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domingo, 4 de abril de 2021

Cuántas cosas hemos visto desaparecer, por Miguel Serrano Larraz


 Cuántas cosas hemos visto desaparecer, de Miguel Serrano Larraz

Editorial Candaya. 284 páginas. Publicado en 2020.

 

En enero de 2017 leí Autopsia (Candaya, 2013), la tercera novela de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977), de la que se había hablado bastante unos años antes. Me encantó ese libro, me pareció una de las mejores novelas españolas del siglo XXI, escrita por alguien nacido ‒como yo‒ en la década de 1970. Después había leído de Serrano Larraz los dos libros de cuentos que tenía publicados en Candaya, Órbita y Réplica, gustándome más el segundo, que me pareció un libro más maduro; algo perfectamente lógico, ya que Réplica (2017) se publicó ocho años después que Órbita (2009).

 

El argumento de Autopsia sería algo difícil de resumir; en esta novela un personaje, con más de una característica similar al autor, nos hablaba de su vocación por la lectura y la escritura, mientras recordaba paulatinamente un episodio traumático en el que fue atacado por unos nazis a finales de la década de 1990. Además rememoraba también otro episodio vergonzoso, en el que ‒esta vez‒ él había sido el acosador de una niña en el colegio. También hablaba de las noches zaragozanas que pasó con un músico que fue relativamente popular en los 90. Las capas de la escritura, y las reflexiones vertidas en sus capítulos sobre la vida y los recuerdos, eran muchas y sustanciales.

 

Cuántas cosas hemos visto desaparecer guarda un lógico parentesco con Autopsia. En Autopsia la avalancha de recuerdos que acosaban al protagonista venía provocada por una reunión de antiguos alumnos del colegio de EGB, que se había convocado a través de Facebook, y en Cuántas cosas hemos visto desaparecer las rememoraciones de Sonia, la protagonista principal, se activan cuando, después de bastante tiempo sin tener noticias de ella, empieza a recibir mensajes de voz en WhatsApp de Berta, que en el pasado fue su mejor amiga. Berta va a instar a Sonia a volverse a ver, después de haber dejado de hacerlo por un periodo de cinco años, debido a un episodio que no se acaba de aclarar en la primera parte de la novela y que va generando un misterio en torno a él. Así, en esta nueva novela, será la proximidad de un encuentro con las amistades del pasado lo que active la trama, igual que en la anterior. Muchas de las obsesiones vitales que Serrano Larraz mostraba en Autopsia están también presentes en Cuántas cosas hemos visto desaparecer.

 

Serrano Larraz estudió Ciencias Físicas en la universidad, y al acabar esta carrera empezó a estudiar Filología Hispánica. Aunque parezca irrelevante, este dato del paso del autor por la facultad de Físicas acaba tomando importancia en la novela, porque uno de los temas del libro será el de los viajes en el tiempo. Una idea que de niñas obsesionó a Sonia y a Berta, y que de adultas parece seguir presente en Berta.

 

Autopsia, en gran medida, realizaba un recorrido sentimental por la Zaragoza de las últimas décadas del pasado siglo, desde los barrios nuevos surgidos tras el desarrollismo hasta las calles de los bares de copas noventeros. Y en gran medida, Cuántas cosas hemos visto desaparecer pone su mirada en un espacio, no tratado en Autopsia, pero conviviente con él, un espacio acallado en Autopsia, y que se desliza hasta el primer plano en la nueva novela: el pueblo de procedencia de los padres o abuelos y al que los jóvenes de la generación de Serrano Larraz volvían en verano desde sus centros urbanos de emigración; en este caso, principalmente, desde Zaragoza y Barcelona.

 

El pueblo se llama Ardés. Lo he buscado en internet y no existe un pueblo con este nombre en España. Sonia acude a él durante los veranos desde Zaragoza y Berta desde Barcelona, allí serán amigas de otros jóvenes que viven todo el año en el pueblo, y que en el tiempo narrativo de la novela se comunican principalmente por un grupo de WhatsApp al que se alude en el libro como «el grupo de WhatsApp de los amigos del pueblo». La obsesión de Berta y Sonia por construir una máquina del tiempo cuando sean mayores en este entorno rural es uno de los puntos clave de la novela, que crea una extrañeza muy lograda entre el mundo de los sueños adolescentes y el de la vida adulta.

