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domingo, 30 de julio de 2017

Resort, por Juan Carlos Márquez

Editorial Salto de Página. 122 páginas. 1ª edición de 2017.

De Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) había leído hasta ahora tres libros: dos de relatos, los titulados Llenad la tierra (2010) y Norteamérica profunda (2008), y la novela Los últimos (2014). Márquez ha estado, durante unos meses, colgando en Facebook fragmentos de su nueva novela, Resort y, por tanto, ya conocía un poco cómo iba a ser antes de que apareciera en el mercado. Tengo buena relación con Pablo Mazo, el editor de Salto de Página, y tras ver el libro ya editado en la presentación de Ya no estaremos aquí de Matías Candeira, quedamos en que me lo enviaría para que lo leyese y reseñase. Un sábado al mediodía tomé algo con Pablo Mazo en la Feria del Libro de Madrid y le acompañé a las oficinas de la editorial, donde debía coger unos libros para llevarlos a la Feria, y ya de paso me llevé mi ejemplar de Resort a casa. El libro se encontraba, dentro de un sobre, en una pila de ejemplares de prensa. No tener que esperar al cartero, me permitió acercarme al día siguiente, domingo, de nuevo a la Feria para que Juan Carlos Márquez me pudiera dedicar el libro. Si en mi ejemplar de Los últimos me dibujó una nave espacial esta vez he podido leer Resort con una sombrilla, unas palas y un cubo dibujados por el autor.

Si Los últimos era una novela de ciencia-ficción, con algunos toques de serie B y de cómic, bastante minimalista, Márquez vuelve en Resort a escribir otra novela corta. En cierto modo, parece que se ha propuesto trasladar las premisas de la escritura de relatos a las de la novela, adelgazando sus propuestos hasta llevarlas a su esencia narrativa. He visto más de un estado de Facebook, donde alguien enlazaba a Márquez, junto con una foto de Resort, para comentarle que había leído su libro, destacando la idea de haberlo hecho de un tirón. Efectivamente Resort es una novela para leerla de un tirón; aunque yo, por diversas circunstancias logísticas, tuve que terminarla en dos tirones.

El lector de la novela, al abrir el libro, se acerca a una familia media española en el momento exacto en el que los progenitores reciben dos llaves al llegar a la recepción del hotel de veraneo. La imagen no es casual («Coge las dos tarjetas llave que le ofrece la recepcionista y le entrega una a su mujer.», página 9), los personajes están atravesando un umbral, el que va de sus vidas cotidianas al supuesto placer de la vacaciones en un hotel, o en un «resort» vacacional en una playa de España, a quinientos kilómetros de su rutina.
Son dos los motivos narrativos que se entrecruzan en este libro: Por un lado tenemos una crítica de costumbres de las clases medias españolas de vacaciones en un hotel familiar; y por otro una investigación policiaca, puesto que en el hotel al que han acudido los protagonistas de la novela pronto desaparece un niño alemán y la policía ha infiltrado a agentes entre los veraneantes para tratar de encontrar alguna pista.

Márquez designa a su familia protagonista con los nombres genéricos de «el hombre», «la mujer» y «el hijo». De esta forma, el pequeño núcleo familiar pasa a ser un arquetípico dentro de su ácida crítica de costumbres (este juego con las denominaciones da pie a leer alguna expresión un tanto forzada: «El hijo del hombre y la mujer permanece ajeno (…)», leemos en la página 25.

A la principal pareja de policías jóvenes, infiltrados en el hotel, también se les hurta el nombre y, cuando no son «el policía» o «la policía», son designados por los seudónimos que les otorga su jefe para la misión, que son «Lactante» para él y «Darth Vader» para ella.
En realidad, el único que tiene en Resport un nombre propio es el personaje ausente, el niño alemán desaparecido Bingham Waas.

