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domingo, 2 de agosto de 2026

Los secretos de la defensa de Madrid, por Manuel Chaves Nogales


Los secretos de la defensa de Madrid,
de Manuel Chaves Nogales

Editorial Renacimiento. 233 páginas. Primera edición de 1938, esta es de 2017

Dibujos de Jesús Helguera y prólogo de Antonio Muñoz Molina

 

De Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897 – Londres, 1944) había leído, hasta ahora, el volumen de cuentos A sangre y fuego (1937, Santiago de Chile), donde hablaba de la violencia de la guerra civil, perpetrada por ambos bandos. Fue un libro que me gustó mucho y, desde entonces, he tenido ganas de volver a él. Hace unos años, encontré en una librería de segunda mano del barrio de Pueblo Nuevo una edición prácticamente nueva de Los secretos de la defensa de Madrid, publicada por la editorial Renacimiento de Sevilla, en 2017. Con mi desbarajuste de lecturas habitual, en el que priorizo los libros que pido a editoriales sobre los que compro yo, se me había ido quedando sin leer, hasta este mayo de 2026, en el que me apeteció hacer un alto en el libro Novelas cortas de Iván Turguénev, y me puse con este libro de Chaves Nogales.

 

El libro cuenta con un prólogo de Antonio Muñoz Molina. En él, se nos dice que Los secretos de la defensa de Madrid se escribió en 1938, con cierta distancia de los hechos narrados (el primer intento de los militares rebeldes de tomar Madrid en noviembre de 1936), pero que parece una crónica escrita a toda velocidad, de forma inmediatamente posterior a los sucesos que narra. Esta primera apreciación de Muñoz Molina me ha parecido totalmente cierta. La sensación que he tenido como lector era la de estar leyendo una crónica periodística de la época, escrita de forma fulgurante y muy apegada a los acontecimientos. Originalmente este libro se publicó por entregas en la revista mexicana Sucesos para todos en 1938, con los dibujos del mexicano Jesús Helguera, que aparecen en esta edición.

Después del prólogo de Antonio Muñoz Molina hay una «nota del editor» en la que se le informa al lector de que esta edición de 2017 es algo diferente de la que ya existía de 2011, principalmente porque en 2011 no pudieron conseguir de la revista mexicana Sucesos para todos el capítulo X y se tuvo que retraducir al español de una traducción al inglés. Además, en 2017 pudieron utilizar una edición en rústica completa y disponer así de todo el material gráfico. Además aquí se han añadido dos trabajos finales de Chaves Nogales, publicados en la revista mexicana Hoy el 18 en 1939.

 

Los acontecimientos que narra Chaves Nogales en este libro son los mismos de los que se ocupa el libro de cuentos Largo noviembre de Madrid (1980) de Juan Eduardo Zúñiga, cuando se organizó la defensa de Madrid, por parte de la república, contra las fuerzas franquistas que deseaban conquistarla. Zúñiga centraba su atención sobre todo en la gente de las calles de Madrid, atemorizada por los bombardeos franquistas sobre la capital. También leí sobre estos hechos en el libro de historia La guerra civil española de Paul Preston. Aunque en el libro de Preston, esta defensa de Madrid no ocupaba tantas páginas, ni era contada con tanto detalle como lo hace Chaves Nogales en Los secretos de la defensa de Madrid.

 

En gran medida, la crónica de Chaves Nogales es una reivindicación de la figura de José Miaja, que fue el general que, fiel a la República, se quedó en Madrid organizando su defensa, mientras el gobierno huía hacia Valencia. En noviembre de 1936, Miaja es un militar, con una carrera poco destacada, que ya tiene cincuenta y ocho años, pero con unas convenciones firmes sobre sus funciones en la guerra, en un contexto que, como vamos a ver, le era bastante desfavorable. En cambio, dentro del bando republicano, Chaves Nogales va a tener una mirada negativa sobre Francisco Largo Caballero, el presidente del gobierno en ese momento. «Largo Caballero ha recorrido los frentes de la Sierra disfrazado de caudillo tropical, cubierto con un inverosímil sombrero de alas anchas y armado con un rifle». (pág. 18) De hecho, Chaves Nogales va a documentar la tensión entre Miaja y Largo Caballero, ya que este último pensaba, desde Valencia, que quizás Miaja tuviera el deseo de convertirse en la cabeza de la República, quitándole el puesto, y esto hará que Largo Caballero, por ejemplo, no le envíe armas en momentos complicados de la contienda, y Miaja vaya a la retaguardia a apropiarse de ellas por la fuerza, lo que dificultará aún más las relaciones entre ambos líderes.

Aunque la figura de Francisco Franco, aparece de un modo difuminado y lejano en este libro, Chaves Nogales también le lanza alguno de sus dardos: «Si Franco hubiese sido efectivamente un gran capitán sus tropas hubieran entrado aquella mañana en Madrid. Le faltó la intuición genial, la resolución fulminante, la videncia típica del caudillo». (pág. 32)

 

Otro problema con el que se va a enfrentar Miaja es que el pueblo de Madrid desconfía de los militares fieles a la República, porque piensa que pueden ser traidores, y se fían mucho más de los líderes populares, salidos de los sindicatos, muchos de los cuales tienen buena voluntad, pero no formación militar. De este modo, es difícil para Miaja organizar una defensa sólida de la ciudad, ya que los sindicatos y asociaciones obreras funcionan, en gran medida, de un modo independiente, y pronto, además empezarían las tensiones entre los comunistas y los anarquistas. «Otros, son hombres de acción de los partidos revolucionarios, bárbaros caudillos del pueblo, guerrilleros típicamente españoles, dignos descendientes del Empecinado, hombres jóvenes, fuertes, temerarios; pero incapaces de sostener la lucha contra un ejército moderno y bien equipado con tanques y aviación”. (pág. 33).

La mano derecha de Miaja va a ser el teniente coronel Vicente Rojo, al que Miaja nombra jefe del Estado Mayor del ejército que defiende Madrid. En menos de seis horas desde que se marchó el gobierno, Miaja ha rehecho un aparato defensivo para Madrid.

En las páginas del libro se homenajea a algunas personas anónimas del pueblo de Madrid que actuaron de una forma heroica, como a la costurera Teresa, que sale a la puerta de su casa a arengar a los milicianos y morirá de un balazo, o Antonio Coll, un marinero que se atreve a ponerse delante de un tanque franquista, con un cinturón de bombas, que le arroja, y logrará reventar uno, aunque perecerá al tratar de repetir su hazaña.

También hay ciudadanos que no participan en la defensa de Madrid, y algunos de ellos, al salir del metro, son obligados a ir a cavar zanjas para hacer trincheras. «Treinta y seis mil hombres ha costado a Madrid su resistencia este primer mes», leeremos en la página 133. Entre otras cosas, los primeros días Madrid pudo salvarse de su caída, porque llegaron a la ciudad unos 3.500 soldados de las Brigadas Internacionales, sobre todo comunistas alemanes e italianos, que habían combatido en la Primera Guerra Mundial y tenían experiencia en la guerra de trincheras.

