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domingo, 20 de julio de 2025

Ciudad de cadáveres, por Yoko Ota


 Ciudad de cadáveres, de Yoko Ota

Editorial Satori. 273 páginas. 1ª edición de 1948; esta es de 2025

Traducción de Kuniko Ikeda y Marta Añorbe Mateos

Prólogo de Patricia Hiramatsu

 

Después de haber grabado para mi canal de YouTube Bienvenido, Bob un vídeo titulado 10 grandes novelas japonesas del siglo XX, me di cuenta de que las lecturas que había hecho de Japón eran casi todas de hombres. Así que me propuse buscar más referencias femeninas japoneses. Por esos días, hojeando libros en la librería La Central me encontré con una novela de la editorial Satori –editorial gijonesa especializada en literatura japonesa– titulada Ciudad de cadáveres (1948), de Yoko Ota (Hiroshima, 1906 – 1963), que hablaba, en primera persona, del impacto de la primera bomba atómica lanzada contra una ciudad, Hiroshima. Le solicité el libro a la editorial Satori, con la que ya había colaborado en el pasado, y ellos me la enviaron a casa. La he leído durante mis vacaciones de profesor en Semana Santa, después de acercarme a otra obra japonesa escrita por una mujer, Mi marido es de otra especie (2016) de Yukiko Motoya.

 

A la novela testimonial de Yoko Ota le precede un prólogo de Patricia Hiramatsu, cuya lectura he dejado para el final. Yoko Ota, nacida en Hiroshima, y vivía en Tokio cuando estalló la Segunda Guerra Mundial; sin embargo, en 1945 había vuelto a Hiroshima, a vivir con su madre y una hermana pequeña, madre de un bebé, huyendo de los bombardeos de Tokio. Por tanto, fue una testigo directa de lo que ocurrió el 6 de agosto de 1945, cuando el ejército estadounidense arrojó la primera bomba atómica, usada en una guerra, contra su ciudad.

En la página 71 nos encontramos con un prefacio, escrito por la autora, para la segunda edición. En él, la propia autora nos dice que escribió esta obra, entre agosto y noviembre de 1945, de forma apresurada porque pensaba que podía morir afectada la radiación del uranio, a la que estuvo expuesta y quería, antes, dejar testimonio de su vivencia. «Por este motivo no tuve tiempo de redactar Ciudad de cadáveres como una obra novelada.» (pág. 72). Más tarde leeré, en el prólogo de Patricia Hiramatsu, que cuando se publicó la versión definitiva de Ciudad de cadáveres fue señalado –por la crítica japonesa– su valor como testimonio, pero fue discutido su valor artístico, porque la obra no se adaptaba a los convencionalismos de lo que en la época se consideraba que era una novela. Ahora mismo, nos dice, Hiramatsu, con la mezcla de géneros propia de la modernidad, Ciudad de cadáveres puede encajar más en los preceptos de una novela, que en el del momento en el que fue publicada.

 

«Los días transcurren envueltos en caos y pesadillas. Incluso en un soleado mediodía de otoño, no podemos escapar del ahogo de la confusión, como si nos hundiéramos en un crepúsculo abismal.», este es el primer párrafo de la obra. La novela empieza, más o menos, un mes más tarde que el 6 de agosto de 1945, el día clave de esta historia. Yoko Ota se encuentra refugiada en la casa de unos conocidos, en un pueblo que está a 25 kms de Hiroshima. En las primeras páginas del libro nos va a hablar de la gente que la rodea, de los que van muriendo a causa de lo que llama el «síndrome de la bomba». A las personas que estuvieron cerca de la explosión el 6 de agosto, y que no murieron de forma inmediata, les empiezan a salir manchas en la piel y acaban muriendo. La propia Ota observa los cambios en su cuerpo, temerosa de que esas manchas empiecen a aparecer de repente; pero, por ahora, se trata solo de picaduras de mosquitos. Ota ya ha empezado a escribir sobre su experiencia. Por esos días, la información sobre los efectos de las personas que estuvieron cerca de la radiación del uranio es aún confusa. «Dicen que todos los que estaban a menos de dos kilómetros de la zona cero recibieron una intensa radiación térmica en mayor o menor medida. No sintieron ningún dolor y conservaron la salud durante un tiempo hasta que, de repente, empezaron a sufrir los síntomas.», leemos en la página 88 y, a continuación, Ota pasa a describir esos síntomas, tomando como referencia una noticia de un periódico de Hiroshima. Este tipo de intercalados ajenos en el texto van a ser los que, tiempo después, lleve a algunos escritores y críticos de la época a considerar que Ciudad de cadáveres no tiene valor literario. Lo cierto es que no me han desentonado. En el capítulo dos –titulado Rostros inexpresivos– es en el que se utiliza más este recurso, mostrando cifras de muertos y heridos oficiales, e informes sobre las consecuencias médicas de la bomba, firmados por personalidades como el profesor Fujiwara, de la universidad de Hiroshima, o del doctor Tsuzuki, de la universidad de Tokio.

