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domingo, 4 de enero de 2026

Relaciones misericordiosas, por László Krasznahorkai


Relaciones misericordiosas
, de László Krasznahorkai

Editorial Acantilado. 144 páginas. 1ª edición de 1986, esta es de 2023

Traducción de Adan Kovascsics

 

Unos días antes del fallo del Premio Nobel de Literatura 2025, me pasé por dos bibliotecas públicas de Madrid y tomé en préstamo algunos libros de autores que podían ganar el premio Nobel el jueves de esa semana. De este modo, saqué de la biblioteca de Ciudad Lineal Relaciones misericordiosas (1986), el único libro de relatos traducido al español de László Krasznahorkai (Gyula, Hungría, 1954). Tiene otro, titulado en húngaro El mundo sigue de 2013, que aún no ha llegado al público en español de la mano de Adan Kovascsics, que es el traductor de todas sus obras a nuestro idioma.

Tango satánico fue la primera novela de Krasznahorkai y se publicó en 1985. Su siguiente libro publicado fue esta colección de cuentos, Relaciones misericordiosas.

 

Relaciones misericordiosas tiene el subtítulo de Relatos mortales y consta de ocho cuentos. El primero se titula El último barco y en él, desde la primera línea, el lector experimenta una opresiva sensación de amenaza. Una ciudad húngara ha sufrido una guerra, se han ido las tropas regulares y está controlada por un comando especial. Unos sesenta disidentes del régimen (aunque esto no queda muy claro, porque el relato apuesta por la confusión y la sensación de caos) han sido convocados en el puerto para salir del lugar en un derrengado barco. El relato está narrado en primera persona del plural, así que será este narrador colectivo el que nos hable del drama de abandonar la ciudad y también el país a través del Danubio, que parece ser la última salida. El último barco está recorrido por una sensación de fin del mundo y, como se ha comentado tras el Nobel, es una narración apocalíptica. Es muy probable que, en su trasfondo, la narración sea una metáfora del fin de los regímenes comunistas en la Europa del Este, que en la década de 1980, Krasznahorkai podía temer que dieran sus últimos coletazos de un modo violento.

 

Herman, el guardabosques. (Primera versión) trata sobre un guardabosques ya jubilado que recibe el encargo de «arreglar» un bosque abandonado, que está empezando a perjudicar, con sus depredadores, a una zona cercana de caza. Herman se considera a sí mismo como un artista de tender trampas y aceptará la misión. Sin embargo, aunque tiene éxito en su cometido la búsqueda del verdadero sentido de lo que hace empezará a minar su autoconfianza y mirar a los animales que extermina de otra manera. De forma más clara que en otros textos de Krasznahorkai, me ha parecido sentir en este cuento la influencia de Franz Kafka, sobre todo del cuento La guarida, por la idea de la persona sola y acosada que se hace un refugio, pero también hay ecos de otros cuentos como Un artista del hambre. Hacia el final, en su crítica a la sociedad en la que vive, me ha parecido también escuchar la voz de Thomas Bernhard.

Por ahora, tras leer dos cuentos, que suman unas cincuenta páginas, constato que el nivel es muy bueno. En estos relatos también me encuentro con el estilo denso de las novelas que he leído del autor, Tango satánico (1985) y Guerra y guerra (1999), con ese estilo de frases muy larga, cuajadas de subordinadas.

 

En manos del barbero percibo más la influencia del Fiódor Dostoievski de Crimen y castigo. Krasznahorkai ha declarado en alguna entrevista que algunas de sus influencias literarias más claras son Kafka, Bernhard y Dostoievski. En este cuento, un tipo comente un crimen, pensando que un viejo que presume en el bar de su dinero realmente lo tiene y ha de huir. Para tratar de cambiar de aspecto visitará a un barbero, que empezará a comportarse de un modo extraño, entrando de nuevo esta historia en territorio kafkiano.

 

La trampa de Rozi es el cuarto cuento. En él, un hombre que parece un gran trabajador ve un día interrumpida su rutina al percatarse, cuando va a subir al tren, que alguien observa a los demás en la estación. Siguiendo un impulso extraño, decidirá seguir a este hombre, que a su vez sigue a otro, que se sabe observado por este. El punto de vista de la narración –está escrita, en principio en tercera persona y luego pasa a la primera– va pasando de un personaje a otro. En este relato subyace una crítica a los estados totalitarios que vigilan a la población, porque la primera persona perseguida no es capaz de imaginar que se encuentra ante un perturbado, un voyeur, y cree que son sus antiguos camaradas del partido los que le tienen vigilado.

 

Calor, al igual que El último barco, nos traslada a un escenario apocalíptico. La sociedad parece estar derrumbándose y una pareja busca refugio en un edificio abandonado, donde trata de pasar desapercibida en medio de los incendios que sufre su ciudad. «El hombre normal y corriente como yo mismo vive en un peligro constante, quera algo o no quiera nada.», leemos en la página 77. Este cuento está narrado en primera persona y me ha llamado la atención la creación de Krasznahorkai de una voz narrativa ligeramente machista. Es también un gran cuento.

 

Lejos de Bogdanovich es un cuento eminentemente kafkiano. Un hombre de mediana edad entró en una fiesta la noche anterior y ahora, en el tiempo narrativo del relato, huye con un chico joven, que podría ser su hijo, porque este último se metió en una pelea, y quizás (el lector no acaba de averiguarlo), ha habido un asesinato. En la página 99 leemos: «Del hombre que yo era ayer apenas ha quedado nada, que soy todo inverosimilitud y todo angustia.» El narrador siente que ha dejado de pertenecer al mundo al identificarse en la pelea de la noche anterior con el joven Bogdanovich, del que ahora se siente responsable y al que acompaña por la calle. Es este un relato existencia sobre el absurdo del mundo, que, dentro de su planteamiento extraño, funciona a la perfección, moviéndose con gran energía desde su eje angustioso y torcido.

 

En busca de emisoras, el séptimo relato, me ha parecido el más flojo del conjunto, dentro –claro– de un nivel muy alto. En él, un profesor jubilado busca emisoras de radio, y siente que es libre al poder escuchar la radio, ya que, en los otros momentos de su vida, se siente vigilado por su mujer o su comunidad, quienes sospechan que está loco y que puede esconder algún peligro para los demás. Después de la muerte de su mujer, el narrador quiere aislarse del mundo, pero desde el ayuntamiento no dejará de requerir su presencia en diversos actos. De nuevo, nos encontramos aquí con una crítica a los regímenes comunistas y su intromisión en la vida privada de las personas.

 

El último cuento es El final de un oficio. (Segunda versión) y me ha parecido un gran cierre al libro. Un grupo de oficiales viaja con unas mujeres, con las que mantienen relaciones disolutas para la moral de la época, hasta una ciudad de provincia. En esta ciudad se van a encontrar con que la gente vive atemorizada por las acciones contra los ciudadanos que ha tomado un antiguo guardabosques, llamado Herman, que parece haberse vuelto loco. Así que, en este último cuento, Krasznahorkai retoma el universo creado en el segundo, el titulado Herman, el guardabosques, desde otro punto de vista y, quizás, proponiendo un final alternativo al de la primera historia.

