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jueves, 14 de enero de 2016

Un poema de Siempre nos quedará Casablanca

Hacía tiempo que no dejaba aquí uno de mis poemas. En navidades fui al cine a ver El despertar de la fuerza, con un amigo con el que había visto El retorno del jedi hace casi treinta años en unos cines de Móstoles que ya no existen.

Vuelve a estar de moda la saga de La guerra de las galaxias (o Star Wars como dicen ahora),  y me apetece colgar aquí un poema sobre la primera vez que vi La guerra de las galaxias en el cine. Debía ser el año 1981 o 1982 y mi abuelo me llevaba al cine.



Este poema pertenece a mi libro Siempre nos quedará Casablanca.


                 CINE MILITAR


Mi abuelo no tenía que pagar entrada,
con la pinza de su tarjeta de reservista
del ejército colgada de la camisa,
y yo cinco duros que él sacaba del fondo
de su monedero. Era el cine del cuartel,
al que mi abuelo me llevaba cada domingo,
tan alto, con sus largos pasos de determinación
y desfile. Recuerdo el vértigo de esquivar
la prolongación de los cañones de los fusiles.
Me llenaba de orgullo cuando los soldados
se cuadraban alzando su brazo y decían
a mi abuelo: «¡A sus órdenes, mi teniente!»,
y yo apretaba fuerte su mano. Bonitos
y robustos tanques paseaban alrededor
del cine. Yo no sabía nada de política,
tenía siete años. El cuartel era un lugar hermoso
y vital, de recias esquinas y uniformes de piedra
y tenía un cine, donde vi o soñé,
ahora no lo recuerdo exactamente,
La guerra de las galaxias. Su arena sedienta,
los androides brillaban y las espadas láser brillaban,
como la pinza de la tarjeta que colgaba

tan alta de la camisa de mi abuelo.

miércoles, 3 de junio de 2015

Reseña de Siempre nos quedará Casablanca, por Aurora González Paz

Si la semana pasa tuve la grata sorpresa de recibir una crítica muy entusiasta de mi novela El hombre ajeno en la web Anika entre libros, ésta me he encontrado con otra crítica positiva de mi poemario Siempre nos quedará Casablanca en el blog Buhonero de la aurora (pinchar AQUÍ), que lleva Aurora González Paz. Estoy en racha.

Me gustaría hacer una pequeña puntualización a las palabras de Aurora: en la solapa de Siembre nos quedará Casablanca, publicado en 2011 se afirma (como comenta ella) que pronto se publicaría mi poemario Móstoles era una fiesta. Este poemario está recogido en El bar de Lee –publicado en 2013- que recoge dos poemarios: Móstoles era una fiesta (escrito en 1998) y El calvo del Sonora (escrito en 2008).



Aquí está la reseña de Siempre nos quedará Casablanca, aparecida en el blog Buhoneros de la aurora y escrita por Aurora González Paz:

Después de tanta entrada personal tocaba ya una reseña. En esta ocasión no se trata de ninguna novela sino de poesía o más bien prosa poética. David Pérez Vega nos cuenta pequeñas historias de una manera poética que a mí me ha gustado especialmente. Muchas de las que se recogen en este poemario nos hablan del cine, la gran pasión de otro blog al que estaré eternamente ligada, Motel Purgatorio, y he querido compartir con todos vosotros mi parecer sobre el libro.

David Pérez Vega ha publicado la novela "Acantilados de Howth" y próximamente publicará su poemario "Móstoles era una fiesta" escrito en 1998. El que ahora mismo nos ocupa, si te gusta que te cuenten algo en la poesía, te gustará. Casi podría definirlo como un recopilatorio de microrrelatos que en más de una ocasión me han transportado a mi infancia, al cine de mi barrio en Barcelona con sesión continua que si entrabas tarde pues te quedabas y podías ver el principio de la película si te lo habías perdido, es más podías ver toda la película otra vez. De hecho leer estos poemas sobre el cine me han inspirado para escribir yo también sobre mis vivencias cuando era niña cuando de vacaciones en casa de mis abuelos nos cogíamos la silla y nos íbamos a la plaza del pueblo donde iba el cinematógrafo y nos proyectaba las películas, para toda la familia, como las de Marisol. ¡Qué tiempos aquellos! Todo eso ha conseguido este escritor, actualmente profesor de secundaria, con sus historias, sus poemas. Gracias David.

