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lunes, 1 de junio de 2026

Tantas veces Pedro, por Alfredo Bryce Echenique


Tantas veces Pedro
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Anagrama. 267 páginas. Primera edición de 1977, esta es de 1997

 El 10 de marzo de 2026 murió Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939 – 2026), a los ochenta y siete años. Unos meses antes, en noviembre de 2025 había leído un libro suyo, Cuentos completos en la edición de 1995, que contenía sus tres primeros libros de cuentos. El mismo día de su muerte grabé un vídeo, haciéndole un homenaje, para mi canal de YouTube Bienvenido Bob, en el que hablaba un poco de cada una de sus obras que había leído (seis novelas y tres colecciones de relatos) y del momento en el que me encontré con ellas. Bryce Echenique es un autor al que guardo un gran cariño. A pesar de que tengo en casa tres libros suyos más sin leer (El huerto de mi amada, La última mudanza de Felipe Carrillo y Guía triste de París) tomé en préstamo Tantas veces Pedro (1977), su segunda novela, de la biblioteca de Móstoles. Allí habían puesto, en un expositor, los libros que tenían de Bryce Echenique y los de Antonio Lobo Antunes, muerto unos días antes, a los ochenta y tres años. Y lo hice porque los libros de los años noventa de la editorial Anagrama siempre me han parecido una preciosidad y porque en el Facebook del escritor peruano Gustavo Faverón había leído que él considera Tantas veces Pedro una de las obras clave de Bryce Echenique, una de las «piezas fundamentales en el tránsito de la novela hispana al terreno de la postmodernidad». Me llamó la atención esta apreciación de Faverón sobre Tantas veces Pedro, una de las novelas de Bryce que no había leído y que no recordaba haber tenido en el punto de mira. Hace unos años, me acerqué a La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, tras leer sobre la admiración que Faverón tiene de esta novela y fue todo un acierto. Me fie del criterio de Faverón y me apeteció leer, por tanto, Tantas veces Pedro.

 El protagonista de esta novela es Pedro Balbuena, un escritor inédito peruano de cuarenta años, un hombre de clase alta que vive fuera de Perú gracias al dinero que le envía su madre desde Lima. «Te prometo no olvidarte, mamá. Y te juro que, aunque necesito tu dinero, no es por tu maldito dinero que no te olvidaré nunca, mamá. Mi proyecto necesita dinero. Buena inversión, madre. No se preocupe. Tendrá usted un hijo feliz y a lo mejor inclusive un Stendhal en la familia», leemos en la página 23.

Vamos a conocer a Pedro cuando arriba al aeropuerto de París acompañado de Virginia, una joven estadounidense de veintitrés, a la que, sabremos pronto, conoce desde hace unas pocas semanas. Pedro y Virginia coincidieron en Berkeley, en una fiesta universitaria, estando Pedro bastante borracho. El viaje a París no parece estar funcionando. Pedro se muestra enervado porque Virginia no tiene sentido del humor y además parece pensar en otra mujer, llamada Sophie, un amor obsesivo del pasado. Se suceden los diálogos, a veces grandilocuentes. «Durante los últimos años he sido un personaje. El personaje de una historia maravillosa que nunca recuperaré y que tal vez nunca lograré escribir porque de pronto fui expulsado de ella, de mi propia historia, y me quedé sin todo lo que faltaba… Que era mucho…» (pág. 19).

 

La novela oscila entre el uso de la tercera persona y la primera. Es habitual que el narrador omnisciente ceda la palabra a Ramón Balbuena que, con un discurso a veces incoherente, conversa con diferentes interlocutores que habitan su cabeza: su madre en Lima; Sophie, su amor de juventud, que se casó con otro hombre; o con Malatesta, un perro de bronce, con el que Ramón viaja en una maleta. Malatesta, en gran medida, simboliza el fin de su relación con Sophie, pues representa a un perro real que tuvo Sophie y actúa, en realidad, como un confidente o un alter ego del propio Ramón, a quien este le cuenta sus penas y el con el que se desahoga.

 

Tantas veces Pedro se publicó en 1977 y quizás algunas de las maneras con las que Pedro se dirige a Virginia podían ser modernas y atrevidas en esa época, pero en la actualidad suenan machistas. Así, por ejemplo, en la página 31, en una conversación casual, Pero le dice a Virginia: «Tal vez seas una puta, Virginia, pero una puta tan excelente que cualquier hombre quedaría malacostumbrado para siempre después de haberte conocido», o en la página 17: «Virginia, no llores. Por favor, ya no llores más. Mira, te voy a decir una cosa. Las mujeres bonitas nunca lloran por un hombre. Las mujeres bonitas como tú hacen llorar a los hombres». En otro momento, además de machista, también se muestra racista y clasista: «Fue de una tía mía que se acostaba con un indio. Te lo regalo para olvidar que tuve una tía puta, aunque hoy en día, ser mestizo en América Latina…» (pág. 68)

 

La novela está dividida en cuatro partes. En las tres primeras se nos habla de la relación de Pedro con tres mujeres, Virginia (estadounidense), Claudine (francesa) y Beatrice (italiana) y en la última, al fin, se nos desvelarán los secretos de su relación del pasado con Sophie, relación –como se nos ha recordado múltiples veces durante la novela– que duró «solo tres meses, cinco días, y las últimas veinticuatro horas que fueron atroces…» (pág. 29).

Además de los monólogos interiores de Pedro, con las personas ya comentadas, el lector también podrá acercarse a algunas cartas, y relatos o conatos de novelas que Pedro escribirá, tratando de empezar esa obra que, en algún momento, le transformará en el escritor soñado. Además, en la página 205, en un nuevo plano narrativo, se manifestará el propio Alfredo Bryce Echenique como narrador: «Pedro Balbuena, como cantan los pescadores menorquines aquí en Fornells canciones mexicanas en el bar La Palma, donde algún día vendría yo a contar tu historia.» Realmente, Bryce Echenique escribió esta novela en el pueblo de Port Fornelles en Menorca.

 

El lector acabará descubriendo pronto que Pedro no es un narrador fiable, que lo contado puede en la novela puede ser real para los personajes o puede ser imaginario, una realidad que solo funciona en la mente de Pedro. Una sensación de desconcierto y confusión me asaltará el final de la primera parte, cuando Virginia ha abandonado París por México, y Pedro se desplaza allí y el lector no acabará de tener claro si realmente se ha reunido con ella o está solo imaginando que está con ella. Supongo que a este tipo de narración es a lo que se refiere Faverón cuando dice que Tantas veces Pedro introduce de forma fundamental a la narrativa latinoamericana en la postmodernidad, en este escepticismo ante el sentido de lo narrado y la presencia de un personaje-narrador en nada confiable. Reconozco que a mí todo esto ha conseguido sacarme bastante de la novela, sobre todo en la cuarta y última parte. En las anteriores, a pesar del uso de estos recursos postmodernos, la narración conseguía tener, más o menos, un orden, aunque caótico, pero en la cuarta parte es como si el sentido de la novela explotara por los aires. Aquí el narrador ya no consigue distinguir entre lo vivido, lo soñado o lo escrito, y el lector –o el lector que soy yo, al menos– acaba naufragando en una sucesión de escenas que he sentido como inconexas y he han ido expulsado del libro.

