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miércoles, 15 de julio de 2026

El ojo castaño de nuestro amor, por Mircea Cartarescu


El ojo castaño de nuestro amor,
de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 204 páginas. Primera edición de 2015, esta es de 2022

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

Ya comenté, en la reseña anterior, que en el verano de 2025 leí Cegador (1996-2007) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), y que le solicité a la editorial Impedimenta, para poder leerlos y reseñarlos, Las Bellas Extranjeras (2010) y El ojo castaño de nuestro amor (2015). Ya escribí que Las Bellas Extranjeras estaba formado por tres novelas cortas, y El ojo castaño de nuestro amor es un libro de relatos. Este último libro está formado por veinte relatos, o textos, porque algunos de estos escritos están más cerca de la nota personal que del relato. En esencia se trata de un libro de relatos autobiográficos, y lo contado en ellos, en gran medida, complementa lo que el lector de obras como Nostalgia (1993), Solenoide (2015) o Cegador (1996-2007) ya conoce de la vida del autor.

 

En Ada-Kaleh, Ada-Kaleh el relato comienza con el narrador hablándonos del propio acto físico de escribir, una escena que es habitual en los libros del autor. También aparecerá aquí el piso de la calle Stefan cel Mare, que el lector de Cartarescu ya conoce de otras obras, porque es la calle en la se crio el autor. En la página 10 leemos: «Mi padre, con su media de señora en la cabeza para mantener el pelo sujeto hacia atrás, podía aparecer en cualquier momento para comprobar si yo dormía». Este detalle de la media de mujer en la cabeza del padre era recurrente en Cegador. Así que en El ojo castaño de nuestro amor el lector de Cartarescu vuelve al Bucarest particular de Cartarescu, a su mundo obsesivo y recurrente. En este cuento, a partir de una anécdota sobre una pintora que hace unas obras para su casa, Cartarescu nos va a hablar de una isla del Danubio, en la que había una ciudad habitada por turcos, que quedó sumergida por una obra de ingeniería que ordenó el dictador Ceaușescu. El relato acabará siendo una crítica de la dictadura y una reivindicación nostálgica de un pasado cosmopolita de Rumanía. Es un bello comienzo para el libro.

 

En el segundo relato, Mi Bucarest, Cartarescu seguirá homenajeando a su tierra. «Una mezcla de amor-odio me une a la ciudad en la que he vivido siempre como a un objeto cualquiera cuya falta de realidad reconozco pero que, sin embargo, existe en lo más profundo de mi cerebro», así empieza la narración en la página 29. Como ya sabía, en la página 31 el autor me confirma que no ha escrito un solo diálogo en toda su obra. En este texto, Cartarescu no va a hablar de sus recuerdos y de la relación que ha llegado a establecer con su ciudad, desde el rechazo inicial hasta la aceptación. «¿Durrell tenía Alejandría? ¿Cortázar, Buenos Aires? ¿Joyce, Dublín? ¡Pues también yo tenía Bucarest! Una ciudad plástica, proteiforme, que mi imaginación modelaba a su gusto» (pág. 39)

 

Pontus Axeinos es un homenaje al poeta Ovidio, que fue expulsado de Roma (sin conocerse el motivo) a Tomis, que se transformó en la ciudad rumana de Constanza. En Constanza todo evoca a Ovidio, pero nadie parece saber quién es. Como ya hizo en Las Bellas Extranjeras, Cartarescu, nos habla aquí con pena e ironía sobre la irrelevancia social de la literatura.

 

Estos tres primeros relatos son los más extensos del conjunto y quizás los mejores. El lector vuelve en ellos al mundo de Cartarescu, pero sin la parte fantástica de libros como Solenoide o Cegador, pero, a diferencia de lo que ocurría en Las Bellas Extranjeras, donde el lenguaje era más irónico y conciso, aquí se vuelve al tono más confesional y melancólico y a la frase más extensa y poética.

 

En Los años robados, Cartarescu vuelve a hacer una crítica del régimen de Ceaușescu, y recuerda un detalle de la miseria de los años noventa, sobre el que ya había leído en Las Bellas Extranjeras: el día en el que tuvo que acudir a un mercadillo de productos de segunda mano, en el que le tocó vender su pala de ping-pong. Nos hablará aquí de la miseria y la inflación de los años noventa. Sin embargo, este relato tiene un final esperanzador, ya que Cartarescu nos contará que, ya pasados los cincuenta años, se ha podido comprar una casita, al norte de Bucarest, en la que parece feliz.

 

Mi primer vaquero, el siguiente relato, nos hablará de otra anécdota que tiene que ver con la miseria y el ambiente de picaresca del final del comunismo, con el sueño occidental de poder llevar unos pantalones vaqueros. Divertido y triste.

 

En La época del Nes Cartarescu nos hablará de la temporada que fue adicto al café instantáneo y conseguía escribir enloquecido, pero le acabó causando depresión y lo tuvo que dejar. Como suele ser habitual, Cartarescu habla aquí de su propio proceso de escritura.

 

Oh, Levante, dichoso Levante es un cuento metanarrativo en el que el autor nos habla del proceso de escritura de su novela en verso Levante, terminado de escribir poco antes de la revolución del 89.

 

En El gato muerto de la poesía de hoy Cartarescu rinde homenaje a la poesía que él empezó a escribir antes de pasarse a la prosa, y que parece un género literario poco seguido hoy día.

 

Una ducha no-laodicea es un texto breve que funciona como un sencillo homenaje a Vladímir Nabokov y los escritores que cuidan el lenguaje literario.