Naturalmente la lectura, como el cine, transmite a unos y a otros cosas diferentes, así que os dejo esta pequeña muestra  para que os animéis a leer el poemario.


BANDA SONORA

Si esto fuese una película, al pronunciar
tú esas palabras, nos miraríamos fijamente
un instante y yo entonces te besaría sin remedio,
con la necesidad de un buzo a su bombona de aire.
La cámara se alejaría de la intimidad de la escena,
en un movimiento elevado de grúa
nos dejaría allí abrazados en la noche,
bajo los oles y los severos edificios de la Castellana.
Sonaría de fondo una suave música clásica,
el Otoño de Vivaldi, aunque obvio y caduco,
resultaría, en todo caso, de una emoción reconfortante.

Pero es la vida real y la banda sonora
es el claxon del coche de un imbécil, la serenidad
incurable de los charcos más hondos de la acera,
y yo he de tragarme una a una tus palabras
con una débil sonrisa. Esas palabras que cada vez
me duelen más puestas en los labios de una chica,
brillantes, con su señuelo de trampa para incautos,
"Pero qué majo que eres", Brillantes.



miércoles, 5 de noviembre de 2014

Un poema de Siempre nos quedará Casablanca

Hace tiempo que no expongo aquí alguno de mis poemas. Hoy, siguiendo con la tendencia de las últimas semanas, tocaría colgar alguno de Antonio Machado (por continuar con la antología de Gerardo Diego), pero mi amigo el poeta mallorquín Juan Payeras fotografió un poema de mi libro Siempre nos quedará Casablanca y colgó la página en su muro de facebook. Este poema nunca lo había mostrado en el blog, lo hago ahora. Se corresponde a la época en la que era auditor de cuentas, entre el año 2000 y el 2002:


Gracias, Juan.

El texto en word quedó así:



PIETER BRUEGHEL EL VIEJO

Me basta abrir el libro por la reproducción
del cuadro El triunfo de la muerte
de Pieter Brueghel El Viejo para conseguir
la calma. Me fascina
penetrar en sus detalles. ¿Os habéis fijado
en las elegantes trompetas que sostienen
los esqueletos sobre el río o el que tras la mesa
intenta violar a una doncella? ¿En la brillante
pala encima del carro de las calaveras?
Entonces qué importan el estrés, los plazos
y los horarios de esclavo de las pirámides
de Egipto, las tristes ambiciones de los triunfadores
tristes. Con terapia de guadaña a lomos de un caballo
rojo, tu jefe sólo es otro cráneo, de los que se caen
del carro de tan lleno. Ojalá hubiera conocido
la calma del cuadro de Brueghel
en la adolescencia, en el desdén presuntuoso
de las muchachas, en la pantomima de los que se esconden
debajo de la mesa. ¿Y en el ángulo inferior
derecho el joven del laúd cantando, y la Muerte
que toca el violín? Y un 1012.



jueves, 4 de septiembre de 2014

Yo, poeta 12.574

Fernando Sabido Sánchez es el administrador del blog Poetas siglo XXI, antología de poesía (ver AQUÍ). En este blog, dado el elevado número de poetas mostrados, parece que con entusiasmo de botánico se dedica más a inventariar poetas del mundo que a antologarlos.



He tenido el honor de ser el poeta 12.574 de su larga lista. Fernando Sabido ha tomado cinco poemas de cada uno de mis poemarios publicados por Baile del Sol, Siempre nos quedará Casablanca y El bar de Lee para su blog.




En mi vida normal casi nunca me encuentro con nadie interesado en la poesía, pero en internet los poetas somos un poderoso ejercito.


Dejó el enlace a la entrada con mis poemas: POETA 12.574 AQUÍ.

jueves, 19 de junio de 2014

Mi poema La Morita en la revista Adiós

Conocí a Javier Gil en la presentación de un libro de Ana Pérez Cañamares. Javier Gil coordina la sección Versos para el Adiós, de la revista Adiós. Una revista que se distribuye en tanatorios, e incluye reportajes sobre cementerios, tumbas, rituales para despedirse de los muertos, canciones o poemas que hablan de la muerte, la despedida última a nuestros seres queridos, o cualquier noticia que tenga que ver con lo anterior. Así, por ejemplo, la revista contiene una sección llamaba Mundo funerario excéntrico, con noticias cuyos titulares (en el número 106) son estos: “Tumbas chinas con nombres de chinos… vivos”, “3.800 rostros cubrirán las obras del Panteón de París”, “Cementerios que apuntan al cielo” o “La imprudencia de la soldado Harrison”.

