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domingo, 20 de noviembre de 2022

El libro de nuestras ausencias, por Eduardo Ruiz Sosa


El libro de nuestras ausencias
, de Eduardo Ruiz Sosa

Editorial Candaya. 460 páginas. 1ª edición de 2022.

 

En 2016 me sorprendió positivamente la lectura de Anatomía de la memoria (2014) la primera novela de Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, México, 1983), una novela muy madura, en la que, desde el presente, se investigaba sobre un grupo político de los 70 en Culiacán, llamado «los Enfermos» y que deseaban cambiar el mundo, desde la clandestinidad y sus bibliotecas de libros prohibidos. En 2019 leí el libro de cuentos Cuántos de los tuyos han muerto, que también me gustó mucho. Sabía, porque he hablado con Ruiz Sosa en más de una ocasión, que llevaba años trabajando en la novela que ha sido al final El libro de nuestras ausencias, con el que ya estaba enfrascado, por ejemplo, cuando escribió y publicó el libro de cuentos. En un epílogo, el autor nos contará que algunos de los personajes de El libro de nuestras ausencias habían aparecido ya en 2003 en sus escritos.

 

En El libro de nuestras ausencias volvemos a Culiacán, la ciudad natal del escritor, en la costa oeste de México. Volvemos también a los apellidos y nombres que contienen algún significa simbólico para los personajes, como Teoría Ponce o Fernando Ciego. Ahora, en vez de acercarnos a un grupo político, en principio nos acercamos a un grupo de teatro.

Un grupo de amigos, relacionados con este teatro, buscan a Orsina o sus restos. Orsina era la actriz más destacada de la ciudad, a la que tras enfermar de cáncer ha reclamado su familia, quienes la han ido cambiado de hospital a hospital según los amigos indeseados se presentaban allí. La familia, de buena posición, a la que Orsina había dado la espalda, reclama ahora para sí su enfermedad o sus restos. Los personajes sienten en su interior, cada vez de un modo más intenso, la ausencia de Orsina, e inician su búsqueda por las carreteras y campos cercanos a Culiacán. Estos viajes les van a permitir entrar en contacto con otras personas que también persiguen a sus desaparecidos, casi siempre madres en busca de los restos de sus hijos ausentes. En este sentido, destacan las páginas en las que los protagonistas se van a enfrentar al «muro de los desaparecidos», unas vallas, cerca de la carretera, en las que las personas van pegando las fotos de sus familiares ausentes, y a cuya densidad enfermiza ellos contribuirán añadiendo las fotos de Orsina. Un muro que representa más un altar, o un monumento, que una esperanza real de que alguien indique el paradero de los desaparecidos.

 

Además de la ciudad de Culiacán, serán, de forma más concreta, dos los escenarios de la novela: el teatro de la ciudad, que en el pasado fue una cárcel, y la imprenta de los hermanos Teoría Ponce y Roldenas, que se acabará convirtiendo en un lugar de culto a los desaparecidos, gracias a un truco legal para que el negocio no sea embargado.

 

En El libro de nuestras ausencias nos encontramos con un narrador múltiple, un «nosotros», que termina siendo omnisciente, porque los personajes se acaban contando todas sus aventuras en un bar, y así sus experiencias acaban siendo colectivas. Desde el «nosotros» genérico se individualiza hasta un «yo» movible, donde un personaje concreto toma la palabra para contar algo a los demás. Ya comenté en Anatomía de la memoria que detectaba alguna influencia de Gabriel García Márquez, y este recurso de la voz múltiple me ha hecho recordar mi lectura de El otoño del patriarca (1975), donde también existía esta construcción.

También comenté cuando hablé de Anatomía de la memoria que me parecía percibir en Ruiz Sosa una influencia ‒tan común, por otra parte, en los autores latinoamericanos de su generación‒ de Roberto Bolaño. Aunque el estilo de Eduardo Ruiz Sosa es ya marcadamente suyo, y relacionado principalmente con sus libros anteriores, sin acudir a fuentes externas, sí que la propuesta de El libro de nuestras ausencias me ha hecho pensar en La parte de los crímenes de 2666, y su insistencia en dejar constancia de las mujeres desaparecidas y muertas en México. La idea de los muertos, de forma violenta, en México recorre la espina dorsal de la nueva novela de Ruiz Sosa de un modo febril, alucinatorio. De hecho, hay un momento en el que también me parece que se evoca al Juan Rulfo de Pedro Páramo y el lector tiene la sensación de que a través del «nosotros» del narrador múltiple están hablando voces de personas ya muertas sobre otras personas muertas y además desaparecidas.

En la página 408 me parece detectar un homenaje explícito a Bolaño, ya que se cita la ciudad de Gómez Palacio, que da título al segundo relato del libro de Bolaño Putas asesinas. Y poco después, en la página siguiente, se habla de la localidad de Papasquiaro, que es el segundo apellido del nombre artístico del gran amigo de Bolaño, Mario Santiago Papasquiaro, trasunto de Ulises Lima en Los detectives salvajes.

 

En Anatomía de la memoria Ruiz Sosa escribía su texto con algunas curiosidades tipográficas, como usar un sangrado no usual en muchos de sus párrafos. En los cuentos de Cuántos de los tuyos han muerto rompía la lógica de la prosa y separaba sus palabras como si se tratara de versos. De esta última forma escribe El libro de nuestras ausencias, con saltos textuales propios de la poesía. Además no hay ningún punto en el libro, aunque sí se pueden encontrar comas y puntos y comas. Cuando normalmente regiría un punto, Ruiz Sosa decide empezar en un nuevo renglón. Además no hay mayúsculas, al no haber puntos, salvo las que corresponden a los nombres propios. Todas estas licencias le transmiten al lector la sensación de encontrarse ante un libro que tiene que ver, en muchos aspectos, más con la poesía que con la prosa.