Cuando escribí mi novela de no ficción sobre la guerra civil, en la que investigaba sobre un caso de asesinato en el que se vio envuelto un familiar mío, contacté con historiadores aficionados de la guerra civil y uno de ellos me contó una historia que recoge también aquí Chaves Nogales: las fuerzas españolas capturan un tanque, en el que un militar muerto tiene un documento con la estrategia para tomar Madrid, y al poder diseñar una contraestrategia, en función de esta información, se pudo contener el ataque.

 

Uno de los escenarios de la guerra en Madrid va a ser la Ciudad Universitaria, muchos de cuyos edificios se habían levantado hacía poco, y allí tenían que aguantar los soldados republicanos casi sin medios, envueltos en periódicos para soportar el frío de las noches.

En las páginas 132-33 leemos: «Con más sosiego ya, Miaja, asistido por la Junta de Defensa, se dedica a organizar la vida de esta ciudad de un millón de habitantes que están bajo el fuego continuo de las baterías enemigas. Crea un consejo ordenador de los servicios de vigilancia, centraliza los abastecimientos en los que había antes una rapiña indecorosa, persigue implacablemente a los asesinos que actuaban a favor de la impunidad revolucionaria y poco a poco va creando una normalidad y un orden en medio del caos de la guerra y la revolución». Chaves Nogales está en contra de los asesinatos de civiles que se cometieron en el lado republicano y honra a Miaja al hablar de su preocupación por este tema. «¡Hay que acabar con los asesinos! Esa fue la obsesión de Miaja desde el primer día», leemos en la página 141. Muchos de estos asesinatos provenían de agentes descontrolados que se movían por la venganza personal y el deseo de robar joyas y dinero de las víctimas. Miaja tendrá también que mediar con líderes anarquistas como Cipriano Mera que, ante un revés en el frente, cree que sus hombres han sido traicionados por los militares republicanos, y también tendrá que lidiar en las tensiones entre comunistas y anarquistas, cada vez más tensas por el control de los escasos víveres que llegan a Madrid por la carretera de Valencia.

 

Algo llamativo es que, dentro del dramatismo y la tensión de todo lo contado, Chaves Nogales encuentra ocasión para narrar algunos sucesos con humor, un humor que se desprende del pueblo de Madrid, capaz de enfrentarse a la tragedia desde la broma. Me he reído con una historia sobre unos soldados franquistas apresados, que al encarcelarlos piensan (debido a la propaganda fascista) que se encuentran entre bestias, que no van a dudar en matarlos de inmediato. Además de que piensan que los soldados de Madrid son todos rusos, entre otras cosas porque los madrileños han jugado a confundirlos con esto, cantando en las trincheras coplillas con un lenguaje inventado, que imitaba al idioma ruso, y prisioneros y carceleros acaban todos riendo al descubrirse el engaño. La escena y el capítulo, sin embargo, acaban con un soldado franquista que empieza a suplicar que le dejen libre para visitar su casa familiar, donde vive su madre, porque ha estado durante semanas bombardeando Madrid y teme haber sido el causante de su muerte. Absurdo, humor y drama se hilan en un revoltijo muy ibérico.

 

Antes de llegar al apéndice, el libro termina con un alegato final en contra de la guerra, usando la metáfora de los combates precisamente en la Ciudad Universitaria, un centro que debería haber sido de saber: «Esa mala levadura que hay en el comunismo y en el fascismo, así como en la barbarie anarquista o autárquica y en el internacionalismo revolucionario o el nacionalismo reaccionario, fue la que hizo morir y matar a aquellos millares de bárbaros que se acometieron como fieras rabiosas precisamente en el terreno que España había destinado a los más soberbios templos de la cultura que se habían erigido en Europa. No por demasiado fácil es desdeñable el simbolismo de que fuese allí precisamente, en la Ciudad Universitaria, donde el destino quiso que se afrontasen las dos modernas concreciones de la humana bestialidad». En cualquier caso, no se puede hablar de equidistancia en Chaves Nogales, porque se muestra de forma clara en contra del golpe de estado franquista.

 

Me ha gustado mucho Los secretos de la defensa de Madrid. Chaves Nogales escribe con un grandísimo sentido del ritmo, y lo narrado siempre tiene interés. Los detalles de los que nutre su crónica son muy vivos. He pensado en algún momento que estaba novelando y que se inventaba algunas partes, o las suponía, como los sentimientos de Miaja, pero, por lo que leo en internet, se entrevistó con testigos y se documentó bastante para escribir este libro.

Me han gustado menos los textos del apéndice, titulados Los días de agonía del gobierno del Dr. Negrín y Cómo cayó Madrid: horas de angustia, que no formaban parte de la crónica de Madrid y me han parecido algo innecesarios. En cualquier caso, ha regresado a mí el mismo sentimiento con el que acabé de leer A sangre y fuego: debo leer más libros de Manuel Chaves Nogales, porque es un grandísimo escritor.

 

 

domingo, 17 de mayo de 2026

Sí hay tal lugar, por Federico Guzmán Rubio

 


Sí hay tal lugar, de Federico Guzmán Rubio

Editorial Taurus. 171 páginas. 1ª edición de 2025.

 

Ya he contado, más de una vez, que Federico Guzmán Rubio (Ciudad de México, 1977) es mi amigo. Le conocí cuando estuvo viviendo en Madrid y hacía un doctorado sobre literatura de viajes. Por aquellos días, hace ya más de una década, leí su libro de relatos Los andantes (2010) y la novela Será mañana (2012), publicados por la editorial Lengua de Trapo. Después de su etapa madrileña, volvió a México y comenzó a trabajar en el entorno universitario como profesor de Lengua y Literatura. En México publicó un libro de crónicas titulado El miembro fantasma, que quise leer, pero al final se complicó conseguir el libro desde México, porque apareció en una editorial muy pequeña, y el segundo libro de crónicas de Federico es este que comento ahora, titulado Sí hay tal lugar (2025) y que ha publicado la editorial Taurus.

