domingo, 17 de enero de 2021

UN RECORRIDO POR LA LITERATURA CHILENA

 Me grabé un vídeo para mi canal de YouTube (David Pérez Vega - Bienvenido, Bob) hablando de los libros chilenos que he leído.

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domingo, 10 de enero de 2021

MIS 10 NOVELAS ARGENTINAS FAVORITAS

 He grabado un vídeo para mi canal de YouTube (David Pérez Vega - Bienvenido, Bob) en el que hablo de mis 10 novelas argentinas favoritas del siglo XX.

Luego me animé y grabé dos vídeos más sobre literatura argentina. 

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miércoles, 6 de enero de 2021

Lectura de mi novela "Caminaré entre las ratas" de José Luis Ibáñez Salas

El historiados José Luis Ibáñez Salas leyó mi novela “Caminaré entre las ratas” y escribió una reseña para la web Aquí Madrid. La dejo aquí:




La cuarta novela del escritor español David Pérez Vega, titulada Caminaré entre las ratas, apareció en el pobladísimo mercado literario español en unos días que fueron, que son, que seguirán siendo, muy malos para la lírica. Para la prosa. Y para la paciencia. Apareció cuando el mundo se disparaba en el pie asustado por su miedo y por su incompetencia para socializar el bien. En los primeros meses del infausto ya año 2020.

«Desde 2008 vivo en el país del volver a empezar, de los aprendices sin edad».

Esa sería una buena presentación para Domingo, el protagonista-narrador de esta novela. Esta novela social con las lágrimas suficientes de pura ficción fabulada, esta novela protagonizada por alguno de quienes estuvieron durante la crisis de finales de la primera década del siglo veintiuno entre los más afortunados, aquellos que les tocó trabajar más por el mismo sueldo (o menos, en realidad).

«Mi vida como máquina defectuosa que nunca llegó a funcionar».

Su prosa, la prosa de David Pérez Vega, es en Caminaré entre las ratas ascética, sucinta, directa, muy narrativa, pero también, como el poeta que él es, aparece teñida en ocasiones por la inevitable poesía sin la que las buenas novelas se quedan en meros divertimentos sin alma:

«La densidad de las palabras evitadas empieza a incendiar el aire que respiro».

La novela resulta ante todo muy didáctica. Uno aprende mucho al leerla. Sobre economía, sobre enseñanza, sobre la sociedad española en la que vivimos más o menos perplejos. Porque, aunque no es un tratado, ni un ensayo (el libro es una novela, que ya es ser), esta novela de Pérez Vega, nacido un año antes de la muerte del dictador Francisco Franco, social, como ya escribí, expone con absoluta claridad los principios básicos para poder explicar la realidad española, la realidad social española, mostrando personajes absolutamente incrustados en el verdadero ámbito vital de la España actual («este divertido país de sangría, fiesta y playas»), la de los aprendices sin edad, la de los filósofos del fútbol, también la de los triunfadores que mastican su estulticia desdeñando a quienes se preocupan porque el triunfo sea finalmente el de todos los ciudadanos posibles, no el de los más afortunados o el de los más carentes de escrúpulos.

La cita siguiente es larga pero ilustra a la perfección lo que vengo expresando:

«No deja de enternecerme la imagen de aquellos profesores de Universidad pública de suburbio defendiendo las ideas liberales de Milton Friedman […]. Los profesores estadounidenses defendían los presupuestos teóricos que beneficiaban los intereses de sus pagadores, pero los profesores españoles de la Universidad pública, funcionarios ilustrados, defendían la destrucción de lo público o de sí mismos por nada, por puro vasallaje ideológico, por haber ido a una Universidad del Medio Oeste americano y haber sido deslumbrados por las palabras de alguien que se apellidaría Johnson, Williams, Davis o Harris, y nunca García, Pérez, Sánchez o Fernández. […] En la Carlos III de Getafe, los hijos de los tenderos de barrio, de los conductores de autobuses de la EMT o de los taxistas del aeropuerto, comentaban en los pasillos de la facultad las huelgas de trabajadores de la época en términos drásticos al más puro estilo disciplinario Chicago Boys‘si yo fuese el director de la empresa echaría a todos los trabajadores y contrataría otros nuevos’. […] Así se las gastaban en la segunda mitad de la década de los 90 los chicos de los suburbios en la Universidad pública de Getafe cuando después de ponerse al día sobre el botellón y la marcha del fin de semana querían posar, apoyados en una barandilla fumando rubios, de adultos responsables y castigadores. Así hablaban los hijos de los administradores de pequeñas empresas, de operarios de fábrica o de los porteros de fincas que vivían en pisos de 70 metros cuadrados en Móstoles, Fuenlabrada o Getafe. […] Ellos podrían llegar a ser los directivos de las grandes multinacionales: eso les explicaban en las clases, cómo se dirige una gran empresa multinacional y, por tanto, serían los jefes de aquellos ingenieros que se creían tan listos».

El escritor protagonista-narrador de Caminaré entre las ratas (a quien la realidad de vez en cuando le da alcance y quien dice que es Richard Ford el novelista que más le ha influido)escribe libros que no son de género, libros «que sólo pretenden reflejar la vida de mi entorno social y por tanto ser literatura». ¿No hay demasiados sueños literarios en esta novela? Pregunto. ¿Por qué planificarse uno sus lecturas «con la intención de entender un mundo que se empeñaba en dejarme siempre fuera de sus placeres, un mundo del que en esencia desconocía las reglas más básicas de funcionamiento»? ¿Existen personas, como un personaje femenino de la novela, insertas «de forma contundente en el mundo de lo real» por el simple hecho de «estar alejadas por completo del mundo literario»?

Más didactismo en la novela. En esta ocasión nunca mejor dicho, pues, en un momento determinado, leemos un razonado ataque «a los gurús de la nueva educación» que incluye una defensa de la necesidad de los libros de texto, entre otros asuntos. No obstante, aunque estoy muy de acuerdo en lo que expresa aquí Pérez Vega (su protagonista, mejor dicho), considero que el problema no es tanto el que se atiende en estas páginas, creo que ese no es el debate, sino que el debate reside en qué enseñar más que en cómo enseñar: en cualquier caso, se agradece la reflexión.

