Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial Atalanta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial Atalanta. Mostrar todas las entradas

domingo, 31 de julio de 2016

Lluvia y otros cuentos, por William Somerset Maugham

Editorial Atalanta. 422 páginas. 1ª edición de los cuentos: de 1910-1930; esta edición: 2016.
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.
Prólogo de Vicente Molina Foix.

Creo que la primera vez que supe del escritor británico William Somerset Maugham (embajada británica en París, 1974-Niza, 1965) fue a los dieciséis o diecisiete años, cuando leí la novela de ciencia-ficción Doctor moneda sangrienta de Philip K. Dick. En esa novela, tiernamente apocalíptica, un astronauta atrapado en una órbita geoestacionaria sobrevuela la Tierra leyendo fragmentos de Al filo de la navaja de Somerset Maugham. Años después supe que Somerset Maugham fue un escritor de gran renombre (de hecho, fue el escritor mejor pagado de su época), famoso por las novelas Al filo de la navaja y Servidumbre humana. En los años 90 del siglo XX, Maugham era un escritor bastante olvidado, y supuse que sus novelas habían sido bestsellers sin valor literario. Recuerdo un artículo (¿leído en Babelia?) escrito por Vicente Molina Foix –que firma el prólogo del presente volumen– en el que afirmaba que había considerado a Maugham un escritor de novelas sin demasiado valor literario, pero del que alguien le había regalado sus cuentos completos (imagino que en inglés) y éstos le habían sorprendido muy gratamente.

Algún tiempo después, con la lectura del artículo de Molina Foix en la cabeza, compré en un quiosco una edición barata de RBA que recogía cuatro cuentos de Somerset Maugham. Los leí seguramente hace más de quince años y me dejaron un buen recuerdo. Por eso cuando Paula Rosés, que ahora trabaja en la editorial Atalanta, me propuso el envío de este volumen, que antologa doce de los cerca de cien cuentos que escribió Maugham, para que lo reseñara, no pude resistirme al ofrecimiento.

Algunos de los cuentos de este libro superan las cincuenta páginas y por lo tanto podríamos hablar, en más de un caso, de novelas cortas.

Según nos cuenta Molina Foix en su prólogo, Somerset Maugham se resistió a la enorme influencia que ejerció el modelo de relato de Antón P. Chejov en los escritores anglosajones de principios del siglo XX. Para Maugham, los relatos deben avanzar «en una línea ininterrumpida desde la exposición a la conclusión»; el cuento ha de reconstruir «sólo un hecho, material o espiritual, al que por la eliminación de todo lo que no es esencial para su elucidación se le pueda dar una unidad dramática». Por tanto, según Molina Foix, Maugham es un defensor de la narración que va al grano del sentido, y prefiere acabar sus cuentos «con un punto final antes que con puntos suspensivos».

Muchos de los cuentos de Maugham están ubicados en lugares exóticos, principalmente en el Extremo Oriente, por ejemplo en los Estados Malayos Federados, o en ciudades como Pago Pago o Apia, sometidas al imperialismo británico.

Si bien los relatos situados en el Extremo Oriente acaban siendo los más recordados por el lector, en este libro existen también otros cuentos –en concreto cinco– ambientados en Gran Bretaña o en el continente europeo. En este sentido, el segundo cuento, titulado El sacristán, el segundo más breve de los aquí presentes, recoge con fina ironía una sencilla anécdota sobre un hombre al que nunca le hizo falta saber leer o escribir para que le fuera bien en la vida. Maugham parece desear contradecir los convencionalismos sociales, y por eso este cuento guarda una estrecha relación de planteamientos con otro titulado Cosas de la vida, sobre el malestar de un padre cuyos consejos a su hijo para su primera salida de casa son por completo contradichos por el triunfo del hijo en todos los sentidos. Son cuentos muy británicos, irónicos y encantadores, de anécdota clara y luminosa, y se leen con agrado. Sin embargo, su propuesta palidece en comparación con los logros de los cuentos de Chéjov, que resultan más hondos y trascendentes.

