domingo, 25 de julio de 2021

El palacio de hielo, de Tarjei Vesaas

 


El palacio de hielo, de Tarjei Vesaas

Editorial Trotalibros. 204 páginas. 1ª edición de 1954; ésta es de 2021.

Traducción de Kirsti Baggethun y Mª Asunción Lorenzo

 

Ya comenté en la reseña de La guardia de Nikos Kavadías, que había empezado a leer El palacio de hielo (1963) de Tarjei Vesaas (Vinje, Noruega, 1897 – 1970), el segundo libro de la editorial Trotalibros, especializada en rescates. Trotalibros es una editorial dirigida por el joven Jan Arimany, que surge de un canal de Youtube del mismo nombre. El palacio de hielo se publicó por primera vez en España en 2007, en la última etapa de la editorial Bruguera, que debió quebrar poco después. Estos libros aún es frecuente encontrarlos en las librerías de segunda mano. Así que la vida comercial de El palacio de hielo, un clásico de las letras noruegas, fue bastante efímera en España y es un libro que merecía una segunda oportunidad.

 

Siss y Unn tienen once años y viven en un pueblo noruego. Unn ha llegado hace no mucho a este pueblo porque vivía con su madre en otro lugar y al fallecer ésta ha sido acogida por una tía mayor, que vivía sola en el pueblo en el que transcurre la narración. Siss es una chica líder en su clase que, desde el primer día, ha experimentado una atracción por Unn, a la que siente como alguien cercano. Sin embargo, cuando empieza la novela aún no ha surgido una posible amistad entre ellas. Siss ha invitado a Unn a unirse en el recreo a los juegos de los niños de la clase, pero ella lo ha rechazado y permanece sola pegada a una pared. Los demás respetan su silencio, su aislamiento voluntario.

La novela empieza el día en el que Unn invita al fin, en el colegio, a Siss a visitarla en su casa esa tarde. Siss acudirá allí, horas más tarde, con grandes expectativas, sintiendo que éste es el comienzo de la que puede llegar a ser una gran amistad. La novela está contada en tercera persona, pero ‒mediante la técnica del estilo indirecto libre‒ el autor acerca mucho al lector a los pensamientos de los personajes. De hecho, en algunos momentos cede la voz narrativa a sus pensamientos.

«Camino de algo apasionante, Siss pensaba en lo que sabía de Unn, y andaba erguida y terca, procurando mantener a raya el miedo a la oscuridad», leemos al principio del segundo capítulo, en la página 13. Estamos en otoño y el invierno se acerca. Aunque ya se está empezando a hacer de noche, los padres de Siss no tienen ningún problema en dejarla ir sola a la casa de Unn, ya que no consideran que el pueblo y sus alrededores boscosos entrañen ningún peligro. El lector siente el miedo de Siss hacia los bosques oscuros, camino de la casa de Unn, y al no saber hacia dónde se dirigía la narración, al principio pensé que se podía tratar de una novela de terror, o con presupuestos cercanos al terror, y El palacio de hielo me empezó a recordar al Ray Bradbury de La feria de las tinieblas, que también sitúa su acción en el otoño, se ocupa de niños que están dejando de serlo y su prosa nos habla de un mundo extraño, repleto de posibles peligros. «La oscuridad a los lados del camino. No tiene forma ni nombre, pero el que anda por aquí nota que aparece, que le persigue y le hace sentir arroyos corriéndole por la espalda.» (pág. 38)

 

El palacio de hielo tiene un giro argumental que no me gustaría desvelar, porque quizás esto pueda estropear en parte la aproximación adecuada del posible lector a esta notable novela de los países nórdicos. Diré que el tema principal de El palacio de hielo es el de la asunción del duelo por la muerte de las personas cercanas en la infancia. Es un tema delicado, que Tarjei Vesaas trata con mucha elegancia. Los personajes principales de esta novela tienen once años cuando los conocemos y, al finalizar el libro, no muchos meses después, algo va a haber cambiado profundamente en ellos, algo que les ha llevado a dejar atrás la infancia, o al menos una parte muy significativa de ella.

Vesaas da mucha importancia en su historia a la naturaleza, al paso de las estaciones, que también puede simbolizar el paso de las etapas vitales de las personas. Así, abundan las descripciones sobre la naturaleza me muestran su grandeza, su belleza y su peligro. El gran lago cercano al pueblo (había un lago con estas características cerca del pueblo natal de Tarjei Vesaas) se encuentra helado al comienzo de la novela, y en él los niños pueden patinar. Poco después el lago se cubrirá de nieve, marcando el comienzo del invierno y el fin de la temporada de patinaje. A este lago viene a dar un río desde una cascada. En otoño parte de la cascada se congela y el agua fluye por debajo. Esta cascada helada será «el palacio de hielo» al que alude el título, un lugar de enorme importancia en la trama de la novela. Un lugar de gran belleza y a la vez terrorífico, un lugar donde la naturaleza anua su capacidad de fascinación y muerte, el «eros» y el «tánatos». Un «tánatos» presente de forma explícita en la novela y un «eros» presente de forma implícita, como la idea de vida que va a florecer en las jóvenes protagonistas que están dejando de ser niñas.

 

En la reseña de La guardia (1954) de Nikos Kavadías dije que la decisión de Jan Arimany de comenzar su editorial Trotalibros con esta novela me parecía arriesgada y valiente. Lo decía porque Trotalibros es una editorial que surge de un canal de YouTube, un canal que se relaciona con otros canales que promueven la lectura de libros LGTBI, literatura de mujeres, libros asiáticos, antirracistas, etc., y, en este contexto podía chocar la crudeza, no políticamente correcta, de los marineros de La guardia. En este sentido, la elección de El palacio de hielo me parece mucho más adecuada a las expectativas del posible comprador de las narraciones que se ha propuesto rescatar Trotalibros. El palacio de hielo de Tarjei Vesaar es un clásico de las letras escandinavas, un libro muy sutil y poético sobre la infancia, la naturaleza y la belleza cruda y desolada de vivir y morir, sobre la aceptación de los ciclos de la vida. Sin duda, El palacio de hielo se merecía una nueva oportunidad en el mercado español. De nuevo, como ya hice al comentar La guardia, quiero desearle desde aquí una gran andadura a la nueva y elegante editorial Trotalibros.