Como también se agradece la divulgación de la teoría económica que hace David Pérez Vega (bueno, el protagonista): Smith, Malthus, Ricardo…

Hay mucha burla, siempre detallada, eso sí, contra el Gran Dios Capitalista, como por ejemplo esta:

«Sé que, en la actualidad, tienen que existir los directivos como Hans (los hijos-de que irrumpen en la vida con su sueldo de 500.000 euros bajo el brazo), pero, por favor, Gran Dios Capitalista, mantenlos en sus despachos aclimatados, lejos del trabajo y convencidos de su valía, permite que lean el periódico, llamen por teléfono a sus esposas o madres, saquen brillo a sus escudos de armas, que cobren sus desmesurados salarios y que no tengan tentaciones de aportar ideas reales».

El protagonista-narrador (que lee a Primo Levi, quien siempre nos recuerda, le recuerda a él, especialmente, «cómo hay que sobrevivir en lo oscuro» y del cual dice: «es mi guía en la oscuridad») ha aprendido desde su comienzo laboral «que no existen empresas corruptas, sino que la corrupción es la esencia misma del sistema capitalista empresarial».

Resulta a todas luces magnífica la explicación de qué es el neoliberalismo. En el imaginario personal de determinadas personas, como algunos de los personajes de la novela de Pérez Vega, «todos los hijos-de, los sobrinos-demujeres-del-sobrino-de eran héroes convencidos y aguerridos luchadores contra la opresión y la esclavitud a las que nos somete el Estado».

Y Móstoles, el Móstoles de los últimos cuarenta años como subescenario de una auténtica novela española de hoy en día, más actual que un periódico.

«Éramos los hijos de los pueblos pobres de España, emigrados, desde Andalucía o Extremadura, hasta el extrarradio de Madrid. Nos habíamos creído, adueñándonos de una mitología ajena, que podríamos llegar a ser tan aéreos como Michael Jordan y estábamos, como no había dejado nunca de mostrarme mi padre, apegados al suelo raso de los santos inocentes de Francisco Franco».

Porque esta es la historia de los monos que nunca bailaron break. Una historia en la que las ratas gigantes tienen, por fin, los días contados.

 

 

Gracias, José Luis.

domingo, 3 de enero de 2021

Plata quemada, por Ricardo Piglia

 


Plata quemada, de Ricardo Piglia

Editorial Anagrama. 227 páginas. 1ª edición de 1997; ésta es de 2015.

 

De Ricardo Piglia (Adrogué, provincia de Buenos Aires, 1940 – Buenos Aires, 2017) había leído hasta ahora buena parte de su obra: las novelas Respiración artificial, Blanco nocturno y El camino de Ida; sus libros de cuentos La invasión, Prisión Perpetua y Los casos del comisario Croce, su ensayo El último lector y sus diarios Los diarios de Emilio Renzi. Sabía que a Plata quemada se la considera una de las novelas más destacadas de Piglia, uno de mis autores favoritos de los últimos tiempos. No he había acercado a ella porque estuvo envuelta en un escándalo en Argentina, cuando le fue concedido a Piglia allá el premio Planeta, acusando a la editorial de haber concedido un premio pactado de antemano por una novela que Piglia ya tenía contratada previamente. En realidad, pensándolo en frío, lo llamativo es que algo así sea motivo de escándalo en Argentina, cuando en España el hecho de que el premio Planeta (como tantos otros correspondientes a editoriales privadas) está concedido de antemano es de sobra conocido y aceptado. «¡Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega!», decía el policía de Casablanca en el local de Rick. Pues eso. Que hubiera polémica con el premio Planeta concedido a Plata quemada no rebaja, en cualquier casa, el aliento literario con el que Piglia pudo escribirla. Y, tras acabarla, digo ya que se ha convertido en uno de sus libros favoritos para mí, que soy un gran admirador. Vi la novela en La Casa del Libro de Gran Vía, en Madrid, y sentí el impulso de comprarla y de leerla de forma inmediata. Como así hice.

 

Según la contraportada, «esta novela cuenta una historia real. Se trata de un caso de la crónica policial que tuvo como escenarios Buenos Aires y Montevideo en 1965.» Al comentar en las redes sociales que estaba leyendo esta novela, un contacto argentino me señaló que, en realidad, no se trataba de una verdadera novela de no ficción sobre un crimen real, al estilo de A sangre fría de Truman Capote, sino que Piglia se había inventado casi todo. Llegó un momento que casi me convenció de que la novela al completo era una ficción, pero algún otro contacto me hizo ver que el caso policial sí que había existido en el Río de la Plata de 1965. He leído algún artículo de la prensa uruguaya (sobre todo uno del escritor Leonardo Haberkorn) donde se precisa que, aunque el caso policial fue real, Piglia se tomó más de una licencia poética al recrearlo. En las páginas finales de la novela, Piglia ha dejado un epílogo, que empieza con estas palabras: «Esta novela cuenta una historia real.» (pág. 221), al final del epílogo narra el encuentro en un tren con la novia de uno de los atracadores del banco, y dice que así es cómo comienza su interés por la historia. Este encuentro, al parecer, es falso; o más bien, también forma parte de la ficción. Me parece un juego interesante sobre los límites de la ficción y el periodismo o la novela de investigación. Piglia le hace creer al lector que todo lo que ha leído se ha basado en entrevistas con los testigos, reproducciones de los juicios, los informes policiales o psiquiátricos, y puede que no sea así, que, con el sustrato de un caso policial real, lo cierto es que haya construido una ficción. En algún momento de la novela, Piglia recrea los pensamientos de personajes que van a morir en el tiempo narrativo del libro y, por tanto, no existe posibilidad real de que pueda haber accedido a esos pensamientos en una investigación personal.

 

La discusión sobre la realidad o no de lo narrado me parece interesante, pero no es determinante para el disfrute de esta novela. Que lo contado esté basado en un informe policial o provenga de la imaginación de Piglia no hace a la obra literaria más o menos valiosa; el triunfo de un libro como Plata quemada (o de cualquier otro) ha de ser literario, ha de contener una verdad en su propia lógica, sin necesidad de apoyarse en el dato que provenga de la pura realidad.

