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domingo, 28 de julio de 2024

Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez

 Después de leer "En agosto nos vemos", me apeteció volver a releer "Memoria de mis putas tristes" de Gabriel García Márquez. La leí, escribí su reseña y grabé su vídeo reseña para mi canal de YouTube.

Algo extraño sucedió con el documento Word en el que escribí la reseña: en algún momento le di al botón que no era y se borró casi toda, solo se conservó el párrafo inicial.

Así que, en vez de dejar aquí la reseña escrita, voy a dejar un enlace a la vídeo reseña, que eso sí se conservó:




domingo, 12 de mayo de 2024

En agosto nos vemos, por Gabriel García Márquez

 


El agosto nos vemos, de Gabriel García Márquez

Editorial Random House, 142 páginas. Primera edición de 2024.

 

Cuando vi que se anunciaba para 2024 –a diez años del aniversario de su muerte– la publicación de una novela inédita de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 – Ciudad de México, 2014), sentí curiosidad por ella. La novela se titula En agosto nos vemos, y su publicación ha suscitado polémica. García Márquez empezó a trabajar en esta novela, en la segunda mitad de la década de 1990, a la vez que lo hacía con Memoria de mis putas tristes, que apareció en 2004, y que se convertiría en su última novela publicada en vida. El manuscrito de En agosto nos vemos quedó postergado porque García Márquez empezó a escribir sus memorias, tituladas Vivir para contarla, publicadas en 2002. En 1999 García Márquez leyó en público el primer capítulo de En agosto nos vemos en la Casa de América de Madrid y, cuando aún estaba sin pulir, se la envió a su agente, Carmen Barcells, quien le pidió a su editor, Cristóbal Pera, que trabajara con García Márquez para acabarlo. Sin embargo, en la etapa final de su vida el escritor fue sufriendo una progresiva demencia senil, que le hacía perder la memoria, y que cada vez fuese más difícil para él acabar su novela. La frustración hizo que, en algún momento, García Márquez les dijera a sus hijos: «Este libro no sirve. Hay que destruirlo». Pero, por otro lado, existe una carpeta con una última versión de la novela, sobre la que están escritas las palabras: «Gran OK final». Los hijos han tomado la decisión de publicar el libro, y en el prólogo de la edición de Random House escriben: «Al juzgar el libro mucho mejor de cómo lo recordábamos, se nos ocurrió otra posibilidad: que la falta de facultades que no le permitieron a Gabo terminar el libro también le impidieron darse cuenta de lo bien que estaba, a pesar de sus imperfecciones. En un acto de traición, decidimos anteponer el placer de sus lectores a todas las demás consideraciones. Si ellos lo celebran, es posible que Gabo nos perdone. En eso confiamos.»

 

Lo más normal es que la obra de un escritor, vivo o muerto, no interese a nadie, y más raro es todavía que esa obra pueda generar dinero. Hay quien ha acusado a los hijos del autor de querer hacer dinero con esta novela, como si eso fuera algo malvado. Hacer dinero con la literatura es un milagro, no una maldad. Hay quien opina, también, que publicar esta novela sin el consentimiento del autor empeora el conjunto de su obra. Para mí esta última opinión es un sinsentido. El valor artístico de una novela como Cien años de soledad es autoconclusivo. Es independiente de las otras obras del autor, de sus acciones en vida, o de sus declaraciones en privado.

Por otro lado, no sé si todas las personas que afirman que son admiradoras de la obra de García Márquez, pero apuntan que no van a leer En agosto nos vemos, porque lo consideran una traición a su legado, han leído las novelas de Franz Kafka, que este pidió a su amigo Max Brod que destruyera. Si leyeron novelas como El desaparecido, El proceso o El castillo, no entiendo ahora sus escrúpulos, y si no las leyeron no sé qué hacen hablando de literatura.

 

En agosto nos vemos es una novela corta (bastante corta, en realidad), cuyo cuerpo real, quitando prólogo y epílogos, apenas sobrepasa las cien páginas, de letra grande y amplios márgenes. Consta de seis capítulos. La protagonista de la novela es Ana Magdalena Bach, que es el nombre real de la mujer del compositor Johann Sebastian Bach. Imagino que se trata de una broma, ya que la familia de Ana Magdalena es una familia de músicos. Cuando empieza la historia sabremos que Ana Magdalena, desde hace ocho años, cada 16 de agosto viaja desde la ciudad en la que vive, ubicada en la costa (el lector entiende que del Caribe, pero no se dice explícitamente en el texto) hasta una isla cercana, para dejar flores en la tumba de su madre. Ana Magdalena tiene cuarenta y seis años y lleva veintisiete años casada, «un matrimonio bien avenido con un hombre que amaba y que la amaba» (pág. 18). Ana Magdalena tiene dos hijos ya criados. El mayor, siguiendo la estela familiar, es el primer chelo de la Orquesta Sinfónica Nacional, y con la hija menor, de dieciocho años, existe un pequeño conflicto, ya que quiere meterse a monja. Esta subtrama de la novela no acaba de esta desarrollada, y se pierde un tanto.

Además de viajar en barco a la isla, donde está enterrada la madre, y dejar esa misma tarde sobre su tumba un ramo de gladiolos, Ana Magdalena pasa, cada año, la noche de ese día sola en un hotel. Sin embargo, la noche del día en el que da comienzo la novela, va a sentir el impulso de acostarse con un desconocido al que va a conocer en el bar del hotel.

 

Es posible que este primer capítulo sea el más conseguido del libro. En él se pueden reconocer muchos de los rasgos de la escritura de García Márquez, como mostrar la naturaleza y el paisaje en la composición de sus escenas. Por ejemplo, en la página 14 (segunda de la novela), leemos: «Al final del pueblo se enfiló por una avenida de palmeras reales donde estaban las playas y los hoteles de turismo, entre el mar abierto y una laguna interior poblada de garzas azules.» También podemos acercarnos a esa adjetivación tan llamativa, habitual en sus libros, como «cerdos impávidos», o esos nombres que se convierten en adjetivos, como «pueblo indigente» o, mediante el uso de la preposición «de» y un nombre, darle a esa construcción el sentido de un adjetivo, como «pueblo de lástima» o «volumen de carnaval». También podría añadir que, la prosa, pese a estar cuidada, es más sencilla que la que podemos encontrar en las grandes obras de Gabriel García Márquez. Esto no implica que no sea, en cualquier caso, una prosa digna, superior a la de muchas novelas actuales que se venden como obras logradas.

