Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Ediciones del Viento.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Ediciones del Viento.. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de febrero de 2019

El arqueólogo, por Román Piña Valls


Ediciones del Viento. 160 páginas. 1ª edición de 2018.

Román Piña Valls (Palma de Mallorca, 1966) es el editor de Sloper. En 2015 publicó mi novela Los insignes. Piña también es escritor, y de él he leído las novelas El general y la musa (2013), Sacrificio (2015) y Y Dios irrumpió de buen rollo (2015), además del ensayo La mala puta (2014), escrito con Miguel Dalmau.

Cuando vi anunciado que publicaba una nueva novela en Ediciones del Viento, se la solicité a su editor, Eduardo Riestra, y éste me la envió para que pudiera reseñarla.

El protagonista de El arqueólogo es Claudio Bersani, un profesor universitario emérito de arqueología que, al comenzar la narración –en el año 2007–, tiene setenta años. Vive en una casa de campo en la población de Cicciano, cerca de Nápoles, junto a su mujer Melina. Sus hijos ya no viven con ellos, han formado sus propias familias y Claudio y Melina tienen un buen número de nietos, que suelen visitarlos. Claudio no acaba de tener demasiado tiempo para estos nietos porque, a pesar de sus setenta años, mantiene una gran actividad laboral: clases en la universidad, libros sobre arqueología, artículos semanales para una revista especializada, presidencia de la Sociedad Arqueológica de Nápoles, colaboración en una tertulia de Radio Vaticana los miércoles, etc.
En una caseta del jardín de la casa de los Bersani vive Todor, un jardinero búlgaro que les ayuda con diversas tareas domésticas.

Aunque en la página 37 Bersani declara «Yo soy antipático por voluntad», en realidad es una persona muy extrovertida y alegre, que suele relacionarse con los demás mediante bromas. Piña es habitualmente un escritor humorístico, con tendencia al disparate narrativo (en El general y la musa, por ejemplo, nos hablaba de un Francisco Franco enamorado de la televisiva Patricia Conde). En El arqueólogo ­­–igual que ocurría en Sacrificio– mantiene la trama dentro de los límites del realismo. Si bien en Sacrificio Piña empleaba un humor muy negro, el humor de El arqueólogo es mucho más amable. Claudio Bersani es un entrañable hombre mayor, un erudito que entretiene a sus nietos con chistes, historias de la cultura clásica o narrando historias más o menos inventadas. Bersani es un erudito despistado, que igual desprecia la novela frente al ensayo, que decide él mismo escribir una novela histórica. Además es un erudito imprudente, porque ante el temor a que le asalten (a veces se queda solo en casa) ha conseguido una pistola, que oculta en su vivienda y que podrían encontrar los nietos; o bien les habla a éstos de los grandes tesoros que tiene guardados en la casa, lo que podría hacer que los niños lo cuenten en el colegio y ocurra, precisamente, lo que teme: que le entren a robar en casa.

Bersani, además de simpático, también es un hombre anticuado; alguien que, por ejemplo, no entiende el sentido del lenguaje inclusivo y que no duda en flirtear o en piropear a mujeres mucho más jóvenes que él. En el capítulo 9 se habla de Giovanna, una mujer de treinta y tantos años que trabaja para los Bersani desde hace veinte. «Bersani la piropea sin vergüenza», escribe Piña en la página 65 de su novela. Bersani también es un católico de misa semanal –aunque de credo particular– y que, como ya he escrito, acude los miércoles a una tertulia radiofónica de Radio Vaticano.

La novela se vertebra en torno a pequeñas anécdotas protagonizadas por Bersani, o bien se narra alguna peripecia vital protagonizada por alguna persona cercana a su círculo; como la citada sirvienta Giovanna, o María, una exalumna de Bersani que vive en Suiza y a quien su familia ha denunciado con la intención de quitarle la custodia de su hijo.

La novela es rica en diálogos y la prosa es correcta, sin grandes alardes metafóricos, propia de un escritor con oficio. De vez en cuando, para transmitir mayor sensación de viveza, se hace uso de más de una expresión coloquial: «le resbala», «haciendo cuchufleta», «casi le dio un patatús», etc.

