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domingo, 31 de agosto de 2014

Caminos anfibios, por Ernesto Calabuig

Editorial Menoscuarto. 162 páginas. 1ª edición de 2014.

Hace menos de un año leí Un mortal sin pirueta (Menoscuarto, 2008), el primer libro de relatos de Ernesto Calabuig (Madrid, 1966). Ya comenté entonces que he coincidido con Ernesto en persona en algunas ocasiones; y durante la pasada Feria del Libro de Madrid me acerqué un domingo a la caseta de Menoscuarto para comprar –y que me dedicara– su nuevo conjunto de relatos, estos Caminos anfibios. Unos días después, Ernesto tuvo la amabilidad de pasarse por la caseta en la que yo estaba firmando mi novela El hombre ajeno, para que se la dedicara.

Cuando a principios de 2013 se falló la tercera convocatoria del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero, que ganó la mexicana Guadalupe Nettel con Historias naturales, Caminos anfibios de Calabuig se encontraba entre los seis finalistas. Durante la deliberación del jurado, sé que el voto de Enrique Vila-Matas fue para Caminos anfibios.

Si Un mortal sin pirueta estaba formado por quince cuentos, Caminos anfibios contiene trece. Como ocurría en su primer libro de relatos, en este último la extensión de los cuentos también es bastante dispar: desde las 38 páginas de Del ahogarse en un vaso de agua hasta las dos de Mi padre al lado de un camino.

Ya he comentado más de una vez en el blog que me gusta bastante la narrativa breve norteamericana. Escritores como Raymond Carver, Tobias Wolff o Richard Ford practican un tipo de relato que se ha convertido ya en una especialidad de ese país. En sus composiciones, muchas veces sobre relaciones familiares, el relato se acerca a un punto en la vida de los personajes en los que una circunstancia externa hace que su equilibrio se rompa. Estos personajes, en la mayoría de los casos, se definen más por sus acciones que por sus pensamientos. Cuando acaba el relato, el protagonista de un cuento norteamericano arquetípico habrá descubierto algo sobre sí mismo (momento epifánico), que el lector compartirá con él, o bien tendrá que intuir cuál ha sido su descubrimiento en un final abierto, porque a veces el autor interrumpirá la narración un poco antes de que el momento epifánico se produzca, creando así un halo de misterio y de posibilidad que permita jugar con las expectativas del lector sobre lo contado.
Hago esta reflexión previa sobre el relato norteamericano para, por contraste, hablar de los cuentos de Caminos anfibios. Ernesto Calabuig construye sus cuentos mostrando más los pensamientos de sus personajes que sus acciones. El hecho importante para la vida del personaje no tiene lugar aquí durante el tiempo del relato, sino que normalmente ha ocurrido ya y el personaje, desde la tranquilidad de su hogar alemán (como pasa en el primer cuento, el titulado precisamente Caminos anfibios), o desde el asiento de su oficina (cuento Del ahogarse en un vaso de agua), lo rememora. Los cuentos de Calabuig son, por tanto, cuentos de carácter más estático que un cuento norteamericano canónico.

 Así mismo, el estilo narrativo de Calabuig es más denso que lo habitual en el citado cuento norteamericano. Aventuro una hipótesis: al ser Calabuig traductor del alemán y amante de esta lengua, su estilo, al escribir en español, se ha visto influido por aquélla. Abunda en estos relatos la frase extensa y con abundantes subordinadas. De esta forma comienza Caminos anfibios, el primer cuento del conjunto: “Tan sólo hace unas semanas, un veintisiete de marzo, una luminosa mañana de domingo en la que se alcanzaron ya los catorce grados (un récord celebrado en los informativos de todos los canales alemanes tras tantos meses de un frío empeñado en entumecer por igual el alma y el cuerpo), Marie Baumann aún había sido Marie Baumann y había hecho las cosas que le eran propias y se esperaban de ella en esta estación del año, ocupaciones en las que se empleaba a fondo y con todas sus ganas, cuando un anticipo de buen tiempo, como una breve y prometedora racha de suerte en el juego, alcanzaba por fin su ciudad del noroeste de Alemania”-

Precisamente los dos cuentos que ya he citado, Caminos anfibios y Del ahogarse en un vaso de agua, que con 19 y 38 páginas son los más largos del libro, son también los que más me han gustado.
Después de haber leído tan sólo el primer cuento –Caminos anfibios– ya sabía que Calabuig había madurado como autor respecto a su anterior libro de relatos. Ya he apuntado que en este cuento la protagonista, Marie Baumann, reflexiona sobre algo que ya ha ocurrido (una infidelidad). Si bien la anécdota narrativa –el relato de los hechos acontecidos– que mueve el cuento es pequeña, las reflexiones sobre cómo ese hecho (la infidelidad) ha modificado la vida y los puntos de vista de Marie son profundas, ricas en detalles y en introspección psicológica. Y aquí es adonde quería llegar: los cuentos de Calabuig son de tradición más europea (más centroeuropea, en realidad) que norteamericana.

Este primer cuento, Caminos anfibios, es completamente alemán: su localización, así como sus personajes, lo son. En los demás encontramos también muy presente el tema alemán: turistas españoles en Alemania, hijos de inmigrantes españoles en Alemania. Esto da un carácter bastante propio a la narrativa de Calabuig, gran conocedor de la cultura de este país.

Del ahogarse en un vaso de agua es el relato que más me ha gustado de este libro. Un editor español, que recibe llamadas telefónicas que le animan a pasar sus vacaciones en un complejo hotelero de la costa, rememora de pronto los veranos de su juventud que pasó precisamente en el pueblo del que le están hablando. Las llamadas le conducen a revivir un acontecimiento importante para su existencia, que vivió allí cuando tenía catorce años en 1980. La recreación del verano de 1980 me ha parecido muy evocadora. Yo sólo tenía seis años en 1980, pero he sentido la condensación de mis recuerdos de la década que comenzaba en este relato.

Como ya he comentado, la vinculación del autor con Alemania está muy presente en este libro, cuyos temas de fondo serían el peso de los recuerdos y el de la edad; casi todos los personajes de Caminos anfibios se encuentran en la cuarta década de su vida y sienten que ha llegado el momento de reflexionar acerca de su lugar en el mundo. Sobre este último tema me parece representativo el relato Burbujas, sobre un hombre enfermo que se empeña en acudir a la clínica, donde han de realizarle unos análisis, en bicicleta, como una forma de resistencia, de no querer asumir la propia decadencia del cuerpo.

