domingo, 28 de agosto de 2022

Botchan, por Natsume Soseki

 


Botchan, de Natsume Soseki

Editorial Impedimenta. 234 páginas. 1ª edición de 1906, ésta es de 2008.

Traducción de José Pazó Espinosa y prólogo de Andrés Ibáñez

 

El mismo día que saqué de la biblioteca Soy un gato (1905) de Natsume Soseki (Tokio, 1867 – 1916), pedí también en préstamo Botchan (1906), que sería la segunda novela de Soseki, la que escribió después de Soy un gato.

 

Ya comenté que en Soy un gato, en gran medida, a través de los particulares ojos de un narrador felino, Soseki jugaba a burlarse de sí mismo, materializado en la figura del profesor de inglés sobre el que el gato lanza sus dardos. El sustrato narrativo de Botchan también se asienta sobre la experiencia personal del autor. A sus veintitrés años, Botchan, el protagonista, acaba la carrera de Ciencias Físicas (como uno de los personajes más jóvenes de Soy un gato) y consigue un primer trabajo fuera de Tokio, en provincias. Tendrá que viajar hasta la isla de Shikoku, y dar clases de matemáticas en un colegio de su capital, Matsuyama. El nombre de esta ciudad nunca aparece en la novela, pero en una nota inicial del traductor, José Pazó Espinosa, podemos leer: «Soseki pasó un año enseñando en el instituto de Matsuyama, en Shikoku, la ciudad que no es nombrada a lo largo de la obra, pero en la que transcurre la historia. Parece, sin embargo, que la vida de Soseki en Matsuyama (donde conoció a su mujer) fue apacible y feliz, muy diferente a lo que refleja Botchan.» (pág. 22)

Como dato curioso puedo añadir que Shikoku, la cuarta isla en tamaño de Japón, en la región en la que va a nacer en 1935 otro de los grandes autores del país, Kenzaburo Oé, premio Nobel en 1994. Además, Oé dejó su pueblo natal para ir al instituto en Matsuyama. Me ha agradado pensar (sin pruebas) que Oé estudió en el mismo instituto en el que Soseki había dado clases unas décadas antes.

 

Las primeras páginas de Botchan me han recordado a los comienzos de algunas novelas inglesas del siglo XIX. Me han hecho pensar en el comienzo de David Copperfield de Charles Dickens, por ejemplo. Aunque Botchan va a ser, en gran medida, una novela cómica sobre un profesor novato, empieza narrando la desventurada infancia del protagonista. «Mi padre no me quería. Y mi madre siempre prefirió a mi hermano mayor.» (pág. 30). La novela empieza con la siguiente frase: «Desde niño, he tenido una impulsividad innata que me viene de familia y que no ha hecho más que crearme problemas.» Se insistirá bastante en esta idea de «la impulsividad» a lo largo de la novela; de hecho, por ella será por la que principalmente Botchan acabe entrando en conflicto con los otros personajes de libros. Cuando es un niño, muere su madre, y seis años después, ya de adolescente, morirá su padre. Su hermano mayor venderá las propiedades y le entregará a Botchan un dinero para que inicie un negocio o estudio y se desentiende de él. La única figura agradable para Botchan en su infancia es Kiyo, una sirvienta mayor, descendiente de una familia noble venida a menos. Kiyo sentirá un amor incondicional hacia Botchan, al que su familia culpa de las desgracias de la casa, por los disgustos que su comportamiento irreflexivo causa a sus padres.

«Botchan» es un apelativo cariñoso que Kiyo dedica al protagonista. En una nota del traductor se apunta: «Botchan es una forma afectuosa y respetuosa de dirigirse a cualquier niño varón o de referirse a él ante otros miembros de su familia. Está formado por Bo (niño, aunque también monje budista) y chan (sufijo que denota cariño y respeto). Tiene un segundo sentido de niño mimado o inmaduro. Recoge, entre otros, los sentidos de chiquillo, señorito, niño y querido, pero todos son interpretaciones parciales.» (pág. 43)

 

El capítulo dos empieza con el viaje en barco de Botchan a la isla de Shikoku. «A primera vista, el lugar tenía la pinta de una aldea de pescadores del tamaño del barrio de Omori en Tokio. Me sentí estafado, en cierto modo.» (pág. 45)

En el instituto ‒su primer trabajo‒ Botchan se va a sentir intimidado por los estudiantes. «Algunos de ellos era más altos que yo, y al menos a primera vista parecían más fuertes.» (pág. 49) o «Los estudiantes eran muy ruidosos. Por alguna razón, se dirigían a mí en voz muy alta, casi gritando.» (pág. 61)

La novela está ambientada sobre 1904 y 1905, ya que una de las escenas claves va a tener lugar durante el desfile de la victoria en la ciudad de la guerra ruso-japonesa, que tuvo lugar en 1905.