La revista Adiós se distribuye gratuitamente en tanatorios; y está financiada con publicidad sobre funerarias, venta de féretros, servicios de cremación, incineración, etc.

Lógicamente, la revista Adiós parece sacada de un cuento de Roberto Bolaño o de la serie A dos metros bajo tierra




El día en que conocí a Javier Gil me dijo que si tenía algún poema que hablara de la muerte, la despedida última de familiares o de algo relacionado con estos temas se lo enviara. Así lo hice. Más de dos años después mi poema La Morita, perteneciente al poemario Siempre nos quedará Casablanca (Baile del Sol, 2011) ha encontrado su hueco en la revista Adiós correspondiente a los meses de mayo y junio de 2014, con Bob Dylan en la portada. Mi poema aparece en la sección Versos para el Adiós, junto con un artículo escrito por Javier Gil sobre Antes que anochezca de Reinaldo Arenas

Y yo estoy contento; es decir, uno no sale todos los días en revistas que convocan el "I CONCURSO CEMENTERIOS de España", con un reportaje al lado de mi admirado Reinaldo Arenas, y con Bod Dylan mirándote desde la portada.

Dejo aquí el poema:

LA MORITA
                                                  
Hoy viernes no salí demasiado tarde del trabajo
y me he pasado a verte, abuelo.
Te veo mejor, menos hinchado,
incluso puedes bajarte de la cama
y sentarte en el sillón.
      (Escuetas calles
y tejados de Carabanchel, después sólo el páramo
donde se escurre plácida la tarde.
Hay una extensa vista, no diré que bella,
desde la ventana de esta planta 18:
Pulmón y problemas respiratorios.)
Me parece bien que te quites los tubos
de oxígeno de la cara porque ya estás harto,
mientras te cuento cosas absurdas de mi trabajo y los jefes
y te ríes, buena señal, no has perdido la cabeza.

«Te acuerdas de la Morita, la perrita de Vázquez
con la que jugabas de pequeño cuando íbamos al río.
Qué lista era aquella perrita, cómo te desataba
el pañuelo de la pierna. Y te acuerdas cuando
te bañabas en el río y hacías que te ahogabas
y la Morita te sacaba, o cuando Vázquez
cogía la cajetilla de tabaco y ella traía el mechero
y luego lo volvía a dejar donde estaba.
Qué lista era aquella perrita.»

Sí, abuelo, ya lo recuerdo, hará casi veinte años
que no pensaba en ello. Pero esta tarde
me has hecho el regalo de recuperar esos días
que fueron nuestros. Mientras contengo las lágrimas
la noche avanza, y ninguno de los dos nos levantamos
a dar la luz; hasta que entra la enfermera
con la cena (sopa castellana y tortilla
española con pimientos), que tú no quieres
probar porque los medicamentos te quitan
el apetito.
                  Débil pero entero,
no quince días después, cuando pueda volver
a tener otro rato libre del trabajo (fines de semana
incluidos) y me pase de nuevo a verte,
sabré que eso ya no eres tú, esa convulsión
de ojos cerrados conectada al oxígeno y al suero.
Porque tú sigues siendo esa voz amable
en la penumbra que me acerca a los días de la infancia,
alumbrando los rincones del pasado; en la luz de río,
saludando a todos tus amigos, de tu mano avanzo.


En el siguiente enlace está la revista Adiós, número 106, en su versión digital. Mi poema aparece en la página 24.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Unas palabras sobre Leopoldo María Panero

La semana pasada murió Leopoldo María Panero. Mi amigo Samuel Rodríguez me escribió un sms: “Panero ha muerto”, sobraban otras palabras.

La primera vez que vi a Leopoldo María Panero fue en la televisión. Debía tener yo unos dieciocho o veinte años. En un programa al que llegué una vez empezado, una persona ingresada en un centro psiquiátrico –que yo no sabía que era Panero- hablaba a la cámara sobre su vida en manicomio. Su voz arrastrada captó mi atención de forma inmediata. Al final del programa, el interno psiquiátrico se sentó en un banco del patio de la institución y dijo que iba a recitar un poema. Como yo pensaba que ese hombre estaba allí, en la televisión, por su condición de desequilibrado y no por la de desequilibrado-poeta- maldito, no esperaba gran cosa de su poema. El interno sacó una hoja de papel de un bolsillo y su voz titubeante se hizo firme. No tuve dudas, aquel poema tenía fuerza, sus imágenes eran poderosas y estaba escrito con un gran sentido del ritmo. No recuerdo ninguno de sus versos, pero sí la honda impresión que me provocó. Cuando finalizó el programa, en los títulos de crédito leí que aquel interno era Leopoldo María Panero. Aquel nombre sí que lo conocía.

