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domingo, 11 de junio de 2017

Entrevista a Edmundo Paz Soldán, autor de Los días de la peste

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es profesor de literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell y columnista en medios como El País, The New York Times o Time. Ha escrito novelas como Río fugitivo (1998), Los vivos y los muertos (2009), Norte (2011); y libros de relatos como Las máscaras de la nada (1990), Desapariciones (1994) o Billie Ruth (2012). Sus obras han sido traducidas a ocho idiomas y ha recibido galardones tan prestigiosos como el Juan Rulfo de cuento (1997) o el Nacional de Novela de Bolivia (2002).
Su última novela es Los días de la peste, publicada por la editorial Malpaso en 2017.
Puedes leer la reseña que escribí sobre este libro pinchando AQUÍ.
(http://revistaparaleer.com/blogs/los-dias-de-la-peste-de-edmundo-paz-soldan-una-lectura-de-david-perez-vega/)



Veo en YouTube un vídeo titulado Edmundo Paz y Los días de la peste; su nueva novela. Tu primera intervención es: «Comencé a buscar libros que hablaran de cárceles.» Siento que una parte de tu discurso ha sido cortado. ¿Por qué ese interés hacia las cárceles?

Hace unos diez años pasé un verano en un pueblo californiano de 8.000 habitantes. Lo único interesante de ese pueblo era la cárcel de máxima seguridad que albergaba. Esa cárcel se metió en mi inconsciente, porque poco después comenzó a aparecer en mi escritura. Está en algunas escenas de mi novela Norte. En otra novela, Iris, hay un militar psicópata, Reynolds, hijo del Gobernador de una cárcel. Quise imaginar su infancia, y ahí se inició el proyecto de Los días de la peste. Pero esta vez ya no me interesaba el espacio de la cárcel norteamericana, sino uno con una topografía más latinoamericana. Narrativamente, siempre me han interesado los espacios aparentemente cerrados, el microcosmos que sirve para narrar algo más amplio: el colegio en Río Fugitivo, el Palacio Presidencial en Palacio Quemado, el Perímetro en Iris, y así sucesivamente... Esos espacios cerrados tienen, obviamente, una alta carga metafórica y me permiten jugar con la idea del límite: me concentro en narrar el adentro, pero sé que todo está repercutiendo siempre en el afuera.


«Encontré una crónica de un inglés sobre su experiencia en la cárcel de San Pedro en La Paz y me encantó.», continúas en el citado vídeo. ¿Qué libro es el de este inglés? ¿Podríamos encontrarlo a la venta? ¿Merece la pena leerlo? ¿Es literario?

El libro es Marching Powder, lo escribió Rusty Young y está en venta, aunque creo que no ha sido traducido al español. No es literario; es un relato impactante de la vida en esta cárcel en la que los presos pueden vivir con sus parejas y sus hijos, una crónica detallada escrita por el abogado de Thomas McFadden tomando la voz de McFadden. Muy recomendable. Por ahí leí que la productora de Brad Pitt compró los derechos para desarrollarlo como película.


En el citado vídeo, comentas que no quisiste visitar la cárcel de San Pedro mientras escribías tu novela. ¿Lo has hecho después o lo piensas hacer?

He estado en otras cárceles latinoamericanas con sus leyes idiosincráticas, como la de la Picota en Bogotá, más grande y terrible que la de San Pedro. En principio no quería ir a San Pedro por una suerte de cábala, quizás algo de temor a que ahogara mi imaginación, la forma en que estaba inventando mi Casona. Ahora que la novela está escrita visitaré San Pedro si se presenta una oportunidad.  


En Los días de la peste manejas la presencia de unas treinta voces narrativas. ¿En algún momento consideraste la posibilidad de que la estructura de la novela fuese otra, con un solo punto de vista, por ejemplo? ¿Cómo fue trabajar con tantas voces diferentes?

La novela tiene que decir algo en su misma forma del mundo que está siendo narrado. La cárcel se me presentó desde el principio como un espacio de hacinamiento, donde proliferan las voces, donde los locos y los cuerdos están hablando todo el tiempo. Esa proliferación de voces narrativas fue mi forma de contar la cárcel desde su misma estructura narrativa. De hecho, en sus primeras versiones había más voces; tuve que sacrificar algunas ‒alrededor de 150 páginas‒ para darle cierta unidad a la novela. Tratar de encontrar un lenguaje, un vocabulario para cada voz –el Gobernador, la niña Lya, el loco de las bolsas‒ fue lo que más disfruté y sufrí de este proyecto. De hecho, más que el tema, ese era el desafío central: una novela es su lenguaje, su forma, sus voces.


Los días de la peste es una novela intensa, muy verosímil a la hora de aproximarse al material narrado, el interior de una cárcel caótica y despiadada. ¿Consideraste en algún momento que lo narrado pudiera sobrepasar la capacidad de aguante, o de espanto, de un lector melindroso o, simplemente, no te interesa la reacción o el rechazo de un libro como éste por parte del lector descrito?

Claro que me interesa la reacción de los lectores. Pero me interesa más ser fiel a ciertas pulsiones oscuras que aparecen cuando escribo. Trato de seguirles la pista y ver hasta dónde me llevan. Ojalá que a un lugar incómodo. 


¿Podríamos leer Los días de la peste como una metáfora de la situación social y política de algunos países o regiones de Latinoamérica?

