domingo, 19 de abril de 2026

Una mujer a quien amar, por Theodor Kallifatides


Una mujer a quien amar
, de Theodor Kallifatides

Editorial Galaxia Gutenberg. 155 páginas. 1ª edición de 2003; esta es de 2025.

Traducción de Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide

 

Ya he contado que, en noviembre de 2025, fui a escuchar a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) en una charla organizada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid con Lídia Jorge. Compré tres libros de Kallifatides, Madres e hijas (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003), publicados en España por la editorial Galaxia Gutenberg. De forma errónea, consideré que Una mujer a quien amar era su último libro escrito y la dejé para la última de las tres lecturas. En realidad, Una mujer a quien amar es anterior a los otros dos libros, y es simplemente la última de sus obras que la editorial Galaxia Gutenberg ha publicado en España, esta vez con la traducción de Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide, que traducen del sueco, idioma en el que, de forma habitual, Kallifatides ha desarrollado su obra narrativa hasta que en Otra vida por vivir decidió cambiar a su griego natal, y se tradujo al español por Selma Ancira.

 

El hilo conductor principal de Una mujer a quien amar es recordar y homenajear a Olga, una amiga de Kallifatides que acaba de morir. En esta novela, nuestro narrador va a cumplir sesenta y tres años y Olga acaba de morir a los cincuenta y uno. La primera escena del libro nos muestra su funeral. «Olga era un tercio griega, un tercio rusa y un tercio sueca. Su madre era rusa; su padre, griego, y ella nació en Suecia. Amaba Grecia con pasión y soñaba con terminar sus días allí. Pero también amaba Suecia con pasión y vivió sus días aquí. Rusia no ocupaba un lugar muy importante en su vida más allá de que idolatraba a Dostoyevski y Chéjov.» (pág. 8)

Kallifatides, en estas tres novelas que he leído, habla de sí mismo y, por tanto, al leerlas seguidas he tenido la sensación de estar leyendo distintos capítulos de la misma novela, porque el narrador es siempre el mismo y también lo son su mirada y su enfoque sobre lo narrado. En esta ocasión, Kallifatides nos va a hablar de sus primeros años en Suecia, después de haber emigrado allí desde su Grecia natal. Así sabremos que al llegar al país empezó a vivir en una habitación de seis metros cuadrados y a trabajar en una pastelería. También nos hablará de la época en la que, recién acabada su carrera de Filosofía, empezará a trabajar en un internado, hablando en sueco e inglés, idiomas que por entonces no acababa de dominar.

 

Desde el día del entierro de Olga, Kallifatides va a retroceder en el tiempo, sobre todo a dos líneas temporales: en primer lugar, a los meses previos a la muerte y la evolución de la enfermedad de la amiga y, en segundo lugar, a una época más remota en la que conoció a Olga, cuando ella tenía unos diecinueve años y él treinta. Acabaremos sabiendo que llegaron a acostarse juntos, pero aquella fue una relación sentimental breve que no fructificó, principalmente porque ella acababa de salir hacía poco de una mala experiencia de pareja y la relación se convirtió en una amistad que perduró hasta el momento de la muerte de ella. «Cómo acabamos en su estudio, cómo continuamos hasta la cama, cómo fue acostarnos, lo había olvidado. Solo recordaba su cuerpo esbelto, desnudo sobre la colcha negra, pero lo recordaba más como un cuadro que como una experiencia.» (pág. 31). Olga va a ser una de las personas con las que va a poder hablar en griego en Suecia y, por tanto, conseguir retener su esencia más íntima en el país extranjero.

 

También nos hablará de la época en la que conocerá a la que luego será su mujer; una sueca de tendencia política liberal, cuando él era un «comunista convencido».

 

Kallifatides nos vuelve a hablar de Farosund, el pueblo en una isla en el que su mujer y él compraron una casa. En la página 85, leemos un hermoso párrafo sobre esto: «Por primera vez escogí Farosund en lugar de Atenas. No me di cuenta inmediatamente de lo que significaba aquello. Solo después de una semana aproximadamente caí en la cuenta de que había dado un paso más en mi acercamiento a Suecia. Ya tenía incluso un refugio aquí. Un lugar en el que la soledad era apacible y el silencio, suave. Allí podía sentarme a hombros del mundo y mecer los pies sobre la playa de la vida, los valles del amor y los barrancos del odio».

