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miércoles, 9 de marzo de 2016

Entrevista a Tomás Sánchez Bellocchio, autor de Familias de cereal

Tomás Sánchez Bellocchio (Buenos Aires, 1981) ha publicado a finales de 2015 su primera obra: el conjunto de relatos Familias de cereal (Editorial Candaya), elogiado por personalidades de mundo del cuento en España como Juan Carlos Márquez u Óscar Esquivias.



Entrevista:

Al leer tus relatos he sentido una conexión intensa con las obras de otros cuentistas argentinos de tu generación, como Federico Falco y Samantha Schweblin. Los tres, desde mi punto de vista, trabajáis posando sobre el realismo una mirada de extrañeza. ¿Has leído a estos autores? ¿Piensas que formáis una nueva generación de narradores argentinos o más bien crees que cada uno escribe proponiendo libros por completo diferentes y desconectados?

A ambos los he leído y me gustan bastante. También Patricio Pron. Esta conexión que ves quizás esté relacionada con cómo desde un país con una tradición cuentística diversa e importante pero que no es realista ha asimilado la influencia del cuento americano que es sobre todo realista. Al mismo tiempo, creo que son propuestas muy distintas. Cada uno escribe su propio proyecto, en solitario. Creo que se escribe mirando más a los padres que a los hermanos. Y podremos tener los mismos padres, pero cada hijo sale distinto. En Samantha veo una veta mucho más fantástica y con una base de cuento clásico, redondo. En Falco es muy interesante su mirada desde el interior del país, porque Buenos Aires gravita demasiado sobre nuestra literatura, y me subyuga ese tono como de fábula de algunas de sus historias. Mi jugada, en Familias de cereal al menos, creo que pasa más por lo urbano o suburbano, la mezcla de tonos y registros, melodrama, humor, ideas, todo junto y licuado, el interés por lo digital, pero también el trasfondo político y una cierta mirada de clase.


En pleno siglo XXI, ¿tiene todavía sentido para un escritor argentino hablar de la polémica literaria entre Boedo y Florida? ¿Sigue habiendo en la actualidad escritores que puedan entroncarse con esas líneas que proponen el realismo o la vanguardia? ¿Con qué barrio te sientes más identificado?

Me parece árido, irrelevante y hasta anacrónico a esta altura del partido meterse en polémicas y discusiones, adscribirse a programas o manifiestos o tratar de encorsetar libros en géneros o corrientes. ¿Es realista o no? ¿Hay crítica social o es elitista? ¿Es autoficción? Tampoco me interesa ver la literatura en función de ejércitos, como decía Bolaño. Me gusta pensarla como un enorme campo de exploración, geográfico y temporal, y cada uno tiene la libertad de situarse donde quiera. Y lo único importante, a fin de cuentas, es hasta dónde llegás desde ese lugar: conseguir crear un espacio propio, que ensanche ese campo.


Durante los últimos años la influencia de Raymond Carver ha sido abrumadora para los escritores de cuentos españoles, ¿ocurre lo mismo en Argentina con una tradición tan rica?¿Qué narradores de cuentos han influido más en tu obra, los norteamericanos como Carver, Tobias Wolff o John Cheever; o los argentinos, como Borges, Cortázar o Quiroga (uruguayo, pero de gran influencia sobre la literatura argentina)?

Como te decía, la influencia del cuento americano ha sido enorme también en Argentina, al punto de ser perjudicial, sobre todo para los escritores que recién empiezan, los que salimos de talleres. Cierto tipo de cuento americano es quizás el más fácil de imitar. Evidentemente es más fácil imitar a Carver que a Borges. Metés un diálogo cortado y ominoso, ponés en práctica la teoría del iceberg, intercalás una descripción seca. También pienso que la tradición americana es más homogénea. Hemingway, Carver y Cheever se parecen entre sí mucho más de lo que se parecen Cortázar, Borges y Quiroga. En mi caso, son dos capas de influencias. El descubrimiento de los grandes rioplatenses fue adolescente. Forman parte de mi educación sentimental. El de los americanos llegó después. El secreto para liberarse de esas influencias o mejor: asimilarlas profundamente para dejar de imitar, es seguir leyendo y seguir explorando con tu escritura. Cuando por fin descubrís el mecanismo y entendés que tenés que escaparte de ahí. Esto lo decía un profesor mío, que creo lo sacó de Nabokov: copié, copié y copié, hasta que deduje mi propio estilo. Deducir es la palabra clave. Y después de los grandes nombres tópicos, que a veces pueden ser como piedras pesadas, surgen otros, que van ampliando tus horizontes: Fogwill, Lispector, Caicedo, Di Benedetto, Saunders, Morábito, Brodkey, Dubus, Munro. 