 

Como ya he adelantado, Relaciones misericordiosas me ha parecido un gran libro de relatos, con influencias de grandes autores como Kafka, Bernhard y Dostoievski, y con el estilo denso, poético y elaborado de las dos novelas de Krasznahorkai que conozco. Todo el universo del autor sobre la desesperación de la existencia, el absurdo, la inminencia de la destrucción social están ya en estos relatos. Quizás este libro de cuentos, Relaciones misericordiosas, sea una gran puerta de entrada al mundo literario de Krasznahorkai, antes de acercarse a sus novelas.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Guerra y guerra, por László Krasznahorkai


 Guerra y guerra, de László Krasznahorkai

Editorial Acantilado. 325 páginas. 1ª edición de 1999, esta es de 2009

Traducción de Adan Kovascsics

 

Ya conté, en la reseña de Tango satánico (1985), que la editorial Acantilado me había enviado este libro y El barón Wenckheim vuelve a casa (2016) László Krasznahorkai (Gyula, Hungría, 1954), un autor que llevaba unos años sonando bastante como posible ganador del Premio Nobel de Literatura y que, efectivamente, se ha convertido en el ganador este 2025. Tras la grata sensación que me dejó Tango satánico de encontrarme ante un grandísimo escritor centroeuropeo, me puse con Distritos de frontera (2017) de australiano Gerald Murnane, otro nombre que también sonaba para el Nobel. Después de este libro sopesé ponerme con El barón Wenckheim vuelve a casa, pero –con sus más de 500 páginas– pensé que no me iba a dar tiempo a tenerlo terminado para el 9 de octubre, día en el que se anunciaba el nombre del ganador del Nobel, y en esta fecha me había propuesto estar en disposición de empezar algún libro de ese nuevo nombre en el palmarés del Nobel. De este modo, como quería seguir con Krasznohorkai, saqué de la biblioteca Guerra y guerra (1999), que tiene 325 páginas y sí me iba a permitir alcanzar el 9 de octubre sin tener un libro a medias. Además, El barón Wenckheim vuelve a casa es la última obra del autor, y me parecía interesante poder llegar a ella conociendo mejor su obra anterior. Si bien, Tanto satánico era su primera novela, Guerra y guerra es la cuarta.

 

«Ya no me importa morir, dijo Korin, y tras un largo silencio, señalando un estanque cercano, preguntó: ¿Aquello son cisnes?» es la primera frase de la novela. Desde luego es una primera gran frase de novela. El lector sabrá –en el primer capítulo– que Korin tiene cuarenta y cuatro años. Ha tomado la decisión de «marcharse al centro del mundo, allí donde se toman las decisiones, donde ocurren y se disponen las cosas, como antaño en Roma, es decir, resolvió que haría las maletas y se marcharía a esa “Roma”, pues, se preguntó, ¿qué hacía él en aquel archivo a doscientos veinte kilómetros del sudeste de Budapest cuando podía estar en el centro del mundo, toda vez que estaba acabado.»
(pág. 29). La situación inicial de Korin es complicada: ha viajado a Budapest y se ha visto asaltado por un grupo de adolescentes, casi niños, de entre once y catorce años, con navajas que pretenden robarle el dinero. Le han arrinconado en un puente sobre las vías del tren y él –justo cuando empieza la novela– ha decidido contarles su historia. Los adolescentes han cogido ya fama en la zona como atracadores violentos, pero no saben cómo reaccionar ante aquel tipo que les parece un loco.

 

En estas primeras páginas me he vuelto a encontrar con un estilo denso y ampuloso como el de Tango satánico, con frases que se pueden alargar hasta más una página, con multitud de subordinadas. Esto obliga al lector a una lectura atenta y, en más de una ocasión, es posible que tenga que volver la vista atrás y comenzar de nuevo alguna frase de la que perdió el hilo. En ningún caso, como ya comenté al hablar de Tango satánico, es esta una característica de estilo que deba alarmar a ningún lector con un mínimo de experiencia. En realidad, cuando uno se sumerge con predisposición en la página la experiencia lectora acaba siendo muy gratificante, pues la prosa de Krasznohorkai es realmente rica e inteligente.

En estas primeras páginas me he encontrado con un interesante nuevo recurso: el narrador, además de mostrarnos la escena, nos informará sobre cómo los personajes se la relatarán en un futuro cercano (al día siguiente, normalmente) a terceros que no vivieron esa escena. Así nos hablará el narrador de la reacción de los siete chicos ante el monólogo de Korin: «ellos siete no estaban por la labor ni dispuestos a responder a nada, que no les interesaba el asunto, sobre todo a partir del momento en el que el “pavo ese empezó con aquello de perder la cabeza”, como contaron más tarde a unos amigos, porque a ellos les importaba “un pijo”, dijeron» (pág. 13). Este recurso, le da juego a Krasznahorkai de salirse, durante algunas líneas, de su estilo denso y ceder la voz narrativa a los personajes, mediante –como vemos– el uso del estilo indirecto libre.

Hacia la mitad de la novela, Krasznahorkai usa un poco menos este recurso, pero lo cierto es que esta presente durante todo Guerra y guerra.

 

Korin trabajaba en un archivo en una provincia húngara. Este escenario, del que no se habla mucho, en realidad, en la novela, acaba, sin embargo, creando sobre la misma un aire de irrealidad kafkiano. Korin ha descubierto en su archivo un documento que, en principio, no debería estar allí. Ha descubierto una novela sin firma y considera que hacer que ese texto, que encuentra sublime, sea conocido, se va a convertir en la misión de su vida, una vida que hasta entonces pensaba sin alicientes. Korin se divorcia de su mujer, vende su casa y sus bienes y con el dinero que ha obtenido va a viajar a Nueva York, esa «Roma», donde ocurre todo, como se anunciaba en la cita que he recogido en esta reseña. Una vez cumplida su misión (dar a conocer el manuscrito que acabará llamando Guerra y guerra) piensa que su vida dejará de tener sentido y sucumbirá (esos son sus planes) a sus tendencias suicidas.

 

Guerra y guerra se publicó en 1999, en un momento en el que el uso de internet comenzaba a popularizarse. La idea de Korin es crear una página web y dejar ahí el texto que ha encontrado para que pueda aspirar a la inmortalidad. Además, esto debe hacerlo desde Nueva York, el centro del mundo.

Según Korin empieza a teclear el texto, el lector lo irá conociendo. Korin ha quedado fascinado por la historia de cuatro hombres que, en cada capítulo de la obra, aparecen en algún contexto histórico (la antigua Grecia, la Alemania medieval, Venecia, etc.) en el que está a punto de comenzar una guerra. Korin también le irá relatando, lo que lee y pasa a ordenador, a una mujer portorriqueña en cuya casa empezará a vivir en Nueva York, junto a un húngaro.

