domingo, 8 de marzo de 2026

Distritos de frontera, por Gerald Murnane


Distritos de frontera
, de Gerald Murnane

Editorial Minúscula. 135 páginas. 1ª edición de 2017; esta es de 2024

Traducción de Carles Andreu

 

En el verano de 2025 leí Las Llanuras (1982), la obra más conocida de Gerald Murnane (Coburg, Melbourne, 1939). Ya comenté que llegué hasta él cuando estaba indagando, hace unos años, en los nombres que sonaban como posibles candidatos al Premio Nobel de Literatura. La lectura de Las llanuras me resultó desconcertante. Era una novela corta con algunas páginas de una gran brillantez formal y otras, como ya conté, en las que me pareció que el autor repetía un efecto, que era el de crear una extrañeza sobre un objeto observado (las llanuras), con la sensación de enfrentarnos a la inminencia de una revelación que nunca acababa de llegar.

Estuve buscando información sobre Murnane y comprobé que, además de Las llanuras, solo tiene otros dos libros traducidos y publicados en España: Distritos de frontera (2017, Minúscula, 2024) y Una vida en las carreras (2015, Minúscula, 2018). A principios de septiembre de 2025, estaba hojeando libros en La Central de Callao, y me apeteció comprar Distritos de frontera, porque a diferencia de Las llanuras, que era una obra de ficción, la contraportada informaba que se trataba de una novela autobiográfica y sentí curiosidad.

 

Este es el comienzo de la novela: «Hace dos meses, cuando llegué a este pueblo próximo a la frontera, decidí adoptar una mirada cautelosa, y pronto me di cuenta de que no podía seguir con este texto sin antes explicar cómo había llegado a aquella extraña expresión».

 

Un Murnane próximo a los ochenta años nos informará de que ha decidido cambiar su residencia habitual en la capital del estado australiano donde vivía (no se dirá, en ningún momento, que esta ciudad es Melbourne) por una casa más pequeña en un pueblo, con el fin de pasar allí los últimos años de su vida. Pronto empezará a echar la vista atrás para hablarnos de su educación por parte de unos hermanos religiosos. Lo que le ha llevado a acordarse de ellos ha sido la forma en la que incide la luz en los cristales esmerilados de las ventanas de una iglesia próxima a su nueva casa. Este detalle minúsculo –la forma de incidir la luz sobre determinadas ventanas– es, en realidad, el hilo conductor más claro de esta novela autobiográfica, que su autor denomina «informe».

Como el lector avezado ya se habrá dado cuenta, una referencia de Distritos de frontera es Marcel Proust y su En busca del tiempo perdido.

 

En la página 15 leemos un párrafo significativo: «Me trasladé a este distrito próximo a la frontera para poder pasar la mayor parte del tiempo solo y vivir según una serie de reglas a las que hacía ya tiempo que quería ceñirme. Ya he mencionado que he adoptado una mirada cautelosa. Lo hago para poder prestar más atención a lo que aparece en los límites de mi campo de visión, para percatarme de inmediato de cualquier elemento tan necesitado que uno o varios de sus detalles parezcan vibrar o agitarse, hasta que tengo la ilusión de que me hacen señas o un guiño. Hay otra regla que me obliga a tomar nota de cualquier secuencia de imágenes que me venga a la mente después de haber dirigido mi atención al detalle en cuestión».

 

Las referencias metaliterarias son constantes en la escritura de estas páginas, donde se nos cuenta, por ejemplo, que se han tomado notas para la elaboración de las páginas que se van a leer, después de alguna observación de algo que le llamó la atención en la calle, o también leeremos cómo los recuerdos se modifican al consultar alguna foto, por ejemplo, sobre la que el autor nos estaba hablando de memoria. Son constantes, por tanto, los saltos en el tiempo, desde un presente en el que el escritor está sentado en su escritorio, escribiendo sobre el propio acto de escribir, y las evocaciones del pasado; en cuyo caso puede tratarse de un pasado cercano, como un viaje a la capital del distrito una semana antes, o un recuerdo de hace más de sesenta años, cuando al autor le regalaron, por ejemplo, sus primeras canicas y fue formando una colección que le ha acompañado a través de todas las casas en las que ha vivido. Durante el tiempo narrativo de la novela, Murnane buscará su bolsa de canicas, y tratará de forzar sus recuerdos a través de ellas, creando diversas combinaciones de colores. Esta idea, no ya de hablarnos de elementos que evocan recuerdos del pasado, como idea proustiana, sino la de forzar que salte el recuerdo, a través de la combinación de colores, luces y formas, me ha recordado a algunos de los planteamientos que hacía el uruguayo Mario Levrero en novelas como El discurso vacío o La novela luminosa.

 

El tema religioso es importante en las páginas de Distritos de frontera. Las palabras de Murnane parecen las de un ateo que observa con curiosidad cómo los demás viven sus experiencias religiosas. Sin embargo, y esto es algo de lo que apenas se habla en el texto, el propio Murnane fue seminarista. Leo en internet que a los dieciocho años ingresó en el seminario y que duró allí tres meses. Más que desear ser religioso por una devoción auténtica a Dios, parecía verse atraído por la vida monacal, por la soledad y la posibilidad de escribir sin ser molestado. En Distritos de frontera sí nos va a hablar, sin embargo, de cómo perdió la fe leyendo a Thomas Hardy y empatizando con sus desesperados personajes. Las referencias literarias son constantes en el texto, aunque Murnane nos acabará diciendo que en la actualidad ya apenas lee ficción.

 

En la página 12 leemos: «Nunca me he alejado más de un día por carretera o en tren del lugar donde nací», que es una de las características –o rarezas– del autor que más se comentan en sus semblanzas. Me ha resultado curiosa la forma en la que Murnane habla de las ideas mentales que se forma de los paisajes sobre los que lee; por ejemplo, sobre la remota Inglaterra, o sobre cómo perduran en su mente ciertas imágenes religiosas de los libros del pasado. Me gusta el concepto que usa de «paisaje-imagen» o «virgen-imagen», queriendo singularizar con ese guion y la palabra «imagen» que está hablando de una representación personal de una realidad que aparece en su mente y que no tiene por qué coincidir con la real. Para él estas «–imágenes» de su mente son tan reales como los propios recuerdos que habitan en su interior.