martes, 20 de julio de 2021

Mi novela Esto no es Bambi en La orilla de las letras

 ESTO NO ES BAMBI, en LA ORILLA DE LAS LETRAS

Cristina Monteoliva, en su blog "La orilla de las letras", ha escrito la primera reseña extensa sobre mi última novela, "Esto no es Bambi". Muchas gracias, Cristina. Dejo aquí su comentario:




«La mayoría de universitarios sueñan con encontrar un buen puesto de trabajo acorde con su formación, si es posible, nada más acabar la carrera. Pensemos, por ejemplo, en estudiantes de empresariales. Si ese puesto de trabajo es, además, en una de las mejores empresas auditoras de España, el sueño se vuelve pura fantasía. Todos sabemos que, sin embargo, los sueños pueden fácilmente convertirse en pesadillas. Y si no, que se lo digan a los protagonistas de Esto no es Bambi, la novela de David Pérez Vega de la que hoy hablaremos.

La acción nos traslada a los comienzos del presente siglo. En esta época pocas son las grandes empresas auditoras de cuentas del mundo. Una de ellas trabaja en España: William Golding. A ella llegan cada año montones de candidatos, casi todos procedentes de las más prestigiosas universidades privadas. Los jóvenes comienzan con entusiasmo e interés los cursos de formación. Algunos incluso podrán viajar para seguir formándose a la sede de Chicago de la empresa. Una vez en su nuevo puesto de trabajo, sin embargo, todos se toparán con la cruda realidad: jornadas maratonianas de trabajo, incomprensión por parte de los jefes, prácticas del todo dudosas, competencia desleal entre compañeros…

Marta María Lindsay, Carmen, Alfonso, Nerea, Daniel y Javier son seis de los universitarios que fueron reclutados al mismo tiempo por parte de la compañía. Los seis pasaron por el curso de contabilidad en Madrid, aunque no todos fueron después a completar su formación en Chicago. Todos comenzarían con ganas el trabajo, con dispares resultados al cabo del tiempo.

En esta novela veremos cómo cada uno de nuestros protagonistas pasa por una distinta fase. Así, todo comienza con la pija Marta María Lindsay en el curso de contabilidad y acaba con el triunfador Javier, cuando muchos de sus compañeros se han quemado con el trabajo y la empresa ha sido absorbida por otra al estallar un importante escándalo financiero relacionado con la misma.

Marta María Lindsay es una pija con una forma muy peculiar de hablar; Carmen es una joven religiosa que sueña con salir con un compañero de trabajo; Alfonso es el chico ambicioso consciente de los orígenes de su familia; Nerea es la chica que estudió, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, en una universidad pública y no se sabe todavía cómo encajar en el grupo; Daniel es el escritor que definitivamente nunca debería haber empezado a trabajar en la empresa; y Javier es el hombre triunfador que acabará viendo cómo todo se desmorona a su alrededor.

¿Qué tienen en común nuestros seis personajes, además de trabajar todos en el mismo lugar? Las grandes empresas son mastodónticas máquinas de hacer dinero. No hay que olvidar que en ellas, sin embargo, trabajan personas. Las personas nunca podrán ser máquinas, como bien sabe David Pérez Vega. Las personas tienen sentimientos, son imperfectas, y así las vemos aquí: con sus maneras características de expresarse, sus anhelos, sus aspiraciones y todos esos pequeños detalles que nos hacen a todos únicos.

Si bien todos los personajes me parecen destacables por sus cualidades, a mí el que más me ha gustado de todos ellos es Daniel, el futuro escritor que tanto se parece al autor de esta obra (ya que David Pérez Vega se ha basado en su propia experiencia de juventud a la hora de escribirla). Daniel es un joven que no entiende bien qué hace en la empresa, por qué le hacen trabajar tanto y qué tiene que hacer para contentar a sus jefes. Daniel sueña con escribir novelas literarias mientras averigua que la labor de los auditores no consiste en otra cosa que en hacer que las cuentas de los clientes no tengan contradicciones internas, es decir, que no se note mucho que le están mintiendo al fisco. Daniel es inteligente a la par que inocente: el chico que despierta a la realidad para darse cuenta de que no todo es siempre más complejo de lo que las mentes idealistas creen, sino también, más cruel. Daniel, en definitiva, es el más consciente de todo lo que pasa a su alrededor de todos ellos.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: ¿de qué va en realidad obra? Esto no es Bambi es una novela satírica con seis narradores distintos (nuestros seis protagonistas) en la que, además de humanizar al sector, concretamente, a los empleados del mismo, el autor viene a destacar la impunidad con la que tanto tiempo se hicieron (mal) las cosas, los acuerdos que tomaban las empresas auditadas y las que las auditaban y, sobre todo, la esclavitud del sector. Y es que lo que desde fuera puede parecer una maravilla, un trabajo estupendo en una gran empresa, en realidad es prácticamente una condena a trabajos forzados. Los empleados del sector son reclutados jóvenes, formados en clases que duran muchas horas y animados a estar siempre los unos con los otros para estrechar los lazos con la empresa. Una vez incorporados a su puesto de trabajo, el auditor de cuentas ha de ver cómo su pelo se va día tras día por el desagüe por culpa del estrés que supone trabajar hasta dieciséis horas al día, dormir poco y alimentarse peor. ¿Que el sueldo merece la pena? Solo para los que están en los escalones más altos. Mientras tanto, los pececillos del fondo han de matarse entre sí para seguir escalando posiciones. O rendirse y marcharse a otra empresa.

Esto no es Bambi, en definitiva, es una original obra sobre el mundo de las grandes empresas. Se trata esta de una novela con la que despertar conciencias, pero también con la que divertirse. Una historia con la que plantearse el mundo en el que vivimos y tomar una decisión: ¿estamos o no de parte del capitalismo más salvaje?»


domingo, 18 de julio de 2021

La guardia, de Nikos Kavadías

 


La guardia, de Nikos Kavadías

Editorial Trotalibros. 256 páginas. 1ª edición de 1954; ésta es de 2021.

