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domingo, 16 de marzo de 2014

Bahía Blanca, por Martín Kohan

Editorial Anagrama. 276 páginas. 1ª edición de 2012.

La semana pasada, en vez de ir a comer a casa de mis padres el domingo, fui el sábado. Salí más pronto de casa y, a diferencia de mis habituales domingos, al salir del Retiro, antes de entrar en la estación de Atocha, decidí pasarme por los puestos de libros de la Cuesta de Moyano. Con la intención de mirar y no comprar nada: mirar y no comprar nada. Pensaba que desde que empezó este curso académico había conseguido tener bajo control mi adicción a la compra de libros, que no había peligro. Pero a los pocos minutos, cuando sólo llevaba recorrida media Cuesta de Moyano ya había comprado tres (tres libros, consideraba, que no podían quedarse allí, a merced del viento y las palomas), sentí casi miedo: ¿si completaba el recorrido de los puestos acabaría con seis, después de prometerme a mí mismo no comprar libros para acumularlos? Lo dejé, salí de la fila, medio contento por mi compra y medio culpable por haber tenido una recaída en mi vieja adicción.
Uno de los libros que no podía dejar allí –nuevo y al precio de cinco euros– era Bahía Blanca, la última novela de Martín Kohan (Buenos Aires, 1967). De Kohan ya había leído Ciencias morales, la novela ganadora del premio Herralde de 2007, y Cuentas pendientes (2010). De esta última, hay reseña en el blog (ver AQUÍ). Estuve pensando comprar Bahía Blanca cuando salió en 2012, pero al final la dejé pasar; hasta el sábado comentado.

Bahía Blanca está narrada por el profesor universitario de literatura Mario Novoa (conoceremos su nombre bien avanzada la novela), en una suerte de diario que acaba por no ser en realidad un diario. El narrador nunca hace un comentario sobre una supuesta escritura y, en más de una ocasión, entre dos cortes en la narración, marcados por una fecha –en el mismo día, por ejemplo–, por lo contado el lector puede deducir que el narrador no ha tenido posibilidad física de sentarse a escribir el supuesto diario que leemos. Así que, aunque el texto esté dividido por fechas (sobre todo al principio), más bien parece reflejar el flujo de conciencia del narrador que una escritura reflexiva sobre su día a día.

Los juegos constructivos que lleva a cabo Kohan con los narradores en las tres novelas que he leído de él son destacables. El lector nunca debe fiarse demasiado del narrador de una novela de Martín Kohan: puede que tenga que hacer una segunda lectura que reinterprete lo que de verdad siente la narradora sobre los hechos de los que forma parte, como ocurría en Ciencias morales; o puede que el narrador nos esté mostrando la vida que imagina de un personaje y luego, a mitad de novela, nos deje ver que él en realidad no es un narrador omnisciente (Cuentas pendientes); o bien, como ocurre en Bahía Blanca, acabaremos descubriendo que lo que nos cuenta el narrador, al menos durante las primeras cien páginas del libro, es precisamente aquello que le hace olvidar lo que de verdad le importa, lo que de verdad le obsesiona, lo que de verdad constituye el tema central de la novela.
En la contraportada del libro se asegura que ésta es una historia de amor. Tras leer el libro creo que hubiese preferido acercarme a Bahía Blanca sin saber nada sobre lo que me iba a encontrar. Habría sido una lectura más rica partir desde el puro desconcierto. Pero ya estaba avisado de que ésta era una historia de amor; y si uno no debe fiarse de un narrador de Martín Kohan, es posible que tampoco deba fiarse de las contraportadas de un libro de Anagrama, porque Bahía Blanca, más que un libro de amor, es un libro sobre una obsesión. Y el lector será consciente de ello una vez que lleve leído al menos un tercio de la novela.
“Ninguna persona que yo conozca ha dicho jamás nada bueno de Bahía Blanca, y fue por eso que la elegí como destino”. Ésta es la primera frase de la novela. El protagonista pide en la universidad donde trabaja el traslado a Bahía Blanca durante un mes para –supuestamente– investigar la vida del escritor Ezequiel Martínez Estrada, oriundo del lugar, y experto en el arte de cambiar de tema; un arte que al narrador le gustaría dominar, ya que, como vamos descubriendo según avanzamos en nuestra lectura, hay algo que está presente en estas páginas de forma implícita, pero que sólo se empieza a entrever a partir de la página 74, cuando se nombra por primera vez a Patricia. El lector, ya advertido por el resumen de la contraportada, sabe que esta mujer tiene que tener mucha importancia en la trama (como así será).