 

En unos pocos cuentos de este libro, Cartarescu se distancia de su yo narrador, y crea algún personaje o situación inventada, como ocurre en Diario con Darwin, donde un Darwin moderno firma libros de ciencia y atiende a los periodistas. Este tipo de relatos son los que menos me han gustado del conjunto, y los he sentido un tanto fuera de lugar.

 

Este libro incluye también alguna conferencia que Cartarescu, como la titulada «… Escu», que sirvió para la apertura de la Feria del Libro de Leipzig, y habla de los problemas de identidad de Cartarescu como escritor rumano. En Europa tiene la forma de mi cerebro se recoge un ensayo leído en la Literaturhaus Hamburg sobre la condición de escritor del Este, o simplemente europeo, como se siente Cartarescu.

 

El cuarto corazón es un relato bonito, en él Cartarescu recuerda el primer libro que leyó de niño, a los ocho años, un libro que le prestaron y que no ha conseguido encontrar de adulto. «Me sorprendió más adelante descubrir que todos nosotros tenemos un libro perdido en lo más profundo de la infancia, nítido e impresionante en el recuerdo, pero imposible de encontrar en la vida adulta» (pág. 148). Cartarescu recuerda en el relato el argumento de aquel libro y diría que se lo inventa, o es una historia que su imaginación ha transformado, puesto que se parece mucho a su mundo onírico habitual.

 

La ruina de la utopía es un texto que apenas sobrepasa una página, y que más bien parece un poema sobre el placer de leer.

 

En El ojo castaño de nuestro amor, Cartarescu vuelve a evocar a la figura de su madre. Hay algo que me ha interesado mucho de este relato: en Cegador se especulaba con un hermano mellizo de Mircea que había sido robado, y que se llamaba Victor, y aquí se da una explicación más realista de esos recuerdo alterador en Cegador. Victor murió en la infancia, y se acabará convirtiendo en mito dentro del universo artístico de Cartarescu.

 

En Para D., vingt ans après Cartarescu nos va a hablar de una chica que conoció que tenía intensos sueños, algunos de los cuales el autor robó para sus libros.

 

La chica del borde de la vida es una narración fantástica sobre un mundo donde sus habitantes solo pueden sobrevivir como personajes de cuentos de escritores de otro mundo. Me ha parecido un tanto cursi y no me ha gustado mucho. Me ha pasado igual que con Diario con Darwin.

 

Forever young… es una nueva reflexión metaliteraria sobre la condición del escritor y el paso del tiempo, de la idea de la literatura asociada a la juventud y a la idea eterna de promesa de las letras.

 

En Un escritor se especula con la idea de Jesucristo como el escritor más enigmático de todos los tiempos.

 

Zaraza es un buen cierre para el libro. En este relato, Cartarescu investiga sobre el origen de una canción popular rumana, y la historia trágica que se oculta detrás de ella. Una historia que nos llevará a la Bucarest de 1944.

 

Me ha gustado El ojo castaño de nuestro amor, a pesar de que, a veces, da la impresión de cajón de sastre en el que el autor ha usado textos de diversa procedencia y que no estaba pensando, en principio, como un libro de relatos unitario. Como ya he apuntado, los tres primeros cuentos, los más extensos, y que suponen un tercio del libro, son muy buenos. Y tiene más piezas destacadas, sobre todo aquella en las que Cartarescu sigue hablando de su vida y nos traslada hasta la época de la dictadura comunista y reflexiona sobre su condición de escritor. El lector que ya haya leído libros de Cartarescu como Nostalgia, Solenoide o Cegador disfrutará de la información complementaria que encontrará aquí, y para el lector nuevo podría ser una puerta de entrada interesante al mundo de Cartarescu.

 

 

domingo, 12 de julio de 2026

Las Bellas Extranjeras, por Mircea Cartarescu


Las bellas extranjeras
, de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 249 páginas. Primera edición de 2010, esta es de 2025

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

En el verano de 2025 leí la trilogía Cegador (1996-2007) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956). Antes había leído su libro de cuentos Nostalgia (1993) y la gran novela Solenoide (2015). Después de leer y reseñar Cegador, escribí a los editores de Impedimenta, con los que hacía años que no colaboraba, para ver si me podían enviar algún libro más de Cartarescu. Quedamos en que me enviaban Las bellas extranjeras (2010) y El ojo castaño de nuestro amor (2015), para que pudiera comentarlos. Decidí leerlos seguidos y en orden cronológico; así que aquí estoy comentando Las bellas extranjeras y ya comentaré El ojo castaño de nuestro amor, que estoy leyendo cuando escribo esta reseña.

Me resulta curioso ver que el libro consta de dos prólogo, uno inicial de la excelente Marian Ochoa de Eribe, la traductora de toda la obra de Cartarescu al español, y otro del propio Cartarescu. Ochoa nos informará de que los tres textos que componen este libro fueron publicados inicialmente por entregas, pero que, no por ello, se trata de obras menores. Cartarescu nos hablará del sentido del humor con el que compuso estas páginas y de que, aunque en ellas habla de sí mismo, y aparecen personas con sus nombres reales, en realidad no todo lo que aquí aparece reflejado ocurrió exactamente como lo cuenta, sino que la realidad ha sido alterada y exagerada con fines cómicos.

