domingo, 14 de octubre de 2018

Fantasmas de la ciudad, por Aitor Romero Ortega


Editorial Candaya. 234 páginas. 1ª edición de 2018.

Conocí en persona a Aitor Romero Ortega (Barcelona, 1985) en una presentación de un libro de la editorial Candaya en Madrid. Por entonces faltaban algunos meses para que publicara con esta editorial su libro de relatos Fantasmas de la ciudad.
El último día de la Feria del Libro de Madrid de 2018 decidí pasarme por el Retiro para saludar a Aitor, despedirme de sus editores, Olga y Paco, y comprar Fantasmas de la ciudad.

Durante este último verano decidí alejarme una temporada de las novedades literarias, y me he puesto con este libro al comenzar el nuevo curso. Fantasma de la ciudad está formado por ocho relatos, normalmente largos, y un prólogo que acaba funcionando como otro relato.

En el Prólogo, Romero Ortega nos presenta a «el escritor». No será ésta la única vez en la que denomine así al protagonista de uno de sus relatos. El escritor regresa a su ciudad (Barcelona) después de haber vivido fuera. «El escritor no dijo a nadie que había regresado. Alquiló un pequeño estudio en el centro donde se encerraba cada noche a escribir. Tenía la impresión de estar viviendo como un extraño en su propia ciudad.» (pág. 9). Si el relato empieza en tercera persona, Romero Ortega lo acabará en primera, jugando a romper la distancia entre narrador y personaje, o creando a un segundo personaje que imagina al primero. En estas primeras páginas podemos sentir ya el gusto del autor por autores como Roberto Bolaño o Jorge Luis Borges. Este Prólogo funciona como un aviso, o un aperitivo, de lo que viene a continuación, relatos, en general extensos, en los que los temas que se muestran aquí tendrán más espacio para desarrollarse.

Conexión Montserrat nos habla de la obsesión del narrador por la figura de León Trostki. Romero Ortega juega a la idea de que en sus cuentos (o en la mayoría de ellos) no existe distancia entre él, como escritor, y el narrador que nos propone. «León Trostki estuvo en Barcelona.», así empieza este relato (pág. 15), que se va bifurcando por meandros narrativos en los que el protagonista expone aquellos momentos de su vida en los que se ha topado con la figura del revolucionario ruso y trata de explicarle al lector el porqué de su fascinación. El narrador recorrerá en estas páginas muchas librerías de viejo y nos hablará de su pasión literaria, lo que se une a la idea de vislumbrar a Trostki como un escritor perdido en la vorágine del siglo XX. Este enfoque, la búsqueda de un escritor por otro desconocido, o al menos desconocido en su faceta de escritor (Trostki) parece muy inspirada en las propuesta de Roberto Bolaño, cuya figura magistral sobrevuela las páginas de Fantasmas de la ciudad como una presencia benefactora.
Conexión Montserrat desprende una melancolía propia, sobre el pasado, la búsqueda y la literatura, y funciona perfectamente como un estimulante relato-ensayo.

El aeropuerto del sur trata de un grupo de personas que se quedan atrapadas en la terminal de un aeropuerto sin poder tomar su avión. Tendrán que organizar su vida allí hasta que consigan volar. En la nota final, Romero Ortega nos cuenta que los cuentos de este libro están escritos entre 2015 y 2017, salvo El aeropuerto del sur que es de 2012. Diría que esta diferencia temporal se puede apreciar, ya que el resto de los cuentos forman en conjunto un cuerpo más homogéneo y en El aeropuerto del sur se perciben más los costurones de principiante, al ser un su homenaje explícito y rotundo al Julio Cortázar de La autopista del sur. El aeropuerto del sur es un cuento correcto, pero inferior a la modernidad y a la seguridad narrativa mostrada en el resto de la propuesta.

Naima con sus 45 páginas es el cuento más largo (casi una novela corta) del libro y es posible que sea mi narración favorita del conjunto. De entrada diré que me ha gustado mucho su estructura, en la que se habla de Naima, una chica francesa, en tercera persona, pero se va anticipando que le está contando su historia a un tercero, y hacía el final éste tercero (el escritor) se descubre e interviene en la narración.
Decía que Naima es casi una novela corta porque, en gran medida, rompe con los convencionalismos del relato. En vez de acercarnos a un momento de especial tensión en la vida de su protagonista, nos narra casi toda su vida, desde que es una niña en un pueblo de Francia, hasta que se convierte en una mujer siempre en movimiento. En este relato, así como en todo el libro, son muy importantes los viajes y los paseos. El desplazamiento y la desorientación definen, en gran medida, a los protagonistas de Fantasmas de la ciudad. Una idea que recuerda a las narraciones del argentino Sergio Chejfec, admirador a su vez de Juan José Saer, otro gran amante del paseo en la literatura.
Cuando he hablado con Romero Ortega, me ha comentado que fue gracias a mi blog de reseñas como conoció a Juan José Saer. Así que me gusta pensar que yo he podido contribuir, aunque sea en una pequeña medida, a que éste buen libro llegue al lector tal y como ha acabado siendo.
Es cierto que Naima gana en su segunda parte, la que tiene que ver con la protagonista en Argentina y el rodaje de una película de terror. Un detalle éste muy del gusto de Roberto Bolaño.

En Hotel Torino el protagonista viaja hasta Italia como homenaje a su padre, muerto recientemente. Un padre barcelonés que creció amando la intensidad política y cultural de la Italia de la segunda mitad del siglo XX. En este relato, como en la mayoría de los que componen este libro, las referencias literarias son explícitas, Cesara Pavese, Roberto Bolaño. «¿Puede recordarse una sensación?», se pregunta el protagonista de este relato. Una pregunta muy a lo Juan José Saer, así como esa sensación de viaje y desubicación, reflexiones durante el paseo y los encuentros casuales con un viajero argentino que se dedica a escribir una guía sobre Italia.

La colmena, un cuento popular urbano recrea la vida de un personaje barcelonés, el Kubalita, supuesto hijo de Kubala, el jugador de fútbol. Siguiendo la premisa de Borges que afirma que un relato debe ser como una novela en miniatura, Romero Ortega recrea en dieciocho páginas la vida entera de una persona. Su composición es simular a Naima, donde también se recreaba toda una vida y, además, hacia el final se hace presente el narrador de la historia. Como aquel (aunque quizás con un menor alcance) es también un gran cuento.

Considero  que Spaghetti western es uno de los cuentos más destacados de este libro. Como en otros, tenemos aquí un viaje, en este caso a Nashville, y una obsesión adolescente, un disco de Bob Dylan. Me gusta que la primera parte transcurra en Nashville y la segunda en Grenoble. De nuevo un juego de narradores interpuestos, el narrador-inventado y el narrador-verdadero, que hace que estas historias cobren más matices al negarse o reinventarse a sí mismas.