Ciudad de cadáveres no se pudo publicar en 1945, cuando se presentó por primera vez a una editorial, debido a la censura del ejército de ocupación sobre estos temas, y, cuando se pudo publicar, por primera vez, en 1948, el editor decidió eliminar, en consenso con la autora, estar partes técnicas del capítulo 2. En la edición definitiva de 1950 se volvieron a incluir. Esta última es la versión, por primera vez en español, que nos presenta en 2025 la editorial Satori.

 

El capítulo 3 –titulado Hiroshima, la ciudad condenada– comienza con una descripción de cómo era Hiroshima antes de quedar arrasada por la bomba atómica. Así se describe la historia de la ciudad, su clima, su orografía y el carácter de sus gentes. A continuación, Yoko Ota nos narrará su propia experiencia de la bomba: «Cuando esto ocurrió, yo me encontraba en la casa de mi madre y mi hermana, en el barrio de Kyken-cho, en la zona de Hakushima, situada en las afueras de la ciudad.» Cuando la bomba cae sobre la ciudad, la mañana del 6 de agosto, ella estaba durmiendo en la planta de arriba de la vivienda. Aunque esta casi se derrumba; y a pesar de caerse las paredes, los cimientos permanecieron en pie, y ella logró bajar hasta el primer piso. Las cuatro personas (madre de Yoko, hermana, sobrina y ella misma) están vivas. No comprenden por qué empiezan a ver a personas quemadas, porque no ven ningún fuego.

Ota mostrará su rabia contra las autoridades japonesas, que parecen haber abandonado a las víctimas del bombardeo, y a la corriente bélica a la que los dirigentes llevaron al país durante la última década; y en menor medida estas quejas parecen estar enfocadas sobre los estadounidenses. Quizás aquí se aprecie el temor de que el texto no lograra pasar la censura de la época. También hará la autora algunas apreciaciones sobre el carácter de los japoneses, a los que no deja bien parados, describiéndolos como gente con poca iniciativa, pasivos y frívolos.

Los sobrevivientes casi desnudos, con la ropa hecha jirones, empezarán a deambular por la orilla del río. Sus caras y sus cuerpos se hinchan. Los vivos empezarán a convivir con los cadáveres de los muertos. «Al tercer día después del 6 de agosto, el olor a muerte inundaba la orilla del río. En cuanto se hizo la luz, descubrimos que muchos de los que el día anterior estaban vivos ahora yacían muertos en el suelo.» (pág. 172-3).

 

«–¿Cómo puedes fijarte tanto en los cadáveres? Yo no puedo ni mirarlos –me reprochó mi hermana.

–Los estoy mirando con ojos humanos y con ojos de escritora –le respondí.

–¿Vas a escribir sobre esto?

–En algún momento tendré que hacerlo. Es mi responsabilidad como escritora que ha presenciado todo esto.»

Este diálogo aparece en la página 157. Los comentarios metaficcionales, en los que la autora habla sobre el propio texto que está escribiendo, su sentido o sus técnicas narrativas, son frecuentes y dan al conjunto un aire de verosimilitud.

La narración llegará hasta el punto en el que empezó la historia y la superará desde ahí, con Ota escribiendo por las noches en la casa en la que ha sido acogida, sin luz eléctrica y sin periódicos, reflexionando, más tarde, sobre la polémica que se dio en Japón sobre si debían reconstruir la ciudad de Hiroshima o dejarla tal y como quedó después de la bomba, como recuerdo del horror y de la guerra.

 

Para finalizar el volumen se reproduce un artículo de Yoko Ota, que resume parte de la contado anteriormente, y que es un documento histórico importante. Apareció en la revista Asahi Shinbun el 30 de agosto de 1945, solo tres días antes de que las Fuerzas Aliadas intervinieran los medios de comunicación. Este fue el primer documento público en el que se habló de la bomba atómica sobre Hiroshima y sus consecuencias para la población.

