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domingo, 30 de agosto de 2026

Las hogueras, por Concha Alós


Las hogueras,
de Concha Alós

Editorial Seix Barral. 277 páginas. Primera edición de 1964, esta es de 2024

 

Hace unos años leí Los enanos (1962) y Rey de gatos (1972) de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011), dos libros de la época del franquismo de una escritora que, aunque tuvo éxito comercial en vida, no había entrado en el canon del prestigio literario y había quedado olvidada. La editorial madrileña La Navaja Suiza fue la encargada de llevar a cabo el rescate de estos dos libros. Estuve en la presentación de Los enanos, que tuvo lugar en la Residencia de Estudiantes, y allí, conversando con los editores, estos me dijeron que también pensaban publicar Las hogueras (1964). Al final, parece que, tras la buena acogida que tuvieron los libros de Concha Alós, publicados en La Navaja Suiza, Seix Barral se adelantó y acabó publicando ella Las hogueras. Me llegó al correo electrónico la publicidad de esta novedad literaria y me agradó ver que el dossier de prensa había incluido una frase que yo escribí en mis reseñas de Alós: «La mirada de Concha Alós es muy moderna e incisiva, y retrata muy bien un periodo del pasado de España con una prosa punzante y poética». Cuando estuve cerca de una librería miré si la habían incluido entre las recomendaciones de solapa y me alegró comprobar que así era. Entonces decidí, pese a mi montaña de libros por leer, solicitar Las hogueras a Seix Barral para poder leer y reseñar el libro. Era un libro que me hacía especial ilusión tener en casa.

 

Hay una historia curiosa con Los enanos y Las hogueras: Los enanos ganó el Premio Planeta de 1962, pero Alós tuvo que renunciar al premio, ya que tenía firmado un contrato previo con la editorial Plaza & Janes, que en principio no lo había querido sacar después de aceptarlo. Sin embargo, se volvió a presentar dos años después, en 1964, con Las hogueras y esta vez ya sí lo ganó y se publicó con esta publicidad. Y todo esto, claro, en un contexto histórico en el que el Planeta, lejos del premio comercial que es ahora, sí que buscaba el valor literario en las obras que publicaba.

 

Si bien Los enanos nos llevaba al ambiente sórdido de una pensión de la Barcelona de los años cincuenta, Las hogueras nos lleva hasta el norte de la isla de Mallorca en la década del sesenta. Al empezar a leer el libro me estaba preguntando si el tiempo narrativo del que se hablaba era el inmediatamente anterior a su escritura –es decir, el de principios de los años sesenta– o la historia nos retrotraía a un periodo mucho más cercano a la guerra civil. En algunos momentos, los protagonistas recuerdan el «tiempo de la guerra» o el «tiempo de antes de la guerra», como si esos recuerdos no fueran muy lejanos, y se nos dice, por ejemplo, que al pueblo en el que viven los protagonistas aún no ha llegado la luz eléctrica, pero algunas pistas nos hacen ver que estamos más en los años sesenta que en los cuarenta o cincuenta, como la gran afluencia de turistas a la isla en verano, de la que se habla en Las hogueras, que fue un fenómeno en España asociado a la década del sesenta. Sin embargo, cualquier ambigüedad sobre el tiempo narrativo quedará resuelta en la página 95, cuando se nos habla de «el juicio de Ruby, el asesino del presunto criminal que mató a Kennedy». Este juicio –como leo en internet– tuvo lugar entre febrero y marzo de 1964.

 

La protagonista principal de la novela es Sibila, que ya en la primera página se nos dice que ha soñado con los días en los que fue modelo en París, y llegó a salir en revistas como Vogue. Ha pasado el tiempo y está casada con Archibald, al que conoció en París. Los dos viven en una casa a las afueras de Son Bauló, un pueblo del norte de Mallorca. Esta localidad no la conocía, pero sí otras que aparecen en la novela, como Alcudia, Muro o Santa Margalida, porque allí tenían una casa mis suegros y he pasado en esa zona de Mallorca más de un verano. Tengo unos bellos recuerdos del lugar; sin embargo, como ya hizo en la Barcelona de Los enanos, Alós conseguirá transformar este espacio físico en un lugar opresor y feo. Esto lo consigue, en gran medida, cargando de fuerza a algunos símbolos; así, por ejemplo, las moscas son una presencia constante en la novela.

