Mostrando entradas con la etiqueta Juan Carlos Onetti. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Carlos Onetti. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de febrero de 2019

Novelas I (1939-1954), por Juan Carlos Onetti.


Novelas I (1939-1954), de Juan Carlos Onetti.
Editorial Galaxia Gutenberg. 1.070 páginas. 1ª edición de 1939-1954; esta de 2005.
Edición de Hortensia Campanella. Preámbulo de Dolly Onetti. Prólogo de Juan Villoro.

Uno de los libros con los que más disfruté en 2017 fue Los adioses de Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994). Cuando acabé el año e hice recopilación de las mejores lecturas me prometí a mí mismo que en 2018 leería La vida breve, que se supone que es la obra maestra de Onetti, del que ya he leído un buen número de libros.

Cuando a finales de febrero de 2018 supe que tenía que embarcarme en una mudanza y que estaría, posiblemente, unas semanas sin acceso a internet y sin encontrar tiempo (o un lugar tranquilo) para sentarme y escribir una reseña, pensé que me convenía empezar a leer un libro largo. Entonces consideré que tal vez era un buen momento para sacar de la biblioteca de Retiro este volumen I de las Obras completas de Onetti, que había hojeado más de una vez. En este libro podemos acercarnos a un prólogo de unas 100 páginas (contabilizadas en número romanos) y 970 páginas de novelas, que serían: El pozo (1939), Tierra de nadie (1941), Para esta noche (1943), La vida breve (1950), Los adioses (1954) y como anexo: Tiempo de abrazar (1934).

Una primera idea era leer el prólogo y La vida breve. Al final decidí empezar por el principio y seguir, a ver si me lo leía todo de un tirón. El resultado ha sido éste: he leído las 100 páginas del prólogo y las tres primeras novelas, El pozo, Tierra de nadie y Para esta noche; que en total suman 420 páginas. El pozo ha sido una relectura, porque ya lo leí a los veinte o veintidós años, y Tierra de nadie lo he leído dos veces. Este último fue justo el libro que me tocó en medio de la mudanza (el mejor título para esta situación) y no pude leerlo con continuidad; lo acabé (en su primera lectura) con la sensación de haberme perdido. Una vez leído Para esta noche, decidí volver a leer Tierra de nadie, que ha cobrado para mí más sentido en esta segunda lectura.

Las 100 primeras páginas de introducción me han gustado mucho (estoy por volver a leerlas, tal vez lo haga cuando dentro de un tiempo vuelva a acercarme a este libro para leer, al fin, La vida breve).
Como decía, El pozo ha sido una relectura. Ya lo había leído hace, al menos, veinte años. No recordaba su trama, pero sí la honda impresión que me causó en su momento. El pozo tiene apenas treinta páginas, así que aunque está incluida en este volumen de Novelas I, podríamos considerarla un cuento largo. Alguien que al día siguiente va a cumplir cuarenta años («Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza», leemos en la página 4) se sienta y escribe («Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo», página 4).

El pozo recuerda al tono desangelado de Apuntes del subsuelo de Fyodor Dostoievski. Un hombre se sienta y escribe. A los quince años, este hombre trató de abusar de una chica de diecisiete que murió unos meses después. La culpa le corroe. Este hombre tiene ensoñaciones en las que aparecen tierras lejanas, y cuando trata de hablar de ellas a desconocidos se topará siempre con la incomprensión. «Ésta es la noche; quien no pudo sentirla así no la conoce. Todo en la vida es mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender» (pág. 30).

Una vez leídas las novelas Tierra de nadie y Para esta noche, resulta curioso comprobar que su primera novela (El pozo) tiene más que ver con su mundo narrativo clásico que las dos obras siguientes. En El pozo ya nos encontramos al hombre adulto, decadente y superado por un mundo turbio y sin esperanza, que se refugia en recuerdos de juventud (casi siempre suele aparecer en el mundo de Onetti alguna muchacha joven que representa un ideal de plenitud) y en ensoñaciones de tierras lejanas.