 

A finales de 1965 un grupo de delincuentes comunes recibe un soplo sobre un furgón que ha de salir de un banco, en San Fernando, un barrio residencial a las afueras de Buenos Aires, con el dinero de los sueldos de una compañía, y organizan un asalto. El atraco no va a ser nada sofisticado; de hecho, la banda de criminales retratados en Plata quemada pertenece a «la pesada», que es, como en jerga argentina, se designa a un grupo de criminales violentes y con facilidad para usar armas de fuego. En el atraco están involucrados miembros de la policía, pero el grupo de delincuentes decide jugársela y huir con el dinero sin repartirlo con ellos. La idea será permanecer unos días en un departamento de Buenos Aires, para pasar poco después a Montevideo, donde tienen preparado otro departamento y esperar allí a que se calmen las aguas.

 

En el primer capítulo Piglia presenta a sus personajes y el escenario en el que se va a cometer el crimen. Entre el elenco de personajes destacan «los mellizos»: «Los llaman los mellizos porque son inseparables. Pero no son hermanos, ni son parecidos.». Dorda es grande y rubio, un tipo casi sin palabras,  el «Gaucho Rubio» le llaman. Un tipo que, como nos recordará su informe psiquiátrico de la cárcel oye voces dentro de su cabeza, a las que siente como una interferencia de radio. Dorda procede del interior, del campo, donde empezó a matar pequeños animales, hasta que pronto asesinó a una persona, iniciando una carrera de «criminal nato». El Nene Brignone es flaco y además es la voz de Dorda, con el que parece entenderse por gestos. Dorda y Brignone también son amantes, aunque ninguno se consideraría a sí mismo como un «homosexual». En gran medida, Plata quemada es una novela sobre «vieja masculinidad», sobre un mundo de hombres que confían en la violencia y la agresividad como un modo de vida, en un mundo de hombres cuya idea de gallardía y valor es la de morir antes de entregarse a la policía, la de morir matando. «La escuché como si me encontrara frente a una versión argentina de una tragedia griega. Los héroes deciden enfrentar la muerte y resistir, y eligen la muerte como destino.», escribe Piglia en el epílogo, en la página 225 del libro.

 

Uno de las grandes logros de la novela es la mezcla de registros lingüísticos, desde el puramente periodístico, al policial, al psiquiátrico, y sobre todo al propio de los criminales rioplatenses, «Yuta», «cana» o «taquería» serán, por ejemplo, tres sinónimos de «policía». Otro de los logros de Piglia es su capacidad para contar la historia sin juzgar a los personajes. En realidad, tanto policías como criminales parecen pertenecer al mismo mundo siniestro. Piglia no enfrente a la luz contra la oscuridad, ni al orden frente al caos, sino a dos haces de oscuridades diferentes que chocan entre sí. Además se habla también aquí de los «crímenes ideológicos», puesto que las bandas políticas y terroristas que luchaban por la vuelta de Perón al país en más de un caso han devenido, y se han mezclado, con la delincuencia común. «Los pistoleros se cortan, en el momento de ser detenidos, con yilé, en los antebrazos y en las piernas para no ser picaneados. “Si hay sangre no hay picana, porque con la corriente te vas en seco”.», (pág. 60) así se habla de las torturas policiales.

 

Me ha gustado que también aparece en Plata quemada como personaje Emilio Renzi, un joven periodista que está realizando una crónica del caso. Renzi es el alter ego de Piglia, que aparece en más de uno de sus libros. En Plata quemada se hace una descripción de Renzi (con anteojos y pelo enrulado) que coincide con la del mismo Piglia. En Los diarios de Emilio Renzi, Piglia usaba a este personaje para hablar de sí mismo. En estos diarios, Piglia mostraba en muchos momentos su interés por el género policial. Si bien en obras como Blanco nocturno, homenajea a autores como Raymond Chandler, en Plata quemada parece homenajear a los libros de crímenes reales, como el que ya he citado A sangre fría de Truman Capote.

El final del libro me ha parecido muy bello, intercalando las violentas escenas de un tiroteo entre la policía y los delincuentes con los recuerdos de la infancia de Dorda. En estas páginas, Piglia consigue que el lector sienta empatía y compasión por Dorda, el «criminal nato».

Ricardo Piglia es un autor de grandes páginas, de grandes rachas literarias en sus libros, y en más de un caso sus novelas acaban por írsele de las manos o por desinflarse. Plata quemada me ha parecido tal vez su libro más redondo; una obra de arte muy lograda.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

MIS 10 MEJORES LECTURAS DEL AÑO

 AHORA SÍ, MI LISTA DE LAS 10 MEJORES LECTURAS DE ESTE AÑO TAN LOCO.

(UNA MIRADA GAMBITERA SOBRE LA REALIDAD)

Siempre recordaré 2020 como uno de los años más extraños y peores de mi vida. No quisiera hoy entrar en detalles, algunos de sobra conocidos y otros más íntimos.
Sin embargo, 2020 también ha sido el año en el que me he hecho youtuber, después de una década observando el fenómeno con distancia e incomprensión. Éste sí que es un claro caso de “nunca digas de esta agua no beberé”.
Ya he publicado el último vídeo del 2020: “Mis 10 mejores lecturas del año”, que tradicionalmente lo hacía en mi blog, “Desde la ciudad sin cines”.




Llevo una camiseta de manga corta, lo que puede llevar a engaño. Yo soy muy friolero. Debajo tengo dos camisetas, la calefacción de la casa está encendida, y tengo una estufa cerca enchufándose.
Ha sido un año tan absurdo y loco, que no quería desperdiciar la ocasión de despedirme de él, literalmente, haciendo el gambitero.
Y, como dirían mis colegas el Rubius y Auronplay, si te gusta el canal te invito a que te suscribas, que en 2021 sigo. Un abrazo a todos.


domingo, 27 de diciembre de 2020

Colibrí con hielo, por Manuel Moya

 


Colibrí con hielo, de Manuel Moya

Editorial Maclein y Parker. 322 páginas. 1ª edición de 2019.