El subtítulo de este libro de crónicas es Viaje a las ruinas de las utopías latinoamericanas, y describe con bastante precisión el texto con el que se va a encontrar el lector en estas páginas. Guzmán Rubio ha viajado a siete lugares de Latinoamérica en los que, en algún momento del pasado, se trató de crear una sociedad utópica, a veces entendido este término de muy diversas maneras. El libro está precedido de un prólogo, escrito por el propio autor, en el que nos va a explicar sus intenciones narrativas. En este prólogo podemos leer: «Para que exista una utopía necesita haber un lugar, imaginario en el sentido más estricto del término, o real, en el más inquietante. Se sabe: Tomás Moro inventó la palabra al crear su utopía, y Quevedo, quien la hizo traducir al español y la prologó, tradujo el término como “no hay tal lugar”». (pág. 14)

 

Las primeras tres crónicas están entrelazadas porque se corresponden con un mismo viaje a Sudamérica. La primera se titula Fordlandia o la utopía industrial (1928) y en ella nos adentraremos en el corazón de Brasil para llegar hasta las ruinas de una ciudad creada por Henry Ford, el industrial estadounidense. Allí, en pleno Amazonas, Ford quiso asegurarse un suministro regular de caucho para llantas de coche y no depender de los mercados internacionales, controlados por Gran Bretaña. Ford, en medio de la selva, soñó con un pueblo de casitas bajas al estilo de los pueblos estadounidenses. En su «utopía industrial», como la llama Guzmán Rubio, Ford prohibió que los trabajadores de sus fábricas pudieran beber y dedicarse a otros vicios. Esto propició que en una isla cercana se fundara un pueblo paralelo con cantinas y demás. Guzmán Rubio va entrelazando los conocimientos previos que tiene del lugar que visita –gracias a los libros o las consultas a internet– con lo se encuentra ante sus ojos. «Yo estoy aquí para creerme todo lo que me digan», escribe Guzmán en la página 29, con ironía, ante las palabras de un guardia que custodia una de las grandes naves vacías de lo que antes fue una fábrica de Fordlandia.

El estilo de Guzmán, igual que ocurría en su obra narrativa, es irónico y rico en la búsqueda de las aparentes contradicciones de la realidad. Así leemos, por ejemplo, en la página 30: «Aquí la decadencia está cuidadosamente desparramada y el desorden es tan impecable que parece organizado, casi una composición.» (pág. 30) o en la página 29: «Lo que funciona no se necesita y lo que se necesita no funciona».

Una de las tónicas de estas crónicas es que Guzmán acompañará sus comentarios con referencias literarias (Guzmán Rubio es uno de los más grandes lectores de literatura latinoamericana que he conocido), y en este caso citará, por ejemplo, a José Eustasio Rivera, en cuya novela La vorágine habla de la explotación del caucho en la selva, o también a Euclides de Cunha. Guzmán nos contará, además, la historia sobre cómo las semillas del caucho fueron robadas por los británicos para plantarlo en Asia. Imagino que, al igual que yo, Guzmán lo leyó en Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano. De un modo irónico, de nuevo, Guzmán va sembrado sus crónicas con dudas sobre su trabajo. Así en la página 31, por ejemplo, leemos: «Bajo a ver si averiguo algo, pues a esta crónica en la que no pasa nada –las cosas aquí sucedieron hace cien años– le vendría de maravilla el que descubriera una mina de oro o de diamantes.»

Guzmán, para finalizar su crónica realiza algún juego literario más, ya que empezó su narración con su llegada a Fordlandia y en las últimas páginas retrocederá en el tiempo para narrarnos cómo fue el viaje en barco que le permitió llegar hasta allí.

 

La segunda crónica se titula Colonia Cecilia o la utopía anarquista (1890) y, como ya anuncié, es, en gran medida, una continuación de la anterior, porque obedece al mismo viaje al interior de Sudamérica. En esta ocasión, Guzmán se acerca a los restos de la Colonia Cecilia, en el sur de Brasil, donde un idealista italiano quiso fundar un pueblo anarquista en el que pudiera desarrollarse el amor libre. La colonia aguantó cuatro años de un modo autosuficiente, y Guzmán bromea con su idea de amor libre que, para los cánones actuales, acabó siendo bastante conservadora. De Colonia Cecilia no queda nada en pie, salvo una estatua que constituye un memorial, lo que hace que Guzmán nos diga que más que viajar a un país lo hace a una idea. Nos contará la historia de la colonia, leía en libros o en internet, y la mezclará con el presente; donde un taxista de un pueblo cercano le lleva al memorial, mientras no deja de hacer loas a Jair Bolsonaro, lo que acabará incomodando a nuestro cronista.

 

De la amable crónica sobre Colonia Cecilia pasamos a Nueva Germania o la utopía racista (1886), donde se nos hablará de un pueblo en Paraguay fundado por arios racistas que no querían mezclarse con nadie más. La verdad es que Nueva Germania contiene una historia tan curiosa como escalofriante; porque su fundador, Bernhard Förster, fue uno de los precursores del nacismo y su mujer era Elizabeth Nietzsche, que no es otra que la hermana de Friedrich Nietzsche, que acabó renegando de ella. «Cómo me gustaría afirmar que viajo para concluir, o mejor todavía, para rectificar, pero es mentira: viajo para divagar», nos dirá Guzmán en la página 85. Como esta obra es eminentemente literaria, en esta misma página podemos encontrar citados a Martín Caparrós y a Hebe Uhart con, lo que más me ha gustado, una cita escondida más, ya que podemos leer: «Cómo me gustaría afirmar que viajo para dar un fusilado que vive», que parafrasea el comienzo de Operación masacre, la gran obra de no ficción de Rodolfo Walsh.

 

La cuarta crónica es Pátzcuaro o la utopía cristiana (1539) y aquí ya Guzmán ha dejado atrás el viaje anterior y se mueve por México, su país. Nos hablará del sacerdote Vasco de Quiroga, que fundó un pueblo a la orilla de un lago en el que –durante el contexto de la conquista– los indígenas americanos pudieran vivir en paz con los españoles, y se tratará de evitar la explotación de los segundos sobre los primeros. En el pueblo, Guzmán podrá contemplar una procesión religiosa que, en principio, le recuerda al mundo de Juan Rulfo, para acabar concluyendo –lo que me ha parecido honesto y bonito– que él no tenía derecho a contemplar aquello y a reducirlo a sus paralelismos literarios, «Me avergüenzo de mí mismo, con mis evidentes referencias literarias, porque esa gente no está sacada de ningún libro; no son personajes de nada, no simbolizan nada.» (pág. 105)

 

En Argirópolis o la utopía republicana (1850), Guzmán visitará un lugar que «nunca existió más que como estrategia política, berrinche o golpe de ingenio». Argirópolis es, en realidad, una obra política escrita por Domingo Faustino Sarmiento, que también escribió Facundo. Guzmán se adentrará en la isla Martín García, donde empieza el Río de la Plata y que fue el lugar en el que Sarmiento pensó que podría ubicarse su Argirópolisis, el lugar que podría representar la unión de Argentina, Uruguay y Paraguay. Sin embargo, Martín García se acabó convirtiendo en una prisión de líderes políticos derrocados, como Juan Domingo Perón.

