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domingo, 27 de septiembre de 2026

Novelas cortas, de Iván S. Turguénev

 


Novelas cortas, de Iván S. Turguénev

Editorial Alba. 676 páginas. Primera edición de 1850-1869, esta es de 2025

Traducción y notas de Víctor Gallego Ballestero

 

De Iván Turguénev (Oriol, Rusia, 1818 – Bougival, Francia, 1883) había leído hasta ahora Padres e hijos (1862) y Aguas de primavera (1872), dos novelas que me causaron una grata impresión y cuando vi que la editorial Alba publicaba en su colección Minus un libro titulado Novelas cortas de Turguénev me apeteció pedírselo para poder leerlo y reseñarlo. Padres e hijos y Aguas de primavera fueron traducidas para Alba por Joaquín Fernández-Valdés Roig Gironolla, y Novelas cortas ha sido traducido por Víctor Gallego Ballestero, que no es un traductor nuevo para mí, porque ya antes me había acercado a su gran trabajo con los cuentos y novelas cortas de Antón Chéjov.

 

Novelas cortas está formado por nueve obras, donde la más corta sobrepasa apenas las cincuenta páginas y la más larga las cien.

Diario de un hombre superfluo (1850) es la primera. Nos encontramos aquí con un tipo de narración que ya conocía por Aguas de primavera: un hombre en su edad adulta rememora un episodio de su juventud, que normalmente tiene que ver con el amor, y nos mostrará cómo se equivocó o cómo el destino le fue esquivo. En Aguas de primavera se trataba de un anciano y en Diario de un hombre superfluo de un hombre de treinta años, aquejado de una grave enfermedad, que le va a conducir pronto a la muerte. «El gran tema de los relatos de Turguénev es el amor y en no menor medida las elecciones afectivas», dice Víctor Gallego en el prólogo. «Los ríos se deshelarán, y yo me iré probablemente con las últimas nieves», leemos en la primera página de esta primera novela, y un poco más abajo: «Voy a contarme a mí mismo mi propia vida».

Normalmente, los protagonistas de estos relatos (aunque a veces caigan en desgracias y se pierdan sus fortunas familiares) proceden de la clase alta rusa, y en más de un caso de la clase alta rural. Las historias suelen transcurrir en el campo, pero también en Moscú o San Petersburgo.

El narrador comenzará a escribir un diario, en el que nos hablará de sus padres y su infancia, interrumpido con anotaciones sobre el presente, que, en gran medida, tienen que ver con el tiempo atmosférico y suelen ser de gran belleza.

El azar permitió que nuestro narrador conociera a la joven Liza en su juventud y se enamorara de ella. En su inocencia, el narrador pensará que es correspondido, hasta que se da cuenta de que el amor de Liza es para otro joven, mayor que él, más resuelto y mejor posicionado en el mundo; ya que se trata de un príncipe.

«Como no estoy escribiendo una novela destinada a un lector indulgente, sino que escribo simplemente para mi propio placer, no tengo ninguna necesidad de recurrir a los habituales subterfugios de los hombres de letras», nos dirá el narrador en la página 48. Aunque esto no deja de ser un truco narrativo, porque realmente la prosa es muy bella, y más el contraste que se crea entre los recuerdos vergonzosos del pasado y el presente, en el que vuelve al mundo la primavera, que a nuestro protagonista se le está escapando de entre las manos. «Había perdido por completo la noción de mi propia dignidad y no tenía las fuerzas necesarias para escapar del espectáculo de mi propio infortunio» (pág. 51). Esta idea de que los personajes pierden su dignidad es propia de la temática de Turguénev, que rompe aquí con la idea del héroe clásico que se enfrenta a adversidades, y hace que sus personajes tengan que mirar hacia los momentos en los que la pasión o los celos les hicieron perder la cabeza y han de avergonzarse de ellos.

Los celos del narrador le llevarán a provocar un enfrentamiento que se tendrá que resolver mediante un duelo. La «escena del duelo» será un motivo recurrente en más de una de las composiciones de este volumen. Los deseos de nuestro narrador acabarán quedando en nada, en su toma de conciencia de ser un hombre superfluo. Las historias de amor que nos plantea Turguénev no acaban bien; no creo que destripe nada para un lector avezado, si estas historias acabasen bien no habría narración.