Es inevitable, pero espero que eso no agote sus lecturas. Me interesa seguir explorando cómo se conecta la religiosidad popular con la violencia, pero creo que ese es un tema que excede a Latinoamérica, de hecho creo que es uno de los temas centrales del momento histórico que vivimos. También me interesa explorar cómo se crea o destruye una comunidad, cómo circula el poder en una sociedad, cómo es que el ser humano puede concebirse como un virus letal en competencia con los virus que nos rodean, cómo trabaja la ley en nuestro inconsciente…


En más de una entrevista, he leído que consideras la literatura de Mario Vargas Llosa como una de las más influyentes para tu escritura. La cárcel de Los días de la peste me ha hecho pensar en la idea de universo cerrado de la escuela militar de La ciudad y los perros, y tu análisis de religiones paganas me ha recordado a lo leído en Lituma en los Andes. ¿Sigue estando presente Mario Vargas Llosa en tu literatura?

Creo que no, al menos no como influencia consciente. La ciudad y los perros fue un modelo explícito para Río fugitivo, es una novela que hace mucho que no he vuelto a leer, pero fue, junto a Ficciones, el libro que más me marcó durante la adolescencia, de modo que no descarto que ciertas estructuras se hayan quedado en mí para siempre. En todo caso, creo que en mi forma de trabajar hoy me marcan más las influencias específicas para cada proyecto que aquellas otras más generales. Por ejemplo, para Los días de la peste me ayudaron mucho Daniel Defoe y Albert Camus. 


Sé que otra de tus influencias es José Donoso. ¿Entre Mario Vargas Llosa y él con cuál nos quedamos?

Vargas Llosa fue más decisivo para mí en general, pero hace poco releí El obsceno pájaro de la noche y sentí que hoy podía aprender cosas de Donoso para las cuales no estaba preparado cuando lo leí por primera vez en los años universitarios. Me atrae su oscuridad, su forma de hacer literatura de horror a partir de la decadencia de las viejas familias patricias de Chile. Creo que hay algo de él en los recovecos de La Casona en Los días de la peste.


En novelas como Iris y en un libro de cuentos como Las visiones te adentras en el género de la ciencia ficción. ¿De dónde viene tu interés por este tipo de literatura? ¿Quiénes son tus autores de ciencia-ficción favoritos?

Leí mucha ciencia ficción, horror y policial en mi adolescencia. Río Fugitivo es en parte un homenaje al policial. Los géneros populares, al estar muy codificados, te pueden enseñar a narrar; yo trato de usarlos más como punto de partida que como punto de llegada, quiero ver cómo darles una vuelta, trascender sus fórmulas y por último descartarlas. La ciencia ficción me interesa por su forma de percibir el mundo, porque te da pie al desborde imaginativo mientras tienes a la vez un ancla en la tierra. Me gustan mucho James Tiptree, Ursula K. Le Guin, Ballard, Dick, Bradbury, Rafael Pinedo, Oesterheld, Lem, los hermanos Strugatski… De los más nuevos, Paulo Bacigalupi, Lavie Thidar, Guillem López, Hao Jingfang, Ramiro Sanchiz, la mezcla de géneros de China Mieville y Alberto Chimal (podría seguir…)     


Edmundo Paz Soldán, Liliana Colanzi, Maximiliano Barrientos, Rodrigo Hasbún, Giovanna Rivero, Christian Vera… son los autores bolivianos (que recuerdo ahora) que han aparecido en los últimos años en España. ¿Se está produciendo un «boom» en la literatura boliviana o realmente lo que ha cambiado es el interés de las editoriales españoles por los autores de allá?

La caja de resonancia de la literatura boliviana es muy pequeña y eso ha hecho que algunos autores verdaderamente grandes como Jaime Saenz no hayan trascendido como debieran. En los últimos años la circulación de los textos se ha ampliado gracias a las redes, los PDFs, etc, y de eso se ha beneficiado nuestra literatura. Más allá de esos cambios estructurales, también es cierto que se está produciendo una renovación fascinante a través de un grupo muy potente de escritores. Solo hay que verlo en Albúmina, con el que Giovanna Rivero ganó el concurso de cuento de esta revista.   


¿Qué libros clásicos de la literatura boliviana debería leer un lector español interesado en la literatura de Latinoamérica?

Para no abrumarlo con una larga lista, yo diría que del siglo XX lea la poesía de Jaime Saenz (cualquiera de sus libros), los cuentos de Augusto Céspedes (Sangre de mestizos) y la prosa poética de Hilda Mundy (Pirotecnia). Podría seguir con las Crónicas de Arzáns para el período colonial, y con el aliento historiográfico de Gabriel René Moreno y la poesía de Jaimes Freyre (Castalia Bárbara) para el siglo XIX.  


Has firmado un contrato de edición con Malpaso para que, además de que aparezca con ellos tu nueva novela, se relancen cinco anteriores. ¿Está pactado ya el orden de lanzamiento de los libros ya publicados? ¿Con qué plazos de diferencia van a salir al mercado? ¿Cuáles serán los primeros?

Por lo pronto el primer libro que saldrá será mi novela Los vivos y los muertos. Lo demás todavía no ha sido decidido. La idea es que salgan dos libros al año.


¿Estás escribiendo ahora algún nuevo libro? ¿Puedes hablarnos de él?

Sí, una novela corta ambientada en un pueblo fronterizo de la región amazónica. Tiene que ver con los intentos de un grupo de científicos por “domesticar” una planta medicinal indígena –un poderoso alucinógeno‒ para poder comercializarla.


Muchas gracias, Edmundo.


domingo, 28 de mayo de 2017

Los días de la peste, por Edmundo Paz Soldán

Los días de la peste, de Edmundo Paz Soldán.
Editorial Malpaso. 319 páginas. 1ª edición de 2016.