En más de una ocasión –sobre todo durante el primer tramo del libro– me he encontrado preguntándome si la anécdota que estaba contando Piña en ese momento sería la que acabaría de hacer arrancar la trama. Es decir, en los primeros capítulos el narrador (la novela está escrita en tercera persona, salvo unas escasas y muy significativas páginas al final) presenta al personaje de Bersani, y el lector conocerá sus peculiaridades, gustos y manías. Después, Bersani cuenta historias a sus nietos, o se habla de la vida de otros personajes, y las páginas de la novela van pasando sin que una de estas historias cobre más importancia que las otras, lo que podría hacer que Bersani se viese forzado a tomar partido en los acontecimientos y se adentrara en algún territorio ambiguo u oscuro que rompiera con la aparente tranquilidad de su mundo, y que le hiciera transformase en otra persona. Es decir, yo como aprendiz de escritor me estaba esperando un desarrollo novelesco tradicional y terminaba los capítulos pensando que Piña había dibujado una realidad atractiva y amable, pero que a lo leído le faltaba tensión narrativa.
Es cierto que la vida de Bersani se enfrenta a pequeños conflictos: los problemas de su exalumna con su hijo, a la que quiere ayudar; un solar de detrás de su casa donde han empezado a entrar y salir camiones sin permiso (y nadie parece poder prestar ayuda a Bersani); unos mafiosos que parecen interesados en asaltar su casa; o cuando el pueblo de Cicciano sufre una inundación. Pero, como ya he apuntado, ninguno de estos problemas es suficiente para convertirse en un núcleo narrativo potente. Todos serán pequeños núcleos narrativos y el libro, como si fuese una amable novela por entregas, se articula más en torno a la idea de capítulo que a la de novela completa.

En su tramo final, El arqueólogo sufre algunos saltos temporales y esto hará (gracias al recurso de la elipsis) que, en parte, la vida de Bersani cambie y el lector la contemple desde otra distancia.
En las páginas finales (apenas cuatro) se produce al fin un cambio real, un juego en la estructura de la novela: la voz en tercera persona pasa a la primera, y el lector comprenderá que un personaje secundario del libro ha tenido más importancia en lo contado de la que había podido considerar en un principio. Me ha gustado este final, ha conseguido crear en mí una sensación de misterio y de historia más amplia y con más vuelos que la que inicialmente pensaba que había leído.

domingo, 10 de abril de 2016

Andarás perdido por el mundo, por Óscar Esquivias

Ediciones del Viento. 241 páginas. 1ª edición de 2016

Ya comenté la semana pasada que le pregunté a Óscar Esquivias (Burgos, 1972), con el que he coincidido algunas veces, si le parecía bien solicitarle a su editor, Eduardo Riestra, que me incluyera entre los envíos de prensa de su nuevo libro de relatos, Andarás perdido por el mundo. Tanto a Óscar como a Eduardo les pareció bien y el libro me llegó a casa, poco después de aparecer en las librerías. El viernes 26 de febrero fue la presentación del libro en la librería Alberti de Madrid, y me apeteció acudir para que Óscar me firmase su libro y poder saludarle. Fue una tarde agradable.

El viernes de la presentación, ya lo comenté la semana pasada, acabé de leer el último cuento del anterior libro de Óscar –Pampanitos verdes- en el metro de vuelta a casa. El sábado empecé el nuevo libro, más largo que el anterior (241 páginas frente a 158, 14 cuentos frente a 10), y leí de un tirón el primer cuento, de unas 20 páginas, titulado Todo un mundo lejano. Me dejó deslumbrado, me pareció mejor que cualquiera de Pampanitos verdes, y esto teniendo en cuenta que los cuentos de este libro me habían parecido realmente buenos. Al leer Todo un mundo lejano tuve la sensación de estar leyendo una composición clásica del mundo del relato. Me produjo la misma sensación de felicidad lectora que los grandes cuentos de los escritores que más admiro, Raymond Carver, Tobias Wolff o Roberto Bolaño. En este cuento regresamos al escenario más clásico de la narrativa de Esquivias: los pueblos de Burgos, y está contando en primera persona por parte de una persona joven y frágil, como viene siendo habitual, pero considero que existen aquí dos elementos que lo hacen transcender: el narrador es en gran parte un narrador testigo, puesto que nos habla de la evolución de la fe religiosa de un amigo, y además juega, de forma bella y sutil, a encontrar las relaciones y desacuerdos entre homosexualidad y vocación religiosa. Un cuento redondo, como ya he apuntado.