 

He coincidido, como autor, con Manuel Moya (Fuenteheridos, Huelva, 1960) en la editorial canaria Baile del Sol y también somos amigos de Facebook, donde alguna vez hemos intercambiado algún comentario. Yo sabía que Moya es poeta y que además ha traducido al español al poeta portugués Fernando Pessoa. Cuando la atractiva editorial sevillana Maclein y Parker publicó en 2019 su novela Colibrí con hielo me apeteció leerla. Me llegó a casa hace ya unos meses y, por esas circunstancias extrañas que siguen a veces conmigo los libros, me he acercado a ella más o menos un año después de recibirla.

 

El narrador de Colibrí con hielo es Gerald Osborn, un inglés de Coventry, de treinta y tantos años, que lleva siete viviendo en París. Llegó a la ciudad siguiendo los pasos de muchos de los escritores que admira como Ernest Hemingway o Francis Scott Fitzgerald, ya que Gerald es, o más bien ha querido ser, un escritor. En el tiempo de la narración trabaja, en realidad, como negro literario de un escritor que fue famoso unas cuantas décadas atrás y que ya se encuentra agotado, pero del que sus editores quieren seguir extrayendo réditos. Así, casa día pasará unas horas en su casa terminando la que posiblemente va a ser la última novela de la carrera del escritor de exitoso pasado. «Había fracasado en mi carrera de escritor y había caído en lo más oscuro de las tinieblas.», nos dirá Gerald en la página 155.

 

La novela empieza con Gerald abandonado por Branche, una mulata caribeña de Curaçao, y pasará a contarnos la historia de este amor. Así sabremos que al principio Gerald estaba con Carlota, quien también le abandona, y luego pasará a conoce a Branche, que viajó desde las Antillas hasta París porque deseaba ser actriz y se guiaba por los recuerdos y los sueños de su madre.

Parte de la tensión dramática del libro se producirá porque en la casa del viejo escritor, donde Gerald ha de ir a trabajar, viven Michel y Roger, que son dos jóvenes semidelincuentes, que el viejo acogió en su casa; dos jóvenes a los que el viejo escritor conoció en los entornos de jóvenes que trabajaban de chaperos. Ellos serán los que propongan a Gerald empezar a robar las primeras ediciones de libros dedicados para venderlos en el mercado de coleccionismo. Gerald empezará a necesitar dinero porque para tratar de curar la nostalgia que siente Branche por su isla, se están empezando a gastar mucho dinero en comprar objetos provenientes de allí, que les permitan reconstruir en un piso de sesenta metros cuadrados de París la isla de Curaçao. En esta idea de la isla en un piso se rompe en gran parte el sentido de la narración realista del libro, y si bien en otras páginas Moya ha estado homenajeando a escritores como Hemingway o Fitzgerald, ahora más bien se homenajea la libertad creativa de Julio Cortázar o el humor triste e irónico de Alfredo Bryce Echenique.

Hasta cierto punto, me estaba pareciendo que Colibrí con hielo podía leerse como un simpático pastiche de las novelas de escritores en París que todos hemos leído en nuestra juventud, pero diría que estas páginas, en las que la novela se adentra en el realismo mágico o en el surrealismo, consiguen elevarla.

 

Manuel Moya ha destacado como poeta, y alguno de sus poemarios, como La posesión del humo (1997, firmado por su heterónimo Violeta C. Rangel) ha sido traducido a varios idiomas. Se nota que Moya es poeta en la cuidada y sonora prosa de Colibrí con hielo, novela en la que abundan las sorprendentes metáforas y comparaciones, que en muchos casos tienen que ver con la naturaleza y, más concretamente, con el mundo animal (varias veces se hacen, por ejemplo, juegos literarios con la imagen de los ñus en estampida).

 

Al principio me estaba preguntando por la época en la que Manuel Moya estaba situando su historia. Al final he venido a concluir que tenía que ser sobre el año 2000, puesto que en el París de la novela aún se paga con francos (el euro entraría en vigor en 2002), pero ya existen los móviles, Michel Houllebecq es un escritor reconocido y Lance Armstrong ya había ganado algún Tour de Francia. En una anotación final, Moya nos indicará que escribió la novela entre 2006 y 2018.

 

También me interrogaba acerca de la idea de que Moya haya elegido como protagonista de su historia a un inglés, cuyas palabras el lector recibe en un español más que correcto, que además juega a mezclar registros ligüísticos, y en más de un caso es realmente un español muy castizo. Ya he dicho que la prosa de Moya contiene una carga metafórica importante, pero también es importante señalar que Gerald usa muchos giros propios de un lenguaje oral bastante coloquial. Me pareció raro que un inglés, que vive en París, use en su discurso términos como «vivales», «pija» o «capullo». Sobre este tema Moya le tiene preparada al lector una curiosa sorpresa, que nos adentra en otro juego literario: en la página 299, y por tanto ya en el tramo final de la novela, leeremos la siguiente anotación a pie de página: «Nota del traductor: Invito al lector curioso a la lectura del último capítulo de La mano en el Fuego, Ed. Calima, 2006.» Es decir, un supuesto traductor de la novela, anima al lector a acercarse a otro de los libros de Manuel Moya. De este modo, se está suponiendo que es el traductor de un texto inglés quien recrea este lenguaje castizo en español para el lector de una novela que, originalmente, fue escrita en inglés.

 

Las alusiones y guiños literarios son constantes en la novela, unas alusiones y guiños hacia las lecturas literarias de París que continuamente buscan la complicidad del lector.

 

Como he comentado al principio, Colibrí con hielo va creciendo a medida que el lector se adentra en su lectura y acaba siendo una entretenida novela de relaciones amorosas y picarescas, con el trasfondo del París literario de fondo. El espíritu romántico de Hemingway o Fitzgerald, o el más juguetón e irreal de Cortázar y Bryce Echenique sobrevuelan estas páginas. Una buena novela, que quedó en 2020 finalista del XXVI Premio Andalucía de la Crítica.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Lectura de mi novela "Caminaré entre las ratas" por Antonio Tocornal

 El escritor Antonio Tocornal leyó mi novela “Caminaré entre las ratas” y escribió esto sobre ella:

 



 

«Casi 350 páginas bien hinchadas leídas en tres días ya dice mucho a favor de este libro. La maquetación en formado grande, con márgenes estrechos y la letra mediana han metido en 343 páginas lo que calculo que podría haber ocupado cerca de 500 en una edición más holgada, así que más a su favor.