 

«La vida no tiene trama, solo interpretación.», leemos en la página 156 de la novela, y es una cita que se adecua muy bien al contenido de Cuántas cosas hemos visto desaparecer. El libro no se divide exactamente en capítulos, ya que entre un bloque textual y el siguiente no empezamos una nueva página. Los «capítulos» o «cortes» se suceden unos a otros y el lector sabe que empieza uno nuevo porque sus primeras palabras aparecen en mayúscula. En estos «cortes» se suceden y entremezclan los tiempos narrativos, aunque de forma predominante se avanza desde el pasado (la adolescencia de 1993 en el pueblo), hasta el presente, de tal manera que las dos líneas temporales principales (el presente narrativo y el pasado evocado) acabarán confluyendo hacia el final de la novela.

La vida de Sonia en el presente narrativo, cuando tiene ya cerca de cuarenta años y trabaja como profesora de Lengua en un instituto de Zaragoza, no parece muy alentadora; quizás su vida fue más divertida en el pasado, cuando era la amiga de Berta, y, como queda claro en muchos pasajes del libro, vivía a su sombra. Las dos formaban una pareja de amigas en la que Berta era la más lanzada y la que más personalidad tenía, aunque también puede ocurrir que Berta siempre haya estado un poco loca. Las paradojas temporales que obsesionan a Berta y la constatación que quiere hacer de ellas en la realidad dan a la novela un aire misterioso y melancólico, que hace que la narración se eleve sobre el retrato de costumbres de la juventud que vuelve al pueblo desde las urbes españolas a finales del siglo XX.

 

Como ocurría en Autopsia y en sus cuentos, el lenguaje de Serrano Larraz es envolvente, más inteligente que poético, sin querer decir con esto que no contenga poesía. Las frases se van dando paso, conteniendo reflexiones y pensamientos sobre los personajes densos y ampulosos; en este sentido, Serrano Larraz tiene un aire de escritor centroeuropeo.

Cuántas cosas hemos visto desaparecer ha sido escrita, en gran parte, en la universidad de Iowa, donde Serrano Larraz ha disfrutado de una beca de escritura creativa, con el gran escritor centroamericano Horacio Castellanos Moya como director del proyecto. Sin duda se ha merecido este privilegio, ya que Serrano Larraz es uno de los escritores más destacados dentro de la narrativa española de los nacidos en la década de 1970 y Cuántas cosas hemos desaparecer, aunque me ha sorprendido menos que Autopsia (el listón estaba muy alto) así lo atestigua.

martes, 26 de diciembre de 2017

Réplica, por Miguel Serrano Larraz.

Editorial Candaya. 189 páginas. 1ª edición de 2017.

Ya comenté la semana pasada que fui el primer comprador de Réplica de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977) en la caseta de la editorial Candaya de la Feria del Libro de Madrid, y que me apetecía leerlo tras haber disfrutado tanto de la novela Autopsia. En la presentación de Réplica en Madrid acabé comprándome Órbita, y he leído los dos seguidos. Ya comenté Órbita la semana pasada.

Si bien los cuentos de Órbita eran nueve, los de Réplica son doce. El número de páginas es más o menos igual en los dos libros, pero no el número de palabras, ya que mientras que las páginas de Órbita contienen 30 renglones, las de Réplica albergan 32. Lo he contado. Sabía que tardaba más en leer las páginas del segundo libro que las del primero. Así que en Réplica hay tres cuentos más que en el otro libro y en general son algo más cortos.

Algunos de los cuentos de Réplica habían aparecido previamente en revistas o en libros colectivos. Este detalle me parece importante, porque marca la temática de algunos de ellos.

El libro se abre con Recalificación, que habla del dueño de un pequeño comercio de barrio que verá amenazada su supervivencia por la construcción cercana de una gran superficie comercial. Recuerdo temáticas parecidas en algún cuento de Ignacio Martínez de Pisón. Me gusta mucho el cierre poético y sorpresivo del cuento. Y sobre todo me gusta la seguridad que muestra Serrano Larraz en su prosa, elegante y contundente, sin barroquismos, pero honda y firme.

