Minimosca, de Gustavo Faverón Patriau
Editorial Candaya. 715 páginas. 1ª edición de 2024.
Había leído, hasta ahora, tres
libros de Gustavo Faverón (Lima,
1966): las novelas El anticuario (2010) y Vivir abajo (2019) y el ensayo El
orden del Aleph (2021). De este último libro, tuve el privilegio de ser
–junto al escritor Javier Moreno– el
presentador en Madrid. Faverón ha publicado algún ensayo más, pero su obra
narrativa solo consta de estas dos novelas que cito y a las que une Minimosca
(2024). Desde hace varios años conocía la existía de Minimosca, porque le había oído hablar de este proyecto al propio
Faverón. Al principio, el autor pretendía que se tratase de una novela corta,
que se correspondería con la segunda parte de la versión final del libro (que
sobrepasa las 700 páginas), que se llama igual que el título, y que escasamente
tiene 100 páginas. De hecho, El orden del
Aleph –en palabras de Faverón– era otra de las partes de Minimosca, y el contenido de este
ensayo, en principio, era fruto del trabajo de uno de los personajes de la
novela, una profesora colombiana. Faverón decidió sacar esa parte del libro y
crear con ella un nuevo texto sobre la obra de Jorge Luis Borges.
El amnésico es la
primera parte de la novela que, ciertamente, comienza de un modo
desconcertante: un hombre sale a pasear por las noches a un bosque cercano a su
casa en un pueblo de Maine, hasta que se da un golpe y pierde la memoria. Esto
le llevará a convertirse en un vagabundo que vive con otros vagabundos. La
narración comienza a desdoblarse en diversos relatos dentro del relato, de
algunos de ellos serán protagonistas artistas reconocibles, como Marcel Duchamp o Stephen King. Aunque Vivir
abajo era una novela que acababa entrando en el terreno de los fantástico,
su primera parte – titulada La piedra de la locura– mostraba una
narración realista, donde un personaje trataba de localizar a otro; al empezar
a leer Minimosca, después de la
lectura de la anterior novela, el lector va a darse cuenta enseguida de que la
apuesta de Faverón es, en su nueva novela, más radical que en la anterior. Un
aire onírico, que va a acabar recorriendo todo el libro, impregna ya de un modo
potente las páginas de El amnésico.
Los personajes, como los de las obras de Franz
Kafka, se mueven en la densidad de los sueños y las realidades más mundanas
de la vida (como, por ejemplo, la necesidad de ganarse el sustento con un
trabajo remunerado) van a tener muy poca relevancia en la narración; o, más
bien, en las narraciones, porque Minimosca
es una narración de narraciones, una novela formada por múltiples relatos
cortos que, en gran parte, pero no en todos los casos, acaban encajando entre
sí. El amnésico que podía llegar a hacernos pensar en un alter ego del autor,
ve películas en un sótano en su casa, hechas por George Bennett, que era uno de
los protagonistas de Vivir abajo.
Desde bastante pronto, el lector habitual de Faverón va a saber que ambas
novelas, Vivir abajo y Minimosca están relacionadas.
Como dije, Minimosca es la segunda parte de la novela, y podría haber sido una
novela independiente, como apuntaba Faverón. Al finalizar el libro completo,
aunque lo contado en esta parte se complementa con lo expuesto en otras, el
lector tendrá la sensación de que, efectivamente, Minimosca (la parte, no la novela) podía haber sido un libro
independiente; igualmente El amnésico
podía haber sido una novela independiente.
En Minimosca nos trasladamos a Lima y su protagonista va a ser Arturo
Valladares, un joven con una historia trágica tras de sí, ya que su padre
asesinó a todos sus hermanos y a su madre. A Arturo le van a asaltar dos
pasiones: el boxeo y la poesía. De nuevo, el surrealismo dominará la narración:
Arturo aprenderá a tumbar a sus rivales en el ring sin golpearlos, usando la
técnica de susurrarles versos de César
Vallejo, su héroe poético.
Las historias, las narraciones
dentro de las narraciones, se van a suceder también en Minimosca. De hecho, en esta segunda parte se usa el recurso del
manuscrito encontrado: John Sinclair, en Utah, lee un manuscrito, hallado en un
cubo de basura, que cuenta la historia de Arturo. El manuscrito, sabremos, está
escrito por Mónica Buchenwald (aunque ella afirmará, más adelante, que nunca lo
ha escrito), que acabará teniendo una relación con Arturo. También, entreverada
con la historia de Arturo, conoceremos la intricada vida familiar de Mónica,
que pasa por los campos de concentración nazis en Europa.
Como ya he apuntado, Faverón, que
coqueteaba en Vivir abajo con el
género fantástico, se adentra en él de lleno en Minimosca, y no tiene problemas en convertir a unas moscas
(muertas, además), que viven en la casa de Mónica, en sus sabias
interlocutores.
El título del libro, tiene que ver
con la categoría pugilística en la que pelea Arturo y también con un estado de
ánimo. «Desnudo sobre la balanza, Arturo siente que esa palabra describe con
exactitud el estado de apocamiento y aflicción que lo embarga con frecuencia en
tardes como esa. Recibe la palabra con los brazos abiertos, después los cierra
para abrazarla.» (pág. 106)
La tercera parte se titula Angus,
y su personaje va a ser Angus White. Si el lector está atento (aviso de que es
posible perderse en el laberinto de nombres e historia que ha perpetrado
Faverón) sabrá que Angus es la persona que conversa en la segunda parte con
John Sinclair, que ha encontrado el manuscrito donde se narra la historia de Minimosca.
