domingo, 28 de junio de 2026

Juventud, por Mori Ogai


Juventud
, de Mori Ogai

Editorial Satori. 267 páginas. 1ª edición de 1910-11. Ésta es de 2021

Traducción de Akira Sugiyama y Sally Battan. Prólogo de Carlos Rubio.

 

Los sábados suelo ir a comer con mi padre en Móstoles; más tarde, vuelvo a Madrid y salgo a cenar con Almudena, mi mujer. Para el transporte público llevaba los Diarios de Iñaki Uriarte, un libro que invita a la degustación, a la lectura fragmentada. Mi padre no se encontraba ese día demasiado bien, y decidí quedarme en Móstoles esa noche para poder ayudarle. Mientras se echaba la sienta, decidí acercarme a la biblioteca pública para sacar el préstamo una novela que me acortara la tarde. Afuera llovía sin piedad y yo tardé más de una hora en elegir libro, un gran pasatiempo. Al final me decidí por Juventud, , del escritor Ogai Mori (Tsuwano, 1862 – Tokio, 1922), novela que se publicó por entregas en una revista japonesa entre 1910 y 1911. Elegí este libro por los siguientes motivos: porque tenía un número de páginas (267) adecuado para acabarlo en unos pocos días, porque me interesa la literatura japonesa y lo que publica la editorial Satori, ubicada en Gijón y especializada en traducciones directas del japonés, y porque en el verano de 2026, al fin (sin la guerra en Irán no lo impide) viajé a Japón. Esa tarde de sábado, empecé a leer la novela en mi cafetería de Móstoles de referencia. La lluvia implacable, como en un cuento de Onetti, hizo que fuese el único cliente sentado en una de sus mesas.

 

Como suelo hacer, dejé el prólogo de Carlos Rubio –experto en cultura japonesa– para el final. La novela comienza cuando Junichi, su joven protagonista, acaba de llegar desde su pueblo en provincias hasta Tokio, con la intención de convertirse en escritor. «Junichi respondió a la manera de alguien oriundo de Tokio, aunque en realidad acababa de llegar de provincias. La manera de expresarse la había aprendido leyendo novelas.», leemos en la página 32. Un tema importante en la narración es que las novelas que Junichi lee son, en gran medida, europeas. El tiempo narrativo de la novela parece contemporáneo al de su escritura y, por tanto, se sitúa sobre 1910, al final de la llamara «era Meiji». Este periodo, desde 1868 hasta 1912, abarca los años del reinado del emperador Meiji, que fue una época de cambio y modernización en Japón. El emperador Meiji, con el deseo de occidentalizar el Japón, promovió viajes de japoneses a Europa con la intención de traer a su país los avances científicos, el arte o los sistemas jurídicos. A esta corriente se sumó la evolución de la literatura japonesa (como leí en el prólogo de Kokoro de Natsume Soseki, también editado por Satori) y la gran mayoría de los referentes de los escritores de esa época eran europeos, sobre todo franceses, ingleses y alemanes.

Junichi pertenece a una familia acomodada y no se ha mudado a Tokio para estudiar en la universidad, sino que su idea es simplemente vivir y escribir, sin necesidad de trabajar. Junichi lee en francés, y le mandan libros desde una librería de París. Muchas de las reflexiones que en la novela se van a hacer sobre literatura tendrán como referente a escritores franceses como Jean Racime o Joris-Karl Huysmans, o también al noruego Henrik Ibsen.