El segundo cuento, Curso de natación, comparado con el primero o el tercero, me parece intrascendente. Es un cuento que apenas sobrepasa una página. Y esto posiblemente sólo sea una cuestión de apetencia personal: me gusta el formato de los libros de cuentos, disfruto con él, pero los cuentos que me gustan suelen tener entre 15-25 páginas, creo que yo no podría ser un gran lector de microrrelatos, es un género que no acaba de convencerme. Curso de natación, en cualquier caso, es una narración correcta, ambienta en Italia, esta vez, y con un narrador niño, pero para mí esa distancia de una página y pico no consigue emocionarme como lector, y el cuento acaba actuando como una mera transición entre el primer cuento magistral y el tercero también magistral (de unas 23 páginas en este caso). El tercer cuento es El Chino de Cuatroca, ambientado en el madrileño barrio de Cuatrocaminos. El narrador, un adolescente de dieciséis años, que ha decidido dejar la casa familiar, podría ser el típico protagonista de un cuento de Esquivias, por su edad, por su fragilidad, por lo cerca que está de descubrir las miserias del mundo de los adultos, pero hay aquí algo nuevo: su narrador ha nacido en España, pero sus orígenes son ecuatorianos, una herencia que el reivindica con su deseo de viajar a Guayaquil, donde fue concebido, y por el uso, en ocasiones, de un vocabulario propio de allá. Además nuestro narrador, con aspecto de “chino” va a compartir piso con un grupo de inmigrantes dominicanos. Este ambiente está muy bien descrito, muy cuidados sus detalles, y la resolución del cuento es tan divertida como cruel y emocionante. Un gran cuento de nuevo.

El cuarto La Florida, me ha parecido una narración muy arquetípica de Esquivias: ambientado en Oña, un pueblo de Burgos, con un narrador adulto que está recordado una vivencia infantil. En este caso las visitas a un psiquiátrico en el que vive recluido su tío. Es un gran cuento, pero me ha sorprendido menos que los anteriores.

Con El joven de Gorea me pasa lo mismo que con Curso de natación, que es demasiado corto para mí. Aunque éste es un cuento algo diferente a los otros, con un aire fantástico a lo microrrelato de Borges.

El príncipe Hamlet de Mtsensk me ha parecido otra de las maravillas del libro: un cuento ambientado en Rusia, con personajes rusos y que hunde sus raíces en la pasión de Óscar por la música. Diría que es un fantástico homenaje a Chéjov, un cuento con un final abierto, ligero y bello. El lenguaje de Óscar suele ser de una aparente y cuidada sencillez al servicio de la historia, pero tengo la impresión de que aquí las descripciones de lugares y ambientes se hacen más trascendentes. Me ha encantado una comparación que aparece en su primera página: “Yo me había puesto mi americana de verano y una corbata de Timoféi Borísovich (tenía docenas de ellas en el antiguo armario de mi padre, colgadas de las perchas como anguilas muertas).” (pág. 79)

Los chinos es un cuento más corto (unas 8 páginas), sobre la frustración adolescente (uno de los grandes temas de Óscar) y me ha gustado, pero no al nivel de los cuentos ya comentados.

Temblad, filisteos quizás tenga al narrador más adulto del libro, puesto que pasa de los treinta. Un cuento sarcástico y correcto (o correcto en relación a los que más me han gustado que eran muy buenos) sobre un director de teatro con deseos de epatar al público.

La última víctima de Trafalgar es la composición más extensa del libro, ya que llega a las 40 páginas y podrías ser considerada una novela corta. Es la única composición del libro escrita en tercera persona. Aquí el tono es burlón y la historia tiende al disparate. Esquivias habló de este cuento el día de la presentación y citó como influencia al Eduardo Mendoza más juguetón. Al principio me estaba costando entrar en el juego, pero el relato fue creciendo con la aparición de legajos históricos perdidos Un juego divertido y disparatado.

La casa de las mimosas me ha parecido otro de los grandes relatos de este libro. Un cuento ambientado en California, y narrado por alguien nacido en 1918, el hijo de una noble rusa en el exilio de la revolución, y que se decida en el nuevo mundo a invertir en negocios, entre ellos la compra de salas de cine. Igual que me ocurrió con El príncipe Hamlet de Mtsensk me ha gustado la capacidad de Esquivias para situar su relato en otra época o en otra geografía diferentes a las que suelen ser habituales en él. Aunque esto no es nuevo, porque ya en Pampanitos verdes el relato El centurión tenía personajes italianos y estaba ambientado en Roma. Esta tendencia a la deslocalización del relato me parece que beneficia a la narrativa de Esquivias y hace sus libros más diversos y atractivos.

Mambo vuelve  a ser un cuento corto (unas 6 páginas), un buen cuento pero inferior a los mejores del conjunto.

El mejor de los mundos con personajes franceses en un país de África me ha parecido de calado inferior a los otros cuentos con personajes extranjeros y localización foránea.

En El misterio de la Encarnación volvemos a Gamonal (el pueblo convertido en barrio de Burgos, del que es originario Óscar) para acercarnos a un conmovedora historia sobre el despertar sexual y las ideas religiosas.