 

Tantas veces Pedro es la segunda novela de Bryce Echenique. Se publicó en 1977. Un mundo para Julius, la primera novela, se publicó en 1970. Entre medias, Bryce escribió los cuentos de La felicidad ja ja (1974). La historia contada en Un mundo para Julius era más diáfana; el lector se acercaba al niño Julius, que se acabaría convirtiendo, con el tiempo, en un icono de una mirada tierna hacia el Perú, una mirada que no toleraba el clasismo o el racismo. Diría que Tantas veces Pedro es una novela de transición hacia obras como La vida exagerada de Martín Romaña (1981), donde también hay un escritor que bebe, que vive en París, que estuvo enamorado de una mujer que se fue y que mira al pasado con nostalgia e ironía. Pero en libros como La vida exagerada de Martín Romaña o Reo de nocturnidad (1997), donde se vuelve a usar esta fórmula, los parámetros narrativos son menos experimentales y estas novelas se me hicieron más disfrutables.

 

Creo que con Tantas veces Pedro he sufrido una decepción similar a la que me ocurrió hace unos meses, al leer los Cuentos completos de Bryce, y llegar a Magdalena peruana y otros cuentos (1986), donde personajes masculinos borrachos hablaban a chicas jóvenes de aventuras del pasado, que no acababan de interesarme. En Tantas veces Pedro, como ocurrirá en las novelas del Bryce Echenique más adulto, hay ya un uso profuso de los diálogos y la oralidad, con sentido del humor, pero diría que el personaje de Pedro Balbuena acaba siendo más cargante e irritante, que como acabarán siendo personajes del estilo de Martín Romaña, que serán más entrañables.

Me apenó la muerte de Alfredo Bryce Echenique hace un mes. Era un autor al que asociaba con mi juventud y al que tengo, como dije, un gran cariño. A pesar de haber leído de él, hacía no mucho, sus Cuentos completos, me apeteció homenajearle después de muerto leyendo otra de sus obras, y me ha dado pena no haber acabado disfrutando de Tantas veces Pedro como creía que lo iba a hacer. Quizás debería haberme acercado a los cuentos de Guía triste de París, que presiento que me van a gustar más.

 



domingo, 3 de mayo de 2026

Cuentos completos, por Alfredo Bryce Echenique


Cuentos completos
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Alfaguara. 479 páginas. 1ª edición de 1995

Prólogo de Julio Ortega

 

Ya he comentado más de una vez que Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos; del que destaco obras como Un mundo para Julius (1970), No me esperen en abril (1995) o Reo de nocturnidad (1997). Hace más de diez años, hablando en Madrid con el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, este me recomendó encarecidamente Cuentos completos de Bryce Echenique. Tenía localizado el libro en la biblioteca Elena Fortún de Madrid, pero al final decidí comprarlo de segunda mano, gracias a Iberlibro. Estos Cuentos completos se publicaron en 1995 y, desde entonces, Bryce Echenique ha publicado dos colecciones más de relatos, Guía triste de París (1999) y La esposa del rey de las curvas (2009).

 

Cuentos completos contiene los siguientes libros: Huerto cerrado (1968), La felicidad ja ja (1974) y Magdalena peruana y otros cuentos (1986), además de algunos cuentos sueltos más, que no sé si al final se integrarían en Guía triste de París o La esposa del rey de las curvas.

 

Huerto cerrado fue el primer libro que publicó Bryce Echenique, en 1968, antes de los treinta años. Contiene doce cuentos. El primero se titula Dos indios y sitúa su acción en París. En este cuento, de una docena de páginas, podemos encontrarnos ya con algunas de las claves de la obra de Bryce Echenique: el cuento nos lleva a París, donde va a situar más de una de sus historias, y trata sobre la nostalgia y los amores del pasado; contado desde un punto de vista humorístico, pero no de un humorismo hiriente o sarcástico, sino de un humor tierno y exagerado. Los dos personajes que se encuentran en París, acabarán rememorando su vida en Lima, mientras comparten tragos de alcohol, detalle este que acabará siendo otro de los rasgos compositivos de las obras de Bryce Echenique.

 

El segundo cuento se titula Con Jimmy, en Paracas y es uno de los mejores cuentos del libro, un cuento sobre el paso de la infancia a la madurez, la caída del mito del padre, las clases sociales y el racismo. La primera frase, marcando el ambiente de amenaza sobre el padre me parece memorable: «Lo estoy viendo realmente: es como si lo estuviera viendo; allí está sentado, en el amplio comedor veraniego, de espaldas a ese mar donde había rayas, tal vez tiburones». (pag. 31). En estas primeras narraciones de Huerto cerrado me parece ver la influencia de los cuentos de La palabra del mundo, del también peruano Julio Ramón Ribeyro, sobre todo al tratar estos temas de los que hablaba anteriormente, de las clases sociales y el racismo en la sociedad peruana.

 

Después de unos pocos cuentos, me doy cuenta de que el protagonista de todos ellos se llama Manolo y ya veo que, en realidad, son cuentos entrelazados y que hablan de la misma persona; principalmente de un adolescente, de clase media alta, que está dejando de ser un niño y se está internando en la vida adulta. Los cuentos reflejan diversos momentos de su vida, como el humillante momento en el que, a los trece años, los niños de la clase del colegio van a hacer una excursión en bicicleta a una localidad cercana y él se queda atrás y el profesor le pide que se vuelva a su casa, tema de El camino es así. En el cuarto cuento, ya han pasado unos años, y Manolo le venderá esa bicicleta del relato anterior a un jardinero con el que, de más niño jugaba al fútbol, y del que las diferencias sociales han acabado separando.

Así que el primer cuento de este primer libro, Dos indios, nos presentaba a un Manolo ya adulto, recordando en París algún episodio de su infancia y juventud. A partir de él, los cuentos nos conducen a diversos momentos de la vida de Manolo –en los que el lector entrevé a una especie de alter ego del autor– en orden cronológico; así llegaremos hasta las primeras novias o las primeras visitas al burdel con los amigos, rito de iniciación de la época mostrada. En un cuento como Una mano en las cuerdas aparece ya el Country Club, que será uno de los escenarios esenciales de la primera novela de Bryce Echenique, Un mundo para Julius (1970). Una mano en las cuerdas me ha parecido otro de los mejores cuentos de este primer libro, porque en él usa el recurso de intercalar la primera persona –a través de un diario personal– y la tercera.

En Un amigo de cuarenta y cuatro años, Bryce hace el retrato de un profesor de inglés del colegio de Manolo, y su cierre me ha parecido también bastante conseguido. Algunos cuentos, como este, empiezan con descripciones de calles y barrios de la antigua Lima, y de este modo la ciudad –pero más la ciudad de los recuerdos, que la ciudad real– se acaba convirtiendo en un personaje más del libro. Crece y cambia Manolo, crece y cambia también Lima, parece decirnos Bryce Echenique.