 

«Nunca más volvería a ser la misma», así comienza el capítulo 2 en la página 35. Aunque el hecho de acostarse con un hombre ha sido casi fortuito, Ana Magdalena se ha sentido libre en esos momentos, descubridora de una nueva parte de su intimidad. Lo que no quiere decir que deje de querer a su marido o quiera romper su unión. La idea de un amante pasajero para cada noche del 16 de agosto que viaja a la isla empezará a formar parte de su ser, de su privacidad. De hecho, las características de ese amante tendrán capacidad para que, durante el año siguiente, Ana Magdalena se comporte de un modo o de otro.

Ana Magdalena volverá a la isla cada año y el pasar del tiempo irá haciendo mella en el lenguaje. En esta novela, aparece un nuevo tema en los intereses de García Márquez: la modernidad, que el personaje parece no entender y que no le hace sentir a gusto, y el deterioro de los paraísos naturales, a causa del turismo de masas. Me sentí raro al leer en un libro de García Márquez sobre puertas de hotel que se abrían con tarjetas de banda magnética.

También En agosto nos vemos es la primera novela de García Márquez con una mujer como personaje principal. En la página 120 leemos: «Entonces se acomodó en la cama, sin cambiarse de ropa ni apagar la luz, y volvió a dormirse llorando de rabia contra ella misma por la desgracia de ser mujer en un mundo de hombres.». Así que la obra de García Márquez, de un modo sorpresivo, acaba con este pequeño alegato feminista, que quizás esté provocado por haber sido acusada su última obra, Memoria de mis putas tristes, de machista. Ya dije al principio que García Márquez había empezado a escribir Memoria de mis putas tristes y En agosto nos vemos por las mismas fechas, y se pueden observar algunos temas comunes en las dos obras: las dos hablan del sexo como celebración de la vida y celebración de uno mismo.

En agosto nos vemos acaba con un interesante e inesperado giro final. A pesar de que a este sexto y último capítulo le falta algo de pulido, la novela sí deja la sensación de obra terminada.

Imagino que todo aquel que se acerque a esta novela, conoce las circunstancias en las que fue escrita y en las que se ha publicado. E imagino también que sus lectores van a ser admiradores de la obra de García Márquez, que sienten curiosidad por conocer este texto final. Lo que no tiene sentido, por supuesto, es que algún lector joven se acerque a la obra de García Márquez empezando por aquí, cuando claramente es el final. Para el lector que admira a García Márquez –y que ha leído toda su narrativa previa– y que sabe a qué tipo de obra se acerca, En agosto nos vemos es un libro disfrutable que, posiblemente, le hará añorar los libros de García Márquez que le hicieron pasárselo mejor, y puede ser una invitación o recordatorio para volver a ellos. Yo mismo lo he hecho. Leí en una reseña de En agosto nos vemos, que este libro era mejor que Memoria de mis putas tristes, y me apeteció volver a leer este libro, después de veinte años, para poder comentarlo. Ya hablaré también de él.

domingo, 27 de junio de 2021

La mala hora, por Gabriel García Márquez



La mala hora,
de Gabriel García Márquez

Editorial Debolsillo. 207 páginas. 1ª edición de 1962; ésta es de 2013.

 

Creía que había leído toda la obra narrativa de ficción –sus novelas y cuentos– de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 ­– Ciudad de México, 2014), cuando en la biblioteca de Móstoles me di cuenta de que me faltaba una novela: La mala hora. Quizás debería haberla sacado en préstamo en ese momento, pero no lo hice y, unas semanas después, comentándolo con un amigo escritor me dijo que La mala hora no era una de las novelas buenas de García Márquez y, aunque seguía queriendo leerla por mi afán completista, acabé olvidando un poco esta lectura. Sin embargo, en el verano de 2020, mirando libros en el FNAC de Callao, me encontré con una edición del libro en bolsillo y me apeteció comprarlo y leerlo.

 

La mala hora se publicó en 1962, justo entre mis novelas favoritas de García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba (1961) y Cien años de soledad (1967). En La mala hora, García Márquez nos acerca a un pueblo a las orillas de un río, que parece guardar más de una similitud con el pueblo de El coronel no tiene quien le escriba, aunque en ningún momento he sabido si se trataba del mismo. El pueblo de La mala hora, en cualquier caso, está cerca de Macondo, pueblo al que se nombra al final del segundo capítulo, en la página 49. Nunca aparece el nombre de Colombia, pero se sobreentiende que García Márquez habla de su país, y posiblemente de su zona caribeña, de la que él procede, una zona de excesivo calor, humedad y lluvias torrenciales.

 

La novela está escrita en tercera persona y cuenta con un número suficiente de protagonistas como para que podamos hablar de una novela coral. En la primera página conocemos al padre Ángel, quien se levanta de madrugada, para hacer sonar las campanas de la iglesia a las 5 de la mañana y anunciar así el comienzo de un nuevo día en el pueblo. Esta mañana es la del 4 de octubre, y en la última página, cuando el padre Ángel se vuelva a levantar será el 21 de octubre. En estos diecisiete días, en los que transcurre la novela, serán muchos los acontecimientos que se narren, empezando por un asesinato y acabando con otro.

En el pueblo están apareciendo pasquines en las puertas de las casas, colocados de noche. En ellos se cuentas chismes antiguos, cotilleos sobre hijos ilegítimos o sobre infidelidades. De hecho, será uno de estos pasquines el que provoque la primera muerte. César Montero lee en la puerta de su casa, al salir de madrugada, que uno de sus vecinos se acuesta con su mujer. Ofuscado se presenta en su casa y le descarga la escopeta en el pecho.

Al leer las primeras decenas de páginas de La mala hora me estaba acordando de la novela Juntacadáveres de Juan Carlos Onetti, que habla de un pueblo en el que se abre un prostíbulo y empiezan también a aparecer anónimos –en lugar de pasquines en las puertas de las casas– descubriendo quiénes lo han frecuentado. ¿Qué novela se publicó primero? La mala hora es de 1962 y Juntacadáveres de 1964; así que la idea original de escribir sobre pasquines que se dejan en las casas de un pueblo sería de García Márquez, pero no podemos hablar en ningún caso de plagio, puesto que Onetti tiene un estilo narrativo muy particular y diferente al de García Márquez.