Tierra de nadie, como ya he apuntado, la he leído dos veces. Es una novela claramente urbana, ambientada en Buenos Aires: «Diecinueve y nueve, hora de Buenos Aires. Atrás de la cortina y su moña roja estaba la ciudad. Tres millones de personas. Y sin embargo, una vez al día, era forzoso oler un aire de provincias, lento y sin madurar» (pág. 66). Tierra de nadie es una novela coral. En ella, un grupo de hombres y mujeres relativamente jóvenes deambulan por los bares y calles de Buenos Aires. Trabajan, beben, quieren fundar una revista, se enamoran y filosofan sobre su condición de sudamericanos, en contraposición a la de europeos. En el prólogo he leído que Tierra de nadie, publicada en 1941, es una de las primeras novelas hispanoamericanas abiertamente urbana y moderna. Aunque en algún momento se reflejan los pensamientos de los personajes, suele prevalecer la narración de acciones, a veces sin una conexión clara entre sí, muy del gusto de la nouvelle vague. Aunque, eso sí, diez años antes de que se popularizara este movimiento cinematográfico francés. En algún momento. Tierra de nadie me ha hecho pensar en La colmena de Camilo José Cela, que se publicó en 1951. Luego también he pensado en una de las primeras novelas de Juan José Saer, La vuelta completa, publicada en 1966. En ella también se van entrecruzando personajes en el territorio mítico de la ciudad (Santa Fe) y hay un tono marcadamente existencialista. En La vuelta completa podemos leer: «La muerte era ridícula. No. La vida era lo ridículo, ese salto mortal sobre el abismo». En Tierra de nadie leemos: «El primer secreto consistía en que el disco giraba muy lentamente, despacio, despacio. El segundo secreto era que la vida no tenía sentido» (pág. 162). Estoy seguro de que Saer leyó a Onetti y que este autor fue una influencia para él.

Los personajes de Tierra de nadie deambulan por la ciudad, como decía, hablan unos sobre otros y a veces cambian de pareja y también sueñan con islas ideales en la Polinesia. Hacia el final de la novela se produce un salto temporal casi imperceptible, que hace que algunos hechos narrados cobren una nueva dimensión.
En la segunda lectura todo cobró más sentido, aunque realmente ésta no es una novela con una trama demasiado hilada y los personajes entran y salen de la narración muy libremente.
Una curiosidad: en Tierra de nadie aparece por primera vez el personaje del cínico gordo Larsen, un habitual de las novelas de Onetti.

Para esta noche, publicada en 1943, me ha parecido una novela extraña. En El pozo y en Tierra de nadie se filtran ecos lejanos de la guerra europea, y en Para esta noche Onetti escribe un thriller ambientado en el Río de la Plata (o no, no queda claro, aunque sí que se trata de un país latinoamericano), pero que el lector no sabe exactamente si es una novela bélica o de espías, o quiénes son los países o fuerzas en juego. Ossorio busca con desesperación un salvoconducto (¿para cruzar el Río de la Plata?) y durante una interminable noche se irá cruzando con personajes a los que persigue o que le persiguen a él. Todos ellos parecen pender de un hilo y viven cada minuto sintiendo que puede ser el último. En un momento dado, Ossorio ha de hacerse cargo de una niña de trece años. Ha sido él mismo quien ha propiciado su condición de desamparo y se siente responsable de su suerte. Como en tantas historias de Onetti, tenemos aquí de nuevo a la joven inocente que ha de moverse en un mundo de adultos decadentes y desesperados.

Me ha encantado reencontrarme con El pozo, una novela corta que, como Los adioses, invita a ser leída de una sentada. Unas páginas magistrales en cuya musicalidad uno podría perderse una y otra vez. Pero, sin embargo, considero que Tierra de nadie y Para esta noche no se encuentran entre las novelas más importantes de Onetti, un escritor que ha alcanzado cotas de perfección más altas que las mostradas aquí. Como ocurre más de una vez al leer a este autor, el lector tiene que estar muy atento a la narración, porque Onetti no hace muchas concesiones. No explica con detalle las relaciones que unen a los personajes ni tampoco los motivos de sus actos. Al igual que ocurre con William Faulkner, la prosa de Onetti no es cómoda para el lector. A cambio, el ritmo de su escritura es espectacular. Los párrafos de Onetti en cualquiera de sus páginas se pueden leer como si se tratase de una partitura musical desgajada de una trama. Onetti adjetiva como pocos escritores lo han hecho en español.