Esta idea del hombre superfluo, del joven que trata de mejorar su situación o la de las personas que le rodean, pero no consigue nada, me hizo pensar en los personajes del libro Cuentos de Antón Chéjov, una fantástica antología de su obra que leí hace un par de años, también en Alba. Entonces me asaltó la idea de pensar que Turguénev, sobre todo este Turguénev de las novelas cortas, era una de las más claras influencias de la narrativa de Chéjov, que escribió sus cuentos y novelas cortas unas pocas décadas después de Turguénev. Busqué información en internet y comprobé que los críticos han hablado de esta influencia y el propio Chéjov habló y recomendó a Turguénev a sus amigos en cartas. De hecho, una de las novelas cortas de Chéjov se titula El duelo (1891).

Al acabar de leer Diario de un hombre superfluo la impresión es muy buena, sus setenta páginas constituyen una grandísima novela corta.

 

En Tres encuentros (1852) nos encontramos con un narrador que no es, como en Aguas de primavera o en Diario de un hombre superfluo, metaficcional, en el sentido de que, aunque se dirige al lector, no comenta que está escribiendo por algún fin. Tres encuentros es una historia de casualidades, aunque quizás se trate de una historia fantástica o de terror. Un hombre ve en Rusia a una mujer que creyó ver en Italia, y esta mujer parece envuelta en un misterio que tratará de desentrañar. En el prólogo, Víctor Gallego nos dirá que la última producción de relatos de Turguénev es de corte fantástico, un tema que cada vez le fue interesando más, y que a él le parecen de calidad inferior a los que ha seleccionado para este libro. Tres encuentros se podría leer como un cuento fantástico, pero también como un cuento realista. En cualquier caso, el elemento fantástico, aunque pensemos así la narración, no acaba siendo del todo relevante. En cualquier caso, aunque correcto e interesante, Tres encuentros es una narración inferior a la anterior.

 

El nivel vuelve a subir con Dos amigos (1854) que está escrito en tercera persona y nos presenta cómo surge una relación de amistad entre dos hombres jóvenes en un pueblo de la provincia rusa. «En definitiva, los dos amigos, como hemos consignado más arriba, no se parecían en nada» (pág. 131). Como de broma, el amigo más mayor y más apegado al campo, le ofrecerá al más joven su ayuda para encontrarle una esposa. Empezará entonces un recorrido por las casas de la comarca en las que hay mujeres casaderas, porque el amigo joven al final, aunque no creía mucho en la propuesta del otro, se irá entusiasmando con la idea. Como es habitual en las obras de Turguénev, la desgracia acabará apareciendo en el relato y será esta la segunda narración del libro en la que también aparece la escena del duelo. Una gran novela corta.

 

Remanso de paz se publicó en 1854 y, por tanto, en la misma fecha que Dos amigos. Es el tercer relato de estos nueve en el que va a aparecer una escena de duelo. También se desarrolla en el campo, y trata un tema parecido al de los anteriores, en torno al amor y al desamor. Un joven noble con tierras visita una aldea donde tiene propiedades, y los aldeanos dependen de él. Este joven va a tener la oportunidad de ser invitado a una casa cercana, en la que se celebran fiestas y va a poder conocer a otras personas jóvenes, entre ellas a dos chicas que le van a resultar atractivas. La novela está contada en tercera persona y aquí Turguénev pone en juego algún recurso narrativo que me ha resultado interesante: por ejemplo, narra una escena y, más tarde, le explica al lector cómo los personajes han llegado hasta ahí. En esta narración aparecerá un curioso personaje: el hermano de una de las bellas damas anteriores, un joven simpático que bebe demasiado y parece dispuesto a dilapidar su vida. Será otro de los «hombres superfluos» que prefigurarán a los personajes de Chéjov. Aunque, en gran medida, estas narraciones de Turguénev tienen el ritmo de un relato corto, en más de una ocasión dejan latente su vocación de novela; sobre todo ocurre esto cuando, hacia su desenlace, tiene lugar un salto en el tiempo, y los personajes recuerdan la belleza y también la tragedia del pasado con la sensación de haber perdido ya su juventud, y por tanto dando paso a la nostalgia y la melancolía.