En algunos de tus cuentos se cita a Buenos Aires, pero la ciudad aparece en ellos como un referente difuminado, siendo tu propuesta una propuesta principalmente de interiores. ¿No te interesa retratar las calles, o los lugares públicos de una ciudad frente a lo que ocurre en el interior de las casas?

Esto lo he notado pero es más inconsciente que consciente. El infierno familiar es sobre todo de interiores. La familia como mundo cerrado y extraño. Además, creo que un cuento es bueno cuando de algún modo misterioso consigue escaparse de su propio tiempo, de lo inmediato. Y esa cualidad “universal”, además de estar en el corazón moral de la historia, se conecta con el estilo de la prosa y con cómo entran las referencias históricas o culturales. Cada escritor lo trabaja a su manera. Por supuesto que hay grandes historias universales muy situadas, muy particulares. Pero a mí me interesa poco cuando un escritor llena de nombres de calles o de discos de un músico o de fechas históricas una historia para conseguir situarla en determinado tiempo y lugar. Por eso, Buenos Aires aparece como difuminada. Tampoco hay, en general, referencias concretas a un año o a un hecho histórico. Supongo que está relacionado también con mi aversión a los nombres muy originales. Nunca podría nombrar a mis personajes Amaranta Úrsula o Camilo Canegato. La individualidad o la nitidez las busco con otro tipo de operaciones: un trabajo minucioso del detalle, que suele ser más psicológico o descriptivo.




Vives entre Buenos Aires, Barcelona y México DF, pero todos tus cuentos parecen ubicarse en Argentina y están protagonizados por argentinos. ¿Te imaginas escribiendo sobre personas de Barcelona o del DF?

Es algo que he pensado y me han preguntado varias veces. La mayoría de los cuentos de este libro tienen personajes o están escritos desde un narrador adolescente. Y mi adolescencia está en Argentina. Además, me siento más seguro y verdadero destripando una familia argentina que una española o mexicana. Hace poco leía una antigua entrevista a John Updike en la que decía que hay muchos escritores que escriben sobre esa “edad” porque tenemos la vida partida en dos. Escribir sobre un tiempo en el que todavía no existía la conciencia de ser escritor. La experiencia era más fresca, de primera mano, sin los filtros a veces perjudiciales del creador de historias. Quizás en unos años haya asimilado mis experiencias de Barcelona y DF y pueda incorporarlas a mi ficción, aunque probablemente no tengan una mirada adolescente.


En la presentación de Familias de cereal de Madrid afirmarte que te sentías un escritor de cuentos al que no le gustan las grandes digresiones de las novelas. ¿No te concibes a ti mismo escribiendo una novela?

Es verdad que dije eso. Aunque ahora mismo estoy escribiendo una novela. Muchas novelas me parecen cuentos extendidos. Treinta páginas iniciales potentes y después la técnica intentando mantener a flote algo que se hunde.


¿Eres más lector de cuentos o de novelas? ¿Existe algún tipo de novela que sientas como una influencia sobre tu concepción del cuento?

Definitivamente soy un lector de cuentos. Es el género que me generó el amor por la literatura. Y que leía y todavía intento leer con un placer y una inocencia que ya no tengo. También es un género que siento que puedo abarcar más. Me da menos ansiedad que la novela. Si para Borges la biblioteca es el paraíso, para mí puede ser el infierno. Porque leer y conocer a todos es imposible. Para tener una idea de un autor, con leer un par de cuentos basta. Con los novelistas no se puede.