No había leído nada de este autor, que ha tenido la mala fortuna de sacar esta novela en tiempos de coronavirus, pero el boca a oreja hace su trabajo y un par de comentarios elogiosos provenientes de lectores de los que me fío me indujeron a comprar el libro, que estuvo en «la torre de lecturas pendientes» apenas tres o cuatro semanas.

Caminaré entre las ratas es un retrato hiperrealista de una generación que no tuvo suerte: los españoles nacidos en los setenta (una década después de la mía). Es una generación que fue engañada; les dijeron que estudiando conseguirían un buen trabajo, y vimos salir de las facultades a un ejército de licenciados que, cuando no emigraban, vivieron en casa de sus padres hasta los cuarenta años porque con sus títulos, sus másteres y sus idiomas, ganaban lo mismo que un dependiente de una hamburguesería. Los mismos que no pudieron, a diferencia de los más viejos y de los más jóvenes que ellos, disfrutar del sexo sin demasiadas restricciones a los veinte años, porque el miedo al SIDA ya se había generalizado.

Es una terrible sinécdoque, porque como digo, se dibuja a una generación entera pero se hace perfilando hasta el más mínimo detalle a uno solo de sus miembros. En el libro se narra en primera persona el día a día de Domingo, un espécimen, a punto de cumplir cuarenta años, de esa generación en el Madrid del 2013,  tomado por una economía liberal, por la crisis del ladrillo que desemboca en el infratrabajo y en el rechazo al inmigrante, por el nacimiento de una extrema derecha organizada, y por una plaga de ratas gigantes que deambulan por la ciudad sin que nadie le dé demasiada importancia, como metáfora de las dificultades y de las amenazas que asaltan al narrador-protagonista tras cada esquina, tras cada gesto, pero que son asumidas por una desidia generalizada de la población y las autoridades que las ignoran. Parece que no hay horizonte, y el fantasma del amigo que se quitó la vida lo persigue como mostrándole el camino.

El refugio del sexo en internet no es más que una trampa que acaba por hundirlo en la depresión. Las inquietudes artísticas del narrador —intenta ser escritor— no es más que otro foco de frustraciones, porque a pesar de su pasión por la alta literatura, se da cuenta de que su obsesión de ser publicado con dignidad nunca podrá ser satisfecha, ya que se esté en el escalón que se esté, siempre parece insuficiente; siempre se mira con envidia al escritor arribista o que sabe manejar mejor sus contactos y que ya está, sin merecerlo, en el escalón superior, como el galgo más veloz de las carreras, que ve que por mucho que corra nunca atrapará a la liebre mecánica.

Domingo le confiesa al lector lo que no se atreve a confesar a sus padres, a sus mejores amigos, a su psicólogo, así que el lector se convierte en testigo confidente de unos fantasmas interiores en los que es muy fácil reconocerse porque todos tenemos los mismos demonios vergonzosos y todos hemos cultivado, en mayor o menor medida, los mismos fracasos.

Un perfil de narrador tan semejante al del propio escritor (misma edad, trayectoria profesional, aficiones, ciudad) nos da una pista bastante fiable de por qué la autoficción propuesta tiene tanta credibilidad, pero no debemos hacernos nunca la pregunta de cuánto hay de verdad y cuánto de ficción en esta historia (ni en ninguna). No sería elegante y ¿acaso importa?

Sin embargo, esa invitación al lector a participar en la intimidad, ese paso de ser simple espectador a devenir voyeur es, desde mi punto de vista, el secreto del éxito de esta extensa novela: uno quiere saber, y por esa razón, sin importar en qué página se deje la lectura, ya está sembrada la curiosidad de qué irá a pasar en la siguiente.»

Gracias, Antonio

domingo, 20 de diciembre de 2020

El mundo alucinante, por Reinaldo Arenas


El mundo alucinante
, de Reinaldo Arenas

Editorial Cátedra. 319 páginas. 1ª edición de 1968; ésta es de 2018.

Edición de Enrico Mario Santí

 

De Reinaldo Arenas (Aguas Claras, Cuba, 1943-Nueva York, 1990) había leído hasta ahora dos libros: Antes que anochezca (1992) y Celestino antes del alba (1967). Antes que anochezca es un libro de memorias, que principalmente quiere denunciar la persecución que sufrió Arenas en Cuba por ser un escritor libre y por ser homosexual. Este libro póstumo (cuando acabó de escribirlo se suicidó), que leí ya hace unos veinte años, me encantó. Después me acerqué con gran disposición a Celestino antes que el alba, su primera novela, y sufrí una decepción. La apuesta de la novela a favor de la alucinación no realista me pareció excesiva. Esta segunda lectura me quitó las ganas de acercarme a una serie de novelas enlazadas que empiezan con El palacio de las blanquísimas mofetas. Sin embargo, recuerdo que mi amigo el escritor Federico Guzmán me decía que para volver con Reinaldo Arenas debía leer la que fue su segunda novela, El mundo alucinante.

 

En los Reyes de 2020 me regalé a mí mismo este libro. Me he acercado a él después de leer Testimonios de la orgía del también cubano Abilio Estévez, donde hablaba de él.

La historia de la publicación de la novela no deja de ser accidentada: Arenas la escribió en 1965, y en 1966 ganó con ella una Mención en el concurso «Cirilo Villaverde» de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que fue ese año declarado desierto. Aunque Arenas prometió revisar el texto para tal vez ganar y ser publicado, la novela no se pudo publicar y, de forma clandestina salió del país y se publicó, por primera vez, traducido al francés en 1968. Hasta 1969 no se publicó en español en México. En Cuba sigue sin haberse publicado.