Un tiempo muerto es el relato correcto que un profesional hace por encargo. Ya he comentado antes que algunos de estos cuentos han aparecido antes en libros colectivos, y éste lo hizo en Tiros libres. Relatos de baloncesto (Lucercalia, Alicante, 2009). No estoy seguro de que Serrano Larraz hubiera elegido esta temática si escribiera pensando simplemente en publicar un volumen de cuentos. Me llama la atención la temática deportiva, pero al final el autor lleva este elemento a su terreno y la pista de baloncesto se transforma en una excusa para volver a sus obsesiones: las relaciones familiares, la soledad, la búsqueda de la identidad y la extrañeza.

Me encanta el tercer cuento, Oxitocina. Es uno de mis cuentos favoritos del libro (o mejor dicho, de los dos libros, Órbita y Réplica). Es un cuento sutil sobre la relación entre un hombre soltero y su sobrina de cuatro años. De fondo se insinúa, entre sombras, la existencia de una enfermedad de la madre. El cuento incide en la extrañeza de la vida y la familia de forma muy poética. Una delicia.

Central es un cuento en el que se narran diversos momentos de la vida de una mujer. Me parece un relato de temática un tanto dispersa, y el interés se acaba escurriendo entre sus costuras. Después de leer Oxitocina, Central me ha gustado bastante menos.

El protagonista del cuento El payaso se llama Miguel. Un Miguel que el lector de la obra de Serrano Larraz podría identificar fácilmente con el propio autor. De hecho, de forma irónica parece estar hablando de su propia trayectoria literaria. En la página 56 leemos: «Hace unos años, cuando Miguel publicó Los gatos escaldados, su primer volumen de relatos, se produjo un equívoco similar. Varias personas del mundo literario le dijeron que uno de los cuentos plagiaba de forma descarada los procedimientos narrativos de Roberto Bolaño. No supo cómo decirles que en realidad él había querido escribir una parodia de los relatos de Roberto Bolaño». Podríamos pensar que el libro Los gatos escaldados es Órbita y el cuento del que habla podría ser el primero del libro. Si Serrano Larraz, como se insinúa aquí, siguiendo el juego propuesto en este cuento, quiso escribir una novela de humor con Autopsia, está claro que no lo consiguió. Pero como se apunta en el propio cuento: toda literatura parte de un equívoco. Me ha gustado este relato metaliterario.

Considero que la idea compositiva de La disolución, con una entrevista sugerida que se le está haciendo a un par de ancianos que hablan de sus hermanos cuando todos eran niños, está por encima de su resolución. Me ocurre igual que con el cuento Central: en estos relatos, Serrano Larraz parece escribir novelas en miniatura, y siento que se dispersan los temas narrativos.

La tabla periódica, con sus escasas tres páginas, me ha resultado demasiado corto y su intensidad dramática no ha llegado a emocionarme.

Me gusta mucho Media Res, que es otro cuento que ya apareció en un libro colectivo (Dopperlgänger: Ocho relatos sobre el doble, Jekyll&Jill, 2011). Es un gran relato negro, algo que no me esperaba encontrar en este libro. He agradecido esta rotura de mis expectativas.

Azrael, sobre la búsqueda de un libro en una librería que sólo vende las obras de autores muertos, es un cuento muy bolañiano. Una amenaza incierta lo recorre de principio a fin. Me gusta.

La frontera es un cuento curioso sobre una chica inmigrante que narra sus vacaciones de Navidad en España. Le sienta bien la no definición, la resolución nebulosa.

Logos me ha parecido un claro homenaje al Stanisław Lem de los cuentos de Máscara, que da la voz narrativa a una inteligencia artificial. Es irónico, pero me ha resultado demasiado distante.

El último cuento, el titulado Réplica, con sus casi 40 páginas, podría ser considerado una novela corta. Contiene algunas de las mejores páginas que he leído de este autor, y para mí es el mejor cuento de sus dos libros de relatos. En la presentación de Réplica en Madrid, Serrano Larraz apuntó que uno de sus temas narrativos predilectos era el de «la identidad». En este cuento, un narrador que se puede identificar fácilmente con el autor habla al lector de los diferentes personajes con los que le han confundido a lo largo de su vida; en muchos casos se ha tratado de músicos con el pelo largo (un rasgo físico que comparten narrador y autor). «En una etapa de mi vida, la más importante (duró aproximadamente tres años), la gente, los desconocidos, me confundía con Enrique Bunbury, el que había sido cantante del grupo Héroes del Silencio. Es la más importante por su duración, por su frecuencia, por su intensidad, pero también por la edad que tenía yo entonces, por lo que tuvo de educación sentimental», leemos en la página 155.
Diría que éste es el cuento más personal del libro y a la vez en el que quedan más latentes los intereses narrativos de Serrano Larraz: su indagación en el «yo» de una forma paródica y cómica que, sin embargo, no deja de ser desoladora. El cuento Réplica está englobado de forma clara en el mismo mundo narrativo del que partía Autopsia; y lo complementa y glosa de manera muy eficiente.