 

La obra más famosa de Soseki es Kokoro, que la tengo en casa pendiente de leer, y pertenece al periodo de plena madurez literaria del autor. El traductor Pazó Espinosa comenta en su prólogo que algunos críticos han considerado a Botchan como una obra menor del autor, «una farsa humorística, lógica continuación de su primera novela.» (pág. 20), pero que siempre ha sido una de las más vendidas de Japón, todo un clásico en su país, y apreciada sobre todo por la gente joven. Botchan ha sido un libro comparado en ocasiones con El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. Aunque la obra de Salinger habla de un adolescente y Botchan es un hombre joven, de veintitrés años, que está empezando a trabajar, a los dos personajes les une su cuestionamiento del cinismo que rige las relaciones sociales. Esta mirada juvenil de Botchan sobre el mundo queda plasmada en párrafos como este: «Hasta ese momento, siempre había creído que aquella era la manera correcta de actuar: básicamente se trataba de cumplir con mi deber. Pero si se piensa un poco, se descubre que la mayoría de la gente, de una forma u otra, quiere que te tuerzas, que no cumplas con tu obligación. Es como si pensasen que si no lo haces no tendrás éxito en la vida. Y cuando de repente se topan con alguien bueno e inocente, deciden tratarlo como a un niño mimado, y se dedican a despreciarlo y meterse con él.» (pág. 109)

 

Botchan va a tener problemas con la alumnos de su instituto, aunque es cierto que casi nunca se describe casi nada de lo que ocurre dentro del aula, donde el narrador se limita a describirnos unas pocas escenas en las que los estudiantes se dirigen a él con alguna muletilla que considera desconsiderada (¿verdad que sí?), y a los que habla con acento barriobajero de Tokio, y consigue con esto que no le entiendan bien. Pero lo más grave ocurrirá para Botchan fuera del centro: se dará cuenta que cuando entre en algún local de la ciudad para comer, platos como tempura o bolas de dango (bolas de arroz con harina), los estudiantes parecen seguirle y esas elecciones culinarias provocarán sus burlas al día siguiente, con mensajes escritos con tiza en la pizarra de sus clases. Además, habrá compañeros del claustro de profesores, que parecerán dar la razón a los estudiantes y entender esta costumbre de Botchan de comer fuera de casa como algo indecoroso. Estas recriminaciones acabarán llegando de profesores en los que Botchan descubrirá realmente conductas que sí que considera indecorosas, y no inocentes, como la suya, que consistirán en frecuentar la compañía de geishas aunque estén prometidos. Botchan está descubriendo todos los problemas de vivir en una ciudad pequeña de provincias, en la que cualquier pequeño movimiento personal es conocido de forma casi inmediata por todos. En este contexto, cada vez echará más de menos a Kiyo, la antigua criada de su casa, que es toda una figura maternal para él, y con la que se sigue carteando.

En realidad, Botchan, más que tratar sobre los conflictos de un profesor novato con sus estudiantes, nos habla de los conflictos de un trabajador joven con sus compañeros más experimentados. A Botchan le costará un tiempo averiguar de quién debe fiarse y de quién no.

 

Aunque se supone que existe en Botchan una intención cómica, no me ha resultado un libro particularmente gracioso. Las posibles meteduras de pata de Botchan, causadas por su impulsividad y su inmadurez, me han provocado más angustia que sonrisas. Con esto no quiero decir que no me haya gustado la novela. Realmente sí me ha gustado. Yo, como profesor, me he sentido identificado con algunos de los problemas de Botchan, y los comportamientos de sus estudiantes me han parecido similares a algunos de los de mis estudiantes del otro lado del mundo y más de un siglo posteriores. Desde luego, Botchan me ha gustado mucho más que Soy un gato, ya que Botchan es una novela con mucho más sentido del ritmo, y cuyas escenas tienen mucho más sentido para la trama que el que tenía algunas de las alargadas escenas de Soy un gato. Tengo ganas de ponerme con las obras de madurez de Soseki.

domingo, 21 de agosto de 2022

Aniquilación, por Michel Houllebecq

 


Aniquilación, de Michel Houellebecq

Editorial Anagrama. 605 páginas. 1ª edición de 2022.