 

Después de leer el libro me he acercado a las cincuenta páginas del prólogo inicial, a cargo de Patricia Hiramatsu. Aquí leeré que los escritores japoneses, testigos de los hechos, y que escribieron sobre la bomba atómica fueron solamente siete. Y solo había tres escritores profesionales que sobrevivieron a la bomba y escribieron sobre ella: Yoko Ota, Tamiki Hara y Sankichi Toge. Toge escribió poemas y los que dedicó a la bomba no han sido traducidos todos al español. De Hara leí su novela testimonial Flores de verano, publicada en España por Impedimenta.

Hiramatsu nos hablará de la turbulenta vida personal de Yoko Ota, de sus muchas parejas y de su esfuerzo por ser tomada en serio en el mundo de las letras. También será interesante ver cómo antes de la guerra escribió obras que apoyaban el esfuerzo bélico de Japón, para pasar más tarde a mantener posiciones antibelicistas, y cómo fue criticada por ello. Hiramatsu da una visión compleja de la personalidad de Ota.

 

Igual que, en el pasado, me interesó leer narrativa sobre los testigos de los campos de concentración nazis, también me resulta interesante leer testimonios sobre las víctimas de las bombas atómicas. No debemos olvidar las atrocidades del siglo XX. Ciudad de cadáveres es una narración impactante sobre estos hechos, una novela dura e impresionante sobre uno de los episodios más ignominiosos del siglo XX. Quiero leer también Lluvia negra de Masuji Ibuse y Cuadernos de Hiroshima de Kenzaburo Oé sobre este tema.

domingo, 30 de julio de 2023

Arenas movedizas, por Junichiro Tanizaki

 


Arenas movedizas, de Junichiro Tanizaki

Editorial Satori. 246 páginas. 1ª edición de 1928-30, ésta es de 2018

Traducción de Aiga Sakamoto y Miguel Martín Onrrubia, prólogo de José Pazo

 

En 2022, tras volver con Kenzaburo Oé, decidí acercarme a más obras de la literatura japonesa, que acabaron siendo diez. Uno de los autores clásicos del Japón del siglo XX, que apunté como posible lectura, era Junichiro Tanizaki (Tokio, 1886 – Yugawara, 1965). Volví a aparcar por un tiempo, y por quinta vez, los Cuentos completos de Lorrie Moore, para acercarme a una de las novelas más significativas de Tanizaki, Arenas movedizas, que se publicó, en principio, por entregas en una revista entre 1928 y 1930. Los libros que he estado mirando de Tanizaki han sido en la editorial Satori, especializa en literatura japonesa, porque sé que también los tienen en Siruela, pero las traducciones de Siruela están hechas desde el francés y no directamente del japonés, como hace Satori. En este caso, la traducción es de Aiga Sakamoto y Miguel Martín Onrubia.

 

En el prólogo de José Pazos –que leí al finalizar la novela– descubro que el título, Arenas movedizas, realmente procede de la traducción al inglés de esta novela en 1994, y de ahí pasó a otros idiomas occidentales. En japonés la novela se titula Manji, que es un carácter sin un significado concreto, pero cuyo dibujo tiene cuatro ramas, en forma de esvástica invertida. Al parecer, con ese carácter japonés Tanizaki quería simbolizar el espíritu de su libro, ya que lo que parecía al principio una relación lésbica entre dos mujeres, se complicará en un triángulo, y al final pasará a ser un cuadrángulo.

 

Sonoko, de veinticuatro años, es la narradora principal (aunque no la única) de esta historia. Está casada con Kotaro, un joven abogado, que no parece tener mucho empuje para hacerse camino y prosperar en su profesión, para lo que ha abierto un despacho en Osaka, al que no acuden muchos clientes. Sonoko procede una familia más acomodada que la de Kotaro, y los padres de ella le han ayudado a sufragarse los estudios. Aunque son jóvenes y recién casados, la relación entre Sonoko y Kotaro no parece muy pasional ni alegre. Sonoko se aburre y decide acudir a una academia de pintura. Allí conocerá a Mitsuko, una joven de veintitrés años, hija de una próspera familia de comerciantes de Osaka, que están buscando una buena boda para ella.  Mitsuko es una joven de gran belleza y Sonoko quedará subyugada ante su embrujo. Se conocerán y se harán amantes. Esta situación no parece, en la novela, difícil de mantener, ya que su amor lo harán pasar por una amistad; aunque esto no impide que empiecen a circular rumores por Osaka, que, para los padres de Mitsuko, pueden ser perjudiciales a la hora de encontrarle marido.