Años más tarde saqué de la biblioteca la película El desencanto (1976), que me impresionó mucho. Y años más tarde también pude acercarme a Después de tantos años (1994).




Leí poemas de Leopoldo María en la biblioteca y lo cierto es que siempre preferí a su hermano Juan Luis. Sin embargo, recuerdo que cuando trabajaba de auditor de cuentas en el edificio Windsor, compre su libro publicado en Visor Guarida de un animal que no existe; y sus versos oscuros y dolientes me parecieron una bocanada de aire fresco ante la supuesta normalidad (una normalidad alocada e insana, en realidad) de los auditores de cuentas.
Compré tres libros más de él: Poemas de la locura, seguido de El hombre elefante, editado por Hyerga & Fierro, y otro de esta editorial del que no recuerdo el título y que le acabé regalando a mi novia porque ella es admiradora de la figura rota de Leopoldo María (más que de sus versos) y aquel libro estaba firmado por el autor (lo he buscado en su estantería y no lo encuentro). De hecho Guarida de un animal que no existe y Poemas de la locura, seguido de El hombre elefante también lo tengo firmado por Leopoldo María, que siempre fue un autor asiduo de la Feria del Libro de Madrid.

De hecho tengo dos libros más firmados por Leopoldo María: su Poesía Completa (1970-2000) (el tercero que faltaba) que me firmó en la Feria del Libro de Madrid de 2006; y la sexta edición de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, también en la Feria del Libro de 2006. No lo recuerdo exactamente, pero antes o después de comprar su Poesía Completa, saqué de una bolsa el libro de Bolaño y le pregunté a Leopoldo María (bueno, después de despertarle porque estaba dormido con el cuello en una mala posición) si sabía que Bolaño hablaba de él en aquel libro. Él, medio dormido aún, me dijo que no, que no había leído a Bolaño, que no sabía quién era. Pero se recompuso, me miro entonces con fijeza brillante y me preguntó: “¿Ha estado donde la muerte?”. Y yo le contesté que sí, claro.

Todavía no he leído su Poesía Completa. Aunque es casi el único poeta que me pareció legible el día que me acerqué al libro de los Nueve novísimos. Leer su Poesía Completa firmada por él es una deuda que tengo con Leopoldo María.

Quiero dejar aquí uno de los poemas de Guarida de un animal que no existe, y quiero que el lector del blog me imagine con veintiséis años, vestido con traje y corbata, con un portátil al hombro, leyéndolo en el metro, camino del Windsor, hacia la realidad supuestamente normal de los auditores de cuentas (sobre esta normalidad se podría hablar mucho), acudiendo a un trabajo delirante que me quitaba casi todas las horas del día, y leyendo este libro para sentirme libre, para que habitara en mí mientras revisaba facturas y pudiera golpear con él a la realidad de aquellos días:


HIMNO A SATANÁS
Tú que modulas el reptar de las serpientes
de las serpientes del espejo, de las serpientes de la vejez
tú que eres el único digno de besar mi carne arrugada,
y de mirar en el espejo
en donde sólo se ve un sapo,
bello como la muerte:
tú que eres como yo adorador de nadie:
ven aquí, he
construido este poema como un anzuelo
para que el lector caiga en él,
y repte
húmedamente entre las páginas.

Además me gustaría dejar aquí, como homenaje, un poema de mi libro Siempre nos quedará Casablanca. Me encontré con Leopoldo María en el metro, cuando los dos íbamos a la Feria del Libro de Madrid, él como autor y yo como comprador de libros. En él, trato de imitar el estilo del maestro:

ENCUENTRO EN EL METRO CON LEOPOLDO MARÍA PANERO
                                        Me encontraréis en la siniestra
                                         humedad de un cubo de basura.                                              
                                                                 L. M. P.
Un escalofrío (cagadas de mono) al recorrer el andén. 
Sin duda. Cuando llegó el metro y entramos 
en la garganta fresca del vagón, me situé enfrente 
para con discreción poder observarle. 
En una bolsa de plástico dos libros de colores chillones 
y la oquedad de cuatro cajetillas de tabaco rubio, cuatro, 
los pantalones caídos igual que si cubrieran a un esqueleto, 
el pelo enrarecido y calcinado: la brocha de Munch en llamas, 
de pez fuera del agua la herida de la boca abierta
como si el aire estuviese lleno de partículas nocivas, 
de animales crucificados o gritos flotando en semen, 
las mejillas hundidas, los ojos perdidos, ¿qué verían?