 

Junichi ha llegado a Tokio con una carta de recomendación para que le reciba en su casa el escritor Mori Oson. Gracias a una nota a pie de página y a la introducción, sabremos que en este personaje Mori Ogai está representado una parodia de sí mismo. Las visitas de Junichi a este escritor serán, en principio, decepcionantes para él. Más tarde, Junichi acudirá a la charla del afamado escritor Fuseki, que está basado en Natsume Soseki. Las notas y el prólogo nuevamente, nos van a hablar de esto, pero, después de haber leído tres novelas de Soseki, creo que me habría dado cuenta, porque la descripción física de Fuseki, con un bigote, es similar a la idea que tenía de Soseki gracias a sus fotografías. En el prólogo de Rubio, leeré que la novela de Soseki titulada Sanshiro, publicada en 1909 fue una inspiración para Juventud de Mori, y hacer aparecer a Soseki en su novela fue todo un guiño y un homenaje. Sanshiro está publicada en España por la editorial Impedimenta, y alguna vez la he hojeado en una de las bibliotecas públicas que frecuento. En algún momento la leeré.

 

La novela está escrita en tercera persona y el narrador, en algún momento, cuando enfrenta a dos personajes, nos va a permitir saber qué piensa cada uno del otro; aunque principalmente seguirá los pasos y los pensamientos de Junichi. En algún capítulo, Mori nos permitirá leer algunas de las páginas de un diario que Junichi ha empezado a escribir.

A pesar de poder tener contacto directo con estos escritores de los que he hablado, Junichi parece que va a sacar más partido vital de la relación con dos jóvenes, que se van a convertir en sus amigos en Tokio. Por un lado está Seto, al que conocía de su pueblo y que no parece alguien muy de fiar, alguien que le acabará pidiendo dinero prestado. Y por otro lado está Omura, un estudiante de medicina, al que conoce en la charla de Fuseki, y que parece un tipo más noble, y con el que puede compartir su pasión por la literatura.      

 

En realidad, los sucesos que van hacer avanzar la trama tienen que ver con el encuentro de Junichi con tres mujeres, que van a encarnar tres arquetipos femeninos: una joven vecina que le visita en la casa que ha alquilado, una chica de su edad, sensible y pura; una geisha, que encarnará el deseo sexual más directo; y la viuda de un hombre de letras de su provincia, que encarnará el misterio, el deseo y quizás el amor. Junichi parece fluctuar entre su deseo de vivir una pasión amorosa y su deseo de una relación sexual. «Me parece que entumecer el espíritu a través de la satisfacción carnal sería una especie de suicidio espiritual –reflexionó Junichi–. Pero te confieso que a veces siento que mis nervios están excesivamente reprimidos, y no sé qué hacer con mi cuerpo.», le confesará Junichi a su amigo en la página 212.

Junichi habrá de confesarse a sí mismo que no está escribiendo una novela, como se había propuesto hacer al mudarse a Tokio y no sabe aún si las páginas del diario en las que reflexiona sobre sus encuentros y su deseo podrán, con el tiempo, transformarse en la ansiada novela que espera escribir.

 

Como ya he dicho, los modelos de la narrativa japonesa, a partir de la era Meiji son europeos, y en este sentido es normal que al leer literatura japonesa del siglo XX y XXI, el lector occidental se pueda percatar de la existencia de un mundo de referencias común a sus gustos. Sin embargo, sí me pasó al leer Una flor de Yuriko Miyamoto que sentí que el ritmo de esa narración no era occidental y que a Una flor le faltaba tensión narrativa. Algo similar he sentido con Juventud de Ogai Mori. Las escenas del libro están bien dibujadas y la traducción –a cargo de Akira Sugiyama y Sally Battan– traslada al español un estilo en apariencia sencillo, pero con tintes poéticos y que fluye bien. Sin embargo, he sentido que a Juventud le faltaba, como digo, tensión narrativa; le faltaba algo de violencia a las escenas, desgarro, enfrentamiento, etc. Juventud me ha parecido un libro correcto, pero no sobresaliente, como pueden ser Kokoro de Soseki, Indigno de ser humano de Dazai o la tetralogía de El mar de la fertilidad de Mishima. Aunque también es cierto que, en los tres casos, estoy hablando de obras posteriores a Juventud, que se debe entender en su contexto histórico, como una novela en la que la propia literatura japonesa se encuentra en proceso de cambio y modernización hacia las cotas que va a alcanzar durante el siglo XX.