Los relatos que menos me han gustado de Caminos Anfibios han sido aquellos en los que sólo nos encontramos un recuerdo o una evocación y todo acaba ahí. Esto ocurre por ejemplo en Secuencias venecianas, donde dos recuerdos de turista no consiguen, para mí, transmitir toda la fuerza que espero que contenga un gran relato. Algo parecido me ocurre con los siguientes, Padres, hijos… distintos automóviles o La estrella giratoria, en los que la potente evocación de un recuerdo no consigue suplir la falta de desarrollo narrativo.
Si al principio decía que los relatos de Calabuig eran estáticos (alguien que evoca) y que consigue los mejores resultados al usar esta técnica en sus composiciones más largas, también se encuentran en Caminos anfibios algunos cuentos que podríamos considerar de corte más norteamericano. En Dahlmannstrasse el narrador nos cuenta los días que ha pasado en Berlín con su familia (mujer y dos hijos), pero durante sus vacaciones se pondrá enfermo y esto hará que no pueda salir del hotel durante algunos días. Como ya ocurría en Burbujas, el tema de la decadencia física está muy bien narrado en este cuento.
En este sentido también me ha gustado el último cuento, Nocturno del Ruhr, que cierra el libro como empezó: con una infidelidad, llevada a cabo por una persona en su cuarentena y que empieza a sentir que pierde la juventud. Pero en este caso la técnica narrativa es diferente: no se evoca, el relato transcurre en paralelo a los hechos narrados.

El estilo, además de denso, como ya apunté, es rico en referencias culturales (películas, libros; así por ejemplo, me ha llamado la atención un comentario sobre el autor norteamericano David Leavitt, escrito como si el lector tuviera tan clara la referencia como el narrador del relato; lo que en mi caso, al menos, era cierto). Las mejores páginas de Caminos anfibios son aquellas en las que este estilo denso funciona de un modo poético para mostrarnos a los personajes. Es destacable, así mismo, la poderosa metáfora de los caminos anfibios, de los que se habla en el primer cuento, y que vuelve a aparecer en más de uno de los cuentos del libro.

Algunos de los temas tratados en Un mortal sin pirueta siguen presentes en Caminos anfibios: el Madrid de los 60-80: el colegio de curas, la adolescencia, el refugio de los programas televisivos o los libros de la infancia. Pero Caminos anfibios va más allá, y es un conjunto de relatos mucho más cohesionado y maduro que el anterior.


Caminos anfibios es un más que notable libro de relatos, con grandes cuentos (Caminos anfibios, Del ahogarse en un vaso de agua, Burbujas, Dahlmannstrasse, Nocturno del Ruhr), cuya fuerza descansa en el poder evocador de una prosa densa y poética, repleta de referencias culturales.

domingo, 20 de julio de 2014

La oscuridad, por Ignacio Ferrando

Editorial Menoscuarto. 307 páginas. 1ª edición de 2014.

El pasado 22 de mayo se presentó esta novela en la librería La Central de Callao. De Ignacio Ferrando (Trubia, Asturias, 1972) había hojeado alguna vez La piel de los extraños, también editado por Menoscuarto y que consiguió el Premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado en 2013; y había leído uno de sus cuentos en la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual. El presentador de La oscuridad era el escritor Óscar Esquivias, al que conozco en persona, y me apeteció pasarme por La Central ese citado día 22.

La oscuridad está ambientada en Noruega, concretamente en la ciudad de StorbØrg, y los personajes principales son noruegos. En la presentación, Ferrando señaló que él había estado de vacaciones en ese país, pero en verano, y su novela está ambientada en invierno, cuando cae sobre el norte de Noruega la noche ártica. Al acercarme a las primeras páginas de esta novela de noruegos escrita por un español, no podía dejar de pensar exactamente eso: esta es una novela de noruegos escrita por un español. El narrador, Endre Solberg, nos informa del estado de la nieve, de la temperatura (-20 grados), de la noche ártica que se acerca, y yo me acordaba de aquella apreciación de Jorge Luis Borges sobre su lectura del Corán: en el Corán no hay camellos, porque los camellos se presuponen; y, en consecuencia, para un noruego que habla de Noruega no debería haber nieve que destacar, ni debería haber ninguna necesidad de hablarnos de una temperatura de -20 grados, porque esa nieve y esa temperatura simplemente están ahí. Aunque, quizás, estos datos que nos facilita el narrador sean pertinentes porque también se nos informa de que durante el invierno muchas personas abandonan StorbØrg, la ciudad más al norte de Noruega, para irse a Oslo.

La novela comienza con un velatorio y un entierro. Liv, la mujer de Endre Solberg, ha muerto bajo las ruedas de un camión. Es bastante posible que se trate de un suicidio. Endre es un director de cine experimental, cuyas películas tienen una escasa difusión. Liv era una bella actriz que, años antes, cuando era joven e ingenua, se casó con el prometedor director de cine. Las metáforas cinematográficas son importantes en esta novela: “Todo tiene ese aire recreativo, teatral, como si lo hubieran filmado a cámara lenta en un solo plano secuencia”: así se describe en la primera página del libro el velatorio de Liv. Los personajes del drama también son presentados bajo apreciaciones cinematográficas: “Al igual que el resto, interpreto mi personaje”, nos dije el narrador sobre sí mismo en la página 10. Así se habla de Kjell Gjertsen, el amante de Liv: “Esta tarde parece un personaje de Bergman, en blanco y negro” (pág. 11). Y así se describe a Liv, la mujer muerta: “El mohín en los labios que le da ese aspecto trágico, triste, de actriz de la nouvelle vague” (pág. 15).