Traducción de Natividad Gálvez García

 

Después de doce años escribiendo reseñas literarias en mi blog Desde la ciudad sin cines y en webs de libros, en 2020 ‒en gran medida imbuido por el inmovilismo del confinamiento‒ empecé a hacer vídeo reseñas en YouTube, en un canal llamado David Pérez Vega ‒ Bienvenido, Bob. Para desenvolverme en este nuevo medio, me fijaba en booktubers con más experiencia que yo, y así llegué al canal de Trotalibros, conducido por el joven Jan Arimany. En enero de 2021, Jan ha creado una nueva editorial, llamada igual que su canal, que supera ahora los 17.000 suscriptores. La editorial Trotalibros que, ahora mismo, acaba de sacar su cuarto título, está especializada en rescates literarios. La guardia (1954) del griego Nikos Kavadías (Manchuria, 1910 – 1975), aparecida en enero, es el primer título de la editorial.

 

He seguido los vídeos en los que Jan hablaba de la creación de la editorial y del proceso de su puesta en marcha. Lo cierto es que todo esto me generó una gran empatía hacia su proyecto, y me apeteció comprar La guardia para apoyar su apuesta por la literatura de rescates. Kavadías es recordado en Grecia principalmente por su obra poética, que aparece en los libros escolares, y La guardia (1954) es su única novela. Kavadías nació en Manchuria porque sus padres se dedicaban al comercio de importación y exportación, y eran griegos de la isla de Cefalonia, de donde van a ser los personajes principales de su novela. Kavadías pasó ya su adolescencia en esta isla y, al morir su padre, cuando él tenía diecinueve años, se embarcó y trabajó durante toda su vida como marinero; mundo que evocan sus poemas y también su novela. En realidad, su oficio principal en alta mar fue el de radiotelegrafista. Significativamente, la isla de Ítaca está muy cerca de la de Cefalonia, y las dos son nombradas en la novela, creando una comunicación con la literatura clásica griega, principalmente con La Odisea de Homero. Al igual que les ocurrían a Ulises y sus marineros, los griegos que viajan en el barco Pytheas no ven el momento de poder regresar a su hogar. El Pytheas es un viejo carguero, sobreviviente de la Primera Guerra Mundial, que en el presente narrativo de la novela navega cerca de Singapur. La traducción de La guardia se publicó por primera vez en España a principios de los años 90, y he especulado con la idea de que cayera en las manos del escritor colombiano Álvaro Mutis y de que pudiera influirle en la creación de las siete novelas de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, donde también muestra una gran pasión por los marineros y los viejos barcos que recorren los mares, como apátridas sin hogar.

 

La novela está dividida en tres partes. La primera contiene cinco capítulos, titulados Primera guardia, Segunda guardia… y en ellos se le muestran al lector las conversaciones que tienen lugar entre diversos marineros, en ese tiempo muerto de la noche en el que les toca vigilar el barco, estando de guardia.

La novela empieza con el joven de diecisiete años Diamandís, que va a pedir consejo al oficial Yerásimos sobre un grano que le ha aparecido en sus genitales. Yerásimos lleva a Diamandías ante el radiotelegrafista Nick (que parece un trasunto del propio autor). Oficial y radiotelegrafista, que sobrepasan los cuarenta años, tratan de tranquilizar al chico ante la enfermedad venérea que ha adquirido por acostarse con una prostituta en Argel. Los dos cuarentones despotrican, en principio, contra el joven, para acabar recordando que, en realidad, ellos hicieron las mismas cosas, en sus comienzos como marineros, unas décadas atrás. El oficial y el radiotelegrafista se dan cuenta de que habían coincidido en otros barcos, dieciocho años antes, y la enfermedad del joven propiciará su reencuentro y desencadenará sus recuerdos.

 

En la segunda parte, el radiotelegrafista, empezará a beber después de tres años de sobriedad; y el presente narrativo, el pasado y los sueños se alternarán, dando paso a unas páginas en apariencia desordenadas y alucinatorias. En la tercera parte seguiremos algunas de las andanzas de los marineros en tierra, un lugar que no parece ya adecuado para su alma nómada, su alma maldita.

 

La novela (sobre todo en su primera parte) está construida en gran medida con diálogos. Los marineros, en las largas noches de guardias, hablan de sus hogares, de sus noches de borrachera en tierra, de sus trapicheos con las cargas y las aduanas, y de mujeres. Alguno piensa que no es buena idea para un marinero casarse y tener un hogar (el propio Kavadías nunca lo tuvo), porque las largas temporadas en el mar hacen que sus mujeres les sean infieles y acabarán desconociendo a sus hijos. Cuando los marineros hablan de mujeres, principalmente hablan de prostitutas. El libro es áspero en este sentido, los personajes son profundamente machistas y éste es el mundo que Kavadías quiere mostrarle al lector. También nos hablará, por ejemplo, de la compra de una chica de trece años, con fines sexuales, que se acabará vendiendo en otra ciudad.

Si algún lector busca en la literatura reconfortarse de los avatares de la vida corriente y desea empatizar con unos personajes que le refuercen sus ideas, desde luego La guardia no va a ser su libro. A mí, que considero que una de las funciones de la literatura ha de ser la de revolver al lector, la de hacerle enfrentarse al límite de sus convicciones y creencias, esta sórdida realidad mostrada me ha interesado. El estilo de Kavadías es sobrio, pero repleto de toques poéticos. Sobre todo en la primera parte, las anotaciones entre un diálogo y otro son, en muchos casos, frases escuetas que parecen anotaciones teatrales.  Jan, el editor, compara en una vídeo reseña, que se puede ver en su canal, el estilo de Kavadías con el de sus admirados William Faulkner, Joseph Conrad o Juan Rulfo. Quizás sea una exageración, pero este joven editor consigue transmitir un entusiasmo verdadero.

Si bien el estilo literario de Kavadías y el mundo marino que retrata han llamado mi atención, creo que, además del problema comentado sobre la idea del «libro reconfortante» que puede asustar a más de un lector bisoño, otro factor que impide a La guardia la posibilidad de poder ser un bestseller es la falta de continuidad narrativa. Los marineros recuerdan anécdotas, que la lógica nos dice que, en muchos casos, deben ser reales y tomadas de la memoria del autor, y el lector lee pequeñas narraciones, recuerdos de borracheras y prostíbulos, en diversos puertos del mundo, sin que exista una clara construcción novelística. Y quizás la formación poética del autor se ve más clara en este defecto de la forma, que en la virtud que le lleva a usar un registro bello ‒aunque áspero‒ del lenguaje. En algunas páginas, me he encontrado sin saber qué marinero era el que estaba contando una anécdota, y esto dificultaba mi deseo de seguir leyendo.

