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miércoles, 15 de julio de 2026

El ojo castaño de nuestro amor, por Mircea Cartarescu


El ojo castaño de nuestro amor,
de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 204 páginas. Primera edición de 2015, esta es de 2022

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

Ya comenté, en la reseña anterior, que en el verano de 2025 leí Cegador (1996-2007) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), y que le solicité a la editorial Impedimenta, para poder leerlos y reseñarlos, Las Bellas Extranjeras (2010) y El ojo castaño de nuestro amor (2015). Ya escribí que Las Bellas Extranjeras estaba formado por tres novelas cortas, y El ojo castaño de nuestro amor es un libro de relatos. Este último libro está formado por veinte relatos, o textos, porque algunos de estos escritos están más cerca de la nota personal que del relato. En esencia se trata de un libro de relatos autobiográficos, y lo contado en ellos, en gran medida, complementa lo que el lector de obras como Nostalgia (1993), Solenoide (2015) o Cegador (1996-2007) ya conoce de la vida del autor.

 

En Ada-Kaleh, Ada-Kaleh el relato comienza con el narrador hablándonos del propio acto físico de escribir, una escena que es habitual en los libros del autor. También aparecerá aquí el piso de la calle Stefan cel Mare, que el lector de Cartarescu ya conoce de otras obras, porque es la calle en la se crio el autor. En la página 10 leemos: «Mi padre, con su media de señora en la cabeza para mantener el pelo sujeto hacia atrás, podía aparecer en cualquier momento para comprobar si yo dormía». Este detalle de la media de mujer en la cabeza del padre era recurrente en Cegador. Así que en El ojo castaño de nuestro amor el lector de Cartarescu vuelve al Bucarest particular de Cartarescu, a su mundo obsesivo y recurrente. En este cuento, a partir de una anécdota sobre una pintora que hace unas obras para su casa, Cartarescu nos va a hablar de una isla del Danubio, en la que había una ciudad habitada por turcos, que quedó sumergida por una obra de ingeniería que ordenó el dictador Ceaușescu. El relato acabará siendo una crítica de la dictadura y una reivindicación nostálgica de un pasado cosmopolita de Rumanía. Es un bello comienzo para el libro.

 

En el segundo relato, Mi Bucarest, Cartarescu seguirá homenajeando a su tierra. «Una mezcla de amor-odio me une a la ciudad en la que he vivido siempre como a un objeto cualquiera cuya falta de realidad reconozco pero que, sin embargo, existe en lo más profundo de mi cerebro», así empieza la narración en la página 29. Como ya sabía, en la página 31 el autor me confirma que no ha escrito un solo diálogo en toda su obra. En este texto, Cartarescu no va a hablar de sus recuerdos y de la relación que ha llegado a establecer con su ciudad, desde el rechazo inicial hasta la aceptación. «¿Durrell tenía Alejandría? ¿Cortázar, Buenos Aires? ¿Joyce, Dublín? ¡Pues también yo tenía Bucarest! Una ciudad plástica, proteiforme, que mi imaginación modelaba a su gusto» (pág. 39)

 

Pontus Axeinos es un homenaje al poeta Ovidio, que fue expulsado de Roma (sin conocerse el motivo) a Tomis, que se transformó en la ciudad rumana de Constanza. En Constanza todo evoca a Ovidio, pero nadie parece saber quién es. Como ya hizo en Las Bellas Extranjeras, Cartarescu, nos habla aquí con pena e ironía sobre la irrelevancia social de la literatura.

 

Estos tres primeros relatos son los más extensos del conjunto y quizás los mejores. El lector vuelve en ellos al mundo de Cartarescu, pero sin la parte fantástica de libros como Solenoide o Cegador, pero, a diferencia de lo que ocurría en Las Bellas Extranjeras, donde el lenguaje era más irónico y conciso, aquí se vuelve al tono más confesional y melancólico y a la frase más extensa y poética.

 

En Los años robados, Cartarescu vuelve a hacer una crítica del régimen de Ceaușescu, y recuerda un detalle de la miseria de los años noventa, sobre el que ya había leído en Las Bellas Extranjeras: el día en el que tuvo que acudir a un mercadillo de productos de segunda mano, en el que le tocó vender su pala de ping-pong. Nos hablará aquí de la miseria y la inflación de los años noventa. Sin embargo, este relato tiene un final esperanzador, ya que Cartarescu nos contará que, ya pasados los cincuenta años, se ha podido comprar una casita, al norte de Bucarest, en la que parece feliz.

 

Mi primer vaquero, el siguiente relato, nos hablará de otra anécdota que tiene que ver con la miseria y el ambiente de picaresca del final del comunismo, con el sueño occidental de poder llevar unos pantalones vaqueros. Divertido y triste.

 

En La época del Nes Cartarescu nos hablará de la temporada que fue adicto al café instantáneo y conseguía escribir enloquecido, pero le acabó causando depresión y lo tuvo que dejar. Como suele ser habitual, Cartarescu habla aquí de su propio proceso de escritura.

 

Oh, Levante, dichoso Levante es un cuento metanarrativo en el que el autor nos habla del proceso de escritura de su novela en verso Levante, terminado de escribir poco antes de la revolución del 89.

 

En El gato muerto de la poesía de hoy Cartarescu rinde homenaje a la poesía que él empezó a escribir antes de pasarse a la prosa, y que parece un género literario poco seguido hoy día.

 

Una ducha no-laodicea es un texto breve que funciona como un sencillo homenaje a Vladímir Nabokov y los escritores que cuidan el lenguaje literario.

 

En unos pocos cuentos de este libro, Cartarescu se distancia de su yo narrador, y crea algún personaje o situación inventada, como ocurre en Diario con Darwin, donde un Darwin moderno firma libros de ciencia y atiende a los periodistas. Este tipo de relatos son los que menos me han gustado del conjunto, y los he sentido un tanto fuera de lugar.