El cuento que había leído de Ferrando en la antología comentada era fantástico, y sé, por reseñas leídas, que los cuentos de La piel de los extraños también son de corte fantástico. En La oscuridad el aparente realismo del relato se rompe al final del primer capítulo: en el velatorio de su mujer muerta (Liv), Endre Solberg la ve mirando, a través de una ventana, la habitación en la que se encuentran: “Ha sucedido un imprevisto. Algo…, no sé cómo definirlo. Detrás de él, en la ventana, apoyada en el quicio, está Liv. A priori no parece un espíritu ni una presencia, sino realmente ella. Desde el otro lado del cristal observa su propio velatorio. Lleva un abrigo de pelo de morsa, su gorro de piel, las orejeras que le regalé. Nos mira con curiosidad, como si contara los asistentes (o echara en falta a los ausentes), sonriendo con altanería, como si supiera que su funeral sucedería exactamente así, de este modo (¿acaso no todos los suicidas fantasean con asistir a su velatorio?). Por supuesto sé que es un fantasma, o una visión, o la simple necesidad que tengo de que siga viva, porque nadie, a excepción de mí, parece verla.” Destaco este párrafo de la página 17 porque me parece clave para entender el juego que propone esta novela: el narrador, en el velatorio de su mujer, ve a ésta en la ventana mirándose a sí misma y la escena es descrita dentro de unos parámetros puramente objetivos, racionales: se describe la ropa que lleva, se reflexiona con humor sobre cómo un muerto ve su propio funeral, y se elude por completo el énfasis. Es decir, el narrador no se paraliza, no se vuelve histérico, sino que entra con normalidad en el juego que la realidad le propone. La visión externa de la escena nos la da –unas cuantas líneas después– Kjell Gjertsen, el amante: “¿Qué? –pregunta–, ¿qué te pasa? Estás pálido”.

El fantasma de su esposa Liv; o la propia Liv, que ha fingido su muerte; o una mujer parecida a Liv, que desea paliar el dolor que Endre siente, empieza a visitar al narrador  con un horario estricto, y bajo la imposición de algunas reglas: este personaje, al que por simplificación en la trama se llamará Liv, no puede convivir con Endre y otras personas a la vez. Será visto solamente por Endre (aunque el lector debe estar atento, pues esta regla no se cumple en algún momento, y se ha de preguntar por la salud mental del narrador o por la verosimilitud de todo lo contado).

El lenguaje de la novela es contenido, cuidado (sobre todo en su adjetivación, que me parece destacable); como ya he dicho, Ferrando evita en todo momento cualquier énfasis en la voz narrativa de Endre, que asume la extrañeza de la realidad que se le acontece con una rara calma.
La oscuridad, en su intención, estaría emparentada con Otra vuelta de tuerca de Henry James y, siendo una novela en la que el cine es tan importante, posiblemente también con Vértigo, de Alfred Hitchcock.

El escenario de la novela, esa noche ártica y despoblada de StorbØrg –donde los tres cuartos de la población se han ido a Oslo– se adecúa bien a esta historia de sombras. Y el lector se adentra en sus páginas intentando descubrir el misterio del juego propuesto: ¿Está Endre loco? ¿Alguien (su mujer, otra mujer) le está engañado? Y si es así, ¿con qué propósito? Además, los planos propuestos se bifurcan al coincidir parte de lo narrado con un guión que Endre está escribiendo para una de sus películas. El tema de fondo de La oscuridad sería poner de relieve las zonas más oscuras de las relaciones de pareja, la imposibilidad de conocer o contentar al otro.

Son tantos los planos propuestos en esta novela, y la voz narrativa asume todo con tanta naturalidad, que en más de uno de sus capítulos he sentido que la trama era demasiado artificiosa y que todo transcurría en un escenario sugerente pero irreal (una Noruega de decorado descrita no por un noruego –como se supone que es Endre Solberg–, sino por un español, que percibe desde fuera las peculiaridades del país escandinavo y se las explica a un lector español: “En StorbØrg no hay burdeles, ni salas de masaje, ni locales de esos, solo alguna barra americana que frecuentan, durante la temporada, los turistas. Los noruegos prefieren la pornografía, más limpia, menos pringosa, más individual. Por eso en StorbØrg las prostitutas ejercen en sus casas, nunca en la calle o en hoteles” ¿Para quién está narrando Endre?).

A pesar de los puntos negativos comentados, la novela se lee bien –está escrita con ritmo– y es de agradecer la asunción de riesgos compositivos por parte de Ignacio Ferrando.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Un mortal sin pirueta, por Ernesto Calabuig

Editorial Menoscuarto. 180 páginas. Primera edición de 2008.

Conocí en persona a Ernesto Calabuig (Madrid, 1966) en la Feria del Libro de Madrid de 2012. Yo estaba en la caseta de la editorial Menoscuarto, hojeando libros y conversando con su editor, José Ángel Zapatero, cuando Calabuig se acercó para saludar a Zapatero y éste me lo presentó. En realidad, yo le había reconocido. Sabía quién era por fotos de internet. Había leído dos de sus relatos: uno en la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual y otro que leí de pie en la Casa del Libro de Gran Vía, tras abrir su libro Un mortal sin pirueta. También suelo leer sus críticas literarias sobre narrativa hispanoamericana que publica en El Cultural y es bastante habitual que coincida con sus apreciaciones. Me apeteció comprar su libro Un mortal sin pirueta y él me lo dedicó amablemente. Más tarde he coincidido con él en la presentación de dos libros, donde él ejercía de presentador: La vida interior de las plantas de interior de Patricio Pron y Trasfondo de Patricia Ratto.

Ha sido durante este último mes de octubre cuando por fin he cogido Un mortal sin pirueta de entre mi montaña de libros inleídos, colocados ahora no en los anaqueles de las estanterías de Ikea de mi habitación, sino sobre ellas, cercanos al techo, amenazando siempre con caer sobre mí y sepultarme.

Un mortal sin pirueta, el primer libro de Ernesto Calabuig, publicado en su cuarentena, está formado por quince cuentos que –como él mismo me contó– están escritos en etapas bastante diferentes de su vida.

Bertie en el Neckar abre el conjunto: un relato, ambientado en la Alemania del siglo XIX, en el que un comerciante aficionado a la poesía emprende un viaje para conocer a su admirado Friedrich Hölderlin, quien por entonces ya es un viejo decrépito y loco, al que sería mejor no conocer en persona. El relato reflexiona sobre el valor y la idealización del arte frente a la vida cotidiana. Es un relato agradable de leer, pese a la adjetivación excesiva que acaba saturando alguna de sus frases (imagino que éste es uno de los relatos que Calabuig escribió siendo más joven; otro hecho lo delata: en un momento dado el narrador se olvida de las coordenadas temporales que ha elegido para su relato y reflexiona desde el siglo XXI, o tal vez desde finales del XX, sobre la influencia posterior de Hölderlin; un anacronismo narrativo que, recuerdo ahora, Mario Vargas Llosa le perdonaba al Lampedusa de El Gatopardo, y que yo mismo puedo perdonar fácilmente).
Bertie en el Neckar estaría emparentado con el cuento Una pieza para Goethe (o Goethe ante la mujer de hielo), que es el noveno relato del libro. De nuevo, el cuento está ambientado en la Alemania del siglo XIX (Calabuig conoce el idioma alemán y ha viajado frecuentemente a este país) y nos acerca a una de las figuras más destacadas de la literatura de ese momento: Goethe. Frente a la grandeza del arte inmortal nos encontraremos de nuevo con una persona envejecida y acabada.