En capítulos cortos, de escritura concisa ‒aunque con más de un destello metafórico‒, Márquez clava las garras de su ironía sobre la comida del hotel (intercambiable entre unos y otros), o sobre el afán de propietarios que tienen los veraneantes al delimitar su territorio en la playa, o con toallas sobre las tumbonas de la piscina.
Para los jóvenes policías, Márquez deja la tentación del deseo furtivo en los hoteles; sobre todo por parte de «Lactante» que acaba de ser padre y, en los escasos días que constituyen el tiempo narrativo de la novela, encuentra más atractiva a su compañera de trabajo que a su mujer.
No faltan tampoco las bromas sobre las insustanciales noticias de los telediarios en verano (en este caso sobre una granizada en un pueblo).
Los capítulos de Resort son cortos; en muchos casos, sus frases también. De hecho, en más de un caso, se omite de ellas el verbo y se separan frases que, en principio, parecía que necesitaban comas: «Un mar en calma. Estancado. Una gran bañera de olas moribundas, muy separadas.», leemos en la página 14. Todo esto trasmite una sensación de rapidez a la lectura. Las metáforas insisten en crear un ambiente sarcástico ante la supuesta felicidad de las vacaciones: «Hay que dirigir el chorro de la ducha hacia la arena, esa sedimentación del día de playa. La alcachofa a pocos centímetros. Guiar la arena como se guía a los soldados prisioneros, a culatazos, con apremio, hasta el agujero.» (pág. 15) o bien «El niño va corriendo hasta el límite entre la arena y el mar y se queda quieto un momento, mirando el agua. Con un poco de quietud acaso y muchas ganas de entrar. Como un inmigrante ante una frontera.» (pág. 14)


La novela está narrada en tercera persona, y los capítulos sobre la familia y la pareja de policías se van alternando. Mediante el recurso del estilo indirecto libre, el lector se acerca más a la visión masculina de las situaciones (puntos de vista de «el hombre» y «Lactante») que a la femenina.
La familia intenta disfrutar de las vacaciones, aunque «el hombre» tiene que hacer esfuerzos por no enfadarse con los otros veraneantes o con las situaciones que se dan en el resort y que considera injustas. Esto hará que una violencia subterránea, cuyas raíces posiblemente se encuentren en la vida cotidiana que «el hombre» ha dejado a quinientos kilómetros, vaya macerándose hasta acabar apareciendo en la superficie del relato.
Además de esta violencia, que retrata nuestra vulgaridad de ciudadanos medios, en la novela se insinúa otra violencia más preocupante: ¿qué ha pasado con el niño alemán Bingham Waas? La policía ha infiltrado a agentes en el hotel y nadie puede abandonarlo durante las setenta y dos horas que siguen a la desaparición del niño. Los veraneantes pueden entrar y salir del complejo hotelero, pero no pueden volver a sus casas hasta que no transcurra ese tiempo. Los policías parecen desorientados, no hay pistas del niño y el suceso está a punto de saltar a los telediarios alemanes y españoles, lo que puede estropear la temporada turística del país.
Pese a que una de sus líneas argumentales es la policial, en realidad en Resort prima la crítica de costumbres sobre el thriller.

Le pregunté a Pablo Mazo, el editor de Salto de Página, si era una buena idea sacar esta última novela de Juan Carlos Márquez tan cerca del verano, cuando sé que muchas editoriales esperan a septiembre-octubre para comenzar el nuevo curso y hacer aparecer sus novedades. Él me contestó que Resort es una novela que, precisamente, había que lanzar justo antes del verano. Ahora que ya la he leído, cobran para mí relevancia sus palabras. Juan Carlos Márquez ha escrito una ácida novela corta sobre la familia media española, con niño pequeño, en un complejo hotelero de la costa, un escenario reconocible por todos. La crítica de costumbres, principal motivo de la novela,  queda rebajada con la escusa narrativa de un policial difuso. Una novela breve para leer de un tirón y pasar un buen rato «a la sombra con un granizado», como me escribió Márquez en la dedicatoria que me firmó en la Feria del Libro de Madrid. Una novela irónica sobre «El verano y las apariencias. El querer ser felices. El querer dejarse engañar porque es la única manera de ser felices.» (pág. 18)



domingo, 16 de noviembre de 2014

Los últimos, por Juan Carlos Márquez

Editorial Salto de Página. 179 páginas. 1ª edición de 2014.