 

Una mujer a quien amar habla más de Suecia, que las otras dos novelas que he leído de Kallifatides, aunque en una escena se describe un encuentro familiar en Grecia, la primera vez en la que la familia de él conoce a la madre de Kallifatides en Atenas, cuando la madre tenía ochenta y seis años. Es un dato que me ha resultado algo extraño. Como ya ocurría en Madres e hijos se vuelve a hablar de las relaciones familiares, y de nuevo aparece el personaje de la madre y el hermano que quería inventar una máquina para dar bofetada cuando uno dijera una tontería. En un libro se narra una historia, en otro se recuerda o se vuelve a narrar desde otra perspectiva. Son historias que se solapan y nos hablan de la capacidad humana para evocar distintos recuerdos o realidades dándolos nuevos significados. Es verdad que después de leer tres libros seguidos del autor, como he hecho yo, se puede tener una cierta sensación de repetición, o de estar leyendo –como ya he apuntado– la misma novela, pero, en cualquier caso, sería una larga novela con más de una repetición; algo que no acaba de tener una relevancia negativa en cualquier caso.

 

El tono de Una mujer a quien amar es, en apariencia ligero, en su capacidad para saltar de un tema a otro, o dejarse llevar por las digresiones narrativas, pero siempre –como también ocurría en los otros dos libros– hay un esqueleto narrativo, un tema central (en este caso, el de evocar a Olga, en los distintos momentos en los que el autor la ha conocido) que hace que la historia avance y se sostenga. Las novelas de Kallifatides no se cimentan sobre la tensión narrativa, sino sobre la poesía de la mirada sobre lo observado y las continuas reflexiones sobre el entorno y la capacidad que tienen nuestras decisiones y el tiempo para moldear nuestra identidad. En alguna página se habla, por ejemplo, sobre lo estudios filosóficos y me ha resultado interesante leerlo: «La filosofía había abdicado. Se dedicaba a los análisis técnicos de teoremas, concepto y afirmaciones. Se dedicaba a los problemas epistemológicos. No eran cosas sin importancia, al contrario. Pero la cuestión de cómo hemos de vivir se abandonó a toda clase de charlatanes. Curas, terapias, piedras mágicas, astrólogos, fanáticos, idiotas: todos ellos tienen hoy por mercado el mundo entero, porque la gente busca un sentido, un contexto.» (pág. 126). Me gustaría señalar que en este párrafo se puede ver, cuando dice que esos problemas epistemológicos sí tienen importancia, que Kallifatides no quiere polemizar ni dar, en sus libros, opiniones radicales. Los libros de Kallifatides, en realidad, son agradables de leer, ligeros sin ser superficiales. Son libros poéticos y ligeramente nostálgicos sobre la condición humana. Son libros que sustituyen la tensión narrativa por la amabilidad y la página confortable. Como reproche menor podría señalar que al final la figura de Olga, la mujer a la que se iba a homenajear en este libro, queda un poco desdibujada y Kallifatides vuelve a hablar sobre todo de sí mismo. En cualquier caso, Una mujer a quien amar es un buen libro.

domingo, 12 de abril de 2026

Otra vida por vivir, por Theodor Kallifatides


Otra vida por vivir
, de Theodor Kallifatides

Editorial Galaxia Gutenberg. 153 páginas. 1ª edición de 2018; esta es de 2025.

Traducción de Selma Ancira

 

Ya conté en mi reseña anterior –correspondiente a Madres e hijos (2020)– que en noviembre de 2025 fui a escuchar a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. No había leído nada de Kallifatides y compré tres de sus libros, publicados por la editorial Galaxia Gutenberg, Madres e hijos (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003). Otra vida por vivir es el segundo libro suyo que leo, lo que he hecho a continuación de Madres e hijos.