 

Si he de sacarle algún fallo a El libro de nuestras ausencias sería éste: en más de un momento parece estar escrito entre brumas, y esto hace que el lector sienta a los personajes como distantes, resultando difícil ‒tras el velo del narrador múltiple‒ identificar sus aventuras personales e interesarse por ellas, lo que va en perjuicio de la tensión narrativa propia de una novela. De hecho, en más de un caso existen repeticiones en el texto, sobre todo cuando se habla de la ausencia de Orsina, que tienen que ver con las repeticiones musicales al estilo de Thomas Bernhard, y con los ritmos propios de la poesía. Sin embargo, El libro de nuestras ausencias también contiene páginas de gran belleza formal, sobre todo aquellas que hablan de los desaparecidos y de la búsqueda que ejercen sobre ellos sus familiares, que en la mayoría de los casos suelen ser las madres. Se habla poco de las causas de estas desapariciones, y de este modo se nombra al narco casi como de pasada y al final. La sensación es que las desapariciones en México son una realidad cotidiana y cuyas causas están por encima de lo real. Todas las familias mexicanas deben aprender a lidiar con sus ausencias. Son estremecedoras las páginas que hablan de oficios como el de elaborar muñecos que sustituyan al desaparecido o el muerto para poder realizar un enterramiento que calme a las familias, las búsquedas en las morgues, la imposibilidad de encontrar restos reconocibles de los familiares años después de su desaparición, pero aun así la búsqueda incesante, como un medio de vida, como la vida misma.

Pese a la carencia señalada, sobre la distancia que siente el lector hacia los personajes y sus historias personales, El libro de nuestras ausencias me ha parecido una novela valiosa sobre la realidad latinoamericana actual, repleta de páginas estremecedoras, y escrita con una gran belleza formal.

domingo, 23 de junio de 2019

Cuántos de los tuyos han muerto, por Eduardo Ruiz Sosa


Cuántos de los tuyos han muerto, de Eduardo Ruiz Sosa.
Editorial Candaya. 171 páginas. 1ª edición de 2019.

En el verano de 2016 leí la primera novela de Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, México, 1983), titulada Anatomía de la memoria. Este libro es posiblemente mi favorito de los que he leído de la editorial Candaya. En marzo de este año fui a la presentación madrileña de la novela Factbook de Diego Sánchez Aguilar, y como sabía que Eduardo iba a venir desde Barcelona, acompañando a Olga y Paco –los editores de Candaya–, me fui a la presentación con el libro de Factbook y con Anatomía de la memoria, para que los dos autores me los firmaran. Ese mismo día, Eduardo nos enseñó en su móvil la portada de su nuevo libro de cuentos que en breve sería enviado a imprenta. Cuando esto ocurrió se lo solicité a sus editores. Me apetecía mucho leerlo.

Cuántos de los tuyos han muerto está formado por doce cuentos, o más bien por once cuentos y una coda que podríamos considerar un juego final de intertextualidad. Pues lo que realmente hace la media página que representa este último relato es conversar con el final abierto del segundo cuento. Una forma muy bella de cerrar el volumen.

El primer cuento se titula Desaparición de los jardines y en sus páginas, un narrador –que a veces se convierte en un «nosotros» que le incluye tanto a él como a su hermano– habla con nostalgia de la pérdida de su abuela, una mujer mayor que se está despidiendo del mundo, olvidando a todos sus seres queridos. «No sé en qué momento dejó de reconocerme». Con esta frase empieza el relato en la página 11. Hacia el final del cuento, las plantas del jardín de la abuela y de los jardines de los vecinos empiezan a enfermar y morir. Esta idea de jardín muerto, del jardín desolado, me hizo pensar de forma inmediata en el cuento de Juan Carlos Onetti Tan triste como ella, en el que un jardín pasa a ser un suelo embaldosado, que representa el agotamiento de la relación entre los protagonistas. No sólo la temática del cuento de Ruiz Sosa me ha hecho pensar en Onetti, también el aire envolvente, poético y triste de su prosa.

Además, en este primer cuento ya podemos observar una característica de estilo que va a repetirse en todo el volumen: Ruiz Sosa prescinde en más de una ocasión de algunas reglas sintácticas y no coloca, cuando correspondería de forma clara, comas o puntos. De hecho, en ocasiones algunos renglones, ocupados por unas pocas palabras, siguen los caprichos compositivos de un poema de verso libre.

El segundo cuento, La garra de la estatua, sobre la pérdida de la madre, parece un cuento escrito con la misma voz narrativa (o voces narrativas) que el primero. De hecho, apuntaría que existe alguna conexión directa entre ellos. En el primer cuento se lee: «Mi madre murió en agosto» (pág. 14), una frase que ya anuncia el tema del segundo. En este relato, el hijo busca una explicación a las creencias mágicas de la madre, que ha muerto recientemente, adentrándose en un mundo de ligero exotismo. Este recurso me ha hecho pensar en los cuentos de Mariana Enriquez, que conseguía llegar al terror hablando de las creencias fantásticas de las personas. Sin embargo, Ruiz Sosa se decanta más por la melancolía poética que por el terror. Aunque quizás me he precipitado al afirmar esto, porque El dolor los vuelve ciegos, el tercer cuento, es un relato fuertemente terrorífico. En él, un joven ha de visitar periódicamente la morgue para tratar de identificar el cadáver de su hermano desaparecido:
«La familia metida como un punzón en la herida nacional
                                 el mundo de los desaparecidos
                                                los muertos
                                                       las búsquedas sin término.» (pág. 40)

Diría que los tres primeros cuentos del libro, los ya comentados, son los mejores del volumen, los que más me han gustado. Y este tercero, El dolor los vuelve ciegos, mi favorito de todo el libro, un cuento que se merecería estar en cualquier antología de cuento latinoamericano contemporáneo.

Cuando comenté Anatomía de la memoria escribí que algunas de las escenas más delirantes de la novela me habían hecho pensar en el estilo rico y melancólico de Gabriel García Márquez. Más tarde le pregunté a Eduardo en una entrevista que le hice (PINCHAR AQUÍ para acceder a la entrevista) qué filiación literaria sentía hacia García Márquez, y me contestó que había sido uno de los autores que más habían influido en su formación. Pues bien, en más de un relato de Cuántos de los tuyos han muerto he sentido la mano benefactora de García Márquez como influencia. Sobre todo en ese recurso, que ya he comentado, de que la voz narrativa sea una primera persona del plural que, de vez en cuando, se convierte en una primera persona. Este recurso me sorprendió mucho en la gran novela de García Márquez El otoño del patriarca.