Hasta ahora había leído dos libros de relatos de Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967), Llenad la Tierra y Norteamérica profunda, y sentía curiosidad por esta novela, Los últimos. Su editor, Pablo Mazo, tuvo la amabilidad de enviármela a casa.
Salto de Página es una editorial que apuesta fuertemente por la narrativa de género (fantástico, ciencia ficción, terror, novela negra…); y en los últimos años parece haberse especializado además en la variante apocalíptica de la ciencia ficción. Dentro de este subgénero ha publicado libros como Plop de Rafael Pinedo, El año del desierto de Pedro Mairal, Últimos días en el Puesto del Este de Cristina Fallarás o Cenital de Emilio Bueso. Y ahora aparece Los Últimos, un libro que encaja a la perfección con el catálogo de Salto de Página, pues Juan Carlos Márquez se acerca en él a la ciencia ficción apocalíptica, pero también al género fantástico y al terror.

En las dos páginas que constituyen el Preámbulo del libro descubrimos que la destrucción del mundo duró exactamente siete días (existe un pequeño juego bíblico en Los últimos, con el génesis de un mundo nuevo). Algo indeterminado (un desastre nuclear, tal vez) y a lo que se llama el “fogonazo” o el “resplandor amarillo” mata a todas las personas que no se encuentran bajo techo, y casi toda la vida irá muriendo en los seis días siguientes; hasta que la oscuridad cae sobre la Tierra.

En la narración en primera persona que constituye el cuerpo de la novela, tras el breve Preámbulo, nos adentramos en el diario de Adam Crowley, superviviente de treinta y ocho años (aunque el nombre y la edad no la conocemos hasta que no esté bien avanzada la historia), quien ha decidido levantar testimonio de la vida (o lo que queda de ella) después del fogonazo.
Como ya hizo en los cuentos de Norteamérica profunda, Márquez decide situar su narración en Norteamérica, y construye su novela con unos personajes norteamericanos con los que un lector español se encuentra de sobra familiarizado gracias a la literatura, el cine o las series de televisión. Personajes que viven en casas con jardín, sueñan con llevar a sus hijos a Disney Word, y de forma nostálgica recuerdan sus vacaciones en Nueva York. Una nostalgia de Manhattan que casi cualquier ciudadano del mundo occidental podría reconocer.
Esto hace que un lector español se adentre en las páginas de Los Últimos como si estuviera leyendo la traducción de una novela norteamericana. Una decisión coherente con el homenaje (o parodia) de géneros literarios que, en gran medida, realiza Márquez en este libro y que su lector –al igual que él- casi siempre ha conocido gracias a la cultura anglosajona.

Adam ha sobrevivido al fogonazo junto a su mujer Eve y su hijo Benjamin. Pronto adoptarán al hijo de una vecina, Balthasar; y según la situación empiece a descontrolarse cada vez más, se unirán a algunos de sus vecinos: Anaïs y Buttercap. Los acontecimientos no tardarán en precipitarse.

Lo cierto es que me acerqué a Los últimos esperando leer una novela de supervivencia en un mundo apocalíptico; una versión española de La carretera de Cormac McCarthy, tal vez. Pero, gratamente, Márquez, conocedor de los recientes referentes literarios que el lector que tome su novela podría tener en mente, comenzando con un planteamiento que podría ser similar al de La carretera ha decidido hacer transitar su novela por nuevos territorios, que en gran medida son un pastiche posmoderno de la narrativa de ciencia ficción, fantástica y de terror del mundo norteamericano de los años 50-70 del siglo XX, y que además (aunque pueda resultar paradójico) también se acerca a los planteamientos de algunas de las últimas series televisivas de moda; Los últimos podría funcionar -sobre todo y sólo en parte- como parodia de The Walking Dead, con sus humanos mutados en bestias peludas dedicadas a devorar humanos u otros mutantes (resultando así estos monstruos más democráticos en sus apetitos que los zombis de The Walking Dead).