Nos bajamos en la misma estación, 
me adelanté, iba a irme pero me dije: 
es él, es el gran maldito de nuestra poesía, 
tengo que saludarle. Me di la vuelta: 
«Perdona, ¿eres Leopoldo María Panero, verdad?». 
A pesar de mis dudas se reconoció con una sonrisa, 
estreché su mano de ceniza fría, ceniza fría, 
sucia y pisoteada. Salimos a la calle hablando 
de él y de su hermano Juan Luis, al que confundía
con su propio destino de interno psiquiátrico. 
«Está en un manicomio», dijo con voz de rencor seco 
al susurro de una habitación a oscuras. Miraba al suelo.

Me hubiera apetecido invitarle a un café 
o a una cerveza, pero no me atreví o sentí miedo 
del fondo de sus ojos sin fondo, de las cosas negras 
y temibles y sin vuelta atrás que podrían haber visto y yo no. 
Esa mañana yo había quedado con mi bella amiga, 
me esperaba. Sus ojos también me daban miedo.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Un poema y una reseña de Siempre nos quedará Casablanca

La semana pasada me llevé la grata sorpresa de encontrarme en el blog de Baile del Sol una reseña sobre mi poemario Siempre nos quedará Casablanca, que había aparecido en la revista literaria La manzana poética (dejo AQUÍ el enlace a su web). Está firmada por Manuel Ángel Jiménez, a quien no conozco de nada. Fue realmente agradable pensar que un desconocido había leído mi libro y le habían podido gustar sus poemas. Me hizo gracia el comentario que hace sobre mi poema Encuentro en el metro con Leopoldo María Panero; escribe Jiménez: “unos versos que huelen a recuerdo imaginado o sueño recordado (?)”. En realidad, estimado Manuel Ángel, lo escrito en ese poema está basado en un encuentro real con Panero. Ambos íbamos a la Feria del Libro de Madrid. Dejo aquí ese poema y la reseña:



ENCUENTRO EN EL METRO CON
LEOPOLDO MARÍA PANERO
Me encontraréis en la siniestra humedad
de un cubo de basura.
                                                             L. M. P.

Un escalofrío (cagadas de mono) al recorrer el andén.
Sin duda. Cuando llegó el metro y entramos
en la garganta fresca del vagón, me situé enfrente
para con discreción poder observarle.
En una bolsa de plástico dos libros de colores chillones
y la oquedad de cuatro cajetillas de tabaco rubio, cuatro,
los pantalones caídos igual que si cubrieran a un esqueleto,
el pelo enrarecido y calcinado: la brocha de Munch en llamas,
de pez fuera del agua la herida de la boca abierta
como si el aire estuviese lleno de partículas nocivas,
de animales crucificados o gritos flotando en semen,
las mejillas hundidas, los ojos perdidos, ¿qué verían?

Nos bajamos en la misma estación,
me adelanté, iba a irme pero me dije:
es él, es el gran maldito de nuestra poesía,
tengo que saludarle. Me di la vuelta:
«Perdona, ¿eres Leopoldo María Panero, verdad?».
A pesar de mis dudas se reconoció con una sonrisa,
estreché su mano de ceniza fría, ceniza fría,
sucia y pisoteada. Salimos a la calle hablando
de él y de su hermano Juan Luis, al que confundía
con su propio destino de interno psiquiátrico.
«Está en un manicomio», dijo con voz de rencor seco
al susurro de una habitación a oscuras. Miraba al suelo.

Me hubiera apetecido invitarle a un café
o a una cerveza, pero no me atreví o sentí miedo
del fondo de sus ojos sin fondo, de las cosas negras
y temibles y sin vuelta atrás que podrían haber visto y yo no.
Esa mañana yo había quedado con mi bella amiga,
me esperaba. Sus ojos también me daban miedo.