Como ocurría en Cuentas pendientes, en Bahía Blanca acaba pareciendo que en realidad hay dos novelas, o al menos dos partes en la novela muy diferenciadas: la parte en la que el narrador se encuentra en Bahía Blanca intentando olvidar lo que le angustia, y aquella en la que ha regresado a Buenos Aires y el lector le acompaña en una inmersión profunda en sus obsesiones, ahora ya sí explícitas y no implícitas.
Lo cierto es que se compaginan bien ambas partes. El lector siempre siente el peso de la historia que se le está ocultando cuando lee sobre la estancia del protagonista en Bahía Blanca y le acompaña en sus pequeños vagabundeos y descubrimientos sabiendo que, en cualquier momento, la aparente calma del relato se va a ver alterada (y esta tensión dramática está representada en la historia por un sueño recurrente en el que el protagonista ha de enfrentarse a un león o es perseguido por él).
Cuando el narrador regresa a Buenos Aires (tras un encuentro casual con alguien de la capital, que le sirve al lector para saber definitivamente qué es lo que está en juego en esta novela), en algún momento, al recordar lo leído, parece que lo que tuvo lugar en Bahía Blanca forma parte de otra novela, y es que la trama no avanza a partir de ahí, sino que esa parte negaba o tapaba la trama principal. Y esto, que podría ser un defecto en un escritor de menor talento, hace que la novela de Kohan crezca en profundidad; porque tras haber leído poco más de doscientas páginas la sensación es la de haber leído una novela bastante más larga.

El estilo de Martín Kohan está muy trabajado, y gusta de recrearse en la frase larga y de construcción un tanto retorcida. En el uso de un vocabulario no demasiado usual me ha traído a la mente la escritura de Antonio Di Benedetto. Esto ocurrió de forma poderosa al leer en la página 10 el verbo “semblantear”, que tanto me recordó al “enrostrar” de Di Benedetto.

Ciencias morales y Cuentas pendientes me gustaron, me pareció que mostraban a un escritor poderoso de la nueva narrativa hispanoamericana; un escritor en principio muy frío, cerebral, pero que, desde la aparente apatía, ensimismamiento o distanciamiento de la realidad de sus personajes, conseguía crear mundos cargados de símbolos que indagaban sin miedo en la condición humana. Y Bahía Blanca me ha gustado también porque mantiene un nivel bastante unitario con las dos anteriores, pero las acaba superando. Se trata de una novela que, de forma dostoyevskiana, indaga en la condición humana con un interés cada vez mayor por descubrir su desenlace.

Una novela incómoda, triste, honda, gélida y hermosa.

sábado, 8 de mayo de 2010

Cuentas pendientes, por Martín Kohan


Editorial Anagrama. 177 páginas. Primera edición de 2010.

De Martín Kohan leí en 2007 Ciencias Morales, novela galardonada con el premio Herralde de ese año. Me resultó interesante la reflexión que hacía sobre las secuelas de la dictadura en Argentina, desde la perspectiva de una joven que se encarga de vigilar la disciplina de los alumnos en un colegio de carácter militar. El lenguaje austero reflejaba la personalidad constreñida de la protagonista, su tendencia a un orden obsesivo y enumerativo de una realidad que no osa cuestionarse.