No he conseguido leer todo este libro seguido; necesitaba un respiro, pero en 2019 leeré La vida breve. No voy a consentir que esta novela, la que se supone que es la mejor de Onetti, se convierta en mi particular versión kafkiana de El castillo.

domingo, 4 de febrero de 2018

Los adioses, por Juan Carlos Onetti

Editorial Seix Barral. 123 páginas. 1ª edición de 1954; esta de 2003.
Prólogo de Antonio Muñoz Molina.
Epílogo de Wolfgang A. Luchting.

Compré este libro en la librería Ábaco, situada en la calle Raimundo Fernández Villaverde de Madrid, una de mis librerías de segunda mano favoritas. Me costó 4,5 €. Lo compré ya hace tiempo, creo que no mucho después de leer el magnífico volumen de Alfaguara con los Cuentos completos de Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994). Acabo de comprobar, consultando mi blog, que este último libro lo leí en 2012, así que desde no mucho después llevaba descansando Los adioses de Juan Carlos Onetti en los altillos de mis estanterías del Ikea. En esos altillos debería poner más interés para que desciendan los libros que tengo por leer y a los que no me acerco por razones que a mí mismo se me escapan y que, en gran medida, creo que tienen que ver con ciertas teorías de Sigmund Freud: siempre me apetece leer el libro que no tengo, y como no lea de forma inmediata el que acabo de comprar, me apetece siempre menos que otro que no tenga.

Sin embargo, hace unas semanas (nota: entre la lectura del libro y la aparición pública de la reseña ha pasado casi un año) tuve que pasarme por la estación de avenida de América para comprar unos billetes de autobús, y antes de acercarme busqué en internet en qué portal estaba la casa de Onetti en Madrid, porque sabía que había vivido en la zona de avenida de América, pero no dónde. Al final encontré su casa en el portal de avenida de América 31y me fui hasta allá para sacarle una foto a la placa de la entrada, que rememoraba al escritor, y buscar con la mirada el posible lugar donde se ubicaría la terraza en la que se ve a Onetti en muchas de sus fotos madrileñas.

Para las vacaciones de Semana Santa me apeteció leer los dos volúmenes de Emecé con los cuentos completos de John Cheever. En Jueves y Viernes Santo, tras 342 páginas de relatos de Cheever, decidí cambiar un poco y tomé de los altillos de mi habitación esta novela corta de Onetti.

Empecé directamente con la novela, dejando para el final el epílogo de Wolfgang A. Luchting y el prólogo de Antonio Muñoz Molina.

Los dos primeros párrafos del libro son muy cinematográficos y significativos: «Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada. Hizo algunas preguntas y tomó una botella de cerveza, de pie en el extremo más sombrío del mostrador, vuelta la cara ‒sobre un fondo de alpargatas, el almanaque, embutidos blanqueados por los años‒ hacia afuera, hacia el sol del atardecer y la altura violeta de la sierra, mientras esperaba el ómnibus que lo llevaría a los portones del hotel viejo.
Quisiera no haberle visto nada más que las manos, me hubiera bastado verlas cuando le di el cambio de los cien pesos y los dedos apretaron los billetes, trataron de acomodarlos y, en seguida, resolviéndose, hicieron una pelota achatada y la escondieron con pudor en un bolsillo del saco; me hubieran bastado aquellos movimientos sobre la madera llena de tajos rellenados con grasa y mugre para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse».

Un hombre innominado durante todo el relato llega a un pueblo de montaña (que parece más situado en Argentina que en Uruguay) famoso por sus sanatorios para tuberculosos. El hombre es alto, delgado, de unos cuarenta años. Fue una estrella del baloncesto nacional, y parece no querer saber nada de los demás enfermos que comparten con él alojamiento en el hotel (aunque el médico le ha recomendado que se interne en el sanatorio), como si, marcando esa distancia de los otros enfermos, consiguiera alejarse de su destino de tuberculoso.