Ya he comentado que he leído seguidos los dos libros de cuentos de Miguel Serrano Larraz: Órbita y Réplica. Han transcurrido ocho años entre la publicación de uno y el otro, y entre medias ha tenido lugar la escritura de la novela Autopsia. Si Órbita era un libro de formación muy prometedor, con algunos cuentos buenos, Réplica es una obra de madurez, la confirmación de un talento que partía de forma demasiado evidente, en algunos casos, de las poéticas de Roberto Bolaño o Julio Cortázar. A pesar de que en este segundo volumen de cuentos nos encontramos con piezas más logradas que otras, como suele ocurrir en un libro de relatos, la sobriedad y la elegancia en el lenguaje de Réplica me ha parecido más conseguida que en Órbita. Réplica es un libro de cuentos muy maduro, con algunos relatos (Oxitocina, El payaso, Media res o Réplica) muy valiosos.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Órbita, por Miguel Serrano Larraz.

Editorial Candaya. 186 páginas. 1ª edición de 2009. 

En enero de 2017 leí Autopsia, la primera novela de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977), publicada en la editorial Candaya. Fue un libro que, como comenté entonces, me gustó mucho. En junio de 2017, vinieron a la Feria del Libro de Madrid por primera vez Olga Paco, los editores de Candaya. Me pasé a visitarle y compré el primero ejemplar de Réplica que se vendió en la Feria. Hacia finales de septiembre, Serrano Larraz y sus editores vinieron a Madrid para presentar este libro de relatos y me pasé a saludarles. Al final compré, en la librería Nakama, donde tuvo lugar la presentación, Órbita, el primer libro de relatos de Serrano Larraz publicado en Candaya, del que había oído hablar bien. En octubre de 2017 he leído los dos libros de cuentos seguidos en orden cronológico. 

Lo primero que se encuentra el lector al abrir el libro es un prólogo firmado por Manuel Vilas, con fecha de diciembre de 2008. En él, nos encontramos con términos como «literatura mutante», «afterpop» o «literatura Nocilla» para referirse a los cuentos de Serrano Larraz. Este prólogo ha supuesto para mí todo un viaje en el tiempo. Me he acordado, de repente, de que, por aquellos días, se hablaba de literatura en España con aquellos términos que, hoy, casi una década después, me han sonado perfectamente vacíos y pomposos. También apunta Vilas que Serrano Larraz tiene un «mundo propio» y que, en sus composiciones, se puede apreciar la influencia de escritores como Roberto Bolaño o Julio Cortázar; apreciaciones con las que estoy de acuerdo. Pero, ¿qué sería entonces un cuento «afterpop»? La verdad es que no lo sé, simplemente creo que Vilas habla de una narración posmoderna, donde se mezclan referencias a la baja y la alta cultura, y no del todo realista. Nada nuevo bajo el sol, en realidad. No quiero decir con esto que los cuentos de Serrano Larraz no sean interesantes, en absoluto. Ahora hablaremos de ellos. 

El volumen se abre con un cuento que da título al libro, Órbita, que empieza con la siguiente dedicatoria: «Para B». Intuyo que B no es otro que Roberto Bolaño, al que sé que Serrano Larraz llegó a conocer en Barcelona. Este cuento, sobre un niño superdotado que empieza a sentir fascinación por un escritor científico, es un claro homenaje a Bolaño. La influencia del cuento Sensini (el primero de Llamadas telefónicas) es clara: la soledad del genio (o del escritor), la admiración por una figura que no acaba de ser la de un triunfador, con el que se cartea, la presencia continua de una sensación de amenaza y la inclusión en el texto de nombres de escritores. Los dos protagonistas del cuento quedan en la calle Tallers, aquella en la que vivió Bolaño en sus años de Barcelona. El homenaje es claro. 
Serrano Larraz ha estudiado Ciencias Físicas, y la presencia de términos científicos o matemáticos recorre este libro, dándole un aire propio bastante particular (algo que desaparece en Réplica). 
Órbita es un buen cuento que seduce al lector de forma inmediata. Aquí está ya ese decorado de colegios y calles de Zaragoza que tan atractivo resultaba en Autopsia. 