 

Solentiname o la utopía revolucionaria (1965) se acaba convirtiendo una de mis crónicas favoritas de este libro. De hecho, me ha ganado desde las primeras líneas, cuando Guzmán nos cuentas que la primera vez que escuchó hablar de Solentiname fue gracias a la letra de una canción de Mano Negra. Lo mismo me ocurrió a mí. Esta crónica, en gran medida, habla del poeta y sacerdote Ernesto Cardenal, que aunque Guzmán confiesa que no es un poeta de su máximo agrado, a mí sí me gusta bastante. En esta crónica, Guzmán mete más reflexiones personales que en otras, y se acaba convirtiendo en un pequeño tratado de lo que él piensa que debe ser una crónica. Una idea interesante es que considera que la propia idea de ir a hacer una crónica sobre un viaje ya modifica el propio viaje y, por tanto, el sentido real de la crónica.

Me ha gustado también que en esta crónica, en la que hablaba de la revolución sandinista y sobre su traición a manos de Daniel Ortega, Guzmán ha vertido algunas ideas sobre las revoluciones que ya le leí en su novela Será mañana, en la que se habla de la idea de revolución siempre en movimiento.

 

Santa Fe o la utopía neoliberal (1982) cierra el libro y me gusta que aquí Guzmán acaba también cambiando el tono de su libro. La crónica se vuelve más relato personal para hablarnos de un nuevo barrio de Ciudad de México en el que se instalaron las empresas para, de un modo irónico, tratar de construir una «utopía neoliberal». En este lugar, le tocó trabajar a Guzmán de joven en una editorial y el libro se vuelve más intimista al hablarnos de estos recuerdos laborales, unidos a recuerdos familiares, en los que destaca la muerte del padre a los veintidós años.

He estado hablando con Federico y me ha comentado que quiere escribir una novela de autoficción sobre la época que refleja esta última crónica. Ojalá fructifique ese proyecto y podamos leer esa novela.

 

En general, Sí hay tal lugar me ha parecido un libro original, que me ha hecho viajar a rincones totalmente desconocidos de Latinoamérica. Como ya conocía por su narrativa, la prosa de Guzmán Rubio es siempre ágil, elegante e ingeniosa. Esos viajes, entre referencias literarias, acaban siendo, como él mismo decía, una gran excusa para divagar sobre el mundo y la experiencia humana. Un pequeño gran libro.

domingo, 22 de febrero de 2026

Polvo, sudor y hierro, por Félix Núñez Caballero


 Polvo, sudor y hierro, de Félix Núñez Caballero

Editorial Amazon. 166 páginas. 1ª edición de 2025

 

Félix Núñez Caballero (Madrid, 1977) es mi amigo, pero no un amigo al que haya conocido en el mundo de los libros, sino un amigo al que conocí en la Carlos III de Madrid, en 1995, cuando ambos comenzábamos estudios de ADE. Su primer recuerdo de mí es verme leyendo La hojarasca, la primera novela de Gabriel García Márquez, en la última fila de nuestra primera clase. Mi primer recuerdo de él es mirarme, con cara extrañada, leyendo La hojarasca. Félix siempre ha sido un gran lector. Desde hace unos años, también ha empezado a escribir. Por ahora, sus textos no han sido de ficción, sino artículos y pequeños ensayos históricos. Ha publicado un libro sobre el pueblo de sus padres, Mestanza, en Ciudad Real.

 

Polvo, sudor y hierro es la crónica de un viaje en bicicleta por Castilla, siguiendo –durante una semana– la ruta que siguió el Cid Campeador en su destierro de Castilla por el rey Alfonso VI. «Pues resulta que ese “ser tan extraño” sería yo, justo a punto de emprender un viaje en bici por la geografía del Cantar de mio Cid, por los lugares que atravesó Ruy Díaz en su destierro desde Vivar –su pueblo natal– hasta Atienza, en la frontera de los territorios musulmanes.», escribe Félix en un apunte metaliterario de la página 12. Durante el libro van a aparecer citas del Cantar de mio Cid, tomadas de la versión modernizada de Alberto Montaner. El Cantar de mio Cid, nos explicará Félix en su libro, se compuso sobre el año 1200, pero la copia que se conserva es del siglo XIV. Estas citas serán contrastadas con la realidad a la que el narrador se enfrenta en el siglo XXI, atravesando el mismo paisaje. El título del libro está tomado de unos versos de un poema de Manuel Machado:

 

            «El ciego sol, la sed y la fatiga.

            Por la terrible estepa castellana,

            Al destierro con doce de los suyos

            –polvo, sudor y hierro– el cid cabalga

 

Félix realiza su viaje en mayo, cuando los campos aún están verdes y puede evitar los rigores del verano. El tiempo narrativo del texto debe ser 2022 o 2023, ya que se habla de la guerra en Ucrania como de un suceso reciente. Polvo, sudor y hierro nos propone, como ya he apuntado, la crónica de una semana de viaje, deteniéndose, sobre todo, en iglesias o conventos, que son descritos con rigor histórico y con un vocabulario, acerca de sus detalles arquitectónicos, preciso, propio de un aficionado al arte con lecturas. Félix también nos mostrará las conversaciones con las personas con las que se encuentre en su camino; prestando atención también a la naturaleza y los aperos propios del campo. Aunque sé que Félix Núñez es un gran admirador de Miguel Delibes, me ha sorprendido el gran control que tiene sobre un vocabulario, propio del campo y de la vida religiosa, que se encuentra posiblemente, en algunos casos, en peligro de extinción: «Cendales», «motilones», «aceifas»... También se describen con precisión pájaros, árboles y plantas. El texto se enriquece además con breves notas históricas sobre los lugares descritos, o sobre personajes, como Juan Martín, «el Empecinado» de la guerra de independencia contra los franceses.

El lenguaje de Polvo, sudor y hierro es cuidado, con el uso de alguna metáfora o contraste de palabras interesante: «Quizás Vivar sea la única aldea del mundo con una avenida» (página 13), «Delgado como un maratoniano etíope» (pág. 59). Solo recuerdo haber encontrado una errata en el libro, y ya se la he comunicado al autor para que la pueda corregir.

 

Sin embargo, también me gustaría comentar algunas debilidades del lenguaje, en las que cae Félix como escritor primerizo. En algunas ocasiones hace uso de clichés evitables como «con los deberes hechos» (pág. 20), «me pongo manos a la obra» (pág. 76).