Voy a hablar ahora de dos de los cuentos que menos me han gustado del conjunto: Gran angular de Enrico Martinetti, que narra una visita a Roma, contada por una persona que parece ser el propio autor, y su estancia en la casa del fotógrafo Martinetti. En este cuento se recrea una Roma del pasado, evocada por el fotógrafo, pero quizás la fuerza de un recuerdo personal agradable para Calabuig no consigue transmitir suficiente carga dramática (nota personal: cuidado con los relatos autobiográficos). Y el otro relato que menos me ha gustado sería Dos hermanos, una narración que rompe con el realismo del libro, con un toque onírico que lo emparenta con ciertas escenas de los cuentos de Kafka, pero cuya intención no me quedó clara.

Desconozco si Ernesto Calabuig ha trabajado (o trabaja) como profesor de Filosofía en un instituto, pero intuyo que sí al leer algunos relatos que me parecen de trasfondo autobiográfico, como el titulado Una nueva manera de mirar, sobre el desconcierto vital de un profesor de mediana edad (cuento que ya había leído en la antología Siglo XXI) y el último del libro, Con el viento de Galicia, que con sus 45 páginas es el más largo de todos y que más que un relato parece ya una novela corta. Intuyo que esta nouvelle pudo abrir caminos narrativos para la que ha sido, hasta ahora, la única novela publicada del autor, titulada Expuestos.
Sea Calabuig profesor de Filosofía o no, sí sé que realizó estos estudios, conoce el idioma alemán, del que ha hecho más de una traducción, y, por supuesto, ha sido escritor de relatos; con estas características autobiográficas están retratados más de uno de sus personajes.
Los dos últimos relatos que he comentado parecen ser los más cercanos en el tiempo a la publicación del libro, ya que parecen escritos con una mayor madurez y precisión narrativas que algunos de los otros comentados. Estos relatos me gustan, pero los que he leído con mayor agrado son aquellos en los que Calabuig vuelve la vista atrás y retrata a personajes de su pasado, que en la mayoría de los casos suelen ser profesores, con los que se encontró cuando tenía trece o catorce años. En ellos el misterio de algún profesor (extranjero muchas veces) parece romper la rutina del colegio de curas posfranquista en el que estudia el personaje.
La nostalgia y la mirada retrospectiva sobre el misterio de la vida adulta desde la primera adolescencia son los dos motores compositivos de los mejores relatos de este libro. Entre ellos destacaría Fotocomposición del señor Gattinara o De nombre artístico Álvaro Labra, ambos sobre profesores (un colectivo muy presente en este libro) y también los titulados La Pinada, sobre una vecina y sus sueños, y Risas bobas, acerca del recuerdo de la muerte de un abuelo. Creo que estos cuatro relatos han sido los que más me han gustado del conjunto.
En conclusión, y pese a alguno de los altibajos señalados, he leído este libro con agrado y considero que en él se incluye más de una pieza destacada.


Ernesto Calabuig quedó entre los finalistas de la última convocatoria del premio Ribera del Duero para libros de relatos, y sé que para mi admirado Enrique Vila-Matas, miembro del jurado, el libro de Calabuig era el favorito. Siento curiosidad por leer este libro, y espero que no tarde mucho en publicarse.

domingo, 1 de julio de 2012

Pioneros. Cuentos norteamericanos del siglo XIX, por VV. AA.

Editorial Menoscuarto. 428 páginas. 1ª edición de 2011, con textos editados originalmente entre 1819-1934.
Traducción de Ignacio Ibáñez Fernández.
Edición y prólogo de Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan.

Cuando apareció este libro en 2011 pensé que podría ser un interesante complemento a la Antología del cuento norteamericano, a cargo de Richard Ford, que leí durante el verano pasado (ver AQUÍ). Estuve hojeando este Pioneros, cuentos norteamericanos del siglo XIX en la última Feria del libro de Madrid, en la caseta de la editorial Menoscuarto, lo que me llevó a entablar conversación con el que al principio pensé que era un librero para descubrir después que era el editor de Menoscuarto, José Ángel Zapatero.

Una única cosa me hizo dudar a la hora de comprar este libro: de los 16 cuentos que componen esta antología ya había leído 6 en la de Richard Ford. Me decidió el hecho de que los 10 restantes me seguían llamando la atención, y que los 6 repetidos son grandes relatos, así que no me ha importando volver a leerlos y disfrutar con ellos.

Las dos antologías citadas se abren con el mismo cuento: Rip Van Winkle (1819) de Washinton Irving, todo un clásico para entender la tradición del relato norteamericano: Rip Van Winkle se duerme un día siendo inglés y cuando despierta ya es norteamericano.

Para el segundo cuento, las dos antologías repiten autor, Nathaniel Hawthorne, pero cambia el cuento: El joven Goodman Brown (1835) en la de Ford y El experimento del doctor Heidegger (1837) en la de Rodríguez. Sobre El experimento del doctor Heidegger, un cuento moral con elementos fantásticos sobre el deseo de ser eternamente joven, creo que ha pasado el tiempo peor que sobre el misterio arcano de El joven Goodman Brown.

Lo mismo que con el segundo cuento ocurre con el tercero: y ya hemos llegado a Edgar Allan Poe. El cuento de la antología de Rodríguez es El hombre de la multitud, un relato sobre la extrañeza de la condición humana, y también de terror psicológico. En cierto modo, como el de Hawthorne, este cuento explora también, desde otra perspectiva, el miedo a la vejez y a la soledad. Es Poe, es bueno.

En realidad me estoy dando cuenta y me está sorprendiendo ahora, que comparo sobre la mesa en la que escribo una antología con otra, lo ineludible de ciertos nombres en la tradición del relato norteamericano: el cuarto autor también es el mismo, Herman Melville. Si el cuento elegido por Ford es el famoso Bartleby el escribiente (1853), que ya había leído antes de haberme acercado a esta antología, en la de Rodríguez el cuento seleccionado es La mesa de manzano (1856).