 

Madres e hijos nos acercaba a 2006, cuando un Kallifatides de sesenta y ocho años visitaba en Atenas a su madre de noventa y dos. Otra vida por vivir sitúa su acción principal en 2015, cuando el autor tiene setenta y siete años. Otra vida por vivir, al igual que Madres e hijos, es una novela de autoficción, en la que no hay distancia entre el narrador y el escritor y, por tanto, ambas obras se pueden leer como si fueran capítulos de una novela más amplia. La novela empieza hablando de un acto literario en el que a Kallifatides le han invitado como autor sueco y se da la circunstancia de que es el autor más mayor del encuentro. Uno de los temas de esta novela breve será el de la edad, porque, por primera vez en su vida, el autor se encuentra con una crisis creativa. Se sienta ante la página en blanco y no se le ocurre nada de lo que escribir. «Me sentía vacío e inútil. Una tarde en la Folkoperan de Estocolmo me encontré con un colega que me caía bien aunque no lo conocía yo demasiado. No sé cómo, pero acabamos hablando de mis dificultades. “Después de los setenta y cinco nadie escribe”, dijo». (pág. 24), en esta encrucijada vital parece hallarse el autor.

 

Igual que ocurría en Madres e hijos, Kallifatides va a mezclar, en su discurso, sus inquietudes más íntimas, sobre la vejez o el paso del tiempo, con otras colectivas, como, por ejemplo, la decadencia que observa en los servicios sociales suecos y su incapacidad de acoger a más refugiados. También le preocupará la situación de Grecia, a la que siente como un país humillado, después de todos los recortes a los que le obligó la Unión Europea. Nos dirá que ha llegado a ver caricaturas grotescas de los griegos, como vagos irredentos, en periódicos europeos, y esas caricaturas le recordaban a algunas que los nazis hicieron sobre los judíos. «Europa calculaba cuánto le debíamos, mientras en el Egeo los refugiados arriesgaban su vida día tras día. Los había visto con mis propios ojos en Symi, adonde había ido aquella primavera por trabajo. Hombres, mujeres y niños echados en la calle afuera de las oficinas del puerto. Lo peor de todo es que no decían nada, ni siquiera hablaban entre ellos. Se habían abandonado a su destino, que en ese momento eran dos jóvenes guardas del puerto.» (pág. 41)

También opinará sobre algún otro tema del que se hablaba en 2015, como la libertad de expresión, a raíz de los atentados a la revista Charlie Hebdo. Para él no debería ser un derecho poder insultar las convicciones y los valores de los otros.

En otra vida por vivir sabremos que uno de los dos amigos con los que se reunió en Atenas, en el viaje de Madres e hijos, ha fallecido ya; igual que ha fallecido su propia madre. En esta nueva novela existe una línea temporal definida, en 2015, pero, al igual que ocurría en Madres e hijos, es frecuente que la escritura de Kallifatides tienda a la digresión según se activan sus recuerdos. En cualquier caso, todo esto ocurre con gracia y sin que la novela parezca una acumulación de anécdotas sobrepuestas. De este modo, la crisis por no poder escribir se va acentuando: «Iban pasando los días y yo intentaba conservar mis rutinas, porque sentía que el vacío dentro de mí crecía de manera alarmante.» (pág. 96). Kallifatides, desde hace décadas, tiene la costumbre de salir de casa por la mañana y acudir en tren a un estudio, sobre una colina que domina la ciudad, para escribir allí. Las horas en el estudio empiezan a hacérsele muy largas y le es extraño dejar de salir de casa para ir al estudio y cruzarse por su casa con su mujer cada mañana. Algo parece haberse roto dentro de él, algo que quizás le está indicando que se ha hecho demasiado mayor para seguir con su actividad profesional, que en realidad no es una actividad profesional sino una forma de vida. No sin humor, Kallifatides se abrirán una cuenta en Twitter para poder escribir allí algunas pequeñas frases o ideas.

En Otra vida por vivir se habla de una casa de verano que el matrimonio Kallifatides mantiene en una isla sueca, una isla en la que viven, durante unos meses, en una pequeña comunidad y que, en el pasado, también albergó una base militar.