Dos amigos y Remanso de paz me parecen las dos buenas novelas, aunque lo cierto es que leídas seguidas la segunda transmite cierta sensación de repetición de planteamiento e ideas. No he leído estas nueve historias seguidas, sino que he intercalado algún otro libro entre una y otra, algo que recomiendo, porque, en caso contrario, quizás el lector pueda verse algo abrumado.

 

Yákov Pásinkov (1855) se abre una confesión vergonzosa por parte del narrador: estando borracho en una fiesta leyó una carta de otra persona. De este modo, se dio cuenta de que la mujer a la que pretendía estaba enamorada de otro. «De pronto me sentí tan incómodo y abochornado que me cubrí el rostro con las manos. Acababa de comprender la inconveniencia y la bajeza de mi conducta. Ahogado de vergüenza, lleno de arrepentimiento, cubierto de oprobio, seguía allí como clavado al suelo», nos dirá el narrador en la página 316; presentando aquí Turguénev no ya a un hombre superfluo sino a todo un antihéroe.

Un recurso interesante aquí es el que el narrador nos hablará de la amistad que le une a su amigo, haciendo retroceder la historia hasta la infancia. Yákov Pásinkov es otra gran novela corta sobre los misterios del amor, pero sobre todo del deseo, y las sorpresas que la pasión ajena puede causarnos.

Otra característica que aproxima la poética de Turguénev con la de Chéjov es que en Turguénev también está muy presente la idea de la cercanía de la muerte y la futilidad de todo lo pasado.

 

Fausto. Relato en nueve cartas (1856) nos vuelve a plantear el tema del noble que regresa a su aldea, en este caso después de nueve años. En su antigua casa se reencontrará con un ejemplar de Fausto que leyó muchas veces de joven y que casi se sabe de memoria, ahora que es ya casi cuarentón. En la aldea se va a encontrar con una joven, a la que conoció de niña, que ya casada y madre, a sus veintiocho años, nunca ha leído una novela o un poema porque a su madre –ya fallecida– la ficción no le parecía adecuada. Nuestro narrador le está contando, a través de cartas, a las que se acerca el lector, a un amigo cómo se ha propuesto acercarle el goce de la ficción a esta mujer, a través del libro de Fausto. Aquí también, al final de la narración se producirá un salto temporal y también aparecerá la tragedia; componentes esenciales de estas obras.

Como ocurría en Tres encuentros, aquí también existe la posibilidad de que nos encontremos ante un relato fantástico o de terror; pero Turguénev será lo suficientemente sutil como para mantener la ambigüedad hasta el final.

Aprovecho para comentar también que otro recurso habitual de Tuguénev es el de la intertextualidad, pues es habitual que sus narradores aludan a autores, títulos de libros o personajes literarios para expresarse.

 

Asia (1858) nos habla de un joven ruso de veinticinco años en el extranjero, concretamente en Alemania. Allí, en el pueblo en el que ha decidido pasar unas semanas, va a conocer a una pareja de rusos que se presentan como hermanos, aunque pronto va a empezar a dudar de que en realidad lo sean. Como suele ser habitual, la historia está contada desde el futuro, desde veinte años más tarde. El narrador empezará a sentir interés por Asia, que es una joven que se comporta de un modo impetuoso, voluble y extraño.

Un rasgo del estilo que quiero comentar aquí, aunque no es exclusivo de esta narración, es que Turguénev es un gran creador de escenas felices, de esas escenas especiales que los narradores van a recrear desde el futuro. Normalmente vinculará mucho estos recuerdos felices a la naturaleza, los árboles, los pájaros, la luz… No quiero desvelar el final, pero la idea de pérdida y desolación que deja este relato me ha recordado a la del cuento El beso que diría que es mi cuento favorito de Chéjov y del que Asia sirvió de inspiración.