Escenas de ciencia ficción, terroríficas, fantásticas… que en casi todo momento uno lee con una sonrisa, ya que es ésta una novela escrita con orgullo de serie B, donde, como en el cine o la literatura de serie B, las explicaciones científicas huelen a parodia: la explicación científica no tiene más validez aquí que una explicación fantástica de los sucesos propuestos, como podrían hacer los escritores de la ciencia ficción soft en los años 60 del siglo XX; por ejemplo, como podría hacer Samuel R. Delany (y me anoto aquí el punto exquisito de sacar una referencia que no creo que Márquez o Mazo se encuentren en otras reseñas de este libro). Pero en Márquez la explicación científica de por qué una parte de la humanidad sobreviviente al fogonazo se ha transformado en mutantes resulta más divertida (al leerse como parodia de género) que al leer las explicaciones científicas soft de, por ejemplo, La balada de Beta-2 de Delany, que no son irónicas.

Pero Los últimos no se queda en una novela posapocalíptica, como la que esperaba leer al acercarme al libro, ya que se acaba convirtiendo, en su segunda parte, en una novela de ciencia ficción más clásica al trasladar sus escenarios a Marte.

Además de las explicaciones científico-paródicas de la realidad acontecida, Márquez también juega a un fantástico más puro, con sucesos que dejará sin explicación.

La novela se organiza en capítulo normalmente muy cortos, que muestran escenas claves de la forma en que evoluciona la relación entre los personajes, y elude en más de un momento las escenas que podríamos denominar “de acción” o “de enfrentamiento”. El lenguaje de la novela es austero, directo; pero sobre esta sobriedad, Márquez dibuja imágenes realmente poderosas (montañas de huesos, ríos de gusanos blancos…); y es esta poética del horror lo que acaba convirtiéndose en uno de los mayores logros de Los últimos.

En definitiva, Los últimos es una novela que va más allá del genero apocalíptico, ya que su aparente planteamiento de ciencia ficción realista pronto se deshace a favor de una narración más libre e imaginativa, que homenajea y parodia a la literatura y el cine de serie B, con profusión de escenas fantásticas y terroríficas (que no dejan de tener un cierto aire cómico, un aire de aventura descontrolada y gamberra), con más de un personaje paródico por su explotación del cliclé (el científico enclenque y ensimismado, el militar decidido y sentimental); pero con multitud de giros inesperados, que llevan al lector a desear pasar de forma rápida sus páginas. Un libro muy divertido, lo peor de él (al igual que me ocurrió con América profunda) es que se me ha hecho corto; y esto siempre lo considero una buena señal.

Nota: el viernes 17 de octubre, después de haber leído el libro y escrito su reseña, acudí a la presentación que tuvo lugar en Tipos Infames, y que fue llevada a cabo por el autor, acompañado por Antonio Romar –presentador- y Pablo Mazo –editor-.
Fue una presentación divertida y dinámica. Coincidí con Romar en más de una apreciación, y él me hizo ver algún elemento nuevo, como la tendencia artística de los mutantes. Después fue muy grato conversar sobre ciencia ficción –Stanilaw Lem, Philip K. Dick o Ray Bradbury- con Antonio Romar, Juan Gracia Armendáriz, Juan Gómez Bárcena, Pablo Mazo, Julia Martínez, Juan Carlos Márquez y otras personas de las que no recuerdo el nombre. Tengo que volver más a la ciencia ficción, me dije, al género de mi adolescencia.


domingo, 13 de enero de 2013

Norteamérica profunda, por Juan Carlos Márquez


Editorial Salto de Página. 95 páginas. 1ª edición de 2008, ésta de 2012.
Prólogo de Jon Bilbao.

En diciembre de 2012 Pablo Mazo, editor de Salto de Página, me escribió un correo comentándome que a Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) y a él les apetecería enviarme Norteamérica profunda para que lo comentara en el blog. Yo recordaba la portada de ese libro editado hace algunos años por otra editorial y supuse que Salto de página había decidido reeditarlo. Como me resultó bastante interesante el conjunto de relatos de Márquez Llenad la Tierra (reseña AQUÍ) y los libros de Salto de Página me parecen muy fiables, le contesté que sí, que me enviaran el libro.

Con Norteamérica profunda acabé y empecé el año; contiene cinco relatos, y leí cuatro en Nochevieja y el quinto en Año Nuevo (ésta es una de las ventajas de decidir dejar de salir en Nochevieja: al día siguiente puedes leer).