 

Los tres últimos cuentos de Huerto Cerrado, La madre, el hijo y el pintor, El hombre, el cinema y el tranvía y Extraña diversión son más cortos que los anteriores y me han parecido narraciones más apresuradas y de inferior calidad a las ya leídas. Lo que no ha enturbiado la buena impresión que he sacado de este primer libro de Alfredo Bryce Echenique, que imagino que, en su momento, fue celebrado como lo que era: el talentoso debut de una nueva voz latinoamericana en el fantástico contexto del boom.

 

El siguiente libro, La felicidad ja ja (1974) reúne ocho cuentos. El primero es Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, y ya desde el título se percibe un cambio de rumbo respecto a las piezas del libro anterior. En Huerto cerrado, como ya he dicho, creo que Bryce Echenique sigue la estela de narradores clásicos como Ribeyro, que a su vez diría que había leído a los escritores de relatos estadounidenses como Ernest Hemingway, y usa un estilo preciso y realista. En La felicidad ja ja, Bryce Echenique está ya buscando una voz más personal, que va a tener que ver, en gran medida, con la oralidad del lenguaje. Así, en el primer cuento, en Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, se recrea un monólogo, en el que uno de los personajes le habla a otro. Es un cuento sobre las aspiraciones y las diferencias económicas que se crean en la vida adulta entre amigos de la juventud; sobre todo porque el narrador fue un niño rico que acabó perdiendo su fortuna, y además acabó  convirtiéndose en una persona más empática y sensible que su amigo. «Pero, claro, tú siempre has tenido razón. Lo cual no impide que seas una mierda, gordo, una mierda que acierta en las apuestas de la vida.» (pág. 149) Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín me ha parecido un gran comienzo para este segundo libro.

El segundo cuento, Florence y Nós três, sobre un profesor de español en París –tras el que se ve al propio autor– que nos habla de una alumna alocada y enferma de su clase es melancólico y hermoso.

Pepi Monkey y la educación de su hermana sobre unos niños que son educados por una casa rica decadente de Lima me ha parecido que bajaba ya algo el nivel.

De este segundo libro, mis cuentos favoritos acaban siendo los más largos: Baby Schiaffino y Muerte de Sevilla en Madrid. Baby Schiaffino trata sobre la idealización del amor por parte de un joven que se enamora de una chica que lo ve como un amigo. El humor tierno y algo absurdo de Bryce Echenique se manifiesta con elegancia en este cuento. Muerte de Sevilla en Madrid es el único cuento de este libro que había leído previamente. Lo leí en una edición de Alianza 100, uno de esos libritos que lanzó la editorial Alianza en los años 90 y que costaban cien pesetas (0,60 €). En este cuento, un pobre hombre peruano gana un concurso para viajar a España y este será el comienzo de sus problemas finales. Aquí, como también será habitual en la obra de Bryce, se hace uso del humor escatológico; un elemento clave en la composición de su novela La vida exagerada de Martín Romaña.

 

Hasta aquí, habiendo leído los dos primeros libros de cuentos, aunque no todos tienen el mismo nivel, tengo la sensación de que estos Cuentos completos de Bryce Echenique es un gran libro; sin embargo, de forma inesperada, sufro una decepción con el tercer libro, Magdalena peruana y otros cuentos, formado por doce piezas. El primer cuento, Anorexia y tijerita, sobre un exministro con una chica anoréxica, protagonizado por un personaje desagradable, no está mal.

Creo que voy a describir, de un modo general, qué me ocurre con estos cuentos: Bryce Echenique usa aquí también un tono oral, y normalmente leemos el discurso interior de un personaje que suele tener a otro de interlocutor, aunque esto solo ocurra en su cabeza. El narrador suele ser un hombre maduro de éxito –un pintor, por ejemplo– que habla a una jovencita con la que tiene una relación, y en este discurso oral, el narrador empieza a hablar de personajes del pasado, que el lector, al principio, no sabe quiénes son, y al final descubrirá que, normalmente, son compañeros de juergas del pasado del narrador y cuenta sobre ellos algunas anécdotas exageradas, sobre todo relacionadas con el abuso de bebidas alcohólicas, que acaban por no tener demasiada gracia. Así que al final el lector se encuentra leyendo un relato que parece bastante deslavazado sobre personajes por los que no ha conseguido interesarse.

De este tercer libro, me ha interesado sobre todo un cuento titulado El breve retorno de Florence este otoño porque Bryce Echenique plantea en él una segunda parte del cuento Florence y Nós três de La felicidad ja ja, pero creo que el estilo exagerado y el humor absurdo acaban arruinándolo.

 

El libro termina con cuatro cuentos que en 1995, año de la publicación de estos Cuentos completos, no estaban incluidos en ningún libro, y aquí Bryce Echenique deja un tanto de lado el estilo del último libro, con un exceso de oralidad y un discurso interior demasiado disperso y vuelve a un estilo más clásico.

Al finalizar Huerto cerrado, me sentí tan entusiasmado por este primer libro de cuentos de Bryce Echenique que entré en Iberlibro y compré una edición de segunda mano de Guía triste de París, que sería su siguiente libro. Ha sido una pena que mi entusiasmo haya bajando con los cuentos de Magdalena peruana y otros cuentos, pero espero que la obra cuentística de Bryce Echenique remonte con Guía triste de París.

domingo, 1 de marzo de 2026

Madame Vargas Llosa, por Gustavo Faverón


Madame Vargas Llosa
, de Gustavo Faverón

Editorial Fulgencio Pimentel. 187 páginas. 1ª edición de 2026.

 

De Gustavo Faverón (Lima, 1966) había leído, hasta ahora, toda la obra narrativa y ensayística que ha publicado (después de que algunos de sus libros aparecieran en Perú) en la española editorial Candaya, El anticuario (2010), Vivir abajo (2018), El orden del Aleph (2019) y Minimosca (2024). Y esta no abundante obra le había convertido para mí en uno de los escritores más en forma de la narrativa latinoamericana actual. En algún momento me pareció escucharle a Faverón decir que iba a publicar algunas novelas cortas en la editorial de Logroño Fulgencio Pimentel. Desconozco el motivo por el que estos libros no aparecen en Candaya, su editorial de referencia en España. La primera de esta serie de novelas cortas es Madame Vargas Llosa (2026).

 

Las novelas que más fama han dado a Faverón –Vivir abajo y Minimosca– son bastante largas, novelas ambiciosas que se bifurcan en multiples caminos narrativos y que se dispersan en senderos sin fin. Uno se adentra, en principio, en la lectura de Madame Vargas Llosa con la sensación de que la apuesta, esta vez, está más controlada y que la tendencia al laberinto de sus libros anteriores está aquí minimizada. Pero ese mismo lector no debe descuidarse, porque Faverón vuelve a usar en este nuevo libro sus recursos habituales, como el relato dentro del relato o la digresión disruptiva. Madame Vargas Llosa cuenta con cuatro narradores principales, y está planteada –ya desde el título– como un homenaje al escritor Mario Vargas Llosa, que murió en abril de 2025, y es un autor al que Faverón admira mucho. De hecho, a principios de 2024 leí La guerra del fin del mundo (1981), una de las novelas más importantes de Vargas Llosa que me faltaban por leer, porque sorprendí una conversación, en Facebook, en la que Faverón afirmaba que La guerra del fin del mundo era la mejor novela escrita en español después de El Quijote. De hecho, Madame Vargas Llosa también es, en gran medida, un homenaje a esta novela.