Igual que el año pasado me llevé a Mallorca, para pasar la semana del viaje de fin de estudios con los alumnos de 1º de bachillerato del colegio donde trabajo, una antología de relatos, que entonces fue: Mares tenebrosos. Una antología de cuentos de terror en el mar, de la editorial Valdemar, en este viaje me llevé este libro de Pioneros. Me recuerdo perfectamente, hace unas semanas, a las 4 o las 5 de la tarde en la playa, escondido del sol entre las rocas y la sombra de los árboles, leyendo este cuento, La mesa de manzano, pensando que el tiempo no había pasado y que estaba con la antología de relatos de Valdemar, porque La mesa de manzano tiene un planteamiento clásico de cuento de terror: una mesa encontrada en la buhardilla de una casa, que es trasladada al salón y de la que empiezan a salir extraños ruidos. No sabía que Melville hubiera escrito cuentos de terror (o de semiterror, como se verá al final del relato), todo un descubrimiento.

La primera diferencia verdaderamente significativa entre ambas antologías se da en el quinto cuento, al haber seleccionado Rodríguez a una escritora de la que nunca había oído hablar: Rebecca Harding Davis, cuyo relato La vida en la factoría (1861) podría considerarse en realidad una novela corta, ya que tiene unas 60 páginas. La vida en la factoría es una narración peculiar, ya que frente a los escenarios normalmente campestres de los otros cuentos, ésta nos introduce en una ciudad industrial y es un relato social sobre las condiciones de explotación en que vivían los obreros de una fundición al más puro estilo naturalista de Émile Zola. La vida en la factoría me ha interesado leerlo por su valor histórico, pero la verdad es que su estilo exagerado y moralista suena bastante anticuado. Así describe Davis a una mujer: “Quizá esta pobre desgraciada débil y fofa contaba con algún estímulo en su vida gris que le mantuviera el ánimo: puede que algún amor, esperanza o necesidad urgente” (pág. 122).

En el sexto cuento, nueva coincidencia en autor con la antología de Ford: Mark Twain; aquí el cuento es Suerte (1886). La ironía y la ligereza aparente de Twain siempre son encantadoras: uno de mis autores norteamericanos favoritos. Si no lo han hecho antes, lean por favor Las aventuras de Tom Sawyer o Las aventuras de Huckleberry Finn: no son novelas juveniles.

El séptimo cuento, La garza blanca (1886) de Sarah Orne Jewett, está también en la antología de Ford; lo que no es de extrañar, puesto que es un cuento magnífico sobre el fin de la infancia.
El resto de relatos que coinciden en las dos antologías son: Suceso en el puente de Owl Creek (1890) de Ambrose Bierce, La historia de una hora (1894) de Kate Chopin, Hacer un fuego (1908) de Jack London y Fiebre romana (1934) de Edith Wharton. Es llamativo que los dos últimos relatos señalados ya no son del siglo XIX, como anunciaba la portada del libro, pero Rodríguez en el prólogo justifica su elección por afinidad estética con los relatos anteriores.

Una agradable sorpresa, el tipo de sorpresa con la que deseaba encontrarme al comprar esta antología, ha sido el relato La viña embrujada (1887), del escritor afroamericano Charles W. Chesnut: relato desconocido de un autor desconocido por mí. Trata sobre la convivencia entre blancos y negros y reconstruye el lenguaje popular de las leyendas terroríficas del campo.
Lo mismo puedo afirmar del cuento La monja de Nueva Inglaterra (1891) de Mary E. Wilkins Freeman, un bello y triste retrato sobre la posición de la mujer en la sociedad norteamericana del siglo XIX.

Al menos la lectura de estos dos relatos (y no sólo de ellos) justifica la ambiciosa declaración de principios de la contraportada de Pioneros: “Esta antología de cuentos estadounidenses del siglo XIX se propone reconsiderar el canon literario: junto a nombres mayores y bien conocidos (Poe, Hawthorne, James, Crane…), aparecen en estas páginas autores –sobre todo autoras– menos difundidos entre los lectores hispanos, pero de semejante valía literaria”.

Magnífico el cuento Lo auténtico (1892) de Henry James, cuya lectura me ha hecho intentar retomar un viejo plan: leer las novelas que tengo pendientes de James. No sé por qué no lo hago, puesto que siempre que leo algo de él me parece uno de los mejores escritores estadounidenses.

Otra agradable sorpresa ha sido el cuento El papel de pared amarillo (1892) de Charlotte Perkins Gilman; un cuento de terror psicológico muy en la línea de los de James y que, como el de Freeman, constituye un grito a escuchar sobre el papel social de la mujer. (Mi novia apunta que debería resaltar más este cuento. Ella lo leyó en una antología de la editorial Valdemar, con cuentos de terror escritos por mujeres, y le gustó mucho. A mí la verdad es que me ha llamado más la atención el de La monja de Nueva Inglaterra, que parece adelantar cien años el estilo de la gran escritora de relatos Alice Munro)

Por último, voy a destacar que me ha gustado el conjunto que forman los cuentos El bote raso (1897) de Stephen Crane y el de Hacer un fuego (1908) de Jack London, ambos sobre el hombre enfrentado a la naturaleza: al poder del mar, por parte de los náufragos de un bote en el primer caso, y al poder del frío en el segundo. El nuevo hombre enfrentado con sus fuerzas a la naturaleza, un tema muy norteamericano.

Pioneros es una antología muy recomendable para los amantes del relato norteamericano, que lo más habitual es que conozcan los frutos que ha dado el género durante el siglo XX; una antología que combina cuentos clásicos, ineludibles, con más de una agradable sorpresa, y que reivindica la labor fundacional de la mujer en las letras norteamericanas.

martes, 17 de mayo de 2011

El prisionero de la avenida Lexington, por Gonzalo Calcedo

Editorial Menoscuarto. 204 páginas. 1ª edición de 2010.

Desde hace algún tiempo me venía encontrando con el nombre de Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961) como referente actual de la narrativa breve en España. Sólo una vez ha abandonado este formato, para escribir la novela La pesca con mosca (Tusquets, 2003), y ha publicado ya 14 libros de relatos. El último de ellos es El prisionero de la avenida Lexington, formado por 10 narraciones, ambientadas en la ciudad de Nueva York o alrededores.