 

En cualquier caso, me parece que la decisión de Jan Animary de comenzar la andadura de su editorial con este título es arriesgada y valiente. Arriesgada porque al público al que, en principio, se dirige procede de su canal literario Trotalibros. Y las personas que buscan información literaria a través de YouTube, en vez de a través de suplementos o webs culturales escritas, es más joven que la segunda, y tengo la impresión de que más tendentes a la búsqueda de una literatura de valores positivos, que La guardia no promueve. Es decir, he visto que en algunos canales literarios, conectados con el de Trotalibros, no acaban de apreciar libros como Crimen y Castigo de Fiódor Dostoievski o Lolita de Vladimir Nabokov, porque no pueden aceptar que sus personajes sean un asesino y un pederasta. Y a este público le enrostra Jan una novela sobre marineros que comprar y venden a chicas de trece años con fines sexuales.

 Me parece valiente la decisión de Jan porque La guardia no es un libro de fácil lectura, es un libro que requiere de un lector exigente. Y todo esto me hace pensar que la apuesta literaria de Jan es realmente seria.

En algunos vídeos, he visto cómo Jan da importancia a la presencia física del libro, y en este sentido la edición de La guardia es de un diseño y de una prestancia destacables.

La traducción que Natividad Gálvez García realizó de este libro a principios de la década de 1990 ha sido profundamente revisada ahora por ella misma. La calidad del resultado está muy cuidada, y es de agradecer la personal nota final del editor.

 

Me interesa este cambio de paradigma que propone una editorial surgida del mundo de Booktube y, desde aquí, le quiero desear a Jan Arimany toda la fortuna posible. ¿Un canal de YouTube, en el que el público puede seguir las decisiones que toma el editor, puede generar más empatía y deseos de compra de un libro en un lector que las vías tradicionales, la presencia en librerías del libro o las reseñas en suplementos culturales? Observo todo esto con gran curiosidad, tanto como lector como profesor de Gestión de empresas.

Ya estoy leyendo el segundo título de la editorial, El palacio de hielo, de Tarjei Vesaas, un clásico noruego de 1963.

 

 

jueves, 15 de julio de 2021

Hablo de mi última novela, Esto no es Bambi, en mi canal de YouTube

 ESTO NO ES BAMBI EN BIENVENIDO, BOB


Hoy en mi canal de YouTube he colgado un vídeo en el que hablo de "Esto no es Bambi", mi última novela, publicada por la editorial sevillana Maclein y Parker. Una sátira, con seis voces narrativas, sobre el mundo de las empresas norteamericanas de auditoría y consultoría, las llamadas "Big five", que contrataban a chavales de 23-26 años, y les decían que habían entrado en la mejor empresa del mundo, para luego pagarles 1.014 €/mes y hacerles trabajar jornadas de más de 90 horas/semanas, cenando pizza a las 11 de la noche con una mano, mientras que con la otra tecleaban en su ordenador.

Esta gente necesitaba ya que alguna de sus víctimas se riera un poquito de ellos. Los mismos que avalaron la salida a bolsa de Caja Madrid diciendo que todo estaba ok, ya sabes, esta gente.

Si te apetece verlo PINCHA AQUÍ.




domingo, 11 de julio de 2021

Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel

 

Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel

Editorial Las afueras. 203 páginas. 1ª edición de 2001; ésta es de 2021 

Tengo miedo torero la única novela que escribió Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1952 – 2015) la publicó, por primera vez, la editorial Anagrama en 2001. Yo la leí sobre 2006, tomándola en préstamo de la biblioteca pública de Móstoles. Hace poco vi que la nueva editorial barcelonesa Las afueras anunciaba su reedición y me apeteció volver a leerla. Tenía un gran recuerdo de este libro. Además se me ocurrió la idea de leer seguidos Tengo miedo torero y Adiós mariquita linda (un libro de crónicas de Lemebel que tenía en casa sin leer) y comentarlos en un vídeo de mi canal de Youtube Bienvenido, Bob a finales de junio, con motivo de la semana del Orgullo Gay.

 

Tengo miedo torero sitúa su acción en el Santiago de Chile de 1986 y, por tanto, en plena dictadura militar de Augusto Pinochet. El personaje principal de la novela es la Loca del Frente que, recientemente, se ha mudado a un altillo de una casa de tres pisos desde la que se puede ver la ciudad, «un Santiago que venía despertando al caceroleo y los relámpagos del apagón». En la cuarta página se le informará al lector que la Loca ha conocido a un joven, llamado Carlos, en un almacén, y éste le ha pedido el favor de que le guarde unas pesadas cajas sin contarle qué contienen.

La Loca del Frente usa dientes postizos y Carlos es un estudiante que no llega a los veinte años. Carlos le pedirá a la Loca permiso para poder reunirse en su casa con sus compañeros para estudiar, a lo que la Loca accederá, aún sospechando que todos esos jovencitos, muy bien educados, que empiezan a frecuentar su casa no se dedican, realmente, a estudiar. La Loca, enamorada de Carlos, se hace la tonta y pregunta poco, y si lo hace recibe de Carlos un escueto «después te explico», que nunca se concreta en nada.

 

El lector comprenderá pronto que Carlos y sus amigos son un grupo político que está usando la casa de la Loca del Frente para sus actividades clandestinas. Algo que la Loca, aunque juegue a hacerse la ingenua, también sabe, pero no pone objeción, más por seguir teniendo a Carlos cerca que por convicciones políticas. «Carlos no podía mentirle, no podía haberla engañado con esos ojos tan dulces. Y si lo había hecho, mejor no saber, mejor hacerse la lesa, la más tonta de las locas, la más bruta, que solo sabía bordar y cantar canciones viejas.» (pág. 23)

 

La novela está escrita, principalmente, en tercera persona, acercándose mucho a los pensamientos de la Loca del Frente. Aunque también Lemebel recrea la voz narrativa en primera persona de Pinochet y de su mujer, con intenciones cómicas, dibujando ahí al dictador como un homófobo ridículo, y a su mujer como a una frívola influida por Gonzalo, un ayudante homosexual.