Si bien muchos escritores en nuestra lengua, españoles como Jon Bilbao –el prologuista del libro– o chilenos como Marcelo Lillo, han leído con profusión a los escritores de relatos norteamericanos (Raymond Carver, John Cheever, Tobias Wolff, Sherwood Anderson...) y los han asimilado como influencias claras en sus poéticas cuentísticas, el juego que propone Juan Carlos Márquez en este libro va más allá: no pretende escribir un libro de relatos asumiendo que es un escritor de una tradición foránea que recrea las formas norteamericanas pero acercándolas a contextos geográficos o humanos conocidos por él, sino que se plantea escribir un libro de relatos norteamericano como si él fuese un escritor norteamericano, con personajes norteamericanos, en ciudades norteamericanas, etc.
El resultado es plenamente creíble pero, como comentaré a continuación, Norteamérica profunda no deja de ser un libro de relatos norteamericano escrito por un español, que además de conocer perfectamente la tradición con la que se mimetiza también plantea algunos distanciamientos irónicos de ella y dedica más de un guiño al lector español mediante la ironía y la complicidad cultural de saber que nosotros (los lectores) sabemos cómo es la Norteamérica que Márquez conoce: la misma que la nuestra, filtrada a través de los mismos libros, las mismas series o películas, la misma música...

Además no sólo cambia Márquez de tradición literaria para escribir este libro, sino que además lo hace, en más de una ocasión, de época. Así, el primer relato, Delawere, nos acerca a los primeros colonos y a sus problemas con los indios; un cuento narrado por un adolescente que se cierra con una bellísima y reveladora imagen final. Un relato que en su primera frase nos habla de yardas y no de metros, marcando los derroteros lingüísticos por los que circula la escritura de estos relatos.

El segundo cuento, Memphis, narrado en tercera persona, nos acerca a una historia carcelaria, cuyo tiempo narrativo se sitúa tras la Segunda Guerra Mundial. Me llama la atención el cambio de registro respecto al primer cuento: ahora Márquez elige un tono antipoético y crudo, de frases más cortas y afiladas. Por ejemplo, leemos en la página 29: “Lluvia de barro. Toda esa mierda”, o “Habían servido juntos en la guerra. Se había salvado el culo en más de una ocasión”, en la página 30.
Tras este comienzo, que imita a las traducciones españoles de libros carcelarios norteamericanos, con su jerga traducida, en la página 31 el autor introduce lo que antes he denominado guiños al lector español: Así escribe: “Los emparedados de crema de cacahuete”. Quiero centrarme en esa palabra, emparedados: ningún traductor español del inglés va a traducir sándwich como emparedad;  esta palabra que no se usa nunca en España, los españoles de más de 30 años la recordamos por los dibujos animados norteamericanos doblados por puertorriqueños o mexicanos, que veíamos en la televisión de los años 80. Leo emparedados y pienso en Popeye; como imagino que le ocurre a Márquez, y estos han sido los filtros a través de los cuales nos llega la Norteamérica que los dos tenemos en la cabeza, asimilada ya como propia.
En la misma página 31 leemos: “Y cada mochuelo volvió a su olivo”, expresión que no puede ser más española.
Y tras la sonrisa que me producen estos juegos lingüísticos, Memphis avanza con el ritmo propio de un gran relato, con un trabajado cierre epifánico.

El tercero, Bloomington, narrado por un adolescente neoyorquino trasladado al campo, parece un homenaje a Tobias Wolff. Y aunque la recreación de la Norteamérica rural y su psicología adolescente me parecen muy bien trazadas, sigue habiendo guiños al lector español; así, en la página 48 se habla de “revistas de destape”, un término muy propio de un español nacido en los 60. En este cuento se habla también de “urracas”, un pájaro que creo que no había oído nombrar a ningún escritor norteamericano; pero lo acabo de buscar en internet: este pájaro, para mí tan mediterráneo, también vive en el Oeste norteamericano.
De nuevo otro gran cuento con un emocionante final.

Es posible que el siguiente, Saint-Raphaël, por ser el más osado sea el que me ha pareció mejor de todos. En él, Márquez se propone superar un nuevo grado de dificultad: escribir un relato como si fuese un escritor norteamericano que intentase pasar por europeo, y aun hablando de personajes norteamericanos sitúa la acción en Europa. El narrador, un noble decadente, parece una creación de Henry James o de Edith Wharton, o incluso de un Scott Fitzgerald que no alcanzase a comprender qué diferencia a los ricos o a los nobles del resto de los mortales.