Quizás lo primero que llama la atención de este conjunto de relatos sea esa unidad geográfica, que en algún momento de abstracción me hacía pensar en el libro de un cuentista norteamericano traducido y, entonces, no encajaban los diálogos con giros y frases hechas puramente españoles y que no se suelen usar al traducir, expresiones como: “Hablas más que un lorito” (pág. 14), “Den la lata y les abrirán” (pág. 31). Esto que apunto no es ningún demérito del libro, ya que la mayoría de estos cuentos, por su factura, su profundidad psicológica y lo ajustado de sus resortes, bien podrían pasar por los de más de un notable contador de historias norteamericano. Se percibe en ellos, en definitiva, la admiración de Calcedo por D. J. Salinger, Raymond Carver, John Cheever o Tobias Wolff. Es curioso, en todo caso, ese deseo de narrar Nueva York, una ciudad que aparece reflejada más como un escenario mental que realista, unas coordenadas sobre las que dibujar historias universales: la soledad, la falsedad, las relaciones familiares…

Las críticas que había leído en Internet y en prensa sobre este libro eran muy buenas, más de una apuntaba que éste era el mejor libro de Calcedo y lo tomé con grandes expectativas, que quizás quedaron defraudadas (momentáneamente) al leer el primer cuento, Audiencia con el rey Wiko Boo III, acerca de la relación entre una madre y una hija, y que tras acabar el libro me ha parecido el menos logrado de todos. No es que sea un mal relato en absoluto, pero no brilla tanto como lo hacen muchas otras piezas del conjunto. Digamos que tras 14 libros de cuentos Calcedo ha decidido saltarse una de las reglas no escritas que los cuentistas comparten con los músicos: pon la mejor canción o el mejor relato el primero, por si alguien quiere leer uno de muestra, de pie en la librería o en los asientos de la Fnac de Callao (como hago yo), y que esa lectura le decida a comprar tu libro.
Aunque quizás, pensé más tarde, Calcedo ha querido colocar este cuento el primero como antesala temática del libro: el rey Wiko Boo III no es ningún rey, o si lo es su título no se corresponde con ninguna grandeza. Así como las aspiraciones y la imagen que la madre de este relato quiere transmitir de sí misma sobre los demás tampoco se corresponden con su persona, marcando así la puerta a un mundo formado por seres que aparentan ser otra cosa, como el protagonista del cuento El bailarín, un impostor que se cuela en fiestas a las que no ha sido invitado(en la página 89 podemos leer este diálogo: “-La verdad resta emoción a las cosas / –En eso tienes razón. En la alta política la verdad es un estorbo. La verdad es para los pusilánimes” dialogo que nos transmite el juego literario sobre las verdades y mentiras de los personajes); o personas que sufren por no pertenecer al grupo social-económico adecuado, como le ocurre a David, el niño protagonista del tercer cuento, El gato negro, que “había percibido el menosprecio de algunos compañeros del colegio con chófer” (pág. 49).

El segundo cuento, Suburbio, sobre la soledad de una mujer mayor me conquistó de forma inmediata, y desde aquí me empecé a preguntar por qué ese no era el que abría el libro. Muy conseguido el juego entre la primera y la segunda historia (por seguir el modelo del iceberg del que hablaba Hemingway).

El relato que da título al libro, El prisionero de la avenida Lexington, sobre la soledad de un niño y de un maduro profesor, unidos por un pequeño detalle casual, me ha parecido muy bello.

Liberar París parece, a diferencia del resto, ambientado en una época diferente de la actual, que podría ser la década del 60 ó el 70 del siglo XX, tiempo marcado por la presencia de una máquina de escribir. Un relato sobre el fracaso del sueño de escritor que contagia toda la vida del protagonista y le lleva a su fracaso matrimonial. Éste es prácticamente el único relato que depende de un hecho concreto, de una casualidad o peripecia usada en la narración; mientras que el resto son más relatos de ambiente, que muestran, como hace D. J. Salinger, en sus Nueve cuentos, un momento concreto de la vida de los protagonistas, y del que se desprende una visión más amplia y compleja de ellos (epifanía narrativa).

Me ha gustado mucho el cuento Salvajes de Borneo, donde una joven, contratada para limpiar los restos de una fiesta en casa de unos ricos, consigue al final, imaginar desde fuera cómo puede ser envejecer.

La composición de El árbol se basa en la connotación. Un hombre une su vida y la relación con su hijo a la evolución de un árbol que plantó en una casa que ya no habita. El recurso me ha recordado, aunque con intenciones diferentes, al cuento La balada del álamo carolino de Haroldo Conti.

Me gustaría destacar también el gran trabajo que el autor ha llevado a cabo al elaborar los detalles que perfilan a los personajes secundarios. Salvo quizás la duda inicial que he tenido con el primer cuento, el conjunto es realmente notable, y destacaría de él la sabia utilización de los recursos tradicionales del relato moderno norteamericano, dando luz a vidas aparentemente anodinas, que se transforman en poéticas gracias a la mirada que Calcedo posa sobre ellas.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Llenad la Tierra, por Juan Carlos Márquez

Editorial Menoscuarto. 161 páginas. 1ª edición de 2010.

El último viernes me pasé por la librería Tres rosas amarillas situada en la calle Vicente Ferrer de Madrid. Una librería dedicada casi en exclusiva a los libros de cuentos, un lugar en el que siempre se puede conversar con el librero, José Luis, comentar libros y aceptar y ofrecer recomendaciones; como puede verse, un lugar estupendo.
Además los viernes, a las 9 de la noche, se lleva a cabo lo que el librero ha bautizado como “cata de cuentos”: él selecciona un cuento, lo fotocopia y entrega las copias a los concurrentes sentados en sillas plegables. Él lee el texto en voz alta sin anunciarse quién es el autor, y después se abre un coloquio. Al final hice tiempo tomando un café y una porción de tarta en un bar y me quedé a la cata a pesar del frío que hacía. Fue divertido conversar con desconocidos de un cuento que desde el primer párrafo sabía que era de Alice Munro.
Además, tras hojear la mitad de los libros de la tienda, me llevé conmigo una novedad: Llenad la tierra de Juan Carlos Márquez, casi recién salido del horno de la imprenta. Este jueves, 9 de diciembre, será su presentación en Tres rosas amarillas. Espero que me dé tiempo a acudir.

Me había encontrado con el bilbaíno Márquez en Internet en varias ocasiones, en espacios vinculados al relato. Por dos veces ha sido finalista del premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en ese año, y ha sido seleccionado para diversas antologías. Leí su cuento Carniceros, prostitutas (otra vez) y tenientes en la antología de Menoscuarto, Siglo XXI. No fue de los 10 cuentos que destaqué, pero no porque no me hubiese gustado, sino, más bien, porque me gustaron muchos cuentos de esa antología y acabé destacando otros.