 

Archibald y Sibila duermen en habitaciones separadas. «Vivían en la misma casa y sin embargo habitaban dos mundos ignorados el uno del otro, a una distancia inconmensurable», leemos en la página 30. Aunque, al principio, la casa de campo le había gustado a Sibila, lleva un tiempo sintiéndose atrapada en ella y le gustaría trasladarse a una ciudad, idea no compartida por Archibald.

 

La novela está escrita en tercera persona (con algunos capítulos narrados en pasado y otros en presente), pero Alós, frecuentemente, nos mostrará los pensamientos de sus personajes, usando la técnica del estilo indirecto libre. La novela se ocupa de más personajes, aparte de Sibila y Archibald. Otro de los personajes principales será Asunción, la maestra de Son Bauló, que lleva en el pueblo diez años dando clase y ya ha perdido el idealismo con el que empezó en su profesión. De hecho, cuando acabó su carrera, quería seguir estudiando y formándose, pero para ello tendría que vivir en una habitación de la parte de arriba del colegio, pasando frío y penalidades. Decidió trasladarse a una habitación del hotel del pueblo y tener así un techo caliente y la comida hecha. Aunque en invierno, y durante el resto del año, consigue un precio especial en el hotel, alcanzar este nivel de vida le supone aceptar trabajar más horas al día y, así, por las tardes, después de acabar la jornada laboral con los niños, dará clases para enseñar a leer y escribir a adultos. De entre estos alumnos, que son emigrantes del sur de la península ibérica, la narración nos destacará a Daniel el Monegro. Las hogueras no llega a ser una novela tan coral como Los enanos, pero son bastantes los personajes que entran en la historia y de los que conoceremos sus inquietudes.

Con breves pinceladas, Alós nos irá desvelando el pasado de estos personajes. La mayoría de ellos se sienten atrapados e insatisfechos. Además de las metáforas que parten de la naturaleza y que se van cargando de símbolos, como esas moscas de las que ya he hablado, también habrá más de una nube negra sobrevolando los cielos de la narración. También en las comparaciones y referencias, se notará una presencia agobiante de la imaginería religiosa, con sus santos y vírgenes. La imagen de las hogueras que parecen incendiar algunos cerros de Mallorca también se irá cargando de fuerza simbólica, hasta llegar al bello y triste párrafo final: «Las hogueras. Archibald pensó que a menudo los breves y desesperados vuelos hacia la felicidad son como una hoguera que arrasa y nos hunde en la desesperanza, en la soledad. En la imposibilidad de esperar nada aparte de la diaria y baja rutina…» (pág. 277)

 

El lenguaje de la novela es muy ágil. Alós escribe aquí con frases muy cortas y en muchos casos entrecortadas, donde las frases se quedan en simples sintagmas nominales, y tendrá que ser el lector quien las complete. Así, por ejemplo, leemos en la página 86: «Su marido. Parecía que todo había ocurrido ayer» o «Y él se marchó. Era la guerra. Quemaban las iglesias y las personas chillaban corriendo bajo los aviones que volaban» o en la página siguiente: «Su marido estaba en la cárcel. Escaseaba el pan. Y ella tuvo que ponerse a trabajar. El campo. El sol. La siega». También suele usar Alós construcciones en las que aparecen tres adjetivos seguidos: «Todo era triste, miserable y feo», «La voz es indecisa, lenta, abrupta» (pág. 34), «La cabeza de Asunción Molino es allí una sombra movible, poderosa, grande» (pág. 35).

 

La mirada de Concha Alós sobre la realidad que analiza es muy moderna, porque hay en sus páginas una sensibilidad muy grande hacia la posición de la mujer en la sociedad de la época. De este modo, Sibila quedará retratada como un objeto de deseo en la mirada de los hombres con los que se relaciona, como una posesión de lujo. Así nos habla Alós de la relación en París entre Archibald y Sibila: «Estaba fatigada. La había comprado Archibald con su dinero, con su paz, como años atrás pudo comprarla otro cualquiera por un panecillo caliente» (pág. 47). Alós dibuja a Sibila como una mujer frívola, a la que le cuesta ver más allá de la imagen de deseo que proyecta en los hombres, una mujer ignorante y, en gran medida, superficial, que creció en un hogar machista, en el que la madre trabajaba en casa y el padre le decía que ella no iba a tener que trabajar, gracias a su belleza. Y esta mirada de Alós sobre su personaje es valiosa, porque no lo idealiza, a pesar de ser una mujer, en gran medida, oprimida.