Creo que en un texto con aspiraciones literarias, el narrador debería evitar mostrar un entusiasmo que aspira a confraternizar con el lector. Me han chirriado, en más de un caso, el uso de frases y expresiones entre signos de admiración. Esto hace que el texto se vuelva algo ingenuo; en la página 123 leemos: «Me queda un rato holgazaneando, leyendo las noticias en el móvil. ¡Qué gran placer leer en la cama!» Y también, por ejemplo, en la página 28, el narrador entra en una librería de Burgos, y escribe: «Camino sobre el suelo ajedrezado, doy vueltas y más vueltas alrededor de la gran mesa central repleta de novedades. ¡Cuántos libros! Y pensar que dentro de cien años nadie se acordará de ellos, que ninguno llegará a ser eso que llaman un “clásico”.» Además de ese entusiasmo hacia una realidad obvia (que en una librería haya libros), creo que la reflexión final, que en gran medida es un lugar común, no ayuda a que el párrafo levante el vuelo. Otra de las objeciones que le puedo hacer al texto es la de mostrar reflexiones sobre lugares comunes, que en gran medida tienen que ver con el paso del tiempo, la muerte y la irrelevancia de la mayoría de las vidas. Y, como suele ser habitual en la literatura, el libro gana altura cuando se describen vivencias más personajes. En este sentido, me ha gustado la descripción que se hace de un día de alojamiento en el monasterio de Cardeña, y del encuentro con monjes y con las otras personas alojadas allí. En esta individualización de vivencias el lector encontrará más verdad literaria que en las reflexiones que pueden acabar siendo lugares comunes. Un interés especial me ha causado conocer la historia del espía nazi Reinhard Spitzy, que vivió oculto en una de las torres del convento de Cardeña al terminar la Segunda Guerra Mundial, que parece una historia del Roberto Bolaño de La literatura nazi en América. Además, Félix ha incluido una fotografía de este espía nazi en el libro. No lo he dicho todavía, pero en el libro hay más de una fotografía, algunas tomadas por el propio autor y otras, como en el caso del nazi, sacadas de algún libro de historia.

También me han gustado las historias sobre Covarrubias, pueblo que conozco de primera mano, ya que es el pueblo de los padres de otro amigo. Historias de Covarrubias que tienen que ver, en gran medida, con el tema de que en los alrededores del pueblo se rodó la película El bueno, el feo y el malo (1966) de Sergio Leone, y el inusual hecho de que en el municipio está enterrada una princesa noruega.

 

Félix decidió autopublicar su libro en Amazon, para lo que tuvo que hacer él mismo la maquetación y el diseño. Lo cierto es que ha quedado bien, y quizás debería aprender de mi amigo y autopublicar alguno de mis libros por mi cuenta, para probar qué tal me va decidiendo yo sobre los precios y sobre si el libro debe tener o no versión ebook, y llevar la promoción con mi canal de YouTube o mis redes sociales.

Polvo, sudor y hierro tiene 166 páginas, con una letra y paginado generosos. Lo he leído en poco tiempo. Ha sido agradable acompañar a mi amigo en su viaje histórico, cultural, de naturaleza y gastronómico. Lo que más me ha llamado la atención es que este viaje por Castilla lo estaba percibiendo como si me estuviera hablando de un lugar exótico, y me han dado ganas de visitar los lugares propuesto. Imagino que esto es el objetivo que debe conseguir un libro de viajes.

domingo, 23 de noviembre de 2025

Tardes tontas con la chica que te gusta, por Alberto Olmos


 Tardes tontas con la chica que te gusta, de Alberto Olmos

Editorial Círculo de Tiza. 281 páginas. 1ª edición de 2025

 

Ya he comentado más de una vez que conozco a Alberto Olmos (Segovia, 1975) y que quedo en algunas ocasiones con él. Nos conocemos en persona desde la época de los blogs, y yo le había leído a finales del siglo XX, cuando quedó finalista del Premio Herralde con A bordo del naufragio en 1998. Desde entonces, he leído casi todos sus libros, aunque es cierto que aún tengo pendiente su anterior recopilación de artículos en la editorial Círculo de Tiza, Cuando el Vips era la mejor librería de la ciudad (2020), detalle que tiene que ver con mi desbarajuste de lecturas. Como este último libro lo compré, tiene menos prioridad en mi mente leerlo que los que solicito a las editoriales. En este caso, Tardes tontas con la chica que te gusta (2025) me lo regaló Olmos en mano y esto ha hecho que su lectura cobrara prioridad ante el otro.

 

Tardes tontas con la chica que te gusta es una recopilación de artículos aparecidos sobre todo en El Confidencial, The Objetive y Zenda, más alguno inédito. De hecho, recordaba más de un texto de haberlo leído en internet cuando apareció.

 

El libro está dividido en cuatro secciones: Los cuerpos, El amor, Los hijos y El divorcio. Olmos ha agrupado los artículos por temáticas y, como veremos, el conjunto resulta bastante coherente.

 

El libro empieza con un artículo titulado Cuando nos gustaban las chicas, que actúa como un prólogo al libro, ya que no está incluido en ninguna de las secciones que he nombrado antes. Olmos habla en él de los años noventa, cuando en las películas y en la conciencia colectiva se pensaba que los chicos tenían que ligar con las chicas siendo divertidos e ingeniosos al hablar con ellas. En este texto, ya podemos apreciar un recurso que Olmos usará en muchos otros: invertir el orden lógico de un razonamiento. Así escribe: «Hablar mucho para ligar podía significar lo contrario: que se ligaba para hablar mucho, por oírse la inteligencia y el humor, por hacer la conversación y no el amor». (pág. 18)

 

En el primer artículo de Los cuerpos revivimos los días de la pandemia, y Olmos reflexiona sobre la belleza y la fealdad de los rostros, y del deseo de ocultarlos tras las mascarillas. Todos los artículos de este libro –como en gran medida requiere el género– están muy apegados a realidades históricas muy concreta, pero también contienen reflexiones sobre la vida que consiguen ser universales.

A partir del quinto tatuaje, es grave es un texto que ya había leído y lo recordaba porque me resultó muy divertido. El humor y el derroche de ingenio van a ser otros de los rasgos característicos de estos artículos. Así leeremos: «Como Javier Marías no puede pronunciarse, lo haré yo: me molestan los tatuajes», evocando una época en la que Marías parecían pontificar de todo desde su sección del El País.

 

Usando ese recurso que comentaba antes de dar la vuelta a la lógica de dos premisas, en la página 30 leemos: «La erótica del poder ha cambiado, en el sentido de que antes era erótico cualquiera que tuviera poder, y ahora solo puede tener poder alguien que sea erótico». En este artículo, titulado La dictadura de los guapos, hace una reflexión sobre lo que le llama la atención el hecho de que cada vez los políticos son más guapos, y me ha parecido bastante agudo.