Hay un primer tema que me ha llamado la atención al leer Llenad la Tierra: si uno se acerca a un libro de cuentos de un norteamericano, por ejemplo de Raymond Carver, o de Tobias Wolff, se encontrará con un conjunto de relatos bastante homogéneo. El autor emplea enfoques diferentes, pero se aproxima a un material de forma similar en casi todas sus composiciones. Lo mismo ocurre si leemos, por ejemplo, un libro de Felisberto Hernández o de Julio Cortázar: la aparente realidad quedará pronto trastocada por algún elemento fantástico o irreal.
Al leer a Juan Carlos Márquez, en cambio, nos encontramos con relatos enteramente realistas (en apariencia), con relatos neofantásticos, surrealistas, absurdos, macabros… los enfoques son múltiples, y la necesidad de experimentar nuevas formas y de romper las propias convicciones sobre el relato parecen ser constantes.
Construir este tipo de libros tiene un riesgo: si uno admira, por ejemplo, a Carver, es raro que un cuento le decepcione; ya sabe, con bastante seguridad, lo que puede encontrar en sus libros y lo que ha ido a buscar en ellos. Si el autor cambia su enfoque y el tipo de relatos en cada nueva composición, el gusto del lector se ve continuamente forzado a recomponerse, a descubrir si estamos ante unas páginas fantásticas, realistas... y esto puede chocar con sus gustos y expectativas.
Después de acabar Llenad la Tierra, el balance final del experimento lo considero positivo; aunque por supuesto, ante propuestas tan dispares mi entusiasmo como lector haya sido colmado más en unos casos que en otros.

Destacaría dos piezas, de características similares, seguramente de lo más realista del libro, que se han convertido en mis favoritas: Belgrado 1976 y Las preposiciones de Blint.
Belgrado 1976 es un cuento realista narrado por el portero de la selección de la RDA poco antes de un partido decisivo ante Checoslovaquia. Me ha recordado a los cuentos de Roberto Bolaño, por su capacidad de fabular, y conseguir recrear los pensamientos de personajes ajenos a la cultura y la época del autor.
Las preposiciones de Blint parece ambientado en Alemania, o en una Alemania fantasmagórica, y trata de un profesor que cura la fobia de un adolescente que ha visto cómo su pueblo era sumergido bajo el agua para construir una presa. Muy imaginativo y de final muy sugerente.

Destaco también el cuento La vida discontinua. Los hechos son realistas, pero no del todo las situaciones. Este cuento contiene una frase que bien podría ser una poética para Juan Carlos Márquez: “hay anomalías que, con la mera repetición, terminan convirtiéndose en normalidades” (pág. 74)

Me ha parecido muy logrado también el primer cuento: El corazón de mi padre. Que podría englobar en el género neofantástico: un suceso surrealista marca el texto, el padre pierde su corazón al inclinarse para atarse los zapatos, lo toma en la mano, y luego la familia lo va cambiando de recipiente según va creciendo fuera del cuerpo paterno. En este cuento el costumbrismo de una familia media es contado a través de un hecho absurdo, con bastante sentido del humor.

Me ha gustado también bastante el cuento más extenso -20 páginas- Hacer lo necesario. Los hechos que se narran son realistas, pero las situaciones se van volviendo inverosímiles, al estilo de Felisberto Hernández.

Hay cuentos de carácter más realista, donde un personaje evoca su vida, que me han recordado a las composiciones de Quim Monzó o Sergi Pamies. Estoy hablando de cuentos como Llegado el momento, en el que un asesino de avanzada edad evoca su pasado, o Un relieve verdoso, donde se presupone la vida de un naufrago.

Por supuesto Márquez no descarta el poder onírico de los sueños en sus composiciones (de hecho, casi todo su realismo también tiene un poso onírico), en esta tendencia se encuentra Papá, mírame.

Dentro de la búsqueda de Márquez, hay cuentos que parecen puras indagaciones del lenguaje, como El progreso, donde las asociaciones de ideas me han recordado a la escritura enfebrecida de William S. Burroughs en El almuerzo desnudo.

Un cuento que no me ha gustado es Restos, donde un mendigo se alimenta de la basura de un hospital. Demasiado morboso para mí.

Quizás los cuentos que menos me han interesado son aquellos que se basan en una mera conversación surrealista, absurda o en juegos de palabras, como El orden integral, sobre una fila en un supermercado; Sopla, sobre un cumpleaños; o Mecánica popular, con una conversación de besugos en un taller mecánico, donde se confunden las palabras.

En todo caso, como nexo de unión de este libro sin aparentes nexos de unión me gustaría destacar el cuidado lenguaje -éste sí, presente en todo el libro- del que se sirve Márquez para escribir.
Como ya he comentado, Llenad la Tierra es un libro de cuentos arriesgado, donde el autor se impone explorar territorios nuevos, y en el camino el lector puede sentir extrañeza y también, en más de una ocasión, el brillo de estar ante una pequeña joya narrativa.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual, por VV. AA.

Editorial Menoscuarto. 615 páginas. Primera edición de 2010.

Hace exactamente 10 años leí una antología de relatos de autores españoles, editada por Lengua de Trapo y titulada Páginas amarillas. En ella se presentaba el trabajo de 38 autores, menores de 40 años.

En Siglo XXI. Los nuevos cuentos del relato español actual, los antologadores, Gemma Pellicer y Fernando Valls, han reunido el trabajo de 35 autores sin, al parecer, ningún tope de edad, primando como criterio que la obra de los cuentistas se haya desarrollado principalmente en la década que llevamos del siglo XXI. La ordenación de los textos dentro del volumen, sin embargo, si toma como criterio la edad de los antologados, empezando por Carlos Castán (nacido en 1960) hasta llegar a Matías Candeira (nacido en 1984).

Recuerdo aún algunos nombres de la antología de Lengua de Trapo (no puedo consultarla, era un libro de la biblioteca), y el buen sabor de boca que me dejaron la mayoría de los cuentos, de los que me surgen ahora escenas sueltas, alguna frase… Así que, comparando con dificultades, me llama la atención haber aislado el siguiente rasgo: aquella antología de finales del siglo XX contenía más elementos posmodernos que ésta de Menoscuarto. Recuerdo un cuento en que el narrador comparaba a la familia de su novia con la familia televisiva de los Simpsons, por ejemplo. En aquel volumen de Lengua de Trapo la juventud, unida a la influencia de las nuevas tecnologías, parecía ser relevante. En ésta de Menoscuarto diría que predomina el clasicismo narrativo. Considerando, en último caso, esta reflexión irrelevante, ya que al final, independientemente de que se hable de un pueblo semidespoblado de la España rural o de un foro de Internet sobre avances informáticos, lo único importante debería ser el resultado.