El mexicano lampiño también es poseedor del más puro encanto británico de los relatos de espías. Me ha recordado a las propuestas de autores como Graham Greene, aunque su sorpresa final, que supuestamente debe elevar el valor del relato hacia algún sentido de mayor trascendencia, me ha sabido a resolución ya conocida; un truco que he visto de niño en programas como, por ejemplo, La hora de Alfred Hitchcock.

La joya, sobre la relación de un burgués londinense con su sirvienta, no puede ser más británico, pero no puedo evitar pensar que Chéjov podría haber invadido el relato de un majestuoso aire melancólico y Maugham prefiere dejarlo en una irónica crítica de costumbres de vuelo más bajo.

Me percato de que el comentario de Molina Foix, en el que contrapone la concepción del cuento de Maugham a la de Chéjov, en cierto modo condicionó mi lectura de este libro y está condicionando la redacción de esta reseña. Pero mi comentario sobre Lluvia y otros cuentos no acaba aquí. Aunque considero que Chéjov ganó a Maugham la partida de la modernidad, tengo más cosas que decir sobre Maugham, sobre su redención como escritor porque, y lo voy a decir ya, los dos últimos cuentos (o novelas cortas de este libro), sus últimas cien páginas, son maravillosas.

De los cuentos ambientados en Europa mi favorito es La señora del coronel, que nos habla del impacto que causa el inesperado éxito del libro de poemas de la esposa de un coronel en su matrimonio. La anécdota irónica irrumpe al final, pero el desarrollo del cuento muestra mucha vida, muchas aristas, muchas servidumbres y ángulos oscuros sobre la relación que mantiene la pareja. Estos personajes tienen hondura y Maugham se muestra como un fino observador del alma humana.

El libro empieza con el relato La carta, ambientado en el Extremo Oriente, que plantea el misterio de un asesinato entre blancos. En este relato se despliegan ya los elementos constructivos de los relatos orientalistas de Maugham: la mirada condescendiente sobre los nativos (con un poso de superioridad en los ojos del colono hacia el buen salvaje malayo), el machismo de la época (con mujeres abnegadas cuya función social es, principalmente, la de servir de objeto decorativo a su marido), y la ruptura de las normas de convivencia mediante la irrupción de la pasión, principalmente sexual, en los convencionalismos sociales.

La ambientación de los relatos en el Extremo Oriente es muy seductora y se convierte en un protagonista más de estas narraciones.

La nave de la ira contrapone las costumbres relajadas y escandalosas de Ginger Ted, un blanco borrachín y pendenciero que habita en unas islas de la colonia británica, con el comportamiento de los hermanos Jones, misioneros en las mismas islas. La señorita Jones sufrirá una crisis de atracción-repulsión hacia Ted. Éste es un cuento muy divertido, aunque quizás el cambio de personalidad final de Ginger Ted (supeditado a la trama) sea un tanto exagerado y rompa con la verosimilitud del relato, en aras del efecto final.

Red ya lo había leído en esa colección de RBA que he mencionado al principio. Aquí se usa un recurso que se repite en otros cuentos: el de un narrador que cuenta una historia a otras personas en torno a una mesa o unas copas. Se trata de una historia melancólica sobre el amor y el paso del tiempo, que ofrece estupendas descripciones del entorno natural malayo.

Don Sabelotodo transcurre en un barco (la presencia de los barcos y el mar en estos relatos es prolija) y, si bien he realizado la división arbitraria entre cuentos europeos y orientales, éste (ambientado en un barco que va de San Francisco a Yokohama) sería de composición híbrida. Don Sabelotodo es, con sus nueve páginas, el más corto del conjunto, y vuelve a contraponer los convencionalismos sociales a la verdad de las pasiones humanas.