 

En algún momento descubriremos que Sonoko, aunque casada hace no mucho, ha tenido ya un amante masculino, fuera del matrimonio, y que está acostumbrada a engañar a su marido para poder llevar la vida que ella quiere. En la página 51, en una conversación entre las dos jóvenes, una de ellas dice: «Pero, una vez casada, aunque tengas la mejor habitación del mundo… ¿No crees que es ser como un pájaro atrapado en una bonita jaula de oro?» La mirada de Tanizaki sobre sus personajes me ha resultado, en muchos casos, muy moderna. De hecho, a veces tenía la sensación de que estaba leyendo una novela escrita en la actualidad y que hablaba de personajes de hace un siglo, pero con la mirada actual. Pero no, esta mirada que me ha resultado tan actual, sobre la posición de la mujer en la sociedad, y sobre temas sexuales, era la de Tanizaki hace un siglo. Imagino que sus libros tuvieron que resultar escandalosos en el momento de su publicación.

 

Aunque la novela es de 1928-1930, en ella aparecen el teléfono y el cine. Me llamaba la atención cuando Tanizaki hablaba de estos avances tecnológicos, que imagino que eran modernos para la época, y el autor desea que aparezcan en su libro, para que sus imágenes resulten así más modernas en el imaginario de sus lectores.

 

Sonoko descubrirá que Mitsuko, además de con ella, se ve con un atractivo hombre joven llamado Watanuki, que es uno de los personajes más interesantes de la novela, y de cuyas características personas no quiero hablar, por no destripar ya, a partir de aquí, parte de la historia al lector. Watanuki hace que una novela que, en principio, parecía una historia de amor prohibido, una historia de ocultación, entre en otro camino más tenso, más ambiguo, quizás en el del thriller que prometía el texto de contraportada de la novela.

 

«Poco a poco, fui sumergiéndome en unas arenas movedizas que me atrapaban, y de las que no podía salvarme. Aunque era consciente de mi crítica situación, ya no había remedido posible.» dice Sonoko en la página 131. En el prólogo, José Pazó crea un paralelismo entre esta novela y La mujer de la arena (1962) de Kobo Abe. Es cierto, que, en las dos, los personajes se ven atrapados por fuerzas que no controlan y en la primera novela se hunden en esas arenas movedizas de un modo metafórico y en la segunda de un modo real y expresionista.

 

En el tramo final del libro, Sonoko dirá de Mitsuko que «era el tipo de mujer que necesita atraer al máximo número de admiradores» (pág. 225). En gran medida, el tema central de Arenas movedizas es el del deseo, y el de conocer la forma en que las personas que poseen una belleza superior la usan con los demás y cómo los demás reaccionan ante esa belleza. La belleza y el deseo acaban con los pensamientos racionales de las personas, parece decirnos Tanizaki en este libro atractivo y seductor.

 

Al principio comenté que la narradora del libro esa Sonoko, pero que no era la narradora única, ya que existe un segundo narrador. Sonoko visita a un «profesor» innominado al que le está contando su historia. En la página 47 Sonoko le dice al profesor, que ella le había hablado de él a Mitsuko, y que a ésta le hubiera gustado conocerle, «ya que le gustaban mucho sus novelas», leemos. En algún momento, he llegado a pensar que la figura del «profesor» podía identificarse con la del escritor, con la del propio Tanizaki.

En algunos momentos del libro, aparecen párrafos con letra bastardilla, que se corresponde a anotaciones que el profesor hace a la narración de Sonoko.

En esta narración, de Sonoko al profesor, se le va a adelantando al lector información de acontecimientos que se le van a explicar más tarde, y sobre el lector pesará en todo momento una sensación de amenaza y de final trágico para la historia de amor prohibido entre las dos jóvenes. De hecho, desde el principio de la novela el lector sabrá que más de uno de los personajes principales está muerto. La muerte y la idea del suicidio, como en tantas novelas japonesas, rondan las páginas de Arenas movedizas.

La construcción novelística, con estos dos narradores, es de gran sutiliza. Arenas movedizas es una historia turbia, moderna y muy bien hilada. He de leer más obras de Junichiro Tanizaki porque esta me ha gustado mucho.

domingo, 22 de enero de 2023

Kokoro, por Natsume Soseki


 Kokoro, de Natsume Soseki

Editorial Satori. 326 páginas. 1ª edición de 1914; ésta es de 2021

Introducción, traducción y notas de Carlos Rubio

 