Y el quinto, Churchill, está narrado por un bateador profesional que realiza un viaje al Norte para contemplar la aurora boreal junto a su novia enferma de cáncer.
En este cuento, como en todo el conjunto en realidad, me ha llamado la atención la capacidad de Márquez para recrear detalles (geográficos, humanos, locales...); así, escribe en la página 83: “Podía batear una bola franca a más de cien millas por hora”, y me percato del trabajo que lleva crear una labrada miniatura como es cada uno de estos cuentos, el tiempo que hay que dedicar a investigar un deporte como el béisbol para acabar escribiendo dos palabras de lo aprendido, “bola franca”.

Norteamérica profunda me ha gustado más que Llenad la Tierra, porque en este último libro se mezclaban tipos muy diferentes de relatos; y algunos demasiado surrealistas o absurdos generaban una excesiva sensación de extrañeza. Norteamérica profunda me parece un conjunto de relatos muy compacto, muy original en su planteamiento, puesto que el deseo de absorción de otra tradición queda superado por el juego irónico que se establece con el lector; y cada relato es una pieza lograda con gran capacidad para emocionar y sugerir, al estilo de los grandes cuentistas norteamericanos. Si puedo achacar algún problema a este libro es el de hacerse corto; con gusto hubiera leído unos cuantos relatos más de este nivel.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Llenad la Tierra, por Juan Carlos Márquez

Editorial Menoscuarto. 161 páginas. 1ª edición de 2010.

El último viernes me pasé por la librería Tres rosas amarillas situada en la calle Vicente Ferrer de Madrid. Una librería dedicada casi en exclusiva a los libros de cuentos, un lugar en el que siempre se puede conversar con el librero, José Luis, comentar libros y aceptar y ofrecer recomendaciones; como puede verse, un lugar estupendo.
Además los viernes, a las 9 de la noche, se lleva a cabo lo que el librero ha bautizado como “cata de cuentos”: él selecciona un cuento, lo fotocopia y entrega las copias a los concurrentes sentados en sillas plegables. Él lee el texto en voz alta sin anunciarse quién es el autor, y después se abre un coloquio. Al final hice tiempo tomando un café y una porción de tarta en un bar y me quedé a la cata a pesar del frío que hacía. Fue divertido conversar con desconocidos de un cuento que desde el primer párrafo sabía que era de Alice Munro.
Además, tras hojear la mitad de los libros de la tienda, me llevé conmigo una novedad: Llenad la tierra de Juan Carlos Márquez, casi recién salido del horno de la imprenta. Este jueves, 9 de diciembre, será su presentación en Tres rosas amarillas. Espero que me dé tiempo a acudir.

Me había encontrado con el bilbaíno Márquez en Internet en varias ocasiones, en espacios vinculados al relato. Por dos veces ha sido finalista del premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en ese año, y ha sido seleccionado para diversas antologías. Leí su cuento Carniceros, prostitutas (otra vez) y tenientes en la antología de Menoscuarto, Siglo XXI. No fue de los 10 cuentos que destaqué, pero no porque no me hubiese gustado, sino, más bien, porque me gustaron muchos cuentos de esa antología y acabé destacando otros.