 

Primer amor (1860) es la novela corta más famosa de las que están incluidas en este libro y, tras acabarlo, absolutamente colmado de felicidad lectora, corroboro que es así con razón. Todas las novelas cortas de este libro son buenas, pero Primer amor está un peldaño más arriba. A raíz de un juego en una fiesta, los invitados habrán de contar cómo fue su primer amor. Nuestro narrador en vez de acometer una historia oral anuncia a las otras personas que escribirá sobre sus recuerdos del primer amor y, días después, se lo leerá. Así, desde sus cuarenta años, se acordará de cuando tenía dieciséis y una princesa arruinada se instalará en una casa, junto con su hija de veintiuno, como sus nuevos vecinos. La joven recibirá en su casa a una cohorte de hombre de distintas edades, con los que establece juegos, a cada cual más absurdo, sabiendo que todos estos hombres están enamorados de ella o ansían su belleza. Como ocurría en Aguas de primavera, aquí el lector se va a encontrar con la oscuridad de las relaciones amorosas, donde también entra en juego el poder, la perversión y el sadismo, y el narrador adolescente tendrá que vislumbrar un mundo adulto que no consigue entender. «He dicho que a partir de ese día empezó mi pasión; podría decir también que ese día empezaron mis sufrimientos» (pág. 516). Es una novela corta sobresaliente.

 

En Una desdichada (1869) nos encontramos con una nueva variante sobre el tema tratado en estas novelas, ahora el narrador será, por primera vez, un narrador testigo, que nos va a hablar de la historia de amor de un amigo y no de la suya propia. Además, aquí vamos a tener dos narradores, ya que, además del narrador testigo, la chica «desdichada» le va a entregar un cuaderno al narrador en el que ella ha escrito su historia. De nuevo, como en la historia anterior, aquí se hará presente la crueldad de algunos de sus personajes.

 

Aunque ya Diario de un hombre superfluo es una obra plenamente madura y una gran novela corta, diría que en las últimas piezas de este libro la maestría de Iván Turguénev se va agudizando y consigue arrancar nuevos y más sofisticados matices a sus personajes. Hasta ahora, para mí existía un gran trío de escritores mayúsculos y destacados del siglo XIX ruso: Lev Tolstói, Fiódor Dostoievski y Antón Chéjov, y pensaba que Iván Turguénev estaba algún peldaño por debajo; ahora empiezo a considerar a Turguénev bajo otra mirada, sobre todo como precursor del gran Chéjov. Me ha gustado mucho este volumen de Novelas cortas. Creo que va a ser difícil que no se encuentre en mi lista de las diez mejores lecturas a fin de año.

 

domingo, 2 de marzo de 2025

Aguas de primavera, de Iván S. Turguénev


 Aguas de primavera, de Iván S. Turguénev

Editorial Alba. 211 páginas; primera edición de 1872, ésta es de 2023,

Traducción de Joaquín Fernández-Valdés Roig-Gironella

 

En el verano de 2016 leí Padres e hijos (1862), la que se considera la obra más perdurable de Iván S. Turguénev (Orel, Rusia, 1818 – Bougival, Francia, 1883). Fue un libro que me gustó bastante y, desde entonces, tenía pensando volver con la obra del ruso. En la primavera de 2024, vi que la editorial Alba acababa de sacar en su magnífica colección Alba clásica tres nuevos libros de escritores rusos del siglo XIX: El eterno marido de Fiódor M. Dostoievski, Aguas de primavera de Iván S. Turguénev y ¿Quién sabe? de Aleksandr I. Herzen. Se los pedí para reseñarlo y, por ahora, he leído los dos primeros.