He buscado información sobre Somerset Maugham en internet y he leído que, a pesar de haber estado casado y ser padre de varios hijos, mantuvo varias relaciones homosexuales, y alguna de ellas duró hasta treinta años. Esto ocurría en un momento en el que la homosexualidad estaba perseguida en Gran Bretaña, y a raíz de este dato creo que se entiende mucho mejor su obsesión por los convencionalismos sociales, las apariencias y las verdaderas pasiones que asaltan la vida de las personas. Es cierto, sin embargo, que aunque en estos cuentos encontramos una relación incestuosa entre hermanos, no hay ningún personaje homosexual, y aventuro que Maugham, al escribir estos cuentos, se identificaba con las mujeres sometidas a sus maridos y deseosas de vivir aventuras eróticas.

Me he dejado para el final el comentario de los que me han parecido los tres mejores cuentos. Empiezo por La bolsa de libros: en él vuelve a utilizarse el recurso del personaje que narra una historia a otro. El argumento es una historia terrible sobre celos e incesto.
Por una tradición personal, cuando se acerca el verano leo literatura de género, normalmente de terror. En algún momento, al leer los relatos de este libro, me daba cuenta de que mi mente, imbuida por el exotismo de los escenarios, me llevaba a pensar que el desarrollo de la historia se iba a acercar al género fantástico o de terror. Estas expectativas subconscientes quedaron colmadas con La bolsa de libros.

Como ya he apuntado antes, las últimas cien páginas de este libro, formadas por los relatos –o más bien, novelas cortas– Lluvia y El P. & O., son maravillosas.
Lluvia es el cuento más famoso de Somerset Maugham y puede que su pieza más valorada por la crítica (por encima de sus novelas). En este relato se vuelve a contraponer la lucha entre el decoro social (representado por los Davidson, una pareja de estrictos misioneros) y la pasión por la sexualidad sin represiones (representada por Sadie Thompson, una joven y descarada prostituta). Los Davidson y Sadie se ven obligados a compartir casa en Pago Pago porque su viaje por mar se ha visto interrumpido. Los Davidson comparten estancia con los Macphail, y la estancia de abajo está ocupada por Sadie. El relato refleja la visión del doctor Macphail sobre el resto de personajes. El doctor se siente cada vez más incómodo con la intolerancia del misionero Davidson. La narración está muy bien ajustada y el desenlace deja al lector con un nudo en la garganta. Una gran novela corta.

Antes de empezar a leer el libro ya sabía que Lluvia era el relato más famoso del autor y al leerlo mis expectativas han quedado satisfechas, pero casi me ha gustado más El P. & O., que cierra el libro y describe el viaje desde Oriente hasta Inglaterra de la señora Hamlyn. La protagonista huye al descubrir que su marido, con el que compartía casa en Yokohama, no se ha limitado a serle discretamente infiel, algo que la señora Hamlyn podría soportar, sino que se ha enamorado públicamente de una mujer que hasta entonces era amiga de la familia. La señora Hamlyn tiene ya cuarenta años, y lo que más le duele, por encima de la infidelidad de su marido, es que éste, de cincuenta años, no la haya dejado por una jovencita, sino por una mujer ocho años mayor que ella. En el barco conocerá al señor Gallagher, de cuarenta y cinco años (se insiste en las edades de los personajes), que regresa para instalarse en Irlanda, su tierra natal. Una extraña enfermedad, que irá creando un oscuro estado de ánimo en el barco, postrará en cama al señor Gallagher. El final epifánico de este cuento, con la señora Hamlyn contemplando lo que le queda de vida por delante, es realmente hermoso. Al nivel de las grandes narraciones de Raymond Carver, Richard Ford o John Cheever. No se me ocurre mejor elogio.

domingo, 1 de febrero de 2015

Relatos, novelas y ensayos de José Bianco

Editorial Atalanta. 378 páginas. Primera edición de los textos: desde 1929 hasta 1986. Esta edición es de 2013.
Prólogo de Jorge Luis Borges.