Perspectivas es un cuento fantástico sobre un muerto que vive en una máquina de tabaco. Quizás aquí sea más clara la influencia de Cortázar, o incluso la de Boris VianPerspectivas me parece un cuento de concepción y ejecución mucho más sencilla que Órbita y me gusta menos. Diría que es un cuento de búsqueda y formación, escrito años antes que Órbita. 

Shaman´s Blues es un cuento que carece de nudo narrativo, o bien éste es mínimo, un cuento que –como apunta Vilas en el prólogo– se sustenta con el lenguaje. Esta apreciación me parece cierta, aunque en algunas páginas de la narración la sobrecarga metafórica y referencial acaba siendo excesiva. El cuento apunta caminos narrativos que Serrano Larraz desarrollará en Autopsia, sobre la vida nocturna de su juventud en Zaragoza. En este cuento se habla de «el Letrista», que componía canciones para el grupo por El Niño Gusano. Este personaje hace referencia al músico Sergio Algora. En él también estaba basado el personaje dj Castorp de Autopsia. Me quedo con el desarrollo más maduro que hace Serrano Larraz de estos temas en su novela. 

Y sólo del amor queda el veneno me ha parecido un cuento muy clásico, que como Perspectivas me parece de una época anterior a las piezas más logradas del conjunto. Aquí se hace un uso tímido del humor. 

Estrategia del aplauso, con una pareja de amigos tratando de alterar la realidad para epatar a terceros, es un claro caso de cuento en la línea de extrañeza y juego de Julio Cortázar. Para que el homenaje sea completo no faltan ni tan siquiera las referencias a la música jazz. 

Y así sucesivamente vuelve a ser un cuento que homenajea a Roberto Bolaño. En el cuento de Serrano Larraz un joven comienza a volverse loco al encontrar extrañas coincidencias en las matrículas de su pueblo. En una de las narraciones de Los detectives salvajes (si no lo recuerdo mal) había un personaje que también se topaba con extrañas casualidades numéricas que le habían ganar la lotería. Serrano Larraz lleva la historia a su terreno: Zaragoza, la juventud extraviada y las ciencias. 

Me gustan bastante los tres cuentos largos con los que finaliza el libro. 

Cuerpo y alma me parece uno de los cuentos más maduros del libro. Un cuento sobre relaciones que acaban y terminan, con una tristeza bastante adulta. Cuerpo y alma adelanta el camino que luego se recorrerá en las páginas de Réplica. 

Zaragoza, a 8 de noviembre de 2002 (segundo premio) me gusta también mucho. Es uno de los cuentos más originales. En él, un novio abandonado le escribe una larga carta al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique. Una carta que espera entregarle en mano unas horas después, cuando vaya a visitarle a una librería de Zaragoza en la que estará firmando libros. Bryce Echenique era el autor favorito de su novia y el novio espera su intercesión benéfica. Con ironía se habla aquí de la insignificancia social de la literatura. 

Últimas señales también es una de las piezas más destacadas del libro, un cuento que habla de la relación entre dos hermanos, y la de éstos con sus padres. Quizás su final, de una redondez un tanto excesiva, le hace perder –paradójicamente– un poco de fuerza. 

Ahora que escribo esta reseña, puedo apuntar que ya he leído los tres libros que Miguel Serrano Larraz tiene publicados en Candaya y creo que me hubiera gustado leerlos en orden cronológico. Al haber empezado por Autopsia, una novela muy sólida y madura, que me gustó mucho, tengo la impresión de que mis expectativas eran demasiado altas con Órbita. Esta colección de cuentos está publicada cuatro años antes que la novela, y supongo que recoge narraciones de diversos periodos de la formación de Serrano Larraz. Nos encontramos aquí con cuentos bien resueltos: ÓrbitaEstrategia del aplausoCuerpo y almaZaragoza, a 8 de noviembre de 2002 (Segundo Premio) Últimas señales. Aunque a alguno de ellos se le nota demasiado el homenaje (Bolaño en el caso del primero y Cortázar en el segundo), estos cuentos se mezclan aquí con otros más titubeantes (PerspectivasShaman´s BluesY sólo del amor queda el veneno o Y así sucesivamente).