 

Los pasquines están empezando a romper la tensa calma a la que se había llegado en el pueblo, después de haber sufrido el país una guerra civil. Si bien, a algunos personajes los conoceremos por su nombre, a otros García Márquez nos los muestra representados por su profesión, como al alcalde. En principio, el alcalde parece un personaje positivo, alguien que se preocupa por sus vecinos, aunque en diversas situaciones vemos cómo éstos le rechazan. «Ustedes matan sin anestesia.», le dirá el dentista al alcalde en la página 69. El alcalde pregunta a una mujer que hasta cuándo le van a tener rencor y ésta le contesta: «Hasta que nos resuciten los muertos que nos mataron.» (pág. 79). El alcalde, lógicamente, forma parte de los vencedores en la última guerra civil, y además parece que está empezando a hacer buen dinero manejando diversos negocios públicos y privados desde su puesto de privilegio.

El juez Arcadio es otro de los personajes destacados del libro, un hombre preocupado porque a su antecedente en el puesto, once meses antes, le asesinaron tres policías en su despacho, debido a que durante una borrachera afirmó que quería garantizar unas elecciones libres.

 

Aunque el tema de los pasquines podría parecer una nimiedad, ya hay un muerto en el pueblo y las señoras de las familias más importantes se juntan con el padre Ángel, porque quieren que éste intervenga desde el púlpito para que desaparezca la situación. Además el padre Ángel le mostrará su preocupación al alcalde y éste tomará la decisión de establecer un toque de queda y organizar rondas nocturnas, algo que peligrosamente puede hacer recordar a los vecinos épocas violentas y no tan lejanas.

 

Ya he comentado que en La mala hora se nombra a Macondo. Me ha gustado descubrir también que aparece aquí el coronel Aureliano Buendía, quien durmió una noche en el hotel del pueblo. Aún le quedaban al coronel cinco años para ser uno de los protagonistas de Cien años de soledad, y es curioso observar cómo el mundo ficcional de García Márquez se iba ya construyendo. Aparece un circo, pero no creo que sea el mismo de los gitanos que aparecían en Macondo. Además La mala hora todavía no es de forma explícita una novela del «realismo mágico», puesto que no aparecen escenas abiertamente fantásticas en la realidad contada. Sin embargo, una de sus protagonistas se encuentra por las noches en el pasillo de su casa con el fantasma de la Mamá Grande, que es la protagonista de uno de los cuentos más famosos de García Márquez. En otra escena se nos cuenta que el telegrafista del pueblo envía poemas telegrafiados a otra telegrafista que no conoce; y estas imágenes empiezan ya a rozar ese realismo mágico que desbaratará la realidad en su siguiente novela.

 

La prosa de La mala hora, siguiendo la línea de El coronel no tiene quien le escriba, es más contenida que la de novelas como Cien años de soledad. En gran medida la belleza de la prosa de García Márquez –y en La mala hora podemos encontrar muchos ejemplos– se sostiene sobre su capacidad para incorporar los detalles naturales en las escenas que describe a sus personajes: por ejemplo, en más de una ocasión canta a lo lejos un alcaraván, o se describen los colores de los loros que atraviesan el cielo, o el olor de «los nardos bajo la lluvia», en la primera página, que sería un recurso similar al del olor de las «almendras amargas» en Crónica de una muerte anunciada. Los olores son muy importantes en el mundo ficcional de García Márquez. Me ha gustado este detalle: en la crecida del río, las aguas arrastran una vaca muerte; páginas más tarde, cuando el lector ya no piensa en esa imagen, se filtrará por las ventanas de las casas el olor a podredumbre de esa vaca muerta, cuyo cuerpo encalló en alguna orilla del río.

La mala hora está muy emparentada con el libro de cuentos Los funerales de la Mamá Grande. De hecho, ambos libros se publicaron el mismo año –1962– y el estilo de composición, seco y con fuerza en los diálogos, es el propio de Ernest Hemingway (más en los cuentos que en la novela). Los cuentos parecen ambientados en el mismo pueblo, y uno de sus centro de reunión es «el salón de billar», que aparece en ambos libros. Además, uno de los cuentos –el titulado Un día de estos– relata una anécdota, en la que el alcalde del pueblo ha de ir al dentista, que también aparece en la novela. La tensión política que subyace a ambas obras es también la misma. Otro cuento se llama La viuda de Montiel, que es un personaje de La mala hora. En este cuento aparece también Carmichael, otro de los personajes de La mala hora.

 

García Márquez pasa de una escena a otra, de un personaje a otro, marcando que lo narrado tiene lugar de forma simultánea o sucesiva, con expresiones como «mientras X bajaba las escaleras, Y hacía tal». De este modo, también se incide en la idea de que todo ocurre en un espacio muy limitado, donde todos se conocen y se observan entre sí, a pesar de que no pueden descubrir quién o quiénes están poniendo los pasquines en las puertas de las casas. «Es todo el pueblo y no es nadie.», sentenciará sobre el particular la adivina del circo ambulante. Quizás éste sea un sutil nuevo elemento de realismo mágico.

 

La tensión va aumentando en la novela, pero diría que de un modo menos perfecto que en El coronel no tiene quien le escriba. En la construcción coral ya se adivina la estructura de Cien años de soledad. La mala hora es una buena novela, que no está a la altura de mis favoritas de García Márquez, que parece una obra de transición entre la precisión a lo Hemingway de sus primeras novelas y el desbordamiento posterior de Cien años de soledad o El otoño del patriarca. Me ha gustado leerla, me ha gustado completar el universo ficcional de Gabriel García Márquez, que ha sido siempre uno de mis escritores de cabecera.

 

 

 

domingo, 18 de octubre de 2020

Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, por Álvaro Mutis


Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero,
de Álvaro Mutis

Editorial Siruela. 760 páginas. 1ª edición de 1986-1991; ésta es de 1997.