 

La primera de las tres historias se titula Ántrax. Desde la primera frase sabremos que el narrador es el propio autor. Cartarescu recibe una llamada telefónica de una revista cultural. Les ha llegado, a la redacción de la revista, una carta desde Dinamarca para él. Cartarescu se siente desconcertado porque no conoce a nadie en Dinamarca. Estamos en Bucarest, pero desde las primeras páginas, el Bucarest de esta historia parece un tanto diferente al Bucarest extraño y onírico de Nostalgia, Solenoide y Cegador. Así, por ejemplo, en la página dos nos vamos a encontrar con un McDonald´s, que es una presencia prosaica más difícil de imaginar en los otros libros. El Cartarescu de Ántrax va a habitar en este relato en una Bucarest más reconocible, una ciudad que no tiene que ver tanto con el mundo de los sueños, sino con la vulgaridad de lo real. Veremos que no por avenirse a este detalle va a ser menos siniestra, porque nos vamos a encontrar aquí con los mismos rotos y grisuras heredados de la dictadura comunista de Ceaușescu.

Cuando Cartarescu recibe el sobre empezará a sospechar de su grosor, de su contenido… quizás sea ántrax, imagina, que –según nos cuenta– por la época en la que ocurrieron los hechos existía una paranoia sobre los envíos postales con ántrax. Leo en internet que esto ocurrió en 2001, justo después de los atentados del 11 de septiembre.

Aunque el estilo narrativo de este relato es mucho más conciso y realista que el de sus otras obras, permanece aquí el interés biológico de Cartarescu por las bacterias y los microorganismos. La historia del paquete danés se va a convertir en un periplo kafkiano, en el que el autor no encuentra un modo satisfactorio de deshacerse del paquete y acabará teniendo que acudir a una oficina de policía siniestra, que recuerda a algunas de las escenas de El castillo de Kafka. Todo esto está aderezado con un humor –poco habitual en Cartarescu– basado en la exageración y el esperpento. También Cartarescu interpela, de modo coloquial a sus lectores. Así, por ejemplo, en la página 43 leemos: «Aquí querría pedir a los lectores más pusilánimes, más sensibles o bien menos duchos en la terminología del arte moderno que se abstengan de hacer comentarios».

 

Las bellas extranjeras es el segundo relato, que es el más largo del conjunto y podríamos hablar ya más de novela que de relato. Aquí Cartarescu nos va a hablar de un programa literario francés, que se llama precisamente «las Bellas Extranjeras», que selecciona a doce escritores de un país y les organiza una gira de dos semanas por Francia para hablar de su literatura. Cartarescu fue seleccionado, junto con once compatriotas, para realizar esta gira en noviembre de 2004. Los nombres de los escritores son reales, aunque yo solo reconocía el de Ana Blandiana. Cartarescu en esta novela nos va a hablar de algunas de sus peculiaridades como escritor, como que no le gusta dar entrevistas, ni ser reconocido; de hecho, casi no le gusta demasiado tener que salir de casa y hacer recados. De nuevo, esta historia está escrita con humor y en un estilo más realista y directo que el de los otros libros suyos que he leído. Como en el relato anterior, uno de los recursos narrativos será aquí el de interpelar al lector, al que le pide disculpas, por ejemplo, por sus continuas digresiones. Cartarescu nos va a hablar de sí mismo como escritor, pero también de la figura pública y privada del escritor, en general. En algunas de las digresiones más divertidas del libro nos va a hablar de algunos recitales en los que ha estado con poetas que más que poetas, de los que se sientan a escribir versos, eran artistas que sabían cómo actuar ante un público. Cartarescu nos contará también anécdotas sobre los momentos en los que escribió sus libros. Así, por ejemplo, en la página 94 leemos: «Cuando empecé, hace quince años, a pensar en Cegador, me hice también yo un fichero con una caja de zapatos sobre la que escribí el nombre de la novela. Pensaba realizar algunas lecturas y tomar apuntes, tal y como había leído que hacía Thomas Mann. ¿Acaso tengo que deciros que mi pobre caja permaneció totalmente vacía todo el tiempo que tardé en escribir la obra? No solo me ha dado siempre pereza leer con otra finalidad que no sea la lectura en sí misma, sino que ni siquiera, mientras escribí el libro, abrí un diccionario ni consulté otra fuente de información».

Aunque, como ya he dicho, el estilo es totalmente diferente al de otras obras, siguen aquí presentes algunas de sus obsesiones, como la presencia de las mariposas: «Y es que París entero es una especie de lata. Es como un gigantesco vientre de mariposa hembra que expande sus feromonas por el mundo entero».

También se muestra autoirónico con su propia escritura: «Tengo que acabar con estas “elucubraciones”, como denominan los críticos a mis páginas que no están a la altura de sus expectativas» (pág. 97). También nos hablará del mundillo literario rumano, cuya forma de actuar puede servir para cualquier país: «En el mundo literario se perdona casi todo, la falta de talento, la vileza, la hipocresía, la cobardía. Se consideran pecados humanos y son contemplados con tolerancia. Lo que no se perdona jamás, a ningún precio, es el éxito» (pág. 100), «Si oyes solo cosas buenas acerca de un escritor, si ves que todos lo quieren como a un hermano, puedes estar seguro de que nadie lo teme, de que todos le estrechan la mano para ser generosos con él pues, en cualquier caso, no representa un peligro. Los compañeros de profesión no se permiten nunca alabar a los que son mejores que ellos ni tampoco siquiera a los iguales.» (pág. 111).

El estilo sigue siendo autoirónico: «Pero, como se decía en las antiguas novelas, no adelantemos acontecimientos» (pág. 135).

También, dentro de esta mirada irónica, nos vamos a encontrar con algunas otras páginas más emocionales, como aquellas en las que Cartarescu recuerda sus comienzos: «Nos tocó vivir el sueño artístico entre bloques de hormigón, entre gente enloquecida por el hambre y el frío, en un mundo que no nos quería y que no sabía qué hacer con nuestros pobres poemas». (pág. 131)

También se contará alguna historia bastante divertida sobre la traducción de los primeros libros de Cartarescu al francés. Y alguna otra historia sobre algún momento del viaje por Francia en el que se va a sentir humillado y su reacción a ello.