 

Uno de los primeros temas, que ya he comentado, es que el recuerdo de Murnane se activa al observar cómo la luz incide en las ventanas de una iglesia cercana. El tema de cómo la luz incide en las ventas, sobre todo en las verandas («Galería, porche o mirador de un edificio o jardín.», según la RAE) de las casas se irá volviendo el hilo narrativo más claro del libro, haciendo reflexionar al autor sobre la idea de que en su psiqué primera, la que se correspondería a su infancia más remota, hubo un momento de fascinación sobre los colores de la luz sobre alguna veranda que no recuerda y esto hace que al enfrentarse a una situación similar (en la casa de un amigo, o en cualquier lugar) se active algo profundo y desconocido en su mente. Es una idea muy poética y que nos habla del misterio de la existencia. «A veces he supuesto que de niño debieron de influirme los destellos irisados que veía cuando la luz del sol caía en cierto ángulo sobre el borde biselado de un espejo que colgaba en el salón de una casa de color crema ya mencionada en otra parte de este informe, donde todo me parecía de buen gusto y elegante.» (pág. 78)

 

Otro tema que me llama la atención es la capacidad de Murnane de fijarse en asuntos esquinados, casi fuera de plano. Sobre la biografía de un escritor inglés, más que interesarse el texto en sí mismo, le ha acabado fascinando la foto de la contraportada donde la autora del libro muestra su perfil, y dedicará algunas páginas del libro a describir esa foto y a tratar de desentrañar su misterio. En la página 98 leemos: «una mirada o un vistazo de reojo suelen revelar más que una mirada directa.»; en esta misma página Murnane nos contará que «estas páginas están destinadas únicamente a mis archivos». El lector, lógicamente, sabe que esto no acabó siendo así.

Vi un documental en YouTube, de más o menos una hora de duración, sobre Murnane. Este le mostraba su casa al entrevistador, y ahí pude contemplar el gran número de archivadores metálicos de oficina que tiene en una habitación. De ellos, va extrayendo carpetas. En muchos casos se trata de textos en los que reflexiona sobre muy diversas cuestiones, normalmente de carácter autobiográfico. De todos estos textos, solo una mínima parte es la que se ha acabado convirtiendo en su obra artística publicada. Imagino que si Gerald Murnane acaba recibiendo el Premio Nobel de Literatura antes de morir, mucha gente va a querer saber qué tesoros albergan esos archivadores.

 

Distritos de frontera es una obra bastante peculiar que no gustará a aquellos lectores que deseen acercarse a historias trepidantes o su percepción de lo que debe ser un texto literario dependa mucho de la idea de «trama». En realidad, leer Distritos de frontera es una experiencia que tiene que ver más con la lectura de un poemario que de una novela. Decía Juan José Saer que una obra literaria se ocupa más del cómo que del qué. Murnane sigue este principio. He leído Distritos de frontera con gran curiosidad. Es posible que Las llanuras sea una obra de mayor calidad literaria que Distritos de frontera, pero yo me he sentido más cómodo leyendo Distritos de frontera. Vuelvo a tener curiosidad por Una vida en las carreras. Espero leerla pronto.

  

domingo, 1 de marzo de 2026

Madame Vargas Llosa, por Gustavo Faverón


Madame Vargas Llosa
, de Gustavo Faverón

Editorial Fulgencio Pimentel. 187 páginas. 1ª edición de 2026.

 

De Gustavo Faverón (Lima, 1966) había leído, hasta ahora, toda la obra narrativa y ensayística que ha publicado (después de que algunos de sus libros aparecieran en Perú) en la española editorial Candaya, El anticuario (2010), Vivir abajo (2018), El orden del Aleph (2019) y Minimosca (2024). Y esta no abundante obra le había convertido para mí en uno de los escritores más en forma de la narrativa latinoamericana actual. En algún momento me pareció escucharle a Faverón decir que iba a publicar algunas novelas cortas en la editorial de Logroño Fulgencio Pimentel. Desconozco el motivo por el que estos libros no aparecen en Candaya, su editorial de referencia en España. La primera de esta serie de novelas cortas es Madame Vargas Llosa (2026).

 

Las novelas que más fama han dado a Faverón –Vivir abajo y Minimosca– son bastante largas, novelas ambiciosas que se bifurcan en multiples caminos narrativos y que se dispersan en senderos sin fin. Uno se adentra, en principio, en la lectura de Madame Vargas Llosa con la sensación de que la apuesta, esta vez, está más controlada y que la tendencia al laberinto de sus libros anteriores está aquí minimizada. Pero ese mismo lector no debe descuidarse, porque Faverón vuelve a usar en este nuevo libro sus recursos habituales, como el relato dentro del relato o la digresión disruptiva. Madame Vargas Llosa cuenta con cuatro narradores principales, y está planteada –ya desde el título– como un homenaje al escritor Mario Vargas Llosa, que murió en abril de 2025, y es un autor al que Faverón admira mucho. De hecho, a principios de 2024 leí La guerra del fin del mundo (1981), una de las novelas más importantes de Vargas Llosa que me faltaban por leer, porque sorprendí una conversación, en Facebook, en la que Faverón afirmaba que La guerra del fin del mundo era la mejor novela escrita en español después de El Quijote. De hecho, Madame Vargas Llosa también es, en gran medida, un homenaje a esta novela.

 

El lector debe tener cuidado con los juegos de narradores, porque al empezar la primera parte tendrá la sensación de que el narrador es Mario Vargas Llosa, que ha viajado a Brasil para visitar la zona de Canudos, que fue el escenario de la llamada «guerra de Canudos», cuya historia se recogerá en La guerra del fin del mundo. Así, nuestro narrador, que en apariencia es Vargas Llosa, va a conocer en Río de Janeiro a Manoel Magalhaes, un escritor de telenovelas al que apodan Fittipaldi por su capacidad para acabar rápido los guiones. Vargas Llosa va a llegar a Fittipaldi gracias al cineasta Ruy Guerra, al que conoció en París. He buscado información sobre Ruy Guerra y es un cineasta brasileño de origen mozambiqueño con el que realmente Vargas Llosa trabajó para escribir un guion sobre el libro Los sertones de Euclides da Cunha. La película, por problemas de la productora, no se llegó a rodar, pero toda la investigación llevada a cabo le sirvió a Vargas Llosa para escribir La guerra del fin del mundo. En la realidad, por lo que he leído en internet, el Guerra y el Vargas Llosa reales se conocieron al trabajar juntos en este proyecto que no fructificó y no en París. Como ocurría con algunas películas de las que se hablaba en Vivir abajo, las telenovelas (en total tres) de Fittipaldi van a tener el poder de adelantar sucesos que le acontecerán al autor más tarde, grandes desgracias familiares a las que tendrá que enfrentarse. Como también ocurría en la narración de Vivir abajo y Minimosca, el tono de Madam Vargas Llosa no acaba de ser realista. En más de un pasaje, el lector tendrá la sensación de haberse dejado arrastrar a la descripción de un sueño, o más bien de una pesadilla.