domingo, 14 de junio de 2026

Historias del extrarradio, por Xu Zechen


Historias del extrarradio
, de Xu Zechen

Editorial Automática. 227 páginas. Primera edición de 2010-17, esta es de 2026

Traducción de Belén Cuadra Mora

 

Me llegó al correo electrónico la publicidad de Historias de extrarradio de Xu Zechen (Donghai, China, 1978), publicado por la editorial Automática, que normalmente propone obras traducidas de idiomas que, hasta ahora, han tenido menos difusión en España que otros; sobre todo, apuesta por los países del Este europeo o de Asia. Hace unos pocos años, me percaté de que de Asia había leído solo literatura de Japón y nada de China. Empecé a sentir curiosidad por este último país y leí a dos autores de allá: Duro como el agua de Yan Lianke, traducido también por Belén Cuadra Mora, como este libro de Xu Zechen, y tres libros de Can Xue: Hojas rojas (con traducción de Belén Cuadra Mora), Al otro lado y Bajos fondos. Duro como el agua está ambientado en la China rural de los años sesenta y las obras de Can Xue son bastante oníricas. Así que, al leer información sobre Historias del extrarradio me atrajo la idea de poder acercarme a la China urbana actual desde un punto de vista realista, que era lo que prometían estos nueve cuentos de Xu Zechen. Le pedí el libro a Emilio Ruiz, que lleva la prensa de Automática, y me lo envió para que pudiera leerlo y reseñarlo. No conocía a Xu Zechen y, según el dossier de prensa, es uno de los más imporantes escritores chinos actuales. Ha sido el escritor más joven hasta la fecha en ganar el premio Mao Dun, el más prestigio de las letras chinas.

 

Los nueve relatos de Historias del extrarradio están interconectados y cuentan con el mismo narrador. En el último relato sabremos que este narrador se llama Muyu. Lo que sí sabremos desde el primero es que tiene diecisiete años y ha emigrado desde un pueblo de la China rural a las afueras de Pekín para tratar de ganarse la vida en la capital. Muyu ha dejado el instituto porque estudiar le provocaba jaqueca, que el médico llamaba «neurastenia». Parece que Muyu siente ansiedad ante la presión de los estudios y se ve obligado a dejarlo. Sin embargo, su traslado al extrarradio de Pekín no acabará con estos dolores de cabeza y la única forma que siente de aliviarlos es salir a correr. Esta idea de enfrentarse al mundo corriendo simboliza su incapacidad de adaptarse a las exigencias de una realidad que se muestra hostil con él y sus deseos de prosperar. Muyu pasa a vivir en el extrarradio de Pekín con tres jóvenes, unos pocos años más mayores que él. Estos jóvenes, así como casi todos los inmigrantes que va a aparecer estas páginas, provienen del mismo pueblo, y más que del mismo pueblo –cuyo nombre no se cita en el libro– de una calle de este pueblo, llamada la calle Hua, que como leemos en una nota a pie de página –elaborada por la traductora Belén Cuadra– es una especie de patria literaria de muchas de las historias de Zechen.

 

Los relatos están escritos entre 2010 y 2017 y no parecen pensados, de entrada, para ser publicados como un libro unitario. Imagino que se publicaron, en primera instancia, en revistas literarias o que pertenecen a diversos libros y se han seleccionado aquí, para esta traducción, precisamente por la unidad que presentan. Pero comento que no parecen pensados para que el lector los lea en el mismo libro porque más de uno da una información que el lector ya ha recibido, casi con las mismas palabras, de un relato anterior. Sin embargo, pese a este pequeño inconveniente, Historias del extrarradio, aunque estrictamente es un libro de relatos, se puede leer como una novela en la que su narrador, en cada capítulo, se ocupa de contarnos una pequeña historia, normalmente de trasfondo trágico, que acontece a alguna persona sobre la que el narrador fija su interés.