 

El tercer relato, de una extensión similar al primero (unas 40 páginas), se titula El viaje del hambre, y guarda bastante relación con el anterior. De hecho, podría haber sido una digresión de Las Bellas Extranjeras, pero al ser demasiado larga se convirtió en un relato independiente. El viaje del hambre, igual que Las Bellas Extranjeras, habla de un viaje, en este caso a una ciudad provinciana de Rumanía, y no a París. Cartarescu nos va a hablar aquí de su primera invitación a hablar de sus libros en público, por parte de un grupo de escritores locales. Me ha gustado este cierre, porque lo que Cartarescu nos viene a decir es que no hay muchas diferencias entre lo que le ocurrió en aquella ciudad de Rumanía, cuando era joven y desconocido, y lo que le va a ocurrir en París, cuando ya es un autor consagrado. En realidad, este último relato es todo un jarro de agua fría sobre la vocación literaria y toda una lección de humildad. En este relato hay una escena onírica, que, en cierto modo, guarda relación con ese resto de su obra más fantástica, de la que ya he hablado.

 

Hace un año un amigo del colegio en el que trabajo me habló de este libro de Cartarescu, Las Bellas Extranjeras. Era el primer libro del autor que leía y le gustó bastante, se rio con él. Sé ahora –que aún no ha vuelto con el autor– que mi amigo tiene una idea sobre qué clase de escritor es Cartarescu no del todo real, porque no se ha encontrado con la mirada sombría de Cartarescu, su obsesión por los sueños, el pasado, los insectos…, sino con un Cartarescu más chistoso, rápido al narrar y divertido. A mí, que sí conocía, su otra obra, la más celebrada, me ha gustado mucho acercarme a este otro Cartarescu. Como decía Ochoa de Eribe, no me parece un Cartarescu menor.

domingo, 16 de noviembre de 2025

El ala derecha (Cegador III), por Mircea Cartarescu

 


El ala derecha (Cegador III), de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 518 páginas. 1ª edición de 2007; esta es de 2022

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

Ya comenté en la reseña de El ala izquierda (1996) y de El cuerpo (2002) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), que me había apetecido leer en el verano de 2025 las 1.500 páginas de su trilogía Cegador. He llegado ya al fin de la tercera parte, que comentaré en esta reseña, y haré aquí un balance final de la obra.

 

La acción de El ala derecha comienza en 1989 (al que Cartarescu define como «el último año del hombre en la Tierra») y, como hilo argumental principal, nos va a hablar de la caída del régimen de Nicolae Ceaușescu y su mujer Elena. Después de una descripción general de la situación del país, en la página 16 llegamos a unas páginas realistas, en las que un Mircea adulto (si la novela es autobiográfica, en 1989, Cartarescu cumplió 33 años) visita a su madre, y esta se queja ante él del desabastecimiento de alimentos de los mercados, en los que pierde muchas horas haciendo colas. Cartarescu cede la voz narrativa al personaje de la madre, y esta, en un largo monólogo, pondrá al lector al corriente de cómo se ha deteriorado la situación social de Rumanía en ese año de 1989.

Cartarescu retomará aquí algún hilo narrativo de El cuerpo y nos contará que la securitate requisó su manuscrito (que debería ser el texto que el lector tiene entre manos, al que se sigue refiriendo como «libro ilegible») que le había dejado a su vecino y amigo Herman para que se lo comentase. La securitate no detendrá a Cartarescu por disidencia política, pero sí lo internará en un manicomio. Imagino que esto no ocurrió en la realidad, sino que es uno de esos momentos narrativos en los que Cartarescu hace ficción sobre la base de su propia vida. Esta situación dará pie a que la madre de Mircea pueda leer el manuscrito y que confronte con su hijo detalles del libro que este ha escrito, o sigue escribiendo, porque Cartarescu siempre habla de su libro como un libro sin fin, como que tiene una mancha en el muslo que parece una mariposa, y que el lector conoce por El ala izquierda. Esta idea de los personajes del libro comentando con el autor, que también es otro personaje del libro, lo que ha escrito sobre ellos, me ha parecido interesante. Me ha hecho pensar en Niebla de Miguel de Unamuno.

 

En la página 52, Cartarescu escribe «No» en nueve renglones, hecho que me ha recordado al «¡Socorro!» que, más tarde, en Solenoide se va a arrastrar, repitiéndolo, durante varias páginas.

 

A las páginas realistas en la que se habla de la situación de Rumanía en 1989, van a seguir varias descripciones de sueños que, como en los otros volúmenes de la trilogía, me han resultado excesivas y me han sacado un tanto de la novela. En estos sueños, Mircea va a poder volar, lo que refuerza la idea de identificarse con una mariposa en la narración. Sobre el significado simbólico de la idea de la mariposa, escribirá lo siguiente en la página 142: «Como si todos nosotros, los elegidos para juzgar un día a los ángeles, viviéramos aquí, en la tierra, una trágica metamorfosis inversa: de perezosos lepidópteros navegando por mares de iridio en el umbral de nuestra juventud, nos transformamos en orugas, en lombrices, en gusanos ciegos, en miriápodos y en escolopendras, supuramos babas impotentes a través de nuestra vieja piel, vencida, a través de las miles de heridas de nuestro desagradable cuerpo. Mariposas con ojos de niño en unas alas colosales, nos mezclamos volando con las nubes y con la Divinidad, hasta que de repente nuestras alas se incendian en el aire, se gangrenan por el roce de las cosas, y de todo ello queda tan solo el cuerpo que se arrastra por el suelo transportando con dificultad los cientos de segmentos llenos de huevos nacarados, los martirizantes corpúsculos del recuerdo.»