Uno de los temas de la novela es el de la incomunicación, puesto que Korin casi no sabe nada del idioma inglés y le contará sus impresiones sobre la novela a la mujer en húngaro, idioma que esta desconoce. Además, el lector intuye que ese texto en húngaro que Korin vierte en la recién estrenada red lo más probable es que no llegue a nadie y que, por tanto, sus deseos de inmortalidad o trascendencia, a través de su perdurabilidad, acaben resultando vanos. De todos modos, cuando Korin consigue encontrar a interlocutores húngaros tampoco acaba teniendo mucho éxito, puesto que sus interlocutores le consideran un loco.

Como ya conté, en la primera escena, Korin sufre la violencia de un atraco y, en su primer día en Nueva York, según está saliendo del aeropuerto, alguien le agrede sin ningún motivo. La historia de la humanidad, parece decirnos este libro, es una historia de violencia, muerte y guerra.

 

Guerra y guerra es un libro, en principio, de lectura más sencilla que Tango satánico, puesto que en esta nueva novela el narrador sigue casi exclusivamente las andanzas de un único personaje –Korin– y en Tango satánico la novela era más coral. También, en la segunda parte de Tango satánico, había algún capítulo un tanto desconcertante, que parecía salirse de la lógica de la historia contada y que requería que el lector pusiera de su parte alguna hipótesis sobre lo que estaba ocurriendo. El lector de Guerra y guerra, una vez superado el tema de las frases larguísimas, como ya he comentado, va a adentrarse en un texto más lineal, aunque con varias analepsis, donde el narrador nos explicará el pasado de Korin, y la novela se irá haciendo algo más oscura en su segunda parte (como ocurría en Tango satánico) cuando nos acerquemos a las páginas del manuscrito que fascina a Korin aunque, como él mismo afirma, no acaba de entender todos sus significados, llegando a decir que se encuentra ante un manuscrito ilegible.

 

El lector acabará sintiendo simpatía hacia Korin y su deseo de ser inmortal a través de la obra de un artista desconocido. Korin es un ser absolutamente vulnerable en la ciudad de Nueva York, un ser existencialista que enfrentará al lector al misterio de la violencia y el sinsentido del mundo, con algunos ecos finales de novela de Thomas Bernhard.

Como ya me pareció Tango satánico, Guerra y guerra es, de nuevo, una grandísima novela.

 

domingo, 30 de noviembre de 2025

Tango satánico, por László Krasznohorkai

 


Tango satánico, de László Krasznohorkai

Editorial Acantilado. 302 páginas. 1ª edición de 1985, esta es de 2025

Traducción de Adan Kovascsics

 

A principios del verano de 2025, me escribió un mail una representante de prensa de la editorial Acantilado para ofrecerme el envío de una novedad de la editorial, a petición del propio autor. Desde hace ya tiempo es frecuente que autores y editores me escriban para que lea sus libros y escriba reseñas sobre ellos o grabe vídeo reseñas. Es una tarea que me resulta inviable; yo tengo un trabajo que poco tiene que ver con el periodismo cultural y, en mi escaso tiempo libre, necesito elegir mis lecturas para poder disfrutar de mi afición. Así que rechace ese libro y le comenté a la encargada de prensa de Acantilado que, sin embargo, sí me gustaría solicitarle alguna novela de László Krasznohorkai (Gyula, Hungría, 1954), un autor del que había empezado a oír a hablar hacía unos años, vinculado al hecho de que había estado sonando su nombre en las quinielas de los Premios Nobel durante los últimos años y que, como ya sabemos, lo ha acabado ganador este octubre  de 2025. Al final quedamos en que me enviaban dos novelas: Tango satánico (1985) y El barón Wenckheim vuelve a casa (2016). 

 

Empecé por Tango satánico, que es su primera novela y me parecía la más indicada. La novela se compone de doce capítulos, divididos en dos partes. En la primera, la numeración de los capítulos avanza del uno al seis y en la segunda, al revés, desde el seis hasta el uno. De este modo, Krasznohorkai crea una estructura circular en su novela, que parece imitar, en cierto modo, los movimientos repetidos de un baile. Un baile que, de modo real, y no metafórico, se producirá en el último capítulo de la primera parte y que dará comienzo al primer capítulo de la segunda.

 

En el primer capítulo conoceremos a Futaki que se despierta en la noche al oír unas campanas. No existe cerca ningún campanario en uso que justifique el sonido de esas campanas. De este modo, el lector tendrá la sensación de que existe un trasfondo fantástico en Tango satánico. Llama la atención, según se empieza a leer el libro, la longitud de la primera frase, que se arrastra por el papel durante más de media página. Este va a ser un rasgo de estilo muy característico del autor: las frases muy largas, con muchas subordinadas que se enroscan sobre sí mismas, matizando la información. Esto conlleva que el lector deba prestar a lo leído más atención que a un libro escrito en un estilo más sencillo. Ningún esfuerzo, en cualquier caso, que tenga que asustar a ningún lector y que quedará recompensado por lo rico y vivo de la escritura.

 

Futaki, junto con el resto de personajes de la novela, vive en un lugar denominado «la explotación», un lugar semiabandonado que, en el pasado, se insinuaba que era el espacio de una fábrica o explotación minera o ganadera próspera, pero que, en los últimos tiempos, ha entrado en decadencia y de la que han huido la mayoría de sus antiguos habitantes. Sin embargo, algunos de sus antiguos trabajadores aún viven en esta «explotación», a la espera, quizás, de que vuelva a ella la prosperidad y el trabajo. De este modo, Futaki, un hombre mayor con una cojera, vive en un cuarto de máquinas oxidadas, y en este primer capítulo de la novela le conoceremos compartiendo cama con la señora Schmidt, mientras su marido se encuentra fuera de casa. Aunque la antigua producción de la «explotación» (nunca llegaremos a saber cuál fue) ha desaparecido, gracias a algunas actividades con el ganado, los habitantes de este lugar consiguen sacar algún dinero.

Desde el principio, el mal tiempo va a estar presente en la novela: frío, lluvias perennes, caminos embarrados… se imponen en la creación de escenas de la novela con fuerza. Tango satánico es más una novela de atmósfera que de trama. En cierto modo, los personajes derrotados y carcomidos por la molicie de Krasznohorkai me han recordado a los de Juan Carlos Onetti; incluso el espacio físico de «la explotación» me ha recordado al de El astillero.

También se hablará del castillo de los Weinckheim, como de un lugar abandonado, en los confines de la explotación. He sospechado que tal vez este castillo tiene algo que ver con el barón Wenckhiem de la novela El barón Wenckhiem vuelve a casa. Aunque existe una letra de diferencia, quizás Krasznahorkai une, de algún modo, sus dos obras.