Ya he comentado que al empezar 2022 me apeteció volver con el escritor japonés Kenzaburo Oé, del que había leído cinco libros a finales de los años 90. En esta ocasión releí uno de aquellos y leí dos más. Me pareció buena idea seguir con autores japoneses, y en la lista que elaboré con los nombres a los que debía acercarme aparecía con fuerza la figura de Natsume Soseki (Tokio, 1867 – 1916), autor al que se considera el creador de la modernidad literaria en Japón. Leí de él sus dos primeras novelas, Soy un gato (1905) y Botchan (1906), en la editorial Impedimenta, libros que tomé en préstamo de una biblioteca pública. Después pensé que ya estaba preparado para acercarme a la que se considera su obra maestra, Kokoro (1914). Este libro lo tenían en la misma biblioteca de la que saqué los otros dos, y en la editorial Impedimenta. Sin embargo, en la sección de literatura asiática de La Central de Callao vi la bella edición de Kokoro que tiene la editorial Satori, ubicada en Gijón y especializada únicamente en literatura japonesa. Además, la edición de Satori cuenta con un prólogo de 50 páginas sobre la literatura de la era Meiji, Soseki y Kokoro, a cargo de Carlos Rubio, traductor del libro y experto en cultura japonesa, que me apeteció leer. Entré en la página de Satori y estuve leyendo sobre sus libros, algo que recomiendo a cualquier interesado en la literatura japonesa. Les escribí para ver si les parecía bien enviarme Kokoro para que escribiera sobre ella una reseña y grabara una vídeo reseña, y muy amablemente me enviaron el libro.

He empezado leyendo la novela y al final me he acercado al prólogo.

 

Kokoro está dividida en tres partes. La primera se titula Sensei y yo. El narrador es un joven, o tal vez ya un adulto, que evoca por escrito los años en los que era un adolescente, que aún no había comenzado la universidad, y pudo conocer a un adulto, con el que entabló amistad, y al que va a llamar en su narración «sensei», que es una palabra japonesa y que significa «maestro» o bien un título que se otorga a alguien por quien se siente respeto y que es tomado por un ejemplo. El narrador dejará el nombre de Sensei siempre oculto, así como el suyo propio. «Fue en Kamakura donde sensei y yo nos conocimos. Yo entonces era un joven estudiante.» (pág. 63) El narrador ha sido invitado un verano por un amigo para ir a la playa. Allí, de un modo inesperado, el amigo tiene que dejarle, y el narrador se queda solo. Se empieza a fijar en la playa en un hombre que le llama la atención y que, al principio, acompaña a un occidental, y decide conocerle.

 

Los dos, Sensei y el narrador, viven en Tokio, y el narrador le pedirá a Sensei permiso al despedirse en el pueblo de veraneo para ir a visitarle en su casa de la capital. Sensei accede. Sensei vive con su mujer y son un matrimonio sin hijos. Además, Sensei, aunque tiene un título universitario, vive sin trabajar.

El narrador pronto nos hará saber que está narrando una historia del pasado y que cuando escribe Sensei ya ha muerto. La figura del maestro se va revistiendo de un halo trágico y de algunos misterios. Sensei no tiene relación con su familia biológico, por algún conflicto del pasado, y, al menos, una vez al mes visita en solitario una tumba y no le quiere contar al narrador de quién es esa tumba y por qué siente tanto interés por visitarla a solas. Todos estos secretos han oscurecido la personalidad de Sensei, y al joven narrador le gustaría ser digno de la confianza de su Sensei y que le contase estas intimidades.

 

En la página 85 leemos: «Sensei no era un hombre conocido. Sus ideas, su filosofía, excepto por mí, que lo conocía bien, no eran tenidas en cuenta por nadie. Yo le decía a menudo que esto era una lástima.» Me hubiera gustado que el narrador le expusiera al lector cuál era la filosofía de Sensei, esas ideas que a sus ojos le convertían en una persona valiosa y digna de admiración, pero, en todo momento, estas ideas filosóficas le son escamoteadas al lector. Tampoco Soseki le mostrará al lector cuáles son los campos de estudios universitarios tanto de Sensei como del joven narrador, un hecho que me preocupa menos que el primero; pero estos dos detalles me hacen pensar que la composición de la novela sufre una pequeña falta en la que podía ser la suma de sus virtudes, que son bastantes.

 

Sensei, descubrirá el narrador, cuando piense en los pilares sobre los que se estableció su amistar con el maestro, se dará cuenta que él era una persona que experimentaba un constante miedo a ser analizada, y agradece no haberse mostrado como una persona indiscreta, porque de este modo su relación no hubiera sido posible.