Nos trasladamos ahora a San
Francisco y, entre otras cosas, Angus conversará con su amigo Richard Diekenborn sobre un libro que este último ha
encontrado, esta vez en un árbol, en el que Esmée Maisse (que es la madre de
Mónica Buchenwald) habla de él, pero dice barbaridades y recoge una serie de
entrevistas que él (pintor de profesión) nunca ha dado.
En esta parte de la historia harán
sus cameos poetas y escritores como como Allen
Ginsberg, Martín Adán o Herman Melville.
En el cuarto de baño de Dickenborn aparecerá
Arturo Valladares, a quien Mónica busca en Lima. Es normal en esta novela que
las personas aparezcan y desaparezcan en los lugares más inverosímiles. En esta
novela la realidad tiene grietas y otras realidades paralelas pueden invadirla,
y así es posible que puedan convivir dos «yos» de un mismo escritor, por
ejemplo.
La cuarta parte es Momias
y aquí nos trasladaremos a Bolivia, al pueblo de La Higuera, donde se
dio muerte a Ernesto Che Guevara. Uno de sus protagonistas principales serán
George Bennett que, como ya he apuntado, era una de los protagonistas de Vivir abajo. De hecho, una de las tramas
principales de Vivir abajo era
localizar a Bennett. Sabremos ahora que, durante muchos años, estuvo viviendo
en La Higuera con una mujer argentina llamada Raymunda Walsh, sobrina del
escritor Rodolfo Walsh. Bennett,
para vengar la obra de su padre –un agente de la CIA que se dedicó a torturar
gente y a crear cárceles secretas en Latinoamérica– ha dedicado parte de su
tiempo a buscar y a matar a nazis. Uno de ellos era el marido de Raymunda. Los
dos conviven con el hijo ciega de Raymunda y el nazi, Mario Ernesto. A La
Higuera también se va a vivir un pintor norteamericano, al que se denominará el
Pintor Fugitivo, y que el lector acabará sabiendo que se trata de Richard
Diekenborn, pero tal vez no el Richard Diekenborn real sino uno falso, sobre el
que escribió Esmée Maisse.
La quinta parte se titula Utah.
Richard Diekenborn se ha trasladado a Utah, porque compró la casa de Uriah
Vargas, que es un escultor suicida cuya historia se contaba en la tercera
parte. En Utah, Richard se juntará con Angus White y John Sinclair y acabaremos
comprendiendo que su historia está, de un modo rocambolesco, unida a la de
Mónica Bachenwald.
Y aún queda una sexta y una séptima
parte, tituladas El museo de la Rue de Babylone y El Sur, donde César
Vallejo será uno de sus protagonistas y Angus White se encontrará con Mónica
Bachenwald y se cerrarán algunos de los hijos narrativos que estaban quedando
pendientes; y así, comprenderemos al final que todas las historias que hemos
leído, dentro de esta historia, estaban más hiladas de lo que suponíamos al
principio.
Cuando, hace unos cinco años,
escribí la reseña de Vivir abajo dediqué
bastante espacio a comentar las similitudes que encontraba entre la obra de
Faverón y la de Roberto Bolaño. La
influencia de la obra de Bolaño sigue presente en Minimosca: el gusto por la digresión, por contar argumentos de
películas, de relatos, de sueños…, dentro de la historia principal; el gusto
por hablar de la literatura como hilo argumental, con la presencia en Minimosca de escritores convertidos en
protagonistas de las historias. También se encuentra aquí el gusto de Bolaño
por el mal: la presencia de nazis o de discípulos de nazis en Latinoamérica.
Pero ahora veo que el estilo y los intereses de Faverón han ido más lejos que
en Vivir abajo, que ha dejado ya más
atrás la obra del maestro y se ha adentrado en territorios nuevos, en
obsesiones ya más personales. De hecho, el interés por «el mal» en Faverón es
tan exagerado, con sus asesinos, pedófilos, violadores, torturadores… que no
deja de tener un aire paródico. También encontramos en Minimosca la presencia de Jorge Luis Borges, por el gusto por la
paradoja y el relato fantástico. Decía Ricardo
Piglia que la obra de Borges tenía un único narrador, que era Borges; algo
similar podríamos decir del laberinto de historias que nos propone Faverón en Minimosca. Kafka, Bolaño, Borges… además
de la presencia –tanto estilística como real– de multitud de escritores. Por
ejemplo, y no quería dejar de mencionarlo, el escritor boliviano Jaime Saénz vuelve a aparecer en las
páginas de Minimosca, como lo hizo
también en las de Vivir abajo.
El lenguaje de Minimosca, plagado de referencias literarias y poesía, con frases
muy largas, formadas, en realidad y en muchos casos, por más de una frase unida
por la conjunción «y», es plástico, original y bello.
Minimosca es una obra
muy inteligente, donde, en más de una ocasión, resulta algo complicado acabar
de seguir todas las conexiones que Faverón establece entre unas historias y
otras, entre unos personajes y otros. Minimosca
está escrita con la ambición de las grandes novelas del boom latinoamericano, a cuya estirpe pertenece. Obviamente, no he
leído ni una mínima parte del conjunto de la literatura escrita en español en
lo que llevamos de siglo, pero, dentro de lo que conozco, o de las referencias
que he podido tomar de los más entendidos, considero que Minimosca entra en el olimpo de las grandes obras escritas en
español en el siglo XXI, junto con libros como 2666 de Roberto Bolaño o La
novela luminosa de Mario Levrero.
Si usted no ha leído nada de Faverón, creo que puede ser una experiencia
literaria deslumbrante acercarse a Vivir
abajo y Minimosca y leerlas
seguidas, porque son dos obras (o una sola, tal vez) que van a perdurar.
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