 

El lector debe tener cuidado con los juegos de narradores, porque al empezar la primera parte tendrá la sensación de que el narrador es Mario Vargas Llosa, que ha viajado a Brasil para visitar la zona de Canudos, que fue el escenario de la llamada «guerra de Canudos», cuya historia se recogerá en La guerra del fin del mundo. Así, nuestro narrador, que en apariencia es Vargas Llosa, va a conocer en Río de Janeiro a Manoel Magalhaes, un escritor de telenovelas al que apodan Fittipaldi por su capacidad para acabar rápido los guiones. Vargas Llosa va a llegar a Fittipaldi gracias al cineasta Ruy Guerra, al que conoció en París. He buscado información sobre Ruy Guerra y es un cineasta brasileño de origen mozambiqueño con el que realmente Vargas Llosa trabajó para escribir un guion sobre el libro Los sertones de Euclides da Cunha. La película, por problemas de la productora, no se llegó a rodar, pero toda la investigación llevada a cabo le sirvió a Vargas Llosa para escribir La guerra del fin del mundo. En la realidad, por lo que he leído en internet, el Guerra y el Vargas Llosa reales se conocieron al trabajar juntos en este proyecto que no fructificó y no en París. Como ocurría con algunas películas de las que se hablaba en Vivir abajo, las telenovelas (en total tres) de Fittipaldi van a tener el poder de adelantar sucesos que le acontecerán al autor más tarde, grandes desgracias familiares a las que tendrá que enfrentarse. Como también ocurría en la narración de Vivir abajo y Minimosca, el tono de Madam Vargas Llosa no acaba de ser realista. En más de un pasaje, el lector tendrá la sensación de haberse dejado arrastrar a la descripción de un sueño, o más bien de una pesadilla.

 

Como dije, la novela cuenta con cuatro narradores. Leí la primera parte pensando que el narrador era Vargas Llosa, para darme cuenta más tarde de que en realidad era Maria Trindade, una brasileña transexual que cree ser Vargas Llosa y que juega a escribir las novelas de Vargas Llosa, antes de que se traduzcan al portugués, por lo que le sugiere el título en español, convirtiéndose así en una especie de Pierre Menard.

Favarón es un gran admirador de Roberto Bolaño y se nota, por ejemplo, en su gusto por hablar en su novela de argumentos de novelas o de películas que funcionan como pequeños relatos dentro del relato. De esta manera, nos acercaremos a los argumentos inventados por Maria Trindade sobre las novelas originales de Vargas Llosa, desarrollados a partir de lo que le sugiere el título. Así funcionan también los argumentos de las telenovelas de Fittipaldi.

 

El segundo narrador será Ruy Guerra, que narrará su ruptura personal con Vargas Llosa, después de su giro ideológico hacia la derecha. Ruy Guerra se irá encontrando en diferentes, e inverosímiles, partes del mundo con Zebode Anzesul, un marroquí que viaja dando ideas a cineastas africanos para que las rueden en sus películas. Este personaje, en cierto modo, me ha parecido un guiño a Miguel de Cervantes y su narrador árabe Cite Hamete Benengeli.

 

El tercer narrador es Fittipaldi, y en esta parte descubriremos quién de verdad ha escrito sus exitosas telenovelas, una persona que se convertirá en un nuevo personaje de esta novela repleta de autores verdaderos, interpretes de la obra de otro y falsos autores. En esta parte va a hacer un cameo el «verdadero» Mario Vargas Llosa que, disfrazado de santón, recorre los sertones brasileños con la intención de documentarse para su novela La guerra del fin del mundo.

Y la cuarta narradora es Rita Fonseca, mujer de Fittipaldi, que puede hablarle al lector desde la ultratumba.

 

La novela también presenta un homenaje a la literatura brasileña, y por ella desfilan nombres como los de Rubem Fonseca o Jorge Amado. Faverón es también un gran amante del cine, y en la novela aparecen continuas referencias al barco de la película Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog.

Durante la primera parte me estaba extrañando que Faverón, que normalmente es un escritor de lenguaje muy cuidado, usase algunas frases hechas en su novela, como las expresiones «haberse metido en camisa de once varas» o «como Pedro por su casa». Más tarde he pensado que, tal vez, quisieran reflejar el lenguaje oral de Madame Vargas Llosa, que al fin y al cabo solo era una imitadora de Vargas Llosa y no el propio Vargas Llosa, o puede que sean expresiones que el verdadero Vargas Llosa ha usado en alguna de sus novelas y Faverón las usa como un juego. Porque en el lenguaje de esta novela Faverón también ha jugado (sin dejar de ser él mismo) a homenajear a Vargas Llosa, y algunas frases o párrafos de la novela me han recordado a las construcciones lingüísticas de La guerra del fin del mundo. Por ejemplo, en la página 54 leemos: «Me vinieron a la memoria, como los rápidos del río, las imágenes de aquel tiempo: yo, adentrándome en un páramo roto como un jagunço de Lampiao; yo, huroneando en bibliotecas paradójicas en pueblecitos de iletrados; yo, tomando notas taquigráficas en papelitos rotos; yo, hundido hasta las rodillas en trincheras imaginarias, fantaseando con las batallas entre los fanáticos milenaristas de Antonio Conselherio y las tropas del demonio del progreso –yo, ¿montado en un burrito entre las dunas, detrás de un hombre a lomo de bestia sobre un caballo raquítico?–», y aquí me ha parecido percibir una emulación del estilo de Vargas Llosa.

Igual que hacía en Vivir abajo y Minimosca, Faverón ha planteado en esta novela un laberinto narrativo sobre la locura, la creación artística y las pesadillas. Quizás he percibido una repetición de esquemas e intenciones literarias, respecto a las obras anteriores, pero, en cualquier caso, Madame Vargas Llosa es una buena novela y Faverón sigue siendo uno de los escritores latinoamericanos actuales más en forma.

 

domingo, 17 de agosto de 2025

El hablador, por Mario Vargas Llosa

 


El hablador, de Mario Vargas Llosa

Editorial Alfaguara. 287 páginas. 1ª edición de 1987; esta es de 2022

 

El lunes 14 de abril de 2025 recibí la noticia sobre la muerte, el día anterior, de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936 – Lima, 2025). Ese mismo día decidí grabar un vídeo, como homenaje, para mi canal de YouTube Bienvenido, Bob. Busqué en internet una lista cronológica con sus obras publicadas, y tomé sus libros de mi biblioteca para mostrarlos en el vídeo. Era consciente de que los doce libros que yo había leído de Vargas Llosa pertenecían al siglo XX. El libro suyo más cercano en el tiempo al que me había acercado era La fiesta del Chivo, del año 2000. Al leer la lista de sus libros, me percaté de que ni siquiera me sonaba el título de El hablador (1987), lo que me resultó extraño. El miércoles siguiente, paseando por Madrid, visité la librería La Central de Callao y en la entrada las libreras habían creado un pequeño altar con los libros de Vargas Llosa. Entre ellos hojeé una bonita edición de El hablador, que alguien me había recomendado en el canal de YouTube y decidí comprarlo como homenaje al escritor que me había acompañado tanto, desde que el verano de 1995 leí La ciudad y los perros y me sentí tan impresionado por su fuerza.