 

Aguas de primavera comienza con Dmitri Sanin angustiado después de haber pasado una velada supuestamente agradable en compañía de la mejor sociedad de su ciudad. Sanin tiene cincuenta y dos años y comienza a sentir el miedo ante el abismo de la vejez, la enfermedad y la muerte. En estas circunstancias, ya de madrugada, empezará a revolver cajones y, de forma casual, encontrará una crucecita de granates que le lleva –como si de su propia magdalena proustiana se tratase– a recordar una historia de su pasado, algo que le sucedió en 1840, cuando tenía veintidós años. Por tanto, el tiempo narrativo de la novela es 1870, y en su cuerpo central –en la mayoría de sus páginas– el narrador, Sanin, va a evocar unos sucesos en los que se vio envuelto treinta años antes. De este modo será frecuente que el narrador le recuerde al lector que se están evocando tiempos pasados: «En aquel tiempo aún no había fotografías. Y los daguerrotipos apenas empezaban a popularizarse.» (pág. 158), «Como es sabido, en aquellos tiempos en valor de una hacienda se determinaba por la cantidad de siervos.» (pág. 171).

 

Sanin, a sus veintidós años, ha heredado un dinero y ha decidido viajar por Europa antes de convertirse en funcionario en Rusia. En el momento en el que empieza la narración de 1840, Sanin, ha llegado de Italia a Fráncfort, y se ha gastado su último dinero en un billete para la diligencia que le ha de llevar hasta Rusia. Sin embargo, un suceso inesperado acabará cambiando sus planes y, posiblemente, el rumbo de su vida. Sanin entra en Fráncfort en una confitería italiana. Se extraña de que no haya nadie tras el mostrador para atenderle, y entonces una muchacha de rizos morenos, de unos diecinueve años, sale de la trastienda y le pide ayuda. Su hermano (luego sabremos que se llama Emilio y tiene catorce años) se ha desmayado. Sanin, mientras viene el médico, ayuda, junto al viejo Pataleone (amigo y sirviente de la familia), a que Emilio se recupere. Para Sanin habrá comenzado un periodo de ensoñación juvenil, ya que le ha deslumbrando la belleza de Gemma, la chica de diecinueve años. Gemma y Emilio son hijos de Guiovanni Battista, ya fallecido, y de la señora Roselli, con quien viven. Sanin, tras prestar su ayuda a Emilio, será invitado por las dos damas a visitar más tarde la casa. Como el lector podrá intuir, Sanin va a perder la diligencia que había de llevarle a Rusia y va a pasar unos días más en Fráncfort. Pronto descubrirá que Gemma está prometido con Karl Klüber, un rico comerciante local. La madre de Gemma ha puesto muchas esperanzas vitales en este futuro matrimonio porque, después de la muerte de su marido, el negocio familiar va cada vez más de capa caída.

 

La escena del encuentro inicial entre Sanin y Gemma está basada en un hecho real que le aconteció a Turguénev en su juventud, también en Fráncfort; y un hecho importante en el desenlace del libro, que no quiere revelar, también está basado en la propia vida del autor. He leído en internet, que Turguénev tuvo una madre muy dura y posesiva y que el carácter de esta madre ha influido en la creación de sus personajes literarios. Así en sus obras suelen aparecer mujeres fuertes y dominantes y también hombres débiles, que se comportan como «esclavos» de estas mujeres. De hecho, Turguénev se enamoró de la cantante de ópera Pauline Viardot-García y estuvo siguiéndola por toda Europa, durante una gran parte de su vida. Pauline estaba casada y Turguénev llegó a convivir con el matrimonio, y se llegó a construir una casa en París cerca de la de ellos. Este carácter sumiso de Turguénev con las mujeres fue utilizado, de forma burlesca, por Dostoievski para crear uno de los personajes de Los demonios.

Turguénev fue amigo de Lev Tolstói, pero se acabaron enemistando. Al parecer, Tolstói invitó a Turguénev a su finca, y se la estuvo mostrando palmo a palmo, presentándole incluso a todos los animales y las relaciones que mantenían entre ellos. Turguénev sintió que esto era quizás una burla a su forma de narrar y acabó abandonando la finca de Tolstói antes de tiempo. La enemistad se prolongó durante muchos años; incluso Tolstói llegó a retar en duelo a Turgunév, pero este lo rechazó y se acabó marchando de Rusia para instalarse en Francia.

Una de las escenas principales de Aguas de primavera tiene que ver también con un duelo, un desafío muy propio del temperamento ruso y que agitará la naturaleza de las relaciones entre los personajes.