 

Como dije, la novela cuenta con cuatro narradores. Leí la primera parte pensando que el narrador era Vargas Llosa, para darme cuenta más tarde de que en realidad era Maria Trindade, una brasileña transexual que cree ser Vargas Llosa y que juega a escribir las novelas de Vargas Llosa, antes de que se traduzcan al portugués, por lo que le sugiere el título en español, convirtiéndose así en una especie de Pierre Menard.

Favarón es un gran admirador de Roberto Bolaño y se nota, por ejemplo, en su gusto por hablar en su novela de argumentos de novelas o de películas que funcionan como pequeños relatos dentro del relato. De esta manera, nos acercaremos a los argumentos inventados por Maria Trindade sobre las novelas originales de Vargas Llosa, desarrollados a partir de lo que le sugiere el título. Así funcionan también los argumentos de las telenovelas de Fittipaldi.

 

El segundo narrador será Ruy Guerra, que narrará su ruptura personal con Vargas Llosa, después de su giro ideológico hacia la derecha. Ruy Guerra se irá encontrando en diferentes, e inverosímiles, partes del mundo con Zebode Anzesul, un marroquí que viaja dando ideas a cineastas africanos para que las rueden en sus películas. Este personaje, en cierto modo, me ha parecido un guiño a Miguel de Cervantes y su narrador árabe Cite Hamete Benengeli.

 

El tercer narrador es Fittipaldi, y en esta parte descubriremos quién de verdad ha escrito sus exitosas telenovelas, una persona que se convertirá en un nuevo personaje de esta novela repleta de autores verdaderos, interpretes de la obra de otro y falsos autores. En esta parte va a hacer un cameo el «verdadero» Mario Vargas Llosa que, disfrazado de santón, recorre los sertones brasileños con la intención de documentarse para su novela La guerra del fin del mundo.

Y la cuarta narradora es Rita Fonseca, mujer de Fittipaldi, que puede hablarle al lector desde la ultratumba.

 

La novela también presenta un homenaje a la literatura brasileña, y por ella desfilan nombres como los de Rubem Fonseca o Jorge Amado. Faverón es también un gran amante del cine, y en la novela aparecen continuas referencias al barco de la película Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog.

Durante la primera parte me estaba extrañando que Faverón, que normalmente es un escritor de lenguaje muy cuidado, usase algunas frases hechas en su novela, como las expresiones «haberse metido en camisa de once varas» o «como Pedro por su casa». Más tarde he pensado que, tal vez, quisieran reflejar el lenguaje oral de Madame Vargas Llosa, que al fin y al cabo solo era una imitadora de Vargas Llosa y no el propio Vargas Llosa, o puede que sean expresiones que el verdadero Vargas Llosa ha usado en alguna de sus novelas y Faverón las usa como un juego. Porque en el lenguaje de esta novela Faverón también ha jugado (sin dejar de ser él mismo) a homenajear a Vargas Llosa, y algunas frases o párrafos de la novela me han recordado a las construcciones lingüísticas de La guerra del fin del mundo. Por ejemplo, en la página 54 leemos: «Me vinieron a la memoria, como los rápidos del río, las imágenes de aquel tiempo: yo, adentrándome en un páramo roto como un jagunço de Lampiao; yo, huroneando en bibliotecas paradójicas en pueblecitos de iletrados; yo, tomando notas taquigráficas en papelitos rotos; yo, hundido hasta las rodillas en trincheras imaginarias, fantaseando con las batallas entre los fanáticos milenaristas de Antonio Conselherio y las tropas del demonio del progreso –yo, ¿montado en un burrito entre las dunas, detrás de un hombre a lomo de bestia sobre un caballo raquítico?–», y aquí me ha parecido percibir una emulación del estilo de Vargas Llosa.

Igual que hacía en Vivir abajo y Minimosca, Faverón ha planteado en esta novela un laberinto narrativo sobre la locura, la creación artística y las pesadillas. Quizás he percibido una repetición de esquemas e intenciones literarias, respecto a las obras anteriores, pero, en cualquier caso, Madame Vargas Llosa es una buena novela y Faverón sigue siendo uno de los escritores latinoamericanos actuales más en forma.

 

domingo, 22 de febrero de 2026

Polvo, sudor y hierro, por Félix Núñez Caballero


 Polvo, sudor y hierro, de Félix Núñez Caballero

Editorial Amazon. 166 páginas. 1ª edición de 2025

 

Félix Núñez Caballero (Madrid, 1977) es mi amigo, pero no un amigo al que haya conocido en el mundo de los libros, sino un amigo al que conocí en la Carlos III de Madrid, en 1995, cuando ambos comenzábamos estudios de ADE. Su primer recuerdo de mí es verme leyendo La hojarasca, la primera novela de Gabriel García Márquez, en la última fila de nuestra primera clase. Mi primer recuerdo de él es mirarme, con cara extrañada, leyendo La hojarasca. Félix siempre ha sido un gran lector. Desde hace unos años, también ha empezado a escribir. Por ahora, sus textos no han sido de ficción, sino artículos y pequeños ensayos históricos. Ha publicado un libro sobre el pueblo de sus padres, Mestanza, en Ciudad Real.