 

Este libro incluye también alguna conferencia que Cartarescu, como la titulada «… Escu», que sirvió para la apertura de la Feria del Libro de Leipzig, y habla de los problemas de identidad de Cartarescu como escritor rumano. En Europa tiene la forma de mi cerebro se recoge un ensayo leído en la Literaturhaus Hamburg sobre la condición de escritor del Este, o simplemente europeo, como se siente Cartarescu.

 

El cuarto corazón es un relato bonito, en él Cartarescu recuerda el primer libro que leyó de niño, a los ocho años, un libro que le prestaron y que no ha conseguido encontrar de adulto. «Me sorprendió más adelante descubrir que todos nosotros tenemos un libro perdido en lo más profundo de la infancia, nítido e impresionante en el recuerdo, pero imposible de encontrar en la vida adulta» (pág. 148). Cartarescu recuerda en el relato el argumento de aquel libro y diría que se lo inventa, o es una historia que su imaginación ha transformado, puesto que se parece mucho a su mundo onírico habitual.

 

La ruina de la utopía es un texto que apenas sobrepasa una página, y que más bien parece un poema sobre el placer de leer.

 

En El ojo castaño de nuestro amor, Cartarescu vuelve a evocar a la figura de su madre. Hay algo que me ha interesado mucho de este relato: en Cegador se especulaba con un hermano mellizo de Mircea que había sido robado, y que se llamaba Victor, y aquí se da una explicación más realista de esos recuerdo alterador en Cegador. Victor murió en la infancia, y se acabará convirtiendo en mito dentro del universo artístico de Cartarescu.

 

En Para D., vingt ans après Cartarescu nos va a hablar de una chica que conoció que tenía intensos sueños, algunos de los cuales el autor robó para sus libros.

 

La chica del borde de la vida es una narración fantástica sobre un mundo donde sus habitantes solo pueden sobrevivir como personajes de cuentos de escritores de otro mundo. Me ha parecido un tanto cursi y no me ha gustado mucho. Me ha pasado igual que con Diario con Darwin.

 

Forever young… es una nueva reflexión metaliteraria sobre la condición del escritor y el paso del tiempo, de la idea de la literatura asociada a la juventud y a la idea eterna de promesa de las letras.

 

En Un escritor se especula con la idea de Jesucristo como el escritor más enigmático de todos los tiempos.

 

Zaraza es un buen cierre para el libro. En este relato, Cartarescu investiga sobre el origen de una canción popular rumana, y la historia trágica que se oculta detrás de ella. Una historia que nos llevará a la Bucarest de 1944.

 

Me ha gustado El ojo castaño de nuestro amor, a pesar de que, a veces, da la impresión de cajón de sastre en el que el autor ha usado textos de diversa procedencia y que no estaba pensando, en principio, como un libro de relatos unitario. Como ya he apuntado, los tres primeros cuentos, los más extensos, y que suponen un tercio del libro, son muy buenos. Y tiene más piezas destacadas, sobre todo aquella en las que Cartarescu sigue hablando de su vida y nos traslada hasta la época de la dictadura comunista y reflexiona sobre su condición de escritor. El lector que ya haya leído libros de Cartarescu como Nostalgia, Solenoide o Cegador disfrutará de la información complementaria que encontrará aquí, y para el lector nuevo podría ser una puerta de entrada interesante al mundo de Cartarescu.

 

 

domingo, 12 de julio de 2026

Las Bellas Extranjeras, por Mircea Cartarescu


Las bellas extranjeras
, de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 249 páginas. Primera edición de 2010, esta es de 2025

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

En el verano de 2025 leí la trilogía Cegador (1996-2007) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956). Antes había leído su libro de cuentos Nostalgia (1993) y la gran novela Solenoide (2015). Después de leer y reseñar Cegador, escribí a los editores de Impedimenta, con los que hacía años que no colaboraba, para ver si me podían enviar algún libro más de Cartarescu. Quedamos en que me enviaban Las bellas extranjeras (2010) y El ojo castaño de nuestro amor (2015), para que pudiera comentarlos. Decidí leerlos seguidos y en orden cronológico; así que aquí estoy comentando Las bellas extranjeras y ya comentaré El ojo castaño de nuestro amor, que estoy leyendo cuando escribo esta reseña.

Me resulta curioso ver que el libro consta de dos prólogo, uno inicial de la excelente Marian Ochoa de Eribe, la traductora de toda la obra de Cartarescu al español, y otro del propio Cartarescu. Ochoa nos informará de que los tres textos que componen este libro fueron publicados inicialmente por entregas, pero que, no por ello, se trata de obras menores. Cartarescu nos hablará del sentido del humor con el que compuso estas páginas y de que, aunque en ellas habla de sí mismo, y aparecen personas con sus nombres reales, en realidad no todo lo que aquí aparece reflejado ocurrió exactamente como lo cuenta, sino que la realidad ha sido alterada y exagerada con fines cómicos.

 

La primera de las tres historias se titula Ántrax. Desde la primera frase sabremos que el narrador es el propio autor. Cartarescu recibe una llamada telefónica de una revista cultural. Les ha llegado, a la redacción de la revista, una carta desde Dinamarca para él. Cartarescu se siente desconcertado porque no conoce a nadie en Dinamarca. Estamos en Bucarest, pero desde las primeras páginas, el Bucarest de esta historia parece un tanto diferente al Bucarest extraño y onírico de Nostalgia, Solenoide y Cegador. Así, por ejemplo, en la página dos nos vamos a encontrar con un McDonald´s, que es una presencia prosaica más difícil de imaginar en los otros libros. El Cartarescu de Ántrax va a habitar en este relato en una Bucarest más reconocible, una ciudad que no tiene que ver tanto con el mundo de los sueños, sino con la vulgaridad de lo real. Veremos que no por avenirse a este detalle va a ser menos siniestra, porque nos vamos a encontrar aquí con los mismos rotos y grisuras heredados de la dictadura comunista de Ceaușescu.