El viernes veintiocho de abril (justo cuando empezaba un puente de cuatro días en Madrid), me llegó al buzón de casa un paquete inesperado. Cuando lo abrí, me sorprendió encontrarme con una edición no venal (previa a la edición definitiva) de Los días de la peste, la nueva novela de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967). En una nota manuscrita, José de Montfort (el encargado de prensa de Malpaso) me informaba de que la novela saldría a la venta el día quince de mayo. Por un lado, prefiero que las editoriales no me envíen libros de forma espontánea; creo que es más conveniente (para mi salud mental, sobre todo) que yo les pida lo que creo que me va a gustar. De ese modo será mucho más fácil que disfrute de la lectura y que pueda escribir una reseña positiva. Me incomoda la sensación de que una editorial me envíe un libro y que yo no lo lea, pero tampoco quiero adquirir la obligación de leerlo. Sin embargo, en este caso Montfort acertó plenamente, porque Paz Soldán es un escritor con el que he disfrutado antes, y lo más seguro es que yo mismo le habría pedido este libro cuando viera anunciada su publicación. Acabé los Cuentos completos de John Cheever y me puse con esta novela antes de que apareciera en el mercado. Me resultó una sensación extraña saberme uno de sus primeros lectores.

De Edmundo Paz Soldán había leído hasta ahora tres libros: las novelas Río fugitivo (muy recomendable) y Norte, y el libro de relatos Billie Ruth. Sé que a Edmundo le interesa bastante el género de la ciencia-ficción, al que pertenece su última novela, Iris (previa a la aparición de Los días de la peste), y también hay ciencia-ficción en su colección de cuentos Las visiones. Eso me hizo presuponer que Los días de la peste podía pertenecer a este género, lo que el propio autor me desmintió en una conversación de Facebook que surgió en mi muro.

En un vídeo que he encontrado en YouTube, Paz Soldán presenta su nueva novela y dice que empezó a leer libros sobre cárceles y que le llamó mucho la atención una crónica, escrita por un inglés, sobre su experiencia en la cárcel de San Pedro en La Paz. «Mi novela tiene que usar esta atmósfera de una cárcel como de La Paz, donde los presos viven con sus familias», podemos escuchar en el vídeo del que hablo (titulado Edmundo Paz y Los días de la peste; su nueva novela).

En Los días de la peste el lector se adentrará en una cárcel llamada La Casona, a la que los presos invocan y preguntan como si se tratase de un ser vivo y consciente. La Casona está ubicada en la remota región de Los Confines, perteneciente a un país hispanoamericano (por los nombres de los personajes y el habla) indeterminado, pero que yo leía como si fuese Bolivia (aunque también podía ser Paraguay, por ejemplo).

La novela se divide en tres partes, y cada una de ellas en varios capítulos no numerados. Cada capítulo se abre en una rueda de voces narrativas muy dispares, con un encabezado que indica al lector quién es el personaje que da continuidad al siguiente. Estas voces narrativas están escritas en primera persona o en tercera (una tercera persona que, mediante el recurso del estilo indirecto libre, se acerca bastante, sin juzgarlos, a los personajes sobre los que Paz Soldán pone su foco en cada momento). Cada voz narrativa se prolonga en el libro durante dos o tres páginas y vuelve a aparecer pasadas cinco o treinta páginas. No todas las voces (sobre treinta) tienen el mismo peso en la novela. El gobernador de la prisión, algún alto juez o político de Los Confines, pasando por los policías de la cárcel, hasta los presos con más recursos o los que ocupan el último escalafón social de La Casona, van dándose paso en la novela, un paso brusco, eléctrico, que no da tregua al lector.

Manteniendo las peculiaridades de cada personaje, el estilo del libro es rápido y normalmente de frases cortas y tajantes, que a veces carecen de verbo; por ejemplo, en la página 15 podemos leer: «Ronquidos, llantos, gruñidos, ayes. El cuerpo se recostó contra una fuente de piedra agrietada, demasiado inquieto como para intentar dormir». Para acompañar esta sensación de inmediatez, rapidez y violencia que impregna cada página, también se reproducen en el texto sonidos onomatopéyicos («cri cri cri» o «puaj, puaj») y coloquialismos propios de Hispanoamérica («quivo», «chicote»…), y en algún caso ‒intuyo‒, propios del subambiente carcelario («tonchi», por una droga que imagino que será la cocaína; o «wa-wa», por bebé); además, los personajes de La Casona también usan más de una palabra en inglés, españolizándola («bisnes» por negocio, por ejemplo, o «selfis»).

Cada capítulo empieza con una mirada desde el poder. Así, las primeras voces narrativas serán las del gobernador o el juez, y luego entrarán en escena policías, presos o familiares de presos, porque La Casona es una cárcel muy particular: en ella, algunos presos viven con sus familias, aunque éstas no hayan cometido ningún delito, o incluso siguen allí por voluntad propia después de haber cumplido su condena, ya que en la cárcel hicieron prosperar sus negocios y no quieren perderlos. Todo se puede comprar y vender: dormir en una celda más amplia, salir y entrar de la cárcel para ir a la ciudad, pagar a los policías desde fuera para que maten a un preso, porque los familiares de la que fue su víctima no están contentos con la sentencia… El negocio de otros presos, auspiciado y vigilado por los policías, puede ser también ofrecer protección a terceros, en un ejercicio de puro abuso y extorsión.