Fantasmas de la ciudad, con su personaje genérico «el escritor» entronca con la propuesta del Prólogo. Diría que sus planteamientos acerca de la experiencia del arte, sus términos genéricos –«el escritor», «el periodista»–, sus periplos por la ciudad y la percepción de una persona sobre la otra y viceversa, me han hecho pensar en Sergio Chejfec tras leer a Juan José Saer.

El último relato, Puentes de Bosnia, trata sobre una pareja española que visita la antigua Yugoslavia y cada uno reflexiona sobre sus impresiones de aquella guerra desde las perspectivas de sus momentos vitales (existe una diferencia de edad entre ellos). Al leerlo he experimentado una ligera sensación de agotamiento, de propuesta narrativa ya leída en anteriores piezas del libro. Y esto no hace que Puentes de Bosnia sea un mal relato, que no es, pero es cierto que en los libros de relatos de contenidos muy homogéneos a veces se produce, hacia el final, esta sensación de repetición de planteamientos.

Con la excepción de algunas expresiones coloquiales que no me han gustado («salir por patas», pág. 25; «vender como churros», pág. 27; «pensión de mala muerte», pág. 76; «estaba de muy malas pulgas», pág. 146), el lenguaje de Fantasmas de la ciudad es, en general, elegante, con gusto por la frase larga y angulosa.
Se nota el gran trabajo literario y la ambición de Aitor Romero Ortega en estos relatos, que frente a la búsqueda del relato clásico, con un nudo narrativo de gran intensidad, apuestan por la página reflexiva y por la referencia literaria explícita («como bien escribió Gil de Biedma», pág. 139; «cuya atmósfera atrapó Laforet como nadie», pág. 140 o una cita de un cuento de Bolaño en la página 115).
Las influencias de Romero Ortega son claras y bien tomadas: Enrique Vila-Matas, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Roberto Bolaño, Sergio Chejfec o Juan José Saer… lo que hace que su discurso se encuadre en una narrativa de propuesta bastante moderna, en una ruptura clara con el cuento carveriano, que tanto ha sido imitado en España.
Como ocurre en todos los libros de relatos, no todos los textos están a la misma altura, pero nos encontramos aquí con un nivel medio muy alto y con relatos realmente destacados (Conexión Montserrat, Naima, La colmena o Spaghetti western).
En 2015 Aitor Romero Ortega publicó la novela Deflagración y Fantasmas de la ciudad es su primer libro de cuentos. Como aficionado al género, considero que el debut de Aitor Romero Ortega en el cuento es digno de celebración.

Prins, por César Aira


Editorial Random House. 137 páginas. 1ª edición de 2018.

Cuando vi anunciado en internet que César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) iba a presentar una nueva novela en el edificio Telefónica de Gran Vía en Madrid, me apeteció ir. Escribí a los representantes de prensa de Random House para ver si les parecía bien enviarme la nueva novela, Prins, para escribir una reseña, y tenerla el día de la presentación, con la idea de que me la firmara Aira. Quedé en que me enviarían el libro, aunque desafortunadamente no llegó a tiempo para el día de la presentación. Estuve a punto de comprarlo allí para tenerlo firmado, pero me contuve y me compré el de Relatos reunidos. También llevaba de casa la primera edición de El tilo y Las noches de Flores. Así que al final me fui a casa con tres libros de Aira dedicados, y al llegar los junté con Cumpleaños, que me firmó en otra ocasión.

El primer capítulo de Prins me parece magistral. Un escritor de novelas góticas nos cuenta que está aburrido de escribir libros, con los convencionalismos propios de un género muerto, para un público al que no respeta. «Condenado de toda la vida a la laboriosa redacción de novelas góticas, encadenado al gusto decadente de un público inculto…», así empieza el libro. Nuestro escritor ha tenido tanto éxito de ventas con esta literatura que desprecia vivir en una enorme mansión, llena de adornos y elementos propios de un castillo gótico. Algo que hizo por publicidad y por una ironía que su público no llegó a captar.
Como uno de los Bartlebys de los que habló Enrique Vila-Matas en su novela Bartleby y compañía, conocemos a nuestro narrador justo en el momento en que ha decidido dejar de escribir, porque continuar con una farsa que considera absurda no le satisface. Ahora debe valorar a qué va a dedicar su tiempo libre. Se decidirá por el consumo de opio.
«Como se verá en esta narración, las vacilaciones abundaron. El camino del opio fue una verdadera prueba de fuego para mi perseverancia», leemos en la página 19.

Prins empieza presentándonos a un personaje peculiar (un escritor de novelas góticas que vive en un castillo gótico kitsch a las afueras de Buenos Aires), pero con un discurso coherente y unas críticas hacia la mala literatura punzantes y divertidas: «Llegué a supeditar mi supervivencia en el mercado editorial al uso de las palabras en su acepción más corriente y llana, y si debía optar entre dos palabras me quedaba con la que tuviera una única acepción. La mera idea de que entendieran algo distinto de lo que yo había querido decir me producía escalofríos», pág. 19.
Por supuesto, si uno ha sido previamente lector de César Aira (creo que ésta es la séptima novela que leo de él), sabe que el libro que tiene entre las manos no va a transcurrir en los carriles de la coherencia narrativa, que precisamente la apuesta de Aira es dinamitar la lógica del discurso. De este modo, la salida del narrador de su castillo para comprar opio será presentada como una aventura casi fantástica, al estilo de una novela gótica o de aventuras. Pero a diferencia de la férrea coherencia de este tipo de novelas populares (A va a consultar a B para que le diga cómo llegar a C, etc.), aquí se narra desde el puro descreimiento irónico en la construcción convencional de una novela.

«Para algo debería servirme mi experiencia de escritor de géneros populares, que tienen lectores exigentes con el realismo, el verosímil, las explicaciones completas (mientras que los lectores de literatura pretenciosa se los puede conformar con metáforas o juegos de palabras» (pág. 56): como podemos ver en esta cita, Aira puede ser punzante con muchos convencionalismos literarios.

La apuesta por el absurdo y la incoherencia es seria: por ejemplo, nuestro narrador (del que no debemos fiarnos en ningún momento) nos ha explicado que las novelas góticas le dan mucho trabajo, para pasar a decirnos que le dedicaba a su escritura media hora al día y, finalmente, contarnos que tenía un equipo de siete escritores que las escribían por él. Así que su decisión de dejar de escribir novelas góticas y cubrir ese vacío con otra actividad es delirante, puesto que, de entrada, ya no escribía novelas góticas cuando comienza la novela.