Cuando Cartarescu recibe el sobre empezará a sospechar de su grosor, de su contenido… quizás sea ántrax, imagina, que –según nos cuenta– por la época en la que ocurrieron los hechos existía una paranoia sobre los envíos postales con ántrax. Leo en internet que esto ocurrió en 2001, justo después de los atentados del 11 de septiembre.

Aunque el estilo narrativo de este relato es mucho más conciso y realista que el de sus otras obras, permanece aquí el interés biológico de Cartarescu por las bacterias y los microorganismos. La historia del paquete danés se va a convertir en un periplo kafkiano, en el que el autor no encuentra un modo satisfactorio de deshacerse del paquete y acabará teniendo que acudir a una oficina de policía siniestra, que recuerda a algunas de las escenas de El castillo de Kafka. Todo esto está aderezado con un humor –poco habitual en Cartarescu– basado en la exageración y el esperpento. También Cartarescu interpela, de modo coloquial a sus lectores. Así, por ejemplo, en la página 43 leemos: «Aquí querría pedir a los lectores más pusilánimes, más sensibles o bien menos duchos en la terminología del arte moderno que se abstengan de hacer comentarios».

 

Las bellas extranjeras es el segundo relato, que es el más largo del conjunto y podríamos hablar ya más de novela que de relato. Aquí Cartarescu nos va a hablar de un programa literario francés, que se llama precisamente «las Bellas Extranjeras», que selecciona a doce escritores de un país y les organiza una gira de dos semanas por Francia para hablar de su literatura. Cartarescu fue seleccionado, junto con once compatriotas, para realizar esta gira en noviembre de 2004. Los nombres de los escritores son reales, aunque yo solo reconocía el de Ana Blandiana. Cartarescu en esta novela nos va a hablar de algunas de sus peculiaridades como escritor, como que no le gusta dar entrevistas, ni ser reconocido; de hecho, casi no le gusta demasiado tener que salir de casa y hacer recados. De nuevo, esta historia está escrita con humor y en un estilo más realista y directo que el de los otros libros suyos que he leído. Como en el relato anterior, uno de los recursos narrativos será aquí el de interpelar al lector, al que le pide disculpas, por ejemplo, por sus continuas digresiones. Cartarescu nos va a hablar de sí mismo como escritor, pero también de la figura pública y privada del escritor, en general. En algunas de las digresiones más divertidas del libro nos va a hablar de algunos recitales en los que ha estado con poetas que más que poetas, de los que se sientan a escribir versos, eran artistas que sabían cómo actuar ante un público. Cartarescu nos contará también anécdotas sobre los momentos en los que escribió sus libros. Así, por ejemplo, en la página 94 leemos: «Cuando empecé, hace quince años, a pensar en Cegador, me hice también yo un fichero con una caja de zapatos sobre la que escribí el nombre de la novela. Pensaba realizar algunas lecturas y tomar apuntes, tal y como había leído que hacía Thomas Mann. ¿Acaso tengo que deciros que mi pobre caja permaneció totalmente vacía todo el tiempo que tardé en escribir la obra? No solo me ha dado siempre pereza leer con otra finalidad que no sea la lectura en sí misma, sino que ni siquiera, mientras escribí el libro, abrí un diccionario ni consulté otra fuente de información».

Aunque, como ya he dicho, el estilo es totalmente diferente al de otras obras, siguen aquí presentes algunas de sus obsesiones, como la presencia de las mariposas: «Y es que París entero es una especie de lata. Es como un gigantesco vientre de mariposa hembra que expande sus feromonas por el mundo entero».

También se muestra autoirónico con su propia escritura: «Tengo que acabar con estas “elucubraciones”, como denominan los críticos a mis páginas que no están a la altura de sus expectativas» (pág. 97). También nos hablará del mundillo literario rumano, cuya forma de actuar puede servir para cualquier país: «En el mundo literario se perdona casi todo, la falta de talento, la vileza, la hipocresía, la cobardía. Se consideran pecados humanos y son contemplados con tolerancia. Lo que no se perdona jamás, a ningún precio, es el éxito» (pág. 100), «Si oyes solo cosas buenas acerca de un escritor, si ves que todos lo quieren como a un hermano, puedes estar seguro de que nadie lo teme, de que todos le estrechan la mano para ser generosos con él pues, en cualquier caso, no representa un peligro. Los compañeros de profesión no se permiten nunca alabar a los que son mejores que ellos ni tampoco siquiera a los iguales.» (pág. 111).

El estilo sigue siendo autoirónico: «Pero, como se decía en las antiguas novelas, no adelantemos acontecimientos» (pág. 135).

También, dentro de esta mirada irónica, nos vamos a encontrar con algunas otras páginas más emocionales, como aquellas en las que Cartarescu recuerda sus comienzos: «Nos tocó vivir el sueño artístico entre bloques de hormigón, entre gente enloquecida por el hambre y el frío, en un mundo que no nos quería y que no sabía qué hacer con nuestros pobres poemas». (pág. 131)

También se contará alguna historia bastante divertida sobre la traducción de los primeros libros de Cartarescu al francés. Y alguna otra historia sobre algún momento del viaje por Francia en el que se va a sentir humillado y su reacción a ello.