 

Los capítulos en los que se habla de 1989 y el fin de Ceaușescu se van intercalando con otros, en los que Cartarescu nos habla de su infancia más remota, de episodios anteriores a lo contado en El cuerpo, que se remontaba a los ocho años, más o menos. Ahora nos habla de los cuatro años, y vuelve a momentos con sus padres de los que ya nos ha hablado, pero ahora lo hará desde otra perspectiva y con nuevas capas. Ya he contado en la reseña anterior, la de El cuerpo, que la literatura de Cartarescu en estos libros es una literatura fractal, que, de forma insistente, vuelve sobre sí misma, avanzando en el tiempo y retrocediendo, para contar los mismos acontecimientos desde perspectivas diferentes. Hay aquí unas páginas bellas acerca de la mirada mágica del niño sobre el mundo que está vislumbrado por primera vez y que no acaba de comprender. Unas páginas que me han recordado a algunas de Llámalo sueño, del escritor judío estadounidense Henry Roth.

 

En la página 99 volvemos a 1989 y la narración se centra en los acontecimientos históricos; «¿Qué está pasando? ¿Qué demonios está pasando? ¿Cuarenta mil muertos en Timisoara? ¿Tanques? ¿Armas automáticas contra los manifestantes?» He buscado información en internet, y los muertos parece que fueron alrededor de cien y no cuarenta mil, pero imagino que esas cifras se pudieron oír en la calle en un momento de confusión y desinformación. Sobre el tema de las revueltas de diciembre de 1989, cuando Ceaușescu y su mujer Elena tuvieron que huir en helicóptero de la capital, me ha gustado el recurso (como ya se ha hecho en este libro con el discurso oral de la madre) de cederle la voz narrativa a algunos personajes. Así vuelve a aparecer Ionel, el securitate que ya apareció en El ala izquierda y tenía como misión vigilar los movimientos de los circos ambulantes, y que vuelve a aparecer en El cuerpo, y ayuda a la madre de Mircea cuando la securitate piensa que los bordados que hace en las alfombras con las que trabaja contienen mensajes subversivos. Ionel es un antiguo amigo de la familia. Me gusta una escena en la que Ionel está disfrazado, como securitate secreta, en la plaza de Timisoara, observando qué ocurre con los manifestantes, y reconoce a Mircea entre la multitud. El discurso de Ionel nos mostrará cómo ve él al hijo de la mujer que le gustó en el pasado, como a un tipo raro, un excéntrico. El mismo Mircea, que parece verse arrastrado por los acontecimientos históricos sin pretenderlo y sin mucho entusiasmo, acabará diciendo: «¿Qué es para mí Timisoara? ¿Qué tengo yo que ver con todo esto? Nunca he entendido qué es ese garabato obsceno en una pared, llamado historia. Leyes, revoluciones, guerras, campañas. Pero una sola letra de mi manuscrito es más real que todo eso.» (pág. 100)

 

Mientras los acontecimientos históricos estallan en Bucarest, Mircea también va a visitar a su amigo Herman al hospital. Los médicos han detectados que un feto humano está creciendo dentro de su cerebro. Como ya sabemos, los temas orgánicos y las deformidades son muy importantes en el imaginario del autor. Solei, la extraña chica transparente, que Herman conoció y de cuya existencia supimos en El cuerpo, ha dejado embarazado a Herman.

 

Muchos de los acontecimientos principales que se narran en este libro ocurren en diciembre de 1989 y Cartarescu, más que en otros de sus libros, destaca en ese la importancia del clima, insistiendo en mostrarnos un Bucarest gélido y en el que parece no cesar de nevar.

 

En la página 167 ocurre algo curioso: el narrador reflexiona sobre la escritura de su propio manuscrito, algo que no ha sido infrecuente en esta trilogía, pero en este caso parece desdoblarse en dos: «Me detengo ante la gigantesca ventana en la que Tú has dibujado Bucarest con Tu propio dedo (pues estas líneas las escribes Tú, estas líneas en las que me obligas a detenerme ante el Bucarest nevado de la ventana y a ver el bloque que Tú colocas en el foco de mi mirada, y a llorar lágrimas que Tú haces rodar por mi rostro cuando escribes, en tu hipermundo, “él llora”.» En El ala derecha, Cartarescu volverá a incidir en esta idea del doble, porque volverá a comparecer aquí Víctor, su gemelo que fue robado de bebé y que tal vez –como supimos en El cuerpo– esté en Ámsterdam.

 

«Quiero seguir escribiendo sobre mis cavernas interiores, sobre mis alucinaciones más verdaderas que el mundo, sobre Desiderio Monsú, el pintor bicéfalo de las ruinas, sobre Cedric y sobre Maarten y sobre el noble polaco y sobre estatuas y sobre los Conocedores, pero la alucinación se ha desbordado estos días y ha llenado el mundo, cada vez me cuesta más saber en qué parte de cada página de mi manuscrito me encuentro, como si cada hoja fuera un espejo en cuya superficie se unen dos mundo con el mismo derecho a llamarse “reales”.», leemos en la página 174, donde Cartarescu hace un recopilatorio de personajes imaginados que ha creado en las otras partes de su obra. Aunque habría que añadir que estas historias, en gran medida, han quedado inconclusas y descolgadas del cuerpo principal de la historia.