SIEMPRE NOS QUEDARÁ CASABLANCA
David Pérez Vega
Ediciones Baile del Sol. Tenerife, 2011

Por Manuel Ángel JIMÉNEZ/La manzana poética - Junio 2013

La pantalla cinematográfica es un espejo, incluso a veces permeable y osmótica (me estoy acordando de La Rosa Púrpura de El Cairo), como los libros. Escribir de cine no es lo mismo que escribir de poesía o sí, quizá sí que sea lo mismo. Porque, al fin y al cabo, es escribir. Sin más.
La poesía de David Pérez Vega en su libro Siempre nos quedará Casablanca nos invita a zambullirnos en una lectura tan narrativa como de sentimientos, con la discreción que ofrece una sala en la penumbra de una proyección o a través de la luminosidad que escupen los sentimientos trasladados en forma de poema. En el equilibrio. Me imagino al autor, sentado en una cafetería, viendo pasar los trenes por la Estación Central de Móstoles, los sábados por la mañana, como en una película de Alain Tanner — pongamos, por ejemplo, En la ciudad blanca- escribiendo en la soledad de un día gris lejano a la rutina del auditor de cuentas, en el principio de este milenio, hace ya una década. La obra está dividida en cuatro segmentos (nombrados como Días de cine, Nos está acorralando el tiempo, Pequeños homenajes de ida y vuelta y Concurso de camiseta frías) que juntos conforman una treintena de poemas narrativos y en verso libre, donde nos encontraremos con más de un homenaje que el autor evoca y retrata, indudablemente cada lector tendrá la oportunidad de hacerlos suyos en mayor o menor medida, en función de afinidades, vivencias y gustos. Porque la obra comienza con todo un canto a lo que se ha convenido en llamar séptimo arte: Casablanca (como a los personajes de Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, siempre nos quedará París o como a Woody Allen, siempre nos quedará el recuerdo de un film), prosigue con “Cine de verano” (la nostalgia de la infancia y de esos días tan azules y noches perfumadas a la luz de la luna, grandes pantallas donde los sueños se guardaban para siempre), Banda sonora (la de nuestras vidas que continuamente se va construyendo), “Pan y tupilanes (V.O.S.)” (homenaje a esos locales donde unas inmensas minorías escuchan y saborean las verdaderas voces, con sus acentos y acordes tonos, porque aunque la cinta no sea nada del otro mundo puede trasladarnos a cualquier parte y hacernos caer en el encantamiento), Marta y alrededores (cuando la vida se entremezcla con la ficción en el aquí y ahora, en los Cines Princesa por ejemplo), Multicines ( o la decrepitud del invierno del desencanto cuando las persianas se echan para siempre y los momentos vividos allí se quedan encerrados en el olvido, sin posibilidad de futuro), “Fechas borrosas” (como las de esos boletos que encontramos, ya medio despintados por el tiempo, en cualquiera de los bolsillos y nos hacen recordar), “Cine militar” (cuando el abuelo era el acompañante y su tarjeta de reservista era el salvoconducto para entrar en “La Guerra de las Galaxias”), A oscuras soñándonos (con falsos carnets de estudiante o monedas ganadas en concursos literarios, entrando en espacios creados por Loach o Aristarain para hacerse más sabios), Exorcismos (sufridos por el espectador ávido de otra cosa muy diferente a la que hoy puede encontrar en las butacas del cinematógrafo, ya sea en Gran Vía o cualquier otra parte los sonidos de un teléfono móvil, las palomitas del vecino, los comentarios de un público malcriado gracias a la telebasura te sacarán de la hipnosis y te enfrentarán a la mediocre y endemoniada realidad en forma de estafa), Sesión de las 4 (instrucciones de uso) (esa hora en que los solitarios hacen una pausa para no ser conscientes del espacio que ocupan en la realidad que les espera ahí fuera, en el sitio de costumbre, donde otros tienen pesadillas cuando duermen) Y así, poco a poco, entraremos en un nuevo capítulo, donde una cita del gran Manuel Vicent nos avisará de que La vida es la única película en la que siempre muere el héroe y nos invitará a sumergirnos en un ramillete de poemas de esos que transmiten retazos de alguien que sabe sobrevivir con la ayuda que ofrece el arte a quien necesita alimentarse de algo más que un sándwich barato, pues por algo la lectura de un buen libro (La montaña mágica, Corazón tan blanco), el placer estético que ofrece una obra de arte, o las casualidades del destino que pueden cambiarnos para siempre (un encuentro en el metro con el poeta maldito y el miedo al fondo de sus ojos, tan profundos como los de la mujer que espera) resultan definitivas e influyentes en el modelado del que no se conforma con pasar el trámite de vivir y aspira a algo más, dejando escrito lo que a su vez puede que influya en otros. Para bien. Y como, ya se sabe, es de bien nacido ser agradecido, el autor no ha dejado pasar la ocasión para corresponder, bajo el título de Pequeños homenajes de ida y vuelta, a pintores como Pieter Brueghel el Viejo y su cuadro El triunfo de la muerte, a Van Gogh y su obra Los descargadores en Arles y, de paso, algún que otro impresionista cuyos lienzos cuelgan, en el Museo Thyssen-Bornemisza, junto al del genial loco del pelo rojo; tampoco se olvida del recuerdo al poeta romántico por excelencia, Gustavo Adolfo Bécquer, un fragmento leído en un libro de 2º de BUP le invitará a reflexionar y sonreír con ironía mientras piensa en la brevedad de la vida, en el fracaso amoroso, en la posteridad y el reconocimiento artístico y literario; aparece, así mismo, como un fantasma en la niebla de una escalera de un edificio de Turín, a través de la palabra Wstawac´ la sombra del escritor Primo Levi y su terrible historia hecha poema; y aprovecha para imaginar, de nuevo la infancia, escapando en la aventura más fantástica gracias a Tolkien, nombrando a Erebor, la Montaña Solitaria. Leopoldo María Panero también está homenajeado, abre el poema una cita (Me encontraréis en la siniestra humedad de un cubo de basura) del autor más maldito y reverenciado de nuestras letras, germen para construir unos versos que huelen a recuerdo imaginado o sueño recordado (?)... No sé, quizás... Y, en el trayecto final, el libro se clausura con el capítulo Concurso de camisetas frías que, bajo una bella cita de Roberto Bolaño (En sus ojos veo los rostros de todos mis amores perdidos), reagrupa nueve poemas para recapitular y despedir este canto a la belleza y a la vida, rebosante como una copa de buen vino.