 

El tercer relato, de una extensión similar al primero (unas 40 páginas), se titula El viaje del hambre, y guarda bastante relación con el anterior. De hecho, podría haber sido una digresión de Las Bellas Extranjeras, pero al ser demasiado larga se convirtió en un relato independiente. El viaje del hambre, igual que Las Bellas Extranjeras, habla de un viaje, en este caso a una ciudad provinciana de Rumanía, y no a París. Cartarescu nos va a hablar aquí de su primera invitación a hablar de sus libros en público, por parte de un grupo de escritores locales. Me ha gustado este cierre, porque lo que Cartarescu nos viene a decir es que no hay muchas diferencias entre lo que le ocurrió en aquella ciudad de Rumanía, cuando era joven y desconocido, y lo que le va a ocurrir en París, cuando ya es un autor consagrado. En realidad, este último relato es todo un jarro de agua fría sobre la vocación literaria y toda una lección de humildad. En este relato hay una escena onírica, que, en cierto modo, guarda relación con ese resto de su obra más fantástica, de la que ya he hablado.

 

Hace un año un amigo del colegio en el que trabajo me habló de este libro de Cartarescu, Las Bellas Extranjeras. Era el primer libro del autor que leía y le gustó bastante, se rio con él. Sé ahora –que aún no ha vuelto con el autor– que mi amigo tiene una idea sobre qué clase de escritor es Cartarescu no del todo real, porque no se ha encontrado con la mirada sombría de Cartarescu, su obsesión por los sueños, el pasado, los insectos…, sino con un Cartarescu más chistoso, rápido al narrar y divertido. A mí, que sí conocía, su otra obra, la más celebrada, me ha gustado mucho acercarme a este otro Cartarescu. Como decía Ochoa de Eribe, no me parece un Cartarescu menor.

domingo, 14 de junio de 2026

Historias del extrarradio, por Xu Zechen


Historias del extrarradio
, de Xu Zechen

Editorial Automática. 227 páginas. Primera edición de 2010-17, esta es de 2026

Traducción de Belén Cuadra Mora

 

Me llegó al correo electrónico la publicidad de Historias de extrarradio de Xu Zechen (Donghai, China, 1978), publicado por la editorial Automática, que normalmente propone obras traducidas de idiomas que, hasta ahora, han tenido menos difusión en España que otros; sobre todo, apuesta por los países del Este europeo o de Asia. Hace unos pocos años, me percaté de que de Asia había leído solo literatura de Japón y nada de China. Empecé a sentir curiosidad por este último país y leí a dos autores de allá: Duro como el agua de Yan Lianke, traducido también por Belén Cuadra Mora, como este libro de Xu Zechen, y tres libros de Can Xue: Hojas rojas (con traducción de Belén Cuadra Mora), Al otro lado y Bajos fondos. Duro como el agua está ambientado en la China rural de los años sesenta y las obras de Can Xue son bastante oníricas. Así que, al leer información sobre Historias del extrarradio me atrajo la idea de poder acercarme a la China urbana actual desde un punto de vista realista, que era lo que prometían estos nueve cuentos de Xu Zechen. Le pedí el libro a Emilio Ruiz, que lleva la prensa de Automática, y me lo envió para que pudiera leerlo y reseñarlo. No conocía a Xu Zechen y, según el dossier de prensa, es uno de los más imporantes escritores chinos actuales. Ha sido el escritor más joven hasta la fecha en ganar el premio Mao Dun, el más prestigio de las letras chinas.

 

Los nueve relatos de Historias del extrarradio están interconectados y cuentan con el mismo narrador. En el último relato sabremos que este narrador se llama Muyu. Lo que sí sabremos desde el primero es que tiene diecisiete años y ha emigrado desde un pueblo de la China rural a las afueras de Pekín para tratar de ganarse la vida en la capital. Muyu ha dejado el instituto porque estudiar le provocaba jaqueca, que el médico llamaba «neurastenia». Parece que Muyu siente ansiedad ante la presión de los estudios y se ve obligado a dejarlo. Sin embargo, su traslado al extrarradio de Pekín no acabará con estos dolores de cabeza y la única forma que siente de aliviarlos es salir a correr. Esta idea de enfrentarse al mundo corriendo simboliza su incapacidad de adaptarse a las exigencias de una realidad que se muestra hostil con él y sus deseos de prosperar. Muyu pasa a vivir en el extrarradio de Pekín con tres jóvenes, unos pocos años más mayores que él. Estos jóvenes, así como casi todos los inmigrantes que va a aparecer estas páginas, provienen del mismo pueblo, y más que del mismo pueblo –cuyo nombre no se cita en el libro– de una calle de este pueblo, llamada la calle Hua, que como leemos en una nota a pie de página –elaborada por la traductora Belén Cuadra– es una especie de patria literaria de muchas de las historias de Zechen.

 

Los relatos están escritos entre 2010 y 2017 y no parecen pensados, de entrada, para ser publicados como un libro unitario. Imagino que se publicaron, en primera instancia, en revistas literarias o que pertenecen a diversos libros y se han seleccionado aquí, para esta traducción, precisamente por la unidad que presentan. Pero comento que no parecen pensados para que el lector los lea en el mismo libro porque más de uno da una información que el lector ya ha recibido, casi con las mismas palabras, de un relato anterior. Sin embargo, pese a este pequeño inconveniente, Historias del extrarradio, aunque estrictamente es un libro de relatos, se puede leer como una novela en la que su narrador, en cada capítulo, se ocupa de contarnos una pequeña historia, normalmente de trasfondo trágico, que acontece a alguna persona sobre la que el narrador fija su interés.

