Tantas veces Pedro, de Alfredo Bryce Echenique
Editorial Anagrama. 267 páginas. Primera edición de 1977, esta es de 1997
El 10 de marzo de 2026 murió Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939 – 2026), a los ochenta y siete años. Unos meses antes, en noviembre de 2025 había leído un libro suyo, Cuentos completos en la edición de 1995, que contenía sus tres primeros libros de cuentos. El mismo día de su muerte grabé un vídeo, haciéndole un homenaje, para mi canal de YouTube Bienvenido Bob, en el que hablaba un poco de cada una de sus obras que había leído (seis novelas y tres colecciones de relatos) y del momento en el que me encontré con ellas. Bryce Echenique es un autor al que guardo un gran cariño. A pesar de que tengo en casa tres libros suyos más sin leer (El huerto de mi amada, La última mudanza de Felipe Carrillo y Guía triste de París) tomé en préstamo Tantas veces Pedro (1977), su segunda novela, de la biblioteca de Móstoles. Allí habían puesto, en un expositor, los libros que tenían de Bryce Echenique y los de Antonio Lobo Antunes, muerto unos días antes, a los ochenta y tres años. Y lo hice porque los libros de los años noventa de la editorial Anagrama siempre me han parecido una preciosidad y porque en el Facebook del escritor peruano Gustavo Faverón había leído que él considera Tantas veces Pedro una de las obras clave de Bryce Echenique, una de las «piezas fundamentales en el tránsito de la novela hispana al terreno de la postmodernidad». Me llamó la atención esta apreciación de Faverón sobre Tantas veces Pedro, una de las novelas de Bryce que no había leído y que no recordaba haber tenido en el punto de mira. Hace unos años, me acerqué a La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, tras leer sobre la admiración que Faverón tiene de esta novela y fue todo un acierto. Me fie del criterio de Faverón y me apeteció leer, por tanto, Tantas veces Pedro.
El protagonista de esta novela es Pedro Balbuena, un escritor inédito peruano de cuarenta años, un hombre de clase alta que vive fuera de Perú gracias al dinero que le envía su madre desde Lima. «Te prometo no olvidarte, mamá. Y te juro que, aunque necesito tu dinero, no es por tu maldito dinero que no te olvidaré nunca, mamá. Mi proyecto necesita dinero. Buena inversión, madre. No se preocupe. Tendrá usted un hijo feliz y a lo mejor inclusive un Stendhal en la familia», leemos en la página 23.
Vamos a conocer a Pedro cuando arriba al aeropuerto de París acompañado de Virginia,
una joven estadounidense de veintitrés, a la que, sabremos pronto, conoce desde
hace unas pocas semanas. Pedro y Virginia coincidieron en Berkeley, en una
fiesta universitaria, estando Pedro bastante borracho. El viaje a París no
parece estar funcionando. Pedro se muestra enervado porque Virginia no tiene
sentido del humor y además parece pensar en otra mujer, llamada Sophie, un amor
obsesivo del pasado. Se suceden los diálogos, a veces grandilocuentes. «Durante
los últimos años he sido un personaje. El personaje de una historia maravillosa
que nunca recuperaré y que tal vez nunca lograré escribir porque de pronto fui
expulsado de ella, de mi propia historia, y me quedé sin todo lo que faltaba…
Que era mucho…» (pág. 19).
La novela oscila entre el uso de la tercera persona y la primera. Es
habitual que el narrador omnisciente ceda la palabra a Ramón Balbuena que, con
un discurso a veces incoherente, conversa con diferentes interlocutores que
habitan su cabeza: su madre en Lima; Sophie, su amor de juventud, que se casó
con otro hombre; o con Malatesta, un perro de bronce, con el que Ramón viaja en
una maleta. Malatesta, en gran medida, simboliza el fin de su relación con
Sophie, pues representa a un perro real que tuvo Sophie y actúa, en realidad,
como un confidente o un alter ego del propio Ramón, a quien este le cuenta sus
penas y el con el que se desahoga.
Tantas veces Pedro se publicó en 1977 y
quizás algunas de las maneras con las que Pedro se dirige a Virginia podían ser
modernas y atrevidas en esa época, pero en la actualidad suenan machistas. Así,
por ejemplo, en la página 31, en una conversación casual, Pero le dice a
Virginia: «Tal vez seas una puta, Virginia, pero una puta tan excelente que
cualquier hombre quedaría malacostumbrado para siempre después de haberte
conocido», o en la página 17: «Virginia, no llores. Por favor, ya no llores
más. Mira, te voy a decir una cosa. Las mujeres bonitas nunca lloran por un
hombre. Las mujeres bonitas como tú hacen llorar a los hombres». En otro
momento, además de machista, también se muestra racista y clasista: «Fue de una
tía mía que se acostaba con un indio. Te lo regalo para olvidar que tuve una
tía puta, aunque hoy en día, ser mestizo en América Latina…» (pág. 68)
La novela está dividida en cuatro partes. En las tres primeras se nos habla
de la relación de Pedro con tres mujeres, Virginia (estadounidense), Claudine
(francesa) y Beatrice (italiana) y en la última, al fin, se nos desvelarán los
secretos de su relación del pasado con Sophie, relación –como se nos ha
recordado múltiples veces durante la novela– que duró «solo tres meses, cinco
días, y las últimas veinticuatro horas que fueron atroces…» (pág. 29).