 

No sabía quién era la modelo Emily Ratajkowski hasta que no leí sobre ella en un artículo de Olmos titulado No hay nada tan agradable como que alguien te quiera follar, y en él, con gran derroche de ironía, nos va a comentar un libro que ha publicado esta autora y que se titula precisamente El cuerpo, como esta sección. En este libro Ratajkowski se queja de los problemas que conlleva ser guapa y deseada, pero Olmos reflexiona sobre la idea de que la modelo no consigue darse cuenta de qué ha hecho ella a otras mujeres: «La vida de Ratajkowski consiste en promover la devastadora idea de que no tiene sentido existir siendo mujer si no estás buena y eres millonaria». (pág. 34)

 

En El porno para mujeres era Pedro Sánchez, Olmos nos va a hablar de una cuenta de Twitter, dirigida por una mujer, que cobra por alabar la belleza del presidente, cuando, en otro artículo nos ha dicho, por ejemplo, que el piropo está más perseguido que el insulto, en el caso que este sea de hombre a mujer, aunque sí parece permitido de mujer a hombre. Debería decir desde ya que muchas de las reflexiones de Olmos van en la línea de criticar algunas políticas que tienen que ver con lo que él considera «excesos del feminismo actual», y esto puede resultar algo retrógrado para algunos lectores. En la página 112 Olmos escribe: «La ideología de su autora diría que es la mía: el sentido común». Sin embargo, es cierto que, desde la sutileza y sin ser simple o zafio en ningún momento, sus capones políticos siempre señalan en una misma dirección y se olvidan de la otra, que podría ser también criticable. Sus palabras, en cualquier caso, siempre son interesantes e invitan a la reflexión.

 

Algunas de las ideas que vierte Olmos en los artículos de El amor confluyen con las expresadas en su ensayo Tía buena, como cuando habla de las novias de los futbolistas, o sobre cómo funciona Instagram. Es divertido el artículo en el que critica el poliamor y se titula significativamente El poliamor está bien, pero es mejor el divorcio.

Algunos de los artículos de este libro, además de divertidos también consiguen ser tristes, como el titulado Solteronas, en el que Olmos reflexiona sobre la idea, con la que no está de acuerdo, de que el feminismo invite a las mujeres a vivir y envejecer solas. «Pienso que hay que ser bastante grosero para recomendarle a la gente la soledad». (pág. 133)

También Olmos, gran lector de mujeres, va a hacer comentarios como este: «La poesía española muestra desde hace unas décadas una relación preocupante con las mujeres. Se las publica mucho mientras son jóvenes y, cuando superan los 30 años, desaparecen». (pág. 134)

 

En las dos últimas secciones del libro, Olmos adquiere un tono más intimista. Así, en la tercera parte, titulada Los hijos, el primer artículo, Tener hijos es franquista, tiene este comienzo: «Tener hijos es de pobres y ya solo está bien visto si te cuesta dinero. Es decir, si tenerlos conlleva algún tipo de gasto en inseminación artificial». (pág. 147).

El artículo titulado Elsa Pataky prefirió fregar los platos, en el que se habla de los supuestos renuncios de la actriz española a favor de su marido, es muy divertido. Sin embargo, en esta sección abundan más los detalles vitales costumbristas, como, por ejemplo, la forma en que los padres se van haciendo amigos de otros padres, según cambian las amistades de sus hijos. El artículo El peliculón que los padres se merecían empieza así: «No tener hijos es una ventaja para entregarse a preocupaciones sin importancia. Cada vez que alguien se muestra muy agitado en las redes, y le va la vida en una pequeña polémica cultural o política, deduzco instantáneamente que no tiene hijos pequeños». (pág. 173).

 

Aunque los artículos, como ya he apuntado, me parecen en general agudos e inteligentes, me ha parecido detectar una trampa en uno titulado Gestación subrogada, ¿dónde está el debate?, ya que aquí, mostrándose Olmos en contra de esta práctica, parece indicar que las personas que contratan a una mujer, para que pase su embarazo, al final del proceso le arrebatarán su hijo, cuando técnicamente los óvulos y el esperma pertenecen a la pareja original y el hijo, por tanto, no pertenece biológicamente a la persona embarazada. Más sutil me parece el artículo que habla de los transexuales.

 

Considero que la cuarta parte –El divorcio– es la más divertida, aunque en apariencia pueda parecer la más triste. Son muy divertidas las apreciaciones sobre las aplicaciones de ligue como Tinder, «la crueldad indolora de la tecnología» (pág. 230).

El artículo Cosas que los pobres deberían saber es verdaderamente talentoso. Es un artículo que ya había leído y con el que ganó el primer Premio David Gistau de Periodismo de Opinión.

También es muy divertido el artículo en el que habla de las crisis de masculinidad de los hombres de sesenta años. «Las mujeres no dan estos espectáculos grotescos, ni siquiera siendo diputadas». (pág. 272)

 

En una nota final, Olmos afirmará que este libro «no ha sido escrito sino por casualidad». Lo cierto es que, gracias a su ordenación temática, Tardes tontas con la chica que te gusta acaba siendo un libro bastante coherente. Es un libro, como ya he apuntado, melancólico, pero también agudo y divertido, un libro que interesará a todos aquellos lectores que quieran pasar un buen rato reflexionando sobre algunas de las contradicciones de la vida moderna.

 

domingo, 21 de julio de 2024

Navarra-Madrid, de Eduardo Laporte

 


Navarra-Madrid, de Eduardo Laporte

Editorial Sílex. 361 páginas. 1ª edición de 2024.

 

Ya he comentado alguna vez que Eduardo Laporte (Pamplona, 1979), navarro residente en Madrid, es amigo mío. De él he leído la novela de no ficción La tabla (Demipage, 2015) y los libros de diarios titulados Diarios 2015-2016 (Pamiela, 2017) y Tiempo ordinario (Papelesmínimos, 2021). Este último libro se lo presenté yo en Madrid. Si no recuerdo mal, nos conocimos en persona, pro primera vez, en un encuentro de blogs literarios, que tuvo lugar en 2012.

 

Laporte estudió periodismo y esta es su profesión. Navarra-Madrid recopila artículos aparecidos en el periódico navarra.com entre 2016 y 2021. Laporte ha hecho una selección de los cientos de artículos que publicó en ese periódico, con temática navarra, y los ha ordenado, procurando que tengan de esta forma sentido narrativo. Son artículos –nos cuenta en su introducción– escritos en Madrid mirando a Pamplona.

 

La primera sección del libro se titula Navarra-Madrid, y el primer artículo nos habla de una visita que el autor hace a la clínica pamplonica donde nació, en ruinas en ese momento. Es un texto significativo, ya que esta primera parte nos hablará de la dicotomía entre «ser» de un lugar, pero «vivir» en otro. Este primer texto parece querer decirnos que, en realidad, nunca se puede volver al lugar al que uno cree pertenecer, independientemente de que se siga viviendo allí o no, ya que todo cambia con el tiempo. El autor llegó a Madrid en 2004, hace ya veinte años, después de haber vivido hasta sus veinticinco en Pamplona. También nos hablará de la casa familiar, en un edificio diseñado por el arquitecto Víctor Eura, al que llamaban «el Gaudí navarro». Más de uno de los artículos de este primer bloque hablaran del concepto de «cuadrilla», palabra con la que se conoce en el norte de España a los grupos de amigos. Por un lado, está la idea de pertenencia a un lugar, al pertenecer a esa cuadrilla de amigos, pero también la tensión de pasar el tiempo con gente con la que en realidad no se tiene demasiado en común. En Madrid, Laporte parece haber hecho esos amigos que sí guardan más relación con sus inquietudes. En más de una ocasión, Laporte a citar textos de su admirado Pío Baroja, quien al parecer también estaba en contra de las cuadrillas.