 

El primer cuento se titula La azotea y aquí ya, desde el título, se nos presenta este espacio, común en todos los cuentos, de la azotea, que va a suponer un reducto de calma para los personajes. En la azotea, los cuatro jóvenes que aparecen en casi todas las narraciones se reúnen, cuando no están trabajando, para relajarse, jugar a las cartas y beber. Quien pierde, paga la bebida; algo que siempre suele recaer –de un modo que la estadística no puede defender– sobre la misma persona, Baolai, que parece alguien, para el narrador, más bondadoso que los otros jóvenes, que son más altaneros. Desde la azotea, en la lejanía podrán observar los edificios más altos de Pekín, a los que nunca se acercan en el libro, en un sentido real, pero también simbólico. Esos edificios modernos y lujosos representan el mundo al que estos jóvenes personajes aspirar a llegar, pero al que no pueden llegar por más que se esfuercen o trabajen. «Concluida la partida, Milou solía desplegar el brazo hacia el sudeste como si fuera un gran líder. Daba la impresión de que aquel brazo derecho pudiera extenderse, bucólico, cada vez más lejos hasta convertirse en un pájaro y sobrevolar Pekín. Los cuatro, incluido yo mismo, un estudiante de secundaria sin graduar, albergábamos infinitas esperanzas hacia aquella ciudad, enorme y próspera. La gente de todo el país sabía que allí había dinero, que no había más que agacharse y recogerlo del suelo. Todo el mundo sabía que allí las oportunidades proliferaban como las mierdas de los pájaros y que, si uno no se andaba con cuidado, le podían caer del cielo en toda la coronilla y hacerse rico. Sin embargo, según mi propia observación, los pájaros de Pekín eran cada vez más escasos», leemos en la página 59. Existe un fuerte componente social en estas historias, al mostrar el desvelo de los inmigrantes del interior por prosperar y las dificultades materiales a las que se enfrentan.

Estos cuatro jóvenes se dedican a una actividad ilegal: salen por la noche, en grupos de dos, para poner en paredes publicidad de dos personas (su tío en el caso de Muyu), cuyo oficio es crear documentos falsificados. Así que tendrán que ocultarse constantemente de la policía.

La acción de estas historias debe situarse sobre la segunda mitad de la década de los noventa, porque, aunque no se dan fechas concretas, los personajes tienen «buscas» (algo que, leo en internet, fue popular en China en esa época) y así reciben el aviso, por ejemplo, de que los llaman desde casa y esto hace que se acerque a un teléfono público para contestar la llamada. La espera ante uno de estos teléfono va a ser el origen del conflicto que conducirá al estallido de la violencia y la tragedia en una de las narraciones más brutales del libro, la titulada La ciudad invisible, donde un hombre, un trabajador que espera para llamar por teléfono, mata de un ladrillazo a otro que se demora en su llamada a casa. Así comienza esta historia en la página 111: «Tianxiu murió la noche del Medio Otoño. Lo encontraron tirado en mitad de la calle, encogido sobre sí mismo, con los dedos extendidos y los ojos abiertos, impregnados de sangre», y un poco más adelante: «Pero sabíamos que estaba muerto. Le dieron un ladrillazo en toda la frente y, una vez en el suelo, uno de los de Guizhou le pateó el estómago con sus zapatones de piel».

 

Como ya he apuntado, casi todas las historias muestran un trasfondo trágico. Aunque no todas acaben en la muerte de alguno de sus protagonistas, se suele incidir en la idea de destino torcido, de sueños que parecen a punto de cumplirse, pero que al final no lo hacen.

El primer cuento, La azotea, quizás nos habla de un doble fracaso. Cuando la tragedia se cierne sobre uno de los compañeros de piso, Muyu llama por teléfono a sus padres y le comenta que va a volver a estudiar. En los siguientes relatos estará de nuevo en la misma casa del extrarradio de Pekín. En alguno de los relatos, podemos pensar que el autor nos habla de un tiempo anterior al de La azotea, pero en otros los acontecimientos narrados en La azotea claramente pertenecen al pasado. ¿El narrador volvió al pueblo y de nuevo fracasó en los estudios y volvió a Pekín o simplemente al final no volvió? No será aclarado. En cualquier caso, las narraciones se evocan desde algún punto de un futuro indeterminado. «En todos los años que vinieron después…», leemos en la página 40 o «En aquellos años era habitual…» en la 45 (segundo relato); se pueden encontrar más expresiones similares en el libro.

La azotea es el cuento en el que –aunque también se narra, como en los demás, la tragedia de uno de sus personajes– el narrador más nos habla de sí mismo; en casi todos los demás su función principal es la de actuar como narrador testigo de las historias otros personajes. Cada relato nos contará la historia de uno de ellos, que principalmente son emigrantes de su mismo pueblo.

Considero que, al igual que en las otras traducciones suyas que he leído, Belén Cuadra Mora hace un gran trabajo en este libro. Me ha llamado la atención que aquí, frente a sus trabajos con Yan Lianke o Can Xue, a veces tiene que hacer uso de un registro más vulgar del idioma para adecuarse a la forma de expresarse de un adolescente chino de los años noventa. En cualquier caso, el estilo de Xu Zechen contiene mucho aliento poético, mientras da voz a sus personajes desesperados y llenos de vida. Es cierto, que algunas narraciones, como El perro que se pasó el día ladrando, acaban adoleciendo de un exceso de tremendismo fatídico, pero en general Historias del extrarradio me ha parecido un gran libro, que me ha sorprendido para bien, con algunos cuentos verdaderamente logrados y redondos. La literatura de Xu Zechen, como leo en internet, mezcla sus raíces en la tradición china, pero también toma modelos occidentales. Historias del extrarradio es un libro que puede gustar a todos los lectores aficionados al realismo sucio norteamericano, pero también a aquellos que quieren saber qué está ocurriendo actualmente en las letras de la pujante China.

 

domingo, 3 de mayo de 2026

Cuentos completos, por Alfredo Bryce Echenique


Cuentos completos
, de Alfredo Bryce Echenique

Editorial Alfaguara. 479 páginas. 1ª edición de 1995

Prólogo de Julio Ortega

 

Ya he comentado más de una vez que Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) es uno de mis escritores latinoamericanos favoritos; del que destaco obras como Un mundo para Julius (1970), No me esperen en abril (1995) o Reo de nocturnidad (1997). Hace más de diez años, hablando en Madrid con el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, este me recomendó encarecidamente Cuentos completos de Bryce Echenique. Tenía localizado el libro en la biblioteca Elena Fortún de Madrid, pero al final decidí comprarlo de segunda mano, gracias a Iberlibro. Estos Cuentos completos se publicaron en 1995 y, desde entonces, Bryce Echenique ha publicado dos colecciones más de relatos, Guía triste de París (1999) y La esposa del rey de las curvas (2009).