He destacado los tres primeros relatos, pero el cuarto, La mirada médica, en el que el narrador nos habla de la vida de unos vecinos, y sobre todo de los hijos de su edad, ligeramente discapacitados intelectuales, es también un gran cuento. Un cuento tan feroz, bello y cruel como ha de ser un buen cuento. La presencia de la muerte en estos relatos sigue siendo abrumadora.
El quinto relato, El sanatorio de la intemperie, empieza así: «Recordamos muchas muertes» (pág. 73). De nuevo, aquí se juega con el recurso de la voz narrativa en plural que se descompone en otras individuales, pero (aun siendo un buen cuento) el impacto sobre el lector es algo inferior al conseguido antes.

Una voz sin cuerpo, sobre una familia en la que el padre es ciego y los hijos crecen pensando que heredarán la ceguera del padre, me ha resultado algo artificioso. En una nota final, Ruiz Sosa apunta: «Este libro, inesperado en su factura final, se fue construyendo a lo largo de muchos años» (pág. 169). Intuyo que la escritura de esta narración es anterior a la de los cuentos previos y me ha resultado algo más inmadura.

No he conseguido entrar en el texto que propone No tiene nariz ni ojos pero sí una boca. Un relato de corte onírico o surrealista con el que no he conectado, aunque después de acabarlo he tratado de volver a leerlo.

Tras el bache de No tiene nariz ni ojos pero sí una boca el libro remonta y alcanza altas cosas de excelencia en Naturaleza de los fieles, donde se habla de una joven que ha de soportar diversos abusos de carácter sexual (o religioso) y que va pasando de una casa a otra en busca de su lugar en el mundo. Su dura propuesta, sobre el dolor de las jóvenes latinoamericanas, me ha hecho pensar en la potente propuesta de María Fernanda Ampuero en Pelea de gallos.

Que el mundo arranque tus ojos, sobre un actor al que le gusta fingir su muerte en público, lo sitúo a la altura de El sanatorio de la intemperie, un cuento correcto, pero algo inferior en su factura a las grandes composiciones del libro.

Me gusta Muerte de David Brodie por su juego literario con un relato de Borges y su cuestionamiento de la figura del padre. De nuevo encontramos aquí la obsesión por la muerte y la morgue, como si Eduardo Ruiz Sosa fuese un Poe latino.

Si descontamos la coda final (el juego intertextual con el cuento La garra de la estatua), el último cuento es La desesperación de los siervos que, sin ser para mí de los mejores, sí que ha captado mi interés.  Aquí Ruiz Sosa abre nuevos caminos narrativos (tal vez a lo Roberto Bolaño), trasladando el escenario de la narración a Barcelona, a la descripción de cortos y películas, y al envío de cartas con destinatarios equívocos.

Como suelo hacer cuando comento un libro de relatos, me he acercado a cada uno de los cuentos. Como suele ocurrir también cuando leo un libro de relatos, algunas piezas me han resultado más conseguidas que otras, aunque el nivel general es alto. Los mejores cuentos de Cuántos de los tuyos han muerto son realmente buenos.
Tras haberme acercado a Anatomía de la memoria y a Cuántos de los tuyos han muerto puedo confirmar que Eduardo Ruiz Sosa es actualmente uno de los autores latinoamericanos jóvenes más destacados.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Entrevista a Eduardo Ruiz Sosa, autor de Anatomía de la memoria

Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, México - 1983) ha publicado narrativa, crónica y ensayo en periódicos y revistas. En 2007 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Inés Arredondo con el libro La voluntad de marcharse (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2008).
En 2012 fue ganador de la I Beca de Creación Literaria Han Nefkens, que le permitió estudiar el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra. En 2014 fue incluido en México 20, una antología impulsada por Conaculta y el British Council, que reunía a los 20 escritores jóvenes más sobresalientes de México.
En 2014 publicó su primera novela, Anatomía de la memoria, en la editorial Candaya. En 2016 el libro se ha reeditado en España y, por primera vez, se comercializa en México.
Puedes leer la reseña que escribí de Anatomía de la memoria pinchando AQUÍ

Foto de Francesc Fernández.


Estudiaste Ingeniería Industrial. ¿Tu vocación literaria fue tardía?

No precisamente. Mi interés por la lectura es muy temprano, a la manera habitual de la lectura que busca evadir el aburrimiento. Empecé leyendo Mafalda, por ejemplo, y poco a poco las lecturas fueron ampliándose. A partir de ahí fue casi natural llegar a la escritura. De la misma manera se trataba, al inicio, de un juego, poco más. Hacia el bachillerato empecé a escribir relatos y asistí a un club de lectura con un promotor cultural de Culiacán, Martín Amaral; a él le debo mis primeras lecturas de Borges, de Arreola, de los poetas mexicanos del grupo Contemporáneos (Gorostiza, Villaurrutia, Pellicer, Owen). Fue a Martín a quien le mostré esos primeros relatos y fue él quien me recomendó que asistiera al taller de narrativa de Élmer Mendoza. En ese tiempo estaba ya en la universidad. Mis estudios de ingeniería son, más bien, circunstanciales, una cosa familiar. Fue gracias al taller de Élmer que empecé a tomarme la escritura con especial seriedad y una disciplina más sólida. A partir de ahí no he dejado de dedicarle casi la mayor parte de mi tiempo. Es verdad que muchos escritores de mi edad, o incluso más jóvenes, tienen un número mayor de publicaciones. Yo he decidido ir despacio. Es una cuestión de elección, nada más. He publicado solamente un libro de cuentos y una novela, pero antes he escrito y desechado casi una docena de proyectos terminados. Creo que mi interés por dedicarme a la escritura no es ni especialmente temprano ni tardío. En cambio, probablemente, mis publicaciones sí son más bien tardías, aunque hasta cierto punto, al menos en comparación con otros escritores de mi generación. Lo que sí, definitivamente, puede considerarse como un interés temprano es mi afición por leer.
             