 

La segunda parte se titula Mis padres y yo y el narrador ha de volver al pueblo del interior del que procede para hacerse cargo de su padre campesino, aquejado de una enfermedad mortal. En esta parte Soseki nos muestra la relación de un personaje moderno, que ha dejado el campo y ha emigrado a la capital con el pasado del país. La era Meiji (1868 – 1912), cuyas fechas de comienzo y fin casi coinciden con las de la vida de Soseki (1867 – 1916) se caracterizó por ser un tiempo de cambios y modernización para Japón, un tiempo en el que el país pasó casi del feudalismo a un país moderno. En este proceso Japón hizo un esfuerzo por empaparse de las corrientes técnicas y también culturares provenientes de Europa. Y este contraste entre el viejo Japón y el nuevo lo muestra Soseki al enseñarlos las relaciones del narrador con su familia y los choques generacionales que tiene con sus padres. De hecho, en el tiempo de la novela aparece en los periódicos la muerte del emperador Meiji en 1912, lo que hace que el padre del narrador, postrado por su enfermedad, sienta que es un símbolo y que va a acompañarle pronto. También después de la muerte del emperador se va a suicidar el general Nogi, con un harakiri tradicional, todo otro símbolo del Japón del pasado. Me ha gustado esta segunda parte más que la primera, porque Soseki sí nos ha permitido penetrar en los conflictos familiares del narrador, y estos, con problemas sobre herencias y el cuidado de las personas mayores, son realmente muy universales. Esta parte de la novela me ha recordado a las películas de Yasugiro Ozu, para quien Soseki posiblemente sea una inspiración.

 

La tercera parte se titula La carta de sensei y aquí cambia el narrador de la novela, que pasa a ser Sensei, quien ha escrito una larga carta a su joven amigo, donde le explica todos sus secretos y por qué se ha llegado a convertir en una persona melancólica y taciturna.

 

Además de pensar que algunas de las escenas de esta novela han podido influir sobre el cine de Yasugiro Ozu, he pensado que esta obra ha influido también sobre la del premio Nobel de 1994 Kenzaburo Oé. En las novelas de Oé también se establece un juego entre un personaje y otro un poco más mayor que él que actúa como su «maestro» o «sensei», esto ocurría, por ejemplo, en Cartas a los años de nostalgia, donde el narrador se acababa llamando simplemente «k». «K» va a ser la forma en la que se va a nombrar a otro de los personajes del libro, al que no quiero nombrar para no revelar nada importante de la trama.

También hay en Kokoro una obsesión por los suicidios que me ha recordado a la leída en Tokio Blues, la única novela de Haruki Murakami que he leído.

 

Al acabar el libro he leído el prólogo de Carlos Rubio. Me ha llamado la atención saber que del siglo XIX (salvo, tan vez en sus dos últimas décadas) no existe un literatura perdurable de aquel país porque no existía un arte de la novela como tal, sino narraciones locales, sobre «chistes familiares» que no podían tener éxito fuera de Japón y del contexto, chistes y cotilleos sobre los prostíbulos, y que al llegar la era Meiji y mirar hacia Occidente, los escritores empiezan a adquirir técnicas modernas de novela, desconocidas en Japón.

 

Ya dije que Botchan me gustó mucho más que Soy un gato. Y Kokoro me ha gustado más que Botchan. El estilo de Soseki en su última etapa de escritor se ha vuelto más poético y melancólico, más reflexivo y triste. El humor de las primeras obras ha desaparecido en Kokoro. Salvo ese fallo de composición del que he hablado, en el que el lector no acaba de saber por qué el narrador admira a Sensei, Kokoro me ha parecido una gran obra.

 

domingo, 8 de enero de 2023

Una flor, por Yuriko Miyamoto

 


Una flor, de Yuriko Miyamoto

Editorial Satori. 372 páginas. 1ª edición de 1927 y 1946. Ésta es de 2017.

Traducción de Hiroko Hamada y Virginia Meza

 

Este 2022 me empezó a interesar la literatura japonesa, tras volver al premio Nobel Kenzaburo Oé, del que había leído cinco libros a finales de la década de 1990. En este contexto me fijé en una bonita edición de Kokoro, la novela más famosa de Natsume Sōseki, a cargo de la editorial Satori, especializada en literatura japonesa y ubicada en Gijón. Tras leer los dos primeros libros de Sōseki ‒Soy un gato y Botchan‒ en la editorial Impedimenta, le solicité a Satori su Kokoro para poder reseñarlo, y leer el prólogo que lo acompaña, a cargo del experto en cultura japonesa y traductor Carlos Rubio. Fue mi cumpleaños y mis suegros quisieron hacerme un regalo y les señalé Una flor de Yuriko Miyamoto (Tokio 1899 – 1951), porque me había convencido la publicidad de la página web de la editorial: «La planicie de Banshū está considerada la mejor narración jamás escrita de la rendición de Japón».