 

Desde el primer capítulo, en el que se nos presenta a Futaki, se nos insinúa que algo está a punto de cambiar. Irimiás y Petrina, dos antiguos trabajadores de la explotación, han sido vistos cerca y parece que se están dirigiendo hacia allí. La peculiaridad de Irimiás y Petrina es que, según los habitantes que quedan en la explotación, están muertos. Creen que murieron en un accidente de coche. Por tanto, estos habitantes de la explotación vivirán convencidos de que se trata de una resurrección, lo que por un lado, les generará miedo, pero también esperanza. Ya que Irimiás era un antiguo líder, y su presencia de nuevo en la explotación podría significar que esta podría volver a funcionar como en los viejos tiempos.

Como ya se puede intuir, existe en Tango satánico un trasfondo religioso. Ya he dicho que Futaki se despierta en la noche oyendo unas campanas, y piensa en una cercana iglesia abandonada. Cree que el sonido no puede proceder de ahí, precisamente porque la iglesia ya no está en uso e intuye que sus campanas habrán desaparecido. Quizás estas campanas que vuelven a la vida desde el pasado, estén anunciando la vuelva a la vida de Irimiás y Petrina.

En este primer capítulo, Krasznahorkai nos irá dando más pistas sobre una posible interpretación religiosa de su libro: las campanas que han despertado a Futaki le harán pensar en presagios funestos de muerte. En la página 10 (segunda de la novela) leemos: «Se vio a sí mismo en una cruz de madera formada por la cuna y el ataúd».

 

Al principio, pensaba que la novela iba a seguir los pasos de Futaki, al que consideraba (sin fundamento) que iba a ser el personaje principal, pero no ocurre así. Durante la primera parte, en cada uno de sus seis capítulos se nos van a ir presentando a personajes nuevos, que suelen interactuar con los anteriores, hasta que todos, o casi todos, acaban en la fonda de la antigua explotación borrachos, bailando el «tango satánico» que promete el título.

 

Me ha gustado especialmente el capítulo tres, donde se habla del doctor; un personaje que pasa en la explotación por culto, y que se dedica a emborracharse y leer libros, principalmente sobre la historia de Hungría (al final sabremos que, como ya sospechábamos, pero nadie nos había confirmado, la historia está ambientada en el país natal del autor), frente a una de las ventanas de la casa. En este lugar también escribirá un diario. El lector tendrá la sensación de que lo que el doctor escribe en el diario no es exactamente una constatación de lo que observa, desde la ventana, sobre sus vecinos, sino que él mismo crea los movimientos de estos otros personajes que no puede estar viendo. Es decir, la novela juega con la idea de que este personaje, que conocemos en el capítulo tres, es el creador de las acciones de los otros personajes, una idea que se acentuará al final del libro.

Tango satánico es una novela que funciona con varios niveles de significación; una significación, en cualquier caso, que debe ser interpretada por el lector y que juega premeditadamente a la ambigüedad. De este modo, el lector no llegará a estar seguro de si Irimiás y Petrina en realidad murieron en un accidente de coche o simplemente se fueron de la explotación, y la gente creyó que habían tenido un accidente de coche, y ahora regresan.

 

Ya he comentado que las campanas iniciales, que no parecen provenir de ningún sitio, y que no solo Futaki escucha, ya que lo harán también otros personajes, le hacen pensar al lector, que nos encontramos con una novela de tintes fantásticos; pero esto no acabará de terminar de quedar claro. Quizás son los personajes del libro, bajo cuya mirada fantástica nos encontramos, los que creen ver esta irrealidad en el mundo que los rodea y esta no exista. El fondista, por ejemplo, cree que en su fonda, cada vez que se da la vuelta aparecen telarañas, que por más que se esfuerza no puede acabar de eliminarlas y nunca puede ver a las arañas. Todos estos elementos, fantásticos o no, dan a la novela un aire onírico, de corte kafkiano. Franz Kafka es una de las grandes influencias de esta novela.

 

La señora Halics, otro de los personajes de la novela, que se acabará refugiando en la fonda, lee la Biblia, sobre todo las páginas del Apocalipsis, mientras todos esperan la llegada (o el Advenimiento) de Irimiás y Petrina, quizás resucitados de entre los muertos.

 

Me han resultado especialmente espeluznantes las páginas del capítulo cuatro, en las que conocemos a una niña, quizás con algún problema mental, que acaba pagando sus frustraciones vitales con un gato. La descripción de la violencia sobre el animal es terrible. 

 

En la segunda parte, quizás los personajes puedan redimirse de sus males y tener esperanzas cuando puedan realmente contactar con Irimiás.

 

Tango satánico, publicada en 1985, y por tanto en los estertores del comunismo, nos plantea una alegoría sobre la vida bajo el yugo de este tipo de regímenes. Una alegoría sobre la falta de esperanzas y la tristeza, en la que, quizás, la única esperanza para el individuo sea comulgar con el estado y convertirse en un confidente de sus conciudadanos.

Esta segunda parte contiene más de un capítulo desconcertante y que juega a romper con la lógica narrativa de la obra. Por ejemplo, nos encontraremos aquí con unos personajes, que aparecen por primera vez, que leen informes. ¿Están leyendo las páginas que ha escrito el doctor sobre los otros personajes y los están juzgando por ellas? No acaba de quedar claro. Como ya he apuntado, el nivel de ambigüedad sobre lo contado es fuerte.


Tango satánico es la primera novela de Lászlo Krasznahorkai. Se publicó el año en el que el autor cumplía treinta y un años, y es una obra muy lograda, una obra que, en ningún caso, parece la obra de un escritor primerizo. Tango satánico es una obra densa, tanto por su forma narrativa, escrita con frases muy extensas, con gran profusión de subordinadas y matizaciones de la frase principal, como en su flujo de ideas y de niveles narrativos de interpretación. Me ha parecido un gran libro Tango satánico. Según escribo estas palabras estoy leyendo Guerra y guerra (1999), la cuarta novela de Krasznahorkai, que saqué de una biblioteca pública. Ya hablaré de ella.

domingo, 7 de agosto de 2016

Relato soñado, por Arthur Schnitzler

Editorial Acantilado. 132 páginas. 1ª edición de 1926. Esta de 2008.
Traducción de Miguel Sáenz.

Esta novela corta de Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931) me la prestó una alumna de bachillerato del colegio en el que trabajo. La misma que el curso pasado me dejó El club de la lucha de Chuck Palahniuk. Me la prestó más o menos en octubre y ya se estaba acabando el curso y no la había leído ni la había devuelto, y mi dejadez me empezaba a parecer excesiva. Y no entiendo por qué, la verdad, ya que el hecho de que la publique Acantilado me parece una garantía, es una novela corta y una vez que me he acercado a ella me ha parecido gran literatura.