 

Hacia el ecuador de El ala izquierda existe una narración de casi 50 páginas –desde la página 292 hasta la 340– que no tiene que ver con lo contado hasta ahora y que nos lleva hasta las orillas del lago Como. Aquí se nos presentará a Witold, un noble de Galitzia. Como ya ha ocurrido en otras ocasiones, a lo largo de esta trilogía, y he observado con atención para ver si ocurría aquí, Cartarescu nos presenta a un personaje, nos habla de él, y al final este personaje tendrá que atravesar un edificio, o cueva, de grandes dimensiones lovecraftianas, para enfrentarse a una recargada escena final de terror. Cartarescu describe las escenas con gran maestría, pero no hay en estas historias interacción ni evolución de los personajes, ni se presentan tramas que interesen al lector, ni lo contado guarda relación la historia principal, salvo de algún modo remoto o azaroso, como contar que Witold es un pariente lejano de Cartarescu, o que aparecen de refilón algunos personajes ya conocidos como Cedric o el Albino. Como ya me ha ocurrido otras veces, estas historias dentro de la novela me suponen un bache lector dentro de un conjunto de un alto nivel.

 

Después pasaremos a algunas páginas interesantes sobre la débil relación de Mircea con su padre o volveremos otra vez al tema del Médevil, que como ya conté era uno de los relatos de Nostalgia y que aparecía en El cuerpo. En este caso, el Mendevil será el protagonista de una historia casi de terror y abusos en la infancia. Sin embargo, Cartarescu decide intercalar la historia del Mendevil con historias bíblicas sobre Moisés, haciendo que la historia principal pierda fuerza y se disperse.

 

Descubro en el tramo final de la novela que un personaje que limpiaba las estatuas en Bucarest en El ala izquierda es en realidad el mismo Ionel de la Securitate. De nuevo volverá aquí la obsesión de Cartarescu por las estatuas.

Siguiendo con el tema de la caída de Ceaușescu se describirá el asalto de los ciudadanos a La Casa del Pueblo, en unas escenas que me han recordado a las descritas por Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca.

 

En definitiva, como ya he apuntado en las otras reseñas de esta trilogía, me sigue pareciendo que Cartarescu crea en El ala derecha páginas de gran literatura, pero su ambición, a veces, le hace cometer algunos excesos que consiguen sacar al lector de la propuesta durante un número no desdeñable de páginas. Como me ha ocurrido anteriormente, las páginas más realistas, en las que describe el Bucarest de 1989 y la caída de Ceaușescu, junto con el nuevo recurso de ceder la voz narrativa a algunos personajes, me han resultado las mejores partes de la novela. Y, como en otras ocasiones, las desviaciones, los relatos que no acaban de conducir a ninguna parte, me han resultado excesivas.

 

Solenoide, la siguiente novela de Cartarescu, se publicó en 2015, ocho años después de El ala derecha, y teniendo una ambición pareja a Cegador creo que es una obra más conseguida. Quizás fue el editor de Cartarescu, la crítica, el público o él mismo quien se dio cuenta de por qué caminos debía transitar su literatura y por cuáles no y le hizo reflexionar. En Solenoide Cartarescu escribió una historia tan imaginativa como la de Cegador, usando como material de base su propia vida, pero se mantuvo más centrado en su propuesta y no se fue tanto por unas ramas narrativas que, en muchos casos, no acaban de conducir a ninguna parte. Algún crítico rumano llegó a decir que Cartarescu es un buen escritor, pero no un buen novelista. Es cierto que en una novela convencional las desviaciones del tema principal de Cegador no tendrían mucho sentido, y que Cartarescu da vueltas y vueltas a la descripción de las mismas escenas, pero también es cierto que Catarescu es un autor que está consiguiendo crear un mundo propio, con unas obsesiones perfectamente identificables. Obsesiones que parten de su admiración por algunos clásicos, como Kafka, Borges o Lovecraft, pero que consiguen tener su toque de transformación personal

Cegador es una gran novela, a la que le sobran páginas; una gran novela repleta de ambición, de aciertos y también de excesos.

 

domingo, 9 de noviembre de 2025

El cuerpo (Cegador II), de Mircea Cartarescu

 


El cuerpo (Cegador II), de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 518 páginas. 1ª edición de 2002; esta es de 2020

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

Ya comenté en la reseña de El ala izquierda (1996) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), que me había apetecido leer en el verano de 2025 las 1.500 páginas de su trilogía Cegador. Acabé diciendo en la reseña de Cegador I, que El ala izquierda, pese a sus grandísimas páginas, llenas de aciertos literarios, también tenía algunas otras que me resultaron excesivas, por su grandilocuencia cósmica. Y que, especialmente, las 40 páginas finales del primer libro quedaban un tanto desunidas a su discurso principal, y se hacían algo pesadas. Ya dije que había sacado los tres tomos de la biblioteca de Ciudad lineal, en Madrid, que me queda cerca de casa, y me parece significativo señalar que, antes de mi préstamo, Cegador I había sido tomado en préstamo trece veces, y Cegador II y III solo dos veces cada volumen. Me parece una pérdida importante de lectores. Imagino que los lectores de Cegador I, como yo, venían de leer libros como Nostalgia y Solenoide y, con el entusiasmo generado por estas obras, abordaron la lectura de Cegador I. Imagino que a un número importante de estos lectores, la propuesta de Cegador I les resultó algo excesiva y no se acercaron, unos años más tarde, a Cegador II. He buscado en la página web de Impedimenta y no encuentro la información sobre el número de ediciones que lleva cada libro. Según Grok –la IA de Twitter– cada libro de Cegador ha tenido una sola edición, pero no sé si fiarme mucho de Grok.