jueves, 24 de octubre de 2013

Siempre nos quedará Casablanca en el blog Don Trasto



El otro día buscándome por internet (confesión narcisista) me encontré con el blog Don Trasto. En él una persona a la que no conozco de nada recomendaba mi poemario Siempre nos quedará Casablanca. Además colgaba en su espacio uno de mis poemas. Fue una agradable sorpresa descubrir que uno no sólo escribe para familiares y amigos. Le dejé un comentario en su blog para darle las gracias y aún estoy pendiente de que lo modere. En todo caso, se lo vuelvo a agradecer aquí, y muestro el poema que él destacó en su blog, que se corresponde con el tercero del libro, dentro de la sección Días de cine.

Esto es lo que me encontré en el blog Don Trasto (Ver AQUÍ):

Este poema, "Banda Sonora", es solo una muestra del maravilloso poemario de David Pérez Vega titulado "Siempre nos quedará Casablanca", editado por Baile del Sol (2011). Confío & espero que lo disfrutéis tanto como DonTrasto.



BANDA SONORA

Si esto fuese una película, al pronunciar
tú esas palabras, nos miraríamos fijamente
un instante y yo entonces te besaría sin remedio,
con la necesidad de un buzo a su bombona de aire.
La cámara se alejaría de la intimidad de la escena,
en un movimiento elevado de grúa
nos dejaría allí abrazados en la noche,
bajo los árboles y los severos edificios de la Castellana.
Sonaría de fondo una suave música clásica,
el Otoño de Vivaldi, aunque obvio y caduco,
resultaría, en todo caso, de una emoción reconfortante.

Pero es la vida real y la banda sonora
es el claxon del coche de un imbécil, la serenidad
incurable de los charcos más hondos de la acera,
y yo he de tragarme una a una tus palabras
con una débil sonrisa. Esas palabras que cada vez
me duelen más puestas en los labios de una chica,
brillantes, con su señuelo de trampa para incautos.
“Pero qué majo que eres”. Brillantes.


jueves, 14 de marzo de 2013

Un poema de Siempre nos quedará Casablanca





Mis editores de Baile del SolÁngeles Alonso y Tito Expósito- comenzaron 2013 con una nueva iniciativa en su blog: cada día pretenden colgar el poema de un autor vinculado a su editorial. Para el día 59 del año eligieron un poema mío, del libro Siempre nos quedará Casablanca, el titulado A oscuras soñándonos, que pertenece a la primera parte del poemario, titulada Días de cine (mi particular homenaje al mundo de las películas). A oscuras soñándonos lo considero un poema atípico dentro de mi producción, ya que mis composiciones poéticos casi siempre parten de una anécdota concreta e individualizada, y en cambio este poema fija su mirada sobre una acumulación de días.