 

La vida de la Loca del Frente ha sido dura y trágica. Su madre murió cuando era niño y su padre empezó a pegarle para que se hiciera hombre, aunque también a violarle. A los dieciocho años deja su casa, cuando su padre le quiere inscribir para que haga el servicio militar. Después de un tiempo de vagabundeo va a conocer a Rana, un homosexual viejo que le acogerá en su casa, donde pasará a vivir con otros homosexuales, y le enseñará un oficio: a coser y borda, principalmente para casas burguesas.

 

La Loca del Frente es un personaje que posee una amplia cultura popular, a la que le encantan los boleros antiguos. De hecho, el título de la novela, Tengo miedo torero, es el verso de una canción. En este sentido, este personaje parece un homenaje de Lemebel al escritor argentino Manuel Puig, y sobre todo a su obra El beso de la mujer araña, donde hay una pareja protagonista parecida, entre un homosexual apolítico, que evoca las grandes películas del cine, y un joven politizado. Otra posible influencia sobre la construcción de La Loca del Frente es la Manuela, el persona de El lugar sin límites, la novela más perfecta de José Donoso. El tono de la obra de Donoso es más oscuro que el humorístico de Lemebel, pero hay algunos elementos en común entre los dos personajes: con los dos, a veces, los hombres de ponen violentos, al no poder encajar el hecho de sentirse atraídos por ellos.

 

El lector nunca va a saber los verdaderos nombres de la Loca del Frente y Carlos; el primero es un nombre de guerra de travesti y el segundo es un sobrenombre político. De hecho el narrador se referirá a «la Loca», además de con este nombre, con otros que en principio podrían ser tomados por insultos, como «maricona», «vieja ridícula», con «voz coliflora». De este modo, Lemebel va empoderando a su personaje, que lejos de avergonzarse de su condición se siente orgullosa de ella. El narrador se refiere al personaje de la Loca indistintamente en masculino o en femenino.

En la novela se plantea un proceso de transformación que va a afectar a sus dos protagonistas principales: a la Loca, en principio apolítica e ignorante, una persona que casi no sabe escribir, se le irá despertando su conciencia política, y se dará cuenta de que Chile debe librarse de su dictador. Y Carlos, en principio un apuesto y politizado joven, se irá involucrando con la Loca, de la que al principio el lector tiene la sensación de que solo se está aprovechando, y se dejará querer. Es muy escena muy bella, la Loca baila para Carlos y éste siente lo siguiente: «Nunca una mujer le había provocado tanto cataclismo a su cabeza. Ninguna había logrado desconcentrarlo tanto, con tanta locura y liviandad. No recordaba polola alguna, de las muchas que rondaron su corazón, capaz de hacer ese teatro por él, allí, a todo campo, y sin más espectadores que las montañas engrandecidas por la sombra venidera.» (pág. 35)

 

Lemebel levanta su ficción sobre un hecho real que tuvo lugar en Chile: el 7 se septiembre de 1986, el dictador Augusto Pinochet sufrió un atentado en el Cajón de Maipo, del que salió ileso, aunque murieron cinco personas de su séquito. Un atentando llevado a cabo por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, al que van a pertenecer Carlos, sus compañeros e, involuntariamente, la Loca del Frente (cobrando así su seudónimo callejero un doble significado).

 

El lenguaje que usa Pedro Lemebel para esta novela es muy rico, irónico y juguetón, no tiene ningún inconveniente en convertir nombres en verbos o en adjetivos, creando así un magma lingüístico muy atractivo para describir «la noche espesa de la dictadura» desde una perspectiva insólita. En la contraportada del libro se recogen unas palabras del escritor chileno Alejandro Zambra: «Pienso en quienes salieron del clóset gracias a Lemebel, pero no me refiero solamente –lo que ya sería bastante‒ a los que después de leerlo se atrevieron a enfrentar su identidad sexual, sino también a quienes, homosexuales o no, gracias a él descubrieron o redescubrieron el brillo y el poderío de las palabras, la necesidad de una escritura, su urgencia.»

 

He disfrutado mucho de esta relectura de Tengo miedo torero, una novela que me parece una de las joyitas de la literatura latinoamericana del siglo XXI.

domingo, 4 de julio de 2021

Salvatierra, por Pedro Mairal

 

Editorial Libros del Asteroide. 169 páginas. 1ª edición de 2008; ésta es de 2021.

 

Leí por primera vez Salvatierra de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) en 2011, en la edición de El Aleph, la ya desaparecida y mítica editorial de Mario Muchnick. Es una novela corta de la que guardaba un buen recuerdo. Ya he escrito más de una vez que Pedro Mairal es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos de la actualidad. Sin que yo se la pidiera, me enviaron Salvatierra desde Libros del Asteroide, la editorial que la reedita ahora. Ya me habían enviado, en los últimos años, sus libros La uruguaya, Una noche con Sabrina Love y Maniobras de evasión. En realidad releer Salvatierra no entraba en mis planes lectores más inmediatos, pero una vez que tuve el inesperado libro en las manos, tan bellamente editado, me apeteció volver a leerlo después de una década. Lo acabé en un solo día afortunado. No recordaba la novela en detalle, y me ha vuelto a encantar.

 

 

Salvatierra, hijo de un emigrante español, instalado en el campo argentino ‒en Barrancales, un pueblo separado de la frontera de Uruguay por un río‒, se cae a los nueve años de un caballo. Si para Funes el Memorioso, el personaje de uno de los cuentos más famosos de Jorge Luis Borges, un trance similar supuso adquirir la cualidad de recordarlo todo, para Salvatierra supondrá la mudez y la iniciación en el arte pictórico. Un arte pictórico peculiar: a lo largo de 60 años concentrará sus energías en pintar una secuencia continua sobre una tela, dividida en rollos, y que al final supondrán más de cuatro kilómetros de cuadro. Una especie de autobiografía en la que la propia figura del artista está ausente.