Es cierto, que los recuerdos de Sanin en 1840 comienzan de un modo muy amable, y que en los primeros capítulos hay poca tensión narrativa, pero esta irá aumentando según el lector avanza hacia el desenlace del libro. De hecho, el tramo final de la novela me ha parecido bastante sorprendente e incluso, cuando Sanin (o el narrador de la historia), ya en 1870, no ha querido seguir rememorando sus recuerdos más duros de degradación, cuando se descubrirá como un verdadero hombre débil, me he quedado con ganas de leer esas páginas que solo están sugeridas en la novela y que podían haber sido desarrolladas en otra novela diferente.

Cuando acabé Aguas de primavera y, ya desde 1870, dejé al personaje con cincuenta y dos años, la emoción por su juventud perdida y el lamento por los errores del pasado me calaron bastante hondo, haciéndome pensar que, bajo la apariencia inicial de una comedia ligera, se escondía la mano de un maestro.

De hecho, he estado buscando en internet información sobre Iván Turguénev, y he leído que era agnóstico y que, pese a ocuparse de algunos de los grandes temas de su época en sus obras, en gran medida –sobre todo en sus novelas cortas, como es considerada Aguas de primavera– suele hablar mucho de las relaciones entre hombres y mujeres, y del paso del tiempo y la pérdida de la juventud. Dostoievski y Tolstói como escritores más religiosos nos dan obras más torturadas, y podríamos decir que en el imaginario occidental sus escritos se han vinculado más con la idea de «lo ruso». A Turguénev, en cambio, se le vincula más con la literatura francesa; de hecho, llegó a ser un buen amigo de Gustave Flaubert. Sin embargo, es posible que el gran heredero de Turguénev será otro ruso que se ocupa también de la turbulencia de las relaciones, el rápido paso del tiempo y la cercanía de la muerte, que sería Antón Chéjov. De hecho, una de las mejores novelas cortas de Chéjov, El duelo (1891), trata de temas similares a los de Turguénev y uno de sus ejes compositivos es la presencia de ese duelo de carácter tan ruso. En definitiva, Aguas de primavera me ha parecido una gran novela corta, que gana mucho en su tramo final; la obra de un autor delicado y profundo. Me he quedado con ganas de leer más obras de Iván Tuguénev.

domingo, 2 de octubre de 2016

Padres e hijos, por Iván S. Turguénev

Editorial Alba. 284 páginas. 1ª edición de 1862; esta de 2015.
Traducción y notas de Joaquín Fernández-Valdés Roig-Gironella.

De los grandes escritores rusos del siglo XIX, hasta ahora había leído a Fiódor Dostoyeski, Lev N. Tolstói y Antón P. Chéjov. Sus libros nunca me han defraudado y sabía que tenía pendiente acercarme (entre otros) a Iván S. Turguénev (Orel, Rusia, 1818-Bougival, Francia, 1883). Hace años tuve en casa un ejemplar de Padres e hijos. Lo compré de segunda mano, por muy poco dinero, y lo cierto es que desde el principio no me fié demasiado de aquel libro. Empecé a sospechar que la traducción no estaba hecha directamente del ruso, sino de su versión francesa (algo que ocurría, de forma frecuente en España, con la literatura rusa durante la primera mitad del siglo XX) y acabé deshaciéndome de él en otra librería de segunda mano.

Suelo estar atento al mercado de novedades editoriales, entre otras cosas porque una de mis aficiones favoritas es visitar librerías, y cada día me gusta más lo que publica la editorial Alba. Así que, cuando en 2015 esta editorial sacó una nueva traducción de Padres e hijos, lo anoté mentalmente. A principios de este verano escribí a Alba para solicitarle el libro, con la intención de comentarlo en la revista Eñe y en mi blog. Ellos, muy amablemente, me lo enviaron. Tengo en casa otros libros de Alba sin leer, que he comprado en los últimos años, pero cuando solicito un libro a una editorial y me lo mandan, trato de priorizar su lectura.

Padres e hijos fue la cuarta novela que publicó Turguénev, un escritor reconocido por la crítica y el público desde su primera obra: Relatos de un cazador.