 

La mirada de Asunción, la maestra, sobre el mundo que la rodea será más crítica y meditada. Así en la página 182 leemos: «Las chicas, según ella, no tenían más ambición que llegar a ser el parásito del primer hombre que les pusiera a tiro. (…) No soportaba su juego: un juego de acoso y obsesión hacia el sexo contrario. Comprendió más tarde, cuando pasaron los años, que las mujeres solían apostarlo todo a una carta: su porvenir y la solución de un problema social y sexual. Entonces, en aquellos tiempos, Asunción era una muchacha apasionada, inteligente y arisca, ambiciosa».

La novela también es moderna porque habla del deseo sexual de las mujeres. Y, como ocurría, en Los enanos, frente a la uniformidad social que parece emanar del franquismo, en esta novela aparecen personajes de otras razas. Así se nos hablará de Rosso, que era el novio de Sibila en París, un negro cubano que traficaba con joyas. Y Sibila se adentrará en Palma en la calle de los judíos para comprar un reloj. Esto le servirá a Alós para hablar del odio que ha existido en Mallorca hacia los judíos. También, y aquí la novela tiene un componente social importante, Alós nos va a hablar del rechazo racista de los isleños mallorquines hacia los inmigrantes peninsulares. También se hablará aquí, como ya ocurría en Los enanos, de la homosexualidad, pues se nos dirá que el modisto para el que trabajaba Sibila en París era homosexual. Los temas raciales y sexuales no eran muy frecuentes en la época del franquismo, y a veces sorprende que estos libros consiguieran pasar la censura de la época.

 

En la contraportada de Los enanos, en la editorial La Navaja Suiza, leemos: «Obra cumbre en la narrativa de Concha Alós» y en la contraportada de Las hogueras, en la editorial Seix Barral, leemos: «Las hogueras es la mejor novela de Concha Alós». Así que, según cada editorial, su novela es la mejor de la autora. Creo que Los enanos me gustó más, pero esto no quiere decir que desprecie Las hogueras, porque me ha parecido de nuevo una grandísima novela, y el rescate de esta autora me sigue pareciendo muy pertinente. 

domingo, 12 de diciembre de 2021

Rey de gatos, por Concha Alós


 Rey de gatos, de Concha Alós

Editorial La Navaja Suiza. 207 páginas. 1ª edición de 1972, ésta es de 2019.

 

Ya he comentado, en la reseña de la novela Los enanos (1962) de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011), que los editores de La Navaja Suiza me mandaron en el mismo envío los dos libros que han rescatado de Alós, Los enanos y Rey de gatos (1972). Quise empezar por Los enanos por seguir un orden cronológico de escritura, y leí los dos libros seguidos.

 

Rey de gatos está formado por nueve relatos y un prólogo sin firmar, que entiendo que estará escrito entre los tres editores de La Navaja Suiza. Cuando Agustín Márquez, uno de los editores, me habló, en primera instancia, de Rey de gatos me dijo que se parecía a la propuesta de los cuentos de terror de la argentina Mariana Enriquez. Y esta comparación me hizo sentir bastante curiosidad.

 

Los enanos es una novela que encaja perfectamente con la corriente del realismo social que practicaban los escritores españoles de la época, retratando las vidas precarias de un nutrido elenco de personajes que convivían en una pobre pensión de Barcelona. Alós tiene más novelas que siguen esta línea, y es curioso ver cómo en su único libro de cuentos se convierte en una escritora diferente, y posiblemente más moderna.

 

El primer cuento del libro es La otra bestia, y refleja el disperso y acelerado monólogo interior de una mujer en crisis que conversa con un fantasma. El estilo ha cambiado respecto a Los enanos: si en esta novela Alós usaba la frase precisa y corta, y a veces entrecortada, en La otra bestia la prosa es más envolvente, con frases más profusas en subordinadas y matizaciones. Lila, de familia burguesa, se casó con Nico, un chico guapo de una familia más pobre y al que el padre de Lila no aprobaba. Sin embargo, Lila decidió romper con los tabús familiares y entregarse al amor de Nico. En el tiempo narrativo del cuento Nico le es infiel y ella ha ido hasta el jardín de la casa en la que sabe que se va a encontrar con su amante, y desde la oscuridad espera, conversando con sus fantasmas interiores.