 

Como también he podido observar en los otros libros que he leído de él, a Laporte le gusta mezclar registros orales del lenguaje con otros usos que resultan más anticuados. Por ejemplo, usa términos como «ni de coña», con otras expresiones como «viandas y caldos de postín». Aunque sé que esta mezcla es un rasgo de estilo, en algunas ocasiones me ha resultado pertinente y en otras me saca un poco del texto. También es dado Laporte a la creación de diminutivos y derivaciones de palabras chocantes, como «tibiorra» de «tibia», o «chupinacil» de «cupinazo»- Asimismo, también emplea algunas palabras que se pusieron de moda en otros artículos, en la época en la que él escribía los suyos, como «cipotudo» por «prosa que trata de ser muy masculina», debida a Íñigo Lomana. En este contraste entre lo coloquial y lo antiguo suele moverse a gusto Laporte en sus creaciones. Lo nuevo y lo viejo son concepto que se van alternando constantemente en este conjunto de artículos. «Baroja fue un hater», llegará a afirmar en su juego de contrastes, gustando también Laporte, de un modo ligeramente irónico, de los anglicismos de moda.

 

Lógicamente los artículos periodísticos tienen una limitación de palabras o de caracteres muy clara. Lo que hace que los textos tengan una longitud muy similar; aunque también es cierto que existen aquí varios formatos. Me llama la atención que Laporte escribe algunos artículos encadenados, para vencer la limitación espacial del periódico, y, de este modo, algunos de los artículos tienen sentidos si el lector conoce el anterior, al que se hace referencia y se da continuidad en el nuevo texto. Imagino que esto es un riesgo para un articulista, puesto que nadie le garantiza que su lector le tenga absoluta fidelidad y le siga todos los días, pero bajo esta premisa parece escribirlos Laporte. Aunque también es cierto que este riesgo es menor ahora, que los periódicos son digitales, y las entregas anteriores están a disposición del lector.

 

Otra de las secciones del libro de llama Hiperlocalismos, y en ella Laporte ha reunido artículos que hablan de comercios de Pamplona que ya no existen, de sus sensaciones sobre una tómbola que se instalaba debajo de su casa cada año, etc. En realidad, esta parte posiblemente es la más emocionante del libro, ya que está escrita con gran aliento poético. Aunque Laporte de un modo irónico trata de quitar importancia a sus propios textos, con esa exageración de «hiperlocalismos», que también contiene un contraste entre lo grande y lo pequeño, estos escritos apelan a la conciencia colectiva del lector, puesto que todos nosotros podemos recordar un comercio de nuestra infancia que ya no existe, o una clase del colegio que, lógicamente, nunca más va a volver.

También, algo de lo que ya se hablaba al escribir sobre la idea de cuadrilla, Laporte remarcará su capacidad para no casarse con nadie; puesto que Pamplona ha sido un lugar de grandes contrastes políticos, entre nacionalistas vascos y españoles, por ejemplo, que se transformaban en hábitos de vestir, de relacionarse o de vivir con el propio folclore local. En este sentido, Laporte, emulando las ideas de Manuel Chaves Nogales sobre la guerra civil, reivindica una tercera Pamplona, alejada de la polarización política. En este sentido, Laporte da cuenta de la pena que le causó que desapareciera la sofisticación europea del llamado Café Vienés, para que el espacio se transformara en una taberna, más acorde con el gusto del nacionalismo vasco.

 

Los artículos no están ordenados cronológicamente, sino de forma temática, y por eso, resultan significativos, a nivel histórico, aquellos que hablan de la pandemia y el confinamiento. Primero se habla desde la incredulidad de que fuera a ocurrir todo lo que acabo ocurriendo y de que una fiesta tan popular y tan significativa para Pamplona como la de San Fermín pudiera suspenderse en su edición de 2020, como, luego se ve, así acabó ocurriendo.

 

Las partes que menos me han gustado del libro son aquellas en las que Laporte comenta algún libro que ha leído sobre la historia de Navarra, y nos resume información sobre sus reyes o reinas. Estos artículos le resultaran más ajenos al lector no interesado por esa parte de la historia local, que aquellos en los que el propio Laporte habla de su pasado o de sus recuerdos, páginas que nos acercan más al placer de la pura narrativa; páginas más cercanas a los objetivos de la literatura, en definitiva. Hay otras partes políticas que resultan más emocionantes, como cuando se evoca el asesinato de Gregorio Ordóñez.

 

Hacia el final del libro se habla también de la figura colosal de Ernest Hemingway y la publicidad que la obra del autor norteamericano y su presencia en la ciudad ha significado para Pamplona, y se recogen también unas crónicas que hizo Laporte sobre los encierros en las fiestas de San Isidro de 2017 y 2018, que se llaman Encierros a vuelapluma. En estos artículos, Laporte habla de la historia de la carrera, así como de su sociología. Aunque yo no soy aficionado a los toros o la tradición de los encierros, son páginas que han conseguido interesarme.

En principio, el tema central de este libro es Navarra, pero la recopilación de artículos acaba siendo una suerte de análisis sobre la identidad, la nostalgia, los lugares que ya no existen, los que nunca existieron… y acaba reflejando, de un modo muchas veces poético, una experiencia universal que nos interpela a todos. Esta lectura no ha sido una experiencia muy diferente que la de leer los diarios de Laporte, que ya apunté en su momento que me gustaron.

domingo, 1 de agosto de 2021

Adiós mariquita linda, por Pedro Lemebel

 

Adiós mariquita linda, de Pedro Lemebel

Editorial Mondadori. 191 páginas. 1ª edición de 2004; ésta es de 2006.

 

Ya comenté que había releído Tengo miedo torero –reeditado recientemente por la nueva editorial Las afueras, la única novela que escribió Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1952 – 2015), después de unos quince años, y me que había vuelto a gustar mucho. A continuación me apeteció seguir con él y tomé de mis estanterías de libros por leer Adiós mariquita linda, que compré en el verano de 2020 en una librería de segunda mano de Palma de Mallorca.

Adiós mariquita linda es un libro en el que se reúnen treinta crónicas, publicadas en su mayor parte en la revista chilena Clinic. Son textos muy apegados a la primera persona y a la subjetividad personal, y la diferencia entre el concepto de «crónica» y «autoficción» me parece, por tanto, muy difuso.