 

Cuentos completos contiene los siguientes libros: Huerto cerrado (1968), La felicidad ja ja (1974) y Magdalena peruana y otros cuentos (1986), además de algunos cuentos sueltos más, que no sé si al final se integrarían en Guía triste de París o La esposa del rey de las curvas.

 

Huerto cerrado fue el primer libro que publicó Bryce Echenique, en 1968, antes de los treinta años. Contiene doce cuentos. El primero se titula Dos indios y sitúa su acción en París. En este cuento, de una docena de páginas, podemos encontrarnos ya con algunas de las claves de la obra de Bryce Echenique: el cuento nos lleva a París, donde va a situar más de una de sus historias, y trata sobre la nostalgia y los amores del pasado; contado desde un punto de vista humorístico, pero no de un humorismo hiriente o sarcástico, sino de un humor tierno y exagerado. Los dos personajes que se encuentran en París, acabarán rememorando su vida en Lima, mientras comparten tragos de alcohol, detalle este que acabará siendo otro de los rasgos compositivos de las obras de Bryce Echenique.

 

El segundo cuento se titula Con Jimmy, en Paracas y es uno de los mejores cuentos del libro, un cuento sobre el paso de la infancia a la madurez, la caída del mito del padre, las clases sociales y el racismo. La primera frase, marcando el ambiente de amenaza sobre el padre me parece memorable: «Lo estoy viendo realmente: es como si lo estuviera viendo; allí está sentado, en el amplio comedor veraniego, de espaldas a ese mar donde había rayas, tal vez tiburones». (pag. 31). En estas primeras narraciones de Huerto cerrado me parece ver la influencia de los cuentos de La palabra del mundo, del también peruano Julio Ramón Ribeyro, sobre todo al tratar estos temas de los que hablaba anteriormente, de las clases sociales y el racismo en la sociedad peruana.

 

Después de unos pocos cuentos, me doy cuenta de que el protagonista de todos ellos se llama Manolo y ya veo que, en realidad, son cuentos entrelazados y que hablan de la misma persona; principalmente de un adolescente, de clase media alta, que está dejando de ser un niño y se está internando en la vida adulta. Los cuentos reflejan diversos momentos de su vida, como el humillante momento en el que, a los trece años, los niños de la clase del colegio van a hacer una excursión en bicicleta a una localidad cercana y él se queda atrás y el profesor le pide que se vuelva a su casa, tema de El camino es así. En el cuarto cuento, ya han pasado unos años, y Manolo le venderá esa bicicleta del relato anterior a un jardinero con el que, de más niño jugaba al fútbol, y del que las diferencias sociales han acabado separando.

Así que el primer cuento de este primer libro, Dos indios, nos presentaba a un Manolo ya adulto, recordando en París algún episodio de su infancia y juventud. A partir de él, los cuentos nos conducen a diversos momentos de la vida de Manolo –en los que el lector entrevé a una especie de alter ego del autor– en orden cronológico; así llegaremos hasta las primeras novias o las primeras visitas al burdel con los amigos, rito de iniciación de la época mostrada. En un cuento como Una mano en las cuerdas aparece ya el Country Club, que será uno de los escenarios esenciales de la primera novela de Bryce Echenique, Un mundo para Julius (1970). Una mano en las cuerdas me ha parecido otro de los mejores cuentos de este primer libro, porque en él usa el recurso de intercalar la primera persona –a través de un diario personal– y la tercera.

En Un amigo de cuarenta y cuatro años, Bryce hace el retrato de un profesor de inglés del colegio de Manolo, y su cierre me ha parecido también bastante conseguido. Algunos cuentos, como este, empiezan con descripciones de calles y barrios de la antigua Lima, y de este modo la ciudad –pero más la ciudad de los recuerdos, que la ciudad real– se acaba convirtiendo en un personaje más del libro. Crece y cambia Manolo, crece y cambia también Lima, parece decirnos Bryce Echenique.

 

Los tres últimos cuentos de Huerto Cerrado, La madre, el hijo y el pintor, El hombre, el cinema y el tranvía y Extraña diversión son más cortos que los anteriores y me han parecido narraciones más apresuradas y de inferior calidad a las ya leídas. Lo que no ha enturbiado la buena impresión que he sacado de este primer libro de Alfredo Bryce Echenique, que imagino que, en su momento, fue celebrado como lo que era: el talentoso debut de una nueva voz latinoamericana en el fantástico contexto del boom.

 

El siguiente libro, La felicidad ja ja (1974) reúne ocho cuentos. El primero es Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, y ya desde el título se percibe un cambio de rumbo respecto a las piezas del libro anterior. En Huerto cerrado, como ya he dicho, creo que Bryce Echenique sigue la estela de narradores clásicos como Ribeyro, que a su vez diría que había leído a los escritores de relatos estadounidenses como Ernest Hemingway, y usa un estilo preciso y realista. En La felicidad ja ja, Bryce Echenique está ya buscando una voz más personal, que va a tener que ver, en gran medida, con la oralidad del lenguaje. Así, en el primer cuento, en Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín, se recrea un monólogo, en el que uno de los personajes le habla a otro. Es un cuento sobre las aspiraciones y las diferencias económicas que se crean en la vida adulta entre amigos de la juventud; sobre todo porque el narrador fue un niño rico que acabó perdiendo su fortuna, y además acabó  convirtiéndose en una persona más empática y sensible que su amigo. «Pero, claro, tú siempre has tenido razón. Lo cual no impide que seas una mierda, gordo, una mierda que acierta en las apuestas de la vida.» (pág. 149) Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín me ha parecido un gran comienzo para este segundo libro.