 

La voz narrativa con la que empieza la novela podría identificarse con la del propio autor: un peruano, que sabremos que es escritor. De hecho, nos contará que, en 1981, participó en la producción de un programa para una televisión peruana, llamado La Torre de Babel, y que, por ejemplo, tuvo que entrevistar a Borges y sufrió con él un malentendido. Estos hechos pertenecen a la biografía real de Vargas Llosa.

El narrador está de viaje en Firenze (Florencia) y por casualidad descubre, en una galería de arte, una exposición de fotografías de una tribu de indios peruanos –los machiguengas–, con la que entró en contacto en el pasado, cuando uno de sus amigos de la universidad de San Marcos, con el que inició la carrera de Derecho, empezó a sentirse fascinado por ellos, hasta el punto de dejar la carrera de Derecho (que su padre quería que cursase) por la de Etnología. El amigo es Saúl Zuratas, apodado «Mascarita», porque «tenía un lunar morado oscuro, vino vinagre, que le cubría todo el lado derecho de la cara, y unos pelos rojos y despeinados como las cerdas de un escobillón.» El padre de Mascarita es un judío europeo emigrado a Perú, y Mascarita había nacido en un pueblo del interior del país. Pronto Mascarita empezará a interesarse por el pueblo de los indios machiguengas. Mascarita considera un crimen el ocaso que los indios de Perú sufren en el país y el ver cómo la civilización está acabando con sus espacios vitales y su cultura. El narrador discutirá con su amigo sobre el destino de estos pueblos y el destino del Perú. «Qué proponía, a fin de cuentas? ¿Que, para no alterar los modos de vida y las creencias de unas tribus que vivían, muchas de ellas, en la Edad de Piedra, se abstuviera el resto del Perú de explotar la Amazonía? ¿Deberían dieciséis millones de peruanos renunciar a los recursos naturales de tres cuartas partas de su territorio para que los sesenta u ochenta mil indígenas amazónicos siguieran flechándose tranquilamente entre ellos, reduciendo cabezas y adorando a la boa constrictor?», leemos en las páginas 34 y 35.

Es interesante que la novela plantea diversas miradas sobre este tema sin ofrecer una visión maniquea sobre el mismo. Ni siquiera el propio Mascarita idealiza a los pueblos amazónicos, porque él sabe que, debido a la mancha de su cara, si hubiera nacido en uno de ellos las mismas madres le hubieran matado, echándole al río o enterrándolo vivo. Sin embargo, la obsesión de Mascarita por los pueblos amazónicos y, en especial, por el de los machinguegas, solo irá a más. Los machinguegas es una tribu de solo unos cuatro o cinco mil individuos. Se trata de un pueblo fracturado en pequeñas comunidades, casi en unidades familiares. Es un pueblo al que los incas expulsaron de la parte oriental del Cusco, pero al que no pudieron sojuzgar, entrando cada vez más en la selva, donde los iban metiendo otros pueblos más aguerridos y los blancos. Los machinguegas son un pueblo históricamente poco conocido y muchos de sus miembros están ya viviendo, en el tiempo narrativo del libro, 1985, un proceso de aculturación occidental. En realidad, la cultura machinguera parece condenada a la desaparición.

Me han gustado las reflexiones que hace el narrador sobre que la doble condición de judío, y de marcado, hace que Mascarita se interese por una comunidad señalada y acosada por el mundo que le rodea.

En la novela también será cuestionada la labor de los etnógrafos estadounidenses, a los que más que la idea de conocer o preservar a estos pueblos indígenas, lo que más parece moverles es la capacidad de explicarles la palabra de su Dios, mediante gestos como traducir la Biblia al idioma machinguega.

 

El narrador principal de la novela se parece bastante al de Historia de Mayta (1984). Tres años separan la publicación de una novela de otra (y en medio se encuentra ¿Quién mató a Palomino Molero? de 1986). En ambas novelas, los narradores compartes más de un rasgo con la historia personas de Mario Vargas Llosa, y los dos van a tratar de averiguar hechos sobre la vida de un amigo o conocido de juventud; Mayta en un caso y Mascarita en el otro.

 En El hablador nos vamos a encontrar con dos narradores: aquel del que ya he hablado y otro nuevo que será un «hablador» de la tribu de los machinguegas. La existencia de la figura de este hablador en la cultura de la tribu hará que el narrador principal se interese por ellos, al punto de ir a visitarlos en 1958. El hablador tiene la función de moverse entre diversas comunidades de machinguegas y ser la memoria activa de la tribu. Relatará los mitos de su pueblo e irá incorporando otros nuevos. La existencia de este hablador hará sentir a nuestro narrador que la idea de alguien que cuente (o que escriba en su caso) es culturalmente importante, incluso en los pueblos más primitivos. De hecho, empezará a recoger información para crear un cuento o una novela sobre la figura de este hablador. Pero le costará encontrar el modo de hacerlo. Así que, al igual que su amigo Mascarita, también empezará a pensar en esta tribu, aunque desde un punto de vista diferente.

La segunda voz narrativa –que se irá alternando con la otra y ocupará en el total del libro menos espacio que la primera– será la de un hablador machinguega. Esta voz narrativa, a diferencia de la voz racionalista anterior, nos dará una visión mágica del mundo, sobre su nacimiento, existencia o continuidad, recreando los mitos de su tribu. A veces, se puede hacer un poco exagerado el vocabulario propio de la selva que aparece aquí, y al lector –o al menos a mí como lector– le puede agotar un tanto este tipo de narrativa tan libre y poética, pero tan caótica y loca también. El lector pronto comprenderá que este hablador de los machinguegas no es otro que Mascarita. No creo hacer ningún destripamiento significativo de la novela, porque desde el primer momento que aparece esta segunda voz narrativa, se le dan suficientes pistas al lector para que maneje esta información, antes de que el narrador principal de la novela pueda empezar a sospechar cuál ha sido el destino de su amigo, del que pensaba que había regresado con su padre a Israel, pero acabará averiguando que no fue así, y que parece, por increíble que suene, que se internó en el Amazonas y que llegó a convertirse en uno de los habladores de esta tribu. Lo más curioso que me ha resultado de esta segunda voz narrativa ha sido ver cómo Mascarita, después de haber asimilado y aprendido a transmitir todos los mitos de la tribu que lo adopta, irá incorporando su propia historia a la corriente de mitos ancestrales de los machinguegas. Por ejemplo, incorporará su gusto por Franz Kafka a las leyendas de esta tribu. Lo que no deja de ser un detalle kafkiano de la narración.