 

El primer cuento se titula La azotea y aquí ya, desde el título, se nos presenta este espacio, común en todos los cuentos, de la azotea, que va a suponer un reducto de calma para los personajes. En la azotea, los cuatro jóvenes que aparecen en casi todas las narraciones se reúnen, cuando no están trabajando, para relajarse, jugar a las cartas y beber. Quien pierde, paga la bebida; algo que siempre suele recaer –de un modo que la estadística no puede defender– sobre la misma persona, Baolai, que parece alguien, para el narrador, más bondadoso que los otros jóvenes, que son más altaneros. Desde la azotea, en la lejanía podrán observar los edificios más altos de Pekín, a los que nunca se acercan en el libro, en un sentido real, pero también simbólico. Esos edificios modernos y lujosos representan el mundo al que estos jóvenes personajes aspirar a llegar, pero al que no pueden llegar por más que se esfuercen o trabajen. «Concluida la partida, Milou solía desplegar el brazo hacia el sudeste como si fuera un gran líder. Daba la impresión de que aquel brazo derecho pudiera extenderse, bucólico, cada vez más lejos hasta convertirse en un pájaro y sobrevolar Pekín. Los cuatro, incluido yo mismo, un estudiante de secundaria sin graduar, albergábamos infinitas esperanzas hacia aquella ciudad, enorme y próspera. La gente de todo el país sabía que allí había dinero, que no había más que agacharse y recogerlo del suelo. Todo el mundo sabía que allí las oportunidades proliferaban como las mierdas de los pájaros y que, si uno no se andaba con cuidado, le podían caer del cielo en toda la coronilla y hacerse rico. Sin embargo, según mi propia observación, los pájaros de Pekín eran cada vez más escasos», leemos en la página 59. Existe un fuerte componente social en estas historias, al mostrar el desvelo de los inmigrantes del interior por prosperar y las dificultades materiales a las que se enfrentan.

Estos cuatro jóvenes se dedican a una actividad ilegal: salen por la noche, en grupos de dos, para poner en paredes publicidad de dos personas (su tío en el caso de Muyu), cuyo oficio es crear documentos falsificados. Así que tendrán que ocultarse constantemente de la policía.

La acción de estas historias debe situarse sobre la segunda mitad de la década de los noventa, porque, aunque no se dan fechas concretas, los personajes tienen «buscas» (algo que, leo en internet, fue popular en China en esa época) y así reciben el aviso, por ejemplo, de que los llaman desde casa y esto hace que se acerque a un teléfono público para contestar la llamada. La espera ante uno de estos teléfono va a ser el origen del conflicto que conducirá al estallido de la violencia y la tragedia en una de las narraciones más brutales del libro, la titulada La ciudad invisible, donde un hombre, un trabajador que espera para llamar por teléfono, mata de un ladrillazo a otro que se demora en su llamada a casa. Así comienza esta historia en la página 111: «Tianxiu murió la noche del Medio Otoño. Lo encontraron tirado en mitad de la calle, encogido sobre sí mismo, con los dedos extendidos y los ojos abiertos, impregnados de sangre», y un poco más adelante: «Pero sabíamos que estaba muerto. Le dieron un ladrillazo en toda la frente y, una vez en el suelo, uno de los de Guizhou le pateó el estómago con sus zapatones de piel».

 

Como ya he apuntado, casi todas las historias muestran un trasfondo trágico. Aunque no todas acaben en la muerte de alguno de sus protagonistas, se suele incidir en la idea de destino torcido, de sueños que parecen a punto de cumplirse, pero que al final no lo hacen.