En 2014 apareció en España Anatomía de la memoria, y en 2016, además de tener una segunda edición en España, la novela se edita en México. La recepción crítica que has tenido en España ha sido exitosa, ¿esperas que en México se haga de tu novela una lectura más política o polémica de que la que se ha hecho en España?

No estoy muy seguro de qué esperar cuando el libro se lea en México. No estaba seguro, tampoco, de cómo se recibiría en España. Estoy muy agradecido con los lectores que han acogido el libro tan generosamente. Creo que es posible que algunos lectores, mexicanos, cercanos a los acontecimientos que trascienden la ficción del libro, traten de encontrar un anclaje real o verdadero, es decir, que hagan un escrutinio del libro buscando aquellas cosas que saben que sí pasaron. La lectura política, desde luego, la espero: Anatomía de la memoria es un libro con política, sin duda; la polémica, en cambio, no sabría decirlo. Desde luego que muchas de las lecturas en España, según puede verse en algunas de las reseñas publicadas, son de orden político, aunque no polémicas. Creo que la nota preliminar que aparece en el libro busca explicar ciertas nociones sobre la percepción del discurso histórico: estamos ahí, todos, pero no en la forma en que creemos, o queremos, estar. En ese sentido, durante una presentación que hicimos en 2014, recién llegados a Culiacán, en la Feria del libro de Los Mochis, el comentarista, el poeta Jesús Ramón Ibarra, dijo que si alguien acudía al libro buscándose o buscando a otros, con nombre y apellido, no podrían encontrarse. Justamente esa es la intención del libro: a veces se borran los nombres, e incluso se borran los acontecimientos, pero queda una huella, y esa huella es la que trato de delinear en la escritura. Creo que esa huella es la naturaleza profunda de la escritura: el borde de lo perdido, de lo ausente. Si la polémica es en torno a si los acontecimientos contados en el libro ocurrieron o no, o si los personajes son reales o no, creo que sería estéril. Si la polémica, en cambio, es sobre la forma en que ciertos discursos históricos, sobre todo los oficiales, borran tantos los hechos como lo emotivo convirtiendo la narración del pasado en una colección de números y registros estadísticos, entonces creo que se trataría de una polémica útil. Vivimos rodeados de acontecimientos del pasado que se celebran, de una u otra forma, como piedras que perviven en el presente y que fundan un camino o que lo cubren y lo entorpecen. El pasado es imposible de recuperar, la literatura no busca una reconstrucción del pasado, pero sí una recuperación. Y esa reconstrucción sólo es posible ahora. Por eso la novela no ocurre en los años setenta, como ocurrieron los acontecimientos que trascienden a la ficción, sino que ocurre en el presente, cuando los personajes involucrados, con la edad encima, con el recuerdo encima en sus diversas manifestaciones, se enfrentan a una decisión: ¿qué van a hacer con esos recuerdo hoy? No se trata de la recreación del pasado, sino de la recreación del presente, o de un presente posible. 


Cuando TV Vilafranca te entrevistó, por motivo de la presentación de Anatomía de la memoria, declaraste: «El contexto de la historia es bastante histórico-político, sobre unos movimientos estudiantiles en el norte de México, en la ciudad de donde yo soy, que es Culiacán, en la costa del Pacífico, y que ocurrieron en los años setentas.» ¿Por qué decidiste en tu novela cambiar el nombre de Culiacán por el de Orabá y el de México por «El País»?

Culiacán es un territorio, como cualquier territorio real, determinado por ciertas condiciones históricas, contextuales, sociales, culturales, etc., que en principio no me permitían abordar la historia del libro con total libertad. En el comienzo esa fue la razón. Luego la idea se fue fortaleciendo porque las ciudades se contagian entre sí, se afectan unas a otras. Así, en Orabá se encuentran rasgos de las que son, para mí, para mi historia personal, las tres ciudades más importantes: Culiacán, Tijuana y Barcelona (que incluye, desde luego, a Cerdanyola, donde viví 8 años). De esa manera, Orabá es una mezcla de varias ciudades y de varias experiencias en torno a las ciudades. Ahí pueden suceder cosas que, en principio, en Culiacán no podrían suceder. Es, además, parte de una geografía imaginaria que empezó a aparecer hace unos diez años, cuando inició el proyecto de escritura de donde se desprende Anatomía de la memoria, y que es en este libro donde cobró forma casi definitiva. Creo que muchas de las cosas que escriba en adelante tendrán como sede, o como lugar de referencia, a Orabá.
            En cuanto al nombre de «El País», hay un par de cosas qué decir: en primer término se trata de una suerte de país imaginario donde existe la ciudad de Orabá, donde esa ciudad es posible; en segundo término, también es la idea de que cualquier país puede albergar una ciudad como Orabá, y es por ello, precisamente, que hacia el final del libro se precisa que el país del que se habla es México, un país donde una ciudad como Orabá ha podido existir, engendrarse, por así decirlo.


En el ensayo Escritura y revolución. Una historia política de Los Enfermos a través de sus producciones discursivas (Sergio Arturo Sánchez Parra, Universidad Autónoma de Sinaloa) se puede leer que la denominación de «Los Enfermos» era un calificativo despectivo con el que sus detractores se referían a un grupo estudiantil de izquierdas que apareció en la universidad de Sinaloa durante los años 70. En Anatomía de la memoria, los Enfermos de la novela, además de estar en contra del poder, parecen enfrentados a los grupos comunistas de la ciudad, y se autodenominan a sí mismos «Enfermos» sin connotaciones despectivas. ¿Por qué este cambio frente a la realidad?