Este esquema narrativo que he descrito se repetirá, con algunas variantes, en otros cuentos del conjunto, y en gran medida responde a la crisis vital que atravesaba Concha Alós en esa época. Alós, originaria de Valencia, se trasladó a vivir a Mallorca. En la isla se casó con el director del franquista periódico Baleares, pero en el periódico conoció al tipógrafo Baltasar Porcel, que deseaba ser novelista. Alós se enamoró de Porcel, once años más joven que ella, y huyeron juntos a Barcelona. Todo un escándalo en la Mallorca de esos años. Alós ayudó a que despegara la carrera literaria de Porcel, ya que entre otras cosas traducía sus novelas del catalán al castellano. Cuando escribe los cuentos de Rey de gatos, Porcel ha abandonado a Alós, y ésta se encuentra sola. Bajo este estado de ánimo y mental están escritos estos cuentos, tenebrosos en gran medida.

 

El segundo cuento es Rey de gatos, y es el único cuyo protagonista es un hombre. Es un cuento diferente al resto, ya que la historia se extiende durante un periodo considerable de años. Un hombre solitario busca el sentido de la vida, tras trasladarse a vivir a una casa heredada, pero acaba sintiendo el peso sobre él de la infelicidad, la soledad y la incomprensión. El relato avanza eficazmente hacia un tenso final con violencia ejercida desde el mundo natural.

 

Cosmo es el tercer cuento y, en esencia, es bastante similar al primero. Aquí de nuevo una mujer, casada con un hombre ‒de nombre Cosmo‒ al que su familia no había dado el visto bueno, sufre de celos y de sensación de abandono.

Tanto el Nico del primer cuento, como el Cosmo de éste, parecen un trasunto de Baltasar Porcel. «Después, bastante tiempo después, llegó Cosmo: “No te conviene. Es demasiado joven. Es alocado. No tiene carrera.”» (pág. 71). Sin embargo, las mujeres de estos relatos no quieren dar su brazo a torcer, no acabarán pensando que su familia tenía razón, y sufrirán por la traición de sus parejas.

En el cuento Cosmo aparecen además tendencias suicidas de la protagonista. «Tía Patricia, cuando llegué a casa, me dijo que yo era peor que las perras.» (pág. 72) También se muestra aquí la crítica social de la época hacia las mujeres que sentían un interés abierto por el sexo.

 

El leproso empieza así: «Siempre estaba encontrando a los leprosos. Eran tres, a veces más, y de noche se instalaban junto a mi cama envueltos en un sudario, me miraban inmóviles. Mis hermanas, que dormían en el mismo cuarto que yo, nunca se dieron cuenta.» (pag. 91). Una joven sin novio nos habla de su casa, mientras que su hermana ‒cumpliendo mejor que ella con las normas sociales‒ va a casarse y ella seguirá estando sola. Además la narradora parece tener apariciones de leprosos. Un relato perturbador que refleja, en gran medida, el temor ‒pero también la atracción‒ hacia la violación.

 

En Los pavos reales el personaje que se ha llamado Nico o Cosmo aquí ha pasado a ser Roberto. La narradora le dirá a su madre: «Yo que dije que no volvería más, que quien rechazaba a Eduardo me rechazaba a mí.» (pág. 111). Y mientras, como un símbolo expresionista, los pavos reales han desaparecido del pueblo.

 

En Mariposas se representa el miedo a la muerte del hijo de una mujer. Como ocurre en más de uno de estos relatos, los animales van cobrando un valor compositivo de símbolo, y en este caso son las llamadas «Mariposas de Satanás», que representarían a la muerte.

 

Sutter´s gold empieza así: «Ahí estaba la muerta. Con el cuello marcado por la soga, desollada en una línea gruesa y roja, rotas las vértebras.» (pág. 141). En este cuento también se habla de una mujer abandonada por su marido, Beltrán en este caso, y la narradora habla de una mujer que no es otra que ella misma. En más de uno de los cuentos de este libro se juega con la idea del desdoblamiento procedente de la locura o de un fuerte choque emocional.

 

En Paraíso la narradora cuestiona a su padre que acoge en casa a chicas sin hogar con intenciones sexuales. Este cuento es un ajuste de cuentas con la figura del padre abusador, pero también hacia la madre pasiva y consentidora.

 

En La coraza leemos: «Hay que trivializar el sexo. Apréndelo. No importa amar a una persona, admirarla, para irnos a la cama con ella. Tienes que despersonalizar el acto sexual.» (pág. 195). A través de la idea de la locura y la antropofagia la narradora se enfrenta al horror social del deseo sexual de las mujeres.