En El arca eólica viajamos al siglo XIX, y uno de sus personajes es nada menos que el músico Berlioz. Un cuento escabroso que podría estar en cualquier antología de cuentos de terror.

Todos los cuentos de Andarás perdido por el mundo estaban ya publicados en antologías o libros colectivos. Me llama la atención que el impulso inicial para crearlos provenga de una fuente externa. Así, por ejemplo, El príncipe Hamlet de Mtsensk se escribió para el libro Rusa imaginada de Nevsky Prospects, o La casa de las mimosas fue escrito para el libro Ellos y ellas. Relaciones de amor, lujuria y odio entre directores y estrellas para el Festival de Cine de Huesca. Espero que surjan muchos proyecto así, cada vez más originales, para que Óscar Esquivias tenga que escribir un cuento sobre los buscadores malayos de perlas, la cocina japonesa o los mineros de Chile, porque le salen cada vez mejor.


Considero que Andarás perdido por el mundo es el mejor libro de cuentos de Óscar Esquivias, siendo los otros dos que he leído muy buenos, y dentro de lo que yo conozco Óscar Esquivias me parece uno de los mejores escritores de cuentos que hay ahora mismo en España.

domingo, 3 de abril de 2016

Pampanitos verdes, por Óscar Esquivias

Ediciones del Viento. 158 páginas. 1ª edición de 2010

Compré Pampanitos verdes en la Feria del Libro de Madrid de 2013, junto con la novela de Óscar Esquivias (Burgos, 1972) Jerjes conquista el mar. Esta novela, así como su libro de relatos La marca de Creta, la leí en 2014, y el conjunto de relatos Pampanitos verdes se me había ido quedado pendiente, a pesar de la buena sensación que me dejó el anterior.
Vi en Facebook que Óscar Esquivias anunciaba que iba a aparecer en Ediciones del Viento un nuevo libro de relatos, titulado Andarás perdido por el mundo. Esto hizo que se renovara en mí la sensación de que tenía una cuenta pendiente con los relatos de Óscar. Le escribí y le pregunté si le parecía bien que le comentara a su editor, Eduardo Riestra, que me incluyera entre los envío de prensa del nuevo libro y yo me leería los dos libros seguidos (éste y el de Pampanitos verdes) y los comentaría en el blog. A Óscar le pareció bien.

Si La marca de Creta estaba formada por dieciséis cuentos, Pampanitos verdes lo está por diez. Como en el caso anterior, la mayoría de estos cuentos ya habían sido publicados en revistas o periódicos.

El primero, titulado El chico de las flores, me conquista de un modo inmediato. En seis páginas, Óscar mezcla a los personajes de su cuento con las andanzas de otros de ficción (uno de los personajes es una actriz y se nos habla de su personaje en una serie de televisión), en una bella historia de aprendizaje. Este cuento está situado en Madrid, y me hizo gracia pensar que Óscar, que vive en la ciudad, tiene una visión idealizada de la misma. Muchos de sus cuentos están situados en pueblos de la provincia de Burgos o su capital y en estos cuentos el realismo de sus historias suele ser bastante crudo, aunque también tierno; y sin embargo en los cuentos que sitúa en Madrid, como este inicial, pero también en otros como El hijo de la modista y Monólogo del técnico de sonido parece vincularlos al mundo del teatro, que creía que él asociaba, de forma consciente o inconsciente, a Madrid. Había ido tomando notas a lo largo de la lectura que parecían sostener esta teoría de la capital idealizada y vinculada con el mundo del teatro, pero al acabar el libro me he encontrado con un apunte final en el que se nos aclara que los tres cuentos que he mencionado “nacieron por encargo del Teatro Alcázar de Madrid y se publicaron en el libro de fotografías En el secreto del Alcázar.” En cualquier caso, creo que esto no resta ninguna pertinencia a mi comentario. Monólogo del técnico de sonido sobre un narrador que, poco antes de que empiece una función, evoca la relación que mantuvo su padre con su abuelo, y luego la que él mismo tuvo con su padre, me parece, siendo un cuento más que correcto, un poco inferior a otros del conjunto. Pero, en cambio, El hijo de la modista, sobre un joven vendedor de piscinas a familias pudientes, que es invitado a una fiesta en la casa de una joven y atractiva cliente, con su sutil análisis de las diferencias de clase, me ha parecido uno de los mejores del libro.