El segundo cuento, Florence y Nós três, sobre un profesor de español en París –tras el que se ve al propio autor– que nos habla de una alumna alocada y enferma de su clase es melancólico y hermoso.

Pepi Monkey y la educación de su hermana sobre unos niños que son educados por una casa rica decadente de Lima me ha parecido que bajaba ya algo el nivel.

De este segundo libro, mis cuentos favoritos acaban siendo los más largos: Baby Schiaffino y Muerte de Sevilla en Madrid. Baby Schiaffino trata sobre la idealización del amor por parte de un joven que se enamora de una chica que lo ve como un amigo. El humor tierno y algo absurdo de Bryce Echenique se manifiesta con elegancia en este cuento. Muerte de Sevilla en Madrid es el único cuento de este libro que había leído previamente. Lo leí en una edición de Alianza 100, uno de esos libritos que lanzó la editorial Alianza en los años 90 y que costaban cien pesetas (0,60 €). En este cuento, un pobre hombre peruano gana un concurso para viajar a España y este será el comienzo de sus problemas finales. Aquí, como también será habitual en la obra de Bryce, se hace uso del humor escatológico; un elemento clave en la composición de su novela La vida exagerada de Martín Romaña.

 

Hasta aquí, habiendo leído los dos primeros libros de cuentos, aunque no todos tienen el mismo nivel, tengo la sensación de que estos Cuentos completos de Bryce Echenique es un gran libro; sin embargo, de forma inesperada, sufro una decepción con el tercer libro, Magdalena peruana y otros cuentos, formado por doce piezas. El primer cuento, Anorexia y tijerita, sobre un exministro con una chica anoréxica, protagonizado por un personaje desagradable, no está mal.

Creo que voy a describir, de un modo general, qué me ocurre con estos cuentos: Bryce Echenique usa aquí también un tono oral, y normalmente leemos el discurso interior de un personaje que suele tener a otro de interlocutor, aunque esto solo ocurra en su cabeza. El narrador suele ser un hombre maduro de éxito –un pintor, por ejemplo– que habla a una jovencita con la que tiene una relación, y en este discurso oral, el narrador empieza a hablar de personajes del pasado, que el lector, al principio, no sabe quiénes son, y al final descubrirá que, normalmente, son compañeros de juergas del pasado del narrador y cuenta sobre ellos algunas anécdotas exageradas, sobre todo relacionadas con el abuso de bebidas alcohólicas, que acaban por no tener demasiada gracia. Así que al final el lector se encuentra leyendo un relato que parece bastante deslavazado sobre personajes por los que no ha conseguido interesarse.

De este tercer libro, me ha interesado sobre todo un cuento titulado El breve retorno de Florence este otoño porque Bryce Echenique plantea en él una segunda parte del cuento Florence y Nós três de La felicidad ja ja, pero creo que el estilo exagerado y el humor absurdo acaban arruinándolo.

 

El libro termina con cuatro cuentos que en 1995, año de la publicación de estos Cuentos completos, no estaban incluidos en ningún libro, y aquí Bryce Echenique deja un tanto de lado el estilo del último libro, con un exceso de oralidad y un discurso interior demasiado disperso y vuelve a un estilo más clásico.

Al finalizar Huerto cerrado, me sentí tan entusiasmado por este primer libro de cuentos de Bryce Echenique que entré en Iberlibro y compré una edición de segunda mano de Guía triste de París, que sería su siguiente libro. Ha sido una pena que mi entusiasmo haya bajando con los cuentos de Magdalena peruana y otros cuentos, pero espero que la obra cuentística de Bryce Echenique remonte con Guía triste de París.

domingo, 4 de enero de 2026

Relaciones misericordiosas, por László Krasznahorkai


Relaciones misericordiosas
, de László Krasznahorkai

Editorial Acantilado. 144 páginas. 1ª edición de 1986, esta es de 2023

Traducción de Adan Kovascsics

 

Unos días antes del fallo del Premio Nobel de Literatura 2025, me pasé por dos bibliotecas públicas de Madrid y tomé en préstamo algunos libros de autores que podían ganar el premio Nobel el jueves de esa semana. De este modo, saqué de la biblioteca de Ciudad Lineal Relaciones misericordiosas (1986), el único libro de relatos traducido al español de László Krasznahorkai (Gyula, Hungría, 1954). Tiene otro, titulado en húngaro El mundo sigue de 2013, que aún no ha llegado al público en español de la mano de Adan Kovascsics, que es el traductor de todas sus obras a nuestro idioma.

Tango satánico fue la primera novela de Krasznahorkai y se publicó en 1985. Su siguiente libro publicado fue esta colección de cuentos, Relaciones misericordiosas.

 

Relaciones misericordiosas tiene el subtítulo de Relatos mortales y consta de ocho cuentos. El primero se titula El último barco y en él, desde la primera línea, el lector experimenta una opresiva sensación de amenaza. Una ciudad húngara ha sufrido una guerra, se han ido las tropas regulares y está controlada por un comando especial. Unos sesenta disidentes del régimen (aunque esto no queda muy claro, porque el relato apuesta por la confusión y la sensación de caos) han sido convocados en el puerto para salir del lugar en un derrengado barco. El relato está narrado en primera persona del plural, así que será este narrador colectivo el que nos hable del drama de abandonar la ciudad y también el país a través del Danubio, que parece ser la última salida. El último barco está recorrido por una sensación de fin del mundo y, como se ha comentado tras el Nobel, es una narración apocalíptica. Es muy probable que, en su trasfondo, la narración sea una metáfora del fin de los regímenes comunistas en la Europa del Este, que en la década de 1980, Krasznahorkai podía temer que dieran sus últimos coletazos de un modo violento.