El nombre de «Enfermos» viene dado, sí, por los grupos opositores en aquel momento; es, en efecto, una suerte de mofa, pero el grupo lo adoptó como una cualidad, le dio una vuelta de tuerca al nombre. «Si esto es la enfermedad», decían, «nada podrá curarnos». La realidad es lo que creemos que es la realidad. No hay, en realidad, un cambio con respecto al sentido del nombre. El grupo estuvo, sí, enfrentado contra otros grupos que, en su mayoría, emanaban de la propia universidad. El nombre del grupo es algo fundamental en el libro no solamente por la anécdota del grupo estudiantil, sino por el simbolismo: hay los Enfermos, los que pertenecieron al grupo, los que intentaron hacer la revolución; y están también los enfermos, con minúscula, que son lo que se reúnen en la Botica Nacional, a medicarse, porque el pasado los ha herido en demasía. Pero todo ellos, y nosotros también, viven en una ciudad enferma, en un país enfermo, es decir, herido por el pasado y herido por la historia. La enfermedad, pues, en el libro, es un concepto más amplio que parte de ese giro que los integrantes del grupo le dieron a una suerte de insulto que, en su momento, intentó estigmatizarlos. 
           


¿Llegaste a contactar con algún Enfermo real en la fase de documentación de la novela? ¿Ha contactado alguno contigo una vez que la novela se ha publicado?

Hubo un proceso de investigación antes y durante la escritura. En un viaje a Culiacán, mientras trabajaba en el libro, pude hablar con algunas personas que vivieron aquellos acontecimientos. Algunos de ellos fueron Enfermos, otros pertenecieron a otros grupos de aquel momento, y otros fueron testigos, contemporáneos de la época. Se trata de la generación de mis padres, de los amigos de mis padres, y muchos tienen historias al respecto. Aún no he hablado con ninguno de ellos después de la publicación. No me imagino qué opiniones tendrán.


Anatomía de la memoria guarda una estrecha relación compositiva con Anatomía de la melancolía de Robert Burton. ¿De dónde parte tu fascinación por el libro de Burton?

Me topé con el libro, por primera vez, cuando estudiaba el máster en Historia de la ciencia. Aunque mi tesis se inclina hacia la física, me he interesado mucho por la historia de la medicina. El libro se convirtió en una especie de libro de consulta: iba a la librería o a la biblioteca y leía una sección o un fragmento cualquiera, tomaba notas, encontraba ideas, preguntas en las cuales pensar sin necesidad de llegar a nada, es una especie de libro total. Empecé leyendo la edición original y luego me compré la selección publicada en Alianza y prologada por Alberto Manguel. Después llegué a los ejemplares de la Asociación Española de Neuropsiquiatría. Me interesa la forma en que Burton se aproxima a la melancolía: su estudio es completo porque incluye el conocimiento científico de su tiempo, las prácticas médicas, las historias populares, la literatura, la filosofía, y tantas cosas que el texto se convierte en una especie de tratado interminable. De ahí tomé la estructura para Anatomía de la memoria, y el título, desde luego. La intención de diseccionar la memoria como un cuerpo, o de tratarla como a una enfermedad, porque en Robert Burton la melancolía tiene esas dos vertientes: es enfermedad, sí, pero es también un cuerpo en tanto cúmulo de causas y efectos, de historias y personas, de procesos y sistemas de creencias. Evidentemente mi libro no logra lo que Burton, pero ahí reside una aspiración, una búsqueda. 


En TV Villafranca declaraste: «La intención es diseccionar la memoria como si fuera una enfermedad.» ¿Sientes que la memoria es siempre una enfermedad o sólo bajo determinadas circunstancias?

No estoy del todo seguro de que la memoria pueda enfermar. En todo caso, tratar a la memoria como a una enfermedad es colocarla dentro de un proceso de observación determinado con el fin de ver sus elementos constituyentes y sus manifestaciones dentro de un marco de referencia. En todo caso creo que la memoria es un cuerpo, como decía antes, un cuerpo complejo que, además, no está completo si no se conecta con otros cuerpos; es decir, mi memoria no es casi nada sin la memoria de los otros. Yo también estoy en la memoria de los otros. Esa red es necesaria, prácticamente indispensable. No creo que la memoria, en sí, como objeto textual o compuesto de imágenes, de lenguaje, pueda enfermar, pero creo que la luz que echamos sobre ella en determinados momentos, para usarla de determinadas maneras, sí puede manifestarse como una enfermedad, o como una suerte de disfunción, pero esto es solamente una consideración que circula en torno a una idea subjetiva sobre aquello que es enfermo o que no funciona de tal o cual forma. Es evidente que hay padecimientos diversos que afectan el desempeño de la química cerebral y que producen lapsus, amnesia, hipermnesia, Alzhéimer, esquizofrenia y otras condiciones que modifican la forma de preservar y comprender los recuerdos y los relatos que se componen con ellos. Pero mi intención es la de dar a la memoria un tratamiento específico, diseccionarla, abrirla para tratar de comprender cómo funciona, cómo hacemos que funcione. Creo que, en resumen, no es que la memoria enferme en ocasiones, es que tal vez actúa en nosotros como una enfermedad: a veces sus síntomas se manifiestan, a veces no. La escritura, tal vez, sea uno de esos síntomas. 


Al leer tu novela me pareció detectar que algunos pasajes especialmente melancólicos –sobre todo los que guardan relación con los habitantes de la Botica Nacional− podían estar emparentados con la tristeza poética de los libros de Gabriel García Márquez. Ahora que más de un joven escritor en español parece renegar de García Márquez, ¿te sientes cómodo con esta comparación?

García Márquez es uno de los escritores que más han marcado mi formación. Hay otros muchos que, hoy en día, acostumbro a citar primero, pero Cien años de soledad sigue siendo, para mí, un libro portentoso y fundacional. Es cierto que hay muchos escritores, jóvenes y no tan jóvenes, que tratan a García Márquez, o a Julio Cortázar, incluso a Borges, como autores pasados de moda o que no se ajustan a los procesos actuales o a los modos de hacer literatura del siglo XXI; me parece que se trata de una crítica vacía, o tal vez una carencia de lecturas. No lo sé. Yo sigo encontrando en ellos una utilidad honda. No es que la mención sea cómoda, es que es halagadora.
            En cuanto a los fragmentos correspondientes a la Botica Nacional y a la casa de Lida Pastor, creo que, sin duda, has acertado: se trata de un espacio familiar, personal: es el espacio de mi infancia, de buena parte de mi infancia. Hay ahí una fuerte cuota de nostalgia (melancolía, para decirlo con Burton) de una cierta forma de ver el mundo, de vivir, de entenderse, incluso hay una cierta melancolía, pues, con la forma de vivir los espacios, los patios, las viejas casas del centro de Culiacán, una calma perdida hoy, una iluminación, en fin, es el pasado infantil con toda su idealización.  