Dejo aquí el poema (en el blog de Baile del Sol, AQUÍ):



A OSCURAS SOÑÁNDONOS

Fuimos al cine, como tantas veces
fuimos al cine, con nuestros carnets
falsos de estudiante, acumulando
tarjetas selladas (cada diez películas una gratis)
o estirando las monedas ganadas
en dudosos premios literarios, en las salas oscuras,
igual que niños de la posguerra, de la poscrisis,
del neoliberalismo. De todos los momentos
posteriores o demasiado nuevos,
cuando ya no había posibilidad
de reconstruir los caminos equivocados,
los puentes rotos, cuando habíamos decidido
abandonarnos dulcemente pálidos,
vivirnos en las vidas de otros,
con grandes guiones, a veces escasos presupuestos
y hermosas ideas, donde los gestos honorables
tenían cabida e incluso recompensa,
películas de Adolfo Aristarain, de Ken Loach...
emocionaban, la vida te hacía más sabio
y no más amargo en el cine.
Allí a oscuras, solos, soñándonos.

jueves, 28 de febrero de 2013

Cine de verano, de Siempre nos quedará Casablanca


En el blog Atisbos, la persona que se esconde bajo el seudónimo de Arrecogiendobellotas (nada menos) escribió la primera reseña que recibí de mi novela Acantilados de Howth; una reseña muy entusiasta y agradable, por cierto. Cuando Baile del Sol publicó mi poemario Siembre nos quedará Casablanca, contacté con Arrecogiendobellotas y le propuse regalarle este nuevo libro.

La verdad es que como en Desde la ciudad sin cines yo casi siempre comento libros de relatos o novelas, el público que se interesa por mis reseñas no suele ser lector de poesía y me cuesta encontrar personas que les atraiga leer mi poemario y que puedan comentarlo en internet. Arrecogiendobellotas, pese a ser más lector de prosa que de poesía (como yo mismo), aceptó mi envío y seleccionó el poema que más le había gustado para colgarlo en su blog. 
Es el titulado Cine de verano, el segundo del libro, perteneciente a la sección Días de cine, mi pequeño homenaje a las películas y su visionado en pantalla grande.
(Ver AQUÍ el poema en el blog Atisbos)

Éste es el poema:



CINE DE VERANO


Mi hermano aún no estaba con nosotros,
así que yo era un niño menor de seis años,
y el lugar un pueblo de playa,
seguramente de la costa de Levante
(por ejemplo, muchos años después, una concha
encima del televisor: Recuerdo de Gandía).
Mis padres son esa pareja joven de cualquier playa
en verano, con la eterna sonrisa prometedora
e indolente y un niño que no llega a los seis.
Olía a mar. Por las noches solíamos ir
a los cines de verano, inmensas pantallas
recortadas contra el cielo, casi siempre dibujos
animados que me entusiasmaban. No recuerdo
qué películas, sí que eran dibujos animados y el entusiasmo.

De la que guardo memoria es de una de ciencia-ficción,
serie B, donde unos hombres de verdad luchaban
contra la invasión de unos monstruos del espacio
que yo no entendía como claramente de mentira,
sino que me daban miedo y me angustiaban.
No comprendía por qué mis padres me habían
llevado a ver aquella película pavorosa.

No salí corriendo cuando volvió a aparecer
alguno de los temibles monstruos de cartón-piedra.
Lo hice casi al final, sobrando ya el gesto,
cuando, de un tirón, un hombre le arrancó un pendiente
de la oreja a una mujer. Aquello me pareció intolerable,
eché a correr por el largo pasillo ante la mirada
curiosa y atónita del acomodador, que no me detuvo.
En la calle ya no sabía hacia dónde huir,
me quedé paralizado sobre la acera,
de fondo posiblemente el golpeteo del mar.
Fue mi padre quien me agarró por la espalda
y me alzó del suelo.
                                    De repente, me sentí protegido
de todo en los fuertes brazos de mi padre.

He hecho un pacto con la vida:
ya no siento miedo en el cine,
ahora es el sitio al que voy a olvidar
lo que me da miedo.
                                     A cambio la vida
me cobra un precio: cuando se acabe la película
y salga a la calle, aunque lo haga corriendo,
sé que no encontraré ningunos brazos
en los que pueda sentirme seguro.