 

Al escribir la reseña de Madres e hijos, cité a Philip Roth y ese temor del que hablaba el escritor estadounidense de dañar a las personas de una comunidad (judíos en Estados Unidos en un caso y griegos en Suecia en otro). En Otra vida por vivir es el propio Kallifatides el que cita a Roth: «Me acordé de algo que había dicho Philip Roth en una entrevista: “Uno no puede escribir cuando los recuerdos lo abandonan”», y este es el problema principal que acaba comprendiendo Kallifatides que le está asaltando, que sus recuerdos de Grecia se están empezando a petrificar en su interior, sobre todo después de la muerte de su madre.

Un correo electrónico será el que le acabe salvando: desde su pueblo natal, Molaoi, le escriben para pedirle el permiso de poner su nombre al colegio local. En el pasado, ya le había dado su nombre a una calle y él se lamenta de que no había ido a su pueblo a verla. «Los honores no me incomodaban. Al contrario, por eso escribía. Para que en mi pueblo hubiera una calle con mi nombre, para que hubiera una escuela con mi nombre, para seguir existiendo», escribe en la página 110. Esta pequeña vanidad ha llegado a conmoverme, porque sabiendo que escribe una persona de setenta y siete años, que está empezando a tener problemas con la escritura, no deja de mostrarle como alguien vulnerable.

 

El tramo final del libro describirá el viaje a Grecia y a su pueblo natal. Los libros de Kallifatides no basan su fuerza en la intriga o en la tensión narrativa, sino en su capacidad para divagar e hilar ideas y recuerdos; así que no creo que le arruina la experiencia lectora a nadie que cuente la tenue cadena de acontecimientos que forman la espina dorsal narrativa de este breve y hermoso libro.

 

Kallifatides empezó publicando en sueco y en este idioma, como nos dice en las primeras páginas, es en el que ha conseguido su prestigio y reconocimiento. Sin embargo, Otra vida por vivir va a ser el primero que escriba directamente en su lengua materna, en griego. Madres e hijos, que se publicó dos años más tarde, también está escrito originalmente en griego. La traductora de ambas obras es Selma Ancira.

 

Como ya he apuntado, leer Otra vida por vivir ha sido como acercarme a una continuación de Madres e hijos, ya que llegamos al mismo mundo narrativo, con el mismo autor, con las mismas obsesiones sobre la identidad, la pérdida y los idiomas. Ha sido una bonita experiencia leer los dos seguidos y conocer así a este elegante y sensible escritor europeo. Mi siguiente reseña será sobre Una mujer a quien amar.

domingo, 5 de abril de 2026

Madres e hijos, por Theodor Kallifatides


 Madres e hijos, de Theodor Kallifatides

Editorial Galaxia Gutenberg. 169 páginas. 1ª edición de 2020; esta es de 2025.

Traducción de Selma Ancira

 

En noviembre de 2025, el Festival Eñe, celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, reunió a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) con la portuguesa Lídia Jorge para charlar sobre sus obras y el pasado de sus países y de Europa. El encuentro tuvo lugar un viernes de lluvia y me apeteció pasarme. No me había acercado a ningún libro de Kallifatides, pero había leído buenas críticas sobre su obra. Compré tres de sus novelas, publicadas por la editorial Galaxia Gutenberg, Madres e hijos (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003). De forma, quizás un tanto ingenua, supuse que al final de la charla, Kallifatides y Jorge iban a firmar libros, pero esto no fue así y mi alma fetichista se quedó sin los libros de Kallifatides firmados. Este autor es conocido, entre otras cosas, por haber emigrado de su Grecia natal a Suecia y haberse convertido en un autor que ha desarrollado casi toda su carrera en idioma sueco. En una de las salas de Círculo de Bellas Artes, un Kallifatides de ochenta y siete años, con un aspecto estupendo, entendía el español y podía contestar a algunas preguntas en este idioma (que intercalaba con el inglés). Desde hacía poco tiempo había empezado a aprender español.