 

Polvo, sudor y hierro es la crónica de un viaje en bicicleta por Castilla, siguiendo –durante una semana– la ruta que siguió el Cid Campeador en su destierro de Castilla por el rey Alfonso VI. «Pues resulta que ese “ser tan extraño” sería yo, justo a punto de emprender un viaje en bici por la geografía del Cantar de mio Cid, por los lugares que atravesó Ruy Díaz en su destierro desde Vivar –su pueblo natal– hasta Atienza, en la frontera de los territorios musulmanes.», escribe Félix en un apunte metaliterario de la página 12. Durante el libro van a aparecer citas del Cantar de mio Cid, tomadas de la versión modernizada de Alberto Montaner. El Cantar de mio Cid, nos explicará Félix en su libro, se compuso sobre el año 1200, pero la copia que se conserva es del siglo XIV. Estas citas serán contrastadas con la realidad a la que el narrador se enfrenta en el siglo XXI, atravesando el mismo paisaje. El título del libro está tomado de unos versos de un poema de Manuel Machado:

 

            «El ciego sol, la sed y la fatiga.

            Por la terrible estepa castellana,

            Al destierro con doce de los suyos

            –polvo, sudor y hierro– el cid cabalga

 

Félix realiza su viaje en mayo, cuando los campos aún están verdes y puede evitar los rigores del verano. El tiempo narrativo del texto debe ser 2022 o 2023, ya que se habla de la guerra en Ucrania como de un suceso reciente. Polvo, sudor y hierro nos propone, como ya he apuntado, la crónica de una semana de viaje, deteniéndose, sobre todo, en iglesias o conventos, que son descritos con rigor histórico y con un vocabulario, acerca de sus detalles arquitectónicos, preciso, propio de un aficionado al arte con lecturas. Félix también nos mostrará las conversaciones con las personas con las que se encuentre en su camino; prestando atención también a la naturaleza y los aperos propios del campo. Aunque sé que Félix Núñez es un gran admirador de Miguel Delibes, me ha sorprendido el gran control que tiene sobre un vocabulario, propio del campo y de la vida religiosa, que se encuentra posiblemente, en algunos casos, en peligro de extinción: «Cendales», «motilones», «aceifas»... También se describen con precisión pájaros, árboles y plantas. El texto se enriquece además con breves notas históricas sobre los lugares descritos, o sobre personajes, como Juan Martín, «el Empecinado» de la guerra de independencia contra los franceses.

El lenguaje de Polvo, sudor y hierro es cuidado, con el uso de alguna metáfora o contraste de palabras interesante: «Quizás Vivar sea la única aldea del mundo con una avenida» (página 13), «Delgado como un maratoniano etíope» (pág. 59). Solo recuerdo haber encontrado una errata en el libro, y ya se la he comunicado al autor para que la pueda corregir.

 

Sin embargo, también me gustaría comentar algunas debilidades del lenguaje, en las que cae Félix como escritor primerizo. En algunas ocasiones hace uso de clichés evitables como «con los deberes hechos» (pág. 20), «me pongo manos a la obra» (pág. 76).

Creo que en un texto con aspiraciones literarias, el narrador debería evitar mostrar un entusiasmo que aspira a confraternizar con el lector. Me han chirriado, en más de un caso, el uso de frases y expresiones entre signos de admiración. Esto hace que el texto se vuelva algo ingenuo; en la página 123 leemos: «Me queda un rato holgazaneando, leyendo las noticias en el móvil. ¡Qué gran placer leer en la cama!» Y también, por ejemplo, en la página 28, el narrador entra en una librería de Burgos, y escribe: «Camino sobre el suelo ajedrezado, doy vueltas y más vueltas alrededor de la gran mesa central repleta de novedades. ¡Cuántos libros! Y pensar que dentro de cien años nadie se acordará de ellos, que ninguno llegará a ser eso que llaman un “clásico”.» Además de ese entusiasmo hacia una realidad obvia (que en una librería haya libros), creo que la reflexión final, que en gran medida es un lugar común, no ayuda a que el párrafo levante el vuelo. Otra de las objeciones que le puedo hacer al texto es la de mostrar reflexiones sobre lugares comunes, que en gran medida tienen que ver con el paso del tiempo, la muerte y la irrelevancia de la mayoría de las vidas. Y, como suele ser habitual en la literatura, el libro gana altura cuando se describen vivencias más personajes. En este sentido, me ha gustado la descripción que se hace de un día de alojamiento en el monasterio de Cardeña, y del encuentro con monjes y con las otras personas alojadas allí. En esta individualización de vivencias el lector encontrará más verdad literaria que en las reflexiones que pueden acabar siendo lugares comunes. Un interés especial me ha causado conocer la historia del espía nazi Reinhard Spitzy, que vivió oculto en una de las torres del convento de Cardeña al terminar la Segunda Guerra Mundial, que parece una historia del Roberto Bolaño de La literatura nazi en América. Además, Félix ha incluido una fotografía de este espía nazi en el libro. No lo he dicho todavía, pero en el libro hay más de una fotografía, algunas tomadas por el propio autor y otras, como en el caso del nazi, sacadas de algún libro de historia.

También me han gustado las historias sobre Covarrubias, pueblo que conozco de primera mano, ya que es el pueblo de los padres de otro amigo. Historias de Covarrubias que tienen que ver, en gran medida, con el tema de que en los alrededores del pueblo se rodó la película El bueno, el feo y el malo (1966) de Sergio Leone, y el inusual hecho de que en el municipio está enterrada una princesa noruega.

 

Félix decidió autopublicar su libro en Amazon, para lo que tuvo que hacer él mismo la maquetación y el diseño. Lo cierto es que ha quedado bien, y quizás debería aprender de mi amigo y autopublicar alguno de mis libros por mi cuenta, para probar qué tal me va decidiendo yo sobre los precios y sobre si el libro debe tener o no versión ebook, y llevar la promoción con mi canal de YouTube o mis redes sociales.