No sé desde cuándo me suena el nombre de José Bianco (Buenos Aires, 1908 – 1986) como autor clásico argentino, pero lo que tengo claro es que en el verano de 2009, cuando viajé a Buenos Aires, ya lo conocía. De aquella visita me traje a Madrid once libros de autores argentinos, y me recuerdo en una librería de la calle Corrientes sopesando si compraba Las ratas de Bianco. No lo hice porque, a pesar de que el precio era muy bajo, no me gustaba la pobre edición de quiosco, aunque de la misma colección me llevé Una novela que comienza de Macedonio Fernández.
En mayo de 2013 mi novia me regaló por mi cumpleaños este volumen de la editorial Atalanta, que había salido al mercado unos meses antes y que me había visto hojear en las mesas de novedades de las librerías. Dado mi desbarajuste con los libros que entran en mi casa y que acumulo sin priorizarlos sobre lecturas nuevas, ha permanecido en mi montaña de libros inleídos hasta noviembre de 2014.

Al hojear el libro algo me llamó inicialmente la atención: parecía que incluía la novela La pérdida del reino (1971), que en este libro no llega a las cien páginas, cuando yo tengo esa novela comprada en un rastrillo benéfico y publicada por Adriana Hidalgo, que tiene 477. Así que Atalanta ha incluido en este volumen sólo el comienzo de esa novela, lo que me parece una decisión, cuanto menos, extraña.

José Bianco fue el jefe de redacción de la mítica revista Sur desde 1938 hasta 1961, amigo de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, las hermanas Silvina y Victoria Ocampo, Juan José Hernández o Virgilio Piñera. Además, cuando Bianco se fue a vivir una temporada a París, frecuentó a Albert Camus, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir o André Gide.
José Bianco es autor de una obra relativamente breve: en 1932 publicó un libro de cuentos titulado La pequeña Gyaros; en 1941 la novela corta Sombras suele vestir; en 1943 Las ratas; el libro de ensayos Ficción y realidad se publicó en 1972 (reunía ensayos publicados en revistas años antes) y la novela larga La pérdida del reino en 1971.

En el prólogo del libro, Borges afirma: “José Bianco es uno de los primeros escritores argentinos y uno de los menos famosos”. Octavio Paz afirma: “Si hay justicia literaria –ya que no hay justicia divina–, creo que la obra de José Bianco, en lo futuro, subsistirá: será mucho más conocida y estimada, sobre todo, cuando obras más vistosas pero menos esenciales desaparezcan”.
Para valorar estas afirmaciones tenemos que tener en cuenta que tanto Borges como Paz eran amigos de Bianco y colaboradores de la misma revista Sur; pero tras leer las novelas cortas que incluye este libro lo cierto es que no me parecen exageradas sus palabras.

Leo el cuento El límite, publicado en 1929 en una revista (incluido luego en La pequeña Gyaros), y escrito cuando Bianco no alcanzaba los veinte años. En una nota inicial se nos informa de que lo que leemos es una versión modificada por el autor en 1983. A pesar de las posibles correcciones, si Bianco podía escribir un cuento así a los veinte años tengo claro que su talento literario era muy grande. El límite es un acercamiento muy sensible a la mentalidad de un adolescente y a su descubrimiento del mundo, del amor y de la muerte.

Voy a decir desde ya que al leer este libro he hecho algo que no había hecho nunca. Al leer las novelas cortas Sombras suele vestir y Las ratas, y avanzar luego con los ensayos y las entrevistas incluidas aquí, me estaba dando cuenta de que no había conseguido penetrar del todo en las claves compositivas de estas dos novelas cortas. Así que, al finalizar las entrevistas, decidí volver a empezar con el cuento y las dos novelitas, que he leído por tanto dos veces. En cambio no he leído las cien páginas que aparecen en este libro de La pérdida del tiempo. Ya leeré la novela completa en la edición de Adriana Hidalgo.