Traducción de Jaime Zulaika

 

Había leído hasta ahora todas las novelas de Michel Houellebecq (Saint-Pierre, isla de La Reunión, 1958), que ya sumaban ocho y, cuando empecé a ver en redes sociales noticias sobre la aparición de la novena, Aniquilación (2022), también quise leerla. Ya he dicho, más de una vez, que el francés Houellebecq me parece, ahora mismo, el gran autor europeo que sabe captar, como nadie, la decadencia del viejo continente.

 

El personaje principal de Aniquilación es Paul, que tiene cuarenta y nueve años cuando empieza la narración. «Algunos lunes de los últimos días de noviembre, o de principios de diciembre, tenemos la sensación, sobre todo si uno es soltero, de estar en el corredor de la muerte.» Esta es la primera frase del libro y, al acercarse a ella, el lector habitual de Houellebecq empieza ya a reconocer su territorio de desesperación y soledad.

Paul es un burócrata, con un sueldo de 8.000 euros al mes, y que trabaja como asesor, u hombre de confianza, de Bruno, el exitoso ministro de Economía de Francia. Cuando la novela ya lleva un buen número de páginas sabremos que el diciembre, al que se alude en la primera frase, es el del año 2026 y que casi toda la novela va a transcurrir, por tanto, en 2027. Si las últimas elecciones presidenciales en Francia han tenido lugar en abril de 2022, Houellebecq especula en Aniquilación con las siguientes. El candidato del partido conservador, al que pertenece Bruno, va a ser un presentador de televisión, con un pasado como cómico. Algo que, parece decirnos Houellebecq, resulta ya irrelevante dentro de un mundo en el que la política real se ha vuelto insustancial. Y la función de este presentador, en el tablero político francés, simplemente puede que sea la de abrir las puertas para que sea posible que se vuelva a presentar, y a ganar, el presidente actual, que no puede hacerlo en 2027 porque ya lleva dos legislaciones seguidas, y la ley francesa prohíbe una tercera; así que se trataría, más que nada, de una estrategia de los conservadores para poder mantenerse en el poder.

No es la primera vez en la que las elecciones francesas son importantes en un libro de Houellebecq, ya lo fueron en Sumisión (2015), donde se especulaba con la idea de que un partido islámico llegaba a la presidencia.

Solo hay un elemento, además del juego sobre las próximas elecciones, que nos puede hacer pensar que nos encontramos ante una novela ligeramente futurista: están apareciendo en internet imágenes inquietantes en las que, por ejemplo, se ve cómo se le corta la cabeza al ministro Bruno con una guillotina, y la tecnología con la que está hecha la simulación hace que prácticamente esta farsa se pueda ver como si fuera real. El gobierno, del que Paul forma parte, está tratando de averiguar qué grupo o qué personas se encuentran detrás de la creación de estas imágenes. Pronto, además, este grupo, u otro, se va a dedicar a realizar atentados contra intereses en apariencia difíciles de relacionar (barcos mercantiles, un banco de semen, etc.). Una de las subtramas de la novela será aquélla en la que Paul, y las personas con las que se relaciona en el trabajo, tratan de averiguar quién está detrás del grupo terrorista que atenta contra estos diversos intereses. Así que, en parte, la novela funciona como un thriller político; aunque es cierto, que más bien este tema del terrorismo acabará actuando como un «MacGuffin» de los que usaba Alfred Hitchcock en sus películas, un elemento que hace avanzar la trama, pero que es tan solo una cortina de humo. Imagino que esta evaporación final de un tema que, a priori, parecía importante para el libro, irritará a más de un lector.