El primer cuento, La azotea, quizás nos habla de un doble fracaso. Cuando la tragedia se cierne sobre uno de los compañeros de piso, Muyu llama por teléfono a sus padres y le comenta que va a volver a estudiar. En los siguientes relatos estará de nuevo en la misma casa del extrarradio de Pekín. En alguno de los relatos, podemos pensar que el autor nos habla de un tiempo anterior al de La azotea, pero en otros los acontecimientos narrados en La azotea claramente pertenecen al pasado. ¿El narrador volvió al pueblo y de nuevo fracasó en los estudios y volvió a Pekín o simplemente al final no volvió? No será aclarado. En cualquier caso, las narraciones se evocan desde algún punto de un futuro indeterminado. «En todos los años que vinieron después…», leemos en la página 40 o «En aquellos años era habitual…» en la 45 (segundo relato); se pueden encontrar más expresiones similares en el libro.

La azotea es el cuento en el que –aunque también se narra, como en los demás, la tragedia de uno de sus personajes– el narrador más nos habla de sí mismo; en casi todos los demás su función principal es la de actuar como narrador testigo de las historias otros personajes. Cada relato nos contará la historia de uno de ellos, que principalmente son emigrantes de su mismo pueblo.

Considero que, al igual que en las otras traducciones suyas que he leído, Belén Cuadra Mora hace un gran trabajo en este libro. Me ha llamado la atención que aquí, frente a sus trabajos con Yan Lianke o Can Xue, a veces tiene que hacer uso de un registro más vulgar del idioma para adecuarse a la forma de expresarse de un adolescente chino de los años noventa. En cualquier caso, el estilo de Xu Zechen contiene mucho aliento poético, mientras da voz a sus personajes desesperados y llenos de vida. Es cierto, que algunas narraciones, como El perro que se pasó el día ladrando, acaban adoleciendo de un exceso de tremendismo fatídico, pero en general Historias del extrarradio me ha parecido un gran libro, que me ha sorprendido para bien, con algunos cuentos verdaderamente logrados y redondos. La literatura de Xu Zechen, como leo en internet, mezcla sus raíces en la tradición china, pero también toma modelos occidentales. Historias del extrarradio es un libro que puede gustar a todos los lectores aficionados al realismo sucio norteamericano, pero también a aquellos que quieren saber qué está ocurriendo actualmente en las letras de la pujante China.

 

lunes, 1 de junio de 2026

Tantas veces Pedro, por Alfredo Bryce Echenique


Tantas veces Pedro
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Anagrama. 267 páginas. Primera edición de 1977, esta es de 1997

 El 10 de marzo de 2026 murió Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939 – 2026), a los ochenta y siete años. Unos meses antes, en noviembre de 2025 había leído un libro suyo, Cuentos completos en la edición de 1995, que contenía sus tres primeros libros de cuentos. El mismo día de su muerte grabé un vídeo, haciéndole un homenaje, para mi canal de YouTube Bienvenido Bob, en el que hablaba un poco de cada una de sus obras que había leído (seis novelas y tres colecciones de relatos) y del momento en el que me encontré con ellas. Bryce Echenique es un autor al que guardo un gran cariño. A pesar de que tengo en casa tres libros suyos más sin leer (El huerto de mi amada, La última mudanza de Felipe Carrillo y Guía triste de París) tomé en préstamo Tantas veces Pedro (1977), su segunda novela, de la biblioteca de Móstoles. Allí habían puesto, en un expositor, los libros que tenían de Bryce Echenique y los de Antonio Lobo Antunes, muerto unos días antes, a los ochenta y tres años. Y lo hice porque los libros de los años noventa de la editorial Anagrama siempre me han parecido una preciosidad y porque en el Facebook del escritor peruano Gustavo Faverón había leído que él considera Tantas veces Pedro una de las obras clave de Bryce Echenique, una de las «piezas fundamentales en el tránsito de la novela hispana al terreno de la postmodernidad». Me llamó la atención esta apreciación de Faverón sobre Tantas veces Pedro, una de las novelas de Bryce que no había leído y que no recordaba haber tenido en el punto de mira. Hace unos años, me acerqué a La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, tras leer sobre la admiración que Faverón tiene de esta novela y fue todo un acierto. Me fie del criterio de Faverón y me apeteció leer, por tanto, Tantas veces Pedro.