El lector entra en la rueda de voces narrativas de La Casona con asombro, con la sensación de haber penetrado en un territorio feroz, sucio, violento y bien dibujado. La idea de documento veraz es muy grande y las imágenes narradas tienen mucha fuerza.
A partir de la página 70 empecé a plantearme lo siguiente: el libro me está gustando, sus páginas están bien escritas y son potentes, pero no puede ser que Edmundo Paz Soldán no haya creado aquí un nudo dramático globalizador que mueva a los personajes hacia algún desenlace temporal con una trama unificadora, porque si pretende seguir narrando su rueda de voces sin cohesionarlas, la novela va a descarrilar. Me percato de que este pensamiento es propio de un aprendiz de escritor y no de un lector puro. Con la edad, uno ha de aceptar que ya no volverá a ser nunca aquel lector adolescente de Philip K. Dick y seguir adelante. Como era lógico suponer, Paz Soldán cuenta con una carrera sólida de escritor a sus espaldas porque sabe lo que ha de hacer para que no se le descarrile una novela. Por supuesto, aunque en las primeras páginas las líneas narrativas que servirán de pilares de carga en la construcción de la novela están sólo sugeridas, éstas van cobrando cada vez más fuerza. Principalmente son dos las columnas de las que hablo: en La Casona (igual que en Los Confines) cada vez es más fuerte el culto pagano a la diosa Ma Estrella, a la que se representa con un cuchillo entre los dientes, y las autoridades locales empiezan a verlo como una amenaza electoral que puede jugar a favor de algún candidato de la oposición que ha abrazado el culto, en principio propio de personas poco instruidas, de modo que deciden prohibirlo. El segundo núcleo narrativo sería que en La Casona se está expandiendo un virus desconocido que produce vómitos y diarreas, que hace que los enfermos se muestren violentos y que mueran en poco tiempo.
El pueblo de Los Confines (esto ocurrirá antes en el interior de La Casona) pronto relacionará la prohibición del culto a Ma Estrella con la peste desatada, entendiendo que la segunda es consecuencia de la ira de la primera. La muerte, el caos y la violencia se darán la mano cada vez con más intensidad.

En cierto modo, Los días de la peste (ya desde el título) nos puede hacer pensar en una historia medieval, una historia que podría estar situada en la Bolivia de 1950, 1900 o 1800, hasta que ciertos elementos, como la presencia de drones, sitúan la acción en la época actual. Cuando unos presos discuten sobre la implantación en la cárcel de un negocio de implantes biónicos, podríamos llegar a pensar incluso en una novela ligeramente futurista.

Los días de la peste me ha hecho pensar en Mario Vargas Llosa, uno de los autores predilectos de Paz Soldán, quien escribió una de sus primeras novelas, Río fugitivo, bajo la influencia de la ópera prima de Vargas Llosa, La ciudad y los perros. En Los días de la peste tenemos una cárcel, en vez de un colegio militar, que actúa como opresivo mundo cerrado. También la novela de Paz Soldán me ha traído a la mente Lituma en los Andes, en la que Vargas Llosa indagaba sobre el peso de las religiones paganas y las supersticiones en Perú. Me doy cuenta ahora de que, si Vargas Llosa hubiera escrito esta novela, no le habría indicando al lector en cada corte del texto a quién pertenecía la nueva voz narrativa. Yo siempre he considerado que estas confusiones que generaba Vargas Llosa en sus libros no eran del todo necesarias y agradezco los encabezamientos de Paz Soldán.

En cierto modo, también he pensado en José Donoso y su gusto por las máscaras deformantes y los monstruos cotidianos en El obsceno pájaro de la noche, en la Casa de Ejercicios Espirituales de la Encarnación de la Chimba.

Los días de la peste podría inscribirse en la tradición de la novela de dictadores hispanoamericana (Yo, el supremo de Augusto Roa Bastos o El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, por citar dos ejemplos clásicos), al entender el espacio de la cárcel como metáfora de lo que ocurre en un país. Por tanto, el gobernador sería ese dictador cuya omnipresencia fluye al ritmo de los golpes de Estado y las desavenencias de un poder del que no acaba de tener el control absoluto. Pero también podría inscribirse en la más moderna tradición del género apocalíptico (El año del desierto de Pedro Mairal o Plop de Rafael Pinedo, por citar otros dos ejemplos), con ese inquietante virus que va destruyendo el precario equilibrio de La Casona.


Los días de la peste es un libro potente y eléctrico, asfixiante y terrible en las realidades e injusticias que muestra, una novela poco apta para lectores melindrosos (lo mostrado aquí suele ser sucio y brutal, y no hay claros personajes positivos), que, nutriéndose de la tradición hispanoamericana, nos da muestras de su salud. No conozco toda la obra de Edmundo Paz Soldán, pero tengo la impresión de que Los días de la peste es uno de sus trabajos más ambiciosos y logrados. 

domingo, 10 de noviembre de 2013

Billie Ruth, por Edmundo Paz Soldán

Editorial Páginas de Espuma. 150 páginas. Primera edición de 2012.

He leído (y comentado en el blog) dos libros de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967), las novelas Río Fugitivo y Norte. La primera es estupenda, y la segunda, con algún altibajo, me pareció una buena novela.
En la pasada feria del Libro de Madrid, cada día del fin de semana rastreaba internet con la intención de detectar la presencia en la feria de algún autor del que me apeteciese que me firmara uno de sus libros y con el que compartir unas breves palabras. Me gusta la feria del Libro de Madrid, y me gusta acudir a ella, comprar libros y apoyarla.