He leído Relato soñado justo después de acabar Las ilusiones perdidas de Honoré de Balzac. Ya comenté hace unas semanas que Las ilusiones perdidas, en muchas de sus páginas, se convierte en un paradigma de la narración del siglo XIX, debido sobre todo al uso de un narrador omnisciente que adelanta al lector casi todo lo que tiene que pensar sobre los personajes y que interrumpe la trama para apostillar lo escrito con explicaciones sobre la época o las costumbres sociales del momento. Relato soñado está escrito casi un siglo después y el estilo narrativo es mucho más cercano a las expectativas de un lector del siglo XXI, aunque fue publicado hace noventa años. Ya comenté que Las ilusiones perdidas me gustó, pero es cierto que a veces el estilo narrativo del XIX me parecía hasta cierto punto una rémora. Este hecho lo he notado con más fuerza al acabarlo y adentrarme en las sutiles y misteriosas páginas de Relato soñado.

El protagonista de Relato soñado es Fridolin, un médico de treinta y cinco años de la ciudad de Viena (Arthur Schnitzler también ejerció de médico en esta misma ciudad). La novela comienza presentando una escena muy cotidiana: un padre (Fridolin) y una madre (Albertine) le leen un cuento a su hija para que se duerma. Pero ya en la segunda página, la familiaridad de lo mostrado empieza a quebrarse cuando descubrimos que, la noche anterior, la pareja ha acudido a un baile de disfraces: dos mujeres enmascaradas estuvieron hablando con Fridolin, y un hombre, también enmascarado, de origen polaco, con Albertine, y parece que estas conversaciones con desconocidos condujeron a ambos a un estado de excitación sexual. Lo que podía haberse quedado en una anécdota menor empieza a cobrar más cuerpo: «Sin embargo, de la charla ligera sobre las insignificantes aventuras de la noche pasada pasaron a una conversación seria sobre los deseos escondidos y apenas sospechados que hasta en el alma más clara y pura pueden provocar turbios y peligrosos remolinos, y hablaron de aquellas regiones misteriosas por las que apenas sentían añoranza, pero a las que el viento incomprensible del destino podía llevarlos algún día, aunque sólo fuera en sueños» (pág. 10).

En la década de 1920, cuando Schnitzler ya es un reputado autor teatral y novelista, entra en contacto personal con Sigmund Freud, que era un admirador de su obra literaria; sin embargo (leo en la wikipedia), a Schnitzler no parecía gustarle demasiado que los psicoanalistas de Viena analizasen sus obras en términos freudianos. No obstante, al leer Relato soñado y saber que está publicado en la Viena de la década de 1920, es difícil dejar de lado las interpretaciones freudianas de la trama: sobre todo al ver reflejadas en la novela las pulsiones sexuales más íntimas de los personajes.

Albertine le confesará a Fridolin el deseo que sintió hacia un marinero noruego durante su último veraneo, con el que básicamente se intercambió alguna mirada. Estas palabras parecen actuar sobre Fridolin como si hubiera recibido la confesión de una infidelidad y, en un estado de perturbación extraño, el personaje tiene que salir por la noche de casa para visitar la habitación de uno de sus pacientes, un anciano moribundo.

La novela está escrita en tercera persona y me ha llamado la atención que en las páginas 21-22 se utilice el recurso del monólogo interior; esto piensa Fridolin sobre la hija del moribundo al que va a visitar: «Así que se va a casar con ese profesor. ¿Por qué? Desde luego, no está enamorada, y él no debe de tener mucho dinero tampoco. ¿Qué clase de matrimonio resultará? Bueno, uno como tantos otros. Qué me importa. Es muy posible que no vuelva a verla jamás, porque ahora ya no tengo nada que hacer en esta casa. Cuántas personas no he vuelvo a ver que me interesaban más que ella». Había anotado esto para comentarlo al reseñar la lectura y después, leyendo la solapa del libro, me enteré de que Arthur Schnitzler había sido el introductor de este recurso –el monólogo interior– en la literatura alemana. La wikipedia afirma que la primera obra en la que Arthur Schnitzler usó el monólogo interior –y por tanto la primera vez que éste aparece en la literatura alemana– fue en la novela El teniente Gustl, publicada en 1900.

El paciente de Fridolin muere, y su hija, en posible estado de shock, declara su amor al médico, a pesar de encontrarse en casa de su prometido. El doctor abandona la casa y se adentra en la ciudad (en la que, de forma premonitoria, se anuncia la primavera porque ha comenzado el deshielo) en un estado cada vez más alucinatorio. Durante el tiempo de la novela se insiste más de una vez en la condición de realidad nebulosa, soñada, y se repite el adjetivo «espectral» para designar lo percibido en esta noche de carnaval. Fridolin recuerda su casa y el narrador nos dice: «Todos se le habían vuelto totalmente espectrales» (pág. 34).

Fridolin se cruza con una joven prostituta en un parque que le conducirá hasta su casa, de la que se irá sin haberse acostado con ella. Después, el protagonista entrará en un café.

Estaba leyendo Relato soñado con la sensación de que me sonaba lo contado, como si –imbuido por su condición nebulosa– yo mismo hubiera soñado previamente su historia, y al entrar Fridolin en el café y encontrarse con un antiguo compañero de la facultad de medicina, que dejó los estudios para dedicarse a tocar el piano, me di cuenta por qué me sonaba lo leído: en esta novela, descubrí entonces, se había basado Stanley Kubrick para rodar Eyes wide shut en 1999. Una película que vi de estreno y que me gustó mucho. Ni en la contraportada, ni en la solapa del libro, proporcionan este dato los editores de Acantilado, dato que cualquier otra editorial habría explotado directamente en la foto de portada, dando a entender que lo más importante que hizo un escritor como Arthur Schnitzler fue crear una historia que en el cine protagonizaron, muchos años después, Tom Cruise y Nicole Kidman.

Contarnos en la solapa que Arthur Schnitzler introdujo en el idioma alemán el recurso del monólogo interior y no que esta novela fue llevada al cine honra a una editorial como Acantilado. Una editorial que cada día me llama más la atención y en cuyo catálogo tengo ganas de bucear (en la pasada Feria del Libro de Madrid fue una de las editoriales que visité para comprar libros).

Gracias a su encuentro con el pianista, Fridolin podrá acudir a una fiesta secreta de hombres enmascarados y mujeres desnudas, una fiesta que parece la descripción de un cuadro de Paul Delvaux. El eros y el tánatos, la pulsión sexual y la pulsión de muerte, dominan ya por completo al doctor Fridolin, que, expulsado de la fiesta, iniciará una búsqueda de la mujer desnuda y sin rostro con la que habló en la fiesta clandestina.