 

Como dije al principio, el día que murió Mario Vargas Llosa desconocía la existencia de esta novela, y por eso, al verla en una librería unos días después, sentí curiosidad, la compré y la leí. Como imaginaba, El hablador no entra en el grupo de las que considero las más grandes novelas de Vargas Llosa, que para mí serían La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del Chivo. Vargas Llosa ha dejado ya atrás, en El hablador, su investigación de las innovaciones formales, presentando aquí una novela más convencional, a pesar del juego de sus dos voces narrativas tan dispares. Esto, sin embargo, no quiere decir que no me haya parecido una buena novela, que sí me lo ha parecido. Además, me ha hecho ver una nueva gama de intereses de Vargas Llosa, como es este planteamiento sobre el futuro y la conservación de las tribus indígenas del Amazonas, que le desconocía.

domingo, 30 de marzo de 2025

Minimosca, por Gustavo Faverón


Minimosca,
de Gustavo Faverón Patriau

Editorial Candaya. 715 páginas. 1ª edición de 2024.

 

Había leído, hasta ahora, tres libros de Gustavo Faverón (Lima, 1966): las novelas El anticuario (2010) y Vivir abajo (2019) y el ensayo El orden del Aleph (2021). De este último libro, tuve el privilegio de ser –junto al escritor Javier Moreno– el presentador en Madrid. Faverón ha publicado algún ensayo más, pero su obra narrativa solo consta de estas dos novelas que cito y a las que une Minimosca (2024). Desde hace varios años conocía la existía de Minimosca, porque le había oído hablar de este proyecto al propio Faverón. Al principio, el autor pretendía que se tratase de una novela corta, que se correspondería con la segunda parte de la versión final del libro (que sobrepasa las 700 páginas), que se llama igual que el título, y que escasamente tiene 100 páginas. De hecho, El orden del Aleph –en palabras de Faverón– era otra de las partes de Minimosca, y el contenido de este ensayo, en principio, era fruto del trabajo de uno de los personajes de la novela, una profesora colombiana. Faverón decidió sacar esa parte del libro y crear con ella un nuevo texto sobre la obra de Jorge Luis Borges.

 

El amnésico es la primera parte de la novela que, ciertamente, comienza de un modo desconcertante: un hombre sale a pasear por las noches a un bosque cercano a su casa en un pueblo de Maine, hasta que se da un golpe y pierde la memoria. Esto le llevará a convertirse en un vagabundo que vive con otros vagabundos. La narración comienza a desdoblarse en diversos relatos dentro del relato, de algunos de ellos serán protagonistas artistas reconocibles, como Marcel Duchamp o Stephen King. Aunque Vivir abajo era una novela que acababa entrando en el terreno de los fantástico, su primera parte – titulada La piedra de la locura– mostraba una narración realista, donde un personaje trataba de localizar a otro; al empezar a leer Minimosca, después de la lectura de la anterior novela, el lector va a darse cuenta enseguida de que la apuesta de Faverón es, en su nueva novela, más radical que en la anterior. Un aire onírico, que va a acabar recorriendo todo el libro, impregna ya de un modo potente las páginas de El amnésico. Los personajes, como los de las obras de Franz Kafka, se mueven en la densidad de los sueños y las realidades más mundanas de la vida (como, por ejemplo, la necesidad de ganarse el sustento con un trabajo remunerado) van a tener muy poca relevancia en la narración; o, más bien, en las narraciones, porque Minimosca es una narración de narraciones, una novela formada por múltiples relatos cortos que, en gran parte, pero no en todos los casos, acaban encajando entre sí. El amnésico que podía llegar a hacernos pensar en un alter ego del autor, ve películas en un sótano en su casa, hechas por George Bennett, que era uno de los protagonistas de Vivir abajo. Desde bastante pronto, el lector habitual de Faverón va a saber que ambas novelas, Vivir abajo y Minimosca están relacionadas.

 

Como dije, Minimosca es la segunda parte de la novela, y podría haber sido una novela independiente, como apuntaba Faverón. Al finalizar el libro completo, aunque lo contado en esta parte se complementa con lo expuesto en otras, el lector tendrá la sensación de que, efectivamente, Minimosca (la parte, no la novela) podía haber sido un libro independiente; igualmente El amnésico podía haber sido una novela independiente.

En Minimosca nos trasladamos a Lima y su protagonista va a ser Arturo Valladares, un joven con una historia trágica tras de sí, ya que su padre asesinó a todos sus hermanos y a su madre. A Arturo le van a asaltar dos pasiones: el boxeo y la poesía. De nuevo, el surrealismo dominará la narración: Arturo aprenderá a tumbar a sus rivales en el ring sin golpearlos, usando la técnica de susurrarles versos de César Vallejo, su héroe poético.

Las historias, las narraciones dentro de las narraciones, se van a suceder también en Minimosca. De hecho, en esta segunda parte se usa el recurso del manuscrito encontrado: John Sinclair, en Utah, lee un manuscrito, hallado en un cubo de basura, que cuenta la historia de Arturo. El manuscrito, sabremos, está escrito por Mónica Buchenwald (aunque ella afirmará, más adelante, que nunca lo ha escrito), que acabará teniendo una relación con Arturo. También, entreverada con la historia de Arturo, conoceremos la intricada vida familiar de Mónica, que pasa por los campos de concentración nazis en Europa.

Como ya he apuntado, Faverón, que coqueteaba en Vivir abajo con el género fantástico, se adentra en él de lleno en Minimosca, y no tiene problemas en convertir a unas moscas (muertas, además), que viven en la casa de Mónica, en sus sabias interlocutores.

El título del libro, tiene que ver con la categoría pugilística en la que pelea Arturo y también con un estado de ánimo. «Desnudo sobre la balanza, Arturo siente que esa palabra describe con exactitud el estado de apocamiento y aflicción que lo embarga con frecuencia en tardes como esa. Recibe la palabra con los brazos abiertos, después los cierra para abrazarla.» (pág. 106)

 

La tercera parte se titula Angus, y su personaje va a ser Angus White. Si el lector está atento (aviso de que es posible perderse en el laberinto de nombres e historia que ha perpetrado Faverón) sabrá que Angus es la persona que conversa en la segunda parte con John Sinclair, que ha encontrado el manuscrito donde se narra la historia de Minimosca.

Nos trasladamos ahora a San Francisco y, entre otras cosas, Angus conversará con su amigo Richard Diekenborn sobre un libro que este último ha encontrado, esta vez en un árbol, en el que Esmée Maisse (que es la madre de Mónica Buchenwald) habla de él, pero dice barbaridades y recoge una serie de entrevistas que él (pintor de profesión) nunca ha dado.

En esta parte de la historia harán sus cameos poetas y escritores como como Allen Ginsberg, Martín Adán o Herman Melville.

En el cuarto de baño de Dickenborn aparecerá Arturo Valladares, a quien Mónica busca en Lima. Es normal en esta novela que las personas aparezcan y desaparezcan en los lugares más inverosímiles. En esta novela la realidad tiene grietas y otras realidades paralelas pueden invadirla, y así es posible que puedan convivir dos «yos» de un mismo escritor, por ejemplo.