Tras una serie de aventuras sin explicación (encuentro con el Armiño, viaje en el autobús 126, donde conoce a Alicia, y llegada a La Antigüedad –lugar donde se vende la droga– y conocer al Ujier, el vendedor), regresará a su casa con una enorme cantidad de opio. El Ujier le acompaña y se quedará a vivir con él, ya que no puede regresar a La Antigüedad. La llave para volver a abrir la puerta se encuentra atrapada dentro del gran bloque de opio y tendrá que ser consumido todo para llegar a ella. De este modo, el Ujier pasará a vivir en el castillo gótico, junto con Alicia, una mujer a la que el escritor ha conocido en el autobús 126 y que se convertirá en su sirvienta y amante. Para Alicia, el narrador inventará un pasado común, un encuentro de juventud y una pérdida. «No quiero ponerme a hacer teorías de las que afeaban mis libros interrumpiendo a cada página la continuidad narrativa, así que lo diré brevemente, sin desarrollar: creo que me había hecho la idea de que toda aventura era mental» (pág. 22).

Estos planteamientos categóricos (como, por ejemplo, que el Ujier no pueda volver a La Antigüedad hasta que no recupere su llave) me han parecido, hasta cierto punto, una parodia de las relaciones establecidas en las novelas de Franz Kafka. Por ejemplo, ante la situación descrita he pensado en algunas escenas de América: el sobrino desobedece una vez a su tío al llegar al nuevo continente y éste le dice que ya no puede vivir con él nunca más, y emprende su viaje por los caminos del nuevo país. Si en Kafka estas relaciones causales se constituían en símbolo de una realidad superior (posiblemente religiosa), en Aira son pura burla de los convencionalismos narrativos. Aunque, sin embargo, tampoco es la suya una apuesta en el vacío, porque su narración sí que transmite una idea del absurdo de la vida y de soledad, una idea de mundo propio, autónomo del real; además, en su prosa podemos encontrarnos con reflexiones que no son banales: «Por escapar de lo obvio la humanidad se extravió en esa insensata acumulación de sofismas que es la civilización. Si se hubieran dado por satisfechos con las simples verdades que les salían al paso sin tener que ir a buscarlas se habría evitado la guerra de los bóeres. O las guerras civiles» (pág. 25); «Las mentes brillantes, que despliegan sus alas en el vuelo majestuoso de las ideas, tropiezan y se paralizan en los senderos pedregosos de la vida práctica, y las más de las veces quedan a merced de los brutos» (pág. 98); «Me daba cuenta de que siempre había pensado que todo en la vida era un fin en sí mismo, y de ahí la elección del opio, al que veía como la consumación de ese estado de cosas en el que no había medios sino sólo fines» (pág. 121).

Al leer Prins he pensado en Las noches de Flores, que Aira publicó en 2004, y que también parte de un comienzo peculiar, pero realista, para ir avanzando hacia la incoherencia y el absurdo. Como entonces, me he reído con Prins; cuando me percataba de la información contradictoria vertida en el texto me sonreía, me parecía divertido, entraba en el humor de Aira y me lo tomaba como una broma. Entiendo también que este tipo de apuestas puedan exasperar a muchos lectores desconcertados.

Aira también juega aquí al narrador políticamente incorrecto, haciendo algún comentario racista o desconsiderado hacia las clases bajas, que he entendido como una nueva ruptura de los convencionalismos de cierto tipo de lectores, que exigen un narrador con el que puedan identificarse cómodamente.

Me percato también de que en los catorce años que han pasado entre Las noches de Flores y Prins, los planteamientos de Aira son similares, su ruptura de los convencionalismos narrativos rompe las costuras en los mismos puntos, y me pregunto si no habrá encontrado ya Aira un camino cómodo para ser anticonvencional, y no será que, dentro de su curiosa apuesta, repite planteamientos y su anticonvencionalismo se ha transformado en una nueva forma de ser convencional, aunque sea para sí mismo.

Mi pregunta es la siguiente: Aira puede hacer bromas sobre los convencionalismos literarios, pero ¿podría olvidarse de las bromas y escribir una novela en serio, con personajes coherentes y una narración que incida, por ejemplo, en lo social? Sé que la literatura no tiene por qué ser social (podría haber usado otro término) y no tiene que cumplir con ninguna idea de orden establecido, pero si tu cometido artístico es burlarte de X, ¿serías capaz de llegar a X? Creo que Aira no quiere escribir X y es posible que yo no haya leído mucho de su ingente obra (con más de cien novelas publicadas) para conocer todas las variantes y los caminos de su apuesta.
Sin embargo, en Prins (como en Las noches de Flores), sí que encontramos un trasfondo social, ya que el narrador de Prins nos habla de las malas condiciones de los barrios bajos y por estas páginas desfilan mendigos y nos encontramos con peligros callejeros.

Me he divertido con Prins, que –como suele ser habitual en Aira– tiene un arranque superior a su conclusión. El mismo Aira ha declarado en alguna entrevista que se cansa de sus novelas y no sabe, a veces, cómo terminarlas. No sé si podría leer, muy de continuo, libros escritos bajo las premisas que escribe Aira, pero sí sé que, de vez en cuando, acercarme a su obra me resulta estimulante.

domingo, 7 de octubre de 2018

Lo imborrable, por Juan José Saer


Lo imborrable, de Juan José Saer
Editorial Seix Barral. 254 páginas. 1ª edición de 1992, ésta es de 2013.

Desde que en 2010 me mudé de Móstoles a Madrid, creo que mi gran descubrimiento literario ha sido Juan José Saer (Serondino, Santa Fe, Argentina, 1937 – París, 2005). De él, he leído ya casi toda su obra narrativa. Sólo me faltaban dos novelas: Lo imborrable (1992) y El limonero real (1974). Ésta última novela descansa en mis montañas de libros por leer desde hace ya bastantes años y, a pesar de ello, acabé encargado Lo imborrable en la librería Iberoamericana de Madrid, porque un día la vi allí, no la compré y luego me arrepentí. Dejé el libro encargado, me lo trajeron de Argentina y un par de meses después del pedido me llamaron para que pasara a recogerlo. Me costó 32 o 34 €, un precio relevante. Y lo raro fue que lo acabé dejando en la montaña de libros sin leer. Tengo que poner fin a mi adicción por las novedades literarias, no tiene sentido que me fije todo el rato en ellas, cuando se me van quedando en casa sin leer libros como estos de Saer.