Si me hubiera acercado a Órbita sin conocer Autopsia, habría pensando en un debut prometedor. La promesa se confirmó en Autopsia, efectivamente; pero al volver hacia atrás he sentido más las costuras de la escritura, lo que en realidad no es algo malo. Órbita es un buen libro (con los desequilibrios de la búsqueda de una voz propia), pero –y de esto ya hablaré la semana que viene–, como era de esperar por otro lado, Réplica es mejor. 

domingo, 5 de marzo de 2017

Autopsia, por Miguel Serrano Larraz.

Editorial Candaya. 398 páginas. 1ª edición de 2013.

A principios de 2014 empecé a oír hablar de esta novela de Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977), publicada en diciembre de 2013. Los comentarios eran bastante elogiosos. Recuerdo, en especial, un día que había quedado con el escritor Óscar Esquivias, que casualmente estaba leyendo este libro y lo llevaba en su bolso; él también me habló muy bien de él. Pensé leerlo entonces, pero, como ya he comentado más de una vez, suelo debatirme entre el deseo de leer novedades literarias y el de acercarme a libros más clásicos. En aquel momento de 2014 vencía, temporalmente, la segunda tendencia. Sin embargo, Autopsia llegó a la biblioteca de Móstoles y, en más de una ocasión durante los últimos años, lo había hojeado y había pensado en sacarlo en préstamo. Además, me doy cuenta de que me interesa mucho lo que publica la editorial Candaya, que tiene un olfato muy fino a la hora de publicar en España gran parte de la nueva narrativa hispanoamericana. De esta editorial he leído nueve libros en los últimos tres años, pero nunca había leído uno escrito por un español. Durante las pasadas Navidades, después de leer el primer volumen de Los diarios de Emilio Renzi de Ricardo Piglia, paseando por la biblioteca de Móstoles, volví a sacar Autopsia de su anaquel, leí algunas de sus páginas y esta vez me di cuenta de que era justo el momento. Quería leer este libro.

El narrador de Autopsia es Miguel Serrano, que ha nacido en 1977 en Zaragoza ‒ciudad en la que vive‒, que empezó a estudiar Ciencias Físicas y que ha publicado un libro de relatos titulado Órbita. Además, en el tiempo narrativo del libro ha tenido una hija y se encuentra en proceso de escribir una novela, que sería la que el lector tiene definitivamente en sus manos. Todos estos datos coinciden con la biografía del autor. He visto algunas entrevistas a Miguel Serrano en YouTube; en una indica que un 20 por ciento de la novela está basado en su vida personal y un 80 por ciento es inventado. En esta misma entrevista, el autor afirma que sus interlocutores suelen pensar que este dato es falso y que hay mucho más de sí mismo en la novela que lo que quiere confesar. Independientemente de si lo contado en Autopsia pertenece o no a la biografía del autor (empeñado en realizar aquí un juego metaficcional, «Solo sé escribir acerca de las presencias, las ausencias son imposibles de capturar», leemos en la página 350), lo cierto es que este libro suena siempre a historia verdadera, lo que debería ser una de las aspiraciones máximas de la literatura, ya sea en una narración realista o fantástica. Si la novela es de terror o ciencia-ficción, esta narración estará más conseguida en la medida en que lo contado conforme una realidad autónoma y verosímil con las propias coordenadas de la creación, lejos de imposturas.

En Autopsia, el narrador tiene, cuando se sienta a escribir, unos treinta y tantos años, y su mujer, Nieves, está embarazada. En el proceso de la escritura del libro la pareja tendrá una hija. Sin embargo, ésta no es una novela sobre el presente del protagonista, sino sobre su pasado: «Este libro es una confesión, pero también lleva en sí el germen de la penitencia» (pág. 353).