 

La cuarta parte es Momias y aquí nos trasladaremos a Bolivia, al pueblo de La Higuera, donde se dio muerte a Ernesto Che Guevara. Uno de sus protagonistas principales serán George Bennett que, como ya he apuntado, era una de los protagonistas de Vivir abajo. De hecho, una de las tramas principales de Vivir abajo era localizar a Bennett. Sabremos ahora que, durante muchos años, estuvo viviendo en La Higuera con una mujer argentina llamada Raymunda Walsh, sobrina del escritor Rodolfo Walsh. Bennett, para vengar la obra de su padre –un agente de la CIA que se dedicó a torturar gente y a crear cárceles secretas en Latinoamérica– ha dedicado parte de su tiempo a buscar y a matar a nazis. Uno de ellos era el marido de Raymunda. Los dos conviven con el hijo ciega de Raymunda y el nazi, Mario Ernesto. A La Higuera también se va a vivir un pintor norteamericano, al que se denominará el Pintor Fugitivo, y que el lector acabará sabiendo que se trata de Richard Diekenborn, pero tal vez no el Richard Diekenborn real sino uno falso, sobre el que escribió Esmée Maisse.

 

La quinta parte se titula Utah. Richard Diekenborn se ha trasladado a Utah, porque compró la casa de Uriah Vargas, que es un escultor suicida cuya historia se contaba en la tercera parte. En Utah, Richard se juntará con Angus White y John Sinclair y acabaremos comprendiendo que su historia está, de un modo rocambolesco, unida a la de Mónica Bachenwald.

 

Y aún queda una sexta y una séptima parte, tituladas El museo de la Rue de Babylone y El Sur, donde César Vallejo será uno de sus protagonistas y Angus White se encontrará con Mónica Bachenwald y se cerrarán algunos de los hijos narrativos que estaban quedando pendientes; y así, comprenderemos al final que todas las historias que hemos leído, dentro de esta historia, estaban más hiladas de lo que suponíamos al principio.

 

Cuando, hace unos cinco años, escribí la reseña de Vivir abajo dediqué bastante espacio a comentar las similitudes que encontraba entre la obra de Faverón y la de Roberto Bolaño. La influencia de la obra de Bolaño sigue presente en Minimosca: el gusto por la digresión, por contar argumentos de películas, de relatos, de sueños…, dentro de la historia principal; el gusto por hablar de la literatura como hilo argumental, con la presencia en Minimosca de escritores convertidos en protagonistas de las historias. También se encuentra aquí el gusto de Bolaño por el mal: la presencia de nazis o de discípulos de nazis en Latinoamérica. Pero ahora veo que el estilo y los intereses de Faverón han ido más lejos que en Vivir abajo, que ha dejado ya más atrás la obra del maestro y se ha adentrado en territorios nuevos, en obsesiones ya más personales. De hecho, el interés por «el mal» en Faverón es tan exagerado, con sus asesinos, pedófilos, violadores, torturadores… que no deja de tener un aire paródico. También encontramos en Minimosca la presencia de Jorge Luis Borges, por el gusto por la paradoja y el relato fantástico. Decía Ricardo Piglia que la obra de Borges tenía un único narrador, que era Borges; algo similar podríamos decir del laberinto de historias que nos propone Faverón en Minimosca. Kafka, Bolaño, Borges… además de la presencia –tanto estilística como real– de multitud de escritores. Por ejemplo, y no quería dejar de mencionarlo, el escritor boliviano Jaime Saénz vuelve a aparecer en las páginas de Minimosca, como lo hizo también en las de Vivir abajo.

 

El lenguaje de Minimosca, plagado de referencias literarias y poesía, con frases muy largas, formadas, en realidad y en muchos casos, por más de una frase unida por la conjunción «y», es plástico, original y bello.

Minimosca es una obra muy inteligente, donde, en más de una ocasión, resulta algo complicado acabar de seguir todas las conexiones que Faverón establece entre unas historias y otras, entre unos personajes y otros. Minimosca está escrita con la ambición de las grandes novelas del boom latinoamericano, a cuya estirpe pertenece. Obviamente, no he leído ni una mínima parte del conjunto de la literatura escrita en español en lo que llevamos de siglo, pero, dentro de lo que conozco, o de las referencias que he podido tomar de los más entendidos, considero que Minimosca entra en el olimpo de las grandes obras escritas en español en el siglo XXI, junto con libros como 2666 de Roberto Bolaño o La novela luminosa de Mario Levrero. Si usted no ha leído nada de Faverón, creo que puede ser una experiencia literaria deslumbrante acercarse a Vivir abajo y Minimosca y leerlas seguidas, porque son dos obras (o una sola, tal vez) que van a perdurar.

domingo, 9 de marzo de 2025

La guerra del fin del mundo, por Mario Vargas Llosa

 


La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa

Editorial Alfaguara, 719 páginas. Primera edición de 1981, esta es de 2000.

 

De Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) había leído hasta ahora –no necesariamente en el orden que voy a dar– libros como La ciudad y los perros (1961), Los jefes (1959), Los cachorros (1967), Conversación en la catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el escribidor (1977), Elogio de la madrastra (1988) Lituma en los Andes (1993), La fiesta del Chivo (2000), La casa verde (1966) e Historia de Mayta (1984), y me había propuesto volver a su obra leyendo La guerra del fin del mundo (1981), que era una de sus magnas obras que me quedaban por leer. De un modo quizás artificioso, mentalmente he considerado que la gran obra de Mario Vargas Llosa acaba en La fiesta del Chivo (2000) y, por tanto, en ese espacio inicial de su producción me faltaba por leer La guerra del fin del mundo, un libro que había hojeado muchas veces en la biblioteca de Móstoles, sin decidirme a sacarlo y leerlo. A principios de marzo de 2024, el escritor español Miguel Ángel Zapata escribió en su muro de Facebook que se estaba preguntando si La guerra del fin del mundo no sería la mejor novela escrita en castellano del siglo XX, a lo que el escritor peruano Gustavo Faverón le contestaba que, para él, era la mejor novela en castellano después de El Quijote. Ante tan grandes elogios, pensé que, incluso mejor que sacar el libro de la biblioteca de Móstoles, sería comprarlo. Entré en Iberlibro para ver si había alguna edición de segunda mano apetecible y en un Tik Books de la calle López de Hoyos encontré una edición del 2000 de Alfaguara con muy buena pinta por solo 8 €. Llamé por teléfono y esa misma tarde me pasé a recogerlo. Recordé también que cuando estuve en Ciudad de México en 2017, en una librería de la calle Donceles pude haber comprado la primera edición de esta novela por 8 o 10 €, y no lo hice porque consideré que de México debía llevarme a Madrid solo libros mexicanos. Sin embargo, esta edición que he comprado ahora del 2000, viene acompañada del membrete «edición definitiva», lo que me hace pensar que ha pasado por algunas revisiones de Mario Vargas Llosa y eso me tranquiliza.