 

La novela está narrada por Miguel, el hijo menor de Salvatierra, quien junto a su hermano, Luis, dejaron el pueblo para instalarse en Buenos Aires. Una emigración que, en más de una ocasión, Miguel siente como una traición a su padre. Después de la muerte de sus padres, Miguel primero, y después Luis, se interesarán por la suerte del legado de Salvatierra, esa obra río, que descansa en un galpón de Barrancales. Los hermanos iniciarán una poco fructuosa lucha con la burocracia argentina, hasta que consigan interesar a una institución holandesa, que va a mandar a dos expertos que escanearán todo el cuadro. Para atenderlos, Miguel regresa al pueblo. Allí se percatará de que falta un rollo de la pintura paterna, el correspondiente al año 1961. Y la novela se abre al misterio y al género de detectives: Miguel necesita encontrar ese rollo ausente para completar su figura del padre, que a veces siente que le ha anulado, ya que él hubiera hecho, nos dice, todo, a la manera de Salvatierra, o nada, y la inmensidad de la obra del padre desbarató sus energías.

 

El libro admite muchas lecturas simbólicas: el hijo busca al padre, o se busca a sí mismo a través de la figura anuladora del padre; el campo se ha despoblado y la vida se ha trasladado a la ciudad, y la novela puede ser una metáfora de una Argentina que ha perdido sus señas de identidad; aquí está nuestro intento de apresar la vida –de recordarlo todo, como Funes- y la inutilidad final de todos nuestros esfuerzos; la continuidad, sus ciclos humanos; y puede ser leía, incluso, como un desquite del propio Mairal contra la fuerza anuladora del padre de la literatura argentina, Borges.

 

En esta relectura me he dado cuenta de que hay un tema en común entre Salvatierra y La uruguaya: para Pedro Mairal, el misterio, el contrabando, la trasgresión, la infidelidad conyugal, se encuentran en la otra orilla, en el país vecino. Se lo escuché al autor en una entrevista: le gusta pasar desde Argentina a Uruguay porque allí es todo muy similar a como es en casa, pero ligeramente distinto. Y en esta pequeña extrañeza se sustenta alguna de las claves de estas dos potentes novelas cortas.

Además del misterio que genera la pérdida del rollo del año 1961, existe otro elemento de tensión en la trama: el dueño del supermercado cercano al galpón, donde se guarda la obra de Salvatierra, está presionando a Miguel y a Luis para que les venda el terreno, ya que lo necesita para ampliar su negocio.

 

Ya he comentado, a raíz de mis lecturas, de La uruguaya, Una noche con Sabrina Love y los cuentos de Breves amores eternos, que uno de los temas de Mairal es el de la masculinidad débil, la idea de retratar a hombres inseguros de mediana edad, que están dispuestos a tirar su vida por la borda por conseguir un poco de sexo con una desconocida más joven que ellos. Esta idea también está presente, de un modo más oculto que en las obras comentadas, en Salvatierra, puesto que Miguel es un divorciado, entrado en la cuarentena, que echa de menos a su mujer y a su hijo, y siente deseos sexuales por una de las expertas en arte que ha venido desde Holanda para escanear la obra de Salvatierra y por una chica que verá en una villa. Ambas mujeres jóvenes y lejanas para él, estandartes de un deseo que, de forma sutil, se muestra como una fuente de frustración.

 

Salvatierra se lee muy rápido, uno no desea desprender la vista de sus páginas, siempre abiertas al misterio, a la poesía. Todas las escenas están dibujadas con una gran viveza y todos los personajes o las situaciones se hacen esenciales, hasta llevar a un final que, pese a que ya estaba insinuado desde las primeras páginas, no deja de ser emocionante.

 

Si al final el lector descubre que el último rollo de la obra de Salvatierra encaja con el primero, en una suerte de obra circular, también podrá comparar, que el último capítulo de la obra de su hijo (el libro que tiene entre manos) también encaja con el primero, creando así un gran equilibro narrativo.

 

Como me ocurrió tras la primera lectura, hace una década, me ha apenado que la novela fuese corta. Me parece, sin embargo, una novela corta perfecta, una pequeña obra de orfebrería, donde todas sus partes encajan con gran precisión.

Salvatierra me ha vuelto a saber a clásico; tiene la fuerza de esas cortas y perfectas novelas hispanoamericanas, como El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez o El lugar sin límites de José Donoso.

Voy a releer La uruguaya.

 

lunes, 28 de junio de 2021

Comienzo de mi novela Esto no es Bambi

 COMIENZO DE MI NOVELA "ESTO NO ES BAMBI"

 

En la web de la editorial Maclein y Parker se pueden leer las primeras páginas de mi última novela, "Esto no es Bambi". Una novela sobre el exagerado mundo de las auditoras, de las llamadas "big five", donde los jóvenes empleados podían llegar a hacer jornadas laborales de 90/horas a la semana sin quejarse, sino más bien orgullosos por no ser unos "flojos". La novela está construida con seis voces narrativas, tres masculinas y tres femeninas. La primera es la de Marta Lindsay, una chica muy pijita, que usa un vocabulario muy particular (también os digo que al final le acabas tomando cariño). Éste es el enlace: PINCHA AQUÍ

  




domingo, 27 de junio de 2021

La mala hora, por Gabriel García Márquez



La mala hora,
de Gabriel García Márquez

Editorial Debolsillo. 207 páginas. 1ª edición de 1962; ésta es de 2013.

 

Creía que había leído toda la obra narrativa de ficción –sus novelas y cuentos– de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 ­– Ciudad de México, 2014), cuando en la biblioteca de Móstoles me di cuenta de que me faltaba una novela: La mala hora. Quizás debería haberla sacado en préstamo en ese momento, pero no lo hice y, unas semanas después, comentándolo con un amigo escritor me dijo que La mala hora no era una de las novelas buenas de García Márquez y, aunque seguía queriendo leerla por mi afán completista, acabé olvidando un poco esta lectura. Sin embargo, en el verano de 2020, mirando libros en el FNAC de Callao, me encontré con una edición del libro en bolsillo y me apeteció comprarlo y leerlo.