 

Las crónicas están agrupadas en diferentes secciones. La primera se titula Pájaros que besan, y contiene cinco narraciones sobre jóvenes que Lemebel conoce en la calle y que acaban siendo sus amantes ocasionales. Lo primero que me llama la atención es que, aunque estaba escrita en tercera persona, la novela Tengo miedo torero, situaba el punto de vista en el de la Loca del Frente, un gay de edad que se enamora de un joven. En la relación que establecen en esta novela, el joven es una persona culta y la Loca no lo es. En estas crónicas existe un paralelismo con la novela, puesto que «la loca» mayor se enamora de jóvenes que, en más de un caso, son heterosexuales; pero también hay una clara diferencia: en el caso de las crónicas la persona culta es «la loca» y los jóvenes suelen ser chicos de baja cultura, escapados a la capital desde pueblos pobres del sur. Este sería el caso, por ejemplo, de «el Wilson», objeto de deseo en la primera crónica, la titulada precisamente El Wilson. «Algo se podrá hacer, cualquier cosa, cualquier trabajo, todo sea por unas monedas, porque no tengo dónde quedarme, y ahora estoy parado en el Hogar de Cristo.», le dice el Wilson a Lemebel en su primer encuentro, tras reconocerlo por la calle y preguntarle si él era el escritor que salió por la tele. En estos textos, Lemebel es ya un escritor reconocido y que disfruta de cierto prestigio social, aunque él parece desear un éxito más sexual que económico y social y que, en gran medida, ese éxito sexual pertenece ya más a su pasado que a su presente. Es habitual que los chicos a los que conoce en la calle le acaben preguntando si los va a sacar en alguna de sus crónicas, y esta parece ser una de sus aspiraciones.

«Escribe para dar a conocer, sin remilgos ni temores; inventa, fantasea, exagera: entonces la crónica se aproxima y se funde con la ficción.», dice la contraportada. Pero antes de leerla, estaba ya pensando que estas crónicas no eran del todo realistas, o que no tenían por qué serlo. Por ejemplo, en Se llamaba José, Lemebel denomina al chico que conoce con el calificativo de «felino triste», un poco más adelante sabremos que en su pueblo le apodaban «el Puma» y más tarde, tras visitar el zoológico, Lemebel le contará al lector que su puma se ha escapado y vaga por las calles de Santiago. El juego de paralelismos entre «el Puma» humano y el del zoológico me parecía demasiado perfecto como para ser real, así que busqué en internet la noticia sobre un ese puma escapado del zoológico, sin encontrarla, como esperaba. Aquí ya me quedó claro que lo que leía podía ser real o ficción y que Lemebel no daba demasiada importancia a esta división, que lo que le interesaba era la coherencia interna de su texto narrativo.

Me ha hecho gracia que en Ojos color amaranto, Lemebel conversa con un joven en la fiesta del Partido Comunista, quien le espeta que hay un error en la escena final de Tengo miedo torero, puesto que desde Laguna Verde no se ve Valparaíso, como afirmaba él en el libro que ocurría, ante el disgusto del autor, quien, a pesar de esto, quiere quedar con el chico para ir a Laguna Verde, comprobarlo y repetir el final de la novela.

 

La segunda parte se llama Matancero errar, y las crónicas tratan sobre eventos literarios a los que Lemebel es invitado. Lo que se narra aquí casi siempre tiene que ver con la incapacidad del narrador para cumplir con las obligaciones a las que se ha comprometido como autor, o bien porque le tira más la juerga y el deseo sexual o por desavenencias políticas con las personas que le invitan. En este sentido es divertido el texto Welcome, San Felipe, donde Lemebel y su amiga África Sound viajan hasta un pueblo donde van a homenajear a Lemebel, pero éste se preocupa cuando descubre que el alcalde es de derechas y, aunque se había prometido no hacerlo, acabará montando un número en un restaurante en el que coinciden. Imagino que esto será una exageración o una fantasía, pero, en cualquier caso, resulta una narración estimulante y atractiva.

En Volando en el ala derecha se narra un encuentro entre personas destacadas del régimen de Pinochet y Lemebel en un aeropuerto. «Seré maricón pero no cargo en mi conciencia ningún asesinato, pude decir con la voz estrangulada por el miedo. (…) Nunca después de la dictadura me sentí tan desprotegido como en esa ocasión. Nunca más volví a sentir el terror amargo que se experimentaba cuando ellos tenían el poder, cuando a uno le podía pasar lo peor y nadie sabía, o a nadie le importaba.» (pág. 57). De fondo, siempre existe en estas crónicas una crítica, directa o indirecta, a la pasada dictadura pinochetista.

 

En Todo azul tiene un color, el tono de las crónicas se vuelve más serio para relatar un viaje, como escritor invitado, a Cuba. Especialmente conmovedoras son las páginas que dedica a un joven que conoce, que es un pintor escapado de un sidario.

El tono más serio continúa en A flor de boca, donde se recorren distintos paisajes de Latinoamérica, como el Perú precolombino, y Lemebel se reivindica como descendiente de nativos americanos.

 

Chalaco Amor (Sinopsis de novela) es el texto más extenso del conjunto, y en él Lemebel evoca ‒ante un nuevo chico que ha conocido en la calle‒ un viaje del pasado por Perú, a la gente que conoció en él y las aventuras que vivió entonces. En Bésame otra vez, forastero, que sería la siguiente parte del libro, Lemebel muestra fotos tomadas en los viajes de las crónicas anteriores, y dibujos que pintaba entonces.

 

Luego sigue la parte de las Cartas, donde Lemebel conversa con diferentes personas, algunas ya muertas.

 

La última parte, Adiós mariquita linda, reúne diversas crónicas que tienen un poco de todos los elementos anteriores. Destacaría el texto Un poquito de pintura para Bosé, donde se habla sobre un desencuentro con el cantante español, que acaba siendo divertido, y El asalto a los chinos gay, donde Lemebel relata el atraco que él y unas amigas sufrieron en un restaurante.

 

Lemebel en más de una ocasión busca epatar al lector, y elige la descripción de momentos feístas en sus crónicas. De este modo, empieza una tomando el teléfono «sentado en el trono», y contesta «con el mojón colgando». En otras ocasiones, se quiere epatar más desde un punto de vista sexual, como la ocasión de madrugada en la que borracho, Lemebel acaba masturbando a un perro. Como ocurría con el protagonista de Tengo miedo torero, Lemebel a veces habla de sí mismo en femenino y a veces en masculino.

En cualquier caso, el lenguaje es muy rico y exuberante, convirtiéndose en uno de los protagonistas de estas crónicas. Destaco esta construcción: usar un nombre como adjetivo. Dejo aquí algunos ejemplos: «agua chocolate», «noche jungla» o «calle dictadura».

 

Después de acabar Tengo miedo torero, me ha gustado volver a encontrarme con el humor, la ternura y el pensamiento político de Pedro Lemebel, en Adiós mariquita linda, un libro de textos que al final acaban leyéndose casi como los distintos capítulos de una novela, hermanados por la misma voz narrativa.