 

Cuando empezó 2026 decidí acercarme a los libros de Kallifatides. Mi idea era leer en orden cronológico de escritura los tres libros que había comprado, pero –no sé cómo lo miré– lo cierto es que los he acabado leyendo justo en el orden inverso de escritura. De este modo, esta primera reseña va a ser de mi lectura de Madres e hijos (2020). Aunque sí que me percato, consultando mis notas, de un tema interesante: Madres e hijos está ambientado en 2006 y Otra vida por vivir, publicado antes (2018), nos habla de 2015. Por tanto, en Madres e hijos se narra un encuentro de Kallifatides con su madre, y en Otra vida por vivir la madre ya ha muerto.

Madres e hijos está escrito originalmente en griego (traducido al español por Selma Ancira) y más tarde sabré que la decisión de cambiar del sueco al griego como vehículo literario la tomó Kallifatides en Otra vida por vivir, publicado dos años antes.

 

Cuando empieza la narración, hace cuarenta y tres años que Kallifatides (sesenta y ocho años) vive en Estocolmo y su madre (noventa y dos años) en Atenas. Kallifatides le comunica al lector que quiere hablar sobre su madre, que estaba esperando a que muriera, pero que al final va a hacerlo ahora. Y aquí empieza a mostrar algunas dudas sobre su propio material de escritura, algo común a los escritores que, como él, practican la autoficción. «He preparado algunas preguntas que tendré que hacerle. Esto me inquieta y no me gusta. No quiero utilizar a mi madre como material. El hijo que hay en mí quiere estar con ella como antes, sin ningún propósito.» (pág. 9) y un poco más abajo: «¿Seré capaz de controlar al demonio del escritor que quiere arrebatarme el trabajo de las manos? ¿Qué quiere pasarse de listo, bromear, embellecer, o por el contrario, afear?» El uso de frases interrogativas es un recurso común en la novela, unas frases interrogativas que añaden un misterio al material narrado, a su sentido, a sus límites o a su capacidad para realmente describir la realidad.

 

Madres e hijos narra la visita, de unos pocos días, que Kallifatides hace a su madre. Además de querer conversar con su madre viva, el autor establecerá otro diálogo con su padre muerto, ya que este, antes de morir, le entregó a su hijo un cuaderno en el que había narrado los acontecimientos de su existencia que consideraba más importantes. Kallifatides sabe así que su padre quería que hablara sobre él. Desde que toma el avión en Estocolmo, Kallifatides irá leyendo página de este cuaderno, que le serán mostradas al lector en letra cursiva. La técnica narrativa será la de mostrar algunas páginas que serán comentadas por el autor. La novela nos da la sensación de que Kallifatides lee este cuaderno por primera vez en este viaje y muestra una sorpresa genuina por las revelaciones sobre el pasado que encuentra en esas páginas. Entiendo que todo esto debe ser una reconstrucción posterior. El padre, veinticuatro años mayor que la madre, murió con noventa y cinco. Así que murió veintiún años antes que el tiempo narrativo del libro. El cuaderno es de 1972. Kallifatides ha tenido que leer ese cuaderno muchas veces antes que cuando lo hace en este viaje. Imagino también que las páginas que se muestran al lector están editadas, porque el estilo del padre es sencillo, pero siempre correcto y agradable.

La novela está publicada en 2020, pero narra hechos de 2006. En ningún momento, se muestran dudas en el texto sobre el orden o la veracidad de los recuerdos evocados. Realmente se narra como si el autor estuviera tomando notas inmediatas sobre lo contado y en su elaboración no entraran las dudas de los recuerdos. Quizás es así; Kallifatides anotó todo lo que ocurrió en los días de su visita a Atenas y luego, años después, elaboró el libro que el lector tiene en las manos.