 

Hace unos veinte años leí La mansión de Araucaíma (1973) de Álvaro Mutis (Bogotá, 1923-Ciudad de México, 2013). La saqué de la biblioteca pública de Collado Mediano, localidad de la sierra madrileña en la que suelo pasar parte de mis veranos. Casi no recuerdo nada del argumento, pero sí que no me impresionó demasiado. Conocía a Mutis porque –entonces, igual que ahora– estaba pendiente de la literatura latinoamericana, y en los años 90 su serie de Maqroll el Gaviero cada vez iba adquiriendo más prestigio. Imagino que leería alguna reseña sobre ella en algún suplemento cultural de la época. Sé que, desde hace dos décadas, he pensado más de una vez en leer Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, pero quizás me ha acabado desanimando su gran número de páginas, el hecho de que no me terminó de entusiasmar mi primer contacto con la obra de Mutis (La mansión de Araucaíma) y que me parecía extraña la propuesta. ¿Las aventuras de un marinero que busca tierra desde su puesto de gaviero? Me imaginaba que podía ser una obra en exceso simbólica, detenida y poética, que no me iba a gustar (aunque Mutis ha acabado siendo famoso como prosista, durante gran parte de su vida su obra fue poética).

 

Por fin, paseando en la primavera de 2019 por los puestos de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Recoletos, me encontré con una bonita edición de Siruela muy nueva con las siete novelas de Maqroll al aceptable precio de 20 euros (entonces era un libro que no estaba como novedad en las librerías) y decidí comprarlo. A principios del verano de 2020, quise acercarme a algunas grandes (en fama y extensión) novelas latinoamericanas que tenía en casa sin leer y me decidí por Yo el Supremo de Augusto Roa Bastos y Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero de Álvaro Mutis.

 

Álvaro Mutis trabajó en Colombia en la multinacional ESSO, por la que fue demandado por malversar el dinero de la compañía en «quijotadas culturales y ayudas a todo escritor o artista necesitado» (según se puede leer en su ficha de la Wikipedia). Esto hizo que abandonara el país y se estableciera en México en 1956, donde trabajó en el mundo de la publicidad. Durante su vida laboral, en actividades ajenas a la literatura, fue principalmente poeta, pero también publicó algunas obras en prosa. En 1953 publica su libro de poemas en prosa Los elementos del desastre, donde ya aparece el personaje de Maqroll el Gaviero. Será en 1986, con la publicación de La nieve del Almirante, cuando Maqroll se convierta en el protagonista de una novela, que inaugurará una serie que llegará hasta las siete. En 1988, Mutis se jubila y puede dedicar más tiempo a la literatura; así, la saga de Maqroll el Gaviero se completará casi a un libro por año: La nieve del Almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1988), Un bel morir (1989), La última escala del «Tramp Steamer» (1988), Amirbar (1990), Abdul Bashur, soñador de navíos (1990) y Tríptico de mar y tierra (1993).

 

La nieve del Almirante (1986) empieza de un modo muy cervantino: un narrador innominado, que se confiesa seguidor de las andanzas de Maqroll el Gaviero, encuentra en una librería de viejo de Barcelona, en el bolsillo de un libro destinado a guardar mapas, un manuscrito con una nueva aventura de Maqroll, relatada por él mismo en forma de diario. Este diario será el cuerpo central de la novela.

Maqroll remonta el río Xurandó, de un indefinido país latinoamericano, como pasajero a bordo de una lancha. Por las noches lee un libro sobre el Duque de Orléans y escribe el diario antes de dormir. Desde el primer día el viaje será accidentado y no exento de peligros. Maqroll ha oído hablar de unas empresas madereras situadas al pie de la cordillera, de las que le han dicho que puede ser un buen negocio comprar madera para conducirla río abajo. Maqroll estaba conviviendo con una mujer llamada Flor Estévez, que regentaba una tienda llamada La nieve del Almirante en la cordillera. «Creo que sobre la tienda de Flor y mis días en el páramo dejé constancia en algunos papeles anteriores» (pág. 28). Desde esta primera novela, tanto Maqroll como el narrador insinúan que ya existen otros libros anteriores al presente en los que se narran las andanzas de Maqroll.

«Las empresas a las que me lanzo tienen el estigma de lo indeterminado, la maldición de una artera mudanza. (…) Me intriga sobremanera la forma como se repiten en mi vida estas caídas, estas decisiones erróneas desde su inicio, estos callejones sin salida cuya suma vendría a ser la historia de mi existencia» (pág. 29). Esta idea se irá repitiendo a lo largo de toda la saga; el Gaviero es un ser trashumante, que no consigue asentarse en ningún lugar.

 

Con un dudoso pasaporte chipriota, dominando varios idiomas, los orígenes de Maqroll serán siempre tan inciertos como su destino. Maqroll es un personaje romántico, que encarna los valores clásicos del aventurero, un personaje siempre dispuesto a emprender empresas alocadas, que suelen acabar sin ningún beneficio económico, con gran riesgo para su integridad física y que, tal vez, le hagan encontrar a un nuevo amigo o un nuevo amor.

Ya en La nieve del Almirante se nombra a Abdul Bashur, de Beirut, descendiente de una familia de armadores libaneses y también propenso a la aventura, que será el gran amigo de Maqroll y de cuyos encuentros se hablará en otros libros de la serie.

 

Durante mi lectura de La nieve del Almirante me estaba preguntando cuál era la época que se reflejaba en la novela, porque todo parece más antiguo que el tiempo en el que se ha escrito la historia; pero en realidad, siguiendo la lógica de la serie, Mutis tiene que estar reflejando un tiempo muy cercano al contemporáneo a la escritura.

En La nieve del Almirante, como en otros libros de la serie, la naturaleza constituye una amenaza seria, así como las fuerzas del Estado (ejército) y aquellos que quieren desestabilizar el Estado (guerrillas).

La novela es realmente bella y contiene mucha poesía. En la cuidada construcción de cada párrafo se puede observar el pasado de poeta de Mutis.

«Toda la vida he emprendido esa clase de aventuras, al final de las cuales encuentro el mismo desengaño. Si bien termino siempre por consolarme pensando que en la aventura misma estaba el premio y que no hay que buscar otra cosa diferente que la satisfacción de probar los caminos del mundo» (pág. 82). Estas novelas tendrán también un aire de dejadez existencialista.

Al final de esta bella novela, el primer narrador decide añadir unos cortos episodios sobre otras aventuras de las que tiene constancia acerca de Maqroll. Lo anunciaba al final del prólogo inicial: «También se me ocurre que podría interesar a los lectores del Diario del Gaviero el tener a su alcance algunas otras noticias de Maqroll, relacionadas, en una u otra forma, con hechos y personas a los que hace referencia en su Diario. Por esta razón he reunido al final del volumen algunas crónicas sobre nuestro personaje aparecidas en publicaciones anteriores y que aquí me parce que ocupan el lugar que en verdad les corresponde» (pág. 21). Tengo la sensación de que quizás Mutis se precipita al hacer este añadido final a la novela, parece casi que se ha dado cuenta de que ha encontrado un gran tema narrativo y las historias del Gaviero le quemaran en las manos. Sobre estas breves crónicas de la primera novela se volverá a hablar en las siguientes.