 El protagonista de esta novela es Pedro Balbuena, un escritor inédito peruano de cuarenta años, un hombre de clase alta que vive fuera de Perú gracias al dinero que le envía su madre desde Lima. «Te prometo no olvidarte, mamá. Y te juro que, aunque necesito tu dinero, no es por tu maldito dinero que no te olvidaré nunca, mamá. Mi proyecto necesita dinero. Buena inversión, madre. No se preocupe. Tendrá usted un hijo feliz y a lo mejor inclusive un Stendhal en la familia», leemos en la página 23.

Vamos a conocer a Pedro cuando arriba al aeropuerto de París acompañado de Virginia, una joven estadounidense de veintitrés, a la que, sabremos pronto, conoce desde hace unas pocas semanas. Pedro y Virginia coincidieron en Berkeley, en una fiesta universitaria, estando Pedro bastante borracho. El viaje a París no parece estar funcionando. Pedro se muestra enervado porque Virginia no tiene sentido del humor y además parece pensar en otra mujer, llamada Sophie, un amor obsesivo del pasado. Se suceden los diálogos, a veces grandilocuentes. «Durante los últimos años he sido un personaje. El personaje de una historia maravillosa que nunca recuperaré y que tal vez nunca lograré escribir porque de pronto fui expulsado de ella, de mi propia historia, y me quedé sin todo lo que faltaba… Que era mucho…» (pág. 19).

 

La novela oscila entre el uso de la tercera persona y la primera. Es habitual que el narrador omnisciente ceda la palabra a Ramón Balbuena que, con un discurso a veces incoherente, conversa con diferentes interlocutores que habitan su cabeza: su madre en Lima; Sophie, su amor de juventud, que se casó con otro hombre; o con Malatesta, un perro de bronce, con el que Ramón viaja en una maleta. Malatesta, en gran medida, simboliza el fin de su relación con Sophie, pues representa a un perro real que tuvo Sophie y actúa, en realidad, como un confidente o un alter ego del propio Ramón, a quien este le cuenta sus penas y el con el que se desahoga.

 

Tantas veces Pedro se publicó en 1977 y quizás algunas de las maneras con las que Pedro se dirige a Virginia podían ser modernas y atrevidas en esa época, pero en la actualidad suenan machistas. Así, por ejemplo, en la página 31, en una conversación casual, Pero le dice a Virginia: «Tal vez seas una puta, Virginia, pero una puta tan excelente que cualquier hombre quedaría malacostumbrado para siempre después de haberte conocido», o en la página 17: «Virginia, no llores. Por favor, ya no llores más. Mira, te voy a decir una cosa. Las mujeres bonitas nunca lloran por un hombre. Las mujeres bonitas como tú hacen llorar a los hombres». En otro momento, además de machista, también se muestra racista y clasista: «Fue de una tía mía que se acostaba con un indio. Te lo regalo para olvidar que tuve una tía puta, aunque hoy en día, ser mestizo en América Latina…» (pág. 68)

 

La novela está dividida en cuatro partes. En las tres primeras se nos habla de la relación de Pedro con tres mujeres, Virginia (estadounidense), Claudine (francesa) y Beatrice (italiana) y en la última, al fin, se nos desvelarán los secretos de su relación del pasado con Sophie, relación –como se nos ha recordado múltiples veces durante la novela– que duró «solo tres meses, cinco días, y las últimas veinticuatro horas que fueron atroces…» (pág. 29).