 

Esta distorsión en las fechas ha dado lugar a más de un equívoco: en el prólogo que escribió para la edición venezolana de 1980, Reinaldo Arenas se queja de que la crítica ha afirmado que El mundo alucinante ha sido influido por obras del realismo mágico latinoamericano que se escribieron y publicaron después de la suya, como Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez.

 

La novela es una parodia fantástica de las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, un héroe bastante olvidado de la independencia mexicana. En el prólogo, Arenas cuentas que descubrió a Fray Servando en un libro de historia y que no pudo dejar de buscar toda la escasa información que había sobre él.

 

El comienzo de El mundo alucinante me ha recordado al de Celestino antes del alba, ya que nos acerca a la infancia de Fray Servando en un entorno rural y violento. Igual que ocurría en Celestino antes del alba, en El mundo alucinante, los familiares de Celestino o Servando quedan retratados por la fiereza con la que se relacionan con los animales o con el niño protagonista. «Ella movió un dedo sobre el que tenía una vela y me la apagó sobre un ojo» (pág. 94); «Te escapas por la cerradura. Te cortas las manos y las siembras» (pág. 96). Esta recreación alucinada de la infancia me ha recordado al libro Madurar hacia la infancia del ucraniano Bruno Schulz, donde la descripción metafórica del mundo que hacía el niño se convertía en real en sus ojos. Por ejemplo, el padre de Bruno Schulz no se movía por las paredes de su tienda de telas como una araña, sino que se transformaba en “una araña”; pues así es como ve Fray Servando la violencia de sus familiares sobre él: su madre le vierte cera de una vela en los ojos o le corta las manos de un modo metafórico-alucinado-real.

 

Servando deja Monterrey para ascender (literalmente lo hace sobre una montaña de botellas) hasta la Ciudad de México, donde entrará en un seminario. Diría que en las escenas del seminario, Arenas hace un homenaje a La vida del Buscón de Francisco de Quevedo, puesto que esta parte está narrada en clave picaresca y recuerdo –de la edición de Cátedra en la que leí El Buscón– que ante una inocentada en la que los estudiantes arrojaban nabos a Pablos, Quevedo dice que aquello era una «batalla nabal», con ese error ortográfico tan oportuno. En el seminario los estudiantes arrojan a Servando velas encendidas y a esto Arenas lo llama «batallas capillales».

 

El joven Servando, ya ordenado sacerdote, se ha convertido en el mejor predicador de México. Por ello le será encomendado dar un discurso sobre la Virgen de Guadalupe en la Navidad de 1794. Las palabras que elige para hacerlo le perseguirán toda la vida. Ante todas las autoridades del virreinato, Servando va a afirmar que la aparición de la Virgen en América es anterior a la llegada al continente de los españoles, y por tanto de ningún modo se justifica su presencia allí. Empezará entonces una persecución a Fray Servando que va a durar toda su vida y que se desarrollará por dos continentes, América y Europa.

 

Arenas dice en el prólogo de su novela que Fray Servando es él mismo. En clave fantástica, alucinada y paródica, Arenas está hablando de sí mismo a través de Fray Servando. Como él, Arenas proviene de un mundo rural de violencia y, como joven, llega a la capital de su país para formarse (en un caso México y en el otro Cuba) y ante su palabra escrita, en la que los dos expresan su pensamiento con libertad, van a sufrir censura y persecuciones por parte del poder. Fray Servando acabará pasando por múltiples cárceles. Las miserias que pasa en ellas serán minuciosamente descritas. También acabará en El Morro, la cárcel habanera en la que estuvo Arenas.

«He sido desterrado de mi patria y vilipendiado, solamente porque quise que la verdad ocupase su lugar sobre todas las sartas de ruindades entre las cuales he tenido que deslizarme» (pág. 181).

 

En la novela se critica con saña a la Inquisición; de forma exagerada en muchas de las calles de las ciudades de la novela se queman a supuestos herejes. Arenas escribe en contra de cualquier sociedad que reprima la libertad de pensamiento del individuo, y en este aspecto es donde choca con el régimen cubano. Recordemos que El mundo alucinante todavía no se ha publicado en Cuba, cuando han pasado ya más de cincuenta años de su aparición.

Hay partes de El mundo alucinante que están escritas en primera persona, en segunda y en tercera. Aunque las tres tienden a la exageración y la fantasía, diría que la primera persona, cuando toma la palabra directamente Fray Servando, es en la que estos elementos compositivos de la exageración y la fantasía se llevan más al extremo. En más de una ocasión, las tres voces narrativas narran la misma historia con enfoques diferentes. En el prólogo Arenas dice que los mecanismos de la Historia le parecen insuficientes para acercarse al pasado. De hecho, en más de un capítulo de El mundo alucinante he pensado en el prólogo de Cien años de soledad, que acompañaba a la edición conmemorativa de la RAE y Alfaguara. En él se decía que García Márquez describía la realidad americana con el tono fantástico con que la describieron en sus bitácoras los primeros navegantes europeos que llegaron al Nuevo Mundo. Y esto es lo que hace en gran medida Arenas, unos años antes que García Márquez (conviene recordarlo).

 

La novela es tremendamente posmoderna. Además de todos sus elementos fantásticos, aparecen en su trama personajes literarios, como el Orlando de Virginia Woolf, que será la persona encargada de presentar a Fray Servando a la nobleza inglesa. También Fray Servando será capaz de huir encarnado en otra persona. No disfrazado de otra persona, sino siendo «otra persona». Este tipo de detalles, unido a la inverosimilitud de las relaciones de causa-efecto establecidas en las escenas, me ha hecho pensar que El mundo alucinante ha ejercido una gran influencia en la obra de César Aira.

Me ha parecido divertida la descripción que Arenas-Servando hace de la ciudad de Madrid. Una crítica realmente severa, en la que parecía Thomas Bernhard hablando de Viena. «En general se dice que los hijos de Madrid son cabezones, chiquitos, farfullones, culoncitos, fundadores de rosario y herederos de presidios, y eso también es verdad, pues no existe sobre la tierra pueblo más corrompido y sucio» (pág. 162).