En realidad el tema principal de Aniquilación es el de la muerte, el de la asimilación de la decrepitud y la muerte por parte de las sociedades opulentas y decadentes. No es un tema nuevo en una obra de Houellebecq, pero nunca había sido tan central como hasta ahora. Sin embargo, sí que asistimos en Aniquilación a la desaparición de uno de sus temas más controvertidos y más clásicos: el del deseo sexual insatisfecho. En este sentido, la carrera literaria de Houellebecq empezó en 1994 con Ampliación del campo de batalla que hablaba de un «incel» (abreviatura de «involuntariamente célibe») y de sus frustraciones para encontrar pareja, y seguía en 1999 con Las partículas elementales, donde se habla del tema de la madurez y la insatisfacción del deseo. En El mapa y el territorio de 2010 tal vez hay una escena que puede actuar como bisagra entre el tema sexual de los primeros libros y el de la muerte del último: el personaje va a una ciudad de Suiza, donde están juntos el mayor prostíbulo de Europa y la mayor clínica de eutanasia de Europa, y Houellebecq, con su característico humor doliente, nos cuenta que la segunda empresa tenía más clientes que la primera.

Así que la obra de Houellebecq siempre ha basculado entre los dos temas subconscientes más básicos del ser humano: el eros y el tánatos.

 

En Aniquilación la idea del deseo sexual insatisfecho, que hace sufrir a los personajes, casi ha desaparecido. Me comentaba alguien en las redes sociales que, posiblemente, se deba a la ingesta de Houellebecq de antidepresivos, que eliminan la libido. Quizás esté en lo cierto.

La novela también nos habla de la relación de Paul con su mujer Prudence. Los dos, desde diez años antes de empezar la narración, duermen en habitaciones separadas y casi no tienen relación ni afectiva, ni sexual, ni de complicidad, ni de nada. La novela abrirá la posibilidad de un tiempo para los dos de volver a conocerse y acercarse. En Aniquilación también se nos hablará de la familia de Paul, con la que éste no parece tener mucho apego. Como suele ocurrir en las novelas de Houellebecq, su personaje masculino principal es un hombre distante y analítico, con pocas muestras de afecto hacia los demás. La madre, que era restauradora de arte, murió trabajando ocho años antes, y los hermanos, que son tres, tendrán que volver a juntarse para gestionar la nueva vida de su padre, cuando a este le da un ictus que le deja casi inmovilizado.

 

La novela está escrita en tercera persona, pero ‒gracias al recurso del estilo indirecto libre‒ el autor cede, en muchas ocasiones, la voz narrativa a Paul. Si bien, casi siempre se nos habla de Paul, el narrador también cederá la palabra en algunas ocasiones a sus hermanos.

Como siempre ocurre en las novelas de Houllebecq, el lector se encontrará con acertados dardos envenenados que se lanzan sobre el comportamiento humano y la decadente sociedad europea. Esto se dice sobre los viejos en las página 374: «La verdadera razón de la eutanasia es que ya no los soportamos, ni siquiera queremos saber que  existen, por eso los apartamos en lugares especializados, fuera de la vista de los demás seres humanos. La cuasi totalidad de la gente hoy día considera que la valía de una persona disminuye a medida que su edad aumenta; que la vida de un joven, y más aún de un niño, vale mucho más que la de un anciano. (…) Al conceder más valía a la vida de un niño (siendo así que no sabemos en qué se va a convertir, si será inteligente o estúpido, un genio, un criminal o un santo) negamos todo valor a nuestras acciones reales. Nuestros actor heroicos o generosos, todos nuestros logros, lo que hemos llevado a cabo, nuestras obras, lo que hemos llevado a cabo, nada de esto posee ya ningún valor a juicio del mundo y, muy rápidamente, no lo posee tampoco para nosotros. De este modo privamos de toda motivación y todo sentido a nuestra vida; es, muy concretamente, lo que llamamos el nihilismo. Devaluar el pasado y el presente en beneficio del futuro, devaluar lo real para preferir una virtualidad situada en un futuro incierto, son síntomas del nihilismo europeo mucho más decisivos que todo los que Nietzsche pudo detectar.»

 

Como siempre, el lector se encontrará con el humor desangelado de Houellebecq.