En enero de 2018, para empezar bien el año decidí ponerme, al fin, con las dos novelas que me faltan de Saer (otro asunto es que cuando leo este tipo de libros, que no he pedido a las editoriales, las reseñas que escribo sobre ellos se van quedando durante meses en la montaña virtual de las reseñas escritas pero no publicadas).

En Lo imborrable, como lector del universo Saer, me reencuentro con Carlos Tomatis, uno de sus personajes clásicos; el personaje, al que, además, más frecuentemente se ha identificado con la figura del autor.

En la página 14 leemos: «cinco o seis años atrás, por el setenta y cuatro más o menos», anotación de la que se deduce que la novela sitúa su trama en el año 1979 0 1980. Sin embargo, según la wikipedia la novela transcurre en 1981. No sé si hay alguna referencia temporal más en ella que a mí se me escapa o si el dato de la wikipedia es un error. Lo que no es discutible es que el tiempo de la novela es del la dictadura de Jorge Videla en Argentina.
La anterior novela que leí de Saer es Nadie nada nunca que se publicó en 1980 y, por tanto, en plena dictadura militar. En esta novela la presencia de la dictadura estaba tan solo insinuada y se hablaba de ella de modo simbólico, sin nombrarla explícitamente. Sin embargo, en Lo imborrable, publicada en 1992, la crítica a la dictadura es abierta y dolorosa. Por ejemplo, en la página 32 leemos: «La actualidad cultural, metiendo en la misma bolsa el cine, la gastronomía, el jet set, la literatura, y eso a la misma hora en que iban a sacar a la gente de sus casas o de los campos de concentración clandestinos para cargarla en los helicópteros de la marina y tirarla viva en plena noche en el océano.», o en la página 33: «Hay dos clases de homicidas desequilibrados entre los que gobiernan actualmente: los que tienen una erección cuando mandan a cometer a terceros los crímenes que planifican, y los que sólo pueden tenerla si sacrifican a sus semejantes con sus propias manos. Va de cajón que el general Negrí pertenece a la segunda categoría, la del homicida que extrae un placer suplementario de la superioridad numérica, de la supremacía técnica, de la impunidad, de la clandestinidad total en la que somete a sus víctimas al tormento, e incluso de los rastros bien individualizados que deja en ellas, de modo tal que a sus pares y a la opinión pública no les quede ninguna duda sobre la paternidad de la operación.»

Cuando la novela comienza, Tomatis acaba de salir de una depresión, y se encuentra en «el penúltimo peldaño» de la degradación humana. Durante meses no salía de casa, no se aseaba y bebía demasiado, pero ahora está consiguiendo dejar atrás ese «último peldaño». «La lluvia, por fuerte que sea, no puede impedirme realizar el paseo del anochecer, uno de los tres elementos, junto con la higiene corporal y la abstinencia de alcohol, de mi reconstrucción física y mental.», leemos en la página 192. Durante la novela descubriremos que gran parte de los motivos que han llevado a Tomatis a la depresión tienen que ver con la dictadura, que funciona en la novela como una niebla que cubre la realidad argentina con un manto de degradación que funciona a muchos niveles. Descubriremos además que otros personajes habituales en el mundo de Saer también han caído en depresión: Pichón Garay (protagonista de La pesquisa) en París y el Matemático (protagonista de Glosa) en Estocolmo.
Además, Tomatis, alejado del mundo, suele referirse a sus contemporáneos, embrutecidos bajo el régimen militar, como «reptiles». En la tercera novela de Saer, Cicatrices, hay un personaje, llamado Ernesto López Garay, que, también lejos de los hombres, se refiere a éstos como «gorilas». Sería un recurso común en una novela y la otra.

Lo imborrable comienza cuando Tomatis pasea por una de las calles de «la ciudad» (la Santa Fe de las novelas de Saer), en la tarde convertida ya en noche invernal, y es interceptado por un hombre llamado Alfonso, que lo ha visto desde el ventanal de un bar. Alfonso reconoce a Tomatis: sus amigos de Rosario le han hablado mucho de él. Consigue arrastrarle dentro del local para presentarle a su compañera Vilma. Alfonso es el dueño de la editorial Bizancio (que según Tomatis sólo publica a autores de la literatura mundial de tercera o cuarta fila, como Pearl S. Buck, Vicki Baum o William Somerset Maugham), y se encuentra en la ciudad para tratar de crear una red de venta de libros, además de para hablar con Tomatis y proponerle que dirija una revista literaria que quiere lanzar. Hace ocho años que Tomatis (escritor y periodista cultural) no publica un libro, pero Alfonso ha leído un «brulote» (“escrito satírico e incendiario”) de Tomatis sobre La brisa en el trigo, la novela de Walter Bueno que se ha convertido en el bestseller de la década en Argentina. Bueno es originario de «la ciudad», además de un arribista cercano al régimen militar, que ha conseguido ser presentador en Buenos Aires de un programa de cultura nacional. Cuando comienza el libro, Bueno también está muerto. Falleció en un accidente de tráfico. Como decía antes, el tema de fondo de la novela es cómo la dictadura militar atenaza a los ciudadanos, inmiscuyéndose en cualquier resquicio de su vida, también en el mundo de la cultura, cuyos dos polos serían Tomatis y Bueno: el hombre paralizado, con la cultura suficiente como para poder despreciar sin ambages al «bestseller de la década», y el arribista que, desde la connivencia con un poder corrupto, no tiene escrúpulos en apelar al gusto del pueblo, que satisface con su libro.

El tiempo narrativo de la novela es inferior a tres días. La voz narrativa es la de Tomatis, al que acompañamos durante sus tres días de entradas y salidas de casa (donde convive con su hermana), y de encuentros y desencuentros con el «artefacto Alfonso/Vilma», casi sin tregua. De hecho, me ha resultado muy curioso como Saer le hace entrar y salir del sueño a Tomatis sin interrumpir la narración: se cuenta cómo se introduce en la cama, como empiezan a divagar sus pensamientos, que se acaban convirtiendo en sueños, que son descritos, para despertar en un nuevo día. En la novela hay puntos y aparte, pero ni un solo salto de línea, ni un solo corte entre escenas. Además, el cuerpo de la página es bastante estrecho porque Saer coloca en los márgenes de las páginas pequeños epígrafes que funcionan como resúmenes, títulos o glosas del tema tratado en ese momento. Por ejemplo, en las páginas 96-97 nos encontramos con «UN LINDO ESPECTÁCULO», «LA GRAN TRINIDAL» y «EL LOGOTIPO».
Durante las, más o menos, 70 horas en que transcurre la novela, el lector recibe información complementaria de la vida previa de Tomatis, gracias al recurso de la analepsis.