El segundo cuento, titulado El estudiante de Salamanca, me ha hecho volver por su planteamiento y temática a las narraciones que más me gustaron de La marca de Creta. En él nos encontramos con un frágil joven de dieciocho años que ha de ir al hospital justo la víspera de su examen de selectividad. Allí le diagnosticarán un principio de tuberculosis. Cuando se recupera, hace su selectividad y es admitido en la universidad de Salamanca, donde quiere ir para dejar atrás la casa de sus padres, pero ya no hay sitio en los colegios mayores y viajará con su padre a Salamanca para ver si puede quedarse durante el curso lectivo en un hotel que el padre conoce de un curso de su empresa. Por su planteamiento este relato se parece al de La fiesta más divertida del libro anterior, pero aquí se ahonda en la relación del chico con el padre y entrará en territorios diferentes.
Este cuento, como otros del libro anterior, tiene una temática homosexual, y aparece aquí el Paseo de la Isla, lugar de encuentros homosexuales de Burgos. En otros cuentos se citarán esos pueblos de Burgos que para el lector de relatos de Esquivias son ya familiares, como Sasamón o Villandiego; citados en el tercer cuento, Viene Gordon. En este cuento, el narrador en primera persona, a diferencia del narrador arquetipo de los cuentos de Esquivias, no es tan joven como suele serlo. Trabaja en una Ikastola del País Vasco, pero le gusta irse a pintar a una casa que ha heredado en un pueblo de Burgos. De este cuento, igual que me ocurrió en el anterior, me ha llamado la atención el tratamiento del sexo, y me ha gustado más el planteamiento que el desenlace. En el anterior me ha parecido que toda la composición funcionaba mejor.

Ya he comentado que los narradores en primera persona de Esquivias, siempre masculinos en este libro, suelen ser jóvenes y la asunción del funcionamiento del mundo de los adultos o las relaciones con sus padres suelen ser los ejes centrales de las temáticas. La mirada de Esquivias sobre estos personajes desorientados y frágiles suele ser la de la ternura. Una ternura elegante y contenida, que no cae nunca en lo cursi y que queda remarcada por un leve sentido del humor que imprime ligereza a sus páginas.

Un tanto desolador resulta el relato Pampanitos verdes, sobre un joven en segundo año de medicina, al que se le muere el hermano en un accidente de tráfico. Más divertido es Mail Pride Chicago 2008 sobre un joven atleta burgalés que trabaja en Madrid como cartero y del que sus superiores quieren que participe en una competición deportiva de carteros que tendrá lugar en Chicago. Aunque el cuento está ambientado en Chicago, su vocabulario castizo le hace profundamente español. Cuando el narrador llega a Chicago y le atiende en el aeropuerto una simpatiquísima policía, no duda en calificarla de “policía locatis”, una expresión que me ha hecho mucha gracia. Este recurso –la cita de expresiones particulares o frases hechas- se usa en el libro para remarcar la diferencia de edades entre los narradores y sus padres u otros personajes de las historias.

El dolor, donde un adulto evoca un episodio que le ocurrió de niño en un pueblo en el que vivía con su tía y donde cayó enfermo, es más que nada, al hablar de sexo entre adultos y niños, bastante perturbador.

El último, Viaje al centro de la Tierra, es el único que podría apartarse del realismo, aunque la visión onírica que tiene lugar en él podría achacarse a un sueño, quizás queda por esta ambigüedad un tanto desdibujado su alcance narrativo.

Me gustó mucho el penúltimo, titulado El centurión y ambientado en Roma, en el que se narra la relación entre dos hermanos, desde el punto de vista del pequeño. Un cuento original y poderoso.

El estilo literario de Óscar Esquivias sigue siendo en apariencia sencillo, pero esta sencillez es sólo aparente: el lenguaje es contenido y recorrido de vez en cuando por potentes imágenes.

Ya comenté aquí que me gustó mucho La marca de Creta, y quizás, habiendo leído antes este libro, Pampanitos verdes ya no me ha sorprendido tanto, porque ya sabía de lo que era capaz Óscar Esquivias, pero me parece que también es un gran libro de relatos y quizás más coherente que el anterior, puesto que aquí la diferencia entre los relatos que más me han gustado y los que menos ha sido menor que en el libro anterior.

Dentro de un rato empezaré con Andarás perdido por el mundo.

domingo, 21 de septiembre de 2014

La marca de Creta, por Óscar Esquivias

Editorial Ediciones del viento. 172 páginas. 1ª edición de 2008.

Hace unos meses comenté en el blog la primera novela de Óscar Esquivias (Burgos, 1972), y ya dije que era una novela sencilla y bien construida. También mencioné que conozco a Óscar en persona y que él ha leído alguno de mis libros.