No creo que haya novelistas o novelas que hayan influenciado mi concepción del cuento. Creo que en el cuento, por su corta extensión, la forma es más importante o consciente que en la novela. Sí, por supuesto, me han influenciado tonos, estilos, la voz de Houellebecq por ejemplo, o cómo Coetzee consigue encarnar ideas ensayísticas en personajes, pero eso no alcanza para alterar la concepción del cuento como género.


¿Durante cuánto tiempo acudiste al taller literario de Javier Adúriz? ¿Cuál ha sido la lección más valiosa que sacaste de él?

Javier Adúriz fue mi profesor de literatura en el secundario. Ya en la escuela había hecho taller con él. Al terminar la universidad, retomé y fui regularmente durante unos diez años, hasta que él murió repentinamente. Él me estaba ayudando a armar mi primer libro, un versión 1.0 de lo que terminó siendo Familias de cereal. Javier fue mi primer interlocutor: esa persona que te lee como nunca nadie más te leyó. Y tenía una mirada muy generosa. Creo que su lección más valiosa me la dio en uno de nuestros últimos encuentros. Era una noche de verano. Hacía mucho calor. Discutíamos ciertos aspectos técnicos de un cuento. Entonces se cortó la luz. Esperamos un rato a que volviera pero no volvía y ya no podíamos seguir. Entonces empezó a decirme algo que no sé si se hubiera animado a decirme con luz. Me dijo, con palabras mejores, que sí, que escribía muy bien pero que estaba siendo condescendiente conmigo mismo, que me dejaba empalagar por la música de mi prosa. Él decía que tenía ir más allá: romper, destruir, para volver a armar, llegar a una zona un poco más irracional y oscura. Fue tremendo. Esa noche lo detesté. Sabía que había un elogio detrás de sus palabras pero me costaba verlo. Desde entonces me preocupo mucho de que un cuento tenga una especie de vibración irracional, que no sea completamente redondo, que algo se rompa en alguna parte, que algo no cuadre.


¿Crees que el lenguaje publicitario –tu profesión- ha influido en tu forma de narrar?

Es posible. Más allá de que hay un evidente interés temático en muchos de los cuentos por lo publicitario y lo digital (mi experiencia profesional en agencias es sobre todo digital), creo que se pueden encontrar algunas señas en la forma de narrar: el esfuerzo por la nitidez, la búsqueda de ideas y escenas contrastantes, la importancia de la imagen.


¿Desde un primer momento te planteaste que querías publicar en España o el hecho de hacerlo en Candaya, donde en 2013 participarte en una antología de cuentos iberoamericanos, ha sido algo dado por las circunstancias?

España representó para mí la oportunidad de desplegar a mi “yo escritor”. Viví toda mi vida en Buenos Aires hasta los treinta años y mi único contacto con la literatura fue el taller literario de Javier. Tenía un buen trabajo, ganaba bien, pero sentía que pasaban los años y necesitaba darle otra cabida a la literatura en mi vida. Cuando Javier falleció, la excusa fue el máster de Creación Literaria de la Pompeu Fabra, en Barcelona. Allá pude dedicarme a escribir, a leer, a pensar en un proyecto. Empecé a relacionarme con otros escritores y a entender un poco la industria o la maquinaria frágil de la literatura. Gracias a Jordi Carrión que seleccionó un cuento mío para una antología por los cinco años del máster, conocí a Paco y a Olga, mis editores de Candaya, y a partir de ahí todo se fue dando. Por eso, lo de publicar en una editorial de Barcelona es anecdótico y no. Sin embargo, me parece importante para un escritor ser publicado en su país. Tenemos pensado distribuirlo en Argentina y otros países muy pronto. Ojalá tenga el mismo recibimiento que está teniendo en España.


¿Por qué hay tanta enfermedad en tus relatos? ¿Todas las familias están enfermas?