Relato soñado es una novela corta magistral, misteriosa, elegante y honda, sensual y terrorífica, una delicia de lectura. Tengo que buscar más libros de Arthur Schnitzler y agradecer a mi alumna de diecisiete años que me la recomendara.

domingo, 25 de octubre de 2015

Hotel Savoy, por Joseph Roth

Editorial Acantilado. 170 páginas. 1ª edición de 1924, ésta es de 2010.
Traducción de Feliu Formosa

Hace muchos años (calculo que más de quince) leí La leyenda del santo bebedor (1939) de Joseph Roth (Brody, antiguo Imperio Austrohungaro, 1894 – París, 1939). Fue un libro al que me acerqué con grandes expectativas y con el que no acabé de conectar. Sentí deseos, sin embargo, de volver con Joseph Roth (con él en el blog ya tengo comentados a los tres grandes escritores judíos apellidados Roth: Phillip, Henry y Joseph) cuando la editorial Acantilado comenzó a reeditarlos. Una profesora de lengua del colegio donde trabajo me dejó un día esta novela, Hotel Savoy, sin posibilidad de rechazo. Una alumna le devolvía el libro y ella me lo dio a mí. Me lo llevé a casa. Leí en internet que no era una de las novelas más destacadas de Joseph Roth y lo fue dejando. Llegó un momento en el que estaba seguro que a mi compañera del colegio se le había olvidado que me había prestado el libro, así que mi culpa por no leerlo fue disminuyendo, hasta este verano, cuando ya me pareció que debía devolverle el libro y sería una indecencia hacerlo sin haberlo leído. Después de todo este tiempo aguardándome, la lectura de Hotel Savoy ha sido una grata sorpresa, me ha gustado mucho.

El protagonista y narrador de Hotel Savoy es Gabriel Dan, un joven judío –originario de Viena- que ha participado en la Primera Guerra Mundial. Después de luchar en las trincheras y permanecer tres años en un campo de prisioneros en Siberia ha sido liberado y ha vuelto a Europa caminando, trabajando por alojamiento y comida por el camino. Por fin ha llegado a “la ciudad”, un lugar que está ya en Europa pero que nunca se especifica dónde, aunque por las referencias que se dan ha de estar cerca de Polonia o Rumania. Especulo que puede tratarse de Brody (o una proyección), ciudad natal de Roth: dentro del antiguo Imperio Austrohungaro, situada en el reino de Galitzia, una región entre las actuales Polonia y Ucrania. Brody está actualmente en Ucrania, y a principios del siglo XX vivía allí una gran comunidad judía, algo coherente con las calles descritas de esta ciudad –a la que no dejan de llegar expatriados- en el libro.

Gabriel Dan ha conseguido ahorrar algo de dinero por el camino y alquilará una habitación en la planta séptima (las últimas plantas son las que ocupan los más pobre) en el hotel Savoy. Gabriel parece un joven alegre, lleno de deseos de vivir, aunque los recuerdos del pasado le asaltan continuamente: “Aún veo los barracones amarillo que cubren una blanca superficie como sucias costras; aún me parece saborear la última chupada de una colilla encontrada en cualquier parte…, años de peregrinaje, amargura en las carreteras…, campos de terrones endurecidos por el frío, que me lastiman los pies.”, leemos en la página 74.

En la ciudad Gabriel tiene la intención de visitar a un tío rico, que le acabará regalando algún traje, pero nunca el ansiado dinero. Este tema, el de la espera perpetua, en cierto modo me ha recordado a Franz Kafka, pero imagino que esta es casi una asociación libre que establece mi mente entre dos escritores judíos de la misma época, centroeuropeos y que escriben en alemán.
El tema de la identidad judía está muy presente en la novela: “Penetramos en un pequeño callejón. Hay judíos que pasean por el centro de la calzada, llevan paraguas de puño retorcido plegados de un modo ridículo. Se quedan parados con el rostro pensativo o andan incesantemente de un lado para otro. Aquí desaparece uno, allí sale otro de un portal, mira inquisitivamente a izquierda y derecha y comienza a andar lentamente.
Como sombras mudas, los hombres van pasando; es como una reunión de fantasmas, de gente muerta mucho tiempo atrás y que vagan por esta callejuela. Es un pueblo que lleva miles de años vagando por callejones estrechos.” (pág. 47)
“Después volvimos a casa con Stasia. Escogimos callejuelas tranquilas; mirábamos las estancias a través de las ventanas iluminadas; eran viviendas míseras, en las que niños judíos comían pan con rábanos y hundían la cara en grandes calabazas.” (pág. 59)

Gabriel Dan va conociendo a los habitantes del Hotel Savoy: “El Hotel Savoy era como el mundo; hacia el exterior irradiaba una poderosa ostentación; la magnificencia parecía imperar en los siete pisos, pero en el interior habitaba la pobreza. Los pobres estaban en la parte de arriba, enterrados en tumbas bien ventiladas, y las tumbas se amontonaban sobre las cómodas habitaciones de los ricos, instalados abajo, tranquilos y holgados, sin preocuparse por los ataúdes de frágil construcción.” (pág. 42)
Como puede observarse en el párrafo anterior, la crítica social está presente en el libro. De hecho, la Revolución Rusa ha tenido lugar hace muy poco tiempo y los industriales de la ciudad temen que sus ideas se expandan por el resto de Europa. Desde que Gabriel ha llegado al hotel Savoy los obreros de las fábricas de la ciudad están en huelga, y en cualquier momento puede estallar la tensión social que se va acumulando. Para contribuir a esto, Gabriel se va a encontrar en la estación de trenes con Zwonimir, un antiguo compañero de armas y de cautiverio con el que empezará a compartir su habitación en el hotel. Zwonimir está muy politizado (“Quiero hacer la revolución aquí” le dice a Gabriel en la página 86) y se dedicará a expandir ideas revolucionarias por la ciudad.
Gabriel al principio hablará de sí mismo como de un ser solitario y egoísta (pág. 86), pero en la página 100 señala: “He dejado de ser un egoísta.”, algo que le ocurre después de empezar a trabajar como mozo de carga en la estación de trenes y compartir fatigas con sus compañeros.

En algunos casos, la crítica a la situación social que hace Roth parece evidente: “Era una fábrica de cepillos de cerda. Se quitaba el polvo y la suciedad de los pelos del cerdo, y con ellos se hacían cepillos que servían para limpiar otras cosas. Los trabajadores, que se pasaban el día limpiando y cribando las cerdas, tragaban el polvo, cogían hemoptisis y morían a los cincuenta años.
Había toda clase de normas higiénicas; los trabajadores tenían que llevar careta; las salas de trabajo tenían que tener tantos metros de altura y tantos de anchura, las ventanas tenían que estar abiertas. Pero la renovación de la fábrica le habría costado a Neuner más que si hubiera pagado un doble subsidio por cada hijo de sus trabajadores. Por ello, cuando moría un obrero, llamaban al médico militar. Y éste certificaba por escrito que este no había muerto de tuberculosis ni tenía la sangre envenenada, sino que había sufrido un ataque cardiaco. Eran una casta de individuos enfermos del corazón; todos los obreros de Neuner morían de «insuficiencia cardiaca». El médico militar era un buen hombre.” (pág. 108-109)

Pero la literatura de Roth no es en ningún momento panfletaria; por el contrario, los personajes son muy ambiguos y por tanto muy humanos. En contraste con los conflictos obreros, en la ciudad se espera (de nuevo la espera kafkiana) con ansiedad la llegada de Bloomfield, un emigrado de la ciudad, que se ha hecho rico en América. Cada año regresa a la ciudad y todos sus habitantes piensan que les va a poder ayudar con sus negocios.