Has declarado que tu novela es «realista, rozando lo absurdo». Recomiéndanos alguna otra novela que pueda cumplir con esa definición.

Creo que, en general, las novelas de David Toscana, Santa María del Circo, La ciudad que el diablo se llevó, por ejemplo, son modelos que he tratado de seguir. También lo son las novelas de Fernando del Paso: Palinuro de México y Noticias del imperio, sobre todo. Creo que El barón rampante, de Calvino, El bosque de la noche, de Djuna Barnes, Claus y Lucas, de Agota Kristof y el Reloj de arena, de Danilo Kis, son libros que he leído de una manera similar, atendiendo a esa especie de realismo absurdo que no se despega de la realidad, que a veces aparece en los diarios o en las historias familiares. Toscana lo llama realismo desquiciado.  


¿Cuál es tu particular canon de la literatura mexicana? ¿Cuáles son tus escritores mexicanos favoritos?

Como decía en la pregunta anterior, Fernando del Paso y David Toscana, pero también está, desde luego, Juan Rulfo, Salvador Elizondo y Daniel Sada, en cuanto a los narradores que más he leído y releído y de los que sigo aprendiendo mucho. Pero también hay poetas que debo mencionar: José Gorostiza, tal vez, sería el primero; y están Gilberto Owen, Villaurrutia, Lizalde, Bonifaz Nuño.


¿Estás en contacto con otros escritores jóvenes mexicanos? ¿Crees que existe alguna diferencia entre la nueva narrativa mexicana y la de generaciones anteriores?

Honestamente, sólo estoy en contacto, y a veces de forma muy esporádica, con algunos pocos con los que he establecido relaciones de amistad más allá de lo literario. Además tiendo a ser muy desobligado en la correspondencia. Más que una diferencia creo que existe una voluntad de diferencia, que no necesariamente es mejor. En México hay muchos escritores jóvenes publicando, y es difícil seguirles la pista. También hay demasiados grupos antagonistas, cosa que no me interesa. En ese sentido, en la tradición mexicana ha habido pocos cambios. Hay escritores sobresalientes, desde luego. Tal vez hay una intención más interesante en torno a la eterna discusión sobre los regionalismos: la idea de que o bien hay que ser urbano o rural, como si México fuera esos dos polos solamente; y en torno a ello, la noción de la Ciudad de México es el centro neurálgico del país está dejando lugar a más libros que tratan de explicar los diferentes países que hay en este país enorme. Creo que ahí es donde veo una apertura especial: autores que escriben desde sus ciudades, muchas veces lejos del centro del país, y que revelan realidades que si bien ya se habían abordado, no habían tenido tantos espacios como hoy. Pienso, por ejemplo, en Julián Herbert, en Joel Flores, en Fernanda Melchor.


Enrique Vila-Matas escribió sobre Los detectives salvajes de Roberto Bolaño: «Un carpetazo histórico y genial a Rayuela de Cortázar. Una grieta que abre brechas por las que habrán de circular nuevas corrientes literarias del próximo milenio.» En mi comentario sobre Anatomía de la memoria apunté que tú eras uno de esos escritores del nuevo milenio que hacían espeleología en la «grieta bolañesca» de la que hablaba Vila-Matas. ¿Sientes que la obra de Bolaño ha influido sobre la composición de tu novela?

Sin duda Bolaño es un autor referencial para mí. Es otro que, últimamente, como comentábamos antes sobre García Márquez, ha sido objeto de esas críticas que lo castigan por ser un escritor de su momento. Para mí, tanto Los detectives salvajes como 2666 son novelas cuya estructura me ha enseñado mucho. Tal vez no pensé tanto en Bolaño mientras escribía el libro como sí pensé, por ejemplo en Elizondo o en Lobo Antunes, pero cada libro leído va dejando una huella, una marca imborrable, y Bolaño lo ha hecho, desde luego. Hay una idea en torno a la polifonía, que está en Bolaño, pero que la comprendo más en Lobo Antunes, que trata de explicar el vacío, la ausencia, mediante el discurso de los que se quedan: eso me interesa mucho, esa idea de que los protagonistas de la historia son los que no están, y que, como decía, Lobo Antunes logra estupendamente, es una de las ideas principales en la estructura de Anatomía de la memoria.


Eres profesor en la Facultad de Historia de la Universidad Autónoma de Sinaloa y también coordinas un taller de creación literaria. ¿En qué se diferencia el profesor de historia del profesor de taller de literatura?

En realidad hay muy poca diferencia: salvo los contenidos, el rigor académico tiene su correlato en la disciplina del narrador; los marcos referenciales se pueden asemejar a las estructuras de un relato; la «necesaria» ausencia del autor en los artículos académicos es como la necesidad de transparencia del autor, y a veces del narrador, en una novela. Desde luego que el asunto de la evaluación es otra gran diferencia, pero mi trato con los temas de un curso de historia es semejante al trato para con los temas en el taller. Ahora bien, es verdad que en el taller de creación hay un margen mayor para explicar, a partir de mis experiencias en la lectura y la escritura, ciertos modos de enfrentarse al texto, a la historia, a los temas. Mi intención en el taller no es endilgar a los asistentes mis propias formas, sino mostrarles cómo es que a lo largo del tiempo que se le dedica a la escritura uno va construyendo y destruyendo modos de hacer con el fin de llegar, en algún momento, a la última página de un texto. Creo que eso es lo que trato de hacer en el taller, y en cierta medida eso es difícil de hacer en una clase de historia.

¿Estás escribiendo algún nuevo libro? En caso afirmativo, ¿nos puedes hablar de él?