Como ya he escrito, hay en esta novela más de un camino narrativo que no conduce a ninguna parte, pero, a diferencia de su anterior novela, Serotonina (2019), que me parece una repetición respecto a las anteriores, en Aniquilación Houellebecq trata de evolucionar y, por extraño que parezca, al final parece que cree hasta en el amor. Es posible también que al tratar de ser un autor más serio, pierda gran parte de la frescura que asociamos a su obra. Aniquilación no es una novela redonda y, desde luego, no está entre las mejores del autor, pero me lo he pasado bien leyéndola.

 

domingo, 14 de agosto de 2022

A orillas del mar, por Abdulrazak Gurnah

 

A orillas del mar, de Abdulrazak Gurnah

Editorial Salamandra. 348 páginas. 1ª edición de 2001; ésta es de 2022.

Traducción de Patricia Antón de Vez y Rita da Costa

 

Hace unos meses leí Paraíso (1994) de Abdulrazak Gurnah (Zanzíbar, Tanzania, 1948), primero de los libros del último Premio Nobel de Literatura 2021 que había rescatado la editorial Salamandra. Ya comenté que me gustó ese libro; sin llegar a deslumbrarme, tampoco. Sé que hay lectores que esperan que el Premio Nobel premie la excelencia literaria absoluta, pero yo, a estas alturas, me conformo con que me descubre a un buen escritor. Y esta labor se cumplió con la lectura de Paraíso, una historia de África contada desde el punto de vista de los africanos.

Así que como la lectura de Paraíso me había parecido una buena experiencia, cuando la editorial Salamandra sacó a principios de 2022 un nuevo libro de Gurnah, A orillas del mar (2001), me apeteció solicitárselo para poder leerlo y comentarlo.

 

Si bien la acción de Paraíso se desarrollaba en África ‒en Tanzania, concretamente‒ a principios del siglo XX, la de A orillas del mar transcurre en Gran Bretaña, a finales del siglo XX, y serán los personajes africanos los que rememoren, desde la vida en la antigua metrópoli, su pasado en Tanzania.

 

La novela comienza con Saleh Omar, un tanzano de sesenta y cinco años, arribando en el aeropuerto de Gatwick, en Inglaterra, con un nombre falso y fingiendo que no sabe hablar inglés, pese a haberse educado en un colegio británico. Las autoridades de inmigración querrán devolverle a su país de origen, pero Omar enuncia la palabra «refugiado», la única que parece querer hacer ver que conoce del inglés. Omar sabe que el gobierno británico otorga la condición de refugiado a cualquier persona que llegue al país del lugar del que él viene y aduzca que su vida corre peligro. Entre la persona que interroga a Omar en el aeropuerto y Omar se produce el primer choque cultural. A pesar de que Omar le ha indicado que no habla inglés, el encargado de los pasaportes no podrá resistirse a ofrecerle una charla condescendiente en la que cuestionará su condición de refugiado. Para este vigilante de las fronteras europeas (a pesar de ser de origen rumano), Omar es demasiado viejo para iniciar una nueva vida en Europa y ha cometido un error; mucho mejor sería para él volverse a la tierra de la que ha salido. Aunque a este hombre no le quedará más remedio que sellar el pasaporte de Omar con la marca que le permitirá permanecer en Reino Unido, no podrá resistirse a una pequeña ruindad: requisarle (o más bien robarle) un pequeño cobre de caoba que contiene oud-al-qamari, una especia olorosa, que se convertirá en un símbolo de la rapiña que durante siglos Europa ha ejercido sobre sus colonias. «El mundo entero se había sacrificado por los valores europeos, las más de las veces sin alcanzar a disfrutarlos.» (pág. 25). Sin embargo esa cajita de caoba con una especia guarda el único recuerdo que Omar se ha querido traer de África, y nos empezará a narrar cómo llegó a él. Esta primera analepsis de la novela ‒mientras Omar espera el sello en su pasaporte‒ contendrá algunas de las claves de la historia que Gurnah quiere contarnos, una historia sobre el pasado colonial de Zanzíbar, pero también sobre las personas africanas que la poblaban y sus conflicto y envidias.