 

En el prólogo de Ilona llega con la lluvia (1988), el narrador nos cuenta que las historias que va a relatar se las escuchó a Maqroll en «horas de vino y remembranzas», que son historias infrecuentes en él, pero no por eso inconfesables o penosas, y que quiere retratarlas aquí con la propia voz del Gaviero, que él va a tratar de emular para los posibles lectores de sus páginas. Aquí nos vamos a encontrar con Maqroll varado en Panamá con su dinero a punto de acabarse, frecuentando demasiados bares y demasiadas copas (la saga de Maqroll también es una exaltación de los grandes bebedores), hasta que se encontrará con Ilona Grabowska, una vieja amiga y amante; que también ha sido amiga y amante de Abdul Bashur. Con ella Maqroll va a montar un rocambolesco prostíbulo.

 

Hasta cierto punto, podemos considerar que Maqroll es un personaje quijotesco, un buscador de aventuras enfrentado al mundo; y Abdul Bashur podría ser entonces su Sancho Panza, pues más de una vez se insinúa en el libro que Abdul se ha ido convirtiendo en un ser más nómada y aventurero tras conocer a Maqroll. Si estiro más este paralelismo Ilona podría ser Dulcinea, una mujer ideal para estos aventureros, que está destinada a volatilizarse de un modo fantasmal, como podía ocurrir en El Quijote.

«Usted sabe que con la ESSO no hay bromas», le dice un personaje a otro en la página 132, lo que no deja de ser un chiste personal de Mutis.

 

En Un bel morir (1989) nos encontramos con Maqroll en una población llamada La Plata (que no es la ciudad argentina, como pensé en primera instancia), a punto de comprometerse en un negocio dudoso: subir a la cordillera el material para una supuesta obra ferroviaria que lleva al puerto de La Plata a lomos de unos burros. Aquí, aunque se insinúa el comienzo de la vejez para Maqroll, éste conocerá a un nuevo y joven amor.

Otra vez, el peligro físico se unirá al de las autoridades y al de grupos terroristas, incluso. En este caso, la novela –sin prólogo– está escrita en tercera persona.

 

Sin embargo, en la cuarta, La última escala del Tramp Steamer (1988), aunque tampoco hay prólogo, la novela (en primera persona) no empieza a narrar una historia de Maqroll sino del narrador, a quien el lector cada vez identifica más con la figura del propio Álvaro Mutis. El narrador es un escritor que, debido a su trabajo ajeno a la escritura, tiene que viajar mucho por el mundo, y al que además le gustan los barcos y subir a ellos. Se encontrará en diversos puertos del mundo con un viejo Tramp Steamer y al final tendrá ocasión de hacer un viaje en él. Al hablar con su capitán Jon Iturri, se dará cuenta de que tienen amigos en común: Jon Iturri vivió una historia de amor con Warda, una hermana de Abdul Bashur. En esta cuarta novela, sobre un amor otoñal y perdido, Maqroll será un personaje bastante secundario.

 

Amirbar (1990) también empieza siendo narrada por Mutis, quien encontrará a Maqroll en una mala pensión de Los Ángeles aquejado de fuertes fiebres. De ahí le llevará a una clínica y más tarde a vivir con su hermano Leopoldo y su mujer en Los Ángeles, para que pueda recuperarse. Leopoldo es el nombre real del hermano de Álvaro Mutis. En otra novela este narrador habla de su mujer Carmen, que es el nombre real de la mujer de Mutis, y también hablará de su amigo Gabriel García Márquez, amigo real de Mutis.

Cuando se vaya recuperando, Maqroll narrará en el jardín de Leopoldo una nueva aventura que vivió buscando oro en algún país indeterminado de Latinoamérica, de nuevo entre dos fuegos, los del Estado y los de los terroristas. De nuevo, vivirá otro amor y saldrá de la aventura sin beneficio económico. «Mi interés por las minas de oro es puramente especulativo. Es decir, me interesaban como exploración de un mundo que me era extraño» (pág. 412).

 

Es muy interesante en esta novela el juego entre los dos narradores. En la página 422 se evocan los lugares en los que Don Quijote dialogaba con Sancho.

«Cuando entramos en alta mar y el barco inició el lento cabeceo contra las olas, sentí que volvía a ser el de siempre: Maqroll el Gaviero, sin patria ni ley» (pág. 477). Aunque se supone que Maqroll es un marinero, casi todas las aventuras que Mutis nos cuenta sobre él transcurren en tierra.

 

En la sexta novela, Abdul Bashur, soñador de navíos (1990), nuestro narrador se encontrará en una estación de tren con Fátima, una de las hermanas de Abdul. Fátima le hará llevar documentos y fotos de su hermano, y el narrador decidirá hablarnos de Abdul esta vez y no de Maqroll, del que hace tiempo que no tiene noticia. En las siete novelas se habla al menos de dos posibles muertes de Maqroll, que entran en el mundo de la especulación y la leyenda y a las que el narrador no acaba de dar crédito.

 

En la séptima y última novela, Tríptico de mar y tierra, Mutis vuelve a Maqroll, y acaba su trilogía con un final muy bello, con un Maqroll ya casi decadente, convertido en el cuidador de unos destartalados astilleros en Pollença (Mallorca), ­–un detalle éste muy onettiano– enfrentado al miedo de lo que supone la paternidad. Aquí Maqroll se convierte un tanto en Abdul; es decir, Quijote pasa a ser Sancho.

 

El nivel es bastante parejo en toda la serie. Me han gustado los juegos entre los dos narradores ­­–Mutis y Maqroll– y las interconexiones entre las novelas. Lo que en una se insinúa, es posible que vaya a ser desarrollado en otra.

