consta de dos prólogo, uno inicial de
la excelente Marian Ochoa de Eribe,
la traductora de toda la obra de Cartarescu al español, y otro del propio
Cartarescu. Ochoa nos informará de que los tres textos que componen este libro
fueron publicados inicialmente por entregas, pero que, no por ello, se trata de
obras menores. Cartarescu nos hablará del sentido del humor con el que compuso
estas páginas y de que, aunque en ellas habla de sí mismo, y aparecen personas
con sus nombres reales, en realidad no todo lo que aquí aparece reflejado
ocurrió exactamente como lo cuenta, sino que la realidad ha sido alterada y
exagerada con fines cómicos.
La primera de las tres historias se titula Ántrax. Desde la primera
frase sabremos que el narrador es el propio autor. Cartarescu recibe una
llamada telefónica de una revista cultural. Les ha llegado, a la redacción de
la revista, una carta desde Dinamarca para él. Cartarescu se siente
desconcertado porque no conoce a nadie en Dinamarca. Estamos en Bucarest, pero
desde las primeras páginas, el Bucarest de esta historia parece un tanto
diferente al Bucarest extraño y onírico de Nostalgia,
Solenoide y Cegador. Así, por ejemplo, en la página dos nos vamos a encontrar
con un McDonald´s, que es una presencia prosaica más difícil de imaginar en los
otros libros. El Cartarescu de Ántrax va
a habitar en este relato en una Bucarest más reconocible, una ciudad que no
tiene que ver tanto con el mundo de los sueños, sino con la vulgaridad de lo
real. Veremos que no por avenirse a este detalle va a ser menos siniestra,
porque nos vamos a encontrar aquí con los mismos rotos y grisuras heredados de
la dictadura comunista de Ceaușescu.
Cuando Cartarescu recibe el sobre empezará a sospechar de su grosor, de su
contenido… quizás sea ántrax, imagina, que –según nos cuenta– por la época en
la que ocurrieron los hechos existía una paranoia sobre los envíos postales con
ántrax. Leo en internet que esto ocurrió en 2001, justo después de los
atentados del 11 de septiembre.
Aunque el estilo narrativo de este relato es mucho más conciso y realista
que el de sus otras obras, permanece aquí el interés biológico de Cartarescu
por las bacterias y los microorganismos. La historia del paquete danés se va a
convertir en un periplo kafkiano, en el que el autor no encuentra un modo
satisfactorio de deshacerse del paquete y acabará teniendo que acudir a una
oficina de policía siniestra, que recuerda a algunas de las escenas de El
castillo de Kafka. Todo esto
está aderezado con un humor –poco habitual en Cartarescu– basado en la
exageración y el esperpento. También Cartarescu interpela, de modo coloquial a
sus lectores. Así, por ejemplo, en la página 43 leemos: «Aquí querría pedir a
los lectores más pusilánimes, más sensibles o bien menos duchos en la
terminología del arte moderno que se abstengan de hacer comentarios».
Las bellas extranjeras es el segundo relato,
que es el más largo del conjunto y podríamos hablar ya más de novela que de
relato. Aquí Cartarescu nos va a hablar de un programa literario francés, que
se llama precisamente «las Bellas Extranjeras», que selecciona a doce
escritores de un país y les organiza una gira de dos semanas por Francia para
hablar de su literatura. Cartarescu fue seleccionado, junto con once
compatriotas, para realizar esta gira en noviembre de 2004. Los nombres de los
escritores son reales, aunque yo solo reconocía el de Ana Blandiana. Cartarescu
en esta novela nos va a hablar de algunas de sus peculiaridades como escritor,
como que no le gusta dar entrevistas, ni ser reconocido; de hecho, casi no le
gusta demasiado tener que salir de casa y hacer recados. De nuevo, esta
historia está escrita con humor y en un estilo más realista y directo que el de
los otros libros suyos que he leído. Como en el relato anterior, uno de los
recursos narrativos será aquí el de interpelar al lector, al que le pide
disculpas, por ejemplo, por sus continuas digresiones. Cartarescu nos va a
hablar de sí mismo como escritor, pero también de la figura pública y privada
del escritor, en general. En algunas de las digresiones más divertidas del
libro nos va a hablar de algunos recitales en los que ha estado con poetas que
más que poetas, de los que se sientan a escribir versos, eran artistas que
sabían cómo actuar ante un público. Cartarescu nos contará también anécdotas
sobre los momentos en los que escribió sus libros. Así, por ejemplo, en la
página 94 leemos: «Cuando empecé, hace quince años, a pensar en Cegador, me hice también yo un fichero
con una caja de zapatos sobre la que escribí el nombre de la novela. Pensaba
realizar algunas lecturas y tomar apuntes, tal y como había leído que hacía
Thomas Mann. ¿Acaso tengo que deciros que mi pobre caja permaneció totalmente
vacía todo el tiempo que tardé en escribir la obra? No solo me ha dado siempre
pereza leer con otra finalidad que no sea la lectura en sí misma, sino que ni
siquiera, mientras escribí el libro, abrí un diccionario ni consulté otra
fuente de información».