Omar pasará a vivir a un campo de refugiados, a un hostal en una pequeña ciudad al sur de Inglaterra, y luego a un apartamento que le suministrará una asociación de ayuda a los refugiados. Omar habrá de confesarse ante Raquel, y decirle que en realidad sí sabe hablar inglés, que ha fingido que no porque la persona que le vendió el billete de avión en Zanzíbar le sugirió que así lo hiciera, sin aclararse exactamente qué ventaja puede tener esto para él. Sin embargo, Rachel ya se ha preocupado de buscar a otro inmigrante de Zanzíbar que puede hacer de intérprete de Omar. Esta persona será Latif Mahmud, profesor en una universidad de Londres y poeta. Rachel, que en principio se ha enfadado con Omar, entenderá sus motivos. Omar se sorprende porque conoce a Latif de Zanzíbar, y el encuentro entre los dos hombres, y su narración de los hilos del pasado que los atan, constituirán el núcleo narrativo de la novela.

 

La novela consta de tres partes. La primera está narrada por Omar, que cuenta de un modo autoconsciente, dirigiéndose a un interlocutor indefinido. «He aquí la historia del mercader que me conseguía el oud. La contaré como sigue.» (pág. 30), no mucho después nos dirá que no sabe a quién puede interesarse su historia, pero el lector no tendrá la sensación de que la está escribiendo para, tal vez, ser leída, sino que la está rememorando mientras mira el techo de su nueva habitación en Inglaterra.

El narrador de la segunda parte será Latif, quien nos hablará de su pasado en Zanzíbar y de cómo consiguió llegar hasta Londres. Si bien, Omar nos ha contado en la primera parte que recibió una beca de estudios que le llevó a Nigeria, y esta parte me gustó, quizás algunas de mis páginas favoritas de este libro son aquellas en las que Latif nos habla de su beca de estudios en Alemania Oriental. Son páginas originales y sorprendentes, mostrando la mirada de un africano sobre un país comunista, detrás del Telón de Acero.

 

La tercera parte está narrada, de nuevo, por Omar, y en ella, principalmente, se recogen algunas conversaciones que éste tiene con Latif. De un modo lejano, y algo confuso, Omar y Latif están emparentados, y han compartido una historia común que, en gran medida, les ha llegado a su situación actual de refugiados en Reino Unido. En varios momentos se evoca Las mil y una noches, libro con el que parece indicarnos Gurnah que guardan relación las historias que Omar cuenta a Latif, y las versiones que da éste último de ellas. Uno de los puntos claves de estas historias es la posesión de una casa en Zanzíbar, una casa a orillas del mar, que los dos, pero sobre todo, Omar, parecen relacionar con la calma y la felicidad del pasado. La posesión de esa casa, mediante bodas y herencias, va a enredar la historia en la que ambos personajes quedan relacionados.

 

Me ha llamado la atención que, quitando la excepción de Las mil y una noches, muchas de las referencias culturales, y literarias, de la novela son occidentales. Así, por ejemplo, Omar cita varias veces a Bartleby, el escribiente, el cuento de Herman Melville. En este sentido, en la página 161, leemos, por ejemplo: «Me hacía pensar en aquella escena de Rojo y negro en la que Julien se aloja en casa de la duquesa prácticamente convencido de que heredará su fortuna (…) ¿O ese incidente aparecía en La feria de las vanidades

 

 

Ya en la primera parte Omar le contará al lector que ha estado en la cárcel en su país, pero no será hasta el tramo final de la novela que se rebelen los detalles de ese suceso.

Una vez que los británicos dejan Tanzania, Omar nos hablará de que el gobierno de la nueva nación independiente se hizo socialista y se acercó a los países del Bloque del Este, dentro del contexto de la Guerra Fría. El nuevo gobierno, nos contará Omar, empezó a detener a la gente por miles. En algunos casos, a opositores políticos, pero en otros por rencillas personales, por puro abuso de poder. Y al leer sobre estos abusos de poder a los que se vio sometida una parte de la población civil, he sentido A orillas del mar vinculada con las primeras novelas de Milan Kundera, con novelas como La insoportable levedad del ser o La broma, donde se denuncia el peso de los regímenes totalitarios sobre los individuos.

La mirada que nos propone Gurnah sobre África me ha parecido muy original. Me gustó Paraíso, que, como dije, habla de africanos en África, y me ha gustado más A orillas del mar, sobre africanos en Europa. En cualquier caso, los dos textos se complementan muy bien. En algún momento he mantenido la conversación ¿qué podemos esperar de un premio Nobel, el premio literario más prestigioso del mundo? Creo que el premio Nobel a Gurnah nos ha acercado a un gran escritor, que había pasado, al menos en el mundo hispano, bastante desapercibido y esto está muy bien.