Me he acercado ahora a La marca de Creta, el conjunto de relatos con el que Esquivias ganó el premio Setenil, que otorga el ayuntamiento de Molina de Segura al mejor libro de relatos publicado en el año anterior a la convocatoria, en este caso el 2008. La mayoría de estos relatos, como nos cuenta el autor en una nota final, habían aparecido antes de que se publicara este libro en diversas revistas. Lo curioso es que La marca de Creta tiene un tono bastante unitario en cuanto al estilo de los relatos, a la temática y al enfoque.

De este libro había leído dos relatos previamente: Miedo, un bello relato sobre las incertidumbres vitales de un padre que empieza a no sentirse ya tan joven. Lo había leído en la antología de relatos Siglo XXI, publicada por la editorial Menoscuarto. La acción de Miedo transcurre en Italia, y esto marca una diferencia con respecto al resto de composiciones del libro, que transcurren (todos menos ese, si no me equivoco) en la provincia de Burgos.
El otro relato que había leído previamente era Maternidad, que por coherencia entiendo que transcurre en Burgos Capital (aunque podría no ser así). Este lo leí de pie en la Casa del Libro de Gran Vía, meses antes de que comprara el libro. Y lo cierto es que me desconcertó, porque el final de este cuento podría hacernos pensar en una solución fantástica y me hizo sospechar que esta sería la tendencia de los cuentos de La marca de Creta, cuando en realidad no es así, ya que la vocación de este libro es profundamente realista.

Hace unas semanas comenté aquí el libro de cuentos Caminos anfibios de Ernesto Calabuig y dije que su construcción me parecía más de inspiración europea que norteamericana. Los de Esquivias me parecen, según las definiciones personales que di en esa entrada, más norteamericanos: los personajes se definen más por sus acciones que por sus pensamientos, el hecho que va a marcar sus vidas se produce durante el tiempo del relato, y los finales de estos cuentos o bien son abiertos o bien se produce en ellos algún momento epifánico para el personaje.
Uno de los territorios míticos para el relato norteamericano sería el del Medio Oeste, esa ancha franja del país donde lo principal que parece ocurrir es la literatura. El Medio Oeste representa, para los autores norteamericanos, la parte más tradicional del país, y es en este escenario donde suelen situar los dramas de unos personajes normalmente de clase media o de clase baja. En más de un libro de relatos de un escritor norteamericano existe una unidad de lugar; estoy pensando en Rock Springs de Richard Ford o en las novelas y relatos de Charles Baxter.
Podría equiparar el Medio Oeste americano al Burgos de Óscar Esquivias en este libro. La mayoría de los personajes que aparecen en La marca de Creta debaten su ubicación entre Burgos capital y un grupo de pueblos, cuyos nombres se repiten de forma continuada de un relato a otro: Villandiego, Sasamón, Citores… La continuidad de un relato a otro queda marcada por algún pequeño detalle más: en dos cuentos se cita a Canarias como un lejano destino visto desde Burgos, y de Canarias se habla precisamente del mismo pueblo: Corralejo. Además existe el personaje de Pauli, que bien podría ser la misma chica en dos relatos diferentes: El origen de las especies y en Happy birthday, Mar.

Ya he comentado más arriba que me desconcertó el primer relato del conjunto, Maternidad, porque podía insinuar (no de forma clara, en todo caso) una solución fantástica –que no me acabó de convencer–, y porque me hizo pensar que el libro iba a transitar por unas sendas que no eran las que luego fueron.
Me convenció de forma inmediata el segundo cuento, Septiembre, sobre un joven de un pequeño pueblo que siente caer sobre él todo el peso del fin del verano y posiblemente de la infancia y de la adolescencia. Su vida ha estado muy unida hasta ahora a la de los chicos de su edad, pero empieza a comprender que la vida de los adultos (de los que en breve va a pasar a formar parte) es una vida muy solitaria. Un bello relato. El estilo de Esquivias en este cuento, como en los demás, apuesta por la precisión y la economía de medios. Gracias a la dosificación de estos recursos y a la viveza de los detalles sobre la naturaleza o las costumbres de las personas, los cuentos acaban teniendo un halo muy triste y muy poético.