Aunque, como ya he dicho, el estilo es totalmente diferente al de otras
obras, siguen aquí presentes algunas de sus obsesiones, como la presencia de
las mariposas: «Y es que París entero es una especie de lata. Es como un gigantesco
vientre de mariposa hembra que expande sus feromonas por el mundo entero».
También se muestra autoirónico con su propia escritura: «Tengo que acabar
con estas “elucubraciones”, como denominan los críticos a mis páginas que no
están a la altura de sus expectativas» (pág. 97). También nos hablará del
mundillo literario rumano, cuya forma de actuar puede servir para cualquier
país: «En el mundo literario se perdona casi todo, la falta de talento, la
vileza, la hipocresía, la cobardía. Se consideran pecados humanos y son
contemplados con tolerancia. Lo que no se perdona jamás, a ningún precio, es el
éxito» (pág. 100), «Si oyes solo cosas buenas acerca de un escritor, si ves que
todos lo quieren como a un hermano, puedes estar seguro de que nadie lo teme,
de que todos le estrechan la mano para ser generosos con él pues, en cualquier
caso, no representa un peligro. Los compañeros de profesión no se permiten
nunca alabar a los que son mejores que ellos ni tampoco siquiera a los
iguales.» (pág. 111).
El estilo sigue siendo autoirónico: «Pero, como se decía en las antiguas
novelas, no adelantemos acontecimientos» (pág. 135).
También, dentro de esta mirada irónica, nos vamos a encontrar con algunas
otras páginas más emocionales, como aquellas en las que Cartarescu recuerda sus
comienzos: «Nos tocó vivir el sueño artístico entre bloques de hormigón, entre
gente enloquecida por el hambre y el frío, en un mundo que no nos quería y que
no sabía qué hacer con nuestros pobres poemas». (pág. 131)
También se contará alguna historia bastante divertida sobre la traducción
de los primeros libros de Cartarescu al francés. Y alguna otra historia sobre
algún momento del viaje por Francia en el que se va a sentir humillado y su
reacción a ello.
El tercer relato, de una extensión similar al primero (unas 40 páginas), se
titula El viaje del hambre, y guarda bastante relación con el
anterior. De hecho, podría haber sido una digresión de Las Bellas Extranjeras, pero al ser demasiado larga se convirtió en
un relato independiente. El viaje del
hambre, igual que Las Bellas
Extranjeras, habla de un viaje, en este caso a una ciudad provinciana de
Rumanía, y no a París. Cartarescu nos va a hablar aquí de su primera invitación
a hablar de sus libros en público, por parte de un grupo de escritores locales.
Me ha gustado este cierre, porque lo que Cartarescu nos viene a decir es que no
hay muchas diferencias entre lo que le ocurrió en aquella ciudad de Rumanía,
cuando era joven y desconocido, y lo que le va a ocurrir en París, cuando ya es
un autor consagrado. En realidad, este último relato es todo un jarro de agua
fría sobre la vocación literaria y toda una lección de humildad. En este relato
hay una escena onírica, que, en cierto modo, guarda relación con ese resto de
su obra más fantástica, de la que ya he hablado.
Hace un año un amigo del colegio en el que trabajo me habló de este libro
de Cartarescu, Las Bellas Extranjeras.
Era el primer libro del autor que leía y le gustó bastante, se rio con él. Sé
ahora –que aún no ha vuelto con el autor– que mi amigo tiene una idea sobre qué
clase de escritor es Cartarescu no del todo real, porque no se ha encontrado
con la mirada sombría de Cartarescu, su obsesión por los sueños, el pasado, los
insectos…, sino con un Cartarescu más chistoso, rápido al narrar y divertido. A
mí, que sí conocía, su otra obra, la más celebrada, me ha gustado mucho
acercarme a este otro Cartarescu. Como decía Ochoa de Eribe, no me parece un
Cartarescu menor.