Polvo, sudor y hierro tiene 166 páginas, con una letra y paginado generosos. Lo he leído en poco tiempo. Ha sido agradable acompañar a mi amigo en su viaje histórico, cultural, de naturaleza y gastronómico. Lo que más me ha llamado la atención es que este viaje por Castilla lo estaba percibiendo como si me estuviera hablando de un lugar exótico, y me han dado ganas de visitar los lugares propuesto. Imagino que esto es el objetivo que debe conseguir un libro de viajes.

domingo, 15 de febrero de 2026

Dientes blancos, por Zadie Smith


Dientes blancos
, de Zadie Smith

Editorial Salamandra. 525 páginas. 1ª edición de 2000, esta es de 2022

Traducción de Ana María de la Fuente

 

Dientes blancos de Zadie Smith (Londres, 1975) se publicó en Gran Bretaña en el año 2000, y su traducción para la editorial Salamandra –a cargo de Ana María de la Fuente– nos llegó en español en 2001. Recuerdo que se habló bastante de esta novela en los suplementos literarios y fue celebrada como un gran debut por parte de una joven que aún no había cumplido los veinticinco años cuando el libro apareció en el mercado. Sé que pensé leer este libro más de una vez, pero, perdido en la maraña de posibilidades lectoras, lo fui dejando pasar. En los años posteriores, siguieron apareciendo libros de Zadie Smith, que nos los acercaba en español la editorial Salamandra, y seguía leyendo buenas críticas en los suplementos literarios sobre ellos. Supe que, definitivamente iba a leer Dientes blancos, el día en el que me topé, de nuevo, con este título en una lista de la BBC (publicada en 2016) que proponía las veinticinco mejores novelas británicas, votadas por críticos no británicos, y en esta lista se encontraba Dientes blancos. En mayo de 2024, por mi cumpleaños, me autorregalé esta bonita edición de la novela de Salamandra.

 

Estaba leyendo, en realidad, los Cuentos completos de Alfredo Bryce Echenique y me surgió la oportunidad de hacer un pequeño viaje con los alumnos de mi colegio a Portugal y decidí cambiar de libro, porque sé que no es bueno andar con un libro de relatos cuando no se dispone de demasiado tiempo para leer, y así me llevé Dientes blancos al país vecino.

 

La acción de la novela empieza el día de Año Nuevo de 1975, cuando Archie, un hombre de mediana edad, al que ha dejado su mujer, ha decidido suicidarse. A pesar de lo que pueda parecer, el tono de esta primera escena es vitalista y cómico, un tono que se mantendrá durante casi toda la novela.

Zadie Smith nació en Londres y es hija de un hombre inglés y de una mujer de Jamaica. Sabía que Dientes blancos hablaba de la inmigración en Londres y yo había supuesto que la historia contaba en la novela sería contemporánea a la vida de la autora; pero no es así. Smith empieza hablando de la generación de sus padres, al remontarse a 1975, el año de su nacimiento. Aunque Dientes blancos es una obra de ficción, el lector acabará sospechando que la autora está usando su historia familiar para componer su obra, puesto que Archie, un hombre británico, después de tratar de suicidarse, va a conocer a una joven negra de origen jamaicano, llamada Clara, con la que se casará de forma súbita. La hija de ambos, Irie, una adolescente acomplejada por su aspecto (su pelo afro o sus kilos de más), que escribe un diario, parece un trasunto de la propia Zadie Smith. De hecho el apellido que elige la autora para la familia de ficción –Jones– pertenece al rango de los apellidos más comunes de Reino Unido, como su «Smith».

Otra idea preconcebida que tenía sobre la novela era que, al saber que se trataba sobre una obra acerca de la inmigración en Gran Bretaña, iba a hablar sobre todo de la comunidad jamaicana de Londres, que sería la más cercana a la autora. Así, me ha resultado curioso que la novela habla más de los emigrantes asiáticos –pakistanís, indios y bangladesís–, centrándose en la familia Iqbal, originarios de Bangladés, la antigua Bengala. Samad Iqbal, camarero en un restaurante indio, es el mejor amigo de Archie Jones. Samad está casado con Alsana, y los dos serán padres de los gemelos Magid y Millat, de la edad de Irie, que se enamorará del rebelde y carismático Millat.

Samad y Archie se conocieron en la Segunda Guerra Mundial. Al principio este dato de la novela me estaba resultado raro. Si en 1975 Archie tiene cuarenta y siete años, ¿cómo pudo participar en Segunda Guerra Mundial? Pero no había nada de qué preocuparse, Smith es una escritora muy dotada y controlaba perfectamente el material narrativo de su primera novela. Archie, mintiendo sobre su edad, se incorporó a filas en 1945, cuando tenía diecisiete años. Recorriendo Grecia en un tanque será como conocerá a Samad, dos años mayor que él. Me ha sorprendido muy gratamente el episodio en el que Smith lleva al lector hasta el interior de ese tanque aliado que recorre Grecia. En cierto modo, me ha recordado a las propuestas de Roberto Bolaño, a su gran capacidad para fabular. Aunque también es cierto que el tono tiene poco que ver. Mientras Bolaño, siempre muestra un misterio y una amenaza en cada párrafo, Smith –como ya apunté– elige un tono más mundano, más cómico.

 

La novela se divide en cuatro partes: Archie 1974, 1975; Samad 1984, 1857; Irie 1990, 1907 y Magid, Millat y Marcus 1992, 1999. Diría que las dos que más me han acabado gustando han sido las dos primeras, las que hablan de Archie y Samad, que si hacemos una analogía con la vida de Zadie Smith serían las que se corresponden con su padre y con el mejor amigo de su padre. Me ha resultado un tanto decepcionante que la tercera parte, donde el personaje es más cercano a la autora tenga –desde mi punto de vista– menos fuerza que los anteriores.

 

Hasta cierto punto, sé que tenía prejuicios ante Dientes blancos, ¿sería realmente tan buena una novela escrita por alguien con menos de veinticinco años? Durante la primera mitad el libro me estaba sorprendiendo gratamente. Zadie Smith me parecía una escritora muy talentosa, con mucho control sobre sus personajes y con una prosa ágil –muy propia del idioma inglés– y para nada recargada. Además, pese a su juventud, Smith era sagaz a la hora de hacer apreciaciones generales sobre la vida y las personas, incluso sobre experiencia que ella no había vivido aún. Así, por ejemplo, en la página 23 leemos: «El divorcio es eso: quitarle cosas que uno ya no necesita a una persona a la que ya no quiere», en la página 51: «En el fondo, ni el propio Ryan importaba, porque, por más que Hortense dijera, Clara era una chica como las demás: el objeto de su pasión era un simple accesorio de la propia pasión, una pasión que, reprimida durante tanto tiempo, había estallado con fuerza volcánica», o en la página 58: «Desprenderse de la fe es como hervir agua de mar para extraer la sal: algo se obtiene pero también algo se pierde».