Además de los monólogos interiores de Pedro, con las personas ya comentadas, el lector también podrá acercarse a algunas cartas, y relatos o conatos de novelas que Pedro escribirá, tratando de empezar esa obra que, en algún momento, le transformará en el escritor soñado. Además, en la página 205, en un nuevo plano narrativo, se manifestará el propio Alfredo Bryce Echenique como narrador: «Pedro Balbuena, como cantan los pescadores menorquines aquí en Fornells canciones mexicanas en el bar La Palma, donde algún día vendría yo a contar tu historia.» Realmente, Bryce Echenique escribió esta novela en el pueblo de Port Fornelles en Menorca.

 

El lector acabará descubriendo pronto que Pedro no es un narrador fiable, que lo contado puede en la novela puede ser real para los personajes o puede ser imaginario, una realidad que solo funciona en la mente de Pedro. Una sensación de desconcierto y confusión me asaltará el final de la primera parte, cuando Virginia ha abandonado París por México, y Pedro se desplaza allí y el lector no acabará de tener claro si realmente se ha reunido con ella o está solo imaginando que está con ella. Supongo que a este tipo de narración es a lo que se refiere Faverón cuando dice que Tantas veces Pedro introduce de forma fundamental a la narrativa latinoamericana en la postmodernidad, en este escepticismo ante el sentido de lo narrado y la presencia de un personaje-narrador en nada confiable. Reconozco que a mí todo esto ha conseguido sacarme bastante de la novela, sobre todo en la cuarta y última parte. En las anteriores, a pesar del uso de estos recursos postmodernos, la narración conseguía tener, más o menos, un orden, aunque caótico, pero en la cuarta parte es como si el sentido de la novela explotara por los aires. Aquí el narrador ya no consigue distinguir entre lo vivido, lo soñado o lo escrito, y el lector –o el lector que soy yo, al menos– acaba naufragando en una sucesión de escenas que he sentido como inconexas y he han ido expulsado del libro.

 

Tantas veces Pedro es la segunda novela de Bryce Echenique. Se publicó en 1977. Un mundo para Julius, la primera novela, se publicó en 1970. Entre medias, Bryce escribió los cuentos de La felicidad ja ja (1974). La historia contada en Un mundo para Julius era más diáfana; el lector se acercaba al niño Julius, que se acabaría convirtiendo, con el tiempo, en un icono de una mirada tierna hacia el Perú, una mirada que no toleraba el clasismo o el racismo. Diría que Tantas veces Pedro es una novela de transición hacia obras como La vida exagerada de Martín Romaña (1981), donde también hay un escritor que bebe, que vive en París, que estuvo enamorado de una mujer que se fue y que mira al pasado con nostalgia e ironía. Pero en libros como La vida exagerada de Martín Romaña o Reo de nocturnidad (1997), donde se vuelve a usar esta fórmula, los parámetros narrativos son menos experimentales y estas novelas se me hicieron más disfrutables.

 

Creo que con Tantas veces Pedro he sufrido una decepción similar a la que me ocurrió hace unos meses, al leer los Cuentos completos de Bryce, y llegar a Magdalena peruana y otros cuentos (1986), donde personajes masculinos borrachos hablaban a chicas jóvenes de aventuras del pasado, que no acababan de interesarme. En Tantas veces Pedro, como ocurrirá en las novelas del Bryce Echenique más adulto, hay ya un uso profuso de los diálogos y la oralidad, con sentido del humor, pero diría que el personaje de Pedro Balbuena acaba siendo más cargante e irritante, que como acabarán siendo personajes del estilo de Martín Romaña, que serán más entrañables.

Me apenó la muerte de Alfredo Bryce Echenique hace un mes. Era un autor al que asociaba con mi juventud y al que tengo, como dije, un gran cariño. A pesar de haber leído de él, hacía no mucho, sus Cuentos completos, me apeteció homenajearle después de muerto leyendo otra de sus obras, y me ha dado pena no haber acabado disfrutando de Tantas veces Pedro como creía que lo iba a hacer. Quizás debería haberme acercado a los cuentos de Guía triste de París, que presiento que me van a gustar más.