Uno de los últimos días de esta feria de 2013, me bajé (ahora vivo muy cerca del parque del Retiro, donde se celebra) a última hora de la mañana de un domingo (creo) para comprar el libro de relatos Billie Ruth, del que recordaba una buena reseña en El Cultural de El Mundo a cargo del escritor Ernesto Calabuig, con el que sueno coincidir en gustos. Al salir a la calle empezó una leve, pero insistente, tormenta de verano, y me resultó agradable conseguir refugiarme bajo el toldo de la editorial Páginas de Espuma en un Retiro de paseantes en desbandada y allí poder cambiar unas palabras con Edmundo Paz Soldán. Las dos veces que le había escuchado hablar (ambas en la Casa de América de Cibeles: en la presentación de su novela Norte, y en un evento del Día del Libro, donde él hablaba sobre la escritora brasileña Clarice Lispector) me pareció una persona agradable, tímida y sin afectaciones extrañas. Así (a aquella hora no estaba muy ocupado) pudimos charlar unos minutos sobre los autores de ese pequeño boom de la literatura boliviana en España de la que él parece ser el mejor embajador: Rodrigo Hasbún, Maximiliano Barrientos, Giovanna Rivero o Liliana Colanzi.

Ha sido en el mes de octubre cuando me ha apetecido leer Billie Ruth. Como ya he dicho, la reseña de Calabuig en El Cultural fue bastante entusiasta sobre este libro, pero he de decir que lo empecé con cierto recelo: había leído el primer relato hacía semanas y la verdad es que no me había gustado demasiado. Que un escritor sea un buen novelista, en ocasiones, no implica que domine la distancia del relato. Las alarmas me saltaron una vez leídos los tres primeros cuentos: no me gustaron, o al menos no me parecían que tenían la calidad que yo esperaba de un libro de un autor destacado como Paz Soldán y de una editorial de referencia en el mundo del relato como es Páginas de Espuma. Afortunadamente fue una falsa alarma: los tres primeros relatos son los más cortos del conjunto y para mí sin duda los más flojos. Los doce restantes me han gustado bastante más, sin embargo. Además los tres primeros relatos son  sólo ocho páginas, y esta suma es menor que la media de páginas de cada uno de los otros doce.

Para comentarlo voy a dividir al libro en los tres bloques (personales) que me ha parecido detectar:

Primer bloque: sería el formado por los cuatro primeros relatos: El acantilado, Casa tomada, Bernhard en el cementerio y Extraños en la noche. Ya he dicho que entre los tres primeros sólo suman ocho páginas. El acantilado, por temática, podría asociarlo a los relatos que voy a comentar en el segundo bloque, pero por composición es una creación inferior a estos cuentos. Casa tomada es un breve cuento de fantasmas (dos caras de cuento) que no saben que están muertos, un cuento impropio del gran escritor que es Edmundo Paz Soldán, y que parece el ejercicio de un alumno con soltura sintáctica en un taller literario. El de Bernhard, donde se recrea una estampa de la vida del prestigio escritor austriaco, me ha parecido que tampoco tenía el suficiente desarrollo como para ser un relato con capacidad para emocionar.
El cuarto, ya algo más largo, aunque no está a la altura de los restantes del libro, ya me ha gustado más: se recrean los problemas de una pareja en un contexto donde también se habla de diferencias sociales y de violencia. Me ha recordado a alguno de los cuentos del brasileño Rubem Fonseca.

Segundo bloque: formado por seis cuentos, los titulados Díler, Los otros, El ladrón de Navidad, Roby, Volvo y Ravenwood. Estos seis cuentos tienen una temática común: recrear el mundo de los adolescentes que empiezan a ser adultos, normalmente en un contexto de problemas familiares (casi todos los adolescentes sobre los que Paz Soldán posa la mirada en estos relatos sufren la separación o el distanciamiento de sus padres). En Díler un adolescente acompaña a su padre en coche mientras reparte droga en un barrio pudiente de la ciudad, en el que vivía la familia antes del divorcio de los padres. En Los otros un adolescente cree que alguien ha suplantado a su padre: “El que no siente de vez en cuando que sus papás no son sus papás, que levante la mano”, leemos en la página 38. Los mejores de este bloque me parece los relatos El ladrón de Navidad, sobre otro adolescente, aficionado a los pequeños hurtos, que viaja desde Bolivia con su madre a Miami; Roby sobre la fascinación de un chico por el hermano de su amigo, un posible asesino; y Volvo, donde se evoca el viaje de estudios de unos chicos de clases media de Cochabamba a la ciudad de Tarija. Tres cuentos realmente potentes.

Tercer bloque: formado por Billie Ruth, Como la vida misma, El Croata, Srebrenica y Azurduy. Con Ravenwood Paz Soldán abandona la temática de los adolescentes (o niños, en este caso) con padres separados y podríamos decir que a partir de este cuento (donde la visión del hijo sobre sus progenitores no es la dominante, como en los anteriores) se inicia un nuevo camino narrativo, donde se atiende a problemas de personas adultas, aunque casi siempre se trata de personas adultas jóvenes.
Billie Ruth es el relato más autobiográfico del conjunto y uno de los mejores: en él se narra la experiencia de un estudiante boliviano que estudia en el sur de Estados Unidos gracias a una beca deportiva para practicar fútbol; experiencia vivida por Paz Soldán. Billie Ruth es el nombre de una chica muy particular que va a conocer allí.
Como la vida misma es un relato coral sobre la tristeza de los ex jugadores de fútbol.
El croata, por su tono melancólico, me parece uno de los mejores relatos del conjunto. Aquí se narra la relación de un enfermero, que vive con su madre, con un ex ídolo del deporte al que cuida en su lecho de muerte, mientras intenta relacionarse con una vecina.
Srebrenica transcurre en Bosnia: sobre una joven antropóloga que tiene que desenterrar cadáveres en una fosa común de la reciente guerra de los Balcanes.
Azurduy se interna en la Bolivia profunda, donde la superstición y la violencia dominan la vida: un entusiasta maestro de ciudad decide dar clases en un pobre pueblo minero. Este es el cuento con más componente social del conjunto. “A veces me preguntaba si se trataba de una broma o un desafía divinos el haber puesto a gente tan distinta para que se las arreglasen para vivir en el mismo país” (pág. 143)