La historia está contada por el almacenero del pueblo, antiguo tuberculoso («hace quince años que vivo aquí y doce que me arreglo con tres cuartos de pulmón», pág. 18), quien desde su mostrador observa las andanzas del hombre por el pueblo. Además, el almacén funciona como una estafeta de correos y allí tiene que acudir el hombre a recoger los dos tipos de cartas que recibe, ambos con sobres escritos por mujeres, unos a mano y otros a máquina. Estas dos mujeres (una adulta acompañada por un niño y otra muy joven) visitarán al hombre en el pueblo. Para vivir con la chica joven el hombre alquilará una casa a las afueras, aunque sigue pagando las cuentas del hotel.

El almacenero va reconstruyendo la historia del antiguo jugador de baloncesto, desde algún punto indeterminado del futuro. Además de los acontecimientos de los que él mismo ha sido testigo directo, nos contará algunos más que le han narrado a él otros de los personajes de la novela: el enfermero y la mucama Reina, principalmente; aunque al final ya se hace eco también de las murmuraciones de todo el pueblo (en esto me ha recordado al ambiente acusativo y miserable de Juntacadáveres, otra de las novelas de Onetti que he leído).

El almacenero, el enfermero, Reina y todo el pueblo especulan sobre la relación entre el exjugador de baloncesto y las dos mujeres. Tanto en el prólogo como en el epílogo, Muñoz Molina y Luchting citan a Henry James y su Otra vuelta de tuerca para hablar de Los adioses. Los dos comentan la importancia del punto de vista en la novela de Onetti. Además, Luchting hace una interesante reflexión sobre la condición de personaje de la novela que acaba adquiriendo el lector pues, contaminado por la mirada sucia y pesimista del almacenero, que en gran medida refleja la del pueblo de montaña, el lector de Los adioses se dejará llevar por el punto de vista desde el que recibe la historia y juzgará a los protagonistas de la novela, cuando –parecerá decirnos Onetti al final– ninguno de nosotros tiene derecho a juzgar nada de lo que está viendo, o cree que está viendo, ya que las dos últimas páginas del libro lo abren a nuevas interpretaciones sobre lo contado.

En la edición que he leído de Seix Barral se comenta que el epílogo de Wolfgang A. Luchting se solía colocar, en ediciones anteriores, como prólogo. Aunque lo cierto es que es un prólogo que destripa toda la novela y que es mucho mejor leerlo cuando ya se ha finalizado la lectura del libro.

Había leído en 2012 el entusiasta prólogo que escribió Antonio Muñoz Molina para los Cuentos completos de Onetti, y me ha gustado leer también este prólogo. De hecho, compré este libro porque en la primera página del su prólogo afirma que esta novela es para muchos la obra maestra de Onetti y que también el propio autor solía decir que era su novela preferida. Muñoz Molina acaba así su prólogo: «He leído Los adioses muchas veces, desde que tenía veinte años, y estoy convencido de que es una de las dos o tres mejores novelas cortas que se han escrito en español».

El estilo de Onetti, denso y oscuro, como se puede apreciar en los dos párrafos iniciales que he reproducido antes, me parece magistral. Me ha gustado leer algunas páginas varias veces para empaparme de ellas y poder saborearlas. Leer a Onetti es como leer poesía. Es cierto que en algunas de sus novelas (por ejemplo me pasó con El astillero o con Cuando ya no importe) el ritmo es algo lento y la propia densidad de la prosa acaba ahogando la historia contada, pero en Los adioses todo parece conjugarse de un modo perfecto. Los adioses es una novela corta maravillosa, y cualquier aprendiz de escritor cuyo idioma sea el español debería leerla.


De Onetti he leído los Cuentos completos y las novelas El pozo, Juntacadáveres, Dejemos hablar al viento, Cuando ya no importe y creo que Para una tumba sin nombre (pero tendría que consultar mis archivos). No sé por qué no he leído aún La vida breve y sus otras novelas cortas, cuando es uno de los escritores que más admiro. Debería tomármelo como una prioridad.

domingo, 3 de junio de 2012

Cuentos completos, por Juan Carlos Onetti

Editorial Alfaguara. 536 páginas. 1ª edición de los cuentos desde 1933 hasta 1994. Esta edición es de 2009.
Prólogo de Antonio Muñoz Molina.