 

Como he leído en diversos artículos de internet, Mutis era un gran admirador de las novelas marinas de aventuras de escritores como Joseph Conrad y libros como Lord Jim. Cuando puse alguna foto del libro en las redes sociales, un gran lector colombiano, Samuel Whelpley, me decía que en Colombia a Álvaro Mutis se le consideraba un maestro, pero que tiene pocos lectores. Alguien como Gabriel García Márquez entra, en su escritura, de lleno en la tradición e historia del país, y un escritor como Mutis se sale de la tradición y encuentra un camino propio. Su literatura es puro internacionalismo; es como si Maqroll fuera el habitante de un país constituido por todos los puertos del mundo, donde no es una mera coincidencia encontrarse en Noruega con alguien que conoció en Indonesia, puesto que todos los puertos están conectados. Aunque en muchos casos sus narraciones no están del todo localizadas (la historia puede suceder en Colombia, Perú o Ecuador), sí que es importante el origen de los personajes y la idea de que viven desplazados de ese origen (un egipcio que vive en Escocia, un noruego que pesca en Canadá, etc.)

 

En gran medida, Álvaro Mutis desea que el lector se divierta como cuando era un niño y leía los libros de aventuras de Julio Verne o Emilio Salgari; pero a la vez le guiña el ojo y parece decirle: sé que tienes un bagaje literario, que has leído a Cervantes y a los grandes, y vamos a divertirnos juntos. Maqroll el Gaviero es uno de los grandes personajes de la literatura del siglo XX y Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero se ha convertido desde ya en uno de mis libros favoritos de la literatura latinoamericana.

 

Nota: ahora mismo, la edición que yo he leído de Siruela solo se puede encontrar de segunda mano, pero será interesante saber, para el posible lector de este libro, que hace poco la editorial RM ha vuelto a publicar este grandísimo libro en tapa dura.

domingo, 3 de marzo de 2019

El buen salvaje, por Eduardo Caballero Calderón


El buen salvaje, de Eduardo Caballero Calderón.
Editorial Destino. 289 páginas. 1ª edición de 1966.

Empecé a ver repetidas veces este libro en diversas sucursales de las librerías de segunda mano Tik Books. En la primera ocasión lo hojeé y me pareció interesante. Sin embargo, resistí la tentación de comprarlo. Más tarde busqué en internet información sobre el autor, Eduardo Caballero Calderón (Bogotá, 1910-1993), y a la segunda o tercera ocasión que me encontré con el libro en un Tik Books lo compré. Al fin y al cabo, costaba menos de tres euros y era una primera edición de 1966. Este libro fue el Premio Nadal de 1965.

Tengo anotado en la primera página que lo compré en mayo de 2015. Es por este tipo de cosas por lo que me resisto tanto (aunque sea al principio) a comprar libros. Tengo una gran tendencia a acumularlos y no leerlos. Sin embargo, la suerte de El buen salvaje iba a cambiar cuando mi amigo Federico Guzmán me elogiara en México la novela Sin remedio del colombiano Antonio Caballero. Busqué Sin remedio en España a través de Iberlibro, y cuando me llegó a casa e investigué un poco en internet sobre Antonio Caballero, me di cuenta de que era hijo de Eduardo Caballero Calderón. En ese momento supe que tenía que leer las dos novelas seguidas. Posiblemente, lo más lógico habría sido leer primero la novela del padre y después la del hijo, cuya publicación dista dos décadas, pero al final lo he hecho al revés.

Si bien Sin remedio, la novela del hijo, transcurría en Colombia y más de un crítico la considera la gran novela urbana sobre Bogotá, El buen salvaje, la novela del padre, transcurre en París y pertenece a otra tradición narrativa, la de los hispanoamericanos que viajaron a la capital francesa en busca de la inspiración o de la gloria literaria.

Sin remedio estaba escrita en tercera persona (y en contadas ocasiones cedía la palabra al personaje) y El buen salvaje apuesta siempre por la primera persona de un personaje innominado de veintisiete años (Ignacio Escobar, el personaje de Sin remedio, tenía treinta y uno). El personaje de El buen salvaje lleva cuatro años en París. Ha estudiado Derecho y Políticas en su tierra, y llega a París con una beca; ahora ya no estudia y trata de escribir una novela. Ya en la primera frase se hace alusión al dinero y a los problemas económicos que acucian al personaje, que en el tiempo de la novela tendrá algún trabajo eventual pero que, principalmente, se dedicará a dar sablazos a sus conocidos y a ejercer de pícaro moderno. En este sentido el personaje de Eduardo, que proviene de una familia hispanoamericana de clase media, es diferente al de Antonio, que procede de la clase alta de Bogotá. El personaje de Sin remedio encuentra una fuente de dinero inagotable en su madre, gracias a la cual no tendrá que trabajar, mientras que el de Eduardo sentirá vergüenza de los orígenes humildes de su familia (aunque no parezca tener pudor a la hora de dilapidar su dinero y trate de engañar a algunos de sus conocidos, inventando unos orígenes más nobles).

El personaje de El buen salvaje, durante el tiempo de la narración, tratará de escribir varias novelas. En las páginas de este libro el lector podrá acercarse a las ideas del personaje sobre la trama de estas novelas que quiere escribir y que siempre se quedan en proyectos abandonados. La idea de exponer un resumen de las posibles novelas, que sirven aquí como relatos dentro del relato, me ha recordado a las técnicas narrativas de Roberto Bolaño, que utilizó este mismo recurso unas cuantas décadas después (resumiendo novelas, cuentos o películas en las páginas de sus libros).

El personaje de El buen salvaje se siente profundamente hispanoamericano, pero nunca señala de qué país procede. Lo lógico es que el lector suponga que, al igual que el autor, procede de Colombia, pero este dato nunca se muestra explícitamente. No ocurre lo mismo con el resto de personajes hispanoamericanos, porque cuando el personaje empieza a salir con Rose-Marie siempre se señala que es chilena. Hacia el final del libro se refiere a su tierra en estos términos: «País desconocido y lejano» (pág. 224).

En muchos aspectos, El buen salvaje es una novela muy moderna. Diría que Alfredo Bryce Echenique la había leído cuando escribió su divertida y melancólica novela La vida exagerada de Martín Romaña, que se publicó por primera vez en 1981, y sitúa su acción en 1964; así que su tiempo narrativo sería contemporáneo al de El buen salvaje. París no se acaba nunca la publicó Enrique Vila-Matas en 2003 y trata también de un tema parecido a El buen salvaje. Si bien Vila-Matas y Bryce Echenique citan el mito de Ernest Hemingway como fuente de inspiración para peregrinar a París y tratar de ser escritor, Eduardo Caballero no lo hace.