Como ocurre siempre en las novelas de Saer, muchas de sus reflexiones tienen que ver con la percepción de la realidad de sus personajes. Así, por ejemplo, en la página 59 podemos leer: «El deseo no satisfecho incrusta en la memoria experiencias imaginarias, apetecidas pero no realizadas, más imborrables que las verdaderas.»
Las novelas de Saer, además de hablarnos de la percepción de la realidad de sus personajes, suelen ser bastante existencialistas, y un Tomatis que está saliendo de una depresión no iba dejar de ser existencialista. Así, en la página 226 leemos: «La casa entera está vacía de todo rastro de vida, aparte de lo que llamo “yo” y que deambula a través del tiempo petrificado: lo que queda más bien en su lugar como decía, y que sigo llamando “yo” por costumbre, y del que me separa a decir verdad una distancia infinitesimal pero infranqueable, como sucede más o menos con las distintas partes de mi cuerpo, ya que ahora que lo pienso el dedo gordo del pie, naturaleza indescifrable en estado puro, me parece tan improbable y lejano como el cielo, rosa según dicen, de Marte.»

En cualquier caso, la voz narrativa de Tomatis me ha parecido más ligera, o más adelgazada, que las voces narrativas que suele usar Saer en sus novelas. Para Tomatis ha elegido un lenguaje elegante (como siempre), pero también con algún vulgarismo, que en muchos casos tiene que ver con su pene (en este sentido se repite mucho la expresión «que me la corten en rebajadas si...»), o con expresiones hechas como «tres pepinos». En algunos momentos, cuando Tomatis usa una frase hecha la acompaña de expresiones del estilo de «como se dice», que es un recurso que también usaba el escritor austriaco Thomas Bernhard, y al que me ha recordado por ello.

Me ha gustado mucho este reencuentro con el universo de Juan José Saer, con los lugares de Santa Fe (el puente, el río, la galería, los bares…) y que se nombrara a alguno de los personajes de siempre (Washington Noriega, Pichón Garay, el Matemático…). Me ha gustado acompañar a Carlos Tomatis durante su periplo de tres días por «la ciudad», bajo el ominoso telón de la dictadura militar, con sus reflexiones sobre la percepción, el arte o la historia. Si no recuerdo mal, en La grande (última novela de Saer) se narraba un viaje en autobús de Tomatis en el que se recordaba la etapa de su vida que queda reflejada en Lo imborrable (la depresión, la dictadura…). Algún día debería lleva a cabo el proyecto magnífico de leer toda la narrativa de Saer seguida y por orden cronológico, para establecer de forma inequívoca todas las conexiones. Me parece toda una aventura literaria.
Espero que la editorial Rayo verde, que en la actualidad rescata la obra de Saer en España, reedite pronto Lo imborrable aquí. Como ya lo he comentado más de una vez: es penoso e increíble que el lector español no tenga a su disposición las obras completas de uno de los más grandes escritores que ha dado el idioma español en las últimas décadas.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Entrevista a Elvio E. Gandolfo, autor de Vivir en la salina


Elvio E. Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947) se crió en Rosario y actualmente vive entre Buenos Aires y Montevideo. Ha publicado novelas (Boomerang, 1993; Mi mundo privado, 2016), poesía (El año de Stevenson, 2011), ensayo (La mujer de mi vida. Notas y margaritas, 2015) y, sobre todo, libros de cuentos (Ferrocarriles argentinos, 1994; Cada vez más cerca, 2013). Ha trabajado como crítico literario en diversos medios de Argentina y Uruguay (Clarín, La Nación o El País Cultural), y también como traductor de autores como Tennessee Williams o C. S. Lewis. Con la novela Boomerang resultó finalista del Premio Planeta Biblioteca del Sur, y el libro de relatos Cada vez más cerca fue el ganador del Premio de la Crítica de la Feria del Libro de Buenos Aires en 2014.

PINCHANDOAQUÍ puedes leer la reseña que escribí sobre Vivir en la salina (Cuentos completos) de Elvio E. Gandolfo.

Foto de Panta Astiazarán



En 2016 la editorial cordobesa Caballo Negro editó un libro con tus Cuentos completos, que ocupa casi 500 páginas. Este libro reúne tus narraciones breves desde 1970 hasta 2016. Después de más de 40 años de producción, ¿sientes coherencia en tu propuesta narrativa? ¿Has eliminado algún cuento con el que no estuvieras satisfecho o has tenido tentaciones de hacerlo?

No he eliminado cuentos en esa edición. Supongo que hay cierta continuidad en el estilo. A la vez como busco casi siempre algo que me desafíe, que sea nuevo, tal vez la única coherencia sea la variedad (dentro de la cual, por supuesto, se pueden armar grupos pequeños de cuentos semejantes, por la temática, lo autobiográfico, etc.).



Cuando uno empieza a leer uno de tus cuentos no sabe hacia dónde va a avanzar tu propuesta. Se puede encontrar con cuentos realistas, de ciencia-ficción, de terror, oníricos, policiacos… e incluso con géneros mezclados. ¿Decides de antemano qué camino va a tomar un cuento (realista, no realista…) o lo escribes sin un plan previo?

Por lo general el cuento nace de la obsesión con un clima, una frase, un personaje (real o inventado), un ritmo, ya sea sereno o delirante. Después el cuento se hace cargo tanto de la dirección que toma como del punto final, que a veces llega mucho antes de lo que uno espera. Cuantas menos decisiones tome el autor conscientemente, mejor fluye.



¿Quién es a tu juicio el escritor que mejor sabe, o ha sabido, mezclar y jugar con los géneros literarios?

En ese sentido, William Shakespeare es mucho más que un maestro: una fuerza de la naturaleza. Es tan bueno que me deprime decidir leerlo. Cuando lo hago (debo ir por las seis obras), me deja pasmado durante largo tiempo.


A finales de la década de 1990, a petición de la editorial Alfaguara, unos 70 escritores, críticos y editores argentinos votaron para hacer una selección de los mejores cuentos publicados allá. Tu cuento “Vivir en la salina” apareció en el puesto 14 de esa lista. ¿Tú consideras que éste es tu mejor cuento, o prefieres algún otro de los tuyos?

Hay por lo menos media docena que me gustan tanto o más que “Vivir en la salina”: “El momento del impacto”, “Un error de Ludueña”, “Cuando Lidia vivía se quería morir”, “Grande”, “Los amigos”, etc.
           

Te sigo preguntando por la lista anterior, ¿participaste en su votación? En caso afirmativo, ¿qué cuentos votaste?; y en caso negativo, ¿qué cuentos hubieras elegido?