 

Se explica en el prólogo que el título, El mundo alucinante, posiblemente sea una parodia de la novela El siglo de las luces de Alejo Carpentier. Ya conocía la animadversión de Arenas hacia Carpentier por mi lectura de Antes que anochezca. Para Arenas, Carpentier es un escritor servil y complaciente con el poder. Gracias al prólogo de Enrico Mario Santí sé que Carpentier estuvo, por dos veces, en el jurado que impidió que Celestino antes del alba y El mundo alucinante ganaran los premios de la Asociación de Escritores de Cuba. El tramo final de El mundo alucinante se vuelve especialmente barroco al parodiar el estilo de Carpentier y en él se critica a un poeta que no para de hacer loas al nuevo poder del México independiente, que pronto se mostrará tan injusto como el anterior, en una clara alusión, de nuevo, a la situación cubana.

 

El mundo alucinante me ha gustado más que Celestino antes del alba, me ha parecido un libro más maduro. Las páginas de esta novela contienen imágenes fantásticas muy poderosas, como esas en las que Fray Servando está encadenado de tal modo que las cadenas forman una inmensa bola de acero a su alrededor, lo que hará que se derrumbe la prisión en la que está encerrado y aparezca rodando en la batalla de Trafalgar. Sin embargo, también he de decir que algunas de las relaciones causa-efecto ilógicas del libro me expulsaban a veces de él. Decía Borges que las narraciones fantásticas funcionan cuando el lector percibe que están construidas con unas reglas, con una lógica interna férrea; y la ausencia de reglas constructivas de El mundo alucinante me ha superado en más de una ocasión. Sobre todo me ha ocurrido con la parte final, en la que la crítica a los poetas institucionales –dardo envenenado y personal a Alejo Carpentier– no parecía que acabara de seguir la lógica de la novela.

 

Admiro de Reinaldo Arenas su libertad y la contundencia de su prosa, pero sigo pensando que sus memorias, Antes que anochezca, es el libro que más me gusta de él y al que quiero volver. En cualquier caso, este próximo diciembre de 2020 se cumple el 30 aniversario de la muerte de Reinaldo Arenas y es un escritor cuyo deseo de libertad siempre debemos recordar. 

domingo, 13 de diciembre de 2020

El Wendigo y otros cuentos extraños y macabros, por Algernon Blackwood

 

El Wendigo y otros cuentos extraños y macabros, de Algernon Blackwood

Editorial Valdemar. 457 páginas. 1ª edición de los cuentos entre 1906 y 1929; ésta es de 2020.

Traducción de Francisco Torres Oliver, José María Nebreda y Marta Lila Murillo

 

De Algernon Blackwood (Shooter's Hill, Inglaterra, 1869 – Londres, 1951) había leído hasta ahora, también publicado por la editorial Valdemar, el libro John Silence, investigador de lo oculto. Lo leí en septiembre de 2007, hace ya tiempo. Me dejó una buena impresión. La apuesta me parecía atractiva: en 1908, Blackwood crea a John Silence, un detective en la estela de los clásicos Sherlock Holmes o el Padre Brown, pero que, a diferencia de estos investigadores más terrenales, se dedica a investigar casos paranormales. Más de una vez, desde entonces, había hojeado en la biblioteca de Móstoles, una antología de cuentos de terror de Blackwood, que contenía El Wendigo, que sabía que era una de sus narraciones más famosas. Sin embargo, no me decidí a leerlo porque era un libro muy antiguo, con la letra pequeña y no me fiaba de su traducción.

Al ver en las librerías de Madrid que Valdemar había publicado, había unos meses, un nuevo libro de Algernon Blackwood me apeteció solicitárselo para poder leerlo y reseñarlo. Me lo enviaron muy amablemente.

 

El Wendigo y otros relatos extraños y macabros está formado por 23 cuentos, tomados de nueve colecciones publicadas por Blackwood entre 1906 y 1929.

El primer cuento es La casa vacía, y en él aparece por primera vez el personaje de Jim Shorthouse, que volverá a aparecer en otros de los primeros relatos seleccionados en la antología. Imagino ­­–el volumen de Valdemar­ no lo aclara– que estos primeros cuentos en los que aparece Shorthouse, que es una suerte de investigador de lo paranormal, pertenecer al libro La casa vacía y otras historias de fantasmas, publicado en 1906. El libro John Silence, investigador de lo oculto es de 1908, y este otro investigador, Jim Shorthouse, parece un antecedente claro de Silence. En La casa vacía, Shorthouse acude al llamado de una tía para investigar con ella una casa abandonada de su pueblo, donde en el pasado ocurrió un crimen, y se dice que aparecen fantasmas. La casa vacía es un conseguido cuento clásico de fantasmas, con una gran creación atmosférica.

 

El segundo cuento, Una isla encantada, abandona Inglaterra y nos acerca hasta Canadá, que va a ser el escenario de un número no desdeñable de relatos de este volumen. De joven, Blackwood dejó su Inglaterra natal y viajó hasta Canadá y Alaska, donde desempeñó diversos oficios. Aquellos amplios paisajes de naturaleza primigenia causarían una honda impresión en él, y se convertirán en escenarios para algunos de sus relatos y miedos más profundos. En Una isla encantada un estudiante, que se encuentra solo en una isla, recibirá la inesperada visita de unos inquietantes indios. De nuevo, es un gran relato de atmósfera, que será lo que destaque en la creación de Blackwood, en gran medida por encima de sus tramas.

 

Me gusta el comienzo de Un caso de oídas: «Jim Shorthouse era la clase de hombre que siempre complicaba las cosas. Todo lo que entraba en contacto con sus manos o su mente acababa en un estado irremediable de confusión.» (pág. 45). En este cuento, el narrador nos va a hablar de los sucesos extraños que tenían lugar en una habitación contigua a la suya en una pensión. Diría que J. M. James ha podido ser una influencia sobre Blackwood, ya que un cuento también de pensiones encantadas, sería La habitación número 13, del libro Historias de fantasmas de un anticuario, publicado en 1904, el primer libro de James, el que estoy seguro que Blackwood tuvo que leer.