Como reflexión final apuntaré que realmente me parece muy arriesgado colocar los cuentos más flojos de un libro de relatos justo al principio: es probable que el posible comprador hojee el libro en la librería, lo abra y lea su primer cuento de tres caras, y si no le convence ya no compre el libro. Creo que es mejor usar en los libros de relatos el mismo truco que usaban los músicos en los LPs: coloca el mejor tema el primero para que todo el LP se identifique con su fuerza.
Para mí el libro hubiera sido más redondo si el editor o el autor hubieran tomado la decisión de eliminar los tres primeros cuentos, porque me han resultado muy inferiores a los doce restantes. Pero esto no enturbia la sensación final: Billie Ruth es un más que notable libro de relatos, con algunas piezas verdaderamente grandes, entre las que destaco El ladrón de Navidad, Roby, Volvo, Billie Ruth y El Croata, cuentos donde el gran escritor Edmundo Paz Soldán desarrolla de verdad sus dotes como narrador, y me demuestra que además de ser uno de los novelistas más potentes del nuevo panorama de la narrativa hispanoamericana también puede ser considerado uno de los nuevos nombres del relato hispanoamericano.


lunes, 19 de septiembre de 2011

Norte, por Edmundo Paz Soldán

Editorial Mondadori. 282 páginas. 1ª edición de 2011.

Estuve en la presentación que se hizo de este libro en la Casa de América de Madrid hace unos meses. Había asistido allí, medio año antes, a la presentación de Blanco Nocturno de Ricardo Piglia y en esta ocasión acudí a la sala con el libro comprado de casa, ya que quería tenerlo firmado y no estaba seguro de que lo fuesen a vender en la propia Casa de América. Los editores de Anagrama habían habilitado una mesa para vender la novela y mi precaución fue innecesaria. Con esta experiencia en el recuerdo, fui de nuevo en la Casa de América para la presentación de Norte sin haber comprado previamente la novela, pensando que podría hacerlo en el momento. No fue así. Los editores de Mondadori no habían pensado en la posibilidad de vender el libro que iban a presentar.
Por favor, señores de Mondadori tomen ejemplo de los de Anagrama. Aún existimos lectores que vamos a las presentaciones de libros porque nos interesa el autor y queremos comprar y leer el libro.

Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) conversó sobre su vida y su novela con Rodrigo Fresán. Este último sacó a relucir su faceta de showman para poner en algún apuro a Edmundo y el acto resultó dinámico y agradable. Al final me pude acercar al autor para que me firmara su primera novela, Río fugitivo, en la edición de Libros del asteroide. Una semana después compré Norte (en realidad cambié el regalo que me habían hecho de un libro poco acertado por éste) en El Corte Inglés. Lo he leído la semana pasada sin la firma del autor.

Me interesaba Norte porque había leído en Internet que se trataba de la novela más ambiciosa de Paz Soldán, y este autor me había causado muy buena impresión con Río Fugitivo (ver AQUÍ), su novela de 1998.

Podríamos decir, en una primera aproximación, que Norte está compuesto por tres novelas cortas, unidas por el territorio físico en el que se desarrollan y por la procedencia de los personajes que trata, y que en algunos momentos, estas personas llegan a convergen.

La trama primeramente nos traslada a un pueblo del norte de México, Villa Ahumada, en 1984, y nos presenta a Jesús, un adolescente de 15 años, enclenque y cargado de odio. Pocas páginas después, quien se acabará convirtiendo en uno de los asesinos en serie más buscados de los Estados Unidos, comete su primer asesinato.
En el siguiente capítulo, nos encontramos al sur de Estados Unidos, en Texas (Landslide, 2008), y conocemos a Michelle, una ex estudiante de literatura, cuya familia es de origen boliviano, y que está enamorada del que fue su profesor argentino, Fabián.
El tercer capítulo nos hace retroceder hasta 1931, y nos acerca a Martín Ramírez en Stockton (California), un emigrante mexicano que trabaja en el ferrocarril y que, al perder la cordura, acabará en una institución mental; donde, desde su hermetismo, se dedicará a pintar unos cuadros que con el tiempo acabarán en algunos de los museos más importantes del mundo.

Tanto el personaje de Jesús como el de Martín Ramírez están basados en personas reales. Jesús en el asesino en serie conocido en Estados Unidos con el apelativo The Railroad Killer, por su afición a atacar a personas cerca de las estaciones de tren; y Martín Ramírez aparece en la novela con su nombre original (en Internet se pueden encontrar reproducciones de sus cuadros).
Michelle sí es un personaje inventado y si está basado en alguien real no lo es, al menos, en una persona pública. De las tres historias ésta es la única narrada en primera persona, imagino que al ser un personaje de origen boliviano, como el propio autor, Paz Soldán se sentía más seguro al crear la voz narrativa para ella.