 

 

¿Se parecen realmente estos cuentos de Rey de gatos a los que escribe Mariana Enriquez en, por ejemplo, Las cosas que perdimos en el fuego? Motivo que me llevó, en gran medida, a querer leerlos. En principio podemos encontrar algunos paralelismos, ya que ambas escritoras ‒con casi cuarenta años de diferencia‒ usan el género fantástico para hablar de algunos problemas sociales de su época. En el caso de Enriquez el elenco es más variado y en el de Alós la escritora parte de obsesiones más personas que las de Enriquez. Alós juega con la idea de la locura y el doble para hablar, de forma distorsionada de sí misma, y Enriquez habla más de la sociedad en la que vive que de sí misma. Además Enriquez, a la que supongo más conocedora de la tradición clásica del terror, usa más elementos fantásticos diferentes (fantasma, zombi, etc.) que Alós.

 

Rey de gatos es un libro ciertamente sorprendente, sobre todo por su contexto. Escrito ya en la década de 1970, pero aún en dictadura, llaman la atención sus modernos planteamientos, que dejan ya atrás el realismo social de décadas anteriores. Me llama la atención también, y lo digo otra vez, que nunca hubiera oído hablar de Concha Alós hasta que La Navaja Suiza ha decidido rescatarla, porque me parece una escritora valiosa.

 

domingo, 28 de noviembre de 2021

Los enanos, por Concha Alós


 Los enanos, de Concha Alós

Editorial La Navaja Suiza. 255 páginas. 1ª edición de 1962, ésta es de 2021.

 

Coincidí con Agustín Márquez, uno de los editores de La Navaja Suiza en la presentación de la novela Sanguínea de la ecuatoriana Gabriela Ponce, y me informó de la inminente publicación de la novela Los enanos de Concha Alós (Valencia, 1926 – Barcelona, 2011). También me invitó a la presentación que iba a tener lugar en la Residencia de Estudiantes a cargo de Constantino Bértolo y Noelia Adánez. Me apeteció ir, y amablemente los editores de La Navaja Suiza me enviaron Los enanos y el libro de cuentos Rey de gatos para que pudiera leer a Concha Alós y comentarla.

 

Durante una temporada busqué en libros de texto de bachillerato nombres de autores de la época del franquismo, porque me interesaba ver qué se podía escribir entonces y cómo los autores se enfrentaban al problema de la censura. Lo cierto es que nunca me encontré en estos libros con el nombre de Concha Alós, una autora perfectamente olvidada. En 2016 la editorial Recalcitrantes rescató su novela Las hogueras, que ganó el premio Planeta en 1964; pero en la actualidad Recalcitrantes ya no tiene actividad, y está siendo La Navaja Suiza la encargada de acercarnos la obra de esta olvidada e interesante autora.

 

En 1962, Alós presentó Los enanos, su primera novela, al premio Plaza y Janés. Lo ganó, pero el editor acabó pensando que tenía ideas socialistas y frenó su publicación. Alós la presentó el mismo año al premio Planeta y volvió a ganar. Plaza y Janés impidió que se publicara, porque ella tenía los derechos. No encuentro el dato de en qué editorial se acabó publicando Los enanos por primera vez, pero me parece que me he encontrado esta novela en alguna librería de segunda mano y era Áncora y Delfín.

 

En Los enanos, Concha Alós introduce al lector en una pensión humilde de Barcelona, y le acerca a las vidas de sus inquilinos. Diría que una de las influencias de esta novela es La colmena de Camilo José Cela, publicada en Buenos Aires en 1951, que no sé si Concha Alós pudo llegar a leer, puesto que estaba censurada en España.

 

«Somos enanos rodeados de enanos y los gigantes se escondes para reírse.» es la cita con la que inicia el libro. Al principio creía que pertenecía a otro autor y que en la edición de La Navaja Suiza se habían olvidado de señalar su nombre. Pero en realidad es una autocita del libro, tomada del diario de uno de sus personajes. Y es una autocita muy significativa, puesto que Alós va a retratar en su primera novela vidas de «enanos», de personas atrapadas por la miseria y cuyos anhelos de una vida mejor ‒poder comprarse una casa y dejar la pensión, por ejemplo‒, siempre se van a ver truncados por las circunstancias que rodean sus existencias.

 

«Desde la pequeña galería, asomada al sucio patio de luces, se veían las ratas.», es la primera frase de la novela. «Enanos», «ratas»…, las escenas que dibuja Alós en su novela tienden al tremendismo y el feísmo, algo muy típico en la corriente novelística del realismo social de la época.