 

La mala hora se publicó en 1962, justo entre mis novelas favoritas de García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba (1961) y Cien años de soledad (1967). En La mala hora, García Márquez nos acerca a un pueblo a las orillas de un río, que parece guardar más de una similitud con el pueblo de El coronel no tiene quien le escriba, aunque en ningún momento he sabido si se trataba del mismo. El pueblo de La mala hora, en cualquier caso, está cerca de Macondo, pueblo al que se nombra al final del segundo capítulo, en la página 49. Nunca aparece el nombre de Colombia, pero se sobreentiende que García Márquez habla de su país, y posiblemente de su zona caribeña, de la que él procede, una zona de excesivo calor, humedad y lluvias torrenciales.

 

La novela está escrita en tercera persona y cuenta con un número suficiente de protagonistas como para que podamos hablar de una novela coral. En la primera página conocemos al padre Ángel, quien se levanta de madrugada, para hacer sonar las campanas de la iglesia a las 5 de la mañana y anunciar así el comienzo de un nuevo día en el pueblo. Esta mañana es la del 4 de octubre, y en la última página, cuando el padre Ángel se vuelva a levantar será el 21 de octubre. En estos diecisiete días, en los que transcurre la novela, serán muchos los acontecimientos que se narren, empezando por un asesinato y acabando con otro.

En el pueblo están apareciendo pasquines en las puertas de las casas, colocados de noche. En ellos se cuentas chismes antiguos, cotilleos sobre hijos ilegítimos o sobre infidelidades. De hecho, será uno de estos pasquines el que provoque la primera muerte. César Montero lee en la puerta de su casa, al salir de madrugada, que uno de sus vecinos se acuesta con su mujer. Ofuscado se presenta en su casa y le descarga la escopeta en el pecho.

Al leer las primeras decenas de páginas de La mala hora me estaba acordando de la novela Juntacadáveres de Juan Carlos Onetti, que habla de un pueblo en el que se abre un prostíbulo y empiezan también a aparecer anónimos –en lugar de pasquines en las puertas de las casas– descubriendo quiénes lo han frecuentado. ¿Qué novela se publicó primero? La mala hora es de 1962 y Juntacadáveres de 1964; así que la idea original de escribir sobre pasquines que se dejan en las casas de un pueblo sería de García Márquez, pero no podemos hablar en ningún caso de plagio, puesto que Onetti tiene un estilo narrativo muy particular y diferente al de García Márquez.

 

Los pasquines están empezando a romper la tensa calma a la que se había llegado en el pueblo, después de haber sufrido el país una guerra civil. Si bien, a algunos personajes los conoceremos por su nombre, a otros García Márquez nos los muestra representados por su profesión, como al alcalde. En principio, el alcalde parece un personaje positivo, alguien que se preocupa por sus vecinos, aunque en diversas situaciones vemos cómo éstos le rechazan. «Ustedes matan sin anestesia.», le dirá el dentista al alcalde en la página 69. El alcalde pregunta a una mujer que hasta cuándo le van a tener rencor y ésta le contesta: «Hasta que nos resuciten los muertos que nos mataron.» (pág. 79). El alcalde, lógicamente, forma parte de los vencedores en la última guerra civil, y además parece que está empezando a hacer buen dinero manejando diversos negocios públicos y privados desde su puesto de privilegio.

El juez Arcadio es otro de los personajes destacados del libro, un hombre preocupado porque a su antecedente en el puesto, once meses antes, le asesinaron tres policías en su despacho, debido a que durante una borrachera afirmó que quería garantizar unas elecciones libres.

 

Aunque el tema de los pasquines podría parecer una nimiedad, ya hay un muerto en el pueblo y las señoras de las familias más importantes se juntan con el padre Ángel, porque quieren que éste intervenga desde el púlpito para que desaparezca la situación. Además el padre Ángel le mostrará su preocupación al alcalde y éste tomará la decisión de establecer un toque de queda y organizar rondas nocturnas, algo que peligrosamente puede hacer recordar a los vecinos épocas violentas y no tan lejanas.

 

Ya he comentado que en La mala hora se nombra a Macondo. Me ha gustado descubrir también que aparece aquí el coronel Aureliano Buendía, quien durmió una noche en el hotel del pueblo. Aún le quedaban al coronel cinco años para ser uno de los protagonistas de Cien años de soledad, y es curioso observar cómo el mundo ficcional de García Márquez se iba ya construyendo. Aparece un circo, pero no creo que sea el mismo de los gitanos que aparecían en Macondo. Además La mala hora todavía no es de forma explícita una novela del «realismo mágico», puesto que no aparecen escenas abiertamente fantásticas en la realidad contada. Sin embargo, una de sus protagonistas se encuentra por las noches en el pasillo de su casa con el fantasma de la Mamá Grande, que es la protagonista de uno de los cuentos más famosos de García Márquez. En otra escena se nos cuenta que el telegrafista del pueblo envía poemas telegrafiados a otra telegrafista que no conoce; y estas imágenes empiezan ya a rozar ese realismo mágico que desbaratará la realidad en su siguiente novela.

 

La prosa de La mala hora, siguiendo la línea de El coronel no tiene quien le escriba, es más contenida que la de novelas como Cien años de soledad. En gran medida la belleza de la prosa de García Márquez –y en La mala hora podemos encontrar muchos ejemplos– se sostiene sobre su capacidad para incorporar los detalles naturales en las escenas que describe a sus personajes: por ejemplo, en más de una ocasión canta a lo lejos un alcaraván, o se describen los colores de los loros que atraviesan el cielo, o el olor de «los nardos bajo la lluvia», en la primera página, que sería un recurso similar al del olor de las «almendras amargas» en Crónica de una muerte anunciada. Los olores son muy importantes en el mundo ficcional de García Márquez. Me ha gustado este detalle: en la crecida del río, las aguas arrastran una vaca muerte; páginas más tarde, cuando el lector ya no piensa en esa imagen, se filtrará por las ventanas de las casas el olor a podredumbre de esa vaca muerta, cuyo cuerpo encalló en alguna orilla del río.