El porqué no lo sé. Me fui dando cuenta a medida que la gente me lo comentaba. Muchas cosas acerca de mis cuentos me voy dando cuenta a medida que salen críticas o un lector me las comenta. Es verdad que hay mucha enfermedad: enfermedades tanto físicas como mentales. Cáncer, sida, obesidad, males congénitos y degenerativos. Y después también parafilias, autismo, desórdenes alimenticios, adicciones, delirios psicóticos. No es una decisión estilística, aunque tampoco creo que sea inconsciente, lo veo más como una obsesión, que termina convirtiéndose en una especie de marca de estilo. Además, las enfermedades sirven como motores de acción y ayudan a perfilar personajes. Un vigoréxico en la casa de cuatro gordos. Un viejo millonario que nunca fumó muriendo de cáncer de garganta. Un adolescente con una esclerosis que vive a través de su computadora.

Yo no sé si todas las familias están enfermas, supongo que hay niveles de enfermedad o disfuncionalidad, pero me atrevo a decir que no existe una familia completamente feliz. Y de la necesidad de purgar la infelicidad nace la pulsión de narrar.


Recomiéndanos, por favor, a algún gran cuentista actual.

Un gran cuentista actual, vivo y relativamente joven es George Saunders, que sé que ya has reseñado en tu blog. No es un secreto para nadie: en Estados Unidos ya es una especie de celebridad. Lo que fue Foster Wallace en algún momento. No todos sus cuentos me gustan ni tienen el mismo nivel, pero me parece muy original. Su prosa es tan arriesgada que parece que hablara desde el futuro y me interesa su modo de encarar la ciencia ficción con humor y emoción. Joshua Ferris, sin embargo, en un prólogo a la reedición de Pastoralia, dice que lo que hace Saunders no es sólo redefinir el cuento como género, sino redefinir el realismo. Porque el realismo de hoy debería incluir fantasía y simulación computarizada  y consumismo rampante y corporaciones desleales y el futurismo como un estado de la mente.


¿Estás trabajando ahora mismo en un nuevo proyecto literario?

En estos momentos estoy terminando un libro de cuentos, con cuentos viejos y nuevos, una especie de colección como Familias de cereal pero con otro enfoque, y hay más mezcla: cuentos de ciencia ficción y fantásticos. Y también estoy con una novela al 70%. La novela es un cuento que fue creciendo hasta que me di cuenta que era algo más. Y supongo que cuando uno empieza a sentir que se repite, o que ya domina una longitud, necesita nuevos desafíos. A ver qué sale.



Pinchado AQUÍ se puede leer la reseña que escribí sobre Familiar de cereal.

domingo, 6 de marzo de 2016

Familias de cereal, por Tomás Sánchez Bellocchio

Editorial Candaya. 190 páginas. 1ª edición de 2015

En más de una ocasión, los editores de CandayaPaco y Olga- me han mandado sus libros para que yo los comente en el blog; así que habíamos conversado a través de internet, pero nunca nos habíamos visto en persona hasta el diciembre pasado, cuando vinieron a Madrid para la presentación de Familias de cereal, la primera obra de Tomás Sánchez Bellocchio (Buenos Aires, 1981). La presentación fue el sábado 12 de diciembre en la librería La Buena Vida, por la que hacía tiempo que no pasaba (desde la última vez que estuve allí se habían mudado a la acera de enfrente de la calle de Vergara). Paco y Olga estuvieron mandando emails a sus contactos de Madrid porque sentían “miedo a la librería vacía”. La verdad es que aquello me pareció muy simpático y me apeteció pasarme para saludarles. Me ofrecieron también el envío del libro, pero ya que iba a La Buena Vida, donde sabía que vendían mi novela Los insignes, me apeteció comprarlo y poder así apoyarles.

Lo cierto que en La Buena Vida aquel sábado acudieron muchas personas y ese “miedo a la librería vacía” resultó infundado. La presentación corrió a cargo de Juan Carlos Márquez, y resultó bastante amena.

Me he puesto con Familias de cereal en febrero de 2016. El debut narrativo de Sánchez Bellocchio es un libro compuesto por doce relatos, escritos durante un periodo largo de su vida, como explicó el autor en la presentación.