De los 35 cuentos de Siglo XXI había leído previamente 2 (el de Jon Bilbao y el de Menéndez Salmón), y había leído algún cuento (diferente al que aparece aquí) de otros 6 autores. De la mayoría de los nombres seleccionados tenía alguna referencia, gracias a Internet o a las solapas de los libros leídos en bibliotecas o librerías.

Han sido pocos los cuentos de este volumen con los que no he conectado. La mayoría me han resultado bastante interesantes, y alguno, incluso, una pequeña obra maestra; cuentos que en algunos casos me llevarán a leer el volumen al que pertenecen (al fin y al cabo el descubrimiento, o la selección de opciones mediante una muestra, es uno de los mayores atractivos de una antología de estas características).

Como bien señala José María Merino en este artículo, en la selección predomina el cuento realista (24 de los 35, ha contado él), y quizás, debido a que en el momento actual éste es el tipo de cuentos que más me interesa, he conectado de forma más fácil con ellos.

Yo diría que la mayoría de los autores se rigen por el modelo de cuento abierto, creado por el ruso Antón Chejov a finales y principios del siglo XIX y XX, tras sufrir las variantes de los primeros grandes escritores de cuentos norteamericanos del siglo XX, Ernest Hemingway y Sherwood Anderson; y llegando a su esplendor en este país con las obras de autores como Raymond Carver, John Cheever, Charles Baxter, Tobias Wolff, Lorrie Moore o Alice Munro (canadiense en este caso). Tampoco faltan las referencias hispanoamericanas, sobre todo, al haber en la antología cuentos de carácter fantástico, cuyos predecesores podrían ser Jorge Luis Borges, Julio Cortázar Felisberto Hernández. También he detectado en algún cuento la influencia de H. P. Lovecraft o de Franz Kafka. Quizás sería destacable el hecho de que no acabo de detectar influencias de autores españoles. Por ejemplo, no he creído ver ningún cuento "sobre oficios" al estilo de los de Ignacio Aldecoa; y si tal vez podríamos citar a algún autor como Ignacio Martínez de Pisón, al fin y al cabo él también se fundamenta en la tradición norteamericana.
La extensión de los cuentos es bastante variada, desde las 3 páginas (casi no llega, serían 2 y unos renglones más) del cuento de Cristina Cerrada, hasta las 40 del cuento de Jon Bilbao. Y diría que el tema estrella es de las relaciones de pareja.

Si esta selección de 35 cuentos pretende mostrar las distintas tendencias del cuento actual es normal que, por mi formación como lector, me haya identificado más con unas que con otras.

Podría aislar algunas características de los cuentos que menos me han interesado:

- una visión fantástica o surrealista de la realidad sin límites bien definidos.

- extensión demasiado corta, y así su desarrollo no permite conocer demasiado a los personajes.

- una realidad demasiado vulgar, con una voz narrativa que ahonda en lugares comunes o chascarrillos.

- la intención de innovar en la forma lastra el acercamiento al material narrativo.

- el juego elíptico es excesivo y nos alejaba de los personajes, en vez de acercarlos.

No quiero citar a los autores que menos me han llegado, que en todo caso son una minoría, y además entiendo sus planteamientos narrativos, aunque no hayan conseguido provocar en mí de forma contundente el efecto deseado. De hecho, tampoco me ha disgustado en realidad ningún cuento, ya que el nivel general de esta antología es bastante alto, y la apreciación anterior sería sólo una cuestión de gradaciones y afinidades.

Siguiendo con mi propia visión positiva del acto literario me apetece, en cambio, resaltar -en orden de aparición en la antología- los cuentos que más me han impactado (lo que no deja de ser un acto de subjetividad como cualquier otro):

- Una ventana en la Via Speranzella, de Javier Sáez de Ibarra: un lenguaje muy trabajado, una interesante reflexión sobre el acto artístico con ecos borgianos.

- Gabinete de Maravillas, de Ángel Olgoso, también destacaría su cuidado lenguaje; su juego fantasioso, siniestro…

- Cañón, de Esther García Llovet: me ha gustado su fuerza para recrear la aparentemente anodina escena de una boda, dibujando a los personajes con pinceladas rápidas de gran viveza.

- Cielo distante, de Pablo Andrés Escapa: cuidado lenguaje para recrear la evocación de la vida rural desde el punto de vista de un niño y los recuerdos de su maestro; gran fuerza de la historia no contada.

- El zurdo, de Jesús Ortega: no me sonaba de nada este autor, y su historia realista ha sido de las que más me han conmovido. Muy bien llevado el juego entre lo contado y lo no contado, cuya fuerza se expande en la conciencia del lector una vez acabado el cuento.

- Levante, de Fernando Clemot: un cuento largo, casi una breve novela, sobre el remordimiento. Me ha gustado su capacidad de fabular para situar la acción en Italia y remontarse hasta la 2ª Guerra Mundial y los camisas negras.

- Ambulancias, de Miguel Ángel Muñoz: me ha gustado la intensidad de la historia contada, entre costumbrista y de fuerte dramatismo. Gran potencia de la voz narrativa.

- Después de nosotros, el diluvio, de Jon Bilbao: ya he comentado en el blog lo mucho que me han gustado los dos libros de cuentos de Bilbao. Gran captación de los detalles e investigación de las zonas oscuras del hombre.

- El sueño del monstruo, de Juan Jacinto Muñoz Rengel: me ha parecido original este cuento de ciencia-ficción en su variante de “máquinas de vapor”. Interesante reflexión sobre el acto creativo.

- Shaman´s Blues, de Miguel Serrano Larraz: me ha sorprendido la gran fuerza de la voz narrativa que conduce al lector por un cuento en el que casi no hay sucesos.

Y, como destacar todos los cuentos sería igual que no destacar ninguno, resalto esta decena de un conjunto muy notable. Una interesante vista panorámica del auge del género breve en nuestro país, aunque paradójicamente cada vez más las editoriales grandes estén dejándolo de lado, hueco que están cubriendo de forma meritoria otras pequeñas y pujantes editoriales.