Los capítulos no se van dando paso de forma mecánica en ternas de tres, sino que, tras la presentación de las historias, la que acaba ocupando más espacio y relevancia en la novela es la de Jesús y sus crímenes. Y la de Martín Ramírez es la que se narra en un menor número de páginas.

El tema de la frontera, su concepción física y mental, es fundamental para la construcción del libro. Así se habla de emigrantes de los años 30, cuando la frontera al norte era fácil de pasar; de inmigrantes en Estados Unidos de primera o segunda generación; del incremento gradual de vigilancia en la frontera para evitar su permeabilidad; de norteamericanos de origen hispano, pero cuyos antepasados ya ocupaban el territorio del sur de los Estados Unidos desde antes de que este país se anexionara parte del territorio mexicano.

Empecé a disfrutar realmente de Norte pasadas unas 50 páginas, porque hasta aquí lo leído me estaba resultando territorio trillado: un asesino en serio que mata porque oye voces; un pintor genial y loco, que piensa que los demás desaparecen si él cierra los ojos; y una estudiante de literatura que se enamora de un profesor brillante, pero que empieza a desquiciarse.

Una vez superado el nivel de la introducción de las historias, la que me resulta más floja es la correspondiente al pintor Martín Ramírez. La representación ficcional que hace Paz Soldán de su locura, su mutismo y su posible capacidad para aislarse de los demás, sobre todo al principio, me ha parecido que se exponía de una forma repetitiva. En todo caso, como la novela, esa historia adquiere más fluidez en su segunda mitad.

La historia del psicópata Jesús empieza a adquirir ritmo según le acompañamos al norte, atravesando los agujeros de una frontera que parece conocer a la perfección; y, sobre todo, al entrar en escena, actuando como contrapunto, el sargento Fernandez, de la policía tejana. Un representante del orden norteamericano de origen mexicano, que en más de una ocasión se apiada de los inmigrantes latinos y no los detiene. Fernandez intentará comprender a Jesús, las motivaciones para sus actos…
En el juego presentado entre Jesús y Fernandez, Norte me ha recordado a No es país para viejos de Cormac McCarthy. El propio Paz Soldán habló de McCarthy, en la presentación, como de un autor al que admira.
Y si comparamos Río Fugitivo con Norte, vemos que el estilo de Paz Soldán ha evolucionado desde un lenguaje exuberante, más al estilo hispanoamericano de, por ejemplo, Vargas Llosa o García Márquez (de este último se hablaba en aquella novela, por otro lado, sin mucho amor), hacia la sequedad fría de un norteamericano como Cormac McCarthy. También el empleo de las elipsis narrativas de Norte me ha recordado al de McCarthy en No es país para viejos.

Un hecho interesante que une a las tres historias, y del que me gustaría hablar, es la presencia de la locura, que Paz Soldán parece identificar con la locura creativa. Todos los personajes principales de este libro se acercan a la página en blanco: Jesús escribiendo unos cuadernos delirantes, plagados de faltas de ortografía, y en los que aboga por la destrucción mundial; Ramírez pintará en cualquier superficie que le suministren; Michelle intenta escribir y dibujar un cómic, y Fabián trata de crear una teoría global de la literatura hispanoamericana, pero, cada vez más, se sumerge en la locura de la droga.
La historia de Michelle es la que más postmoderna de todas, ya que las referencias pop -grupos de música, marcas comerciales...- son continuas. La versión Zombi que escribe sobre el cuento de Juan Rulfo Luvina me ha parecido uno de los momentos más brillantes de Norte.

Ya he dicho que el lenguaje de Paz Soldán se ha vuelto seco y preciso (de una sequedad espeluznante al describir los crímenes de Jesús), pero me gustaría destacar el gran trabajo realizado al intentar captar un español fronterizo, con construcciones mexicanas y términos adaptados del inglés, en muchos casos trascripciones fonéticas al español.

Como reflexión final diré que he leído Norte con un interés creciente, tras superar dudas iniciales; y que después de señalar algunas de las debilidades de este libro, su construcción y su ritmo me han parecido notables. Pero la verdad es que disfruté más de Río Fugitivo, y creo que esto es por un motivo claro: en Río Fugitivo Paz Soldán nos acerca a una realidad, la suya que, al menos para mí, era desconocida; la de la Bolivia de los años 80. Un país del que no conocía a ningún escritor para que levantara ante mí su mundo ficcional como interpretación del real. Fue muy interesante poder acercarme a la clase media-alta de la ciudad de Cochabamba y percatarme de que, tras los problemas sociales, raciales, o de cualquier tipo de localismo, las inquietudes de un adolescente, con aspiraciones a escritor, eran las mismas que las de cualquier adolescente del mundo. Y quizás esta sea una de las bazas más importantes de la literatura, la posibilidad de encontrar lo que nos une a los demás sobre el lecho de las diferencias geográficas, culturales o temporales. Y este territorio propio, sobre una base local, había sido conquistado por Paz Soldán en Río Fugitivo.
En cambio, en Norte Paz Soldán se acerca a un territorio que debe conquistar no desde la experiencia propia sino desde la del lector (biografía de Martín Ramírez o de the Railroad Killer) y recreando un lenguaje, el chicano, que no es propiamente el suyo. Y aquí el mérito de la conquista es más grande, pero también la posibilidad de no levantar el vuelo hasta las cotas que uno espera de un buen escritor como es Edmundo Paz Soldán.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Río Fugitivo, por Edmundo Paz Soldán

Editorial Libros del Asteroide. 354 páginas. 1ª edición de 1998, ésta (revisada) de 2008.