 

En el primer capítulo de El cuerpo, Cartarescu insiste en su idea de «libro ilegible» (pág. 16) y en aseveraciones como: «el pasado lo es todo, y el futuro, nada» (pág. 12). El capítulo dos vuelve a un tono más realista y nos habla del tiempo en el que vivió en el bloque de viviendas Uranus. En estas páginas hace referencia a temas de los que ya habló en El ala izquierda, como el de su parálisis facial. Cartarescu empieza a desarrollar los mismos temas en El cuerpo que en El ala izquierda: el pasado, como un lugar pantanoso, repleto de metáforas orgánicas, las mariposas, como metáfora del cambio; los arácnidos, como símbolos del horror; las pesadillas a las que debe enfrentarse por la noche, como parte de la experiencia humana. No lo hice en la reseña de El ala izquierda y creo que es importante que lo haga ya aquí: debería hablar del concepto de «literatura fractal», que es un asunto del que el propio Cartarescu suele hablar en su texto. La literatura fractal de Cartarescu propone formas narrativas que se van repitiendo en su libro y temas sobre los que se retorna, sin que el avance cronológico sea claro. Es decir, en El cuerpo, al igual que ya hizo en El ala izquierda, Cartarescu va a volver a hablarnos de sus padres (aunque sobre todo de su madre) y algunas de las historias que va a contar van a ser las mismas, pero ahora va a expandir de ellas otros detalles, o las va a contar desde perspectivas nuevas que, incluso, pueden contradecirse con lo ya contado. En El ala izquierda la madre tuvo un trabajo en el que doblaba alambres y en El cuerpo trabaja haciendo alfombras y no se habla nada de los alambres. Puede que la información no sea contradictoria, sino, simplemente, que se hable de dos momentos vitales diferentes de la madre. «Como estaba, en cada instante de mi vida, mirando siempre a mi madre, girando en torno a ella como la luna, mi madre era de hecho el único núcleo de mi vida.» (pág. 38)

Aquí también, en esta primera parte, se hablará de nuevo de la historia mítica del pueblo de los abuelos de Mircea y de su viaje europeo, desde Bulgaria a Rumania. Y aparecerá un nuevo personaje: un capitán de ejército, destinado en Bucarest, y que ha de dejar a su mujer y su hijo en el pueblo. Acabaremos sabiendo que este militar es el bisabuelo de Mircea. El capitán acabará viviendo alguna historia fantástica en Bucarest. «El hombre vestido de granate, el hombre con mis ojos, yo mismo hace tres vidas.» (pág. 75)

 

En la página 133 ocurre algo curioso. Ya he apuntado, en la reseña de Cegador I, que esta trilogía está llena de reflexiones metanarrativas, y en esta página 133 leemos: «Ahora que estoy en mi casa, donde no me he sentado ante mi escritorio desde los diecinueve años, creo que ha llegado el momento de aceptar una bocanada de realidad. Unas cuantas páginas de realidad y después espero –¡espero!– que se me permita sumergirme, una y otra vez, en eso que he llamado siempre mi verdad, mi manuscrito o mi vida». A partir de aquí, se desarrolla la parte que más me gusta de la novela, esa en la que Cartarescu evoca su pasado, manteniéndose durante muchas páginas, en los parámetros del realismo evocador, que se rompe, solo a veces, con algún pequeño detalle de lo que podríamos llamar «realismo mágico rumano». De este modo, Cartarescu pasará a hacer una crítica más abierta que otras veces a la dictadura comunista de Ceaușescu. De este modo, sabré que a las mujeres, durante la dictadura, las hacían una revisión ginecológica cada tres meses, con el fin de que las que estuvieran embarazadas no pudieran abortar y también para abroncar a las que no lo estaban. Me doy cuenta de que este tipo de detalles sobre el tiempo vital de Cartarescu en la Rumanía que le tocó vivir me interesan mucho más que cuando se pone a hablar, por ejemplo, del tiempo, las membranas y los chakras de un modo solipcista y grandilocuente. Estas últimas páginas de las que hablo son, para mí, las peores de los dos libros que llevo leídos de la trilogía.

Cartarescu dedicará muchas páginas aquí a recordar a su madre y a la relación que tenía con ella de niño. La madre empezará a trabajar tejiendo alfombras en casa, con cada vez diseños más barrocos y exagerados. Siguiendo otro de los recursos recurrentes de Cartarescu, se nos describirán las figuras que aparecen en las alfombras como si de un Aleph borgiano se tratase. Incluso la palabra «cegador» acabará apareciendo en una alfombra, que –en el mundo de Cartarescu– es equivalente a hablar de lo indecible o lo indescriptible. Todas estas imágenes de las alfombras harán sospechas a la seguridad de Cartarescu y la madre acabará detenida. Se librará de más problemas gracias a la intervención del «tío Ionel», que ya apareció en Cegador I. Era el inspector de la seguridad que se encargaba de analizar los recorridos de los circos ambulantes de Rumanía, tratando de encontrar algún patrón; detrás del cual presentía algún tipo de amenaza. En realidad Ionel no es el tío de Mircea, sino un amigo o, más bien, conocido de Coster, el padre.

 

Cartarescu también nos va a hablar en El cuerpo de Herman, que era un vecino que vivía en el último piso de la calle Stephan cel Mare y que ya apareció también en El ala izquierda. Un nuevo fractal se abre en la novela. Herman era un borracho que no acababa de ser nunca desagradable y que sabía bastante de religión y filosofía. El Cartarescu adulto le va a dejar a Herman su manuscrito (su «libro ilegible») para que lo lea y le comente. Herman, por su parte, le hablará de su amor por Solei, una joven de extrañas características físicas. También nos contará la historia, entre real y fantástica, de cómo Herman le salvó la vida.