El primer libro que leí de Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994) fue Dejemos hablar al viento (1979), en una fea edición de quiosco, con la letra apretada, que encontré en la biblioteca de Móstoles, allá por el año 1995, no mucho después de que hubiera dejado de ser casi en exclusiva un lector de ciencia-ficción y terror. Tengo el recuerdo de que me costaba penetrar en las claves de lo que leía. Era como si, de un libro de 700 páginas, me hubieran dado un fragmento aleatorio; por ejemplo, las páginas de la historia que iban de la 300 a la 570. Y recuerdo también con intensidad, a pesar de la dificultad que planteaba el texto, el deslumbramiento con que me acercaba a la musical prosa que proponía la novela; quizás aquellas páginas eran las que estaban mejor adjetivadas de todas las que había leído en mi vida. Dos meses después saqué de la biblioteca El pozo (1939), que se considera la primera novela moderna hispanoamericana. Y de esta recuerdo su sequedad, su desolación, su triste visión del ser humano, tan entroncada con el existencialismo francés de Albert Camus o Jean Paul Sartre.

Me resulta extraño pensar que no volví con Onetti hasta 12 años después, cuando leí seguidas tres de sus obras. La primera fue Cuando ya no importe (1993), su última novela publicada, que no me pareció tan potente como las dos que tenía en el recuerdo. Le siguió Juntacadáveres (1964), y aquí sí tuve de nuevo la sensación de encontrarme ante uno de los más grandes escritores hispanoamericanos. Estas dos novelas llevaban años descansando en mi estantería de inleídos. Para la tercera acudí de nuevo a la biblioteca de Móstoles y saqué El astillero (1961). Y aquí he de reconocer que experimenté ya un hartazgo de la prosa densa y detenida de Onetti. En algún momento tendré que darle una nueva oportunidad a este libro.
Además de que habían transcurrido 12 años entre mi primer acercamiento a Onetti y el segundo, tenía la sensación de que el mundo que había creado, Santa María, se me estaba escapando: no conseguía ubicar a los personajes que se repetían de un libro a otro.

Y sabía que lo siguiente que debía leer de Onetti era o bien su novela La vida breve (1950), donde se inicia el faulkneriano ciclo de Santa María, o el volumen de sus Cuentos completos. Ganó el segundo, aunque han pasado de nuevo 5 años.

El primer cuento de este volumen se titula Avenida de Mayo-Diagonal-Avenida de Mayo (1933), y está escrito por un Onetti que como mucho contaba con 24 años. En él ya encontramos algunas de las claves de su obra: el hombre ensimismado que prefiere soñarse a sí mismo antes que afrontar la derrota de la vida (en este caso un sueño literario) y la densidad de la prosa que hace que el lector tenga que estar atento a cada detalle para no perderse las claves de lo contado (empecé a leer este cuento en un bar tomando un café y lo tuve que volver a empezar pasadas unas páginas).
Le sigue un cuento bastante cifrado, El obstáculo (1935), y tras algunos acercamientos intrascendentes al género negro, como los cuentos El fin trágico de Alfredo Plumet (1939) o Crimen perfecto (1940), en la página 71 llegamos a la primera obra maestra de este conjunto: Un sueño realizado (1941), sobre un promotor de teatro que recibe el encargo de recrear en escena el sueño de una extraña mujer.
Poco después, en la página 92 nos encontramos con otro de mis cuentos favoritos de este volumen, el titulado Bienvenido, Bob (1944): una sutil narración sobre el fin de la juventud y el comienzo de la venganza, con dos páginas finales que he leído varias veces, como si estuviese ante un libro de poemas. Termina así: “Y queda en paz en medio de sus treinta años, moviéndose sin disgusto ni tropiezo entre los cadáveres pavorosos de las antiguas ambiciones, las formas repulsivas de los sueños que se fueron gastando bajo la presión distraída y constante de tantos miles de pies inevitables” (pág. 100).

Leyendo cuentos como Bienvenido, Bob aturde pensar que Onetti afirmaba que no corregía lo que escribía: “Yo no corrijo, porque no sé escribir mal”, una frase que parecería de una soberbia inaudita en la boca de casi cualquier escritor, pero que sin embargo en Onetti (un Onetti que no ha sido tan leído como sus compañeros del boom Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa, y en realidad esto se ha debido seguramente no a tener una calidad inferior a ellos sino a un mayor grado de hermetismo y a una narrativa más desolada) se pueden leer con admiración y naturalidad.