La primera vez que me fijé en el nombre de Edmundo Paz Soldán fue leyendo la contraportada del libro Niñas y detectives de la boliviana Giovanna Rivero, escrita por él. Busqué en Internet y averigüé que Paz Soldán, al igual que Rivero, es un escritor boliviano, que además, pese a haber nacido en 1967, tiene ya una sólida obra en su haber, y que en España está casi toda publicada por Alfaguara.

El tiempo narrativo de Río Fugitivo nos lleva a 1984, cuando tanto el narrador, Roberto Moreno, como el autor, Edmundo Paz Soldán, tienen 17 años; y la acción se sitúa en la ciudad boliviana de Cochabamba, de donde también es Paz Soldán.
“En aquellos días ya lejanos –pero todavía recuperables para mi memoria-“, así empieza este libro evocado, como nos percataremos en las páginas del epílogo, desde una distancia de 13 años, cuando el narrador ha alcanzado ya los 30.
Roberto nos habla de su último año en el colegio Don Bosco, donde acuden los hijos de la clase alta de Cochabamba, y el mismo narrador admite su deuda con Mario Vargas Llosa y La ciudad y los perros en la página 26 de la novela: “Serás nuestro Vargas Llosa, me decía, y yo encantado, Vargas Llosa era mi modelo, quería –quiero- escribir de Bolivia como él escribe del Perú y de paso que todo el mundo me lea”.

La novela comienza con la vuelta al colegio Don Bosco tras las vacaciones de verano. En el patio se reencuentran los compañeros con su realidad clausura durante 3 meses. Roberto está ansioso por oír las historias que sabe que le van a contar sus amigos, ya que se trata de alguien que cataloga a las personas que le rodean según su versatilidad como narradores.

La novela, en sus partes más cómicas, además de La ciudad y los perros, también podría entroncar con las evocaciones melancólicas y divertidas que hace en sus libros el también peruano Alfredo Bryce Echenique; estoy hablando principalmente de No me esperen en abril o Un mundo para Julius. Aunque en la novela de Paz Soldán nos olvidamos pronto que, como se anunció en su primera línea, se trata de una evocación, porque todos los avatares de ese último curso en el Don Bosco se describen desde una gran cercanía narrativa. De hecho, ni siquiera una grave desgracia familiar, con la que nos topamos en la página 194, enturbia ni cubre de significados diferentes la descripción de las semanas previas al suceso terrible, que en realidad es el que está marcando la novela y la necesidad de volver a aquel pasado.

Los capítulos se desarrollan siguiendo una forma compositiva similar en casi todos: se narra un suceso presente para Roberto (su primera persona mediatiza la novela), por ejemplo, una caminada junto al río, y entre los huecos de ese paseo se evocan acontecimientos acaecidos durante los últimos días.

Dentro del modelo que La ciudad y los perros supone para este libro, Roberto también escribe textos que vende a sus compañeros, cartas o poemas de amor, relatos eróticos, que en la mayoría de los casos son plagios de obras conocidas.

Roberto consigue levantar el recuerdo de sus compañeros de curso y profesores, perfilando a una concurrida multitud de vívidos personajes secundarios, además de describirnos con minuciosidad a sus familiares y vecinos. También se dibuja como telón de fondo la crisis económica que vivía el país en la década de los 80 bajo el gobierno democrático del presidente Siles, con continúas huelgas, movilizaciones e hiperinflación del 200% al mes.
Dentro de un contexto de desigualdades sociales, de deterioro mediambiental, de familias disfuncionales, Roberto sueña con perfilar por escrito el crimen perfecto. Para ello ha creado un alter ego llamado Mario Martínez, personaje de sus cuentos, eficaz detective que trata de devolver el orden que lleva el crimen a la ciudad idealizada de Río Fugitivo.

Cuando en la página 194, el crimen o la muerte accidental irrumpen en el relato, Roberto se verá tentado de buscar a su Watson y convertirse en Sherlock Holmes. Su investigación particular le llevará a descubrir que la realidad no es como él hubiera querido que fuera en Río Fugitivo, que “la realidad siempre sorprendía” (pág. 314), y que el mundo además de estar lleno de narradores interesantes también lo está de “narradores peligrosos” (pág. 354).

Otro de los recursos narrativos de los que más se vale Paz Soldán en esta obra es del discurso digresivo. Roberto, mientras la trama novelística avanza, reflexiona continuamente sobre todo: la personalidad de cuantos le rodean, la fuerza de la herencia genética, la realidad de su país, la literatura… creando una gran novela-río en la que cabe casi todo, desde el lugar común adolescente a emotivas palabras sobre la familia, los amigos, el paso del tiempo…
Me ha sorprendido comprobar que ésta no es la primera novela de Paz Soldán, porque contiene casi todas las características de una primera novela: las ganas ansiosas de levantar un mundo complejo (muy cercano al propio) en el que poder hablar sobre todo lo imaginable.

Reflexiono sobre mis últimas tendencias lectoras: leer novelas cortas y libros de relatos. Y me cuestiono esto porque los personajes de Río Fugitivo me han acompañado durante unos 10 días, alzando para mí, cada vez que tomaba el libro, en un autobús, un aula, una cafetería, el sofá de mi casa… el mundo de una desconocida Cochabamba en los años 80, donde los sueños, los miedos y los descubrimientos de un adolescente son como en cualquier otra parte del mundo, como los de cada uno, misteriosos y únicos.
He sentido pena al acercarme a las páginas finales del libro, y éste es uno de los mejores elogios que se me ocurren.