 

En el prólogo del libro, Vargas Llosa le cuenta al lector que no hubiera escrito este libro sin la lectura del libro Los sertones (1902) del brasileño Euclides da Cumba, gracias a ella descubrió al personaje de Antonio Consejero y su relevancia en la llamada «guerra de Canudos», que acabó siendo una guerra civil en Brasil. La acción de la novela se sitúa a finales del siglo XIX en el interior de Brasil, en el estado de Bahía. Una serie de acontecimientos de la historia de Brasil van a marcar el trasfondo de los sucesos de la novela: en 1888 se abolió la esclavitud en el país. En 1889, los antiguos propietarios de los esclavos apoyaron un golpe militar republicano, que acabó con el imperio de Pedro II. La primera fecha que se cita en la novela es la de 1896 y el primer personaje que aparece retratado es el de Antonio Consejero: un personaje enigmático que recorre los pueblos del Sertón en el estado de Bahía predicando –al estilo de los viejos profetas– la palabra de Dios. La región descrita en la novela ha sido tradicionalmente pobre y asolada por la sequía, lo que ha hecho, en el pasado, que muchos de los pueblos quedaran deshabitados y que la población se empobreciera mucho. Cada vez más personas empiezan a seguir a Antonio Consejero y a vivir según sus enseñanzas.

 

Antonio Consejero se siente incómodo con la nueva república, sobre todo después de enterarse que permite el matrimonio laico, en detrimento del matrimonio religioso. Para Antonio Consejero el nuevo gobierno de Brasil pasará a ser el Anticristo, y empezará a soñar con una restauración monárquica, un tanto fantasiosa, ya que el rey Sebastián iba a resucitar, saliendo del mar, para volver a gobernar Brasil. Antonio Consejero y sus seguidores van a ocupar las tierras de Canudos, en Bahía. Estas tierras pertenecen al barón de Cañabrava, que pasa largas temporadas fuera del país. En Canudos empezará a crecer una ciudad que sigue sus propias reglas, donde, por ejemplo, no son aceptados como dinero legal los nuevos billetes republicanos. La llamada «rebelión de Canudos» empezará a convertirse en un problema de más envergadura para la recién nacida República de Brasil porque se empezará a utilizar políticamente: los enemigos políticos del barón de Cañabrava (que ha participado en política) van a acusar a este de haber promovido la invasión de sus tierras para fomentar una vuelta a la monarquía. La república de Brasil empezará a mandar soldados a Canudos con la idea de derrotar su rebelión. Pero en Canudos cada vez hay más personas dispuestas a luchar por el sueño de un Brasil religioso, sin miedo a morir por su fe, y además cuentan con algunos líderes, que en su pasado fueron bandidos temidos y que conocen las técnicas de la lucha y los enfrentamientos con la autoridad.

 

El trasfondo histórico del libro es real y también algunos de sus personajes lo son. Vi una entrevista a Mario Vargas Llosa en YouTube en la que hablaba de La Guerra del fin del mundo y decía que no había mucha información sobre Antonio Consejero, pero se sabía, por ejemplo, que en Canudos tenía una mano derecha al que llamaban «el Beatito». Este Beatito está en la novela, y Vargas Llosa va a inventar una vida para él. También es constatable el nombre de los militares brasileños que participaron en esta guerra, pero, decía Vargas Llosa, que existían pocos datos sobre ellos, y por eso los hace aparecer en su novela con vidas inventadas por él.

 

El título, La guerra del fin del mundo, hace referencia tanto a lo remoto de la región en la que va a tener lugar esta contienda, como a la creencia de los habitantes de Canudos de que el fin del mundo se acercaba según el calendario llegara a la cifra de 1900. El tema de la superstición de las personas está presente en esta novela como un tema de fondo; como si esas ideas primitivas, fruto de la ignorancia, fuesen el caldo de cultivo de algunos de los problemas de las sociedades latinoamericanas. Este tema lo volvería a tratar Vargas Llosa en su novela Lituma en los Andes de 1993. En este sentido, en la página 270 podemos leer el credo de los habitantes de Canudos: «Juro que no he sido republicano, que no acepto la expulsión del emperador ni su reemplazo por el Anticristo (…). Que no acepto el matrimonio civil ni la separación de la Iglesia del Estado ni el sistema métrico decimal. Que no responderé a las preguntas del censo».

 

La guerra del fin del mundo es una novela coral, donde Vargas Llosa nos va a acercar a la vida de más de cuarenta personajes. De muchos de ellos, además de sus andanzas en la guerra de Canudos, nos va a contar su pasado; con una excepción: Antonio Consejero, en gran medida el personaje central de la novela, siempre será esquivo para el lector. Los personajes que se mueven a su alrededor sí tienen un pasado, pero no él, cuya vida será siempre un punto de fuga, un misterio, para el lector.

En el elenco de personajes destacará, por ejemplo, el periodista miope, del que el lector nunca conocerá el nombre, un periodista de un periódico de Bahía que acompañará a los soldados en una de sus incursiones en Canudos y que pasará a convivir con los rebeldes. Durante la primera mitad de la novela, los personajes viven sus andanzas, que les conducirán hacia Canudos, y Vargas Llosa nos hablará también de su pasado. En la última parte de la novela, será el periodista miope quien le narre al barón de Cañabrava los sucesos de los que fue testigo en Canudos y el lector recibirá alguna información importante de la historia de forma adelantada, para, después, adentrarse en los acontecimientos cuyo final ya conoce.

 

Otro personaje peculiar será Galileo Gal, un escocés perdido en Brasil de ideas revolucionarias y que, aunque no comparta todos sus preceptos, verá en la revolución de Canudos lo más parecido a la revolución social con la que siempre ha soñado. Entre las páginas 70 y 75 se encuentran las únicas páginas del libro escritas en primera persona, que parecen recoger un artículo escrito por Gal para una revista revolucionaria francesa.

También se contarán en la novela las historias de varios bandoleros, que se acabarán uniendo a las filas de Antonio Consejero, como João Grande o João Abate. El narrador expondrá las vidas de los personajes sin juzgarlas, y todos estos personajes serán capaces de cometer las mayores vilezas o las mayores heroicidades. En la narración se habla tanto de los personajes de Canudos, como de los militares; o de los poderosos de Brasil, como el barón de Cañabrava. Todas estas vidas acabarán siendo trágicas, con momentos de esplendor y de profundo patetismo, un patetismo contado siempre con dignidad. En este sentido son especialmente sentidas las páginas dedicadas al Circo del gitano y la descripción de sus artistas, donde Vargas Llosa demuestra una especial sensibilidad para hablar de los más débiles. Aunque tampoco tendrá ningún problema en adentrarse en los palacios de los nobles brasileños. En este sentido, debemos considerar que el modelo artístico de Vargas Llosa al componer esta novela es Guerra y paz de Lev Tolstoi.

 

La novela está salpicada de términos brasileños (cangaceiros, caboclo, etc.) que le dan riqueza al texto, poseedor de una prosa pulida y exquisita. Respecto a otras novelas de Vargas Llosa, me ha parecido que la estructura era menos experimental, pero no menos ambiciosa; de hecho, junto con Conversación en la Catedra, La guerra del fin del mundo debe ser la novela más ambiciosa de la obra de Vargas Llosa. No sé si esta es la mejor novela escrita en castellano en el siglo XX, como apuntaba Miguel Ángel Zapata, o si es la mejor novela escrita en castellano desde El Quijote, como apuntaba Gustavo Faverón, pero sí que puedo asegurar que es una grandísima novela, ejecutada con una ambición, que fue milagrosamente común en muchas obras del boom latinoamericano, y que ya parece un tanto olvidada. La guerra del fin del mundo se va de cabeza a mi lista de diez mejores lecturas del año.