 

Coster, el padre de Mircea, pasará de ser cerrajero a periodista, cuando la gente del partido vea en él cualidades. Esto hará que el niño Mircea se sienta orgulloso y quiera escribir él también.

En este cuerpo central de la historia, en el que Cartarescu nos habla de su infancia y el tono es más realista, nos acabará hablando de algo tan mundano como del matón de su clase. Y de sus experiencias como pionero, una especie de cuerpo de boy scouts de los países comunistas.

En la forma también se produce un cambio significativo en El cuerpo. Durante bastantes páginas el narrador deja la primera persona y se decanta por la tercera, hablando de la vida del niño Mircea como si se tratase de un personaje ajeno a él.

 

De nuevo aparecerá Ionel, el policía de seguridad, que se encontrará con la familia Cartarescu en el circo, tres años antes de que empiece la misión de perseguir circos ambulantes, de la que se habla en El ala izquierda. Un nuevo agujero se abre en la novela: Cartarescu nos va a hablar de la vida de algunos de los artistas del circo, como del indio Vanaprashata, que una tarde, debajo de una higuera, conoció la iluminación. Ya sé que esta es la apuesta del autor: hablar libremente de su vida y de la de su familia y, de vez en cuando, añadir la historia de otros personajes, como si se tratase de relatos añadidos a la narración, pero lo cierto es que a mí, pasajes como este, cuando habla de forma fantástica de los personajes del circo, consiguen que me vaya del hilo central de la narración y que estas páginas me gusten menos.

 

Un tema que me ha parecido muy interesante y que quiero resaltarlo es que Cartarescu nos habla en estas páginas del Mendébil, un niño que fue a vivir al barrio y que se mudó no mucho después. El Mendébil era uno de los cuentos incluidos en el libro Nostalgia.

También, como en Solenoide, aparece en El cuerpo el miedo al dentista con sus aparatos de tortura.

 

La tercera parte del libro comenzará siendo narrada en segunda persona. Y aparecerá aquí un personaje curioso, Víctor, un supuesto hermano gemelo de Mircea, que fue robado de bebé. También se nos hablará de Coca, una vecina –joven prostituta– de los Cartarescu, que puede ser la que robó a Víctor, y que acabará en Ámsterdam.

Gran parte de lo contado en esta tercera parte (las últimas 120 páginas del libro) trasladan la acción a Ámsterdam, donde nos encontraremos de nuevo con la fascinación de Cartarescu por las estatuas y, en este caso, por las personas que trabajan en la calle haciendo de estatuas humanas. De nuevo, hará su aparición aquí Cedric, el negro de Nueva Orleans, que conoció a la madre de Mircea y a su tía en la Bucarest de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. También se nos va a contar la historia del holandés Maarten que, en más de un capítulo, funciona como un cuento, que empieza siendo de corte realista y acaba siendo fantástico.

Si bien en Solenoide conocíamos a una secta llamada «Los Piquetistas», que organizaba manifestaciones nocturnas en cementerios y en la morgue, en esta tercera parte de El cuerpo vamos a descubrir a «Los Conocedores», personajes que buscan al autor que los escribió, lo que parece un homenaje al teatro de Luigi Pirandello.

En las últimas páginas de El cuerpo, Cartarescu volverá a hacer algunas reflexiones generales sobre su idea del universo, las dos dimensiones, del espacio, las tres, la cuarta dimensión y los chakras, que, como me ha ocurrió en la primera parte, considero un tanto fuera de la narración.

 

Diría que El cuerpo, sobre todo en su parte central, cuando Cartarescu nos habla de su infancia, los niños de su barrio, sus padres, la policía secreta… y, más o menos, se mantiene dentro del realismo, con pequeñas pinceladas de «realismo mágico rumano», me parece un gran libro. En esta segunda parte hay menos páginas grandilocuentes, en las que Cartarescu elucubra sobre el Universo, el tiempo, la divinidad y los chakras… y esto se agradece. Es posible que el editor rumano hablara con él y le dijera que quizás tenía que controlar más ese tema en la segunda parte, o es posible que el propio Cartarescu se diese cuenta de ello, aunque como señalé en la cita que he comentado («Ahora que estoy en mi casa, donde no me he sentado ante mi escritorio desde los diecinueve años, creo que ha llegado el momento de aceptar una bocanada de realidad. Unas cuantas páginas de realidad y después espero –¡espero!– que se me permita sumergirme, una y otra vez, en eso que he llamado siempre mi verdad, mi manuscrito o mi vida».) parece que hace un relato realista como resignado, como haciendo una concesión al lector.

 

Entiendo el reto posmoderno que se propone hacer Cartarescu en Cegador, pero algunas de sus páginas, como esas en las que habla de los artistas del circo, y les da entidad de relato, han conseguido sacarme algo de la historia. Tampoco me ha entusiasmado demasiado la última parte, en la que la narración se traslada a Ámsterdam, y vuelve a aparecer Cedric como personaje. Creo que yo hubiera preferido que Cartarescu hubiera tomado la decisión de convertir la historia de este personaje en otra novela, fuera de Cegador, porque no le acabo de ver demasiada relación con la novela que quería contarnos, y que sea esta la narración que le atañe las cien últimas páginas al libro me parece una decisión arriesgada.

Ya estoy con El ala derecha, Cegador III. Ya la comentaré.