 

domingo, 7 de agosto de 2022

Soy un gato, por Natsume Soseki

 


Soy un gato, de Natsume Soseki

Editorial Impedimenta. 646 páginas. 1ª edición de 1905, ésta es de 2010.

Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Córdoba

 

Después de leer tres libros casi seguidos de Kenzaburo Oé, me apeteció seguir con escritores japoneses. En la lista que elaboré, Natsume Soseki (Tokio, 1867 – 1916) ocupaba un puesto importante, ya que se trata de uno de los autores más reputados y leídos de Japón. Además se considera que introdujo a su país en la modernidad literaria. De hecho, como ocurrió con Benito Pérez Galdós en España, en los billetes de 1.000 pesetas, el rostro de Soseki ha aparecido durante muchos años en los billetes de 1.000 yenes.

 

«Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre.» es la primera frase del libro. Este gato anónimo va a ser el particular narrador de la novela, que inicialmente se publicó por entregas en una revista satírica. El gato nos va a empezar contando cómo llega a la casa del maestro Kushami, una familia de clase media compuesta por el maestro, su mujer y dos niñas pequeñas. En la casa también vive (o trabaja) la sirvienta Osan, con la que el gato no acabará nunca de llevarse bien, porque a ella no le gusta él.

El maestro va a recibir en su casa a diversos visitantes. Uno de ellos es Meitei, que es propenso a tomarles el pelo a los demás, haciéndoles creer historias inventadas. Otros es Kangetsu, que es más joven que los dos anteriores, y fue alumno de Kushami. En el presente narrativo de la novela, Kangetsu está haciendo un doctorado en la universidad de ciencias Físicas, donde principalmente se dedica a pulir bolas metálicas, tarea que puede llevarle años hasta que consiga su deseado título de doctor. A Kangetsu también le ha salido una oportunidad matrimonial con la hija del señor Kaneda, un acaudalado hombre de negocios. Kushami desprecia a los hombres de negocios, ya que se considera a sí mismo un intelectual. Y este desprecio ‒y las venganzas que propiciará por parte de Kaneda‒ va a generar algunas de las escenas cómicas de la novela. De telón de fondo histórico, tenemos la guerra ruso-japonesa, que tuvo lugar entre 1904 y 1905, y terminó con victoria japonesa.

 

Soseki quiso realizar en esta obra inaugural una crítica social a la era Meiji, que abarca desde 1868 hasta 1912, un periodo que casi coincide con su vida. Este periodo histórico de Japón se caracterizó por la modernización del país y también por su occidentalización. Soseki mantuvo una relación ambigua con Occidente, puesto que él estudió en la universidad Lengua Inglesa, y conocía la cultura británica y su literatura, pero también era un gran admirador de la poesía tradicional china y de los haikus, los poemas breves japoneses. En 1900 el gobierno japonés le concedió una beca y pasó tres años en Londres. En Inglaterra sufriría muchos choques culturales y soledad. Fue un periodo de su vida en el que principalmente estuvo en bibliotecas públicas, leyendo a autores ingleses, que acabaron influyendo en su obra, como Laurence Sterne con su novela Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, que se cita en Soy un gato.

 

Principalmente el gato nos mostrará las conversaciones que el maestro tiene con sus amigos. En más de un caso, son conversaciones extensísimas, que se adentran en el absurdo. Un efecto, este de reflejar el absurdo, que busca la comicidad. También estas conversaciones muestran el conservadurismo de los personajes, que temen que las nuevas generaciones de japoneses pierdan las costumbres de sus antepasados y el respeto a los demás. «Al final puede que la sociedad entera no sea más que una especie de congregación de lunáticos, formada por miles de chalados, cada uno con su obsesión particular.» (pág. 487) o «Entre los humanos hay un dicho: “Amarás a tu prójimo mientras puedas sacar provecho de él.”» (pág. 434)

 

Más que las páginas que recogen las conversaciones entre los personajes humanos, me gustan aquellas en las que se muestran las andanzas del gato, que visita a otros gatos del vecindario, o se adentra en la casa de Kaneda, el enemigo de su dueño, para averiguar cómo vive. También habrá un día en el que seguirá al maestro hasta unos baños termales y nos mostrará cómo son. Sin embargo, la mayoría de las páginas reflejan las conversaciones que el maestro mantiene con sus visitas, y diría que muchas de ellas sobran, porque las bromas sobre el absurdo de la realidad se alargan de forma innecesaria, sin asomo de tensión narrativa.