Sombras suele vestir tiene 50 páginas y es una historia de fantasmas (o de locura, aunque para mí es una historia de fantasmas) al estilo de Otra vuelta de tuerca, de Henry James. Como curiosidad, añadamos que es Bianco el primer traductor al español de esa novela y que fue él a quien se le ocurrió cambiar el título de lo que sería la traducción literal, Una vuelta de tuerca, por el de Otra vuelta de tuerca, nombre con el que ha trascendido en nuestro idioma la traducción de la famosa novela de James. Decía que a mí Sombras suele vestir me ha parecido más una historia de fantasmas que de locura porque no está contada desde el punto de vista de un narrador confuso, sino que una voz omnisciente nos cuenta las andanzas de los personajes y en algún momento acompaña los movimientos del supuesto personaje que luego descubrimos que está muerto y que por tanto no le queda más remedio que ser un fantasma, aunque ella misma no lo sepa. Esta novelita ha ganado para mí en la segunda lectura, porque detalles que descubrimos aproximadamente en la página 40 estaban ya insinuados en la página 10, pero al leer primeramente esta página 10 sin conocer el juego que se traía entre manos Bianco con sus personajes, se nos habían pasado desapercibidos.
El estilo de Bianco es elegante, inteligente, trabajado. Sus novelistas no son aptas para una lectura apresurada; están repletas de sugerencias, de insinuaciones, de sutilezas; necesitan de un lector atento, dispuesto a entrar en ese juego narrativo en el que intuye que le están escamoteando información importante de la historia y será él quien tiene que completarla o imaginarla.
El Bianco de Sombras suele vestir me ha parecido un antecesor del Elvio E. Gandolfo de novelas cortas como René Carótida.

Las ratas me ha resultado un libro casi diferente en la segunda lectura. Básicamente porque en la primera no me había llegado a percatar del todo hasta qué punto el narrador nos está mintiendo. Creo que decidí leer estas dos novelas otra vez porque me había acercado a ellas confundido: Sombras suele vestir la estaba leyendo como una historia realista y sólo al final me di cuenta de que era una historia de fantasmas, y Las ratas la leí, ya escarmentado de la narración anterior, como si fuese una historia de fantasmas, cuando aquí me hallaba más ante una historia de locura.
En Las ratas nos acercamos a una familia bonaerense de clase alta con más de un cadáver guardado en sus armarios. Delfín Heredia, el narrador, tiene catorce años en el momento en el que suceden los hechos que quiere contarnos referentes a la muerte de su hermano Julio. “Julio se ha suicidado”, leemos en la primera página de esta novela. Y en la segunda lectura ya sabremos que tenemos que tener mucho cuidado con nuestro narrador porque está jugando con nosotros. La novela es densa, sutil, inteligente, como Sombras suele vestir. Al igual que en la anterior había referencias eruditas a la Biblia, en Las ratas se nos ofrecen elevados comentarios sobre música clásica. Delfín, mientras practica con su piano, conversa con el autorretrato que su padre pintó en su juventud y que ahora, extrañamente, se parece a Julio (sólo hermano por parte de padre de Delfín). Delfín desea en realidad una complicidad imposible con su medio hermano; y los juegos entre la relación real y la imaginada se van entrelazando en el relato hasta un final de odios y celos familiares.
La prosa inteligente, erudita y algo distante de Las ratas me ha recordado a la que posteriormente usa Jorge Barón Biza para su gran novela El desierto y su semilla.

Después me salté, como ya dije, las cien primeras páginas de La pérdida del reino, y leí los ensayos escritos por Bianco. Cita mucho a un escritor francés que ahora parece haber caído en el olvido, Julien Benda. Más interesante me parece su ensayo sobre Marcel Proust.
Pero más que con los ensayos, he disfrutado con las entrevistas finales sobre su obra y su labor en la revista Sur.


De este libro editado por Atalanta destaco el relato El límite y las novelas cortas Sombras suele vestir y Las ratas. Narraciones sutiles, llenas de trampas y que darán trabajo (y satisfacciones) a un lector exigente.