La mala hora está muy emparentada con el libro de cuentos Los funerales de la Mamá Grande. De hecho, ambos libros se publicaron el mismo año –1962– y el estilo de composición, seco y con fuerza en los diálogos, es el propio de Ernest Hemingway (más en los cuentos que en la novela). Los cuentos parecen ambientados en el mismo pueblo, y uno de sus centro de reunión es «el salón de billar», que aparece en ambos libros. Además, uno de los cuentos –el titulado Un día de estos– relata una anécdota, en la que el alcalde del pueblo ha de ir al dentista, que también aparece en la novela. La tensión política que subyace a ambas obras es también la misma. Otro cuento se llama La viuda de Montiel, que es un personaje de La mala hora. En este cuento aparece también Carmichael, otro de los personajes de La mala hora.

 

García Márquez pasa de una escena a otra, de un personaje a otro, marcando que lo narrado tiene lugar de forma simultánea o sucesiva, con expresiones como «mientras X bajaba las escaleras, Y hacía tal». De este modo, también se incide en la idea de que todo ocurre en un espacio muy limitado, donde todos se conocen y se observan entre sí, a pesar de que no pueden descubrir quién o quiénes están poniendo los pasquines en las puertas de las casas. «Es todo el pueblo y no es nadie.», sentenciará sobre el particular la adivina del circo ambulante. Quizás éste sea un sutil nuevo elemento de realismo mágico.

 

La tensión va aumentando en la novela, pero diría que de un modo menos perfecto que en El coronel no tiene quien le escriba. En la construcción coral ya se adivina la estructura de Cien años de soledad. La mala hora es una buena novela, que no está a la altura de mis favoritas de García Márquez, que parece una obra de transición entre la precisión a lo Hemingway de sus primeras novelas y el desbordamiento posterior de Cien años de soledad o El otoño del patriarca. Me ha gustado leerla, me ha gustado completar el universo ficcional de Gabriel García Márquez, que ha sido siempre uno de mis escritores de cabecera.

 

 

 

martes, 22 de junio de 2021

Mi novela Esto no es Bambi sale hoy a la venta

SE LLAMA OBSTINACIÓN

 

Me dicen mis sevillanos editores de Maclein y Parker que ya les han llegado de la imprenta ejemplares físicos de mi novela «Esto no es Bambi» y me mandan unas fotos.




 

Empecé a escribir «Esto no es Bambi» en 2001, con un cuaderno y un bolígrafo, en la planta 18 del edificio Windsor, aquel que luego ardería en 2005. La empecé a escribir con traje y corbata, en horas de trabajo, durante un periodo en el que estuve sin asignación en la auditora Arthur Andersen. En Nuevos Ministerios, en pleno centro financiero de Madrid, disfrazado de joven triunfador, yo soñaba ya ‒a mis 26 años‒ con derribar los delirios del capitalismo (jornadas de más de 90 horas a la semana) con un cuaderno y un bolígrafo. Quería dejar testimonio de la locura colectiva de la que era testigo, de lo que estaba viendo en aquella secta laboral destructora de mentes y cuerpos, donde aguantar 50 horas seguidas sin dormir era narrado por las víctimas con orgullo de héroes griegos. Ellos no eran unos «flojos», eran gente que aguantaba los envites de la vida.

 

Tras dos años de trabajo, conseguí una primera versión de unas 600 páginas, que parecía más un diario que una novela. La mandé a editoriales, la corregí varias veces. No funcionaba. Aprendí una valiosa lección: yo era un tipo que podía estar dos años seguidos escribiendo una novela de 600 páginas, aunque no la fuera a publicar nadie, ni la fuera a leer nadie, y podía seguir en ello sin desfallecer.

Años más tarde, trabajé en una segunda versión más corta. Debía ir al grano de lo que quería contar, debía seleccionar la información. La mandé a editoriales. Seguía sin funcionar.

 

Años más tarde, volví a releer mi libro. Le perdía el tono confesional y autojustificativo. Si quería captar la atención de un posible editor o lector, debía explorar nuevos caminos: debía usar el humor y crear voces narrativas que se alejaran de la mía. De este modo, imaginé que el primer curso de formación de la empresa sería más divertido si, en vez de ser contado por una primera persona muy cercana a mía, lo contaba Marta Lindsay, una niña pija de Pozuelo, que no podía soportar que la grúa se lleve a su «golfito», por dejarlo mal aparcado, y tener que usar un día esos «medios de transporte extraños», como llamaba al metro y el autobús. Marta Lindsay, si tenía que ir de pie en el metro y el autobús, no podía agarrar las «barritas esas verticales que salen del techo», a no ser que lo hiciera con una «toallita de lavender». Yo conocí a Marta Lindsay en ese curso de formación, solo que tenía otro nombre. Hablaba así. Yo he visto cosas que no creeríais. No cuentes tú tus penas, me dije, deja hablar a Marta Lindsay. Por supuesto, la desconoces, pero invéntala a partir de los datos que has recabado de la realidad. Y así, hasta crear seis voces narrativas, tres masculinas y tres femeninas; donde solo una se puede parecer a la mía.

 

Normalmente la gente que escribe suele haber estudiado carreras de letras, Filología hispánica, Periodismo, Historia, etc., y no han estado donde yo he estado, en el corazón financiero de Madrid, ni han visto lo que yo he visto, a los jóvenes cachorros de triunfadores del dinero. La gente que ha estado en este corazón financiero y permanece allí o en sus aledaños lo más posible es que no tengan tiempo para leer, y menos para escribir. Soy yo el que ha estado allí y puedo contar cómo era aquello, un mundo que rara vez refleja con verosimilitud la literatura o el cine, al menos en España.

No sé si “Esto no es Bambi” es mi mejor novela, pero desde luego es la que más me ha costado escribir, la historia que más ha perdurado en mi mente y que quería transmitir a otros. Hoy sale a la venta. Hoy, como en un cuento de Borges, pienso en aquel chico abrumado de 26 años que era yo en enero de 2001, en la planta 18 del Windsor, aquel chico que había leído demasiado para desear ser simplemente un vulgar triunfador de traje y corbata, y le digo: aquí lo tienes, chaval, como diría Herman Hesse, hay una virtud, sola una, a la que aprecio mucho, se llama obstinación. Todas las demás virtudes obedecen a leyes creadas por los hombres, pero el que se obstina obedece a una ley interior absolutamente sagrada, a la ley que lleva en sí mismo.