Ahora mismo estoy retomando, poco a poco, aunque sin pausa, un texto que salió del mismo lugar de donde salió Anatomía de la memoria hace unos 10 años. Es una novela también, espero que con menos errores, que aborda principalmente el asunto de la ausencia. La estructura es diferente (creo que aunque es tentador no volveré a usar nunca la sangría francesa) tanto en la distribución de las partes como en el lenguaje, aunque la intención de un lenguaje poético, creo, no desaparecerá nunca. La ausencia, pues es el tema, y la forma en que enfrentamos esa ausencia, así como sus causas: México vive, desde hace mucho tiempo, una época de desapariciones, de ausencias, de pérdidas sin posibilidad aparente de recuperación, pero además hay ciertos acontecimientos, propios de ese realismo absurdo, que se van suscitando en torno a estas ausencias: desaparecidos cuyos cuerpos han sido devueltos a sus familias para que luego, a la vuelta de unos meses, descubran que el ausente estaba vivo, ha vuelto y aquel a quien enterraron no saben quién es; o bien, grupos de madres, sobre todo, que buscan fosas clandestinas y descubren cientos, miles, de cuerpos enterrados en el desierto, en la sierra, en los campos; y en torno a todo esto, numerosas manifestaciones que buscan darle un cuerpo a esa ausencia, un cuerpo asible, una posibilidad de re-posesión de lo perdido: hay una historia de una mujer cuya hija desapareció y cuyos amigos y familiares pintaron una foto con su retrato en un muro de la ciudad: la mujer pasaba por ahí todos los días, viendo el retrato de su hija, hablándole tal vez, hasta que un día se dio cuenta de que lo borraron, creo, para colocar propaganda; para ella, según lo dijo, fue como volverla a perder. Sobre eso estoy escribiendo ahora, creo que me resulta necesario hablar de la ausencia.

Muchas gracias, Eduardo.


domingo, 23 de octubre de 2016

Anatomía de la memoria, por Eduardo Ruiz Sosa.

Editorial Candaya. 573 páginas. 1ª edición de 2014; esta de 2016.

Recuerdo que cuando Olga y Paco, los editores de Candaya, publicaron en 2014 Anatomía de la memoria de Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, México, 1983), sentí varias veces la tentación de pedírsela, pero en aquel momento, pensando que (como siempre, por otra parte) tenía muchos libros por leer, que no debería leer tantas novedades, etc., me contuve. Leí con interés las reseñas que iban apareciendo sobre ella, y al ser tan unánimemente positivas, siempre consideré que en algún momento acabaría leyendo el libro. Este verano, cuando Candaya anunció que estaba preparando la segunda edición y que además habría también una edición mexicana, me pareció el momento adecuado para leerla. Así que se la pedí a Olga y Paco que, al igual que otras veces, tuvieron la amabilidad de enviármela a casa.

Eduardo Ruiz Sosa ganó en 2012 la I Beca de Creación Literaria Han Nefkens, lo que le permitió estudiar el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra y tener tiempo para escribir su primera novela. Una primera novela que podría ser la quinta o la sexta, o el número que se le ocurra al lector, porque existen aquí muy pocos titubeos de primerizo (por no decir ninguno).

En una nota inicial, el autor pone en conocimiento del lector que Los Enfermos, el grupo revolucionario de la década de los 70 del que habla en su novela, existió realmente en México entre 1971 y 1974, un grupo que «pretendía, de alguna manera, instaurar un nuevo régimen nacional». El autor también nos advierte que, aunque el libro parte de algunos hechos reales, no pretende ser una crónica veraz de acontecimientos.

Cuando empecé a leer el primer capítulo (en el que se habla de una huida y una persecución −la de Juan Pablo Orígenes y Pablo Lezama−, sin que acabe de quedar claro quién persigue a quién, quién asesina a quién, o simplemente quién es quién, porque se juega constantemente a la transmutación de personalidades y nombres), y me encontré con una narración sazonada de preguntas, en apariencia lanzadas al aire de la página, comencé a recordar que me había encontrado antes con este recurso narrativo en una novela mexicana. Tras meditar unos minutos, acabé levantándome del sillón y sacando de las estanterías de mi biblioteca, para hojearlo y terminar mis pesquisas, Casi nunca de Daniel Sada, que ganó el Premio Herralde en 2008. Ahí estaban esas preguntas que hacían avanzar la narración. El nombre de Daniel Sada acaba apareciendo en la novela, casi al final, en la página 534.

Después de unas cuantas páginas, acabé por descubrir que, en realidad, las preguntas no las lanzaba el narrador al libro, sino que procedían de un personaje llamado Estiarte Salomón (si hubiese leído la contraportada lo habría averiguado antes, pero últimamente suelo acercarme a los libros sin leer la contraportada, y cuando leo reseñas me suelo saltar la parte en la que se resume el argumento). Salomón ha recibo el encargo –por parte del burócrata Bernardo Ritz− de escribir la biografía del poeta Juan Pablo Orígenes, que se encuentra en la sesentena. La tarea se complica por dos motivos: Orígenes padece párkinson, Alzheimer o alguna otra enfermedad no diagnosticada (como, por ejemplo, una enfermedad de la memoria), que le impide recordar con precisión los hechos por los que se le preguntan y distinguir entre realidades, ensoñaciones o fantasías. Además, Salomón empieza a sentir deseos de escribir no sólo sobre Orígenes, sino sobre el movimiento del que él formaba parte, junto a otras personas de Orabá (la ciudad imaginaria en la que transcurre la novela), que se llaman los Enfermos. «¿Los Enfermos eran comunistas, anarquistas, qué eran? A mí me contaron, le decía, que los Enfermos eran unos locos, que escribían en las paredes, que lloraban todo el día», leemos en la página 45.