Gabriel que llegó a la ciudad esperanzado, con deseos de olvidar los años de guerra, prisión y peregrinaje, que por un momento parece que va a conocer el amor de manos de la bailarina Stasia, vecina de hotel, parece ir sucumbiendo al desencanto, a la desesperanza, a la molicie de la ciudad.

El estilo de Joseph Roth me ha parecido muy ligero. Con unas pocas pinceladas describe una calle, una fábrica, una planta del hotel, y entremedias Gabriel reflexiona sobre lo que ve. El fresco humano descrito en la ciudad (expatriados, empresarios, obreros, judíos pobre y ricos…) es muy vivo. El sentido del detalle y del ritmo es apabullante. Hablaba de ligereza, de esa ligereza que casi siempre asocio a la literatura norteamericana y que me ha parecido tan eficaz para levantar el mundo propuesto.

Lo dije al comienzo: Hotel Savoy no es de las novelas más famosas de Joseph Roth y me ha gustado mucho. Ya he visto que en una de las bibliotecas que frecuento tienen casi todos los libros que en Acantilado ha publicado de este autor. Tengo ganas de acercarme a ellos.

domingo, 12 de octubre de 2014

Los relatos del padre Brown, por G. K. Chesterton

Editorial Acantilado. 1.171 páginas. 1ª edición de los cuentos entre 1910 y 1935; esta edición es de 2008.
Traducción de Miguel Temprano García.

Fue a finales de 1998 cuando leí mi primer libro de G. K. Chesterton (Londres, 1874-Beaconsfield, 1936). Se trataba de El hombre que fue jueves, un libro que había visto citado en algún lugar que ahora no puedo determinar. En aquel momento, recuerdo que me pareció un libro divertido, pero debería volver a leerlo, porque lo tengo casi olvidado.
Después, en 2004 o en 2006, que son las fechas en las que leí los libros Entre paréntesis y Bolaño por sí mismo –el primero un compendio de artículos escritos por Roberto Bolaño y el segundo un conjunto de entrevistas–, me llamó la atención un comentario de Bolaño sobre el padre Brown, un personaje que yo no sabía quién era. He hojeado los dos libros, pero no he encontrado dónde estaba. Me ha resultado mucho más fácil buscarlo en internet. Como era la respuesta a una pregunta, deduzco que está en Bolaño por sí mismo y que por tanto yo supe del padre Brown en 2006. La pregunta y la respuesta son estas:

“¿Cuál es su héroe de ficción favorito?
Julien Sorel. El Pijoaparte de Marsé. Horacio Oliveira de Cortázar. El Superman de mi infancia. El atormentado Spiderman. Drácula. Sherlock Holmes. El padre Brown. Don Isidro Parodi. El Cristo de Elqui”.

Algunos de estos héroes de ficción sabía quiénes eran y otros no. Busqué información sobre el padre Brown y me resultó extraño averiguar que era un personaje creado por G. K. Chesterton y que yo no lo supiera. Sentí curiosidad por él. En agosto de 2007 compré dos libros suyos: La sabiduría del padre Brown y El candor del padre Brown, publicados por la editorial Valdemar. Los leí en el orden que no era (primero compré el segundo de los cinco que componen la colección). El primero de la serie –El candor del padre Brown– me lo llevé a un viaje por Alemania. Me recuerdo en un tren, en un viaje de Hamburgo a Colonia, leyendo este libro y sintiendo un auténtico momento de felicidad lectora. Me gusta leer en los trenes, pero aquel trayecto de Hamburgo a Colonia fue uno de los mejores viajes que he vivido, atravesando unos pueblos realmente pintorescos, asentados sobre verdes colinas. Me recuerdo acabando un cuento del padre Brown, mirando por la ventana y disfrutando de la combinación.
Pensé en leerme todos los cuentos de este personaje, que son una serie de cinco volúmenes, y pensé también comprarlos en la editorial Valdemar. Pero luego pasé a otras lecturas y me olvidé un poco del padre Brown, hasta que en el verano de 2012 vino de visita desde Canarias mi amigo Samuel (el mismo con el que fui en julio a La Nava de la Asunción para fotografiarnos en la tumba de Jaime Gil de Biedma) y, visitando librerías de segunda mano, me encontré con Los relatos del padre Brown editados por Acantilado en un solo volumen, que contiene los cinco libros más tres relatos finales no incluidos antes en ninguna colección. El libro estaba nuevo (conservaba, incluso, la faja promocional) y costaba la mitad que en una librería de primera mano. No pude resistirme.

Lo empecé a leer ese verano de 2012, por el principio; es decir, volví a leer las dos colecciones de relatos que ya había leído en 2007: El candor del padre Brown y La sabiduría del padre Brown (los libros de Valdemar estaban traducidos por José Rafael Hernández Arias). Me recuerdo ahora en la playa de Alcudia, en Mallorca, leyendo de nuevo estos cuentos a la sombra de unos pinos. Luego me lo llevé a San Francisco; y dejé de leer el libro tras empezar el tercer recopilatorio de cuentos, el titulado La incredulidad del padre Brown. Me había perdido un poco en algún cuento en el trayecto de avión, al no leerlo con la atención requerida; y no me parecía la mejor lectura para las noches del hotel de San Francisco, cuando llegaba cansado de pasear por la ciudad. Así que lo cambié por los divertidos libros de Jorge Ibargüengoitia –que ya comenté en el blog–, libro que aguantan mejor una lectura fragmentada, algo que no es recomendable con un cuento del padre Brown: las veintidós páginas de media que tiene cada uno de estos cuentos han de ser leídas de una sentada. Si uno lee once páginas por la mañana y pretende leer otras once por la noche es muy probable que no disfrute de la lectura. Se habrá perdido los detalles y no recordará bien quién era cada personaje; así, cuando el padre Brown resuelva el caso, se va a quedar como estaba.

Después de volver a Madrid, y tras el paréntesis de Ibargüengoitia, retomé el libro de Acantilado. Acabé la tercera recopilación de relatos y pasé a otra cosa. Hasta este verano de 2014, en el que pensé que ya era hora de acabar con el padre Brown. Así que a finales de agosto he leído los dos conjuntos de relatos que me faltaban: El secreto del padre Brown y El escándalo del padre Brown, además de los tres relatos finales no incluidos en ninguna colección. Llegué a pensar, incluso, en empezar todo de nuevo. Así leería las dos primeras colecciones por tercera vez. Pero al final desestimé esta idea. Igual que he recomendado leer cada cuento de una sentada, creo que no es conveniente leer seguido este volumen con todos los relatos del padre Brown (que suma en total 1.171 páginas); ya que la repetición de planteamientos narrativos puede llegar a cansar al lector, que disfrutará más si lee cada una de las colecciones de relatos intercalando otras lecturas.