El primer relato se titula precisamente Familias de cereal, y me acerqué a él pensando que debía estar escrito con un fuerte componente autobiográfico, ya que el narrador evoca un momento de su vida –los trece años- en el que recibe de sus padres el regalo de una videocámara y se obsesiona con convertirse en publicista, que es la profesión de Sánchez Bellocchio en la vida real. Por supuesto, mi suposición (basada en los intereses de narrador y autor) no deja de ser subjetiva. Nos encontramos aquí con uno de los relatos más largos del conjunto (26 páginas), que comienza con pulso firme: el niño de trece años analiza los anuncios que ve, crea los suyos propios con sus vecinos, asiste a las cada vez más frecuentes peleas de sus padres… y en un momento dado empieza a grabarlos y estos se comportan de modo extraño ante la cámara. Cuando años después le relate aquellos sucesos a un psicólogo, éste reaccionará así: “En una sesión, mi psicólogo usó dos veces la palabra inverosímil.” (pág. 30). Considero que en esta mirada del psicólogo sobre lo contado se encuentra una de las claves del relato y en general podría guardar la clave poética para interpretar los cuentos escritos por Sánchez Bellocchio para componer este libro. El escritor Jorge Carrión apunta en una cita de la contraportada que Sánchez Bellocchio “pertenece por méritos propios a la tradición del gran cuento realista contemporáneo del Río de la Plata.”, y entre los escritores que considera inscritos en esta línea realista cita a Samanta Schweblin, de la que comenté, el año pasado, su libro Pájaros en la boca. Cuando leí este libro no me pareció que Schweblin fuese una escritora realista, sino que de forma sutil jugaba con los límites entre el cuento fantástico y el realista, creando un territorio lleno de extrañeza. En un contexto realista, los personajes a veces se comportaban de modo inverosímil, y aquí precisamente, en ese territorio lleno de extrañeza es donde Sánchez Bellocchio ha decidido moverse. Antonio Jiménez Morato, en el prólogo de La hora de los monos de Federico Falco, otro gran libro de relatos de la nueva generación de escritores argentinos, apuntaba en la misma dirección. Escribe en este prólogo Jiménez Morato, hablando de la posible filiación de Falco con el realismo: “Hay algo en estos textos que late bajo esa aparente reproducción de lo real, algo que subyace bajo la tersa superficie del relato que obliga a cuestionarse esa idea de que se trata de un cuento cómodamente realista.” Creo que esto es lo que puede ocurrir al leer los cuentos de Sánchez Bellocchio, que, dentro de una construcción de apariencia realista, está jugando con el concepto de verosimilitud, y la lógica que siguen sus personajes es, en muchos casos, una lógica que marca el propio texto. Y esta diferencia entre el realismo costumbrista y este nuevo realismo, que puede ser tomado por una nueva evolución del cuento fantástico, me parece muy interesante y significativa en este caso.

Así que terminé Familias de cereal (en cuento, no el libro) un tanto desconcentrado por la propuesta. El segundo cuento Historia de la caca es uno de los más cortos y de los más flojos del conjunto. Como en el anterior, asistimos aquí a los miedos de un adolescente frente al mundo. Los adolescentes son en gran parte los protagonistas de estas historias de aprendizaje y extrañeza ante el mundo.
El tercero, Animales del imperio, parece un homenaje a Borges, o a Bolaño tras leer a Borges. En él se reproducen las páginas del diario de un padre muerto, leídas por sus hijos. Unas páginas repletas de locuras y pequeñas narraciones de corte fantástico. Este cuento me gusta bastante más que el anterior.

Familias de cereal empieza a conquistarme de forma real a partir del cuarto cuento, Disco rígido. En él, un técnico de computadoras de diecisiete años visita la casa de unos vecinos: el padre quiere que le revise el ordenador de su hijo muerto, un ordenador en el que se pasa las horas rastreando los lugares de internet que visitó su hijo. Este cuento tiene una base más realista que otros del conjunto, y su sutil melancolía me ha recordado a Chéjov, o a Carver (el Chéjov norteamericano).