 

Me gusta el episodio en el que se narran los conflictos que el maestro tiene con los estudiantes adolescentes de un colegio cercano que, de forma continua, se cuelan en su jardín y que, además, disfrutan provocándole para que se salga de sus casillas. Aquí Soseki hace una simpática crítica de costumbres sobre la mala educación de los jóvenes y la terquedad y simpleza del maestro. En realidad, en la figura del maestro Kushami, Soseki se está burlando de sí mismo. Los dos comparten algunas características, como la de ser maestros de inglés, o la de lucir un gran mostacho. También el maestro está aquejado de dispepsia (o dolor de estómago), unos dolores que debían acompañar al autor, ya que murió en 1916, a los cuarenta y nueve años, por una úlcera de estómago.

Este capítulo, en gran medida, queda desvinculado de la estructura general de la novela, como si se tratase de una novela dentro de la novela, con su particular estilo narrativo. En realidad, Soy un gato parece un banco de pruebas para el narrador que será más tarde Soseki.

 

Hay momentos en los que parece que Soseki se olvida de que el narrador de la historia es el gato, y el lector tiene la sensación de estar leyendo una novela omnisciente, ya que nuestro gato sin nombre es capaz de citar a Balzac o a los clásicos griegos, en sus reflexiones, en sus ligeras críticas a la condición humana. De hecho, es asombrosa la influencia de la cultura clásica europea sobre Japón, o al menos sobre el Japón que Soseki refleja en esta novela. En algún momento, pensaba que a pesar de que el lector tiene que hacer el pacto con el autor de que el narrador de la historia es un gato, que puede reflejar las conversaciones humanas, puede leer cartas o diarios y tiene el discernimiento suficiente como para juzgar a los humanos, este gato hacía reflexiones que no justificaba su experiencia vital «como gato doméstico». Por ejemplo, en la página 347 empiezan siete páginas en las que el gato describe la historia del vestido moderno que, para mí, simplemente sobraban en la novela. Creo que el propio Soseki, en algún momento de la escritura del libro, se da cuenta de este problema de verosimilitud del que estoy hablando, y en la página 488 el gato dice: «Poseía, por ejemplo, el don de adivinar los pensamientos  de la gente. ¿De dónde me venía este don? No merece la pena romperse la cabeza para hallar la respuesta. El hecho indiscutible es que poseía esa cualidad, y punto.»

 

El gato también nos expone reflexiones metaliterarias, y se dirige a «sus lectores» o en la página 225 dice: «Soy partidario del estilo descriptivo y realista de la literatura.» o en la página 417: «Constituye la esencia del carácter del maestro, y es su peculiar carácter el que le ha convertido durante estos meses en un conocido personaje de una novela cómica por entregas».

 

Como curiosidad me gustaría apuntar que Soy en gato está publicado ahora mismo en España en tres editoriales, con tres traductores diferentes (Trotta, Alianza e Impedimenta). Yo solo he leído la traducción de Impedimenta y me parece un gran trabajo, pero tengo la sensación de que la belleza de su portada ha contribuido en gran medida a su éxito comercial. Una compañera del colegio en el que trabajo me vio con el libro y me dijo que ella lo había leído. Lo había comprado por la portada y porque es amante de los gatos. A ratos la lectura le aburrió, me contó, pero luego cerraba el libro, miraba la portada y seguía.

 

Como ya he apuntado, creo que Soy un gato es una novela simpática, con momentos brillantes, pero a la que le sobran páginas; sobre todo, aquellas en las que las conversaciones entre el maestro y sus amigos se alargan sin fin. A veces, también, hay hilos narrativos que se agotan enseguida y quedan inconclusos. Todo esto muestra que Soseki escribía su novela por entregas a impulsos variables, sin pensar de forma precisa en una estructura narrativa clara. Mientras escribo esta reseña, estoy acabando Botchan, la segunda novela de Soseki, que se publicó en 1906, y que me está gustando bastante más. Ya hablaré de ella.