En la década de los 70, Los Enfermos tenían 20 años y estudiaban en la ciudad de Orabá. Los Enfermos querían cambiar el mundo, y además de ser enemigos del Estado estaban enfrentados a los Comunistas, los Pescados y demás grupos de la universidad y de Orabá. El Enfermo Eliot Román escondía en su cuerpo, en alcantarillas o bajo tierra, la llamada Biblioteca Ambulante de Libros Izquierdistas de los Enfermos, y tenía que arrojar los libros que llevaba encima cuando a los jóvenes de Orabá les perseguía la Guardia Blanca de la ciudad. Los jóvenes sabían que, en algunas calles del centro, los vecinos dejaban las puertas abiertas para que pudieran guarecerse en su casa. Una de esas puertas, que irá cobrando cada vez más importancia en esta historia, es la de la Botica Nacional, donde un enfermo se encontró con el cuerpo desnudo de Lida Pastor.

Salomón intentará reconstruir la historia del grupo (que llegó a tratar de secuestrar a un político y cuyos miembros sufrieron la cárcel, la tortura, la muerte o la desaparición por parte del Estado, pero también la tortura, la muerte o la desaparición por parte de los compañeros que acusaban a la víctima de traidor). De esa forma se encontrará con los supervivientes de este grupo, que aún viven en Orabá (principalmente con Juan Pablo Orígenes, Eliot Román, Isidro Levi y Javier Zambrano), pero sus pasos le conducirán cada vez más a la Botica Nacional, donde se relacionará con el boticario Macedonio Bustos (posible pareja de Lida Pastor), que tiene edad para haber sido un Enfermo y le habla también de aquellos años en los que la Botica Nacional se convirtió en un refugio de la Enfermedad. En la Botica Nacional, Salomón entrará en contacto con un grupo de personas, amigas de Macedonio, enganchadas a las pastillas o al suero, con las que empezará a compartir noches de excesos clandestinos.

En Anatomía de la memoria se juega mucho con la idea de la enfermedad: desde la Enfermedad ideológica, de la que siempre se habla con mayúscula inicial, hasta la enfermedad clínica (todos los Enfermos de los años 70 padecen, cuarenta años después, alguna enfermedad o limitación física que actúa en la narración de forma simbólica: Juan Pablo Orígenes la desmemoria, Isidro Levi la ceguera, Eliot Román la cojera provocada por un disparo de la policía y Javier Zambrano la enfermedad del desamor y la melancolía).

En la primera mitad de la novela (la más rítmica y mejor del libro) se reconstruye, por medio de las voces de los Enfermos, invocadas por el joven Salomón, la historia del grupo político en la década de los 70, y en la segunda mitad, debido en cierta medida a la intervención de Salomón, gran parte de los Enfermos intentarán resucitar el movimiento, gracias al llamado Ensayo de la Resurrección, y, entre otras cosas, se dedicarán a buscar los libros perdidos de la Biblioteca Ambulante de los Enfermos.

Anatomía de la memoria está recorrido por la presencia de una de las obras capitales de las letras británicas: Anatomía de la melancolía de Richard Burton, un libro clave en la Biblioteca Ambulante de los Enfermos, en cuyos márgenes escribía Orígenes, dando continuidad a su obra en la de Burton. Yo no he leído Anatomía de la melancolía, y no sé, por tanto, hasta qué punto la estructura de esta novela es deudora de la anterior, pero lo que sí puedo afirmar es que, según van pasando las páginas, Anatomía de la memoria se va convirtiendo cada vez más en una Anatomía de la melancolía, porque la melancolía por el pasado que no puede volver, ni siquiera a través del recuerdo o la imaginación, va cobrando cada vez más protagonismo.

Al principio hablaba de la posible influencia de Daniel Sada en esta obra y, tirando de mi imaginario mexicano (que, lamentablemente, no es excesivo), pensé también en Juan Rulfo, sobre todo cuando se habla de la muerte y sus fantasmas: «Soy el sueño de un muerto, escribió»; de este modo tan a lo Pedro Páramo habla de sí mismo Orígenes en la página 29. También he pensado en más de una ocasión en Gabriel García Márquez, porque algunas de las escenas delirantes de la novela se acercaban casi al realismo mágico (sin llegar a serlo) y porque sus comentarios sobre la evaporación del pasado (sobre todo en las escenas que tienen que ver con la historia de la Botica Nacional), escritas con un lenguaje decididamente poético, me han recordado al estilo del Nobel. Pongo un ejemplo: «El tío Liberato Pastor, hermano de Amalia, ocupaba una de las dos habitaciones en el centro de la casa, escuchaba música por las tardes y leía los diarios por la noche porque, así, decía, a la mañana siguiente podría recordar el origen de todas sus pesadillas» (pág. 309).

Recuerdo ahora aquella frase de Enrique Vila-Matas sobre Los detectives salvajes de Roberto Bolaño: «Un carpetazo histórico y genial a Rayuela de Cortázar. Una grieta que abre brechas por las que habrán de circular las nuevas corrientes literarias del próximo milenio». Hace unos meses leí No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles de Patricio Pron; en esta novela de 2016, uno de sus protagonistas, Pietro Linden, entrevistaba a una serie de escritores políticos sobre unos hechos que habían tenido lugar décadas antes. Algo similar ocurre en Anatomía de la memoria (novela de 2014): Estiarte Salomón entrevista a unas personas sobre su pasado político, que en gran medida tiene que ver con la literatura. Así que en ambos libros, al igual que en Los detectives salvajes de Bolaño, nos encontramos con una investigación detectivesca, siendo la literatura uno de los principales ejes que vertebran dicha investigación. Tanto Patricio Pron como Eduardo Ruiz Sosa me parecen hijos legítimos de Bolaño, dos escritores que hacen espeleología −o tal vez barranquismo− en esa grieta abierta por Bolaño de la que hablaba Vila-Matas.

Anatomía de la memoria es una primera novela en la que, como ya apunté al principio, no se ajusta bien el calificativo de «primera». Anatomía de la memoria es una obra madura, poética, poderosa, que indaga en el pasado de México y en la pérdida de los sueños de cualquier juventud, y que, página a página, se va convirtiendo en una verdadera Anatomía de la melancolía. Eduardo Ruiz Sosa acaba de entrar en mi lista de escritores jóvenes a los que seguir la pista.