El siguiente, Interrupción del servicio, me ha gustado mucho también. En él, una madre y un hijo van a visitar la casa de su empleada doméstica de la que no saben nada desde hace días. Aquí de nuevo, asistimos a una sutil ruptura con la verosimilitud narrativa y con el concepto de realismo puro.

Hacedor de dinero, es junto con Historia de la caca, el otro de los dos cuentos que me ha gustado menos. Es un relato muy estático, con una persona adinerada que reflexiona sobre su vida en su lecho de muerte. Teniendo en cuenta la madurez y sutileza de otras historias que se recogen en este libro, diría que es uno de los cuentos más antiguos (o más inmaduros) de los que aquí se muestran.

El siguiente, sin embargo, Cuatro lunas, sobre los esfuerzos de una familia de gordos por adelgazar me ha parecido muy bueno. Muy significativo también dentro del conjunto: a Sánchez Bellocchio le interesan las relaciones que se establecen dentro de la familia –en muchos casos, desde el punto de vista de los hijos adolescentes- y son las suyas unas narraciones de interiores: de dormitorios, comedores, baños… La ciudad de Buenos Aires es nombrada en algún relato, pero no aparecer aquí el reflejo costumbrista de lo que ocurre en sus calles o barrios. Los exteriores no parecen ser de interés como objeto narrado en esta literatura de familias con relaciones enfermizas, donde la enfermedad o la vejez cobran, en muchos casos, fuerza de símbolos.

Mitad de un hermano, sobre la relación entre dos medio hermanos que se sacan bastantes años, es un cuento hermoso y cruel.

Fidelidad de los perros me ha gustado, pero su final me parece en exceso melodramático.

Ciudad de cartón sobre un chico que recoge cartones en la calle, invitado por una familia del barrio donde está trabajando a cenar no acaba de ser un cuento realista y me gusta por la sutil fantasía que crea. Y si éste no es un cuento realista menos lo es La chica del norte, donde uno de sus personajes lleva a una chica atada con una correa, un cuento que se adentra ya en el expresionismo.

La nube y las muertas, con 32 páginas es el cuento más largo del libro y también mi favorito. Un adolescente apático empieza a ganar algo de dinero enseñando a su abuela y sus amigas octogenarias cómo funciona internet. En este cuento se usa algún elemento de la política argentina, ya que las historias de las octogenarias nos acaban llevando hasta la época de la revolución Libertadora, que acabo con el gobierno de Perón. Aquí, con su número mayor de páginas, el autor se sirve de algún elemento constructivo de los que hasta ahora había prescindido, como dar un peso narrativo o simbólico a la lluvia que cae sobre la ciudad. Si en los otros cuentos, el lenguaje era preciso y rítmico, aquí se vuelve algo más poético y evocador. Y quizás, aunque Sánchez Bellocchio apuntó en la presentación del libro que no le gustan las novelas con muchas digresiones, La nube y las muertes sí que apunte a la posibilidad de escribir novelas en el futuro.


En resumen, Tomás Sánchez Bellocchio se suma con fuerza, gracias a Familias de cereal, a la nueva generación de cuentistas argentinos, como Samantha Schweblin o Federico Falco, ya que ha escrito un conjunto de relatos convincentes, con algunos de ellos realmente destacables, y explorando ese territorio híbrido entre el realismo y el cuento fantástico que juega a romper los límites de la verosimilitud narrativa.


En una entrevista reciente le preguntaban al cuentista español Óscar Esquivias por un autor que acabase de descubrir y contestó lo siguiente: «Tomás Sánchez Beollocchio. Su primer libro, Familias de cereal (Candaya, 2015) me ha encantado. Alguno de sus cuentos me habría gustado escribirlo yo.» Que un cuentista tan destacado como Esquivias diga esto de Familias de cereal me parece altamente significativo.

Pinchando AQUÍ puedes leer una entrevista que le hecho a Tomás Sánchez Bellocchio.