El domingo atravesé el Retiro para tomar el tren en Atocha y comer en casa de mis padres. Sucumbí a echar un vistazo a las mesas con libros expuestos en la cuesta de Moyano, aunque no tenía intención de comprar ninguno (de hecho, llevaba uno en una bolsa para empezar a leerlo en el tren). Pero dio la casualidad de que me encontré con esta novela de Martín Kohan, Cuentas pendientes, que salió en marzo de este año y estaba a mitad de precio y sin ningún deterioro. Sé, por otras veces, que este puesto en concreto vende novedades a mitad de precio porque se las pasan a ellos algunos críticos de periódicos que se deshacen de los libros según los despachan. Y justo antes de salir de mi nueva casa, camino del Retiro, había hojeado El cultural (suplemento del periódico El mundo) de hace unas semanas y, de pie, había leído una crítica positiva de este libro. (Es posible que el crítico y yo hayamos leído el mismo ejemplar, él sin pagar y yo a mitad de precio).

El caso es que tras unos instantes de vacilación -de por medio mi disgusto ante el atasco interminable de libros en la sección de inleídos de mi biblioteca y por otro la satisfacción consumista de adquirir un nuevo ejemplar a mitad de precio)-, me hice con él, y lo comencé a leer en el andén de Atocha, esperando al cercanías.

En Cuentas pendientes Kohan nos presenta a Lito Giménez, de casi ochenta años, un militar jubilado que vive solo, aunque su ex mujer y su ex suegra (casi centenaria) viven tres pisos por encima de él, que lo hace en el bajo. De vez en cuando ellas requieren su ayuda, o se reúnen todos en el tercero para fingir una idea de matrimonio convencional ante las visitas de la hija de ambos.

La novela empieza con un ligero tono sarcástico en torno a los accidentes domésticos de Giménez, y sus pequeñas tragedias, como la basura que no deja de caer a su diminuto patio interior desde los demás pisos del edificio.

Giménez, además de con su ex mujer, ex suegra e hija, se relaciona muy superficialmente con el portero del edificio, el camarero de un bar cercano, con una prostituta derrengada, con el temido Dueño de la casa -al que debe ya cuatro meses de alquiler- y con Vilanova, un militar también jubilado de más alta graduación que él. Vilanova encarga a Giménez pequeñas pesquisas en los periódicos en busca de determinadas marcas de coches de segunda mano. Por esta actividad, Giménez recibe un dinero que entendemos como turbio.
Y a través de esta vida solitaria y anodina, cargada de una minuciosa descripción acumulativa de pequeñas tragedias y mezquindades -problemas digestivos, compras en el supermercado de los artículos más baratos…- el lector va atisbando el pasado ominoso de la dictadura en Argentina. Sabemos, casi de pasada, que Giménez le debe a Vilanova el gran favor de haberle hecho padre al entregarle una niña (su hija) proveniente de una madre desaparecida. La moralidad de ambos ex militares sólo se altera ante el incremento de la delincuencia en el país y las movilizaciones de los jóvenes que no saben mirar hacia el futuro y sólo revuelven en el pasado.

El estilo es enumerativo, trabajado en su parquedad, eficiente.

Quizás al avanzar por las páginas de la novela tenía la sensación de que Kohan había conseguido crear un personaje interesante, Lito Giménez, pero no alcanzaba a darle movimiento. Es decir, una cosa es dibujar con precisión a Don Quijote y a Sancho y dejarlos en su estancia, y otra distinta, y más valiosa, es lanzarlos al mundo, en busca de una peripecia, de una lucha contra molinos o gigantes…
Las páginas avanzaban y la salida al mundo de Lito no llegaba; hasta la página 122, donde la construcción literaria se fractura y gana en profundidad, pues aquí es cuando descubrimos quién es el narrador de la historia, quien empezó en la página 9 a imaginar la vida del personaje: “Tengo para mí que Giménez, tarde en la noche (…)”. Prefiero no revelar quién es, aunque en la crítica de El cultural lo señalaban y eso me chafó parte de la sorpresa, del interesante giro constructivo.

Ciencias morales me parece un libro más valioso, pero Cuentas Pendientes es una novela meritoria de la nueva narrativa argentina.

(p.d. me estoy dando cuenta de que leo los libros de Argentina como si fueran la literatura de mi país. El otro día se me escapó en una conversación una construcción lingüística argentina en vez de española. Creo que sólo yo me di cuenta.)