Hay un primer tema que me ha llamado la atención al leer Llenad la Tierra: si uno se acerca a un libro de cuentos de un norteamericano, por ejemplo de Raymond Carver, o de Tobias Wolff, se encontrará con un conjunto de relatos bastante homogéneo. El autor emplea enfoques diferentes, pero se aproxima a un material de forma similar en casi todas sus composiciones. Lo mismo ocurre si leemos, por ejemplo, un libro de Felisberto Hernández o de Julio Cortázar: la aparente realidad quedará pronto trastocada por algún elemento fantástico o irreal.
Al leer a Juan Carlos Márquez, en cambio, nos encontramos con relatos enteramente realistas (en apariencia), con relatos neofantásticos, surrealistas, absurdos, macabros… los enfoques son múltiples, y la necesidad de experimentar nuevas formas y de romper las propias convicciones sobre el relato parecen ser constantes.
Construir este tipo de libros tiene un riesgo: si uno admira, por ejemplo, a Carver, es raro que un cuento le decepcione; ya sabe, con bastante seguridad, lo que puede encontrar en sus libros y lo que ha ido a buscar en ellos. Si el autor cambia su enfoque y el tipo de relatos en cada nueva composición, el gusto del lector se ve continuamente forzado a recomponerse, a descubrir si estamos ante unas páginas fantásticas, realistas... y esto puede chocar con sus gustos y expectativas.
Después de acabar Llenad la Tierra, el balance final del experimento lo considero positivo; aunque por supuesto, ante propuestas tan dispares mi entusiasmo como lector haya sido colmado más en unos casos que en otros.

Destacaría dos piezas, de características similares, seguramente de lo más realista del libro, que se han convertido en mis favoritas: Belgrado 1976 y Las preposiciones de Blint.
Belgrado 1976 es un cuento realista narrado por el portero de la selección de la RDA poco antes de un partido decisivo ante Checoslovaquia. Me ha recordado a los cuentos de Roberto Bolaño, por su capacidad de fabular, y conseguir recrear los pensamientos de personajes ajenos a la cultura y la época del autor.
Las preposiciones de Blint parece ambientado en Alemania, o en una Alemania fantasmagórica, y trata de un profesor que cura la fobia de un adolescente que ha visto cómo su pueblo era sumergido bajo el agua para construir una presa. Muy imaginativo y de final muy sugerente.

Destaco también el cuento La vida discontinua. Los hechos son realistas, pero no del todo las situaciones. Este cuento contiene una frase que bien podría ser una poética para Juan Carlos Márquez: “hay anomalías que, con la mera repetición, terminan convirtiéndose en normalidades” (pág. 74)

Me ha parecido muy logrado también el primer cuento: El corazón de mi padre. Que podría englobar en el género neofantástico: un suceso surrealista marca el texto, el padre pierde su corazón al inclinarse para atarse los zapatos, lo toma en la mano, y luego la familia lo va cambiando de recipiente según va creciendo fuera del cuerpo paterno. En este cuento el costumbrismo de una familia media es contado a través de un hecho absurdo, con bastante sentido del humor.

Me ha gustado también bastante el cuento más extenso -20 páginas- Hacer lo necesario. Los hechos que se narran son realistas, pero las situaciones se van volviendo inverosímiles, al estilo de Felisberto Hernández.

Hay cuentos de carácter más realista, donde un personaje evoca su vida, que me han recordado a las composiciones de Quim Monzó o Sergi Pamies. Estoy hablando de cuentos como Llegado el momento, en el que un asesino de avanzada edad evoca su pasado, o Un relieve verdoso, donde se presupone la vida de un naufrago.

Por supuesto Márquez no descarta el poder onírico de los sueños en sus composiciones (de hecho, casi todo su realismo también tiene un poso onírico), en esta tendencia se encuentra Papá, mírame.

Dentro de la búsqueda de Márquez, hay cuentos que parecen puras indagaciones del lenguaje, como El progreso, donde las asociaciones de ideas me han recordado a la escritura enfebrecida de William S. Burroughs en El almuerzo desnudo.

Un cuento que no me ha gustado es Restos, donde un mendigo se alimenta de la basura de un hospital. Demasiado morboso para mí.

Quizás los cuentos que menos me han interesado son aquellos que se basan en una mera conversación surrealista, absurda o en juegos de palabras, como El orden integral, sobre una fila en un supermercado; Sopla, sobre un cumpleaños; o Mecánica popular, con una conversación de besugos en un taller mecánico, donde se confunden las palabras.

En todo caso, como nexo de unión de este libro sin aparentes nexos de unión me gustaría destacar el cuidado lenguaje -éste sí, presente en todo el libro- del que se sirve Márquez para escribir.
Como ya he comentado, Llenad la Tierra es un libro de cuentos arriesgado, donde el autor se impone explorar territorios nuevos, y en el camino el lector puede sentir extrañeza y también, en más de una ocasión, el brillo de estar ante una pequeña joya narrativa.