Además de los monólogos interiores de Pedro, con las personas ya
comentadas, el lector también podrá acercarse a algunas cartas, y relatos o
conatos de novelas que Pedro escribirá, tratando de empezar esa obra que, en
algún momento, le transformará en el escritor soñado. Además, en la página 205,
en un nuevo plano narrativo, se manifestará el propio Alfredo Bryce Echenique
como narrador: «Pedro Balbuena, como cantan los pescadores menorquines aquí en
Fornells canciones mexicanas en el bar La Palma, donde algún día vendría yo a contar
tu historia.» Realmente, Bryce Echenique escribió esta novela en el pueblo de
Port Fornelles en Menorca.
El lector acabará descubriendo pronto que Pedro no es un narrador fiable,
que lo contado puede en la novela puede ser real para los personajes o puede
ser imaginario, una realidad que solo funciona en la mente de Pedro. Una
sensación de desconcierto y confusión me asaltará el final de la primera parte,
cuando Virginia ha abandonado París por México, y Pedro se desplaza allí y el
lector no acabará de tener claro si realmente se ha reunido con ella o está
solo imaginando que está con ella. Supongo que a este tipo de narración es a lo
que se refiere Faverón cuando dice que Tantas
veces Pedro introduce de forma fundamental a la narrativa latinoamericana
en la postmodernidad, en este escepticismo ante el sentido de lo narrado y la
presencia de un personaje-narrador en nada confiable. Reconozco que a mí todo
esto ha conseguido sacarme bastante de la novela, sobre todo en la cuarta y
última parte. En las anteriores, a pesar del uso de estos recursos
postmodernos, la narración conseguía tener, más o menos, un orden, aunque
caótico, pero en la cuarta parte es como si el sentido de la novela explotara
por los aires. Aquí el narrador ya no consigue distinguir entre lo vivido, lo
soñado o lo escrito, y el lector –o el lector que soy yo, al menos– acaba
naufragando en una sucesión de escenas que he sentido como inconexas y he han
ido expulsado del libro.
Tantas veces Pedro es la segunda novela de
Bryce Echenique. Se publicó en 1977. Un mundo para Julius, la primera
novela, se publicó en 1970. Entre medias, Bryce escribió los cuentos de La
felicidad ja ja (1974). La historia contada en Un mundo para Julius era más diáfana; el lector se acercaba al niño
Julius, que se acabaría convirtiendo, con el tiempo, en un icono de una mirada
tierna hacia el Perú, una mirada que no toleraba el clasismo o el racismo.
Diría que Tantas veces Pedro es una
novela de transición hacia obras como La vida exagerada de Martín Romaña
(1981), donde también hay un escritor que bebe, que vive en París, que estuvo
enamorado de una mujer que se fue y que mira al pasado con nostalgia e ironía.
Pero en libros como La vida exagerada de
Martín Romaña o Reo de nocturnidad (1997), donde se vuelve a usar esta fórmula,
los parámetros narrativos son menos experimentales y estas novelas se me
hicieron más disfrutables.
Creo que con Tantas veces Pedro
he sufrido una decepción similar a la que me ocurrió hace unos meses, al leer
los Cuentos completos de Bryce, y
llegar a Magdalena peruana y otros cuentos (1986), donde personajes
masculinos borrachos hablaban a chicas jóvenes de aventuras del pasado, que no
acababan de interesarme. En Tantas veces
Pedro, como ocurrirá en las novelas del Bryce Echenique más adulto, hay ya
un uso profuso de los diálogos y la oralidad, con sentido del humor, pero diría
que el personaje de Pedro Balbuena acaba siendo más cargante e irritante, que
como acabarán siendo personajes del estilo de Martín Romaña, que serán más entrañables.
Me apenó la muerte de Alfredo Bryce Echenique hace un mes. Era un autor al
que asociaba con mi juventud y al que tengo, como dije, un gran cariño. A pesar
de haber leído de él, hacía no mucho, sus Cuentos
completos, me apeteció homenajearle después de muerto leyendo otra de sus
obras, y me ha dado pena no haber acabado disfrutando de Tantas veces Pedro como creía que lo iba a hacer. Quizás debería
haberme acercado a los cuentos de Guía
triste de París, que presiento que me van a gustar más.