 

Una flor está compuesto por tres narraciones: Una flor de 1927, La planicie de Banshū de 1946 y Hierba de viento de 1946. Las tres tienen un fuerte trasfondo autobiográfico.

Una flor, con sus cerca de 60 páginas, puede considerarse un relato largo o una novela corta. La protagonista es Asako, una mujer de veintisiete años, que trabajo como editora de una revista que está perdiendo suscriptores. Además, se quedó viuda con veinticuatro y vive con Sachiko, una profesora algo mayor que ella. Asako va a tener, durante las páginas del libro, varios encuentros con su vecino Oohira, de treinta y seis años, al que abandonó su mujer. En la página 48 podemos leer: «Asako solía decir que ella y Sachiko eran un par de botellitas de sake sagrados», y en una nota aclaratoria se nos indica que esta expresión hace referencia a dos personas que son muy amigas y que siempre están juntas. En la página 63 leemos: «Asako amaba a Sachiko, conocía la más mínima de sus manías y también sus defectos y también su hermosa bondad.»

En el relato no acaba de quedar del todo claro si Asako y Sachiko son lesbianas y mantienen una relación sentimental o son simplemente amigas. Una flor, en este sentido primero que comento, se ha reivindicado más de una vez desde la comunidad LGTBI.

Ya he dicho que estos relatos tienen un componente autobiográfico. Miyamoto se casó con Araki Shigeo, un investigador de lenguas asiáticas. En 1924 conoce a Yuasa Yoshiko, una estudiosa de la literatura rusa y traductora, y decide divorciarse de Shigeo e irse a vivir con Yuasa. Esta mujer era abiertamente lesbiana, pero en el prólogo del libro se afirma que Miyamoto rechazaba esta preferencia sexual. Al final, Miyamoto volverá a casarse con un hombre, Kenji Miyamoto, crítico literario y militante del Partido Comunista, diez años más joven que ella.

En Una flor se muestran los titubeos de la joven Asako, quien quizás está empezando a sentirse atraída por su vecino Oohira y piensa que dar rienda suelta a este sentimiento puede dañar la actual relación que tiene con Sachiko.

Según me iba acercando al final del relato estaba pensando que Miyamoto dibujaba escenas precisas, que, en muchos casos, describen escenas de la naturaleza, y que estas páginas era bellas, pero que el texto no tenía tensión narrativa. De hecho, acabé Una flor y que quedé tan desconcertado que decidí volver a empezarlo. En la segunda lectura, una lectura ya con avisado previo de lo que me iba a encontrar, más atenta, he podido apreciar mejor la sutileza del relato, que, en cierto modo, nos puede recordar a cuentos como La dama del perrito de Anton Chejov. Pero es cierto que creo haber experimentado un choque cultural al leer esta narración. Después de leer siete libros japoneses este año, por fin he tenido la sensación de que los parámetros con los que está escrito Una flor eran diferentes a los occidentales. No hay en Una flor una tensión narrativa clara, y al final no hay una explosión de sus nudos argumentales, ni un momento epifánico. El relato acaba como empezó, sin estridencias. Me gusta, sobre todo en su segunda lectura, pero sin llegar a emocionarme.

 

La planicie de Banshū, con sus más de 200 páginas, es claramente una novela. La protagonista es ahora es Hiroko, y la historia, igual que en Una flor, está narrada en tercera persona. Hiroko también es un trasunto de la propia autora.

La planicie de Banshū empieza marcando una fecha clave en la historia de Japón: «Atardecer del 15 de agosto de 1945.» (pág. 81). Éste es el día en el que Japón se rindió ante los Aliados, después de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki del 6 y 9 de agosto de 1945. Por primera vez, la población escuchará por la radio la voz de su emperador Hirohito, quien se suponía que solo hablaba con los dioses y del que los mortales no podían oír su voz. Esto último lo había leído en La presa, la primera novela de Kenzaburo Oé, donde éste recrea su visión de niño de 10 años en 1945.

 

Hiroko vive, cuando comienza la novela, en casa del hermano menor de su marido, porque éste se encuentra en la cárcel desde hace doce años por ser un disidente político. Esto está basado en la vida real de Miyamoto, cuyo marido, Kenji Miyamoto, fue arrestado en 1933 por ser del Partido Comunista, en el contexto de un país muy militarizado y que aceptaba muy mal la disidencia. Como curiosidad decir que he aprendido en este libro que, para lo que el resto del mundo fue la Segunda Guerra Mundial, un periodo que abarca desde 1939 hasta 1945, para Japón la guerra empezó en 1931 con la invasión que hicieron de Manchuria y acabó en 1945. Es decir, ellos consideran que la guerra duró 14 años.