La mayoría de los dieciséis cuentos que forman La marca de Creta están escritos en primera persona, aunque es precisamente uno de los pocos que están escritos en tercera uno de mis favoritos: La fiesta más divertida, sobre un adolescente al que sus padres envían a vivir a una pensión en Burgos capital a los catorce años para que pueda cursar el bachillerato. La descripción de la vida en la pensión es muy rica en detalles. Esto, además de cómo se muestra la soledad de este chico que ha de empezar a enfrentarse al mundo de los adultos, hacen de este cuento una composición muy emocionante, pero, paradójicamente, carente de ningún énfasis; en la captación poética de los pequeños detalles de una vida está su fuerza.
Creo que además este cuento, La fiesta más divertida, puede ser paradigmático del tema que más se repite en estas piezas: el de la fragilidad del adolescente, de la persona que está dejando de ser un niño y de su forma de asimilar la vida adulta, de alcanzar un lugar en el mundo. Mi otro cuento favorito de La marca de Creta tiene que ver también con este tema, Hijos de Dios, que significativamente empieza con estas frases: “Ayer cumplí diecinueve años. Hace tres que abandoné el pueblo. Siempre supe que mis padres eran un mundo cerrado donde no cabía nadie más, ni siquiera yo” (pág. 73). El protagonista de Hijos de Dios, además de hacer frente a ese desapego hacia él que siente por parte de sus padres, para convertirse en adulto tendrá que hacer frente a la asunción de una característica que va a marcar su forma de entender el mundo, su homosexualidad, tema presente en más de uno de los cuentos de este libro.

Como me suele pasar casi siempre que leo libros de relatos, los cuentos que menos me han gustado de La marca de Creta han sido los más cortos. Cuentos como La reina del puré o Expedición a las cavernas del bacilo de Koch, cada uno de dos páginas, una extensión en la que apenas hay cabida para una pequeña anécdota. En general los cuentos que más me gustan de mis autores favoritos suelen tener una extensión de unas 15-25 páginas; por supuesto esta es una característica puramente personal, más fruto de la experiencia que de un criterio literario más consistente.
La marca de Creta, con sus casi treinta páginas, es el último cuento del conjunto. Transcurre también en un pueblo de Burgos, pero el tipo de personaje ha cambiado respecto a la humildad de los anteriores: estamos aquí ante un gran pope de las letras nacionales (poeta, narrador y ensayista) que ha decidido retirarse a la casa de sus antepasados, donde conversa (literalmente) con los clásicos griegos y latinos. La mirada de Esquivias sobre sus personajes ha cambiado aquí: de la piedad ha pasado a la fina ironía, incluso al sarcasmo. La mirada del autor sobre el personaje, sobre lo que nos quiere contar de él, me ha parecido demasiado explícita, y esto hace que prefiera la sutileza poética de los cuentos anteriormente comentados.

De todos modos, no todos los cuentos transcurren en este espacio entre la ciudad y el campo. Los escenarios de más de uno se sitúan directamente en la ciudad y hablan de problemas de pareja o de relaciones humanas, como el titulado El origen de las especies, sobre la relación tormentosa entre dos mujeres, y Happy birthday, Mar, sobre la reunión de un grupo de amigos que empiezan a no ser tan jóvenes como antes.


No quiero acabar esta entrada sin decir lo siguiente: La marca de Creta es uno de los mejores libros de relatos que he leído de un escritor español.

domingo, 6 de abril de 2014

Jerjes conquista el mar, por Óscar Esquivias

Editorial Ediciones del viento. 137 páginas. 1ª edición de 2001, esta de 2009.

Conocía a Óscar Esquivias (Burgos, 1972) como autor de relatos; sabía que había ganado el premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en 2008 con La marca de Creta; y había leído su cuento Miedo en la antología Siglo XXI, publicada por la editorial Menoscuarto en 2010; así que le pedí amistad en facebook, ese lugar del ciberespacio en el que un montón de desconocidos se llaman amigos por tener una afición en común; en este caso, la literaria. Descubrí el entusiasmo de Esquivias por el escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia cuando colgué allí los enlaces a las entradas que le dediqué a este autor en el blog; y a raíz de estas entradas conversamos un poco virtualmente. Meses después le pude conocer en persona en la presentación del libro de cuentos La vida interior de las plantas de interior de Patricio Pron, presentado por Ernesto Calabuig. La casualidad quiso que compartiéramos metro para volver a casa, y fue agradable darse cuenta de que en realidad es muy fácil entablar conversación con esos desconocidos de facebook con los que compartes una pasión común. Mantuvimos una animada charla en el metro sobre Jorge Ibargüengoitia y José Donoso.

Cuando anuncié en las redes sociales el verano pasado que iba a firmar mi poemario El bar de Lee en la feria del libro de Madrid, fue una sorpresa que Óscar me comentase que había leído mi anterior poemario, Siempre nos quedará Casablanca, y que le había gustado. Yo había comprado unos meses antes La marca de Creta, pero no lo había leído todavía. Óscar apareció en la caseta el día que firmaba y me compró El bar de Lee, además de mi novela Acantilados de Howth. Unos días después firmaba él y, por supuesto, no podía dejar de pasarme por su caseta. Allí compré otro de sus libros de cuentos, Papanitos verdes, y su primera novela, Jerjes conquista el mar. En un mundo en el que desaparecen los lectores literarios, ahí quedamos los autores para comprarnos libros entre nosotros antes del fin.