Los dos cuentos que he destacado también los nombra Antonio Muñoz Molina, en su entusiasta prólogo, entre sus preferidos. No comparto, sin embargo, su elección de La casa en la arena (1949), ya que aunque en él aparece por primera vez Santa María y alguno de sus habitantes, como el doctor Díaz Grey (algo que va a ser habitual en los restantes cuentos del libro), la densidad y el nivel de significados no accesibles de la narración se me han hecho excesivos.
Me han gustado más algunos cuentos de los que no había oído hablar nunca y que me han parecido de intencionalidad más clara, como Regreso al sur (1946) o Esbjerg en la costa (1946).
Hablando del hermetismo o la claridad, he disfrutado bastante más de la novela corta La cara de la desgracia (1960) que del cuento previo La larga historia (1944), siendo aquella una versión extendida de este cuento, una versión donde los elementos en juego quedan más a la vista y el lector puede penetrar de forma más precisa en las claves de lo narrado.

Voy a destacar también la grata sorpresa que ha sido la novela corta Jacob y el otro (1961), que creo que contiene en una frase una de las claves de la obra de Onetti: “Recordó a Van Oppen joven, o por lo menos aún no envejecido; pensó en Europa y en los Estados, en el verdadero mundo perdido: trató de convencerse de que Van Oppen era tan responsable del paso de los años, de la decadencia y la repugnante vejez, como de un vicio que hubiera adquirido y aceptado” (pág. 261); y en esa decadencia y repugnante vejez se encuentra uno de los puntales de la escritura de Onetti, plagada de hombres de mediana edad que miran con envidia a jóvenes, que pueden disfrutar del encanto de las muchachas en flor, o directamente a chicas, a veces casi niñas, con un detenimiento imposible.

El que, según Mario Vargas Llosa, es el mejor cuento de Onetti y también el mejor cuento de la literatura en español, El infierno tan temido (1957), lo he leído dos veces. Una al alcanzar la página 190, cuando correspondía, y otra vez al finalizar las 536 del libro, porque la primera lectura de sus 16 páginas tuve que realizarla con dos cortes, con varias horas entre los 3 fragmentos leídos, y me había quedado con la sensación de que no había disfrutado de ese relato como debería.
Al finalizar el libro he vuelto a él y lo he leído de seguido: ha sido otro cuento. Deslumbrante. Y más después de haber leído las últimas composiciones de esta obra: a partir de la página 421, del cuento Los amigos (1979) o quizás un poco antes, las narraciones tienden a disminuir su número de páginas y también a perder calidad, como si Onetti hubiese sido víctima de un notable agotamiento creativo. El cambio de escenario (en la página 413 aparece Madrid) y la nueva temática –la del exilio y la denuncia de la dictadura– no consiguen renovar el talento de Onetti. En realidad, y como ya he apuntado, lo he sentido con más fuerza al releer El infierno tan temido, parece falso que alguien que escribe cuentos nada más que correctos –o incluso mediocres, como Tu me dai la cosa me, io te do la cosa te (1994) o Maldita primavera (1994)– haya podido escribir obras maestras como Bienvenido, Bob, Un sueño realizado o Jacob y el otro.
En todo caso, a pesar de estos altibajos comentados, estos Cuentos completos contienen algunas de las mejores páginas que he leído en mucho tiempo, algunos de los mejores cuentos con los que me he encontrado.

Mientras leía estos Cuentos completos me pasé una tarde por la librería de segunda mano Ábaco, en la calle Raimundo Fernández Villaverde, y compré dos libros: Los adioses (1954), que según Antonio Muñoz Molina es para muchos la obra maestra de Onetti, y que es –de nuevo según Muñoz Molina– una de las dos o tres mejores novelas cortas que se han escrito en español. Y La muerte y la niña (1973), novela corta contenida en estos Cuentos completos, y que me apeteció tener porque esta que compré es la primera edición de 1973, de la editorial argentina Corregidor, está muy bien conservada y por 9 euros me apeteció darme un capricho de bibliófilo.

Así que por ahora tengo pendiente de nuevo con Onetti Los adioses y La vida breve.

Después de casi tres años escribiendo sobre libros en este blog, ya era hora de que hablara del que considero uno de los más grandes escritores en español del siglo XX: Bienvenido, Onetti.