 

Un caso de oídas también es un cuento de fantasmas y, aunque es un relato impecable, el lector siente que, después de dos cuentos leídos de Blackwood la sensación de que la sorpresa ha disminuido. Creo que sería recomendable leer este tipo de libros con calma, intercalando otros entre la lectura de los cuentos. Yo, por ejemplo, leí dos novelas entre medias. Al leer el cuarto cuento, Cumplió su promesa, en el que un estudiante recibe en su casa la visita de un amigo al que no ve desde hace tiempo, el lector ya sabe que ese amigo ha de ser, de nuevo, un fantasma.

Cuando le leído los libros de cuentos de un escritor fantástico actual como es el argentino Elvio E. Gandolfo, me encantaba la idea de que jugaba con los géneros y las expectativas del lector. Así en Ferrocarriles Argentinos, por ejemplo, el lector se podía acercar a un cuento de terror, el siguiente era un policía, luego uno de ciencia-ficción, luego uno costumbrista, y no ocurría como con estos cuentos de Blackwood, en los que el lector ya sabía qué camino iba a tomar la narración. Y esto no quiere decir que los cuentos de Blackwood no funcionen de forma individual, porque son realmente piezas muy logradas dentro del género.

 

Algo diferente en sus presupuestos me resulta Con la intención de robar, que más que un cuento de fantasmas es un cuento de posesiones diabólicas, en el que también aparece Jim Shortouse.

 

En Smith: Un suceso en una casa de huéspedes, volvemos al tema de las pensiones y a lo que ocurre en las habitaciones cercanas. Su construcción me ha resultado similar a alguna de las narraciones de H. P Lovecraft, como por ejemplo La música de Erich Zann. De hecho, Lovecraft comenta las obras de Blackwood con profusión en su estudio sobre el género de terror titulado El horror sobrenatural en la literatura, donde mostraba su admiración por el maestro inglés. Con esta antología he podido comprobar que Blackwood es una de las influencias más claras en la obra de Lovecraft.

 

Me desconcierta un poco Skeleton Lake: un suceso en el campamento, que me parece que es el cuento más corto del conjunto, y acaba por no ser un cuento de fantasmas sino de violencia.

 

En El que escucha volvemos al cuento de pensiones, pero esta vez más que un cuento de apariciones, es un cuento de posesiones y locura, que me acaba pareciendo original y conseguido.

 

En la página 157 llegamos a uno de los centros volcánicos de este libro, a Los sauces, que más que un relato sería ya una novela corta, pues sobrepasa las 60 páginas del formato de página amplia de Valdemar. De hecho, he visto esta historia publicada de forma independiente como si se tratase de una novela. Según H. P. Lovecraft, Los sauces, publicada en 1907 es «el mejor cuento sobrenatural en la historia de la literatura inglesa». No sé si cabe mayor elogio. He leído Los sauces y podría simplemente dar la razón a Lovecraft, con tan solo el permiso del propio Lovecraft, que es el escritor de El color surgido del espacio, que es otra completa maravilla de relato de terror. En Los sauces dos amigos hacen un viaje en canoa por el Danubio y tienen que parar a acampar en una de las solitarias islas que se forman en su interior, un extraño lugar en el que tal vez se estén conjurando fuerzas cósmicas. De nuevo diría, que Los sauces ha influido bastante en la obra de Lovecraft, ya que puede ser un claro antecedente de su «terror cósmico».

 

A Los sauces le siguen algunos relatos que son más flojos e inocentes que los leídos hasta ahora, como El baile de la muerte o La víspera de la fiesta de mayo.

El cuento de fantasmas de la mujer es diferente y más interesante, porque está narrado por una mujer. No hay muchos personajes femeninos, ciertamente, en este libro de Backwood.

 

En la página 263 llegamos al otro volcán en erupción del libro, la novela corta El Wendigo, que supera las 50 páginas en el formato de Valdemar. Volvemos a los grandes bosques canadienses, a los cazadores que han de enfrentarse a los espacios primigenios del planeta. En este caso, un cazador y su ayudante tendrán que vérselas con «el Wendigo», un ser primordial y mitológico que habita esos parajes. Lo mejor del relato es que el Wendigo siempre se muestra en la distancia, de forma sutil. Otro gran logro narrativo.

 

Igual que me ocurrió al acabar Los sauces, el cuento que sigue a El Wendigo, que se titula El embrujo del mar, me parece flojo y prescindible. El incendio del páramo es original, pero el libro aún no consigue remontar.

En El hechizo de la nieve, Blackwood parece convertirse en un narrador más joven e ingenuo. No es un mal cuento, pero no está a la altura de las grandes piezas de este libro.

 

En Transferencia el libro remonta. De hecho, diría que a partir de este cuento, los terrores de Blackwood me parecen más modernos y sutiles, trascendiendo al simple cuento de fantasmas. Me ocurre igual con Cómplice, que es relato original sobre un turista que puede vislumbrar la violencia que va a sufrir otra persona.

Luces antiguas sobre un pequeño bosque hostil y encantado está bien, pero no a la altura de los grandes cuentos del libro.

 

La otra ala, donde el protagonista es un niño que explora la gran mansión de sus antepasados me parece un texto destacado y moderno. Igual me ocurre con El ocupante de la habitación, donde al añadir un nuevo elemento como es el suicidio el cuento cobra nuevos vuelos.

 

En El valle de las bestias volvemos a los grandes bosques canadienses y sus secretos. Esta vez el tratamiento de la historia es diferente al de otras narraciones, y se convierte en un relato original y sugerente sobre el poder de la naturaleza.

 

La bolsa de viaje tiene algún elemento original, dentro de los planteamientos de Backwood, pero acaba resultando previsible.

 

En resumen, El Wendigo y otros relatos extraños y macabros contiene dos novelas cortas muy potentes, que son Los sauces y El Wendigo, y algunos cuentos destacados dentro del codificado género del género de fantasmas. Me ha sorprendido ver que Algernon Blackwood es una de las influencias más claras en la obra de H. P. Lovecraft. Como ya he señalado, recomendaría leer este libro intercalando otros entre medias. Sin embargo, también debo decir que, dejando aparte las antologías, este libro de Valdemar, con un solo autor, se ha convertido en uno de mis favoritos de la editorial.