El viernes 28 de febrero (que fue festivo para los docentes) seguía leyendo los Cuentos completos de Juan José Saer, y después de terminar el tercer libro (de cinco) –el titulado Unidad de lugar– me apeteció (como la semana pasada con El material humano de Rodrigo Rey Rosa) cambiar de aires y tomé de la montaña de inleídos Jerjes conquista el mar. Lo leí casi de una sentada esa misma tarde.

Con Jerjes conquista el mar Óscar Esquivias ganó el Premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid en el año 2000; la novela la publicó la editorial Visor ese año. La editorial con la que Esquivias publica actualmente –Ediciones del Viento– la volvió a reeditar en 2009, tras una revisión “para acercarse al ideal de precisión de aquel primer intento”, como nos cuenta Esquivias en una nota final. Jerjes conquista el mar fue la primera novela escrita por el autor, que debía de tener unos veintisiete años.

Jerjes es un joven con una leve discapacidad mental, y trabaja –gracias a un Plan de Integración– limpiando cristales en el edificio de la Telefónica de Gran Vía, junto a Duque, otro joven, cuya discapacidad, según él mismo apunta, es la sordera, aunque el lector intuya que miente por pudor.
La novela comienza en la madrileña –y tan fatigada por mis pasos– cuesta de Moyano. En concreto en la caseta de la viuda de Infantes, una señora mayor que se dedica más a ahuyentar a la posible clientela que a tratar de vender libros. Jerjes rebusca entre sus libros y pregunta interesado por un álbum de fotos y recuerdos, ya que le interesan las postales antiguas, sobre todo si aparecen playas. Cuando pregunta el precio del álbum, va a recibir el esperado bufido de la viuda de infantes. Sin embargo, Jerjes volverá al puesto hasta que consiga el álbum, mientras se va creando una extraña relación de amistad entre estos dos personajes bastante desvalidos. En la página 64, el librero Fermín Vidrieras, que regenta un puesto de libros cercano al de la viuda, apuntará: “Qué pareja, la loca y el tontito”.

Los escenarios principales de la novela serían la cuesta de Moyano, donde Jerjes interactúa con los libreros señalados y también con algún otro comprador de libros; el edificio de la Telefónica de Gran Vía, donde Jerjes se relaciona con su compañero Duque, los guardias de seguridad y algún que otro empleado de la Telefónica; y la casa de Jerjes, donde este convive con su madre y el cada vez más presente novio de esta.

Todos los personajes de la novela son peculiares, y hasta cierto punto marginales. Sobre ellos el narrador posa una mirada tierna, no exenta, en más de una ocasión, de un humor socarrón.
La novela se sitúa a finales de los noventa, cuando aún se compraba con pesetas y Juan Villalonga era el presidente de la Telefónica. En más de un caso me ha parecido ver que el narrador se detenía en una visión costumbrista de Madrid; por ejemplo al describir los discursos de mendigos y músicos del metro, como si quisiera rescatar para la capital una corte de los milagros valleinclanesca (“Madrid es un carnaval”, pág. 59).

Jerjes conquista el mar se organiza en capítulos cortos, con abundantes diálogos frescos y coloquiales. Sus pequeñas tramas se van engarzando de modo sencillo y elegante. Ya dije al comenzar la entrada que esta novela se puede leer prácticamente de una sentada, y uno acompaña a sus personajes marginales y entrañables (bien perfilados mediante el empleo de certeros detalles) con una sonrisa. Jerjes conquista el mar es una primera novela, escrita por alguien que no llega a los treinta años, bastante sencilla, pero muy bien armada; una novela que parece escrita sin grandes pretensiones de trascendencia, pero con el pulso firme de un narrador que sabe estructurar bien una historia y desplazar a los personajes sobre la trama de forma ágil, mediante el uso de los diálogos y las elipsis. Jerjes conquista el mar es “un texto muy depurado, muy sencillo, muy limpio, con una anécdota aparentemente pequeña, pero con una gran carga poética”, como apunta el propio Óscar Esquivias en este vídeo en el que presenta la novela:



Como el mismo Esquivias apunta en el vídeo, su trilogía novelística formada por las obras Inquietud en el paraíso, La ciudad del Gran Rey y Viene la noche es la que más lectores (y reconocimiento, apuntaría yo) ha tenido de toda su obra. También es un destacado cuentista: dentro de poco espero comenzar sus dos libros de cuentos, que están esperándome en mi montaña de libros inleídos.