«Lo que asomaba en el rostro de quienes escuchaban era una especie de duda profunda y de aturdimiento que no sabían cómo expresar. Habían cortado en seco la cuerda que hasta ese día había tirado de ellos haciéndoles creer que ganarían la guerra y, como si nada hubiera ocurrido, como si siquiera se hubieran caído hacia atrás debido a la fuerza de la inercia, ahora parecía que se les lanzase otra cuerda diferente y se les dijese: “Ahora agarren esta”. ¿Cuáles serían los sentimientos de toda esta gente?» (pág. 97), y este sería el tema centrar de La planicie de Banshū. Hiroko va a pasar de una casa de familiares a otra, tomando trenes en el Japón del momento, lo que le va a permitir ser testigo de un gran fresco social de desmoralización, derrota y tiempos de cambio social, con un territorio arrasado por la guerra, con soldados de vuelta a casa. «Durante la mitad del día, el tren siguió pasando entre la destrucción y, cuando los viajeros se fueron acostumbrando a ese espectáculo que se repetía una y otra vez, perdieron el interés.» (pág. 131-132)

Lo cierto es que La planicie de Banshū funciona perfectamente como un gran documento histórico de los meses que retrata, los posteriores a la rendición de Japón. La protagonista llega a pasar en tren por una Hiroshima destruida, sin saber aún los peligros de la radiación atómica. La población pensaba que aquellos últimos bombardeos eran como los anteriores de munición convencional. Pero estos días son también de esperanza para Hiroko, puesto que la Declaración de Postdam abre la posibilidad a que salgan de la cárcel los que, hasta entonces, han sido presos políticos.

Hiroko hablará de los «pueblos de viudas», que ahora se encuentran por todo Japón, y nos contará las consecuencias del conflicto desde, principalmente, el punto de vista de las mujeres. «En cierto modo, todas las mujeres de Japón pasaban noches de insomnio.» (pág. 235)

Hiroko es escritora y también ha sufrido cárcel, por sus ideas izquierdistas, y se le ha prohibido publicar. «Deseaba plasmar en una novela las emociones de una mujer, convertidas ahora en sentimientos comunes a todas las mujeres japonesas.» (pág. 234)

En este tipo de comentarios se observa, de nuevo, el trasfondo autobiográfico de estas historias, puesto que a Miyamoto, como a Hiroko en la ficción, también se le prohibió publicar sus libros.

La tensión narrativa de La planicie de Banshū es muy superior a la de Una flor, y me parece la obra más lograda de las tres que contiene este libro.

 

La tercera narración se titula Hierba del viento y tiene unas 80 páginas. La protagonista vuelve a ser Hiroko y si bien en La planicie de Banshū se esperaba con ilusión la salida del marido de la cárcel, y acaba justo antes de que esto ocurra, en Hierba del viento se habla de este reencuentro entre Hiroko y su marido Jukichi, tras doce años de separación y tan solo dos meses previos de convivencia. La salud de Jukichi se ha deteriorado tras su paso por la cárcel, pero al menos no ha muerto como algunos de sus compañeros de militancia y prisión. La «hierba del viento» es una planta que Hiroko tuvo en su casa y también en prisión y que simboliza, dentro del relato, la resistencia o la perseverancia ante situaciones adversas.

En algún momento se dice que el padre de Hiroko fue un afamado arquitecto, y este es un nuevo dato autobiográfico.

A pesar de la gran ilusión que Hiroko sentía en La planicie de Banshū ante la vuelta de su marido, la convivencia, después de tantos acontecimientos vividos, no va a ser fácil. Jukichi le echa en cara a Hiroko que se comporta ya como si fuera una viuda más del Japón de entonces. Sin embargo, la esperanza parece volver a Hiroko cuando puede volver a escribir y a unirse a un nuevo grupo literario. Además parece darse también luz verde a la libertad de que vuelva a funcionar el Partido Comunista.

 

Como ya he dicho, La planicie de Banshū es la obra más interesante y lograda del conjunto de tres que aquí se muestran de la obra de Yuriko Miyamoto, una obra valiosa y un documento histórico sobre la rendición de Japón en 1945. Una flor y Hierba del viento son algo inferiores pero no desmerece la buena calidad de este interesante libro.