El buen salvaje es una novela profundamente metaliteraria. Su personaje ironiza mucho sobre cómo se debe –o no se debe– escribir una novela. Uno de los juegos internos del libro es que la voz narrativa opina que algo no se debe hacer en una novela (como por ejemplo, describir el físico de los personajes) para, a continuación, hacerlo.

También me he topado con una referencia extraña e inesperada: El buen salvaje me ha hecho pensar en Mario Levrero. En libros como El discurso vacío o La novela luminosa, Levrero apunta que, ante la imposibilidad de enfrentarse a la escritura de una obra literaria, va a escribir sus pensamientos o un diario en unos cuadernos con la intención de ir preparando su mente para la escritura de una novela. En El buen salvaje, escrita unas décadas antes, Eduardo Caballero propone esta misma argucia creativa: su personaje escribe las notas sobre su vida, que al final van a constituir la novela que el lector tiene en sus manos. «De un tiempo a esta parte, desde cuando resolví escribir mi novela y tomar notas en este cuaderno, me sucede que para pensar tengo que ponerme a escribir» (pág. 34); «¿Qué interés puede tener todo esto desde el punto de vista de mi novela? Ninguno, fuera de soltar un poco la mano, distender y relajar la imaginación, dialogar, ejercitar la memoria y sepultar aquello, olvidarlo y sepultarlo dentro de mí bajo una hojarasca de palabras secas» (págs. 40-41).

Realmente, los esfuerzos del narrador para acabar algunas de sus novelas no parecen muy serios (alguna vez he pensado en Arturo Bandini, el protagonista de las novelas de John Fante), y la novela se va desplazando desde la ironía de la picaresca hasta la tragedia de la enfermedad mental; de una forma sutil, se produce el desplazamiento de temas. Lo cierto es que, más que triunfar como escritor, el mayor deseo del protagonista es no volver a su país, y constantemente siente la nostalgia anticipada de dejar París.

Al protagonista de El buen salvaje no le interesan mucho los temas políticos. En una reunión con otros hispanoamericanos, todos ellos muy politizados, «se hablaba mucho de China, de la guerra de Vietnam, de la intervención americana en el Medio Oriente, el amor por la paz que es privativo de Rusia, de la agresión capitalista en Cuba, del nuevo Canal de Panamá, etc. Todos estos temas me aburren y soy incapaz de seguirlos hasta el final» (pág. 121). Esta situación me ha recordado a las impresiones que tenía Ignacio Escolar en Sin remedio sobre sus amigos politizados y su falta de compromiso político.
Otro de los temas de Sin remedio era la pérdida de la juventud: el libro empieza cuando Escolar cumple treinta y un años, y este tema también aparece en El buen salvaje, cuyo protagonista tiene veintisiete años. Que ambos están dejando atrás su juventud queda simbolizado en el hecho de que están empezando a perder el cabello.

Sin remedio era una crítica mordaz a la clase alta de Bogotá, mientras que El buen salvaje es más bien una crítica a una clase media que quiere aparentar un nivel económico superior.
El personaje de Sin remedio tenía aspectos negativos, pues se le presentaba como caprichoso, infantilizado y machista. El protagonista de El buen salvaje es cínico, aprovechado y también algo machista pero, sobre todo, racista; principalmente con los negros. Ambas novelas parten de situaciones más o menos cómicas y se van haciendo más oscuras cuando caminan hacia su desenlace.
Si Antonio mostraba la pobreza y la sordidez de las noches de Bogotá, Eduardo muestra la pobreza y la sordidez de París. Ambas novelas nos hablan también del proceso de creación artística. Eduardo habla del arte de la novela y Antonio de la poesía. La literatura no parece ser una salida vital para ninguno de los dos, sino más bien una fuente continua de frustraciones y de desengaños.

Entre Sin remedio (1984) y El buen salvaje (1965) creo que me quedo con la primera, la novela del hijo, sin desmerecer a la novela del padre, que es una gran novela, y que, en más de un sentido, sobre todo cuando realiza juegos metaficcionales con París de fondo, se adelanta a su tiempo y crea senderos por los que transitarán otros (Bryce Echenique, Bolaño o Vila-Matas).

Ahora mismo, de Sin remedio no existe una edición en España a disposición del público (algo que, de nuevo, no habla nada bien de la comunicación entre ambos lados del Atlántico), pero se puede encontrar en páginas de libros de segunda mano como Iberlibro. De El buen salvaje se puede, buscando en Iberlibro o en librerías como Tik Books, encontrar la primera edición en Destino a buen precio, pero además (y esto es una buena noticia) la editorial española Ediciones del Viento ha sacado hace poco una nueva y bonita edición.

domingo, 24 de febrero de 2019

Sin remedio, por Antonio Caballero


Sin remedio, de Antonio Caballero
Editorial Alfaguara. 574 páginas. 1ª edición de 1984, ésta es de 2006.

La primera vez que supe de Antonio Caballero (Bogotá, 1945) y de su novela Sin remedio fue en el verano de 2017, en Ciudad de México, en el salón de la casa de mi amigo Federico Guzmán Rubio. Observando su biblioteca, me fijé en esta edición colombiana de Sin remedio a cargo de Alfaguara y Federico me dijo que era el libro que más le había gustado de la literatura hispanoamericana después de la lectura de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Federico y yo somos muy admiradores de la obra de Bolaño y aquel elogio sobre el libro de Caballero hizo que pensara que, más tarde o más temprano, iba a tener que leerlo. Al regresar a Madrid lo busqué en Iberlibro y me di cuenta de que sería fácil comprar, por poco dinero, la que creía que era la primera edición (la de Bruguera de 1985). La pedí, más de medio año después de aquel encuentro en  México, a una librería de segunda mano española, que me cobró por ella 4 euros, incluyendo los gastos de envío. El libro estaba nuevo. Sin embargo, dentro de mi desbarajuste de lecturas habitual esta novela ha estado esperando que la tomara de las estanterías de libros sin leer durante bastante tiempo. Además, cuando al final me he decidido a leerlo, en vez de tomar mi ejemplar saqué de la biblioteca de Móstoles la edición de Alfaguara (de su sede colombiana) porque me parecía que el formato era más cómodo (la edición de Bruguera tiene un tamaño de página y de letra pequeños). Además, acabé comprobando que la edición de Bruguera de 1985 no era la primera edición, que en realidad fue la de la colombiana editorial Oveja Negra.