Ese tipo de emprendimiento siempre incluye generosidad y astucia, voluntad e inspiración. Sí voté. Perdí la lista hace muchos años. Seguramente habré incluido “El Aleph” de Borges, “Noche terrible” de Arlt. Aunque no estoy seguro. Una lista de mejores cuentos, en un buen lector (que lee mucho y en busca de la emoción del hallazgo, cosa que hago), cambia por lo menos una vez por semestre.


En el volumen de tus Cuentos completos no se han incluido las narraciones que pasaban de las 20 páginas, y afirmas en el prólogo que éstas las estás guardando para publicar otra recopilación con tus Novelas cortas. ¿Cómo marcha este proyecto?

No es un proyecto, sino una perspectiva, que se convertirá en proyecto cuando acepte el convite algún sello editorial. Incluso uniendo los cuentos y las novelas cortas.


Entre tus cuentos podemos encontrar tres (“El manuscrito de Juan Abad”, “La mosca loca” y “El problema de Van Doren”) que hablan de la misma realidad: un mundo posapocalíptico tomado por una civilización de vacas voladoras. Se trata de una idea maravillosa y he disfrutado mucho de estos tres cuentos. ¿No has tenido la tentación de escribir una novela sobre este mundo fantástico?

Novela no. Pero sí he pensado escribir algún relato más, cuando le encuentre la vuelta. No he podido encontrar la forma de expresar la manera de ver el mundo de una vaca voladora hasta ahora. Hay cuestiones de peso literal en relación con las alas, de sentimiento, de química de las vacas sobre las que sé poco. Nuestra ignorancia sobre los animales, en especial los que comemos, es prodigiosa.


En 2016, después de los Cuentos completos, también publicaste una novela, titulada Mi mundo privado. Tras publicar en cuatro pequeñas editoriales de ciudades distintas, esta vez la novela aparece en Tusquets Argentina. En el programa televisivo Otra trama declaraste: “Para mí fue muy satisfactorio pasar a Tusquets (…) para llegar más.” Me gustaría preguntarte por esto, ¿realmente ha sido significativo el cambio de una editorial pequeña a Tusquets? ¿Has llegado de forma significativa a más lectores?

Yo venía acumulando trabajo y narración con algunas ediciones en sellos grandes (Centro Editor la más masiva, por ser en Capítulo, una edición masiva para kioscos), Alfaguara o Planeta. Como no mantengo una costumbre de un libro por año (a veces es ninguno en varios años, a veces dos o tres en un solo año), lo de Tusquets fue una especie de regreso, anunciado por Cada vez más cerca (Caballo Negro, de Córdoba) o los cuentos completos de Vivir en la salina (ídem). La cobertura en la prensa fue diría yo que desproporcionada, pero recibida por mí con mucha alegría. Mi recién aparecido Los lugares (Blatt & Ríos) tuvo poca cobertura, pero buena recepción en gente que lee y de cuya opinión me entero. No bien pudiera publicar en algún sello grande, lo haría de nuevo. Pero no trabajo para eso. Y conozco demasiados casos en que un agente tranca más de lo que ayuda, como para apurarme también en ese sentido. En el momento de Tusquets sentí, como dije en una entrevista del suplemento Radar, que eso me permitía “comerte mejor” (me refería al lector). Además incidía que la editora de ese sello es una antigua y querida amiga.


En 2011, la editorial Periférica publicó en España tu libro Dos mujeres, que contenía las novelas cortas Rete Carótida y Escamas, piel. El libro tuvo una buena acogida crítica. ¿Fue ésta la primera vez que publicaste en España? ¿Cómo lo viviste? ¿Por qué no hemos visto más libros tuyos en España?

A diferencia de otras épocas, la falta de interés en los editores, lectores, escritores y críticos españoles por los latinoamericanos en general es paradigmática. A tal punto que el diario El País de Madrid tiene, por ejemplo, dos o tres críticos a los que van a parar siempre los libros latinoamericanos, que suelen escribir siempre cosas muy parecidas. Por suerte hay locomotoras como César Aira para romper puertas. La crítica de ese libro fue de una generosidad y precisión notables. Pero no recibí más propuestas de la propia Periférica. Luego un español itinerante me comentó que el distribuidor que tiene le había comentado que no podía seguir con latinoamericanos, porque no venden nada.


En alguna entrevista declaras tu admiración por el escritor argentino David Viñas, un autor que en España no ha sido nunca muy popular. ¿Qué libros suyos recomendarías a un lector español que no conozca a Viñas y que quisiera acercarse a su obra?

Jajaja. Viñas es un argentino tan grande e incomprensible como Perón. Mi libro favorito, que me formó como lector y como crítico, es Literatura argentina y realidad política en su primera edición (algunas posteriores están cambiadas y la forma original era perfecta), con extraordinarias percepciones, y un lenguaje fuera de serie, hasta mejor que el de sus novelas. Entre ellas hay una corta y fácil, Un dios cotidiano, que leí de adolescente. También recuerdo como muy buenas Los dueños de la tierra, Los hombres de a caballo y Dar la cara (pantalla panorámica sobre la sociedad argentina, que dio origen a una gran película, digna del mejor cine polaco). Otras, como Tartabul, me resultaron ilegibles, con clara conciencia de culpa.


Fuiste amigo personal del escritor uruguayo Mario Levrero, que murió en 2004. ¿Cómo estás viviendo el reconocimiento cada vez mayor de su obra? ¿Sientes que al escribir os ocupasteis de temas confluentes? ¿En qué se diferencian tus obsesiones de las suyas?

Para todos los amigos de Levrero (o Varlotta), entre los que me incluyo, es una gran satisfacción haber llegado a ver la bella cajita que incluía las tres novelas de su “trilogía involuntaria” (La ciudad, París y El lugar), ideal para regalarle a un amigo o a la novia, que sacó en un momento Mondadori (otra vez el peso y el músculo de un sello importante). O la edición de inéditos importantes. Como en una época nos veíamos mucho, nos influimos mutuamente. Después menos. No tengo claras las obsesiones de él ni las mías, así que no sé en qué se diferencian.


Llevas décadas ejerciendo la crítica literaria en suplementos culturales. ¿Eres pesimista con la evolución de los suplementos culturales? ¿Crees que la literatura cada vez ocupa menos espacio en la mente del ciudadano medio?