En la introducción que escribe el traductor, Joaquín Fernández-Valdés, se nos pone al corriente del escándalo que supuso en Rusia la publicación de este libro sobre conflictos generacionales. La juventud se enfureció contra Turguénev, porque veían en Bazárov (el protagonista de la novela) una caricatura de ellos mismos; los conservadores, sin embargo, entendían que Bazárov era una peligrosa idealización del joven revolucionario.

En un viaje en tren, Turguénev conoció a un joven médico de provincias. Le impactó su personalidad, que encarnaba, según la mirada del escritor, a un nuevo prototipo de hombre que estaba surgiendo en Rusia. En este joven médico se basó para crear a Bazárov, su personaje más recordado.

La acción de Padres e hijos se sitúa en 1859. El joven Arkadi regresa a su provincia natal, después de haberse licenciado en la universidad de San Petersburgo. Su padre Nikolái Kirsánov le espera, en el camino, con los brazos abiertos. Arkadi regresa a su casa con un amigo de la universidad llamado Bazárov, que vuelve también a su hacienda familiar, y al que Arkadi ha invitado a pasar unas semanas con su familia antes de que él se reúna con la suya.

En el encuentro inicial entre estos tres personajes (un padre, un hijo y el amigo del hijo), Turguénev empieza ya a hacer uso de la ironía para hablarnos de los choques generacionales. Por ejemplo, en la primera página de la novela se nos presenta al padre, Nikolái, que espera a su hijo en el camino. Se nos dice que es «un señor de algo más de cuarenta años que salía sin sombrero, enfundado en un abrigo lleno de polvo y pantalones a cuadros». Me parece significativo ese «abrigo lleno de polvo», como si se describiera un mueble viejo de la casa, para presentar al padre.

Poco después se describe a Piotr (uno de los criados de la familia) del siguiente modo: «El criado, en el que todo revelaba que se trataba de una persona de la novísima y perfeccionada generación –el pendiente color turquesa en la oreja, el cabello abigarrado y untado de grasa, los movimientos corteses; en una palabra: todo–, echó una mirada condescendiente al camino». Esos términos, «novísima y perfeccionada generación», cuando en realidad Piotr es un personaje que mostrará, en más de un momento de la novela, síntomas de indolencia y falta de resolución, no dejan de ser irónicos.

La primera vez que Bazárov habla en la novela, para presentarse al padre de su amigo, se nos dice que lo hace «con voz apática».
En la casa de su amigo, Bazárov termina discutiendo con Pável Petróvich, el hermano mayor de Nikolái Kirsánov y, por tanto, tío de Arkadi, un militar retirado y con fama de seductor en su juventud. Su defensa de los viejos valores rusos chocará con su joven invitado Bazárov, que se declara nihilista. El término no lo inventó Turguénev –leemos en el prólogo de Fernández-Valdés–, pero su uso se popularizó en Rusia a partir de la publicación de esta novela.

En la página 46, Arkadi explica a su padre y a su tío que Bazárov es un nihilista: «Todo lo valora desde un punto de vista crítico»; y «Un nihilista es una persona que no se doblega ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como un dogma de fe, por mucho respeto que este principio infunda a su alrededor».

Al principio comentaba que Padres e hijos provocó una fuerte polémica en Rusia al enfrentar los puntos de vista de dos generaciones. Debemos tener en cuenta también el momento histórico en que esta novela apareció: el libro se publicó en 1862. En 1861 se había decretado la abolición de la servidumbre en Rusia. Tanto los padres de Arkadi como los de Bazárov son terratenientes y tienen siervos trabajando para ellos, en trámites de ser liberados (algunos terratenientes –la novela transcurre en 1859– no esperaron a 1861 para iniciar este proceso). Sin embargo, estos padres no parecen añorar el pasado de servidumbre de los campesinos (Turguénev siempre se mostró crítico con el sistema de servidumbre).