 

Herman, el guardabosques. (Primera versión) trata sobre un guardabosques ya jubilado que recibe el encargo de «arreglar» un bosque abandonado, que está empezando a perjudicar, con sus depredadores, a una zona cercana de caza. Herman se considera a sí mismo como un artista de tender trampas y aceptará la misión. Sin embargo, aunque tiene éxito en su cometido la búsqueda del verdadero sentido de lo que hace empezará a minar su autoconfianza y mirar a los animales que extermina de otra manera. De forma más clara que en otros textos de Krasznahorkai, me ha parecido sentir en este cuento la influencia de Franz Kafka, sobre todo del cuento La guarida, por la idea de la persona sola y acosada que se hace un refugio, pero también hay ecos de otros cuentos como Un artista del hambre. Hacia el final, en su crítica a la sociedad en la que vive, me ha parecido también escuchar la voz de Thomas Bernhard.

Por ahora, tras leer dos cuentos, que suman unas cincuenta páginas, constato que el nivel es muy bueno. En estos relatos también me encuentro con el estilo denso de las novelas que he leído del autor, Tango satánico (1985) y Guerra y guerra (1999), con ese estilo de frases muy larga, cuajadas de subordinadas.

 

En manos del barbero percibo más la influencia del Fiódor Dostoievski de Crimen y castigo. Krasznahorkai ha declarado en alguna entrevista que algunas de sus influencias literarias más claras son Kafka, Bernhard y Dostoievski. En este cuento, un tipo comente un crimen, pensando que un viejo que presume en el bar de su dinero realmente lo tiene y ha de huir. Para tratar de cambiar de aspecto visitará a un barbero, que empezará a comportarse de un modo extraño, entrando de nuevo esta historia en territorio kafkiano.

 

La trampa de Rozi es el cuarto cuento. En él, un hombre que parece un gran trabajador ve un día interrumpida su rutina al percatarse, cuando va a subir al tren, que alguien observa a los demás en la estación. Siguiendo un impulso extraño, decidirá seguir a este hombre, que a su vez sigue a otro, que se sabe observado por este. El punto de vista de la narración –está escrita, en principio en tercera persona y luego pasa a la primera– va pasando de un personaje a otro. En este relato subyace una crítica a los estados totalitarios que vigilan a la población, porque la primera persona perseguida no es capaz de imaginar que se encuentra ante un perturbado, un voyeur, y cree que son sus antiguos camaradas del partido los que le tienen vigilado.

 

Calor, al igual que El último barco, nos traslada a un escenario apocalíptico. La sociedad parece estar derrumbándose y una pareja busca refugio en un edificio abandonado, donde trata de pasar desapercibida en medio de los incendios que sufre su ciudad. «El hombre normal y corriente como yo mismo vive en un peligro constante, quera algo o no quiera nada.», leemos en la página 77. Este cuento está narrado en primera persona y me ha llamado la atención la creación de Krasznahorkai de una voz narrativa ligeramente machista. Es también un gran cuento.

 

Lejos de Bogdanovich es un cuento eminentemente kafkiano. Un hombre de mediana edad entró en una fiesta la noche anterior y ahora, en el tiempo narrativo del relato, huye con un chico joven, que podría ser su hijo, porque este último se metió en una pelea, y quizás (el lector no acaba de averiguarlo), ha habido un asesinato. En la página 99 leemos: «Del hombre que yo era ayer apenas ha quedado nada, que soy todo inverosimilitud y todo angustia.» El narrador siente que ha dejado de pertenecer al mundo al identificarse en la pelea de la noche anterior con el joven Bogdanovich, del que ahora se siente responsable y al que acompaña por la calle. Es este un relato existencia sobre el absurdo del mundo, que, dentro de su planteamiento extraño, funciona a la perfección, moviéndose con gran energía desde su eje angustioso y torcido.

 

En busca de emisoras, el séptimo relato, me ha parecido el más flojo del conjunto, dentro –claro– de un nivel muy alto. En él, un profesor jubilado busca emisoras de radio, y siente que es libre al poder escuchar la radio, ya que, en los otros momentos de su vida, se siente vigilado por su mujer o su comunidad, quienes sospechan que está loco y que puede esconder algún peligro para los demás. Después de la muerte de su mujer, el narrador quiere aislarse del mundo, pero desde el ayuntamiento no dejará de requerir su presencia en diversos actos. De nuevo, nos encontramos aquí con una crítica a los regímenes comunistas y su intromisión en la vida privada de las personas.

 

El último cuento es El final de un oficio. (Segunda versión) y me ha parecido un gran cierre al libro. Un grupo de oficiales viaja con unas mujeres, con las que mantienen relaciones disolutas para la moral de la época, hasta una ciudad de provincia. En esta ciudad se van a encontrar con que la gente vive atemorizada por las acciones contra los ciudadanos que ha tomado un antiguo guardabosques, llamado Herman, que parece haberse vuelto loco. Así que, en este último cuento, Krasznahorkai retoma el universo creado en el segundo, el titulado Herman, el guardabosques, desde otro punto de vista y, quizás, proponiendo un final alternativo al de la primera historia.

 

Como ya he adelantado, Relaciones misericordiosas me ha parecido un gran libro de relatos, con influencias de grandes autores como Kafka, Bernhard y Dostoievski, y con el estilo denso, poético y elaborado de las dos novelas de Krasznahorkai que conozco. Todo el universo del autor sobre la desesperación de la existencia, el absurdo, la inminencia de la destrucción social están ya en estos relatos. Quizás este libro de cuentos, Relaciones misericordiosas, sea una gran puerta de entrada al mundo literario de Krasznahorkai, antes de acercarse a sus novelas.