El ciudadano medio es una entelequia incomprensible, salvo desde el punto de vista de los encuestadores preelectorales. Desde el punto de vista de la literatura es un ganso que antes leía diarios, después consumía televisión, y ahora la Red o Netflix. La literatura sigue ocupando un lugar central en la mente de gente ociosa que se ve obligada a trabajar para vivir, y que desearía que el capitalismo, o el neocapitalismo fuera alguna vez menos miserable para repartir las ganancias, o sobre todo el tiempo, para poder leer más. Es un sistema lleno de horas incontables embolantes y mal pagadas en lugares a menudo muy mal ventilados, y a veces demasiado ocupados por ciudadanos medios, incluso con cierto poder.


En alguna entrevista te he oído hablar de una novela bastante larga que andas escribiendo, ¿cómo va este proyecto?

Ahí anda.


Por último, recomiéndanos, por favor, a algún gran cuentista argentino o uruguayo que consideres que no tiene el reconocimiento que se merece.

De Uruguay, Juan José Morosoli, Anderssen Banchero, o Damián González Bertolino. De Argentina, Delia Crochet o Mariano Quirós.


Muchas gracias, Elvio.

domingo, 23 de septiembre de 2018

Vivir en la salina (cuentos completos), por Elvio E. Gandolfo


Vivir en la salina (Cuentos completos, 1970-2016), de Elvio E. Gandolfo.
Editorial Caballo negro. 481 páginas. 1ª edición de 2016.

De Elvio E. Gandolfo (Mendoza, Argentina, 1947) había leído hasta ahora ocho libros, aunque sólo uno de ellos (Dos mujeres, editorial Periférica) ha sido publicado en España. El resto lo encontré en librerías hispanoamericanas de Madrid, en Iberlibro o bien, después de un tiempo, cuando contacté con Gandolfo, me los empezó a enviar él mismo desde Argentina; o, como en este caso, Gandolfo le pidió a su editor de Caballo negro (Córdoba, Argentina) que me lo enviara.

De este volumen de Cuentos completos había leído, antes de ponerme con él, casi la mitad: los relatos contenidos en los volúmenes Ferrocarriles argentinos (1994) y Cada vez más cerca (2013). Los he vuelto a leer, quería absorber entera la experiencia de acercarme a este libro.
El orden no es cronológico. Primero se suceden tres libros de relatos enteros: Ferrocarriles argentinos (1994), Cuando Lidia vivía se quería morir (1998) y Cada vez más cerca (2013). Después hay otros libros de los que faltan los relatos más largos; al parecer, Gandolfo y su editor decidieron retirar los de más de veinte páginas para sacar otro volumen de Novelas cortas. En esta segunda parte, que aparece en el libro con el epígrafe de Otros cuentos, tenemos narraciones de La reina de las nieves (1982), The Book of Writers (2010) y Libro de mareo (2016). El volumen se cierra con una sección titulada De antologías, e inéditos. En total tenemos aquí cincuenta y siete cuentos de Elvio Gandolfo.

El primer cuento al que se acercará el lector que abra este libro es La oscuridad bajo la mesa. En él, un oficinista regresa a su casa para recoger unos papeles en un momento inesperado y descubrirá a su mujer con un amante. Observará sus movimientos escondido debajo de la mesa, sin intervenir y pese a que su mirada llega a cruzarse con la de su mujer. Aunque la situación descrita parece realista, en realidad no lo es. Una corriente turbia recorre este relato cargado de extrañeza. El segundo relato, No es una línea recta, se adentra de forma más clara en el género fantástico, con un hombre que vende cajitas en las que unos «muñequitos» cobran vida si se les da cuerda. El tercero, Un error de Ludueña, es un cuento policial, uno de los mejores de Ferrocarriles argentinos y quizás de toda la producción de Gandolfo.

Lo que más me llama la atención de los libros de cuentos de Gandolfo es su capacidad para romper con las expectativas del lector. Cuando se empieza a leer uno de sus cuentos, nunca se sabe hacia dónde va a evolucionar la narración: puede ser un cuento puramente realista, que describe la vida en la provincia, uno de ciencia-ficción, policial, onírico, y lo mejor: un cuento donde se mezclan géneros, ciencia-ficción apocalíptica con un relato romántico; denuncia de los abusos militares en la dictadura con terror, etc. La pura libertad creadora parece dirigir los pasos de Gandolfo.

Andante es un relato realista del que, como la primera vez que lo leí, he tenido la sensación que me perdía algo. Andante antecede a Llano del sol, un relato apocalíptico, en el que una guerra civil ha devastado Argentina y un hombre solitario trabaja vigilando una decrépita planta de paneles solares; además, éste es un cuento de amor en la provincia. Llano del sol es uno de los cuentos que más me gustan de Gandolfo.
El bulto en el casino, sobre casualidades que se dan en los sueños, podría ser un relato de corte borgiano.
Estrategia mezcla el costumbrismo de la vida en un pueblo con el relato negro.
En La yanqui y el polaco, Gandolfo hace comparecer a una escritora real, en este caso Susan Sontag. Este recurso lo volverá a usar en otro relato (Corta amistad en Londres), en el que describe los divertidos momentos en los que «trató» con H. G. Wells en Londres.
El último cuento de este primer libro, Ferrocarriles argentinos, nos habla de un viaje en tren y de la desaparición de una mujer en la noche. Una anécdota mínima que sirve de metáfora para hablar de una realidad más amplia y terrorífica.

Cuando Lidia vivía se quería morir se divide en tres partes. En la primera, compuesta por tres relatos, Gandolfo posa su mirada sobre su vida en Rosario. A pesar de haber nacido en Mendoza, la familia de Gandolfo es de Rosario y él, que creció en esta ciudad, se siente rosarino. El primer cuento da título al libro y narra un simpático recuerdo acerca de un primer amor en la provincia. El segundo, El polvo del mediodía, es otro relato realista que me ha recordado el tono de los cuentos de Juan José Saer. Filial trata de la relación de Gandolfo con su padre, poeta aficionado que montó una imprenta en Rosario; uno de los cuentos más hermosos de este libro.