Nikolái, el padre de Arkadi, se siente decepcionado porque su hijo ha vuelto a la hacienda familiar con su amigo, que ejerce sobre él una gran influencia y le separa de él. Se lamenta así ante su hermano: «Hay algo que no acierto a comprender. Creo que he hecho todo lo posible para no quedarme rezagado de mi tiempo: he arreglado la situación de los campesinos y he montado una granja: ¡en la provincia hasta me llamaron «rojo» por ello! Leo, estudio y me esfuerzo en ponerme a la altura de las exigencias actuales. Y ellos dicen que mi tiempo ya ha pasado» (págs. 75-76).

Nikolái es uno de los personajes más simpáticos de la novela. Un padre que sufre porque se siente alejado de su hijo, y del que el amigo de su hijo se burla porque le gusta la música o la literatura. Bazárov, como nihilista, no siente interés ni por el arte, ni por la belleza de los paisajes, ni por el amor. Además, en la novela da varias muestras de misoginia. Aprecia la belleza de las mujeres y, aunque no queda del todo claro (al fin y al cabo esta es una novela del siglo XIX y el autor no puede ser demasiado explícito), se insinúa que no le importa mantener relaciones sexuales con ellas, aunque rechaza el matrimonio y el romanticismo. Bazárov es un empirista, un aprendiz de médico, que antes de empezar a ejercer su profesión ya afirma descreer de ella (si esta novela se hubiera escrito en los años 90 del siglo XX, Bazárov habría sido un miembro de la Generación X).

Turguénev tiene una mirada ambigua sobre su personaje: por un lado parece otorgarle algunos rasgos positivos, por ejemplo el rechazo de los convencionalismos sociales del antiguo régimen, o el hecho de sentirse cómodo conversando con los siervos a pesar de pertenecer a la clase de los señores. También es un hombre de acción y no un holgazán (un personaje clásico de la literatura rusa del siglo XIX) y cree en la modernización de Rusia por medio de la ciencia. Pero también presenta rasgos negativos: es brusco, insolente, inspira miedo incluso a sus propios padres (que aparecen como personajes entrañables, al igual que el padre de Arkadi) y no disimula su desprecio hacia las mujeres. Por eso, cuando se enamora no sabe cómo reaccionar, dolido en su amor propio por mostrarse débil y caer en el romanticismo que tanto desdeñaba.

Al igual que ocurre en la literatura francesa del siglo XIX (de la que se habla en esta novela, en la que se define el carácter de los personajes en función de su afición a leer o no novelas francesas), el narrador interviene en el texto con comentarios como este: «El señor suspiró y se sentó en un banquito. Aprovechemos para presentárselo al lector ahora que está sentado, con las piernas recogidas, mirando pensativamente a su alrededor» (pág. 17). Sin embargo, me ha parecido que en esta novela los comentarios del autor son menos intrusivos que los de las últimas novelas francesas del XIX que he leído (Rojo y negro, de Stendhal, y Las ilusiones perdidas de Balzac). De hecho, en este caso el narrador se permite, con tono irónico, no ser siempre omnisciente: «Los dos creían decir la verdad. Pero ¿decían sus palabras la verdad, toda la verdad? Ni ellos mismos lo sabían, y el autor aún menos» (pág. 245).

Como es tradicional en Alba, la traducción de Joaquín Fernández-Valdés me ha parecido estupenda. Observo que Turguénev, como ocurre en muchas de las obras fundamentales del siglo XIX, no se empeña en usar un lenguaje especialmente metafórico o adjetivado. La belleza del texto se basa en la armonía con la que se componen las escenas mostradas. Es decir, en muchos casos el autor detiene su mirada en descripciones de la naturaleza, mostrando sus conocimientos sobre árboles y pájaros (algo que Bazárov habría censurado). Asimismo, Padres e hijos es un prodigio en el tratamiento de los personajes: éstos entran y salen de las escenas con mucha soltura, y su personalidad está muy bien definida. Creo que lo mejor del siglo XIX ruso está condensado en esta novela de Turguénev, del que pienso leer más libros.


El gran Vladímir Nabókov escribió sobre este libro: «No es solo la mejor novela de Turguénev, sino una de las obras más brillantes del siglo XIX». Poco más se puede añadir.