 

Uno de los temas principales de la obra de Kallifatides es el de la emigración, y el de cómo el hecho de dejar una sociedad e integrarse en otra distinta cambia a las personas. Nos dirá que él tiene familiares repartidos por todo el mundo y al analizar la vida del padre, a través de su cuaderno, le dará este enfoque del cambio de residencia, de la lucha por la pertenencia. Así en la página 22 leemos: «El segundo detalle era el lugar de su nacimiento. El barrio Exótija, es decir, fuera del recinto amurallado. ¿Qué significaba eso? Que la familia era pobre, por supuesto. Pero al mismo tiempo era una especie de estigma. Habiendo nacido fuera del recinto amurallado, toda su vida luchó por entrar. Lo mismo me ha ocurrido a mí. Me he dejado la vida luchando por entrar al recinto amurallado de una sociedad distinta.»

 

En el aeropuerto, esperando el avión para Atenas, se produce una escena curiosa. Kallifatides está a punto de embarcar, juntos a otros emigrados griegos en Suecia, a los que conoce ya de vista de otros vuelos, y una señora le echa en cara que en sus libros difama a su patria. «Eres tú, señor, quien hace que nos peleemos. Divides a los griegos y engañas a los suecos que tienen el cerebro de chorlito. No paran de preguntarme si es cierto que los griegos hacen el acto con sus cabras y golpean a sus mujeres y a sus hijos de la mañana a la noche.» Esta escena me ha recordado a algunas de las que narraba Philip Roth en Zuckerman encadenado sobre cómo sus libros podían enfadar a su comunidad, los judíos estadounidenses en este caso. No sé si dentro de la autoficción que practica Kallifatides se supone que todo lo que narra sea estrictamente real o añade escenas como esta, que me ha dado la impresión de que era una invención para crear algo de tensión narrativa.

Cuando comencé a leer la novela, tenía la impresión de que el texto estaba bellamente escrito, pero que le faltaba tensión narrativa. Esta tensión se irá fraguando en el libro al contar sobre todo los acontecimientos históricos por los que tiene que pasar la familia Kallifatides: primera guerra mundial, segunda guerra mundial, expulsión de los griegos de Turquía, etc. Incluso, el padre –acabaremos sabiendo– sufrió encarcelamiento y torturas, por parte de los fascistas, durante la segunda guerra mundial; y el propio Kallifatides no podía volver a Grecia después del golpe de estado de los coroneles en 1967, porque le acusaban de difamar al país en los periódicos de Suecia.

 

En la página 31, cuando llega al edificio de su madre, se encuentra con una vecina, llamada María y escribe: «¿Tengo derecho a escribir sobre María? ¿No tendría que pedirle autorización?» En realidad, estas reflexiones me han resultado un tanto exageradas, puesto que no cuenta nada personal sobre María. Diría que Kallifatides tiene bastante cuidado, en su autoficción, de no molestar a nadie. Podría calificar su escritura de «autoficción amable». Quizás en algún momento, al describir la dulzura y atenciones de la madre («Mi madre es mi patria», escribirá) he pensado que la novela podía rozar la cursilería, pero el texto ganaba cuando, desde la narración de la intimidad del encuentro de un hijo mayor con su madre anciana, se habría a un espectro más amplio de personajes y, desde este punto periférico y personal, se hablaba de algunos de los grandes conflictos del siglo XX y principios del XXI. En algún punto también, me ha parecido que Kallifatides caía en algún lugar común; por ejemplo, en la página 51 leemos: «El ser humano siempre se ha preguntado por el mañana.», pero, en la mayoría de los casos, sus comentarios sobre la realidad me han parecido personales, interesantes y acertados, como cuando en la página 72 dice: «Comencé a escribir versos antes incluso de haberme masturbado.»

 

Aunque, como he apuntado al principio, temía la sensación de que Madres e hijos era una narración en esencia amable y sin tensión narrativa, el libro me ha ido ganando según avanzaba por sus páginas, y la vida –los recuerdos, los pesares, las pérdidas…– se ha ido abriendo paso. La capacidad de Kallifatides para enlazar anécdotas en el tiempo narrativo principal de la obra es alta y el texto se acaba llenando de poesía y encanto. Al escribir esta reseña ya he acabado de leer Otra vida por vivir y tengo a medias Una mujer a quien amar. Ya hablaré de ellas.