 

Uno de los temas principales del libro va a ser el de la incomprensión intergeneracional. La generación de Archie, Samad, Clara y Alsana (aunque las mujeres son bastante más jóvenes que los hombres) van a tener problemas al relacionarse con sus hijos, Irie, Magid y Millat, y estos problemas se van a ver marcados, y agravados por el hecho de que los hijos han nacido en Gran Bretaña y los padres (o al menos tres de ellos) en un país extranjero. Este tema de la crisis intergeneracional está muy relacionado con el tema de la crisis de identidad. Una idea curiosa del libro me ha resultado esta: por encima del miedo de los países anfitriones al recibir inmigración (Reino Unido en este caso) a perder su identidad, está el miedo de los inmigrantes a que se diluya, en las siguientes generaciones, su legado, sus genes y su cultura originales. De este modo, Samad idealizará a su bisabuelo Mangal Pandey, un personaje histórico real que se alzó contra la ocupación inglesa de Bengala en el siglo XIX, un personaje del que no parará de hablar y de aburrir a sus interlocutores.

El título del libro, Dientes blancos, abunda también en esta idea, en esta lucha generacional. Clara perdió sus dientes, siendo muy joven, en un accidente de moto, e Irie, cuando tiene que elegir una carrera universitaria, se decantará por los estudios de odontología, como si quisiera metafóricamente reparar los problemas del pasado de su madre.

 

Como ya he apuntado, las dos primeras partes me han parecido las más conseguidas, aquellas en la que la narración avanzaba más libre y con más capacidad para la fabulación y el detalle simpático para caracterizar a los personajes, pero he tenido la impresión de que la novela decaía en su segunda mitad. Sobre todo, cuando los protagonistas entran en contacto con la familia Chalfen, perfectamente británicos, aunque en unas generaciones atrás son emigrantes provenientes de Polonia. Marcus Chalfen es un reputado genetista que se dedica a modificar un ratón, para conseguir que avance el conocimiento científico, en consonancia con los conocimientos de clonación de la época. Casi todos los personajes del libro van a confluir hacia este ratón de Chalfen, que los enfrentará a sus creencias y tradiciones. En este último tramo, considero que la novela deja, en gran medida, de reflejar el rico y contradictorio mundo de los inmigrantes, como había hecho hasta entonces, y pasa más a ser una novela de tesis, donde la autora enfrenta a sus personajes a sus convenciones de un modo teatral, más propio de una novela comercial que de una gran novela. Es decir, en la escena final todas las piezas encajan demasiado bien, con una planificación puntillosa que me ha resultado excesiva, como si los personajes trabajaran más por el efectismo de la trama que por ser meramente personajes de ficción.

 

Pese a esta decepción y cansancio del último tramo, Dientes blancos me ha parecido una novela notable, de gran madurez para estar escrita por una autora de menos de veinticinco años. El buda de los suburbios de Hanif Kureishi (escritor británico, cuyo padre era pakistaní y cuya madre era inglesa) se publicó en Gran Bretaña en 1990, y me parece una clara influencia sobre Dientes blancos. De hecho, el tema de la inmigración está narrado también en un tono desenfadado y cómico, que es el que elige Smith para su libro. Leí El buda de los suburbios hace ya más de veinticinco años, así que no tengo capacidad para comparar ambos libros de una forma clara, pero en mi recuerdo El buda de los suburbios es un libro superior a Dientes blancos. Así que yo hubiera incluido al primero en vez de al segundo en esa lista de las veinticinco mejores novelas británicas. Quizás la idea de que Dientes blancos esté en esta lista me resulta ahora algo exagerado, pero –pese a que me ha decepcionado algo su tramo final– no quiero restar méritos al que me resulta un gran debut literario y que me anima a leer obras más maduras de esta gran escritora.

domingo, 1 de febrero de 2026

Adiós, señor Chips, por James Hilton


Adiós, señor Chips
, de James Hilton

Editorial Trotalibros. 108 páginas. 1ª edición de 1934, esta es de 2025

Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, ilustraciones de Jordi Villa Delclòs

 

Más de una vez, Jan Arimany, el editor de Trotalibros, al que conozco en persona, me había recomendado que leyera de su editorial Adiós, señor Chips (1934), del escritor James Hilton (Leigh, Inglaterra,1900 – Long Beach, California, 1954). El sentido de la recomendación se debía a que Jan sabe que yo llevo trabajando más de veinte años en el mismo colegio privado del norte de Madrid, y Adiós, señor Chips está protagonizada por un profesor inglés apegado también a un colegio de secundaria. Durante un tiempo me resistí a esta recomendación, porque pensaba –quizás prejuiciosamente, alentado por alguna reseña que recordaba haber leído en internet– que esta novela podía ser demasiado almibarada para mi gusto y que no la iba a disfrutar. Sin embargo, cuando, por motivo de la Feria del Libro de Madrid, celebrada en el Retiro, fui a visitar a Jan en junio de 2025, acabé comprando en la caseta de Andorra, donde vende él sus libros, Adiós, señor Chips.

Tiene un número de páginas que me resulta incómodo, de un modo que no debería importar a un lector convencional: apenas llega a las 100 páginas y esto puede hacer que la lea demasiado deprisa, y haya de escribir su reseña sin haber tenido tiempo de escribir la de la lectura anterior. Al final me acerque a ella después de acabar Guerra y guerra de László Krasznahorkai, a tres días del fallo del Premio Nobel de Literatura de 2025, porque quería llegar a esa fecha con la posibilidad de empezar, de forma inmediata, a leer un libro del nuevo ganador. Adiós, señor Chips tenía, entonces, una longitud perfecta para mis necesidades del momento.

 

La primera frase de la novela es esta: «Cuando nos hacemos mayores (pero con salud, desde luego), a veces nos entra mucho sueño y parece que las horas pasan como vacas perezosas por un paisaje.» El narrador es el propio señor Chips, quien, desde una edad anciana, de unos ochenta y cinco años, va a recordar algunos de los momentos más relevantes de su vida como profesor de lenguas muertas en un internado inglés, al que, incluso después de su jubilación, sigue muy vinculado.

Chips nació en 1848 y, muy joven, recién acabada su carrera universitaria, empezó a trabajar en Melbury, donde, debido a su edad, no conseguía hacerse con la disciplina en la clase. Este es un fenómeno universal, sobre el que he podido leer en esta novela de 1934, pero también en Botchan, publicada por Natsume Soseki en 1906, y que trataba de los comienzos de un profesor en una isla de Japón, y también lo he podido vivir en primera persona al comenzar yo mi vida laboral en el colegio de La Moraleja, en el que veintidós años después, sigo trabajando.