El personaje principal de Sin remedio es Ignacio Escobar que cumple treinta y un años el mismo día que comienza la novela. Además, el libro empieza con una confusión: Escobar cree que treinta y un años es la edad a la murió su admirado poeta Arthur Rimbaud (unas páginas después descubrirá que lo hizo a los treinta y siete años) y se siente anulado frente a él, porque Escolar es, o quiere ser, poeta. A Escobar, como si se tratase de un Oblómov bogotano («Pasaba días enteros durmiendo», pág. 14), le cuesta salir de la cama. Si el día ha empezado mal para él, aún se va a complicar más: Fina, su novia, le deja tras anunciarle que desea tener un hijo y mostrarle él su negativa a tal plan en común.
Desde una tercera persona desdeñosa, Caballero nos presenta a su personaje, Escobar, como a un indolente machista, un adolescente eterno de la privilegiada clase social alta de Bogotá. Además de comportarse de forma grosera con su pareja, llamará a su madre, que se queja de que nunca va a visitarla, tan sólo porque necesita que le haga llegar dinero, y Escobar no trabaja, se dedica a escribir versos. Unos versos de muy poca calidad, por lo que Caballero nos deja ver de su obra.
Al principio del libro, Caballero, de vez en cuando, cede la voz narrativa (en tercera persona cercana al personaje) directamente al personaje y el lector puede acercarse de primera mano a algunos de los pensamientos de Escobar. Esta técnica la irá dejando a medida que avanza la novela.

Escolar, abandonado por Fina y sin un peso, tendrá que tomar decisiones. La primera será visitar, al fin, a su madre para conseguir dinero y después empezará a vagar por la ciudad, en busca de diversión o amigos.

Sin remedio es una novela muy urbana, en la que la ciudad de Bogotá cobra gran protagonismo. «Bogotá es una ciudad horrible», así empieza el segundo capítulo en la página 68, Caballero incide en sus páginas en la violencia, la pobreza, la rapidez, la suciedad, la incomodidad de la lluvia, la fealdad… que asolan Bogotá; pero, extrañamente, también consigue hacer de la gran urbe hispanoamericana un lugar atractivo, vital y lleno de contrastes. Sin remedio es una novela que rompe mucho con la imagen literaria habitual con la que se suele asociar a Colombia, que sería la del Macondo de la realidad rural de Gabriel García Márquez.
El personaje de Escobar le empezará a parecer más inteligente al lector cuando se encuentre con sus amigos de clase alta que juegan a ser revolucionarios de izquierdas. Escobar será capad, desde una distancia irónica, de ver con claridad las contradicciones de clase e ideológicas de sus amigos. «Estar muerto es más bien ser eso que usted llama “comprometido”. Es haber dejado de ser lo que se es. Es haber renunciado a perseverar en el propio ser.», le dice Escobar a uno de sus amigos en la página 92.
Los pensamientos de Escobar –cuando supera su fase de narcisista y mimado adolescente– transitan por el cauce de un nihilismo desesperanzado, una sensación de inutilidad ante los esfuerzos porque, pese a todo, nada cambia («Las cosas son iguales a las cosas», será uno de sus versos), «Estamos todos solos.» (pág. 173), «Todos los días es lo mismo.» (pág. 177)

Escobar tendrá encuentros con sus familiares en la gran casa en la que vive su madre (su padre ya murió y su hermano lo hizo siendo un niño), visitará casas de amigos, entrará en un gran número de bares y tendrá relaciones con un buen número de mujeres, mientras trata de olvidar a Fina.

Igual que ocurre con Escobar, la novela va cobrando enjundia según se avanza en sus páginas. Desde un comienzo en el que aparentemente se retrata un mundo y a un personajes muy superficiales, Caballero va afilando su estilete para diseccionar los distintos estamentos de la sociedad bogotana: desde la alta burguesía, preocupada por la violencia y los secuestros, además de la capacidad que van a tener las inminentes elecciones para modificar los precios del petróleo y la tierra; hasta el corrupto ejercito. No sin ironía, Caballero llama a un coronel corrupto, con el que Escobar se irá encontrando, con el nombre de Aureliano Buendía. La ironía con la obra de García Márquez (que, por cierto, habló bien de este libro) resulta clara.

A Escobar no parecen preocuparle demasiado las elecciones presidenciales de su país, pero sí tiene una conciencia política, que, en cualquier caso, no pasa por el uso de la violencia, como parece haber empezar a seducir a sus amigos burgueses radicalizados de izquierdas, que están considerando la idea de realizar secuestros.

Caballero se sirve del humor para retratar y burlarse de la clase alta de Colombia, una clase alta racista, clasista, improductiva y que, en gran medida, desconoce la realidad del país en el que vive. Diría que en la intención de mostrar, mediante el humor, cómo es la clase alta de su país Antonio Caballero se asemeja a Alfredo Bryce Echenique, cuando éste nos muestra cómo es la clase alta peruana. Pero debo señalar que el humor de Bryce Echenique es más tierno que el de Caballero, que resulta más sarcástico.

En los pocos meses del tiempo narrativo de esta novela, Escobar va a ir sufriendo un proceso de maduración personal, en gran medida debido al abandono de Fina y a la sensación de encontrarse perdido. Sin remedio, además de ser una clara crítica a la clase alta colombiana, y a su imposibilidad de construir un país mejor desde el diálogo, y no a través del juego de la violencia revolucionaria, también es una novela sobre la creación artística. Escobar se va a convertir en un buen poeta cuando todo parece ya estar perdido y éste será además el momento –al conquistar una cima en su arte–, cuando se dé cuenta de la inutilidad de sus esfuerzos artísticos.
Diría que Sin remedio es una novela que debió leer en su juventud Roberto Bolaño, y que, de un modo vago, se inspiró en ella para retratar a los poetas desesperados que pululan por las calles de Ciudad de México mientras pierden su juventud.

Ahora mismo Sin remedio se publica en Alfaguara Argentina, y aunque en España ha aparecido de la mano de Bruguera, Seix Barral o Tusquet, ahora mismo no está disponible para el lector español, lo que es una pena, porque Sin remedio de Antonio Caballero es una novela ambiciosa y de gran valor. Una novela que retrata con entereza y humor los grandes contrastes de las urbes hispanoamericanas y que da un carpetazo definitivo al realismo mágico de García Márquez.