Tres recuerdos vertebran la narración: Miguel de niño, en el colegio, fue el abusón (junto a otros compañeros), de Laura Buey. En los primeros años de la universidad, fue atacado por un grupo de skinheads. Más tarde fue amigo del magnético Hans Castorp, un disc jockey que llegó a aparecer en la televisión durante la década de los noventa, convirtiéndose en un referente para la juventud de Zaragoza, ciudad donde se desarrolla la historia.

La estructura de la novela no es lineal. Los recuerdos en torno a Laura Buey, la paliza de los skinheads y las noches de fiesta con dj Castorp se van dando paso, sin seguir un orden demasiado formal, ni siendo éstos los únicos recuerdos que aquí se exponen. De modo secundario, el narrador nos hablará de sus estudios, sus relaciones, el deseo de independencia de sus padres (alcanzado precariamente al conseguir un trabajo a media jornada en los Grandes Almacenes de la Modernidad, que parecen un trasunto de la Fnac), el deseo de ser escritor o las redes sociales (en especial Facebook).

Uno de los grandes temas de la novela es el análisis de la violencia: la violencia que ejercemos sobre otros o la que otros ejercen sobre nosotros; violencia física, pero también verbal, de clase, violencia dentro de las relaciones de amistad, familiares…

Los capítulos que tratan el recuerdo de Laura (o también los que hablan de Beatriz, que fue otra chica marginada en las clases del instituto) y de los skinheads (pero también sobre otra paliza recibida, esta vez a cargo de unos rockers) están construidos de modo concéntrico sobre la realidad narrada: se habla del antes de la paliza de los skinheads o del después, igual que se habla del antes del acoso a Laura y del después, pero, en ambos casos, el núcleo de la violencia es eludido durante un gran número de páginas. De esta forma, al construir los capítulos sobre una realidad oculta, sobre la textura de una pared negra, la fuerza de su evocación es cada vez mayor. Son capítulos que presagian o glosan el terror que va a estar ahí o que ha estado ahí, edificados, por tanto, sobre un misterio. Otro misterio para Miguel será su amigo Hans Castorp, algunos años mayor que él, que será una presencia luminosa en la noche zaragozana, lo que le ha permitido poder brillar dentro del círculo que emite su resplandor. En los noventa, Castorp llegó a aparecer en Crónicas marcianas (el programa que, según Miguel, inició la moda en España de poder reírse de todo el mundo).

En la contraportada de la novela podemos leer una frase que el crítico de la Vanguardia Julio José Ordavás le dedica a Miguel Serrano Larraz: «El heredero de la chupa de Bolaño». Imagino que este comentario haría referencia a la reseña de Órbita, su anterior libro. En una entrevista, al ser preguntado por la cita, Miguel Serrano le quita importancia y habla de exageración. También menciona la influencia real de Roberto Bolaño en su obra. Es cierto que, al leer Autopsia, me ha parecido detectarla: el narrador nos cuenta el argumento de una película de terror que le impresionó en su infancia como si se tratase de un relato corto integrado en la novela. Sobre el ataque de los skinheads escribió un largo poema, que en la actualidad le avergüenza, y lo envió a todos los concursos de poesía que pudo encontrar, hasta conseguir el segundo premio de una asociación de amigos de la poesía de Aranda de Duero. Como Bolaño, Serrano nos habla en su novela de los aledaños de la literatura: sus artífices y sus miserias. También, como el chileno, Serrano nos habla de la fragilidad de la juventud, de la búsqueda de la identidad, construida en algunos casos por imitación de los otros, pero, la mayoría de las veces, también en contra de los otros.

Antes que su libro de relatos y su novela, Miguel Serrano ha publicado poemarios, y esto se aprecia en la prosa cuidada de esta novela.


Serrano es tres años más joven que yo y nos habla de su ciudad, Zaragoza, por la que de niño paré una vez, camino de Barcelona, y de la que no recuerdo nada, pero he sentido la lectura de Autopsia como la de un libro generacional. Un libro que, desde su desarraigo vital, desde una escritura que parte en gran medida de los posos oscuros que dejan en nosotros el dolor, los remordimientos y las humillaciones de la infancia y la juventud, interpela a una parte profunda de un pasado compartido. Un libro escrito con tono poético, desamparado y melancólico. Muchos de sus capítulos me han resultado hipnóticos. Me ha gustado mucho.