En su segundo año como profesor, a los veintidós años, Chips empezará a trabajar en Brookfield, al que se describe como un buen colegio de segunda final que, en los últimos años, previos a la jubilación de Chips, fue adquiriendo más prestigio. Chips se quedará en Brookfield toda su vida laboral y, después de jubilarse, alquilará una habitación en la casa de la señora Wickett, que fue la mujer que lavaba la ropa en el colegio y que, con sus ahorros, ha comprado una casa al lado del colegio. Ya jubilado, Chips se ha aficionado a coger el sueño por las noches leyendo alguna página de una novela de detectives, y se acercará por el campus del colegio para ver los juegos deportivos. También invitará por las tardes, a tomar el té a los nuevos estudiantes y los nuevos profesores.

La mayoría de la gente piensa que Chips siempre ha sido un solterón, pero el lector descubrirá que sí estuvo casado en el pasado y que en su vida ocurrió una desgracia relacionada con este tema.

 

Me ha gustado la forma en la que Hilton une el pasado de Chips a algunos de los acontecimientos históricos que le tocó vivir, como la guerra de los Bóers, el hundimiento del Titanic y la Primera Guerra Mundial. Chips, que no participará en las guerras, tendrá que conocer los nombres de sus exalumnos muertos en ellas. Este es uno de los temas que más me ha emocionado del libro, pues que yo, con más de veinte años de carrera docente, ya he de recordar también los nombres de algunos alumnos muertos, aunque no en guerras, claro. Siempre es algo extraño recordar a aquellas personas jóvenes que han sido nuestros alumnos y que ya no están con nosotros.

 

Después de haber estado leyendo a László Krasznahorkai, el estilo de Hilton me ha parecido elegante y suave. Un estilo sencillo, pero cuidado, para una narración que no sufre desviaciones de lo que quiere contar, pero con unos detalles narrativos muy labrados, muy vívidos. En algún momento de su jubilación, Chips se planteó escribir unas memorias o una historia de Brookfield, pero será un proyecto que acabará abandonando. El lector, acabará sabiendo, que aunque en su juventud Chips tuvo ambiciones, como llegar a ser el director del colegio, en realidad no tenía el empuje y la constancia para conseguir algo así. De hecho, acabará siendo una persona ajena a los cambios que se producen a su alrededor, luciendo, por ejemplo, una toga raída que será objeto de burla de los alumnos y motivo de preocupación de un nuevo y enérgico director, que querrá en vano que Chips cambie. Sin embargo, lo que este director no acaba de entender es que precisamente Chips, con su estilo anticuado, se ha convertido con el paso de los años en el «espíritu» de Brookfield, alguien que da solera a un colegio que aspira a la respetabilidad del tiempo. De hecho, Chips es querido entre los alumnos como una fuente de ocurrencias y de bromas que acabarán atesorando con el paso de los años. Más de uno de los alumnos vendrá a preguntarle por diversos temas, con el fin de poder narrar, más tarde, alguna de las ya famosas salidas ingeniosas del profesor.

 

Chips acabará siendo para el lector un personaje entrañable, pero la novela no se limita solo a retratar esa faceta suya, sino que además nos acabará mostrando sus limitaciones y sus vulnerabilidades; sus ideas sobre la sociedad, que en algún momento pudieron ser puestas a prueba y cambiadas en parte, gracias al amor de una mujer.

Muchos de los acontecimientos más importantes de la vida de Chips, quedan retratados con Hilton con unas pocas pinceladas; entre ellos destacan las páginas sobre cómo se vivió en el colegio la Primera Guerra Mundial, periodo en el que el ya por entonces jubilado Chips asumió el cargo de director en funciones. Al leer Adiós, señor Chips he tenido el deseo, más de una vez, de que Hilton hubiera escrito un libro más largo y que detallara más alguna de las escenas claves de la obra, pero esta novela, breve y hermosa, acaba teniendo el aire melancólico y profundo, aunque bajo una apariencia de levedad, de la poesía japonesa. Aunque se lee en muy poco tiempo, uno acaba, sin embargo, la lectura con la sensación de que conoce en profundidad a su protagonista, tan profundamente humano, y que ha tenido el privilegio de acompañarlo durante toda su larga y provechosa vida. Adiós, señor Chips es una novela que cualquier profesor debería leer, y también todos aquellos que no son profesores, pero, como es lógico, han conocido a más de uno.

Esta novela, traducida con espero por Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, cuenta con las ilustraciones de Jordi Villa Delclòs y un posfacio del propio editori, Jan Arimany.

 

domingo, 18 de enero de 2026

Las llanuras, por Gerald Murnane


 Las llanuras, de Gerald Murnane

Editorial Minúscula. 147 páginas. 1ª edición de 1982; esta es de 2015

Traducción de Carles Andreu

Cuando en 2024 buscaba información sobre los posibles ganadores del Premio Nobel de Literatura me encontré con un nombre del que nunca había oído hablar: Gerald Murnane (Melbourne, 1939), un australiano, con miedo a volar y que nunca había salido de su isla, al que admira algún escritor consagrado como J. M. Coetzee. Busqué más información sobre él, y vi que en España había traducido y publicado tres de sus novelas la editorial Minúscula, siendo las más prestigiosa de ellas Las llanuras (1982).

En la Feria del Libro de Madrid de 2025 compré esta novela en la librería Girasol. La he leído en julio de 2025.

 

«Hace veinte años llegué a las llanuras con los ojos bien abiertos, atento a cualquier elemento del paisaje que pareciera insinuar algún significado complejo más allá de las apariencias.», es la primera frase del libro. En Las llanuras, un joven narrador innominado ha llegado a esta zona del interior de Australia con la intención de rodar una película que consiga «revelar» el verdadero significado de la región. Así llegará a una ciudad de las llanuras y se instalará en un bar, con la intención de observar a los lugareños y esperar la llegada a la ciudad de los grandes terratenientes con los que quiere contactar. «Mi plan era presentarme ante los terratenientes como un hombre procedente del extremo más lejano de las llanuras.» (pág. 21)

 

La narración pronto se va tiñendo de un tinte irreal, según el narrador nos va exponiendo sus distintas teorías y miradas sobre el concepto de «las llanuras». En la página 18 leemos: «Algunos historiadores sugerían que el fenómeno de las llanuras en sí mismo era el responsable de las diferencias culturales entre los habitantes de aquellas regiones y los australianos en general.» Toda la erudición inventada sobre esa idea física, pero a la vez abstracta, de las llanuras me ha parecido que tenía la intención juguetona de un cuento de Jorge Luis Borges, un cuento del estilo de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. De hecho, alguna de las ideas sobre la repetición, pero también la singularidad, de las llanuras me ha recordado a algunas reflexiones de los escritores argentinos sobre la pampa; a reflexiones que he leído, con intenciones similares, en Juan José Saer, pero también en el propio Borges.