La segunda parte de Cuando Lidia vivía se quería morir también comienza con un tono realista, aunque más lírico (Con los pies en el agua) que la parte anterior; y El sol y el hielo es un cuento fuertemente erótico, que toca otra vía temática en esta colección de cuentos tan diversa. En Me saqué los anteojos, nena, el sexto cuento de este segundo libro, Gandolfo parece volver al género abiertamente fantástico, con unas gafas que cuando el protagonista se las pone o quita le permiten viajar en el tiempo. Cuando en la página 173 leí: «Las tropas francesas siguen resistiendo el avance del Ejército Islámico, cerca de París» me sentí desconcertado, pero cuando un poco más abajo de esta misma página se habla de «la colonia lunar angloindia», me invadió una plácida sensación de felicidad lectora. Gandolfo había vuelto a la ciencia-ficción con estas ligeras pinceladas.
La tercera parte de Cuando Lidia vivía se quería morir se abre de forma clara al relato fantástico. El viaje relata una travesía por el desierto en un mundo apocalíptico, que no tiene por qué ser exactamente el nuestro y, debido a la presencia de una nube anaranjada que persigue a los protagonistas, me ha hecho pensar en el relato Gelatina de Mario Levrero, que fue un íntimo amigo de Gandolfo.
El manuscrito de Juan Abad, sobre un apocalipsis en el que las vacas voladoras (sí, han leído bien) han conquistado el mundo, es grandioso; pura felicidad lectora. Pura sensación de vuelta a la infancia y a la lectura de descubrimiento e imaginación.
El momento del impacto trata sobre una gran ballena que cae desde el cielo sobre la ciudad de Rosario. No llega a la altura de El manuscrito de Juan Abad, pero también es un relato muy libre e imaginativo.

Quince años separan la publicación de Cuando Lidia vivía se quería morir de Cada vez más cerca, libro que ganó el Premio de la Crítica de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en 2014. El libro se abre con El cuerpo, donde se unen dos tiempos narrativos, el recuerdo de un amor y una visita al dentista que, desde luego, no me parece de los mejores cuentos aquí incluidos. Me gusta bastante Más bien bajo, sonriente, diminuto un cuento de terror clásico con un aire a H. P. Lovecraft.
En Cada vez más cerca nos encontramos cuentos, en general, más cortos que en los dos libros ya comentados. De este libro destacaría Los pasos en las huellas, sobre un policía secreta que, durante años, vigila a un tipo que no hace nada especial; Clasificación, que mezcla el relato sobre escritores con la narración fantástica; Pegando la vuelta, un relato postapocalíptico, que por su temática me ha recordado a Llano del sol; Caballero estafador, un relato picaresco sobre el hampa de Buenos Aires; y sobre todo, Las negritas, otro relato de terror clásico, aderezado además con un rico lenguaje de la calle bonaerense; Contacto, sobre un militar retirado y los extraterrestres, es también muy desconcertante. En los últimos cuentos, Gandolfo vuelve a Rosario y al costumbrismo de la provincia. Es muy hermoso el cuento El tango y Tito Lamónica.

La siguiente sección del libro, la que se denomina Otros cuentos, se abre con Vivir en la salina, que se supone que es el mejor cuento de Gandolfo. Explico esto: votaron unos 70 conocedores del cuento en Argentina (escritores, críticos y editores) sobre cuál era el mejor cuento de Argentina, con el criterio de que sólo se podía elegir un cuento por autor. El primero de esta lista es Esa mujer de Rodolfo Walsh, el segundo es El aleph de Borges y el decimocuarto es Vivir en la salina de Gandolfo. Es posible que a mí, por ejemplo, me guste más Llano del sol, pero, sin duda, Vivir en la salina es un cuento redondo, magnífico en contenido, forma y ritmo. Un relato en apariencia realista, pero que es más bien expresionista.
Sobre las rocas es otro relato estupendo, con un personaje varado en una playa que come cangrejos, mientras el mundo conocido se acaba. Muy original.

Los relatos tomados del libro The Book of Writers tratan sobre escritores. De ellos destaco Actos de desaparición, que trata de la relación del autor con otro polémico escritor de provincia.
Con los cuentos de Libro de mareo conecto menos que con los que llevo leídos hasta ahora. Son cuentos de poco más de una página, y ya he comentado más de una vez que a mí los microrrelatos no me gustan mucho.

En la última parte, De antologías, e inéditos, destaco dos grandes momentos de felicidad lectora: encontrarme con los cuentos La mosca loca y El problema de Van Doren, que rescatan el mundo creado en el relato El manuscrito de Juan Abad, el maravilloso y sugerente mundo de las vacas voladoras. En serio, Gandolfo escribe relatos postapocalípticos sobre vacas voladoras que no podemos leer en España. Lo pregunto ya: ¿por qué esta condena? Le he escrito un correo a Gandolfo, se lo he pedido, quiero, por favor, una novela sobre las vacas voladoras; quiero entrar y perderme en ese mundo. Imagino que no me hará caso, pero debería.

Como ya he comentado antes, leer los cuentos de Gandolfo es toda una aventura literaria: el lector nunca sabe, cuando empieza uno, hacia dónde se dirige. Se puede tratar de un cuento policial, costumbrista, de ciencia-ficción, de terror, onírico, y lo mejor de todo, con varios géneros mezclados. Ahora que se habla tanto del neofantástico en Argentina, con voces sugerentes como las de Samanta Schweblin, Federico Falco o el auge de un nuevo relato de terror con autores como Mariana Enríquez, creo que sería de justicia reivindicar la figura de Elvio E. Gandolfo. En Argentina sí que es un escritor considerado, pero es una pena que el lector español casi no lo conozca.

En el prólogo de los Cuentos completos de Fogwill, escrito por Gandolfo, éste afirma que el libro de Fogwill «contiene seis o siete de los mejores cuentos de la literatura argentina». Sé que no soy el primero que lo dirá en una reseña, porque ya se escribió en Los inRocktibles, pero yo lo había pensando antes de leerlo ahí (y, por tanto, creo que esto me legitima para escribirlo): lo mismo se podría decir de Gandolfo.
Recapitulo los cuentos que me parecen más sobresalientes de este libro: Un error de Ludueña, Llano del sol, Filial, El manuscrito de Juan Abad, Las negritas, El tango y Tito Lamónica, Vivir en la salina y Sobre las rocas. Cualquiera de estos ocho cuentos podría estar en las mejores antologías del cuento en español de las últimas décadas, y repito: que el lector español no tenga a su alcance un libro como Vivir en la salina, Cuentos completos no habla nada bien de la sana confluencia que debería existir (pero que suele fallar) entre los países de habla hispana.

No me resisto a comentar que yo he leído un cuento más de los que están aquí, un cuento escrito con posterioridad al cierre de este volumen (2016) y que Gandolfo me envió por mail, un cuento de ciencia-ficción postapocalíptica que me gustó mucho.
Como sé que es difícil para la mayoría de los lectores tener en sus manos este libro y quizás les entró la curiosidad hacia los cuentos de Gandolfo, voy a dejar, para finalizar, un enlace a una web en la que se puede leer el cuento Vivir en la salina, que da título a estos Cuentos completos. Así podrá juzgar por sí mismo si mis palabras sobre la calidad de los cuentos de Gandolfo son exageradas o le hacen justicia.

PINCHANDO AQUÍ se puede leer el cuento Vivir en la salina. Disfrútenlo.