En la presentación de la Residencia de Estudiantes, Constantino Bértolo y Noelia Adánez hablaron de lo sorprendente que resultaba que algunas de las escenas que dibuja Alós en este libro hubieran podido pasar la censura. Los dos apuntaron ideas interesantes: Bértolo señalaba que al franquismo no le preocupaban los libros de escritores que publicaban en Planeta, o su entorno, porque eran libros que contaban ‒como Los enanos‒ historias de pobres y que iban a leer gente pobre, gente que no tenía poder real frente a la dictadura. Bértolo siguió diciendo que al Régimen le preocupaban los libros de Seix Barral, por ejemplo, porque los leía la clase media alta, o la clase ilustrada, y ellos sí que tenían una opinión que podía influir en la continuidad o no de la dictadura. Adánez, por su parte, se ocupó de las escenas de sexo explícito del libro y la presencia de las prostitutas en los libros de Alós, y dijo que sorteaban la censura porque al censor ni se le pasaba por la cabeza que una mujer pudiera tener pulsiones eróticas, que sus referencias sexuales las asociaba al feísmo y poco más.

 

«Huele a orín y a basura podrida», es una descripción de la pensión que aparece en la página 18, aunque también en otras páginas podemos encontrarnos con más de un toque poético: «La señora Lola lleva siempre unos delantales muy almidonados, muy bordados de pájaros y mariposas. Es como si estuviera en un baile y fuera disfrazada de cometa.» (pág. 30)

 

Usando el presente verbal, Alós va dando paso a escenas protagonizadas por diferentes huéspedes de la pensión. En ningún momento se dan fechas concretas del momento exacto en el que está situada la novela, pero diría que no es el año 1962, en el que está publicada, sino algún punto de la década anterior, la de 1950, porque los recuerdos de la guerra parecen aún muy presentes. Algunos personajes se plantean volver al pueblo del que han emigrado, pero les frena la idea de que sus vecinos les tilden de fracasados. Está muy presente aquí la España de la emigración a las ciudades durante los años 50 y las dificultades con las que se encuentran estas personas en las grandes urbes.

Más de un personaje no deja de pensar tampoco en un supuesto pasado glorioso o mejor, como la señora Cleo, que fue bailarina en un espectáculo de Tánger, hasta que conoció a Alfredo y se casó con él, consiguiendo así la honorabilidad social a la que aspiraba. El problema es que a Alfredo, vendedor ambulante, ya no le va tan bien como antaño y se siente frustrada.

Alfredo es judío y es éste un dato llamativo de la novela. Noelia Adánez señaló en la presentación que Concha Alós se ocupaba de algunos temas que no tocaba nadie en la narrativa española de entonces y habló del tema racial. Alfredo es judío y vive afectado por lo que le ocurrió a los judíos unos años antes en la Alemania nazi. Otro de los inquilinos de la pensión es Mohatá, que es un joven marroquí al que un promotor de boxeo trajo del país vecino porque pensaba que tenía cualidades para el ring, pero pierde una pelea tras otra, mientras no deja de adelgazar. Sobre él, otros personajes vierten algún comentario racista. Hacia el final, también ocupan un cuarto de la pensión unos negros musulmanes, y una china. Además, sin ser nunca de un modo explícito, se insinúa la presencia de la homosexualidad en la pensión, un tema tabú para la época.

 

Sobresale sobre el conjunto el personaje de Sabina, una prostituta que también aspira a poder casarse y conseguir así un ascenso social. Es un personaje con aristas, consciente del privilegio de ser hombre en el mundo que le ha tocado vivir. También es rencorosa de su pasado en el pueblo, del que ha huido a la ciudad, ya que su padre, «el Perlao», mató al cura y al señorito, por lo que sería fusilado, y ella se sentía allí señalada. De forma puntual algún personaje recuerda la guerra y, eso sí, la violencia que se recoge en estas páginas parece ejercida solo desde el lado republicano.

 

También destaca María, una joven emigrada a Barcelona desde Mallorca, donde vivió Alós. María ha comprado un cuaderno y en él vuelca sus impresiones sobre los otros miembros de la pensión y nos narrará su historia de adulterio en la isla. Estas páginas están escritas en primera persona y suponen un cambio de estructura frente a la forma en la que se narra la vida de los otros personajes.

 

Me ha parecido que la mirada de Concha Alós es muy moderna e incisiva, y que retrata muy bien un periodo del pasado de España, con una prosa punzante, repleta de frases cortas, que no dejan de ser poéticas. Los enanos es un libro destacado del realismo social de la década de 1960, del que nunca había oído hablar, y que rescata ahora con mucho acierto La Navaja Suiza.