 

Los terratenientes llegan a la ciudad y durante un día o dos van a dar audiencia a todas las personas que, con sus diversos proyectos, quieren entrevistarse con ellos. El narrador, sin retirarse a dormir, esperará su turno. Los terratenientes eligen a estudiosos de diversas disciplinas del conocimiento para que trabajen para ellos. Se puede tratar de escritores, gente que estudia los trajes tradicionales, los estilos arquitectónicos… todos relacionados con la idea de fijar la verdadera identidad e idiosincrasia del espacio mítico de las llanuras.

Hay una historia, un tanto surrealista, sobre dos colores que aún se siguen usando en la vestimenta y adornos de los llaneros, que provocaron en el pasado un conflicto violento, y que tienen que ver con dos modos diferentes de aproximarse a la experiencia de las llanuras. Un color es el verdeazulado que nos remite a la línea del horizonte, donde las llanuras se confunden con el cielo, y el otro, amarillo, tiene que ver con un estudio de la liebre de las llanuras, un animal que trata de ocultarse en el terreno, sin moverse, camuflándose entre los pastos de las llanuras. Quizás de todo este absurdo erudito se desprende una mirada más general sobre la condición humana, y Murnane nos está hablando de las limitaciones del ser humano para entender el mundo en el que habita, y la imposibilidad de encontrar explicación o de encontrar a «Dios». En este sentido, en la página 75 leeremos: «Este estado de ánimo me hace sospechar que cada hombre debe de estar viajando hacia el corazón de una llanura privada, remota.»

 

Los terratenientes –estos verdaderos representantes humanos de las llanuras– están mostrados en el libro como seres lejanos y, hasta cierto punto, incomprensibles. Esta parte de la espera para recibir audiencia me ha recordado a algunas de las páginas de El castillo de Franz Kafka. El narrador, por fin, será recibido y podrá exponer su proyecto cinematográfico sobre las llanuras. A uno de los terratenientes le va a interesar y decidirá contratarlo y alojarlo en su mansión. Allí va a conocer a la hija del terrateniente: «La conocí durante la primera cena en la gran mansión. Como era la única hija, se sentó ante mí, pero apenas nos dijimos nada. No parecía mucho más joven que yo y, por tanto, no era tan joven como había deseado.» (pág. 81). El narrador quería para su película la participación final de una chica que fuera una auténtica representante de las llanuras.

 

En la página 93 empezará la segunda parte del libro con esta frase: «NOTA PRELIMINAL: Después de diez años en las llanuras sigo preguntándome si puedo excluir de la obra de mi vida la presencia del paisaje que en este distrito se denomina la Otra Australia.» Nuestro narrador, después de diez años de llegar a la mansión de las llanuras, sigue tomando notas para su película, una película que nunca parece capaz de empezar a rodar. En la página 101 se abre una nueva ventana metafísica: «Un día espero poder satisfacer mi curiosidad acerca de su teoría de la Llanura Intersticial, el sujeto de una excéntrica rama de la geografía: una llanura que, por definición, no puede visitarse, ero que colinda y da acceso a todas las llanuras posibles.»

 

El narrador irá viendo pasar los años, contratado en la mansión del terrateniente, bajo su mecenazgo, igual que otros estudiosos de diversos ámbitos de las llanuras, principalmente en la biblioteca de la casa, sin –paradójicamente– salir a ver las llanuras, su objeto de estudio. La biblioteca es un compendio gigantesco sobre lo que se ha escrito sobre las llanuras, y el narrador pasa principalmente sus días en la sección dedicada al Tiempo. En la página 119 leemos: «Por eso hoy en día evito los libros que presentan el tiempo como si fuera una especie de llanura más.» y «Siempre temo descubrir, en un ensayo corriente de un llanero sin reputación alguna, un párrafo que describa a un hombre como yo, que se dedica a especular infinitamente acerca de las llanuras sin poner jamás un pie en ellas.» Estos comentarios sobre la biblioteca, que sustituye a la experiencia, y el infinito, me han remitido, de nuevo, a Borges.

 

El escritor Jesús Artacho ha leído también Las llanuras, libro que descubrió de un modo similar al mío, y al reseñarlo ha citado la posible influencia de Samuel Beckett y su famosa obra de teatro Esperando a Godot. Me parece una idea acercada. En Las llanuras nuestro narrador se siente paralizado a la espera de una revelación sobre la realidad que nunca parece llegar, aunque siempre parece estar también a punto de recibirla.

 

En la página 123 ocurre algo extraño. Leemos: «A veces veo a la hija mayor de mi patrono en uno de los caminos del invernadero más próximo (…) Es poco más que una niña.» Como señalé anteriormente, en la página 81 nos habla de una «única hija» casi de su edad. Tenía apuntando este dato y me desconcertó la contradicción con la que me encontré 40 páginas después. No creo que sea un error inconsciente por parte de Murnane. Lo interpreto como un juego narrativo: no se puede entender ni fijar la realidad, porque esta siempre es movible, inasible. Es posible que se trate de uno de esos juegos, como los que practica César Aira, en los que se rompe la coherencia interna del relato.

El estilo de Murnane es filosófico y poético, bello y cerebral. Toda su erudición falsa, que persigue descubrir algo sin objeto, me hace pensar en una broma literaria al estilo de las de Borges. Pero, quizás, las historias de Borges funcionaban mejor porque eran cuentos y no novelas. Las llanuras es una novela en la que casi no hay acción, ni interacción entre los personajes y, pese a sus muchas páginas brillantes, en busca de un misterio o revelación que no acaba de llegar, en algunos tramos se puede hacer algo repetitiva y tediosa. En cualquier caso, leer por primera vez a Gerald Murnane ha sido una interesante experiencia.