Ésta no puede dejar de ser una reseña extraña. Habitualmente señalo la página por la que voy en un libro con un post-it. En él voy anotado ideas o citas que me parecen destacables del texto, junto con su número de página, con un lápiz que siempre llevo en el bolsillo (cuando está muy afilado, más de una vez, me lo clavo en los dedos al ir a buscar las llaves, por ejemplo). Esta vez tengo post-its con ideas anotadas de hace dos años. Así que hoy hablaré más de generalidades que de concreciones.

Chesterton había leído, por supuesto, los cuentos de detectives que se publicaban en las revistas de la época cuando decide crear al padre Brown. Conocía perfectamente los relatos de Sherlock Holmes escritos por Arthur Conan Doyle, y sabe que ha de crear a un personaje diferente a Holmes. Chesterton era un católico practicante y el padre Brown va a ser un sacerdote católico, que vive y ejerce su ministerio en la Inglaterra anglicana de la época, lo que no deja de ser un desafío religioso. A diferencia de Holmes, que se basa en la investigación científica de evidencias y pruebas, el padre Brown va a conseguir sus éxitos deductivos gracias a su capacidad de penetración psicológica; a todo aquello que ha podido vislumbrar del alma humana gracias al confesionario. Su truco será el de ponerse en el pellejo del asesino o el ladrón y tratar de pensar como él. El padre Brown resuelve los casos de asesinato y robo –que con tanta frecuencia se le presentan– porque conoce a los pecadores y puede llegar a pensar como ellos: “No trato de apartarme del hombre, sino de ponerme en el pellejo del asesino”, dice el padre Brown en la página 722 (cuento El secreto del padre Brown), cuando critica la frialdad de los métodos científicos para detener a los delincuentes. “Cuando el científico habla de un tipo concreto, nunca se refiere a sí mismo, sino a su vecino, y normalmente a su vecino más pobre”, ha dicho un poco antes. En esta última frase ya se puede vislumbrar uno de los pilares constructivos del padre Brown: la defensa de los desfavorecidos. Chesterton defiende en los cuentos del padre Brown las tesis católicas, pero esto nunca acaba haciendo del padre Brown un personaje conservador; ya que dentro de su crítica suave de costumbres se sitúa siempre del lado de los desfavorecidos y critica la doble moral de los ricos. Así, no es extraño en estos cuentos encontrarse con más de uno con un trasfondo de crítica social: “Aquellos plutócratas modernos no podían soportar tener cerca a un pobre, ni como esclavo ni como amigo. Que el servicio cometiese algún error era sólo un contratiempo fastidioso, irritante y embarazoso. No deseaban ser brutales y les horrorizaba la posibilidad de tener que mostrarse benévolos” (pág. 73).

De hecho, pese a que el padre Brown es un cura católico, siempre resolverá sus casos apelando a la realidad más cotidiana. Mientras que otros personajes sucumben a supersticiones o explicaciones fantásticas, cuando los elementos que presenta el caso de un relato parecen desafiar la lógica, el padre Brown, con una serenidad pasmosa, encontrará la solución racional que se encuentra mucho más cercana de nosotros que las leyendas orientales.

En estos relatos tampoco falta la ironía: “Una historia que podríamos empezar en un entorno bastante respetable, en la mesa del desayuno de una familia rica, aunque honrada” (pág. 750).

El esquema habitual de uno de estos relatos sería el siguiente: en unas brillantes primeras páginas se describe el ambiente. Una voz en tercera persona presenta a un pequeño grupo de personajes. Se comete un asesinato o un robo. Alguien llama al padre Brown o bien este pasaba por allí. Siempre se presenta al padre Brown como un hombrecillo vestido de negro, con un paraguas (amenace tormenta o no), de aspecto insignificante, hasta que empieza a hablar y realizar deducciones.

Los relatos del padre Brown acaban pareciendo pequeñas partidas de ajedrez: es realmente difícil para el lector poder encontrar la explicación al enigma planteado; cualquier pequeño detalle puede ser la clave final que llevará al padre Brown a resolver el misterio.
En el primer cuento, el padre Brown conseguirá detener a Flambeau, un famoso ladrón de joyas francés, que dejará el crimen para convertirse en detective privado. Flambeau se convertirá en amigo del padre Brown y a veces le llamará para que le ayude a resolver sus casos. Esto hará, en algunos relatos, más verosímil la presencia del padre Brown en el lugar del crimen.

En el tercer libro, La incredulidad del padre Brown, éste viajará a Estados Unidos, cuando su fama parece haberse hecho ya mundial, y resolverá más de un caso en la emergente nueva nación. Detalle éste que Chesterton parece olvidar en los dos últimos libros de sus pentalogía, en los que vuelve a presentar al padre Brown como un personaje insignificante, al que nadie conoce, y que tal vez ayudó a resolver algún caso criminal en el pasado.

Me gusta cómo consigue Chesterton crear ambientaciones diferentes para estos cuentos: desde las calles más clásicas de Londres hasta un pequeño pueblo de la campiña inglesa. Desde un cuento sobre actores (que abundan) a un cuento de ciencia ficción con mayordomos robóticos; ambientes góticos, ambientes marineros…
Los personajes pueden ser de lo más variopinto: actores, abogados, marineros, pero también líderes de sectas o de religiones del extremo Oriente… En alguna ocasión se ha acusado a Chesterton de dar una imagen estereotipada de los hindúes, por ejemplo; pero en realidad todo funciona como en un juego, con ideas y soluciones que no dejan de ser ingenuas a veces, pero que siempre están cargadas de un encanto genuinamente inglés.

Jorge Luis Borges siempre fue un gran admirador de los relatos del padre Brown. Leí en alguno de sus ensayos que “cada una de sus páginas contiene una alegría” (lo cito de memoria, porque no encuentro la fuente). En la contraportada de los libros del padre Brown en la editorial Valdemar se apunta: “Jorge Luis Borges dijo una vez que aún se recordarían (estos relatos) cuando el género policiaco hubiese caducado”.
De hecho, es curioso observar la influencia de un escritor tan perspicaz e inteligente como Chesterton en Borges. El gusto de Chesterton por las paradojas lo asimiló con profusión Borges en su obra. En este sentido, es notable la influencia (que Borges convertirá en homenaje o casi plagio) que supone el cuento El cartel de la espada rota sobre el cuento Tema del traidor y del héroe (algo que el propio Borges nunca ocultó).

En definitiva, Los relatos del padre Brown es una obra con mucho encanto, plagada de inteligencia y agudas observaciones sobre la naturaleza humana; con un trazado estructural en casi todos sus cuentos brillante, y que busca siempre la paradoja, la ironía y el asombro de la lógica.

No me extraña nada que el padre Brown fuese una de las lecturas de cabecera de Borges y uno de los grandes héroes de ficción de Roberto Bolaño.